MIRANDO EN SILENCIO

por
Gerardo Hernandez
- ©Derechos reservados -
1999
 


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El hombre y el mar Visión esencial
El juego de la vida La realidad de la vida
Vidas paralelas La realidad de las cosas
El paso de los años Muertes
La realidad y otras ansiedades El cielo
El hombre Hombre abierto, hombre cerrado
La ley de la vida La flor de la conciencia
El borde de la borrasca Pescadores de playa
Vacaciones Flor de carne
Vacaciones solitarias Las razones de la vida
Bajo el mar La sala de estar
Aún vive El árbol
El cura enterrador El insecto
Mañanas Demasiado alto
Ha avanzado la noche En la dimensión del hombre
La gran tortuga Las leyes de la creación
El alma como la nube

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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EL HOMBRE Y EL MAR

Asomado a la terraza de la planta 20, en la torre al borde de la playa donde paso unos días de vacaciones, contemplo incansable el panorama sobre el mar. Su inmensidad plana se extiende abiertamente ante mí, hasta un horizonte más lejano que de costumbre cuando miro desde la orilla. La larguísima playa a mis pies se prolonga hasta las lejanas montañas. El día esta nublado; ha llovido suavemente. Sólo unas pocas personas, aquí y allá, pasean lentamente por la orilla del mar. Desde mi altura son como hormigas, como pequeños animalitos que se mueven. La inmensidad del mar y del cielo poblado de nubes me impresionan. Hago un esfuerzo por considerar la dimensión planetaria que nos engloba. Sí, la ingente cantidad de agua caída en el origen de los tiempos, desde aquel cielo preñado de humedad primigenia, se acumuló sobre la tierra cubriendo la mayor parte del Planeta. El horizonte sobre el mar se insinúa ligeramente curvo. Todo parece claro; el redondo planeta nos transciende en su grandiosidad y apenas si somos conscientes de un trozo de playa, de los edificios cercanos, de las olas que se acercan lentamente hacia la arena. Desde mi altura sin embargo soy consciente de la enorme dimensión del Planeta, y lo comparo con ese minúsculo hombrecillo que se mueve despacio por la arena, con su diminuta cabecilla que mira a uno y otro lado, y me pregunto cómo ese insignificante cerebro ha sido capaz de entender el Planeta, igual que yo ahora desde mi altura. En apariencia el hombrecillo de la playa no se distingue de los animalitos que deambulan entre los verdes campos por detrás de la playa, ocupados sólo en alimentarse de la fértil vegetación que se extiende generosa hasta los montes.
Tierra y mar, cielos inmensos. Planeta y hombrecillos. Toda la inmensidad que alcanza a ver el ojo la acaba entendiendo el cerebro. Desde que el ojo sabe mirar a lo lejos, más allá de sus necesidades, el hombre ha empezado a comprender.

Hombrecillo de la playa que entiende el mar; Planeta enorme. Confrontación de dos seres tremendamente distintos en extensión: El mar, inmenso y a la vez simple en su naturaleza; el hombrecillo, diminuto pero con un cerebro inmensamente complejo capaz de entender el mar. Inmensidades que coexisten en un mismo Universo.

Me gustan las alturas porque nos dejan ver la  perspectiva  del Planeta, la estructura de todas las cosas.
 
 
 
 
 
 

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VISIÓN ESENCIAL

Una nube es sólo una nube, y está ahí, tan cerca….más cerca de la tierra que del azul del cielo. Desde abajo es tan apacible…, inmensa masa tranquila de algodón. Si subes a ella y te paseas por su interior descubres que es sólo niebla iluminada por el sol.
Una nube es sólo una nube, y la tierra y el agua y el aire son sólo cosas también. Cosas grandiosas que sin embargo dominamos, al entender su dimensión enorme y a la vez su naturaleza simple.
El mundo es sólo mundo, pero el animal es ya un misterio, y el hombre algo que emerge y lleva la esencia de un dios, pero que es sólo animal inteligente todavía.
¿Y Dios, dónde está Dios?… ¿Por encima del cielo?… ¿En algún lugar más allá del Universo?
No… no, quizás mezclado con todo, latiendo en todo,… sobre todo latiendo en el hombre.
La visión esencial es entender que la nube es sólo nube y la tierra es sólo tierra, y que la mirada del hombre debe regresar al mundo después de recorrer el Universo. Porque en el corazón del hombre late la fuerza del Universo ……la fuerza de Dios que despierta.
 
 
 
 
 

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EL JUEGO DE LA VIDA

El mundo renueva sus hombres y apaga las conciencias de cada generación, que deja sólo sus éxitos. Lo que fracasa se olvida, aunque fuera la verdad.
La cadena de generaciones se orienta hacia lo posible y no tiene en cuenta lo bueno, lo verdadero o lo bello, si no resulta viable.
El tiempo no perdona y el tirano que se impone se llama realidad. Y lo real que se decanta es lo que  permite la vida. A veces sólo quedan abiertas algunas puertas traseras que sabemos que no conducen a ningún lugar, y por ellas se van nuestros hijos, pues las puertas principales están atascadas. Es necesario que la vida se mantenga, que de un rodeo para que otras generaciones puedan entrar por la puerta principal. La vida manda y, como el agua, se va por el camino de menor dificultad; es el curso del torrente empujado por su propia fuerza, por su vitalidad. Gracias al río de las generaciones  no se empeña la vida por caminos rígidos, y la ligereza de la juventud y su gusto por lo nuevo propician la creación y el descubrimiento, haciendo que se imponga la ley natural; que se imponga lo vital sobre lo racional. Aunque por encima de esta banalidad, se salva y continúa, pasando por encima, flotando sobre ella, lo más valioso de la cultura.
 
 
 
 

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LA REALIDAD DE LA VIDA

La realidad no es el sueño de la conciencia, el amor entre los  hombres, el orden fácil y cómodo de las cosas; no es la armonía, ni la justicia, ni la moral que exigimos al prójimo, ni la concordia, ni siquiera el placer.
Nuestro mundo está construido sobre la escasez todavía, y la competencia por los bienes, incluso los del espíritu, engendra tensiones, promesas incumplidas, frustraciones, odio. La ley de la selva se amplía en nuestro mundo a todos los ámbitos, más allá de la mera supervivencia. El ansia de ser, de ser más o tener más, propia del hombre, le hace competir en todos los terrenos con sus semejantes. Hasta que no llegue la era de la abundancia, material y espiritual, el hombre seguirá empeñado en la lucha por la vida, por la vida humana. La riqueza de uno se construye sobre el fracaso de otro, y hasta el amor y la inteligencia son robadas entre los hombres. Todo intento de establecer una ética se convierte en trampa para los ingenuos y ventaja para los astutos, y hasta los que intentan ser sinceros consigo mismos se engañan al interpretar los principios éticos  de manera que les favorecen.

Sería un ejercicio de honestidad social el admitir la realidad, e incluso convertirla en ética, airear las intenciones de los hombres y acabar con su clandestinidad. Admitir que el hombre lucha contra el hombre por ley natural todavía, y seguirá haciéndolo hasta que llegue el tiempo esperado de la abundancia en que pueda cumplirse en verdad la ley del hombre; la ley basada en la cooperación, el amor y la armonía de intereses.
 
 
 
 

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VIDAS PARALELAS

Si fuésemos capaces de resumir la vida humana en una secuencia fotográfica, como esas que resumen en unos segundos un día de una flor, desde que se abre en el rocío de la mañana hasta que se cierra al atardecer, entenderíamos el auténtico sentido de nuestra vida. Contemplaríamos el abrirse de nuestra conciencia y la maduración de nuestra carne. Esplendor y belleza del cuerpo, conciencia de la vida al principio; decaimiento de la carne y conciencia de la muerte, al final.
Al final contemplamos nuestra decrepitud, nuestra ruina física y mental, y somos conscientes de la sinrazón de nuestra naturaleza, a la que vemos acabarse de manera inexorable.
Sí…, son dos vidas paralelas, juntas pero independientes. La del cuerpo arrastra a la del alma y al final la aniquila. La del alma contempla el horror de su destino, pero no puede librarse de él, sólo aceptarlo. Y todo dura un segundo, como la vida resumida de esa flor que se abre por la mañana a la luz y decae al atardecer.
 
