MOMENTOS
 

Gerardo Hernandez
Ó 2001
 

AMANECER DESDE UNA TORRE
AMORES VIRTUALES
DONDE NACÍ
EL CISNE
EXTRAÑO SENDERO HACIA EL SER
SEÑALES
LAS CARAS DEL MUERTO
DESPERTAR
LA OTRA VIDA
EL PASO DE LOS AÑOS
TIEMPO DE NAVIDAD
EL FUMADOR DE PIPA
AÑO NUEVO
SEÑALES
 
 


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AMANECER DESDE UNA TORRE

Madrugada. Es noche aún. La sala de trabajo abarrotada de mesas, armarios y ordenadores donde, día a día, paso interminables horas obligada a no ser yo misma, está ahora vacía y silenciosa. Soy la primera en llegar. Quizás me desvelé al final de la noche y, aburrida de mi propia soledad, me anticipé en salir de casa. Hay veces que me levanto de manera automática, me arreglo, desayuno y salgo a la calle sin apenas ser consciente de esta rutina cotidiana de venir de mi casa a la oficina.

La sala está completamente vacía, pero laten, sin embargo, las ausencias en las mesas irregularmente colocadas. En cada mesa la suya. Pronto estarán presentes todos esos mundos tan diferentes entre sí, tan diferentes al mío, tan ajenos. La identificación es imposible y niego conscientemente mi corazón a su compañía, sin dejar de ser amable. Todo nos cambia, y el amor nos cambia sobre todo, por eso me niego. Pero es difícil rehusar y permanecer al lado. Quizás haya que suicidarse por amor, o aprender a vivir con locos también, con locos enfermos y viejos, y saber conservar la propia persona. Amar diferenciándose. Amar sin disolverse.

A través de los ventanales veo amanecer, lejos de la ciudad oscura. Las torres de oficinas mantienen las ventanas encendidas desde ayer, únicos testigos de la noche en la inmensa ciudad. Aún duerme.
Brilla un lucero, a gusto en el espacio entero. Pilotos rojos en lo alto de las torres completan el panorama nocturno.
Oscuro el Poniente; tenue franja rojiza por Levante, que muy lentamente se va expandiendo, tomando cuerpo, diluyendo su color. La ciudad va perdiendo la profundidad de su oscuro. Suena una sirena. Abajo, en el suelo, en torno a un edificio en construcción, se van encendiendo hogueras y unas sombras se calientan alrededor. Comienzan a moverse silenciosos gigantes de hierro. Suenan amortiguados ruidos de obra.

La ciudad se ha vuelto gris y una débil claridad se refleja en las altas torres que miran a Levante, que ya es luz. Todo el cielo sobre la ciudad clarea. Un rumor indeterminado va creciendo sobre el silencio. Circulan coches. Ya es día temprano. Comienza la vida... La vida de la ciudad. La mía está aplazada.
 

 

 
 
 
 

AMORES VIRTUALES

Amiga, te siento alejada de mí desde el día que cambiamos nuestras fotos por la red; te siento a la distancia de los años que separan el aspecto de dos rostros, y sin embargo te separa de mí sólo esa incierta distancia hasta una imagen congelada, hasta un instante de vida sorprendido quizás en un momento equivocado (mala era la digitalización, por cierto).

Si quisieras... si pudieras explicarme este silencio...
Sólo recuerdo de tus últimas palabras que nuestros aspectos nos separaban muchísimo, y me pregunto: ¿nuestros aspectos?... ¿pero cual es el aspecto de un corazón?
Quizás tú no buscas la amistad aunque lo proclames... quizás busques resucitar un amor en otro amor de igual aspecto, pero con el alma nueva. ¿Es ese el aspecto que nos separa?

No sé, había visto en ti afinidades especiales, a pesar de tu alma herida y confusa; afinidades que prometían una hermosa amistad, una tierna amistad que nos hubiera servido a los dos, para afrontar a veces tanta soledad y tanto abandono...
Pero tu silencio me dice que quieres termina esta incipiente amistad a golpes de olvido, para que se extinga lentamente. Pero no, ¿sabes?, realmente sangra, la estás matando con la espada larga y fría del silencio...

