CUADERNO DE BITÁCORA
Gerardo Hernández
© Derechos reservados
Madrid 2009
ANTECEDENTES
Me enfrentaba a la soledad. Cuando se fue Carmen esta vez, los dos sabíamos que aquello era definitivo. Ya no eran los tiempos en que después de una visceral desavenencia rompíamos por unas semanas y luego nos volvíamos a llamar: la vida en solitario no era fácil y los dos echábamos de menos los momentos gratificantes de nuestra relación; y al final, después de algunos encuentros conciliadores, otra vez volvíamos a vivir juntos. No, ahora no se trataba de desencuentros dolorosos, de odio pasajero, sino del convencimiento de la vaciedad de nuestra relación durante los últimos años, de la insatisfacción mutua y la hostilidad acumulada a fuerza de frustraciones. Todo tiene su fin definitivo y ese día había llegado con toda lucidez para nosotros. Después de aquellas semanas de meditación a solas durante el pasado verano, la decisión de cambiar de vida era firme por mi parte. Lo hablamos, lo asumimos con amargo realismo, lo aceptamos; lo sufrimos también, recordando entre lágrimas difícilmente contenidas los tiempos iniciales de ilusión, los buenos ratos y aventuras en común, evocados ocultando aquellos momentos de desavenencia y rencor con que siempre iban mezclados.
Era otoño, ese tiempo en que mueren tantas cosas además de los árboles caducos. Ese tiempo en que se desvanecen las aventuras del verano, como las extraordinarias experiencias que a pesar de mi propósito de meditar a solas había tenido con Teresa, con Berta y María; ese tiempo en que se van los ancianos mirando desde su ventana el caer de las hojas, o se abandonan las relaciones que no han dado fruto ni siquiera en el calor de los días; todas esas cosas que mueren definitivamente y no como los árboles, que resucitan en primavera.
Me enfrentaba a la soledad, como tantas veces en mi vida,
pero ahora era distinto, ahora no era una situación transitoria a la espera de
una nueva relación que estabilizara mi existencia. Ahora entraba en la soledad
para permanecer en ella, para conquistar su territorio y establecerme en él,
para intentar descubrir desde allí el verdadero valor de la vida, lejos de las
enrevesadas y conflictivas relaciones entre las personas. Recordaba con
bastante claridad aquellas fantasiosas palabras que le había dicho a la ingenua
y dulce Alba al final del verano: «Tengo que buscar la soledad y desde ella
luchar día a día con una enemiga poderosa: la existencia. Se esconde en las
personas y desde ellas me ataca con ventaja; por eso debo buscar la soledad y
combatirla desde allí. Ya sé que es una guerra perdida y que al final acabará
conmigo, pero al menos sé que mientras lucho estaré vivo, con mi mente
despierta, con el espíritu exaltado de los guerreros de la antigüedad, que iban
a la batalla sabiendo que el verdadero valor de la vida se descubre cuando
vences un día más a la muerte».
Y en esa lucha estaba, en esa conquista del territorio de
mi piso abandonado por Carmen, lleno de su ausencia todavía aunque vacío de su
conflictividad. Pero no era una buena posición para la batalla; había
demasiados ecos, demasiados fantasmas de pasadas reyertas, demasiada memoria
cotidiana. Tenía que cambiar de escenario. Tenía que cambiar radicalmente de
vida en todos los aspectos. Un buen escenario sería una casa en la montaña, no
demasiado lejos de algún pueblo, donde poder vivir a mi aire en medio de la
naturaleza. Dejaría el trabajo. Podía vender mi piso actual y conservar el de
mi madre, por sentimentalismo, por seguir teniendo un refugio habitado de
afectos y recuerdos entrañables. Además tenía ahorros bien invertidos de los
que ir tirando. Otro escenario interesante era el mar, una casita en el mar. « ¿Y
por qué no un barco en el mar, en lugar de una casita? », me dije. Sí, eso me
atraía más, eso me daba más libertad. Todo el mar para estar a solas, perdido
entre las llanuras del agua y el cielo. Igual que los místicos ermitaños habían
vivido en una cueva en medio de las montañas, yo viviría en el hueco de mi
barco en medio del mar.
Arreglar todos mis asuntos para el cambio de vida me
llevaría algunos meses. Primero, vender el piso provechosamente. Luego, en el
trabajo, dejar terminados los proyectos en marcha y transferir adecuadamente
mis competencias a otra persona; no quería despedirme a la torera. Finalmente,
considerar bien lo del barco: qué tipo de embarcación, tamaño, puerto de
amarre, etc. No tenía experiencia náutica alguna, aunque el mar me fascinaba
desde siempre y muchas veces había acariciado la idea de tener un barco.
Debería consultar revistas de náutica, visitar algún puerto deportivo, hablar
con gente introducida en el tema. Una primera duda que me asaltaba era qué
sería más conveniente para mis propósitos, si un velero o un barco a motor. La
idea del velero era más romántica, más deportiva: navegar silenciosamente
empujado por el viento, en equilibrio con las fuerzas de la naturaleza. El
barco a motor era más agresivo, menos natural; a su favor, el manejo más
sencillo, casi como un coche, pensaba yo; y la rapidez para llegar a cualquier
sitio o salir de él en caso de apuro. Esto último decidió mi elección. No me
planteaba convertirme en un experto marinero, ni surcar audazmente los mares
oyendo el soplo del viento en las velas y sintiendo su fuerza inclinando mi
barco, sino retirarme plácidamente al desierto acuático y vivir flotando en él
mientras las condiciones del mar fueran favorables. Mi navegación iba a ser
espiritual y no física, y cuanto menos tiempo perdiera en otras actividades,
mejor.
Así que me dispuse, al contrario que Cortés que quemó sus
naves para obligarse a penetrar en tierra, a liquidar mis posesiones en tierra
para internarme en la mar.
CUADERNO DE BITÁCORA
EMBARCACIÓN: ABRIL
TERCERO
Día 1 de
Abril
del año primero
He
bautizado a mi barco con el nombre ABRIL
TERCERO. Lo de abril es por el mes en que inicio mi aventura; y lo de
tercero porque ya existen otros ABRILES
navegando y es obligatorio distinguirlos. No sé cuantos abriles pasaré yo en
este barco, quizás tres como es su nombre, quizás sólo este primero que abre mi
cuaderno de bitácora. Me gusta el nombre de ABRIL,
evoca la primavera lluviosa, la soledad fecunda, el inicio de la luz. Sin
embargo estos días aquí son excepcionales y anticipan ya la buena estación.
Aquello de “Abril, lluvias mil” pasó a la historia. Hace semanas que no llueve
y parece que estemos en Junio. Vivimos tiempos de cambio, de cambio climático.
También de cambio vital para mí. Veo estos hermosos días con esperanza, como un
vaticinio favorable de mi nueva vida en soledad.
Ha sido emocionante la llegada del barco a este puerto de
amarre en medio de la costa mediterránea: nuevecito y reluciente, marinero,
llegando por mar desde el astillero y entrando pausadamente en puerto, cortando
delicadamente el espejo de agua de la ensenada con su afilada proa. Aquí lo
tengo ya, todo mío; no es grande ni demasiado pequeño, espartano, pero
suficiente para vivir y hasta excesivo para un solo tripulante; aunque yo me
diría mejor habitante, pues viajar lo que se dice viajar no entra en mis planes
por más que me tiente la aventura. Porque mi aventura va a ser distinta, mi
viaje diferente. Va a ser un viaje interior, y mi barco un refugio en medio del
mar, flotando a la deriva. No, no pretendo hacer turismo, ni navegar hasta las
islas, ni abandonarme al deporte excitante de la pesca. Renuncio. Mi barco será
como un útero, plácido y suficiente para mantenerme vivo y a flote mientras el
alma busca su horizonte.
Tiene un camarote a popa, cómodo aunque reducido como en
todos los barcos pequeños. Luego hay una cámara o salita en la que destaca,
bajo una amplia claraboya, una mesa y un asiento corrido alrededor de ella;
todo el conjunto es convertible en cama en caso de necesidad. En la misma
salita hay también una pequeña cocina con fregadero, y una puerta que se abre a
un mínimo cuarto de aseo, con lavabo, retrete y ducha. Todo esto está
localizado en el nivel bajo del barco, en el sótano, por llamarlo así, al que
se accede por una pequeña escalera que hay en cubierta. El nivel alto del
barco, la cubierta, tiene una parte cerrada, cabinada, que es donde se encuentra
el puesto de mando, los controles, la radio, etc. Esta cabina tiene una puerta
acristalada corredera que da paso a la parte exterior de la cubierta, a la que
llaman bañera por ser un hueco al aire libre. La bañera tiene un portillo en la
popa por donde se sube al barco. Tengo que aprenderme los nombres marineros de
todas estas cosas y elementos para poder hablar de ellos con propiedad.
He comprado el barco sin tener conocimientos ni titulo de navegación; el tiempo se me echó
encima liquidando mis asuntos en tierra y pospuse esa tarea para ahora. Me
servirá para ocupar los primeros tiempos de soledad, alternando el estudio con
la meditación. Luego habré de hacer el examen para conseguir el título. Hasta
entonces, debería permanecer amarrado en puerto, pero ya sé que empezaré a
manejar el barco poco a poco dentro de la ensenada, y que luego quizás me
aventure cerca de la costa. Pero antes tengo que leer bien los manuales del
barco para ir conociéndole las tripas.
Día 5 de Abril
del año primero
Llevo
algunos días viviendo en el barco, acostumbrándome a sus espacios. Es otra
vida, minimalista, pero curiosamente completa y suficiente. Tengo de todo pero
no me sobra nada; ese es el secreto. No me sobra espacio pero tengo el
necesario para llevar una vida sencilla. Duermo bien en mi camarote de cama
grande y armario pequeño, de suelo exiguo pero suficiente para quitarme la ropa
y guardarla. Por otro lado, tengo poca ropa que guardar, pues sólo tengo la que
uso y uso siempre la misma: un pantalón amplio, un par de camisetas y un tres
cuartos marinero; un slip con aspecto de bañador, y un bañador con aspecto de
slip. Cambiarme de ropa supone lavar la que he usado; es la regla y funciona
bien; me sobra el tiempo y me sobra la lavadora. Además, el mar o las estrellas
no juzgarán mi vestimenta. Un par de zapatos náuticos completan mi vestuario.
He traído, eso sí, un montón de libros; pero muy seleccionados, principalmente
de ciencia de vanguardia; ese va a ser mi campo de indagación, mi tema de
meditación. La ciencia es el conocimiento actual que más evoluciona y abre
nuevas perspectivas a la realidad del hombre y el Universo. Ni la filosofía, ni
las religiones están aportando ningún avance en el conocimiento de la
existencia. La primera afronta una crisis de raíz y las segundas se han
estancado en el pasado; si acaso las religiones orientales mantienen viva su
eficacia como camino espiritual, pero a mí no me sirven más que como plataforma
personal para una búsqueda más avanzada.
He traído también música clásica, y
una minicadena que ya he instalado en la llamada dinette, el habitáculo
principal del barco, que sirve a la vez de salita de estar, comer y cocinar. La
dinette tiene armaritos o pequeños pañoles por todos lados, sobre todo
al lado de la cocina para guardar las provisiones. Hay también una nevera
pequeña, como las de las habitaciones de los hoteles. Ya he hecho acopio de
provisiones y estoy comiendo en el barco a diario. Procuro limitar el uso de la
cocina a calentar alimentos precocinados, y uso platos desechables. Lo de
fregar la vajilla después de comer no es lo mío; no voy a entrenarme para ama
de casa; en todo caso para amo de barco, perdón, para patrón de barco.
El espacio que requiere mayor
habilidad y precisión de uso es el aseo. Sus dimensiones son mínimas y es
necesario tener muy controlados en él los movimientos, sobre todo al ducharse;
no hay una cabina independiente para la ducha, sino que la propia cabina del
aseo es la suya. Pero todo está controlado y el agua se evacua adecuadamente sin salirse de madre. De todas
maneras, estando en puerto, lo más agradable es utilizar los aseos del mismo,
muy bien acondicionados, y disfrutar de una buena ducha caliente, cosa que no
tiene mi barco; aunque podía haber tenido, pero ya dije que había elegido un
equipamiento espartano, mínimo. Por no tener, no tiene ni navegador, artilugio
que ya traen con frecuencia los coches. Pero es que yo no voy a navegar sino a
flotar en medio del mar. De todas maneras tendré que comprar un pequeño GPS
portátil, no sea que me vaya a perder arrastrado por las corrientes y el viento
cuando esté flotando fuera de la vista de la costa.
El puerto está a un par de
kilómetros del pueblo, un paseo agradable, pero hay aquí una tienda de alimentación y un buen
bar-restaurante. En estas fechas están poco solicitados ambos, salvo los fines
de semana, en que el puerto tiene algo de movimiento y salen algunos barcos a
pescar, afición principal de los naturales de la zona. Aunque los pantalanes
están casi llenos de barcos atracados, nadie los usa a diario ni vive nadie en
ellos en estas fechas. Creo que soy el único habitante de los barcos. Esto me
da una independencia y tranquilidad casi tan grande como si estuviera en alta
mar.
Y éste es mi mundo ahora y por mucho
tiempo, o mejor dicho, el centro de mi mundo. Porque lo mismo que cuando tienes
un hogar en tierra y lo consideras el centro de todo lo que existe, y evalúas
desde él todas las distancias y todos los destinos, ahora yo considero todas
las cosas desde mi barco, incluido el firmamento cuando se ve por la noche,
como hoy lo veo a través de la claraboya de esta salita de estar donde escribo.
Día 6 de Abril
del año primero
Definitivamente,
me he acoplado al hueco de mi barco, a mi cueva mística. Desarrollo una habilidad
admirable para evolucionar por él con precisión y eficacia. He observado que
para ello es preciso realizar cada movimiento de manera determinada y casi
única, como si fuera un ritual. Así todo funciona bien y experimento placer al
desenvolverme. Imagino que los monjes zen actúan de manera semejante,
ejercitándose en la perfección del espíritu a través de la realización perfecta
de los actos cotidianos. En cuanto me despierto comienzo los rituales
establecidos sin pereza alguna: hago la cama, me aseo, desayuno... cada cosa
siguiendo una serie de actos determinados en los que pongo toda mi atención.
He comenzado a leer los manuales del barco y ya me he
familiarizado completamente con los controles del habitáculo: tomas eléctricas,
luces, conexión a la red del puerto, cargador de baterías, bombas de desagüe,
llaves de paso, etc., etc. También he inspeccionado la cámara del motor y
empezado a conocer sus partes. Me aconsejaron que lo estudiara con detalle, así
como las soluciones de emergencia a adoptar en caso de falla de algún elemento,
sustitución de piezas, etc. «En alta mar no vas a encontrar un mecánico», me
dijo un amigo, «y si tienen que ir a recogerte los de salvamento marítimo, ya
puedes vender el barco para pagarles», añadió amenazador. Así que me he
provisto de las piezas de repuesto más habituales y de un maletín de
herramientas adecuado para solucionar las averías más sencillas.
Mañana abordaré el puesto de mando, los controles, la
instrumentación. Y más adelante empezaré con lo más gordo: los textos de examen
para el título de patrón. Los traje conmigo pero todavía no les he hincado el
diente. No son moco de pavo y me llevarán más de un mes de trabajo sin duda, ya
que se estudian todos los asuntos relacionados con la navegación, desde hacer nudos
marineros hasta cálculos en las cartas marítimas. Pero bueno, como yo no voy a
por nota ni pretendo convertirme en un navegante sabio, con aprobar el examen
me conformo.
El tiempo se me pasa deprisa entretenido en todas estas
actividades previas. Todavía no he estructurado mi vida en el barco de manera
definitiva, ya que estos días iniciales son atípicos. Sin embargo me he
propuesto un día a la semana, el sábado, como jornada de asueto y comunicación
con el mundo de los mortales: comeré fuera del barco, compraré provisiones,
departiré con la gente, leeré los periódicos, pasearé por el pueblo... Cuando
esté en el mar, regresaré a puerto ese día, si no he tenido que hacerlo antes
por condiciones atmosféricas adversas.
Ha sido esencial traerme buena música, como la que ahora
estoy oyendo. En mi confinamiento marino, es la única oportunidad de
experimentar sentimientos con profundidad y fácilmente. La soledad sin
sentimientos es demasiado áspera y a la larga enajenante. Hay otra manera de
movilizar sentimientos, desde luego, y quizás la cultive más adelante, allá en
la distancia marina: escribir relatos, historias de ficción, experiencias
imaginadas. Ya veremos, y en todo caso, sólo como pasatiempo eventual, como
compensación a la dura y principal tarea de meditar.
Día 7 de Abril
del año primero
Empiezo
a sentirme patrón de mi barco, cuando hasta ahora sólo me sentía habitante.
Esta mañana me he sentado en el puesto de mando con los manuales al lado, y he
empezado a estudiar todos los controles. En principio parece sencillo, más que
un coche, pues además de un volante de dirección parecido, su palanca de
cambios sólo tiene dos marchas: adelante y atrás; y el acelerador está en la
propia palanca: cuanto más la eches adelante o atrás, mas corre el barco. Sin
embargo, la instrumentación es más compleja y sofisticada. Aparte de los
habituales relojes de temperatura, presión de aceite, revoluciones, nivel de
combustible, etc., hay una sonda bastante completa que indica la profundidad
del fondo marino; entre otras funciones, se puede programar para que suene una
alarma cuando el fondo está a poca profundidad, de manera que nunca encalles
cerca de la costa o en un bajío; esto me será de gran utilidad cuando esté
flotando a la deriva, sobre todo de noche. También hay un velocímetro, perdón,
una corredera, que mide la velocidad
en nudos respecto al fondo; esto no lo voy a usar mucho, creo, no tengo prisa.
Luego existen numerosos avisadores de falla, e interruptores de diferentes
luces para la navegación nocturna; hay también pulsadores de aparatos de servicio, como las bombas de achique
para el caso de que entre agua en el casco, o el llamado molinete: motor
eléctrico para subir y bajar el ancla cuando se quiera fondear. Todo esto es
nuevo para mí y me llama poderosamente la atención. La emisora de radio es un
instrumento vital, pues a través de ella se recibe información del estado del
mar y te puedes comunicar con los puertos o con otros barcos en demanda de
auxilio. Ya la he probado, y haciendo acopio de osadía y utilizando
meticulosamente las palabras establecidas en las normas náuticas, he preguntado
si se recibía bien mi comunicación, pues estaba probando la emisora. Me han
respondido amablemente que sí, que me recibían «fuerte y claro», con el vocabulario
de rigor. Me he quedado sumamente satisfecho, como si hubiese abierto un seguro
de vida.
Por la tarde, no he podido resistir
la tentación y he puesto en marcha el motor. Ha arrancado suavemente y
mantenido un ralentí redondo, sin vibraciones. Me ha parecido una maravilla,
pero no he pasado de ahí y lo he apagado, todavía tengo que aprender algunas
cosas antes de navegar. Acto seguido me he metido con el asunto de las amarras.
El barco estaba amarrado como lo dejaron el primer día que llegó. He aflojado
los nudos y he observado cómo estaban hechos; luego he ajustado las amarras a
mi gusto, acercando más el barco al pantalán, de manera que pueda subir
y bajar fácilmente, pues lo habían dejado algo alejado. Creo que estoy
preparado para intentar mañana los primeros pasitos, quizás sacar unos metros
el barco hacia delante y volverlo a encajar marcha atrás entre los dos barcos
que tengo a los costados. Poco a poco se anda el camino con seguridad. Tengo
que ver cómo responden los mandos.
Es de noche. Oigo música; la siento
en la profundidad del alma como si fueran mis propios sentimientos que se
despiertan y me habitan. No es una melodía de notas, es una melodía de
sentimientos lo que vivo. Me gusta este ritmo de adagio, tan lento, tan
profundo. Ese violonchelo me rasga dulcemente las cuerdas del alma; es como una
voz humana que me hablara sin palabras, directamente al corazón. Estoy bien,
estoy en paz estos días. Quizás demasiado distraído con las cosas del barco y
olvidado de mi objetivo de meditación. Pronto empezaré con ella, y con la
lectura también. Recuerdo aquellos momentos de meditación el verano pasado,
paseando por la playa interminable y solitaria. Aquel propósito de escapar del
entramado del mundo habitual y sus conflictos. «Las personas vivimos atrapadas
dentro del mundo, in-mundados», me decía satisfecho con la palabreja inventada.
«Estamos inmundados, inmundos de problemas y quehaceres banales, de rencores y
deseos, de insatisfacción y temor», reflexionaba entonces y me proponía escapar
de esa enmarañada red para intentar contemplar la existencia fuera de ella. Y
para eso estoy aquí, escapando de ese “mundo”, del mundo habitual, para
encontrar una conciencia más limpia y
verdadera; para encontrar la armonía entre mi vida y mi ser auténtico. Quiero
experimentar lo que se vive fuera del “mundo”, ese medio social y vital
en el que por fuerza nacemos y nos desarrollamos como personas, en el que nos
angustiamos y enloquecemos a veces, en el que no somos generalmente felices. Mi
pregunta esencial, o mi duda esencial, si se quiere, es: ¿se puede vivir
plenamente fuera del “mundo”? Tengo respuestas teóricas, normalmente negativas,
pero no me bastan. Quiero asomar la cabeza ahí fuera y ver qué hay. Mi primer
problema es que el sacar la cabeza del “mundo” implica meterla en otro lado, para lo cual debo vislumbrar al
menos los rudimentos de una nueva realidad; realidad que quiero basar en las
visiones de la ciencia de vanguardia. Entretanto, sacar la cabeza del “mundo” supone
meterla en la nada. Claro que ese es el camino espiritual de Oriente, que
intenta llegar así a la conciencia profunda del ser. Y aunque ese no va a ser
mi camino, lo tengo claro, no me vendrá mal de cuando en cuando una incursión
en esas experiencias. Poner la mente en la nada, no pensar, no sentir... ¿se
puede estar despierto así? Demasiado para mí, tendré que intentar
aproximaciones prácticas, experiencias más asequibles. Mañana empezaré.
Me había acostado ya, y meditando en
lo último que escribí, me puse a escuchar en el silencio de la noche. El puerto
está desierto y no se oye ningún ruido de persona o máquina. El tiempo es
apacible y el aire está en calma: no suenan ni siquiera los leves golpes
ocasionales de alguna jarcia floja contra el mástil de un velero, cuando
una pequeña ondulación del agua del puerto hace oscilar ligeramente los barcos.
Hoy no, el agua de la ensenada está muerta. Hay un profundo silencio. Me había
puesto a escuchar atento en la cama, intentando descubrir el mínimo ruido.
Nada, no sonaba nada. Sólo escuchaba el silencio. El “mundo” estaba en
silencio, y sin embargo yo estaba allí, fuera él, y existía. Luego me percaté
de que el camarote, una vez apagada la luz, estaba completamente a oscuras.
Intenté percibir alguna forma y esperé un rato a que las pupilas se acomodasen
a la oscuridad; pero nada, no conseguía ver nada, ni el mínimo indicio de
penumbra. Sin embargo yo existía en el esfuerzo de ver, igual que existía antes
con la atención concentrada en oír. Al darme cuenta de todo esto, me he
levantado enseguida y me he puesto a escribirlo para que el sueño no me
arrebate los detalles. Estos van a ser mis ejercicios iniciales de existencia
en la nada, mi aproximación al camino oriental: “escuchar el silencio y mirar
la oscuridad”.
Día 8 de Abril
del año primero
Me he
despertado pensando en mi primera experiencia marinera programada para hoy:
mover el barco. En cuanto cumplí con mis breves tareas rutinarias y desayuné,
me puse manos a la obra. Estaba
excitado. Me repetía a mí mismo que aquello era igual que un coche, que
tranquilo. El agua del puerto estaba también tranquila. La banderita del barco,
sujeta en la antena de la radio, estaba caída: era el testigo de si soplaba o
no el aire. Arranqué el motor y lo dejé en punto muerto. Solté tranquilamente las
amarras que sujetaban el barco al pantalán. Inmediatamente comenzó a
desplazarse lentamente hacia delante debido a la tensión de la amarra de proa,
sujeta a un firme o muerto anclado en
el fondo del agua, delante del barco; pero enseguida se frenó por roce con los
barcos que tenía a los costados. Gracias a las defensas, pequeños cilindros de
goma inflados que colgaban de las bordas, los cascos de los barcos no
llegaban a entrar en contacto. Solté también la amarra de proa y me fui al
puesto de mando. Di marcha avante, en ralentí. El barco comenzó a desplazarse,
y empujando ligeramente al que había a mi izquierda, salió al canal entre los
dos pantalanes. Me alarmé al comprobar que me echaba enseguida encima de los
barcos amarrados en el pantalán de enfrente. Quité la marcha adelante
rápidamente, pero el barco seguía desplazándose, por lo que precipitadamente
metí la marcha atrás. El barco se frenó y comenzó a recular, pero había
cambiado ligeramente de dirección, por lo que me precipitaba ahora contra la proa
del barco que había dejado a la izquierda en mi salida. Otra vez marcha
adelante, muy nervioso, para evitar el choque, y enseguida que el barco hubo
frenado la quité. Me había quedado descolocado, casi horizontal en el canal.
Aquello no era como un coche, me dije, sino mucho más complicado, mucho más
sensible a cualquier error, y había que ir muy despacio con todos los
movimientos. Con extraordinaria lentitud, manejando el volante de dirección y
dando pequeños golpes avante y atrás, conseguí después de muchas maniobras
enfilar de nuevo el barco hacia el hueco de mi amarre. Entró empujando a los
otros dos, primero a uno y luego al otro, pero al final se encajó entre ellos
haciéndose sitio. Todavía tuve que frenarlo pues iba directo a chocar contra el
borde del pantalán; pero me pasé en la frenada y lo saqué un poco más de la
cuenta, y tuve que volver a aproximarlo. Al final no pude evitar que chocara
discretamente contra la madera del borde. Coloqué las amarras de cualquier
manera y me quedé mirando el escenario de la maniobra muy agitado. ¡Qué
diablos, me repetí, aquello no tenía nada que ver con conducir un coche!, en
todo caso con conducir sobre hielo intentando controlar los movimientos. Decidí
no seguir de momento con la práctica, hasta haber ensayado mentalmente y de
manera detallada la maniobra. Cualquier aventura nueva que se emprende,
careciendo como yo por completo de conocimientos, requiere prudencia, avanzar
despacio, ser plenamente consciente de lo que se intenta hacer. Y esto vale
tanto para mi aventura marinera como para mi aventura interior. Tenía que ir
con mucha prudencia. Entonces empecé a inquietarme, pues lo que me había
parecido un rápido aprendizaje amenazaba con requerir bastante tiempo, y
bastante entrenamiento también en navegación antes de poder instalarme
libremente en el mar. Imaginé los apuros que pasaría cuando tuviera que
repostar por primera vez combustible y atracar en la estación de servicio del
puerto, ante la mirada del marinero de turno. Afortunadamente, había suficiente
combustible en el depósito para bastantes prácticas más.
Después de mi azarosa primera
experiencia náutica, y todavía bajo la
excitación del principiante, me fui a pasear por el puerto, observando los
barcos. No tenía ganas de hacer otra cosa, ni leer, ni meditar. Estoy en fase
de acomodamiento a mi nueva vida y no puedo imponerme una disciplina rígida
todavía. Entré a tomar una cerveza en el bar y me atendió una mujer joven que
parece ucraniana, con hablar entrecortado y simpática; y muy guapa también. Algo
recelosa, eso sí, quizás en guardia ante el probable asedio de los avezados
pescadores del lugar, que no estarán acostumbrados a ver una presa tan hermosa
detrás de la barra. Luego me he pasado por la tienda de náutica a curiosear un
poco y de paso he comprado algunos metros de cuerda, perdón, de cabo, como te corrigen enseguida los
marinos. «En un barco la única cuerda que hay es la del reloj», me dijo el
dependiente con ironía, mirándome como se mira a un pobrecito ignorante. Me
vendió más de la que yo pedía, asegurándome que debo llevar en el barco
bastantes metros para diversas emergencias, como atracar en un muelle sin
amarras, o ser remolcado, etc.
Es de noche y acabo de cenar. He
pasado todo el día entretenido con el barco, inspeccionándolo, leyendo manuales
y ojeando los textos del examen, que entre otras variadas materias incluyen una
sobre maniobras. Empiezo a familiarizarme, teóricamente, con el gobierno del
barco en las diferentes maniobras de atraque, la influencia del viento, el
manejo de las amarras, la confección de nudos básicos, el fondeo, etc. Aquí hay
más tela que cortar de lo que parecía, aunque de momento me bastará con
aprender las maniobras concretas que debo hacer en mi amarre y en la estación
de servicio. En esta última debo amarrar de costado, con la toma de combustible
del lado de tierra. Voy a pasar apuros la primera vez, y lo malo es que no
puedo practicar en solitario, como en mi amarre.
Antes de acostarme, voy a
entretenerme practicando los nudos marineros. He cortado un trozo del cabo que
compré esta mañana y ensayaré los nudos principales: el as de guía, el ballestrinque,
etc. Tiene su acicate esto de dominar sus peculiares nombres, su técnica, y
poder realizarlos con rapidez para el uso requerido de cada uno de ellos. Empiezo
a darme cuenta de que el mundo de la náutica me va agarrando poco a poco,
atrayéndome hacia sus secretos, hacia sus rituales y su vocabulario iniciático
de viejo cuño.
Día 9 de Abril
del año primero
Ayer
me dieron las tantas haciendo nudos. Me envicié, me entró un ansia casi
obsesiva de dominar las diferentes técnicas. Lo de hacer nudos tiene que tener
algún significado inconsciente que no se me alcanza de momento, quizás el deseo
de sujetar algo en nuestra vida, una persona, una idea, un propósito. Y sin
embargo, haciendo nudos, me olvidé de mi propósito de meditar de la manera que
descubrí el día anterior: “escuchando el silencio y mirando la oscuridad”. Por
la noche es la única oportunidad de hacerlo así, aunque esta mañana, de madrugada,
el silencio era completo. Así que cerrando los ojos he intentado oírlo, o mejor
dicho, he intentado oír algo en el silencio. Agucé el oído tratando de captar
los más leves o lejanos ruidos, pero nada. Estaba tan concentrado que no sentía
mi cuerpo, ni mi respiración, ni nada. Al cabo de unos instantes respiré
profundamente: me había olvidado de respirar escuchando el silencio. Luego
distinguí algún sonido indefinido en la lejanía; después un vago rumor también
lejano; más tarde otra vez el silencio. Después de algunos segundos de completo
silencio, observé que mi respiración era muy suave, casi imperceptible, y que
mi cuerpo existía agradablemente tumbado en la cama e invadido todavía por el
descanso de la noche. Me sentía en paz, muy consciente de mi mente, muy
consciente de mi cuerpo, muy consciente de mi ser entero.
Después de desayunar me he lanzado a
la aventura. Repetí varias veces la maniobra de sacar y meter el barco en el
amarre, y después de algunos percances más, decidí que podía alejarme del pantalán.
En ralentí, moviendo el barco muy despacio, recorrí el canal entre los
pantalanes y salí al espacio libre de la ensenada del puerto. El timón era muy
sensible y me costaba mantener recta la trayectoria, pero enseguida aprendí que
tenía que anticipar un poco los giros, y que el agua no funciona como la
carretera, donde las ruedas se agarran perfectamente y transmiten
instantáneamente el giro del volante al vehículo. Enseguida navegaba con toda
soltura dentro de puerto. No había nadie y aproveché para hacer giros, marcha
atrás, aproximaciones a un muelle vacío como si fuera a atracar, y mil
maniobras más. Me he sentido lleno de euforia, plenamente satisfecho, y se han
alejado de mí los temores que ayer me produjo mi primera experiencia atracando.
He vuelto al amarre, y aunque con algunas dificultades todavía, he conseguido
meter el barco a la primera. Ya tengo claro que el atraque es lo más difícil;
lo demás es bastante controlable y muy gratificante. Mañana saldré a mar
abierto.
Ha oscurecido. El puerto está
solitario y en silencio. El marinero de turno ha pasado
hace un poco haciendo su ronda de
vigilancia por los pantalanes, y al verme en la cabina con la luz
encendida me
ha saludado. Ya empiezan a conocerme, y se preguntarán qué hago
viviendo aquí,
solo, en esta época. Pero no sé que inventarme salvo la verdad, aunque
no la
entenderían. Y no quiero que me miren como a un bicho raro o que
piensen que
estoy loco. Tendré que pensar en algo que puedan asimilar. Lo más fácil
sería
decir que me he arruinado y con los restos de mi naufragio económico he
comprado el barco para vivir en él, que me encanta la pesca y el
mar, etc. O decir que soy escritor y que estoy escribiendo una
novela sobre el mar y
sus gentes, y que por eso estoy viviendo en el barco, para inspirarme,
para
disfrutar de mi soledad creadora. O pasar de todo, qué diablos, y que
piensen
lo que quieran; al fin y al cabo cada uno va a sacar sus propias
conclusiones
diga lo que diga. Diré simplemente que me gusta vivir en el barco.
He estado meditando un rato,
escuchando de nuevo el silencio. Había silencio total, pero después de aguzar
mi oído intensamente, he percibido un ligerísimo sonido de fondo, un débil
rumor constante. Pensé que provenía del pueblo, que era el rumor del pueblo que llegaba
extraordinariamente debilitado y homogéneo desde la distancia. Me tapé los
oídos con algodón para estar en el más absoluto silencio, pero empecé a oír la
pulsación de la sangre en los oídos, en alguna venilla de los oídos. También
oía el roce de las vértebras del cuello al moverlo. Era mucho peor que antes y
me quité el algodón. Escuché de nuevo. Volví a oír el débil rumor de fondo,
pero ahora me di cuenta de que tenía algo en común con los ruidos que había
escuchado mientras tenía el algodón puesto: era un ruido mío, algo parecido al
que hace un baño de espuma cuando ésta se va disipando y desapareciendo; como
un silencioso crepitar extraordinariamente débil. He pensado que no era el
ruido de la circulación en mi cuerpo, sino una sensación nerviosa auditiva
generada en mi cerebro ante la ausencia completa de estímulo sonoro. Vamos,
algo así como el ruido de mi cerebro. O sea, que es imposible escuchar el
silencio absoluto porque nuestro ser genera ruido, y necesitaríamos un
mecanismo de compensación para eliminarlo de nuestra conciencia; algo así como
sucede con las balanzas, que necesitan substraer de su registro el peso de los
propios platillos. En nuestro caso, habría que olvidarse del ruido de fondo del
cerebro, no prestarle atención. Esto supone un cambio drástico en la
meditación, pues ya no debo tratar de escuchar el silencio, que es imposible,
sino dejar de prestar atención a los ruidos; para lo cual es importante que
sean los menos posibles, desde luego. Porque lo que trato de hacer es que la
conciencia, al no existir ningún estimulo, se vuelva hacia mi propia existencia
pura y desnuda. Tendré pues que convivir en la meditación con el ruido de mi
cerebro hasta que lo olvide, pero me asalta la duda de si mi conciencia tendrá
que agarrase siempre a algo para estar despierta, porque la conciencia lo tiene
que ser de algo, digo yo, no puede ser conciencia de nada porque entonces no
habría tal conciencia, no existiría. Tiene que pasar lo mismo que pasa con el
esfuerzo, que no existe si no hay nada sobre lo que ejercerlo.
Día 10 de Abril
del año primero
Me he
levantado dispuesto a salir al mar, pero es sábado y a pesar de ser muy
temprano se nota algo de movimiento en el puerto. Sin duda contribuye a ello el
magnífico día que hace y la afición de los pescadores locales, siempre al
acecho de la ocasión oportuna. Así que he decidido posponer hasta el lunes la
aventura y acometerla sin testigos. Hoy me tomaré el día de asueto, como tengo
pensado hacerlo en adelante.
Acabo de cenar en el barco, aprovechando las nuevas
provisiones que he traído para toda la semana. Pero he comido en el pueblo, en
una tasca pequeña aunque con buena cocina. El ambiente era de gente conocida
del sitio y me sentía un poco fuera de contexto; me miraban como si estuviera
de paso. El pueblo no tiene gran cosa que ver, pero es bastante grande y está
hacia el interior, aunque se ha extendido hasta la costa con nuevas
construcciones que luego se bifurcan pegadas a un paseo marítimo que abarca
toda la playa. Esta zona está en estas fechas prácticamente desierta todavía.
Al volver del pueblo he tomado café en el bar del puerto.
La guapa ucraniana estaba muy solicitada, jaleada de cuando en cuando por los
habituales del club náutico, que hablaban entre ellos muy animados de capturas
excepcionales y de lugares privilegiados y confidenciales de pesca. Luego he
ido a pasear por el espigón, construido con grandes bloques de roca protegiendo
la entrada al puerto. Había algunos pescadores de todas las edades a lo largo
del dique. Me llamó la atención un abuelo que estaba al final del espigón, algo
apartado de los demás y sentado tranquilamente sobre una roca. Parecía muy
anciano, aunque no podía precisar su edad, y llevaba una raída gorra de marino
y arrugas curtidas de mar por toda la cara. Mantenía una paciente sonrisa que
parecía su forma de estar en el mundo, su gesto permanente como el de otros es
la seriedad. Sus ojuelos, brillantes y quietos, escondidos en la cara, parecían
verlo todo sin mirar a ningún sitio. Me quedé cerca de él, mirando el sedal
inmóvil. El viejo mantenía plácidamente su gesto amable como si estuviera
dialogando en la profundidad del agua con sus amigos los peces. Le pregunté qué
tal se daba la pesca, y sin mirarme ni moverse, como si hablara consigo mismo o
como si no fuera necesario fijarse en quién le hablaba, dijo al cabo de unos
instantes: «pescador de caña, pescador de nada». «Algo pescará abuelo, si no
estaría en su casa tranquilamente en lugar de estar en la orilla», le dije
tirándole de la lengua. Como el que medita una respuesta, dijo al cabo de unos
segundos: « siempre se pesca algo, aunque no pueda llevarse a la boca». Le
pregunte qué era eso de pescar algo que no podía comerse y me respondió
acentuando ligeramente la sonrisa y mirándome por primera vez con atención: «se
puede pescar la mañana... o pescar los recuerdos...». Sonreí a mi vez y me
quedé mirando el trasparente sedal que se hundía en el agua, como si fuese el
hilo sutil que le unía a la vastedad de
su memoria sumergida. «Tendrá muchos recuerdos de su vida en el mar», le
pregunté. El abuelo se tomaba su tiempo en contestar, como si dudase en hacerlo
o como si navegase por las respuestas en silencio antes de pronunciarlas: « La
vida es el mar... yo siempre he estado en el mar ». Sacó del bolsillo una
petaca de piel sobada durante innumerables años y cogió un cigarrillo actual,
al que había roto el filtro. Me hizo gracia el contraste, quizás se aferraba a
su petaca como al pasado aunque se aprovechaba de las ventajas del presente, o
quizás el temblor de las manos ya no le permitía liar un cigarrillo, o tal vez
ya no encontraba el tabaco de picadura de sus tiempos. Me ofreció un cigarrillo
y le dije que no era fumador, y luego encendió pausadamente el suyo como si
encendiera sus recuerdos. Me contó, poco a poco, que siempre había sido
pescador, desde niño. Ya no salía al mar, pero conservaba su barca amarrada en
un pantalán del muelle pesquero. Ahora ya no quería salir solo a pescar, como
siempre lo había hecho; era demasiado mayor. Siempre se había ganado la vida en
el mar, aunque ganar, decía, poco; lo
justo para comer. Enviudó cuando su hijo tenía dieciséis años; entonces le
acompañaba en la barca, pero se fue pronto de casa y se colocó en la ciudad. Él
había seguido allí, como siempre. Su hijo le mandaba algo de dinero de vez en
cuando y así iba tirando. Tenía nietos, y los veía en el verano, cuando venía
su hijo a pasar algunos días a casa. Todas las mañanas iba al mismo sitio a
pescar, a la punta del espigón, y luego se iba para la barca y comía allí, y la
repasaba, la cuidaba. Antes de caer la tarde regresaba al pueblo andando. Esa
era su vida casi todo el año.
Los peces no picaban, pero él seguía observando el sedal
incansable. Le pregunté qué clase de peces pescaba allí, y me respondió que él
esperaba a la lubina, que aunque entraba mejor de madrugada y al anochecer,
también lo hacía a lo largo del día. «Es un pez luchador», me dijo, y a veces
había pescado ejemplares muy hermosos. «Con un pescado al día tengo para
comer», añadió.
Me despedí del abuelo; le conté que tenía un barco
amarrado en el náutico y que andaba con
frecuencia por allí, que ya nos veríamos y charlaríamos cualquier otro rato.
Según caminaba hacia mi barco, iba pensando en el abuelo,
en su paciente vida, “pescando la mañana” como me había dicho. Me sugirió mis
ejercicios actuales de meditación. Yo intentaba también pescar mi existencia,
sacarla a la luz de la conciencia con la evidencia con que se saca coleando un
pez del agua. Pero al contrario que él, yo no intentaba pescar todavía mis
recuerdos; yo estaba empeñado en navegar hacia caladeros privilegiados, como
los fantasiosos pescadores del bar.
Día 11 de Abril
del año primero
Hoy,
domingo, he empezado a estudiar los textos de examen. He estado leyendo los
temas relacionados con lo que va a ser
mi vida marinera, que son los que despiertan de momento mi curiosidad:
navegación, tecnología, seguridad, comunicaciones, etc. Los reglamentos y
señales parecen un asunto arduo y aburrido y del que no haré mucho uso de
momento, pero que habrá que dominar para el examen; después, con retener el
mínimo necesario para mis fines, será suficiente. Lo más complicado parecen los
cálculos sobre la carta náutica, que tampoco voy necesitar en la práctica, pues
con un GPS me bastará para volver a puerto.
También he ojeado solapas e índices
de algunos de los libros de ciencia que he traído. Ya tenía referencias
indirectas de los autores y sus teorías, y los planteamientos que se adelantan
prometen un cambio sorprendente en la manera de entender la realidad, un nuevo
“paradigma”, como dicen, un modelo distinto para entender la existencia de
manera más iluminadora. Pero iré paso a paso; lo primero es aprobar el examen,
pues estoy deseando hacerme a la mar; entretanto me conformaré con meditar a mi
manera, en pescar conciencia pacientemente, como el abuelo, en el mar de la
existencia propia. Lo he estado haciendo esta tarde hasta hace poco. He
trabajado renunciando al silencio absoluto, que ya vi que era imposible. He asumido
que algún sonido iba a llegar a mi
conciencia pero que intentaría ignorarlo. Pero no lo conseguía, los sonidos
esporádicos llegaban hoy con más frecuencia que los días anteriores a pesar de
la hora avanzada. Los he dejado sonar, los he escuchado recreándome en su
vibración sin pensar en su significado. Es agradable, llegan y se van, y
aparece otro distinto. No me implico en ellos, no me dejo afectar por las
causas que los producen, lo mismo que cuando escucho música no pienso en el
violinista que la ejecuta, sino en lo que me sugiere la melodía. Los ruidos
también sugieren cosas, pero muy simples: sugieren existencia, sugieren el
movimiento incesante del mundo. Y al escuchar esa presencia sin implicarme en
ella, me he sentido como un observador que estuviera al lado del mundo pero
fuera de él. Sí, he sacado la cabeza fuera del mundo como me había propuesto, y
he oído su rumor. Y oyéndolo, me he sentido observador consciente, muy
consciente de mí mismo.
Día 12 de Abril
del año primero
Hoy es
el gran día: ha tenido lugar mi bautismo de mar. El día estaba soleado, y muy
temprano, he sacado el barco de puerto y me he hecho a la mar. Al cruzar por la
bocana me han recibido las olas de mar
abierto, suaves pero amplias, meciendo el barco y mostrándome su poder,
contenido pero evidente. Gobernaba bien, cruzando las olas de través,
como dicen los manuales. La inmensidad líquida al frente me ha despertado un
sentimiento de indefensión, de pequeñez. He virado para no separarme mucho de
la costa y avanzar paralelo a ella. Navegando con las olas de costado, se inclinaba demasiado el barco, o a mí me lo
parecía, por lo que he vuelto navegar de través. Luego he dado media vuelta y
he puesto proa a la costa, navegando a favor de las olas, pero me asaltaba el temor
de que entraran por popa. He dado un poco de motor y he conseguido marchar a la
misma velocidad que ellas; tenía la
sensación de que navegaba muy deprisa.
Esta mañana me he precipitado en
salir sin consultar el estado de la mar, y me ha engañado el aspecto del día.
Ya he aprendido después, oyendo la emisora de radio, que el mar no tiene
demasiado que ver con el estado del cielo, y que eso que llaman mar de fondo
se debe a una situación de inestabilidad lejana que influye a distancia.
Después de navegar un buen rato en esas condiciones decidí volver a puerto. Al
entrar en la ensenada, la calma de las aguas volvía a hacer juego con el
espléndido día.
Después de comer me he acercado al
muelle pesquero a ver si veía al abuelo del espigón atareado en su barca. En un
extremo, al lado de otras barcas pequeñas, le he divisado encorvado sobre la
cubierta. La barca era de madera gruesa, tosca, antigua, tan antigua
probablemente como él, aunque estaba pintada hacía poco tiempo de un llamativo
color azul. La pintura, sin embargo, no conseguía disimular los desconchones de
anteriores pinturas, mellas y otras irregularidades antiguas de su superficie,
lo mismo que el anciano no disimulaba en su cara las arrugas del tiempo. La
barca era casi tan larga como mi barco, pero parecía más pequeña y no estaba
preparada para vivir en ella, sino sólo para pescar. Tenía una pequeña cabina
en el puesto de mando, a popa, capaz apenas para resguardar a dos personas de
pie en el mal tiempo. El resto de la cubierta estaba despejada, y se adivinaba
una amplia bodega bajo la escotilla central. El abuelo me vio enseguida y se
alegró de mi presencia. Se notaba que agradecía la compañía. Estaba atareado
con el motor, que se veía en su cámara de popa bajo la tapa abierta. Era igual
de viejo que todo el conjunto, incluido el patrón, pero estaba limpio. «Este es
como yo, viejo pero que todavía funciona», dijo riendo para sus adentros. Le
pregunté que para qué lo cuidaba tanto si ya no salía al mar, y me dijo que ya
se pudriría cuando él se muriese, que mientras tanto no quería verlo enfermo.
Además, añadió feliz, cuando venía su
hijo en verano salían algunos días a pescar con los nietos. «Mire, mire, cómo traquetea todavía este anciano», dijo
yéndose a la cabina y arrancando el motor. El artefacto renqueó un poco y
arrancó ruidoso despidiendo humo grisáceo por el escape bajo el agua. Parecía
que se iba a parar, y se acercó y le anduvo trasteando el ralentí. «Está frío,
hace días que no lo arranco» comentó. Me dijo que lo arrancaba casi todas las
semanas para que no lo corroyera el agua de mar. El motor giraba a golpes
lentos, de manera algo irregular, pero se mantenía. De cuando en cuando parecía
que le fuera a dar un infarto, pero se
recuperaba él solo y volvía a traquetear. Intentando tomarle el pelo
cordialmente, le dije que con ese motor no iba a ganar una carrera, y me
respondió impasible: «En el mar no hay que tener prisa, sólo hay que estar a
tiempo en el sitio». O sea, que había que madrugar, entendí, y le pregunté que
a qué hora salía a pescar en sus días. Me dijo que de noche siempre, aunque no
se pescara lejos. Otras veces salía de tarde, para pescar al anochecer o
incluso quedarse durante la noche. Le pedí que me contara algo de su vida de
pescador, lo que pescaba en el mar y con qué pescaba, etc. El abuelo buscó su
petaca y volvió a ejecutar parsimoniosamente su ritual de fumador mientras se
acomodaba en la borda. Me contó que había pescado de todas las maneras a lo
largo de su vida; cerca y lejos de la costa, con caña, con red, con palangre,
al curricán y al brumeo, y no sé cuantas técnicas más; cada pez
tiene su arte, decía. Le pregunté si había pescado alguna vez una pieza
realmente grande y sus ojos se iluminaron evocando los recuerdos. Muchas veces,
me dijo, hacía años, cuando los atunes eran más abundantes que ahora. Había
pescado atunes tan grandes como él, me dijo, de esos que tienes que traer a
tierra amarrados a la barca porque no puedes subirlos a bordo. Me contó, con
los ojos inundados de emoción, un lance de pesca que era sin duda la mayor
aventura de toda su vida. Estaba al atún con su hijo cuando sintió la picada.