 
 
 

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LA REALIDAD DE LAS COSAS

Después del goce sexual el cuerpo se queda relajado, el alma sin tensiones. Un bienestar general nos complace, nos despreocupa de nosotros mismos y nos hace receptivos a lo exterior.
En uno de esos momentos de sosiego bajé con mi pareja a pasear tranquilamente por la playa. Una hermosa nube blanca, iluminada por el sol, flotaba inmóvil sobre el mar. Sus formas algodonosas y bien definidas en el cielo diáfano me mostraban su auténtica realidad: era espléndida, tranquila, armoniosa en su existencia sobre la inmensa superficie del mar; estaba afirmada y segura en su ser, que se mantenía en perfecto equilibrio a lo largo de la tarde.
Sin embargo en otros momentos de inquietud y desasosiego, mirando el cielo o el mar, he sentido muchas veces la indiferencia y otras la fría hostilidad de la naturaleza; muchas, la inmensa soledad y el vacío de los elementos. Y me preguntaba en aquel momento feliz, si lo que veía en aquella bella nube que tenía delante no eran sólo los  propios sentimientos y sensaciones con los que la miraba. ¿No era mi propio ser interior el que estaba en paz, acompañado, equilibrado, afirmado en el ser?

Las cosas no son de ninguna manera. Es la condición interior lo que se pone en la mirada y con ella vemos las cosas.
Cuando estamos enamorados descubrimos que todo el mundo es maravilloso y creemos firmemente que es sólo nuestra condición, habitualmente ofuscada y triste, la que nos impide ver la belleza de todas las cosas. El que está en esa condición está iluminado por la máxima intensidad del ser, y no se equivoca al decir que lo que ve es la realidad, la máxima realidad posible, lo que debiera ser siempre, lo que pudiera ser siempre. Pero las cosas son neutras en sí, aunque nuestra alma percibe en ellas semejanzas con su propio estado de ánimo.
En el mismo paisaje el hombre tranquilo se fijaría en la nube que flota apacible sobre el mar; el inquieto, en las pequeñas olas que no cesan de moverse.
 
 
 
 
 
 

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EL PASO DE LOS AÑOS

Los años fueron pasando al ritmo de las distintas edades, al compás de los diferentes quehaceres y situaciones propios de cada época, que nos fueron alejando de la infancia, convirtiéndonos en hombres, acercándonos a la vejez.
Camino de la vida, trenzado con el azar en cada momento, sorprendido por las circunstancias, aunque con líneas tan definidas en nuestra memoria como si cada paso hubiese sido el mejor elegido.
Momentos, etapas que han ido pasando, como la música de la guitarra que oigo desgranarse suavemente en el hueco lleno de mi habitación. Me deja en el aire la música de esta guitarra un rosario de tristezas y sus notas nostálgicas son como los años pasados, que ahora suenan compuestos en mi memoria.
 
 
 
 
 

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MUERTES

Aplazamos el dolor por la muerte de las personas queridas y van pasando los años. La vida, que nos arrastra día a día, nos impide el dolor, la conciencia de la tragedia. Habría que sumergirse en meses de llanto para vaciar le pena del corazón, y la vida organizada sólo nos deja algunos días. Hay que seguir funcionando en la maquinaria que nos lleva, disimulando ante las caras de los demás, que se niegan a entender nuestro dolor.
El fondo del corazón sigue inundado de llanto no vertido, y cualquier muerte nos afecta profundamente: la de un conocido, la de un vecino, la de nuestro perro tan querido…
 
 
 
 
 
 
 

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LA REALIDAD Y OTRAS ANSIEDADES
(Paisaje después de la lluvia)

Ha llovido gran parte del día. Después ha aclarado y luce el sol espléndido. La atmósfera se ha limpiado por completo de las partículas de polvo en suspensión. El aire está totalmente transparente; casi no existe. Las montañas, los bosques, el pueblo, se manifiestan dramáticamente presentes, absolutamente reales. Es como si brotasen a la existencia entre la nada, con una fuerza y evidencia tal que uno siente casi la angustia de su ser, la ansiedad de estar a punto de contemplar la gran revelación de la existencia, el secreto del ser, la voz de Dios en todas las cosas.
 
 
 
 

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EL CIELO

Cuando era niño me enseñaron que Dios estaba en el Cielo y yo miraba hacia fuera, más allá de las nubes, hacia las profundidades lejanas y luminosas, para mí interminables, e imaginaba allí el mundo de Dios, la Verdad, la Eternidad gozosa.
Hoy se que el cielo es sólo una delgada capa de aire pegada a la tierra e iluminada por el sol; y que más allá está el vacío inmenso y oscuro, donde flotan como diminutas partículas mundos terriblemente separados, sin comunicación posible. Y se que el Cielo no está hacia fuera, sino hacia adentro, hacia el corazón del hombre.
 
 
 
 
 
 

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EL HOMBRE

Nacer, crecer, luchar contra la fuerza del entorno que amenaza con utilizarte, con empequeñecerte, con anularte. Ser conscientes, después, de la propia enfermedad, y luego ver morir a nuestros padres y no saber entender su desaparición. Uno ha disfrutado y sufrido, ha conocido la emoción del descubrimiento, el miedo y la aventura, y casi ha rozado el amor. Conoce todas las posibilidades que ofrece la vida y sólo le queda repetir las experiencias gozosas. La dimensión del espíritu no está colmada sin embargo y se resigna a pasar, como todos, a cerrar un ciclo más de la existencia humana, ignorando el misterioso significado del hombre. Sabe que la verdad no está en otra vida, sino en lo que podamos ver desde esta y que quizás un solo día baste para colmar la existencia. Algo se oculta tras la marcha cotidiana de las cosas, tras el andamiaje sobre el que está construida nuestra existencia
Después de viajar con el pensamiento al espacio remoto, de contemplar la pequeñez de nuestro mundo y sentirse perdido en la inmensa dimensión, vacía de espíritu, vacía de todo, donde las remotas estrellas permanecen definitivamente alejadas, suspendidas en la oscuridad más profunda, uno tiene que volver otra vez a su mundo. Volver entre los hombres, anhelando convivir con ellos, reconocerse en ellos, y aceptar que lo humano, lo entrañablemente humano es lo más intenso que puede encontrar por el Universo. Sin embargo su espíritu, como antes, no puede colmarse,  como si un dios estuviera creciendo dentro y no se resignase a morir siendo simplemente hombre.
 
 
 
 
 
 

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HOMBRE ABIERTO, HOMBRE CERRADO

Dos maneras de enfrentarse el hombre a la existencia: darse por terminado, construido, y vivir con esa  "manera" de ser, o permanecer en evolución, cambiando, mejorando, creándose. El primero dispone del tiempo para disfrutar de la vida, para amar el sol y la tierra, para estar en calma y disfrutar de su "ser".  El segundo es un ser que se suicida continuamente hacia delante, que nace cada día y abre sus ojos con asombro a una realidad cada vez más luminosa, que permanece siempre niño, a la vez juguetón y a la vez aturdido e indefenso.
 
 
 
 
 
 
 
 

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LA LEY DE LA VIDA

Una mirada y todo existe. Cuando el sol se levanta sobre la tierra se despierta el hambre de vida. La vida devora a la vida y se impone la fuerza y la astucia un momento. Al final el equilibrio retorna; todos son necesarios, cada uno en su papel.
Una mirada y yo existo. Otra mirada y soy devorado. La vida devora a la vida y las almas devoran a las almas; pero no del todo. Al final el equilibrio se impone, porque todos somos necesarios, el cazador y la presa.
 
