ORACIONES ATEAS
 
 

Jeremías Otero
 
 

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2000
 


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¿A quién levantaré el corazón
que me escuche
en este día sin Dios,
sin hermanos ni consuelo?
¿A quién sino al centro de mi espíritu
que ansía alcanzar el cielo?
¿Quién más podría escucharme?
 
 
 
 

ÍNDICE

ORACIÓN I - DESCONSOLADA

ORACIÓN II - DE LA BÚSQUEDA

ORACIÓN III - DE LA CONCIENCIA

ORACIÓN IV - DEL CONOCIMIENTO

ORACIÓN V - DEL GRITO

ORACIÓN VI - AL CRISTO

ORACIÓN VII - AL ESPÍRITU

ORACIÓN VIII A LA VIDA





















 

ORACIÓN I DESCONSOLADA
 

Llega la noche. El día ocupado
en cien quehaceres inútiles
no me trajo la paz del alma,
y el descanso se insinúa
como una nada oscura que me desasosiega,
mientras me esfuerzo en permitir
que al fin me arrastre el sueño.

¿A quién puedo confiar
el alma, a quién
puedo entregar mi existencia?

De joven hablaba con Dios
y en él depositaba mis temores,
y la paz absoluta entraba adentro
mientras caía en el sueño dulcemente,
como después del beso de mi madre cuando niño.

Hoy no hay Dios sobre la Tierra
y la Tierra y yo somos lo mismo,
viajando obligados por el tiempo.
Pero mi fin es más cercano
y moriré sin saber nada,
sin encontrar a Nadie.

Los hombres y yo somos ajenos,
lo mismo unidos que ignorados,
buscando cada cual su salvación.
Voy perdido en soledad,
abandonado en una vida que no significa nada.
 
 
 


 
 

ORACIÓN II DE LA BÚSQUEDA
 

Y sin embargo soy un milagro de la Tierra,
un ojo que ve
las cosas y su camino.
Aparecí como hombre
después de innumerables cambios de la vida
en busca de equilibrio y perfección,
en medio de la Naturaleza que no para de moverse.

Paso a paso surgió
del polvo el microbio y del microbio
el animal. El hombre, al fin, del animal
surgió. Y todos estos pasos en su día
parecían eternos y seguros,
como el hombre hoy.
Y se quedaron en la Tierra
aunque se habían superado.
Aún hoy nos acompañan,
huellas vivientes que trazan la línea
del origen, el lento camino
de nuestra aparición.

Aquí estoy, uno más entre los hombres,
y conozco mi pasado. Aún no veo claramente mi futuro,
mas no es esto lo que inquieta.
Es mi corta existencia el desaliento,
tantas veces afilado en angustia.
Pasaré, estoy pasando,
y mi ser se perderá; se perderá totalmente,
y los hombres que hoy me miran y me hablan
ya no lo harán más adelante, y hasta el recuerdo
de mí se borrará sobre la Tierra.
¿Por qué quiero vivir eternamente?
El haber conocido la verdad
de mi existencia no me salva.
Vivo y sé que vivo, mas dejaré de vivir
y de saber que he vivido.
El animal muere también, pero no se atormenta.
No sabe qué es vivir.
Sólo vive.
Y la piedra, también, dejará de existir algún día,
fundida por el estertor incandescente
del Sol antes de morir.

Un destello de sabiduría en el Cosmos soy,
como la estrella que parpadea en la oscura distancia.
Y como ella, también, moriré, mas mucho antes.
¡Y quiero vivir! ¡Vivir! ¿ Cómo no iba a quererlo
si conozco el pasado y me atrevo a soñar el porvenir?

El futuro late en mí con la fuerza
que la vida me permite y quiero verlo, estar en él.
Pero voy encadenado con el tiempo, condenado,
mientras algo me propulsa hacia metas que trascienden.
Un dios que no ha llegado
se oculta en mí, y sufro como el adolescente
que no puede ser hombre todavía
y desespera con la marcha lenta de las cosas.

Y aquí estoy, contemplando el penoso y tranquilo
andar del mundo hacia el futuro.
Sólo puedo ser hombre, sólo renunciar
a la perfección que se insinúa.
Sólo puedo ser hombre de mi tiempo,
hombre tranquilo, sólo hombre verdadero.
Mas en este camino necesito
compartir mi inquietud, y no me basta
un compañero. Quisiera morir
volando hasta la meta prometida, y encontrar
al dios que alienta en lejanía.
Quisiera que morir fuera nacer
o despertar.
¿No somos ya dioses dormidos?
 
 
 
 


 
 

ORACIÓN III DE LA CONCIENCIA
 

Si el prehumano alguna vez
llegó a vislumbrar fugazmente su futuro
en un destello de primitiva conciencia,
¿no sintió acaso elevarse y soñó con ser hombre?

Yo sueño con ser dios, mas moriré como el prehumano.
¿Soñó él con ser eterno, o sólo con ser hombre?
Sin duda hemos crecido.