!Hay amiga¡, sabía que serías tú la que me traicionarías a mí, pero no pensé que tan pronto; que cerraras tan pronto la ventana que tú  abriste primero hacia mi ordenador. ¿Acaso te dedicas a buscar por detrás de las pantallas?

!Pues bien, sea, sangre y muera ese pequeño corazón que había crecido entre los dos¡ Ese pequeño corazón virtual. ¿O los sentimientos viajan realmente por la red?
Muera ahora y para siempre... ¿Para que arrastrar un cadáver largo tiempo? Asistamos los dos al entierro infantil, cumplamos las ceremonias, y que lo inerte descienda a la tumba del recuerdo y las almas recobren la paz.

Me decías que habías "vivido mucho" -y eso implica sufrir el abandono del amor-, pero quizás no aprendiste demasiado todavía; tal vez viviste demasiado deprisa, sin tiempo más que para mirarte por dentro. No aprendiste, por ejemplo, que en todo abandono no hay culpables, sólo dos almas que no se han mirado. Porque un abandono comienza en el encuentro ensoñado de almas que realmente buscan cosas distintas; por eso no hay culpables, sólo ciegos, soñadores... y poetas. Y es que los amores reales son virtuales también la mayor parte de las veces. Y cuando entiendas esto, verás que los abandonos no duelen tanto, ni dejan en el alma ese peso triste de los recuerdos y el vacío de los sentimientos.
Me decías que el sufrimiento por amor envejece las almas, las agota, igual que los años envejecen los rostros, pero que tu aspecto no había cambiado desde aquella foto tan juvenil que me mandaste, de algunos años atrás; me decías que físicamente eras la misma. A mí, aunque el paso de los años me ha cambiado el rostro, no me ha cansado el alma; soy el mismo que el de esta imagen que hoy te mando, cuando tenía la misma edad de tu foto. Es curioso, la edad del alma es otra distancia que se interpone entre los dos.
Y es que hay tantas maneras de medir las distancias...

Cierro, pues, yo también tu ventana en mi pantalla, pero ya sabes, sigo por aquí, sin rencor. Si alguna vez me necesitas, el llamar otra vez sólo dependerá de ti. No encontrarás silencios, siempre estoy disponible para el que llega por el puerto de la sinceridad.
 
 


 
 

DONDE NACÍ

Los huesos del alma vuelven a encajar otra vez al llegar a la pequeña ciudad donde nací, a orillas del Duero. Y siento que mi espíritu habita el cuerpo al oír simplemente  los rumores de la calle, de la vida, del río...

No tengo nada que hacer hoy, sólo oír, sentir la caricia del sol, encontrarme con personas amigas que viven satisfechas su pereza.

Estoy en mi ciudad, en mi sitio, en el nido de mi vida, donde no es preciso hacer nada, sino anclarse al tiempo, al río del tiempo y dejar que me lleve en su corriente, lentamente, como el Duero.

Volver, descansar en el sitio perfecto del descanso, en el punto donde arrancan mis raíces, donde duermen imperturbables mis abuelos, tan presentes hoy en esta casa de la infancia...

Recuerdos de la niñez, que abrió los ojos por primera vez aquí, entre esta luz, entre estas piedras viejas, entre estos sonidos; entre estas sensaciones que fueron mi primer universo.

!Ah... los ecos tranquilos de la tarde! Los ecos de la tarde somnolienta de verano entrando en la quietud fresca de mi casa: el trinar de un gorrión, el ladrido lejano de un perro, el abrir de una ventana de madera y la voz reposada de un vecino... el rumor del agua entre las piedras abatidas del puente romano.

Aquellos sonidos amigables de la tarde están aquí de nuevo, ante mí, y toda la frescura de mis sensaciones de niño despierta inundando de una evidencia plena y fácil mi ser.