 
 
 
 
 
 
 

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LA FLOR DE LA CONCIENCIA

Ver ese niño africano depauperado -todo cabeza-, o esa mujer -piel sobre esqueleto- que se agota lentamente: es la muerte posada en esos cuerpos que extinguen su vida y apagan la mirada, con los ojos sin embargo tan abiertos. Mueren en cantidad, como las plantas agotadas por la sequía del desierto.

La conciencia es una flor. Un milagro que crece con la fuerza de la vida y después se extingue. Como una flor, que siendo tan bella se apaga sin embargo y desaparece. Así es la muerte, para la flor y para el hombre: inaceptable…, si sólo hubiera una flor y sólo un hombre.
 
 
 
 
 
 
 
 

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EL BORDE DE LA BORRASCA
(Reflexión vulgar)

Todo el día había estado densamente nublado; no había parado de llover. Ya lo adelantaron por la televisión; en la pequeña pantalla se veía cruzar nuestro país una inmensa borrasca; era como una ensaimada que iba cubriendo toda la Península.
A media tarde apareció por el horizonte un trozo de cielo completamente despejado. Al poco,  la mitad del cielo lucía ya con un azul profundo y brillante; la otra mitad seguía densamente nublada y se desplazaba hacia el mar. No había duda: estaba pasando el borde de la borrasca, el borde de la ensaimada meteorológica de la tele. ¡Dios mío, qué pequeños somos! -pensé. A simple vista no sabemos lo que pasa por encima de nosotros. ¡Gracias a que sabemos enviar nuestros ojos electrónicos hasta una altura increíble!
 
 
 
 
 
 
 

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PESCADORES DE PLAYA

Llegan al atardecer con sus pertrechos de pesca. Se instalan con mesas y sillas al borde de la playa. Arman minuciosamente sus cañas y aparejos, y cuando todo está listo, con gran ceremonia lanzan sus plomos a gran distancia impulsados por las elásticas y largas cañas; luego las hincan  en la arena y se sientan atentos. Se vuelven a levantar y corrigen algunos detalles; alguno recoge el sedal y vuelve a lanzar. Finalmente se serenan, hablan, meriendan, dejan pasar el tiempo.
Toda una hilera de cañas se extiende a lo largo de la solitaria playa, abandonada hace tiempo por los bañistas. Empieza a oscurecer. Las altas y delgadas cañas siguen inmóviles. No pican. Nunca pican. No importa. Todos los detalles de la ceremonia se han puesto en juego con meticulosidad y el equipamiento de cada uno es muy completo. En cualquier momento puede picar un gran pez. Alguna vez sucede. Es la ilusión de ese suceso lo que cuenta, como en la lotería; es lo que les hace ir tarde tras tarde a la orilla del mar.
 Cae la noche y se van retirando; hacen algún comentario de despedida. La ilusión se reanuda mañana.
 
 
 
 
 
 

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VACACIONES

Días de vacación. No hacer nada, no hay programa. El sueño es una bendición donde el alma vuela.
Despertarse prolongando conscientemente las sensaciones agradables del sueño, porque no hay nada que hacer. Esperar  que la vida aporte su estímulo y entretanto dormitar, escuchar los murmullos del silencio.
Quizás el hambre acabe por despertarme, como al león. La vida existe por sí misma y no hace falta gobernarla.
El día transcurre lento y apacible, y la sonrisa y la amistad surgen espontáneas como regalos del alma ya despierta, que no busca pero encuentra.
 
 
 
 
 
 

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FLOR DE CARNE

Hace 2.000 años nació una flor, en un campo cercano a la ciudad romana de Itálica, al lado, hoy, de Sevilla. Era hermosa. Brotó en una radiante primavera y brilló con todo su esplendor. Con los primeros calores del verano fue decayendo, y después se encogió y marchitó. Los vientos otoñales se llevaron sus hojas resecas.
Hace 2.000 años nació un niño romano, también cerca de Sevilla, ayer Itálica. La civilización romana era pujante y dominaba el mundo. El niño creció fuerte y vital, y pronto se impuso con brío en aquella sociedad, consiguiendo una vida próspera y feliz. Conoció dos Cesares y luego fue envejeciendo y murió.

La flor seca de aquel otoño se perdió para siempre, pero la planta sobrevivió a aquel invierno y  muchos más, y cada primavera vio brotar de sus ramas nuevas flores, todas hermosas y radiantes, como la de aquella primavera en la que nació, muy cerca, un niño romano, allí, en Itálica.

Sin embrago aquella flor, fue vista por el niño romano desde los brazos de su madre, en una mañana soleada de aquella primavera; y aquella romana inclinó al niño sobre la flor para que la viera bien y la oliera por primera vez en su vida, inundando de color y aroma aquella naturaleza tierna que comenzaba a sentir.
Aquel niño que conociera dos Cesares tendría una larga descendencia de hijos y nietos que fueron tejiendo también sus vidas en aquellos tiempos; y entre ellos, al final, se perdió su memoria. Nadie conocía ya a aquel niño romano que en sus primeros días vio una flor de primavera al lado de Sevilla.
La planta de aquella flor murió después de muchos lustros. Y finalmente desaparecieron también los romanos del suelo de España.
La vida de aquel niño, y la de aquella flor, únicas, brillaron un momento y luego desaparecieron para siempre, en Itálica, al lado, hoy, de Sevilla.
 
 
 
 
 
 
 
 

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VACACIONES SOLITARIAS

Primer día de vacaciones. Me gusta mi soledad inaugurada. El cuerpo relajado ha descansado por primera vez libre de la rutina cotidiana, de la carga de preocupaciones que nos incomoda en cada despertar. Todo se ha aplazado. El horizonte de descanso es largo, tanto como para estrenar una nueva vida conquistada, a la que se tiene derecho. Es la vida en sí, gratis y sin esfuerzo, la que se anuncia.
Perezoso y descansado, me levanto antes que cualquier día. El mensajero rojizo de la mañana tiñe tenuemente las grisáceas nubes de la noche que se disuelve despacio. En el horizonte, una estrecha franja color sandía presta fondo a las lejanas montañas, empequeñecidas en la distancia.
Los primeros pájaros se dejan oír tímidamente. Un gallo medio adormecido se despierta con su ronco quiquiriquí, todavía incierto.
Asoma al fin la corona enrojecida del sol por detrás del horizonte ondulado de montañas. Los pájaros ya han despertado por completo y sus trinos se multiplican, ocupando la mañana.
Ladran los perros distantes recordando sus rencores del día anterior. Silban los mirlos, y las golondrinas, con sus vuelos siempre improvisados, trazan en el aire complicadas y veloces trayectorias. El cielo está ya completamente encendido.
Estiro mi cuerpo con breves ejercicios que me devuelven la elasticidad dormida. Desayuno, y fumo lento un cigarrillo. Me acompañan, delante de mi ventana, el verde árbol, el agua extensa y serena, el cielo lleno de luz. Mi soledad no está vacía, no. Siento estremecerse las verdes ramas del árbol en el frescor de la mañana: vive, sí, respira. Los pájaros, redescubierta la vida, van serenando sus trinos del amanecer; ahora vuelan decididos a uno y otro lado.
Un suave adormecimiento me invade otra vez. Las personas no han despertado todavía.
 
 
 
 
 
 
 

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LAS RAZONES DE LA VIDA

Pregunté al viento sus razones y me dijo: No busco ningún sentido. Soplo porque soy así; es mi naturaleza que se desata. Simplemente soy el viento y me afirmo al serlo.

Pregunté al fuego por qué ardía y cual era su sentido. Me dijo que no pretendía nada, sólo ser fuego e inflamarse ardientemente.