Dio un tirón al aparejo para clavar al atún y el animal se lo arrancó de las
manos, tirando del rollo de línea que
descansaba en un capazo a tal velocidad que iba a agotar enseguida los más de 200 metros que tenía. Sujetaron el
extremo a popa, y era tal la fuerza del pez que arrastraba la barca. Cuando
descansaba para tomar fuerzas, recogían línea y lo atraían a la barca, pero
enseguida daba otro tirón y volvía a alejarse y arrastrarlos. Lucharon así dos
horas, hasta que el animal, agotado, se dejó acercar al barco y lo amarraron a
su costado. Dice que el atún pesó 220 kilos y que todavía seguía vivo cuando
llegaron a puerto.
Por momentos me estaban entrando ganas
de ofrecerle al anciano mi compañía para salir un día de pesca con la barca,
pero me contuve no fuera a ser que acabara aficionándome y diera al traste con
mis propios planes.
Ya en mi barco, me he quedado
pensando en la fascinación que debe ejercer la pesca entre estas gentes
dedicadas a la mar; en los personales y a veces secretos conocimientos de cada
pescador sobre los peces y los lugares que frecuentan, en sus hábitos de
alimentación y mil detalles más. El mar, otro mundo separado del nuestro por el
espejo de la superficie que lo hace impenetrable a la mirada. Y allí abajo,
intuir la presencia de animales tan poderosos merodeando en busca del alimento.
Y arriba, el astuto pescador tendiéndoles la trampa mortal de su anzuelo
disimulado dentro de un cebo, con tal maestría que imita el comportamiento de
esas pequeñas presas que sirven de alimento al gran pez. Y luego sentir la
picada, el éxito del engaño que evidencia por primera vez la presencia de la
bestia mientras el corazón y la imaginación se aceleran tratando de averiguar
su tamaño por la forma de tirar de la línea. Y después la lucha entre dos seres
desiguales, uno más corpulento y otro más inteligente, uno más vigoroso y otro
más paciente. Y todo esto transcurriendo entre dos mundos invisibles, hasta que
al final el ser del mundo sumergido es sacado al mundo exterior y desvelado su
misterio, la belleza de su anatomía que habla de la vida en las profundidades
marinas. Sí, pescar es como sacar a la luz un nuevo misterio cada vez, la
realidad concreta de un ser de otro mundo. Pescar es descubrir el ser, el ser
que alienta allí abajo más vivo que nosotros, el ser que lucha por su vida y
nos ofrece batalla. Entiendo a esos pescadores que pescan sólo por pasión y no
por necesidad, y devuelven al agua su presa porque la principal recompensa es
haberla sacado unos instantes para admirarla y luego devolverla a su mundo para
que siga existiendo.
Día 13 de Abril
del año primero
Me he
despertado muy pronto, de noche todavía. Me he puesto a meditar mirando la
oscuridad. No lo había vuelto a hacer desde el primer día, aunque entonces fue
sólo una breve experiencia. Dentro del camarote la oscuridad era completa. He
abierto bien los ojos y he intentado ver algo. Nada. Al cabo de unos instantes
de esforzarme me he dado cuenta de que mi campo de visión no era absolutamente
oscuro, sino que estaba formado por pequeñas motas más claras, muy tenues,
esparcidas entre la oscuridad. Estas motas no eran regulares ni permanecían en
el mismo sitio, sino que iban y venían, se movían. Intentado fijar una de
ellas, he visto aparecer una mancha informe bastante iluminada, de un color
violeta claro, que se distinguía claramente sobre el resto y que se
correspondía con el foco de mi visión, o de mi atención. Me he quedado
fascinado con esa mancha, pero no podía fijarla, se desplazaba lentamente y al
final desaparecía. Concentrando la visión en otro punto imaginario, volvía a
aparecer allí, siempre distinta, irregular, diferente de tamaño y forma según
el punto donde dirigiera mi foco. He llegado a la conclusión de que todos estos
fenómenos son el equivalente, en el campo visual, del sonido de fondo
introducido por mi cerebro cuando escucho el silencio. Me ha aburrido pronto
este tipo de meditación, porque los fenómenos se repiten siempre de la misma
manera y no me atrapan la conciencia, y al contrario que la meditación en el
silencio, no me tranquiliza demasiado; la atención se me va irremisiblemente
hacia la respiración. La respiración sí me atrapa la atención, y es sumamente
relajante y vivificante. Me he concentrado en ella, he sentido como entra el
aire los pulmones y me llena el cuerpo de vida, sobre todo en el último empujón
de la aspiración, cuando interrumpo la dilatación y siento como el volumen de
aire camina por mi tráquea y llena a rebosar mis pulmones. Una vez vivificado y
pleno, empiezo a respirar lo más lentamente posible, prolongando la aspiración,
volviendo a sentir apaciblemente la vivificación y luego espiro muy despacio,
abandonándome a un sutil adormecimiento. Me he relajado mucho con esta técnica.
Finalmente he pasado a respirar, sin proponérmelo, de manera muy breve y suave,
casi imperceptible, pero suficiente para estar alerta, sin adormecimiento. Y
ahí, con los ojos cerrados, he visto la oscuridad tras la sensación de los
bordes de mis párpados y he sentido el contacto entre mis labios también
cerrados, y me he mantenido en esa conciencia sin esfuerzo, largo tiempo,
satisfecho. Me he sentido todo entero ahí, yo, presente e impasible en el
tiempo.
Estoy feliz, creo que he encontrado una técnica de
conciencia de mi ser muy valiosa, y es la que practicaré en adelante, al menos
de momento. La llamaré “párpados y labios”
El amanecer iba disipando la penumbra y he salido a ver
cómo se presentaba el día. Se prometía otro día despejado y brillante. He dado
un paseo hasta el espigón para ver la
salida del sol. No estaba el abuelo, como es lógico; ahora no necesita
madrugar tanto para pescar sólo su pez diario. El sol ha empezado a insinuar su
presencia iluminando la franja de atmósfera sobre el horizonte, y enseguida ha
asomado su borde, de un color sandía fascinante que era agradable mirar y que
no molestaba. Pronto comenzó a inundar el agua con su presencia, mientras iba
saliendo por encima de ella. Había algo hipnótico en su color, algo así como la
cualidad de ser imposible, de ser único y exclusivo, aunque quizás era yo el
que nunca lo había visto antes así, o nunca lo había mirado con los ojos y la
sensibilidad con que ahora lo miraba. He pensado que las prácticas de
meditación me están limpiando el alma y despertando una sensibilidad exquisita.
El sol iba cambiando de color deprisa, y ya dolía al mirarlo. Me he vuelto
hacia el barco.
Día 20 de Abril
del año primero
Ya he
consolidado una rutina diaria que desarrollo con placer. Por la mañana salgo a
navegar cerca de la costa y voy acumulando experiencia. Luego fondeo el barco a
poca profundidad y me quedo un buen rato en el mar, sumiéndome en la
naturaleza, ensayando nuevas formas de meditación, sintiendo la incesante
palpitación de la inmensidad líquida. No es lo mismo que si estuviera en alta
mar, pues la costa está ante mí sugiriéndome el mundo habitual, y de vez en
cuando aparece algún barco que pasa a poca distancia, o se ven más lejos otros
inmóviles pescando. Ayer pasó cerca la patrullera de la Guardia Civil y me
llevé un susto, pues temí que me pidieran la documentación. Subí a cubierta y
me puse a trajinar en el barco, y finalmente pasaron de largo. Ya tengo ganas
de tener el título, porque así ciertamente no estoy tranquilo. Creo que voy a alejarme más de la costa y
acercarme a las barcas que están pescando, para confundirme con ellas en la
distancia. Quizás tenga que comprar una caña para hacer más creíble mi
presencia. Nunca imaginé que hasta en el mar hubiese que andar con disimulos
para pasar desapercibido. Desde luego, cuando tenga el título, me voy a perder
mar adentro donde no se vea un alma en todo el horizonte.
Las tardes las dedico exclusivamente
al estudio de los textos de examen. Le he dado prioridad a esta tarea y espero
poder presentarme en la próxima convocatoria, dentro de quince días. Por la
noche medito. La meditación de “párpados y labios” es extraordinaria. Me siento
pleno sin necesidad de hacer nada más, y esta conciencia tan despierta de
existir me deja una paz profunda en el alma. Ya he visto con claridad que no es
necesario perseguir ninguna meta en la vida, ni afanarse por nada, y que
normalmente perdemos el tiempo atrapados en deseos y mundos soñados, en problemas
que nosotros mismos nos creamos. Todo es mucho más sencillo. Simplemente hay
que cerrar los ojos y mirar la oscuridad en el borde de los párpados, sentir
los labios juntos, la suave respiración que se va amortiguando hasta hacerse
imperceptible. Entonces siento que existo en un punto indefinido en mitad de mi
frente y sé que ese soy yo, profundo y despierto, el mismo que antes habitaba
agitado y medio inconsciente detrás de los actos de la vida cotidiana.
También estoy practicando de día la meditación que llamo del “desinterés”. Me siento con los ojos abiertos pero sin mirar concretamente nada, como si me fijase sólo en una perspectiva general de todo lo que veo, y sin tratar de pensar nada sobre ella. Simplemente veo, como si fuera un niño que todavía no conoce las palabras y no sabe distinguir las cosas, y todo se le presenta como un conjunto indiferenciado. Yo y mi visión, solamente. Y detrás de esa visión sin palabras me encuentro. Hago lo mismo con los sonidos. Escucho con los ojos cerrados el ruido diurno y dejo que suenen en mí los diferentes sonidos, pero sin identificarlos, apoyándome en su simple sonoridad para sentirme existiendo.
Y todo esto, que al principio me
parecía extraordinario, me parece ahora natural, completamente natural y
sencillo de realizar. Lo impropio es la vida cotidiana sumergida en los
conflictos y enredos entre las personas, en las ambiciones y en las
expectativas que nos trazamos dentro del mundo ficticio que hemos ido creando
los hombres. Lo antinatural es vivir dentro de ese mundo de pesadilla,
inmundados.
Y sin embargo, esta paz sencilla,
esta conciencia serena y profunda de la existencia, creo que no va a ser un fin
para mí, como sí parece serlo para muchas almas de Oriente y últimamente de
Occidente. Creo que para mí sólo es el punto de partida, la condición necesaria
para emprender otra búsqueda. Quizás
la búsqueda de una realidad espiritual que por el momento permanece oculta.
Durante el día oigo música con
frecuencia, pero la melodía me despierta otra clase de conciencia. No es la
conciencia pura del ser, como en la meditación, sino la conciencia de un
universo percibido con sentimientos. Escucho la música y evito también los
pensamientos, las palabras, los juicios, y dejo que sólo ella suene dentro del
corazón. Imagino que se hace en mí, que sale de mi alma y soy a la vez el
observador que renace en su universo con una conciencia ensanchada y con el
espíritu en armonía. La música me “recrea” en una dimensión más elevada de la
existencia.
Día 21 de Abril
del año primero
Anoche,
después de meditar, me quedé escuchando música largo rato. Luego tuve sueños
extraños, fantásticos, y esta mañana, nada más levantarme, los he intentado
transcribir en forma de cuento, articulando los fragmentos inconexos que aparecieron en mis sueños:
“En una era remota, mucho antes de que existieran los hombres, habitaban en los mares más cálidos unos mamíferos que se habían adaptado a la vida en el agua. Eran algo parecidos a los delfines, pero mucho más inteligentes y sensibles que ellos. Además, tenían un aparato fonador extraordinario, que les permitía emitir una amplia gama de sonidos. Su voz sonaba como un instrumento de cuerda, pero su arco de frecuencias era tan amplio que a veces vibraba como un violín y otras como un violonchelo; y eran capaces también de acortar la duración de las notas de manera que parecían las pulsaciones de un arpa o un piano. Era tal la abundancia de comida en aquellos mares antiguos que vivían con suma facilidad y en gran número, por lo que habían desarrollado unas complejas relaciones sociales y afectivas entre ellos. La naturaleza les había dado el don de la música en vez del don de la palabra, y se comunicaban entre ellos por sentimientos en lugar de por ideas. Era extraordinario, pues contaban sus historias sin palabrería alguna, lo mismo que si nosotros fuésemos capaces de extraer de las nuestras el conjunto de sentimientos movilizados y hacérselos sentir directamente a los demás. Además, al contrario que los hombres, que manejan las palabras a su antojo y conveniencia, ellos sólo podían emitir música como expresión directa de sus sentimientos, y por lo tanto no sabían mentir. La mayor parte de su tiempo la dedicaban, como algunos pájaros cantores, a emitir deliciosas melodías, y como además estaban dotados de una especial inteligencia, habían llegado a desarrollar una notable capacidad creadora. No se limitaban, como los pájaros, a cantar una melodía más o menos fija y heredada de su especie, sino que improvisaban y componían elaboradas piezas musicales. Su memoria era prodigiosa, y recordaban con toda exactitud las innumerables melodías que componían, no solo las propias sino las de todo el grupo en que vivían. Incluso, cuando entraban en contacto grupos distantes, intercambiaban melodías con gran pasión, como si estuvieran llevando a cabo una competición artística. Y se enriquecían mutuamente descubriendo estilos nuevos y admirando las ingeniosas creaciones de los demás. Eran sin ninguna duda verdaderos artistas y vivían para ello, hasta el punto que a veces se olvidaban de comer durante algunos días cuando estaban en pleno proceso de creación. Y al llegar la época reproductiva, se inflamaban de inspiración y componían sublimes melodías que contagiaban al grupo de un éxtasis místico general que culminaba en bellísimas danzas acuáticas reproductoras y coros orgiásticos polifónicos.
Un brusco cambio climático hizo descender la temperatura de los mares y esta maravillosa especie fue extinguiéndose, pero todavía quedaron algunos grupos resistentes que consiguieron adaptarse a las nuevas condiciones. Eran muy escasos y perdieron gran parte de su capacidad musical al tener que dedicar sus energías a sobrevivir. Pero consiguieron perdurar hasta que aparecieron los hombres sobre la tierra. Dicen que el mítico Ulises quiso conocer la irresistible atracción de sus cantos, y que tuvo que atarse al mástil de su nave para no arrojarse ciegamente al agua e ir en busca de aquellos extraordinarios seres, que habiendo reconocido al hombre como su igual, y mejor adaptado que ellos para sobrevivir, entraron en éxtasis permanente para cruzarse con él.”
Día 25 de Abril
del año primero
Es
domingo, mi día de asueto. Después de traer provisiones al barco, he comido en
el bar del club náutico, como el domingo anterior. Me senté en un rincón,
apartado del bullicio de las familias que han salido a navegar un rato o
vuelven de pesca. Esta gente es muy vital, y dan tantas voces que si te pones
cerca te sentirías obligado a participar en la fiesta. Disfrutan comiendo todos
juntos, celebrando sus cosas. Me ha atendido la ucraniana otra vez, que se va
haciendo amiga mía a pesar de sus dificultades para seguir una conversación
fluida. Se llama Ionna y vive con otra chica ucraniana que trabaja también en
el bar, aunque yo no la he visto por aquí todavía. Hemos hablado brevemente de
su país y de esas cosas que se dicen sobre la marcha. Tengo que venir un día
tranquilo a charlar con Ionna, me parece que tiene ganas de hacer amistades.
Después de tomarme un café me he acercado
al espigón a ver si estaba mi amigo el abuelo. Allí estaba todavía, esperando a
capturar su comida que al parecer no se dignaba aparecer. Le he preguntado,
bromeando, si tenía en cuenta que los
peces también descansaban los domingos, y me ha respondido que los
peces, lo mismo que él, no necesitan
descansar porque no trabajan, sólo se preocupan por comer lo necesario cada
día, y mañana Dios dirá. «Hoy merendaré, ayer comí demasiado, y eso mismo le
debe haber pasado al pez, pero venir, vendrá», dijo risueño y convencido.
Entonces le pregunté por qué se limitaba
a pescar sólo un pez cada día, en lugar de aprovechar cuando picaban
bien para sacar unos cuantos y tenerlos de reserva en la nevera por si acaso. Me respondió que entonces no saldría a pescar
cada día, que se aburriría, que cuando pescara en abundancia lo haría sin
disfrutar, sin valorar la pesca de cada pez. Saber si iba a comer o no cada día
era el aliciente que le hacía levantarse cada mañana a esperar ilusionado a su
amigo el pez. “Y si algún día no hay pez, pues pan y vino”, me dijo, que para
eso le llegaba. Parece que había tocado un tema interesante para él, porque
siguió filosofando al respecto. Me dijo que antes, cuando salía al mar, el
riesgo estaba siempre presente, y que eso era como una droga excitante, algo
que le hacía vivir con intensidad. Ahora ya no podía salir al mar y su único
riesgo era ese de pescar o no pescar el pez de cada día. Si prescindía de esa
aventura ¿qué interés tenía la vida?
En estas disquisiciones, el abuelo,
que no apartaba los ojos del sedal, dio un tirón seco con la caña mientras
exclamaba: « ¡Aquí está mi pez! ». El carrete empezó a correr mientras la punta
de la caña se doblaba y el sedal permanecía tenso como el filo de un cuchillo.
Luego el pez pareció detenerse y se aflojó el sedal, lo que aprovechó el abuelo
para recoger carrete. Otra vez volvió el pez a alejarse y el abuelo a dejarlo
hacer, pero frenando un poco el carrete para que le costara trabajo. Y así
varias veces hasta que el pez se fue dejando acercar más y más a las rocas del
espigón. Allí luchó todavía, a derecha e izquierda, y finalmente se quedó
cansado cerca de la superficie, junto a las rocas. El abuelo, que se había
bajado de roca en roca hasta el borde del agua, metió la red de sacar por
debajo del pez y lo subió fuera del agua. «Ya sabía hace rato que era una
dorada» dijo satisfecho de la pieza. Era panzuda, de buen tamaño, y pesaría
cerca de un kilo. Tenía cara de malas pulgas, con unos dientes que te
mantenían a distancia.
Día 30 de
Abril del
año primero
Hoy el
día a amanecido apacible y me he hecho a la mar sin dudarlo. He camuflado el
barco como si fuera de pescador, con su caña armada en una borda, y me he
aproximado donde pescan otras embarcaciones, pero a distancia suficiente para
que ellas me vean lejos y desde la costa me vean cerca de ellas. Allí me he
quedado a la deriva. Yo no sé si existe algún tipo de pesca a la deriva, pero
el hecho es que los que pescan parecen estar en el mismo sitio y yo siento que
me voy desplazando lentamente respecto a ellos. Quizás están anclados a
profundidad, pero yo no tengo tanta cadena de ancla. Tendré que preguntar, es
posible que pueda unir un cabo largo a la cadena de ancla y fondear a
profundidad. El barco en alta mar, aunque las aguas estén relativamente
tranquilas como hoy, es una especie de batidora que no para. Ya he aprendido a
cerrar todas las escotillas, puertas de los pañoles y puertas de camarotes, a
no dejar nada suelto encima de ningún sitio para no asistir al caos que las olas generan dentro del barco. Pero
la verdad es que aún estando todo controlado, hay que sentarse para poder estar
en paz, para meditar, o de lo contrario es uno mismo el que deambula a
trompicones por el barco. Empiezo a dudar si dormir en alta mar no será una
tarea imposible, aparte de la deriva que coge el barco, que al cabo de toda la
noche Dios sabe donde me dejará.
Pero es agradable dejarse llevar lentamente por las
corrientes, por el viento, tan lentamente que para tener constancia de ello hay
que fijar alguna referencia en la costa u otros barcos y apreciar como al cabo
de un rato nos hemos desplazado. Y es hermoso contemplar el mar. Meditar
contemplándolo, sin pensar, como se contempla una rosa y no se intenta contar
el número de sus pétalos ni imaginar la labor del jardinero para cultivarla.
Contemplar el mar y no saber dónde acaba ni por qué se mueve, pero sentirlo
latir cerca y extenderse estático en la inmensidad del horizonte; y olerlo como
se huele a la rosa, y sentirlo presente y vivo.
Casi sin apercibirme de ello, el mar se ha ido picando y me
he alejado de los barcos de pesca. Las olas presentaban pequeñas crestas
blancas y el aire soplaba con algo más de fuerza. He puesto el motor en marcha
y he enfilado hacia el puerto, que se adivinaba a lo lejos, en una zona
conocida de la costa. La inestabilidad iba creciendo por momentos y era
incómodo navegar; el barco avanzaba despacio. Me confío demasiado y me salto la
escucha sistemática de la información meteorológica. Menos mal que no me alejo
de la costa. Temeroso de un empeoramiento grande del tiempo, he metido gases al
motor para intentar avanzar más deprisa. Ha respondido bien, pero daba unos
golpes tremendos contra el agua debido a los altibajos de las olas. Pantocazos
se llaman, según los textos. Mira, ya sé cómo suenan, y parece que el barco
fuese a romperse, pero no, aguanta y aguanta lo que le echen. Pronto me he
acostumbrado a pasarme las olas por debajo del ala, sumido en una excitante
embriaguez. Claro que el estado de la mar era moderado, creo que de fuerza
tres o marejada, según mis estudios de meteorología, pero me ha
permitido intuir lo que será un mar de fuerza siete o arbolada. Como
para quedarse en puerto y rezar que no salten las olas por encima del dique.
Después de atracar en puerto y de comer con apetito, me he
ido al bar a celebrar mi pequeña aventura con un café bien hecho y una copa. No
había prácticamente nadie y he podido charlar largo rato con Ionna. Me ha
contado algo de su vida. Tiene una hija en su país, que vive con los abuelos.
Ella es viuda de un pope, uno de esos curas cristianos ortodoxos tan
peculiares. Parece que es muy religiosa, imagino que por su matrimonio. Me hace
gracia que por circunstancias de la vida tenga que estar de camarera siendo ex
mujer de un cura, pero ella parece bastante alegre y al parecer su marido
también lo era. Dice que la religión no tiene nada contra la alegría sana, al
contrario. Le he preguntado cosas sobre el rito ortodoxo y me ha contado que no
hay muchas diferencias, que lo más llamativo para nosotros es que un casado
pueda hacerse cura y tener hijos. Luego tienen su propia jerarquía, y no
aceptan la del Papa de Roma. Tampoco tienen estatuas en las iglesias, pero
están llenas de cuadros, de iconos. Dice que el icono es como la manifestación
de Dios, que le tienen una devoción profunda. Le he dicho que eso es idolatría,
pero dice que no, que no tiene nada que ver, que ya saben que el icono no es un
dios, pero que es un objeto sagrado, que es como la puerta de Dios, como su
manifestación. Yo no acabo de entenderlo o ella no acaba de explicarse con las
dificultades que aún tiene con nuestro idioma, pero el hecho es que dice que
tiene un icono aquí, en su casa, y todos los días medita en silencio ante él y
se siente como si estuviera ante Dios. Esta mujer es muy espiritual además de
atractiva, curiosa combinación. Cuando le he contado que yo no creo en las
religiones, me ha mirado con fijeza, como pensando que eso era un error y
alguien debería arreglarlo, o algo así. Luego me ha dicho que la religión ilumina y diviniza al hombre. Sospecho que
esta gente es mucho más religiosa que nosotros.
Ya en el barco, he seguido pensando en lo que me ha contado
Ionna. Eso de que la religión diviniza al hombre. Parece muy fuerte esa
creencia. Los católicos creen, yo también lo creía hace mucho tiempo, que
reciben el cuerpo y sangre de Jesucristo en la comunión, y eso les santifica;
pero no les diviniza como dice Ionna, que parece tremendamente más exultante,
más glorioso, más luminoso. Es como participar de la naturaleza divina de Dios.
Y luego lo de los iconos, que dice que son objetos sagrados en los que Dios se
manifiesta para entrar en contacto con el hombre. Aunque después de todo es más
fuerte creer que en el pan y vino de la comunión esté la carne y sangre de
Jesucristo, por efecto de la consagración que de ellos hace el sacerdote.
Imagino que los iconos están también consagrados por un pope y tienen un
carácter igualmente sacramental para atribuirles esa virtud de ser la puerta
desde la que Dios entra en el hombre. Esta creencia en el poder de los iconos
me hace pensar en las pinturas rupestres del Paleolítico, que también parece
que tenían para aquellos hombres primitivos, y profundamente religiosos, un
valor sagrado, de manifestación de sus dioses animales. La imagen, en la
oscuridad iluminada con teas de sus cuevas santuarios, tenía el poder de
convocar al dios, de hacer que se manifestara. Era un símbolo mágico, sagrado.
Todas las culturas religiosas están llenas de símbolos con poderes mágicos. El
símbolo contiene una llave, un secreto hacia otra realidad, hacia una verdad
que no se puede encerrar con palabras pero que puede ser intuida y accedida por
medio de él.
Pero la pregunta clave es si esos símbolos actúan
universalmente o sólo dentro de una cultura concreta, de unas ideas religiosas
o espirituales concretas. Es evidente que lo segundo, pues un bisonte
paleolítico no tiene ningún poder sagrado para un hombre de hoy, ni un icono
ruso lo tendría para un hombre del paleolítico. Y eso apunta a que todo se
queda dentro del mundo interior del hombre, de las ideas de cada cultura. Es
algo cultural, humano, y sin valor de realidad exterior. Algo que moviliza
exclusivamente la imaginación espiritual de cada cultura. Aunque por otra
parte, si existiera esa realidad divina exterior al hombre, los símbolos serían
el puente entre la divinidad y ese hombre concreto de cada época, que por
necesidad tenían que ser símbolos diferentes. Y todas las religiones, por
tanto, aún siendo diferentes, serían los distintos vehículos hacia la
divinidad. Y sin embargo, aunque eso sea cierto, no indica la existencia real y
externa de la divinidad, sino que puede apuntar a la aspiración de desarrollar
el espíritu dentro del hombre. Esa aspiración a que Dios se manifieste al
hombre, o entre dentro de él, ¿no es el deseo del hombre en superar su
naturaleza humana incompleta y hacerse divino? Dios fuera o Dios dentro del
hombre, esa es la cuestión. Si lo imagino fuera, lo imagino existiendo ya; pero
si lo imagino dentro, sólo lo veo como una aspiración, como una realización
incompleta, como un camino de perfección humano. Los profetas, santos y mesías,
serían hombres privilegiados que han avanzado mucho en ese camino, pero que no
se atreven todavía a creerse dioses, salvo Jesucristo, que si lo creía.
En todo esto subyace la idea concreta que se tenga de Dios
en cada época o lugar. Las religiones monoteístas son todas bastante
aproximadas en su concepción de la naturaleza de Dios y apuntan a un Dios
persona, del que el hombre sería una imagen pobre. Las religiones antiguas eran
sin embargo más naturalistas y no perseguían la identificación personal con los
dioses, sino el acceso a ellos para controlar de alguna manera el poder de sus
fuerzas naturales que condicionaban la vida del hombre. Así que parece que hay
un cambio radical en la concepción y utilidad de Dios, y que todo resulta
humano, demasiado humano como dijo Nietzsche, siendo el Dios actual una
aspiración humana al espíritu, con todas sus consecuencias de intensidad e inmortalidad.
Pero, y no se acaba nunca con los peros y los cambios de
orientación del pensamiento, algunas religiones actuales, como el budismo, no
persiguen la espiritualidad de un Dios supuestamente existente, sino una
espiritualidad netamente humana, y por ello parecen más verdaderas. Sin embargo
se desligan del mundo creado por el hombre, se van hacia la nada, hacia la
existencia etérea de un espíritu agarrado al vacío y a sí mismo. Y en eso me
parece que se quedan por detrás de las religiones teístas, que aspiran al reino
de Dios en la Tierra.
Y lo dejo por hoy y me voy a dormir, que el exceso de
reflexión no me va a conducir a la certeza, sino como mucho a poner en orden
mis limitados pensamientos actuales. Si Ionna me invita un día a su casa, me
pondré delante de su icono e intentaré ver a través de él, pero me temo que uno
sólo ve lo que ya lleva dentro.
Día 1 de Mayo
del año primero
Me
quedan muy pocos días para el examen y dedico prácticamente todo el tiempo a
estudiar. Lo que más complicado me resulta son los ejercicios sobre la carta
náutica, que requieren mucha precisión de cálculo, en consonancia desde luego
con el riesgo que tiene equivocarse al trazar un rumbo, por ejemplo. Si estamos
en alta mar y no tenemos ninguna referencia visual más que mar por todas
partes, la carta es el único asidero para orientarnos y para llegar a un sitio concreto, una isla,
otro barco que solicita ayuda por radio, etc. Cualquier error de cálculo hará
que pasemos de largo sin ver nuestro destino. La orientación en tierra es
distinta, hay accidentes geográficos, montañas, ríos, etc., que nos pueden dar
información aproximada sobre nuestra posición; pero el mar es siempre igual y
es como si navegásemos por la nada, aferrados a una pequeña brújula y a una carta
marina, y dependiendo completamente de la fiabilidad de nuestros cálculos
geométricos. Sabemos dónde queremos llegar y tenemos que trazar un rumbo. Luego
tenemos que mantenerlo lo más exactamente posible, previendo y calculando las
desviaciones que las corrientes y el viento pueden introducir en nuestra
trayectoria. Hay en esto algo que me recuerda a la vida; nos fijamos una meta y
trazamos un plan para llegar a ella. Pero hay que enfrentarse a muchas
desviaciones, a errores de apreciación y cálculo. Y si al final llegamos donde
queríamos, resulta tan maravillosos como ver a lo lejos la isla que andábamos
buscando en medio del mar. Navegar por la vida, qué difícil ejercicio, que
difícil el hacer los cálculos exactos sobre la carta vital. Es mucho más fácil
la náutica que la vida.
Pero tanto esfuerzo de precisión en los cálculos choca con
las facilidades de la tecnología actual. El GPS hace completamente prescindible
toda esta tarea que antiguamente debía ser vista con admiración por las
tripulaciones, como si se tratase de un poder secreto del patrón del barco. Hoy
cualquiera puede orientarse sin problemas y con toda precisión, y las brújulas
se ignoran ante la flecha que aparece en la pantalla del GPS o del navegador
marcando en cada momento la dirección a seguir. Lástima que no exista
igualmente un GPS así para navegar por la vida.
Después de comer, y por hacer un alto en el estudio, he
dado un paseo hasta el espigón a ver si estaba el abuelo. Estaba, cómo no, si
no tiene otra cosa mejor que hacer que pasar apaciblemente el día y charlar con
algún compañero de pesca. Le he contado mis estudios náuticos y todo esto de
las cartas. Me ha mirado con cierta ironía, como valorando condescendiente lo
complicado de mis estudios, pero como si me esforzara en matar pulgas a
cañonazos. Algo picado por su reticencia, le he preguntado que cómo se
orientaba él en su época cuando salía al mar. Me ha dicho sonriendo que él
conoce su mar como la palma de la mano, y que orientarse en él no tiene ninguna
complicación. Que ni se fijaba cómo lo hacía, pero que en cada momento sabía dónde
estaba. Asombrado, le he preguntado que cómo, al cabo de algunas horas de
perder de vista la costa y moverse el barco aquí y allá con las faenas de
pesca, podía saber dónde estaba el puerto. «Por el Sol, por cómo sopla el
viento, por las olas, por muchas cosas... Los que hemos vivido siempre en este
mar sabemos cómo es», me ha dicho sin darle importancia. Luego me contó un
truco que empleaba su abuelo cuando se iba a pescar demasiado lejos, por si le
sorprendía una tormenta o no había visibilidad
o le fallaban todas las señales conocidas. Soltaba algún pájaro, y veía
hacia dónde se dirigía. «Ellos saben mejor que uno por donde queda la tierra»,
me dijo. Y luego añadió divertido: «Yo en esos casos llevaba una brújula, no es
tan útil como los pájaros pero abulta mucho menos que una jaula»
Día 2 de Mayo
del año primero
Domingo,
y me examino dentro de dos días. He estado estudiando toda la tarde, pero por
la mañana he ido a pasear con Ionna, que hoy tenía el día libre. Ha hecho un
hermoso día y hemos caminado descalzos por la playa, a la orilla del agua.
Había gente tomando el sol y alguno incluso dándose un baño. Hemos hablado
largo y tendido de muchas cosas, y después, casi sin darme cuenta, me ha
llevado a su terreno favorito, el de la religión. Imagino que es algo
espontáneo en ella y que no intenta hacer proselitismo. Se ha enfadado un poco
cuando le he preguntado, fingiendo seriedad, si intentaba salvar mi alma. Me ha
dicho que la vida sin Dios tiene que ser muy pobre, muy difícil, que si vivimos
sólo dependiendo de lo que pueda pasar en esta vida, lo más probable es que
seamos infelices debido a las circunstancias adversas, a las eventuales
desgracias que acontecen. Que no somos dueños de nuestro destino y por eso
tampoco de nuestra felicidad. Que sólo esperando otra vida dichosa y completa
se tiene el valor para vivir ésta con la felicidad que da la esperanza. Le he
respondido que eso está bien, que la esperanza es una buena compañera, y que yo
también tenía mi esperanza, pero distinta a la suya, que mi esperanza estaba en
esta vida; que me conformaba de momento con la esperanza de encontrar el camino
para una vida más intensa, con más espíritu. Me ha mirado con los ojos
abiertos, con amor fraternal, creo que con el deseo de que su camino llegue a
ser mi camino. Luego ha vuelto a la carga y me ha preguntado astutamente si
acaso no me gustaría que hubiese otra vida después de ésta. «Claro, le he
contestado, a quién no». «Entonces, me ha dicho, parece que eso es algo natural en el hombre,
que está dentro de su naturaleza». «Sí, le he contestado, pero también nos
gustaría a todos ser millonarios o tener una mujer bellísima, pero no podemos
alcanzarlo aunque esté en nuestra naturaleza». Dice que por qué estoy tan
seguro de que no podemos alcanzar eso, que quizás sí lo tengamos en la otra
vida, no precisamente en esa manera pero sí en otra equivalente que nos
proporcionará las mismas satisfacciones. Me ha dicho que confundo los medios
con los fines.
Después de todo no es nada tonta esta chica, y se la ve muy
rodada en discusiones de este tipo. Le pregunté si hablaba mucho de estas cosas
con su marido, el pope, y me ha dicho que tenían frecuentes reuniones con
amigos y fieles de la iglesia, y que discutían largamente sobre estos asuntos.
Eso me ha enardecido bastante y he dejado al lado la prudencia que había tenido
anteriormente para no molestarla o herirla en sus convicciones. «Entonces, le
he dicho, según tú, todos los deseos y aspiraciones de las personas se
alcanzarán ya que están en su naturaleza; pero hay personas que desean el mal,
que están llenas de odio y desean expresamente hacer mal, que llevan el mal en
su naturaleza». Me ha replicado que eso era lo mismo que me había dicho antes,
que las personas que desean el mal de otros es porque están faltas de amor y
cuando lo tengan desaparecerá ese deseo del mal; dice que el odio y el amor son
las dos caras de la misma moneda: la necesidad de otro ser para existir, y
cuando esas personas tengan a Dios desaparecerá su odio.
No me resultaba fácil al principio seguir sus razonamientos
porque no domina todavía el idioma, pero ahora consigo interpretar bastante
bien sus ideas. He vuelto a sondear su resistencia y le he preguntado si
entonces los malos serán perdonados y vivirán igual de felices en la otra vida
que los que han sufrido aquí en ésta sus maldades. Pareció dudar un poco, pero
enseguida me di cuenta de que sólo estaba escogiendo sus palabras porque iba a
hacerme una confidencia personal, a contarme una creencia suya que posiblemente
tropezaba con la ortodoxia. Me dijo que ella sí creía en el infierno, pero que
era lo mismo que el cielo. Que en la otra vida las personas entrarían como
salieron de ésta y allí experimentarían todas un proceso de santificación en la
presencia de Dios. En ese proceso unos tardarían más que otros, unos sufrirían
más que otros según el estado de su alma, pero que nadie sería excluido. Que le
parecía muy infantil eso de los condenados en el infierno y los bienaventurados
en la gloria. Que no era fácil juzgar a los malos, que ella no creía en la
maldad como elección libre, sino que una persona se veía abocada al mal por
diferentes circunstancias. Y que ese espíritu justiciero que esgrimen algunos
buenos contra los malos, es como si no creyeran en otra vida eterna de dicha
ante la cual las desgracias sufridas en ésta fueran insignificantes. Que no era
justo que por una vida terrena y pasajera de hacer el mal, quien sabe por qué
causas, te condenaran a una eternidad de
atroces sufrimientos.
Me ha sorprendido, yo había pensado que era muy rígida en
sus creencias, pero veo que interpreta la doctrina de la iglesia su manera, que
la integra en sus propias convicciones. He vuelto al argumento principal, a esa
idea suya de que si el hombre ansía la inmortalidad es porque ésta es posible.
Y le he preguntado que por qué el hombre sería inmortal y no los animales, por
ejemplo, entendiendo por animales incluso todos los antecesores del hombre, tan
parecidos a nosotros que no es posible distinguir la frontera de separación
entre las especies. Y me ha vuelto a sorprender, porque me ha dicho que no sólo
el hombre volverá a existir en la otra vida, sino todo su mundo, animales y
cosas. Eso abre una perspectiva de discusión tremendamente amplia para la que
no creo que esté preparada, porque supone que volverá a existir toda la
historia del mundo, desde el origen; pero una historia santificada por la
presencia de Dios. Una historia donde el hombre primitivo se encontraría con
sus dioses y el hombre futuro con los suyos, distintos del Dios en que ella
cree, inconciliables entre sí. Se lo he insinuado, pero ya se estaba haciendo
demasiado tarde y ella había quedado para comer con su amiga, así que hemos
aplazado la discusión para otro día. Pero no parecía acobardada ni carente de
respuestas ante mi duda.
Día 5 de mayo
del año primero
Al fin
he pasado el examen. Creo que lo he hecho bastante bien, aunque he fallado
algunas preguntas de señales. Ahora a esperar la documentación y entretanto
realizar unas breves prácticas oficiales de navegación, que son un mero
trámite, y además ya las he realizado yo solito aunque eso no cuente. En pocos
días podré navegar tranquilamente sin camuflarme de pescador. A pesar de que
esta necesaria etapa ha sido algo ajeno a mis propósitos, estoy satisfecho de
todos estos conocimientos que he adquirido y hasta me voy a sentir orgullosos
de mí título de patrón. No obstante, este título no me autoriza a una
navegación sin límites, pero suficiente para mis planes. Empiezo a saborear ya
mi primera navegación mar adentro, sin divisar la costa.
Día 7 de mayo
del año primero
Estoy
aplazando voluntariamente el comenzar a leer los libros que he traído; es como
si supiera que una vez que me enfrasque en ellos a la busca de una perspectiva
científica de la existencia, me olvidaré de todas estas cosas que ahora me
ocupan, como la meditación o las discusiones con Ionna sobre religión. Sobre
esto último, he estado pensando en lo que hablamos el domingo pasado. Siento un
cierto placer en plantearle dudas, en explorar sus certezas, en poner a prueba
sus convicciones. Y como no es mala contrincante, me voy a emplear a fondo con
ella. No es que intente desarmar sus creencias, sino quizás afirmarme
interiormente en el convencimiento de que la religión es un mundo ficticio y
obsoleto. Y aunque lo tengo claro, reconozco que mis críticas van contra una
concepción muy elemental y poco teológica de la religión, y que quizás una
visión actualizada, más profunda, pudiera servirme en parte. Pero no, el
obstáculo del dogma encorseta a la religión de tal manera que la hace incapaz
de actualizarse, y la convierte en un objeto sobre el que se intenta depositar
gratuitamente contenidos espirituales actualizados que ya no encajan en ese
corsé anticuado. Sería lo mismo que intentar encontrar la idea del Dios actual
en las antiguas religiones prehistóricas, en sus dioses animales, en el dios
sol o en la madre tierra, etc. Tengo claro que hace falta una nueva religión,
una religión para el hombre nuevo que ya se anuncia, o tal vez simplemente una
nueva espiritualidad no basada en la religión de un Dios existente.
De todas maneras, mi formación religiosa de la infancia
creo que ha dejado en mí una actitud espiritual, un sentimiento religioso que
me hace otorgar un cierto crédito a las religiones. Posiblemente no es más que
el crédito a mi sentimiento espiritual, a la interioridad y vivencias
trascendentes desarrolladas en mi niñez y adolescencia. No hay duda que los
sentimientos movilizados por la religión dan una dimensión superior al hombre,
y le otorgan la formidable energía para llevar a cabo en su nombre las más
extraordinarias empresas. Pero eso no tiene por qué ser nada sobrenatural, sino
profundamente humano, evidencia de la naturaleza intensa del hombre que la
religión ha sabido movilizar, pero que podía también desarrollarse con una
espiritualidad no religiosa. De hecho, las ideas políticas revolucionarias han
despertado tradicionalmente esa energía casi sagrada en las gentes, aunque
luego hayan resultado equivocadas o perversas.
Respecto a la meditación, me proporciona mucha paz y
equilibrio para hacer esta vida tan austera y solitaria que llevo. Pero de ahí
a pretender alcanzar esa iluminación que los místicos orientales dicen que se
alcanza, hay mucho trecho, creo. Tal vez después de muchos años de práctica se
pueda alcanzar esa visión espiritual de la realidad, esa unión con la unidad de
la existencia. Pero no me gusta ese estatismo, ese quedarse en la inacción
permanente, esa no evolución pensando que se ha llegado individualmente a la
meta. Existir es evolucionar, cambiar, y cuando el hombre llegue a su estado
final, se habrá llegado al paraíso que prometen las religiones, al final del
camino, y eso será para el mundo entero. Entretanto, lo que cabe es encontrar
el camino adecuado, el camino hacia el espíritu.
Sin embargo, la meditación que hago me va a servir mucho
para cuando empiece a sumergirme en las ideas científicas de vanguardia sobre
la nueva concepción de la existencia. Estoy desarrollando una gran capacidad de
atención en calma, de contacto con mi interior profundo, con mi intuición. A
veces me llegan ráfagas de intuiciones sobre la verdad de la existencia que no
consigo atrapar en palabras; ni tampoco lo intento demasiado porque confío que
poco a poco se irán concretando, se irán esclareciendo. Últimamente hago casi
siempre el mismo tipo de meditación. Me siento tranquilamente con las manos
recogidas sobre el vientre, sin mover
los ojos ni prestar atención al escenario interior del barco que tengo delante.
Es un escenario amigable que me inspira confianza. Sé lo que busco, mirar en la
existencia, y me quedo ensimismado, atento a mi interior como el que espera
descubrir algo, como el que confía en tener una intuición reveladora. De
camino, me siento existir con plenitud y sosiego, me siento muy yo mismo. Me
olvido de respirar o respiro tan suavemente que no me doy cuenta, y de vez en
cuando respiro espontáneamente con profundidad como volviendo a la vida orgánica.
Empiezo a sospechar que esto de la meditación y la
contemplación de la verdad de la existencia es más fácil y más natural de lo
que se piensa, y que a menudo estamos tan atareados haciendo cosas y llenando
la mente de pensamientos, preocupaciones y proyectos, que nos resulta
misterioso y desconocido lo más evidente. Que lo que hay que hacer es vaciarse
de todas esa cosas y dejar la mente atenta únicamente al hecho de existir. Hay
que andar el camino hacia atrás, hacia la desnudez de la niñez, pero con el alma
madura del adulto. Hay que bañarse desnudo en el mar de la existencia. Hasta
contemplar el cielo por la noche es un descubrimiento si lo miramos desde esa
desnudez que sólo permite asegurar que existen las estrellas, ahí, en la
distancia, y que uno las ve con toda la evidencia y la intensidad de la propia
existencia.
Día 8 de mayo
del año primero
Esta
tarde he ido a ver al abuelo a su barca. Allí estaba, faenando con el motor,
sujetando unos cables, achicando el poco de agua que se mete habitualmente en
el casco, Dios sabe por dónde. Luego lo ha puesto en marcha un rato para evitar
la corrosión interior, y mientras el motor trabajaba, hemos charlado de la vida
y esas cosas. Le he preguntado qué tal se apañaba viviendo solo a su edad,
aunque no quise a preguntarle su edad, una incógnita para mí que quería
mantener como tal. Me dijo: «Estoy acostumbrado a vivir solo... además, ¿dónde
podía ir a mi edad que estuviera menos solo?» Le he insinuado que si le
gustaría vivir con su hijo y los nietos, y me ha dicho que no sería conveniente
ni para su hijo ni para él. «Aquí estoy menos solo que en la ciudad. Mi hijo y
mi nuera trabajan, los nietos estudian, ¿qué iba yo a hacer todo el día allí
solo? Aquí conozco a la gente del pueblo, tengo mi mar, tengo las cosas que he
tenido siempre y me recuerdan toda mi vida. Yo ya me quedaré aquí hasta el
final, y aquí me darán tierra cuando muera. Mire, así mis nietos seguirán
viniendo a mi casa los veranos y recordarán las veces que hemos salido de
pesca. Y hasta conservarán esta barca en la que me he pasado la vida pescando».
He sonreído al verle ilusionado con sus esperanzas póstumas. Luego le he mirado
y le he preguntado con naturalidad que si creía en otra vida. Me ha devuelto la
mirada como si me devolviera la pregunta, y luego, muy pausado y midiendo bien
las palabras me ha dicho: «Yo no entiendo mucho de esas cosas, ni tampoco me he
preocupado de eso durante mi vida, bastante he tenido con vivir día a día.
Ahora tampoco lo pienso. Estoy tranquilo y no le pido más a la vida. Me sobrará
con descansar cuando me llegue el momento. ¿Qué más puede uno querer? Cuando
sale uno a la mar y vuelve cansado y con la pesca hecha, sólo piensa en
descansar, en no hacer nada. Pues yo ya he hecho toda mi pesca en esta vida y estoy
preparado para el descanso. Pero todavía no, de momento no me ha llegado el
sueño y todavía estoy recordando la faena, satisfecho de la jornada». Le he
dicho que no me parecía muy amigo de la iglesia y de los curas, y se ha
sonreído: «Los curas tienen su tarea también, y el alcalde y el guardia, pero
yo no me meto en su vida. Que cada cual haga su faena y que sean útiles a los
que los necesiten. A mí nunca me han hecho falta. Mi vida ha sido muy simple y
me he bastado yo solo para todo». «Entonces, ¿no cree en Dios?», le he
preguntado presionándole aún y sintiéndome un poco avergonzado. Me ha vuelto a
mirar inquisitivo, con un punto de dureza, y he bajado la mirada. Luego ha
dicho: « ¿Ud. lo ha visto alguna vez? ». «No, yo no, le he dicho, si lo hubiese
visto no necesitaría creer». « ¿Y conoce a alguien que lo haya visto? », siguió
ahora él presionando. Tampoco, dije, pero hay mucha gente que cree en él. «Ya,
como en la otra vida, añadió, pero nadie ha visto a ningún muerto que lo haya
contado. Mire, cuando uno sale de pesca tampoco ve a los peces allá abajo, pero
tiene fe en que están allí porque otras veces los ha visto y los ha pescado, o
ha oído a otros que lo han hecho. Pero a nadie se le ocurre hoy día pensar que
va a pescar una sirena, por ejemplo. Son cosas de otros tiempos, de épocas
antiguas en que la gente era muy fantasiosa ». «Ya, le he dicho con un poco de
malicia, pero ¿y si por casualidad cuando muera resulta que sí existe y se
encuentra cara a cara con él?». «Pues mire qué bien, le ofreceré mi barca y mi
casa, otra cosa no tengo, aunque no sé para qué le pueden servir. Tampoco a la
sirena le serían de utilidad si la pesco, y lo mejor es que la devolviera al
mar. Y a Dios, lo mejor es que no le acompañara a su cielo, porque poco le iba
a resolver yéndome con él allí, y yo tampoco sabría qué hacer en él, si sólo sé
pescar. Y no creo que allí se pesquen grandes atunes, que sería lo mejor que yo
puedo desear. Me pasaría igual que con mi hijo, que sería un estorbo para él y
yo tampoco estaría a gusto fuera de mi mundo».
Pensé dejarle por imposible, se aferra a su simplicidad de
pescador para negar el deseo que sin duda tiene, como cualquier mortal, del más allá. Se conforma con lo que pesca
con su caña y parece que se niega a desear otra cosa, como si eso le sumiera en
la duda, en la intranquilidad. Pero como yo ando sumergido en estas dudas, no
he resistido la tentación de sondearle más allá de su deseo de estar tranquilo,
de hurgar en su alma que no es tan simple como él quiere aparentar. Procurando
no ser cruel, le he dicho que yo también pensaba como él, pero que cuando murió
mi madre no hace mucho, sentía como si siguiera viva en algún sitio, como si no
se hubiera muerto definitivamente, y que imaginaba que a él le debió pasar algo
parecido cuando murió su esposa y le dejó solo con su hijo. Se calló unos
instantes y sus ojos se fueron cubriendo de brillo húmedo, y con él me miró
como se mira con la verdad en el corazón: « Mis padres murieron cuando yo era
muy joven y pensaba en otras cosas, en pescar, en hacerme hombre. Pero cuando
murió mi mujer fue distinto. Sí que pensaba en ella cuando volvía del mar y
encontraba la casa vacía, solos mi hijo y yo. Entonces la veía por las noches y
hasta hablaba con ella, y me parecía que tenía que seguir viva en alguna parte.