La casa donde nací... hay tantos recuerdos en esta casa, en cada rincón... Siento como un desdoblamiento al mirar esa cama donde pasaba tumbado las siestas del calor; ahí está el niño, ahí mismo, girado hacia la blanca pared, sin dormir, recorriendo con la vista, en minuciosidad tranquila, los accidentes del enlucido, los desgastes y las manchas de la pintura..., y oyendo los sonidos que surgen entre el silencio de la siesta, los sonoros y perezosos sonidos de la tarde.

Y lo veo también correr por el patio, entretenido él sólo, construyendo flechas y persiguiendo a los gatos de los tejados... o subiendo a la frondosa higuera, sorteando las ásperas hojas para coger las brevas más dulces.

Todo late todavía en mi casa, hoy vacía. Todo late en la ciudad y en el alma de sus gentes. El tiempo duerme aquí y pasa lento, dejándose llevar por el río.
 
 
 


 
 
 
 
EL CISNE

Verdor profuso de árboles y hierba alrededor del lago. En el centro un elevado surtidor, géiser frío, derrama su agudo torrente hacia las alturas. El agua asciende ligera, se ralentiza en la cumbre, flota suspendida un instante, y cae convirtiéndose en fina lluvia, en niebla estrecha.
 Los negros vencejos y las golondrinas sobrevuelan el lago incesantes, con sus vuelos en quiebro, aleteando, persiguiendo a los invisibles insectos. Silencio, soledad; apenas un caminante cruza la madrugada por delante del lago. Trinan lejanos los gorriones sus mensajes de vida, componiendo un entrecortado murmullo que ocupa todo el espacio. Hay un frescor delicioso en la incipiente mañana, bajo el sol, todavía tibio, del verano. La superficie del lago espejea todo el verde alrededor y el azul tan claro del cielo.
 Han huido de mi los pensamientos, perezosos, cansados todavía de la noche casi en vela; se han vuelto a dormir. Me llenan por entero el frescor verde y húmedo, los trinos, la magia inevitable del surtidor, incesante en su empeño…Todos los ritmos coexisten ante mí en armonía: la velocidad desatada del agua que asciende, el vuelo ágil de los pájaros, la serenidad espejeante del lago que insinúa un leve movimiento del agua a la deriva, la impasibilidad verde de los árboles… Pero es sobre todo el surtidor, la llama blanca del surtidor lo que me fascina. Como un incesante fuego de artificio, se dispara y asciende, abriéndose en la altura, siempre cambiante, siempre el mismo, como la llama, como el humo del cigarrillo olvidado ahora entre mis manos.

 He llegado hasta aquí huyendo del dolor, buscando respuestas en el silencio del lago, en la vitalidad de los pájaros, en la fuerza liberada del surtidor. He venido buscando respuestas calladas.
 La brisa del lago mueve suavemente las hojas de la acacia a mi lado; las delicadas hojas finamente recortadas sobre la rama, multiplicadas sin fin como si se hubieran cortado sobre un papel cien veces doblado, pero con esa sugerente simetría levemente imperfecta de lo orgánico. Sobre la rama ha venido a posarse un gorrión, balanceándola con su impulso. Estira su cuello inquieto, mirándome atento, dudando. Enseguida salta a volar y se aleja. !Qué lleno de vida, qué plenitud! ¿Porqué no se verá nunca un gorrión agotado, enfermo, moribundo, como el ser querido que está muriendo estos días a mi lado?… Quizás los gorriones no enferman, quizás viven siempre intensamente y mueren de repente cuando la enfermedad les abate. O quizás se recluyen  tambien en sus nidos, como las personas en sus habitaciones de muerte. El hombre piensa su muerte, la anticipa, enferma también con el alma. El pájaro quizás vuela y cae, en un segundo. ¿Pero quién conoce los secretos de los pájaros?

 El surtidor sigue ascendiendo como antes; un ligero viento está desplazando su espuma, que ahora cae separada del chorro que sube y se despeina en el aire. !Cómo se adapta, cómo convive con el viento!…  !Mas de pronto se ha cortado su chorro, se ha detenido el surtidor!… El último caudal impulsado asciende todavía en el aire, se ralentiza como siempre, flota ese instante suspendido y cae otra vez abriéndose en fina niebla blanca, que ahora el viento dispersa y diluye, convierte en inmaterial, como si fuera el alma liberada del surtidor.