Pregunté al pájaro los motivos de su vida y me dijo: soy pájaro, me gusta lanzarme al vuelo persiguiendo los insectos que me alimentan, y cantar posado en mi rama clamando que el espacio es mío y que estoy repleto de vida; nada más, soy pájaro y me gusta serlo.

Pregunté al hombre cuál era el  sentido de su vida y me dijo: ¡Eso, eso quisiera saber yo! Eso es lo que busco y me amarga la existencia el no encontrarlo. No se cuál es mi sentido y mi vida es una tragedia. ¡No se para que vivo!

Y entonces el viento le dijo al hombre: ¿No te basta con moverte, con correr y con saltar, con sentir que tu cuerpo es libre para desplazarte por la tierra, de un lugar a otro lugar, de un país a otro país?

Y el fuego le dijo al hombre: ¿No te basta con arder como yo, con ofrecer el fuego de tu vida, tu calor, al que quiera tomarlo?

Y el pájaro le dijo al hombre: ¿No te basta con cantar, con lanzar al aire lo que sientes en el fondo de tu alma, con saber que otros te oyen ?

Y entonces dijo el hombre: No, no me bastan estas cosas. Eso ya lo hacéis el viento, el fuego y el pájaro. Yo tengo que ser algo más, pero todavía no se el qué, y mi obligación es descubrirlo; esa es mi naturaleza. El pájaro nace para ser pájaro, y el fuego para arder, y el viento para soplar, pero yo nazco para crearme a mí mismo, para inventar mi vida. Mis facultades son ilimitadas, pero yo tengo que darles forma; y cuando intento ser algo, fracaso, y no consigo ser esa realidad soñada, esa idea de mi mismo que yo forjé. Y entonces el sentido que imaginé se me derrumba por los suelos, y no encuentro otro, y el impulso de mi naturaleza se estrella en el cristal de la nada y se enloquece en el espacio cerrado de la confusión.

Otra vez hablaron el fuego, el viento y el pájaro: dramática es tu naturaleza, en verdad. Pero tu vida, como la nuestra es limitada, y sería insensato si no consiguiendo tu empeño, renunciaras también a ser viento, fuego y pájaro, como nosotros. Porque eso sería ser nada. Peor que nada: tormento.
 
 
 
 
 


 

BAJO EL MAR

Por aguas trasparentes de increíble color turquesa voy nadando en superficie mirando el fondo del mar. Un paisaje subacuático de gran belleza se aparece. Pirueta abajo y me sumerjo. Unas rocas blanquecinas se elevan sobre un arenal inmaculadamente blanco; un banco de diminutos pececillos  nada lentamente alrededor de las rocas. Me acerco y me miran todos a la vez, sincronizados, como si de un único ser se tratase, quizás sorprendidos, como si un dios hubiese penetrado en su mundo. Es tal la luz que hay en el agua que parece realmente una atmósfera sólo algo más densa que la exterior. Miro arriba y la superficie es un espejo brillante que no deja ver afuera.   Siento, por un momento, lo mismo que debe sentir un pez en este sosegado mundo submarino, ignorante del mundo que transcurre más allá de ese espejo brillante que le limita: mundo para el que no está hecho.

Y pienso en el hombre, y me pregunto si ese maravillosos cielo azul es también su frontera. Pero lo mismo que el pez, que a veces salta fuera del agua y se asoma a nuestro mundo, también nosotros sabemos saltar en la noche para mirar las estrellas y la oscura distancia. Tampoco ahí, en esa noche eterna sembrada de estrellas, podemos vivir nosotros, ni podría vivir nadie. No, el cielo azul no es la frontera; son las estrellas, todas las estrellas en el cielo negro, la verdadera frontera. Mas, !que salto tan inmenso para el hombre! ¿Quien podría darlo? Y sin embargo dicen que más allá hay otro mundo y que un dios desde allí se sumergió una vez en la Tierra. Y dicen también que se puede vivir intensamente feliz al lado de aquel dios extraordinario. No sé, yo me pregunto si el pez es feliz viviendo en su pecera al lado del hombre…

El aire se me acaba, no estoy en mi mundo, tengo que volver. Yo sólo sé respirar en la tierra, y como el pez en su mundo bajo el mar, soy feliz a mi manera en mi mundo bajo las estrellas.
 
 
 


 
 

LA SALA DE ESTAR
 

Anochece el frío invierno. Llueve. Nadie anda por la calle. Es uno de esos días en que estamos todos refugiados en casa, hogareños y casi felices, saboreando el calor interior, cómodamente sentados o medio tumbados en la sala de estar, mirando la televisión como un pretexto para estar juntos sin sentirnos obligados a hablar cada uno de nuestras cosas, de nuestras vidas diferentes, de nuestras distintas perspectivas e inquietudes. El programa de la tele es realmente malo y yo creo que nadie le presta atención aunque lo mire, y cada uno parece dejar vagar sus pensamientos sobre el marco luminoso de la pantalla, encajada en la amplia librería de estantes y huecos irregulares, repletos de figuras, fotografías, objetos decorativos elegidos algún día con devoción por su valor o belleza y que ahora siguen ahí impasibles, desapercibidos para mí, formando un escenario barroco frente al que transcurren nuestras vidas cotidianas.  Precisamente hace pocos días traía ilusionada mi hija menor una talla de un elefantito de estilo oriental, en madera de ébano recamada de pedrería. Se la había regalado su novio. Venía radiante y estuvo largo tiempo buscándole un lugar destacado, colocando y recolocando todas las figuras y mirando arrobada el resultado largo rato. Sin duda el brillo de las piedras era para ella el reflejo de sus sueños enamorados. Recuerdo la ilusión con que los primeros años de matrimonio fuimos colocando mi mujer y yo toda aquella multitud de objetos, adquiridos en diferentes viajes unos, otros encontrados por azar en cualquier tienda una tarde de paseo. Hará estas Navidades dos años que ella se fue…
El abuelo estaba ayer triste también de cara a la Navidad, enfrentado a su noventa cumpleaños años, que presiente será el último… y  al hablar de la antigua casa del pueblo, de nobles piedras, heredada de su padre, me decía que pronto pasaría a ser mía, y se puso a tararear con su voz ya difícil, y con irónica tristeza, esa cancioncilla ya gastada de "…las cosas quedan las gentes se van, la vida sigue igual…". Su rostro sonreía y enrojecía a la vez de emoción, y no ocultaba el intenso brillo de sus ojos, nadie sabe si producido por el humor o la tristeza. A él ya no le importa colocar nuevas figuras en la estantería, pero en lo que si se fija, sobre todo en las Navidades, es en los retratos, en todas esas personas y escenas de su pasado que un día fueron su presente encendido, y a las que nosotros no prestamos casi atención, como a esa pantalla de la televisión a la que en estos momentos nadie hace ningún caso. A mí tampoco me hace ilusión ya colocar un nuevo objeto en ese telón de fondo de nuestra vida cotidiana, aunque sé que si desaparecieran los que hay, notaría un vacío inmenso, una desnudez sorprendente y no sé si triste o liberadora, o quizás las dos cosas a la vez. De lo que sí estoy seguro es que conservaría  desnudo ya todo ese espacio, porque aún no quiero vivir de los recuerdos y ya no pretendo alimentar nuevas esperanzas ni admirar nuevos ídolos de dicha. Hoy me atraen sólo los sentimientos, las personas, el contacto de las almas… aunque esos, ay, son también ídolos fugaces y cambiantes, que no se dejan colocar en una estantería y parecer eternos; esos aparecen y se van, sutiles objetos también de ensueño que no permiten su permanencia olvidada… y para los que la canción del abuelo sigue sonando con la letra ligeramente cambiada: "…las almas pasan las gentes se van, la vida sigue igual…".
 
