CUADERNO DE BITÁCORA

 

 

Gerardo Hernández

 

 

© Derechos reservados

Madrid 2009

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ANTECEDENTES

 

 

Me enfrentaba a la soledad. Cuando se fue Carmen esta vez, los dos sabíamos que aquello era definitivo. Ya no eran  los tiempos en que después de una visceral desavenencia rompíamos  por unas semanas y luego nos volvíamos a llamar: la vida en solitario no era fácil y los dos echábamos de menos los momentos gratificantes de nuestra relación; y al final, después de algunos encuentros conciliadores, otra vez volvíamos a vivir juntos. No, ahora no se trataba de desencuentros dolorosos, de odio pasajero, sino del convencimiento de la vaciedad de nuestra relación durante los últimos años, de la insatisfacción mutua y la hostilidad acumulada a fuerza de frustraciones. Todo tiene su fin definitivo y ese día había llegado con toda lucidez para nosotros. Después de aquellas semanas de meditación a solas durante el pasado verano, la decisión de cambiar de vida era firme por mi parte. Lo hablamos, lo asumimos con amargo realismo, lo aceptamos; lo sufrimos también, recordando entre lágrimas difícilmente contenidas los tiempos iniciales de ilusión, los buenos ratos y aventuras en común, evocados ocultando aquellos momentos de desavenencia y rencor con que siempre iban mezclados.

Era otoño, ese tiempo en que mueren tantas cosas además de los árboles caducos. Ese tiempo en que se desvanecen las aventuras del verano, como las extraordinarias experiencias que a pesar de mi propósito de meditar a solas había tenido con Teresa, con Berta y María; ese tiempo en que se van los ancianos mirando desde su ventana el caer de las hojas, o se abandonan las relaciones que no han dado fruto ni siquiera en el calor de los días; todas esas cosas que mueren definitivamente y no como los árboles, que resucitan en primavera.

 

Me enfrentaba a la soledad, como tantas veces en mi vida, pero ahora era distinto, ahora no era una situación transitoria a la espera de una nueva relación que estabilizara mi existencia. Ahora entraba en la soledad para permanecer en ella, para conquistar su territorio y establecerme en él, para intentar descubrir desde allí el verdadero valor de la vida, lejos de las enrevesadas y conflictivas relaciones entre las personas. Recordaba con bastante claridad aquellas fantasiosas palabras que le había dicho a la ingenua y dulce Alba al final del verano: «Tengo que buscar la soledad y desde ella luchar día a día con una enemiga poderosa: la existencia. Se esconde en las personas y desde ellas me ataca con ventaja; por eso debo buscar la soledad y combatirla desde allí. Ya sé que es una guerra perdida y que al final acabará conmigo, pero al menos sé que mientras lucho estaré vivo, con mi mente despierta, con el espíritu exaltado de los guerreros de la antigüedad, que iban a la batalla sabiendo que el verdadero valor de la vida se descubre cuando vences un día más a la muerte».

Y en esa lucha estaba, en esa conquista del territorio de mi piso abandonado por Carmen, lleno de su ausencia todavía aunque vacío de su conflictividad. Pero no era una buena posición para la batalla; había demasiados ecos, demasiados fantasmas de pasadas reyertas, demasiada memoria cotidiana. Tenía que cambiar de escenario. Tenía que cambiar radicalmente de vida en todos los aspectos. Un buen escenario sería una casa en la montaña, no demasiado lejos de algún pueblo, donde poder vivir a mi aire en medio de la naturaleza. Dejaría el trabajo. Podía vender mi piso actual y conservar el de mi madre, por sentimentalismo, por seguir teniendo un refugio habitado de afectos y recuerdos entrañables. Además tenía ahorros bien invertidos de los que ir tirando. Otro escenario interesante era el mar, una casita en el mar. « ¿Y por qué no un barco en el mar, en lugar de una casita? », me dije. Sí, eso me atraía más, eso me daba más libertad. Todo el mar para estar a solas, perdido entre las llanuras del agua y el cielo. Igual que los místicos ermitaños habían vivido en una cueva en medio de las montañas, yo viviría en el hueco de mi barco en medio del mar.

Arreglar todos mis asuntos para el cambio de vida me llevaría algunos meses. Primero, vender el piso provechosamente. Luego, en el trabajo, dejar terminados los proyectos en marcha y transferir adecuadamente mis competencias a otra persona; no quería despedirme a la torera. Finalmente, considerar bien lo del barco: qué tipo de embarcación, tamaño, puerto de amarre, etc. No tenía experiencia náutica alguna, aunque el mar me fascinaba desde siempre y muchas veces había acariciado la idea de tener un barco. Debería consultar revistas de náutica, visitar algún puerto deportivo, hablar con gente introducida en el tema. Una primera duda que me asaltaba era qué sería más conveniente para mis propósitos, si un velero o un barco a motor. La idea del velero era más romántica, más deportiva: navegar silenciosamente empujado por el viento, en equilibrio con las fuerzas de la naturaleza. El barco a motor era más agresivo, menos natural; a su favor, el manejo más sencillo, casi como un coche, pensaba yo; y la rapidez para llegar a cualquier sitio o salir de él en caso de apuro. Esto último decidió mi elección. No me planteaba convertirme en un experto marinero, ni surcar audazmente los mares oyendo el soplo del viento en las velas y sintiendo su fuerza inclinando mi barco, sino retirarme plácidamente al desierto acuático y vivir flotando en él mientras las condiciones del mar fueran favorables. Mi navegación iba a ser espiritual y no física, y cuanto menos tiempo perdiera en otras actividades, mejor.

Así que me dispuse, al contrario que Cortés que quemó sus naves para obligarse a penetrar en tierra, a liquidar mis posesiones en tierra para internarme en la mar.

 

 

 

 

 

CUADERNO DE BITÁCORA

EMBARCACIÓN: ABRIL TERCERO

 

 

 

Día  1  de  Abril  del año  primero   

 

He bautizado a mi barco con el nombre ABRIL TERCERO. Lo de abril es por el mes en que inicio mi aventura; y lo de tercero porque ya existen otros ABRILES navegando y es obligatorio distinguirlos. No sé cuantos abriles pasaré yo en este barco, quizás tres como es su nombre, quizás sólo este primero que abre mi cuaderno de bitácora. Me gusta el nombre de ABRIL, evoca la primavera lluviosa, la soledad fecunda, el inicio de la luz. Sin embargo estos días aquí son excepcionales y anticipan ya la buena estación. Aquello de “Abril, lluvias mil” pasó a la historia. Hace semanas que no llueve y parece que estemos en Junio. Vivimos tiempos de cambio, de cambio climático. También de cambio vital para mí. Veo estos hermosos días con esperanza, como un vaticinio favorable de mi nueva vida en soledad.

Ha sido emocionante la llegada del barco a este puerto de amarre en medio de la costa mediterránea: nuevecito y reluciente, marinero, llegando por mar desde el astillero y entrando pausadamente en puerto, cortando delicadamente el espejo de agua de la ensenada con su afilada proa. Aquí lo tengo ya, todo mío; no es grande ni demasiado pequeño, espartano, pero suficiente para vivir y hasta excesivo para un solo tripulante; aunque yo me diría mejor habitante, pues viajar lo que se dice viajar no entra en mis planes por más que me tiente la aventura. Porque mi aventura va a ser distinta, mi viaje diferente. Va a ser un viaje interior, y mi barco un refugio en medio del mar, flotando a la deriva. No, no pretendo hacer turismo, ni navegar hasta las islas, ni abandonarme al deporte excitante de la pesca. Renuncio. Mi barco será como un útero, plácido y suficiente para mantenerme vivo y a flote mientras el alma busca su horizonte.

Tiene un camarote a popa, cómodo aunque reducido como en todos los barcos pequeños. Luego hay una cámara o salita en la que destaca, bajo una amplia claraboya, una mesa y un asiento corrido alrededor de ella; todo el conjunto es convertible en cama en caso de necesidad. En la misma salita hay también una pequeña cocina con fregadero, y una puerta que se abre a un mínimo cuarto de aseo, con lavabo, retrete y ducha. Todo esto está localizado en el nivel bajo del barco, en el sótano, por llamarlo así, al que se accede por una pequeña escalera que hay en cubierta. El nivel alto del barco, la cubierta, tiene una parte cerrada, cabinada, que es donde se encuentra el puesto de mando, los controles, la radio, etc. Esta cabina tiene una puerta acristalada corredera que da paso a la parte exterior de la cubierta, a la que llaman bañera por ser un hueco al aire libre. La bañera tiene un portillo en la popa por donde se sube al barco. Tengo que aprenderme los nombres marineros de todas estas cosas y elementos para poder hablar de ellos con propiedad.

He comprado el barco sin tener conocimientos ni  titulo de navegación; el tiempo se me echó encima liquidando mis asuntos en tierra y pospuse esa tarea para ahora. Me servirá para ocupar los primeros tiempos de soledad, alternando el estudio con la meditación. Luego habré de hacer el examen para conseguir el título. Hasta entonces, debería permanecer amarrado en puerto, pero ya sé que empezaré a manejar el barco poco a poco dentro de la ensenada, y que luego quizás me aventure cerca de la costa. Pero antes tengo que leer bien los manuales del barco para ir conociéndole las tripas.

 

 

Día  5  de  Abril   del año  primero   

 

Llevo algunos días viviendo en el barco, acostumbrándome a sus espacios. Es otra vida, minimalista, pero curiosamente completa y suficiente. Tengo de todo pero no me sobra nada; ese es el secreto. No me sobra espacio pero tengo el necesario para llevar una vida sencilla. Duermo bien en mi camarote de cama grande y armario pequeño, de suelo exiguo pero suficiente para quitarme la ropa y guardarla. Por otro lado, tengo poca ropa que guardar, pues sólo tengo la que uso y uso siempre la misma: un pantalón amplio, un par de camisetas y un tres cuartos marinero; un slip con aspecto de bañador, y un bañador con aspecto de slip. Cambiarme de ropa supone lavar la que he usado; es la regla y funciona bien; me sobra el tiempo y me sobra la lavadora. Además, el mar o las estrellas no juzgarán mi vestimenta. Un par de zapatos náuticos completan mi vestuario. He traído, eso sí, un montón de libros; pero muy seleccionados, principalmente de ciencia de vanguardia; ese va a ser mi campo de indagación, mi tema de meditación. La ciencia es el conocimiento actual que más evoluciona y abre nuevas perspectivas a la realidad del hombre y el Universo. Ni la filosofía, ni las religiones están aportando ningún avance en el conocimiento de la existencia. La primera afronta una crisis de raíz y las segundas se han estancado en el pasado; si acaso las religiones orientales mantienen viva su eficacia como camino espiritual, pero a mí no me sirven más que como plataforma personal para una búsqueda más avanzada.

            He traído también música clásica, y una minicadena que ya he instalado en la llamada dinette, el habitáculo principal del barco, que sirve a la vez de salita de estar, comer y cocinar. La dinette tiene armaritos o pequeños pañoles por todos lados, sobre todo al lado de la cocina para guardar las provisiones. Hay también una nevera pequeña, como las de las habitaciones de los hoteles. Ya he hecho acopio de provisiones y estoy comiendo en el barco a diario. Procuro limitar el uso de la cocina a calentar alimentos precocinados, y uso platos desechables. Lo de fregar la vajilla después de comer no es lo mío; no voy a entrenarme para ama de casa; en todo caso para amo de barco, perdón, para patrón de barco.

            El espacio que requiere mayor habilidad y precisión de uso es el aseo. Sus dimensiones son mínimas y es necesario tener muy controlados en él los movimientos, sobre todo al ducharse; no hay una cabina independiente para la ducha, sino que la propia cabina del aseo es la suya. Pero todo está controlado y el agua se evacua  adecuadamente sin salirse de madre. De todas maneras, estando en puerto, lo más agradable es utilizar los aseos del mismo, muy bien acondicionados, y disfrutar de una buena ducha caliente, cosa que no tiene mi barco; aunque podía haber tenido, pero ya dije que había elegido un equipamiento espartano, mínimo. Por no tener, no tiene ni navegador, artilugio que ya traen con frecuencia los coches. Pero es que yo no voy a navegar sino a flotar en medio del mar. De todas maneras tendré que comprar un pequeño GPS portátil, no sea que me vaya a perder arrastrado por las corrientes y el viento cuando esté flotando fuera de la vista de la costa.

            El puerto está a un par de kilómetros del pueblo, un paseo agradable, pero hay aquí una  tienda de alimentación y un buen bar-restaurante. En estas fechas están poco solicitados ambos, salvo los fines de semana, en que el puerto tiene algo de movimiento y salen algunos barcos a pescar, afición principal de los naturales de la zona. Aunque los pantalanes están casi llenos de barcos atracados, nadie los usa a diario ni vive nadie en ellos en estas fechas. Creo que soy el único habitante de los barcos. Esto me da una independencia y tranquilidad casi tan grande como si estuviera en alta mar.

            Y éste es mi mundo ahora y por mucho tiempo, o mejor dicho, el centro de mi mundo. Porque lo mismo que cuando tienes un hogar en tierra y lo consideras el centro de todo lo que existe, y evalúas desde él todas las distancias y todos los destinos, ahora yo considero todas las cosas desde mi barco, incluido el firmamento cuando se ve por la noche, como hoy lo veo a través de la claraboya de esta salita de estar donde escribo.

 

 

 

Día  6  de  Abril    del año  primero

  

Definitivamente, me he acoplado al hueco de mi barco, a mi cueva mística. Desarrollo una habilidad admirable para evolucionar por él con precisión y eficacia. He observado que para ello es preciso realizar cada movimiento de manera determinada y casi única, como si fuera un ritual. Así todo funciona bien y experimento placer al desenvolverme. Imagino que los monjes zen actúan de manera semejante, ejercitándose en la perfección del espíritu a través de la realización perfecta de los actos cotidianos. En cuanto me despierto comienzo los rituales establecidos sin pereza alguna: hago la cama, me aseo, desayuno... cada cosa siguiendo una serie de actos determinados en los que pongo toda mi atención.

He comenzado a leer los manuales del barco y ya me he familiarizado completamente con los controles del habitáculo: tomas eléctricas, luces, conexión a la red del puerto, cargador de baterías, bombas de desagüe, llaves de paso, etc., etc. También he inspeccionado la cámara del motor y empezado a conocer sus partes. Me aconsejaron que lo estudiara con detalle, así como las soluciones de emergencia a adoptar en caso de falla de algún elemento, sustitución de piezas, etc. «En alta mar no vas a encontrar un mecánico», me dijo un amigo, «y si tienen que ir a recogerte los de salvamento marítimo, ya puedes vender el barco para pagarles», añadió amenazador. Así que me he provisto de las piezas de repuesto más habituales y de un maletín de herramientas adecuado para solucionar las averías más sencillas.

Mañana abordaré el puesto de mando, los controles, la instrumentación. Y más adelante empezaré con lo más gordo: los textos de examen para el título de patrón. Los traje conmigo pero todavía no les he hincado el diente. No son moco de pavo y me llevarán más de un mes de trabajo sin duda, ya que se estudian todos los asuntos relacionados con la navegación, desde hacer nudos marineros hasta cálculos en las cartas marítimas. Pero bueno, como yo no voy a por nota ni pretendo convertirme en un navegante sabio, con aprobar el examen me conformo.

El tiempo se me pasa deprisa entretenido en todas estas actividades previas. Todavía no he estructurado mi vida en el barco de manera definitiva, ya que estos días iniciales son atípicos. Sin embargo me he propuesto un día a la semana, el sábado, como jornada de asueto y comunicación con el mundo de los mortales: comeré fuera del barco, compraré provisiones, departiré con la gente, leeré los periódicos, pasearé por el pueblo... Cuando esté en el mar, regresaré a puerto ese día, si no he tenido que hacerlo antes por condiciones atmosféricas adversas.

Ha sido esencial traerme buena música, como la que ahora estoy oyendo. En mi confinamiento marino, es la única oportunidad de experimentar sentimientos con profundidad y fácilmente. La soledad sin sentimientos es demasiado áspera y a la larga enajenante. Hay otra manera de movilizar sentimientos, desde luego, y quizás la cultive más adelante, allá en la distancia marina: escribir relatos, historias de ficción, experiencias imaginadas. Ya veremos, y en todo caso, sólo como pasatiempo eventual, como compensación a la dura y principal tarea de meditar.

 

 

Día  7  de  Abril    del año  primero   

 

Empiezo a sentirme patrón de mi barco, cuando hasta ahora sólo me sentía habitante. Esta mañana me he sentado en el puesto de mando con los manuales al lado, y he empezado a estudiar todos los controles. En principio parece sencillo, más que un coche, pues además de un volante de dirección parecido, su palanca de cambios sólo tiene dos marchas: adelante y atrás; y el acelerador está en la propia palanca: cuanto más la eches adelante o atrás, mas corre el barco. Sin embargo, la instrumentación es más compleja y sofisticada. Aparte de los habituales relojes de temperatura, presión de aceite, revoluciones, nivel de combustible, etc., hay una sonda bastante completa que indica la profundidad del fondo marino; entre otras funciones, se puede programar para que suene una alarma cuando el fondo está a poca profundidad, de manera que nunca encalles cerca de la costa o en un bajío; esto me será de gran utilidad cuando esté flotando a la deriva, sobre todo de noche. También hay un velocímetro, perdón, una corredera, que mide la velocidad en nudos respecto al fondo; esto no lo voy a usar mucho, creo, no tengo prisa. Luego existen numerosos avisadores de falla, e interruptores de diferentes luces para la navegación nocturna; hay también pulsadores  de aparatos de servicio, como las bombas de achique para el caso de que entre agua en el casco, o el llamado molinete: motor eléctrico para subir y bajar el ancla cuando se quiera fondear. Todo esto es nuevo para mí y me llama poderosamente la atención. La emisora de radio es un instrumento vital, pues a través de ella se recibe información del estado del mar y te puedes comunicar con los puertos o con otros barcos en demanda de auxilio. Ya la he probado, y haciendo acopio de osadía y utilizando meticulosamente las palabras establecidas en las normas náuticas, he preguntado si se recibía bien mi comunicación, pues estaba probando la emisora. Me han respondido amablemente que sí, que me recibían «fuerte y claro», con el vocabulario de rigor. Me he quedado sumamente satisfecho, como si hubiese abierto un seguro de vida.

            Por la tarde, no he podido resistir la tentación y he puesto en marcha el motor. Ha arrancado suavemente y mantenido un ralentí redondo, sin vibraciones. Me ha parecido una maravilla, pero no he pasado de ahí y lo he apagado, todavía tengo que aprender algunas cosas antes de navegar. Acto seguido me he metido con el asunto de las amarras. El barco estaba amarrado como lo dejaron el primer día que llegó. He aflojado los nudos y he observado cómo estaban hechos; luego he ajustado las amarras a mi gusto, acercando más el barco al pantalán, de manera que pueda subir y bajar fácilmente, pues lo habían dejado algo alejado. Creo que estoy preparado para intentar mañana los primeros pasitos, quizás sacar unos metros el barco hacia delante y volverlo a encajar marcha atrás entre los dos barcos que tengo a los costados. Poco a poco se anda el camino con seguridad. Tengo que ver cómo responden los mandos.

 

            Es de noche. Oigo música; la siento en la profundidad del alma como si fueran mis propios sentimientos que se despiertan y me habitan. No es una melodía de notas, es una melodía de sentimientos lo que vivo. Me gusta este ritmo de adagio, tan lento, tan profundo. Ese violonchelo me rasga dulcemente las cuerdas del alma; es como una voz humana que me hablara sin palabras, directamente al corazón. Estoy bien, estoy en paz estos días. Quizás demasiado distraído con las cosas del barco y olvidado de mi objetivo de meditación. Pronto empezaré con ella, y con la lectura también. Recuerdo aquellos momentos de meditación el verano pasado, paseando por la playa interminable y solitaria. Aquel propósito de escapar del entramado del mundo habitual y sus conflictos. «Las personas vivimos atrapadas dentro del mundo, in-mundados», me decía satisfecho con la palabreja inventada. «Estamos inmundados, inmundos de problemas y quehaceres banales, de rencores y deseos, de insatisfacción y temor», reflexionaba entonces y me proponía escapar de esa enmarañada red para intentar contemplar la existencia fuera de ella. Y para eso estoy aquí, escapando de ese “mundo”, del mundo habitual, para encontrar una conciencia más  limpia y verdadera; para encontrar la armonía entre mi vida y mi ser auténtico. Quiero experimentar lo que se vive fuera del “mundo”, ese medio social y vital en el que por fuerza nacemos y nos desarrollamos como personas, en el que nos angustiamos y enloquecemos a veces, en el que no somos generalmente felices. Mi pregunta esencial, o mi duda esencial, si se quiere, es: ¿se puede vivir plenamente fuera del “mundo”? Tengo respuestas teóricas, normalmente negativas, pero no me bastan. Quiero asomar la cabeza ahí fuera y ver qué hay. Mi primer problema es que el sacar la cabeza del “mundo” implica meterla  en otro lado, para lo cual debo vislumbrar al menos los rudimentos de una nueva realidad; realidad que quiero basar en las visiones de la ciencia de vanguardia. Entretanto, sacar la cabeza del “mundo” supone meterla en la nada. Claro que ese es el camino espiritual de Oriente, que intenta llegar así a la conciencia profunda del ser. Y aunque ese no va a ser mi camino, lo tengo claro, no me vendrá mal de cuando en cuando una incursión en esas experiencias. Poner la mente en la nada, no pensar, no sentir... ¿se puede estar despierto así? Demasiado para mí, tendré que intentar aproximaciones prácticas, experiencias más asequibles. Mañana empezaré.

 

            Me había acostado ya, y meditando en lo último que escribí, me puse a escuchar en el silencio de la noche. El puerto está desierto y no se oye ningún ruido de persona o máquina. El tiempo es apacible y el aire está en calma: no suenan ni siquiera los leves golpes ocasionales de alguna jarcia floja contra el mástil de un velero, cuando una pequeña ondulación del agua del puerto hace oscilar ligeramente los barcos. Hoy no, el agua de la ensenada está muerta. Hay un profundo silencio. Me había puesto a escuchar atento en la cama, intentando descubrir el mínimo ruido. Nada, no sonaba nada. Sólo escuchaba el silencio. El “mundo” estaba en silencio, y sin embargo yo estaba allí, fuera él, y existía. Luego me percaté de que el camarote, una vez apagada la luz, estaba completamente a oscuras. Intenté percibir alguna forma y esperé un rato a que las pupilas se acomodasen a la oscuridad; pero nada, no conseguía ver nada, ni el mínimo indicio de penumbra. Sin embargo yo existía en el esfuerzo de ver, igual que existía antes con la atención concentrada en oír. Al darme cuenta de todo esto, me he levantado enseguida y me he puesto a escribirlo para que el sueño no me arrebate los detalles. Estos van a ser mis ejercicios iniciales de existencia en la nada, mi aproximación al camino oriental: “escuchar el silencio y mirar la oscuridad”.

 

 

Día  8  de  Abril   del año  primero   

 

Me he despertado pensando en mi primera experiencia marinera programada para hoy: mover el barco. En cuanto cumplí con mis breves tareas rutinarias y desayuné, me puse  manos a la obra. Estaba excitado. Me repetía a mí mismo que aquello era igual que un coche, que tranquilo. El agua del puerto estaba también tranquila. La banderita del barco, sujeta en la antena de la radio, estaba caída: era el testigo de si soplaba o no el aire. Arranqué el motor y lo dejé en punto muerto. Solté tranquilamente las amarras que sujetaban el barco al pantalán. Inmediatamente comenzó a desplazarse lentamente hacia delante debido a la tensión de la amarra de proa, sujeta a un firme o muerto anclado en el fondo del agua, delante del barco; pero enseguida se frenó por roce con los barcos que tenía a los costados. Gracias a las defensas, pequeños cilindros de goma inflados que colgaban de las bordas, los cascos de los barcos no llegaban a entrar en contacto. Solté también la amarra de proa y me fui al puesto de mando. Di marcha avante, en ralentí. El barco comenzó a desplazarse, y empujando ligeramente al que había a mi izquierda, salió al canal entre los dos pantalanes. Me alarmé al comprobar que me echaba enseguida encima de los barcos amarrados en el pantalán de enfrente. Quité la marcha adelante rápidamente, pero el barco seguía desplazándose, por lo que precipitadamente metí la marcha atrás. El barco se frenó y comenzó a recular, pero había cambiado ligeramente de dirección, por lo que me precipitaba ahora contra la proa del barco que había dejado a la izquierda en mi salida. Otra vez marcha adelante, muy nervioso, para evitar el choque, y enseguida que el barco hubo frenado la quité. Me había quedado descolocado, casi horizontal en el canal. Aquello no era como un coche, me dije, sino mucho más complicado, mucho más sensible a cualquier error, y había que ir muy despacio con todos los movimientos. Con extraordinaria lentitud, manejando el volante de dirección y dando pequeños golpes avante y atrás, conseguí después de muchas maniobras enfilar de nuevo el barco hacia el hueco de mi amarre. Entró empujando a los otros dos, primero a uno y luego al otro, pero al final se encajó entre ellos haciéndose sitio. Todavía tuve que frenarlo pues iba directo a chocar contra el borde del pantalán; pero me pasé en la frenada y lo saqué un poco más de la cuenta, y tuve que volver a aproximarlo. Al final no pude evitar que chocara discretamente contra la madera del borde. Coloqué las amarras de cualquier manera y me quedé mirando el escenario de la maniobra muy agitado. ¡Qué diablos, me repetí, aquello no tenía nada que ver con conducir un coche!, en todo caso con conducir sobre hielo intentando controlar los movimientos. Decidí no seguir de momento con la práctica, hasta haber ensayado mentalmente y de manera detallada la maniobra. Cualquier aventura nueva que se emprende, careciendo como yo por completo de conocimientos, requiere prudencia, avanzar despacio, ser plenamente consciente de lo que se intenta hacer. Y esto vale tanto para mi aventura marinera como para mi aventura interior. Tenía que ir con mucha prudencia. Entonces empecé a inquietarme, pues lo que me había parecido un rápido aprendizaje amenazaba con requerir bastante tiempo, y bastante entrenamiento también en navegación antes de poder instalarme libremente en el mar. Imaginé los apuros que pasaría cuando tuviera que repostar por primera vez combustible y atracar en la estación de servicio del puerto, ante la mirada del marinero de turno. Afortunadamente, había suficiente combustible en el depósito para bastantes prácticas más.

            Después de mi azarosa primera experiencia náutica,  y todavía bajo la excitación del principiante, me fui a pasear por el puerto, observando los barcos. No tenía ganas de hacer otra cosa, ni leer, ni meditar. Estoy en fase de acomodamiento a mi nueva vida y no puedo imponerme una disciplina rígida todavía. Entré a tomar una cerveza en el bar y me atendió una mujer joven que parece ucraniana, con hablar entrecortado y simpática; y muy guapa también. Algo recelosa, eso sí, quizás en guardia ante el probable asedio de los avezados pescadores del lugar, que no estarán acostumbrados a ver una presa tan hermosa detrás de la barra. Luego me he pasado por la tienda de náutica a curiosear un poco y de paso he comprado algunos metros de cuerda, perdón, de cabo, como te corrigen enseguida los marinos. «En un barco la única cuerda que hay es la del reloj», me dijo el dependiente con ironía, mirándome como se mira a un pobrecito ignorante. Me vendió más de la que yo pedía, asegurándome que debo llevar en el barco bastantes metros para diversas emergencias, como atracar en un muelle sin amarras, o ser remolcado, etc.

 

            Es de noche y acabo de cenar. He pasado todo el día entretenido con el barco, inspeccionándolo, leyendo manuales y ojeando los textos del examen, que entre otras variadas materias incluyen una sobre maniobras. Empiezo a familiarizarme, teóricamente, con el gobierno del barco en las diferentes maniobras de atraque, la influencia del viento, el manejo de las amarras, la confección de nudos básicos, el fondeo, etc. Aquí hay más tela que cortar de lo que parecía, aunque de momento me bastará con aprender las maniobras concretas que debo hacer en mi amarre y en la estación de servicio. En esta última debo amarrar de costado, con la toma de combustible del lado de tierra. Voy a pasar apuros la primera vez, y lo malo es que no puedo practicar en solitario, como en mi amarre.

            Antes de acostarme, voy a entretenerme practicando los nudos marineros. He cortado un trozo del cabo que compré esta mañana y ensayaré los nudos principales: el as de guía, el ballestrinque, etc. Tiene su acicate esto de dominar sus peculiares nombres, su técnica, y poder realizarlos con rapidez para el uso requerido de cada uno de ellos. Empiezo a darme cuenta de que el mundo de la náutica me va agarrando poco a poco, atrayéndome hacia sus secretos, hacia sus rituales y su vocabulario iniciático de viejo cuño.

 

 

Día  9  de  Abril   del año  primero    

 

Ayer me dieron las tantas haciendo nudos. Me envicié, me entró un ansia casi obsesiva de dominar las diferentes técnicas. Lo de hacer nudos tiene que tener algún significado inconsciente que no se me alcanza de momento, quizás el deseo de sujetar algo en nuestra vida, una persona, una idea, un propósito. Y sin embargo, haciendo nudos, me olvidé de mi propósito de meditar de la manera que descubrí el día anterior: “escuchando el silencio y mirando la oscuridad”. Por la noche es la única oportunidad de hacerlo así, aunque esta mañana, de madrugada, el silencio era completo. Así que cerrando los ojos he intentado oírlo, o mejor dicho, he intentado oír algo en el silencio. Agucé el oído tratando de captar los más leves o lejanos ruidos, pero nada. Estaba tan concentrado que no sentía mi cuerpo, ni mi respiración, ni nada. Al cabo de unos instantes respiré profundamente: me había olvidado de respirar escuchando el silencio. Luego distinguí algún sonido indefinido en la lejanía; después un vago rumor también lejano; más tarde otra vez el silencio. Después de algunos segundos de completo silencio, observé que mi respiración era muy suave, casi imperceptible, y que mi cuerpo existía agradablemente tumbado en la cama e invadido todavía por el descanso de la noche. Me sentía en paz, muy consciente de mi mente, muy consciente de mi cuerpo, muy consciente de mi ser entero.

 

            Después de desayunar me he lanzado a la aventura. Repetí varias veces la maniobra de sacar y meter el barco en el amarre, y después de algunos percances más, decidí que podía alejarme del pantalán. En ralentí, moviendo el barco muy despacio, recorrí el canal entre los pantalanes y salí al espacio libre de la ensenada del puerto. El timón era muy sensible y me costaba mantener recta la trayectoria, pero enseguida aprendí que tenía que anticipar un poco los giros, y que el agua no funciona como la carretera, donde las ruedas se agarran perfectamente y transmiten instantáneamente el giro del volante al vehículo. Enseguida navegaba con toda soltura dentro de puerto. No había nadie y aproveché para hacer giros, marcha atrás, aproximaciones a un muelle vacío como si fuera a atracar, y mil maniobras más. Me he sentido lleno de euforia, plenamente satisfecho, y se han alejado de mí los temores que ayer me produjo mi primera experiencia atracando. He vuelto al amarre, y aunque con algunas dificultades todavía, he conseguido meter el barco a la primera. Ya tengo claro que el atraque es lo más difícil; lo demás es bastante controlable y muy gratificante. Mañana saldré a mar abierto.

 

            Ha oscurecido. El puerto está solitario y en silencio. El marinero de turno ha  pasado hace un poco haciendo su ronda de vigilancia por los pantalanes, y al verme en la cabina con la luz encendida me ha saludado. Ya empiezan a conocerme, y se preguntarán qué hago viviendo aquí, solo, en esta época. Pero no sé que inventarme salvo la verdad, aunque no la entenderían. Y no quiero que me miren como a un bicho raro o que piensen que estoy loco. Tendré que pensar en algo que puedan asimilar. Lo más fácil sería decir que me he arruinado y con los restos de mi naufragio económico he comprado el barco para vivir en él, que me encanta la pesca y el mar, etc. O decir que soy escritor y que estoy escribiendo una novela sobre el mar y sus gentes, y que por eso estoy viviendo en el barco, para inspirarme, para disfrutar de mi soledad creadora. O pasar de todo, qué diablos, y que piensen lo que quieran; al fin y al cabo cada uno va a sacar sus propias conclusiones diga lo que diga. Diré simplemente que me gusta vivir en el barco.

 

            He estado meditando un rato, escuchando de nuevo el silencio. Había silencio total, pero después de aguzar mi oído intensamente, he percibido un ligerísimo sonido de fondo, un débil rumor constante. Pensé que provenía del pueblo, que era el  rumor del pueblo que llegaba extraordinariamente debilitado y homogéneo desde la distancia. Me tapé los oídos con algodón para estar en el más absoluto silencio, pero empecé a oír la pulsación de la sangre en los oídos, en alguna venilla de los oídos. También oía el roce de las vértebras del cuello al moverlo. Era mucho peor que antes y me quité el algodón. Escuché de nuevo. Volví a oír el débil rumor de fondo, pero ahora me di cuenta de que tenía algo en común con los ruidos que había escuchado mientras tenía el algodón puesto: era un ruido mío, algo parecido al que hace un baño de espuma cuando ésta se va disipando y desapareciendo; como un silencioso crepitar extraordinariamente débil. He pensado que no era el ruido de la circulación en mi cuerpo, sino una sensación nerviosa auditiva generada en mi cerebro ante la ausencia completa de estímulo sonoro. Vamos, algo así como el ruido de mi cerebro. O sea, que es imposible escuchar el silencio absoluto porque nuestro ser genera ruido, y necesitaríamos un mecanismo de compensación para eliminarlo de nuestra conciencia; algo así como sucede con las balanzas, que necesitan substraer de su registro el peso de los propios platillos. En nuestro caso, habría que olvidarse del ruido de fondo del cerebro, no prestarle atención. Esto supone un cambio drástico en la meditación, pues ya no debo tratar de escuchar el silencio, que es imposible, sino dejar de prestar atención a los ruidos; para lo cual es importante que sean los menos posibles, desde luego. Porque lo que trato de hacer es que la conciencia, al no existir ningún estimulo, se vuelva hacia mi propia existencia pura y desnuda. Tendré pues que convivir en la meditación con el ruido de mi cerebro hasta que lo olvide, pero me asalta la duda de si mi conciencia tendrá que agarrase siempre a algo para estar despierta, porque la conciencia lo tiene que ser de algo, digo yo, no puede ser conciencia de nada porque entonces no habría tal conciencia, no existiría. Tiene que pasar lo mismo que pasa con el esfuerzo, que no existe si no hay nada sobre lo que ejercerlo.

 

           

Día  10   de  Abril   del año  primero    

 

Me he levantado dispuesto a salir al mar, pero es sábado y a pesar de ser muy temprano se nota algo de movimiento en el puerto. Sin duda contribuye a ello el magnífico día que hace y la afición de los pescadores locales, siempre al acecho de la ocasión oportuna. Así que he decidido posponer hasta el lunes la aventura y acometerla sin testigos. Hoy me tomaré el día de asueto, como tengo pensado hacerlo en adelante.

 

Acabo de cenar en el barco, aprovechando las nuevas provisiones que he traído para toda la semana. Pero he comido en el pueblo, en una tasca pequeña aunque con buena cocina. El ambiente era de gente conocida del sitio y me sentía un poco fuera de contexto; me miraban como si estuviera de paso. El pueblo no tiene gran cosa que ver, pero es bastante grande y está hacia el interior, aunque se ha extendido hasta la costa con nuevas construcciones que luego se bifurcan pegadas a un paseo marítimo que abarca toda la playa. Esta zona está en estas fechas prácticamente desierta todavía.