 Cerca de la orilla cruza majestuoso un cisne blanco, muy lento, sin mover el agua al deslizarse. Su cuello alto, la curva cerrada en su cabeza, su mirada fija, le dan un aire de obstinada serenidad, como si estuviera clamando con su gesto que el secreto de la existencia es ser pausado, silencioso… imperturbable.
 
 
 


 
 

EXTRAÑO SENDERO HACIA EL SER

Quisiera escribir algo, no sé, algo interesante, y busco, y pienso, mas nada se me ocurre, nada, y pretendo según voy escribiendo esto mismo que algo se insinúe, que algo desarrolle su sentido, pero nada llega, nada despierta. Oigo a mi alma que no siente mas que un vacío de emociones, ni alegría ni sufrimiento; que no alcanza a pensar mas que en esta ausencia de ideas, sólo en estas palabras que recogen mi único deseo ya casi indiferente de escribir algo, de sentir algo, de pensar algo estimulante. Y sólo escucho el silencio, el silencio de mi alma despierta por nada, llena de nada, ocupada por el tiempo que no late, o si late pero en la nada. Sólo respiro a veces, sólo siento mi cuerpo a veces, pero nada que avive el alma, nada que despierte ya un deseo. Todo está tranquilo, todo descansa. Suena el deslizamiento de mi mano al escribir, luce el blanco del papel, rasga la pluma, siento el aire en torno a mí y el hueco de mi habitación; siento que en el fondo no quiero nada, que está bien no sentir nada, no tener alegría ni tener tristeza, no estar afanado ni inspirado, no odiar a nadie ni amar, ni siquiera escuchar música; ni siquiera oír al vecino ni los ruidos de la calle, ni siquiera el ascensor que se detenga en mi piso. Todo está bien, o nada está bien, nada está, o mejor, perdura; nada alrededor y adentro. Nada, nada, silencio. La nada y yo. Yo, solo yo.
 
 
 


 
 

SEÑALES

He despertado después de una noche atribulada. Se ha puesto a llover suavemente y pronto se desata una aguacero… ¿Pero por qué llueve si es verano? ¿Porqué justo hoy y en este momento, al despertar, siendo ayer un día de muerte?… Es como si el cielo desatara su llanto para ayudar al mío contenido, o hacerlo quizás innecesario. Llueve y llueve largamente… y el alma, como el cielo, poco a poco se va sosegando… y al final clarea.

Cuantas veces, en momentos delicados, he sentido esa señal del azar o providencia, ese pequeño suceso que me sugiere el gesto del Dios olvidado de la niñez, ese Dios que siempre estaba presente y que ahora parece querer recordarme: No lo dudes, existo y te contemplo.
 
 
 
 
 


 
 

LAS CARAS DEL MUERTO

Ayer estaba vivo, sonrojado de buenas comidas, satisfecho y hablador. Y de pronto el ataque, convulsiones, desfallecimiento, coma… Todo inútil.

Yace tumbado en la cama de hospital donde acaban de verificar su muerte. Han cerrado sus ojos y arreglado su gesto. Entran los familiares. Su rostro sigue sonrojado, tranquilo, como si durmiera. Una mano se atreve a tocarlo: está tibio aún, su cabeza cede suavemente al leve empuje de la mano y vuelve a recuperar su posición al retirarla. Sí, realmente duerme; estará muerto pero duerme. Su gesto absolutamente tranquilo insinúa que piensa, o quizás sólo siente, o sólo oye aunque sus músculos no se muevan. Tal vez está viajando un camino hacia otra vida, o hacia la nada. Pero parece que lo hace con dulzura, lentamente.