 
 
 


 
 

AÚN VIVE

Sigue la vida sus caminos, lentamente, despues del suceso fatal. Murió un ser querido de manera tan inesperada… Su rostro frío en la mortaja conservaba la expresión habitual… hasta insinuaba una sonrisa. Sólo la blanca palidez con que la muerte congela los rostros nos escupía en el corazón la certeza de que la vida se había escurrido de aquel cuerpo. Y ahora sigue la vida sus caminos, lentamente, entregada a los quehaceres cotidianos… y de cuando en cuando, sobresaltados, nos volvemos a acordar del suceso, y nos invade la pesadumbre del olvido. !Dios, cómo puedo vivir sin darme cuenta de que ha muerto!

Si, es una locura, un desgarro en dos del alma, querer vivir y recordarlo. !Cuanto sentido tenían los ritos de ayer!: el velatorio, que nos inundaba de la certeza de la muerte y nos consolaba por unas horas de la crueldad de dejarle abandonado para siempre; los funerales, que certificaban su muerte entre todos los que le conocieron, el consuelo de los amigos que nos obligaba a explicar el suceso y hacerlo consciente de manera definitiva, el luto interior, que nos permitía recordar constantemente, durante algún tiempo, al que se fue, para que la certeza de su ausencia se implantase en nuestra alma y nos permitiera rehacer nuestra vida sin él.
Pero hoy todo se ha perdido, y queremos enseguida vivir sin él y recordarle a la vez… y nada encaja, y todo se consuma en un olvido que hace daño, que asesina y suicida.
No se puede vivir sin morir interiormente, sin dejar que lentamente vaya muriendo aquel que fue y que sigue adentro.
 
 
 
 


 
 

EL ARBOL

Árbol majestuoso que abres tu fronda al aire, alzada sobre robusto tronco, firme tronco asentado en tierra, cosido a tierra con innumerables raíces que horadan el suelo en todas direcciones, formando otra fronda de vegetales arterias prolongada en millones de filamentos. Simetría del árbol: raíces y ramas; pero en las ramas, las hojas, y en las raíces, los filamentos; unas para absorber el aire, otras la humedad de la tierra.
Parece como si una materia plástica, un ser vivo y muy lento, fuera creciendo y extendiéndose hacia el aire y la tierra, donde encuentra el alimento. Poco a poco se construye a si mismo persiguiendo ese objetivo: alimentarse mejor. Y cuanto mas crece mas necesita, y continua creciendo para alimentar la nueva masa de su cuerpo.
¡Qué asombro! ¿Porqué esa necesidad de crecer? … Y en cualquier caso, ¿para que existe el árbol?…  Existe para existir, existe ciegamente, nadie se lo ha pedido; existe para si mismo y su función termina en él… Su afán vital es construirse a si mismo, vivir, perdurar… Ser que ha brotado por organización de la materia inerte según un dinamismo complejo que se mantiene y crea una apariencia: esas hojas frondosas, ese tronco, esas raíces…
Sistema vivo, como otros tantos, como el animal, como el hombre… éstos mas complicados todavía, más asombrosos… !tan infinitos!… y sin embargo, como el árbol, tan en sí mismos, tan para sí … ¿tan para nada?

Pero aunque el árbol vive para sí, sin pretenderlo da cobijo a los pájaros, que no sobrevivirían sin sus ramas, a infinidad de insectos -maravillosas máquinas vivas y movientes-, da sombra al hombre, que perecería bajo el rigor del sol, desprende sin proponérselo el oxígeno que respiran los animales y el hombre… y tantas cosas que aprovechan los demás seres vivos…
Y toda esta cadena de casualidades nadie la ha inventado, se ha encajado por si misma, como el árbol en la tierra y en el aire… Todo se ha ido encajando a la vez, todo se ha ido organizando: el árbol, el animal, el hombre, el aire, la tierra… todo en conjunto se ha ido construyendo de la manera que podía construirse, en relación unas cosas con otras, unos seres con otros… y por eso el árbol no es sólo un árbol, nunca lo ha sido: es una parte de la vida… y el hombre no es sólo un hombre, sino una parte de la Humanidad y una parte de la vida.

Y sin embargo la vida del árbol, como la del hombre es vida en soledad, vida en sí misma, separada del todo como lo está una célula de su órgano, en el que existe, del que depende, pero al que mira como mira la noche a las estrellas, tan lejanas… y sin embargo tan unidas.

El árbol, unidad de vida, ajeno a todo, ignorante de todo, sensible a todo, dependiente de todo, vulnerable, ingenuo en su poder vital, profuso si le dejan, fuerza de la vida, torrente orgánico que se desborda en la naturaleza con forma propia, con el esplendor de sus ser organizado en perfección heredada desde los tiempos remotos..

Encierras el secreto de toda la vida… la verdad de la naturaleza innecesaria del hombre.
 
 
 
 


 
 

EL CURA ENTERRADOR

Llegó amable, indagando disposiciones desde lejos. Nos saludó afable estrechando las manos. Hizo comentarios generales sobre el cementerio, sobre lo mal que funcionaba todo, sobre la mala disposición con que la gente venía a enterrar a sus muertos, con prisas, de mala gana… -Son otros tiempos- decía- ya nadie tiene respeto a los muertos.

Y habiendo atraído la atención de los familiares, por sorpresa, ante el féretro todavía dentro del coche fúnebre, comenzó sus responsos abriendo un libro de rezos ajado, con las páginas habituales sobadas ampliamente en las esquinas por donde los dedos las manejan.

Leía mecánicamente, haciendo a veces énfasis en algunos párrafos mientras miraba a la familia sondeando emociones; de vez en cuando intercalaba comentarios personales, simpáticos, casi graciosos, y continuaba el responso ritual, que sabe de memoria y recita mecánicamente mientras su mirada se distrae contemplando un coche que pasa, una hermosa mujer que cruza. Cocluye y acompaña al féretro hasta la sepultura. Allí dice unas palabras algo más sentidas y pronto se despide, silencioso, apretando las manos de los deudos, recomendando valor, palabras por primera vez humanas que sí llegan al corazón. Les ofrece un librito sobre la capilla del cementerio, con una convocatoria para una misa que se celebrará por todos los fallecidos de la semana. Dentro del librito había un pequeño sobre escrito por fuera que decía: Limosna para la misa del Domingo.

No presté atención en absoluto a sus rezos, pero algunas palabras sencillas y humanas de aquel hombrecillo, que llevaba toda su vida asistiendo enterramientos, se las agradecí de verdad. Era pequeño, mediocre, vestido con un hábito ya raído. Su tez estaba bruñida por el sol de servir a la intemperie. Era un trabajador más del cementerio.

Al salir del recinto nos adelantó subido en un pequeño y envejecido coche. Nos saludó afectuoso y contento con la mano: le habíamos dado una buena propina para misas.
 
 
 


 
 

EL INSECTO

Posado en mi mano, inmóvil, como una duda infinita, como un estupor que hubiera paralizado tus mecanismos de decisión. Tus enormes ojos, desproporcionados en la escala humana, ven hacia mi, que no miran. No miran, pues, siempre abiertos, ven simplemente lo que hay delante y alrededor. Globos de mirada eterna que no duerme mas cuando la luz se va. ¿Qué piensas mientras atento me ves?, mejor, ¿qué esperas, pues no piensas? Algo se ha interrumpido en tu psiquismo, algún proceso quedó bloqueado ante la aparición de mi imagen desconocida, no incluida en tus esquemas de acción, en tus automatismos diseñados desde tiempos remotos por la naturaleza. Me ves y no sabes que hacer, no tienes respuesta, no sabes si soy bueno o malo, si tienes que huir o si cabe defenderse.. ni si puedo ser alimento. Y así permaneces… como el programa de ordenador que encuentra un dato no previsto y se bloquea.