Pero luego pensé que era cosa mía, que me había acostumbrado a su compañía y no
sabía vivir todavía sin ella, porque al poco tiempo murió también la mujer de
un vecino y entendí que había muerto y desaparecido para siempre. Así que el problema
de entender que mi mujer había desaparecido era sólo mío».
El abuelo me sorprende a menudo con su lucidez, y le dije
que además de ser un buen pescador era un buen pensador. Me dijo con su sonrisa
cansada y a prueba de vanidades: «No sé si seré un buen pensador, pero pastores
y pescadores tenemos mucho tiempo para pensar». Le confesé entonces que yo me
había tomado también mi tiempo para pensar porque en mi vida habitual no tenía
tranquilidad para hacerlo, que estaba allí para dedicar un tiempo a reflexionar
en todas esta cosas, en la religión, en la vida, en la muerte. Le dije que me
inquietaba la muerte, mi muerte, y que a lo mejor era porque hasta entonces no
había sido consciente de lo que significa vivir. Que me producía angustia morir
sin haber vivido de verdad. Fue el abuelo el que ahora se desquitó
atormentándome: «Y seguro que no dormía bien por las noches, con esa vida que
llevaba en la ciudad». «Pues no, no dormía bien, le dije, uno tiene demasiadas
preocupaciones, demasiada tensión, seguramente innecesaria». «Igual le pasa a
mi hijo, dijo, la vida de la ciudad no es buena, hacen falta muchas cosas para
vivir, los gastos de los chicos en ropa y tonterías, los colegios que cada vez
son más caros, cambiarse a una casa mejor, cambiar de coche... siempre están
cambiando de cosas como si el mundo fuese muy deprisa y uno no pudiera quedarse
atrás, pero la vida va muy despacio. Yo
sigo teniendo la misma barca y la misma casa de siempre y me bastan. Y sigo siendo
el mismo de siempre. Los de la ciudad parece que quieren cambiar por dentro
cada año que pasa. Así, cómo van a dormir bien, si no saben ni quién son».
Le dije que posiblemente tenía razón, y que en mi caso, al
dormirme, sentía como si fuera a desaparecer yo mismo, como una especie de
muerte personal que me producía angustia cada noche. «Es que anda Ud. un poco
perdido, me dijo el abuelo, como cuando uno se desorienta en el mar y anda
perdido un par de días, que no puede pegar el ojo por la noche y tiene miedo de
todo. Pero cuando se encuentran otra vez las señales y sabe cómo volver a casa,
parece que el mundo vuelve a estar en su sitio». «A lo peor es que yo nunca he
conocido las señales, le dije pesimista al abuelo ». «Ande, ande, dijo,
que a lo mejor le pasa a Ud. lo que a
esos pescadores que se compran aparatos modernos para orientarse y se olvidan
de lo que aprendieron de niños. Y cuando hay algún problema se acaban
desorientando por fiarse de los aparatos antes que de su sentido».
«Ya veo que está muy seguro de sí mismo y que no le tiene
miedo a la muerte, le dije». «Ni al sueño, añadió con ironía. Morirse es como
irse a dormir. No sabe uno si despertará
como otras veces, pero tiene ganas de descansar. Y cuando llegue un día que no
se despierte, pues bien descansado estará para siempre», concluyó.
Día 9 de mayo
del año primero
He
comido en el bar del puerto. Hoy trabajaba Ionna, pero libraba por la tarde,
así que hemos quedado al atardecer para dar un paseo por la playa. Estos paseos
con Ionna por la orilla del mar me recuerdan mis interminables paseos en
solitario del verano pasado. Qué lejos me parece todo aquello y sin embargo han
pasado sólo algunos meses. Pero mi vida ha cambiado mucho, y ya no ando a la
deriva como entonces, buscando cómo orientarla. Ahora ya sé lo que tengo que
hacer y no voy a desviarme de mi camino, ni a implicarme en la vida de otras
personas de momento, como me impliqué entonces
en la vida de Berta y María, como me enredé pasionalmente en los
propósitos de Teresa. ¿Qué habrá sido de ella? ¿Habrá tenido ese hijo que
deseaba y del que me hizo cómplice ignorante? Yo ahora me siento al margen de
todas aquellas historias de mi desconcierto. Sé que con Ionna no voy a
implicarme ni física ni emocionalmente. Es una buena chica, una excelente
amiga, y yo tengo una vocación decidida de soledad durante bastante tiempo.
Me ha parecido que ella estaba deseando seguir con nuestra
polémica del domingo anterior. Así que le he preguntado si creía de verdad que
algún día resucitaríamos con los mismos cuerpos y almas que tuvimos, como dice
la fe cristiana; que si era consciente de que eso implicaba que no sólo
nuestros cuerpos y los de todos nuestros conocidos, sino incluso el mundo que
habíamos vivido cada uno volvería a existir. Y que por tanto, todos los
instantes y épocas del mundo volverían a desarrollarse para que todos los
hombres pudieran recuperar su propio mundo, en el que habían vivido. Porque si
recuperábamos nuestro cuerpo, eso quería decir que recuperábamos nuestra vida,
y ella estaba ligada de manera inseparable al mundo en que había vivido. Lo que
implicaba esa fe era la recreación del mundo, sin penalidades, sin maldad, sin
muerte. Y si no había muerte, ¿cómo podían ir desarrollándose las distintas
etapas del mundo en la misma manera que fueron en su día? Era imposible, porque
las personas se acumularían y cambiaría el escenario humano de cada época.
Según iba desarrollando mi perorata vi que me escuchaba pacientemente con una sonrisa en los labios. Después me dijo que yo tenía una visión muy “mundana” de la otra vida, y que así era inevitable que me hiciera un lío. Incluso se anticipó a la expresión de otras dudas que ya me andaban rondando por la cabeza, diciéndome que también era imposible que todas las personas resucitaran con su cuerpo, puesto que los átomos se habrían dispersado, pasado a la tierra, y quizás de esa tierra habrían nacido vegetales, y habrían sido comidos por algún animal, y ese animal habría sido comido por otro hombre de una época posterior, y al final los átomos del ser humano del principio habrían pasado a formar parte de otro, por lo que los cuerpos entrarían en conflicto a la hora de resucitar. Y mientras me decía todo esto se reía divertida.
«Bien, le dije un poco ofendido, cuéntame entonces cómo ves
tú esa otra vida». Dice que la resurrección es exclusivamente del espíritu, y
no del cuerpo material y menos aún del mundo que cada uno ha vivido. Pero que
resucitaremos “nosotros mismos”, con nuestra verdadera identidad, y que al ser
nuestra naturaleza compuesta de alma y cuerpo, nuestro espíritu tendrá una
forma corporal. Seremos un cuerpo glorioso, idéntico al actual pero liberado de la temporalidad y
de la muerte. Un cuerpo no sometido a las leyes de la materia, el espacio y el
tiempo. Seremos sacados del mundo real, dice, pero con nuestra naturaleza de
seres humanos.
Le he dicho inmediatamente que eso sí que era difícil de
entender, que con qué cuerpo y qué alma resucitaríamos, si con los de nuestro
último momento en el mundo, ancianos decrépitos, o con los de la plenitud de
los años, o con los de la niñez; que el hombre no era un ser estable sino que
iba cambiando en el tiempo y pasando por distintas etapas en las que el cuerpo
y el alma iban cambiando de naturaleza.
Por un momento creía que se sentía confundida y sin
respuestas, pero no, buscó sus palabras como el que busca traducir una
intuición y consiguió darme a entender que resucitaríamos con nuestro mejor
ser, con aquel desde que el podía contemplarse la totalidad de nuestra vida.
Que nuestra vida estaría contenida entera en nuestro ser de manera brillante y
presente, y que no había que confundir la totalidad de nuestro ser desarrollado
a lo largo de la vida, con las distintas etapas por las que habíamos ido
pasando y que debido a nuestra naturaleza temporal se habían ido quedando
ocultas en el recuerdo. Me dijo que no era fácil de imaginar esto ahora, porque
seguimos sometidos a la temporalidad, pero que cada uno teníamos una identidad
de alma encarnada en la que seguían presentes todas las horas de nuestra vida.
Me dijo que Jesucristo había resucitado con un cuerpo
espiritual, y que ésa sería también nuestra naturaleza, salvando la infinita
distancia entre nuestro ser y el de Dios. Y que aún participando todos los
humanos de esa naturaleza espiritual del Jesús resucitado, cada uno tendría su
dimensión y su ser particular.
Le he dicho que todo eso era mera imaginación, una fantasía
como había tantas en el mundo, como los que creían en la reencarnación mundana
a lo largo de muchas vidas, o los que habían creído antiguamente en otras
supuestas realidades trascendentes; que por qué pensaban los cristianos que su
verdad era la única a lo ancho del mundo
y a lo largo de la historia.
Entonces me ha sorprendido con un argumento bastante
inteligente, que me ha costado trabajo interpretar a partir de sus frases
titubeantes y no demasiado elaboradas en castellano todavía. Dice que el primer
artículo de fe es creer que existe otra
realidad distinta de la que vemos, y que en eso han creído todas las religiones
desde el principio. Y que en esa realidad
exterior al mundo hay un ser o seres o manifestaciones de naturaleza
divina. Dice que ella cree en un Dios único y en Jesucristo como su auténtica
encarnación en el mundo, y cree en sus palabras, trasmitidas por sus apóstoles
con el lenguaje de su tiempo y destinadas a la mayor parte de las personas. Que
Dios pudo hablar con un lenguaje inefable que no hubiera entendido nadie, o con
un lenguaje docto a la altura sólo de unos pocos sabios de su época. Pero que
tuvo que emplear un lenguaje común y que lo importante de su mensaje está en la
vida y los hechos de su encarnación: Jesucristo. Que esa encarnación pasó por
todas las etapas del ser humano y por lo tanto del desarrollo de la conciencia,
y que esto incluía la conciencia cada vez más creciente en el propio Jesucristo
de que él era Dios, el Hijo de Dios. Y que su resurrección fue la culminación
de esa conciencia. Que hay y ha habido
otras religiones, y que eso no significa más que la intuición del hombre acerca
de su destino espiritual. Pero que lo importante del mensaje de Jesucristo en
su época fue el hecho de su resurrección personal, que es la referencia
esencial de su doctrina y de la naturaleza de la otra vida que nos prometió. Y
esa verdad, dice, era válida para aquella época y sigue siendo válida para la
nuestra todavía; y que quizás dentro de algunos milenios el hombre haya
desarrollado sorprendentes conocimientos, nuevas formas de entendimiento que
permitan interpretar de otra manera nuestra resurrección a la otra vida, pero
que la esencia del hecho será la misma.
Me ha parecido alucinante esa visión de Jesús tomando
conciencia de su divinidad, desde su infancia sembrada de misteriosos dichos y
hechos hasta la madurez plena de conocimiento de sí mismo. Ese saberse Dios
pero estar sometido a su humanidad y su muerte, y pronunciar aquellas
dramáticas palabras en la cruz: “Dios mío, por qué me has abandonado”. Y luego
resucitar y confirmarse en su divinidad, habitando un cuerpo espiritual como el
que habitará cada ser humano resurrecto.
Es todo demasiado incomprensible para mí. Y me inspiran serias dudas la
veracidad de los testimonios de los apóstoles o de los textos, escritos al cabo
de un tiempo, recopilándolos una y otra vez. ¡Qué digo!, no es que me inspiren
dudas, es que no puedo creerlo. Me parece que me he dejado seducir un momento
por la fascinación de las creencias firmes de Ionna. Posiblemente los
discípulos de Jesús y los apóstoles también fueron seducidos por la excelencia
sobrehumana de Jesús y transmitieron fielmente sus enseñanzas creyendo
sinceramente en él. Con lo que el problema se traslada a la figura histórica de
Jesús y a la interpretación de su mensaje. Jesús, el enigma, el hombre que se
“sabía” Dios y no estaba loco. Quizás en el futuro la historia y la arqueología
aporten nuevos datos y hechos sobre su vida.
Habría tantas cosas que analizar y estudiar en torno a los
profetas... Principalmente la época en que surgen y la coyuntura social y
política del momento. En todas épocas ha
habido profetas, pero sólo en determinados momentos especiales aparecen. En los
últimos tiempos también ha habido y sigue habiendo figuras relevantes de la
espiritualidad, si bien de tradición oriental. Pero nuestra época no es
propicia para creer firmemente en ninguna persona aunque las gentes se dejen
seducir por las corrientes espirituales para llenar el vacío de sus vidas en
crisis. Y ya lo que sería imposible es que alguien creyera hoy en un Dios
encarnado. Cada vez que pienso en los miles de millones de almas que a lo largo
de los tiempos han creído profundamente en un Dios que les escucha
personalmente, uno a uno, me resulta imposible creer en ese Dios que acoja a
tanto necesitado. ¿Qué haría Dios con tantas almas, para qué las necesitaría
él? En el hipotético caso de que fuese el responsable de su creación, ¿no se le
habría ido el fenómeno de las manos? No es de extrañar que las haya dejado
abandonadas a su suerte y sean algunas de ellas las que de cuando en cuando se
alcen hacia él sintiéndose sus profetas. Miles de millones de almas que han
nacido y muerto, que se reproducen a sí mismas ciegamente y no se diferencian
unas de otras apenas nada, vistas desde la mirada de un Dios. Completamente
carentes de significado especial cada una de ellas, completamente
prescindibles, completa y justamente mortales. ¿Para qué resucitarlas?
Le he dicho a Ionna que me gustaría ver su icono y hablar de toda esa mística de meditación con los iconos. No sé por qué se lo he dicho, imagino que por conocer su forma de ser espiritual, o por disfrutar de su compañía. Le he contado que yo también medito, pero no de manera religiosa, que intento ver en el silencio, que me quedo muy atento esperando descubrir la verdad de la existencia. Dice que ella ya sabe la verdad de la existencia, que ella no busca, sino que se pone a disposición de Dios para que la ilumine con su presencia a través del icono. Sospecho que son dos actitudes interiores radicalmente distintas; la mía, activa; la de ella, pasiva. Y no estoy pensando ahora en términos de religión y manifestación de Dios, sino de iluminación en la verdad de la existencia. Me ha invitado a su casa el próximo domingo.
Día 12 de mayo
del año primero
Ya he
realizado las prácticas oficiales de navegación. Han resultado un mero
pretexto, no sé si para recaudar ingresos o para evitar el antiguo
procedimiento de justificar unas horas de navegación al lado de un patrón
titulado, que pocos hacían verdaderamente. No tienen nada que ver con las
prácticas del carné de conducir automóviles. Aquí no hay que pasar un examen ni
suspenden a nadie. Lo único que he aprendido, y no directamente, es cómo se
lanza un cohete de señales y pocas cosas más. Pero he agradecido el contacto
con los compañeros de prácticas, cada uno con su mundo y sus planes náuticos.
Ahora a esperar unos días a que me expidan el título.
Esta tarde he vuelto a mi mundo solitario, he estado
meditando en mi vida aquí. He contemplado el curioso triángulo que formamos el
abuelo, Ionna y yo. Ellos dos convencidos cada uno de una realidad distinta. Yo
buscando la mía. Y los tres viviendo bastante despiertos. El abuelo se aferra a
la vida y a los recuerdos de su vida; Ionna a “su” otra vida; yo me aferro a
una búsqueda. Empiezo a entender que lo importante no es la “verdad”, sino la
intensidad. Nuestra intensidad es la verdad, la verdad del ser, es decir, del
propio ser. La existencia que percibimos es siempre la nuestra; es la que se
manifiesta en la contemplación de las cosas, del exterior, de la vida, de Dios,
de la esperanza en otra vida. Así se explica la validez de todas las religiones
y todas las creencias, la validez de cualquier fe. Aquello que es capaz de
integrar todas las potencialidades de nuestra alma de manera armónica, y nos
proporciona la mayor intensidad, esa es la verdad; la verdad de nosotros mismos
y por lo tanto la verdad de la existencia. Porque incluso si Dios existe, lo
tendremos contemplar por medio de nosotros. Somos nosotros mismos el camino, el
vehículo esencial. Y lo mismo si Dios no existe. Nuestra existencia de humanos
es el mayor secreto a desvelar en todo lo que existe. Y la ventaja es que nos
habitamos, que estamos disponibles para nuestro propio conocimiento. Ese
conocimiento no es mental, es experimental, existencial. Experimentarnos
existiendo en nuestra máxima dimensión es el verdadero conocimiento. Eso es lo
que pienso. ¿Pienso? Me río de mí mismo. Debería haber dicho que eso es lo que
experimento. Así que por ahí va a ir mi meditación en adelante: experimentarme
en la máxima dimensión. Y siento que esa dimensión no es de mera conciencia
intelectual, sino también sentimental. Es contemplación con el corazón
también.
Recuerdo que de niño nos enseñaron a meditar con
recogimiento después de la comunión, con devoción, movilizando un sentimiento
profundo de amor a Dios. Yo no puedo ahora sentir esa presencia de Dios, como
la sentirá también Ionna, pero puedo movilizar sentimientos hacia algo, hacia
la existencia, hacia mi propia existencia, no sé. Tengo que explorar mi ser, mi
espíritu.
Día 13 de mayo
del año primero
Ha
hecho un día maravilloso. He disfrutado plenamente del mar, que estaba
tranquilo y luminoso. Hasta me he bañado en medio del mar y he nadado un buen
rato alrededor de mi barco que permanecía inmóvil en su sitio sin estar
anclado. El agua estaba aún fresca pero estimulante. La primavera radiante
despierta la sensualidad en el alma y las ganas de vivir intensamente. A veces
la tentación de abandonarme a la vida sin más preocupaciones me resulta difícil
de superar. Y me pregunto si precisamente la plenitud vital hace innecesaria la
búsqueda de trascendencia, de un sentido espiritual para nuestra vida; y
si por carecer normalmente de esa
plenitud vital es por lo que buscamos ese sentido y esa trascendencia.
Evidentemente, la plenitud vital sucede en momentos determinados, pero no es
una vivencia permanente. Si pudiera serlo, seguramente no nos preocuparíamos de
nada más que de vivir esa plenitud. Pero nuestro ser biológico no está hecho
para vivir constantemente en éxtasis vital, y al contrario, de cuando en cuando
sufre y padece privaciones. Pero lo importante a considerar es ese hecho de que
si estamos en plenitud vital no necesitamos nada más, e incluso la conciencia
de la muerte no nos haría salir de ese estado, como si fuera lo mejor que
podíamos hacer antes del fatal suceso. He vuelto a recordar lo que pensaba
anoche, que lo importante es la propia intensidad, el brillo del alma en medio
de cualquier situación. El alma es como el mar, que refleja la luz del sol, y
en días como hoy se convierte en un espejo refulgente. El sol sería la fuerza
de la existencia, que no siempre reflejamos con intensidad.
Me marqué ayer un nuevo rumbo de meditación, movilizando
mis sentimientos; una meditación con el corazón. Esta tarde he estado
intentándolo, pero no ha sido un camino fácil, seguramente por falta de
ejercicio, por tener el corazón demasiado atrincherado a la defensiva en los
últimos tiempos. Al principio no podía sintonizar con el sentimiento del amor
en vacío, sin objeto. Tampoco podía encontrar en los cajones de la memoria el
perdido amor a Dios de mi niñez, sobre todo porque no podía ponerme en
situación ya que me parecía una actitud inauténtica. Luego rememoré algunos
retazos de amor romántico o erótico que ocurrieron a lo largo de mis edades, el
afecto por mis padres, los sentimientos de amistad juvenil salpicados en
ocasiones de momentos de ayuda abnegada, de donación, de entrega. Y hasta
rememoré el sentimiento de amor y protección por mi perro, ser inocente y
afectivo muerto ya hace algunos años. Y algo se dilataba dentro del alma, un
estado de bienestar espiritual y beatitud que sin embargo no podía mantener
mucho tiempo. El pasado era pasado y no me motivaba experimentar mis
sentimientos ligados al pretérito y a seres desaparecidos. Era renovar a la vez
el dolor de su pérdida. Necesitaba un objeto de amor actual, presente. Pero no
había nada a mano y tendría que inventarme un objeto de meditación que
despertara mis emociones. Por supuesto estaba la música y su poder de despertar
todo tipo de sentimientos, pero era la música la que se apoderaba de mí y me
controlaba provocando las más diversas emociones, y yo quería un objeto de
meditación específico, que despertara sólo el sentimiento más poderosos, el del
amor, y quería un objeto de meditación amorosa controlable, a mí disposición.
Por supuesto existían muchas cosas a mi alcance para hacer
de ellas un objeto de meditación con el corazón: el mar, la naturaleza, la
luz; todo eso estaba sin embargo en la
escala inferior de intensidad, aunque a veces pudieran despertar una vivencia
exaltada de fascinación amorosa. Luego estaban los animales; podía tener un
perrillo en el barco y sin duda lo querría, pero no era suficiente para
convertirse en el objeto director de una meditación amorosa de máxima
intensidad. Luego estaban las personas; eran lo real más intenso que podía
encontrar a disposición en cualquier momento. Las personas, todas las personas,
o una persona concreta, que era lo mismo. Tenía cerca a Ionna; podía meditar en
el amor a Ionna, como persona, como ejemplo concreto de persona. Pero era un
camino ciertamente peligroso por sus posibles implicaciones. Además yo estaba
ya muy de vuelta de lo conflictivas que llegan a ser las relaciones entre las
personas. En abstracto sí se puede sentir amor por las personas, reconocerlas
como hermanas y amarlas como se ama a uno mismo. Estuve meditando
intelectualmente en esto durante mucho rato. Entre todos los innumerables seres
del mundo, los humanos somos hermanos de especie, tenemos la misma constitución
orgánica y anímica, y esto debería bastar para amarnos como se ama a un ser
idéntico a nosotros. Lo malo es la inmensa cantidad de humanos que convivimos y
los conflictos de competencia que eso acarrea. Si sólo existiéramos unos pocos,
cada encuentro sería una iluminación, un acto de amor profundo. Amar a un ser
humano es algo innato. Por eso los niños se quieren de manera espontánea nada más que se encuentran, hasta que surge
el primer conflicto. En otra persona reconocemos lo valioso del ser humano, nos
reconocemos aunque en forma algo distinta, y ese es el milagro del encuentro.
Amar a las personas es fácil, lo difícil es convivir con ellas en un mismo
espacio de intereses encontrados. Así que la única posibilidad de amar a una
persona era fuera de su contexto, de su realidad, para que no pudiera haber
conflicto de intereses, lo que me llevaba al amor “irreal”, al amor platónico
distante. En suma, la posibilidad realista más perfecta de amor humano era
amarse a sí mismo como persona. Por un momento pensé que había llegado a la
gran perogrullada, a la perfecta insensatez autista. Pero luego me dije que lo
que había encontrado no era el amor egoísta sino el amor altruista hacia la
persona que me habitaba. Era un desdoblamiento, una contemplación desde fuera
de mí mismo y de mis intereses egoístas, una contemplación respetuosa como
podía realizar sobre Ionna o sobre mi amigo el anciano. Una cosa era mi mente y
mi conciencia y otra todo el conjunto de defectos y virtudes, de conflictos,
fortalezas y debilidades que constituían mi ser, y que mi conciencia podía
contemplar como si fueran de un ser cercano, íntimo. Así sí me podía amar, sin
complacencia, sin engaño, objetivamente y quizás con piedad, con
condescendencia, a veces con compasión. Desde esa posición, yo y otra persona
éramos lo mismo, con la ventaja de que yo estaba aquí, siempre disponible y
mucho más conocido.
Así estuve meditando en un sentimiento de amor y cuidado
hacia mí ser radicalmente solitario,
abandonado a sí mismo ante la indiferencia del mundo, en la soledad del
cosmos. Un ser dotado de cualidades espirituales, de inteligencia, de
sentimientos, pero perdido entre el número inmenso de seres que salen adelante
como pueden o como el azar les otorga en la vida. Nadie mejor que yo mismo
podía cuidar de mí y amarme. Amarme era amar la existencia humana cuajada en mí
a través de una línea de ascendientes de los que sólo había conocido a mis
padres y abuelos. Yo no era nada especial, sólo un ser humano entre miles de
millones, con unos rasgos biológicos y sicológicos definidos y posiblemente
únicos, aunque seguro que existían algunos hombres muy parecidos a mí. Pero yo
no conocía a todos los hombres, ni siquiera a muchos, por lo que sin duda me
sentía especial entre el pequeño grupo de personas que había conocido. Además,
cada persona arrastra una historia particular, unos padres particulares con sus
particulares historias, por lo que cada uno somos irrepetibles, pero sólo como
son irrepetibles cada uno de los árboles de un bosque aunque sean lo mismo. Y
lo que amaba en mí era esa concreta y a la vez genérica existencia, la
existencia humana que tenía constantemente delante, dentro del alma.
Luego pensé que las demás personas, teniendo el mismo valor
humano que yo pero siendo diferentes en algunos aspectos, eran una oportunidad
para expandir mi conciencia, mis vivencias, si era capaz de conocer su
interior, su realidad personal, aunque fuera sólo parcialmente, desde fuera de
los límites que la convivencia conflictiva aconseja no traspasar. Pero no debía
engañarme, esas diferencias personales eran a veces rechazables, eran
aberraciones o inclinaciones hacia lo que a mí me parecía malo o no deseable.
Había un amplio abanico de configuraciones personales, y algunas me atraían,
otras me eran indiferentes y otras me eran adversas y repudiables. El amor a
las personas no podía ser universal o completo, aunque había una gran parte
común en todas ellas que sí era deseable por mí, y lo malo no debería hacerme
rechazar lo bueno de cada una. He pensado que me he perdido de amar a muchas
personas a lo largo de mi vida.
Los hombres vamos juntos en el mismo
camino y somos, cuando es posible, el consuelo mutuo ante la soledad
existencial en el Universo. El hombre es rival del hombre para la vida, pero
compañero para el espíritu. Si vivimos en el espíritu no hay rivalidad. El amor
verdadero no debe ser algo demasiado personal y específico, sino algo cósmico, global. Esa es la esencia del
amor. No se trata de amar al individuo, sino al “ser hombre” en cada hombre. El
amor cósmico al hombre concreto es la salvación contra la soledad, porque si
Dios existe está en otra dimensión y
sólo podemos verlo a través de la pequeña ventana de nuestro espíritu, no
siempre abierta, no siempre transparente.
Y amar a otro es reconocer el espíritu dentro de él, y
cuidarlo, porque el espíritu es el mismo que habita en todos nosotros, una gota
de ese Dios imaginado que impregna diversas naturalezas humanas. De ahí viene
el respeto al individuo. Respeto en el amor. Y del amor nace la observación, el
aprendizaje, la contemplación de distintas posibilidades del ser en el
espíritu.
Amar al otro es ver que en sus acciones persigue lo mismo
que nosotros pero a su “manera”. Eso no excluye el mal, el mal que pueda hacer
a los demás. Ahí entra la responsabilidad, la firmeza, la reeducación del otro,
pero no el odio que lo da ya todo por perdido, aunque muchas veces eso sea así.
Entonces en lugar de odio procede el dolor. Dolor de haberse perdido un
espíritu. El odio es destructivo, propio de seres anclados a lo vital
exclusivamente, a la competencia. En el hombre espiritual procede la astucia y
la habilidad para evitar el mal que proviene de los otros; el evitarlos como se
evita un accidente. También el hacerles ver el bien con firmeza, y eso incluye
causarles dolor si fuera necesario. Hasta el Dios bíblico ha castigado a
pueblos enteros por su maldad. Por tanto, hay que amar a aquellos que alberguen
espíritu y evitar a los que no. Espíritu que es amor, inteligencia, conciencia,
bondad.
Pero un amor intenso acontece en la realidad sólo en
circunstancias excepcionales, y por eso el amor idealizado es el único que
puede despertar en nuestro espíritu esa máxima intensidad del ser. El amor a
Dios sería la perfección, y así lo han experimentado los santos y místicos. También
es intenso el amor de enamoramiento, que convierte a la persona amada en objeto
exclusivo en algún momento de la vida, tan ligado al erotismo y la exaltación
vital. Respecto al amor a uno mismo, esa mezcla de compasión y cuidado por el
propio ser, sólo cabe sentirlo en la soledad más radical, cuando se descubre
nuestra identidad más pura y separada de todos, más vulnerable ante la
indiferencia del cosmos y más necesitada de cuidado.
Me he dado cuenta de que mi meditación se estaba volviendo
cada vez más reflexiva, más embrollada, y he desistido de ella. Lo que
pretendía era sentirme existiendo intensamente a través de un sentimiento de
amor hacia alguien o algo, y no
reflexionar sobre ello. Y no encuentro claramente ese objeto de amor. Lo dejaré
para mañana. No es un camino fácil para mí en este momento de mi vida. Voy a
poner música, buscaré alguna composición relativa al amor. A ver si así se me
despierta un poco el corazón.
Día 15 de mayo
del año primero
Ayer
he estado toda la tarde escribiendo un cuento. Resistí la tentación de comenzar
a leer mis libros, que reservo para una nueva etapa de mi estancia aquí, en la
que me dedicaré a meditar sobre esas lecturas para encontrar un nuevo
significado o visión de la realidad, del misterio de la existencia, de la que
lo único que soy capaz de saber es que es evidente y que pasa. Pero quiero
iniciar esa etapa con claridad, clausurando esta anterior que he dedicado a
instalarme en el barco, a aprender a navegar y a meditar en silencio, sin objeto
de meditación. A partir de ahora, a partir del momento que tenga el título en
mi mano y me haga a la mar para permanecer en medio de ella, mi meditación será
reflexiva, o al menos tendrá base reflexiva aunque luego irá por donde quiera
llevarme mi intuición.
El cuento trata del amor, y ha sido una compensación por mi
incapacidad actual de meditar en él sin objeto, o de mi incapacidad para
encontrar un objeto de amor intenso. Intenté así sentir indirectamente algo de
lo que no podía sentir realmente. He roto lo escrito ayer en hojas
sueltas, y lo trascribo hoy en este
cuaderno de bitácora un poco más corregido.
“Harto de deambular por la vida de fracaso en fracaso, entendiendo por fracaso el no conseguir ser feliz al lado de una persona, propósito que ya era en sí un síntoma de su soledad, de su falta de compromiso social, de la escasez de sus relaciones, Eugenio se interesó por una especie de “fraternidad” que encontró en Internet buscando asociaciones y círculos de convivencia. La denominada Orden Laica del Amor Altruista se autodefinía como una comunidad basada en el amor al otro. Era, al parecer, una comunidad de vida en la que sus miembros practicaban el amor humano, y compartían vivienda, recursos y afectos sin limitaciones ni reglas, pues la única regla establecida era el amar a los demás sin limitaciones, reservas ni intereses personales. Esto se traducía, a niveles prácticos, en la máxima “Entrégate a los demás por completo y olvídate de ti mismo”.
Los interesados, después de una fase de información relativamente detallada y bilateral a través de Internet, podían solicitar una entrevista previa en la cual eran recibidos en el domicilio comunal. Allí entraban en contacto con algunos de los miembros de la fraternidad y se producía un primer acercamiento y evaluación. Si el aspirante seguía interesado y la comunidad también, había una prueba de aptitud que consistía en una jornada de convivencia clausurada con una persona de la comunidad. Superada esta prueba, el aspirante pasaba una temporada en comunidad, en régimen limitado de convivencia. Y superada esta última prueba, era admitido en la comunidad.
Eugenio, después de intercambiar información, solicitó la entrevista previa. Fue una charla agradable, muy humana, y se encontró con personas muy afectivas que se interesaron por él y le abrieron las puertas a la prueba de convivencia clausurada. La tal prueba de aptitud era la clave para determinar si el novicio estaba capacitado en potencia para ingresar en la orden. Aceptó la prueba y se presentó en la comunidad al cabo de diez días, como estaba establecido.
Le recibió una mujer de unos treinta años, sonriente y familiar, que le dio un abrazo de bienvenida. Le condujo a una habitación donde deberían pasar juntos un día, noche incluida. La habitación era amplia y confortable, con una mesita redonda y dos butacas, dos camas y un cuarto de baño contiguo; algo parecido a una amplia habitación de hotel. Tenía también una terraza que daba a un huerto. Eugenio estaba algo cortado por lo íntimo de la experiencia de convivencia, especialmente por tratarse su compañía de una mujer. Además era bastante atractiva, lo que le ponía incluso más nervioso.
Su compañera se llamaba Juana y parecía habituada a la situación. Le dijo que se pusiera cómodo, como si estuviera en su casa, que iba a encargar la comida y volvería enseguida. Le preguntó si tenía alguna preferencia al respecto, para encargar algo distinto en caso de que no le gustara el menú comunitario, a base de verdura, pescado y fruta. Eugenio le dijo que estaba bien, que no era caprichoso con la comida. Juana le sonrió y se fue. Aprovechó Eugenio para inspeccionar en detalle la habitación, las camas, debajo de cuyas almohadas encontró sendos pijamas; el baño, en el que había toallas blancas de lavabo y ducha, y jabones. Le gustó la terraza, desde la que se veía el huerto de hortalizas y árboles frutales muy cuidado.
Enseguida llegó Juana, que entró directamente con toda confianza.
- Arreglado, nos traerán la comida aquí como está previsto en la prueba. ¿Qué tal te vas acomodando a la clausura de la habitación? -le preguntó afable mientras se sentaba cómodamente en una de las butacas en torno a la mesita.
- Eso quiere decir, me temo, que no saldré de aquí en todo el día... y la noche -dijo Eugenio fingiendo desolación y sentándose también.
- Así es- rió Juana- pero ya verás cómo no es tan duro. Además, para eso estoy yo, para hacerte agradable la estancia.
- Ah, bueno, eso me sugiere un montón de cosas -bromeó Eugenio.
Juana se echó a reír abiertamente y le dijo prometedora:
- Claro, tú puedes pedirme lo que quieras, yo estoy a tu entera disposición. Esa es nuestra regla.
Eugenio se quedó mirándola entre feliz y cohibido. Sabía que aquello era una prueba y no un día de placer, pero desconocía por completo los límites de la experiencia. Juana le miraba divertida en su confusión y él no pudo evitar fugaces fantasías eróticas de cara a la noche.
- ¿Te resulto atractiva? -le preguntó con naturalidad sorprendiéndole en medio
de sus imaginaciones.
- Ah, perdona, creo que me has leído el pensamiento... bueno, yo... pues sí, claro... la verdad es que estoy un poco desorientado en lo que se espera de mí.
- No te preocupes, no se espera nada de ti más que seas tú mismo, esa es la prueba.
- Ya, pero... es que una convivencia así, sin conocerse, tan íntima entre un hombre y una mujer se presta a situaciones un poco comprometedoras.
- ¿Comprometedoras?
- Bueno, uno no puede evitar a lo mejor sentir deseos físicos hacia la otra persona.
- ¿Y cuál es el problema?
- Imagino que no estoy aquí para pasármelo bien, aunque con todo lo que me has dicho pudiera imaginarlo.
- Supongo que te refieres a pasarlo bien conmigo en la cama.
- Si claro, ya sabes cómo somos los hombres...
- ¿Los hombres? Sospecho que en este momento estás un poco a la defensiva, y haces partido con lo más primario y común que los hombre tenéis, el deseo hacia la mujer y su dominación sexual. Imagino que así te sientes a salvo de lo que pueda pasar en esta experiencia. Te propongo que imagines que hubieses visto en mí hace un poco la intención de querer llevarte a la cama enseguida, de poseerte sexualmente yo a ti cuando estabas confuso y sin saber a qué atenerte.
Eugenio se quedó cortadísimo imaginando la escena, y apenas pudo balbucir:
- Sí, bueno... hubiese sido un poco violento... me hubiese imaginado cualquier cosa respecto a esta comunidad... Lo que pasa es que te he visto muy abierta a mis impulsos, no has puesto ninguna limitación a nuestra experiencia de convivencia.
- Y es que no la hay en principio. Pero todavía no me has preguntado nada sobre mi situación personal a pesar de albergar esos deseos hacia mí.
- Tienes razón, no sé cómo me he puesto a hablarte de esta manera... estoy un poco avergonzado.
- No tienes por qué, al contrario, está bien que te comportes con naturalidad y sinceridad. Lo malo hubiera sido ocultar tus deseos, o intentar alguna maniobra de seducción - y Juana se echó a reír mirándole un poco burlona.
- ¿Y cuál es tu situación personal, Juana? -preguntó protocolario Eugenio haciendo esfuerzos por ignorar el tono irónico de su eventual compañera de habitación.
- ¿Te interesa de verdad? No es necesario que me preguntes nada si no quieres, no va a influir probablemente en nuestro comportamiento sucesivo.
- Digamos que tengo una curiosidad práctica por conocer como funcionáis aquí en comunidad, porque lo único que sé es que la única regla que existe es darse a los demás y olvidarse de uno mismo.
- Claro, por eso te he dicho que en realidad no importa la situación personal de cada uno, porque esa situación es realmente estar a disposición de los demás. Yo te he llamado la atención sobre que no me habías preguntado nada sobre mí porque tú todavía no te has puesto a mi disposición y estabas pensando en tus deseos personales y egoístas.
Juana se levantó sonriendo y dijo que iba a traer un café, que si le apetecía a él también. Eugenio contestó que sí y se quedó mirando cómo salía, pensando que aquella mujer le estaba llevando por un camino desconocido en el que se sentía inseguro y a merced de su experiencia.
Tardó un rato en volver, el tiempo suficiente para que Eugenio estuviera meditando en todo lo que habían hablado. Le empezaban a asaltar dudas sobre su actitud ante los demás y si su vida frustrante no sería debido a esa actitud quizás demasiado encerrada y defensiva. Cuando al fin entró, traía una bandeja con los cafés, una jarrita de leche, agua y vasos, azúcar, etc. La dejó sobre la mesa cuidadosamente y se sentó tranquila y silenciosa. Eugenio se quedó mirándola, silencioso también. Al cabo de unos segundos se percató de la situación: ella estaba observando si él iba a hacer algo. Enseguida le preguntó a Juana que cómo quería el café y se dispuso a servirla. Ella sonrió aprobando su iniciativa y diciéndole feliz:
- Creí que me ibas a tener sin tomar café, ya te dije que me apetecía, pero seguro que estabas pensando en tus problemas y te habías olvidado de mí.
- ¿Tú no tienes problemas? -le preguntó Eugenio.
- Claro, muchos, fíjate que somos veinte personas más en la comunidad. Tengo los problemas de veinte personas.
- Ya veo. ¿Y de los tuyos no te ocupas?
- ¿Para qué? Ya se ocupan de ellos veinte personas.
Eugenio sonrió por primera vez con afecto a Juana diciéndole:
- Da un poco de vértigo esta forma de vida, ¿no? Es como si uno desapareciera de la escena.
- Que va, hombre, no se desaparece, te ves en los ojos de los demás. Es de verdad cuando sabes que existes.
- ¿Pero cuál es el límite de esa entrega a los demás?, ¿es que todo está permitido?
- En principio el límite de la entrega está en los demás, en lo que te pidan, pero nadie pide nada y son los otros los que conocen las necesidades de cada uno y atienden a ellas según sus capacidades, por lo que no se produce ningún tipo de abuso o daño para nadie. No obstante, una entrega a los demás demasiado abnegada puede suponer algún tipo de daño personal para el que la hace, por lo que los demás enseguida captan la situación y se modera esa atención repartiéndola entre todos. Siempre se alcanza un equilibrio de conjunto bastante bueno.
- Tal y como lo cuentas, me está pareciendo una solución práctica y eficaz de convivencia en comunidad, más que una comunidad de amor a los demás. Hasta ahora no me has hablado de amor -dijo Eugenio tomando la iniciativa crítica.
- No lo he hecho porque a un novicio no se le puede exigir que entre aquí amando a los demás sin conocerlos. Pero cuando se convive y se conocen las necesidades de los demás, se empieza a amarlos.
- Se me ocurren tantas preguntas, tantas situaciones delicadas, que me estaría aquí una semana preguntándote cosas hasta quedar satisfecha mi curiosidad.
- No es necesario. Si esta prueba es satisfactoria para las dos partes, ya tendrás ocasión de vivir en comunidad durante un tiempo y ver en realidad cómo es todo esto.
- Sí... si esta prueba es satisfactoria... -dijo Eugenio pensativo, intentando adoptar esa actitud interior de entrega de que le había hablado Juana. Se quedó mirándola, intentando ver dentro de ella, intentando conocer qué podía ella necesitar de él. Ella también le miraba sonriente, tranquila. Al cabo de un rato de estar así, mirándose, observándose sin decir ni hacer nada, se echaron a reír a la vez.
- Bueno -dijo Juana al borde de la hilaridad- no me dirás que no te lo estás pasando bien conmigo.
- Vaya, creo que a partir de ahora sí. Me estaba preguntando cómo podría yo hacerte feliz durante este día de prueba.
- Ya me estás haciendo feliz con tu buena voluntad. Pero aparte de eso puedes hacer muchas cosas concretas. Podías contarme una historia interesante o divertida, podías darme un masaje en el cuello, que con el cambio de tiempo se me pone un poco tenso, o podías interesarte por mi vida y preguntarme algo sobre ella, pero no de manera obligada como hace un rato, sino de verdad. Elige tú lo que quieras, o lo que creas que más me apetece a mí.
- Hum -rumoreó amistoso Eugenio- creo que voy a decidirme por una solución mixta, apetecible para ambos. Te daré ese masaje a la vez que te pregunto por tu vida. Lo primero es lo que más me apetece a mí, y creo que lo segundo a ti, pues ya me lo has pedido dos veces.
- Bueno, eres hábil y no vas por mal camino, aunque veo que no renuncias a tus apetencias personales -dijo feliz Juana.
Eugenio se levantó y se colocó detrás de la silla de Juana. Puso las manos sobre sus hombros y las fue deslizando hacia el cuello intentando percibir su estado de rigidez. En efecto, tenía tensos los músculos entre los hombros y el cuello, y hacia la espalda, y los palpó con suavidad en toda su longitud localizando la extensión de la contractura. Juana se acomodó relajándose y dejando caer la cabeza un poco adelante. Suspiró brevemente con satisfacción. Eugenio comenzó a masajearle la zona, apretando con suavidad cada uno de los músculos, recorriéndolos con sus dedos, distendiéndolos.
-Qué bien lo haces -dijo Juana respirando con profundidad. ¿Cómo has aprendido?
-Tuve un apareja que le gustaban los masajes y nos los dábamos habitualmente uno al otro.
-Pues es un punto a tu favor en la prueba, porque aquí también nos damos masajes con mucha frecuencia unos a otros. Es uno de los rituales preferidos. Sigue, sigue con el masaje, no te pares.
-¿Rituales?
-Claro, todas las órdenes tienen sus rituales. Ésta, que es laica, tiene también los suyos, que están orientados a cultivar el afecto y el amor a los demás. Otro ritual no reglamentado estrictamente pero asumido por todos es el contacto corporal, el cogerse las manos, el darse abrazos y acariciarse en cualquier situación que apetezca.
-Es curioso, resultará un poco agobiante al principio...
-No, tampoco es que los hermanos estén sobándose todo el día. Cada uno sabe cuándo es oportuno y agradecido el contacto físico. Sigue un poco más abajo, por la espalda...
-¿Y qué más rituales tenéis?
-Hay uno muy gracioso para un novicio, pero que es muy efectivo para sensibilizarse ante las necesidades del otro. Pero no te lo voy a contar ahora porque dentro de un rato lo vas a practicar conmigo. Es el ritual de la comida. Ya verás -dijo Juana misteriosa y riendo.
-A saber lo que me espera -bromeó Eugenio.
- Luego está el ritual de la noche, que es el más importante quizás para los más jóvenes.
- ¿En qué consiste? -preguntó Eugenio muy interesado.
- Se duerme siempre en compañía, aunque en casos especiales puede uno hacerlo solo.
- ¿Cómo en compañía? ¿En pareja, quieres decir?
- Normalmente se forman parejas hombre mujer para la noche, pero no de manera permanente. Se procura no dormir más de dos días seguidos con el mismo hermano, aunque vuelvas después con él al tercer día.
- Bueno, bueno -dijo Eugenio feliz mirando de soslayo las camas de la habitación- esto me está resultando hasta excitante.
- Ya te veo -respondió Juana enseguida riendo.
- Porque imagino que las parejas tendrán todo tipo de intimidad -siguió indagando Eugenio.
- Cada pareja de noche tiene la intimidad que desea, pero no es necesariamente una intimidad sexual siempre, como te estás imaginando, sobre todo entre los hermanos mayores. Para los jóvenes es distinto, y tenemos bastante relación sexual, sí, pero como pueda tenerla cualquier matrimonio que se quiera y se lleve bien en la cama. Es algo habitual y no se le da una importancia exagerada, aunque la tiene para fortalecer la unión de los hermanos y gratificarnos mutuamente. Además somos muy respetuosos con los deseos de los demás, por lo que por dormir con un hermano el no va a tener contacto sexual contigo si lo que deseas ese momento es una atención exclusivamente afectiva o simplemente descansar.
- Me está gustando esta orden -dijo Eugenio- aunque imagino que surgirán cantidad de problemas, de celos, de conflictos pasionales.
- Todo eso se produce si no te has entregado a los demás por completo y sigues viviendo en el egoísmo y deseas acaparar algo para ti solo. Mira, es como si los hermanos se disputasen el mejor sitio para ver la televisión. Unas veces lo disfrutará uno y otras otro, e incluso a veces alguien te cederá el sitio si tienes muchas ganas de ver un programa. Para eso está establecido el cambiar de pareja de noche, para no acaparar a las personas en exceso, aunque se respetan en la norma, como ves, las preferencias naturales que tienen las personas entre sí.
- Bueno, bueno, todo esto que me cuentas imagino que supone que vamos a dormir juntos esta noche -dijo Eugenio excitado.
- ¡Ay Señor, los novicios que llegan con tantas carencias! -exclamó Juana-. Dormir, dormiremos, pero creo que no vamos a tener esa relación sexual que tanto estás deseando. Vas a tener mala suerte, porque todavía no eres un hermano ordenado al que yo no se lo negaría si me lo pidiera con tanto deseo. Y el caso es que tú estás sometido a prueba y según cómo te comportes conmigo esta noche dependerá tu admisión a la fase siguiente. Si sigues pensando en tus deseos en lugar de en los míos no pasarás la prueba. Y conste que te estoy ayudando contándote esto porque tienes muchas cosas positivas, pero llegas muy apegado a ti mismo.
- Y no es un poco cruel prolongar esta prueba a la noche conociendo como conoces mis deseos.
- Ah hermano, eso forma parte de la prueba, por eso siempre ponemos una mujer cuando el aspirante es hombre y viceversa. Si eres capaz de pensar en mí y atender mis necesidades en lugar perseguir tus deseos, todo irá bien.
- Pero tú me dijiste que no había limitaciones en nuestra prueba de convivencia.
- Cierto, no las hay; pero la prueba consiste en que tienes que ser sensible a mis necesidades, no yo a las tuyas. Yo ya he demostrado y demuestro a diario mi entrega a los demás. Eres tú el que tienes que demostrar ahora tu capacidad de entrega. Verás, cuando el aspirante es una mujer, a veces el hermano que le atiende en la prueba puede solicitarle tener relaciones sexuales esa noche. No es que vaya a tenerlas necesariamente, pero dependiendo de la actitud de la novicia él saca sus conclusiones. Y a veces sí que tienen relaciones íntimas si el hermano lo desea realmente y la novicia se lo concede.
- Es decir, que si tú deseases tener relaciones conmigo esta noche, no habría ningún inconveniente.
- Si ese fuera mi deseo, no habría ningún inconveniente, pero sin olvidarme que mi tarea es someterte a prueba y no abandonarme a mis deseos, salvo que ayuden a la prueba. Y ya es evidente que no tendría ningún valor para probar tu entrega el pedirte que tuviésemos intimidad sexual esta noche, puesto que lo estás deseando. Sí tendrá valor de prueba el pedirte otras cosas, pero esas no te las voy a decir ahora. Te las pediré en su momento.
- ¿No me podrías dar al menos alguna pista?
- Todavía no las sé yo exactamente, aunque las intuyo. Sí te pediré probablemente, entre otras cosas, un masaje más amplio, a la vista de lo magníficamente que me has dado éste -dijo Juana contenta.