Mi impulso de vida se confunde
con el impulso de durar eternamente,
porque vivo y sé que vivo, y no lo puedo olvidar.
¿Cómo puede morir la conciencia? Y sin embargo
duerme tantas veces, aún en vida…

Morir, dormir un sueño sin sueños,
un sueño apacible y profundo. Quizás me entregue
algún día a ese sueño, cansado de ser hombre.

Pero hoy no, hoy no quiero dormir;
no puedo terminar el día sin el beso
que promete más vida mañana.
¡Más vida! ¡Más vida!,
y si no, desesperado,
¿con quién compartiré, al menos,
la renuncia final, el desaliento?
He estado tantas veces a lo largo de la vida
solo, que al final seré también mi compañero.
¿No es eso ser consciente?

¡Sí!, el dios se insinúa y nace en mí,
en el centro de la conciencia;
pero es sólo, todavía, un destello fugaz
de hombre antecesor. Y moriré
como el prehumano, sin completar mi destino.

Mi conciencia es el origen
de la angustia que padezco.
Desde que sentí que era “yo mismo”
no he dejado de sufrir.
Entonces comencé a buscar a Dios
fuera de mis propios límites.
¿Dónde había de buscarlo, si el único recuerdo
de paz y confianza fueron los años infantiles?
Indefensos, como niños ante la vida,
estamos los hombres ante la muerte.
¿Cómo no buscar amor de padres
que nos sepan dormir con la promesa
de un feliz despertar mañana?
Sólo eso podemos imaginar, que permita la alegría,
que apacigüe la dolorosa conciencia
de ser y dejar de ser un día.
 
 
 
 


 
 

ORACIÓN IV DEL CONOCIMIENTO
 

En el futuro está el dios
que hoy sería mi compañero.
El futuro duerme en mí
y quiero acercarme a su sueño;
¿quizás despertarle?… Es pronto todavía,
pero quiero imaginarle
despierto.

¿Será ese yo futuro el mismo que yo soy?
¿No se sintió el cazador
primitivo como yo me siento hoy?
Somos el mismo, y la diferencia
es sólo conocimiento. En su interior,
enfrentado a la muerte igual que yo, otras vidas y otros dioses
llegó a imaginar diferentes.
Mas los dioses fueron muriendo
con el antiguo saber.

El hombre es creador desde el origen,
y el poder de los dioses estuvo siempre en sus manos,
en forma de fuego, de armas, de cobijo,
¡imponiéndose a la naturaleza¡ Después supo volar,
superando su condición, y ver la inmensa distancia.
Milagros de dioses. Y ahora
está al borde de entender los secretos de la vida,
y relevar a las leyes sagradas
del azar y el tiempo,
que siempre han dirigido la Tierra.

El hombre futuro será dios, ¡Sí!,
y llegará a ser eterno. ¡Y serán nosotros mismos!
¡ Sólo habrá cambiado el conocimiento!
Y será tan natural como moverse hoy en coche
o ayer enceder un fuego.
Mañana conduciremos un Planeta
inmensamente complejo,
unidos en amor a la tarea
de irlo construyendo.

La tragedia es sólo hoy, y ayer
y atrás en el tiempo. La tragedia
de morir teniendo conocimiento.
 
 
 
 
 


 
 

ORACIÓN V DEL GRITO
 

Mas para mí,
pobre mortal en este tiempo,
¿dónde queda el consuelo sino sólo
aceptando el sacrificio
por este futuro tan hermoso
que verán mis descendientes?

¿Y no soy yo, ya,
lo mismo que ellos?
¿No tengo sus derechos?
Sólo me condena
la ignorancia todavía
de mi tiempo.
Yo no importo al Planeta, uno más entre millones.
Sólo la Humanidad significa.
Y sin embargo…
¿no está ella en mi conciencia por entero?
Somos excesivos,
garantía de conciencia aquí en la Tierra;
necesarios en número
para que siga el mecanismo
rodando su marcha hacia el progreso,
lo mismo que sólo unas semillas,
entre miles desprendidas
por el árbol al viento,
encontrarán la tierra favorable.
Sólo algunos serán imprescindibles,
pero todos necesarios.

Y aunque empiezo a resignarme
y entiendo mi sentido,
una voz me susurra todavía:
“Ya cumples tu papel
asignado, mas la fuerza excesiva
que apunta desde ti hacia el futuro
te desborda sin medida, clamando
su deseo. ¿Morirás sin hacer nada?
Ya conoces el pasado y el futuro
y al hombre-dios imaginas, como tú
pero eterno sin embargo”

Y quisiera lanzar, si se pudiera
oir en el Planeta, todo un grito
que mi vida consumiera.
Un grito de conciencia final,
cumplida mi tarea.
Porque sólo intensidad se me permite
cuando pido eternidad.
 