!Qué limitado eres insecto, y a la vez que perfecto en tu diseño sencillo, qué espléndida obra de ingeniería biológica! Pareces un juguete hecho por un Dios, por un Dios juguetón y niño que se hubiese divertido creando seres de fantasía, pequeños y sencillos seres construidos con moléculas de vida, engranadas con tanta habilidad que les hicieran moverse y seguir construyéndose  a sí mismos, según unas reglas insertadas en él. Toda tu existencia no es más que la búsqueda de alimento para autoconservarte, libre ya de la tutela de tu creador, que hizo de ti un ser libre, autónomo. Y por igual de importante, sabiendo tu Dios lo inestable y perecedero de tu arquitectura dinámica, tu naturaleza contiene el mecanismo para recrearse por entero, para volver a empezar. Porque a tu dios sólo le interesa el juguete que inventó, no tu mismo… y te rehará mil veces sin esfuerzo, perezoso, confiando a ti mismo la reconstrucción.

!Ay insecto, me produces un vértigo enloquecedor, pues te veo equidistante entre yo mismo y el árbol !
 
 
 


 
 

MAÑANAS

Tan distintas son las mañanas… unas veces son noches extendidas hacia el alba, días que se prolongan hasta el nuevo sol… -en algún momento llegara el sueño breve que rompa el curso.
Otras veces son renaceres, nuevas vidas que se nos regalan después de un sueño feliz y abandonado… -estrenamos un alma renovada, rebosante, dispuesta a disfrutar el nuevo día-. Los idas rompen entonces en la almohada como las lentas olas en el dique, haciéndose espuma blanca de sueños, lluvia invertida hacia el cielo nocturno de la fantasía.
Mañanas amorfas e indecisas que uno quisiera evitar, prolongando el sueño, el dulce estupor del sueño hasta la hora en que ya solo cabe esperar otra vez la noche.
Y mañanas de angustia y pesadumbre ante el día amenazante, con su reto ineludible que destruirá mas aún nuestra entereza, que arrastrará mas abajo nuestra esperanza. Mañanas que nos despiertan cansado, impulsados ciegamente, como única alternativa, al suicidio cotidiano.
Y las dulces mañanas de cuando niño, absolutos despertares, nacimientos repetidos, cuando cada día era nueva la vida que lentamente se iba definiendo mientras nuestra madre nos recordaba que había que tomar el desayuno y prepararse para ir a la escuela.
Y mañanas de la vejez, cuando la vida ya no importa, cuando importan mas los sueños, los dulces sueños que nos traen escenas de nuestra vida pasada, felizmente recompuestas… -aquellos rostros jóvenes, aquellas personas queridas…- Mañanas que intencionadamente prolongan los sueños hasta que la luz del nuevo día deja las evidencias del ocaso en nuestro horizonte -ese dolor de huesos, la náusea de las mañanas…

Hay tantas mañanas distintas como edades en nuestra vida, como estados en cada edad… hay tantas mañanas distintas… como estados en la mar.
 
 
 
 


 
 

DEMASIADO ALTO

He subido demasiado alto sobre el suelo... ya no distingo a las personas. Sólo veo un río de vida que circula por las calles, que late en los infinitos huecos de la ciudad: ese mundo sólido perforado de habitaciones, dormitorios, comedores, pasillos... Hay una masa humana que ocupa la ciudad y vive. No distingo a las personas, sólo la vida de la ciudad, la masa viva que se mueve de manera ordenada, a sus horas, con sus ritmos. Por la noche la ciudad duerme

Allí abajo quizás mueren personas, no lo sé, no lo veo... y nacen otras nuevas, seguro. Pero yo sólo veo el río incesante que circula por las calles y descansa en las habitaciones de las casas. La ciudad vive, siempre la misma, siempre con su ritmo, año tras año. Lentamente sin embargo se modifica, se amplía; pero su vida permanece inmutable. Para mí, que estoy tan alto, es lo que importa, es lo que cuenta. ¡Qué importancia puede tener una persona!

Sé también que en la ciudad hay edificios que llaman bibliotecas, donde las personas, como trabajadoras abejas, van dejando la miel de sus ideas y sentimientos... y allí queda almacenada para que toda la ciudad la saboree. Y nada importa qué personas vayan realizando esta tarea, pero el hecho es que no se detiene y esos edificios van creciendo con el tiempo. Y a la vez, como si derivara de ello, parece que la masa humana se moviera con más vitalidad, la ciudad mejorara y creciera más deprisa. Y tampoco a mí me importa, desde mi posición, el que haya o no haya bibliotecas... sólo veo que la ciudad y su vida laten con más fuerza.

Ha pasado mucho tiempo... quizás me quedé dormido. Miro abajo a la ciudad... ahí sigue... ha cambiado... es más grande. Diviso largas arterias de circulación, altos edificios. Todo parece más ordenado, mejor estructurado. El río de la vida sigue incesante, como siempre, con sus ritmos. Goza de buena salud.

Me despierto completamente y asciendo más aún... veo a la ciudad desaparecer... luego veo sólo masas verdes, nubes blancas, agua de los mares. Acelero mi vuelo y me alejo de la Tierra, que pronto aparece como una pompa luminosa en el espacio oscuro, y más tarde se pierde de vista. Estoy otra vez solo, viajando a oscuras hacia las extraviadas estrellas, buscando el Límite Invisible, y me acuerdo por última vez de la ciudad, que allá abajo, desaparecida en los confines, seguirá obstinándose en sus ritmos. ¿Y qué importancia puede tener una minúscula ciudad para mí, que intento ver más allá de un Universo?
 
 
 
 
 


 
 

HA AVANZADO LA NOCHE EN SU CAMINO

Ha avanzado la noche en su camino; el día se apagó  hace muchas horas. Apago yo también la televisión, ese último esfuerzo por tener abiertos los ojos al mundo, y me voy a la cama, deseoso de entrar en esa breve frontera entre la vida y el sueño, en ese dialogo cotidiano entre mi alma y el Espíritu. Hay quien le llama Dios pero yo ni siquiera creo que exista; y me da igual, me lo invento; después de todo, lo importante es hablar de lo esencial, aunque sea con uno mismo o con alguien imaginado. Le hablo, ¿cómo no hacerlo si es la única posibilidad de confidencia sincera y profunda en mi vida? Pero él calla, siempre calla; aunque a veces imagino que habla a través de mí, sugiriendo pensamientos. Si se decidiera a manifestarse claramente a la luz del día… pero apenas si se insinúa en la noche, en la verdad del alma desnudada. Sé que soy carne, carne trasformada en corazón, corazón convertido en sentimiento, sentimiento que alcanza a ser alma, alma que sueña con ser espíritu imperecedero en ese breve espacio de la noche en que me acabo abandonando dulcemente a la muerte repetida de mi vida. Morir, dormir, ¿no es lo mismo? Pero sé que hoy soñaré, que quizás en sueños viviré maravillas, que volveré a nacer mañana renovado. Dicen que los sueños recomponen el alma abrumada por los conflictos y el dolor, inventando la fantasía las  ensoñaciones  oportunas, que actúan como un bálsamo que cura las partes dañadas. Es curioso, el alma parece comportarse entonces como el cuerpo, autocurándose, y poniendo en evidencia la materia de la que está hecha: de sueños.
  ¿Soñaré también en el momento de morir? Parece que toda nuestra vida pasa entonces por la mente con una extraordinaria claridad, como una visión tan lúcida y presente que  fuese la misma realidad vuelta a vivir… o el mismo sueño, que ahora nos deja evidencias insospechadas de lo que fue real y lo que fue fantasía.  ¿Me curará eso definitivamente del dolor de toda una vida, para despertar con el alma nueva en otra existencia? Es posible, no sé, al menos es curioso que suceda ese fenómeno, como sí fuera necesario darse cuenta de que toda la vida transcurrida no ha sido más que una cadena de sucesos en la que el alma ha estado involucrada, y al fin, revividas y desveladas estas escenas, el alma quedase completamente libre para emprender una nueva existencia, ahora sí, en una realidad definitiva.
¡Quién sabe! Cuando afronte mi última noche ya no hablaré como hoy con el Espíritu; ya no seré capaz de fingir su existencia; entonces tendré el alma muy despierta y sólo escucharé en la oscuridad mientras se van acabando los minutos … intentaré escuchar su voz hasta que al fin me invada ese sueño postrero de mi vida transcurrida, que me lleve hacia la Realidad definitiva o hacia el definitivo Silencio.
 