- Pues no sé si eso no será todavía peor para mí, en la cama los dos juntos y dándote un masaje corporal amplio. Creo que eres un poco sádica conmigo -dijo Eugenio dando también por terminado el masaje.
- El problema está en ti, como ves, que no te despegas de tus deseos. Verás cómo no te produce ningún trastorno si me das el masaje pensando en mí exclusivamente. Ah, y no te voy a pedir un masaje erótico, naturalmente - dijo Juana echándose a reír feliz.
Llamaron discretamente a la puerta y entró un hombre joven con un carrito de comida.
- Hola hermano -dijo Juana levantándose enseguida feliz y ayudándole a colocarlo al lado de la mesita-. Es el hermano Miguel -le dijo a Eugenio.
Miguel se quedó mirando sonriente y con curiosidad a Eugenio y se despidió enseguida diciendo:
- Que os deis bien de comer, hermanos.
- Qué deprisa se me está pasando la mañana -dijo Juana cuando Miguel había salido-. Es otro punto a tu favor, hermano.
- ¿Qué ha querido decir Miguel, tu hermano Miguel, con eso de que nos demos bien de comer?
- Ah, casi me ha destripado la sorpresa que te tenía guardada. Ya verás.
El carrito de la comida tenía dos platos grandes o fuentes redondas tapadas, fruta, agua, vasos, cubiertos, etc. Juana cogió uno de los platos y lo colocó en el centro de la mesita. Luego puso los cubiertos de los dos, el agua, los vasos.
- Bueno -dijo Eugenio bromista-, parece que hoy sólo comerás tú, o que vamos a comer a la ranchera, los dos del mismo plato.
- Verás, como te dije se trata de un ritual que es obligatorio una vez por semana, aunque algunos hermanos lo hacen con más frecuencia por placer. Tiene por objeto el sensibilizarse ante las necesidades de los demás. Se trata de darse de comer mutuamente. Vamos, como a los niños -resumió Juana echándose a reír ante el asombro de Eugenio.
- Vaya niñería, me parece una diversión infantil, ponerse uno al otro perdido de sopa o pincharle la lengua con el tenedor. Desde luego sois como críos, no veo que utilidad puede tener este juego.
- Pues no te creas que es tan fácil, porque no se trata de meterle la comida al otro como se hace con un niño, cucharada tras cucharada, sino de sensibilizarte con su ritmo de comida, con sus hábitos, de manera que no note diferencia respecto cuando come solo. Hay ahí un entendimiento profundo entre los dos hermanos, que permite comer a cada uno como si lo hicieran solos, al ritmo de sus apetencias propias, que el otro debe intuir y respetar. Para eso se observan atentamente, están muy pendientes a cualquier gesto, señal o mirada de cada uno al plato, al vaso, servilleta o cualquier cosa que desee. En fin, que es como si cada uno tuviera sus manos en el cuerpo del otro y come con ellas perfectamente sincronizado con sus deseos y apetencias. Como ves es un arte de sensibilización, una disciplina de conocimiento íntimo del otro. Además, en el ritual está prohibido comer por los propios medios, por lo que si un hermano no te da de comer, no comerás ese día. Es como si fueras realmente inválido.
- Vaya, pues sí que me tenías guardada una sorpresa. Creo que voy a estar muy cohibido cuando me pongas la cuchara en la boca, o que me va a dar la risa cuando te la ponga yo a ti. Soy muy torpe además para estas cosas y nunca he dado de comer a nadie.
- Pues si entras en la orden tendrás que aprender. Pero verás que el ritual va más allá de una disciplina, o incluso de un arte de la delicadeza. Al cabo de algún tiempo verás que se convierte en un acto de amor, de intercambio de almas y cuerpos.
- Bueno, bueno, ponte la servilleta alrededor del cuello, que me temo que te pondré perdida hoy -dijo Eugenio divertido y animándose a empezar.
- ¿Tienes hambre, hermano?
- Tengo, hermana.
- Abre la boca -dijo Juana divertidísima mientras cogía una cucharada del puré de verduras del plato y la acercaba a la boca de Eugenio.
- Está bueno -dijo Eugenio bastante cortado de tomar la cucharada y saborear el puré ante la mirada atenta de Juana.
- Toma otra, que te veo con mucho apetito -dijo Juana sonriente.
En el mismo instante que los ojos de Eugenio se dirigían al vaso de agua, la mano de Juana lo cogió y se lo acercó a la boca. Eugenio no pudo evitar sonrojarse mientras la miraba indefenso y se ponía a beber de una manera sorprendentemente fácil, como si el vaso lo estuviera manejando él; y luego se echó a reír enrojeciendo más todavía.
-Gracias, mamá -dijo librándose de su embarazo.
- De nada, hermano -respondió Juana, y se quedó inmóvil mirándole, mientras Eugenio esperaba no sabía qué. Tuvo que abrir la boca Juana de manera cómica para que Eugenio se diese por aludido y le diera a su vez una cucharada de puré. Juana lo paladeó mostrándole sonriente su placer y su apetito. Enseguida acometió Eugenio con otra cucharada, pero esta vez la boca de Juana no se abrió y la cuchara tropezó con ella, vertiendo un poco de puré sobre la barbilla. Así embadurnada, Juana se echó a reír con la boca cerrada sin dejar de mirar cómicamente a Eugenio. Luego le dijo:
- No seas ansioso, tienes que respetar mi ritmo, fíjate bien en él.
Eugenio cogió enseguida la servilleta y limpió la barbilla de Juana con cuidado pidiéndole excusas. Al final de la fuente de puré, Eugenio había conseguido acoplarse bastante bien con Juana, y los dos intercambiaban alimento y bebida con bastante coordinación, permitiéndose incluso hablar de cuando en cuando. A Eugenio le parecía aquello como una especie de baile, y las atenciones y la intimidad que iba dispensando a Juana le acercaban cada vez más a ella, hasta el punto que se le iba despertando un sentimiento de afecto, de casi ternura. El segundo plato, de pescado, era un poco más complicado de administrar y requería más tiempo de preparación, por lo que se prestaba a hablar más y tomárselo con calma. Cuando terminaron de comer, Eugenio estaba deseando que llegara la hora de la cena para repetir el ritual.
Después de recoger todo y ponerlo en el carrito, Juana se fue a llevarlo a la cocina. Volvió con café.
- Según venía –dijo Juana-, estaba pensando que antes de comer, mientras me dabas el masaje, ibas a interesarte por mi vida, por mi situación aquí, pero al final no me has preguntado nada. Imagino que no estás especialmente interesado en mí y que te interesa más el tipo de vida que hacemos y las demás circunstancias de esta comunidad.
- Tienes razón, se me desvió la atención a otras cosas, no sé por qué, pero nunca es tarde. Sí tenía curiosidad por conocer tu situación, si tenías alguna pareja especial aquí, o si incluso estabas casada, etc., pero a medida que me ibas contando cosas de vuestra vida aquí, creo que todas esas preguntas me parecieron irrelevantes, porque al parecer no os condicionan en vuestra conducta, que está establecida sin exclusividades hacia las personas y todo eso que me has contado. No obstante, sí que me gustaría conocer tu situación al respecto.
- No, no estoy casada, y además ese vínculo queda disuelto internamente al ingresar en la orden, aunque lo que sí se respeta son las afinidades de cada uno, pero sin exclusividad excesiva. Pero sí tengo esa afinidad con una persona aquí, y si viviéramos fuera seríamos pareja. Tengo además una hija pequeña. Ya la tenía cuando ingresé. Aquí los pocos niños que hay hacen una vida normal, van al colegio y todo eso, y los hermanos se reparten a veces los cuidados y la tutela de ellos. Yo por ejemplo, que no trabajo fuera, me ocupo entre otras cosas de llevar a los niños al colegio, darles de comer, etc., cuando no lo pueden hacer sus padres.
- ¿Y no te has planteado dejar la orden y vivir con tu pareja y tu niña fuera de aquí? Después de todo, podrías practicar ese mismo amor altruista en tu propia familia.
- Sí, pero me gusta más hacerlo en comunidad, es mucho más enriquecedor, más amplio, tiene una dimensión más generosa, pues darse sólo a los que amas personalmente puede ser una forma de egoísmo también. ¿Y tú, que esperas aquí si entras en la orden?
- Yo... -dudó Eugenio, eligiendo las palabras- creo que no sé todavía lo que busco, pero sé muy bien lo que no encuentro fuera. Posiblemente es como dices, que fuera las personas se agarran una a otra a la desesperada para sobrevivir, y de ahí vienen tantas frustraciones, tantos fracasos de convivencia. Creo que prefiero la fraternidad, el amor fraternal si quieres, antes que el pretendido amor de pareja centrado en sí mismo, algo agobiante y demasiado exigente y acaparador. Imagino que pienso así porque nunca he tenido un apareja que funcionara satisfactoriamente más de unos pocos años.
- ¿Qué te parece -sugirió Juana - que ya que hemos terminado el café, nos tumbáramos un rato y siguiéramos charlando cómodamente, sesteando un poco?
- Una idea estupenda -se apuntó Eugenio sonriente.
- Bien, y si quieres podemos juntar las camas para no estar tan separados, para hablar con más intimidad, pero sólo para eso, ya sabes.
- Bueno, y en todo caso te puedo dar ese masaje que me ibas a pedir por la noche, si no encontramos demasiado de qué hablar.
- No es mala idea, pero antes descansemos un poco, no te vas a poner ahora a hacer ejercicio recién comido - dijo riendo Juana.
Juntas las camas, Juana se tumbó en la suya mirando hacia la de Eugenio, que hizo lo propio, quedando los dos bastante cerca, cara a cara. Juana le tomó por las manos, que estaban a mitad de camino entre los dos.
-Verás -le dijo mirándole con afecto-, si yo estuviera ahora tumbada con una hermana, después de haber pasado la mañana juntas, y de habernos dado de comer, y de haberlo pasado bien, en este momento perezoso y sensual de la siesta intercambiaríamos muestras de ternura, caricias, cariño. Con un hermano es muy difícil esa expansión sentimental, porque enseguida surgen inclinaciones eróticas, deseos sexuales. Pero yo te prometo que ahora lo que deseo es solamente cariño, ternura, y que me lo des si sabes con miradas de afecto, con caricias que despierten mi sensualidad sólo lo justo para avivar esos sentimientos de amor fraternal.
Eugenio se quedó mirándola en silencio mientras buscaba en su interior la manera de expresar un sentimiento al que no estaba demasiado acostumbrado. Sentía la proximidad de Juana despertándole un deseo de abrazarla, pero dudaba de la naturaleza de ese deseo. Se esforzó por imaginar que era su hermana de verdad, pero sus sentimientos se confundían porque él no había tenido hermanas ni había experimentado lo que puede sentirse al lado de una persona mujer con la que has vivido desde la niñez y cuya alma te es familiar y querida.
-No es fácil para mí ser así. Me cuesta mirarte y hablarte con esa intimidad afectiva que quieres. Creo que la mejor manera en que puedo mostrarte mi ternura es con ese masaje que habíamos acordado para la noche -dijo Eugenio sentándose en la cama al lado de Juana.
Ella se puso boca abajo y ladeó la cabeza hacia él para verle, mientras en su cara se instalaba una dulce y suave sonrisa. Eugenio le retiró delicadamente el pelo a un lado, dejando su cuello al descubierto, y le acarició con delicadeza la cara mientras ella entrecerraba los ojos y él sentía manar dentro una fuente perturbadora de cariño. Rozó su oreja y deslizó sus dedos entre el espeso cabello de Juana, peinándolo hacía atrás. Luego puso las dos manos sobre el cuello y los hombros y comenzó a masajearlos con mucha suavidad. Pensó que lo que Juana quería eran caricias más que masaje, y así lo hizo, intentando despertar en su piel delicadas sensaciones. Luego descendió por su espalda.
-Esto sería mejor hacerlo sin ropa -aventuró Eugenio.
-Estoy muy perezosa para quitarme nada -contestó Juana-. Eso lo dejaremos para esta noche.
Eugenio acarició su espalda sobre la camisa y recorrió sus costados hasta las caderas, mientras se despertaba en su vientre con voluptuosidad el deseo de posesión de aquél cuerpo tan hermoso. Juana le miraba de soslayo, complacida pero atenta, y entonces Eugenio se dijo que debería hacer el esfuerzo de pensar exclusivamente en ella, en lo que le había dicho. Se puso a observar su expresión mientras la acariciaba, y procuró que sus manos expresaran los sentimientos que le había pedido. Enseguida vio que la sonrisa de Juana se hacía más dulce y pronunciada. Acarició sus sensuales caderas imaginando cómo las sentía ella y no como el deseo las dibujaba en él, y volvió a recorrer con ese propósito toda su espalda poco a poco. Juana le miraba dulcemente y un caudal de sentimientos que le llegaban desde sus ojos empezó a inundarle y se estableció entre los dos de manera permanente. El alma de Eugenio vivía las sensaciones de Juana como si fueran suyas, y supo que la capacidad de placer de ella era muy superior, y su sensibilidad mucho más exquisita. Se estaba abriendo a otro mundo sensible y le gustaba, y ya no podía abandonarlo. Acarició el culo de Juana con delicadeza, pendiente de sus sensaciones, sintiendo como ella se volvía más corporal, más hembra, y luego dejó una mano allí con ternura mientras la otra volvía a recorrer su espalda hasta el cuello y se sumergía entre su pelo. Juana le miró un segundo fijamente, como si le dijera que confiaba en él y en que cumpliría lo que le había pedido, y que se confiaba a sus manos; luego cerró los ojos. Eugenio se sentó sobre sus piernas y siguió acariciando los glúteos, las caderas, la parte alta de las piernas. Notaba la respiración placentera de Juana y sin verle la cara le llegaban no sabía cómo todas sus sensaciones. Descendió lentamente por sus piernas hasta los pies descalzos. Eran unos pies pequeños, bien formados, aunque a él no le decían mucho los pies de una mujer. Pero supo enseguida que eran muy sensibles, que Juana vivía las caricias en los pies especialmente. Y se propuso darle placer, centímetro a centímetro. Tomó un pie entre sus dos manos y lo masajeó suavemente, luego pasó sus pulgares por las oquedades de su planta, sintiéndolas, apretando en ellas, recorriendo toda su geografía de montes y valles. Después cogió uno a uno sus dedos y los acarició alrededor, estirándolos suavemente, recorriendo las pulpas con la punta de sus dedos, metiéndolos entre ellos, jugando con ellos. La respiración de Juana se había hecho muy calmada y regular. Se acercó a su cara y vio que se había dormido plácidamente. Todo su cuerpo estaba allí, reposando satisfecho, pero Juana se había ido. Quizás soñaba dulces sueños como una niña recién dormida. Se acercó a su cara y le dio un beso en la mejilla mientras acariciaba por última vez su cabello. Se movió hasta su cama y se quedó boca arriba, pensando. Había sido una experiencia especial, nunca se había metido tan dentro de la sensualidad de una mujer, nunca se había olvidado tanto de sí mismo. Y le había gustado, había sido como una desfloración sentimental para él, como si un ser femenino le hubiera poseído por primera sin ser él demasiado consciente de lo que le hacían, pero había disfrutado finalmente, y ahora su alma estaba distendida y ensanchado su espíritu. Se había abierto su corazón y ya sabía darse a una mujer, sabía ser mujer siendo hombre. Había entrado en una nueva vida. Realmente había descubierto el secreto de darse por completo y veía que era bueno, que era gozoso ese desaparecer en la felicidad de los demás, mientras te inundaban con ella.
Luego volvió a imaginar ampliamente cómo veía Juana su propio cuerpo, cómo lo vivía, y qué diferente tenía que ser de cómo lo veía él, coloreado de formas voluptuosas, despertando imágenes eróticas que se habían consolidado desde la adolescencia, contempladas en tantos medios y escenarios. Por fuerza, el cuerpo de la mujer tenía una carga erótica enraizada en la cultura, y hasta la propia mujer no era ajena a esa visión. Pero en su intimidad más humana, más natural, la mujer tenía que sentir su cuerpo de una manera más personal, más propia, como albergue de todo un mundo de sensaciones delicadas, como objeto destinado a un mundo de ternura y cariño. Luego se le ocurrió pensar que si en la comunidad los hermanos hacían así el amor a las hermanas, viendo el cuerpo de ellas como ellas lo veían, también cuando eran ellas las que les hacían el amor, deberían serían capaces de ver al hombre como ellos se veían interiormente: machos, copuladores, instintivos. Pensaba que a fuerza de hacer ellos el amor a la manera de ellas, acabarían por impregnarse de su exquisita sensualidad; y por el contrario, ellas se acabarían impregnando de la sexualidad aguda y directa de ellos, y todo llegaría a un equilibrio, a una manera ampliada y enriquecida de hacerse el amor unos y otros. Entre estas y otras erráticas disquisiciones le fue invadiendo un agradable sopor y se acabó durmiendo también.
Cuando despertó le invadió la sensación de haber dormido profundamente. Juana no estaba. Se levantó perezoso y se asomó al balcón. Vio a Juana en el huerto con una niña pequeña. Ella le vio enseguida y le saludó con la mano.
Al poco rato estaba Juana en la habitación. Se acercó a él y le abrazó tiernamente, de esa manera que sólo saben hacerlo las mujeres, pegándose con cada centímetro de su cuerpo.
-Querido hermano, tengo una buena noticia para ti. Has pasado la prueba y si lo deseas serás admitido provisionalmente a la vida en comunidad. Has estado muy tierno conmigo en la siesta, y creo que eres un buen candidato. Naturalmente tienes todo un camino de aprendizaje por delante, pero creo que serás un buen hermano si lo deseas de verdad. Ya se lo he comunicado a la comunidad, y no es necesario que pases aquí la noche.
-Bueno, la verdad es me siento muy bien, no sería ninguna molestia pasar la noche contigo -dijo Eugenio sonriendo con fingido descaro.
-Ah, querido, ya pasarás muchas noches conmigo, no temas. Así además me dejarás libre hoy para dormir con mi pareja, bueno, con mi querido hermano Miguel. Tengo deseos de estar con él después de tu prueba. Y te prometo que me acordaré de ti un poquito, que estarás con nosotros un rato.
-¿Miguel? ¿No fue el hermano que nos trajo la comida?
-El mismo. Ya verás lo bien que os lleváis cuando estés aquí, si es que decides venir. Además hay otras hermanas muy guapas, ya las conocerás. Aunque tus atenciones y tu amor deberán estar con todos, ya lo sabes.
-Tengo tantas dudas... no sé si seré capaz de ser como vosotros, de olvidarme tanto de mí mismo.
-Hoy has empezado a hacerlo muy bien conmigo. Me quedé dormida entre tus caricias y creo que luego soñé que yo era una niña pequeña y tú me besabas tiernamente en la mejilla. No te preocupes, la estancia temporal en comunidad no es sólo una prueba de adaptación, es también un periodo de aprendizaje y todos te ayudaremos.
-Bien, creo que lo intentaré al menos. Será una prueba interior también para mí, porque no sé cómo reaccionaré.
-Recuerda que dentro de veinte días puedes ponerte en contacto con nosotros y te recibiremos como hermano temporal, y salvo las juntas de gobierno y deliberación, participarás en el resto de la vida comunitaria en igualdad de condiciones que los demás hermanos. Ahora te acompaño a la puerta y te despido hasta entonces, hermano Eugenio.
Ya en el umbral, le dijo Juana con un hilo de nostalgia:
-Estaba pensando que nos hemos abrazado muy pocas veces
este día, hermano, cuando aquí es una de las cosas que más hacemos entre
nosotros. Así que dame el último abrazo de despedida, aunque sea una
despedida temporal.
Y se echó a su cuello y le abrazó con la misma ternura que
hacía un momento, cuando volvió a la habitación. Ahora Eugenio sí la abrazó,
dándose lo mismo que se daba ella, en cuerpo y sentimiento, inseparables.”
Día 16 de mayo
del
año primero
Es
domingo temprano. Va a hacer un día espléndido y luminoso. He quedado con
Ionna. La invitaré a comer en algún bar de la playa con vista al mar. Luego ha
prometido llevarme a su casa. Tenemos pendiente una conversación sobre los
iconos y tiene que enseñarme el suyo, ante el que medita con tanta devoción
como para que le abra la puerta de comunicación con Dios.
Todavía sigo bajo los efectos emocionales del cuento que
escribí ayer. Es curioso cómo una historia inventada se puede vivir con tanta
intensidad. Evidentemente, me he identificado con el protagonista, y he vivido
su aventura con gran viveza. Escribir es otra forma de vivir, y además, de
vivir experiencias que nunca se vivirán en la realidad por extraordinarias.
Experiencias imaginadas que también nos cambian por dentro igual que las
experiencias reales. Después de todo, las experiencias reales tienen mucho de imaginadas,
y superponemos nuestras fantasías a los hechos, viéndolos de manera
transfigurada, que a la larga acaba chocando con la realidad y descoloriéndose.
Creo haber aprendido mucho ayer, y
me veo a mí mismo abierto a una vida distinta, más gozosa al lado del corazón
de una mujer. Siento que esto va a influir en mi relación con Ionna, que estaré
más cercano a sus sentimientos, que compartiremos más afectos. ¡Qué curioso,
ahora me doy cuenta de lo parecido que suena el nombre de Ionna con el de la
Juana de mi cuento! ¡Es posible que mi inconsciente haya jugado conmigo, que
sin darme cuenta haya estado yo fantaseando en una relación más íntima con
Ionna! ¿Serán realmente el mismo nombre en distintas lenguas? Tengo que
preguntárselo, sería sorprendente.
Volviendo al cuento y al cambio que se ha producido en mi
interior al escribirlo, creo que todo lo que imaginamos actúa en nosotros, transformándonos.
Por eso imaginar un amor intenso, creer en él aunque nos engañemos, tiene la
virtud de abrirnos al amor. Y creer en Dios, tener fe profunda, nos abre a la
vida del espíritu. Todo lo que es capaz de imaginar el hombre es también
realidad, su realidad, aunque no se corresponda con la realidad exterior. Y si
Dios es algo imaginado por el hombre, ese Dios está dentro de él aunque sea
sólo en la forma de necesidad, de hueco, de aspiración maravillosa que podría
ser vivida realmente. Esa veneración por lo divino es la dimensión suprema del
hombre, y en poco se diferencia el espíritu del hombre cuando venera a Dios en
la imaginación o en la realidad, si
existiera. Todo remite a la conciencia el hombre, y ésta es la verdad. Somos
islas de existencia y todo tiene reflejo en nosotros, pero lo que conocemos es
sólo ese reflejo. Si es producido por algo exterior o por algo interior poco
importa. El Dios de nuestra imaginación nos diviniza lo mismo que el real y
hace que nos desbordemos en nuestros límites y capacidades humanas
convencionales.
Creo que me he puesto a filosofar gratuitamente, y no es el
tiempo todavía de hacerlo con rigor.
Antes de encontrarme con Ionna iré a ver al abuelo, que
hace días que no sé nada de él. Su manera de vivir la realidad es muy distinta.
Él se agarra a lo evidente, a lo cotidiano, y se ha adaptado a esa visión de la
realidad. Es ahí donde su alma pesca, aunque sea pescar desde el dique del
puerto. Y se conforma con lo que pesca así. Se siente seguro y en equilibrio de
esa manera. Es una forma de ser sabio sin pretenderlo, porque al fin y al cabo
estamos todos suspendidos en la ignorancia y obligados a inventar una realidad.
Ionna la inventa de otra manera y también es feliz. Yo soy el más ignorante y
todavía busco, y vivo en la inquietud de la existencia sin rostro.
Día 17 de mayo
del
año primero
Después
de comer muy agradablemente mirando el mar, fuimos andando hasta la casa de
Ionna. Tiene un pisito pequeño en un barrio del pueblo interior. Si fuera
moderno podría llamarse apartamento. Hay una salita de estar pequeña, una
cocina también pequeña, dos dormitorios igualmente exiguos y un cuarto de baño.
Lo tienen alquilado ella y su amiga. En el dormitorio de Ionna, en un rincón
recogido, está el famoso icono. Representa a Jesucristo sosteniendo un libro en
la mano izquierda mientras que la derecha está levantada en actitud de enseñanza.
Parece una representación muy habitual y al principio no me llamó mucho la
atención. Pero luego, al acercarme y mirarlo en la penumbra, percibí algo
distinto. Tenía algo en su expresión que captaba la atención. Era su mirada en
primer lugar, una mirada de frente, de tú a tú que se metía dentro como si
realmente alguien te mirase de verdad. Pero además sus ojos irradiaban un
sentimiento especial, a la vez acogedor y donador. Miraba como si estuviera
mostrando la verdad y la ofreciera con certidumbre, con amorosa exigencia. El
resto del rostro aparecía relajado, estático, y la boca era pequeña y pasaba
desapercibida. Eran los ojos expresivos, enmarcados en un rostro lleno de
quietud y simetría, lo que capturaba la atención. También la expresión de su
mano y el colorido de la composición, a base de dorados y azules, creaban un
clima favorable a la contemplación.
Ionna se dio cuenta de mi atención y mis sensaciones ante
el icono, y me dijo que me estaba haciendo amigo de él. Le pregunté que cómo
meditaba ella con el icono y me dijo que se dejaba mirar por Jesucristo, que la
mirada de la imagen representada en el icono la llevaba a sentirse mirada por
Jesucristo, a sentirse enseñada por su mano y su palabra, recogida en el libro
de su testamento. Que había que ponerse ante la imagen y escuchar, que el icono
te estaba diciendo que escuchases pacientemente, día tras día. Simplemente eso;
era como una oración, pues el icono era sagrado y ponerse ante él en esta
actitud abría la puerta hacia Dios. Pero que no era un camino rápido, que se
necesitaba tiempo para que se abriese esa puerta. Y que llegabas a amar al
icono y a sentir devoción por él como si se tratase de un ser querido.
Volví a decirle que a mí me parecía aquello un poco de
idolatría. Me dijo que los católicos reverenciábamos la cruz, y que muchos la
llevaban al cuello siempre y la besaban y la querían de la misma manera, que
era un símbolo sagrado lo mismo que el icono. Además, según ella, la imagen es
tan sagrada como la palabra, y que lo mismo que repetir el nombre de
Jesucristo, o rezarle, nos lleva a Dios, contemplar su imagen nos lleva también
a Él.
Estuvimos tomando café sentados cómodamente en un sofá que
tenían frente a la televisión. Estaba muy contenta de que estuviese allí y
sentí que se estaba convirtiendo en una amiga entrañable. Hasta me ofreció
tomar un poco de vodka, lo que acepté encantado. Sacó una botella de la nevera
y sirvió un poco en dos vasos. Se empeñó en brindar por nuestra amistad. Estaba
feliz. Enseguida me preguntó por mi vida, aunque ya le había hablado algo de
ella anteriormente. No le he contado en detalle lo que ando buscando, y
simplemente le he dicho que estoy pasando una temporada de descanso, meditando
sobre mi vida. Algo así como unos ejercicios espirituales no religiosos, le he
dicho pensando que lo entendería. Naturalmente la he invitado a ver mi barquito
y a navegar un día, cosa a la que se ha apuntado encantada. Le pregunté por su
hija, y está deseando traerla, pero le gustaría vivir solas en un piso las dos
y todavía no tiene una situación económica suficiente, pero espera cambiar
pronto de trabajo y mejorar. Al calor del vodka le pregunté si pensaba volver a
casarse, si le gustaban los españoles. Se puso un poquillo sonrojada y me miró
atentamente. Dijo que sí le gustaría volver a casarse, y aunque echaba mucho de
menos a su marido pensaba que era bueno hacerlo, y también para su hija, pero
no lo veía fácil en su situación actual y en aquel lugar. Al instante me
preguntó por qué no tenía yo una pareja. Le dije, ya un poco contento con mi
segundo vodka, que nadie me quería, que yo no sabía querer tampoco. Se acercó
más a mí y me dijo riendo que era un mentiroso, pero que si yo quería ella me
podía enseñar a querer. Si no hubiese sido porque la conocía ya bastante, habría
tomado aquello como una invitación a una aventura, pero cuando se lo insinué me
miró enrojeciendo y casi enfadada. Me dijo que no la había entendido, que si me
pensaba que ella andaba buscando aventuras con hombres. Rápidamente le dije que
era una broma, que yo tampoco buscaba aventuras con una mujer, y menos con
ella, a la que apreciaba como una buena amiga. Definitivamente se había
enfadado, y me preguntó si es que acaso no le gustaba como mujer para decir eso
de que no pretendería nunca tener una aventura con ella. Desesperado del cariz
que iba tomando la conversación, le dije que sí me gustaba y que sentía el
equívoco, y que quizás era debido a que no entendía a veces su manera de
expresarse, y seguro que al vodka también. Algo apaciguada, me dijo que era
ella la que me había gastado una broma con eso de enseñarme a querer, pero que
en cualquier caso lo que dijo no quería decir más que eso, enseñarme a querer,
pero no a tener una aventura con ella. Definitivamente las personas de distinto
países viven en mundos interiores distintos. Jamás se me hubiese ocurrido que
una mujer me sugiriera, aunque fuera en broma, que me iba a enseñar a quererla.
¿Supone acaso que yo quiero intentarlo? ¿Ha visto algo en mi conducta hacia
ella o en mi interior que la empuje a hacerlo?
Tal y como se iba enredando aquello, optamos por ver un
rato la tele y tomar otro culo de vodka. Estaban poniendo una película antigua
de Woody Allen, “Todo lo que Ud. quiso saber sobre el sexo y no se atrevió a
preguntarlo”, en la que aparece disfrazado de espermatozoide, y aquello nos vino de perlas, pues soltamos
nuestra tensión riendo como cosacos y volviendo a fraternizar. Al ir a servirme
otro culo de vodka, Ionna tapó la botella diciendo que no bebiera más, que si
no le iba a proponer definitivamente tener una aventura, y se echó a reír como
una descosida. No sé por qué se me ocurrió preguntarle entonces lo de su
nombre, que con cuál se correspondía en español. Y me dijo, como me temía, que
con Juana. Me preguntó enseguida que si había tenido alguna aventura con alguna
Juana. Vaya, mi inconsciente me traiciona y Ionna lee en él directamente con
toda facilidad. Como para dejarle leer el cuento de la Orden laica del amor
altruista. Pues sí que estamos bien, tendré que andar con pies de plomo con
esta chica; o bien pretende jugar conmigo o es así de natural y encantadora;
posiblemente lo segundo y eso incluye a lo primero.
Acabamos de ver la película muy amigos otra vez, ella
apoyando su hombro sobre mí, yo pasando mi brazo sobre ella. Le dije que quería
ir a ver al abuelo, y le hablé de él. Ella esperaba también a su amiga, que
terminaba su turno de trabajo, así que
me despedí y quedamos de vernos pronto. Nos dimos un par de besos en la
puerta.
El abuelo, al que no fui a ver por la mañana porque preferí
salir un rato al mar para aprovechar el espléndido día, estaba en su barca. Me
recibió con alegría y estuvimos charlando un buen rato. Le conté mi amistad con
Ionna y lo de su enfado hacía un rato. Me miró con un aire entre burlón y
comprensivo, y me soltó un dicho marinero: “A la mujer y al viento, con mucho
tiento”. Sabiduría aprendida en la mar y en el hogar, sin duda.
Día 20 de mayo
del
año primero
¡Tengo
en mis manos el título de patrón! Ya puedo navegar mar adentro en solitario con
toda tranquilidad, aunque con ciertos límites de distancia a la costa, pero
para mis propósitos es suficiente poder alejarme diez o veinte kilómetros y
perderla de vista, y sentirme así en medio del mar completamente solo. Quiero
saborear mi primera escapada y hoy dedicaré el día a prepararla detalladamente.
Voy a hacer una lista de cosas a comprobar: información meteorológica, depósito
de combustible, depósito de agua, nivel de aceite, sentinas, luces de
navegación, equipo de emergencia, radio, botiquín, carga del móvil, comida y
bebida, etc. Tengo que programar en el GPS el punto de partida, el puerto, para
guiarme por él al volver. Como estaré a la deriva, el aparato me trazará en
cada momento la ruta de regreso. Así de sencillo. Si por un azar se averiase el
aparato, como voy a navegar perpendicular a la costa hasta parar, siempre sabré
volver a ella con el rumbo opuesto al de ida, aunque la deriva me haya
desplazado mucho de la perpendicular del puerto; deberé haber averiguado en qué
dirección voy a la deriva, para saber a la vuelta si debo costear a un lado u
otro cuando alcance la costa lejos del puerto. Si el mar está tranquilo y los
partes meteorológicos son favorables, pasaré la noche en el mar. Voy a estar en
una zona alejada de las rutas marinas, por lo que no es previsible en principio
que pase un barco con el consiguiente peligro de colisión nocturna. Además las
luces estarán encendidas y el tubo reflector de radar que lleva el barco
avisaría de mi presencia a cualquier barco un poco grande que lleve radar. Para
mayor seguridad, haré turnos de dos horas; pondré el despertador para
levantarme cada dos horas y comprobar que todo va bien, verificar la deriva,
etc. Además programaré la sonda para que me avise en caso de disminución
considerable de la profundidad. Así que la única pega será el estado de la mar.
Si se mueve mucho el barco y se prevé una noche agitada, volveré a dormir a
puerto. En cualquier caso, los sábados y domingos serán días de tierra,
descanso y aprovisionamiento.
Día 21 de mayo
del
año primero
He
parado los motores y estoy a la deriva. He observado en el GPS que me desplazo
muy lentamente hacia tierra y hacia el Sur. Aunque el aparatito es de lo más
simple del mercado, me va trazando la ruta que sigue el barco y me permite ver
hacia dónde voy. Cuando me parezca oportuno pondré en marcha los motores y
volveré a mi posición inicial en el mar, que he dejado registrada en el
aparato. Ese será mi punto de referencia, aparte del puerto.
Estoy en el centro del mar. Digo centro del mar porque no
veo más que mar a mi alrededor y lo mismo me daría estar a doce millas que a
quinientas a los efectos de estar a solas en la naturaleza marina. Todo es
relativo, y en este caso el centro de mi relatividad está rodeado de mar por todas
partes. Estoy en el desierto marino. Siento que empiezo una nueva vida, una
aventura solitaria en la que mis únicas actividades serán leer y meditar
alejado del mundo. El resto, tomar el sol, bañarme si el tiempo lo permite,
comer, oír música, dormir si el tiempo también lo permite. Intentaré permanecer
aquí hasta el sábado, sólo tres días de momento en plan de prueba. Después,
permaneceré toda la semana, hasta el siguiente sábado. Ahora estoy sentado en
la cabina, y comenzaré a leer hasta la hora de comer. Creo que en adelante me
voy a olvidar de las fechas, pues mi vida va
a ser siempre igual y no tiene mucho sentido andar separando los días.
He estado considerando mis experiencias de meditación en
estos días previos. También la religiosidad de Ionna y la visión mundana y
sencilla del abuelo. Respecto a lo primero, y reconociendo que la meditación en
el silencio, en el vacío, me devuelve
una conciencia intensa y profunda de mi existencia, creo que no me basta. Es
como si me sintiera suspendido en un presente luminoso pero estático,
inmutable, fuera de la marcha del mundo. Es una huida del mundo, un permanecer
anclado a una existencia iluminada por la vida como un árbol está iluminado por
la luz del sol, siempre igual. Es negar el valor del mundo que va experimentando un cambio evolutivo hacia algo
cada vez más complejo y novedoso, es ignorar el potencial creador de la
existencia. Hay una aventura implicada en el existir del cosmos, y del hombre
en él, y el escapar a ese destino para refugiarse en un instante del ser
biológico humano, parece un error de perspectiva, una visión estática de la
existencia. La mística de Oriente es poderosa, pero creo que arranca de una
concepción negativa de la vida como de algo de lo que hay que escapar porque
siempre se repite de la misma manera y no conduce a nada. En cuanto a la
religiosidad de Ionna, me parece una espiritualidad congelada también en el
tiempo, estancada, eclesiástica y dogmática, antigua, que contempla el mundo
como un lugar de prueba y sufrimiento sin valor espiritual en sí mismo. Todo el
valor para ambas experiencias místicas está fuera del mundo. Para el abuelo es
distinto. Para él el mundo sí tiene valor, el de la vida que le permite existir
y ser feliz a su manera, aceptando su temporalidad. La vida se limita a lo
observable, al mundo visible, y en él se acomoda con su sabiduría práctica. No
ve ni quiere ver más allá, porque eso sería imaginar lo que otros verán, no él.
Pero para mí la cosa es distinta. Quiero creer que la vida tiene un sentido profundo,
que la aventura del hombre es un camino
hacia el conocimiento y el espíritu, que la naturaleza ha ido creando seres
cada vez más complejos y conscientes, y que el proceso de crecimiento del
espíritu en el cosmos es irreversible. La existencia es una aventura que no
cesa y que tiene su sentido en sí misma. No hay que buscar el sentido del ser
fuera de él, sino en sus posibilidades de crecimiento y evolución. El sentido
del ser es más ser, más conciencia, más espíritu. Creo que esa es mi verdad,
aunque tropiece con la muerte personal. Pero la Humanidad sigue su marcha y los
hombres se reproducen y perpetúan. Al contrario que para las religiones
tradicionales, la vida es lo que tiene sentido pleno para mí, aunque ese
sentido no me incluya en su futuro. Soy un invitado al proceso, un espectador
durante algunos años; más aún, un creador y partícipe de él durante algún
tiempo, lo mismo que todos los hombres hasta hoy. Quizás en el futuro los
hombres sean inmortales y nosotros hayamos sido los mártires necesarios de este
proceso glorioso de ascensión del espíritu en el cosmos.
No he pegado casi ojo durante la noche. No sé por qué
extraña sensación de peligro no podía conciliar el sueño. La oscuridad exterior
y el bamboleo del barco me han tenido a la escucha de cualquier incierto
peligro. A veces me he quedado traspuesto, adormecido, pero sin profundidad.
Con frecuencia he subido al puesto de mando a comprobar la posición y a tratar
de ver en la oscuridad. Sólo de madrugada, con visibilidad, me he quedado dormido
un par de horas. Creo que en adelante aprovecharé las noches para leer y
meditar y dormiré a determinadas horas del día. Eso me dará la seguridad de que
al menos cualquier barco que se aproxime ocasionalmente me pueda ver y evitar
una colisión.
Siguiendo con la meditación de ayer, con el convencimiento
de que la vida tiene un sentido en sí misma dentro del proceso imparable de la
Humanidad hacia el conocimiento, lo primero que tengo que plantearme es el
asombro ante esta conciencia. Tradicionalmente, las diferentes sociedades y
culturas han tenido sus mitos y creencias, sus religiones que explicaban la
presencia del hombre en el Universo y dirigían su vida. Hoy, antes también para
muchos, el asombro ante nuestra propia existencia y la del Universo inmenso es
el punto de partida. Asombro ante el desconocimiento del fenómeno global de
gran magnitud que nos arrastra. Hemos accedido a la conciencia del proceso,
pero desconocemos el principio y el final, y nos asusta el sabernos conciencia
sobrevenida de la nada, con todo lo que ello significa respecto a nuestra
naturaleza y significación. Seguimos siendo el niño que aparece en el mundo y
todo le sobrepasa y es desconocido, con el agravante de que ya no tenemos
padres que nos protejan y cuiden. Estamos solos ante el fenómeno cósmico y lo
único que nos salva del desconsuelo es estar juntos, ser Humanidad; Humanidad a
ciegas progresando en la exploración de la existencia y buscando certidumbres,
mapas y brújulas que todavía no existen para navegar con seguridad. El asombro
es el estupor de la luz que no alcanza a iluminar el espacio sumido en la
penumbra pero se ve a sí misma. Ese es el punto de partida.
Tengo en mis manos precisamente un libro que aborda esto,
el origen del Universo, las leyes que lo rigen, la existencia o no de Algo
anterior a ese origen y no sometido a sus leyes. Es un buen comienzo en mi
meditación. Se dice en el libro que el mundo actual está plagado de toda serie
de creencias, muchas extravagantes, otras evidentemente erróneas y algunas claramente
peligrosas; que hoy día parece no buscarse una orientación existencial sino una
satisfacción existencial. Es decir, que parece haberse perdido la fe en la
verdad y se persigue directamente el efecto psicológico que ella produce:
seguridad, despreocupación, excitación sentimental; y no importa que sean
falsas. Así prosperan las más aberrantes religiones y prácticas espirituales,
las más ridículas creencias. La verdad no existe, parece querer significar esta
actitud, sino que aquello que estimula y despierta nuestro interior es bueno.
Aquí entran desde las drogas hasta el tarot. La racionalidad parece haber
abandonado al hombre y la pregunta es si precisamente es por su aparente
fracaso por lo que se prescinde de ella como herramienta de orientación existencial.
La ciencia experimental no es capaz tampoco de explicar estas cuestiones
trascendentales que inquietan al hombre desde siempre. Pienso que el
conocimiento desarrollado por el hombre, al ser parte del Universo, es un
reflejo del mismo, de su estructura. Pero el hombre aparece en una fase
concreta del desarrollo del Universo y lo que puede ver reflejado es la
estructura actual, que expresa en leyes y teorías científicas. Pero se le
escapa el origen de todo el fenómeno y no puede reflejar lo que fue entonces ni
lo que será al final, o lo que existe, si es que existe algo, fuera del
Universo. El esquema mental del hombre funciona en base al espacio y al tiempo
como magnitudes de lo existente, y a las causas como origen de los sucesos o
efectos. Este esquema mental o de conocimiento es un reflejo sin duda del mundo
natural en que apareció y vive. Y con dicho esquema pretende indagar en el
origen de las cosas, suponiendo que sigue siendo válido. Pero ahí empieza a
fracasar esta manera de conocer. Porque si hubo un origen del Universo, este
esquema le dice que tuvo que haber una causa, un Ser o Principio activo que lo
produjese. La ciencia lo más que ha llegado es a establecer un origen en forma
de Explosión primordial de un núcleo de dimensiones tan pequeñas que pudo
surgir de la nada, y de masa tan grande que dio lugar a todo el despliegue de
materia y energía del Cosmos en forma de galaxias, estrellas, planetas, vida,
inteligencia. El qué produjo o cómo se produjo esta explosión inicial es un
misterio. Para el despliegue de todo el proceso existen explicaciones
racionales basadas en la evolución. Aunque el pensar que a partir de un punto
masivo surgido de la nada pudo formarse el Universo actual de manera
espontánea, repugna al intelecto. Equivale a decir que de la nada surgió
espontáneamente nuestro mundo actual lleno de vida y conciencia. Lo más que
podía admitir la mente es la evolución a partir de una especie de semilla
cósmica, en la cual estuviesen ya codificadas de alguna manera las
posibilidades de un Universo, y que sólo faltase plantarla, iniciarla. Está
claro que nuestros esquemas mentales no son capaces de indagar más allá del
principio, del origen del tiempo y del espacio Universales. Y no admiten que no
haya algo antes de ese principio. Como solución al enigma, las religiones
proponen un Dios creador y un estado final estacionario y eterno, o bien un
tiempo cíclico, sin origen, que nunca termina. Y al aportar estas soluciones
están andando el camino inverso al del conocimiento racional, que busca la
solución a los enigmas que inquietan al hombre partiendo del conocimiento
seguro de la naturaleza de las cosas que ha ido explorando, es decir, del
presente donde ha aparecido. El conocimiento religioso parte directamente del
alma del hombre y sus inquietudes para buscar una realidad que le satisfaga, y
la imagina, inventa respuestas, inventa verdades, teorías de la existencia.
Ambos caminos persiguen la verdad, pero sólo se van aproximando paulatinamente
a ella. La ciencia va sobre seguro, dejando abierto e ignorado el final hasta
que pueda ir conociéndolo; la religión establece el final a priori y luego lo
va modificando y concretando más y más. Parece que la verdad de la existencia
debe cumplir la condición de satisfacer todas las inquietudes existenciales del
hombre, y en ello el hombre, como parte del Universo, adquiere un significado
nuevo: ser el portador doliente de esa necesidad de existir más allá del
Universo. El Hombre es el propio Universo que lanza su grito de trascenderse a
sí mismo como sentido y significación plena del proceso de su desarrollo. El
Universo manifiesta en el Hombre su vocación de eternidad.
Pero vuelvo al origen de todo. Aun aceptando esa vocación
de eternidad del Universo, queda pendiente de resolver el origen. Para abordarlo,
hay que reconocer la invalidez de nuestro esquema mental racional, como dije
antes. Y lo mejor que podemos hacer es prescindir de él, negar el valor de la
razón para intentar conocer lo extramundano, lo trascendente. La actitud actual
de la gente común, después de todo, es acertada en su rechazo a la razón,
aunque no en cómo la sustituye. Y si vamos a rechazar la razón al abordar el
origen del Universo, deberíamos atrevernos a rechazar los patrones mentales del
tiempo, el espacio y las causas de los sucesos. El origen aparece entonces
contenido en sí mismo, existente desde siempre o desde nunca, que es lo mismo.
Realmente no existe un origen ni la necesidad de una causa que lo provoque.
Pero no andamos seguros pensando de esta manera, y la duda es si seremos
capaces de realizar este tipo alternativo de pensamiento sin tiempo, ni espacio
ni causas. Es necesaria una nueva mente y la manera más fácil de acceder a ella
es ir quitando de la actual lo que estorba para el conocimiento trascendente.
Si intento concebir sin tiempo ni espacio todo el fenómeno cósmico desde la
explosión inicial, veo que me resulta imposible. Puedo imaginar el fenómeno
acelerado inmensamente y todo el despliegue hasta hoy, lo que incluiría el
desarrollo casi instantáneo de mi vida. Y después tengo que pararme en el
presente y contemplarlo. Es equivalente a un acto de creación directa del mundo
actual. Y si en lugar del mundo actual imagino el mundo final, contemplaría un
mundo estacionario, permanente, en el que el proceso de creación es lo menos
importante y significativo. Pensando pues sin tiempo, los procesos no cuentan,
sólo los estados estacionarios, eternos. Los procesos que no acaban en estados
estacionarios no tienen significación, no son nada. Estamos en un mundo de
creación, no de evolución. El Universo es el estado final del Universo. Así lo
vería un ser que no conociera con esquemas temporales. La percepción de la
evolución sería la manera de conocer de un ser que a su vez está en proceso de
cambio. Conocer es representar de alguna manera algo ajustándose a ello. Una
cámara de video registra un suceso, y almacena su imagen y sonido. La cámara ha
cambiado interiormente y ha sido modificado el registro de su memoria con
contenidos del suceso. Si la cámara no tuviera la capacidad de cambiar, de
impregnarse del suceso, no lo podría registrar. Si la cámara fuese un simple
espejo, por él irían transcurriendo los diferentes estados del proceso, y sólo
al final, en el estado estacionario, se reflejaría continuamente el estado
definitivo del proceso.
Creo que me estoy metiendo en un berenjenal. No es tan
fácil esto de cambiar la manera de pensar. De todas maneras, y como resumen, al
pensar sin tiempo el origen es lo menos significativo de un proceso; podría
prescindirse de él pues fuera del tiempo lo que importa es que una cosa exista
o no; son las dos únicas posibilidades, y si existe es que ha existido siempre
aunque una mente humana temporal intente conocerlo sometido al tiempo y por
tanto a una génesis temporal en lugar de fáctica. La intuición me está
sugiriendo ideas extrañas y fugaces, como si lo que llamamos existencia fuera sólo nuestro conocimiento de la
existencia y por tanto fuera nuestro proceso mental temporal lo que percibimos
de ella. Percibimos el Universo como proceso evolutivo porque nuestra mente
temporal necesita conocerlo así. La pérdida del tiempo es la existencia eterna,
sin origen. Así, el origen del Universo pertenecería a la forma de conocimiento
de algo cambiante como el hombre, que es incapaz de conocer todo a la vez y
precisa conocerlo de manera secuencial… Precisamente porque el hombre cambia y
está en proceso, conoce las cosas con un origen, pero ese origen está
contenidos en sí mismo. Por decirlo de alguna manera, todo el proceso se
conserva en sí mismo y coexiste dentro de su estado final. He comenzado esta
reflexión intentando ver más allá del origen del Universo, y acabo sospechando
que no existe tal origen y que todo es un proceso de conocimiento temporal,
pues al contemplar sin tiempo una cosa, el futuro y el pasado confluyen en un
punto, en una existencia unificada.
Bueno, voy a dejar
aquí la reflexión, que me empieza a parecer sin sentido y al borde del
disparate. A lo mejor dentro de unos días todo esto da algún fruto y veo un poco de luz en todo este desastre de
meditación.