Al volver del pueblo he tomado café en el bar del puerto. La guapa ucraniana estaba muy solicitada, jaleada de cuando en cuando por los habituales del club náutico, que hablaban entre ellos muy animados de capturas excepcionales y de lugares privilegiados y confidenciales de pesca. Luego he ido a pasear por el espigón, construido con grandes bloques de roca protegiendo la entrada al puerto. Había algunos pescadores de todas las edades a lo largo del dique. Me llamó la atención un abuelo que estaba al final del espigón, algo apartado de los demás y sentado tranquilamente sobre una roca. Parecía muy anciano, aunque no podía precisar su edad, y llevaba una raída gorra de marino y arrugas curtidas de mar por toda la cara. Mantenía una paciente sonrisa que parecía su forma de estar en el mundo, su gesto permanente como el de otros es la seriedad. Sus ojuelos, brillantes y quietos, escondidos en la cara, parecían verlo todo sin mirar a ningún sitio. Me quedé cerca de él, mirando el sedal inmóvil. El viejo mantenía plácidamente su gesto amable como si estuviera dialogando en la profundidad del agua con sus amigos los peces. Le pregunté qué tal se daba la pesca, y sin mirarme ni moverse, como si hablara consigo mismo o como si no fuera necesario fijarse en quién le hablaba, dijo al cabo de unos instantes: «pescador de caña, pescador de nada». «Algo pescará abuelo, si no estaría en su casa tranquilamente en lugar de estar en la orilla», le dije tirándole de la lengua. Como el que medita una respuesta, dijo al cabo de unos segundos: « siempre se pesca algo, aunque no pueda llevarse a la boca». Le pregunte qué era eso de pescar algo que no podía comerse y me respondió acentuando ligeramente la sonrisa y mirándome por primera vez con atención: «se puede pescar la mañana... o pescar los recuerdos...». Sonreí a mi vez y me quedé mirando el trasparente sedal que se hundía en el agua, como si fuese el hilo sutil que le unía a la vastedad  de su memoria sumergida. «Tendrá muchos recuerdos de su vida en el mar», le pregunté. El abuelo se tomaba su tiempo en contestar, como si dudase en hacerlo o como si navegase por las respuestas en silencio antes de pronunciarlas: « La vida es el mar... yo siempre he estado en el mar ». Sacó del bolsillo una petaca de piel sobada durante innumerables años y cogió un cigarrillo actual, al que había roto el filtro. Me hizo gracia el contraste, quizás se aferraba a su petaca como al pasado aunque se aprovechaba de las ventajas del presente, o quizás el temblor de las manos ya no le permitía liar un cigarrillo, o tal vez ya no encontraba el tabaco de picadura de sus tiempos. Me ofreció un cigarrillo y le dije que no era fumador, y luego encendió pausadamente el suyo como si encendiera sus recuerdos. Me contó, poco a poco, que siempre había sido pescador, desde niño. Ya no salía al mar, pero conservaba su barca amarrada en un pantalán del muelle pesquero. Ahora ya no quería salir solo a pescar, como siempre lo había hecho; era demasiado mayor. Siempre se había ganado la vida en el mar, aunque  ganar, decía, poco; lo justo para comer. Enviudó cuando su hijo tenía dieciséis años; entonces le acompañaba en la barca, pero se fue pronto de casa y se colocó en la ciudad. Él había seguido allí, como siempre. Su hijo le mandaba algo de dinero de vez en cuando y así iba tirando. Tenía nietos, y los veía en el verano, cuando venía su hijo a pasar algunos días a casa. Todas las mañanas iba al mismo sitio a pescar, a la punta del espigón, y luego se iba para la barca y comía allí, y la repasaba, la cuidaba. Antes de caer la tarde regresaba al pueblo andando. Esa era su vida casi todo el año.

Los peces no picaban, pero él seguía observando el sedal incansable. Le pregunté qué clase de peces pescaba allí, y me respondió que él esperaba a la lubina, que aunque entraba mejor de madrugada y al anochecer, también lo hacía a lo largo del día. «Es un pez luchador», me dijo, y a veces había pescado ejemplares muy hermosos. «Con un pescado al día tengo para comer», añadió.

Me despedí del abuelo; le conté que tenía un barco amarrado  en el náutico y que andaba con frecuencia por allí, que ya nos veríamos y charlaríamos cualquier otro rato.

Según caminaba hacia mi barco, iba pensando en el abuelo, en su paciente vida, “pescando la mañana” como me había dicho. Me sugirió mis ejercicios actuales de meditación. Yo intentaba también pescar mi existencia, sacarla a la luz de la conciencia con la evidencia con que se saca coleando un pez del agua. Pero al contrario que él, yo no intentaba pescar todavía mis recuerdos; yo estaba empeñado en navegar hacia caladeros privilegiados, como los fantasiosos  pescadores del bar.

 

 

 

Día  11   de  Abril   del año  primero  

 

Hoy, domingo, he empezado a estudiar los textos de examen. He estado leyendo los temas relacionados con lo que va  a ser mi vida marinera, que son los que despiertan de momento mi curiosidad: navegación, tecnología, seguridad, comunicaciones, etc. Los reglamentos y señales parecen un asunto arduo y aburrido y del que no haré mucho uso de momento, pero que habrá que dominar para el examen; después, con retener el mínimo necesario para mis fines, será suficiente. Lo más complicado parecen los cálculos sobre la carta náutica, que tampoco voy necesitar en la práctica, pues con un GPS me bastará para volver a puerto.

            También he ojeado solapas e índices de algunos de los libros de ciencia que he traído. Ya tenía referencias indirectas de los autores y sus teorías, y los planteamientos que se adelantan prometen un cambio sorprendente en la manera de entender la realidad, un nuevo “paradigma”, como dicen, un modelo distinto para entender la existencia de manera más iluminadora. Pero iré paso a paso; lo primero es aprobar el examen, pues estoy deseando hacerme a la mar; entretanto me conformaré con meditar a mi manera, en pescar conciencia pacientemente, como el abuelo, en el mar de la existencia propia. Lo he estado haciendo esta tarde hasta hace poco. He trabajado renunciando al silencio absoluto, que ya vi que era imposible. He asumido que algún sonido iba  a llegar a mi conciencia pero que intentaría ignorarlo. Pero no lo conseguía, los sonidos esporádicos llegaban hoy con más frecuencia que los días anteriores a pesar de la hora avanzada. Los he dejado sonar, los he escuchado recreándome en su vibración sin pensar en su significado. Es agradable, llegan y se van, y aparece otro distinto. No me implico en ellos, no me dejo afectar por las causas que los producen, lo mismo que cuando escucho música no pienso en el violinista que la ejecuta, sino en lo que me sugiere la melodía. Los ruidos también sugieren cosas, pero muy simples: sugieren existencia, sugieren el movimiento incesante del mundo. Y al escuchar esa presencia sin implicarme en ella, me he sentido como un observador que estuviera al lado del mundo pero fuera de él. Sí, he sacado la cabeza fuera del mundo como me había propuesto, y he oído su rumor. Y oyéndolo, me he sentido observador consciente, muy consciente de mí mismo.

 

 

Día  12   de  Abril   del año  primero 

 

Hoy es el gran día: ha tenido lugar mi bautismo de mar. El día estaba soleado, y muy temprano, he sacado el barco de puerto y me he hecho a la mar. Al cruzar por la bocana me han recibido las  olas de mar abierto, suaves pero amplias, meciendo el barco y mostrándome su poder, contenido pero evidente. Gobernaba bien, cruzando las olas de través, como dicen los manuales. La inmensidad líquida al frente me ha despertado un sentimiento de indefensión, de pequeñez. He virado para no separarme mucho de la costa y avanzar paralelo a ella. Navegando con las olas de costado,  se inclinaba demasiado el barco, o a mí me lo parecía, por lo que he vuelto navegar de través. Luego he dado media vuelta y he puesto proa a la costa, navegando a favor de las olas, pero me asaltaba el temor de que entraran por popa. He dado un poco de motor y he conseguido marchar a la misma velocidad que ellas;  tenía la sensación de que navegaba muy deprisa.

            Esta mañana me he precipitado en salir sin consultar el estado de la mar, y me ha engañado el aspecto del día. Ya he aprendido después, oyendo la emisora de radio, que el mar no tiene demasiado que ver con el estado del cielo, y que eso que llaman mar de fondo se debe a una situación de inestabilidad lejana que influye a distancia. Después de navegar un buen rato en esas condiciones decidí volver a puerto. Al entrar en la ensenada, la calma de las aguas volvía a hacer juego con el espléndido día.

 

            Después de comer me he acercado al muelle pesquero a ver si veía al abuelo del espigón atareado en su barca. En un extremo, al lado de otras barcas pequeñas, le he divisado encorvado sobre la cubierta. La barca era de madera gruesa, tosca, antigua, tan antigua probablemente como él, aunque estaba pintada hacía poco tiempo de un llamativo color azul. La pintura, sin embargo, no conseguía disimular los desconchones de anteriores pinturas, mellas y otras irregularidades antiguas de su superficie, lo mismo que el anciano no disimulaba en su cara las arrugas del tiempo. La barca era casi tan larga como mi barco, pero parecía más pequeña y no estaba preparada para vivir en ella, sino sólo para pescar. Tenía una pequeña cabina en el puesto de mando, a popa, capaz apenas para resguardar a dos personas de pie en el mal tiempo. El resto de la cubierta estaba despejada, y se adivinaba una amplia bodega bajo la escotilla central. El abuelo me vio enseguida y se alegró de mi presencia. Se notaba que agradecía la compañía. Estaba atareado con el motor, que se veía en su cámara de popa bajo la tapa abierta. Era igual de viejo que todo el conjunto, incluido el patrón, pero estaba limpio. «Este es como yo, viejo pero que todavía funciona», dijo riendo para sus adentros. Le pregunté que para qué lo cuidaba tanto si ya no salía al mar, y me dijo que ya se pudriría cuando él se muriese, que mientras tanto no quería verlo enfermo. Además, añadió feliz, cuando venía su  hijo en verano salían algunos días a pescar con los nietos. «Mire, mire, cómo traquetea todavía este anciano», dijo yéndose a la cabina y arrancando el motor. El artefacto renqueó un poco y arrancó ruidoso despidiendo humo grisáceo por el escape bajo el agua. Parecía que se iba a parar, y se acercó y le anduvo trasteando el ralentí. «Está frío, hace días que no lo arranco» comentó. Me dijo que lo arrancaba casi todas las semanas para que no lo corroyera el agua de mar. El motor giraba a golpes lentos, de manera algo irregular, pero se mantenía. De cuando en cuando parecía que le fuera a dar un  infarto, pero se recuperaba él solo y volvía a traquetear. Intentando tomarle el pelo cordialmente, le dije que con ese motor no iba a ganar una carrera, y me respondió impasible: «En el mar no hay que tener prisa, sólo hay que estar a tiempo en el sitio». O sea, que había que madrugar, entendí, y le pregunté que a qué hora salía a pescar en sus días. Me dijo que de noche siempre, aunque no se pescara lejos. Otras veces salía de tarde, para pescar al anochecer o incluso quedarse durante la noche. Le pedí que me contara algo de su vida de pescador, lo que pescaba en el mar y con qué pescaba, etc. El abuelo buscó su petaca y volvió a ejecutar parsimoniosamente su ritual de fumador mientras se acomodaba en la borda. Me contó que había pescado de todas las maneras a lo largo de su vida; cerca y lejos de la costa, con caña, con red, con palangre, al curricán y al brumeo, y no sé cuantas técnicas más; cada pez tiene su arte, decía. Le pregunté si había pescado alguna vez una pieza realmente grande y sus ojos se iluminaron evocando los recuerdos. Muchas veces, me dijo, hacía años, cuando los atunes eran más abundantes que ahora. Había pescado atunes tan grandes como él, me dijo, de esos que tienes que traer a tierra amarrados a la barca porque no puedes subirlos a bordo. Me contó, con los ojos inundados de emoción, un lance de pesca que era sin duda la mayor aventura de toda su vida. Estaba al atún con su hijo cuando sintió la picada. Dio un tirón al aparejo para clavar al atún y el animal se lo arrancó de las manos, tirando del rollo de línea que descansaba en un capazo a tal velocidad que iba a agotar enseguida los  más de 200 metros que tenía. Sujetaron el extremo a popa, y era tal la fuerza del pez que arrastraba la barca. Cuando descansaba para tomar fuerzas, recogían línea y lo atraían a la barca, pero enseguida daba otro tirón y volvía a alejarse y arrastrarlos. Lucharon así dos horas, hasta que el animal, agotado, se dejó acercar al barco y lo amarraron a su costado. Dice que el atún pesó 220 kilos y que todavía seguía vivo cuando llegaron a puerto.

            Por momentos me estaban entrando ganas de ofrecerle al anciano mi compañía para salir un día de pesca con la barca, pero me contuve no fuera a ser que acabara aficionándome y diera al traste con mis propios planes.

            Ya en mi barco, me he quedado pensando en la fascinación que debe ejercer la pesca entre estas gentes dedicadas a la mar; en los personales y a veces secretos conocimientos de cada pescador sobre los peces y los lugares que frecuentan, en sus hábitos de alimentación y mil detalles más. El mar, otro mundo separado del nuestro por el espejo de la superficie que lo hace impenetrable a la mirada. Y allí abajo, intuir la presencia de animales tan poderosos merodeando en busca del alimento. Y arriba, el astuto pescador tendiéndoles la trampa mortal de su anzuelo disimulado dentro de un cebo, con tal maestría que imita el comportamiento de esas pequeñas presas que sirven de alimento al gran pez. Y luego sentir la picada, el éxito del engaño que evidencia por primera vez la presencia de la bestia mientras el corazón y la imaginación se aceleran tratando de averiguar su tamaño por la forma de tirar de la línea. Y después la lucha entre dos seres desiguales, uno más corpulento y otro más inteligente, uno más vigoroso y otro más paciente. Y todo esto transcurriendo entre dos mundos invisibles, hasta que al final el ser del mundo sumergido es sacado al mundo exterior y desvelado su misterio, la belleza de su anatomía que habla de la vida en las profundidades marinas. Sí, pescar es como sacar a la luz un nuevo misterio cada vez, la realidad concreta de un ser de otro mundo. Pescar es descubrir el ser, el ser que alienta allí abajo más vivo que nosotros, el ser que lucha por su vida y nos ofrece batalla. Entiendo a esos pescadores que pescan sólo por pasión y no por necesidad, y devuelven al agua su presa porque la principal recompensa es haberla sacado unos instantes para admirarla y luego devolverla a su mundo para que siga existiendo.

 

 

 

Día  13   de  Abril   del año  primero 

 

Me he despertado muy pronto, de noche todavía. Me he puesto a meditar mirando la oscuridad. No lo había vuelto a hacer desde el primer día, aunque entonces fue sólo una breve experiencia. Dentro del camarote la oscuridad era completa. He abierto bien los ojos y he intentado ver algo. Nada. Al cabo de unos instantes de esforzarme me he dado cuenta de que mi campo de visión no era absolutamente oscuro, sino que estaba formado por pequeñas motas más claras, muy tenues, esparcidas entre la oscuridad. Estas motas no eran regulares ni permanecían en el mismo sitio, sino que iban y venían, se movían. Intentado fijar una de ellas, he visto aparecer una mancha informe bastante iluminada, de un color violeta claro, que se distinguía claramente sobre el resto y que se correspondía con el foco de mi visión, o de mi atención. Me he quedado fascinado con esa mancha, pero no podía fijarla, se desplazaba lentamente y al final desaparecía. Concentrando la visión en otro punto imaginario, volvía a aparecer allí, siempre distinta, irregular, diferente de tamaño y forma según el punto donde dirigiera mi foco. He llegado a la conclusión de que todos estos fenómenos son el equivalente, en el campo visual, del sonido de fondo introducido por mi cerebro cuando escucho el silencio. Me ha aburrido pronto este tipo de meditación, porque los fenómenos se repiten siempre de la misma manera y no me atrapan la conciencia, y al contrario que la meditación en el silencio, no me tranquiliza demasiado; la atención se me va irremisiblemente hacia la respiración. La respiración sí me atrapa la atención, y es sumamente relajante y vivificante. Me he concentrado en ella, he sentido como entra el aire los pulmones y me llena el cuerpo de vida, sobre todo en el último empujón de la aspiración, cuando interrumpo la dilatación y siento como el volumen de aire camina por mi tráquea y llena a rebosar mis pulmones. Una vez vivificado y pleno, empiezo a respirar lo más lentamente posible, prolongando la aspiración, volviendo a sentir apaciblemente la vivificación y luego espiro muy despacio, abandonándome a un sutil adormecimiento. Me he relajado mucho con esta técnica. Finalmente he pasado a respirar, sin proponérmelo, de manera muy breve y suave, casi imperceptible, pero suficiente para estar alerta, sin adormecimiento. Y ahí, con los ojos cerrados, he visto la oscuridad tras la sensación de los bordes de mis párpados y he sentido el contacto entre mis labios también cerrados, y me he mantenido en esa conciencia sin esfuerzo, largo tiempo, satisfecho. Me he sentido todo entero ahí, yo, presente e impasible en el tiempo.

Estoy feliz, creo que he encontrado una técnica de conciencia de mi ser muy valiosa, y es la que practicaré en adelante, al menos de momento. La llamaré “párpados y labios”

El amanecer iba disipando la penumbra y he salido a ver cómo se presentaba el día. Se prometía otro día despejado y brillante. He dado un paseo hasta el espigón para ver la  salida del sol. No estaba el abuelo, como es lógico; ahora no necesita madrugar tanto para pescar sólo su pez diario. El sol ha empezado a insinuar su presencia iluminando la franja de atmósfera sobre el horizonte, y enseguida ha asomado su borde, de un color sandía fascinante que era agradable mirar y que no molestaba. Pronto comenzó a inundar el agua con su presencia, mientras iba saliendo por encima de ella. Había algo hipnótico en su color, algo así como la cualidad de ser imposible, de ser único y exclusivo, aunque quizás era yo el que nunca lo había visto antes así, o nunca lo había mirado con los ojos y la sensibilidad con que ahora lo miraba. He pensado que las prácticas de meditación me están limpiando el alma y despertando una sensibilidad exquisita. El sol iba cambiando de color deprisa, y ya dolía al mirarlo. Me he vuelto hacia el barco.

 

 

 

 

Día  20   de  Abril   del año  primero

 

Ya he consolidado una rutina diaria que desarrollo con placer. Por la mañana salgo a navegar cerca de la costa y voy acumulando experiencia. Luego fondeo el barco a poca profundidad y me quedo un buen rato en el mar, sumiéndome en la naturaleza, ensayando nuevas formas de meditación, sintiendo la incesante palpitación de la inmensidad líquida. No es lo mismo que si estuviera en alta mar, pues la costa está ante mí sugiriéndome el mundo habitual, y de vez en cuando aparece algún barco que pasa a poca distancia, o se ven más lejos otros inmóviles pescando. Ayer pasó cerca la patrullera de la Guardia Civil y me llevé un susto, pues temí que me pidieran la documentación. Subí a cubierta y me puse a trajinar en el barco, y finalmente pasaron de largo. Ya tengo ganas de tener el título, porque así ciertamente no estoy tranquilo.  Creo que voy a alejarme más de la costa y acercarme a las barcas que están pescando, para confundirme con ellas en la distancia. Quizás tenga que comprar una caña para hacer más creíble mi presencia. Nunca imaginé que hasta en el mar hubiese que andar con disimulos para pasar desapercibido. Desde luego, cuando tenga el título, me voy a perder mar adentro donde no se vea un alma en todo el horizonte.

            Las tardes las dedico exclusivamente al estudio de los textos de examen. Le he dado prioridad a esta tarea y espero poder presentarme en la próxima convocatoria, dentro de quince días. Por la noche medito. La meditación de “párpados y labios” es extraordinaria. Me siento pleno sin necesidad de hacer nada más, y esta conciencia tan despierta de existir me deja una paz profunda en el alma. Ya he visto con claridad que no es necesario perseguir ninguna meta en la vida, ni afanarse por nada, y que normalmente perdemos el tiempo atrapados en deseos y mundos soñados, en problemas que nosotros mismos nos creamos. Todo es mucho más sencillo. Simplemente hay que cerrar los ojos y mirar la oscuridad en el borde de los párpados, sentir los labios juntos, la suave respiración que se va amortiguando hasta hacerse imperceptible. Entonces siento que existo en un punto indefinido en mitad de mi frente y sé que ese soy yo, profundo y despierto, el mismo que antes habitaba agitado y medio inconsciente detrás de los actos de la vida cotidiana. 

            También estoy practicando de día la meditación que llamo del “desinterés”. Me siento con los ojos abiertos pero sin mirar concretamente nada, como si me fijase sólo en una perspectiva general de todo lo que veo, y sin tratar de pensar nada sobre ella. Simplemente veo, como si fuera un niño que todavía no conoce las palabras y no sabe distinguir las cosas, y todo se le presenta como un conjunto indiferenciado. Yo y mi visión, solamente. Y detrás de esa visión sin palabras me encuentro. Hago lo mismo con los sonidos. Escucho con los ojos cerrados el ruido diurno y dejo que suenen en mí los diferentes sonidos, pero sin identificarlos, apoyándome en su simple sonoridad para sentirme existiendo.

            Y todo esto, que al principio me parecía extraordinario, me parece ahora natural, completamente natural y sencillo de realizar. Lo impropio es la vida cotidiana sumergida en los conflictos y enredos entre las personas, en las ambiciones y en las expectativas que nos trazamos dentro del mundo ficticio que hemos ido creando los hombres. Lo antinatural es vivir dentro de ese mundo de pesadilla, inmundados.

            Y sin embargo, esta paz sencilla, esta conciencia serena y profunda de la existencia, creo que no va a ser un fin para mí, como sí parece serlo para muchas almas de Oriente y últimamente de Occidente. Creo que para mí sólo es el punto de partida, la condición necesaria para emprender otra búsqueda. Quizás la búsqueda de una realidad espiritual que por el momento permanece oculta.

            Durante el día oigo música con frecuencia, pero la melodía me despierta otra clase de conciencia. No es la conciencia pura del ser, como en la meditación, sino la conciencia de un universo percibido con sentimientos. Escucho la música y evito también los pensamientos, las palabras, los juicios, y dejo que sólo ella suene dentro del corazón. Imagino que se hace en mí, que sale de mi alma y soy a la vez el observador que renace en su universo con una conciencia ensanchada y con el espíritu en armonía. La música me “recrea” en una dimensión más elevada de la existencia.

 

 

 

Día  21   de  Abril   del año  primero

 

Anoche, después de meditar, me quedé escuchando música largo rato. Luego tuve sueños extraños, fantásticos, y esta mañana, nada más levantarme, los he intentado transcribir en forma de cuento, articulando los fragmentos inconexos  que aparecieron en mis sueños:

           

            “En una era remota, mucho antes de que existieran los hombres, habitaban en los mares más cálidos unos mamíferos que se habían adaptado a la vida en el agua. Eran algo parecidos a los delfines, pero mucho más inteligentes y sensibles que ellos. Además, tenían un aparato fonador extraordinario, que les permitía emitir una amplia gama de sonidos. Su voz sonaba como un instrumento de cuerda, pero su arco de frecuencias era tan amplio que a veces vibraba como un violín y otras como un violonchelo; y eran capaces también de acortar la duración de las notas de manera que parecían las pulsaciones de un arpa o un piano. Era tal la abundancia de comida en aquellos mares antiguos que vivían con suma facilidad y en gran número, por lo que habían desarrollado unas complejas relaciones sociales y afectivas entre ellos. La naturaleza les había dado el don de la música en vez del don de la palabra, y se comunicaban entre ellos por sentimientos en lugar de por ideas. Era extraordinario, pues contaban sus historias sin palabrería alguna, lo mismo que si nosotros fuésemos capaces de extraer de las nuestras el conjunto de sentimientos movilizados y hacérselos sentir directamente a los demás. Además, al contrario que los hombres, que manejan las palabras a su antojo y conveniencia, ellos sólo podían emitir música como expresión  directa de sus sentimientos, y por lo tanto no sabían mentir. La mayor parte de su tiempo la dedicaban, como algunos pájaros cantores, a emitir deliciosas melodías, y como además estaban dotados de una especial inteligencia, habían llegado a desarrollar una notable capacidad creadora. No se limitaban, como los pájaros, a cantar una melodía más o menos fija y heredada de su especie, sino que improvisaban y componían elaboradas piezas musicales. Su memoria era prodigiosa, y recordaban con toda exactitud las innumerables melodías que componían, no solo las propias sino las de todo el grupo en que vivían. Incluso, cuando entraban en contacto grupos distantes, intercambiaban melodías con gran pasión, como si estuvieran llevando a cabo una competición artística. Y se enriquecían mutuamente descubriendo estilos nuevos y admirando las ingeniosas creaciones de los demás. Eran sin ninguna duda verdaderos artistas y vivían para ello, hasta el punto que a veces se olvidaban de comer durante algunos días cuando estaban en pleno proceso de creación. Y al llegar la época reproductiva, se inflamaban de inspiración y componían sublimes melodías que contagiaban al grupo de un éxtasis místico general que culminaba en bellísimas danzas acuáticas reproductoras y coros orgiásticos polifónicos.

Un brusco cambio climático hizo descender la temperatura de los mares y esta maravillosa especie fue extinguiéndose, pero todavía quedaron algunos grupos resistentes que consiguieron adaptarse a las nuevas condiciones. Eran muy escasos y perdieron gran parte de su capacidad musical al tener que dedicar sus energías a sobrevivir. Pero consiguieron perdurar hasta que aparecieron los hombres sobre la tierra. Dicen que el mítico Ulises quiso conocer la irresistible atracción de sus cantos, y que tuvo que atarse al mástil de su nave para no arrojarse ciegamente al agua e ir en busca de aquellos extraordinarios seres, que habiendo reconocido al hombre como su igual, y mejor adaptado que ellos para sobrevivir, entraron en éxtasis permanente para cruzarse con él.”

 

 

 

 

Día  25   de  Abril   del año  primero

 

Es domingo, mi día de asueto. Después de traer provisiones al barco, he comido en el bar del club náutico, como el domingo anterior. Me senté en un rincón, apartado del bullicio de las familias que han salido a navegar un rato o vuelven de pesca. Esta gente es muy vital, y dan tantas voces que si te pones cerca te sentirías obligado a participar en la fiesta. Disfrutan comiendo todos juntos, celebrando sus cosas. Me ha atendido la ucraniana otra vez, que se va haciendo amiga mía a pesar de sus dificultades para seguir una conversación fluida. Se llama Ionna y vive con otra chica ucraniana que trabaja también en el bar, aunque yo no la he visto por aquí todavía. Hemos hablado brevemente de su país y de esas cosas que se dicen sobre la marcha. Tengo que venir un día tranquilo a charlar con Ionna, me parece que tiene ganas de hacer amistades.

            Después de tomarme un café me he acercado al espigón a ver si estaba mi amigo el abuelo. Allí estaba todavía, esperando a capturar su comida que al parecer no se dignaba aparecer. Le he preguntado, bromeando, si tenía en cuenta que los  peces también descansaban los domingos, y me ha respondido que los peces, lo mismo que él,  no necesitan descansar porque no trabajan, sólo se preocupan por comer lo necesario cada día, y mañana Dios dirá. «Hoy merendaré, ayer comí demasiado, y eso mismo le debe haber pasado al pez, pero venir, vendrá», dijo risueño y convencido. Entonces le pregunté por qué se limitaba  a pescar sólo un pez cada día, en lugar de aprovechar cuando picaban bien para sacar unos cuantos y tenerlos de reserva en la nevera por si acaso.  Me respondió que entonces no saldría a pescar cada día, que se aburriría, que cuando pescara en abundancia lo haría sin disfrutar, sin valorar la pesca de cada pez. Saber si iba a comer o no cada día era el aliciente que le hacía levantarse cada mañana a esperar ilusionado a su amigo el pez. “Y si algún día no hay pez, pues pan y vino”, me dijo, que para eso le llegaba. Parece que había tocado un tema interesante para él, porque siguió filosofando al respecto. Me dijo que antes, cuando salía al mar, el riesgo estaba siempre presente, y que eso era como una droga excitante, algo que le hacía vivir con intensidad. Ahora ya no podía salir al mar y su único riesgo era ese de pescar o no pescar el pez de cada día. Si prescindía de esa aventura ¿qué interés tenía la vida?

            En estas disquisiciones, el abuelo, que no apartaba los ojos del sedal, dio un tirón seco con la caña mientras exclamaba: « ¡Aquí está mi pez! ». El carrete empezó a correr mientras la punta de la caña se doblaba y el sedal permanecía tenso como el filo de un cuchillo. Luego el pez pareció detenerse y se aflojó el sedal, lo que aprovechó el abuelo para recoger carrete. Otra vez volvió el pez a alejarse y el abuelo a dejarlo hacer, pero frenando un poco el carrete para que le costara trabajo. Y así varias veces hasta que el pez se fue dejando acercar más y más a las rocas del espigón. Allí luchó todavía, a derecha e izquierda, y finalmente se quedó cansado cerca de la superficie, junto a las rocas. El abuelo, que se había bajado de roca en roca hasta el borde del agua, metió la red de sacar por debajo del pez y lo subió fuera del agua. «Ya sabía hace rato que era una dorada» dijo satisfecho de la pieza. Era panzuda, de buen tamaño, y pesaría cerca de un kilo. Tenía cara de malas pulgas, con unos dientes que te mantenían a distancia.

 

 

 

Día  30   de  Abril   del año  primero

 

Hoy el día a amanecido apacible y me he hecho a la mar sin dudarlo. He camuflado el barco como si fuera de pescador, con su caña armada en una borda, y me he aproximado donde pescan otras embarcaciones, pero a distancia suficiente para que ellas me vean lejos y desde la costa me vean cerca de ellas. Allí me he quedado a la deriva. Yo no sé si existe algún tipo de pesca a la deriva, pero el hecho es que los que pescan parecen estar en el mismo sitio y yo siento que me voy desplazando lentamente respecto a ellos. Quizás están anclados a profundidad, pero yo no tengo tanta cadena de ancla. Tendré que preguntar, es posible que pueda unir un cabo largo a la cadena de ancla y fondear a profundidad. El barco en alta mar, aunque las aguas estén relativamente tranquilas como hoy, es una especie de batidora que no para. Ya he aprendido a cerrar todas las escotillas, puertas de los pañoles y puertas de camarotes, a no dejar nada suelto encima de ningún sitio para no asistir al caos  que las olas generan dentro del barco. Pero la verdad es que aún estando todo controlado, hay que sentarse para poder estar en paz, para meditar, o de lo contrario es uno mismo el que deambula a trompicones por el barco. Empiezo a dudar si dormir en alta mar no será una tarea imposible, aparte de la deriva que coge el barco, que al cabo de toda la noche Dios sabe donde me dejará.

Pero es agradable dejarse llevar lentamente por las corrientes, por el viento, tan lentamente que para tener constancia de ello hay que fijar alguna referencia en la costa u otros barcos y apreciar como al cabo de un rato nos hemos desplazado. Y es hermoso contemplar el mar. Meditar contemplándolo, sin pensar, como se contempla una rosa y no se intenta contar el número de sus pétalos ni imaginar la labor del jardinero para cultivarla. Contemplar el mar y no saber dónde acaba ni por qué se mueve, pero sentirlo latir cerca y extenderse estático en la inmensidad del horizonte; y olerlo como se huele a la rosa, y sentirlo presente y vivo.

Casi sin apercibirme de ello, el mar se ha ido picando y me he alejado de los barcos de pesca. Las olas presentaban pequeñas crestas blancas y el aire soplaba con algo más de fuerza. He puesto el motor en marcha y he enfilado hacia el puerto, que se adivinaba a lo lejos, en una zona conocida de la costa. La inestabilidad iba creciendo por momentos y era incómodo navegar; el barco avanzaba despacio. Me confío demasiado y me salto la escucha sistemática de la información meteorológica. Menos mal que no me alejo de la costa. Temeroso de un empeoramiento grande del tiempo, he metido gases al motor para intentar avanzar más deprisa. Ha respondido bien, pero daba unos golpes tremendos contra el agua debido a los altibajos de las olas. Pantocazos se llaman, según los textos. Mira, ya sé cómo suenan, y parece que el barco fuese a romperse, pero no, aguanta y aguanta lo que le echen. Pronto me he acostumbrado a pasarme las olas por debajo del ala, sumido en una excitante embriaguez. Claro que el estado de la mar era moderado, creo que de fuerza tres o marejada, según mis estudios de meteorología, pero me ha permitido intuir lo que será un mar de fuerza siete o arbolada. Como para quedarse en puerto y rezar que no salten las olas por encima del dique.

Después de atracar en puerto y de comer con apetito, me he ido al bar a celebrar mi pequeña aventura con un café bien hecho y una copa. No había prácticamente nadie y he podido charlar largo rato con Ionna. Me ha contado algo de su vida. Tiene una hija en su país, que vive con los abuelos. Ella es viuda de un pope, uno de esos curas cristianos ortodoxos tan peculiares. Parece que es muy religiosa, imagino que por su matrimonio. Me hace gracia que por circunstancias de la vida tenga que estar de camarera siendo ex mujer de un cura, pero ella parece bastante alegre y al parecer su marido también lo era. Dice que la religión no tiene nada contra la alegría sana, al contrario. Le he preguntado cosas sobre el rito ortodoxo y me ha contado que no hay muchas diferencias, que lo más llamativo para nosotros es que un casado pueda hacerse cura y tener hijos. Luego tienen su propia jerarquía, y no aceptan la del Papa de Roma. Tampoco tienen estatuas en las iglesias, pero están llenas de cuadros, de iconos. Dice que el icono es como la manifestación de Dios, que le tienen una devoción profunda. Le he dicho que eso es idolatría, pero dice que no, que no tiene nada que ver, que ya saben que el icono no es un dios, pero que es un objeto sagrado, que es como la puerta de Dios, como su manifestación. Yo no acabo de entenderlo o ella no acaba de explicarse con las dificultades que aún tiene con nuestro idioma, pero el hecho es que dice que tiene un icono aquí, en su casa, y todos los días medita en silencio ante él y se siente como si estuviera ante Dios. Esta mujer es muy espiritual además de atractiva, curiosa combinación. Cuando le he contado que yo no creo en las religiones, me ha mirado con fijeza, como pensando que eso era un error y alguien debería arreglarlo, o algo así. Luego me ha dicho que la religión  ilumina y diviniza al hombre. Sospecho que esta gente es mucho más religiosa que nosotros.

Ya en el barco, he seguido pensando en lo que me ha contado Ionna. Eso de que la religión diviniza al hombre. Parece muy fuerte esa creencia. Los católicos creen, yo también lo creía hace mucho tiempo, que reciben el cuerpo y sangre de Jesucristo en la comunión, y eso les santifica; pero no les diviniza como dice Ionna, que parece tremendamente más exultante, más glorioso, más luminoso. Es como participar de la naturaleza divina de Dios. Y luego lo de los iconos, que dice que son objetos sagrados en los que Dios se manifiesta para entrar en contacto con el hombre. Aunque después de todo es más fuerte creer que en el pan y vino de la comunión esté la carne y sangre de Jesucristo, por efecto de la consagración que de ellos hace el sacerdote. Imagino que los iconos están también consagrados por un pope y tienen un carácter igualmente sacramental para atribuirles esa virtud de ser la puerta desde la que Dios entra en el hombre. Esta creencia en el poder de los iconos me hace pensar en las pinturas rupestres del Paleolítico, que también parece que tenían para aquellos hombres primitivos, y profundamente religiosos, un valor sagrado, de manifestación de sus dioses animales. La imagen, en la oscuridad iluminada con teas de sus cuevas santuarios, tenía el poder de convocar al dios, de hacer que se manifestara. Era un símbolo mágico, sagrado. Todas las culturas religiosas están llenas de símbolos con poderes mágicos. El símbolo contiene una llave, un secreto hacia otra realidad, hacia una verdad que no se puede encerrar con palabras pero que puede ser intuida y accedida por medio de él.

Pero la pregunta clave es si esos símbolos actúan universalmente o sólo dentro de una cultura concreta, de unas ideas religiosas o espirituales concretas. Es evidente que lo segundo, pues un bisonte paleolítico no tiene ningún poder sagrado para un hombre de hoy, ni un icono ruso lo tendría para un hombre del paleolítico. Y eso apunta a que todo se queda dentro del mundo interior del hombre, de las ideas de cada cultura. Es algo cultural, humano, y sin valor de realidad exterior. Algo que moviliza exclusivamente la imaginación espiritual de cada cultura. Aunque por otra parte, si existiera esa realidad divina exterior al hombre, los símbolos serían el puente entre la divinidad y ese hombre concreto de cada época, que por necesidad tenían que ser símbolos diferentes. Y todas las religiones, por tanto, aún siendo diferentes, serían los distintos vehículos hacia la divinidad. Y sin embargo, aunque eso sea cierto, no indica la existencia real y externa de la divinidad, sino que puede apuntar a la aspiración de desarrollar el espíritu dentro del hombre. Esa aspiración a que Dios se manifieste al hombre, o entre dentro de él, ¿no es el deseo del hombre en superar su naturaleza humana incompleta y hacerse divino? Dios fuera o Dios dentro del hombre, esa es la cuestión. Si lo imagino fuera, lo imagino existiendo ya; pero si lo imagino dentro, sólo lo veo como una aspiración, como una realización incompleta, como un camino de perfección humano. Los profetas, santos y mesías, serían hombres privilegiados que han avanzado mucho en ese camino, pero que no se atreven todavía a creerse dioses, salvo Jesucristo, que si lo creía.

En todo esto subyace la idea concreta que se tenga de Dios en cada época o lugar. Las religiones monoteístas son todas bastante aproximadas en su concepción de la naturaleza de Dios y apuntan a un Dios persona, del que el hombre sería una imagen pobre. Las religiones antiguas eran sin embargo más naturalistas y no perseguían la identificación personal con los dioses, sino el acceso a ellos para controlar de alguna manera el poder de sus fuerzas naturales que condicionaban la vida del hombre. Así que parece que hay un cambio radical en la concepción y utilidad de Dios, y que todo resulta humano, demasiado humano como dijo Nietzsche, siendo el Dios actual una aspiración humana al espíritu, con todas sus consecuencias de intensidad e inmortalidad.