Al día siguiente todo está listo para la ceremonia de enterramiento. El cuerpo, en la caja abierta, espera el último adiós antes de ser conducido. Nuevamente han corregido su rostro, ahora con manos expertas. Dibuja una leve sonrisa, ese gesto suyo tan característico, y parece feliz. Pero su piel está ya lívida, muy blanca. Y sus labios están muy cerrados, como si los hubiesen pegado para evitar que su boca se abriera en una mueca de abandono excesivo o estupor. Algunas manchas oscuras aparecen sobre su frente y cubriendo gran parte del cuello, evidenciando los estragos del tiempo. Pero sonríe, con su típica sonrisa entre irónica y condescendiente, muy leve, muy descansada. Sonríe desde su cara emblanquecida y muerta. !Ahora sí, muerta! !Ahora ya el horror del abandono y la presencia de su gesto unidos, imposibles, trágicos!

Tapan la caja y parte el cortejo. El recuerdo del rostro vivo late todavía con demasiada fuerza entre la familia, y es dramático mirar el descenso hacia el fondo oscuro de la tumba, y las paladas de tierra sonando en la caja como lúgubres tambores de muerte definitiva y olvido.
 
 
 


 
 

DESPERTAR

Es muy pronto todavía... Suenan los relojes de la casa mientras fumo tranquilo un cigarrillo después del desayuno. Por la ventana llegan amortiguados los ruidos cotidianos. La mente sigue adormecida aún, pero la atención está muy despierta, como la luz del cielo que se ofrece por la ventana.

El ritmo de los relojes me muestra el tiempo que pasa, incesante pero sin prisa, generoso, abundante. El pensamiento está quieto, pero las sensaciones de luz y sonido me llenan por completo. En la habitación, el florero sobre la mesa, el gran espejo, la lámpara de pie que acabo de apagar, con su cadena larga que oscila todavía, lentamente, como el péndulo de los relojes.

Todo está en calma, y sin embargo late... La pereza del sueño recién terminado me invade, acompañando la sensación de bienestar del desayuno. Me demoro en la acción, sumido en mis sensaciones, contemplando el escenario en que mi vida tendrá lugar dentro de unos instantes.
No hay prisa, no hay prisa... el tiempo es muy largo en la quietud, como la mañana tranquila...

Es muy pronto todavía,
quiero alargar el momento,
quisiera quedarme así,
sin pensamientos,
flotando en las sensaciones,
flotando en el tiempo
como ese péndulo de reloj,
...eternamente latiendo.
 
 
 
 


 
 

LA OTRA VIDA

Has muerto hace algunos días… ¿pero por qué digo: has muerto?… ¿acaso vives?
Será que no me resigno a tu desaparición, será que vives en el alma todavía … ¿o es simplemente que la imagen tuya que conservo es de cuando estabas vivo, sonreías o hablabas, o mostrabas ese gesto tuyo tan peculiar…? Sí, la imagen de tu muerte, ese rostro lívido e impasible, abandonado de la sangre, no se muestra todavía cuando pienso tu nombre, sino esa imagen tan vital que sin saberlo siempre me acompaña. Y así, me sorprendo tantas veces cuando, haciendo mi vida cotidiana, de pronto me doy cuenta de tu ausencia y me pregunto: ¿Dios mío, pero se ha muerto? Y no sé como encajar esta idea dentro de mi vida, de mis quehaceres de siempre, de mi rutina, que siempre te incluían vivo.

Es una imposibilidad, es no poder aceptarlo… es por fuerza necesitar que exista otra vida en algún sitio para que pueda decir de cuando en cuando…!Dios mío, hace ya tantos días que te has muerto!

Sólo cuando pase mucho tiempo, a fuerza de ausencias, se irá desdibujando adentro esa imagen tuya que me sonríe, … y quedará sólo en el papel de tus fotos, en los archivos del tiempo: estaciones sin regreso que el tren de la vida va dejando atrás.

Y entre tanto, sintiendo que aún existes en alguna parte, contemplo y examino con calma todas esas cosas tuyas que no te llevaste en tu viaje de la muerte: tantos libros elegidos con devoción, esa espléndida colección de pipas traídas de tantos viajes, bien quemadas por el fuego de tus noches de lectura, esos objetos de uso personal que parecen esperar todavía tu mano que los coja… esos trajes donde aún vives y conservan hasta la huella de tus movimientos… Sigues latiendo en todos los rincones de tu piso abandonado, en tus cosas abandonadas, y en la puerta de tu casa, y en tu calle… Sigues vivo en mi interior… todavía.
 