 
 
 
 
 


 
 

EN LA DIMENSIÓN DEL HOMBRE

Al principio de los tiempos todo era una misma cosa y nosotros formábamos parte de ella. Era un mundo mágico y desconocido en el que a veces sucedían cosas misteriosas que nos inspiraban un profundo respeto. Imperaban las fuerzas de la naturaleza y los animales eran portadores de una fuerza vital muy superior a la nuestra, fuerza que nos producía admiración y temor, e intuíamos que era el principio más poderoso del todo en el que estábamos inmersos. Éramos un animal mediano y poco fuerte, pero astuto, y aprendimos a depredar a otros animales, incluso a los mayores, a base de inteligencia. Pero todo estaba unido y conectado, todo era una sola cosa, y cada acto nuestro parecía influir en todo y todo nos influía.
Empezamos a poner nombres a las cosas para entendernos entre nosotros y manejarlas mejor; todas aquellas cosas que percibían nuestros sentidos: la piedra, el árbol, un animal. Incluso tratamos de poner nombres a lo misterioso, todo aquello que seguía actuando en el mundo y no alcanzábamos a controlar. Y así creamos los mitos, interpretaciones humanizadas e ingenuas de lo desconocido. Y poco a poco conseguimos imponernos al mundo, dominándolo, sintiéndonos separados cada vez más de él gracias a nuestra habilidad para nombrar sus partes y utilizarlas.

 Luego supimos que había otras cosas que no estaban en nuestra dimensión, sino que eran infinitamente más grandes o más pequeñas que nosotros. Y también inventamos un nombre para ellas, buscando analogías con las cosas conocidas. Y creímos que todo era cuestión de tamaño, pero no era sólo eso, sino que también era cuestión de comportamiento. Un planeta y un átomo se comportaban de diferente manera que una piedra. Todo lo que existía en nuestra dimensión estaba sometido a unos comportamientos que pronto supimos representar en forma simbólica, y a esas expresiones simbólicas las llamamos leyes; y hasta llegamos a pensar que esas leyes eran la causa real que producía aquellos comportamientos. Pero símbolos, expresiones y leyes no eran más que mitos también que intentaban interpretar la manera de ser de las cosas. Uno de los mitos más fructíferos para entender nuestro mundo fue el del "espacio". Todas las cosas podían medirse y ocupaban una porción de espacio. Cada cosa se ubicaba en un lugar. El espacio no tenía fin y lo imaginábamos prolongándose más allá de las más lejanas estrellas. Otro mito fabuloso fue el del "tiempo", ese reloj absoluto que medía el transcurrir de todos los fenómenos, que funcionaba por sí solo y marcaba inexorablemente la duración de nuestra vida; que se prolongaba también hacia el futuro, sin límites. Pero sobre todo, el mito de la "materia" fue la base de todo nuestro entendimiento del mundo, del mundo en nuestra dimensión.
 
Mas cuando empezamos a escudriñar en la dimensión pequeña de los átomos y partículas de que estaba compuesta la materia, se nos quedaron las manos vacías: no existía nada material al final, todo se iba esfumando a medida que se hacía más pequeño, hasta desaparecer por completo. No existía la materia, era sólo un mito, y nos quedamos asombrados. Empezamos ansiosos a buscar un sustituto básico para entender la composición de lo real, pero no encontrábamos más que nuevos mitos, como la "energía", los " campos de fuerza", etc., símbolos todos tomados de nuestra dimensión, símbolos demasiado humanos. Finalmente sólo pudimos decir que existía "algo", pero no sabíamos decir qué era, y lo definíamos por sus propiedades, por los comportamientos que tenía cuando lo sometíamos a diversos experimentos; hasta que nos dimos cuenta de que según el experimento y los instrumentos que utilizásemos en él, así se comportaba "aquello", por lo que nos fue imposible averiguar sus propiedades específicas, pues siempre obteníamos las propiedades de "ello y los instrumentos". El "ello" no existía solo, no se manifestaba solo. Presos de gran confusión, empezamos a dudar de la existencia de lo real tal como lo habíamos imaginado en nuestra dimensión. En ella sí que las cosas parecían tangibles, invariables, se podían manejar, medir y pesar;  conocíamos su comportamiento a la perfección y no dudábamos de su existencia separada de las demás cosas y de nosotros mismos. Pero ahora nos dábamos cuenta de que en la entraña misma de la materia todo estaba conectado, nada estaba separado, igual que en nuestro mundo primitivo, antes de que pusiésemos nombre a las cosas. ¿Nos habíamos engañado al individualizarlas y ponerles nombres para poder manejarlas? ¿Les habíamos quitado algo de su verdad? Entonces no nos importó, pues nuestro único empeño era usarlas, ponerlas a nuestro servicio, y bien que lo habíamos conseguido. Si una parte de su realidad se había quedado fuera de nuestro conocimiento, ¿qué nos importaba si no era útil?
Al mismo tiempo que la pequeña dimensión, comenzamos a explorar la gran dimensión del Universo, y lo mismo que con la pequeña, no encontramos límites definidos. Cada vez parecían existir más y más estrellas y galaxias, aunque nadie podía imaginar que aquello no tuviera fin. Tampoco tenía sentido que lo tuviera, porque entonces, ¿qué había más allá del fin? La perplejidad de este dilema nos llevó a la conclusión de que el espacio, tal y como lo habíamos entendido hasta entonces, era una falacia, una idea sin realidad, un mito para explicarnos el mundo, poder medirlo y manejarlo, pero que no valía para entender el cosmos. Tampoco la idea humana del tiempo duró mucho, pues aunque éramos capaces de imaginar un tiempo sin fin para el cosmos, no podíamos entender que no tuviera un principio. Y si tenía un principio, ¿qué había antes del principio?. Todas esta reflexiones comunes se plantearon científicamente con las más avanzadas teorías y lenguajes simbólicos, tan elaborados, que llegaron a perder completamente su sentido humano; se volvieron abstractos, matemáticos, y sólo unos pocos iniciados eran capaces de entender algo del cosmos y de la inframateria. Con estas teorías llegaron a la conclusión de que aquello que habíamos llamado tiempo y espacio eran la misma cosa. Y a toda una serie de verdades igualmente sorprendentes, que sin embargo no eran más que nuevos mitos para poder entender las nuevas dimensiones.
Y fue entonces, después de saber que la realidad superior en que estabamos inmersos, y la inferior de la que estábamos formados, se nos escapaban de las manos, cuando se produjo la Gran Crisis; la crisis de saber que no conocíamos  la realidad ni llegaríamos a conocerla posiblemente nunca. E inevitablemente volvimos al sentimiento de los tiempos primitivos, a sentirnos viviendo en un mundo misterioso, poseído por una realidad que nos trascendía, y que nos inspiraba un fuerte respeto y veneración. Y la pregunta seguía planteada siempre igual : ¿Qué es todo? Y sólo el mito seguía siendo la respuesta. El mito, el reflejo del hombre en el espejo impenetrable de la realidad. ¿Hasta cuando?
 