Pero, y no se acaba nunca con los peros y los cambios de orientación del pensamiento, algunas religiones actuales, como el budismo, no persiguen la espiritualidad de un Dios supuestamente existente, sino una espiritualidad netamente humana, y por ello parecen más verdaderas. Sin embargo se desligan del mundo creado por el hombre, se van hacia la nada, hacia la existencia etérea de un espíritu agarrado al vacío y a sí mismo. Y en eso me parece que se quedan por detrás de las religiones teístas, que aspiran al reino de Dios en la Tierra.

Y lo dejo por hoy y me voy a dormir, que el exceso de reflexión no me va a conducir a la certeza, sino como mucho a poner en orden mis limitados pensamientos actuales. Si Ionna me invita un día a su casa, me pondré delante de su icono e intentaré ver a través de él, pero me temo que uno sólo ve lo que ya lleva dentro.

 

 

 

Día  1  de  Mayo   del año  primero

 

Me quedan muy pocos días para el examen y dedico prácticamente todo el tiempo a estudiar. Lo que más complicado me resulta son los ejercicios sobre la carta náutica, que requieren mucha precisión de cálculo, en consonancia desde luego con el riesgo que tiene equivocarse al trazar un rumbo, por ejemplo. Si estamos en alta mar y no tenemos ninguna referencia visual más que mar por todas partes, la carta es el único asidero para orientarnos  y para llegar a un sitio concreto, una isla, otro barco que solicita ayuda por radio, etc. Cualquier error de cálculo hará que pasemos de largo sin ver nuestro destino. La orientación en tierra es distinta, hay accidentes geográficos, montañas, ríos, etc., que nos pueden dar información aproximada sobre nuestra posición; pero el mar es siempre igual y es como si navegásemos por la nada, aferrados a una pequeña brújula y a una carta marina, y dependiendo completamente de la fiabilidad de nuestros cálculos geométricos. Sabemos dónde queremos llegar y tenemos que trazar un rumbo. Luego tenemos que mantenerlo lo más exactamente posible, previendo y calculando las desviaciones que las corrientes y el viento pueden introducir en nuestra trayectoria. Hay en esto algo que me recuerda a la vida; nos fijamos una meta y trazamos un plan para llegar a ella. Pero hay que enfrentarse a muchas desviaciones, a errores de apreciación y cálculo. Y si al final llegamos donde queríamos, resulta tan maravillosos como ver a lo lejos la isla que andábamos buscando en medio del mar. Navegar por la vida, qué difícil ejercicio, que difícil el hacer los cálculos exactos sobre la carta vital. Es mucho más fácil la náutica que la vida.

Pero tanto esfuerzo de precisión en los cálculos choca con las facilidades de la tecnología actual. El GPS hace completamente prescindible toda esta tarea que antiguamente debía ser vista con admiración por las tripulaciones, como si se tratase de un poder secreto del patrón del barco. Hoy cualquiera puede orientarse sin problemas y con toda precisión, y las brújulas se ignoran ante la flecha que aparece en la pantalla del GPS o del navegador marcando en cada momento la dirección a seguir. Lástima que no exista igualmente un GPS así para navegar por la vida. 

Después de comer, y por hacer un alto en el estudio, he dado un paseo hasta el espigón a ver si estaba el abuelo. Estaba, cómo no, si no tiene otra cosa mejor que hacer que pasar apaciblemente el día y charlar con algún compañero de pesca. Le he contado mis estudios náuticos y todo esto de las cartas. Me ha mirado con cierta ironía, como valorando condescendiente lo complicado de mis estudios, pero como si me esforzara en matar pulgas a cañonazos. Algo picado por su reticencia, le he preguntado que cómo se orientaba él en su época cuando salía al mar. Me ha dicho sonriendo que él conoce su mar como la palma de la mano, y que orientarse en él no tiene ninguna complicación. Que ni se fijaba cómo lo hacía, pero que en cada momento sabía dónde estaba. Asombrado, le he preguntado que cómo, al cabo de algunas horas de perder de vista la costa y moverse el barco aquí y allá con las faenas de pesca, podía saber dónde estaba el puerto. «Por el Sol, por cómo sopla el viento, por las olas, por muchas cosas... Los que hemos vivido siempre en este mar sabemos cómo es», me ha dicho sin darle importancia. Luego me contó un truco que empleaba su abuelo cuando se iba a pescar demasiado lejos, por si le sorprendía una tormenta o no había visibilidad  o le fallaban todas las señales conocidas. Soltaba algún pájaro, y veía hacia dónde se dirigía. «Ellos saben mejor que uno por donde queda la tierra», me dijo. Y luego añadió divertido: «Yo en esos casos llevaba una brújula, no es tan útil como los pájaros pero abulta mucho menos que una jaula»

 

 

 

Día  2  de  Mayo   del año  primero

 

Domingo, y me examino dentro de dos días. He estado estudiando toda la tarde, pero por la mañana he ido a pasear con Ionna, que hoy tenía el día libre. Ha hecho un hermoso día y hemos caminado descalzos por la playa, a la orilla del agua. Había gente tomando el sol y alguno incluso dándose un baño. Hemos hablado largo y tendido de muchas cosas, y después, casi sin darme cuenta, me ha llevado a su terreno favorito, el de la religión. Imagino que es algo espontáneo en ella y que no intenta hacer proselitismo. Se ha enfadado un poco cuando le he preguntado, fingiendo seriedad, si intentaba salvar mi alma. Me ha dicho que la vida sin Dios tiene que ser muy pobre, muy difícil, que si vivimos sólo dependiendo de lo que pueda pasar en esta vida, lo más probable es que seamos infelices debido a las circunstancias adversas, a las eventuales desgracias que acontecen. Que no somos dueños de nuestro destino y por eso tampoco de nuestra felicidad. Que sólo esperando otra vida dichosa y completa se tiene el valor para vivir ésta con la felicidad que da la esperanza. Le he respondido que eso está bien, que la esperanza es una buena compañera, y que yo también tenía mi esperanza, pero distinta a la suya, que mi esperanza estaba en esta vida; que me conformaba de momento con la esperanza de encontrar el camino para una vida más intensa, con más espíritu. Me ha mirado con los ojos abiertos, con amor fraternal, creo que con el deseo de que su camino llegue a ser mi camino. Luego ha vuelto a la carga y me ha preguntado astutamente si acaso no me gustaría que hubiese otra vida después de ésta. «Claro, le he contestado, a quién no». «Entonces, me ha dicho,  parece que eso es algo natural en el hombre, que está dentro de su naturaleza». «Sí, le he contestado, pero también nos gustaría a todos ser millonarios o tener una mujer bellísima, pero no podemos alcanzarlo aunque esté en nuestra naturaleza». Dice que por qué estoy tan seguro de que no podemos alcanzar eso, que quizás sí lo tengamos en la otra vida, no precisamente en esa manera pero sí en otra equivalente que nos proporcionará las mismas satisfacciones. Me ha dicho que confundo los medios con los fines.

Después de todo no es nada tonta esta chica, y se la ve muy rodada en discusiones de este tipo. Le pregunté si hablaba mucho de estas cosas con su marido, el pope, y me ha dicho que tenían frecuentes reuniones con amigos y fieles de la iglesia, y que discutían largamente sobre estos asuntos. Eso me ha enardecido bastante y he dejado al lado la prudencia que había tenido anteriormente para no molestarla o herirla en sus convicciones. «Entonces, le he dicho, según tú, todos los deseos y aspiraciones de las personas se alcanzarán ya que están en su naturaleza; pero hay personas que desean el mal, que están llenas de odio y desean expresamente hacer mal, que llevan el mal en su naturaleza». Me ha replicado que eso era lo mismo que me había dicho antes, que las personas que desean el mal de otros es porque están faltas de amor y cuando lo tengan desaparecerá ese deseo del mal; dice que el odio y el amor son las dos caras de la misma moneda: la necesidad de otro ser para existir, y cuando esas personas tengan a Dios desaparecerá su odio.

No me resultaba fácil al principio seguir sus razonamientos porque no domina todavía el idioma, pero ahora consigo interpretar bastante bien sus ideas. He vuelto a sondear su resistencia y le he preguntado si entonces los malos serán perdonados y vivirán igual de felices en la otra vida que los que han sufrido aquí en ésta sus maldades. Pareció dudar un poco, pero enseguida me di cuenta de que sólo estaba escogiendo sus palabras porque iba a hacerme una confidencia personal, a contarme una creencia suya que posiblemente tropezaba con la ortodoxia. Me dijo que ella sí creía en el infierno, pero que era lo mismo que el cielo. Que en la otra vida las personas entrarían como salieron de ésta y allí experimentarían todas un proceso de santificación en la presencia de Dios. En ese proceso unos tardarían más que otros, unos sufrirían más que otros según el estado de su alma, pero que nadie sería excluido. Que le parecía muy infantil eso de los condenados en el infierno y los bienaventurados en la gloria. Que no era fácil juzgar a los malos, que ella no creía en la maldad como elección libre, sino que una persona se veía abocada al mal por diferentes circunstancias. Y que ese espíritu justiciero que esgrimen algunos buenos contra los malos, es como si no creyeran en otra vida eterna de dicha ante la cual las desgracias sufridas en ésta fueran insignificantes. Que no era justo que por una vida terrena y pasajera de hacer el mal, quien sabe por qué causas, te condenaran a una  eternidad de atroces sufrimientos.

Me ha sorprendido, yo había pensado que era muy rígida en sus creencias, pero veo que interpreta la doctrina de la iglesia su manera, que la integra en sus propias convicciones. He vuelto al argumento principal, a esa idea suya de que si el hombre ansía la inmortalidad es porque ésta es posible. Y le he preguntado que por qué el hombre sería inmortal y no los animales, por ejemplo, entendiendo por animales incluso todos los antecesores del hombre, tan parecidos a nosotros que no es posible distinguir la frontera de separación entre las especies. Y me ha vuelto a sorprender, porque me ha dicho que no sólo el hombre volverá a existir en la otra vida, sino todo su mundo, animales y cosas. Eso abre una perspectiva de discusión tremendamente amplia para la que no creo que esté preparada, porque supone que volverá a existir toda la historia del mundo, desde el origen; pero una historia santificada por la presencia de Dios. Una historia donde el hombre primitivo se encontraría con sus dioses y el hombre futuro con los suyos, distintos del Dios en que ella cree, inconciliables entre sí. Se lo he insinuado, pero ya se estaba haciendo demasiado tarde y ella había quedado para comer con su amiga, así que hemos aplazado la discusión para otro día. Pero no parecía acobardada ni carente de respuestas ante mi duda.

 

 

 

Día  5   de  mayo   del año  primero

 

Al fin he pasado el examen. Creo que lo he hecho bastante bien, aunque he fallado algunas preguntas de señales. Ahora a esperar la documentación y entretanto realizar unas breves prácticas oficiales de navegación, que son un mero trámite, y además ya las he realizado yo solito aunque eso no cuente. En pocos días podré navegar tranquilamente sin camuflarme de pescador. A pesar de que esta necesaria etapa ha sido algo ajeno a mis propósitos, estoy satisfecho de todos estos conocimientos que he adquirido y hasta me voy a sentir orgullosos de mí título de patrón. No obstante, este título no me autoriza a una navegación sin límites, pero suficiente para mis planes. Empiezo a saborear ya mi primera navegación mar adentro, sin divisar la costa.

 

 

 

Día  7   de  mayo   del año  primero

 

Estoy aplazando voluntariamente el comenzar a leer los libros que he traído; es como si supiera que una vez que me enfrasque en ellos a la busca de una perspectiva científica de la existencia, me olvidaré de todas estas cosas que ahora me ocupan, como la meditación o las discusiones con Ionna sobre religión. Sobre esto último, he estado pensando en lo que hablamos el domingo pasado. Siento un cierto placer en plantearle dudas, en explorar sus certezas, en poner a prueba sus convicciones. Y como no es mala contrincante, me voy a emplear a fondo con ella. No es que intente desarmar sus creencias, sino quizás afirmarme interiormente en el convencimiento de que la religión es un mundo ficticio y obsoleto. Y aunque lo tengo claro, reconozco que mis críticas van contra una concepción muy elemental y poco teológica de la religión, y que quizás una visión actualizada, más profunda, pudiera servirme en parte. Pero no, el obstáculo del dogma encorseta a la religión de tal manera que la hace incapaz de actualizarse, y la convierte en un objeto sobre el que se intenta depositar gratuitamente contenidos espirituales actualizados que ya no encajan en ese corsé anticuado. Sería lo mismo que intentar encontrar la idea del Dios actual en las antiguas religiones prehistóricas, en sus dioses animales, en el dios sol o en la madre tierra, etc. Tengo claro que hace falta una nueva religión, una religión para el hombre nuevo que ya se anuncia, o tal vez simplemente una nueva espiritualidad no basada en la religión de un Dios existente.

De todas maneras, mi formación religiosa de la infancia creo que ha dejado en mí una actitud espiritual, un sentimiento religioso que me hace otorgar un cierto crédito a las religiones. Posiblemente no es más que el crédito a mi sentimiento espiritual, a la interioridad y vivencias trascendentes desarrolladas en mi niñez y adolescencia. No hay duda que los sentimientos movilizados por la religión dan una dimensión superior al hombre, y le otorgan la formidable energía para llevar a cabo en su nombre las más extraordinarias empresas. Pero eso no tiene por qué ser nada sobrenatural, sino profundamente humano, evidencia de la naturaleza intensa del hombre que la religión ha sabido movilizar, pero que podía también desarrollarse con una espiritualidad no religiosa. De hecho, las ideas políticas revolucionarias han despertado tradicionalmente esa energía casi sagrada en las gentes, aunque luego hayan resultado equivocadas o perversas.

Respecto a la meditación, me proporciona mucha paz y equilibrio para hacer esta vida tan austera y solitaria que llevo. Pero de ahí a pretender alcanzar esa iluminación que los místicos orientales dicen que se alcanza, hay mucho trecho, creo. Tal vez después de muchos años de práctica se pueda alcanzar esa visión espiritual de la realidad, esa unión con la unidad de la existencia. Pero no me gusta ese estatismo, ese quedarse en la inacción permanente, esa no evolución pensando que se ha llegado individualmente a la meta. Existir es evolucionar, cambiar, y cuando el hombre llegue a su estado final, se habrá llegado al paraíso que prometen las religiones, al final del camino, y eso será para el mundo entero. Entretanto, lo que cabe es encontrar el camino adecuado, el camino hacia el espíritu.

Sin embargo, la meditación que hago me va a servir mucho para cuando empiece a sumergirme en las ideas científicas de vanguardia sobre la nueva concepción de la existencia. Estoy desarrollando una gran capacidad de atención en calma, de contacto con mi interior profundo, con mi intuición. A veces me llegan ráfagas de intuiciones sobre la verdad de la existencia que no consigo atrapar en palabras; ni tampoco lo intento demasiado porque confío que poco a poco se irán concretando, se irán esclareciendo. Últimamente hago casi siempre el mismo tipo de meditación. Me siento tranquilamente con las manos recogidas  sobre el vientre, sin mover los ojos ni prestar atención al escenario interior del barco que tengo delante. Es un escenario amigable que me inspira confianza. Sé lo que busco, mirar en la existencia, y me quedo ensimismado, atento a mi interior como el que espera descubrir algo, como el que confía en tener una intuición reveladora. De camino, me siento existir con plenitud y sosiego, me siento muy yo mismo. Me olvido de respirar o respiro tan suavemente que no me doy cuenta, y de vez en cuando respiro espontáneamente con profundidad como volviendo a la vida orgánica.

Empiezo a sospechar que esto de la meditación y la contemplación de la verdad de la existencia es más fácil y más natural de lo que se piensa, y que a menudo estamos tan atareados haciendo cosas y llenando la mente de pensamientos, preocupaciones y proyectos, que nos resulta misterioso y desconocido lo más evidente. Que lo que hay que hacer es vaciarse de todas esa cosas y dejar la mente atenta únicamente al hecho de existir. Hay que andar el camino hacia atrás, hacia la desnudez de la niñez, pero con el alma madura del adulto. Hay que bañarse desnudo en el mar de la existencia. Hasta contemplar el cielo por la noche es un descubrimiento si lo miramos desde esa desnudez que sólo permite asegurar que existen las estrellas, ahí, en la distancia, y que uno las ve con toda la evidencia y la intensidad de la propia existencia.

 

 

 

Día  8   de  mayo   del año  primero

 

Esta tarde he ido a ver al abuelo a su barca. Allí estaba, faenando con el motor, sujetando unos cables, achicando el poco de agua que se mete habitualmente en el casco, Dios sabe por dónde. Luego lo ha puesto en marcha un rato para evitar la corrosión interior, y mientras el motor trabajaba, hemos charlado de la vida y esas cosas. Le he preguntado qué tal se apañaba viviendo solo a su edad, aunque no quise a preguntarle su edad, una incógnita para mí que quería mantener como tal. Me dijo: «Estoy acostumbrado a vivir solo... además, ¿dónde podía ir a mi edad que estuviera menos solo?» Le he insinuado que si le gustaría vivir con su hijo y los nietos, y me ha dicho que no sería conveniente ni para su hijo ni para él. «Aquí estoy menos solo que en la ciudad. Mi hijo y mi nuera trabajan, los nietos estudian, ¿qué iba yo a hacer todo el día allí solo? Aquí conozco a la gente del pueblo, tengo mi mar, tengo las cosas que he tenido siempre y me recuerdan toda mi vida. Yo ya me quedaré aquí hasta el final, y aquí me darán tierra cuando muera. Mire, así mis nietos seguirán viniendo a mi casa los veranos y recordarán las veces que hemos salido de pesca. Y hasta conservarán esta barca en la que me he pasado la vida pescando». He sonreído al verle ilusionado con sus esperanzas póstumas. Luego le he mirado y le he preguntado con naturalidad que si creía en otra vida. Me ha devuelto la mirada como si me devolviera la pregunta, y luego, muy pausado y midiendo bien las palabras me ha dicho: «Yo no entiendo mucho de esas cosas, ni tampoco me he preocupado de eso durante mi vida, bastante he tenido con vivir día a día. Ahora tampoco lo pienso. Estoy tranquilo y no le pido más a la vida. Me sobrará con descansar cuando me llegue el momento. ¿Qué más puede uno querer? Cuando sale uno a la mar y vuelve cansado y con la pesca hecha, sólo piensa en descansar, en no hacer nada. Pues yo ya he hecho toda mi pesca en esta vida y estoy preparado para el descanso. Pero todavía no, de momento no me ha llegado el sueño y todavía estoy recordando la faena, satisfecho de la jornada». Le he dicho que no me parecía muy amigo de la iglesia y de los curas, y se ha sonreído: «Los curas tienen su tarea también, y el alcalde y el guardia, pero yo no me meto en su vida. Que cada cual haga su faena y que sean útiles a los que los necesiten. A mí nunca me han hecho falta. Mi vida ha sido muy simple y me he bastado yo solo para todo». «Entonces, ¿no cree en Dios?», le he preguntado presionándole aún y sintiéndome un poco avergonzado. Me ha vuelto a mirar inquisitivo, con un punto de dureza, y he bajado la mirada. Luego ha dicho: « ¿Ud. lo ha visto alguna vez? ». «No, yo no, le he dicho, si lo hubiese visto no necesitaría creer». « ¿Y conoce a alguien que lo haya visto? », siguió ahora él presionando. Tampoco, dije, pero hay mucha gente que cree en él. «Ya, como en la otra vida, añadió, pero nadie ha visto a ningún muerto que lo haya contado. Mire, cuando uno sale de pesca tampoco ve a los peces allá abajo, pero tiene fe en que están allí porque otras veces los ha visto y los ha pescado, o ha oído a otros que lo han hecho. Pero a nadie se le ocurre hoy día pensar que va a pescar una sirena, por ejemplo. Son cosas de otros tiempos, de épocas antiguas en que la gente era muy fantasiosa ». «Ya, le he dicho con un poco de malicia, pero ¿y si por casualidad cuando muera resulta que sí existe y se encuentra cara a cara con él?». «Pues mire qué bien, le ofreceré mi barca y mi casa, otra cosa no tengo, aunque no sé para qué le pueden servir. Tampoco a la sirena le serían de utilidad si la pesco, y lo mejor es que la devolviera al mar. Y a Dios, lo mejor es que no le acompañara a su cielo, porque poco le iba a resolver yéndome con él allí, y yo tampoco sabría qué hacer en él, si sólo sé pescar. Y no creo que allí se pesquen grandes atunes, que sería lo mejor que yo puedo desear. Me pasaría igual que con mi hijo, que sería un estorbo para él y yo tampoco estaría a gusto fuera de mi mundo».

Pensé dejarle por imposible, se aferra a su simplicidad de pescador para negar el deseo que sin duda tiene, como cualquier mortal,  del más allá. Se conforma con lo que pesca con su caña y parece que se niega a desear otra cosa, como si eso le sumiera en la duda, en la intranquilidad. Pero como yo ando sumergido en estas dudas, no he resistido la tentación de sondearle más allá de su deseo de estar tranquilo, de hurgar en su alma que no es tan simple como él quiere aparentar. Procurando no ser cruel, le he dicho que yo también pensaba como él, pero que cuando murió mi madre no hace mucho, sentía como si siguiera viva en algún sitio, como si no se hubiera muerto definitivamente, y que imaginaba que a él le debió pasar algo parecido cuando murió su esposa y le dejó solo con su hijo. Se calló unos instantes y sus ojos se fueron cubriendo de brillo húmedo, y con él me miró como se mira con la verdad en el corazón: « Mis padres murieron cuando yo era muy joven y pensaba en otras cosas, en pescar, en hacerme hombre. Pero cuando murió mi mujer fue distinto. Sí que pensaba en ella cuando volvía del mar y encontraba la casa vacía, solos mi hijo y yo. Entonces la veía por las noches y hasta hablaba con ella, y me parecía que tenía que seguir viva en alguna parte. Pero luego pensé que era cosa mía, que me había acostumbrado a su compañía y no sabía vivir todavía sin ella, porque al poco tiempo murió también la mujer de un vecino y entendí que había muerto y desaparecido para siempre. Así que el problema de entender que mi mujer había desaparecido era sólo mío».

El abuelo me sorprende a menudo con su lucidez, y le dije que además de ser un buen pescador era un buen pensador. Me dijo con su sonrisa cansada y a prueba de vanidades: «No sé si seré un buen pensador, pero pastores y pescadores tenemos mucho tiempo para pensar». Le confesé entonces que yo me había tomado también mi tiempo para pensar porque en mi vida habitual no tenía tranquilidad para hacerlo, que estaba allí para dedicar un tiempo a reflexionar en todas esta cosas, en la religión, en la vida, en la muerte. Le dije que me inquietaba la muerte, mi muerte, y que a lo mejor era porque hasta entonces no había sido consciente de lo que significa vivir. Que me producía angustia morir sin haber vivido de verdad. Fue el abuelo el que ahora se desquitó atormentándome: «Y seguro que no dormía bien por las noches, con esa vida que llevaba en la ciudad». «Pues no, no dormía bien, le dije, uno tiene demasiadas preocupaciones, demasiada tensión, seguramente innecesaria». «Igual le pasa a mi hijo, dijo, la vida de la ciudad no es buena, hacen falta muchas cosas para vivir, los gastos de los chicos en ropa y tonterías, los colegios que cada vez son más caros, cambiarse a una casa mejor, cambiar de coche... siempre están cambiando de cosas como si el mundo fuese muy deprisa y uno no pudiera quedarse atrás,  pero la vida va muy despacio. Yo sigo teniendo la misma barca y la misma casa de siempre y me bastan. Y sigo siendo el mismo de siempre. Los de la ciudad parece que quieren cambiar por dentro cada año que pasa. Así, cómo van a dormir bien, si no saben ni quién son».

Le dije que posiblemente tenía razón, y que en mi caso, al dormirme, sentía como si fuera a desaparecer yo mismo, como una especie de muerte personal que me producía angustia cada noche. «Es que anda Ud. un poco perdido, me dijo el abuelo, como cuando uno se desorienta en el mar y anda perdido un par de días, que no puede pegar el ojo por la noche y tiene miedo de todo. Pero cuando se encuentran otra vez las señales y sabe cómo volver a casa, parece que el mundo vuelve a estar en su sitio». «A lo peor es que yo nunca he conocido las señales, le dije pesimista al abuelo ». «Ande, ande, dijo, que  a lo mejor le pasa a Ud. lo que a esos pescadores que se compran aparatos modernos para orientarse y se olvidan de lo que aprendieron de niños. Y cuando hay algún problema se acaban desorientando por fiarse de los aparatos antes que de su sentido».

«Ya veo que está muy seguro de sí mismo y que no le tiene miedo a la muerte, le dije». «Ni al sueño, añadió con ironía. Morirse es como irse a dormir. No sabe uno si  despertará como otras veces, pero tiene ganas de descansar. Y cuando llegue un día que no se despierte, pues bien descansado estará para siempre», concluyó.

 

 

 

Día  9   de  mayo   del año  primero

 

He comido en el bar del puerto. Hoy trabajaba Ionna, pero libraba por la tarde, así que hemos quedado al atardecer para dar un paseo por la playa. Estos paseos con Ionna por la orilla del mar me recuerdan mis interminables paseos en solitario del verano pasado. Qué lejos me parece todo aquello y sin embargo han pasado sólo algunos meses. Pero mi vida ha cambiado mucho, y ya no ando a la deriva como entonces, buscando cómo orientarla. Ahora ya sé lo que tengo que hacer y no voy a desviarme de mi camino, ni a implicarme en la vida de otras personas de momento, como me impliqué entonces  en la vida de Berta y María, como me enredé pasionalmente en los propósitos de Teresa. ¿Qué habrá sido de ella? ¿Habrá tenido ese hijo que deseaba y del que me hizo cómplice ignorante? Yo ahora me siento al margen de todas aquellas historias de mi desconcierto. Sé que con Ionna no voy a implicarme ni física ni emocionalmente. Es una buena chica, una excelente amiga, y yo tengo una vocación decidida de soledad durante bastante tiempo.

Me ha parecido que ella estaba deseando seguir con nuestra polémica del domingo anterior. Así que le he preguntado si creía de verdad que algún día resucitaríamos con los mismos cuerpos y almas que tuvimos, como dice la fe cristiana; que si era consciente de que eso implicaba que no sólo nuestros cuerpos y los de todos nuestros conocidos, sino incluso el mundo que habíamos vivido cada uno volvería a existir. Y que por tanto, todos los instantes y épocas del mundo volverían a desarrollarse para que todos los hombres pudieran recuperar su propio mundo, en el que habían vivido. Porque si recuperábamos nuestro cuerpo, eso quería decir que recuperábamos nuestra vida, y ella estaba ligada de manera inseparable al mundo en que había vivido. Lo que implicaba esa fe era la recreación del mundo, sin penalidades, sin maldad, sin muerte. Y si no había muerte, ¿cómo podían ir desarrollándose las distintas etapas del mundo en la misma manera que fueron en su día? Era imposible, porque las personas se acumularían y cambiaría el escenario humano de cada época.

Según iba desarrollando mi perorata vi que me escuchaba pacientemente con una sonrisa en los labios. Después me dijo que yo tenía una visión muy “mundana” de la otra vida, y que así era inevitable que me hiciera un lío. Incluso se anticipó a la expresión de otras dudas que ya me andaban rondando por la cabeza, diciéndome que también era imposible que todas las personas resucitaran con su cuerpo, puesto que los átomos se habrían dispersado, pasado a la tierra, y quizás de esa tierra habrían nacido vegetales, y habrían sido comidos por algún animal, y ese animal habría sido comido por otro hombre de una época posterior, y al final los átomos del ser humano del principio habrían pasado a formar parte de otro, por lo que los cuerpos entrarían en conflicto a la hora de resucitar. Y mientras me decía todo esto se reía divertida.

«Bien, le dije un poco ofendido, cuéntame entonces cómo ves tú esa otra vida». Dice que la resurrección es exclusivamente del espíritu, y no del cuerpo material y menos aún del mundo que cada uno ha vivido. Pero que resucitaremos “nosotros mismos”, con nuestra verdadera identidad, y que al ser nuestra naturaleza compuesta de alma y cuerpo, nuestro espíritu tendrá una forma corporal. Seremos un cuerpo glorioso, idéntico  al actual pero liberado de la temporalidad y de la muerte. Un cuerpo no sometido a las leyes de la materia, el espacio y el tiempo. Seremos sacados del mundo real, dice, pero con nuestra naturaleza de seres humanos.

Le he dicho inmediatamente que eso sí que era difícil de entender, que con qué cuerpo y qué alma resucitaríamos, si con los de nuestro último momento en el mundo, ancianos decrépitos, o con los de la plenitud de los años, o con los de la niñez; que el hombre no era un ser estable sino que iba cambiando en el tiempo y pasando por distintas etapas en las que el cuerpo y el alma iban cambiando de naturaleza.

Por un momento creía que se sentía confundida y sin respuestas, pero no, buscó sus palabras como el que busca traducir una intuición y consiguió darme a entender que resucitaríamos con nuestro mejor ser, con aquel desde que el podía contemplarse la totalidad de nuestra vida. Que nuestra vida estaría contenida entera en nuestro ser de manera brillante y presente, y que no había que confundir la totalidad de nuestro ser desarrollado a lo largo de la vida, con las distintas etapas por las que habíamos ido pasando y que debido a nuestra naturaleza temporal se habían ido quedando ocultas en el recuerdo. Me dijo que no era fácil de imaginar esto ahora, porque seguimos sometidos a la temporalidad, pero que cada uno teníamos una identidad de alma encarnada en la que seguían presentes todas las horas de nuestra vida.

Me dijo que Jesucristo había resucitado con un cuerpo espiritual, y que ésa sería también nuestra naturaleza, salvando la infinita distancia entre nuestro ser y el de Dios. Y que aún participando todos los humanos de esa naturaleza espiritual del Jesús resucitado, cada uno tendría su dimensión y su ser particular.

Le he dicho que todo eso era mera imaginación, una fantasía como había tantas en el mundo, como los que creían en la reencarnación mundana a lo largo de muchas vidas, o los que habían creído antiguamente en otras supuestas realidades trascendentes; que por qué pensaban los cristianos que su verdad era la única a lo ancho del  mundo y a lo largo de la historia.

Entonces me ha sorprendido con un argumento bastante inteligente, que me ha costado trabajo interpretar a partir de sus frases titubeantes y no demasiado elaboradas en castellano todavía. Dice que el primer artículo de fe es  creer que existe otra realidad distinta de la que vemos, y que en eso han creído todas las religiones desde el principio. Y que en esa realidad  exterior al mundo hay un ser o seres o manifestaciones de naturaleza divina. Dice que ella cree en un Dios único y en Jesucristo como su auténtica encarnación en el mundo, y cree en sus palabras, trasmitidas por sus apóstoles con el lenguaje de su tiempo y destinadas a la mayor parte de las personas. Que Dios pudo hablar con un lenguaje inefable que no hubiera entendido nadie, o con un lenguaje docto a la altura sólo de unos pocos sabios de su época. Pero que tuvo que emplear un lenguaje común y que lo importante de su mensaje está en la vida y los hechos de su encarnación: Jesucristo. Que esa encarnación pasó por todas las etapas del ser humano y por lo tanto del desarrollo de la conciencia, y que esto incluía la conciencia cada vez más creciente en el propio Jesucristo de que él era Dios, el Hijo de Dios. Y que su resurrección fue la culminación de esa conciencia.  Que hay y ha habido otras religiones, y que eso no significa más que la intuición del hombre acerca de su destino espiritual. Pero que lo importante del mensaje de Jesucristo en su época fue el hecho de su resurrección personal, que es la referencia esencial de su doctrina y de la naturaleza de la otra vida que nos prometió. Y esa verdad, dice, era válida para aquella época y sigue siendo válida para la nuestra todavía; y que quizás dentro de algunos milenios el hombre haya desarrollado sorprendentes conocimientos, nuevas formas de entendimiento que permitan interpretar de otra manera nuestra resurrección a la otra vida, pero que la esencia del hecho será la misma.

Me ha parecido alucinante esa visión de Jesús tomando conciencia de su divinidad, desde su infancia sembrada de misteriosos dichos y hechos hasta la madurez plena de conocimiento de sí mismo. Ese saberse Dios pero estar sometido a su humanidad y su muerte, y pronunciar aquellas dramáticas palabras en la cruz: “Dios mío, por qué me has abandonado”. Y luego resucitar y confirmarse en su divinidad, habitando un cuerpo espiritual como el que habitará cada ser humano resurrecto.  Es todo demasiado incomprensible para mí. Y me inspiran serias dudas la veracidad de los testimonios de los apóstoles o de los textos, escritos al cabo de un tiempo, recopilándolos una y otra vez. ¡Qué digo!, no es que me inspiren dudas, es que no puedo creerlo. Me parece que me he dejado seducir un momento por la fascinación de las creencias firmes de Ionna. Posiblemente los discípulos de Jesús y los apóstoles también fueron seducidos por la excelencia sobrehumana de Jesús y transmitieron fielmente sus enseñanzas creyendo sinceramente en él. Con lo que el problema se traslada a la figura histórica de Jesús y a la interpretación de su mensaje. Jesús, el enigma, el hombre que se “sabía” Dios y no estaba loco. Quizás en el futuro la historia y la arqueología aporten nuevos datos y hechos sobre su vida.

Habría tantas cosas que analizar y estudiar en torno a los profetas... Principalmente la época en que surgen y la coyuntura social y política  del momento. En todas épocas ha habido profetas, pero sólo en determinados momentos especiales aparecen. En los últimos tiempos también ha habido y sigue habiendo figuras relevantes de la espiritualidad, si bien de tradición oriental. Pero nuestra época no es propicia para creer firmemente en ninguna persona aunque las gentes se dejen seducir por las corrientes espirituales para llenar el vacío de sus vidas en crisis. Y ya lo que sería imposible es que alguien creyera hoy en un Dios encarnado. Cada vez que pienso en los miles de millones de almas que a lo largo de los tiempos han creído profundamente en un Dios que les escucha personalmente, uno a uno, me resulta imposible creer en ese Dios que acoja a tanto necesitado. ¿Qué haría Dios con tantas almas, para qué las necesitaría él? En el hipotético caso de que fuese el responsable de su creación, ¿no se le habría ido el fenómeno de las manos? No es de extrañar que las haya dejado abandonadas a su suerte y sean algunas de ellas las que de cuando en cuando se alcen hacia él sintiéndose sus profetas. Miles de millones de almas que han nacido y muerto, que se reproducen a sí mismas ciegamente y no se diferencian unas de otras apenas nada, vistas desde la mirada de un Dios. Completamente carentes de significado especial cada una de ellas, completamente prescindibles, completa y justamente mortales. ¿Para qué resucitarlas? 

Le he dicho a Ionna que me gustaría ver su icono y hablar  de toda esa mística de meditación con los iconos. No sé por qué se lo he dicho, imagino que por conocer su forma de ser espiritual, o por disfrutar de su compañía. Le he contado que yo también medito, pero no de manera religiosa, que intento ver en el silencio, que me quedo muy atento esperando descubrir la verdad de la existencia. Dice que ella ya sabe la verdad de la existencia, que ella no busca, sino que se pone a disposición de Dios para que la ilumine con su presencia a través del icono. Sospecho que son dos actitudes interiores radicalmente distintas; la mía, activa; la de ella, pasiva. Y no estoy pensando ahora en términos de religión y manifestación de Dios,  sino de iluminación en la verdad de la existencia. Me ha invitado a su casa el próximo domingo.

 

 

 

Día  12   de  mayo   del año  primero

 

Ya he realizado las prácticas oficiales de navegación. Han resultado un mero pretexto, no sé si para recaudar ingresos o para evitar el antiguo procedimiento de justificar unas horas de navegación al lado de un patrón titulado, que pocos hacían verdaderamente. No tienen nada que ver con las prácticas del carné de conducir automóviles. Aquí no hay que pasar un examen ni suspenden a nadie. Lo único que he aprendido, y no directamente, es cómo se lanza un cohete de señales y pocas cosas más. Pero he agradecido el contacto con los compañeros de prácticas, cada uno con su mundo y sus planes náuticos. Ahora a esperar unos días a que me expidan el título.