El mar está tranquilo y el tiempo es espléndido. He dormido
una larga siesta después de comer. Antes, he corregido la posición del barco,
que había derivado por la noche, y me he vuelto a situar en la posición inicial
en el mar, que tengo registrada. Después me he bañado y he tomado un rato el
sol oyendo música y dejando la mente flotar en ella sintiendo el alma mecerse
en sus ondas lo mismo que el cuerpo se mece al compás de las olas suaves.
Retomo la
meditación de la mañana y vuelvo a considerar el origen del Universo
olvidándome de momento de lo que dije sobre la no existencia de un origen para
una mente atemporal. Vuelvo a mi mente temporal humana y contemplo la génesis
del Universo a partir de la semilla cósmica que lo originó. Aquí es de
aplicación la mecánica cuántica. Mira por donde tendré que recordar mis
estudios y mis primeros trabajos como investigador. Las partículas cuánticas se
manifiestan de manera tan imprecisa que no es posible conocerlas con precisión
en todas sus propiedades, de manera que si conocemos la posición de una
partícula no podemos saber su movimiento, y viceversa. Además, unas veces se
comportan como si fuera partículas de materia y otras como si fueran sólo
energía. Hasta tal punto es escurridiza la materia que cuando la analizamos
hasta sus últimos componentes parece surgir de la nada. La nada cuántica, el
vacío cuántico, esa fluctuación entre la materia y la nada, entre el ser y no
ser, completamente impredecible. Vuelvo a la imagen de la semilla y el
desarrollo de una planta. En la semilla está codificada la planta, es como una
planta en miniatura que irá creciendo de manera simplemente masiva, pero no
organizativa. Más complejo y sorprendente es el caso de los animales, del
hombre por ejemplo, que a partir de una célula microscópica, y merced al código
genético albergado en ella, acaba desarrollando todo el organismo complejo. Sin
embargo, en ambos casos, la codificación es detallada, estrecha, de manera que
cada código genético producirá exactamente una forma detallada de organismo
hasta en las mínimas características y peculiaridades, diferentes de cualquier
otro. En el caso del Universo parece haber mucha más libertad, de manera que la
codificación deberá de ser mínima, y quedar bastante al azar la evolución y
desarrollo del sistema. Cuanta menos codificación, más libertad de ser.
Bastaría pues para originar el Universo una información mínima almacenada en la
semilla cósmica, dejando la labor constructiva al tiempo, al azar, a las
posibilidades de autoorganización. Evidentemente si un organismo vivo se
desarrolla en unos meses en una forma concreta y predecible en su código
genético, un Universo requiere miles de millones de años, y el resultado es
impredecible. Lo único que parece ser predecible es su capacidad de
autoorganizarse en el tiempo, a trancas y barrancas, sucumbiendo a veces y
renaciendo después. Esa capacidad autoorganizativa es pues lo que debería
residir en el código de la semilla cósmica. A estas alturas de nuestro
conocimiento científico, no se puede ignorar la nada como actor en el proceso
de génesis del Universo. Una nada en la que fluctúa el ser. Volvemos a
encontrarnos con las limitaciones de nuestra mente humana, que no sólo está
organizada en patrones de tiempo y espacio sino de materia y energía.
Entendemos la existencia de la materia y la energía ya que la experimentamos
con nuestros sentidos y las hemos incorporado a nuestro pensamiento. Pero
nos resulta imposible manejar
mentalmente la nada absoluta. Llegamos a vislumbrar la nada cuántica, en la que
la materia y la energía son nulas por anulación de contrarios, que fluctúa, que
tiembla, que existe pero no se determina. En el libro del Génesis se dice que
Dios creó el mundo de la nada, y yo me atrevo a pensar que la imagina como la
nada cuántica, pues afirma que al principio era el caos y la tiniebla cubría la
faz del abismo. No habla de la nada absoluta, sino del caos o desorden, de lo
indiferenciado, de la oscuridad o falta de energía llenando el abismo, es
decir, llenando el hueco de la existencia, llenando la nada absoluta. El autor
intuye que es posible la creación desde esa nada, pero no para cualquiera, sino
sólo para Dios, y dice que esa creación tuvo lugar al principio de los tiempos.
Es asombrosa la coincidencia del saber intuitivo del autor del Génesis y del
conocimiento científico actual. Hay
creación a partir de la nada y se produce en el origen del tiempo, con la
explosión inicial de la semilla cósmica. El tiempo aparece cuando aparece el
mundo. Y como Dios no podría violar las
leyes de la existencia, de su propia existencia, es posible físicamente la
creación material a partir de la nada. Esto se ha
constatado en nuestros días a nivel exclusivo de partículas. No parece probable
que Dios se entretenga ahora en hacer surgir partículas insignificantes de la
nada, como se observa en el laboratorio, luego habrá que concluir que se
produce espontáneamente, de manera natural.
En todas las edades el hombre ha situado a Dios detrás de
los fenómenos desconocidos: la fecundidad, el sol, las tormentas, la fertilidad
de la tierra, los cielos, el destino histórico de un pueblo, etc. Hoy lo ha
situado al principio y al final del Universo, que es la suma de toda nuestra
ignorancia preñada de misterio. Pero bien pudo ser que esa generación inicial
del mundo a partir de la nada fuese espontánea igual que la de esas partículas
físicas que aparecen y desaparecen espontáneamente. Pero además, es que no
puedo imaginar a Dios tomando la decisión de crear el mundo, que es lo único
que podría hacer en todo caso ya que no iba a construirlo con manos ni lanzando
rayos energéticos dada su inmaterialidad. Dios parece lo más próximo a la nada
de la Física, y tampoco me resulta, como digo, imaginable que tome decisiones,
pues eso supondría un cambio en su naturaleza desde un estado espiritual a
otro. Nuestra manera de pensar en Dios es demasiado humana y está contaminada
de materialidad, por lo que lo mejor sería sólo nombrarlo pero no atribuirle
cualidades como el pensamiento, la toma de decisiones, la ira, la satisfacción
por la obra hecha, etc. De existir un Dios sería impasible e inmutable, lo más
próximo a la existencia inoperante, a la nada. Una nada existente pero
inmaterial. Es como si la nada fuese la existencia indeterminada y la materia-energía
una forma concreta de existencia en que se convierte la primera. Y de esa
manera ambas parecen inseparables, lo mismo con distinta forma. Todo esto es
como un galimatías, pero en el fondo estamos siempre peleando con el lenguaje.
Nos planteamos problemas que en realidad surgen en nosotros a consecuencia de
nuestra manera de pensar apoyada en un lenguaje deficiente, sacado del mundo
observable por los sentidos, que nos tiende trampas y zancadillas a cada
momento. E incluso los científicos intentan materializar sus teorías
matemáticas, darles naturaleza física, existencia real, asemejarlas a fenómenos
observables. Pero no son más que descripciones de cómo se comporta la realidad
e imágenes sensibles de ello.
Esta reflexión está despertando en mi pensamiento una
reacción en cadena de reflexiones. Porque lo que he dicho antes sobre la
existencia inseparable de la materia-energía y la nada, es lo mismo que pasa
con la existencia personal. Cuando no hacemos nada concreto, cuando estamos
indeterminados o indecisos, parece que cayéramos en la nada que nos sustenta, y
surge la angustia de no ser, de no ser algo. Vivir es como montar en bicicleta,
que si no estás en marcha te caes. Sin embargo, cuando hace algunos días hacía
ejercicios de meditación en el silencio y en la oscuridad, era consciente de mi
existencia ante la nada no sólo sin angustia sino con una gran paz e
intensidad. Claro que estaba concentrado intentando escuchar sonidos o
intentando ver alguna claridad. Realmente estaba plenamente consciente de mi
atención, estaba concentrado en escuchar y ver como el que espera descubrir
algo. Mi mente no estaba en vacío ni indeterminada, sino profundamente atenta.
Entonces, lo malo, lo angustioso, es la indecisión, la inconcreción, el caer en
un estado psicológico de nada indiferenciada. Es el terror a borrarse, a perder
la conciencia de sí mismo, a morir. Y esto se evita existiendo de cualquier
manera determinada. Vivir es estar huyendo continuamente de la nada, aunque lo
hagamos de manera natural y sin angustia.
Está anocheciendo. A lo largo del día he visto algún barco
cruzar muy lejos, recortado sobre el horizonte. También un par de barcas de
pesca, en dirección a la costa. Salvo eso, nada más me ha distraído. El mundo
habitual queda muy lejos de mi conciencia aquí, y esta soledad apacible me
permite existir en esta dimensión cósmica que mi mente intenta explorar. Estoy
en un área pequeña de mar que veo con mis propios ojos, pero imagino toda la
extensión del mar, de costa a costa remota. Estoy en un área diminuta del cosmos, y no soy capaz de
imaginar más que una parte de la inmensidad de firmamento más allá del que ven mis ojos por la noche, e incluso
me resulta imposible intuir la distancia a la que se encuentra una estrella al considerar lo pequeña que se ve comparada
con su tamaño real. El cosmos es algo desmesurado y nuestro planeta está
completamente perdido en él como un grano de arena cualquiera en una playa de
muchos kilómetros. Y sobre la superficie de ese grano de arena, unos seres
imperceptibles que apenas ocupan una fracción imperceptible de esa superficie,
se mueven de manera imperceptible. Y sin embargo son capaces de ver la playa e
intentar imaginarla entera. El tamaño, el espacio, no es lo importante. Lo
importante es la complejidad de las cosas. Y esos seres de tamaño imperceptible
llamados hombres, son complejos en su organización hasta el punto de intentar
dibujar mentalmente un modelo del inmenso cosmos. La complejidad no tiene que
ver con el tamaño. ¡Qué gran desproporción, un hombre y el cosmos! Y sin
embargo en la mente de ese hombre puede caber la complejidad del Universo. El
conocimiento contrae el espacio y el tiempo, los resume, los anula, reduciendo
lo existente a complejidad.
He retomado la lectura del libro. Realmente lo utilizo para
disparar mi reflexión, en lugar de leerlo sistemáticamente. No tengo paciencia
para contener mis pensamientos. Sigue hablando el libro de esa nada inicial
creadora de partículas y Universos. Habla, como yo me he anticipado, de las
partículas que aparecen y desaparece casi instantáneamente en ella, de entes
opuestos que se anulan mutuamente, de la existencia fluctuante y temblorosa que
no se concreta en nada, que es nada, que es sólo potencialidad. La física
moderna es tan asombrosa que parece querer disolver todas nuestras certezas
acerca de la materia, del espacio y el tiempo. De la nada cuántica, sin materia
ni energía, salta a la existencia una partícula dotada de alta velocidad que
enseguida desaparece. Una partícula no está en un lugar determinado, sino un
poco en muchos lugares, como si pudiera estar en cualquiera pero no se
decidiera por ninguno salvo que intentemos medirla, registrarla. Al hacerlo, es
como si la hubiéramos atrapado y se manifestara en un lugar concreto. Dos partículas hermanas, generadas
a la vez, aunque se separen una gran distancia intercambian información de sus
estados, como si el espacio no existiera y siguieran juntas, etc. En cuanto al
tiempo, no puede decirse que tenga existencia real ya que es relativo o
dependiente de la velocidad a que nos movamos. La luz está compuesta de fotones
o elementos de energía luminosa que se comportan de manera ambigua, como ondas
o como partículas, según el experimento en que los manejemos. La luz viaja a la
mayor velocidad posible. Si el fotón tuviera ojos, o nosotros pudiéramos
subirnos a un fotón, veríamos todo el
desarrollo del Universo desde la explosión inicial hasta hoy de manera
instantánea. El tiempo habría desaparecido para nosotros. El tiempo no existe
pues, ni existe el espacio ni existe la materia. Parecen más bien formas
del conocimiento, maneras de observar el Universo desde dentro.
Creo que no cabe esperar demasiada iluminación de una
visión científica de la realidad, del cosmos. Nos pasa lo mismo que con la
filosofía, que acaba enredándose en sí misma y se convierte en palabrería, en
un esfuerzo de afinamiento del pensamiento que no trasciende de sí mismo. Todo
el esfuerzo de tantos siglos de pensamiento racional y científico nos acaba
conduciendo a la nada, al silencio. Lo único positivo de todo este conocimiento
es la capacidad desarrollada para manejar el mundo, para construirlo, para
crear. Y quizás ese sea el verdadero conocimiento. No sé qué enfermedad mental nos empuja a querer entender las
cosas, como si hubiera algo oculto en ellas y hubiera que analizarlas,
descuartizarlas para verles las tripas pensando que ahí estará su secreto. Pero
de esa manera llegamos a la nada, porque lo que buscamos no está en sus tripas.
Parece que tuviéramos una mente geométrica y nos esforzamos por trazar un plano
de la realidad como si se tratara de un edificio o una máquina. Quizás en el
origen de nuestra manera de pensar está ciertamente la geometría y no hemos
sabido desprendernos todavía de ella debido a los espectaculares logros conseguidos
con este tipo de pensamiento.
Es noche profunda y hay luna. El mar está muy tranquilo
pero espejea, tiembla de luz lunar, y me sugiere la nada cuántica que fluctúa
imperceptiblemente manteniéndose plana, anulada, inconcreta. Imagino que del
mar salta una ballena. ¡He ahí el milagro de la existencia concretada! Ha
surgido una ballena de la nada. Sólo es preciso quitarle al mar todo el tiempo
de la evolución.
El libro se sumerge ahora en las teorías sobre el final del
Universo. Así como sobre su origen parece que los científicos están hoy
generalmente de acuerdo acerca de la explosión inicial generadora del cosmos,
el final es muy incierto todavía. Recientes observaciones científicas constatan
que las galaxias se están separando cada vez más deprisa entre sí, lo que supone una expansión acelerada del
Universo, contradiciendo las primeras hipótesis de ralentización progresiva de
la expansión de la materia cósmica debida a la explosión inicial, al igual que
sucede con toda explosión. Este nuevo hecho sugiere algo así como la presencia
de una energía oculta, imperceptible directamente, que está separando
definitiva e irreversiblemente las galaxias. Esto puede conducir a escenarios
completamente diferentes dependiendo de la constancia o no de esa supuesta energía
oculta u oscura. Un primer escenario, en el que la energía oscura iría
disminuyendo, conduciría a una detención de la expansión y la inversión del
proceso expansivo, compactándose más y más el Universo debido a su propia
gravedad y acabando colapsando en un punto. Otro, igual de desalentador, en el
que la energía oscura iría creciendo, no solo dispersaría las galaxias tanto
que desaparecerían a la observación, sino que después le seguiría la
disgregación de las propias galaxias, estrellas, planetas y finalmente las
estructuras atómicas, diluyéndose el cosmos otra vez en la nada original. El
tercer escenario no es tan desolador aunque sí inmensamente solitario, y supone
que esa energía oculta disgregadora fuera constante. Entonces el Universo se
expandiría eternamente pero no se disolvería en la nada. Las galaxias se
alejarían entre sí cada vez más y para siempre, aunque sus estrellas
permanecerían en la estructura galáctica debido a la gravedad del conjunto.
Para un habitante de una galaxia sería como si existiese sólo esa galaxia. La
gran soledad reinaría en un cosmos infinitamente dispersado. La historia del
Universo ha pasado por fases expansivas de diferente intensidad, y la ciencia
no está en condiciones todavía de conocer el futuro de la evolución cósmica, ni
existe una teoría convincente. En cualquier caso, este proceso será tan lento
que, en el peor de los casos, estaríamos en la mitad de la vida del Universo.
Uno tiende a imaginar un hombre en ese futuro remoto en el que el Universo
aborda su destino. ¿Pero cómo será el hombre de ese tiempo si es que puede
llamarse hombre? Es demasiado tiempo para intuir siquiera la evolución
antropológica. Si el destino del Universo es desconocido, el destino del hombre
está todavía más oculto. Sin embargo, sí es observable el proceso del
conocimiento humano a través de la historia. Desde la época inicial de la
humanidad, en la que los conocimientos apenas cambiaron durante medio millón de
años, se ha seguido un ritmo creciente de aumento del saber, llegando en la
actualidad a un crecimiento exponencial, explosivo, en el que los conocimientos
se duplican cada cinco años y donde el total de hombres de ciencia vivos
representa el setenta y cinco por ciento de todos los que han existido. El
desarrollo de las tecnologías de la información y la comunicación está
produciendo una difusión del conocimiento de manera global y en tiempo real,
casi en el momento en que se produce, y toda esa masa de científicos podría
decirse que piensan en conjunto aportando cada uno los conocimientos de sus
propias disciplinas. La Humanidad está interconectada en conocimiento, aunque
no socialmente ni espiritualmente. Al margen de los problemas de este
desajuste, que tiene lugar entre las diferentes culturas planetarias, creo que
el futuro de la Humanidad será sorprendente, y su desarrollo unificado y
superpotenciado se producirá de manera tan rápida, relativamente, que el tiempo
de existencia que pueda restarle al Universo no representa ningún problema para
la supervivencia de la Humanidad o como puedan llamarse en el futuro al ser
global consciente. El pensar que en unos pocos milenios se ha pasado de una
sociedad agrícola a la actual, nos bastará para darnos cuenta de que en menos
de un milenio más el conocimiento de la Humanidad será completamente
irreconocible para un hombre de hoy
Hace un rato que ha amanecido. Dejo aquí esta meditación cósmica de tan vasta perspectiva comparada con la brevedad de la existencia personal. El intuir un futuro extraordinario para la Humanidad no consuela a mi ser perecedero. Siempre ronda el deseo de inmortalidad personal tras cualquier meditación sobre la existencia. Voy a preparar el desayuno. Después dormiré unas horas. Contemplando el espléndido cielo, donde descansan esta mañana redondas nubes blancas, perezosas e iluminadas por el sol, me pregunto si es nuestra reducida dimensión la que nos hace ver el cielo como algo trascendente, como la morada de los dioses; o si es nuestra educación religiosa en la infancia la que nos hace mirar allí buscando otra forma de existencia fuera de este mundo. Parece que el cielo se prolongara indefinidamente en el espacio y allá estuviera la mirada oculta de Dios. Pero no, ese cielo luminoso es apenas una película de atmósfera más allá de la cual reina la oscuridad del Universo diseminado, disgregado en remotas estrellas. Es la nuestra, el Sol, la que ilumina nuestra existencia y nuestro mundo como si fuera el globo de cristal de una lámpara. El inmenso horizonte terreno que nos parece plano e ilimitado, es sólo un pequeño arco del perfil esférico del planeta. Nuestros ojos deben acostumbrarse a esta perspectiva verdadera, deben entender esto y ser conscientes de esta realidad cuando miran. Es a partir de esta visión planetaria cuando quedan abiertas las puertas para cualquier entendimiento posterior. Si ahora hay algo más allá esta vida nuestra mundana, está aquí dentro del planeta, dentro de nosotros. Es en nuestro espíritu donde gravita la verdad, el Universo entero. Si Dios existe, se asoma sin duda dentro de nosotros más que entre las estrellas o tras las nubes luminosas. Al igual que las teorías científicas, siempre mejorables pero repletas de conocimiento, la teoría de Dios es un logro espiritual extraordinario. No será una teoría exacta, será una aproximación a la verdad, irá cambiando en el futuro como ha ido cambiando el conocimiento de lo divino desde el origen hasta hoy, pero sus frutos son indudables. Sin embargo permanecen vigentes varias teorías espirituales distintas a lo ancho del mundo, todas ellas magníficas en sus logros. Ahí está la gran diferencia con la ciencia, que es única, universal, experimental, aunque realmente hay parcelas de la misma, como la medicina, en la que coexisten modalidades antiguas, de culturas tradicionales que se apoyan en la experiencia acumulada a lo largo de mucho tiempo. Ahí la ciencia evidencia su naturaleza de ser una teoría, una hipótesis de la realidad a la que interpreta más o menos certeramente, basándose en la experimentación moderna o en la experiencia milenaria de algunas culturas.
Es casi mediodía. No sé si he dormido o he permanecido en
duermevela, pensando y soñando a la vez, de manera tan curiosa que mis
pensamientos adquirían el carácter de realidad.
Era un habitante de un Universo formado por una única
galaxia. Todas las observaciones realizadas por los científicos habían
configurado la forma y extensión de ese Universo, e incluso habían calculado el
número de estrellas, que era ingente. Fuera de los límites de la galaxia estaba
la nada, la oscuridad, el vacío. Los seres inteligentes que habitaban la
galaxia estaban comenzando a entrar en contacto unos con otros desde planetas
relativamente cercanos, si bien eran todavía muy escasos e imprecisos estos
contactos, aunque se calculaba que el número de planetas inteligentes era
bastante alto. Mi planeta, que había logrado un desarrollo admirable, estaba en
la era de la tecnología creadora. Se progresaba tan deprisa, que a lo largo de
la vida de una persona tenían lugar grandes cambios en el conocimiento y la
tecnología, por lo que vivir era asistir a un continuo espectáculo creador Una
rama esencial de la tecnología creadora era la tecnología genética. El hombre
modificaba los genes de los futuros bebés para que nacieran y crecieran sin
enfermedades, sin defectos, bellos y apolíneos, muy inteligentes. Había una
ética basada en la estructura social del conocimiento, y la sociedad elegía
entre las distintas arquitecturas genéticas disponibles las más adecuadas en
función de la predisposición natural del bebé y las necesidades del
conocimiento global. Por ello, un bebé podía nacer con acrecentada capacidad
artística, científica, literaria, religiosa, etc., y ello respetando las
necesarias proporciones demandadas socialmente, de la misma manera que
antiguamente se limitaban las plazas disponibles para ejercer las diferentes
carreras universitarias. La actividad en el campo de la tecnología genética era
la principal, y su meta más ambiciosa la de crear al ser superinteligente y
superconsciente del futuro.
Después seguía el campo del
conocimiento galáctico y la comunicación interplanetaria. En estos últimos
escenarios no se hacía demasiado esfuerzo de momento, pues aparte de las
dificultades existentes se tenía una fe inmensa
en la aceleración del conocimiento creador, que en un tiempo relativamente breve desplegaría un cambio tal en el mundo
que el hombre del futuro sería una especie de ser divino con capacidades
asombrosas, y muy capaz de resolver todos esos misterios del Universo. Los
hombres habíamos adquirido tal conciencia de nuestra capacidad, que habíamos
confiado a la sociedad humana, estructurada políticamente a ese fin creador,
las esperanzas que antes se depositaban en los dioses. El Dios era la sociedad
humana, absorta en pleno proceso de creación. La política era política
científica, ampliamente participativa, plasmada en la definición del proceso
creador, que luego era desarrollado fielmente por las instituciones, las cuales
contaban con la actividad de todas las personas. El trabajo de subsistencia y
servicios estaba confiado a robots y a instituciones automáticas. El mundo se
había convertido en una gran máquina que actuaba de manera programada en tiempo
real, en virtud de las decisiones que iban surgiendo en cada momento y que
afectaban a todos los mecanismos de subsistencia de la sociedad. Lo único que
no era automático era la labor creadora, y es ahí donde las decisiones de las
personas tenían su protagonismo esencial, si bien estaban asistidas en ello por
los grandes ordenadores que almacenaban una ingente cantidad de información y
ayudas a la toma de decisiones. Realmente, las decisiones parciales eran tomadas por los ordenadores en base a las directrices
creadoras de la sociedad. El principal logro había sido hacer inteligible el
proceso creador a todas las personas, de manera que todas intervinieran en él.
Es el papel que se había reservado la Humanidad para sustituir al azar, a la
variedad, al caos creador de la naturaleza.
La vida se había prolongado
muchísimo y además se envejecía sin los trastornos de la edad que eran
habituales antiguamente. El problema del dolor y el sufrimiento era cosa del
pasado, y la muerte se había instituido como “aplazamiento”. Cuando una persona
hacía cesión de su vida, en lo cual esa aconsejada por las instituciones, su
existencia quedaba aplazada hasta el futuro -momento indefinido - en que sería
resucitada. No se sabía todavía, dada la aceleración del progreso, cuando
tendría lugar esa resurrección, pero se intuía que en el momento en que se
hubiesen alcanzado condiciones estacionarias y sostenidas para la existencia
humana; condiciones de plena felicidad y eternidad garantizada. Las personas
accederían así a otra vida eterna y gloriosa, aunque tendrían que pasar por un
proceso de adaptación y glorificación para existir en esa vida. Lo que sí se
había comprobado era la viabilidad del proceso,
haciendo resucitar a personas cesadas hacía décadas que se habían integrado
fácilmente a la vida, superando en poco tiempo las necesarias adaptaciones al
presente. Tengo que decir que los resucitados conservaban la memoria de su vida
anterior completa, y que eso no planteaba ningún problema, sino que al
contrario daba una dimensión de perspectiva a la conciencia global de la
Humanidad.
Una de las principales tareas
iniciales de la nueva era de la creación había sido la proliferación social en
equilibrio planetario, la coexistencia de una inmensa población en equilibrio
ecológico con el planeta. No fue fácil, pero ello había permitido la
reproducción en masa de la Humanidad sin deteriorar el medio. Los alimentos ya
no eran un problema, ni la contaminación. Había recursos ilimitados, y el
oxigeno y la energía a partir del agua de mar presentaban un límite que estaba
todavía muy lejos de alcanzarse. Las inteligencias de las personas y su
estructuración en el proceso creador era la principal riqueza del planeta, por
lo que la superpoblación era un bien esencial.
Hay que decir que las reservas de oxigeno
habían aumentado espectacularmente debido a la plantación masiva de selvas por
todo el planeta y que la gestión global del agua había sido una labor
meritoria. Además de la energía por fusión fría a partir del agua de mar, se
utilizaban todas las energías alternativas en gran profusión, como la solar y
la eólica, y se habían explotado extensivamente los ciclos del agua en el
planeta. Actualmente se investigaba una fuente de energía sorprendente,
inagotable, a partir del vacío. Es la energía de la creación espontánea
original, del big-bang. Naturalmente se consideraba una investigación difícil y
duradera, y su tecnología se veía muy delicada; no podría utilizarse más que en
reducidas proporciones inicialmente, ya que el proceso podría irse de las manos
y acabar en un cataclismo de proporciones universales. Pero cuando en el futuro
se consiguiera controlar esta fuente primordial, la Humanidad se estaría
acercando a su estado final universal, al estado de Dios, y podría influir en
la evolución cósmica e incluso crear otras Galaxias. Pero eso era entonces una
historia religiosa, de creación-intuición solamente. Por el momento nos teníamos que contentar con la creación a
niveles modestos y planetarios.
Por aquel momento se difundió el
resultado previo de uno de los grupos de investigación cósmica, que produjo una
gran conmoción en todo el mundo. Hasta entonces la teoría cósmica vigente
reconocía la existencia de un big-bang inicial que había dado lugar a la
galaxia, quedando estructurada toda la materia y energía en forma de la espiral
galáctica. Pero ahora se aventuraba que la explosión inicial pudo haber generado
inmensos nódulos de materia desorganizada y en violenta expansión que acabaron
condensándose cada uno en diferentes galaxias que continuaron separándose entre
sí hasta alejarse infinitamente, de manera que se hicieron absolutamente
indetectables entre sí. El Universo no tenía forma galáctica, sino
multigaláctica, aunque en realidad se debía hablar de muchos Universos absolutamente independientes
e incomunicados para siempre. Yo le daba vueltas y vueltas a todo esto, y
reflexionaba sobre el significado de esa existencia de universos separados,
semejantes pero no idénticos, lo mismo que los hombres, las estrellas o los
planetas, y pensaba que la nueva teoría era muy convincente, ya que nada
parecía producirse de manera única sino en gran abundancia. Esto me llevaba a
pensar que deberían haberse producido también numerosos big-bangs, e incluso
que se estarían produciendo en aquel momento. Así todo me parecía un continuo,
una manifestación constante de la existencia que se autosostenía en sí misma.
Esa era la verdad cósmica, un todo existiendo en sí mismo fuera del tiempo,
fluctuando, creándose y destruyéndose pero manteniendo su totalidad. Era la
nada fluctuante que producía big-bangs y universos, cataclismos y destrucciones
cósmicas. El tiempo era sólo la manera de observar una parcela de la realidad
cósmica por una partícula consciente, efímera e inestable de dicha realidad.
Todo coexistía, la creación y la destrucción, el caos y la inteligencia, la
nada y el ser. Todo era una sola cosa que podía contemplarse desde muchas
perspectivas diferentes. Y en ese todo aparecía de manera tremenda, rotunda y
aterradora por su potencialidad, una
presencia indefinible y consciente.
Ahora que estoy completamente despierto sé que he vivido en
entresueños una especie de iluminación sobre la existencia, o al menos una
fantasía de iluminación, pero ahora soy incapaz de recuperar esa vivencia
iluminada. Me queda el recuerdo, pero no la viveza, la evidencia. Me hace
gracia la visión ingenua, propia de un sueño, del universo unigaláctico, y la
mezcla con lo que estaba leyendo sobre los escenarios cósmicos finales. Pero lo
que más me sorprende es como esa mezcolanza desencadenaba la intuición de una
entidad global, de una totalidad omnipresente.
Y ahora, bien
despierto en esta mañana luminosa y terrenal, aquí sigo yo, sabiéndome ignorante en medio del cosmos, pensando otra
vez sobre él con mi mente. Una mente
adaptada al mundo como lo está el ala al aire para volar o la aleta al agua
para nadar. Una mente para entender el mundo, para pensarlo y manejarlo, para
crear. Y sin embargo, lo mismo que al ala, se le escapan todavía muchas cosas,
muchos misterios del cosmos, porque en principio esta mente se ha desarrollado
evolutivamente sólo para conocer y existir en el mundo planetario, menos aún,
en la parte o dimensión en la que se desarrolla la vida del hombre. Pero siendo
nuestro planeta parte del Universo, por añadidura esta mente terrenal es válida
también para conocer la totalidad del cosmos poco a poco, acumulando conocimientos.
Sin embargo es muy pronto todavía. Siento que formo parte de un eslabón en la
cadena de conocimiento de la Humanidad, un eslabón aún primitivo, y mi destino
está determinado. Es inútil que me esfuerce en entender más allá de mi tiempo,
a no ser que hubiese un atajo, otra manera de conocer distinta de la racional y
científica. Por ahí va sin duda la contemplación, la iluminación directa, el
camino del espíritu. Pero yo no busco la iluminación a través del misticismo,
oriental u occidental, sino a través de la intuición que puedan aportarme los
últimos conocimientos científicos. Aún no sé si es un camino equivocado, inútil
también, pero quiero recorrerlo durante algún tiempo.
Tengo en mis manos un nuevo libro que habla sobre el
acercamiento progresivo entre la ciencia
y la religión. Se señala en el libro que los pilares básicos de la física del
siglo veinte, la mecánica cuántica y la teoría de la relatividad, han acabado
con la visión de la física clásica, que veía el universo como un mecanismo preciso
de masas y energías sometido a unas leyes estrictas. Insiste, como el libro anterior, en aspectos
de la mecánica cuántica y el comportamiento de las partículas ínfimas, y
contempla cómo a ese nivel el concepto de materia se disuelve entre los dedos y
es la nada lo que parece ocuparlo todo. También considera cómo la física
relativista ha acabado con las nociones independientes y absolutas de tiempo y
espacio, que cambian de magnitud apreciablemente viajando a muy altas
velocidades. Los conceptos físicos clásicos, que parecen anidar en nuestro
cerebro de manera innata, no tienen realidad en los niveles más pequeños o más
grandes de lo existente. Esto pone en evidencia que la esencia de la realidad
no tiene mucho que ver con nuestra manera habitual de observarla. Así, lo que
comúnmente entendemos por realidad, no es más que una manera de observarla,
pero no la realidad en sí misma. Y añado yo que esto parece semejante al que
mira un árbol desde cierta distancia y contempla su forma y color, su tronco y
su copa. Luego se acerca y empieza a
distinguir la forma de sus ramas y hojas; y más cerca aún, la estructura
detallada de cada hoja, sus nervios, su borde dentellado, etc. Y si por el
contrario se alejara hacia lo alto de una montaña, percibiría como un todo
conjunto el bosque al pertenece pero no el árbol que antes estaba contemplando.
Si uno se preguntara cual es la realidad de lo observado, concluiría que
ninguna de las observaciones contiene la totalidad de la realidad, y quizás la
que menos la que se acerca físicamente demasiado al árbol y analiza la forma y
estructura de las hojas, o más aún, ayudado de un microscopio aislara
visualmente las células vegetales de la hoja, los componentes de la célula, los
átomos, etc. Cuanto más separamos y escudriñamos dentro de la materia, más
perdemos el sentido del ser que conforma. Por otra parte, cuanto más nos
alejamos de ese ser individual, en nuestro caso el árbol, más perdemos de vista
su carácter individual para observar el del ser de rango superior que lo contiene:
el bosque, con funciones y carácter propio; y sí aún nos alejáramos más hacia
el espacio exterior del planeta, veríamos la Tierra, con su forma redonda y su
color, en parte verde debido a la película vegetal de su superficie, generadora
del oxigeno que forma su atmósfera azul y mantiene a las otras formas vivas.
Concluimos que cualquiera de estas observaciones es parcial y en cada una de
ellas se nos escapa gran parte de la realidad. ¿Cuál sería entonces la visión
verdadera, la total? No somos capaces de abarcarla a la vez con nuestra mente
racional, científica, aunque sospechamos que tiene que haber una visión
esencial que subyace y explica la visión total. Y es curioso, porque según el
libro, esa esencia de lo real, en la que se disuelven la materia, el espacio y
el tiempo, y por tanto la configuración del mundo en cosas separadas, tiene
mucho que ver con la visión de los místicos orientales y en general de los
místicos de cualquier lugar. En la experiencia mística, todas las cosas y
sucesos, incluido el propio individuo que tiene la experiencia, aparecen
interconectados formando una realidad única. La ciencia, explorando los límites
hacia lo más grande y más pequeño del universo, empieza a sospechar esa
esencia, pero aún es incapaz de someterla a formulas y teorías científicas.
Aunque en el libro se consideran análogos muchos aspectos de la experiencia mística oriental y occidental, al efecto de la comparación de las visiones mística y científica moderna queda claro que es la mística oriental la que presenta una semejanza destacada con la física. Ello queda claro al considerar las diferencias de base entre ambos tipos de religiones. La occidental concibe a un Dios personal, creador del mundo y distinto de él, que se comunica con el hombre. La oriental concibe un Todo que integra lo existente en una unidad indisoluble y divina. La tarea del hombre en la primera es cumplir los preceptos divinos trasmitidos al hombre por los profetas para así alcanzar la santidad y la bienaventuranza eterna. La tarea del hombre en la segunda es ser consciente de esa unidad, de esa unión del hombre con el Todo, y el alcance de su propia divinidad, y para ello debe andar un camino de perfección en el que va descubriendo la esencia y la verdad de la existencia; coincide su objetivo por tanto con el de la física, el descubrir la realidad que subyace más allá de lo aparente, de lo conocido por los sentidos. La religión occidental es la religión de la palabra, de las escrituras sagradas que contienen la verdad. En la religión oriental la palabra, el lenguaje, oculta la verdad, no sirve, y ésta se percibe de manera directa, intuitiva, por medio de la iluminación Lo mismo sucede con la física moderna, que el lenguaje se vuelve incapaz de describir la realidad.
Me pregunto si alguien leerá algún día este cuaderno de
bitácora. Está escrito para mí exclusivamente, pues me resulta difícil pensar
de manera metódica si no lo plasmo en el papel. Escribir es mi forma de pensar,
de meditar, de ser consciente. Desde luego si alguien lee estas reflexiones en
torno a los libros que he traído, y que me sirven de apoyo a la reflexión, lo
primero que se preguntará es por qué no cito a los autores ni los títulos. Pero
es que para mis propósitos, los libros no contienen tesis interesantes porque sus autores sean prestigiosos, sino porque
contienen ideas que estimulan mis propias reflexiones. Lo que quiero es
desarrollar un camino de meditación propio y no aceptar sin más las teorías que
otros establecen. Si a mi mente no le seduce una tesis, no la incorporaré a mi
pensamiento. Necesito las ideas de otros, pero tienen que encajar en mi forma
de pensar, en mi espíritu. Es una manera de hacerse a uno mismo consciente
ampliando y desarrollando lo que ya somos, no renovándolo por completo en base
a criterios ajenos. Porque a fin de
cuentas, lo que uno busca en el conocimiento es un crecimiento de su propia
forma de ser. Por eso, y porque escribo para mí mismo, ahorro palabras
ignorando títulos y autores.
¡Fin de semana, estoy de nuevo en puerto! Después de leer y
meditar estos días en soledad, me he alegrado de volver a tierra, ir a comprar
provisiones, ver gente, ver a mis amigos, Ionna y el abuelo. Una vez bien
afeitado y aseado he saltado al muelle.
Tanto tiempo en el agua, acostumbrado al balanceo del barco, me han hecho
sentir que la tierra firme se movía bajo mis pies, oscilando como lo hacía el
mar. Y no se me iba la sensación. He tardado un buen rato en acostumbrarme otra
vez a la inmovilidad del suelo. Después de renovar provisiones me he pasado por
el bar del puerto y he visto a Ionna. Se alegró mucho de verme y me dijo que
había pensado que estaba un poco enfadado con ella debido a nuestra pequeña
discusión el domingo pasado en su casa. Le he asegurado que, al contrario, a mí
también me alegraba mucho volver a
verla. Estaba bastante atareada y hemos quedado de vernos mañana. La traeré al
barco y le enseñaré mi guarida marina.
Después me fui a ver al abuelo, que estaba en su lugar
habitual, pescando la comida. Le encontré abstraído, mirando el sedal de su
caña sumergiéndose en el agua, o mirando el agua, o mirando dentro de sí mismo
más probablemente. Le saludé sacándole de su ensimismamiento y sonrió perezoso,
como el que llega desde un sitio lejano y placentero. Le dije que le veía
meditativo, que sentía haberle sacado de sus pensamientos. Me contestó que no
importaba, que tenía todo el tiempo para pensar cuando estaba solo. ¿Y en qué
piensa?, le pregunté. Me dijo que los
jóvenes –sonreí condescendiente- teníamos mucha vida por delante y estábamos
siempre pensando en lo que hacer más adelante, haciendo planes. Él ya había
hecho lo que tenía que hacer y no esperaba ya hacer nada nuevo, pero tenía toda
una vida hacia atrás, una vida real que había vivido día a día, a veces sin ser
plenamente consciente de su significado. Me dijo que por eso pensaba, para
volver a vivir el pasado y “atar cabos”; para darse cuenta de muchas cosas que
le habían pasado inadvertidas en su momento. No pensaba en el pasado con
nostalgia, ni para consolarse al calor de los recuerdos, sino para volver a
vivir su vida de una manera más completa, más lúcida. Me dijo que atando y
atando cabos había comprendido muchas cosas y descubierto muchos aspectos
ignorados de sus familiares, de sus amigos, de la gente de su pueblo. La vida cotidiana,
decía, no nos deja pensar con calma en lo que sucede, o no tenemos ganas de
pensar demasiado, o los sentimientos nos ofuscan. Pero después de que las cosas
han pasado hace mucho tiempo, se ve todo con más calma, y además se relacionan
unas cosas con otras, unos tiempos con otros, y se puede reconstruir la
historia con más conocimiento. Todo esto me explicó el abuelo con su manera
sencilla, tranquila y verídica de hablar.
Le dije, intentando tirarle de la lengua, que eso estaba bien, pero que lo pasado, pasado estaba y ya no se podía hacer nada para cambiarlo. Me respondió que lo pasado no estaba pasado, que seguía ahí, completamente presente, y que tampoco era cierto que ya no se podía cambiar. Que precisamente cuando se entendían de una manera nueva las cosas que habían sucedido, era como cambiar la realidad. La vida es como una novela que vamos leyendo, dijo, y a veces la leemos mal, la entendemos mal. Y cuando volvemos a leerla con calma descubrimos una historia distinta. Dijo que eso era cambiar la realidad, cambiar el significado de nuestra historia.
«Yo creo, le dije, que la vida de cada uno va desapareciendo de la realidad, y cada nuevo día es encontrarse realmente recién nacido ante la existencia, aunque con la experiencia adquirida en la vida pasada». « ¡Qué tontería… con perdón! », respondió excitado. Dijo que eso era una especie de ceguera, de falta de visión, algo como si un gusano de seda no se diera cuenta más que del hilo que enredaba cada día en el capullo y le pasara desapercibido éste; dijo que el capullo estaba hecho de momentos pasados pero al final estaba ahí, todo entero. Le dije que eso era verdad, pero que se habían perdido para siempre los instantes de laboriosidad, de entrega a la tarea de hilar el capullo; que la obra había perdurado pero la vida del gusano se había consumido de manera inexorable. «Ya, contestó, pero quien le dice a Ud. que en su adormecerse final, dentro del capullo, el gusano no recuerda uno por uno todos los hilos que trenzó y cómo han contribuido al resultado final; quizás no todos los hilos fueron importantes para hacer el capullo, pero sólo cuando lo ve acabado se da cuenta de la importancia de cada uno. Mire Ud., me dijo convencido, lo que de verdad existe es la vida pasada, y el presente de cada día es algo incierto, que puede ser algo o puede no ser nada. Cuando un día se pasa en blanco, sin hacer nada que valga la pena, es como si no hubiera existido. Todos los días que he salido a la mar y no he pescado nada, han desaparecido de mi vida, no existen. Sólo existe lo que se recuerda, lo demás ha sido tiempo muerto. Todo el tiempo que uno pasa dormido y sin soñar, habrá existido, pero no es vida, no cuenta».
El abuelo, sin proponérselo, y en su manera simple de hablar, se estaba metiendo en reflexiones filosóficas que me tentaban a continuar desarrollando. Le dije que entonces para él la vida no era algo que estaba fuera, sino dentro, como el gusano tejiendo dentro de su capullo de seda; que la vida era lo que pensaba de ella, lo que pensaba de lo que sucedía; que era, en fin, algo imaginado y que la realidad era un sueño que trascurría dentro de cada uno. «Sí y no», contestó seguro. El sí era porque a veces uno cree que ha hecho algo importante, pero con el tiempo descubre que no valía para nada. « ¿Cuál es entonces la realidad?, me preguntó malicioso como si fuera un acertijo ». «Pues la que descubre al final, contesté, que no valía para nada lo que hizo en su día». Me replicó enseguida, « ¿y si después de más tiempo vuelve a convencerse por determinados sucesos, que realmente si fue importante aquello? ¿O si otro juzga la importancia de lo que hizo de otra manera distinta? ». Concluyó que la realidad era una novela que uno escribía para sus adentros, y que por eso era algo imaginado. Pero por otra parte la realidad no era siempre un sueño, porque había cosas que no dependían de lo que imaginásemos, como tener un dolor de muelas, parir un hijo, tener un barco. En eso no se podía uno imaginar más que lo que era, aunque se podía uno equivocar en el valor o la importancia de las cosas, como creer que nuestro barco era una maravilla, o nuestro hijo muy listo cuando era torpe. Por eso había que revivir la vida, para conocerla de verdad. «Uno no acaba nunca de conocer su vida», sentenció.
He comido en el pueblo y después me he echado una buena siesta aquí en el barco. Sigo pensando en el abuelo y su vida, su preciada posesión que ya nadie podrá arrebatarle. Qué distinta preocupación a la que yo me traigo entre las manos sobre la esencia de la realidad. Quizás es porque carezco de una vida rica, de un pasado vivido con intensidad. Quizás los filósofos y los místicos han carecido también de una vida intensa y han polarizado su pasión en lo trascendente al no poder emplearla en lo mundano como el abuelo. Dice que uno no acaba nunca de conocer su vida. Sí, parece que a él la realidad de la vida se le muestra también escurridiza, lo mismo que a los físicos la realidad de la materia. Contemplando ahora el espléndido cielo, donde descansan hoy redondas nubes blancas perezosas, iluminadas por el sol, me pregunto si es nuestra reducida dimensión la que nos hace ver el cielo como algo trascendente, como la morada de los dioses; o si es nuestra educación religiosa en la infancia la que nos hace mirar allí buscando otra forma de existencia fuera de este mundo. Parece que el cielo se prolongara indefinidamente en el espacio y allá estuviera la mirada de Dios. Pero no, ese cielo luminoso es apenas una película de atmósfera más allá de la cual reina la oscuridad del Universo diseminado, disgregado en remotas estrellas. Es la nuestra, el Sol, la que alumbra nuestra existencia y nuestro mundo, e ilumina el cielo como si fuera el globo de cristal de una lámpara. El inmenso horizonte que nos parece plano e ilimitado, es sólo un pequeño arco del perfil circular del planeta. Nuestros ojos verdaderos deben ver esta perspectiva, deben entender esto y ser conscientes de esta realidad cuando los ojos biológicos miran al cielo o al horizonte. Es a partir de esta visión cuando quedan abiertas las puertas para cualquier entendimiento posterior. Si hay algo más allá de esta vida nuestra mundana, está aquí dentro del planeta, dentro de nosotros. Es en nuestro espíritu donde gravita la verdad, el Universo entero. Si Dios existe, se asoma sin duda dentro de nosotros más que entre las estrellas o tras las nubes luminosas.
Recogí a Ionna a media mañana en su casa. Estaba su amiga y
compañera de piso. Es una muchacha simpática y vital, algo gordita y más joven
que Ionna. La invité a venir con nosotros pero se excusó y me dijo que esperaba
a un amigo, sonrojándose débilmente. Intercambiaron las dos mujeres una sonrisa
cómplice e imaginé que la gordita, que se llama Nika, estaba feliz de que Ionna
se fuera y le dejara el piso libre.
Nosotros nos fuimos a dar un paseo por la playa como ya era
habitual y después la propuse comer en el barco, lo que ya había planeado el
sábado haciendo alguna compra especial. Ionna se mostró encantada y me dijo que
tenía muchas ganas de saber cómo me las arreglaba para vivir en el pequeño
espacio del barco; que había imaginado a menudo mi vida en él. Le costó un rato
adaptarse a la escasez de espacio y se tropezaba con todo y me cortaba los
movimientos queriendo ayudarme con la comida. Nuestros cuerpos estaban
necesariamente en contacto, más rato juntos que separados, lo que al principio
la sonrojaba ligeramente, hasta que se abandonó tranquilamente a esa
familiaridad. Finalmente nos sentamos y comimos frente a frente, contentos,
cómplices de nuestra intimidad. La vida en un barco pequeño rompe muchas
barreras, vuelve natural lo que en la vida cotidiana puede resultar incómodo o
inconveniente, y acerca sin duda a las personas en su realidad física y
biológica. Noté que Ionna estaba muy a gusto en esta materialidad compartida. Al
terminar la comida saqué de la neverita una botella de vodka que había comprado
en su honor y nos fuimos sirviendo
tragos mientras charlábamos felices. Sin darnos cuenta, o dándonos pero
disfrutándolo, el vodka se nos fue metiendo dentro haciéndonos parlotear, reír
tontamente, juguetear y finalmente acabar tumbados en la cama bastante ebrios.
Abrazados fraternalmente, compartiendo esa reconfortante sensación del contacto
de los cuerpos, nos quedamos dormidos como niños pequeños. Soñé que vivía con
Ionna. Era una escena típica de convivencia, en la que ella me recriminaba por
algo. No era nada concreto, algo banal que debía ocultar un desencuentro más
profundo. Ella se alejaba de mí enfadada y llorosa. Yo me irritaba porque me
sentía acorralado, porque sabía que lo que a ella podía devolverle la felicidad
era algo que me ataba demasiado a su sensibilidad, a su manera de sentir. Y yo
era yo, independiente, otra persona, otra manera de ser. Era imposible que
nuestra unión fuera tan intensa como ella deseaba, y a la manera que deseaba.
Me desperté con un molesto desasosiego. Ionna no estaba en la cama. La vi
fuera, sentada en la borda mirando el agua pensativa. Me senté a su lado y me
sonrió distante. Me preguntó si podíamos hacer un café. Sentados tranquilamente
en la mesita saboreamos el café demorándonos en hablar. Luego comentamos la
pequeña borrachera que habíamos cogido y la siesta agradable tan juntitos.
Entonces volvió a ponerse ligeramente seria y me dijo que echaba de menos la
vida en pareja, que se había acordado de Iván, su marido, y que se había puesto
triste recordando su vida junto a él.
Salimos a dar un paseo y después la acompañé a casa. Al
despedirnos me dijo que a mediados de Junio tendría vacaciones y que le
gustaría pasar unos días conmigo en el barco, si a mí no me molestaba. Después
iría a Ucrania para estar con su hija. Al principio pensé decirle enseguida que
no, que mis planes eran estar solo, leyendo y pensando, pero luego me contuve
sin prometerle nada concreto y me dije a mí mismo que no estaría mal hacer un
breve descanso en mi tarea. Podíamos hacer un pequeño crucero costeando y
atracando para dormir en los puertos que encontráramos de paso.