 
 
 
 
 


 
 
 
 

LA GRAN TORTUGA

La piedra es, mas no desde siempre; el Planeta la vio hacerse al enfriar  su magma y después se desgajó de la montaña. El árbol es, creció cuando vivían los abuelos y hoy se impone abierto en el aire. El pájaro es, y canta en la rama. Yo soy, y me pregunto.
La piedra se desgasta, el árbol se seca, el pájaro muere simplemente un día. Yo, antes de morir, me pregunto, me pregunto, me pregunto…
Si me mirara el Planeta con la lenta mirada con que mira a la piedra, sólo vería que mi vida es un segundo; un segundo en la cadena de la vida que perdura, que promete durar más que la piedra, tanto como el Planeta. Tu vida, mi vida, cualquier vida, qué más da… la vida es lo que importa pues no cesa. Todo lo largo de mi vida cabe en un segundo del Planeta. ¡Pero mi recuerdo es tan inmenso… mi existencia tan larga para mí! ¿O tal vez sólo detallada, un segundo minuciosamente detallado para permitirme construir un pequeño pedazo de mundo? El mundo se construye piedra a piedra, árbol a árbol, pensamiento a pensamiento, libro a libro, hombre sobre hombre.
Dicen que la tortuga mira tan lento que ve crecer la hierba. El Planeta mira tan lento que ve crecer el mundo. El hombre mira tan rápido que sólo ve la trama del mundo y de sí mismo. Todo es cuestión de tiempos, de las escalas del tiempo. La conciencia depende del ritmo vital, la realidad que vemos depende del tiempo durante el que se mira. No existe una realidad, sólo muchas maneras de ver algo que se está creando. El obrero es el que mira con el ritmo en que se construyen las cosas, pero se le escapa la totalidad del proceso. El creador es el que las puede contemplar desde el principio hasta el final, terminadas; es el que las posee. La mirada más lenta posible vería como el mundo se hace en un instante. El Creador es el infinitamente lento, el estático, el que no cambia mientras se construye el mundo, la Gran Tortuga, como decían los antiguos, que la imaginaban sosteniéndolo en su caparazón. ¡Qué bella imagen, que afinada intuición para representar el transcurrir de los tiempos del mundo sobre la conciencia impasible de la Gran Tortuga!
Hay una cosa sin embargo que llama la atención en la imagen de la Tortuga: Sostiene el mundo, lo lleva sobre su espalda en su lento caminar, lo soporta, pero nada indica que lo construya; sólo le presta el tiempo, que para ella parece no tener fin. La lentitud del creador es la lentitud del contemplador también. El contemplador quizás sueña que crea, imagina el proceso, sigue su ejecución, como esos ancianos jubilados que contemplan perezosos y complacidos las obras públicas y hacen suyo el resultado. Si existe alguien que nos mira desde siempre, ¿será sólo eso, un contemplador? Después de todo, el mundo tiene toda la pinta de hacerse por sí mismo y como puede… ¿o no?

Somos obreros del mundo, ajenos casi completamente a la obra total lo construimos creyendo que construimos nuestra vida, y no damos demasiada importancia a esa pequeña piedra que colocamos en la obra, que para nosotros significa sólo sobrevivir. Y es curioso que persiguiendo simplemente nuestro interés se vaya construyendo un mundo sin creador que dirija los trabajos. ¿No nos da eso la pista de qué tipo de mundo se está construyendo? Sencillamente aquél que facilita la vida de los individuos, que les permite sobrevivir con más facilidad. No en vano la población humana ha crecido inmensamente mientras la población animal y vegetal desciende de día en día. El hombre se apropia de la naturaleza, la explota en su favor, crece, crece, crece… y acabará trasformándolo todo, haciendo el mundo a su imagen, a la medida de sus necesidades. Acabará sabiendo sobrevivir sin la naturaleza, en un mundo artificial, producido, autónomo. El futuro presenta al hombre ante sí mismo y no ante la naturaleza como en el pasado.
Y finalmente el hombre consiguió la autonomía total, la vida garantizada sin trabajo. La Humanidad se volvió ociosa, la tarea paró. Y el hombre se enfrentó por primera vez, como especie, a la conciencia de su vacío. Por primera vez se fijó claramente en la Tortuga que soportaba el mundo y sintió miedo. Dependía de la Gran Tortuga. Y se esforzó en suplantarla. Pero se sentía incapaz de entender su existencia, era algo que se escapaba de su control pues no era ni algo natural ni algo inventado. O si era algo natural, pero en otra dimensión natural distinta de la suya y desconocida. Sólo le quedaba intentar comunicarse con ella, intentar ser como ella, aprender a conocer su mundo. Así comenzó la nueva Era de la Humanidad, la Era de su transformación en Tortuga. Finalmente mató a la vieja Tortuga y ocupó su sitio. Pronto comenzó a formarse un Nuevo Mundo sobre su caparazón incipiente, que milenio tras milenio se iba engrosando, presa en su tarea, esclava de su destino que ella misma ambicionó. De nuevo se estaba construyendo algo ajeno a su propio interés.
 
 
 
 
 
 


 
 
 

LAS LEYES DE LA CREACIÓN

El primer día se hizo la vida y la carne fue alimento de la carne, y la muerte del débil necesaria: Ley del más fuerte.

El segundo día, el fuerte había crecido tanto que ya no tuvo a quién matar y comenzó a morir de hambre. Así se alcanzó un equilibrio en el que para que existieran los fuertes tenían que existir un número mucho mayor de débiles: Ley de la explotación en equilibrio.

El tercer día nació el hombre y era inteligente. Enseguida aprendió las leyes de la fuerza y la explotación.

El cuarto día, los débiles, contemplando el horror de la creación, quisieron corregirla y abolir las leyes antiguas, e inventaron el amor. Era un sentimiento tan intenso que enseguida se propagó por todas partes, incluso entre los fuertes: Ley del amor

Pero la ley del amor no fue capaz, sin embargo de borrar las leyes antiguas en el alma de los hombres, sino que se superpuso a ellas, controlándolas. Los fuertes enseguida supieron compaginar todas las leyes, aplicando la ley del amor entre sus familiares y amigos, y las leyes de la fuerza y la explotación al resto de los humanos. Así nació la hipocresía, la política, las ideas de democracia y libertad. Fue el quinto día, en que se instauró la Ley de la astucia.

El sexto día aparecieron las comunicaciones globales, y los débiles se convirtieron en un grupo muy cohesionado que intercambiaba información en tiempo real y eran capaces de movilizarse a la vez en todo el mundo, manteniendo una actitud común; y como eran muchos más debido a la ley del equilibrio todavía vigente, se transformaron en un poder que supo imponer su opinión a los fuertes: Así nació la Ley de la Opinión Pública y los fuertes fueron desposeídos y eliminados para siempre.

El séptimo día, el Mundo descansó por fin.
 
 
 
 
 
 


 
 
 

EL ALMA COMO LA NUBE

Si después de todo no hay nada más allá de la muerte, si todo empeño es inútil y todo esfuerzo baldío, sirviendo en el más afortunado de los casos para dejar una memoria de sí mismo que durará algunos milenios, lo mejor será vivir apaciblemente, sin desear nada ni pretender nada, dejarse vivir como se deja que pasen las nubes suavemente, silenciosamente, sintiendo la brisa ligeramente cálida del existir, el placer simple y natural de respirar, descansar o dormir, la sencilla maravilla de ver la luz y los colores o tocar las cosas y sentir los perfumes. Y a los otros, verlos como se mira al paisaje, un paisaje de almas, dejándolos ser como se deja ser al árbol al que no se quiere talar. Amigos en amable compañía pasajera, como el que se sienta al lado en un banco, el banco de la vida que transcurre lentamente. Todo afán nos priva del vivir, del vivir en sí mismo que se percibe ociosamente, sintiendo lo más cotidiano. La paz del alma, la paz de existir sin dolor ni necesidad, la paz de dejase vivir y morir como el día. Vivir sin esfuerzo y morir con dulce abandono. Combatir sólo el dolor.