Esta tarde he vuelto a mi mundo solitario, he estado meditando en mi vida aquí. He contemplado el curioso triángulo que formamos el abuelo, Ionna y yo. Ellos dos convencidos cada uno de una realidad distinta. Yo buscando la mía. Y los tres viviendo bastante despiertos. El abuelo se aferra a la vida y a los recuerdos de su vida; Ionna a “su” otra vida; yo me aferro a una búsqueda. Empiezo a entender que lo importante no es la “verdad”, sino la intensidad. Nuestra intensidad es la verdad, la verdad del ser, es decir, del propio ser. La existencia que percibimos es siempre la nuestra; es la que se manifiesta en la contemplación de las cosas, del exterior, de la vida, de Dios, de la esperanza en otra vida. Así se explica la validez de todas las religiones y todas las creencias, la validez de cualquier fe. Aquello que es capaz de integrar todas las potencialidades de nuestra alma de manera armónica, y nos proporciona la mayor intensidad, esa es la verdad; la verdad de nosotros mismos y por lo tanto la verdad de la existencia. Porque incluso si Dios existe, lo tendremos contemplar por medio de nosotros. Somos nosotros mismos el camino, el vehículo esencial. Y lo mismo si Dios no existe. Nuestra existencia de humanos es el mayor secreto a desvelar en todo lo que existe. Y la ventaja es que nos habitamos, que estamos disponibles para nuestro propio conocimiento. Ese conocimiento no es mental, es experimental, existencial. Experimentarnos existiendo en nuestra máxima dimensión es el verdadero conocimiento. Eso es lo que pienso. ¿Pienso? Me río de mí mismo. Debería haber dicho que eso es lo que experimento. Así que por ahí va a ir mi meditación en adelante: experimentarme en la máxima dimensión. Y siento que esa dimensión no es de mera conciencia intelectual, sino también sentimental. Es contemplación con el corazón también. 

Recuerdo que de niño nos enseñaron a meditar con recogimiento después de la comunión, con devoción, movilizando un sentimiento profundo de amor a Dios. Yo no puedo ahora sentir esa presencia de Dios, como la sentirá también Ionna, pero puedo movilizar sentimientos hacia algo, hacia la existencia, hacia mi propia existencia, no sé. Tengo que explorar mi ser, mi espíritu.

 

 

 

Día  13   de  mayo   del año  primero

 

Ha hecho un día maravilloso. He disfrutado plenamente del mar, que estaba tranquilo y luminoso. Hasta me he bañado en medio del mar y he nadado un buen rato alrededor de mi barco que permanecía inmóvil en su sitio sin estar anclado. El agua estaba aún fresca pero estimulante. La primavera radiante despierta la sensualidad en el alma y las ganas de vivir intensamente. A veces la tentación de abandonarme a la vida sin más preocupaciones me resulta difícil de superar. Y me pregunto si precisamente la plenitud vital hace innecesaria la búsqueda de trascendencia, de un sentido espiritual para nuestra vida; y si  por carecer normalmente de esa plenitud vital es por lo que buscamos ese sentido y esa trascendencia. Evidentemente, la plenitud vital sucede en momentos determinados, pero no es una vivencia permanente. Si pudiera serlo, seguramente no nos preocuparíamos de nada más que de vivir esa plenitud. Pero nuestro ser biológico no está hecho para vivir constantemente en éxtasis vital, y al contrario, de cuando en cuando sufre y padece privaciones. Pero lo importante a considerar es ese hecho de que si estamos en plenitud vital no necesitamos nada más, e incluso la conciencia de la muerte no nos haría salir de ese estado, como si fuera lo mejor que podíamos hacer antes del fatal suceso. He vuelto a recordar lo que pensaba anoche, que lo importante es la propia intensidad, el brillo del alma en medio de cualquier situación. El alma es como el mar, que refleja la luz del sol, y en días como hoy se convierte en un espejo refulgente. El sol sería la fuerza de la existencia, que no siempre reflejamos con intensidad.

Me marqué ayer un nuevo rumbo de meditación, movilizando mis sentimientos; una meditación con el corazón. Esta tarde he estado intentándolo, pero no ha sido un camino fácil, seguramente por falta de ejercicio, por tener el corazón demasiado atrincherado a la defensiva en los últimos tiempos. Al principio no podía sintonizar con el sentimiento del amor en vacío, sin objeto. Tampoco podía encontrar en los cajones de la memoria el perdido amor a Dios de mi niñez, sobre todo porque no podía ponerme en situación ya que me parecía una actitud inauténtica. Luego rememoré algunos retazos de amor romántico o erótico que ocurrieron a lo largo de mis edades, el afecto por mis padres, los sentimientos de amistad juvenil salpicados en ocasiones de momentos de ayuda abnegada, de donación, de entrega. Y hasta rememoré el sentimiento de amor y protección por mi perro, ser inocente y afectivo muerto ya hace algunos años. Y algo se dilataba dentro del alma, un estado de bienestar espiritual y beatitud que sin embargo no podía mantener mucho tiempo. El pasado era pasado y no me motivaba experimentar mis sentimientos ligados al pretérito y a seres desaparecidos. Era renovar a la vez el dolor de su pérdida. Necesitaba un objeto de amor actual, presente. Pero no había nada a mano y tendría que inventarme un objeto de meditación que despertara mis emociones. Por supuesto estaba la música y su poder de despertar todo tipo de sentimientos, pero era la música la que se apoderaba de mí y me controlaba provocando las más diversas emociones, y yo quería un objeto de meditación específico, que despertara sólo el sentimiento más poderosos, el del amor, y quería un objeto de meditación amorosa controlable, a mí disposición.

Por supuesto existían muchas cosas a mi alcance para hacer de ellas un objeto de meditación con el corazón: el mar, la naturaleza, la luz;  todo eso estaba sin embargo en la escala inferior de intensidad, aunque a veces pudieran despertar una vivencia exaltada de fascinación amorosa. Luego estaban los animales; podía tener un perrillo en el barco y sin duda lo querría, pero no era suficiente para convertirse en el objeto director de una meditación amorosa de máxima intensidad. Luego estaban las personas; eran lo real más intenso que podía encontrar a disposición en cualquier momento. Las personas, todas las personas, o una persona concreta, que era lo mismo. Tenía cerca a Ionna; podía meditar en el amor a Ionna, como persona, como ejemplo concreto de persona. Pero era un camino ciertamente peligroso por sus posibles implicaciones. Además yo estaba ya muy de vuelta de lo conflictivas que llegan a ser las relaciones entre las personas. En abstracto sí se puede sentir amor por las personas, reconocerlas como hermanas y amarlas como se ama a uno mismo. Estuve meditando intelectualmente en esto durante mucho rato. Entre todos los innumerables seres del mundo, los humanos somos hermanos de especie, tenemos la misma constitución orgánica y anímica, y esto debería bastar para amarnos como se ama a un ser idéntico a nosotros. Lo malo es la inmensa cantidad de humanos que convivimos y los conflictos de competencia que eso acarrea. Si sólo existiéramos unos pocos, cada encuentro sería una iluminación, un acto de amor profundo. Amar a un ser humano es algo innato. Por eso los niños se quieren de manera espontánea  nada más que se encuentran, hasta que surge el primer conflicto. En otra persona reconocemos lo valioso del ser humano, nos reconocemos aunque en forma algo distinta, y ese es el milagro del encuentro. Amar a las personas es fácil, lo difícil es convivir con ellas en un mismo espacio de intereses encontrados. Así que la única posibilidad de amar a una persona era fuera de su contexto, de su realidad, para que no pudiera haber conflicto de intereses, lo que me llevaba al amor “irreal”, al amor platónico distante. En suma, la posibilidad realista más perfecta de amor humano era amarse a sí mismo como persona. Por un momento pensé que había llegado a la gran perogrullada, a la perfecta insensatez autista. Pero luego me dije que lo que había encontrado no era el amor egoísta sino el amor altruista hacia la persona que me habitaba. Era un desdoblamiento, una contemplación desde fuera de mí mismo y de mis intereses egoístas, una contemplación respetuosa como podía realizar sobre Ionna o sobre mi amigo el anciano. Una cosa era mi mente y mi conciencia y otra todo el conjunto de defectos y virtudes, de conflictos, fortalezas y debilidades que constituían mi ser, y que mi conciencia podía contemplar como si fueran de un ser cercano, íntimo. Así sí me podía amar, sin complacencia, sin engaño, objetivamente y quizás con piedad, con condescendencia, a veces con compasión. Desde esa posición, yo y otra persona éramos lo mismo, con la ventaja de que yo estaba aquí, siempre disponible y mucho más conocido.

Así estuve meditando en un sentimiento de amor y cuidado hacia mí ser radicalmente solitario,  abandonado a sí mismo ante la indiferencia del mundo, en la soledad del cosmos. Un ser dotado de cualidades espirituales, de inteligencia, de sentimientos, pero perdido entre el número inmenso de seres que salen adelante como pueden o como el azar les otorga en la vida. Nadie mejor que yo mismo podía cuidar de mí y amarme. Amarme era amar la existencia humana cuajada en mí a través de una línea de ascendientes de los que sólo había conocido a mis padres y abuelos. Yo no era nada especial, sólo un ser humano entre miles de millones, con unos rasgos biológicos y sicológicos definidos y posiblemente únicos, aunque seguro que existían algunos hombres muy parecidos a mí. Pero yo no conocía a todos los hombres, ni siquiera a muchos, por lo que sin duda me sentía especial entre el pequeño grupo de personas que había conocido. Además, cada persona arrastra una historia particular, unos padres particulares con sus particulares historias, por lo que cada uno somos irrepetibles, pero sólo como son irrepetibles cada uno de los árboles de un bosque aunque sean lo mismo. Y lo que amaba en mí era esa concreta y a la vez genérica existencia, la existencia humana que tenía constantemente delante, dentro del alma.

Luego pensé que las demás personas, teniendo el mismo valor humano que yo pero siendo diferentes en algunos aspectos, eran una oportunidad para expandir mi conciencia, mis vivencias, si era capaz de conocer su interior, su realidad personal, aunque fuera sólo parcialmente, desde fuera de los límites que la convivencia conflictiva aconseja no traspasar. Pero no debía engañarme, esas diferencias personales eran a veces rechazables, eran aberraciones o inclinaciones hacia lo que a mí me parecía malo o no deseable. Había un amplio abanico de configuraciones personales, y algunas me atraían, otras me eran indiferentes y otras me eran adversas y repudiables. El amor a las personas no podía ser universal o completo, aunque había una gran parte común en todas ellas que sí era deseable por mí, y lo malo no debería hacerme rechazar lo bueno de cada una. He pensado que me he perdido de amar a muchas personas a lo largo de mi vida.

            Los hombres vamos juntos en el mismo camino y somos, cuando es posible, el consuelo mutuo ante la soledad existencial en el Universo. El hombre es rival del hombre para la vida, pero compañero para el espíritu. Si vivimos en el espíritu no hay rivalidad. El amor verdadero no debe ser algo demasiado personal y específico, sino  algo cósmico, global. Esa es la esencia del amor. No se trata de amar al individuo, sino al “ser hombre” en cada hombre. El amor cósmico al hombre concreto es la salvación contra la soledad, porque si Dios existe está en  otra dimensión y sólo podemos verlo a través de la pequeña ventana de nuestro espíritu, no siempre abierta, no siempre transparente.

Y amar a otro es reconocer el espíritu dentro de él, y cuidarlo, porque el espíritu es el mismo que habita en todos nosotros, una gota de ese Dios imaginado que impregna diversas naturalezas humanas. De ahí viene el respeto al individuo. Respeto en el amor. Y del amor nace la observación, el aprendizaje, la contemplación de distintas posibilidades del ser en el espíritu.

Amar al otro es ver que en sus acciones persigue lo mismo que nosotros pero a su “manera”. Eso no excluye el mal, el mal que pueda hacer a los demás. Ahí entra la responsabilidad, la firmeza, la reeducación del otro, pero no el odio que lo da ya todo por perdido, aunque muchas veces eso sea así. Entonces en lugar de odio procede el dolor. Dolor de haberse perdido un espíritu. El odio es destructivo, propio de seres anclados a lo vital exclusivamente, a la competencia. En el hombre espiritual procede la astucia y la habilidad para evitar el mal que proviene de los otros; el evitarlos como se evita un accidente. También el hacerles ver el bien con firmeza, y eso incluye causarles dolor si fuera necesario. Hasta el Dios bíblico ha castigado a pueblos enteros por su maldad. Por tanto, hay que amar a aquellos que alberguen espíritu y evitar a los que no. Espíritu que es amor, inteligencia, conciencia, bondad.

Pero un amor intenso acontece en la realidad sólo en circunstancias excepcionales, y por eso el amor idealizado es el único que puede despertar en nuestro espíritu esa máxima intensidad del ser. El amor a Dios sería la perfección, y así lo han experimentado los santos y místicos. También es intenso el amor de enamoramiento, que convierte a la persona amada en objeto exclusivo en algún momento de la vida, tan ligado al erotismo y la exaltación vital. Respecto al amor a uno mismo, esa mezcla de compasión y cuidado por el propio ser, sólo cabe sentirlo en la soledad más radical, cuando se descubre nuestra identidad más pura y separada de todos, más vulnerable ante la indiferencia del cosmos y más necesitada de cuidado.

 

Me he dado cuenta de que mi meditación se estaba volviendo cada vez más reflexiva, más embrollada, y he desistido de ella. Lo que pretendía era sentirme existiendo intensamente a través de un sentimiento de amor hacia  alguien o algo, y no reflexionar sobre ello. Y no encuentro claramente ese objeto de amor. Lo dejaré para mañana. No es un camino fácil para mí en este momento de mi vida. Voy a poner música, buscaré alguna composición relativa al amor. A ver si así se me despierta un poco el corazón.

 

 

 

Día  15   de  mayo   del año  primero

 

Ayer he estado toda la tarde escribiendo un cuento. Resistí la tentación de comenzar a leer mis libros, que reservo para una nueva etapa de mi estancia aquí, en la que me dedicaré a meditar sobre esas lecturas para encontrar un nuevo significado o visión de la realidad, del misterio de la existencia, de la que lo único que soy capaz de saber es que es evidente y que pasa. Pero quiero iniciar esa etapa con claridad, clausurando esta anterior que he dedicado a instalarme en el barco, a aprender a navegar y a meditar en silencio, sin objeto de meditación. A partir de ahora, a partir del momento que tenga el título en mi mano y me haga a la mar para permanecer en medio de ella, mi meditación será reflexiva, o al menos tendrá base reflexiva aunque luego irá por donde quiera llevarme mi intuición. 

El cuento trata del amor, y ha sido una compensación por mi incapacidad actual de meditar en él sin objeto, o de mi incapacidad para encontrar un objeto de amor intenso. Intenté así sentir indirectamente algo de lo que no podía sentir realmente. He roto lo escrito ayer en hojas sueltas,  y lo trascribo hoy en este cuaderno de bitácora un poco más corregido.

 

“Harto de deambular por la vida de fracaso en fracaso, entendiendo por fracaso el no conseguir ser feliz al lado de una persona, propósito que ya era en sí un síntoma de su soledad, de su falta de compromiso social, de la escasez de sus relaciones, Eugenio se interesó por una especie de “fraternidad” que encontró en Internet buscando asociaciones y círculos de convivencia. La denominada Orden Laica del Amor Altruista se autodefinía como una comunidad basada en el amor al otro. Era, al parecer, una comunidad de vida en la que sus miembros practicaban el amor humano, y compartían vivienda, recursos y afectos sin limitaciones ni reglas, pues la única regla establecida era el amar a los demás sin limitaciones, reservas ni intereses personales. Esto se traducía,  a niveles prácticos, en la máxima “Entrégate a los demás por completo y olvídate de ti mismo”.

            Los interesados, después de una fase de información relativamente detallada y bilateral a través de Internet, podían solicitar una entrevista previa en la cual eran recibidos en el domicilio comunal. Allí entraban en contacto con algunos de los miembros de la fraternidad y se producía un primer acercamiento y evaluación. Si el aspirante seguía interesado y la comunidad también, había una prueba de aptitud que consistía en una jornada de convivencia clausurada con una persona de la comunidad. Superada esta prueba, el aspirante pasaba una temporada en comunidad, en régimen limitado de convivencia. Y superada esta última prueba, era admitido en la comunidad.

Eugenio, después de intercambiar información, solicitó la entrevista previa. Fue una charla agradable, muy humana, y se encontró con personas muy afectivas que se interesaron por él y le abrieron las puertas a la prueba de convivencia clausurada. La tal prueba de aptitud era la clave para determinar si el novicio estaba capacitado en potencia para ingresar en la orden. Aceptó la prueba y se presentó en la comunidad al cabo de diez días, como estaba establecido.

Le recibió una mujer de unos treinta años, sonriente y familiar, que le dio un abrazo de bienvenida. Le condujo a una habitación donde deberían pasar juntos un día, noche incluida. La habitación era amplia y confortable, con una mesita redonda y dos butacas, dos camas y un cuarto de baño contiguo; algo parecido a una amplia habitación de hotel. Tenía también una terraza que daba a un huerto. Eugenio estaba algo cortado por lo íntimo de la experiencia de convivencia, especialmente por tratarse su compañía de una mujer. Además era bastante atractiva, lo que le ponía incluso más nervioso.

Su compañera se llamaba Juana y parecía habituada a la situación. Le dijo que se pusiera cómodo, como si estuviera en su casa, que iba a encargar la comida y volvería enseguida. Le preguntó si tenía alguna preferencia al respecto, para encargar algo distinto en caso de que no le gustara el menú comunitario, a base de verdura, pescado y fruta. Eugenio le dijo que estaba bien, que no era caprichoso con la comida. Juana le sonrió y se fue. Aprovechó Eugenio para inspeccionar en detalle la habitación, las camas, debajo de cuyas almohadas encontró sendos pijamas; el baño, en el que había toallas blancas de lavabo y ducha, y jabones. Le gustó la terraza, desde la que se veía el huerto de hortalizas y árboles frutales muy cuidado.

            Enseguida llegó Juana, que entró directamente con toda confianza.

- Arreglado, nos traerán la comida aquí como está previsto en la prueba. ¿Qué tal te vas acomodando a la clausura de la habitación? -le preguntó afable mientras se sentaba cómodamente en una de las butacas en torno a la mesita.

- Eso quiere decir, me temo, que no saldré de aquí en todo el día... y la noche -dijo Eugenio fingiendo desolación y sentándose también.

- Así es- rió Juana- pero ya verás cómo no es tan duro. Además, para eso estoy yo, para hacerte agradable la estancia.

- Ah, bueno, eso me sugiere un montón de cosas -bromeó Eugenio.

Juana se echó a reír abiertamente y le dijo prometedora:

- Claro, tú puedes pedirme lo que quieras, yo estoy a tu entera disposición. Esa es nuestra regla.

Eugenio se quedó  mirándola entre feliz y cohibido. Sabía que aquello era una prueba y no un día de placer, pero desconocía por completo los límites de la experiencia. Juana le miraba divertida en su confusión y él no pudo evitar fugaces fantasías eróticas de cara a la noche.

- ¿Te resulto atractiva? -le preguntó con naturalidad sorprendiéndole en medio

de sus imaginaciones.

               - Ah, perdona, creo que me has leído el pensamiento... bueno, yo... pues sí, claro... la verdad es que estoy un poco desorientado en lo que se espera de mí.

- No te preocupes, no se espera nada de ti más que seas tú mismo, esa es la prueba.

- Ya, pero... es que una convivencia así, sin conocerse, tan íntima entre un hombre y una mujer se presta a situaciones un poco comprometedoras.

- ¿Comprometedoras?

               - Bueno, uno no puede evitar a lo mejor sentir deseos físicos hacia la otra persona.

- ¿Y cuál es el problema?

- Imagino que no estoy aquí para pasármelo bien, aunque con todo lo que me has dicho pudiera imaginarlo.

- Supongo que te refieres a pasarlo bien conmigo en la cama.

- Si claro, ya sabes cómo somos los hombres...

               - ¿Los hombres? Sospecho que en este momento estás un poco a la defensiva, y haces partido con lo más primario y común que los hombre tenéis, el deseo hacia la mujer y su dominación sexual. Imagino que así te sientes a salvo de lo que pueda pasar en esta experiencia. Te propongo que imagines que hubieses visto en mí  hace un poco la intención de querer llevarte a la cama enseguida, de poseerte sexualmente yo a ti cuando estabas confuso y sin saber a qué atenerte.

Eugenio se quedó cortadísimo imaginando la escena, y apenas pudo balbucir:

            - Sí, bueno... hubiese sido un poco violento... me hubiese imaginado cualquier cosa respecto a esta comunidad... Lo que pasa es que te he visto muy abierta a mis impulsos, no has puesto ninguna limitación a nuestra experiencia de convivencia.

            - Y es que no la hay en principio. Pero todavía no me has preguntado nada sobre mi situación personal a pesar de albergar esos deseos hacia mí.

            - Tienes razón, no sé cómo me he puesto a hablarte de esta manera... estoy un poco avergonzado.

            - No tienes por qué, al contrario, está bien que te comportes con naturalidad y sinceridad. Lo malo hubiera sido ocultar tus deseos, o intentar alguna maniobra de seducción - y Juana se echó a reír mirándole un poco burlona.

- ¿Y cuál es tu situación personal, Juana? -preguntó protocolario Eugenio haciendo esfuerzos por ignorar el tono irónico de su eventual compañera de habitación.

- ¿Te interesa de verdad? No es necesario que me preguntes nada si no quieres, no va a influir probablemente en nuestro comportamiento sucesivo.

- Digamos que tengo una curiosidad práctica por conocer como funcionáis aquí en comunidad, porque lo único que sé es que la única regla que existe es darse a los demás y olvidarse de uno mismo.

- Claro, por eso te he dicho que en realidad no importa la situación personal de cada uno, porque esa situación es realmente estar a disposición de los demás. Yo te he llamado la atención sobre que no me habías preguntado nada sobre mí porque tú todavía no te has puesto a mi disposición y estabas pensando en tus deseos personales y egoístas.

            Juana se levantó sonriendo y dijo que iba a traer un café, que si le apetecía a él también. Eugenio contestó que sí y se quedó mirando cómo salía, pensando que aquella mujer le estaba llevando por un camino desconocido en el que se sentía inseguro y a merced de su experiencia.

Tardó un rato en volver, el tiempo suficiente para que Eugenio estuviera meditando en todo lo que habían hablado. Le empezaban a  asaltar  dudas sobre su actitud ante los demás y si su vida frustrante no sería debido a esa actitud quizás demasiado encerrada y defensiva. Cuando al fin entró, traía una bandeja con los cafés, una jarrita de leche, agua y vasos, azúcar, etc. La dejó sobre la mesa cuidadosamente y se sentó tranquila y silenciosa. Eugenio se quedó mirándola, silencioso también. Al cabo de unos segundos se percató de la situación: ella estaba observando si él iba a hacer algo. Enseguida le preguntó a Juana que cómo quería el café y se dispuso a servirla. Ella sonrió aprobando su iniciativa y diciéndole feliz:

- Creí que me ibas a tener sin tomar café, ya te dije que me apetecía, pero seguro que estabas pensando en tus problemas y te habías olvidado de mí.

- ¿Tú no tienes problemas? -le preguntó Eugenio.

- Claro, muchos, fíjate que somos veinte personas más en la comunidad. Tengo los problemas de veinte personas.

- Ya veo. ¿Y de los tuyos no te ocupas?

- ¿Para qué? Ya se ocupan de ellos veinte personas.

Eugenio sonrió por primera vez con afecto a Juana diciéndole:

- Da un poco de vértigo esta forma de vida, ¿no? Es como si uno desapareciera de la escena.

               - Que va, hombre, no se desaparece, te ves en los ojos de los demás. Es de verdad cuando sabes que existes.

- ¿Pero cuál es el límite de esa entrega a los demás?, ¿es que todo está permitido?

- En principio el límite de la entrega está en los demás, en lo que te pidan, pero nadie pide nada y son los otros los que conocen las necesidades de cada uno y atienden a ellas según sus capacidades, por lo que no se produce ningún tipo de abuso o daño para nadie. No obstante, una entrega a los demás demasiado abnegada puede suponer algún tipo de daño personal para el que la hace, por lo que los demás enseguida captan la situación y se modera esa atención repartiéndola entre todos. Siempre se alcanza un equilibrio de conjunto bastante bueno.

- Tal y como lo cuentas, me está pareciendo una solución práctica y eficaz de convivencia en comunidad, más que una comunidad de amor a los demás. Hasta ahora no me has hablado de amor -dijo Eugenio tomando la iniciativa crítica.

- No lo he hecho porque a un novicio no se le puede exigir que entre aquí amando a los demás sin conocerlos. Pero cuando se convive y se conocen las necesidades de los demás, se empieza a amarlos.

- Se me ocurren tantas preguntas, tantas situaciones delicadas, que me estaría aquí una semana preguntándote cosas hasta quedar satisfecha mi curiosidad.

- No es necesario. Si esta prueba es satisfactoria para las dos partes, ya tendrás ocasión de vivir en comunidad durante un tiempo y ver en realidad cómo es todo esto.

- Sí... si esta prueba es satisfactoria... -dijo Eugenio pensativo, intentando adoptar esa actitud interior de entrega de que le había hablado Juana. Se quedó mirándola, intentando ver dentro de ella, intentando conocer qué podía ella necesitar de él. Ella también le miraba sonriente, tranquila. Al cabo de un rato de estar así, mirándose, observándose sin decir ni hacer nada, se echaron a reír a la vez.

- Bueno -dijo Juana al borde de la hilaridad- no me dirás que no te lo estás pasando bien conmigo.

- Vaya, creo que a partir de ahora sí. Me estaba preguntando cómo podría yo hacerte feliz durante este día de prueba.

- Ya me estás haciendo feliz con tu buena voluntad. Pero aparte de eso puedes hacer muchas cosas concretas. Podías contarme una historia interesante o divertida, podías darme un masaje en el cuello, que con el cambio de tiempo se me pone un poco tenso, o podías interesarte por mi vida y preguntarme algo sobre ella, pero  no de manera obligada como hace un rato, sino de verdad. Elige tú lo que quieras, o lo que creas que más me apetece a mí.

- Hum -rumoreó amistoso Eugenio- creo que voy a decidirme por una solución mixta, apetecible para ambos. Te daré ese masaje a la vez que te pregunto por tu vida. Lo primero es lo que más me apetece a mí, y creo que lo segundo a ti, pues ya me lo has pedido dos veces.

- Bueno, eres hábil y no vas por mal camino, aunque veo que no renuncias a tus apetencias personales -dijo feliz Juana.

Eugenio se levantó y se colocó detrás de la silla de Juana. Puso las manos sobre sus hombros y las fue deslizando hacia el cuello intentando percibir su estado de rigidez. En efecto, tenía tensos los músculos entre los hombros y el cuello, y hacia la espalda, y los palpó con suavidad en toda su longitud localizando la extensión de la contractura. Juana se acomodó relajándose y dejando caer la cabeza un poco adelante. Suspiró brevemente con satisfacción. Eugenio comenzó a masajearle la zona, apretando con suavidad cada uno de los músculos, recorriéndolos con sus dedos, distendiéndolos.

-Qué bien lo haces -dijo Juana respirando con profundidad. ¿Cómo has aprendido?

-Tuve un apareja que le gustaban los masajes y nos los dábamos habitualmente uno al otro.

-Pues es un punto a tu favor en la prueba, porque aquí también nos damos masajes con mucha frecuencia unos a otros. Es uno de los rituales preferidos. Sigue, sigue con el masaje, no te pares.

-¿Rituales?

-Claro, todas las órdenes tienen sus rituales. Ésta, que es laica, tiene también los suyos, que están orientados a cultivar el afecto y el amor a los demás. Otro ritual no reglamentado estrictamente pero asumido por todos es el contacto corporal, el cogerse las manos, el darse abrazos y acariciarse en cualquier situación que apetezca.

-Es curioso, resultará un poco agobiante al principio...

-No, tampoco es que los hermanos estén sobándose todo el día. Cada uno sabe cuándo es oportuno y agradecido el contacto físico. Sigue un poco más abajo, por la espalda...

-¿Y qué más rituales tenéis?

-Hay uno muy gracioso para un novicio, pero que es muy efectivo para sensibilizarse ante las necesidades del otro. Pero no te lo voy a contar ahora porque dentro de un rato lo vas a practicar conmigo. Es el ritual de la comida. Ya verás -dijo Juana misteriosa y riendo.

-A saber lo que me espera -bromeó Eugenio.

- Luego está el ritual de la noche, que es el más importante quizás para los más jóvenes.

- ¿En qué consiste? -preguntó Eugenio muy interesado.

- Se duerme siempre en compañía, aunque en casos especiales puede uno hacerlo solo.

- ¿Cómo en compañía? ¿En pareja, quieres decir?

- Normalmente se forman parejas hombre mujer para la noche, pero no de manera permanente. Se procura no dormir más de dos días seguidos con el mismo hermano, aunque vuelvas después con él al tercer día.

- Bueno, bueno -dijo Eugenio feliz mirando de soslayo las camas de la habitación- esto me está resultando hasta excitante.

- Ya te veo -respondió Juana enseguida riendo.

- Porque imagino que las parejas tendrán todo tipo de intimidad -siguió indagando Eugenio.

- Cada pareja de noche tiene la intimidad que desea, pero no es necesariamente una intimidad sexual siempre, como te estás imaginando, sobre todo entre los hermanos mayores. Para los jóvenes es distinto, y tenemos bastante relación sexual, sí, pero como pueda tenerla cualquier matrimonio que se quiera y se lleve bien en la cama. Es algo habitual y no se le da una importancia exagerada, aunque la tiene para fortalecer la unión de los hermanos y gratificarnos mutuamente. Además somos muy respetuosos con los deseos de los demás, por lo que por dormir con un hermano el no va a tener contacto sexual contigo si lo que deseas ese momento es una atención exclusivamente afectiva o simplemente descansar.

- Me está gustando esta orden -dijo Eugenio- aunque imagino que surgirán cantidad de problemas, de celos, de conflictos pasionales.

- Todo eso se produce si no te has entregado a los demás por completo y sigues viviendo en el egoísmo y deseas acaparar algo para ti solo. Mira, es como si los hermanos se disputasen el mejor sitio para ver la televisión. Unas veces lo disfrutará uno y otras otro, e incluso a veces alguien te cederá el sitio si tienes muchas ganas de ver un programa. Para eso está establecido el cambiar de pareja de noche, para no acaparar a las personas en exceso, aunque se respetan en la norma, como ves, las preferencias naturales que tienen las personas entre sí.

- Bueno, bueno, todo esto que me cuentas imagino que supone que vamos a dormir juntos esta noche -dijo Eugenio excitado.

- ¡Ay Señor, los novicios que llegan con tantas carencias! -exclamó Juana-. Dormir, dormiremos, pero creo que no vamos a tener esa relación sexual que tanto estás deseando. Vas a tener mala suerte, porque todavía no eres un hermano ordenado al que yo no se lo negaría si me lo pidiera con tanto deseo. Y el caso es que tú estás sometido a prueba y según cómo te comportes conmigo esta noche dependerá tu admisión a la fase siguiente. Si sigues pensando en tus deseos en lugar de en los míos no pasarás la prueba. Y conste que te estoy ayudando contándote esto porque tienes muchas cosas positivas, pero llegas muy apegado a ti mismo.

- Y no es un poco cruel prolongar esta prueba a la noche conociendo como conoces mis deseos.

- Ah hermano, eso forma parte de la prueba, por eso siempre ponemos una mujer cuando el aspirante es hombre y viceversa. Si eres capaz de pensar en mí y atender mis necesidades en lugar perseguir tus deseos, todo irá bien.

- Pero tú me dijiste que no había limitaciones en nuestra prueba de convivencia.

- Cierto, no las hay; pero la prueba consiste en que tienes que ser sensible a mis necesidades, no yo a las tuyas. Yo ya he demostrado y demuestro a diario mi entrega a los demás. Eres tú el que tienes que demostrar ahora tu capacidad de entrega. Verás, cuando el aspirante es una mujer, a veces el hermano que le atiende en la prueba puede solicitarle tener relaciones sexuales esa noche. No es que vaya a tenerlas necesariamente, pero dependiendo de la actitud de la novicia él saca sus conclusiones. Y a veces sí que tienen relaciones íntimas si el hermano lo desea realmente y la novicia se lo concede.

- Es decir, que si tú deseases tener relaciones conmigo esta noche, no habría ningún inconveniente.

- Si ese fuera mi deseo, no habría ningún inconveniente, pero sin olvidarme que mi tarea es someterte a prueba y no abandonarme a mis deseos, salvo que ayuden a la prueba. Y ya es evidente que no tendría ningún valor para probar tu entrega el pedirte que tuviésemos intimidad sexual esta noche, puesto que lo estás deseando. Sí tendrá valor de prueba el pedirte otras cosas, pero esas no te las voy a decir ahora. Te las pediré en su momento.

- ¿No me podrías dar al menos alguna pista?

- Todavía no las sé yo exactamente, aunque las intuyo. Sí te pediré probablemente, entre otras cosas, un masaje más amplio, a la vista de lo magníficamente que me has dado éste -dijo Juana contenta.

- Pues no sé si eso no será todavía peor para mí, en la cama los dos juntos y dándote un masaje corporal amplio. Creo que eres un poco sádica conmigo -dijo Eugenio dando también por terminado el masaje.

- El problema está en ti, como ves, que no te despegas de tus deseos. Verás cómo no te produce ningún trastorno si me das el masaje pensando en mí exclusivamente. Ah, y no te voy  a pedir un masaje erótico, naturalmente - dijo Juana echándose a reír feliz.

 

Llamaron discretamente a la puerta y entró un hombre joven con un carrito de comida.

- Hola hermano -dijo Juana levantándose enseguida feliz y ayudándole a colocarlo al lado de la mesita-. Es el hermano Miguel -le dijo a Eugenio.

Miguel se quedó mirando sonriente y con curiosidad a Eugenio y se despidió enseguida diciendo:

- Que os deis bien de comer, hermanos.

- Qué deprisa se me está pasando la mañana -dijo Juana cuando Miguel había salido-. Es otro punto a tu favor, hermano.

- ¿Qué ha querido decir Miguel, tu hermano Miguel, con eso de que nos demos bien de comer?

- Ah, casi me ha destripado la sorpresa que te tenía guardada. Ya verás.

El carrito de la comida tenía dos platos grandes o fuentes redondas tapadas, fruta, agua, vasos, cubiertos, etc. Juana cogió uno de los platos y lo colocó en el centro de la mesita. Luego puso los cubiertos de los dos, el agua, los vasos.

- Bueno -dijo Eugenio bromista-, parece que hoy sólo comerás tú, o que vamos a comer a la ranchera, los dos del mismo plato.

- Verás, como te dije se trata de un ritual que es obligatorio una vez por semana, aunque algunos hermanos lo hacen con más frecuencia por placer. Tiene por objeto el sensibilizarse ante las necesidades de los demás. Se trata de darse de comer mutuamente. Vamos, como a los niños -resumió Juana echándose a reír ante el asombro de Eugenio.

- Vaya niñería, me parece una diversión infantil, ponerse uno al otro perdido de sopa o pincharle la lengua con el tenedor. Desde luego sois como críos, no veo que utilidad puede tener este juego.

- Pues no te creas que es tan fácil, porque no se trata de meterle la comida al otro como se hace con un niño, cucharada tras cucharada, sino de sensibilizarte con su ritmo de comida, con sus hábitos, de manera que no note diferencia respecto cuando come solo. Hay ahí un entendimiento profundo entre los dos hermanos, que permite comer a cada uno como si lo hicieran solos, al ritmo de sus apetencias propias, que el otro debe intuir y respetar. Para eso se observan atentamente, están muy pendientes a cualquier gesto,  señal o mirada de cada uno al plato, al vaso, servilleta o cualquier cosa que desee. En fin, que es como si cada uno tuviera sus manos en el cuerpo del otro y come con ellas perfectamente sincronizado con sus deseos y apetencias. Como ves es un arte de sensibilización, una disciplina de conocimiento íntimo del otro. Además, en el ritual está prohibido comer por los propios medios, por lo que si un hermano no te da de comer, no comerás ese día. Es como si fueras realmente inválido.

- Vaya, pues sí que me tenías guardada una sorpresa. Creo que voy a estar muy cohibido cuando me pongas la cuchara en la boca, o que me va a dar la risa cuando te la ponga yo a ti. Soy muy torpe además para estas cosas y nunca he dado de comer a nadie.

- Pues si entras en la orden tendrás que aprender. Pero verás que el ritual va más allá de una disciplina, o incluso de un arte de la delicadeza. Al cabo de algún tiempo verás que se convierte en un acto de amor, de intercambio de almas y cuerpos.

- Bueno, bueno, ponte la servilleta alrededor del cuello, que me temo que te pondré perdida hoy -dijo Eugenio divertido y animándose a empezar.

- ¿Tienes hambre, hermano?

- Tengo, hermana.

- Abre la boca -dijo Juana divertidísima mientras cogía una cucharada del puré de verduras del plato y la acercaba a la boca de Eugenio.

- Está bueno -dijo Eugenio bastante cortado de tomar la cucharada y saborear el puré ante la mirada atenta de Juana.

- Toma otra, que te veo con mucho apetito -dijo Juana sonriente.

En el mismo instante que los ojos de Eugenio se dirigían al vaso de agua, la mano de Juana lo cogió y se lo acercó a la boca. Eugenio no pudo evitar sonrojarse mientras la miraba indefenso y se ponía a beber de una manera sorprendentemente fácil, como si el vaso lo estuviera manejando él; y luego se echó a reír enrojeciendo más todavía.