Ahora estoy otra vez en el mar, retomando mi actividad
habitual. Empiezo otro libro que aborda una nueva visión del fenómeno de la
vida, considerada en todos sus aspectos como un todo y no de manera
disgregada, contemplada según las
diversas disciplinas. Parece prometedor y es del mismo autor que el anterior y
posterior a él.
Sigo pensando en Ionna sin darme cuenta. Leo el libro
mecánicamente pero no asimilo lo que dice y el pensamiento se me va hacia la
tarde de ayer... No quiero caer en una relación más íntima con Ionna, pero su
cercanía física tan atractiva despierta mis sensaciones, mis deseos. También
sus sentimientos me afectan aunque hago lo posible por no implicarme
emocionalmente demasiado. Sé que si me abandonara a esta relación daría al
traste con mis propósitos. Y luego ya conozco sobradamente la evolución de la
historia. Planes de convivencia, aspiraciones engañosas, problemas, desencuentros, etc... la historia
habitual. Son bonitos y excitantes los comienzos de una relación, pero pronto
en las almas aparecen las ansias de ser más, de existir más plenamente y
comienzan a exigirse unas a otras. Yo sé que el camino de la plenitud es un
camino solitario y el otro es sólo un compañero en él, pero no la meta. Amar a
una persona es estar ante las puertas del cielo pero no poder nunca
franquearlas.
Por fin me he centrado en el libro y me ha atrapado. Lo que
plantea es fascinante y supone un entendimiento de la vida completamente nuevo
y distinto del habitual. Estábamos acostumbrados a ver los seres vivos como el
resultado de un proceso de evolución que arranca de las primeras células que en
tiempos remotos acertaron a crearse. Los organismos que fueron apareciendo se
encontraban con un ambiente determinado al que se adaptaban con mayor o menor
éxito por mecanismos evolutivos, basados en cambios genéticos al azar y
selección natural de los mejor adaptados. Así fue progresando la vida hacia
formas más complejas. Los seres vivos se veían como separados del ambiente y en
lucha de adaptación con él. Pues bien, el libro plantea una visión distinta en
la que los seres y el medio no se ven como separados, sino formando un todo
único interrelacionado que va generando formas vivas de creciente complejidad.
Se trata de una visión global de la existencia, integrada,
interdependiente, en la que seres animados e inanimados, y hasta la misma
conciencia y espiritualidad, forman parte del todo. Ya no se contempla al
hombre ante el mundo, separado de él como si fuera un ser autónomo, sino al
hombre-mundo, al hombre como aspecto, parte y cualidad del mundo.
Dice el libro que en el proceso de despliegue del Universo
desde la Gran Explosión, y de nuestro planeta por tanto, se formaron toda
suerte de formas estables durante periodos de tiempo más o menos largos. Unas
veces se trata de materia desordenada e
informe, como nubes de gas o polvo cósmico. Otras, de formas dotadas de un
extraordinario ordenamiento, como los cristales minerales formados en el
subsuelo de los planetas, con formas geométricas perfectas. Ambos tipos de
formas son estáticas respecto a sí mismas: permanecen invariables. Hay otras
formas o sistemas que mantienen también su forma pero que están dotados de
dinamismo, como una galaxia o una estrella, cuyo ser permanece prácticamente
invariable durante cierto tiempo, aunque en continuo movimiento. Finalmente hay
formas que no están cerradas en sí mismas como las anteriores, separadas del
entorno, sino que se originan en él y existen gracias a un constante
intercambio de materia y energía, a un continuo flujo del medio a través de su
forma. Les llama sistemas abiertos. Un ejemplo inanimado es un remolino en un
río, que conserva su forma gracias al caudal que no cesa; o el embudo líquido
que se forma en el desagüe de un lavabo, cuya forma se mantiene mientras siga
entrando y saliendo el agua. Y un caso más complejo de este tipo de formas
dinámicas abiertas son los seres vivos. En ambos casos, la materia que
constituye estas formas no es propia de ellas, de su ser, como en las otras
formas que acaparaban para sí mismas una parte de la materia cósmica. Aquí se
trata de un incesante flujo de materia externa que adopta la forma y estructura
propia de estas formas. Las mismas se están recreando continuamente a expensas
de la materia y energía del medio que circula a través de ellas. Así que lo
propio de ellas parece ser sólo su forma, su estructura.
Me parece tremendamente sugerente esa comparación de los
seres vivos con remolinos de materia, aunque en este caso se trate de remolinos
complejísimos. Es una potente metáfora por lo menos, aunque nadie pretenda
imaginar que podrían formarse estos remolinos vivos de manera directa, como se
forma el remolino de un río. Sin embargo, el libro señala cómo las células de
nuestro cuerpo, por ejemplo, se renuevan frecuentemente, con diferentes ritmos,
o aumentan en número de manera considerable en periodos de crecimiento del organismo,
lo cual exige la producción de sus materiales dentro de ellas mismas a expensas
del alimento tomado del exterior. Por otro lado mueren otras inservibles y son
evacuadas. Nos recreamos constantemente y funcionamos a expensas del flujo de
materia que nos rodea. Veo sin embargo una diferencia esencial en estos
remolinos vivos y los inanimados, como el del río. En estos últimos, la forma
se produce debido al dinamismo del medio. Son formas pasivas, por decirlo así.
Pero en los seres vivos, son ellos mismos los que provocan el flujo de materia
a su través para seguir vivos, para existir. Son remolinos autoproducidos. Todo
esto nos llevaría a considerar el origen de los seres vivos: la célula más
simple y ver cómo se produjo en ella ese fenómeno de organización de la materia
circundante en una forma compleja que se mantenía de manera permanente. Y
después cómo se fueron creando de manera espontánea los diversos organismos de
creciente complejidad. Quizás más adelante reflexione sobre esto.
Sigue hablando el libro del concepto de orden y cómo una
forma o estructura definida implica un ordenamiento de las partes. Dice que la
marcha global de los sistemas cerrados dinámicos es hacia el desorden, hacia la
extinción de su dinamismo. Así la estrella acabará disipando su energía y
morirá algún día. El que aparezca orden dentro de un sistema constituido, sólo
es posible si éste es abierto, y gracias al aporte de energía y materia del
exterior. Cita algunos experimentos sorprendentes donde el orden aparece de
manera espontánea ante determinadas condiciones y valores del entorno. Uno son
los relojes químicos. Una determinada reacción, en condiciones determinadas,
varía de manera oscilante la concentración de alguna de las sustancias que
participan en ella y la solución cambia rítmicamente de color, a intervalos
precisos. Es un auténtico reloj, propiedad que surge espontáneamente sólo
cuando las condiciones adquieren unos valores concretos. Otro ejemplo son los
bancos de peces o las bandadas de aves migratorias. Una bandada se forma cuando
las aves de un determinado territorio, que hacen su vida de manera más o menos
individual, reconocen las señales climáticas de que es el momento de emigrar.
Entonces se van agrupando progresivamente y siguen unas breves reglas de conducta
de emigración: no volar demasiado cerca ni lejos de las más próximas; volar en
la misma dirección y velocidad que sus vecinas; volar hacia dentro del grupo
local cuando están cansadas y se van a quedar rezagadas. Aunque ésta es una
conducta meramente local, que no pretende seguir una estrategia de vuelo grupal
pues cada ave no tiene la perspectiva de la totalidad de la bandada, el hecho
es que con estas sencillas reglas el grupo adopta una formación compacta que se
mantiene estable con ligeras fluctuaciones, que sabe sortear en conjunto los
obstáculos que se interponen y se reagrupa de nuevo, que permite el relevo de
las aves situadas en la periferia que es la zona de mayor esfuerzo en el vuelo
y de mayor riesgo de ser atacada por depredadores. Así la bandada vuela en
conjunto con menos esfuerzo y mayor protección que si las aves volaran en
solitario o de manera disgregada. Podría decirse que las bandadas o bancos de
peces son nuevos seres, ya que se mueven como un todo y ha surgido en ellos,
por el simple hecho de adoptar unas determinadas pautas de conducta local, una
inteligencia o capacidad global que no está en ninguno de los individuos.
Lo anterior me sugiere que el orden es algo que surge
fortuitamente, por encima de las expectativas de los individuos que se agrupan,
que no llegan a captar al nuevo ser que ha emergido sino sólo ciertas ventajas
individuales de su asociación. Y realmente se trata de un salto demasiado
grande para que puedan percibirlo los individuos. Los seres pluricelulares
escapan totalmente al conocimiento o percepción de las células que los
integran. Así que parece que el orden surge muchas veces de manera gratuita,
sin ningún esfuerzo o cambio entre los individuos, sino sólo ante una
determinada forma de sus relaciones o actitud. Me parece todo esto como un puzle,
donde el conjunto de piezas pueden combinarse de mil maneras que no significan
nada pero si se asocian de una determinada manera el conjunto construye un
paisaje. El crecimiento de la complejidad me parece ciego, ajeno a las formas
anteriores, carente de propósito o intención. Y desde esa perspectiva me surge
la pregunta de si existirá un ser autoconstruido sobre los hombres y del que
son ignorantes. No, no todavía, creo. Existirá cuando coincidan las reglas de
actuación de los individuos dentro de su grupo local y de todos los grupos
locales del nuevo ser, cuando las fronteras entre esos grupos no sean más que teóricas,
deslizantes, de proximidad. El problema será que se acierte con esas simples
pautas de conducta comunes para todos. Entonces se producirá la cohesión de
todo el grupo y comenzará a funcionar como un nuevo ser. Ya ha habido profetas
que han intentado dictar esas normas sencillas, como Jesús, que las redujo a
dos: amar a Dios por encima de todo y amar al prójimo (a los próximos) como a
uno mismo. Aquí Jesús introduce una regla que implica la perspectiva total y
otra sólo la local. Quizás falla la de perspectiva total, porque supone que ya
existe de una manera concreta lo que todavía
no se ha conseguido y se busca: el ser nuevo que nos incluya. Esto
demostraría que no sirven las acciones voluntariosas ni iluminadas para
construir lo complejo, sino limitarse al comportamiento local y dejar que la
complejidad se decante por si sola cuando se den las condiciones adecuadas.
Políticamente esto sugiere el fracaso de las dictaduras de izquierda o derecha,
y la conveniencia del liberalismo y la aceptación de la variedad de conductas
hasta que se produzca la emergencia del nuevo ser global. Quizás haya que
aceptar un cierto caos que dinamice los ensayos de nuevas actitudes, que
desestabilice un poco las organizaciones construidas y no definitivas, que
desensamble temporalmente el grupo para poder reensamblarlo de otras maneras.
Continúa hablando el libro de autoorganización. Los
sistemas se autoorganizan, la vida se autoorganiza cuando se dan las
condiciones apropiadas. Confluyen en este concepto de autoorganización el
planteamiento inicial del libro, en que se hablaba de una visión integral de
los seres vivos y su entorno como un todo único, y el concepto de emergencia
espontánea del orden, planteado anteriormente. Surgen estados de orden estable
o acoplamiento entre un sistema y su medio, y lo hacen de manera espontánea
como si fueran atraídos hacia ese equilibrio por la fuerza de su posibilidad.
Pero eso es una simplificación, dice el libro y sigue aún más lejos en esa
visión global del mundo, pues afirma que todo está interconectado de muchas
maneras, formando una red de influencias que actúa sobre todos los seres y todos
los fenómenos. Plantea una visión ecológica, en que el todo es una especie de
ecosistema global que abarca el planeta entero y su evolución a lo largo de los
tiempos. Factores geológicos, climáticos y biológicos se entrelazan
influyéndose mutuamente y configurando el cambio global. Y en ese panorama
global cambiante, en un momento determinado, aparecen las condiciones adecuadas
para que surja espontáneamente un orden determinado en equilibrio que perdura
durante cierto tiempo. Ha emergido una nueva configuración del sistema global,
que incluye por ejemplo una climatología templada, una flora y una fauna
apropiadas y en equilibrio. El que dentro de esa fauna aparezca una especie
nueva, no es una cosa arbitraria ni caprichosa, sino que lo hará en equilibrio
con toda la cadena de seres contemporáneos. Ese equilibrio alcanzado puede
resistir fluctuaciones pequeñas de algún elemento, el clima por ejemplo, a las
que acabarán adaptándose los seres vivos. Pero si las fluctuaciones son más
grandes, acabarán desestabilizándose el equilibrio y tras un periodo de crisis
surgirán nuevas especies en equilibrio con el nuevo clima estabilizado.
Tendríamos un nuevo estado de equilibrio global.
Todo esto me parece tremendamente complejo debido al
inmenso número de interrelaciones entre los seres, y a la vez tremendamente
coherente y simple pues es una sola cosa lo que cambia, el todo, arrastrando a
cada de sus partes de manera coherente. Dice el libro que somos nosotros, con
nuestra mente analítica, los que hemos descompuesto el mundo en partes, en
seres individuales y tendemos a verlos como independientes, luchando entre sí
para sobrevivir. Pero que todo es una compleja red interconectada que cambia y
se mueve en conjunto, si bien en esa compleja red sobresalen nodos con perfiles
definidos que son los que nosotros identificamos como seres individuales.
Sigue el libro contemplando esta manera habitual de conocer
que tenemos y señala que lo que percibimos son las interrelaciones que tenemos
como nodos de lo real con los otros nodos. Pero esas interconexiones son sólo
parte de la realidad, son nuestras propias interconexiones, es decir, somos
nosotros mismos, no la realidad completa. Lo que percibimos no es la naturaleza
auténtica, sino los aspectos de ella con los que tenemos conexión. La realidad
percibida depende del observador, concluye, y en esto volvemos a los principios de la mecánica cuántica que ya
aparecieron hace días en estas reflexiones: lo que se muestra ante nosotros
depende del método de observación, del experimento que llevamos a cabo para
detectarlo, para medirlo. Una partícula subatómica puede aparecer como
partícula o como onda de energía, dependiendo del método empleado para
registrarla. Así, que lo que un observador llama realidad es la realidad
observada por él, no la realidad en sí misma. La realidad y el observador no se
pueden separar sino que juntos forman parte de la realidad total, parte de esa
red interconectada del todo.
El mar se ha puesto intratable y el barco se bambolea de
una manera que me impide hacer cualquier cosa. El parte meteorológico ya
anunciaba marejada y he debido regresar a puerto. No sé por qué me he confiado
tanto. Vuelvo a puerto y quizás tenga que quedarme allí algunos días. No
obstante haré la misma vida que si estuviera en el mar hasta que acabe la
semana, sin salir del barco. Seguiré meditando sobre estos apasionantes temas
que trata el libro.
He resistido la tentación de acercarme al bar del club a
ver a Ionna y en compensación, después de comer, le he metido un buen meneo a
lo que quedaba de la botella de vodka. Me pregunto si mi relación con Ionna
forma parte de esa red de interconexiones que constituye la realidad, y si lo
que yo percibo de esa relación son mis interconexiones, algunas de las cuales
funcionan sólo en un sentido. Ionna tendrá otras personales conmigo que yo no
percibo. Interconexiones unidireccionales que unen al ser específico de cada
uno con lo que perciben del otro. Los seres no se perciben verdaderamente, y
quizás una relación es una interconexión imaginada, un acoplamiento con lo que
cada uno ve o imagina del otro. La realidad que percibimos del otro depende de
nuestra propia realidad. Es una realidad virtual. No sé si será por los efectos
del vodka, pero todo me empieza a parecer tremendamente complejo e inasible. La
realidad se me escapa de las manos, lo mismo que la materia en la física cuántica.
¿Cómo orientarse en este caos, en este mundo de
apariencias, en esta realidad que es sólo nuestra particular visión de la
realidad? Y sin embargo la realidad existe ahí fuera, aunque yo y mi
conocimiento estén encerrados dentro de mí.
De todas maneras, creo que las tesis del libro, aunque son
enormemente interesantes y fructíferas, plantean una visión exagerada de la
realidad. Parece cierto todo lo que se dice, pero quizás no es tan acusado, tan
definido. Cierto que formamos parte de esa red global de interconexiones, pero
no hay que pensar que ello nos condiciona completamente ni que dichas
interconexiones actúan con fuerza más que a nivel local.. Pienso que somos bastante
libres y autónomos, aunque sea para
equivocarnos con mucha frecuencia. Tal vez simplemente nos creamos libres, nos
veamos libres desde nuestro observatorio personal. Pero no, yo soy
completamente libre y para demostrarlo podría hacer una cosa totalmente
absurda, desconectada de cualquier tipo de interés o condicionamiento,
simplemente para demostrar que soy absolutamente libre. Por ejemplo, tirarme en
este momento al agua vestido. Eso no lo podría hacer ningún animal superior,
ningún chimpancé, porque él no se plantea el asunto de su libertad. Se me
multiplican los temas de reflexión. Tendría que abordar el problema del
conocimiento más en profundidad, y por supuesto el de la libertad.
Mañana es domingo y me concedo libertad. Efectivamente soy
bastante libre y sólo depende de mí el hacer una cosa u otra. Aunque, siguiendo
con el hilo de ayer, ¿no serán las conexiones establecidas con Ionna y el
abuelo las que me atraen a tomarme ese día de libertad en mi tarea? No,
realmente lo tengo planificado así desde el principio, antes de conocerlos: un día
de libertad a la semana. Claro que esa planificación era conveniente para una
mayor eficacia en mis reflexiones, lo que sigue siendo una consecuencia de mi
deseo de meditar sobre la existencia, es decir, es una conexión lógica interna
de mi vida. Y el deseo de meditar está motivado por mi desorientación vital,
por mi necesidad de encontrar respuestas, de conocer la realidad de manera más
completa. Así que en esa red de interconexiones que me une a la realidad creo
que había surgido una crisis, una desconexión, y ahora estoy tratando de
recomponer mi integración en el todo. Bueno, parece que me estoy acostumbrando
a pensar en términos de red, de interconexiones de la realidad, tanto externas
como internas. Nuestra mente debe consistir también en una red interior, una
red que interconecta los sucesos y las realidades percibidas. Algo he visto en
el libro sobre esto. Voy a buscarlo.
Es de noche. He cenado tranquilamente. No hay nadie por
aquí cerca y disfruto de mi soledad casi como en alta mar, con la ventaja de la
maravillosa quietud de las aguas del puerto. Tengo que plantearme lo de salir
tanto al mar, quizás no merezca la pena. Es más que nada una sensación, una
confianza de que mi soledad no será interrumpida, de sentirme desconectado y a
salvo de las trivialidades de la vida habitual; de sentirme exclusivamente ante
mí y la existencia desnuda y esencial del mar y el cielo. He pasado la tarde
leyendo y meditando sobre el asunto del conocimiento. El libro plantea una
tesis asombrosa, una teoría que me deja más desvalido si cabe ante la realidad.
Dice que todos los seres vivos, a todos los niveles de complejidad, desde el
unicelular al hombre, tienen conocimiento. Dice que el conocimiento es un
proceso interior inseparable del proceso de vivir. Afirma que el conocimiento
es, de manera general, la percepción del entorno, y sirve para orientarnos en
él, para acoplarnos a él, sin que eso deba entenderse como un acto a posteriori
de una existencia separada del ser y su entorno, sino como el acoplamiento que
existe de facto entre ser y entorno. Sale pues otra vez a relucir las
interconexiones de ser y entorno como una cosa única, con la peculiaridad de
que los seres vivos, especialmente los animales, son móviles y esa
interconexión no es material, sino a través de la sensibilidad. Cada ser tiene
una estructura diferente y su percepción del entrono es distinta por tanto. El
mundo que percibe un ave o un lagarto es distinto del que percibe un hombre,
porque para el desarrollo de su vida son necesarias distintas percepciones del
exterior. Eso es el acoplamiento con el entorno. Por tanto, el conocimiento del
mundo está indisolublemente ligado a cada ser, es decir, es un reflejo de la
propia vida o de la propia estructura. Esto es coherente con la teoría de las
interconexiones. No podemos interconectar con el exterior más que nuestra
propia estructura, por lo que el conocimiento del exterior está polarizado o
limitado por nuestro ser. Intento imaginar cómo será el mundo que percibe un murciélago
o una ballena, o en el caso límite un unicelular que se mueve siguiendo rastros
químicos. Sería ilustrativo para bajarnos del pedestal en que nos hemos alzado
como seres inteligentes que perciben la realidad con total objetividad. Sigue
diciendo el libro que en los animales superiores, y sobre todo en el hombre,
aparece un tipo de conocimiento cuyo objeto es el sí mismo, el interior de su
ser. A este autoconocimiento es a lo que llamamos conciencia. La conciencia no
es exclusiva del hombre, aunque en los animales está limitada por la ausencia
de un lenguaje evolucionado, que es lo que permite un salto de nivel
extraordinario. Por medio del lenguaje encerramos en conceptos o palabras las
percepciones sensibles del exterior y el interior, y eso facilita enormemente la evocación de los
contenidos. Para desenvolverse en el medio, encerramos en palabras partes de la
realidad con las que necesitamos interactuar, facilitando la coordinación entre
los humanos en las tareas comunes. Pero eso nos ha llevado, a lo largo de la
historia humana, a fragmentar el entorno, a percibirlo desconexionado de manera
irreal. No lo hacía así el hombre primitivo, pero el desarrollo extraordinario
del pensamiento racional ha roto las
interconexiones reales de lo existente. Al encerrar también en palabras partes
de nosotros mismos para intercomunicarnos mejor, hemos llegado a desconectarnos
nosotros también del medio, e incluso a desconectarnos interiormente de nuestra
unidad existencial. Así estamos a veces en lucha interior entre deseos y
conveniencias, entre moral y necesidad. El hombre ha acabado por construir una imagen mental de sí mismo en base a conceptos, y a esa
imagen le llama yo.
Tanto la realidad exterior como la interior percibida por
el hombre es principalmente conceptual, cultural. Y esa manera de conocer
irreal está superpuesta a las limitaciones de su conocimiento parcial como ser
concreto que percibe el mundo según su propia estructura. Así, no solo sus
interconexiones con la realidad son limitadas sino que mentalmente ignora la
red que le une con toda la existencia y se percibe separado de ella, autónomo,
independiente. Y ve ante él un mundo de cosas, de seres ante los cuales
ejercita su voluntad de uso y aprovechamiento, ignorando la interrelación de
todo con todo.
Pero aparte de esto, que es de sobra patente, el libro
incide otra vez en la falsedad de pretender una visión objetiva de la realidad,
ya que lo que percibimos en el mejor de los casos es el patrón de nuestro
acoplamiento con ella En mi opinión, aunque esto es así, nuestro acoplamiento
con la realidad es muy grande, por lo que percibimos de ella una cantidad
inmensa de aspectos, como muestra la ciencia y la técnica desarrollada hasta
hoy. Sin embargo me surge la duda de si esa dimensión en la que nos movemos y
hemos llegado a conocer con tanto detalle es la única. Creo que no, que existen
otras dimensiones o parcelas de la realidad que nos pasan desapercibidas.
Dice el libro que cada ser construye interiormente un mundo
a medida de su estructura y este mundo ficticio o interior es “el mundo” para
él. El hombre, pues, no ve el mundo, sino que va construyendo un mundo y es el
que ve después.
Domingo y malas sensaciones. Fui a ver al abuelo de mañana
y no estaba pescando. Pregunté a otro hombre que suele estar por allí de vez en
cuando y me dijo que estaba enfermo, que hacía algunos días que no iba por
allí. Vi a Ionna en el bar pero estaban invitadas ella y Nika, su compañera de
piso, a una comida que hacían unos amigos. Me invitó a ir pero no me he
animado; imagino que estaría de más en la fiesta.
Así que me he pasado la mañana paseando por el pueblo. Por
la tarde he escrito un cuento. Es mi manera de divertirme en soledad, dando
suelta a mi fantasía.
“No veía casi nada, el agua estaba muy turbia o eran mis
ojos los que en contacto con aquel medio acuático habían perdido la visión
nítida. No recordaba lo que hacía allí, sumergido en aquel mar o lago
desconocido, aunque tenía la extraña sensación de llevar en él muchísimo
tiempo. Proliferaban cosas extrañas que
intentaba identificar, pero no lo
conseguía debido a mi visión defectuosa. Imaginaba que aquellas masas
filamentosas, ondulantes, eran algas, y también percibía de cuando en cuando
diferentes seres de variado tamaño que cruzaban ante mí. Realmente no llegaba a
distinguir sus formas, y sólo podría decir que eran manchas oscuras que
contrastaban con la luminosidad del agua. Sombras y luces, eso era lo único que
veía con certeza, aunque en el fondo toda aquella visión no me interesaba mucho.
Lo que sí me resultaba sumamente excitante eran los sabores que tenía el agua,
alguno de los cuales despertaban mi apetito. También lograba percibir
corrientes cálidas, que eran muy agradables y hacia las que nadaba con placer.
Curiosamente, y a pesar de lo raro e incomprensible de la situación en que me
encontraba, me sentía muy a gusto, y aunque llevaba ya un buen rato sumergido
no experimentaba la angustiosa sensación de falta de aire, como si estuviese
respirando a través de la piel el oxigeno disuelto en el agua, o como si no
necesitara respirar.
Me movía con agilidad, de manera incesante, empujado por no
sé qué impulso exploratorio, pero mis movimientos eran en realidad muy simples
ya que al no ver nada con nitidez era igual ir para un sitio o para otro, y
todo aquel mundo acuático me parecía infinito, sin límites, y no teniendo
referencia alguna me desplazaba siempre en línea recta. Miento, porque de vez
en cuando chocaba con algo y entonces me paraba confuso, daba marcha atrás, y
girando un poco emprendía de nuevo la marcha en línea recta. La verdad es que
me comportaba de una manera tan simple como esos juguetes de los niños. Mi
única orientación efectiva era seguir los rastros de los sabores en el agua.
Eso era lo interesante, lo único interesante.
Después de largo rato deambulando por las aguas, descubrí
un rastro muy intenso, tanto, que empecé a experimentar un hambre casi animal y
mi boca comenzó a abrirse de extraña manera, profundizándose, como si le
estuviera naciendo una garganta que antes no había notado. Sabía el agua a
comida y ya no tenía ninguna duda: algo comestible andaba por allí cerca. Una
especie de vacío tremendo, que confundí con el hambre, se hizo en el fondo de
mi garganta, como si se me abriera un estómago en el cuerpo. Y entonces aspiré
violentamente y tragué, a la vez que agua, un pedazo de comida. No sabría decir
lo que era, salvo que su sabor era delicioso, agudamente delicioso. Mi estómago
comenzó entonces a bajar a lo largo del cuerpo y se entretuvo en una agradable digestión. Al rato, volvió a
moverse, cada vez más hacia el exterior, hacia un costado, y finalmente sentí
como se abría mi piel y se evacuaba una especie de excremento, el residuo de la
comida ya digerida y asimilada. Enseguida noté que el estómago empezaba a disminuir
de tamaño y acababa por desaparecer. Todo esto me llenaba de perplejidad, pero
a la vez transcurría de manera natural y placentera, por lo que no saliendo de
mi asombro sólo me cupo seguir esperando los acontecimientos tan
extraordinarios que estaban sucediendo en mi organismo.
Instalado en una corriente cálida, me adormecí un rato,
satisfecho de la reciente comida. Pero empecé a sentirme raro; algo estaba
pasando en mi interior que me llenaba de confusión: era como si me estuviese
disolviendo por dentro, como si me fuera desestructurando. Estaba muriendo sin
duda, dulcemente, pero muriendo. Entré en un sopor letárgico, mientras notaba
que se iba formando un surco en la mitad de mi cuerpo. Poco a poco, el surco se
iba profundizando, igual que si me apretaran un cinturón, y amenazaba con
partirme en dos, aunque curiosamente no experimentaba ningún dolor. Al fin me
partí del todo. Vi alejarse borrosamente mi otra mitad y enseguida comencé a
sentir que volvía a reestructurarme, a ser otra vez yo mismo, pero muy
vitalizado, rejuvenecido, igual que si me hubiesen quitado un montón de años de
encima. Fue en ese momento cuando intuí que mi otra mitad estaba viva y entera
como yo, más aún, que era yo mismo, o un hermano mío gemelo, y sus sensaciones
me llegaban con claridad sin saber cómo. Supe también que estaba feliz y vital,
y al poco rato adiviné que se acababa de comer una presa. Lo sentí casi como si
fuese yo el que la hubiera comido ¡Había tenido un hermano idéntico, un
verdadero clon! Y lo que me llenaba de asombro era pensar que compartía conmigo
todo su pasado, que tenia exactamente el mismo pasado que yo, aunque a partir
de ahora su experiencia vital sería distinta, su futuro sería otro. Y sabía
también que él estaría pensando en este momento en mí, sintiéndome como yo le
sentía. ¿Quién era mi verdadero yo? ¿Yo o él? Sin duda los dos en aquel preciso
instante después de la separación, pero en adelante nos iríamos alejando cada
vez más y más, haciéndonos distintos.
Continué nadando, haciendo resignado mi propia vida, y a
poco entré en una zona repleta de comida. Estaba embriagado por los sabores del
agua y me movía como loco tras los rastros de las presas, que ahora eran
variadas y todas igualmente deliciosas. Me comí
algo como un cogollo de lechuga, muy fresco y sabroso, y después acertó
a pasar ante mis ojos cegatos una especie de langostino grande - quién sabe lo
que era-, pero que desprendía un exquisito sabor a marisco. Lo devoré de un
bocado. Otras presas fueron cayendo hasta que, repleto, me adormecí un rato
haciendo la digestión. Me espabilé al poco tiempo sobresaltado… ¡otra vez… oh
Dios, otra vez el estado confuso! ¡Habían transcurrido apenas algunas horas y
ya estaba otra vez teniendo un hermano gemelo! Pronto le vi separarse de mí
para comenzar una vida distinta, mientras yo volvía a sentirme renovado, vital
y joven como la vez anterior. ¿Sería siempre así mi vida, un continuo engendrar
gemelos mientras yo seguía siendo el mismo, eternamente joven? Aunque, por otra
parte, mi vida resultaba muy monótona, siempre igual: comer, descansar en aguas
tibias, reproducirme. Y así día tras día, tan idénticos que mi memoria se
repetiría. O quizás la sabia naturaleza me había dotado de memoria de un solo
día para evitarme la desesperación del aburrimiento. Sí, eso debía de ser.
Ahora entendía que no conservara recuerdos anteriores… ¡hubieran sido siempre
los mismos! Mi vida, pues, era un presente siempre igual. ¿Era eso la
inmortalidad?
Fue oscureciendo; sin duda anochecía fuera del agua, aunque
sólo lo podía imaginar pues para mí no existía más que agua por todas partes,
difusa y borrosa claridad en el agua, que ahora comenzaba a decaer. Un profundo
y progresivo amodorramiento se iba apoderando de mí…
Me despertaron unos gritos estridentes:
-¡Por Dios, Ramón, otra vez te has quedado toda la noche
dormido sobre la mesa! ¡Estas investigaciones tuyas te van a matar! ¡Si es que
estás como una cabra, cada día peor!
Confuso todavía, levanté la cabeza: allí estaba Concha, mi
hermana mayor, irritada como siempre que me sorprendía en el pequeño
laboratorio de casa después de una noche de trabajo.
-Bueno mujer -le respondí nervioso-
ya sabes cómo soy. No tengo solución.
Me apresuré a recoger los cultivos de protozoos diseminados
por toda la mesa y los guardé en la cámara isotérmica. Retiré la preparación de
Paramecios vivos que tenía colocada en el microscopio, y guardé también los
cuadernos de notas y formularios de experimentación.
-Venga, hermana, prepara el
desayuno, te prometo que trabajaré menos por las noches. ¡Si estos experimentos
no fueran tan excitantes…!
Una vez que Concha hubo salido de la habitación me
desconecté apresuradamente el cable del microordenador de simulación. ¡Coño, me
había pillado conectado! Y eso después de montar, como siempre, toda la parafernalia
del microscopio y los cultivos para despistarla. Afortunadamente ella no
entendía nada y debió imaginarse que estaba oyendo música mientras trabajaba.
Guardé el programa de simulación bio-cerebral de
Paramecios, junto con el simulador, en la caja fuerte. Menos mal que el
gabinete médico del Instituto me había hecho una implantación craneal del
módulo transductor realmente buena, y el conector apenas si se notaba tras la
oreja. Pero en adelante tenía que ser más cuidadoso en las pruebas de los programas.
Podía tener algún disgusto serio. En realidad no conocía completamente todos
los parámetros del programa Paramecio, y al haberme dormido con él conectado,
podía haber sufrido una inducción biológica peligrosa. ¡Podría haber resultado
devorado por un depredador, si es que alguno de estos locos de mi equipo se le
había ocurrido programarlo a última hora!
Bueno, la experiencia había sido excelente. Estábamos
consiguiendo unos desarrollos en verdad asombrosos. Me emocioné pensando que en
pocos días comenzábamos a trabajar en el programa León. ¡Ya tenía yo ganas de
lanzar un buen rugido!”
Así ha quedado el cuento después de divertirme un montón
rescribiéndolo y aumentándolo. Lo del rugido del león me lo está pidiendo el
cuerpo y seguro que en algún momento escribo la continuación del cuento
relatando las aventuras de Ramón metido en el pellejo de la fiera. No sé si
algún día podrán realizarse estos experimentos de observación dentro de otros
seres vivos, ni si tendrá sentido ese híbrido de conciencia humana y cuerpo
animal. Lo que sí parece claro es que el mundo de cada ser vivo es
completamente diferente y no tiene demasiado que ver con la totalidad de la
realidad exterior. Con razón dice el libro que cada ser construye dentro de sí
mismo un mundo en base a sus percepciones y necesidades, y llega incluso más
lejos al afirmar que el acoplamiento entre el ser y el mundo es algo meramente
interno, entre las propias percepciones del exterior y su organización vital,
de manera que la realidad exterior es un agente lejano, ignorado. Es decir, es
un acoplamiento entre el ser y su mundo interior. Pienso que quizás por eso se
extravían algunos animales como los delfines y ballenas y mueren en masa
varándose en las playas, lo que habla más de un desajuste interior que de un
acoplamiento real entre interior y exterior.
No sé que le habrá
pasado al abuelo, me preocupa porque es muy mayor. En cuanto a Ionna, veo que
no está tan sola como creía. Confieso que me ha contrariado un poco el que
pueda estar divirtiéndose con algún amigo. Mañana sigue prevista mala mar, así
que seguiré en puerto. Aprovecharé para saber algo del abuelo.
Después de desayunar en el Náutico y charlar un poco con
Ionna, me fui al espigón. Allí estaba el abuelo, en su sitio de costumbre, con
su caña y su mirada en el mar, ausente, meditabundo. Me saludó con la mirada
perdida. Le dije que estaba algo preocupado porque no le había visto
últimamente y me habían contado que andaba enfermo. Sonrió con pesadumbre, casi
con aburrimiento. Me contó que le habían hecho algunas pruebas y que la cosa
parecía fea, o al menos eso decían los médicos. «Para mí que la única
enfermedad que tengo es la pila de años que llevo encima, pero en fin, ellos
tienen que ponerle nombre a las cosas, que para eso han estudiado muchos años»,
dijo escéptico. Le pregunté qué le pasaba, qué le dolía, y me dijo que había
perdido el conocimiento varias veces, que andaba un poco desorientado. «Como le
digo, los años, que no perdonan ni a los barcos ni a las personas». «Pues
tendrá que cuidarse, le dije, y no salir tanto de casa o buscar a una persona
que le haga compañía y le ayude». «Eso no va conmigo. Además no tengo a nadie
salvo mi nuera, y tendría que irme a vivir con ellos y amargarles la vida.
Además no me gusta que tengan que ocuparse tanto de mí, que yo sea sólo una
carga. Mire, no es solución, tendré que tirar para adelante como pueda y hasta
que pueda..., dijo sombrío».
Por más que he insistido no me ha querido decir el
diagnóstico médico que le han hecho. «Palabrejas para esconder que no te saben
curar» dijo irónico y se desentendió del tema. Intenté animarle diciéndole que
pronto vendría su hijo y sus nietos a verle y que ya hablarían con calma del
asunto, que no se preocupara. «Poco habrá que hablar, esto me lo tengo que hablar
yo a solas antes de que vengan», contestó lacónico mirando hacia alta mar.
Después de un largo silencio, que yo no me atrevía a interrumpir, me dijo con
una extraña luz en los ojos, mezcla de tristeza y excitación: «Sabe, no hay
cosa más triste que ver un barco arruinarse con los años, abandonado, sin nadie
que lo cuide y lo saque a navegar. Yo no permitiré que mi barco acabe así.
Algún día lo sacaré al mar por última vez y dejaré que descanse en el fondo
para siempre».
Me ha dejado seriamente preocupado. Tendré que ir a verle
con más frecuencia y pensar cómo puedo ayudarle. Por la tarde he quedado para
dar un paseo con Ionna cuando termine el trabajo.
No hay duda de que Ionna es una buena chica. Le he contado
lo del abuelo y se ha interesado mucho. Me ha pedido que la lleve un día cuando
vaya a verle, que quiere conocerle personalmente y ayudarle. Yo vuelvo a mi
tarea. Me he acostumbrado tanto a pasar la noche en vela y trabajando, y a
dormir a ratos durante el día, que aún estando en puerto sigo con la misma
rutina. Me ha resultado interesantísimo este último libro. Plantea una nueva
visión de la vida que te hace plantearte todo desde otra perspectiva, menos
individualista, más integrada con todo lo que nos rodea. Es evidente que
estamos inmersos en una trama de sutiles interconexiones con lo que nos rodea,
una trama hecha de percepciones, sentimientos, miradas, cultura que alimenta
nuestro espíritu y nos hace ver el mundo de una manera concreta. Y aunque nos
aislemos, como yo esta temporada, siguen actuando esas interconexiones a través
del recuerdo, a través de la lectura, a través de ese mundo interior construido
y aprendido en el que se ancla nuestra manera de ser. No somos tan originales
como nos creemos, y hasta llego a pensar que somos una gota de biología entre
millones de ellas que heredan un mundo interior cultural y se lo apropia cada
una como suyo. Y esa estructura nuestra es un patrón común a todos los hombres y por tanto somos como
gotas de agua que reflejan el sol de manera semejante. Se me ocurre que en este
momento habrá muchos miles de personas meditando como yo sobre la existencia,
intentando cada uno captar ese rayo de luz que la ilumine. Si pudiéramos
unirnos en el empeño... Bueno, para eso está la red que nos interconecta a
todos, los libros, los mensajes que se intercambian, este cuaderno de bitácora
que quizás alguien lea algún día... ¿Llegará a autoorganizarse en el futuro un
ser común que una todas estas gotas de biología y funcione como una conciencia
compartida en tiempo real, como un ser único? Hoy estamos demasiado separados
unos de otros. El abuelo tiene su pequeño mundo interior personal, Ionna el
suyo, yo el mío. Aunque todos tienen partes en común, cada vida ha sido
distinta, cada historia diferente, cada futuro con distintas expectativas. Un
ser único debería tener una tarea vital común, debería disolver la mayor parte
posible de las historias propias en una historia común.
Estoy de nuevo en el mar. El tiempo ha mejorado y las aguas
están muy tranquilas. Es una delicia flotar tan suavemente y con este sol
espléndido. Me he dado un buen baño y saboreo anticipadamente mis próximas
jornadas en soledad. He cargado el barco con provisiones para unos cuantos días
y he reanudado mi tarea de lectura. El libro que estoy comenzando habla de la
identidad humana, de qué cosa es el hombre. Me ha ilusionado, al leer el
prólogo, que el autor diga que se retiró al mar para escribir el libro en
soledad. Es un buen comienzo, me encanta esa complicidad de leer en el mar un
libro escrito en el mar. Sin duda van a existir afinidades.
No diré que no me haya resultado interesante el libro, pero
mis esperanzas se han visto frustradas. He ido saltando de página en página, de
capítulo en capítulo confiando encontrar lo que andaba buscando y no lo he encontrado.
Esto me pasa con frecuencia. Para mí, leer es una labor de arqueología
interior, de descubrimiento de algo que yace oculto dentro de mi mente
inconsciente y necesita ser expresado, pero que no lo consigo por mí mismo. Por
eso recurro a los libros, para encontrar pistas que me lleven a concretar mis
veladas intuiciones, tan sutiles que podría decir que no sé lo que quiero decir
pero sí sé lo que no quiero decir. O quizás sea que todo un conjunto de
ideas estén esperando dentro la idea
clave que las integre y armonice en un sentido esclarecedor, y sienta algo
parecido a la necesidad de completar un rompecabezas. Algo me bulle dentro y
busco una mente hermana que sepa expresarlo. Pero esa mente no se manifiesta en
este libro. Sin embargo dice cosas muy interesantes sobre la naturaleza humana,
dignas cada una de ellas de una profunda reflexión, aunque no acaba de
mostrarse la unidad de todo ello, la arquitectura palpable de la identidad
humana, cosa por otro lado sumamente compleja. Ya comienza el libro diciendo
que somos un misterio para nosotros mismos. Somos seres aparecidos en la
aventura dramática de la vida en el planeta Tierra, con equilibrios y
destrucciones masivas de especies, armonía y violencia, con orden y desorden en
continua dinámica. Y esa vida representa una parte ínfima del planeta, que a su
vez es una ínfima partícula de la materia organizada en estrellas y galaxias
del cosmos; cosmos cuya parte desorganizada, y prácticamente desconocida,
supera el noventa y ocho por ciento. Somos pues una partícula de materia
organizada de modo extremadamente complejo dentro de un cosmos casi
completamente desorganizado, que se formó también en una historia de
cataclismos siderales, de caos y creación. Y nuestra complejidad ha emprendido
el camino de ser consciente de todo, de conocerlo todo incluso a nosotros
mismos. La realización de esta última tarea es tremendamente problemática, pues
el conocedor coincide con lo que se intenta conocer. Algo así, se me ocurre,
como si la vista quisiera verse a sí misma, y eso sólo es posible recreándose
mentalmente, esquemáticamente, y por tanto de manera imperfecta.
Además, conocer todo nos lleva a conocer lo que haya más
allá de nuestro Universo, espacio en el que sólo las religiones han osado
penetrar, y ello partiendo de la base de lo que nuestra alma nos pide:
trascendencia, inmortalidad, ansias de amor y sabiduría infinitas. Parece que
nuestro cerebro enfermo nos está pidiendo demasiadas cosas, y sin duda ese
acicate enfermizo nos llevará por los delicados senderos de los orígenes
cósmicos hasta otra realidad más extensa y más intensa. ¿Pero cómo abordarla
ahora si nuestra mente nacida en este Universo está todavía incapacitada por
constitución para entender otras dimensiones de la existencia? Habría que inventar
un nuevo método de conocimiento desligado de nuestro mundo, de nosotros; una
especie de demencia que acertara a ser cabal fuera de nuestro Universo. Porque
me parece claro que distintos Universos tendrían leyes físicas distintas, y su
lógica y matemáticas serían distintas también. ¿Pero cómo inventar una lógica
distinta de la nuestra, una lógica absurda para nosotros? ¿Cómo comprobar su
validez sin antes conocer esos otros Universos? Nos haría falta inventar una
teoría de los Universos en la que dependiendo de las dimensiones puestas en
juego surgieran las leyes específicas para cada uno. No conocemos todavía bien
ni siquiera nuestro Universo, pero si es uno de los posibles deberá llevar en
sí la semilla de todos.
Me estoy metiendo en camisas de once varas sin tener la
formación específica adecuada, a meros golpes de imaginación. Mejor lo dejo
estar.
Es desesperante el camino de la ciencia, nunca se alcanza
la verdad y cada nueva teoría abre más misterios que los que resuelve. Al final
creo que no voy a encontrar nada seguro donde asirme, una perspectiva, un
horizonte hacia el que caminar. Pero tengo que seguir hasta agotar mi capacidad
de conocimiento. Hay días en que todo se me ilumina al conocer una nueva teoría
y parece que fuera a tocar la luz con los dedos, y otros en que nada parece
consistente y las expectativas se diluyen en una dispersión de ideas, como en
mi última lectura. La ciencia es demasiado compleja, demasiado meticulosa y
empiezo a sentirme impaciente y con necesidad de encontrar algún atajo, alguna luz que me anime.
Creo que voy a reflexionar por libre, dando suelta otra vez a la fantasía,
empleando métodos distintos, atípicos, quizás absurdos, pero más estimulantes,
más directos entre mi propio yo y el conocimiento que persigo.
Es un hecho que aquí está el hombre aparecido en un
Universo inmenso que no abarca con los sentidos ni con la imaginación. ¿Por qué
una gota de vida tan minúscula y tan efímera se ha propuesto tamaña aventura
que le desborda a todas luces? ¿No sería esta tarea más propia de un ser
galáctico, de larga existencia, en el caso de que una galaxia pudiera ser
consciente? ¿Y por qué no podría serlo si fuera suficientemente compleja? ¿Es
más complejo un hombre que una galaxia, en el supuesto de que la galaxia no
tuviera hombres? Creo haber leído por algún lado que nuestra galaxia tiene cien
mil millones de estrellas y nuestro cerebro diez veces menos de neuronas, pero
cada una se interconecta con muchas otras, de manera que forman una red
extensísima de más de quinientos billones de conexiones por las que circula
información. Si las estrellas pudieran comunicar información entre ellas, una
galaxia podría ser tan compleja como el cerebro suponiendo que estuviera
convenientemente organizada. Sin embargo, la distancia entre las estrellas es
tan grande que la información tardaría años y cientos de años en llegar de una
estrella a otra, por lo que la galaxia sería un ser de inteligencia
extraordinariamente lenta, de lentitud cósmica, aunque quizás adecuada a una
vida tan dilatada como la del Universo. Para ser consciente del Universo, una
galaxia necesitaría en primer lugar algún sistema de percepción, quizás una
especie de receptor de ondas que le llegaran del Universo. Después, una red de
comunicación que pudiera manejar toda esa información y simbolizarla de alguna
manera. Debería también poder simbolizarse a sí misma para ser autoconsciente.
Por supuesto que igual que la vida es un fenómeno rarísimo en el Universo, el
número de galaxias conscientes lo sería también, habiendo evolucionado por
autoorganización compleja de sus estrellas y de la totalidad de la masa y
energía que las componen. Ampliando la idea, las distintas galaxias podrían
comunicar entre sí formando una especie de sociedad universal, dotada de una cultura cósmica. Es evidente
que de existir esto, el hombre individual existiría en una dimensión ínfima
dentro de la vida de la galaxia, pero no así su cultura. En el caso de que
alguna vez pidiesen establecerse comunicaciones sistemáticas con la galaxia,
estas serían un proceso muy lento, pero suficiente a nivel de la Humanidad.
Claro que eso podía estar sucediendo ya, y la inspiración y descubrimientos de
nuestros científicos, que transcurre lentamente a lo largo de los años, podría
consistir en un tipo de comunicaciones sutiles entre la galaxia y la mente
humana.
¡Viva la imaginación, que no se diga que ante la ausencia
de respuestas científicas uno al menos no pueda divertirse fantaseando
realidades! ¿No es ese el camino de las religiones y de los mitos? A fin de cuentas,
uno puede inventar una teoría y tratar de interpretar la realidad según ella.
Si su vida se ve así mejorada, más feliz, más equilibrada y organizada, ¿no
tiene esa teoría un valor creador de humanidad, de espíritu? ¿No es válida? Por
ese camino llegaríamos a la vida virtual, a la creación de una realidad
interior autoorganizada y sostenida. ¿No es ése el camino de la complejidad?
¿Está llamado el hombre a una existencia virtual, completamente suya,
completamente humana? ¿Y no será eso lo que ya estamos haciendo y nuestro mundo
pensado sea ese mundo virtual que hemos ido imaginando a lo largo de los
tiempos?
Sin embargo la ciencia es muy exigente y somete sus teorías
a contraste con el mundo exterior, o con lo que nos llega del mundo exterior al
menos. Así certifica la validez de sus teorías. Lo que yo estaba diciendo es
otra cosa. No se trata de intentar descubrir la realidad física, sino de crear
el espíritu del hombre, aunque para ello hay que tener además respuestas para
su necesidad de entendimiento de la realidad que le rodea. Lo malo de las
religiones es que han ido entrando en contradicción con la ciencia y la lógica,
y sus mitos se han ido quedando anticuados. La necesidad de verdad del hombre
exige que cualquier nueva religión respete el camino de la ciencia, que se
desplace más allá de él para no estorbarle. Así, todo me sigue pareciendo no
definitivo, evolutivo, cambiante. Y esa debe ser la marcha de las cosas,
incluso la de la verdad. La verdad es un proceso, no un hecho consumado. ¿Cómo
instalar al hombre en esa base? Ese puede ser el paradigma existencial que
inaugure una nueva etapa de la Humanidad: situar al hombre a caballo del
cambio, de la incertidumbre, de la aventura. Pasaron las eras de la seguridad,
en las que las ideas duraban más que la vida del hombre. Hoy se ha invertido el
proceso y esto nos sitúa ante una nueva postura existencial: hay que agarrarse
al cambio, no a la quietud; hay que amarrase a un barco que navega, no al
muelle de un puerto. La velocidad del cambio en todos los órdenes obligará al
hombre a un continuo aprendizaje y adaptación a las nuevas realidades que van
surgiendo. Deberá vivir en una continua adolescencia, con la suficiente
plasticidad cerebral para adaptarse a las nuevas condiciones y modos de vida.