 
 
 
 


 
 

EL PASO DE LOS AÑOS

Los años fueron pasando al ritmo de las distintas edades, al compás de los diferentes quehaceres y situaciones propios de cada época, que nos fueron alejando de la infancia, convirtiéndonos en hombres, acercándonos a la vejez.
Camino de la vida, trenzado con el azar en cada momento, sorprendido por las circunstancias, aunque con líneas tan definidas en nuestra memoria como si cada paso dado hubiese sido el mejor elegido.
Momentos, etapas que han ido pasando, como la música de la guitarra que oigo desgranarse suavemente en el hueco lleno de mi habitación. Me deja en el aire la música de esta guitarra un rosario de tristezas y sus notas nostálgicas son como los años pasados, que ahora suenan compuestos en mi memoria.
 
 
 
 
 
 



 

TIEMPO DE NAVIDAD

! Navidad, Navidad!… !Cuanta miseria! Aplazamos los quehaceres, el trabajo y todas aquellas cosas que juzgamos importantes y que ocupan nuestro empeño todo el año como si en ellas se tratase de sobrevivir. Libres de coartadas nos buscamos el corazón unos a otros, intentando convencernos de que existe todavía alguna razón para estar aquí.
Navidad, tiempo de locos y suicidas, de impotencia de amar ahogada en comida y alcohol, en tristísmas y solitarias borracheras.
Y sin embargo feliz Navidad para algunos, en sus cálidos nidos de afecto, emborrachándose de calor familiar. Es una ignominia celebrar la Navidad, porque es la fiesta de unos pocos y la desesperación de muchos, que sólo pueden recoger la nostalgia en esta noche, esa tristeza de la memoria que agudiza su desolación presente, donde faltan tantos seres queridos…

Navidad, día de la familia, de los niños… día de volver a la propia niñez aquellos que se han quedado solos. Años lejanos que fueron pasando al compás de las diferentes edades y situaciones de la vida. Primeros años infantiles, ya casi sin recuerdos concretos, con los abuelos presentes todavía. Alegría, frío y calor a la vez en aquella casa antigua, quizás de una pequeña  provincia. Frío en el ambiente, y calor en el rostro enrojecido por una copita de vino dulce que en broma te ofrecieron; y calor en los pies abrasados por el fuego de un brasero.
Luego los primeros años en la gran ciudad, adolescencia, canciones, comilonas, radio aún y villancicos. Calor de ancha familia.
Enseguida los estudios, el distanciamiento de algún hermano mayor, comienzo de la desolación y la ausencia en las cenas de la Navidad.
Navidades tensas entre matrimonios, con los padres ya mayores, la enfermedad insinuándose entre plato y plato.
Navidades de luto después, odiadas Navidades obligadas por el recuerdo del padre o la madre ausente… !Ay madre!… promotora de tantas Navidades…

Tiempos, Navidades que ahora sentimos deslizarse en el recuerdo como esa música nostálgica que ya sólo nos complace en Navidad, ahora que ya no suenan villancicos en nuestra casa, ni hay coros de niños que los canten, ni abuelos que los escuchen, sino sólo nosotros, flotando entre recuerdos y aferrados a un presente que se llama solitaria realidad.
 
 
 
 
 
 


 
 
 