-Gracias, mamá -dijo librándose de su embarazo.

- De nada, hermano -respondió Juana, y se quedó inmóvil  mirándole, mientras Eugenio esperaba no sabía qué. Tuvo que abrir la boca Juana de manera cómica para que Eugenio se diese por aludido y le diera a su vez una cucharada de puré. Juana lo paladeó mostrándole sonriente su placer y su apetito. Enseguida acometió Eugenio con otra cucharada, pero esta vez la boca de Juana no se abrió y la cuchara tropezó con ella, vertiendo un poco de puré sobre la barbilla. Así embadurnada, Juana se echó a reír con la boca cerrada sin dejar de mirar cómicamente a Eugenio. Luego le dijo:

- No seas ansioso, tienes que respetar mi ritmo, fíjate bien en él.

Eugenio cogió enseguida la servilleta y limpió la barbilla de Juana con cuidado pidiéndole excusas. Al final de la fuente de puré, Eugenio había conseguido acoplarse bastante bien con Juana, y los dos intercambiaban alimento y bebida con bastante coordinación, permitiéndose incluso hablar de cuando en cuando. A Eugenio le parecía aquello como una especie de baile, y las atenciones y la intimidad que iba dispensando a Juana le acercaban cada vez más a ella, hasta el punto que se le iba despertando un sentimiento de afecto, de casi ternura. El segundo plato, de pescado,  era un poco más complicado de administrar y requería más tiempo de preparación, por lo que se prestaba a hablar más y tomárselo con calma. Cuando terminaron de comer, Eugenio estaba deseando que llegara la hora de la cena para repetir el ritual.

Después de recoger todo y ponerlo en el carrito, Juana se fue a llevarlo a la cocina. Volvió con café.

- Según venía –dijo Juana-, estaba pensando que antes de comer, mientras me dabas el masaje, ibas a interesarte por mi vida, por mi situación aquí, pero al final no me has preguntado nada. Imagino que no estás especialmente interesado en mí y que te interesa más el tipo de vida que hacemos y las demás circunstancias de esta comunidad.

- Tienes razón, se me desvió la atención a otras cosas, no sé por qué, pero nunca es tarde. Sí tenía curiosidad por conocer tu situación, si tenías alguna pareja especial aquí, o si incluso estabas casada, etc., pero a medida que me ibas contando cosas de vuestra vida aquí, creo que todas esas preguntas me parecieron irrelevantes, porque al parecer no os condicionan en vuestra conducta, que está establecida sin exclusividades hacia las personas y todo eso que me has contado. No obstante, sí que me gustaría conocer tu situación al respecto.

- No, no estoy casada, y además ese vínculo queda disuelto internamente al ingresar en la orden, aunque lo que sí se respeta son las afinidades de cada uno, pero sin exclusividad excesiva. Pero sí tengo esa afinidad con una persona aquí, y si viviéramos fuera seríamos pareja. Tengo además una hija pequeña. Ya la tenía cuando ingresé. Aquí los pocos niños que hay hacen una vida normal, van al colegio y todo eso, y los hermanos se reparten a veces los cuidados y la tutela de ellos. Yo por ejemplo, que no trabajo fuera, me ocupo entre otras cosas de llevar a los niños al colegio, darles de comer, etc., cuando no lo pueden hacer sus padres.

- ¿Y no te has planteado dejar la orden y vivir con tu pareja y tu niña fuera de aquí? Después de todo, podrías practicar ese mismo amor altruista en tu propia familia.

- Sí, pero me gusta más hacerlo en comunidad, es mucho más enriquecedor,  más amplio, tiene una dimensión más generosa, pues darse sólo a los que amas personalmente puede ser una forma de egoísmo también. ¿Y tú, que esperas aquí si entras en la orden?

- Yo... -dudó Eugenio, eligiendo las palabras- creo que no sé todavía lo que busco, pero sé muy bien lo que no encuentro fuera. Posiblemente es como dices, que fuera las personas se agarran una a otra a la desesperada para sobrevivir, y de ahí vienen tantas frustraciones, tantos fracasos de convivencia. Creo que prefiero la fraternidad, el amor fraternal si quieres, antes que el pretendido amor de pareja centrado en sí mismo, algo agobiante y demasiado exigente y acaparador. Imagino que pienso así porque nunca he tenido un apareja que funcionara satisfactoriamente más de unos pocos años.

- ¿Qué te parece -sugirió Juana - que ya que hemos terminado el café, nos tumbáramos un rato y siguiéramos charlando cómodamente, sesteando un poco?

- Una idea estupenda -se apuntó Eugenio sonriente.

- Bien, y si quieres podemos juntar las camas para no estar tan separados, para hablar con más intimidad, pero sólo para eso, ya sabes.

- Bueno, y en todo caso te puedo dar ese masaje que me ibas a pedir por la noche, si no encontramos demasiado de qué hablar.

- No es mala idea, pero antes descansemos un poco, no te vas a poner ahora a hacer ejercicio recién comido - dijo riendo Juana.

Juntas las camas, Juana se tumbó en la suya mirando hacia la de Eugenio, que hizo lo propio, quedando los dos bastante cerca, cara a cara. Juana le tomó por las manos, que estaban a mitad de camino entre los dos.

-Verás -le dijo mirándole con afecto-, si yo estuviera ahora tumbada con una hermana, después de haber pasado la mañana juntas, y de habernos dado de comer, y de haberlo pasado bien, en este momento perezoso y sensual de la siesta intercambiaríamos muestras de ternura, caricias, cariño. Con un hermano es muy difícil esa expansión sentimental, porque enseguida surgen inclinaciones eróticas, deseos sexuales. Pero yo te prometo que ahora lo que deseo es solamente cariño, ternura, y que me lo des si sabes con miradas de afecto, con caricias que despierten mi sensualidad sólo lo justo para avivar esos sentimientos de amor fraternal.

Eugenio se quedó mirándola en silencio mientras buscaba en su interior la manera de expresar un sentimiento al que no estaba demasiado acostumbrado. Sentía la proximidad de Juana despertándole un deseo de abrazarla, pero dudaba de la naturaleza de ese deseo. Se esforzó por imaginar que era su hermana de verdad, pero sus sentimientos se confundían porque él no había tenido hermanas ni había experimentado lo que puede sentirse al lado de una persona mujer con la que has vivido desde la niñez y cuya alma te es familiar y querida.

-No es fácil para mí ser así. Me cuesta mirarte y hablarte con esa intimidad afectiva que quieres. Creo que la mejor manera en que puedo mostrarte mi ternura es con ese masaje que habíamos acordado para la noche -dijo Eugenio sentándose en la cama al lado de Juana.

Ella se puso boca abajo y ladeó la cabeza hacia él para verle, mientras en su cara se instalaba una dulce y suave sonrisa. Eugenio le retiró delicadamente el pelo a un lado, dejando su cuello al descubierto, y le acarició con delicadeza la cara mientras ella entrecerraba los ojos y él sentía manar dentro una fuente perturbadora de cariño. Rozó su oreja y deslizó sus dedos entre el espeso cabello de Juana, peinándolo hacía atrás. Luego puso las dos manos sobre el cuello y los hombros y comenzó a masajearlos con mucha suavidad. Pensó que lo que Juana quería eran caricias más que masaje, y así lo hizo, intentando despertar en su piel delicadas sensaciones. Luego descendió por su espalda.

-Esto sería mejor hacerlo sin ropa -aventuró Eugenio.

-Estoy muy perezosa para quitarme nada -contestó Juana-. Eso lo dejaremos para esta noche.

            Eugenio acarició su espalda sobre la camisa y recorrió sus costados hasta las caderas, mientras se despertaba en su vientre con voluptuosidad el deseo de posesión de aquél cuerpo tan hermoso. Juana le miraba de soslayo, complacida pero atenta, y entonces Eugenio se dijo que debería hacer el esfuerzo de pensar exclusivamente en ella, en lo que le había dicho. Se puso a observar su expresión mientras la acariciaba, y procuró que sus manos expresaran los sentimientos que le había pedido. Enseguida vio que la sonrisa de Juana se hacía más dulce y pronunciada. Acarició sus sensuales caderas imaginando cómo las sentía ella y no como el deseo las dibujaba en él, y volvió a recorrer con ese propósito toda su espalda poco a poco. Juana le miraba dulcemente y un caudal de sentimientos que le llegaban desde sus ojos empezó a inundarle y se estableció entre los dos de manera permanente. El alma de Eugenio vivía las sensaciones de Juana como si fueran suyas, y supo que la capacidad de placer de ella era muy superior, y su sensibilidad mucho más exquisita. Se estaba abriendo a otro mundo sensible y le gustaba, y ya no podía abandonarlo. Acarició el culo de Juana con delicadeza, pendiente de sus sensaciones, sintiendo como ella se volvía más corporal, más hembra, y luego dejó una mano allí con ternura mientras la otra volvía a recorrer su espalda hasta el cuello y se sumergía entre su pelo. Juana le miró un segundo fijamente, como si le dijera que confiaba en él y en que cumpliría lo que le había pedido, y que se confiaba a sus manos; luego cerró los ojos. Eugenio se sentó sobre sus piernas y siguió acariciando los glúteos, las caderas, la parte alta de las piernas. Notaba la respiración placentera de Juana y sin verle la cara le llegaban no sabía cómo todas sus sensaciones. Descendió lentamente por sus piernas hasta los pies descalzos. Eran unos pies pequeños, bien formados, aunque a él no le decían mucho los pies de una mujer. Pero supo enseguida que eran muy sensibles, que Juana vivía las caricias en los pies especialmente. Y se propuso darle placer, centímetro a centímetro. Tomó un pie entre sus dos manos y lo masajeó suavemente, luego pasó sus pulgares por las oquedades de su planta, sintiéndolas, apretando en ellas, recorriendo toda su geografía de montes y valles. Después cogió uno a uno sus dedos y los acarició alrededor, estirándolos suavemente, recorriendo las pulpas con la punta de sus dedos, metiéndolos entre ellos, jugando con ellos. La respiración de Juana se había hecho muy calmada y regular. Se acercó a su cara y vio que se había dormido plácidamente. Todo su cuerpo estaba allí, reposando satisfecho, pero Juana se había ido. Quizás soñaba dulces sueños como una niña recién dormida. Se acercó a su cara y le dio un beso en la mejilla mientras acariciaba por última vez su cabello. Se movió hasta su cama y se quedó boca arriba, pensando. Había sido una experiencia especial, nunca se había metido tan dentro de la sensualidad de una mujer, nunca se había olvidado tanto de sí mismo. Y le había gustado, había sido como una desfloración sentimental para él, como si un ser femenino le hubiera poseído por primera sin ser él demasiado consciente de lo que le hacían, pero había disfrutado finalmente, y ahora su alma estaba distendida y ensanchado su espíritu. Se había abierto su corazón y ya sabía darse a una mujer, sabía ser mujer siendo hombre. Había entrado en una nueva vida. Realmente había descubierto el secreto de darse por completo y veía que era bueno, que era gozoso ese desaparecer en la felicidad de los demás, mientras te inundaban con ella.

Luego volvió a imaginar ampliamente cómo veía Juana su propio cuerpo, cómo lo vivía, y qué diferente tenía que ser de cómo lo veía él, coloreado de formas voluptuosas, despertando imágenes eróticas que se habían consolidado desde la adolescencia, contempladas en tantos medios y escenarios. Por fuerza, el cuerpo de la mujer tenía una carga erótica enraizada en la cultura, y hasta la propia mujer no era ajena a esa visión. Pero en su intimidad más  humana, más natural, la mujer tenía que sentir su cuerpo de una manera más personal, más propia, como albergue de todo un mundo de sensaciones delicadas, como objeto destinado a un mundo de ternura y cariño. Luego se le ocurrió pensar que si en la comunidad los hermanos hacían así el amor a las hermanas, viendo el cuerpo de ellas como ellas lo veían, también cuando eran ellas las que les hacían el amor, deberían serían capaces de ver al hombre como ellos se veían interiormente: machos, copuladores, instintivos. Pensaba que a fuerza de hacer ellos el amor a la manera de ellas, acabarían por impregnarse de su exquisita sensualidad; y por el contrario, ellas se acabarían impregnando de la sexualidad aguda y directa de ellos, y todo llegaría a un equilibrio, a una manera ampliada y enriquecida de hacerse el amor unos y otros. Entre estas y otras erráticas disquisiciones le fue invadiendo un agradable sopor y se acabó durmiendo también.

            Cuando despertó le invadió la sensación de haber dormido profundamente. Juana no estaba. Se levantó perezoso y se asomó al balcón. Vio a Juana en el huerto con una niña pequeña. Ella le vio enseguida y le saludó con la mano.

            Al poco rato estaba Juana en la habitación. Se acercó a él y le abrazó tiernamente, de esa manera que sólo saben hacerlo las mujeres, pegándose con cada centímetro de su cuerpo.

            -Querido hermano, tengo una buena noticia para ti. Has pasado la prueba y si lo deseas serás admitido provisionalmente a la vida en comunidad. Has estado muy tierno conmigo en la siesta, y creo que eres un buen candidato. Naturalmente tienes todo un camino de aprendizaje por delante, pero creo que serás un buen hermano si lo deseas de verdad. Ya se lo he comunicado a la comunidad, y no es necesario que pases aquí la noche.

            -Bueno, la verdad es me siento muy bien, no sería ninguna molestia pasar la noche contigo -dijo Eugenio sonriendo con fingido descaro.

            -Ah, querido, ya pasarás muchas noches conmigo, no temas. Así además me dejarás libre hoy para dormir con mi pareja, bueno, con mi querido hermano Miguel. Tengo deseos de estar con él después de tu prueba. Y te prometo que me acordaré de ti un poquito, que estarás con nosotros un rato.

            -¿Miguel? ¿No fue el hermano que nos trajo la comida?

            -El mismo. Ya verás lo bien que os lleváis cuando estés aquí, si es que decides venir. Además hay otras hermanas muy guapas, ya las conocerás. Aunque tus atenciones y tu amor deberán estar con todos, ya lo sabes.

            -Tengo tantas dudas... no sé si seré capaz de ser como vosotros, de olvidarme tanto de mí mismo.

            -Hoy has empezado a hacerlo muy bien conmigo. Me quedé dormida entre tus caricias y creo que luego soñé que yo era una niña pequeña y tú me besabas tiernamente en la mejilla. No te preocupes, la estancia temporal en comunidad no es sólo una prueba de adaptación, es también un periodo de aprendizaje y todos te ayudaremos.

            -Bien, creo que lo intentaré al menos. Será una prueba interior también para mí, porque no sé cómo reaccionaré.

            -Recuerda que dentro de veinte días puedes ponerte en contacto con nosotros y te recibiremos como hermano temporal, y salvo las juntas de gobierno y deliberación, participarás en el resto de la vida comunitaria en igualdad de condiciones que los demás hermanos. Ahora te acompaño a la puerta y te despido hasta entonces, hermano Eugenio.

Ya en el umbral, le dijo Juana con un hilo de nostalgia:

-Estaba pensando que nos hemos abrazado muy pocas veces este día, hermano, cuando aquí es una de las cosas que más hacemos entre nosotros. Así que dame el último abrazo de despedida, aunque sea una despedida  temporal.

Y se echó a su cuello y le abrazó con la misma ternura que hacía un momento, cuando volvió a la habitación. Ahora Eugenio sí la abrazó, dándose lo mismo que se daba ella, en cuerpo y sentimiento, inseparables.”

 

 

 

Día  16   de  mayo   del año  primero

 

Es domingo temprano. Va a hacer un día espléndido y luminoso. He quedado con Ionna. La invitaré a comer en algún bar de la playa con vista al mar. Luego ha prometido llevarme a su casa. Tenemos pendiente una conversación sobre los iconos y tiene que enseñarme el suyo, ante el que medita con tanta devoción como para que le abra la puerta de comunicación con Dios.

Todavía sigo bajo los efectos emocionales del cuento que escribí ayer. Es curioso cómo una historia inventada se puede vivir con tanta intensidad. Evidentemente, me he identificado con el protagonista, y he vivido su aventura con gran viveza. Escribir es otra forma de vivir, y además, de vivir experiencias que nunca se vivirán en la realidad por extraordinarias. Experiencias imaginadas que también nos cambian por dentro igual que las experiencias reales. Después de todo, las experiencias reales tienen mucho de imaginadas, y superponemos nuestras fantasías a los hechos, viéndolos de manera transfigurada, que a la larga acaba chocando con la realidad y descoloriéndose.        Creo haber aprendido mucho ayer, y me veo a mí mismo abierto a una vida distinta, más gozosa al lado del corazón de una mujer. Siento que esto va a influir en mi relación con Ionna, que estaré más cercano a sus sentimientos, que compartiremos más afectos. ¡Qué curioso, ahora me doy cuenta de lo parecido que suena el nombre de Ionna con el de la Juana de mi cuento! ¡Es posible que mi inconsciente haya jugado conmigo, que sin darme cuenta haya estado yo fantaseando en una relación más íntima con Ionna! ¿Serán realmente el mismo nombre en distintas lenguas? Tengo que preguntárselo, sería sorprendente.

Volviendo al cuento y al cambio que se ha producido en mi interior al escribirlo, creo que todo lo que imaginamos actúa en nosotros, transformándonos. Por eso imaginar un amor intenso, creer en él aunque nos engañemos, tiene la virtud de abrirnos al amor. Y creer en Dios, tener fe profunda, nos abre a la vida del espíritu. Todo lo que es capaz de imaginar el hombre es también realidad, su realidad, aunque no se corresponda con la realidad exterior. Y si Dios es algo imaginado por el hombre, ese Dios está dentro de él aunque sea sólo en la forma de necesidad, de hueco, de aspiración maravillosa que podría ser vivida realmente. Esa veneración por lo divino es la dimensión suprema del hombre, y en poco se diferencia el espíritu del hombre cuando venera a Dios en la imaginación  o en la realidad, si existiera. Todo remite a la conciencia el hombre, y ésta es la verdad. Somos islas de existencia y todo tiene reflejo en nosotros, pero lo que conocemos es sólo ese reflejo. Si es producido por algo exterior o por algo interior poco importa. El Dios de nuestra imaginación nos diviniza lo mismo que el real y hace que nos desbordemos en nuestros límites y capacidades humanas convencionales.

Creo que me he puesto a filosofar gratuitamente, y no es el tiempo todavía de hacerlo con rigor.

Antes de encontrarme con Ionna iré a ver al abuelo, que hace días que no sé nada de él. Su manera de vivir la realidad es muy distinta. Él se agarra a lo evidente, a lo cotidiano, y se ha adaptado a esa visión de la realidad. Es ahí donde su alma pesca, aunque sea pescar desde el dique del puerto. Y se conforma con lo que pesca así. Se siente seguro y en equilibrio de esa manera. Es una forma de ser sabio sin pretenderlo, porque al fin y al cabo estamos todos suspendidos en la ignorancia y obligados a inventar una realidad. Ionna la inventa de otra manera y también es feliz. Yo soy el más ignorante y todavía busco, y vivo en la inquietud de la existencia sin rostro.

 

 

Día  17   de  mayo   del año  primero

 

Después de comer muy agradablemente mirando el mar, fuimos andando hasta la casa de Ionna. Tiene un pisito pequeño en un barrio del pueblo interior. Si fuera moderno podría llamarse apartamento. Hay una salita de estar pequeña, una cocina también pequeña, dos dormitorios igualmente exiguos y un cuarto de baño. Lo tienen alquilado ella y su amiga. En el dormitorio de Ionna, en un rincón recogido, está el famoso icono. Representa a Jesucristo sosteniendo un libro en la mano izquierda mientras que la derecha está levantada en actitud de enseñanza. Parece una representación muy habitual y al principio no me llamó mucho la atención. Pero luego, al acercarme y mirarlo en la penumbra, percibí algo distinto. Tenía algo en su expresión que captaba la atención. Era su mirada en primer lugar, una mirada de frente, de tú a tú que se metía dentro como si realmente alguien te mirase de verdad. Pero además sus ojos irradiaban un sentimiento especial, a la vez acogedor y donador. Miraba como si estuviera mostrando la verdad y la ofreciera con certidumbre, con amorosa exigencia. El resto del rostro aparecía relajado, estático, y la boca era pequeña y pasaba desapercibida. Eran los ojos expresivos, enmarcados en un rostro lleno de quietud y simetría, lo que capturaba la atención. También la expresión de su mano y el colorido de la composición, a base de dorados y azules, creaban un clima favorable a la contemplación.

Ionna se dio cuenta de mi atención y mis sensaciones ante el icono, y me dijo que me estaba haciendo amigo de él. Le pregunté que cómo meditaba ella con el icono y me dijo que se dejaba mirar por Jesucristo, que la mirada de la imagen representada en el icono la llevaba a sentirse mirada por Jesucristo, a sentirse enseñada por su mano y su palabra, recogida en el libro de su testamento. Que había que ponerse ante la imagen y escuchar, que el icono te estaba diciendo que escuchases pacientemente, día tras día. Simplemente eso; era como una oración, pues el icono era sagrado y ponerse ante él en esta actitud abría la puerta hacia Dios. Pero que no era un camino rápido, que se necesitaba tiempo para que se abriese esa puerta. Y que llegabas a amar al icono y a sentir devoción por él como si se tratase de un ser querido.

Volví a decirle que a mí me parecía aquello un poco de idolatría. Me dijo que los católicos reverenciábamos la cruz, y que muchos la llevaban al cuello siempre y la besaban y la querían de la misma manera, que era un símbolo sagrado lo mismo que el icono. Además, según ella, la imagen es tan sagrada como la palabra, y que lo mismo que repetir el nombre de Jesucristo, o rezarle, nos lleva a Dios, contemplar su imagen nos lleva también a Él.

Estuvimos tomando café sentados cómodamente en un sofá que tenían frente a la televisión. Estaba muy contenta de que estuviese allí y sentí que se estaba convirtiendo en una amiga entrañable. Hasta me ofreció tomar un poco de vodka, lo que acepté encantado. Sacó una botella de la nevera y sirvió un poco en dos vasos. Se empeñó en brindar por nuestra amistad. Estaba feliz. Enseguida me preguntó por mi vida, aunque ya le había hablado algo de ella anteriormente. No le he contado en detalle lo que ando buscando, y simplemente le he dicho que estoy pasando una temporada de descanso, meditando sobre mi vida. Algo así como unos ejercicios espirituales no religiosos, le he dicho pensando que lo entendería. Naturalmente la he invitado a ver mi barquito y a navegar un día, cosa a la que se ha apuntado encantada. Le pregunté por su hija, y está deseando traerla, pero le gustaría vivir solas en un piso las dos y todavía no tiene una situación económica suficiente, pero espera cambiar pronto de trabajo y mejorar. Al calor del vodka le pregunté si pensaba volver a casarse, si le gustaban los españoles. Se puso un poquillo sonrojada y me miró atentamente. Dijo que sí le gustaría volver a casarse, y aunque echaba mucho de menos a su marido pensaba que era bueno hacerlo, y también para su hija, pero no lo veía fácil en su situación actual y en aquel lugar. Al instante me preguntó por qué no tenía yo una pareja. Le dije, ya un poco contento con mi segundo vodka, que nadie me quería, que yo no sabía querer tampoco. Se acercó más a mí y me dijo riendo que era un mentiroso, pero que si yo quería ella me podía enseñar a querer. Si no hubiese sido porque la conocía ya bastante, habría tomado aquello como una invitación a una aventura, pero cuando se lo insinué me miró enrojeciendo y casi enfadada. Me dijo que no la había entendido, que si me pensaba que ella andaba buscando aventuras con hombres. Rápidamente le dije que era una broma, que yo tampoco buscaba aventuras con una mujer, y menos con ella, a la que apreciaba como una buena amiga. Definitivamente se había enfadado, y me preguntó si es que acaso no le gustaba como mujer para decir eso de que no pretendería nunca tener una aventura con ella. Desesperado del cariz que iba tomando la conversación, le dije que sí me gustaba y que sentía el equívoco, y que quizás era debido a que no entendía a veces su manera de expresarse, y seguro que al vodka también. Algo apaciguada, me dijo que era ella la que me había gastado una broma con eso de enseñarme a querer, pero que en cualquier caso lo que dijo no quería decir más que eso, enseñarme a querer, pero no a tener una aventura con ella. Definitivamente las personas de distinto países viven en mundos interiores distintos. Jamás se me hubiese ocurrido que una mujer me sugiriera, aunque fuera en broma, que me iba a enseñar a quererla. ¿Supone acaso que yo quiero intentarlo? ¿Ha visto algo en mi conducta hacia ella o en mi interior que la empuje a hacerlo?

Tal y como se iba enredando aquello, optamos por ver un rato la tele y tomar otro culo de vodka. Estaban poniendo una película antigua de Woody Allen, “Todo lo que Ud. quiso saber sobre el sexo y no se atrevió a preguntarlo”, en la que aparece disfrazado de espermatozoide,  y aquello nos vino de perlas, pues soltamos nuestra tensión riendo como cosacos y volviendo a fraternizar. Al ir a servirme otro culo de vodka, Ionna tapó la botella diciendo que no bebiera más, que si no le iba a proponer definitivamente tener una aventura, y se echó a reír como una descosida. No sé por qué se me ocurrió preguntarle entonces lo de su nombre, que con cuál se correspondía en español. Y me dijo, como me temía, que con Juana. Me preguntó enseguida que si había tenido alguna aventura con alguna Juana. Vaya, mi inconsciente me traiciona y Ionna lee en él directamente con toda facilidad. Como para dejarle leer el cuento de la Orden laica del amor altruista. Pues sí que estamos bien, tendré que andar con pies de plomo con esta chica; o bien pretende jugar conmigo o es así de natural y encantadora; posiblemente lo segundo y eso incluye a lo primero.

Acabamos de ver la película muy amigos otra vez, ella apoyando su hombro sobre mí, yo pasando mi brazo sobre ella. Le dije que quería ir a ver al abuelo, y le hablé de él. Ella esperaba también a su amiga, que terminaba su turno de trabajo, así que  me despedí y quedamos de vernos pronto. Nos dimos un par de besos en la puerta.

El abuelo, al que no fui a ver por la mañana porque preferí salir un rato al mar para aprovechar el espléndido día, estaba en su barca. Me recibió con alegría y estuvimos charlando un buen rato. Le conté mi amistad con Ionna y lo de su enfado hacía un rato. Me miró con un aire entre burlón y comprensivo, y me soltó un dicho marinero: “A la mujer y al viento, con mucho tiento”. Sabiduría aprendida en la mar y en el hogar, sin duda.

 

 

Día  20   de  mayo   del año  primero

 

¡Tengo en mis manos el título de patrón! Ya puedo navegar mar adentro en solitario con toda tranquilidad, aunque con ciertos límites de distancia a la costa, pero para mis propósitos es suficiente poder alejarme diez o veinte kilómetros y perderla de vista, y sentirme así en medio del mar completamente solo. Quiero saborear mi primera escapada y hoy dedicaré el día a prepararla detalladamente. Voy a hacer una lista de cosas a comprobar: información meteorológica, depósito de combustible, depósito de agua, nivel de aceite, sentinas, luces de navegación, equipo de emergencia, radio, botiquín, carga del móvil, comida y bebida, etc. Tengo que programar en el GPS el punto de partida, el puerto, para guiarme por él al volver. Como estaré a la deriva, el aparato me trazará en cada momento la ruta de regreso. Así de sencillo. Si por un azar se averiase el aparato, como voy a navegar perpendicular a la costa hasta parar, siempre sabré volver a ella con el rumbo opuesto al de ida, aunque la deriva me haya desplazado mucho de la perpendicular del puerto; deberé haber averiguado en qué dirección voy a la deriva, para saber a la vuelta si debo costear a un lado u otro cuando alcance la costa lejos del puerto. Si el mar está tranquilo y los partes meteorológicos son favorables, pasaré la noche en el mar. Voy a estar en una zona alejada de las rutas marinas, por lo que no es previsible en principio que pase un barco con el consiguiente peligro de colisión nocturna. Además las luces estarán encendidas y el tubo reflector de radar que lleva el barco avisaría de mi presencia a cualquier barco un poco grande que lleve radar. Para mayor seguridad, haré turnos de dos horas; pondré el despertador para levantarme cada dos horas y comprobar que todo va bien, verificar la deriva, etc. Además programaré la sonda para que me avise en caso de disminución considerable de la profundidad. Así que la única pega será el estado de la mar. Si se mueve mucho el barco y se prevé una noche agitada, volveré a dormir a puerto. En cualquier caso, los sábados y domingos serán días de tierra, descanso y aprovisionamiento.

 

 

 

Día  21   de  mayo   del año  primero  

 

He parado los motores y estoy a la deriva. He observado en el GPS que me desplazo muy lentamente hacia tierra y hacia el Sur. Aunque el aparatito es de lo más simple del mercado, me va trazando la ruta que sigue el barco y me permite ver hacia dónde voy. Cuando me parezca oportuno pondré en marcha los motores y volveré a mi posición inicial en el mar, que he dejado registrada en el aparato. Ese será mi punto de referencia, aparte del puerto.

Estoy en el centro del mar. Digo centro del mar porque no veo más que mar a mi alrededor y lo mismo me daría estar a doce millas que a quinientas a los efectos de estar a solas en la naturaleza marina. Todo es relativo, y en este caso el centro de mi relatividad está rodeado de mar por todas partes. Estoy en el desierto marino. Siento que empiezo una nueva vida, una aventura solitaria en la que mis únicas actividades serán leer y meditar alejado del mundo. El resto, tomar el sol, bañarme si el tiempo lo permite, comer, oír música, dormir si el tiempo también lo permite. Intentaré permanecer aquí hasta el sábado, sólo tres días de momento en plan de prueba. Después, permaneceré toda la semana, hasta el siguiente sábado. Ahora estoy sentado en la cabina, y comenzaré a leer hasta la hora de comer. Creo que en adelante me voy a olvidar de las fechas, pues mi vida va  a ser siempre igual y no tiene mucho sentido andar separando los días.

 

He estado considerando mis experiencias de meditación en estos días previos. También la religiosidad de Ionna y la visión mundana y sencilla del abuelo. Respecto a lo primero, y reconociendo que la meditación en el silencio, en el vacío, me  devuelve una conciencia intensa y profunda de mi existencia, creo que no me basta. Es como si me sintiera suspendido en un presente luminoso pero estático, inmutable, fuera de la marcha del mundo. Es una huida del mundo, un permanecer anclado a una existencia iluminada por la vida como un árbol está iluminado por la luz del sol, siempre igual. Es negar el valor del mundo que va  experimentando un cambio evolutivo hacia algo cada vez más complejo y novedoso, es ignorar el potencial creador de la existencia. Hay una aventura implicada en el existir del cosmos, y del hombre en él, y el escapar a ese destino para refugiarse en un instante del ser biológico humano, parece un error de perspectiva, una visión estática de la existencia. La mística de Oriente es poderosa, pero creo que arranca de una concepción negativa de la vida como de algo de lo que hay que escapar porque siempre se repite de la misma manera y no conduce a nada. En cuanto a la religiosidad de Ionna, me parece una espiritualidad congelada también en el tiempo, estancada, eclesiástica y dogmática, antigua, que contempla el mundo como un lugar de prueba y sufrimiento sin valor espiritual en sí mismo. Todo el valor para ambas experiencias místicas está fuera del mundo. Para el abuelo es distinto. Para él el mundo sí tiene valor, el de la vida que le permite existir y ser feliz a su manera, aceptando su temporalidad. La vida se limita a lo observable, al mundo visible, y en él se acomoda con su sabiduría práctica. No ve ni quiere ver más allá, porque eso sería imaginar lo que otros verán, no él. Pero para mí la cosa es distinta. Quiero creer que la vida tiene un sentido profundo, que la aventura del hombre  es un camino hacia el conocimiento y el espíritu, que la naturaleza ha ido creando seres cada vez más complejos y conscientes, y que el proceso de crecimiento del espíritu en el cosmos es irreversible. La existencia es una aventura que no cesa y que tiene su sentido en sí misma. No hay que buscar el sentido del ser fuera de él, sino en sus posibilidades de crecimiento y evolución. El sentido del ser es más ser, más conciencia, más espíritu. Creo que esa es mi verdad, aunque tropiece con la muerte personal. Pero la Humanidad sigue su marcha y los hombres se reproducen y perpetúan. Al contrario que para las religiones tradicionales, la vida es lo que tiene sentido pleno para mí, aunque ese sentido no me incluya en su futuro. Soy un invitado al proceso, un espectador durante algunos años; más aún, un creador y partícipe de él durante algún tiempo, lo mismo que todos los hombres hasta hoy. Quizás en el futuro los hombres sean inmortales y nosotros hayamos sido los mártires necesarios de este proceso glorioso de ascensión del espíritu en el cosmos.

 

No he pegado casi ojo durante la noche. No sé por qué extraña sensación de peligro no podía conciliar el sueño. La oscuridad exterior y el bamboleo del barco me han tenido a la escucha de cualquier incierto peligro. A veces me he quedado traspuesto, adormecido, pero sin profundidad. Con frecuencia he subido al puesto de mando a comprobar la posición y a tratar de ver en la oscuridad. Sólo de madrugada, con visibilidad, me he quedado dormido un par de horas. Creo que en adelante aprovecharé las noches para leer y meditar y dormiré a determinadas horas del día. Eso me dará la seguridad de que al menos cualquier barco que se aproxime ocasionalmente me pueda ver y evitar una colisión.

 

Siguiendo con la meditación de ayer, con el convencimiento de que la vida tiene un sentido en sí misma dentro del proceso imparable de la Humanidad hacia el conocimiento, lo primero que tengo que plantearme es el asombro ante esta conciencia. Tradicionalmente, las diferentes sociedades y culturas han tenido sus mitos y creencias, sus religiones que explicaban la presencia del hombre en el Universo y dirigían su vida. Hoy, antes también para muchos, el asombro ante nuestra propia existencia y la del Universo inmenso es el punto de partida. Asombro ante el desconocimiento del fenómeno global de gran magnitud que nos arrastra. Hemos accedido a la conciencia del proceso, pero desconocemos el principio y el final, y nos asusta el sabernos conciencia sobrevenida de la nada, con todo lo que ello significa respecto a nuestra naturaleza y significación. Seguimos siendo el niño que aparece en el mundo y todo le sobrepasa y es desconocido, con el agravante de que ya no tenemos padres que nos protejan y cuiden. Estamos solos ante el fenómeno cósmico y lo único que nos salva del desconsuelo es estar juntos, ser Humanidad; Humanidad a ciegas progresando en la exploración de la existencia y buscando certidumbres, mapas y brújulas que todavía no existen para navegar con seguridad. El asombro es el estupor de la luz que no alcanza a iluminar el espacio sumido en la penumbra pero se ve a sí misma. Ese es el punto de partida.