 
 
 
 
 


 
 

ORACIÓN VI AL CRISTO
 

Dulce es el placer y seductor,
y llama con insistencia.
¿Iré a buscarlo incesante?
Hay veces que me canso y quisiera otros alientos.

La fuente del saber, inagotable,
me eleva hacia la luz, y hay algo adentro
que se asienta para siempre
en cada hallazgo.
Pero a veces me agobia el reclamo interminable
que me priva de las cosas entrañables de la vida.

El amor es como el agua
que riega mi alma y la fecunda,
y su felicidad me reconcilia
con todas las cosas de la Tierra.
Su dulzura, sin embargo,
me hurta tantas veces el saber…,
esclavo suyo.

Amor y placer unidos,
equilibrio que disuelve toda duda, me parecen,
y me anudan a la vida y las personas.
Mas a veces quiero estar en soledad,
porque solo vuela el espíritu
aunque el alma se comparta.

Busca el espíritu la luz
interior y la conciencia,
y tambien el amor a la existencia.
Amor y conocimiento, esencia
del ser interior. Un dios.
Pero a veces cansa el vuelo
la soledad traicionera.
Mas no puedo compartir
la intensidad interior; son caminos
de distinta dirección: yo y tú,
el hombre y dios.

Sólo el cristo es la respuesta,
como el de la religión.
Cristo futuro, hombre llegado a ser dios.
¿Donde puedo yo encontrarlo sino en la imaginación?
Todavía es prematuro, es lenta la encarnación
del espíritu futuro. Es un ser en gestación,
es un niño de camino, lo mismo que el niño Dios.
 
 
 
 
 
 
 
 


 
 

ORACIÓN VII AL ESPÍRITU
 

Mi espíritu es también
el espíritu del Hombre.
Pero alienta más en mí,
en mi soledad querida,
en el calor de mi conciencia.
La intensidad se comunica
más difícil desde afuera.
Los otros son peculiares
y sus armonías me son desconocidas.
Mas a veces, sin embargo, sus abismos
me atraen hasta perderme en vértigo.
Y renuncio…, no quiero disolverme.
¿Fundido, en la caída, con el otro,
habría un espíritu compartido
o seríamos ninguno?
Somos lo mismo y a la vez
en la forma diferentes.
Así pasa en el amor: identidad imposible,
quizás ni siquiera buena, aunque soñada.
¿Comunión de los espíritus distintos…
dios único latiendo en todas las diferencias…?
No es tiempo todavía.

Pero entre tanto, hacia dios crece seguro
el espíritu que anida dentro y me acompaña.
Con el alma se enreda
y con la vida. Y miro atento
las lejanas estrellas en la noche oscura,
y oigo al propio corazón que late
con una profunda dulzura.
 
 
 
 
 
 


 
 

ORACIÓN VIII A LA VIDA
 

Aquí estoy, llegado a la vida
por el empuje de una onda que se pierde entre los tiempos.
Aquí estoy, dándome cuenta
poco a poco que he nacido.
Que he nacido como hombre
entre los hombres,
que, sin embargo, en el alma me abandonan.
Solo entre solos, camino por la tierra
bajo la luz del sol, y ya no encuentro
-como niño- un corazón sin condiciones.
Estoy en un mundo sin oidos
que me deja hacer y que me ignora.
Y me veo obligado, todavía, a seducir y a defenderme.
Pero nadie se ocupa de mí.

Sigo buscando el amor
perdido del hombre y desespero;
no confío en el destino.
Y a veces, sin embargo, soy capaz, sin darme cuenta,
de sonreir a un niño juguetón
o acariciar a un perro bueno,
y el sol de la mañana, por sorpresa,
a veces me llena de alegría.

He nacido a la vida sin saberlo
y me iré sin yo querer.
Pero ahora estoy vivo,
suspendido en el milagro,
y veo luz
y respiro facilmente;
y cuando todo está tranquilo, siento
que mi alma puede contemplar todas las cosas largamente:
todo se ofrece, ante mí solitario, venido a la vida,
vivo y despierto, llegado a este paraíso de amplitud sobre la Tierra.
Y sé que yo albergo la alegría.
No tengo a nadie,
sólo al mundo y a mi vida,
pero vivir es tambien dicha.
Soy el fruto de la Tierra y brilla en mí
el gozo y el placer de la criatura.
¿Porqué sigo buscando entre los hombres?
Dentro de mi corazón, cada mañana,
buscaré felicidad con cualquier cosa,
amaré al inocente y al que busca
ayudaré. Al que me odia
y perjudica, miraré considerando
que su rencor es inútil,
como el frío o la tormenta de los que hay que protegerse
con placer, y admirar algunas veces.

Y si he de morir mañana, que sea agradecido.
Hoy sólo importa la vida, toda la vida.
La eternidad, hoy, es un minuto sin tiempo,
un minuto feliz, un intenso minuto
ensanchado por dentro enormemente.