EL FUMADOR DE PIPA

Suena en silencio el tic-tac del reloj; ese silencio que todo lo inunda. Asciende perezoso el humo de la pipa que fumo lentamente mientras dejo desgranarse esos segundos del tic-tac que me regalan el cuerpo desnudo y etéreo del tiempo, de ese tiempo puesto hoy a salvo de tareas y de prisas, a salvo de angustias y temores; de ese tiempo descubierto y limpio en el que mi alma se queda y respira. Sí... a menudo perdemos el tiempo cuando pretendemos utilizarlo -es curioso, pasa igual con las personas-. Cambiamos en mal trueque tiempo por trabajo, serenidad por inquietud, existencia fácil por deseos; compramos ilusiones pagando con moneda de tiempo.
Tiempo, tiempo que huye, tiempo que pasa escondido, tiempo que al final reclamamos como si nos lo hubiese hurtado la vida. Y sin embargo está aquí, ante mí, en este incesante y suave tic-tac, en este humo cálido y aromático que asciende sin prisas, a su ritmo. Inmenso caudal de tiempo, enorme tesoro de existencia que quiero consumir despacio, muy despacio, como este tabaco cargado de sabor que fumo lentamente, muy lentamente, que siento en cada respiración como una onda de aroma que aviva mis sentidos una vez y otra vez... Y puedo contemplar en esta calma todo lo ancho de mi existencia y darme cuenta que no es necesario hacer nada para saberme vivo, sólo sentir el sabor de los segundos que se consumen a fuego lento, que se convierten en humo como el que flota ante mí perezoso mientras se disipa.

Alguien dijo que somos polvo, pero polvo enamorado: fue un poeta. Otro dijo que la vida es humo, sólo humo: era un filósofo. Un fumador de pipa le corrigió: "pero humo de pipa perfumado". Todos pensaron que era un chistoso, pero en el fondo era un sabio.
 
 
 
 


 
 

AÑO NUEVO

Navidad… Con suerte, algunos días de vacaciones: paréntesis en la vida cotidiana de trabajo, preocupaciones y conflictos. Todo se aplaza. También en verano, sí, pero es distinto, es otro aire y otro sentido. Entonces, es la vida en plenitud, aunque es la simple plenitud del gozo vital. En Navidad es otra cosa, es el sentimiento el que se ensancha, es el corazón el que se desnuda como el cuerpo en verano; el corazón el que se baña en el mar soleado y cálido del afecto. Verano del corazón, en invierno, suave y rojo verano con sabor a dulce sandía. La carne blandamente granulosa y dulce de la sandía me evoca el sabor de la Navidad. Una redonda, grande, abierta, roja muy roja sandía me gusta como símbolo navideño. También el fuerte y azucarado sabor del melón me sabe a Navidad. Y la uva, la uva de moscatel que embriaga como el dulce ocaso de un día de verano. Pero ahora no es la época de estas frutas. ¡Qué lejos queda Septiembre! No sabe igual esta uva extemporánea del Año Viejo, la de las doce, la de los últimos granos del año que desgrana el carillón de la Puerta del Sol. Uvas del Sol, Puerta del Año, de entrada y salida a la vez de este viejo zorro que con un pase mágico, al llegar al umbral, se convierte en niño, da media vuelta y vuelve a entrar como si fuera otro. ¡Cómo nos engaña el puñetero anciano! Renace, siempre renace y crece deprisa, apoderándose, a los pocos días, de todas las cosas que quedaron olvidadas. Y comienza a actuar con la misma habilidad e insensatez que el Año extinto.

Año Viejo, adiós para siempre. Bien muerto estás, y pronto enterrado en el cementerio de papel de la Historia. ¡Entre, pues, el Año Niño (no te quiero llamar Nuevo)!, que enseguida llegará el tiempo de salir a la calle; el tiempo de madurar y de que probemos tu sabor, no ya el dulce sabor de las frutas y de la Navidad, sino el áspero y amargo del deseo ciego, de la ambición y de la sangre.
 
 
 
 
 
 


 
 
 

SEÑALES

He despertado después de una noche atribulada. Se ha puesto a llover suavemente y pronto se desata una aguacero… ¿Pero por qué llueve si es verano? ¿Porqué justo hoy y en este momento, al despertar, siendo ayer un día de muerte?… Es como si el cielo desatara su llanto para ayudar al mío contenido, o hacerlo quizás innecesario. Llueve y llueve largamente… y el alma, como el cielo, poco a poco se va sosegando… y al final clarea.

Cuantas veces, en momentos delicados, he sentido esa señal del azar o providencia, ese pequeño suceso que me sugiere el gesto del Dios olvidado de la niñez, ese Dios que siempre estaba presente y que ahora parece querer recordarme: No lo dudes, existo y te contemplo.