Tengo en mis manos precisamente un libro que aborda esto, el origen del Universo, las leyes que lo rigen, la existencia o no de Algo anterior a ese origen y no sometido a sus leyes. Es un buen comienzo en mi meditación. Se dice en el libro que el mundo actual está plagado de toda serie de creencias, muchas extravagantes, otras evidentemente erróneas y algunas claramente peligrosas; que hoy día parece no buscarse una orientación existencial sino una satisfacción existencial. Es decir, que parece haberse perdido la fe en la verdad y se persigue directamente el efecto psicológico que ella produce: seguridad, despreocupación, excitación sentimental; y no importa que sean falsas. Así prosperan las más aberrantes religiones y prácticas espirituales, las más ridículas creencias. La verdad no existe, parece querer significar esta actitud, sino que aquello que estimula y despierta nuestro interior es bueno. Aquí entran desde las drogas hasta el tarot. La racionalidad parece haber abandonado al hombre y la pregunta es si precisamente es por su aparente fracaso por lo que se prescinde de ella como herramienta de orientación existencial. La ciencia experimental no es capaz tampoco de explicar estas cuestiones trascendentales que inquietan al hombre desde siempre. Pienso que el conocimiento desarrollado por el hombre, al ser parte del Universo, es un reflejo del mismo, de su estructura. Pero el hombre aparece en una fase concreta del desarrollo del Universo y lo que puede ver reflejado es la estructura actual, que expresa en leyes y teorías científicas. Pero se le escapa el origen de todo el fenómeno y no puede reflejar lo que fue entonces ni lo que será al final, o lo que existe, si es que existe algo, fuera del Universo. El esquema mental del hombre funciona en base al espacio y al tiempo como magnitudes de lo existente, y a las causas como origen de los sucesos o efectos. Este esquema mental o de conocimiento es un reflejo sin duda del mundo natural en que apareció y vive. Y con dicho esquema pretende indagar en el origen de las cosas, suponiendo que sigue siendo válido. Pero ahí empieza a fracasar esta manera de conocer. Porque si hubo un origen del Universo, este esquema le dice que tuvo que haber una causa, un Ser o Principio activo que lo produjese. La ciencia lo más que ha llegado es a establecer un origen en forma de Explosión primordial de un núcleo de dimensiones tan pequeñas que pudo surgir de la nada, y de masa tan grande que dio lugar a todo el despliegue de materia y energía del Cosmos en forma de galaxias, estrellas, planetas, vida, inteligencia. El qué produjo o cómo se produjo esta explosión inicial es un misterio. Para el despliegue de todo el proceso existen explicaciones racionales basadas en la evolución. Aunque el pensar que a partir de un punto masivo surgido de la nada pudo formarse el Universo actual de manera espontánea, repugna al intelecto. Equivale a decir que de la nada surgió espontáneamente nuestro mundo actual lleno de vida y conciencia. Lo más que podía admitir la mente es la evolución a partir de una especie de semilla cósmica, en la cual estuviesen ya codificadas de alguna manera las posibilidades de un Universo, y que sólo faltase plantarla, iniciarla. Está claro que nuestros esquemas mentales no son capaces de indagar más allá del principio, del origen del tiempo y del espacio Universales. Y no admiten que no haya algo antes de ese principio. Como solución al enigma, las religiones proponen un Dios creador y un estado final estacionario y eterno, o bien un tiempo cíclico, sin origen, que nunca termina. Y al aportar estas soluciones están andando el camino inverso al del conocimiento racional, que busca la solución a los enigmas que inquietan al hombre partiendo del conocimiento seguro de la naturaleza de las cosas que ha ido explorando, es decir, del presente donde ha aparecido. El conocimiento religioso parte directamente del alma del hombre y sus inquietudes para buscar una realidad que le satisfaga, y la imagina, inventa respuestas, inventa verdades, teorías de la existencia. Ambos caminos persiguen la verdad, pero sólo se van aproximando paulatinamente a ella. La ciencia va sobre seguro, dejando abierto e ignorado el final hasta que pueda ir conociéndolo; la religión establece el final a priori y luego lo va modificando y concretando más y más. Parece que la verdad de la existencia debe cumplir la condición de satisfacer todas las inquietudes existenciales del hombre, y en ello el hombre, como parte del Universo, adquiere un significado nuevo: ser el portador doliente de esa necesidad de existir más allá del Universo. El Hombre es el propio Universo que lanza su grito de trascenderse a sí mismo como sentido y significación plena del proceso de su desarrollo. El Universo manifiesta en el Hombre su vocación de eternidad.

Pero vuelvo al origen de todo. Aun aceptando esa vocación de eternidad del Universo, queda pendiente de resolver el origen. Para abordarlo, hay que reconocer la invalidez de nuestro esquema mental racional, como dije antes. Y lo mejor que podemos hacer es prescindir de él, negar el valor de la razón para intentar conocer lo extramundano, lo trascendente. La actitud actual de la gente común, después de todo, es acertada en su rechazo a la razón, aunque no en cómo la sustituye. Y si vamos a rechazar la razón al abordar el origen del Universo, deberíamos atrevernos a rechazar los patrones mentales del tiempo, el espacio y las causas de los sucesos. El origen aparece entonces contenido en sí mismo, existente desde siempre o desde nunca, que es lo mismo. Realmente no existe un origen ni la necesidad de una causa que lo provoque. Pero no andamos seguros pensando de esta manera, y la duda es si seremos capaces de realizar este tipo alternativo de pensamiento sin tiempo, ni espacio ni causas. Es necesaria una nueva mente y la manera más fácil de acceder a ella es ir quitando de la actual lo que estorba para el conocimiento trascendente. Si intento concebir sin tiempo ni espacio todo el fenómeno cósmico desde la explosión inicial, veo que me resulta imposible. Puedo imaginar el fenómeno acelerado inmensamente y todo el despliegue hasta hoy, lo que incluiría el desarrollo casi instantáneo de mi vida. Y después tengo que pararme en el presente y contemplarlo. Es equivalente a un acto de creación directa del mundo actual. Y si en lugar del mundo actual imagino el mundo final, contemplaría un mundo estacionario, permanente, en el que el proceso de creación es lo menos importante y significativo. Pensando pues sin tiempo, los procesos no cuentan, sólo los estados estacionarios, eternos. Los procesos que no acaban en estados estacionarios no tienen significación, no son nada. Estamos en un mundo de creación, no de evolución. El Universo es el estado final del Universo. Así lo vería un ser que no conociera con esquemas temporales. La percepción de la evolución sería la manera de conocer de un ser que a su vez está en proceso de cambio. Conocer es representar de alguna manera algo ajustándose a ello. Una cámara de video registra un suceso, y almacena su imagen y sonido. La cámara ha cambiado interiormente y ha sido modificado el registro de su memoria con contenidos del suceso. Si la cámara no tuviera la capacidad de cambiar, de impregnarse del suceso, no lo podría registrar. Si la cámara fuese un simple espejo, por él irían transcurriendo los diferentes estados del proceso, y sólo al final, en el estado estacionario, se reflejaría continuamente el estado definitivo del proceso.

 

Creo que me estoy metiendo en un berenjenal. No es tan fácil esto de cambiar la manera de pensar. De todas maneras, y como resumen, al pensar sin tiempo el origen es lo menos significativo de un proceso; podría prescindirse de él pues fuera del tiempo lo que importa es que una cosa exista o no; son las dos únicas posibilidades, y si existe es que ha existido siempre aunque una mente humana temporal intente conocerlo sometido al tiempo y por tanto a una génesis temporal en lugar de fáctica. La intuición me está sugiriendo ideas extrañas y fugaces, como si lo que llamamos existencia  fuera sólo nuestro conocimiento de la existencia y por tanto fuera nuestro proceso mental temporal lo que percibimos de ella. Percibimos el Universo como proceso evolutivo porque nuestra mente temporal necesita conocerlo así. La pérdida del tiempo es la existencia eterna, sin origen. Así, el origen del Universo pertenecería a la forma de conocimiento de algo cambiante como el hombre, que es incapaz de conocer todo a la vez y precisa conocerlo de manera secuencial… Precisamente porque el hombre cambia y está en proceso, conoce las cosas con un origen, pero ese origen está contenidos en sí mismo. Por decirlo de alguna manera, todo el proceso se conserva en sí mismo y coexiste dentro de su estado final. He comenzado esta reflexión intentando ver más allá del origen del Universo, y acabo sospechando que no existe tal origen y que todo es un proceso de conocimiento temporal, pues al contemplar sin tiempo una cosa, el futuro y el pasado confluyen en un punto, en una existencia unificada.

 Bueno, voy a dejar aquí la reflexión, que me empieza a parecer sin sentido y al borde del disparate. A lo mejor dentro de unos días todo esto da algún fruto y  veo un poco de luz en todo este desastre de meditación.

 

El mar está tranquilo y el tiempo es espléndido. He dormido una larga siesta después de comer. Antes, he corregido la posición del barco, que había derivado por la noche, y me he vuelto a situar en la posición inicial en el mar, que tengo registrada. Después me he bañado y he tomado un rato el sol oyendo música y dejando la mente flotar en ella sintiendo el alma mecerse en sus ondas lo mismo que el cuerpo se mece al compás de las olas suaves.

Retomo la meditación de la mañana y vuelvo a considerar el origen del Universo olvidándome de momento de lo que dije sobre la no existencia de un origen para una mente atemporal. Vuelvo a mi mente temporal humana y contemplo la génesis del Universo a partir de la semilla cósmica que lo originó. Aquí es de aplicación la mecánica cuántica. Mira por donde tendré que recordar mis estudios y mis primeros trabajos como investigador. Las partículas cuánticas se manifiestan de manera tan imprecisa que no es posible conocerlas con precisión en todas sus propiedades, de manera que si conocemos la posición de una partícula no podemos saber su movimiento, y viceversa. Además, unas veces se comportan como si fuera partículas de materia y otras como si fueran sólo energía. Hasta tal punto es escurridiza la materia que cuando la analizamos hasta sus últimos componentes parece surgir de la nada. La nada cuántica, el vacío cuántico, esa fluctuación entre la materia y la nada, entre el ser y no ser, completamente impredecible. Vuelvo a la imagen de la semilla y el desarrollo de una planta. En la semilla está codificada la planta, es como una planta en miniatura que irá creciendo de manera simplemente masiva, pero no organizativa. Más complejo y sorprendente es el caso de los animales, del hombre por ejemplo, que a partir de una célula microscópica, y merced al código genético albergado en ella, acaba desarrollando todo el organismo complejo. Sin embargo, en ambos casos, la codificación es detallada, estrecha, de manera que cada código genético producirá exactamente una forma detallada de organismo hasta en las mínimas características y peculiaridades, diferentes de cualquier otro. En el caso del Universo parece haber mucha más libertad, de manera que la codificación deberá de ser mínima, y quedar bastante al azar la evolución y desarrollo del sistema. Cuanta menos codificación, más libertad de ser. Bastaría pues para originar el Universo una información mínima almacenada en la semilla cósmica, dejando la labor constructiva al tiempo, al azar, a las posibilidades de autoorganización. Evidentemente si un organismo vivo se desarrolla en unos meses en una forma concreta y predecible en su código genético, un Universo requiere miles de millones de años, y el resultado es impredecible. Lo único que parece ser predecible es su capacidad de autoorganizarse en el tiempo, a trancas y barrancas, sucumbiendo a veces y renaciendo después. Esa capacidad autoorganizativa es pues lo que debería residir en el código de la semilla cósmica. A estas alturas de nuestro conocimiento científico, no se puede ignorar la nada como actor en el proceso de génesis del Universo. Una nada en la que fluctúa el ser. Volvemos a encontrarnos con las limitaciones de nuestra mente humana, que no sólo está organizada en patrones de tiempo y espacio sino de materia y energía. Entendemos la existencia de la materia y la energía ya que la experimentamos con nuestros sentidos y las hemos incorporado a nuestro pensamiento. Pero nos  resulta imposible manejar mentalmente la nada absoluta. Llegamos a vislumbrar la nada cuántica, en la que la materia y la energía son nulas por anulación de contrarios, que fluctúa, que tiembla, que existe pero no se determina. En el libro del Génesis se dice que Dios creó el mundo de la nada, y yo me atrevo a pensar que la imagina como la nada cuántica, pues afirma que al principio era el caos y la tiniebla cubría la faz del abismo. No habla de la nada absoluta, sino del caos o desorden, de lo indiferenciado, de la oscuridad o falta de energía llenando el abismo, es decir, llenando el hueco de la existencia, llenando la nada absoluta. El autor intuye que es posible la creación desde esa nada, pero no para cualquiera, sino sólo para Dios, y dice que esa creación tuvo lugar al principio de los tiempos. Es asombrosa la coincidencia del saber intuitivo del autor del Génesis y del conocimiento científico actual.  Hay creación a partir de la nada y se produce en el origen del tiempo, con la explosión inicial de la semilla cósmica. El tiempo aparece cuando aparece el mundo. Y como Dios no podría  violar las leyes de la existencia, de su propia existencia, es posible físicamente la creación material a partir de la nada. Esto se ha constatado en nuestros días a nivel exclusivo de partículas. No parece probable que Dios se entretenga ahora en hacer surgir partículas insignificantes de la nada, como se observa en el laboratorio, luego habrá que concluir que se produce espontáneamente, de manera natural.

En todas las edades el hombre ha situado a Dios detrás de los fenómenos desconocidos: la fecundidad, el sol, las tormentas, la fertilidad de la tierra, los cielos, el destino histórico de un pueblo, etc. Hoy lo ha situado al principio y al final del Universo, que es la suma de toda nuestra ignorancia preñada de misterio. Pero bien pudo ser que esa generación inicial del mundo a partir de la nada fuese espontánea igual que la de esas partículas físicas que aparecen y desaparecen espontáneamente. Pero además, es que no puedo imaginar a Dios tomando la decisión de crear el mundo, que es lo único que podría hacer en todo caso ya que no iba a construirlo con manos ni lanzando rayos energéticos dada su inmaterialidad. Dios parece lo más próximo a la nada de la Física, y tampoco me resulta, como digo, imaginable que tome decisiones, pues eso supondría un cambio en su naturaleza desde un estado espiritual a otro. Nuestra manera de pensar en Dios es demasiado humana y está contaminada de materialidad, por lo que lo mejor sería sólo nombrarlo pero no atribuirle cualidades como el pensamiento, la toma de decisiones, la ira, la satisfacción por la obra hecha, etc. De existir un Dios sería impasible e inmutable, lo más próximo a la existencia inoperante, a la nada. Una nada existente pero inmaterial. Es como si la nada fuese la existencia indeterminada y la materia-energía una forma concreta de existencia en que se convierte la primera. Y de esa manera ambas parecen inseparables, lo mismo con distinta forma. Todo esto es como un galimatías, pero en el fondo estamos siempre peleando con el lenguaje. Nos planteamos problemas que en realidad surgen en nosotros a consecuencia de nuestra manera de pensar apoyada en un lenguaje deficiente, sacado del mundo observable por los sentidos, que nos tiende trampas y zancadillas a cada momento. E incluso los científicos intentan materializar sus teorías matemáticas, darles naturaleza física, existencia real, asemejarlas a fenómenos observables. Pero no son más que descripciones de cómo se comporta la realidad e imágenes sensibles de ello.

Esta reflexión está despertando en mi pensamiento una reacción en cadena de reflexiones. Porque lo que he dicho antes sobre la existencia inseparable de la materia-energía y la nada, es lo mismo que pasa con la existencia personal. Cuando no hacemos nada concreto, cuando estamos indeterminados o indecisos, parece que cayéramos en la nada que nos sustenta, y surge la angustia de no ser, de no ser algo. Vivir es como montar en bicicleta, que si no estás en marcha te caes. Sin embargo, cuando hace algunos días hacía ejercicios de meditación en el silencio y en la oscuridad, era consciente de mi existencia ante la nada no sólo sin angustia sino con una gran paz e intensidad. Claro que estaba concentrado intentando escuchar sonidos o intentando ver alguna claridad. Realmente estaba plenamente consciente de mi atención, estaba concentrado en escuchar y ver como el que espera descubrir algo. Mi mente no estaba en vacío ni indeterminada, sino profundamente atenta. Entonces, lo malo, lo angustioso, es la indecisión, la inconcreción, el caer en un estado psicológico de nada indiferenciada. Es el terror a borrarse, a perder la conciencia de sí mismo, a morir. Y esto se evita existiendo de cualquier manera determinada. Vivir es estar huyendo continuamente de la nada, aunque lo hagamos de manera natural y sin angustia.

 

Está anocheciendo. A lo largo del día he visto algún barco cruzar muy lejos, recortado sobre el horizonte. También un par de barcas de pesca, en dirección a la costa. Salvo eso, nada más me ha distraído. El mundo habitual queda muy lejos de mi conciencia aquí, y esta soledad apacible me permite existir en esta dimensión cósmica que mi mente intenta explorar. Estoy en un área pequeña de mar que veo con mis propios ojos, pero imagino toda la extensión del mar, de costa a costa remota. Estoy en un área diminuta del cosmos, y no soy capaz de imaginar más que una parte de la inmensidad de firmamento más allá  del que ven mis ojos por la noche, e incluso me resulta imposible intuir la distancia a la que se encuentra una estrella  al considerar lo pequeña que se ve comparada con su tamaño real. El cosmos es algo desmesurado y nuestro planeta está completamente perdido en él como un grano de arena cualquiera en una playa de muchos kilómetros. Y sobre la superficie de ese grano de arena, unos seres imperceptibles que apenas ocupan una fracción imperceptible de esa superficie, se mueven de manera imperceptible. Y sin embargo son capaces de ver la playa e intentar imaginarla entera. El tamaño, el espacio, no es lo importante. Lo importante es la complejidad de las cosas. Y esos seres de tamaño imperceptible llamados hombres, son complejos en su organización hasta el punto de intentar dibujar mentalmente un modelo del inmenso cosmos. La complejidad no tiene que ver con el tamaño. ¡Qué gran desproporción, un hombre y el cosmos! Y sin embargo en la mente de ese hombre puede caber la complejidad del Universo. El conocimiento contrae el espacio y el tiempo, los resume, los anula, reduciendo lo existente a complejidad.

He retomado la lectura del libro. Realmente lo utilizo para disparar mi reflexión, en lugar de leerlo sistemáticamente. No tengo paciencia para contener mis pensamientos. Sigue hablando el libro de esa nada inicial creadora de partículas y Universos. Habla, como yo me he anticipado, de las partículas que aparecen y desaparece casi instantáneamente en ella, de entes opuestos que se anulan mutuamente, de la existencia fluctuante y temblorosa que no se concreta en nada, que es nada, que es sólo potencialidad. La física moderna es tan asombrosa que parece querer disolver todas nuestras certezas acerca de la materia, del espacio y el tiempo. De la nada cuántica, sin materia ni energía, salta a la existencia una partícula dotada de alta velocidad que enseguida desaparece. Una partícula no está en un lugar determinado, sino un poco en muchos lugares, como si pudiera estar en cualquiera pero no se decidiera por ninguno salvo que intentemos medirla, registrarla. Al hacerlo, es como si la hubiéramos atrapado y se manifestara en un lugar concreto. Dos partículas hermanas, generadas a la vez, aunque se separen una gran distancia intercambian información de sus estados, como si el espacio no existiera y siguieran juntas, etc. En cuanto al tiempo, no puede decirse que tenga existencia real ya que es relativo o dependiente de la velocidad a que nos movamos. La luz está compuesta de fotones o elementos de energía luminosa que se comportan de manera ambigua, como ondas o como partículas, según el experimento en que los manejemos. La luz viaja a la mayor velocidad posible. Si el fotón tuviera ojos, o nosotros pudiéramos subirnos a un fotón,  veríamos todo el desarrollo del Universo desde la explosión inicial hasta hoy de manera instantánea. El tiempo habría desaparecido para nosotros. El tiempo no existe pues, ni existe el espacio ni existe la materia. Parecen más bien formas del conocimiento, maneras de observar el Universo desde dentro.

Creo que no cabe esperar demasiada iluminación de una visión científica de la realidad, del cosmos. Nos pasa lo mismo que con la filosofía, que acaba enredándose en sí misma y se convierte en palabrería, en un esfuerzo de afinamiento del pensamiento que no trasciende de sí mismo. Todo el esfuerzo de tantos siglos de pensamiento racional y científico nos acaba conduciendo a la nada, al silencio. Lo único positivo de todo este conocimiento es la capacidad desarrollada para manejar el mundo, para construirlo, para crear. Y quizás ese sea el verdadero conocimiento. No sé qué enfermedad  mental nos empuja a querer entender las cosas, como si hubiera algo oculto en ellas y hubiera que analizarlas, descuartizarlas para verles las tripas pensando que ahí estará su secreto. Pero de esa manera llegamos a la nada, porque lo que buscamos no está en sus tripas. Parece que tuviéramos una mente geométrica y nos esforzamos por trazar un plano de la realidad como si se tratara de un edificio o una máquina. Quizás en el origen de nuestra manera de pensar está ciertamente la geometría y no hemos sabido desprendernos todavía de ella debido a los espectaculares logros conseguidos con este tipo de pensamiento.

 

Es noche profunda y hay luna. El mar está muy tranquilo pero espejea, tiembla de luz lunar, y me sugiere la nada cuántica que fluctúa imperceptiblemente manteniéndose plana, anulada, inconcreta. Imagino que del mar salta una ballena. ¡He ahí el milagro de la existencia concretada! Ha surgido una ballena de la nada. Sólo es preciso quitarle al mar todo el tiempo de la evolución.

 

El libro se sumerge ahora en las teorías sobre el final del Universo. Así como sobre su origen parece que los científicos están hoy generalmente de acuerdo acerca de la explosión inicial generadora del cosmos, el final es muy incierto todavía. Recientes observaciones científicas constatan que las galaxias se están separando cada vez más deprisa entre sí,  lo que supone una expansión acelerada del Universo, contradiciendo las primeras hipótesis de ralentización progresiva de la expansión de la materia cósmica debida a la explosión inicial, al igual que sucede con toda explosión. Este nuevo hecho sugiere algo así como la presencia de una energía oculta, imperceptible directamente, que está separando definitiva e irreversiblemente las galaxias. Esto puede conducir a escenarios completamente diferentes dependiendo de la constancia o no de esa supuesta energía oculta u oscura. Un primer escenario, en el que la energía oscura iría disminuyendo, conduciría a una detención de la expansión y la inversión del proceso expansivo, compactándose más y más el Universo debido a su propia gravedad y acabando colapsando en un punto. Otro, igual de desalentador, en el que la energía oscura iría creciendo, no solo dispersaría las galaxias tanto que desaparecerían a la observación, sino que después le seguiría la disgregación de las propias galaxias, estrellas, planetas y finalmente las estructuras atómicas, diluyéndose el cosmos otra vez en la nada original. El tercer escenario no es tan desolador aunque sí inmensamente solitario, y supone que esa energía oculta disgregadora fuera constante. Entonces el Universo se expandiría eternamente pero no se disolvería en la nada. Las galaxias se alejarían entre sí cada vez más y para siempre, aunque sus estrellas permanecerían en la estructura galáctica debido a la gravedad del conjunto. Para un habitante de una galaxia sería como si existiese sólo esa galaxia. La gran soledad reinaría en un cosmos infinitamente dispersado. La historia del Universo ha pasado por fases expansivas de diferente intensidad, y la ciencia no está en condiciones todavía de conocer el futuro de la evolución cósmica, ni existe una teoría convincente. En cualquier caso, este proceso será tan lento que, en el peor de los casos, estaríamos en la mitad de la vida del Universo. Uno tiende a imaginar un hombre en ese futuro remoto en el que el Universo aborda su destino. ¿Pero cómo será el hombre de ese tiempo si es que puede llamarse hombre? Es demasiado tiempo para intuir siquiera la evolución antropológica. Si el destino del Universo es desconocido, el destino del hombre está todavía más oculto. Sin embargo, sí es observable el proceso del conocimiento humano a través de la historia. Desde la época inicial de la humanidad, en la que los conocimientos apenas cambiaron durante medio millón de años, se ha seguido un ritmo creciente de aumento del saber, llegando en la actualidad a un crecimiento exponencial, explosivo, en el que los conocimientos se duplican cada cinco años y donde el total de hombres de ciencia vivos representa el setenta y cinco por ciento de todos los que han existido. El desarrollo de las tecnologías de la información y la comunicación está produciendo una difusión del conocimiento de manera global y en tiempo real, casi en el momento en que se produce, y toda esa masa de científicos podría decirse que piensan en conjunto aportando cada uno los conocimientos de sus propias disciplinas. La Humanidad está interconectada en conocimiento, aunque no socialmente ni espiritualmente. Al margen de los problemas de este desajuste, que tiene lugar entre las diferentes culturas planetarias, creo que el futuro de la Humanidad será sorprendente, y su desarrollo unificado y superpotenciado se producirá de manera tan rápida, relativamente, que el tiempo de existencia que pueda restarle al Universo no representa ningún problema para la supervivencia de la Humanidad o como puedan llamarse en el futuro al ser global consciente. El pensar que en unos pocos milenios se ha pasado de una sociedad agrícola a la actual, nos bastará para darnos cuenta de que en menos de un milenio más el conocimiento de la Humanidad será completamente irreconocible para un hombre de hoy

 

            Hace un rato que ha amanecido. Dejo aquí esta meditación cósmica de tan vasta perspectiva comparada con la brevedad de la existencia personal. El intuir un futuro extraordinario para la Humanidad no consuela a mi ser perecedero. Siempre ronda el deseo de inmortalidad personal tras cualquier meditación sobre la existencia. Voy a preparar el desayuno. Después dormiré unas horas. Contemplando el espléndido cielo, donde descansan esta mañana redondas nubes blancas, perezosas e iluminadas por el sol, me pregunto si es nuestra reducida dimensión la que nos hace ver el cielo como algo trascendente, como la morada de los dioses; o si es nuestra educación religiosa en la infancia la que nos hace mirar allí buscando otra forma de existencia fuera de este mundo. Parece que el cielo se prolongara indefinidamente en el espacio y allá estuviera la mirada oculta de Dios. Pero no, ese cielo luminoso es apenas una película de atmósfera más allá de la cual reina la oscuridad del Universo diseminado, disgregado en remotas estrellas. Es la nuestra, el Sol, la que ilumina nuestra existencia y nuestro mundo como si fuera el globo de cristal de una lámpara. El inmenso horizonte terreno que nos parece plano e ilimitado, es sólo un pequeño arco del perfil esférico del planeta. Nuestros ojos deben acostumbrarse a esta perspectiva verdadera, deben entender esto y ser conscientes de esta realidad cuando miran. Es a partir de esta visión planetaria cuando quedan abiertas las puertas para cualquier entendimiento posterior. Si ahora hay algo más allá esta vida nuestra mundana, está aquí dentro del planeta, dentro de nosotros. Es en nuestro espíritu donde gravita la verdad, el Universo entero. Si Dios existe, se asoma sin duda dentro de nosotros más que entre las estrellas o tras las nubes luminosas. Al igual que las teorías científicas, siempre mejorables pero repletas de conocimiento, la teoría de Dios es un logro espiritual extraordinario. No será una teoría exacta, será una aproximación a la verdad, irá cambiando en el futuro como ha ido cambiando el conocimiento de lo divino desde el origen hasta hoy, pero sus frutos son indudables. Sin embargo permanecen vigentes varias teorías espirituales distintas a lo ancho del mundo, todas ellas magníficas en sus logros. Ahí está la gran diferencia con la ciencia, que es única, universal, experimental, aunque realmente hay parcelas de la misma, como la medicina, en la que coexisten modalidades antiguas, de culturas tradicionales que se apoyan en la experiencia acumulada a lo largo de mucho tiempo. Ahí la ciencia evidencia su naturaleza de ser una teoría, una hipótesis de la realidad a la que interpreta más o menos certeramente, basándose en la experimentación moderna o en la experiencia milenaria de algunas culturas.

 

Es casi mediodía. No sé si he dormido o he permanecido en duermevela, pensando y soñando a la vez, de manera tan curiosa que mis pensamientos adquirían el carácter de realidad.

Era un habitante de un Universo formado por una única galaxia. Todas las observaciones realizadas por los científicos habían configurado la forma y extensión de ese Universo, e incluso habían calculado el número de estrellas, que era ingente. Fuera de los límites de la galaxia estaba la nada, la oscuridad, el vacío. Los seres inteligentes que habitaban la galaxia estaban comenzando a entrar en contacto unos con otros desde planetas relativamente cercanos, si bien eran todavía muy escasos e imprecisos estos contactos, aunque se calculaba que el número de planetas inteligentes era bastante alto. Mi planeta, que había logrado un desarrollo admirable, estaba en la era de la tecnología creadora. Se progresaba tan deprisa, que a lo largo de la vida de una persona tenían lugar grandes cambios en el conocimiento y la tecnología, por lo que vivir era asistir a un continuo espectáculo creador Una rama esencial de la tecnología creadora era la tecnología genética. El hombre modificaba los genes de los futuros bebés para que nacieran y crecieran sin enfermedades, sin defectos, bellos y apolíneos, muy inteligentes. Había una ética basada en la estructura social del conocimiento, y la sociedad elegía entre las distintas arquitecturas genéticas disponibles las más adecuadas en función de la predisposición natural del bebé y las necesidades del conocimiento global. Por ello, un bebé podía nacer con acrecentada capacidad artística, científica, literaria, religiosa, etc., y ello respetando las necesarias proporciones demandadas socialmente, de la misma manera que antiguamente se limitaban las plazas disponibles para ejercer las diferentes carreras universitarias. La actividad en el campo de la tecnología genética era la principal, y su meta más ambiciosa la de crear al ser superinteligente y superconsciente del futuro.

            Después seguía el campo del conocimiento galáctico y la comunicación interplanetaria. En estos últimos escenarios no se hacía demasiado esfuerzo de momento, pues aparte de las dificultades existentes se tenía una fe inmensa  en la aceleración del conocimiento creador, que en un tiempo relativamente breve desplegaría un cambio tal en el mundo que el hombre del futuro sería una especie de ser divino con capacidades asombrosas, y muy capaz de resolver todos esos misterios del Universo. Los hombres habíamos adquirido tal conciencia de nuestra capacidad, que habíamos confiado a la sociedad humana, estructurada políticamente a ese fin creador, las esperanzas que antes se depositaban en los dioses. El Dios era la sociedad humana, absorta en pleno proceso de creación. La política era política científica, ampliamente participativa, plasmada en la definición del proceso creador, que luego era desarrollado fielmente por las instituciones, las cuales contaban con la actividad de todas las personas. El trabajo de subsistencia y servicios estaba confiado a robots y a instituciones automáticas. El mundo se había convertido en una gran máquina que actuaba de manera programada en tiempo real, en virtud de las decisiones que iban surgiendo en cada momento y que afectaban a todos los mecanismos de subsistencia de la sociedad. Lo único que no era automático era la labor creadora, y es ahí donde las decisiones de las personas tenían su protagonismo esencial, si bien estaban asistidas en ello por los grandes ordenadores que almacenaban una ingente cantidad de información y ayudas a la toma de decisiones. Realmente, las decisiones parciales eran tomadas por los ordenadores en base a las directrices creadoras de la sociedad. El principal logro había sido hacer inteligible el proceso creador a todas las personas, de manera que todas intervinieran en él. Es el papel que se había reservado la Humanidad para sustituir al azar, a la variedad, al caos creador de la naturaleza.
            La vida se había prolongado muchísimo y además se envejecía sin los trastornos de la edad que eran habituales antiguamente. El problema del dolor y el sufrimiento era cosa del pasado, y la muerte se había instituido como “aplazamiento”. Cuando una persona hacía cesión de su vida, en lo cual esa aconsejada por las instituciones, su existencia quedaba aplazada hasta el futuro -momento indefinido - en que sería resucitada. No se sabía todavía, dada la aceleración del progreso, cuando tendría lugar esa resurrección, pero se intuía que en el momento en que se hubiesen alcanzado condiciones estacionarias y sostenidas para la existencia humana; condiciones de plena felicidad y eternidad garantizada. Las personas accederían así a otra vida eterna y gloriosa, aunque tendrían que pasar por un proceso de adaptación y glorificación para existir en esa vida. Lo que sí se había comprobado
era la viabilidad del proceso, haciendo resucitar a personas cesadas hacía décadas que se habían integrado fácilmente a la vida, superando en poco tiempo las necesarias adaptaciones al presente. Tengo que decir que los resucitados conservaban la memoria de su vida anterior completa, y que eso no planteaba ningún problema, sino que al contrario daba una dimensión de perspectiva a la conciencia global de la Humanidad.
            Una de las principales tareas iniciales de la nueva era de la creación había sido la proliferación social en equilibrio planetario, la coexistencia de una inmensa población en equilibrio ecológico con el planeta. No fue fácil, pero ello había permitido la reproducción en masa de la Humanidad sin deteriorar el medio. Los alimentos ya no eran un problema, ni la contaminación. Había recursos ilimitados, y el oxigeno y la energía a partir del agua de mar presentaban un límite que estaba todavía muy lejos de alcanzarse. Las inteligencias de las personas y su estructuración en el proceso creador era la principal riqueza del planeta, por lo que la superpoblación era un bien esencial.
Hay que decir que las reservas de oxigeno habían aumentado espectacularmente debido a la plantación masiva de selvas por todo el planeta y que la gestión global del agua había sido una labor meritoria. Además de la energía por fusión fría a partir del agua de mar, se utilizaban todas las energías alternativas en gran profusión, como la solar y la eólica, y se habían explotado extensivamente los ciclos del agua en el planeta. Actualmente se investigaba una fuente de energía sorprendente, inagotable, a partir del vacío. Es la energía de la creación espontánea original, del big-bang. Naturalmente se consideraba una investigación difícil y duradera, y su tecnología se veía muy delicada; no podría utilizarse más que en reducidas proporciones inicialmente, ya que el proceso podría irse de las manos y acabar en un cataclismo de proporciones universales. Pero cuando en el futuro se consiguiera controlar esta fuente primordial, la Humanidad se estaría acercando a su estado final universal, al estado de Dios, y podría influir en la evolución cósmica e incluso crear otras Galaxias. Pero eso era entonces una historia religiosa, de creación-intuición solamente. Por el momento  nos teníamos que contentar con la creación a niveles modestos y planetarios.

            Por aquel momento se difundió el resultado previo de uno de los grupos de investigación cósmica, que produjo una gran conmoción en todo el mundo. Hasta entonces la teoría cósmica vigente reconocía la existencia de un big-bang inicial que había dado lugar a la galaxia, quedando estructurada toda la materia y energía en forma de la espiral galáctica. Pero ahora se aventuraba que la explosión inicial pudo haber generado inmensos nódulos de materia desorganizada y en violenta expansión que acabaron condensándose cada uno en diferentes galaxias que continuaron separándose entre sí hasta alejarse infinitamente, de manera que se hicieron absolutamente indetectables entre sí. El Universo no tenía forma galáctica, sino multigaláctica, aunque en realidad se debía hablar de  muchos Universos absolutamente independientes e incomunicados para siempre. Yo le daba vueltas y vueltas a todo esto, y reflexionaba sobre el significado de esa existencia de universos separados, semejantes pero no idénticos, lo mismo que los hombres, las estrellas o los planetas, y pensaba que la nueva teoría era muy convincente, ya que nada parecía producirse de manera única sino en gran abundancia. Esto me llevaba a pensar que deberían haberse producido también numerosos big-bangs, e incluso que se estarían produciendo en aquel momento. Así todo me parecía un continuo, una manifestación constante de la existencia que se autosostenía en sí misma. Esa era la verdad cósmica, un todo existiendo en sí mismo fuera del tiempo, fluctuando, creándose y destruyéndose pero manteniendo su totalidad. Era la nada fluctuante que producía big-bangs y universos, cataclismos y destrucciones cósmicas. El tiempo era sólo la manera de observar una parcela de la realidad cósmica por una partícula consciente, efímera e inestable de dicha realidad. Todo coexistía, la creación y la destrucción, el caos y la inteligencia, la nada y el ser. Todo era una sola cosa que podía contemplarse desde muchas perspectivas diferentes. Y en ese todo aparecía de manera tremenda, rotunda y aterradora  por su potencialidad, una presencia indefinible y consciente.

 

Ahora que estoy completamente despierto sé que he vivido en entresueños una especie de iluminación sobre la existencia, o al menos una fantasía de iluminación, pero ahora soy incapaz de recuperar esa vivencia iluminada. Me queda el recuerdo, pero no la viveza, la evidencia. Me hace gracia la visión ingenua, propia de un sueño, del universo unigaláctico, y la mezcla con lo que estaba leyendo sobre los escenarios cósmicos finales. Pero lo que más me sorprende es como esa mezcolanza desencadenaba la intuición de una entidad global, de una totalidad omnipresente.

   Y ahora, bien despierto en esta mañana luminosa y terrenal, aquí sigo yo, sabiéndome  ignorante en medio del cosmos, pensando otra vez sobre él con mi mente.  Una mente adaptada al mundo como lo está el ala al aire para volar o la aleta al agua para nadar. Una mente para entender el mundo, para pensarlo y manejarlo, para crear. Y sin embargo, lo mismo que al ala, se le escapan todavía muchas cosas, muchos misterios del cosmos, porque en principio esta mente se ha desarrollado evolutivamente sólo para conocer y existir en el mundo planetario, menos aún, en la parte o dimensión en la que se desarrolla la vida del hombre. Pero siendo nuestro planeta parte del Universo, por añadidura esta mente terrenal es válida también para conocer la totalidad del cosmos poco a poco, acumulando conocimientos. Sin embargo es muy pronto todavía. Siento que formo parte de un eslabón en la cadena de conocimiento de la Humanidad, un eslabón aún primitivo, y mi destino está determinado. Es inútil que me esfuerce en entender más allá de mi tiempo, a no ser que hubiese un atajo, otra manera de conocer distinta de la racional y científica. Por ahí va sin duda la contemplación, la iluminación directa, el camino del espíritu. Pero yo no busco la iluminación a través del misticismo, oriental u occidental, sino a través de la intuición que puedan aportarme los últimos conocimientos científicos. Aún no sé si es un camino equivocado, inútil también, pero quiero recorrerlo durante algún tiempo.