Si la evolución biológica siguiera su marcha, el hombre del futuro sería una
especie de niño eterno, de hombre infantilizado, preparado para aprender
durante toda su vida
A los hombres de hoy, a mitad de camino entre el pasado y
el futuro, se les están escurriendo de las manos todas las verdades, todas las
certezas, y ello les empuja a una actitud de afirmación personal en el
presente, en el placer inmediato, en lo cotidiano e intrascendente pero
tangible. Vivimos en un caos que esperamos sea creador y dinamice un nuevo
orden que todavía no aparece. Pero ya estamos convencidos de que ese orden no
será definitivo tampoco aunque dure cierto tiempo. La verdad es que todo está
en proceso, en camino, ensayando soluciones y órdenes nuevos. Antes se tenían
creencias y ellas dirigían nuestra vida. Hoy las creencias cambian tan deprisa
que ya no se tiene fe en ellas. Hoy la fe está si acaso en el camino. Y ya
empieza a parecerme que mi vida es demasiado corta para contemplar tanta
evolución. El camino de la Humanidad es demasiado largo y el cansancio empieza
a plantearme la conveniencia de pensar sólo en el tramo de mi camino personal.
Pero no, quizás es sólo un mal momento, el agotamiento mental al final del día,
es decir, de la noche, que es cuando trabajo.
Amanece... el mar está desierto. Es hora de dormir un rato.
Hoy es domingo y es un día profundamente triste y
dramático. El abuelo se ha ido, se ha ido para siempre. Lo vieron salir de
puerto desde el espigón algunos de sus colegas, extrañados de que sacara la
barca, lo que no hacía desde años atrás. Le vocearon pero él se limitó a
saludar con la mano sin mirar. Y ya no volvió. En su casa se encontró una nota
en la que manifestaba serenamente sus intenciones. Decía en ella también que
había escrito a su familia para que se hicieran cargo de la casa. ¡Pobre
anciano, valiente y bondadoso, les quiso evitar las molestias de tener que
cuidarle en su enfermedad sin esperanza, y hasta de tener que enterrarle!
Aunque ¿qué mejor tumba para un viejo marino que su propio barco descansando
para siempre en el fondo del mar? He tenido que imaginar sus momentos finales,
no he podido evitarlo. Habrá abierto una vía de agua en el casco y habrá
esperado con calma a que la barca se fuera hundiendo lentamente. Quizás haya
tenido que luchar contra el impulso instintivo de sobrevivir, o quizás se haya
encerrado en la cabina y tirado la llave al mar para impedir que ese impulso
incontrolado le empujase a nadar al hundirse el barco. ¿Se habrá sentado en el
puesto de mando en el momento final? Seguro que sí como buen patrón. He oído
que los que se ahogan sienten una quemazón en el pecho a medida que el agua va
llenando sus pulmones, y una sensación de ganas
de llorar. Después caen en una fase de calma y tranquilidad a la que
sigue la gradual pérdida de conciencia y finalmente, por falta prolongada de
oxigeno, la parada cardiaca y la muerte cerebral.
¿Dónde se habrá hecho hundir? Intuyo que habrá hecho un
largo viaje, su último largo viaje, ya sin miedo a navegar él solo entre los
peligros del mar. Habrá recordado tantas cosas mientras su barca avanzaba
cabrioleando lentamente entre las olas... Su navegación habrá sido también por
su propia historia además de por el mar. Jornadas de pesca excitante, peligros,
lucha contra el mar y los peces, su hijo ayudándole a la pesca de aquel gran
atún que no cabía en el barco... Toda una vida en el mar.
He estado por la tarde con Ionna y le he contado lo
sucedido. Ha llorado, y a mí también se me han encharcado los ojos. Me siento
algo culpable. Podía haberle ayudado más, haberme anticipado a los
acontecimientos, pero ando siempre tan sumido en mis reflexiones sobre la vida
que la vida pasa a mi lado y no la veo. Quiero salir mañana al mar y dejarle
unas flores flotando, aunque me gustaría hacerlo cerca de donde se hundió.
Seguramente ha seguido la ruta de los caladeros, la que habrá navegado tantas
veces. Tengo que preguntar a los del espigón. ¿Cuántas horas habrá navegado,
dos, cuatro o más...? quién lo sabe, pero seguramente habrá buscado las
profundidades para su descanso. Voy a mirar la carta náutica.
Pues resulta que a unas veinticinco millas de la costa hay
profundidades de más de 200 metros, un sitio estupendo para que nunca te
encuentren y puedas descansar para siempre en el fondo. Con el barco del abuelo,
calculo que eso le llevaría unas cuatro
horas de travesía navegando tranquilo. Ya lo tengo, allí iré, sólo me falta
averiguar el rumbo mañana.
A media mañana salí con rumbo hacia los caladeros, después
de informarme adecuadamente. El mar
estaba tranquilo, el día soleado. Navegué despacio, dándome tiempo para
reflexionar, como debió hacer el abuelo, sobre mi propia vida, sobre lo que me
traía entre manos. Sentí que iba a tener una crisis de conocimiento, como si
mis esfuerzos reflexionando no valiesen para nada y fuera detrás de los sucesos
ordinarios, felices o dramáticos, donde se escondiese la verdad de las cosas.
Pero esa visión no podía concretarla, ni controlarla, pero incumbía a la
profundidad de la existencia. Intuía que la vida se desarrolla ante nosotros y
nos quedamos con una visión superficial de ella, quedando por detrás, hasta en
el mínimo suceso, toda la intensidad de la existencia. Pero no la vemos,
banalizamos los sucesos clasificándolos por su importancia según nuestros
intereses. Es decir, nos cerramos a ellos cuando no nos “sirven”. Y así, nos
cerramos parcial o totalmente a la mayor parte de la realidad. Sin embargo, si
fuéramos capaces de dejarnos a nosotros mismos de lado, todas las cosas
acabarían de estar clasificadas y se abriría su dimensión absoluta.
Y allí, mientras mi barco se deslizaba tranquilo en medio
del apacible y soleado mar, ante la ausencia latente del abuelo, me di cuenta
de que el milagro es existir en sí, simplemente, gratuitamente, con esa
intensidad que la naturaleza nos presta a través del sol y el aire cargado de
vida del mar. Vivir, sí, ese accidente regalado y placentero que se nos otorga
por un tiempo. Morir, a sea, estar muerto, es lo normal, es lo que dura.
Desaparecer, dejar de existir habiendo existido...parece un drama pero a cada
momento nuestra vida desaparece y se renueva en otro instante, en otra
experiencia, en otro recuerdo. La memoria es el hilo conductor de una sucesión
de instantes que llamamos historia. Nuestra historia es un argumento inventado
que conservamos en la memoria y en el que actúa, entre otros, el personaje
principal, el yo mismo, un sujeto también inventado por nosotros que se nutre
sin embargo de sensaciones orgánicas y sentimientos reales que alimentan y dan
vida al personaje. Lo verdaderamente auténtico nuestro es el organismo
biológico y los afectos y sentimientos. Sobre esa base elevamos a la existencia
un personaje y nos creemos dueños de nosotros mismos.
Llegué al punto de las veinticinco millas. Sería allí o
unas millas más o menos, aunque quise imaginar que en aquel fondo descansaba el
abuelo. Dejé unas flores flotando en el agua y le recordé como si aún
existiera, allí abajo. Siempre la memoria manteniendo en pie la realidad... Si
el abuelo no hubiese muerto pero no estuviese presente, es mi memoria la que le
mantendría vivo igualmente. No hay diferencia. Existir es un acto de fe
siempre, porque lo que de verdad existe es nuestra memoria ante la ausencia.
Por eso nos parece imposible que una persona haya desaparecido, cuando sigue
estando tan viva dentro de nuestra memoria como cuando de verdad existía. Sólo
la presencia tangible nos entrega la evidencia de lo real. El resto del tiempo
es siempre una fantasía. Y era ya una fantasía pensar en el abuelo, cuya
existencia se había quedado atrás con toda la historia de su tiempo real. Había
pasado el tiempo del abuelo, la vida del abuelo, la existencia del abuelo.
Había pasado la realidad, esa realidad escurridiza que recompone y salva la
memoria del presente a expensas de segundos huidos.
Navegué hasta mi punto de referencia, mi posición de
estancia en medio del mar grabado en el GPS. La presencia del abuelo me
acompañó todo el trayecto y casi le veía y escuchaba el tono de sus palabras
medidas y amables. Tuvo realmente mucho valor para aceptar su destino, el mejor
destino para sus últimos días. Otra cosa hubiese sido más dolorosa para todos y
al final inútil, a no ser que esforzarse en vivir hasta el último minuto a
pesar del dolor y el sufrimiento psicológico no esté justificado por alguna
tarea que merezca realizarse. Y la vida del abuelo ya estaba por completo
realizada. Saber terminar en el momento adecuado es de sabios y prudentes.
Y aquí estoy, flotando otra vez a la deriva e intentando
seguir con mi vida, o mejor, con mis reflexiones sobre la vida. Pero me inclino
más a los sentimientos, a la tristeza y la nostalgia. El pensamiento no me
sirve en estos momentos. Cambiaría mis más profundas reflexiones por un momento
de afecto, de amistad o camaradería sincera, por un momento de compañía con
Ionna. Ante su ausencia, voy a recurrir a la música. Necesito escuchar un
adagio triste que me ensanche el alma.
Está sonando, está sonando este adagio de una manera nueva
y más profunda que otras veces. Hoy la música me hace existir con más intensidad
y mis sentimientos se despiertan y elevan revelándome dimensiones no vividas
anteriormente. Me duele la vida y me consuela sin embargo este dolor que la
música compone dentro de mi alma. A la vez estoy bebiendo, sumergiéndome en un
estado de conciencia diferente, en una visión distinta de la realidad pero muy
lúcida y verdadera. Es como si saliera de mi vida normal para contemplarlo todo
desde otra dimensión de la conciencia, desde otra realidad más aguda e iluminadora.
Es madrugada. Anoche me acabé durmiendo después de beber
largo rato. Me siento con la cabeza pesada, aturdido pero relajado.
Afortunadamente no ha pasado nada durante la noche y el mar se ve desierto
entre las brumas del amanecer que aún no ha visto el sol. El barco no ha derivado
mucho durante la noche y el café que acabo de prepararme me está devolviendo a
la vida habitual de las personas. Plan para hoy: leer un nuevo libro. Aquí lo
tengo, y es curioso cómo inmediatamente lo he elegido entre todos los que me
quedan por leer. Trata sobre la muerte, que es realmente sobre lo que más me
interesa meditar en estos momentos. Verdaderamente traje una buena selección de
libros. La muerte... quizás esta reflexión puede ser el marco en que toda otra
reflexión tenga lugar, porque ¿para qué reflexionar tanto sobre la vida si la
muerte es el punto de vista definitivo desde el que observarla? Y desde él, la
vida individual se ve como innecesaria, transitoria, libre de responsabilidad y
a la larga como si no hubiese existido. ¿Qué sentido tiene preocuparme tanto
por dirigir adecuadamente mi vida, por encontrar la verdadera significación de
mi existencia, si cuando muera todo ello habrá sido inútil, o en el mejor de
los casos, intrascendente? El abuelo ha muerto, su vida ha “pasado”, ha
desaparecido en sí misma aunque se conserva en el recuerdo de los que
convivimos con él algún tiempo. Y aquel tiempo nuestro y suyo ha pasado
también, y ahora los que quedamos estamos viviendo otro tiempo, otra vida nueva
entretejida con nuevos acontecimientos pero que arrastra sin embargo la estela
de la anterior en forma de recuerdos, de experiencia vivida. Si la vida del
abuelo tuvo algún sentido, lo pudo tener por estar entretejida con otras vidas,
con las de su familia, con las de sus vecinos y amigos, formando parte del
tronco de la vida de su pueblo y de su época. Y si eso fuera innecesario o
prescindible debido al gran número de personas que vivieron en aquel momento,
siempre pudo considerar que su existencia era un milagro de la naturaleza, un
fenómeno no por abundante menos magnífico y personal: la conciencia de estar
vivo como individuo, aunque eso fuera algo gratuito que no le obligara a nada
más que a vivir. El error será pues creerse necesario, imprescindible,
responsable, obligado a estar en posesión de la verdad y del conocimiento
profundo de la existencia y sus misterios. Nos han regalado la vida y no nos
han pedido nada a cambio. El santón oriental que se sienta debajo de un árbol y
no hace nada, dejándose alimentar por la gente que pasa, si es que quieren
hacerlo por propia iniciativa, es posiblemente una postura adecuada ante el
fenómeno de la existencia; al menos en esta época en que aún no sabemos dónde
nos lleva el fenómeno de la existencia, que es lo mismo que decir que estamos
abandonados a él como el náufrago en su tabla al río que le lleva.
Dice el libro, en una primera parte que aborda el tema de
la muerte desde un punto de vista biológico, que no hay nada en la biología que
obligue a la muerte. Hay especies vegetales como las secuoyas que viven algunos
miles de años, mientras que algunos insectos viven apenas algunos minutos. Hay
animales como los bogavantes o las tortugas gigantes marinas que no muestran
signos de envejecimiento y conservan su capacidad reproductora durante toda su
vida, y su tamaño aumenta con los años sin deterioro físico alguno. Tanta
variación en las características de la duración y calidad de la vida individual
sugieren que el fenómeno de la muerte podría no pertenecer a la propia
naturaleza de la vida sino ser una consecuencia secundaria de cómo se ha
desarrollado el fenómeno de la vida de manera natural a lo largo de la historia
de la Tierra. La muerte, afirma, no es útil ni al individuo ni a la especie,
pero la vida individual no es necesaria después que un organismo se ha
reproducido, por lo que mantenerla es un gasto inútil de energía que no tiene
objetivo para la supervivencia de la especie, por lo que los diseños que den
lugar a seres mortales acabaran imponiéndose en general y poblando la Tierra ya
que entrañan un consumo menor de energía que puede aprovecharse más eficazmente
de otra manera. Y de todas formas, la vida de los individuos estaría limitada
estadísticamente por su mortalidad accidental, por enfermedades o por el
equilibrio ecológico. Pone el autor un ejemplo muy esclarecedor: una nave
espacial se diseña no para ser eterna sino para cumplir un objetivo, como puede
ser el llegar a la Luna. Una vez que ha llegado y enviado su información a la
Tierra, no tiene sentido que perdure eternamente, ya que eso habría exigido el
empleo de materiales muy costosos en su construcción y la utilización de
mecanismos sofisticados de autorreparación ante accidentes y ante el desgaste
del tiempo. Lo mismo pasa con el individuo, dice el libro, que aunque podría
haber sido un organismo vivo eterno, era innecesario toda vez que ya se había
reproducido. ¿Para qué diseñar la naturaleza un organismo eterno si los fines
de la especie quedaban garantizados por la descendencia? La naturaleza apuesta
siempre por ahorrar energía innecesaria.
Las células, el ser vivo elemental que forma los tejidos y
órganos de todos los seres vivos, se dividen a lo largo de su existencia sólo
un número determinado de veces en cada organismo, lo cual parece estar
controlado por determinados componentes de los cromosomas, que van disminuyendo
como si fueran un reloj de arena. Sin embargo, estos componentes parece que
podrían restituirse bajo la presencia de una enzima específica. Así pues, las
células parecen seres inmortales en teoría, siendo capaces en determinadas
circunstancias de dividirse eternamente si el medio o el organismo en que se
encuentran no lo impide. De hecho, las células cancerosas son inmortales de
esta manera, no dejando de dividirse nunca más que cuando el organismo en el
que están acaba muriendo; sin embargo su proliferación es incontrolada por el
organismo, desbordando la morfología de sus órganos. Si las células de nuestros
tejidos no dejaran nunca de dividirse de manera controlada, los órganos se
renovarían continuamente al igual que lo hacen durante la etapa juvenil y
madura, no envejeciendo nunca. Un ser vivo es potencialmente inmortal en sí
mismo, sólo que su inmortalidad cesa de manera programada en sus genes debido a
la selección natural de esa cualidad a lo largo de los tiempos. Y ello no
porque aporte ninguna ventaja aparente ni a la especie ni al individuo, sino
simplemente porque es innecesario para la subsistencia de la especie. Todo lo
innecesario acaba quedándose atrás en la evolución de las especies, ya que no
aporta ninguna ventaja en la supervivencia de las mismas. Así pasa, muestra el
libro, con la visión de los animales que se han adaptado a vivir en las
profundidades de cavernas donde no llega la luz, que acaban por volverse
ciegos. Y así se atrofian en general los diversos órganos de los animales que
se adaptan a medios distintos en los que estaban establecidos y que ahora ya no
les sirven para nada.
Tengo que meditar sobre esto, que me resulta fascinante.
Supongamos un animal inmortal que apareciera por mutación genética en la
naturaleza y generara una progenie más o menos amplia al cabo de los tiempos.
Daría lugar a una población formada por individuos de todas las edades, con una
media de edad en teoría muy superior a otra población mortal del mismo género.
Sin embargo, las probabilidades de supervivencia de los individuos de más edad
estarían limitadas por los accidentes, las enfermedades o la depredación, por
lo que su inmortalidad biológica no le serviría de mucho al final salvo para
vivir más años que sus ancestros. Comparando dos poblaciones semejantes, una
mortal y otra inmortal, ambas con la misma capacidad reproductiva, es evidente
que la inmortal acabaría teniendo muchos más individuos que la mortal. Pero en
el medio en que viven cada una, de recursos limitados, el equilibrio ecológico
haría que las poblaciones tuvieran que adaptarse en número, muriendo de hambre
muchos individuos de la población inmortal. Y morirían los más jóvenes, menos
duchos en el arte de la competencia frente a los más expertos. Se iría seleccionando
una población cada vez más mayor, e incluso cuando el número de los inmortales
llegara a estar en límite que permite su supervivencia en el medio, los nuevos
individuos tendrían contados sus días. La función reproductora sería casi
inútil, por lo que mutaciones que la limitaran a un mínimo que garantizara las
muertes accidentales de los inmortales acabarían prosperando. Se llegaría a una
población de capacidad reproductiva disminuida, muy sensible ante los cambios
ambientales, que acabaría desapareciendo ante contingencias de cambios
climáticos, etc. Por el contrario, la población mortal, que conservaría su
capacidad reproductiva, tendría un mayor margen de adaptación a esos cambios
jugando en pleno funcionamiento con las dos fuerzas antagónicas de muerte y
reproducción. Formaría un sistema vivo mucho menos crítico a la extinción que
el de los inmortales. Un sistema con dos
fuerzas inversas semejantes se regula mejor ante variaciones externas que otro
con dos fuerzas antagónicas muy desiguales. Estoy pensando en un vehículo
dotado de un mecanismo de aceleración y otro de freno que circula por un camino
irregular y debe adaptar su velocidad a los accidentes del trayecto. Si ante
una zona muy accidentada no es capaz de disminuir rápidamente su marcha, acabará
destrozado; y si tarda mucho en recuperar su velocidad después de haberla
disminuido, llegará más tarde que otros al final del camino. Bueno, no sé si no
estaré haciendo trampas con los razonamientos o hilvanando analogías poco
afortunadas, pero intuitivamente creo que entiendo los sutiles y ciegos
mecanismo de la evolución que han dado paso a los seres mortales. Por otra
parte no intento descubrir, ni siquiera entender en profundidad, los mecanismos
científicos de una realidad tan compleja como es el despliegue de la vida en la
Tierra. Me basta una visión general y aproximada para mis fines.
Por otro lado, pienso que una población con una capacidad
reproductiva disminuida como la de los inmortales daría lugar a una variación
genética pequeña, es decir a muy poca innovación entre sus miembros, por lo que
su capacidad de adaptación ante las condiciones cambiantes se vería muy
limitada y acabaría desapareciendo ante poblaciones mortales, mucho más
innovadoras. Así que todo apunta a que la muerte es un factor que incide en el
aumento de diversidad y por tanto en las posibilidades de supervivencia a lo
largo de los tiempos, es decir, a la evolución de las especies.
Sin embargo el libro llega más lejos que yo, e insiste en
que la muerte no es una ventaja adaptativa, ni sirve a los intereses de la
especie y menos a los del individuo. Hace hincapié repetidas veces en que es
una consecuencia secundaria de la evolución y que se ha seleccionado no porque
aporte ninguna ventaja a la especie, sino que la inmortalidad no ha prosperado
precisamente porque no aporta ninguna. No sé, no acaba de explicar claramente
esta afirmación. Me inclino más por la mía, aunque todo esto es muy complejo y
hay especies como las vegetales de larga vida que viven siglos y hasta milenios
y no parecen tener desventajas frente a la presión de la selección natural. En
cada caso se debe llegar a equilibrios muy complejos entre la biología de los
seres, el nicho ecológico, las condiciones ambientales, etc., que dan lugar a
las distintas longevidades, tan extraordinariamente diferentes. Parece como si
la duración de la vida en sí misma pudiera no tener límite, y es el encaje de
esta vida en el medio real el que establece su duración. Es claro que en la
naturaleza sobreviven modelos de vida, especies, y no individuos. El individuo
singular no cuenta, sólo el individuo genérico, y la selección natural barre de
un plumazo a todos los individuos de un modelo poco exitoso cuando las
condiciones se vuelven adversas. Pero es que los individuos aparecen también
así, formando parte de una especie y no individualmente. Es el hombre, con su
exacerbado sentido de la individualidad, el que tiende a ignorar la especie
como entidad esencial.
Los mecanismos de la selección natural son simples después
de todo: un diseño biológico se impone y sobrevive no cuando es perfecto sino
cuando ya tiene estrictamente lo necesario para sobrevivir. Parece una verdad
de Perogrullo: sobrevive lo que consigue sobrevivir, y cuantas menos exigencias
tenga un organismo para existir más competitivo será frente a los demás que se
disputan el medio. Por eso no existen pájaros que vuelen hasta la estratosfera,
ni a velocidades supersónicas como los reactores. No necesitan estas cualidades
tan asombrosas para vivir y perpetuarse sobre la Tierra. Y tampoco una especie
necesita para perpetuarse que sus individuos sean inmortales, aunque pudieran
serlo si su diseño no hubiese estado guiado por la selección natural.
Todo esto que expone el libro está disparando las alarmas
del conocimiento en mi mente. ¿Así que el hombre, como he intuido algunas
veces, podría ser inmortal algún día si
somos capaces de controlar los mecanismos actuales de envejecimiento, diseñados
por la naturaleza de manera espontánea a lo largo de las eras de desarrollo de
la vida planetaria? La muerte no es una
condición esencial necesaria para la vida, sino una condición secundaria de la
vida natural desarrollada hasta este momento. Pero a partir de ahora ya no se
trata de sobrevivir en competencia con las demás especies o con las
limitaciones de alimentos del medio, sino de vivir con toda la potencialidad
posible gracias al control del medio por el hombre. La naturaleza nos ha dejado
en herencia un diseño biológico mortal, básico, pero está en nuestro futuro
cambiarlo. Y lo haremos porque por primera vez en la historia de la vida hemos
aparecido sobre la Tierra como seres dotados de conciencia que se rebelan
contra la muerte y van adquiriendo los conocimientos necesarios para intervenir
en la biología.
He comido con glotonería. Parece que la reflexión sobre la
muerte me abrió el apetito como si la vida quisiera imponerse con su fuerza
elemental. Sentía que todo era tan básico, tan evidente… La vida actuaba en mí
y me decía: “mientras esté yo, o tú en mí, olvídate de la muerte. Yo me elevo
sobre la muerte, o sobre la nada, como quieras llamarla. Yo soy la que soy”.
Sin duda evoqué las palabras de Yahvé a Moisés en el Sinaí: “Yo soy el que
soy”. La sentencia, que excluía al tiempo, al devenir, tomaba sentido pleno
ante mí en aquel momento de conciencia vital que se mantenía en sí mismo, que
no precisaba de la muerte ni el tiempo para existir. La vida, mi vida, existía
absolutamente, y de ser eterna hubiese sido de la misma manera. En aquel minuto
de conciencia yo era un dios que no tenía la muerte ni el fin en su horizonte.
Sí, realmente la muerte era un accidente, nada necesario, nada impuesto por la
naturaleza del existir. Lo difícil era vivir, llegar a vivir; lo demás era sólo
mantener lo logrado.
Volví a mi lectura. Dice el libro que lo que realmente
caracteriza la irrupción del hombre en la escala evolutiva es la plena
conciencia de la muerte, de “su” muerte, más que la fabricación de
herramientas. Dice que en el animal no existe una conciencia clara de la muerte
como pérdida o desaparición, sino que se manifiesta en él fundamentalmente el
instinto de supervivencia ante el peligro, que le proporciona las respuestas
más adecuadas para evitar la depredación, pero que la propia muerte natural es
admitida y tolerada por el animal sin oposición. Los fines de la especie son
los que determinan la conducta del individuo animal y a ellos se somete. Hay
sin embargo algunas especies animales evolucionados que sí parecen tener
conciencia de la muerte, de la de sus familiares y de la suya propia
individual. Pero curiosamente esto no está ligado a su proximidad genética al
hombre. Así los monos y antropoides no reconocen claramente la muerte de su
cría y siguen llevándola con ellos a
pesar de su inmovilidad durante algunos días, hasta que finalmente abandonan
los despojos que comienzan a descomponerse. Sin embargo un perro es capaz no
sólo de reconocer la muerte de su amo sino incluso de presentirla. Los
elefantes también reconocen la muerte e incluso identifican los restos óseos de
un familiar al cabo del tiempo. Cuando les llega la hora de morir adoptan un
comportamiento especial y se retiran de la manada para morir en soledad. Pero
en todos los casos un animal no tiene ante su muerte ese sentido de pérdida de
su individualidad, de desaparición definitiva de su ser que angustia al hombre.
Podría decirse que el animal o no conoce su muerte o se abandona a ella de
manera natural, sin rebelarse.
El autor liga el hecho de la conciencia de la muerte a la
aparición de la plena conciencia de la individualidad. Los animales son
conscientes también en mayor o menor grado, pero no son capaces de anteponer su
individualidad sobre la especie, por la
que están muy condicionados merced a una amplia conducta instintiva. El hombre
tiene una aguda conciencia de sí mismo y es capaz de situarse existencialmente
fuera o al margen de la especie, lo que le hace trágicamente desamparado. Su
muerte, la desaparición de su ser individual, es algo absoluto para él,
irreparable, dramático. Concebirla es una imposibilidad mental, una
contradicción existencial que es incapaz de asumir, y así, desde el origen, el
hombre primitivo ha tenido la convicción de un renacimiento o sobrevivencia a
la muerte. Morir no era desaparecer completamente sino renacer a otra vida
bastante semejante a ésta. Así debía entenderlo por semejanza al hecho
cotidiano de dormir y despertarse, o del cambio de vida y rol tribal al pasar
de la niñez al estado adulto mediante los poderosos ritos de iniciación. El
hecho es que desde el paleolítico, en que aparecen tumbas con ofrendas florales
y ajuares, la humanidad primitiva ha mantenido la creencia o la necesidad
existencial de una vida más allá de la muerte.
Sólo algunos siglos antes de Jesucristo, dice el libro,
aparecen claramente, tanto en Oriente (India y China) como en Occidente
(Grecia), formas de pensamiento estructurado enteramente materialistas, que
prescinden de los dioses y la creencia en otra vida después de la muerte. Y
ello coincide con el desarrollo de la racionalidad, que en Oriente estaba
aplicada a la astronomía en Babilonia, y a las matemáticas aplicadas a la
agrimensura en Egipto. Los griegos jónicos tomaron estos conocimientos y
empezaron a desarrollar el pensamiento racional estructurado aplicado al
conocimiento de la naturaleza y de todas las cosas, apareciendo la filosofía,
que abriría una brecha decisiva en el pensamiento mítico. Surgen las primeras
teorías materialistas, que prescinden de los dioses, de los espíritus y del más
allá, e intentan explicar el mundo de manera natural, en la convicción de que
la razón es suficiente para entender todas las cosas sin recurrir al mito y a
la religión. Sin embargo, las religiones no desaparecen y siguen ejerciendo su
influencia poderosamente, mostrando que en el interior del hombre existe la
necesidad de trascendencia y de eternidad. No obstante, es cierto que a lo
largo de los tiempos una parte pequeña de la humanidad se muestra capaz de
vivir sin religión y aceptando la muerte como fin de su existencia. En esa
actitud están un 10% aproximadamente de la población mundial, incluyendo
materialistas declarados, agnósticos y no practicantes de alguna religión, es
decir, personas capaces de vivir y morir (al parecer) sin necesidad de ningún
tipo de trascendencia. También es cierto, declara el autor, que una parte
substancial de la población mundial se halla en un estado de desarrollo
cultural no evolucionado, correspondiente
al de las sociedades tradicionales religiosas, como la islamista,
hinduista, etc., que pueden representar el 80% de la población mundial. Así
pues, añade, la mitad de la humanidad moderna necesitaría creencias
trascendentes y la otra mitad no en nuestros días. También señala el hecho de
que en el mundo actual moderno, de marcado acento materialista, se está
poniendo de manifiesto cada vez más la necesidad de los mitos, bien en forma de
productos de consumo, ídolos de la canción, prácticas de esoterismo o
religiones singulares del más diverso cariz. Ello, concluye, advierte de la
permanente necesidad interior de trascendencia y misterio del hombre.
Miro dentro de mí y me planteo mi propia muerte. No, no me
gustaría morir ahora, tengo muchas cosas que pensar y descubrir. Si me he
sumergido en este tipo de vida solitaria, alejado del mundo, no es para morir
sino para intentar rehacer mi vida de otra manera más lúcida, mejor orientada.
Quiero saber, saber… No sé si cuando hayan pasado muchos años y esté cansado de
la vida, me consuele el hecho de dormirme definitivamente, de descansar. Sin
embargo no me atrevo a decir “de desaparecer”. Parece como si dormido en el
sueño eterno me consolara ahora el pensamiento de seguir existiendo, dormido
pero existiendo. Hay algo en el desaparecer que es extraño a mi naturaleza, que
es inaceptable. Es esa curiosa imposibilidad de que lo que existe deje de
existir, sobre todo sabiendo que existe. Sin embargo todo parece una cuestión
de conciencia, de proximidad a la conciencia. Puedo aceptar la desaparición
definitiva de una persona desconocida, y mejor de una persona odiada. No me
produce ningún problema personal. No era necesaria, no era imprescindible…
“para mí”. Pero la desaparición definitiva, la aniquilación de un familiar o de
una persona amada me resulta inaceptable. Y la mía propia me resulta imposible.
Aún estando muerto siento que seguiría existiendo. Así pues la aceptación de la
muerte es un problema de la conciencia. La conciencia lo es de algo existente y
no lo puede ser de su desaparición, de la nada. La conciencia de la nada es un
imposible, y el intento de ejercerla sobre la nada produce angustia como
defensa, como contenido corporal que llena ese vacío imposible. Eso creo.
Después de todo, nuestra conciencia no es la verdad absoluta.
También es curioso que a lo largo de nuestra vida
pudiéramos decir que hemos muerto muchas veces y hemos renacido. Hemos cambiado
físicamente de niños a jóvenes, de jóvenes a adultos, y nuestra alma ha
cambiado también y ya no podría volver a ser aquel niño o aquel joven que fue.
Sabemos que nos hemos trasformado, que hemos muerto como niños y jóvenes, y no sentimos
dolor por ello. Hemos sobrevivido cambiando, viviendo otras vidas. Aceptamos
nuestra muerte infantil cuando llega el momento de abandonar la niñez porque
tenemos la promesa de otra vida a continuación, otra vida que incluso se ha
vuelto deseada. Parece que algo se trasmite a lo largo de nuestra vida
cambiante, nuestra esencia, nuestra identidad más secreta Así sabríamos aceptar
nuestra muerte de ancianos, creyendo que tras ella hay otra vida mejor. Esa
conciencia aguda de nuestra identidad profunda es la que se niega a morir
definitivamente.
Pero pienso que lo anterior vale sólo para mí, para mí y
para esa mitad de de la humanidad actual de cultura moderna que necesita
creencias trascendentes, que tiene una aguda conciencia de su individualidad y
autonomía, que es capaz de plantarse delante de la existencia y mirarla cara a
cara, de tú a tú. La otra mitad, tendría que concluir que se esconde ante la
vida y ante la muerte, o que mienten respecto a sus sentimientos en beneficio
de su razón, pero quién sabe, habría que estar en su pellejo para saber lo que
sienten de verdad en el último momento. Sin embargo, es cierto que nunca como
ahora se vive de espaldas a la muerte, se la ignora, se la disimula, se procura
pasarla por alto y recortar su ritual y el luto. Hoy la conciencia se centra en
la vida y cuando llegue el momento de dejarla, allá cada cual con su problema.
Este parece ser el sentimiento general.
Continúa el libro hablando del horror ante la muerte. Ya no
es sólo la imposibilidad de la conciencia para aceptar la muerte definitiva, la
desaparición del ánima o esencia humana que alentaba en el fallecido, sino que
el hecho mismo de la existencia del cadáver despierta el pavor de tener que
contemplar la corrupción de la carne, la desintegración material e irreversible
del ser. Y así en todas las culturas se aleja el cadáver de los vivos, se
entierra, se incinera, se abandona a las alimañas, y en estos últimos casos se
recuperan los huesos después de desaparecida la carne para rendirles culto y
enterrarlos. Ese pavor ante la carne en corrupción es el pavor ante la certeza
y la evidencia de la desaparición del ser humano, que muestra en el
inconsciente su auténtica naturaleza temporal que la conciencia no puede
soportar, por más que en las distintas culturas míticas se revista el hecho de
una intención favorecedora del tránsito del espíritu hacia su nuevo estado.
Conciencia dolorosa de la muerte en relación con la
conciencia de la individualidad, esa es la tesis del libro. Dependiendo de la
cultura y la estructura social de cada época, así se configura también la
conciencia de la individualidad y por consiguiente la conciencia más o menos
angustiosa de la muerte. En las sociedades tribales predomina el clan sobre el
individuo y la conciencia individual es menos aguda y por lo mismo se tolera
mejor la muerte personal, ya que el ser por excelencia, la tribu, sigue
existiendo. A esto se une la creencia general en ese contexto social de la
existencia de los espíritus de los muertos, es decir de la no muerte. También
en situaciones especiales dentro de cualquier estructura social, como la
guerra, la lucha por una causa, etc., el individuo se pone al servicio de una
idea, de una tarea que le trasciende y es capaz de morir por esa causa sin
angustia. Ha hecho cesión de su individualidad a un fin externo y común, la ha
fundido con él y por tanto queda libre de la responsabilidad de ser en sí
mismo, sólo en sí mismo. Ese parece ser el punto esencial, creo yo, no tanto la
individualidad como la individuación, es decir, el aislamiento existencial, el
existir para sí mismo y no para otros o para algo. De esa manera los que se
aíslan del mundo pero practican algún tipo de misticismo que les pone en
contacto con una idea trascendente, como Dios o el Universo, el Conocimiento,
etc., no experimentan la angustia de la muerte. Visto así parece que la soledad
existencial es lo que está en el origen del problema: estar solo, completamente
solo ante la existencia. Sin duda es un condicionante de nuestra estructura
mental. Los animales, al menos algunos, son capaces de vivir en soledad. El
hombre parece que no, que necesita algún contenido externo a él de tipo
personal o transpersonal para mantener su conciencia sana.
Continúa el libro revisando las diversas formas de sentir
la muerte a lo largo de la historia. La conciencia del individuo se alimenta de
la cultura de cada época, y por ello la
manera de pensar y sentir la muerte es diferente a lo largo del tiempo en
función del conocimiento existente. Contempla el autor el conocimiento mítico
primitivo, el conocimiento religioso, el conocimiento racional con las
diferentes escuelas filosóficas de cada momento, el conocimiento científico
moderno y la crisis del conocimiento actual. Me ha llamado la atención
especialmente la filosofía de los estoicos griegos, la renuncia a los
placeres y deseos mundanos y en consecuencia la fácil aceptación de la muerte
ya que no tenían nada que “perder” en esta vida. Puesto que no dependía de ellos el morir, renuncian ya en vida a todo
para no dejar que todo les sea arrebatado. Se anticipan a la muerte y se hacen
dueños de su propia existencia, de su destino mortal, y conquistan el espíritu
y su dimensión cósmica. Este pensamiento coincide bastante con las religiones
de Oriente, con el desinterés por las cosas mundanas, por la inacción, por la
negación de los deseos para sumirse en la conciencia esencial del ser
Universal, en cuya unión se disolvía la individualidad.
Habla de la Edad Media, cuando la vida era tan corta debido
a las enfermedades, las guerras, las epidemias, que se convivía con la muerte y
se aceptaba como algo cotidiano. No había oposición a ella y se sabía aceptar
cuando llegaba. En contraposición, en nuestros días se vive tanto y se saben
resolver las enfermedades con tanto
éxito, que nos parece que morir es siempre un accidente, una negligencia
médica. Cuando muere un familiar siempre se queda en nosotros un cierto
sentimiento de culpa como si no hubiésemos sabido actuar adecuadamente para
salvarlo o como si los doctores no se hubiesen tomado el suficiente interés.
Otra época crucial, la más dolorosa de la conciencia
individual, tiene lugar después de la euforia de la modernidad, cuando se creía
que el conocimiento era capaz de alcanzar todas las metas y desvelar todos los
misterios, de construir un mundo en armonía y progreso creciente; sin embargo,
las crisis sociales y políticas, las guerras mundiales, las crisis ideológicas
y hasta la crisis del propio conocimiento dejaron al hombre desamparado y sin agarradero en el
que aferrar su conciencia, sin tarea en la que participar. El hombre se quedó
esencialmente solo consigo mismo, con su individualidad existencial, y en
consecuencia con la angustia ante la vida y la muerte, el absurdo de la
existencia y el nihilismo.
Y después la época actual, en la que se elude a la muerte,
se intenta olvidar, se vuelca la conciencia en el consumo, el pasatiempo y la
banalidad, en las drogas, en cualquier tipo de esoterismo que distraiga la
conciencia y permita vivir con excitación al margen de la muerte.
Finalmente, volviendo al principio, el libro señala que la
ciencia actual parece poder dar una respuesta definitiva al problema de la
muerte, vislumbrando cada vez con más claridad el escenario de la inmortalidad
biológica en el futuro. Dice que estamos tan acostumbrados al hecho de la
muerte que la consideramos como una característica inherente a la vida. Y sin
embargo, lo esencial de la mayor parte de los seres vivos - asegura
refiriéndose a los organismos unicelulares, a las células germinales y muchos
seres vegetales y animales simples- es
la no muerte, la amortalidad. La muerte es una consecuencia evolutiva “de
hecho” en los organismos de organización compleja, pero no una necesidad
biológica.
Así pues el problema de la muerte parece ser fundamentalmente
un problema de mental, un problema de nuestra
conciencia. En la medida que nuestra conciencia pone su foco en la
individualidad, en el sí mismo, la muerte se constituye en amenaza para la
propia conciencia. Cuando lo que llena la conciencia es algo exterior al
individuo, en la medida que la muerte no amenaza a ese algo exterior, el
individuo puede seguir teniendo conciencia de sí mismo a través de ese algo
exterior en el que se encuentra disuelto. La idea de la muerte del sí mismo es
una imposibilidad mental en la que se intenta superponer la conciencia del sí
mismo con su desaparición. No se puede representar, es un absurdo, y por tanto
la mente entra en conflicto al intentarlo cuando sabe que el morir es un hecho
cierto. Lo único que se puede entender es “el morir”, el desvanecerse y
diluirse de la misma manera que la conciencia se desvanece en el sueño. Eso se
puede entender y aceptar como una entrega al descanso vital. Pero no se puede
pensar en el estado de muerto, porque ahí ya no hay conciencia que pueda
reflejarlo. Sin embargo, así como la conciencia se entrega confiada al sueño,
se niega a entregarse al morir si éste consiste en la desaparición absoluta. No
sólo se niega a la muerte, sino al morir que lleva ese estar muerto imposible
de entender. Creo que no tiene sentido darle más vueltas al tema ya que todo se
vuelve un juego de palabras y una trampa mental. La mente nos tiende muchas
trampas, y algunas como ésta de la muerte nos llenan el alma de angustia. Estoy
pensando en otras ideas imposibles que también hacen brotar la angustia. Por
ejemplo intentar pensar que somos otra persona conocida. Nuestra conciencia de
nosotros mismos no puede serlo a la vez del otro. Por lo que para ser otro
tendríamos que dejar de ser nosotros mismos, desaparecer. Es otro imposible
mental que hace surgir la angustia y el rechazo. Abominamos ese convertirnos
completamente en otro perdiendo nuestro “sí mismo”. Por eso la reencarnación
budista no es una idea que a mí me consuele, pues nuestro “yo mismo” debería desaparecer completamente de la
conciencia para poder ser otra persona distinta, lo que equivale de hecho a
morir completamente, morir y nacer como otro distinto. Reencarnarse es un
renacer que no consuela, pues seríamos otro, no seríamos inmortales, habríamos
desaparecido.
En cualquier caso, y arrastrando todas estas angustias, el
hecho es que en la especie humana han aparecido unas cualidades mentales tan
elevadas que son “impropias” ya o que trascienden la mera biología animal. Sin
embargo están condicionadas por ella y arrastradas por ella a la muerte. Esa es
la rebelión original, la conciencia de imposibilidad que arranca ya de la raíz
humana. Es el autentico “mal original” que dinamiza la mente del hombre
buscando soluciones, primero míticas y finalmente científicas. Es el motor de
la evolución humana que busca escapar de la biología natural. Eso es por lo
menos lo que a mí me parece…
Amanece, anoche me quedé dormido escribiendo, intentando
seguir la reflexión sobre la muerte. El sueño se apoderó de mí después de
muchas horas de lectura y pensamiento. Todo está bien a bordo, el mar
tranquilo. Me voy confiando cada vez más por las noches y no sigo la disciplina
de dormir de día y trabajar por la noche para estar atento a los posibles
peligros de la mar. El libro me atrapó ayer completamente y no fui capaz de
interrumpir su lectura, aunque lo leí sólo por encima, picoteando los temas y
aspectos que a mí me interesan.
Volviendo a la reflexión después de un suculento desayuno,
satisfecho con lo meditado ayer, lo primero que se me ocurre es la facilidad
con que caí en el sueño. Si fuese así el morir sería una maravilla, aunque
quizás nos dejamos caer en el sueño sólo porque sabemos que despertaremos. Me
pregunto si un niño pequeño se deja sorprender gratamente por el sueño o tiene
miedo a dormirse. Parece que no, que el cansancio le duerme sin temor, aunque
es claro que el niño no tiene la conciencia existencial del adulto ni se
plantea la muerte. ¿Qué se sentirá al morir, se morirá conscientemente o la
mente se extraviará por los vericuetos de las ideas sobre la muerte adquiridas
a lo largo de la vida, por los recuerdos de los seres queridos, por la
incertidumbre del tránsito o del completo desaparecer?
No hay nadie para contarlo. Tampoco hay nadie que recuerde
ni pueda contar la experiencia de su propio nacimiento. Pero la diferencia
entre ambos sucesos es que se nace sin conciencia y sin embargo se muere con la
conciencia desarrollada y en teoría capaz de estar completamente despierta.
Otra cosa es que la naturaleza pudiera tomar el control y amortiguar nuestra
conciencia, llevarnos a un morir benéfico y placentero. De no ser así, sería
entonces sólo nuestra conciencia la que negándose a ese dejarse morir convirtiera en tragedia lo que es un hecho
natural y biológico, como el dormirse. Sin duda se muere de muchas maneras, lo
mismo que se duerme, placentera o angustiosamente, según las peculiaridades
sicológicas de cada cual. Para el que
simplemente, con el alma tranquila y sin dolor físico, se quede contemplando el
suceso de su morir, posiblemente la naturaleza le sorprenda dulcemente como al
niño que se duerme, llevándolo de la mano por un agradable camino biológico de
extinción. Ese es un punto a indagar en el libro, el proceso de extinción
biológica, las famosas experiencias en el umbral de la muerte, del que muchos
han vuelto después de haber vislumbrado el camino del más allá.
Acabo de comer y retomo la tarea con excitación porque en
efecto el libro incluye un capítulo dedicado a los procesos del morir y del
nacer.
Resume brevemente la historia de lo que se ha escrito
acerca de las experiencias en el umbral de la muerte. Hay un número
considerable de relatos de este tipo de experiencias y una coincidencia
bastante grande en las vivencias que se experimentan. Son típicas las
siguientes:
-El presunto muerto se siente
flotando en la habitación donde se encuentra y ve a la gente hablar y decir que
ha fallecido.
-Atraviesa un túnel oscuro al final
del cual hay una hermosa luminosidad.
-Siente una gran paz interior y
bienestar.
-Salen a recibirle parientes y seres
queridos, seres luminosos.
-Visualiza los momentos más
importantes de su vida en una rápida sucesión.
Desde las religiones, dice el libro
y se remonta hasta el antiguo Egipto, se han interpretado tradicionalmente
estas experiencias como la prueba de una vida tras la muerte y del tránsito
hasta llegar a ella. La ciencia moderna sin embargo, es capaz de aproximar
explicaciones neurobiológicas y sicológicas para estas percepciones
extraordinarias. Un primer aspecto que sigue siendo polémico, según el libro,
es la definición del momento de la muerte. Cada vez se ha ido retrasando más
ese punto irreversible en que la vida se pierde sin solución. No es, como hace
años se creía, la parada del corazón y la respiración, ni sirven ya aquellas
antiguas comprobaciones de tomar el pulso al moribundo o poner un espejo
delante de su boca para ver si se empañaba. Las técnicas de resucitación
mediante masaje cardíaco y respiración artificial devuelven a la vida a personas
en parada cardio-respiratoria. La ausencia de actividad cerebral detectada con
un electroencefalograma es la prueba genérica más corriente hoy día, pero
tampoco es definitiva y se precisarían pruebas complejas que detectan la
ausencia e irreversibilidad de todo tipo de funciones cerebrales, cosa que no
suele hacerse. Hay personas que han recuperado la actividad cerebral al
recuperar el riego cerebral con técnicas de resucitación y no hay un tiempo
exacto que marque esta frontera entre la posibilidad e imposibilidad de volver
a la vida, aunque por término medio parece ser de cinco a diez minutos. Es
decir, que un cerebro sin riego sanguíneo,
muere en general irreversiblemente al cabo de esos minutos. Pero durante
ese tiempo funciona de alguna manera aunque el corazón se haya parado y la
respiración también. Y es entonces cuando se producen todos estos fenómenos de
tránsito a la muerte. La muerte, pues, no es un hecho instantáneo, un punto en
el que se pasa de vivo a muerto, sino un proceso que dura cierto tiempo.
Después, imposibilitada ya la recuperación del organismo, su progresivo
deterioro se produce a lo largo de un tiempo mayor, durante el que algunas
funciones vitales pueden persistir más que otras.
Dice el libro que transcurridos
entre 10 y 20 segundos después de una parada cardio-respiratoria, el cerebro
deja de emitir señales de actividad y da un encefalograma plano. Y es desde
entonces cuando tienen lugar esos fenómenos en la frontera difusa de la
muerte. Desgraciadamente sólo tenemos
constancia de ellos en base a los testimonios de los que han vuelto de ese
estado, es decir, de las vivencias y percepciones habidas entre esos 10-20
segundos en que se produce el cese de actividad eléctrica cerebral y los 5-10
minutos en que el regreso a la vida es reversible. Naturalmente nada sabemos de
las percepciones que puedan suceder después de esa frontera irreversible, ya
que nadie ha vuelto para contarlo, pero cabría suponer que la conciencia y las
percepciones se van disolviendo lentamente hasta cesar por completo en algún
momento. Refiriéndose pues a esa fase
reversible, dice el libro que antes que el cerebro, se deteriora la retina,
empezando por perderse la visión periférica y después la visión central. Hay
también una dilatación de las pupilas debido a la falta de oxigeno, y estos y
otros aspectos neurológicos dan lugar a los fenómenos de visión del túnel, de
luminosidad, etc. El cerebro mientras tanto sigue consciente y capta todos
estos contenidos y los interpreta según su experiencia vital. El sentirse
flotando en la habitación es una manera en que la conciencia estructura, a
partir de la memoria y la imaginación, los datos del entorno ante el deterioro
y desconfiguración de la visión. La sensación de paz y bienestar parece que se
debe a la segregación de una serie de hormonas, como las endorfinas,
responsables de tan agradables sensaciones. Y la recuperación rápida de la
memoria desde la infancia a manera de una película podría explicarse por
ciertos fenómenos bioeléctricos que tienen lugar en la red neuronal en esos momentos, aunque
la ciencia todavía no es capaz de dar cuenta precisa del funcionamiento de la
memoria, si bien se sabe que no radica en ninguna posición concreta del
cerebro. En fin, diversas teorías y explicaciones neurológicas y sicológicas
pueden dar cuenta o sugerir interpretaciones
naturales de gran parte de estos fenómenos tan extraordinarios del
proceso de morir.