 

Tengo en mis manos un nuevo libro que habla sobre el acercamiento progresivo  entre la ciencia y la religión. Se señala en el libro que los pilares básicos de la física del siglo veinte, la mecánica cuántica y la teoría de la relatividad, han acabado con la visión de la física clásica, que veía el universo como un mecanismo preciso de masas y energías sometido a unas leyes estrictas.  Insiste, como el libro anterior, en aspectos de la mecánica cuántica y el comportamiento de las partículas ínfimas, y contempla cómo a ese nivel el concepto de materia se disuelve entre los dedos y es la nada lo que parece ocuparlo todo. También considera cómo la física relativista ha acabado con las nociones independientes y absolutas de tiempo y espacio, que cambian de magnitud apreciablemente viajando a muy altas velocidades. Los conceptos físicos clásicos, que parecen anidar en nuestro cerebro de manera innata, no tienen realidad en los niveles más pequeños o más grandes de lo existente. Esto pone en evidencia que la esencia de la realidad no tiene mucho que ver con nuestra manera habitual de observarla. Así, lo que comúnmente entendemos por realidad, no es más que una manera de observarla, pero no la realidad en sí misma. Y añado yo que esto parece semejante al que mira un árbol desde cierta distancia y contempla su forma y color, su tronco y su copa. Luego se acerca y empieza a  distinguir la forma de sus ramas y hojas; y más cerca aún, la estructura detallada de cada hoja, sus nervios, su borde dentellado, etc. Y si por el contrario se alejara hacia lo alto de una montaña, percibiría como un todo conjunto el bosque al pertenece pero no el árbol que antes estaba contemplando. Si uno se preguntara cual es la realidad de lo observado, concluiría que ninguna de las observaciones contiene la totalidad de la realidad, y quizás la que menos la que se acerca físicamente demasiado al árbol y analiza la forma y estructura de las hojas, o más aún, ayudado de un microscopio aislara visualmente las células vegetales de la hoja, los componentes de la célula, los átomos, etc. Cuanto más separamos y escudriñamos dentro de la materia, más perdemos el sentido del ser que conforma. Por otra parte, cuanto más nos alejamos de ese ser individual, en nuestro caso el árbol, más perdemos de vista su carácter individual para observar el del ser de rango superior que lo contiene: el bosque, con funciones y carácter propio; y sí aún nos alejáramos más hacia el espacio exterior del planeta, veríamos la Tierra, con su forma redonda y su color, en parte verde debido a la película vegetal de su superficie, generadora del oxigeno que forma su atmósfera azul y mantiene a las otras formas vivas. Concluimos que cualquiera de estas observaciones es parcial y en cada una de ellas se nos escapa gran parte de la realidad. ¿Cuál sería entonces la visión verdadera, la total? No somos capaces de abarcarla a la vez con nuestra mente racional, científica, aunque sospechamos que tiene que haber una visión esencial que subyace y explica la visión total. Y es curioso, porque según el libro, esa esencia de lo real, en la que se disuelven la materia, el espacio y el tiempo, y por tanto la configuración del mundo en cosas separadas, tiene mucho que ver con la visión de los místicos orientales y en general de los místicos de cualquier lugar. En la experiencia mística, todas las cosas y sucesos, incluido el propio individuo que tiene la experiencia, aparecen interconectados formando una realidad única. La ciencia, explorando los límites hacia lo más grande y más pequeño del universo, empieza a sospechar esa esencia, pero aún es incapaz de someterla a formulas y teorías científicas.

Aunque en el libro se consideran análogos muchos aspectos de la experiencia mística oriental y occidental, al efecto de la comparación de las visiones mística y científica moderna queda claro que es la mística oriental la que presenta una semejanza destacada con la física. Ello queda claro al considerar las diferencias de base entre ambos tipos de religiones. La occidental concibe a un Dios personal, creador del mundo y distinto de él, que se comunica con el hombre. La oriental concibe un Todo que integra lo existente en una unidad indisoluble y divina. La tarea del hombre en la primera es cumplir los preceptos divinos trasmitidos al hombre por los profetas para así alcanzar la santidad y la bienaventuranza eterna. La tarea del hombre en la segunda es ser consciente de esa unidad, de esa unión del hombre con el Todo, y el alcance de su propia divinidad, y para ello debe andar un camino de perfección en el que va descubriendo la esencia y la verdad de la existencia; coincide su objetivo por tanto con el de la física, el descubrir la realidad que subyace más allá de lo aparente, de lo conocido por los sentidos. La religión occidental es la religión de la palabra, de las escrituras sagradas que contienen la verdad. En la religión oriental la palabra, el lenguaje, oculta la verdad, no sirve, y ésta se percibe de manera directa, intuitiva, por medio de la iluminación Lo mismo sucede con la física moderna, que el lenguaje se vuelve incapaz de describir la realidad.

 

Me pregunto si alguien leerá algún día este cuaderno de bitácora. Está escrito para mí exclusivamente, pues me resulta difícil pensar de manera metódica si no lo plasmo en el papel. Escribir es mi forma de pensar, de meditar, de ser consciente. Desde luego si alguien lee estas reflexiones en torno a los libros que he traído, y que me sirven de apoyo a la reflexión, lo primero que se preguntará es por qué no cito a los autores ni los títulos. Pero es que para mis propósitos, los libros no contienen tesis interesantes porque  sus autores sean prestigiosos, sino porque contienen ideas que estimulan mis propias reflexiones. Lo que quiero es desarrollar un camino de meditación propio y no aceptar sin más las teorías que otros establecen. Si a mi mente no le seduce una tesis, no la incorporaré a mi pensamiento. Necesito las ideas de otros, pero tienen que encajar en mi forma de pensar, en mi espíritu. Es una manera de hacerse a uno mismo consciente ampliando y desarrollando lo que ya somos, no renovándolo por completo en base a  criterios ajenos. Porque a fin de cuentas, lo que uno busca en el conocimiento es un crecimiento de su propia forma de ser. Por eso, y porque escribo para mí mismo, ahorro palabras ignorando títulos y autores.

 

¡Fin de semana, estoy de nuevo en puerto! Después de leer y meditar estos días en soledad, me he alegrado de volver a tierra, ir a comprar provisiones, ver gente, ver a mis amigos, Ionna y el abuelo. Una vez bien afeitado y aseado he saltado  al muelle. Tanto tiempo en el agua, acostumbrado al balanceo del barco, me han hecho sentir que la tierra firme se movía bajo mis pies, oscilando como lo hacía el mar. Y no se me iba la sensación. He tardado un buen rato en acostumbrarme otra vez a la inmovilidad del suelo. Después de renovar provisiones me he pasado por el bar del puerto y he visto a Ionna. Se alegró mucho de verme y me dijo que había pensado que estaba un poco enfadado con ella debido a nuestra pequeña discusión el domingo pasado en su casa. Le he asegurado que, al contrario, a mí también  me alegraba mucho volver a verla. Estaba bastante atareada y hemos quedado de vernos mañana. La traeré al barco y le enseñaré mi guarida marina.

Después me fui a ver al abuelo, que estaba en su lugar habitual, pescando la comida. Le encontré abstraído, mirando el sedal de su caña sumergiéndose en el agua, o mirando el agua, o mirando dentro de sí mismo más probablemente. Le saludé sacándole de su ensimismamiento y sonrió perezoso, como el que llega desde un sitio lejano y placentero. Le dije que le veía meditativo, que sentía haberle sacado de sus pensamientos. Me contestó que no importaba, que tenía todo el tiempo para pensar cuando estaba solo. ¿Y en qué piensa?, le pregunté.  Me dijo que los jóvenes –sonreí condescendiente- teníamos mucha vida por delante y estábamos siempre pensando en lo que hacer más adelante, haciendo planes. Él ya había hecho lo que tenía que hacer y no esperaba ya hacer nada nuevo, pero tenía toda una vida hacia atrás, una vida real que había vivido día a día, a veces sin ser plenamente consciente de su significado. Me dijo que por eso pensaba, para volver a vivir el pasado y “atar cabos”; para darse cuenta de muchas cosas que le habían pasado inadvertidas en su momento. No pensaba en el pasado con nostalgia, ni para consolarse al calor de los recuerdos, sino para volver a vivir su vida de una manera más completa, más lúcida. Me dijo que atando y atando cabos había comprendido muchas cosas y descubierto muchos aspectos ignorados de sus familiares, de sus amigos, de la gente de su pueblo. La vida cotidiana, decía, no nos deja pensar con calma en lo que sucede, o no tenemos ganas de pensar demasiado, o los sentimientos nos ofuscan. Pero después de que las cosas han pasado hace mucho tiempo, se ve todo con más calma, y además se relacionan unas cosas con otras, unos tiempos con otros, y se puede reconstruir la historia con más conocimiento. Todo esto me explicó el abuelo con su manera sencilla, tranquila y verídica de hablar.

Le dije, intentando tirarle de la lengua,  que eso estaba bien, pero que lo pasado, pasado estaba y ya no se podía hacer nada para cambiarlo. Me respondió que lo pasado no estaba pasado, que seguía ahí, completamente presente, y que tampoco era cierto que ya no se podía cambiar. Que precisamente cuando se entendían de una manera nueva las cosas que habían sucedido, era como cambiar la realidad. La vida es como una novela que vamos leyendo, dijo, y a veces la leemos mal, la entendemos mal. Y cuando volvemos a leerla con calma descubrimos una historia distinta. Dijo que eso era cambiar la realidad, cambiar el significado de nuestra historia.

            «Yo creo, le dije, que la vida de cada uno va desapareciendo de la realidad, y  cada nuevo día es encontrarse realmente recién nacido ante la existencia, aunque con la experiencia adquirida en la vida pasada». « ¡Qué tontería… con perdón! », respondió excitado. Dijo que eso era una especie de ceguera, de falta de visión, algo como si un gusano de seda no se diera cuenta más que del hilo que enredaba cada día en el capullo y le pasara desapercibido éste; dijo que el capullo estaba hecho de momentos pasados pero al final estaba ahí, todo entero. Le dije que eso era verdad, pero que se habían perdido para siempre los instantes de laboriosidad, de entrega a la tarea de hilar el capullo; que la obra había perdurado pero la vida del gusano se había consumido de manera inexorable. «Ya, contestó, pero quien le dice a Ud. que en su adormecerse final, dentro del capullo, el gusano no recuerda uno por uno todos los hilos que trenzó y cómo han contribuido al resultado final; quizás no todos los hilos fueron importantes para hacer el capullo, pero sólo cuando lo ve acabado se da cuenta de la importancia de cada uno. Mire Ud., me dijo convencido, lo que de verdad existe es la vida pasada, y el presente de cada día es algo incierto, que puede ser algo o puede no ser nada. Cuando un día se pasa en blanco, sin hacer nada que valga la pena, es como si no hubiera existido. Todos los días que he salido a la mar y no he pescado nada, han desaparecido de mi vida, no existen. Sólo existe lo que se recuerda, lo demás ha sido tiempo muerto. Todo el tiempo que uno pasa dormido y sin soñar, habrá existido, pero no es vida, no cuenta».

            El abuelo, sin proponérselo, y en su manera simple de hablar, se estaba metiendo en reflexiones filosóficas que me tentaban a continuar desarrollando. Le dije que entonces para él la vida no era algo que estaba fuera, sino dentro, como el gusano tejiendo dentro de su capullo de seda; que la vida era lo que pensaba de ella, lo que pensaba de lo que sucedía; que era, en fin, algo imaginado y que la realidad era un sueño que trascurría dentro de cada uno. «Sí y no», contestó seguro. El sí era porque a veces uno cree que ha hecho algo importante, pero con el tiempo descubre que no valía para nada. « ¿Cuál es entonces la realidad?, me preguntó malicioso como si fuera un acertijo ». «Pues la que descubre al final, contesté, que no valía para nada lo que hizo en su día». Me replicó enseguida, « ¿y si después de más tiempo vuelve a convencerse por determinados sucesos, que realmente si fue importante aquello? ¿O si otro juzga la importancia de lo que hizo de otra manera distinta? ». Concluyó que la realidad era una novela que uno escribía para sus adentros, y que por eso era algo imaginado. Pero por otra parte la realidad no era siempre un sueño, porque había cosas que no dependían de lo que imaginásemos, como tener un dolor de muelas, parir un hijo, tener un barco. En eso no se podía uno imaginar más que lo que era, aunque se podía uno equivocar en el valor o la importancia de las cosas, como creer que nuestro barco era una maravilla, o nuestro hijo muy listo cuando era torpe. Por eso había que revivir la vida, para conocerla de verdad. «Uno no acaba nunca de conocer su vida», sentenció.

 

            He comido en el pueblo y después me he echado una buena siesta aquí en el barco. Sigo pensando en el abuelo y su vida, su preciada posesión que ya nadie podrá arrebatarle. Qué distinta preocupación a la que yo me traigo entre las manos sobre la esencia de la realidad. Quizás es porque carezco de una vida rica, de un pasado vivido con intensidad. Quizás los filósofos y los místicos han carecido también de una vida intensa y han polarizado su pasión en lo trascendente al no poder emplearla en lo mundano como el abuelo. Dice que uno no acaba nunca de conocer su vida. Sí, parece que a él la realidad de la vida se le muestra también escurridiza, lo mismo que a los físicos la realidad de la materia. Contemplando ahora el espléndido cielo, donde descansan hoy redondas nubes blancas perezosas, iluminadas por el sol, me pregunto si es nuestra reducida dimensión la que nos hace ver el cielo como algo trascendente, como la morada de los dioses; o si es nuestra educación religiosa en la infancia la que nos hace mirar allí buscando otra forma de existencia fuera de este mundo. Parece que el cielo se prolongara indefinidamente en el espacio y allá estuviera la mirada de Dios. Pero no, ese cielo luminoso es apenas una película de atmósfera más allá de la cual reina la oscuridad del Universo diseminado, disgregado en remotas estrellas. Es la nuestra, el Sol, la que alumbra nuestra existencia y nuestro mundo, e ilumina el cielo como si fuera el globo de cristal de una lámpara. El inmenso horizonte que nos parece plano e ilimitado, es sólo un pequeño arco del perfil circular del planeta. Nuestros ojos verdaderos deben ver esta perspectiva, deben entender esto y ser conscientes de esta realidad cuando los ojos biológicos miran al cielo o al horizonte. Es a partir de esta visión cuando quedan abiertas las puertas para cualquier entendimiento posterior. Si hay algo más allá de esta vida nuestra mundana, está aquí dentro del planeta, dentro de nosotros. Es en nuestro espíritu donde gravita la verdad, el Universo entero. Si Dios existe, se asoma sin duda dentro de nosotros más que entre las estrellas o tras las nubes luminosas.

            

Recogí a Ionna a media mañana en su casa. Estaba su amiga y compañera de piso. Es una muchacha simpática y vital, algo gordita y más joven que Ionna. La invité a venir con nosotros pero se excusó y me dijo que esperaba a un amigo, sonrojándose débilmente. Intercambiaron las dos mujeres una sonrisa cómplice e imaginé que la gordita, que se llama Nika, estaba feliz de que Ionna se fuera y le dejara el piso libre.

Nosotros nos fuimos a dar un paseo por la playa como ya era habitual y después la propuse comer en el barco, lo que ya había planeado el sábado haciendo alguna compra especial. Ionna se mostró encantada y me dijo que tenía muchas ganas de saber cómo me las arreglaba para vivir en el pequeño espacio del barco; que había imaginado a menudo mi vida en él. Le costó un rato adaptarse a la escasez de espacio y se tropezaba con todo y me cortaba los movimientos queriendo ayudarme con la comida. Nuestros cuerpos estaban necesariamente en contacto, más rato juntos que separados, lo que al principio la sonrojaba ligeramente, hasta que se abandonó tranquilamente a esa familiaridad. Finalmente nos sentamos y comimos frente a frente, contentos, cómplices de nuestra intimidad. La vida en un barco pequeño rompe muchas barreras, vuelve natural lo que en la vida cotidiana puede resultar incómodo o inconveniente, y acerca sin duda a las personas en su realidad física y biológica. Noté que Ionna estaba muy a gusto en esta materialidad compartida. Al terminar la comida saqué de la neverita una botella de vodka que había comprado en su honor  y nos fuimos sirviendo tragos mientras charlábamos felices. Sin darnos cuenta, o dándonos pero disfrutándolo, el vodka se nos fue metiendo dentro haciéndonos parlotear, reír tontamente, juguetear y finalmente acabar tumbados en la cama bastante ebrios. Abrazados fraternalmente, compartiendo esa reconfortante sensación del contacto de los cuerpos, nos quedamos dormidos como niños pequeños. Soñé que vivía con Ionna. Era una escena típica de convivencia, en la que ella me recriminaba por algo. No era nada concreto, algo banal que debía ocultar un desencuentro más profundo. Ella se alejaba de mí enfadada y llorosa. Yo me irritaba porque me sentía acorralado, porque sabía que lo que a ella podía devolverle la felicidad era algo que me ataba demasiado a su sensibilidad, a su manera de sentir. Y yo era yo, independiente, otra persona, otra manera de ser. Era imposible que nuestra unión fuera tan intensa como ella deseaba, y a la manera que deseaba. Me desperté con un molesto desasosiego. Ionna no estaba en la cama. La vi fuera, sentada en la borda mirando el agua pensativa. Me senté a su lado y me sonrió distante. Me preguntó si podíamos hacer un café. Sentados tranquilamente en la mesita saboreamos el café demorándonos en hablar. Luego comentamos la pequeña borrachera que habíamos cogido y la siesta agradable tan juntitos. Entonces volvió a ponerse ligeramente seria y me dijo que echaba de menos la vida en pareja, que se había acordado de Iván, su marido, y que se había puesto triste recordando su vida junto a él.

Salimos a dar un paseo y después la acompañé a casa. Al despedirnos me dijo que a mediados de Junio tendría vacaciones y que le gustaría pasar unos días conmigo en el barco, si a mí no me molestaba. Después iría a Ucrania para estar con su hija. Al principio pensé decirle enseguida que no, que mis planes eran estar solo, leyendo y pensando, pero luego me contuve sin prometerle nada concreto y me dije a mí mismo que no estaría mal hacer un breve descanso en mi tarea. Podíamos hacer un pequeño crucero costeando y atracando para dormir en los puertos que encontráramos de paso.

Ahora estoy otra vez en el mar, retomando mi actividad habitual. Empiezo otro libro que aborda una nueva visión del fenómeno de la vida, considerada en todos sus aspectos como un todo y no de manera disgregada,  contemplada según las diversas disciplinas. Parece prometedor y es del mismo autor que el anterior y posterior a él.

Sigo pensando en Ionna sin darme cuenta. Leo el libro mecánicamente pero no asimilo lo que dice y el pensamiento se me va hacia la tarde de ayer... No quiero caer en una relación más íntima con Ionna, pero su cercanía física tan atractiva despierta mis sensaciones, mis deseos. También sus sentimientos me afectan aunque hago lo posible por no implicarme emocionalmente demasiado. Sé que si me abandonara a esta relación daría al traste con mis propósitos. Y luego ya conozco sobradamente la evolución de la historia. Planes de convivencia, aspiraciones engañosas,  problemas, desencuentros, etc... la historia habitual. Son bonitos y excitantes los comienzos de una relación, pero pronto en las almas aparecen las ansias de ser más, de existir más plenamente y comienzan a exigirse unas a otras. Yo sé que el camino de la plenitud es un camino solitario y el otro es sólo un compañero en él, pero no la meta. Amar a una persona es estar ante las puertas del cielo pero no poder nunca franquearlas.

 

Por fin me he centrado en el libro y me ha atrapado. Lo que plantea es fascinante y supone un entendimiento de la vida completamente nuevo y distinto del habitual. Estábamos acostumbrados a ver los seres vivos como el resultado de un proceso de evolución que arranca de las primeras células que en tiempos remotos acertaron a crearse. Los organismos que fueron apareciendo se encontraban con un ambiente determinado al que se adaptaban con mayor o menor éxito por mecanismos evolutivos, basados en cambios genéticos al azar y selección natural de los mejor adaptados. Así fue progresando la vida hacia formas más complejas. Los seres vivos se veían como separados del ambiente y en lucha de adaptación con él. Pues bien, el libro plantea una visión distinta en la que los seres y el medio no se ven como separados, sino formando un todo único interrelacionado que va generando formas vivas de creciente complejidad.

Se trata de una visión global de la existencia, integrada, interdependiente, en la que seres animados e inanimados, y hasta la misma conciencia y espiritualidad, forman parte del todo. Ya no se contempla al hombre ante el mundo, separado de él como si fuera un ser autónomo, sino al hombre-mundo, al hombre como aspecto, parte y cualidad del mundo. 

Dice el libro que en el proceso de despliegue del Universo desde la Gran Explosión, y de nuestro planeta por tanto, se formaron toda suerte de formas estables durante periodos de tiempo más o menos largos. Unas veces  se trata de materia desordenada e informe, como nubes de gas o polvo cósmico. Otras, de formas dotadas de un extraordinario ordenamiento, como los cristales minerales formados en el subsuelo de los planetas, con formas geométricas perfectas. Ambos tipos de formas son estáticas respecto a sí mismas: permanecen invariables. Hay otras formas o sistemas que mantienen también su forma pero que están dotados de dinamismo, como una galaxia o una estrella, cuyo ser permanece prácticamente invariable durante cierto tiempo, aunque en continuo movimiento. Finalmente hay formas que no están cerradas en sí mismas como las anteriores, separadas del entorno, sino que se originan en él y existen gracias a un constante intercambio de materia y energía, a un continuo flujo del medio a través de su forma. Les llama sistemas abiertos. Un ejemplo inanimado es un remolino en un río, que conserva su forma gracias al caudal que no cesa; o el embudo líquido que se forma en el desagüe de un lavabo, cuya forma se mantiene mientras siga entrando y saliendo el agua. Y un caso más complejo de este tipo de formas dinámicas abiertas son los seres vivos. En ambos casos, la materia que constituye estas formas no es propia de ellas, de su ser, como en las otras formas que acaparaban para sí mismas una parte de la materia cósmica. Aquí se trata de un incesante flujo de materia externa que adopta la forma y estructura propia de estas formas. Las mismas se están recreando continuamente a expensas de la materia y energía del medio que circula a través de ellas. Así que lo propio de ellas parece ser sólo su forma, su estructura.

Me parece tremendamente sugerente esa comparación de los seres vivos con remolinos de materia, aunque en este caso se trate de remolinos complejísimos. Es una potente metáfora por lo menos, aunque nadie pretenda imaginar que podrían formarse estos remolinos vivos de manera directa, como se forma el remolino de un río. Sin embargo, el libro señala cómo las células de nuestro cuerpo, por ejemplo, se renuevan frecuentemente, con diferentes ritmos, o aumentan en número de manera considerable en periodos de crecimiento del organismo, lo cual exige la producción de sus materiales dentro de ellas mismas a expensas del alimento tomado del exterior. Por otro lado mueren otras inservibles y son evacuadas. Nos recreamos constantemente y funcionamos a expensas del flujo de materia que nos rodea. Veo sin embargo una diferencia esencial en estos remolinos vivos y los inanimados, como el del río. En estos últimos, la forma se produce debido al dinamismo del medio. Son formas pasivas, por decirlo así. Pero en los seres vivos, son ellos mismos los que provocan el flujo de materia a su través para seguir vivos, para existir. Son remolinos autoproducidos. Todo esto nos llevaría a considerar el origen de los seres vivos: la célula más simple y ver cómo se produjo en ella ese fenómeno de organización de la materia circundante en una forma compleja que se mantenía de manera permanente. Y después cómo se fueron creando de manera espontánea los diversos organismos de creciente complejidad. Quizás más adelante reflexione sobre esto.

 

Sigue hablando el libro del concepto de orden y cómo una forma o estructura definida implica un ordenamiento de las partes. Dice que la marcha global de los sistemas cerrados dinámicos es hacia el desorden, hacia la extinción de su dinamismo. Así la estrella acabará disipando su energía y morirá algún día. El que aparezca orden dentro de un sistema constituido, sólo es posible si éste es abierto, y gracias al aporte de energía y materia del exterior. Cita algunos experimentos sorprendentes donde el orden aparece de manera espontánea ante determinadas condiciones y valores del entorno. Uno son los relojes químicos. Una determinada reacción, en condiciones determinadas, varía de manera oscilante la concentración de alguna de las sustancias que participan en ella y la solución cambia rítmicamente de color, a intervalos precisos. Es un auténtico reloj, propiedad que surge espontáneamente sólo cuando las condiciones adquieren unos valores concretos. Otro ejemplo son los bancos de peces o las bandadas de aves migratorias. Una bandada se forma cuando las aves de un determinado territorio, que hacen su vida de manera más o menos individual, reconocen las señales climáticas de que es el momento de emigrar. Entonces se van agrupando progresivamente y siguen unas breves reglas de conducta de emigración: no volar demasiado cerca ni lejos de las más próximas; volar en la misma dirección y velocidad que sus vecinas; volar hacia dentro del grupo local cuando están cansadas y se van a quedar rezagadas. Aunque ésta es una conducta meramente local, que no pretende seguir una estrategia de vuelo grupal pues cada ave no tiene la perspectiva de la totalidad de la bandada, el hecho es que con estas sencillas reglas el grupo adopta una formación compacta que se mantiene estable con ligeras fluctuaciones, que sabe sortear en conjunto los obstáculos que se interponen y se reagrupa de nuevo, que permite el relevo de las aves situadas en la periferia que es la zona de mayor esfuerzo en el vuelo y de mayor riesgo de ser atacada por depredadores. Así la bandada vuela en conjunto con menos esfuerzo y mayor protección que si las aves volaran en solitario o de manera disgregada. Podría decirse que las bandadas o bancos de peces son nuevos seres, ya que se mueven como un todo y ha surgido en ellos, por el simple hecho de adoptar unas determinadas pautas de conducta local, una inteligencia o capacidad global que no está en ninguno de los individuos.

Lo anterior me sugiere que el orden es algo que surge fortuitamente, por encima de las expectativas de los individuos que se agrupan, que no llegan a captar al nuevo ser que ha emergido sino sólo ciertas ventajas individuales de su asociación. Y realmente se trata de un salto demasiado grande para que puedan percibirlo los individuos. Los seres pluricelulares escapan totalmente al conocimiento o percepción de las células que los integran. Así que parece que el orden surge muchas veces de manera gratuita, sin ningún esfuerzo o cambio entre los individuos, sino sólo ante una determinada forma de sus relaciones o actitud. Me parece todo esto como un puzle, donde el conjunto de piezas pueden combinarse de mil maneras que no significan nada pero si se asocian de una determinada manera el conjunto construye un paisaje. El crecimiento de la complejidad me parece ciego, ajeno a las formas anteriores, carente de propósito o intención. Y desde esa perspectiva me surge la pregunta de si existirá un ser autoconstruido sobre los hombres y del que son ignorantes. No, no todavía, creo. Existirá cuando coincidan las reglas de actuación de los individuos dentro de su grupo local y de todos los grupos locales del nuevo ser, cuando las fronteras entre esos grupos no sean más que teóricas, deslizantes, de proximidad. El problema será que se acierte con esas simples pautas de conducta comunes para todos. Entonces se producirá la cohesión de todo el grupo y comenzará a funcionar como un nuevo ser. Ya ha habido profetas que han intentado dictar esas normas sencillas, como Jesús, que las redujo a dos: amar a Dios por encima de todo y amar al prójimo (a los próximos) como a uno mismo. Aquí Jesús introduce una regla que implica la perspectiva total y otra sólo la local. Quizás falla la de perspectiva total, porque supone que ya existe de una manera concreta lo que todavía  no se ha conseguido y se busca: el ser nuevo que nos incluya. Esto demostraría que no sirven las acciones voluntariosas ni iluminadas para construir lo complejo, sino limitarse al comportamiento local y dejar que la complejidad se decante por si sola cuando se den las condiciones adecuadas. Políticamente esto sugiere el fracaso de las dictaduras de izquierda o derecha, y la conveniencia del liberalismo y la aceptación de la variedad de conductas hasta que se produzca la emergencia del nuevo ser global. Quizás haya que aceptar un cierto caos que dinamice los ensayos de nuevas actitudes, que desestabilice un poco las organizaciones construidas y no definitivas, que desensamble temporalmente el grupo para poder reensamblarlo de otras maneras.

Continúa hablando el libro de autoorganización. Los sistemas se autoorganizan, la vida se autoorganiza cuando se dan las condiciones apropiadas. Confluyen en este concepto de autoorganización el planteamiento inicial del libro, en que se hablaba de una visión integral de los seres vivos y su entorno como un todo único, y el concepto de emergencia espontánea del orden, planteado anteriormente. Surgen estados de orden estable o acoplamiento entre un sistema y su medio, y lo hacen de manera espontánea como si fueran atraídos hacia ese equilibrio por la fuerza de su posibilidad. Pero eso es una simplificación, dice el libro y sigue aún más lejos en esa visión global del mundo, pues afirma que todo está interconectado de muchas maneras, formando una red de influencias que actúa sobre todos los seres y todos los fenómenos. Plantea una visión ecológica, en que el todo es una especie de ecosistema global que abarca el planeta entero y su evolución a lo largo de los tiempos. Factores geológicos, climáticos y biológicos se entrelazan influyéndose mutuamente y configurando el cambio global. Y en ese panorama global cambiante, en un momento determinado, aparecen las condiciones adecuadas para que surja espontáneamente un orden determinado en equilibrio que perdura durante cierto tiempo. Ha emergido una nueva configuración del sistema global, que incluye por ejemplo una climatología templada, una flora y una fauna apropiadas y en equilibrio. El que dentro de esa fauna aparezca una especie nueva, no es una cosa arbitraria ni caprichosa, sino que lo hará en equilibrio con toda la cadena de seres contemporáneos. Ese equilibrio alcanzado puede resistir fluctuaciones pequeñas de algún elemento, el clima por ejemplo, a las que acabarán adaptándose los seres vivos. Pero si las fluctuaciones son más grandes, acabarán desestabilizándose el equilibrio y tras un periodo de crisis surgirán nuevas especies en equilibrio con el nuevo clima estabilizado. Tendríamos un nuevo estado de equilibrio global.

Todo esto me parece tremendamente complejo debido al inmenso número de interrelaciones entre los seres, y a la vez tremendamente coherente y simple pues es una sola cosa lo que cambia, el todo, arrastrando a cada de sus partes de manera coherente. Dice el libro que somos nosotros, con nuestra mente analítica, los que hemos descompuesto el mundo en partes, en seres individuales y tendemos a verlos como independientes, luchando entre sí para sobrevivir. Pero que todo es una compleja red interconectada que cambia y se mueve en conjunto, si bien en esa compleja red sobresalen nodos con perfiles definidos que son los que nosotros identificamos como seres individuales.

Sigue el libro contemplando esta manera habitual de conocer que tenemos y señala que lo que percibimos son las interrelaciones que tenemos como nodos de lo real con los otros nodos. Pero esas interconexiones son sólo parte de la realidad, son nuestras propias interconexiones, es decir, somos nosotros mismos, no la realidad completa. Lo que percibimos no es la naturaleza auténtica, sino los aspectos de ella con los que tenemos conexión. La realidad percibida depende del observador, concluye, y en esto volvemos a los  principios de la mecánica cuántica que ya aparecieron hace días en estas reflexiones: lo que se muestra ante nosotros depende del método de observación, del experimento que llevamos a cabo para detectarlo, para medirlo. Una partícula subatómica puede aparecer como partícula o como onda de energía, dependiendo del método empleado para registrarla. Así, que lo que un observador llama realidad es la realidad observada por él, no la realidad en sí misma. La realidad y el observador no se pueden separar sino que juntos forman parte de la realidad total, parte de esa red interconectada del todo.

 

El mar se ha puesto intratable y el barco se bambolea de una manera que me impide hacer cualquier cosa. El parte meteorológico ya anunciaba marejada y he debido regresar a puerto. No sé por qué me he confiado tanto. Vuelvo a puerto y quizás tenga que quedarme allí algunos días. No obstante haré la misma vida que si estuviera en el mar hasta que acabe la semana, sin salir del barco. Seguiré meditando sobre estos apasionantes temas que trata el libro.

He resistido la tentación de acercarme al bar del club a ver a Ionna y en compensación, después de comer, le he metido un buen meneo a lo que quedaba de la botella de vodka. Me pregunto si mi relación con Ionna forma parte de esa red de interconexiones que constituye la realidad, y si lo que yo percibo de esa relación son mis interconexiones, algunas de las cuales funcionan sólo en un sentido. Ionna tendrá otras personales conmigo que yo no percibo. Interconexiones unidireccionales que unen al ser específico de cada uno con lo que perciben del otro. Los seres no se perciben verdaderamente, y quizás una relación es una interconexión imaginada, un acoplamiento con lo que cada uno ve o imagina del otro. La realidad que percibimos del otro depende de nuestra propia realidad. Es una realidad virtual. No sé si será por los efectos del vodka, pero todo me empieza a parecer tremendamente complejo e inasible. La realidad se me escapa de las manos, lo mismo que la  materia en la física cuántica.

¿Cómo orientarse en este caos, en este mundo de apariencias, en esta realidad que es sólo nuestra particular visión de la realidad? Y sin embargo la realidad existe ahí fuera, aunque yo y mi conocimiento estén encerrados dentro de mí.

De todas maneras, creo que las tesis del libro, aunque son enormemente interesantes y fructíferas, plantean una visión exagerada de la realidad. Parece cierto todo lo que se dice, pero quizás no es tan acusado, tan definido. Cierto que formamos parte de esa red global de interconexiones, pero no hay que pensar que ello nos condiciona completamente ni que dichas interconexiones actúan con fuerza más que a nivel local.. Pienso que somos bastante libres y autónomos, aunque sea  para equivocarnos con mucha frecuencia. Tal vez simplemente nos creamos libres, nos veamos libres desde nuestro observatorio personal. Pero no, yo soy completamente libre y para demostrarlo podría hacer una cosa totalmente absurda, desconectada de cualquier tipo de interés o condicionamiento, simplemente para demostrar que soy absolutamente libre. Por ejemplo, tirarme en este momento al agua vestido. Eso no lo podría hacer ningún animal superior, ningún chimpancé, porque él no se plantea el asunto de su libertad. Se me multiplican los temas de reflexión. Tendría que abordar el problema del conocimiento más en profundidad, y por supuesto el de la libertad.

 

Mañana es domingo y me concedo libertad. Efectivamente soy bastante libre y sólo depende de mí el hacer una cosa u otra. Aunque, siguiendo con el hilo de ayer, ¿no serán las conexiones establecidas con Ionna y el abuelo las que me atraen a tomarme ese día de libertad en mi tarea? No, realmente lo tengo planificado así desde el principio, antes de conocerlos: un día de libertad a la semana. Claro que esa planificación era conveniente para una mayor eficacia en mis reflexiones, lo que sigue siendo una consecuencia de mi deseo de meditar sobre la existencia, es decir, es una conexión lógica interna de mi vida. Y el deseo de meditar está motivado por mi desorientación vital, por mi necesidad de encontrar respuestas, de conocer la realidad de manera más completa. Así que en esa red de interconexiones que me une a la realidad creo que había surgido una crisis, una desconexión, y ahora estoy tratando de recomponer mi integración en el todo. Bueno, parece que me estoy acostumbrando a pensar en términos de red, de interconexiones de la realidad, tanto externas como internas. Nuestra mente debe consistir también en una red interior, una red que interconecta los sucesos y las realidades percibidas. Algo he visto en el libro sobre esto. Voy a buscarlo.

 

Es de noche. He cenado tranquilamente. No hay nadie por aquí cerca y disfruto de mi soledad casi como en alta mar, con la ventaja de la maravillosa quietud de las aguas del puerto. Tengo que plantearme lo de salir tanto al mar, quizás no merezca la pena. Es más que nada una sensación, una confianza de que mi soledad no será interrumpida, de sentirme desconectado y a salvo de las trivialidades de la vida habitual; de sentirme exclusivamente ante mí y la existencia desnuda y esencial del mar y el cielo. He pasado la tarde leyendo y meditando sobre el asunto del conocimiento. El libro plantea una tesis asombrosa, una teoría que me deja más desvalido si cabe ante la realidad. Dice que todos los seres vivos, a todos los niveles de complejidad, desde el unicelular al hombre, tienen conocimiento. Dice que el conocimiento es un proceso interior inseparable del proceso de vivir. Afirma que el conocimiento es, de manera general, la percepción del entorno, y sirve para orientarnos en él, para acoplarnos a él, sin que eso deba entenderse como un acto a posteriori de una existencia separada del ser y su entorno, sino como el acoplamiento que existe de facto entre ser y entorno. Sale pues otra vez a relucir las interconexiones de ser y entorno como una cosa única, con la peculiaridad de que los seres vivos, especialmente los animales, son móviles y esa interconexión no es material, sino a través de la sensibilidad. Cada ser tiene una estructura diferente y su percepción del entrono es distinta por tanto. El mundo que percibe un ave o un lagarto es distinto del que percibe un hombre, porque para el desarrollo de su vida son necesarias distintas percepciones del exterior. Eso es el acoplamiento con el entorno. Por tanto, el conocimiento del mundo está indisolublemente ligado a cada ser, es decir, es un reflejo de la propia vida o de la propia estructura. Esto es coherente con la teoría de las interconexiones. No podemos interconectar con el exterior más que nuestra propia estructura, por lo que el conocimiento del exterior está polarizado o limitado por nuestro ser. Intento imaginar cómo será el mundo que percibe un murciélago o una ballena, o en el caso límite un unicelular que se mueve siguiendo rastros químicos. Sería ilustrativo para bajarnos del pedestal en que nos hemos alzado como seres inteligentes que perciben la realidad con total objetividad. Sigue diciendo el libro que en los animales superiores, y sobre todo en el hombre, aparece un tipo de conocimiento cuyo objeto es el sí mismo, el interior de su ser. A este autoconocimiento es a lo que llamamos conciencia. La conciencia no es exclusiva del hombre, aunque en los animales está limitada por la ausencia de un lenguaje evolucionado, que es lo que permite un salto de nivel extraordinario. Por medio del lenguaje encerramos en conceptos o palabras las percepciones sensibles del exterior y el interior,  y eso facilita enormemente la evocación de los contenidos. Para desenvolverse en el medio, encerramos en palabras partes de la realidad con las que necesitamos interactuar, facilitando la coordinación entre los humanos en las tareas comunes. Pero eso nos ha llevado, a lo largo de la historia humana, a fragmentar el entorno, a percibirlo desconexionado de manera irreal. No lo hacía así el hombre primitivo, pero el desarrollo extraordinario del pensamiento racional  ha roto las interconexiones reales de lo existente. Al encerrar también en palabras partes de nosotros mismos para intercomunicarnos mejor, hemos llegado a desconectarnos nosotros también del medio, e incluso a desconectarnos interiormente de nuestra unidad existencial. Así estamos a veces en lucha interior entre deseos y conveniencias, entre moral y necesidad. El hombre ha acabado por construir una imagen mental de sí mismo en base a conceptos, y a esa imagen le llama yo.