Recuerdo varias muertes cercanas y en todas ellas el rostro
de mis familiares aparecía finalmente sereno, inmóvil pero como si estuviera
vivo aún. Era más que estar dormido, pero sin estar muerto todavía. Recuerdo
los ojos de mi suegro que moría lentamente y sin dolor al serle suprimida la
asistencia por vena ante lo irreversible de su cuadro patológico. Su pulso se fue
debilitando, y era eso lo que observábamos los familiares. Ya sólo latía de vez
en cuando, y finalmente se paró del todo, pero sus ojos seguían abiertos y
brillantes, y yo estaba convencido de que aunque no podía moverlos, veía cuando
alguien pasaba delante de ellos, mientras su expresión se mantenía serena y
feliz, como si disfrutara de esa visión estática, de esa última sensación
vital. Luego se los cerraron y ya no los volvió a abrir, y sentí como si lo
estuvieran enterrando vivo. Pero quizás eran sólo imaginaciones mías. De mi
hermano recuerdo su expresión más habitual detenida en su cara, una especie de
ironía tolerante y sabia, ligeramente sonriente, ante la estupidez de vivir. Recuerdo su
rostro aún sonrojado del postrero ataque que le causó la muerte, aún caliente,
muerto y vivo a la vez. Y de mi padre, ya extremadamente anciano, recuerdo su
mano levantada hacia imaginarios seres y los ojos muy abiertos mirando en la
misma dirección. Y luego una expiración profunda como un descanso definitivo, y
su rostro también definitivamente dormido, definitivamente inmóvil pero vivo
aún. Sí, es un alivio que no se muera completamente en un instante, porque no
se podría entender. Mi padre murió muy consciente, yo diría que
voluntariamente. Una vez me dijo que ya era hora de quitarse de en medio, que
no iba a vivir eternamente, que ya no hacía nada aquí. Otro día me llamó muy
decidido para que revisáramos sus papeles y documentos guardados. Una vez
terminado el asunto, pareció quedarse muy tranquilo y contento. Yo pensé que
esperaba morirse cualquier día, y ya alguna vez nos había hecho reír
contándonos que la noche anterior se había muerto. Le decíamos burlándonos que
lo habría soñado, pero dada su edad cercana a los cien años es muy posible que
hubiese pasado episodios cercanos a la muerte, con todo este tipo de
sensaciones extraordinarias. El hecho es que al día siguiente de aquella
revisión de sus cosas, enfermó
extrañamente, tuvo vómitos que no se podían cortar y se fue debilitando
de manera irreversible.
He dormido por la tarde. Anochece y yo estoy vivo, vivo
como si lo fuese a estar siempre, como si lo natural fuera estar vivo. Mi
conciencia de la muerte, de mi muerte, es teórica, un pensamiento, pero no una vivencia. Y sin embargo, mi paso
por la vida es apenas un instante despreciable en la vida de la Humanidad. He
recibido la herencia de su cultura que me ha enseñado la historia de los hechos
y los conocimientos anteriores a mí, aunque no le he prestado demasiada
atención, como si fuera también algo teórico, un adorno en mi existencia. Lo
único que de verdad me preocupa, como a todos, es mi propia vida, mi felicidad
y plenitud. Me debiera de bastar esta conciencia de la muerte y de la
insignificancia de mi vida personal para despreocuparme de mi propia existencia.
Pero me han contagiado de trascendencia desde niño, me han enseñado religiones
que me prometen la dicha suprema y la eternidad. Me han contagiado de
eternidad, aunque dudo de si yo mismo no la hubiera deseado sin que nadie me la
enseñara. Morir, siempre nos impresiona a los vivos la muerte de los demás,
pero vivimos como si nosotros nunca fuéramos a morir, aunque aceptemos la
lógica de la idea. Estamos tan ocupados con nuestro vivir que el morir es una
cosa que no entra en nuestras preocupaciones. Cuenta la vida, no la muerte.
De lo último que he leído me ha quedado inquietando el
pensamiento la idea del final del tránsito hacia la muerte, esa parte más allá
del fin del túnel en que aparecen los seres de luz y de alguna manera convencen
al moribundo para que regrese a la vida. Es lo último del proceso que hemos
conocido. Pero si la muerte sigue su camino ¿qué es lo que pasa entonces? Nunca
lo sabremos los vivos. Y no me resisto a imaginarlo. Supondré que soy yo el que
ando ese camino:
“El ángel iluminado me llevaba de la mano hacia la luz y
mis padres, mis abuelos y otros
parientes que antes habían aparecido para recibirme nos seguían detrás. Sentía
una sensación de felicidad etérea, de paz completa. Mis familiares se fueron
quedando atrás y el ángel se disolvió poco a poco en la luz, o fue la luz la
que se instaló completamente dentro de mí llenando mi conciencia. Todavía de
vez en cuando se me aparecían sucesos aislados de mi vida, de mi lejana
infancia. Luego la luz se fue apagando lentamente, muy despacio, y sentía un
profundo deseo de abandonarme al sueño. Cerré los ojos, o dejé de ver, no sé,
pero se hizo la oscuridad completa. No sentía mi cuerpo, y creía que me había
convertido completamente en espíritu. Sin embargo oía todavía. Como si vinieran
de otro mundo, oía apagadas las palabras de mis familiares que hablaban entre
ellos y se referían a mí, pero me costaba mucho trabajo interpretarlas. Luego
fui cayendo en un sueño profundo y placentero en el que las palabras se
disolvían también y se trasformaban en rumor, un rumor como de mar tranquilo en
la noche, levemente oscilante y que se iba amortiguando muy lentamente…”
Habla el libro al final del capítulo del proceso de nacer.
Así como el proceso de morir un ser humano es relativamente rápido, el de nacer
es relativamente lento y el desarrollo de los sentidos y la actividad cerebral
requiere algunos meses a lo largo del periodo de gestación. Prematuramente,
hacia el tercer mes, aparece el sentido del tacto, y las manos y pies del feto
reaccionan ante el contacto con las paredes del útero. El oído aparece más
tarde y el feto percibe los ruidos interiores de la madre, especialmente el
latido del corazón, y también su voz. Más tarde percibirá incluso la música a
través del vientre de la madre, cuando su tamaño ha llenado bastante el espacio
del útero y la amortiguación de los sonidos exteriores por el líquido amniótico
es menor. Hacia el sexto mes, puede decirse que el bebé nonato es un ser humano
con sensaciones, sentimientos y capacidad de comunicación con la madre, y más
tarde con memoria y conocimiento que registra su experiencia vital inicial. Es
entonces cuando experimenta plenamente el tipo de existencia que tiene en el
interior materno, alimentado y oxigenado regularmente, mantenido a una agradable
temperatura constante, viviendo y durmiendo en el mullido lecho liquido del
útero. Hacia el octavo mes de gestación ya alterna sueño y vigilia, y sueña
como un bebé nacido.
Ambos procesos, nacer y morir, alumbran y apagan
respectivamente, de manera gradual e imperceptible, la conciencia del ser
humano. Hace finalmente el autor una reflexión personal acerca de la memoria
consciente, dada la ignorancia actual todavía sobre el almacenamiento de la
experiencia vivida. El cerebro no parece tener un área específica de
almacenamiento, a la manera de los ordenadores, y en casos de daños cerebrales
parciales, la memoria no parece ser seriamente dañada, como si los recuerdos no
estuviesen localizados en ninguna parte concreta del cerebro sino en alguna función
de la red neuronal que se mantiene o recupera después del accidente. Se
refiere, a título de curiosidad, a cierta teoría de un autor poco ortodoxo que
sugiere para la memoria una forma electromagnética construida y mantenida
permanentemente por la actividad neuronal, algo como un cuerpo inmaterial que
se habría ido creando a lo largo de nuestra vida y que nos acompañaría siempre,
a semejanza del cuerpo orgánico. Nuestra red neuronal mantendría activa la
forma electromagnética de cada recuerdo realimentada por un proceso continuo, y
además existiría una interacción entre dicha forma electromagnética y la red
neuronal, de manera que ante un daño cerebral la forma electromagnética
activaría en otra parte de la red neuronal, o en su conjunto, los circuitos pertinentes
para regenerarse. Señala las similitudes de esta teoría con otras de tipo
esotérico muy antiguas, como la del cuerpo astral, que representaba el ánima
del individuo. Haya o no algo en común en estas teorías, el hecho es que según
ellas, dice el autor, la luz o alma que el cerebro comienza a encender ya en el
útero, y que va creciendo en luminosidad a lo largo de la vida, se acaba
apagando en la muerte. Pero lo interesante, añade, es que toda nuestra
experiencia vivida, de ser cierta esta extravagante teoría, estaría ahí, a
nuestro lado, acompañándonos siempre como si el pasado siguiera existiendo con
la misma intensidad que el presente, si bien el proceso de hacerlo consciente
no tiene lugar de manera espontánea más que en momentos especiales como es el
de la experiencia cercana a la muerte. Sin embargo la psiquiatría y también
algunos “prácticos” del esoterismo emplean
con cierto éxito técnicas inducidas de regresión a sucesos remotos de la
infancia. La conciencia actuaría como un receptor que sintonizado adecuadamente
convertiría las señales electromagnéticas que siempre nos acompañan en imágenes
y sonidos de nuestra vida pasada.
Estoy otra vez en puerto. El mar estaba en malas
condiciones y he vuelto. Ha sido también la sensación de que necesitaba un
cambio en mis meditaciones, la conveniencia de distanciarme un poco del
recuerdo de la muerte del abuelo y de la reflexión sobre la muerte. Y para ello
lo mejor era cambiar de sitio, salir de
la soledad del mar. Todo lo que he leído últimamente se ha instalado en mi
convencimiento, si es que ya no lo estaba de manera ignorada. Pero tengo ante
mí la vida, mi vida. Si acepto mi muerte futura con naturalidad, y no con la
desesperanza que me llevaría al abandono, sigo teniendo ante mí la vida, mi
vida, y lo que pueda hacer con ella. Como pensaba hace algunos días, esta vida
que tengo es gratuita, me ha sido regalada y no se me pide nada a cambio de
ella, o muy poco. Puedo hacer lo que quiera con ella mientras no perjudique la
vida de los demás. Y por qué anticipar la conciencia de mi muerte y vivir para
ella si no sé cuándo llegará. ¿No es cierto que hoy puedo disfrutar de muchas
cosas aunque sean sencillas? Porque no tengo que caer en la trampa de los
deseos y aspiraciones elevadas que me conduzcan a la frustración por no
conseguirlas. El deseo y el dolor van juntos, la felicidad deseada y el
sufrimiento son hermanos. Porque pretender construir algo ignorando que el
resultado no depende exclusivamente de nosotros sino de otros seres, del azar,
de lo imprevisible, es una aventura a ciegas con mayor probabilidad de fracaso
que de éxito. Y sin embargo nos atrae
ciegamente la ilusión y la posibilidad de alcanzar una especie de paraíso en la
Tierra, o al menos la mayor cantidad posible de felicidad. Ciertamente esa
podría ser una meta, el intentarlo. Es cierto que el Paraíso puede estar en la
Tierra, pero muy pocos conseguirán alcanzarlo. Es demasiado prematuro, nuestro
mundo no está todavía organizado para ello, aunque quizás lo esté en algún
momento. Sin embargo la capacidad del hombre para esa dicha suprema existe, y
es capaz de imaginarla. Otra alternativa sería una vida sencilla, la felicidad
de una vida básica y fácil, el goce de la simple existencia, a sabiendas que
nuestra vida está prestada, regalada por un tiempo, y no es necesario hacer
nada especial ni pretender alcanzar el cielo y la felicidad suprema en ella.
Este es el camino de la renuncia a la máxima dimensión del hombre que alienta
prematuramente en nuestra alma. No es el tiempo, somos sólo los precursores,
los soñadores de ese paraíso terrenal que incluirá además la inmortalidad.
He estado con Ionna a mediodía. Mis posibilidades de
comunicación humana aquí se han visto mermadas con la muerte del abuelo. Ya
sólo tengo a Ionna para compartir amistad y afectos. Ionna es la tentación de
la felicidad, de esa felicidad que ayer contemplaba como una probabilidad
engañosa hacia la que no quería dejarme caer. Sé que ella se entregaría a la
ilusión, que lucharía por construir un proyecto de vida en común, su proyecto,
en el que yo tendría un papel imaginado por ella. Pero es imposible que ese
papel fuera el que yo trazaría para mí. Intentaríamos construir un mismo
edificio con dos proyectos a la vez, y las habitaciones quizás no fueran las
más adecuadas para cada uno. La vida en común es un proyecto de supervivencia
pero no de plenitud. Es mejor que la soledad no deseada, pero es un habitáculo
de frustraciones y renuncias que acaban por enturbiar la coexistencia. Eso me
parece lo probable, aunque hay excepciones naturalmente, dichosas excepciones,
pero ningún manual creíble que conduzca al éxito. No, mi actitud con Ionna
tiene que ser completamente abierta, sin proyectos, sin ilusiones, como lo es
la amistad que permite compartir la existencia sin exigir nada, aceptando el
ser del otro en toda su realidad y sin intentar adaptarlo al nuestro. Y en esa
libertad mutua, compartir todo lo que se pueda compartir. Cada vez estoy más
convencido que los compromisos de pareja encubren realmente, o intentan
eliminar, la inseguridad en una relación duradera, relación a la que uno se
agarra como se agarra a un seguro que cubra todas las contingencias. Seguridad
a cambio de limitaciones, de insatisfacciones.
No, la amistad no exige ningún seguro ni ninguna promesa de duración. Se
es amigo simplemente porque se quiere serlo y ninguno piensa en que mañana
dejará de serlo, porque el momento felizmente compartido es suficiente, y en el
alma queda el recuerdo y la garantía de esa comunión.
Amistad, amistad amorosa, amistad erótica, amor… Qué camino
tan resbaladizo. Cuando dos personas entran en esa comunicación tan intensa de
los placeres más íntimos, de los secretos más personales del sentimiento, del
fondo más sensible del alma, cuando dos personas se desnudan completamente por
dentro y por fuera, surge el deseo de ser uno, de ser dos en uno o uno
ampliado. Uno toma posesión del otro como si fuera algo suyo, algo que sólo a
él le pertenece como le pertenece su propio ser. Ese es el momento del éxtasis
y de la perdición, porque el amor, ese sentimiento que promete fundirles en una
existencia única, ignora las individualidades, ignora la necesidad del ser
separado. El amor puede unir, pero no fundir de manera permanente, aunque eso
sea un deseo suicida del amante, un impulso a anular la tragedia de la radical
separatividad que posiblemente arrastramos desde que fuimos expulsados del
paraíso maternal.
Es difícil que a estas alturas de mi vida y de mi
experiencia me enamore. Tiendo a ver en las mujeres su lado personal, y
físicamente su ser biológico. Aunque me tienta a veces mirarlas eróticamente,
procuro trascender esa mirada y no dejarme seducir por la imaginación. El
erotismo es imaginación, es encender nuestras fantasías sexuales. Sin embargo,
y lo sé claramente, a veces el erotismo se ha adueñado de mi por sorpresa y me
he abandonado a él. Pero no ahora, no
quiero caer en eso. Sé también que el amor personal, el impulso hacia el alma
de otra persona, también me ha sorprendido y engañado a veces, y en ello la
imaginación ha jugado también el principal papel.
¡Ay la mujer! y su capacidad de seducir, de acercarse, de
meterse dentro de las fronteras de la propia intimidad con la naturalidad del
que te va a hacer sentir bien. Es demasiado acogedora, demasiado íntima. No
necesita tanto el hombre para vivir y desarrollar su obra. Porque el hombre
siempre se empeña en hacer o conseguir algo y en ello cifra su felicidad.
Quizás necesite para ello la compañía y el estímulo de la amistad, la comprensión ante los fracasos. Para la mujer
sin embargo, su obra es la felicidad de su propia vida, que incluye la de los
suyos para que sea completa, la comodidad, la seguridad, el sentirse querida y
querer. La obra de la mujer es su propia vida. La mujer ve la obra del hombre
como algo accesorio, como un capricho suyo con el que hay que transigir y que
en el mejor de los casos será apreciada por los demás, lo que redundará en el
enriquecimiento de sus relaciones
personales. El hombre ve la obra de la mujer como algo endógeno, sin
dimensión, sin trascendencia, con frecuencia asfixiante aunque necesario,
reconfortante y acogedor como lo es su casa y su familia.
No sé a qué vienen estas reflexiones. Es como si me
estuviera planteando la convivencia con Ionna. Sospecho que estoy en peligro
con ella, que la muerte del abuelo y todas estas reflexiones sobre la muerte me
han despertado el apetito de los sentimientos igual que me despertaban en la
soledad del mar el apetito por la comida. Tendré que andar con pies de plomo
con ella. Este fin de semana empieza sus vacaciones, y como me había pedido
hace tiempo, le gustaría pasar unos días conmigo navegando. Después irá a
Ucrania a ver a su hija. Le he dicho que sí.
Sigo en puerto. He estado releyendo y recapitulando durante
los últimos días este cuaderno de bitácora, porque me parecía que había llegado
el momento de finalizar mis lecturas y
reflexiones, y que las conclusiones
encontradas de cómo orientar mi vida empezaban a estar claras. Comencé esta
andadura escapando del enrevesado tinglado mundano de relaciones y conflictos
para en la soledad del mar intentar tener una conciencia más limpia y verdadera
de la existencia. Era necesario sacar la cabeza de lo cotidiano para asomarse a
la realidad extramundana. Esto me llevó inicialmente a la meditación oriental, al
vacio de pensamientos, a escuchar la existencia desnuda. Después navegué por
las religiones occidentales, discutí con Ionna sobre muchas cosas interesantes.
Luego reflexioné sobre la visión sencilla y materialista del abuelo,
profundamente humana. Luego deseché todos estos caminos porque no eran capaces
de contemplar el proceso evolutivo de la Humanidad, ni el horizonte de creación
en que está embarcada.
Cuando empecé con la lectura de mis libros de Ciencia,
tenía puesta muchas esperanzas en adquirir una visión iluminadora de la
realidad. Y me sumergí en la Cosmología, en el misterio del origen y final del
Cosmos, en la intrigante creación de todo a partir de la nada sin necesidad de
concurso divino alguno. Me maravillé con las asombrosas propiedades de las
partículas, que presentaban un entendimiento de la realidad completamente
distinto del habitual. Las modernas teorías de la autoorganización, de la
emergencia espontánea del orden, de la
complejidad… Todo un cúmulo de teorías y promesas de nuevas visiones de la
existencia que más que iluminar el conocimiento abrían nuevas ventanas
deslumbradoras que nos dejaban en la conciencia la inmensidad de nuestra
ignorancia. Llegué a la conclusión que era demasiado pronto todavía para
esperar de la Ciencia una visión esclarecedora. Así que tanto las religiones de
Oriente y Occidente por obsoletas y estáticas, como la Ciencia por prematura
todavía, dieron al traste con mis esperanzas de entendimiento. Todo se aplaza,
todo se promete en el futuro de la Humanidad que yo no veré. El camino del
conocimiento es demasiado largo y complejo, y esta conciencia clara me decidió
en un momento dado de mis reflexiones a ocuparme sólo de mi camino personal.
La muerte del abuelo, y la lectura del libro sobre la muerte, me han ratificado en este empeño. Aunque la inmortalidad esté en el horizonte posible de la Humanidad, yo no la veré. Mis metas se han vuelto muy modestas y se encuadran en la temporalidad de mi vida. Llegué hace unos días a la conclusión de que tengo dos alternativas. Y las dos son principalmente egoístas, no se centran en el bien común ni en colaborar en la tarea de construcción del futuro de la Humanidad como directrices esenciales de la conducta. La conciencia clara de mi temporalidad y el carácter gratuito de mi vida me liberan en principio de responsabilidades no personales. Una alternativa es la de una vida sencilla y tranquila con un gran espacio para la conciencia estática y amplia de la existencia, sin grandes metas ni aspiraciones, que sin embargo no excluya la felicidad y el placer fácilmente conseguibles. Es una mezcla de estoicismo y epicureismo. La otra alternativa es más radicalmente hedonista, más excitante y aventurera, es un lanzarse hacia la intensidad vital con todos los riesgos que eso conlleva, y con las promesas de una conciencia existencial dinámica y aguda. Dado mi carácter, creo que la primera alternativa es la que va a ser elegida.
Es de noche. Una hermosa noche de mediados de Junio. La ventaja de estar en puerto es la de poder dormir confiado por la noche. Pero estoy algo nervioso y excitado sin embargo. Mañana es sábado y salgo a navegar con Ionna de madrugada. Van a ser unos días de estrecha convivencia en el barco. Iremos costeando para que sea más distraído, fondearemos cerca de bonitas playas para bañarnos y atracaremos por la noche en los puertos para dormir tranquilos. Me noto a la defensiva, y quizás temo más mis impulsos que su actitud. Sigo con la intención de mantener con ella una sincera y afectiva amistad, una relación abierta, y compartir todo lo que se pueda compartir. Creo que durante algunos días mi cuaderno de bitácora va a descansar, pues ella no conoce su existencia y no voy a descubrírsela.
Día
20 de Junio del año primero
Había
perdido la costumbre de señalar el día en que estoy. No era necesario ya que
todo este tiempo ha trascurrido para mí de manera casi ininterrumpida sumido en
mis lecturas y reflexiones. Quizás siento ahora que acabo de traspasar una
frontera dentro de mi estancia en el mar. Me parece mentira que sólo hayan
transcurrido dos meses y medio desde que llegué, pues tengo la vivencia de
haber transitado durante años por los caminos del conocimiento. Y aquí estoy
otra vez, en puerto hace ya un par de días después que Ionna se haya marchado a
Ucrania de vacaciones. Hemos estado juntos apenas cuatro días y también me
parece que hubieran pasado por nosotros cuatro meses.
Recuerdo -es curioso que me parezca tan lejano- que llegó
el sábado pasado al barco apenas amanecido. Yo había preparado previamente
provisiones para algunos días, fruta, agua abundante, un par de botellas de
vodka. Ionna estaba muy excitada y radiante de felicidad. Empleamos un par de
horas en que aprendiera lo indispensable para salir a navegar: equipos de
seguridad, uso de salvavidas, controles básicos del barco, manejo de la radio,
etc., etc. En cuanto a las facilidades de habitabilidad, cocina, aseos, etc.,
ya las conocía de antes. Y por fin salimos lentamente de puerto. Iba muy atenta
a todo, a las maniobras, a la navegación, y me preguntaba cantidad de cosas.
Una vez calientes los motores y ya siguiendo la línea de costa a poca
distancia, puse el barco en revoluciones para mostrarle lo que corría. Iba
extasiada, mirando hacia atrás la amplia estela blanca que dejaba el barco sobre
las aguas. Salió a la bañera, y sujeta firmemente a los asideros, se entregó de
frente a la fuerza del viento y el aroma del mar, y su rostro de ojos
entrecerrados que bebía el aire sonreía. Su pelo revoloteaba y su ropa se ceñía
apretada sobre sus formas corporales. Esa imagen suya se me ha quedado grabada
con mucha intensidad, y sé que cuando en el futuro recuerde estos días la
evocaré también con gran placer.
Luego navegamos tranquilos, mirando la costa, y fijé el
timón para poder salir a la bañera yo también y disfrutar directamente del mar,
aunque sin perder de vista el rumbo. Me acerqué a ella y se sujetó con el brazo
alrededor de mi cintura, muy junta y susurrándome unas palabras de
agradecimiento por el viaje. Hacía un día espléndido y el brillo del mar y la
tibieza del sol inventaban la felicidad.
Bien entrada la mañana fondeamos delante de una larga playa
para tomar el sol y bañarnos. Nos tumbamos en el reducido espacio plano a proa,
y nos dejamos seducir por sol y el suave balanceo del barco. Nuestras manos se
encontraron enseguida y nos miramos un segundo mientras los ojos se
entrecerraban y sonreíamos. No hablábamos, no podíamos, hubiese sido demasiado
comprometedor hablar de las sensaciones de placer y erotismo que empezaban a
embargarnos. Comencé a sentir un impulso agudo de girarme hacia Ionna y
acariciarla, y besarla, y sorprendentemente noté como su mano se apretaba
contra la mía. Era como si se hubiese establecido una conexión interior entre
los dos que no necesitaba ver ni oír para comunicarse.
Ay, esta costumbre
mía de repasar con todo detalle los sucesos relevantes… Es como si
necesitara tomar conciencia clara de lo sucedido, o quizás simplemente de
volverlo a vivir si ha sido agradable.
Hasta tal punto necesito o disfruto haciéndolo que voy a intentar registrar
estos días pasados con Ionna en forma de relato:
“La caricia del sol y el aire marino, el lento transcurrir
del tiempo que parecía haberse detenido, y la sublime música de Bach que nos
llegaba del interior del barco facilitaron finalmente de manera natural lo que
habíamos reprimido, y nos volvimos el uno hacia el otro y nos acariciamos el
cuerpo. Luego llegaron los besos cariñosos, y cuando los labios se acercaban
incontenibles y la respiración se entrecortaba, Ionna se incorporó súbitamente
y dijo que se iba al agua. La vi llegar nadando hasta proa y me hizo señas con
la mano de que me lanzara al agua. Algo perezoso todavía bajé por la
escalerilla de popa y fui nadando hasta ella. Frente a frente en el agua, nos
abrazamos y por un instante sentí toda la blandura de su cuerpo sumergido
contra el mío, pero nos hundíamos y hubo que patalear. Era una tarea imposible
abrazarse y flotar. Nadamos un buen rato, jugamos y nos perseguimos en el agua,
hasta que cansados subimos a cubierta dispuestos a prepararnos una buena
comida. Ya bien secos, coloqué el toldo de popa y una mesita portátil con
sillas en la bañera para comer cómodamente allí, a la sombra y mirando el mar y
la playa. Mientras tanto Ionna preparaba la comida.
Mientras comíamos le daba vueltas en la cabeza a la manera
de contarle a Ionna mi planteamiento de nuestra relación sin que se sintiera
rechazada, y sin que por ello se enfriara nuestra intimidad. No podía decirle
sin más que no quería implicarme de manera permanente con ella, que sólo
deseaba una amistad íntima, una extraña amistad sin duda para ella que no
excluía nada, ni el sentimiento ni el placer, pero en libertad. Entonces le
conté con detalle mi búsqueda, lo que estaba haciendo durante este tiempo en el
mar, y las conclusiones a las que estaba llegando. En el marco de esas
conclusiones no cabía una ilusión profunda por nada, pero si el disfrute
moderado de lo que la vida pudiera ofrecerme sin perjudicar a nadie. Ella me
escuchaba muy atenta, muy seria, y me dejaba hablar.
Sin casi darme cuenta terminamos de comer. Ella se levantó
y recogió los cubiertos y platos, que para facilitar las cosas eran
desechables, por lo que fueron directamente a la basura. Vino con una botella
de vodka y dos vasos nuevos. Después de servir un culo de licor para cada uno
me dijo directamente:
-Tú tienes miedo a vivir.
-Tengo miedo a sufrir inútilmente, en todo caso- creo que
le dije.
-Pero nadie te va a regalar la felicidad- quiso decirme en
su lenguajeo castellano poco ortodoxo que voy a intentar recomponer en
adelante-, eso tienes que conseguirlo tú
mismo.
-Desconfío de que el balance merezca la pena a la larga.
Todo son ilusiones de momento, y apenas se disfrutan un breve tiempo, la
realidad pasa su factura demasiado elevada- contesté en plan filosófico.
-No estoy de acuerdo -dijo-, la felicidad no es sólo
ilusión de un momento, es una tarea que hay que hacer día a día. No basta
sembrar una semilla para que la planta crezca, hay que trabajar, regar la
tierra, quitar las hierbas malas… y también rezar, sí, para que el mal tiempo, que no depende de
nosotros, no malogre la cosecha.
-Demasiado complicado, ¿no te parece que es más sencillo
saber renunciar a esa felicidad tan trabajosa e insegura y conformarse con los
frutos naturales que la tierra quiera ofrecernos en cada momento?- continué en
plan metafórico.
- Ten la seguridad de que el labrador que siembra y trabaja
es porque sabe que va a obtener una buena cosecha la mayor parte de las veces
-remató convencida.
- La cuestión es -continué mientras se iba despertando mi
inclinación natural a la polémica banal- que el labrador necesita cultivar la
tierra para vivir en el mundo de nuestros días, que obliga a tantas cosas
innecesarias, como el coche, la televisión, los electrodomésticos, y se ha
olvidado que se puede vivir renunciando a casi todo. Yo creo que hasta la
felicidad se ha vuelto un objeto de consumo que todos esperan conseguir en esta
vida. ¿Quién ha dicho que haya que ser necesariamente feliz, que la humanidad
es y ha sido siempre feliz?
-Tú dices
tonterías – me espetó después de haber apurado el segundo culo de vodka-. Los labradores han
trabajado la tierra desde el principio para sobrevivir y no para vivir bien,
porque la naturaleza por sí misma no daba alimentos para todos.
-Ya -contesté ácido-, no daba alimento para todos porque
eran felices haciendo hijos.
-O sea, que tú quieres que nadie sea feliz, que renuncien a
lo bueno de la vida.
- Pues tú que crees en la felicidad suprema de la otra vida
debería no parecerte tan mal -disparé con malicia.
- Ya sé que tú no crees, pero por eso mismo podrías desear
ser feliz en ésta. Es la única oportunidad que vas a tener para descubrir lo
que es la felicidad.
-Sé lo que es la felicidad- contesté intentando dar por
terminada la discusión-, y sé también lo que es el desengaño, el sufrimiento y
hasta el odio. Todo se vende junto, no te engañes.
Seguimos bebiendo vodka a pequeños tragos en silencio, cada
uno refugiado en sus propias convicciones e inundados por la música de cámara
que llenaba el silencio del mar y las profundidades del alma.
Al rato me dijo:
-¿Sabes?, yo he sido feliz con mi marido durante años hasta
que murió, y he llorado mucho su falta. Estoy hecha para vivir con mi pareja y
sé que puedo hacerla feliz. Tú me has dicho que conviene renunciar a muchas
cosas para no sufrir, y yo te digo que también hay que renunciar a muchas cosas
para ser feliz. Ese es mi secreto y el otro es el tuyo. Pero con el mío se
llega a la felicidad y con el tuyo a la resignación. Me parece que buscamos
cosas distintas haciendo lo mismo, yo la felicidad y tú no sufrir. Los hombres
no sabéis sufrir, sois demasiado débiles.
-¿Y para qué sufrir si al final, no sabemos cuándo, todo se
va a acabar? – dije convencido.
-No sé cómo puedes estar tan convencido de que no hay nada
después de que te mueras.
-¿No lo estás tú de que sí hay algo?
-¿Y por qué no va a haberlo si ya lo hay ahora? ¿No es eso
una señal?
-Ya te entiendo… ¿pero lo había antes de que tú nacieras?
-Sí, mis padres ya sabían que lo había, y los padres de mis
padres, y así siempre. ¿Crees que todos pueden haber estado engañados?
- Ya veo que tienes muchos recursos para discutir de estas
cosas. Es evidente que no es la primera vez que lo haces.
- Ya te dije que solíamos hacerlo en grupo, pero eso no
quiere decir nada en contra de la verdad de mis argumentos.
- Pues tengo que decirte que sí, que toda la Humanidad
puede haber estado engañada desde el principio. ¿Por qué te extraña? ¿No lo ha
estado también durante mucho tiempo con otras cosas, como que la Tierra era
plana, o que era el centro del Firmamento?
- Pues si Dios no existiera y si no existiera otra vida,
deberían existir, porque es lo que todos los hombres han deseado siempre
-suspiró.
-En eso tienes razón, y quizás algún día existan -añadí misterioso
recordando mis lecturas sobre el futuro de la Humanidad.
-Ah, veo que no eres un caso perdido- dijo feliz-. Piensa
que si algún día existe Dios es porque ya existe ahora. Dios es eterno, no va
nacer un día de estos. Se tratará entonces de volverlo a descubrir de otra
manera.
Me serví otro vodka y a ella también. «Esta mujer -pensé sonriendo para mis
adentros- me va a acabar convenciendo de sus ideas».
-Precisamente hay algunas teorías científicas sobre la no
existencia real del tiempo -dije meditando-. Parece que es sólo una manera
humana de entender la realidad. Según eso, todo lo que ha existido o va a
existir existiría ya ahora. Bueno no estoy demasiado seguro de que ésta sea una
interpretación exacta. La ciencia moderna es demasiado compleja y no se puede
entender fácilmente.
El vodka ya estaba haciendo sus efectos y seguir la
discusión parecía una aventura descabellada, así que nos fuimos juntos a echar
la siesta un rato mientras la música nos invitaba a dejar de pensar. Vestidos como estábamos, con pantalón corto y
camiseta, nos tumbamos juntos como habíamos hecho otra vez. Música y vodka,
contacto fraternal de los cuerpos abrazados, atracción erótica que se fue
adormeciendo con nosotros. Cuando desperté Ionna dormía aún, confiada junto a mí,
su cara muy cerca de la mía. Sentía su respiración suave. Acerqué mis dedos a
su boca y acaricié sus labios. Luego se los besé con suavidad. Abrió los ojos
pesadamente y me miró con ternura. Luego se acercó más y se apretó junto a mí.
Sentí su tierno contacto como cuando nos abrazamos en el agua, y luego nuestros
cuerpos se abandonaron perezosamente al placer de los sentidos. Todo fue muy
natural, como si fuéramos marido y mujer. Hicimos el amor como si nos
diéramos un beso íntimo, prolongado y total con los cuerpos desnudos,
apenas sin movernos.
Comenzaba a atardecer y pusimos el barco en orden de
marcha. Según mis cálculos, a una hora aproximada encontraríamos un buen puerto
para pasar la noche. Icé el ancla y
salimos tranquilos.
-¿Quieres llevar el barco?- le pregunté a Ionna
- Me encantaría- dijo -pero no sé si haré algo mal.
-Es muy fácil, ya verás; mucho más que conducir un coche.
Sólo tienes que mantener el rumbo constante y no hay que estar pendiente de
otros barcos casi nunca, así que no hay peligro. Tampoco hay que tocar el
acelerador una vez que fijas una velocidad, así que el único inconveniente es
que en lugar de navegar en línea recta vayas haciendo eses y gastes más tiempo
y combustible de la cuenta. Para mantener el rumbo, lo más cómodo cuando se va
costeando es fijarte en la lejanía un punto de referencia hacia el que navegar
y mantenerlo todo el rato. Verás que el barco no responde de manera instantánea
a los movimientos del volante del timón, como en los coches, por lo que tendrás
que anticiparte un poco cuando quieras corregir el rumbo. El agua tampoco es
una carretera y el barco no se agarra a ella como las ruedas al asfalto, así
que tendrás que ir siempre corrigiendo un poco el rumbo a un lado y otro para
mantener la alineación con el punto de referencia. Navegar por mar abierto es
así de fácil y lo puede hacer hasta un niño si el mar está tranquilo. Lo demás
ya no es tan fácil, y requiere mucha práctica. Es mucho más difícil por ejemplo
atracar el barco en el muelle que aparcar un coche, y así todo lo demás.
Se puso al timón y después de dar algunos bandazos le fue
cogiendo el punto. Iba feliz, disfrutando de la sensación de gobernar el barco.
La dejé un rato que se acostumbrara y luego le dije cómo darle un poco más de
gas. Pendiente de la velocidad se le fue el barco a un lado y le costó
recuperar el rumbo, pero pronto se hizo de nuevo con el control.
-Por hoy no te enseñaré nada más- le dije-, sólo
acostúmbrate a mantener el rumbo y a darle un poco más o menos de gas.
La dejé sola intencionadamente en el puesto de gobierno y
salí a la bañera.
-¡No te vayas, por favor!- me gritó al percatarse.
- No pasa nada, lo haces muy bien -contesté sonriendo pero
sin dejar de mirarla a sus espaldas y ver como mantenía el rumbo.
Al cabo de un buen rato divisé el puerto a lo lejos. Tomé
el mando y después de pedir por radio amarre para una noche entramos despacio
en la ensenada. Un marinero nos hacía señas desde un pantalán y con su ayuda
atracamos fácilmente el barco. Después de dejar las amarras bien seguras, y
cerrada la cabina, saltamos a tierra.
El puerto era grande y estaba bastante animado. Había
varias terrazas y restaurantes con gente tomando copas o cenando. Había
anochecido. Después de dar un paseo y familiarizarnos con las instalaciones, nos
sentamos en la terraza de un restaurante dispuestos también a cenar algo.
Pedimos unos platos de pasta y cerveza. La temperatura era deliciosa a esa hora
y desde la terraza se veían los pantalanes repletos de barcos de todos los
tipos. En algunos se veía luz y personas cenando o charlando, pero la mayoría
estaban vacíos. Estábamos muy callados. Yo tenía ganas de hablar de nuestra
maravillosa siesta, pero no sabía cómo abordar el tema ni sus sentimientos al
respecto, y ella parecía espiar mis ojos y mis intenciones. Era una esgrima de
miradas y silencios. Al final dije torpemente:
-La siesta de hoy ha sido deliciosa…
-¿Deliciosa?- dijo levantando la voz- ¿Eso es todo lo que
tienes que decir?
-Bueno, quiero decir… que ha sido algo muy especial, muy
íntima, muy…
-Ya, y seguramente pensarás que hacemos este viaje para
tener estas siestas tan especiales y deliciosas, ¿verdad?
-No-, dije recuperando mi control- ya sabes mi manera de
pensar y mis intenciones. No planearía nada que a ti te molestara, pero estoy feliz
de que hayamos tenido esta expansión tan natural y tan espontánea, y no me voy
a arrepentir de haberlo hecho.
- Yo sí debí estar menos abandonada y más consciente.
Espero que no pienses que soy así normalmente- dijo algo confundida.
El silencio se instaló de nuevo entre los dos mientras nos
escondíamos dando cuenta de la pasta.
-¿Ves?- dije al poco rato- apenas hemos sido un poco
felices y ya empezamos a sufrir. Es ley de vida.
- Me parece que la felicidad para ti es algo bastante
simple -me dijo y me pareció cruel.
-¡Ah, bien! Imagino que para ti la felicidad es algo muy
espiritual. Espero que no estés planeando pescarla estos días en medio del mar-
dije ofendido y enseguida me sentí fatal.
Su mirada se clavó con dureza en mi alma y temí que algo se
hubiera estropeado entre los dos. Pero después de unos instantes sus ojos se
dulcificaron y me dijo serena:
-Perdóname, he sido un poco ingrata contigo. Aunque no
quieres decirlo, me has tratado con mucho amor en la siesta. No sé por qué a
los hombres os cuesta tanto reconocer vuestros sentimientos.
-Supongo que por las mismas razones que a vosotras
reconocer vuestro placer físico.
-¿Cómo puedes compararlo? El placer físico es la
manifestación del amor. Supongo que cuando alguna vez me acaricias no estás experimentando
solamente la sensación suave de tu
tacto. Eso te produciría muy poco placer. Y cuando has hecho el amor esta tarde
conmigo supongo que la deliciosa experiencia, como tú la llamas, era debida a
que lo hacías conmigo especialmente, y no con una prostituta por ejemplo. ¿Lo
habrías hecho con ella tan dulcemente?
Me sentí tocado. «Esta
mujer me puede», me dije mientras buscaba la manera de
escabullirme de su red.
-Está bien, reconozco que tienes razón. Nos conocemos ya
muy bien y no nos vamos a engañar. Si nuestros sentimientos no fueran muy
cercanos, no estaríamos haciendo este viaje juntos. Pero sabemos lo que busca
cada uno porque hemos sido sinceros uno con el otro. Si yo deseara un
compromiso sentimental contigo expresaría mis sentimientos con mayor libertad.
Y supongo que ante esta actitud mía tú también te reprimes al expresar tus
sentimientos. ¿O es que puedes decirme lo que has sentido esta tarde cuando
hacíamos el amor?
La vi sonrojarse y pensé que era ella la que ahora se
sentía tocada, pero mirándome a los ojos me dijo con mucha valentía:
-Puedo decirte que sería capaz de amarte, que esta tarde te
he amado, pero que eso no quiere decir que me ponga en tus manos por tener
estos sentimientos.
-Me gustaría tener tu fuerza. Los hombres tenemos el
corazón más débil, y más vulnerable. Quizás por eso pasamos tanto de él o
procuramos esconderlo.
- Ya te lo dije una vez- dijo riendo-, tengo que enseñarte
a querer. Tú me enseñas a navegar y yo a querer. Es un trato justo.
Camino del barco, nos cogimos de la mano olvidando las
disputas. La luna parecía sonreír condescendiente ante alma de los humanos, y
su sonrisa se esparcía por las aguas del puerto.
-Esta noche dormiremos separados- me dijo con cariño.
Cuando me desperté oí a Ionna que trasteaba en la cocina.
Salí del camarote, que se había empeñado que usara yo mientras ella se
instalaba en la dinnete convertible, y vi que estaba preparando el desayuno.
-Hola querido- me saludó feliz-. ¿Has dormido bien? ¿Me has
echado de menos?- añadió con un punto de picardía.
-Oh, sí- dije desperezándome-, te he echado de menos ahora
mismo al levantarme. Me hubiera gustado que estuvieses allí y abrazarte- añadí
siguiéndole la intención.
-Puedes hacerlo ahora- dijo riendo.
Me acerqué a ella por detrás y la estreché pasando mis
brazos por su cintura y pegando mi cara a la suya. Olía bien, me gustó el
contacto tierno de su cara contra la mía, y su trasero en mi vientre hizo que
el abrazo se prolongara hasta llenarme de su cuerpo.
-Creo que hoy podemos empezar tu aprendizaje -dijo
misteriosa.
-¿Mi aprendizaje?
-Claro tonto, habíamos quedado que te iba a enseñar a
querer.
-Bueno, si quieres jugar a eso… pero soy bastante torpe
para los juegos. Seguro que hago lo que no debo y te acabarás enfadando.
-¿Y por qué crees que es un juego? Al contrario, es algo
muy necesario para ti. Aunque me parece que en realidad te da un poco de miedo.
-¿Por qué me iba a dar miedo?
-Tú lo insinuaste ayer. Me parece que tu capacidad de
querer está muy reprimida, y a lo mejor nunca has querido de verdad. Y eso es
por miedo. Ahora será por miedo a quererme a mí.
- ¿Y crees que se puede enseñar a querer lo mismo que yo te
voy a enseñar a navegar?
-Depende del miedo que tenga el alumno. Yo también podía
tener pánico a navegar, a estar en medio del mar en un barco pequeño, y seguro
que hay mucha gente que no se atreve.
- Pero estás en buenas manos y no te va a pasar nada. Yo sé
navegar muy bien.
-Tú también estas en buenas manos y tampoco te va a pasar
nada, ya verás.
Desayunamos en la dinnete, que ya había vuelto a convertir
para su uso normal. Yo le daba vueltas en la cabeza, mirándola a hurtadillas, a
los planes que estaría fraguando respecto a mí. Al rato me dijo:
-¿Y qué vamos a hacer hoy? ¿Seguirás enseñándome a navegar
un rato?
-Claro, estaba pensando en navegar mar adentro hasta perder
de vista la costa. Nos encontraremos con más oleaje y así podrás llevar el
barco en las condiciones normales de una travesía. ¿Te gusta la idea?
-¿No estarás queriendo meterme miedo ahora tú a mí, verdad?
Me eché a reír percatándome del curso de nuestra
conversación y de los paralelismos que se iban trenzando de manera no
premeditada. Perder de vista la costa, las referencias, perder de vista la
orilla del yo y sus referencias y adentrarse en el mar incierto del amor.
Recogido y asegurado todo dentro del barco para una travesía mar adentro, empecé por contarle que debíamos previamente escuchar el parte meteorológico por la emisora de radio, que se emitía a horas fijas y por canales determinados. Después le expliqué cómo íbamos a orientarnos para navegar, cómo había que trazar sobre la carta náutica un rumbo hacia un punto mar adentro y luego otro de regreso hacia la costa. Le exageré intencionadamente los posibles riesgos de desorientarnos si no hacíamos estos cálculos sobre la carta con total precisión y luego seguíamos los rumbos atentamente en el compás para no desviarnos. En caso contrario podíamos acabar en un punto incierto en medio del mar sin ninguna referencia de hacia dónde navegar. Cuando estaba ya muy preocupada y a punto de renunciar a la aventura, le expliqué que en realidad se habían simplificado mucho las cosas con los modernos GPS y navegadores, y que bastaba programar en ellos un punto en medio del mar para que nos fueran mostrando en todo momento la dirección a seguir. Claro que si se estropeaba el GPS por cualquier azar -le dije para seguir inquietándola un poco todavía-, era bueno usar en paralelo el procedimiento clásico de la carta náutica.
-Bueno, no me fío mucho de todo esto -dijo- pero me fijaré en la posición del sol cuando perdamos de vista la costa y así tendré una referencia de hacia dónde volver más o menos.
-Muy bien, así se hacía antes -le dije recordando los métodos antiguos de navegación que me había contado el abuelo. También puedes llevarte un pájaro y lo sueltas, que él sabrá con todas seguridad hacia dónde está la tierra.
Se rió pero me percaté que de buena gana lo hubiese hecho de poder coger uno en aquel momento.
Trazados lo rumbos en la carta para su aprendizaje más que para otra cosa, y programado el GPS, partimos hacia alta mar. Se anunciaba marejadilla cambiando a marejada, y enseguida le dejé el puesto de gobierno mientras el mar seguía tranquilo.
A algunas millas de la costa el mar empezó a moverse bastante y el barco acusaba las olas. Tomé el mando y le mostré cómo había que navegar de través a las olas, cruzando el barco en ángulo para que no sufriera demasiado su impacto. «Evidentemente -le advertí divirtiéndome todavía en inquietarla un poco- al hacer esto estamos modificando el rumbo, y habrá que corregirlo de vez en cuando. Es decir, que navegaremos en zigzag».
-Toma, coge tú el timón -le dije decidido.
-No, deja, sigue tú, si ya voy viendo cómo hay que hacerlo -respondió un poco asustada.
-No, no, si no lo haces tú misma no aprenderás. “La experiencia es la madre de la ciencia” -le largué disfrutando un montón.
Al final se puso al timón y el barco se le fue enseguida de banda hacia las olas, ladeando el casco y dándole un susto considerable. Luego corrigió como yo le dije pero se pasó y puso la proa hacia las olas, haciendo que el barco saltara sobre ellas dando fuertes golpes contra el agua.
-Eso se llaman pantocazos -le dije riendo- pero no te asustes que el barco no se va a romper. Simplemente son molestos y hay que evitarlos. Por fin consiguió poner el barco en la adecuada dirección y la navegación se hizo más cómoda y efectiva.
-Esto se mueve mucho -dijo tensa a pesar de haberle cogido el truco a las olas.
-Claro, el mar no es una piscina, y eso que hoy no está mal del todo. Se puede navegar bien, pero si se pusiera fea la cosa buscaríamos puerto.
Me puse de nuevo al timón y navegamos más ligeros. Parecía que Ionna se iba confiando y acostumbrando al movimiento del barco. Las condiciones del mar permanecieron estables y a la hora de navegación dejó de verse la línea de costa. Seguimos un poco más y luego le volví a gastar una broma cruel pero inofensiva. Me pregunto por qué disfrutaba tanto soliviantándola, y debió ser por la inquietud que me producía su empeño en “enseñarme a querer”, del que no me iba a librar. La broma consistió en que hice unas cuantas evoluciones con el barco con el pretexto de comprobar el timón y la respuesta del barco al oleaje, de manera que al final no había manera de saber el rumbo que habíamos traído y por lo tanto el opuesto que debíamos seguir para llegar a tierra.
-¿Te has fijado por dónde veníamos? -le pregunté fi