Tanto la realidad exterior como la interior percibida por el hombre es principalmente conceptual, cultural. Y esa manera de conocer irreal está superpuesta a las limitaciones de su conocimiento parcial como ser concreto que percibe el mundo según su propia estructura. Así, no solo sus interconexiones con la realidad son limitadas sino que mentalmente ignora la red que le une con toda la existencia y se percibe separado de ella, autónomo, independiente. Y ve ante él un mundo de cosas, de seres ante los cuales ejercita su voluntad de uso y aprovechamiento, ignorando la interrelación de todo con todo.

Pero aparte de esto, que es de sobra patente, el libro incide otra vez en la falsedad de pretender una visión objetiva de la realidad, ya que lo que percibimos en el mejor de los casos es el patrón de nuestro acoplamiento con ella En mi opinión, aunque esto es así, nuestro acoplamiento con la realidad es muy grande, por lo que percibimos de ella una cantidad inmensa de aspectos, como muestra la ciencia y la técnica desarrollada hasta hoy. Sin embargo me surge la duda de si esa dimensión en la que nos movemos y hemos llegado a conocer con tanto detalle es la única. Creo que no, que existen otras dimensiones o parcelas de la realidad que nos pasan desapercibidas.

Dice el libro que cada ser construye interiormente un mundo a medida de su estructura y este mundo ficticio o interior es “el mundo” para él. El hombre, pues, no ve el mundo, sino que va construyendo un mundo y es el que ve después.

 

Domingo y malas sensaciones. Fui a ver al abuelo de mañana y no estaba pescando. Pregunté a otro hombre que suele estar por allí de vez en cuando y me dijo que estaba enfermo, que hacía algunos días que no iba por allí. Vi a Ionna en el bar pero estaban invitadas ella y Nika, su compañera de piso, a una comida que hacían unos amigos. Me invitó a ir pero no me he animado; imagino que estaría de más en la fiesta.

Así que me he pasado la mañana paseando por el pueblo. Por la tarde he escrito un cuento. Es mi manera de divertirme en soledad, dando suelta a mi fantasía.

 

“No veía casi nada, el agua estaba muy turbia o eran mis ojos los que en contacto con aquel medio acuático habían perdido la visión nítida. No recordaba lo que hacía allí, sumergido en aquel mar o lago desconocido, aunque tenía la extraña sensación de llevar en él muchísimo tiempo. Proliferaban cosas extrañas  que intentaba identificar,  pero no lo conseguía debido a mi visión defectuosa. Imaginaba que aquellas masas filamentosas, ondulantes, eran algas, y también percibía de cuando en cuando diferentes seres de variado tamaño que cruzaban ante mí. Realmente no llegaba a distinguir sus formas, y sólo podría decir que eran manchas oscuras que contrastaban con la luminosidad del agua. Sombras y luces, eso era lo único que veía con certeza, aunque en el fondo toda aquella visión no me interesaba mucho. Lo que sí me resultaba sumamente excitante eran los sabores que tenía el agua, alguno de los cuales despertaban mi apetito. También lograba percibir corrientes cálidas, que eran muy agradables y hacia las que nadaba con placer. Curiosamente, y a pesar de lo raro e incomprensible de la situación en que me encontraba, me sentía muy a gusto, y aunque llevaba ya un buen rato sumergido no experimentaba la angustiosa sensación de falta de aire, como si estuviese respirando a través de la piel el oxigeno disuelto en el agua, o como si no necesitara respirar.

Me movía con agilidad, de manera incesante, empujado por no sé qué impulso exploratorio, pero mis movimientos eran en realidad muy simples ya que al no ver nada con nitidez era igual ir para un sitio o para otro, y todo aquel mundo acuático me parecía infinito, sin límites, y no teniendo referencia alguna me desplazaba siempre en línea recta. Miento, porque de vez en cuando chocaba con algo y entonces me paraba confuso, daba marcha atrás, y girando un poco emprendía de nuevo la marcha en línea recta. La verdad es que me comportaba de una manera tan simple como esos juguetes de los niños. Mi única orientación efectiva era seguir los rastros de los sabores en el agua. Eso era lo interesante, lo único interesante.

Después de largo rato deambulando por las aguas, descubrí un rastro muy intenso, tanto, que empecé a experimentar un hambre casi animal y mi boca comenzó a abrirse de extraña manera, profundizándose, como si le estuviera naciendo una garganta que antes no había notado. Sabía el agua a comida y ya no tenía ninguna duda: algo comestible andaba por allí cerca. Una especie de vacío tremendo, que confundí con el hambre, se hizo en el fondo de mi garganta, como si se me abriera un estómago en el cuerpo. Y entonces aspiré violentamente y tragué, a la vez que agua, un pedazo de comida. No sabría decir lo que era, salvo que su sabor era delicioso, agudamente delicioso. Mi estómago comenzó entonces a bajar a lo largo del cuerpo y se entretuvo en  una agradable digestión. Al rato, volvió a moverse, cada vez más hacia el exterior, hacia un costado, y finalmente sentí como se abría mi piel y se evacuaba una especie de excremento, el residuo de la comida ya digerida y asimilada. Enseguida noté que el estómago empezaba a disminuir de tamaño y acababa por desaparecer. Todo esto me llenaba de perplejidad, pero a la vez transcurría de manera natural y placentera, por lo que no saliendo de mi asombro sólo me cupo seguir esperando los acontecimientos tan extraordinarios que estaban sucediendo en mi organismo.

Instalado en una corriente cálida, me adormecí un rato, satisfecho de la reciente comida. Pero empecé a sentirme raro; algo estaba pasando en mi interior que me llenaba de confusión: era como si me estuviese disolviendo por dentro, como si me fuera desestructurando. Estaba muriendo sin duda, dulcemente, pero muriendo. Entré en un sopor letárgico, mientras notaba que se iba formando un surco en la mitad de mi cuerpo. Poco a poco, el surco se iba profundizando, igual que si me apretaran un cinturón, y amenazaba con partirme en dos, aunque curiosamente no experimentaba ningún dolor. Al fin me partí del todo. Vi alejarse borrosamente mi otra mitad y enseguida comencé a sentir que volvía a reestructurarme, a ser otra vez yo mismo, pero muy vitalizado, rejuvenecido, igual que si me hubiesen quitado un montón de años de encima. Fue en ese momento cuando intuí que mi otra mitad estaba viva y entera como yo, más aún, que era yo mismo, o un hermano mío gemelo, y sus sensaciones me llegaban con claridad sin saber cómo. Supe también que estaba feliz y vital, y al poco rato adiviné que se acababa de comer una presa. Lo sentí casi como si fuese yo el que la hubiera comido ¡Había tenido un hermano idéntico, un verdadero clon! Y lo que me llenaba de asombro era pensar que compartía conmigo todo su pasado, que tenia exactamente el mismo pasado que yo, aunque a partir de ahora su experiencia vital sería distinta, su futuro sería otro. Y sabía también que él estaría pensando en este momento en mí, sintiéndome como yo le sentía. ¿Quién era mi verdadero yo? ¿Yo o él? Sin duda los dos en aquel preciso instante después de la separación, pero en adelante nos iríamos alejando cada vez más y más, haciéndonos distintos.

Continué nadando, haciendo resignado mi propia vida, y a poco entré en una zona repleta de comida. Estaba embriagado por los sabores del agua y me movía como loco tras los rastros de las presas, que ahora eran variadas y todas igualmente deliciosas. Me comí  algo como un cogollo de lechuga, muy fresco y sabroso, y después acertó a pasar ante mis ojos cegatos una especie de langostino grande - quién sabe lo que era-, pero que desprendía un exquisito sabor a marisco. Lo devoré de un bocado. Otras presas fueron cayendo hasta que, repleto, me adormecí un rato haciendo la digestión. Me espabilé al poco tiempo sobresaltado… ¡otra vez… oh Dios, otra vez el estado confuso! ¡Habían transcurrido apenas algunas horas y ya estaba otra vez teniendo un hermano gemelo! Pronto le vi separarse de mí para comenzar una vida distinta, mientras yo volvía a sentirme renovado, vital y joven como la vez anterior. ¿Sería siempre así mi vida, un continuo engendrar gemelos mientras yo seguía siendo el mismo, eternamente joven? Aunque, por otra parte, mi vida resultaba muy monótona, siempre igual: comer, descansar en aguas tibias, reproducirme. Y así día tras día, tan idénticos que mi memoria se repetiría. O quizás la sabia naturaleza me había dotado de memoria de un solo día para evitarme la desesperación del aburrimiento. Sí, eso debía de ser. Ahora entendía que no conservara recuerdos anteriores… ¡hubieran sido siempre los mismos! Mi vida, pues, era un presente siempre igual. ¿Era eso la inmortalidad?

Fue oscureciendo; sin duda anochecía fuera del agua, aunque sólo lo podía imaginar pues para mí no existía más que agua por todas partes, difusa y borrosa claridad en el agua, que ahora comenzaba a decaer. Un profundo y progresivo amodorramiento se iba apoderando de mí…

Me despertaron unos gritos estridentes:

-¡Por Dios, Ramón, otra vez te has quedado toda la noche dormido sobre la mesa! ¡Estas investigaciones tuyas te van a matar! ¡Si es que estás como una cabra, cada día peor!

Confuso todavía, levanté la cabeza: allí estaba Concha, mi hermana mayor, irritada como siempre que me sorprendía en el pequeño laboratorio de casa después de una noche de trabajo.

            -Bueno mujer -le respondí nervioso- ya sabes cómo soy. No tengo solución.

Me apresuré a recoger los cultivos de protozoos diseminados por toda la mesa y los guardé en la cámara isotérmica. Retiré la preparación de Paramecios vivos que tenía colocada en el microscopio, y guardé también los cuadernos de notas y formularios de experimentación.

            -Venga, hermana, prepara el desayuno, te prometo que trabajaré menos por las noches. ¡Si estos experimentos no fueran tan excitantes…!

Una vez que Concha hubo salido de la habitación me desconecté apresuradamente el cable del microordenador de simulación. ¡Coño, me había pillado conectado! Y eso después de montar, como siempre, toda la parafernalia del microscopio y los cultivos para despistarla. Afortunadamente ella no entendía nada y debió imaginarse que estaba oyendo música mientras trabajaba.

Guardé el programa de simulación bio-cerebral de Paramecios, junto con el simulador, en la caja fuerte. Menos mal que el gabinete médico del Instituto me había hecho una implantación craneal del módulo transductor realmente buena, y el conector apenas si se notaba tras la oreja. Pero en adelante tenía que ser más cuidadoso en las pruebas de los programas. Podía tener algún disgusto serio. En realidad no conocía completamente todos los parámetros del programa Paramecio, y al haberme dormido con él conectado, podía haber sufrido una inducción biológica peligrosa. ¡Podría haber resultado devorado por un depredador, si es que alguno de estos locos de mi equipo se le había ocurrido programarlo a última hora!

Bueno, la experiencia había sido excelente. Estábamos consiguiendo unos desarrollos en verdad asombrosos. Me emocioné pensando que en pocos días comenzábamos a trabajar en el programa León. ¡Ya tenía yo ganas de lanzar un buen rugido!”

 

Así ha quedado el cuento después de divertirme un montón rescribiéndolo y aumentándolo. Lo del rugido del león me lo está pidiendo el cuerpo y seguro que en algún momento escribo la continuación del cuento relatando las aventuras de Ramón metido en el pellejo de la fiera. No sé si algún día podrán realizarse estos experimentos de observación dentro de otros seres vivos, ni si tendrá sentido ese híbrido de conciencia humana y cuerpo animal. Lo que sí parece claro es que el mundo de cada ser vivo es completamente diferente y no tiene demasiado que ver con la totalidad de la realidad exterior. Con razón dice el libro que cada ser construye dentro de sí mismo un mundo en base a sus percepciones y necesidades, y llega incluso más lejos al afirmar que el acoplamiento entre el ser y el mundo es algo meramente interno, entre las propias percepciones del exterior y su organización vital, de manera que la realidad exterior es un agente lejano, ignorado. Es decir, es un acoplamiento entre el ser y su mundo interior. Pienso que quizás por eso se extravían algunos animales como los delfines y ballenas y mueren en masa varándose en las playas, lo que habla más de un desajuste interior que de un acoplamiento real entre interior y exterior.

 

 No sé que le habrá pasado al abuelo, me preocupa porque es muy mayor. En cuanto a Ionna, veo que no está tan sola como creía. Confieso que me ha contrariado un poco el que pueda estar divirtiéndose con algún amigo. Mañana sigue prevista mala mar, así que seguiré en puerto. Aprovecharé para saber algo del abuelo.

 

Después de desayunar en el Náutico y charlar un poco con Ionna, me fui al espigón. Allí estaba el abuelo, en su sitio de costumbre, con su caña y su mirada en el mar, ausente, meditabundo. Me saludó con la mirada perdida. Le dije que estaba algo preocupado porque no le había visto últimamente y me habían contado que andaba enfermo. Sonrió con pesadumbre, casi con aburrimiento. Me contó que le habían hecho algunas pruebas y que la cosa parecía fea, o al menos eso decían los médicos. «Para mí que la única enfermedad que tengo es la pila de años que llevo encima, pero en fin, ellos tienen que ponerle nombre a las cosas, que para eso han estudiado muchos años», dijo escéptico. Le pregunté qué le pasaba, qué le dolía, y me dijo que había perdido el conocimiento varias veces, que andaba un poco desorientado. «Como le digo, los años, que no perdonan ni a los barcos ni a las personas». «Pues tendrá que cuidarse, le dije, y no salir tanto de casa o buscar a una persona que le haga compañía y le ayude». «Eso no va conmigo. Además no tengo a nadie salvo mi nuera, y tendría que irme a vivir con ellos y amargarles la vida. Además no me gusta que tengan que ocuparse tanto de mí, que yo sea sólo una carga. Mire, no es solución, tendré que tirar para adelante como pueda y hasta que pueda..., dijo sombrío».

Por más que he insistido no me ha querido decir el diagnóstico médico que le han hecho. «Palabrejas para esconder que no te saben curar» dijo irónico y se desentendió del tema. Intenté animarle diciéndole que pronto vendría su hijo y sus nietos a verle y que ya hablarían con calma del asunto, que no se preocupara. «Poco habrá que hablar, esto me lo tengo que hablar yo a solas antes de que vengan», contestó lacónico mirando hacia alta mar. Después de un largo silencio, que yo no me atrevía a interrumpir, me dijo con una extraña luz en los ojos, mezcla de tristeza y excitación: «Sabe, no hay cosa más triste que ver un barco arruinarse con los años, abandonado, sin nadie que lo cuide y lo saque a navegar. Yo no permitiré que mi barco acabe así. Algún día lo sacaré al mar por última vez y dejaré que descanse en el fondo para siempre».

Me ha dejado seriamente preocupado. Tendré que ir a verle con más frecuencia y pensar cómo puedo ayudarle. Por la tarde he quedado para dar un paseo con Ionna cuando termine el trabajo.

 

No hay duda de que Ionna es una buena chica. Le he contado lo del abuelo y se ha interesado mucho. Me ha pedido que la lleve un día cuando vaya a verle, que quiere conocerle personalmente y ayudarle. Yo vuelvo a mi tarea. Me he acostumbrado tanto a pasar la noche en vela y trabajando, y a dormir a ratos durante el día, que aún estando en puerto sigo con la misma rutina. Me ha resultado interesantísimo este último libro. Plantea una nueva visión de la vida que te hace plantearte todo desde otra perspectiva, menos individualista, más integrada con todo lo que nos rodea. Es evidente que estamos inmersos en una trama de sutiles interconexiones con lo que nos rodea, una trama hecha de percepciones, sentimientos, miradas, cultura que alimenta nuestro espíritu y nos hace ver el mundo de una manera concreta. Y aunque nos aislemos, como yo esta temporada, siguen actuando esas interconexiones a través del recuerdo, a través de la lectura, a través de ese mundo interior construido y aprendido en el que se ancla nuestra manera de ser. No somos tan originales como nos creemos, y hasta llego a pensar que somos una gota de biología entre millones de ellas que heredan un mundo interior cultural y se lo apropia cada una como suyo. Y esa estructura nuestra es un patrón común  a todos los hombres y por tanto somos como gotas de agua que reflejan el sol de manera semejante. Se me ocurre que en este momento habrá muchos miles de personas meditando como yo sobre la existencia, intentando cada uno captar ese rayo de luz que la ilumine. Si pudiéramos unirnos en el empeño... Bueno, para eso está la red que nos interconecta a todos, los libros, los mensajes que se intercambian, este cuaderno de bitácora que quizás alguien lea algún día... ¿Llegará a autoorganizarse en el futuro un ser común que una todas estas gotas de biología y funcione como una conciencia compartida en tiempo real, como un ser único? Hoy estamos demasiado separados unos de otros. El abuelo tiene su pequeño mundo interior personal, Ionna el suyo, yo el mío. Aunque todos tienen partes en común, cada vida ha sido distinta, cada historia diferente, cada futuro con distintas expectativas. Un ser único debería tener una tarea vital común, debería disolver la mayor parte posible de las historias propias en una historia común.

 

Estoy de nuevo en el mar. El tiempo ha mejorado y las aguas están muy tranquilas. Es una delicia flotar tan suavemente y con este sol espléndido. Me he dado un buen baño y saboreo anticipadamente mis próximas jornadas en soledad. He cargado el barco con provisiones para unos cuantos días y he reanudado mi tarea de lectura. El libro que estoy comenzando habla de la identidad humana, de qué cosa es el hombre. Me ha ilusionado, al leer el prólogo, que el autor diga que se retiró al mar para escribir el libro en soledad. Es un buen comienzo, me encanta esa complicidad de leer en el mar un libro escrito en el mar. Sin duda van a existir afinidades.

 

No diré que no me haya resultado interesante el libro, pero mis esperanzas se han visto frustradas. He ido saltando de página en página, de capítulo en capítulo confiando encontrar lo que andaba buscando y no lo he encontrado. Esto me pasa con frecuencia. Para mí, leer es una labor de arqueología interior, de descubrimiento de algo que yace oculto dentro de mi mente inconsciente y necesita ser expresado, pero que no lo consigo por mí mismo. Por eso recurro a los libros, para encontrar pistas que me lleven a concretar mis veladas intuiciones, tan sutiles que podría decir que no sé lo que quiero decir pero sí sé lo que no quiero decir. O quizás sea que todo un conjunto de ideas   estén esperando dentro la idea clave que las integre y armonice en un sentido esclarecedor, y sienta algo parecido a la necesidad de completar un rompecabezas. Algo me bulle dentro y busco una mente hermana que sepa expresarlo. Pero esa mente no se manifiesta en este libro. Sin embargo dice cosas muy interesantes sobre la naturaleza humana, dignas cada una de ellas de una profunda reflexión, aunque no acaba de mostrarse la unidad de todo ello, la arquitectura palpable de la identidad humana, cosa por otro lado sumamente compleja. Ya comienza el libro diciendo que somos un misterio para nosotros mismos. Somos seres aparecidos en la aventura dramática de la vida en el planeta Tierra, con equilibrios y destrucciones masivas de especies, armonía y violencia, con orden y desorden en continua dinámica. Y esa vida representa una parte ínfima del planeta, que a su vez es una ínfima partícula de la materia organizada en estrellas y galaxias del cosmos; cosmos cuya parte desorganizada, y prácticamente desconocida, supera el noventa y ocho por ciento. Somos pues una partícula de materia organizada de modo extremadamente complejo dentro de un cosmos casi completamente desorganizado, que se formó también en una historia de cataclismos siderales, de caos y creación. Y nuestra complejidad ha emprendido el camino de ser consciente de todo, de conocerlo todo incluso a nosotros mismos. La realización de esta última tarea es tremendamente problemática, pues el conocedor coincide con lo que se intenta conocer. Algo así, se me ocurre, como si la vista quisiera verse a sí misma, y eso sólo es posible recreándose mentalmente, esquemáticamente, y por tanto de manera imperfecta.

Además, conocer todo nos lleva a conocer lo que haya más allá de nuestro Universo, espacio en el que sólo las religiones han osado penetrar, y ello partiendo de la base de lo que nuestra alma nos pide: trascendencia, inmortalidad, ansias de amor y sabiduría infinitas. Parece que nuestro cerebro enfermo nos está pidiendo demasiadas cosas, y sin duda ese acicate enfermizo nos llevará por los delicados senderos de los orígenes cósmicos hasta otra realidad más extensa y más intensa. ¿Pero cómo abordarla ahora si nuestra mente nacida en este Universo está todavía incapacitada por constitución para entender otras dimensiones de la existencia? Habría que inventar un nuevo método de conocimiento desligado de nuestro mundo, de nosotros; una especie de demencia que acertara a ser cabal fuera de nuestro Universo. Porque me parece claro que distintos Universos tendrían leyes físicas distintas, y su lógica y matemáticas serían distintas también. ¿Pero cómo inventar una lógica distinta de la nuestra, una lógica absurda para nosotros? ¿Cómo comprobar su validez sin antes conocer esos otros Universos? Nos haría falta inventar una teoría de los Universos en la que dependiendo de las dimensiones puestas en juego surgieran las leyes específicas para cada uno. No conocemos todavía bien ni siquiera nuestro Universo, pero si es uno de los posibles deberá llevar en sí la semilla de todos.

 

Me estoy metiendo en camisas de once varas sin tener la formación específica adecuada, a meros golpes de imaginación. Mejor lo dejo estar.

Es desesperante el camino de la ciencia, nunca se alcanza la verdad y cada nueva teoría abre más misterios que los que resuelve. Al final creo que no voy a encontrar nada seguro donde asirme, una perspectiva, un horizonte hacia el que caminar. Pero tengo que seguir hasta agotar mi capacidad de conocimiento. Hay días en que todo se me ilumina al conocer una nueva teoría y parece que fuera a tocar la luz con los dedos, y otros en que nada parece consistente y las expectativas se diluyen en una dispersión de ideas, como en mi última lectura. La ciencia es demasiado compleja, demasiado meticulosa y empiezo a sentirme impaciente y con necesidad de encontrar algún atajo, alguna luz que me anime. Creo que voy a reflexionar por libre, dando suelta otra vez a la fantasía, empleando métodos distintos, atípicos, quizás absurdos, pero más estimulantes, más directos entre mi propio yo y el conocimiento que persigo.

Es un hecho que aquí está el hombre aparecido en un Universo inmenso que no abarca con los sentidos ni con la imaginación. ¿Por qué una gota de vida tan minúscula y tan efímera se ha propuesto tamaña aventura que le desborda a todas luces? ¿No sería esta tarea más propia de un ser galáctico, de larga existencia, en el caso de que una galaxia pudiera ser consciente? ¿Y por qué no podría serlo si fuera suficientemente compleja? ¿Es más complejo un hombre que una galaxia, en el supuesto de que la galaxia no tuviera hombres? Creo haber leído por algún lado que nuestra galaxia tiene cien mil millones de estrellas y nuestro cerebro diez veces menos de neuronas, pero cada una se interconecta con muchas otras, de manera que forman una red extensísima de más de quinientos billones de conexiones por las que circula información. Si las estrellas pudieran comunicar información entre ellas, una galaxia podría ser tan compleja como el cerebro suponiendo que estuviera convenientemente organizada. Sin embargo, la distancia entre las estrellas es tan grande que la información tardaría años y cientos de años en llegar de una estrella a otra, por lo que la galaxia sería un ser de inteligencia extraordinariamente lenta, de lentitud cósmica, aunque quizás adecuada a una vida tan dilatada como la del Universo. Para ser consciente del Universo, una galaxia necesitaría en primer lugar algún sistema de percepción, quizás una especie de receptor de ondas que le llegaran del Universo. Después, una red de comunicación que pudiera manejar toda esa información y simbolizarla de alguna manera. Debería también poder simbolizarse a sí misma para ser autoconsciente. Por supuesto que igual que la vida es un fenómeno rarísimo en el Universo, el número de galaxias conscientes lo sería también, habiendo evolucionado por autoorganización compleja de sus estrellas y de la totalidad de la masa y energía que las componen. Ampliando la idea, las distintas galaxias podrían comunicar entre sí formando una especie de sociedad universal,  dotada de una cultura cósmica. Es evidente que de existir esto, el hombre individual existiría en una dimensión ínfima dentro de la vida de la galaxia, pero no así su cultura. En el caso de que alguna vez pidiesen establecerse comunicaciones sistemáticas con la galaxia, estas serían un proceso muy lento, pero suficiente a nivel de la Humanidad. Claro que eso podía estar sucediendo ya, y la inspiración y descubrimientos de nuestros científicos, que transcurre lentamente a lo largo de los años, podría consistir en un tipo de comunicaciones sutiles entre la galaxia y la mente humana.

¡Viva la imaginación, que no se diga que ante la ausencia de respuestas científicas uno al menos no pueda divertirse fantaseando realidades! ¿No es ese el camino de las religiones y de los mitos? A fin de cuentas, uno puede inventar una teoría y tratar de interpretar la realidad según ella. Si su vida se ve así mejorada, más feliz, más equilibrada y organizada, ¿no tiene esa teoría un valor creador de humanidad, de espíritu? ¿No es válida? Por ese camino llegaríamos a la vida virtual, a la creación de una realidad interior autoorganizada y sostenida. ¿No es ése el camino de la complejidad? ¿Está llamado el hombre a una existencia virtual, completamente suya, completamente humana? ¿Y no será eso lo que ya estamos haciendo y nuestro mundo pensado sea ese mundo virtual que hemos ido imaginando a lo largo de los tiempos?

Sin embargo la ciencia es muy exigente y somete sus teorías a contraste con el mundo exterior, o con lo que nos llega del mundo exterior al menos. Así certifica la validez de sus teorías. Lo que yo estaba diciendo es otra cosa. No se trata de intentar descubrir la realidad física, sino de crear el espíritu del hombre, aunque para ello hay que tener además respuestas para su necesidad de entendimiento de la realidad que le rodea. Lo malo de las religiones es que han ido entrando en contradicción con la ciencia y la lógica, y sus mitos se han ido quedando anticuados. La necesidad de verdad del hombre exige que cualquier nueva religión respete el camino de la ciencia, que se desplace más allá de él para no estorbarle. Así, todo me sigue pareciendo no definitivo, evolutivo, cambiante. Y esa debe ser la marcha de las cosas, incluso la de la verdad. La verdad es un proceso, no un hecho consumado. ¿Cómo instalar al hombre en esa base? Ese puede ser el paradigma existencial que inaugure una nueva etapa de la Humanidad: situar al hombre a caballo del cambio, de la incertidumbre, de la aventura. Pasaron las eras de la seguridad, en las que las ideas duraban más que la vida del hombre. Hoy se ha invertido el proceso y esto nos sitúa ante una nueva postura existencial: hay que agarrarse al cambio, no a la quietud; hay que amarrase a un barco que navega, no al muelle de un puerto. La velocidad del cambio en todos los órdenes obligará al hombre a un continuo aprendizaje y adaptación a las nuevas realidades que van surgiendo. Deberá vivir en una continua adolescencia, con la suficiente plasticidad cerebral para adaptarse a las nuevas condiciones y modos de vida. Si la evolución biológica siguiera su marcha, el hombre del futuro sería una especie de niño eterno, de hombre infantilizado, preparado para aprender durante toda su vida

A los hombres de hoy, a mitad de camino entre el pasado y el futuro, se les están escurriendo de las manos todas las verdades, todas las certezas, y ello les empuja a una actitud de afirmación personal en el presente, en el placer inmediato, en lo cotidiano e intrascendente pero tangible. Vivimos en un caos que esperamos sea creador y dinamice un nuevo orden que todavía no aparece. Pero ya estamos convencidos de que ese orden no será definitivo tampoco aunque dure cierto tiempo. La verdad es que todo está en proceso, en camino, ensayando soluciones y órdenes nuevos. Antes se tenían creencias y ellas dirigían nuestra vida. Hoy las creencias cambian tan deprisa que ya no se tiene fe en ellas. Hoy la fe está si acaso en el camino. Y ya empieza a parecerme que mi vida es demasiado corta para contemplar tanta evolución. El camino de la Humanidad es demasiado largo y el cansancio empieza a plantearme la conveniencia de pensar sólo en el tramo de mi camino personal. Pero no, quizás es sólo un mal momento, el agotamiento mental al final del día, es decir, de la noche, que es cuando trabajo.

Amanece... el mar está desierto. Es hora de dormir un rato.

 

Hoy es domingo y es un día profundamente triste y dramático. El abuelo se ha ido, se ha ido para siempre. Lo vieron salir de puerto desde el espigón algunos de sus colegas, extrañados de que sacara la barca, lo que no hacía desde años atrás. Le vocearon pero él se limitó a saludar con la mano sin mirar. Y ya no volvió. En su casa se encontró una nota en la que manifestaba serenamente sus intenciones. Decía en ella también que había escrito a su familia para que se hicieran cargo de la casa. ¡Pobre anciano, valiente y bondadoso, les quiso evitar las molestias de tener que cuidarle en su enfermedad sin esperanza, y hasta de tener que enterrarle! Aunque ¿qué mejor tumba para un viejo marino que su propio barco descansando para siempre en el fondo del mar? He tenido que imaginar sus momentos finales, no he podido evitarlo. Habrá abierto una vía de agua en el casco y habrá esperado con calma a que la barca se fuera hundiendo lentamente. Quizás haya tenido que luchar contra el impulso instintivo de sobrevivir, o quizás se haya encerrado en la cabina y tirado la llave al mar para impedir que ese impulso incontrolado le empujase a nadar al hundirse el barco. ¿Se habrá sentado en el puesto de mando en el momento final? Seguro que sí como buen patrón. He oído que los que se ahogan sienten una quemazón en el pecho a medida que el agua va llenando sus pulmones, y una sensación de ganas  de llorar. Después caen en una fase de calma y tranquilidad a la que sigue la gradual pérdida de conciencia y finalmente, por falta prolongada de oxigeno, la parada cardiaca y la muerte cerebral.

¿Dónde se habrá hecho hundir? Intuyo que habrá hecho un largo viaje, su último largo viaje, ya sin miedo a navegar él solo entre los peligros del mar. Habrá recordado tantas cosas mientras su barca avanzaba cabrioleando lentamente entre las olas... Su navegación habrá sido también por su propia historia además de por el mar. Jornadas de pesca excitante, peligros, lucha contra el mar y los peces, su hijo ayudándole a la pesca de aquel gran atún que no cabía en el barco... Toda una vida en el mar.

He estado por la tarde con Ionna y le he contado lo sucedido. Ha llorado, y a mí también se me han encharcado los ojos. Me siento algo culpable. Podía haberle ayudado más, haberme anticipado a los acontecimientos, pero ando siempre tan sumido en mis reflexiones sobre la vida que la vida pasa a mi lado y no la veo. Quiero salir mañana al mar y dejarle unas flores flotando, aunque me gustaría hacerlo cerca de donde se hundió. Seguramente ha seguido la ruta de los caladeros, la que habrá navegado tantas veces. Tengo que preguntar a los del espigón. ¿Cuántas horas habrá navegado, dos, cuatro o más...? quién lo sabe, pero seguramente habrá buscado las profundidades para su descanso. Voy a mirar la carta náutica.

Pues resulta que a unas veinticinco millas de la costa hay profundidades de más de 200 metros, un sitio estupendo para que nunca te encuentren y puedas descansar para siempre en el fondo. Con el barco del abuelo, calculo que eso le llevaría  unas cuatro horas de travesía navegando tranquilo. Ya lo tengo, allí iré, sólo me falta averiguar el rumbo mañana.

A media mañana salí con rumbo hacia los caladeros, después de informarme  adecuadamente. El mar estaba tranquilo, el día soleado. Navegué despacio, dándome tiempo para reflexionar, como debió hacer el abuelo, sobre mi propia vida, sobre lo que me traía entre manos. Sentí que iba a tener una crisis de conocimiento, como si mis esfuerzos reflexionando no valiesen para nada y fuera detrás de los sucesos ordinarios, felices o dramáticos, donde se escondiese la verdad de las cosas. Pero esa visión no podía concretarla, ni controlarla, pero incumbía a la profundidad de la existencia. Intuía que la vida se desarrolla ante nosotros y nos quedamos con una visión superficial de ella, quedando por detrás, hasta en el mínimo suceso, toda la intensidad de la existencia. Pero no la vemos, banalizamos los sucesos clasificándolos por su importancia según nuestros intereses. Es decir, nos cerramos a ellos cuando no nos “sirven”. Y así, nos cerramos parcial o totalmente a la mayor parte de la realidad. Sin embargo, si fuéramos capaces de dejarnos a nosotros mismos de lado, todas las cosas acabarían de estar clasificadas y se abriría su dimensión absoluta.

Y allí, mientras mi barco se deslizaba tranquilo en medio del apacible y soleado mar, ante la ausencia latente del abuelo, me di cuenta de que el milagro es existir en sí, simplemente, gratuitamente, con esa intensidad que la naturaleza nos presta a través del sol y el aire cargado de vida del mar. Vivir, sí, ese accidente regalado y placentero que se nos otorga por un tiempo. Morir, a sea, estar muerto, es lo normal, es lo que dura. Desaparecer, dejar de existir habiendo existido...parece un drama pero a cada momento nuestra vida desaparece y se renueva en otro instante, en otra experiencia, en otro recuerdo. La memoria es el hilo conductor de una sucesión de instantes que llamamos historia. Nuestra historia es un argumento inventado que conservamos en la memoria y en el que actúa, entre otros, el personaje principal, el yo mismo, un sujeto también inventado por nosotros que se nutre sin embargo de sensaciones orgánicas y sentimientos reales que alimentan y dan vida al personaje. Lo verdaderamente auténtico nuestro es el organismo biológico y los afectos y sentimientos. Sobre esa base elevamos a la existencia un personaje y nos creemos dueños de nosotros mismos.

Llegué al punto de las veinticinco millas. Sería allí o unas millas más o menos, aunque quise imaginar que en aquel fondo descansaba el abuelo. Dejé unas flores flotando en el agua y le recordé como si aún existiera, allí abajo. Siempre la memoria manteniendo en pie la realidad... Si el abuelo no hubiese muerto pero no estuviese presente, es mi memoria la que le mantendría vivo igualmente. No hay diferencia. Existir es un acto de fe siempre, porque lo que de verdad existe es nuestra memoria ante la ausencia. Por eso nos parece imposible que una persona haya desaparecido, cuando sigue estando tan viva dentro de nuestra memoria como cuando de verdad existía. Sólo la presencia tangible nos entrega la evidencia de lo real. El resto del tiempo es siempre una fantasía. Y era ya una fantasía pensar en el abuelo, cuya existencia se había quedado atrás con toda la historia de su tiempo real. Había pasado el tiempo del abuelo, la vida del abuelo, la existencia del abuelo. Había pasado la realidad, esa realidad escurridiza que recompone y salva la memoria del presente a expensas de segundos huidos.

Navegué hasta mi punto de referencia, mi posición de estancia en medio del mar grabado en el GPS. La presencia del abuelo me acompañó todo el trayecto y casi le veía y escuchaba el tono de sus palabras medidas y amables. Tuvo realmente mucho valor para aceptar su destino, el mejor destino para sus últimos días. Otra cosa hubiese sido más dolorosa para todos y al final inútil, a no ser que esforzarse en vivir hasta el último minuto a pesar del dolor y el sufrimiento psicológico no esté justificado por alguna tarea que merezca realizarse. Y la vida del abuelo ya estaba por completo realizada. Saber terminar en el momento adecuado es de sabios y prudentes.

Y aquí estoy, flotando otra vez a la deriva e intentando seguir con mi vida, o mejor, con mis reflexiones sobre la vida. Pero me inclino más a los sentimientos, a la tristeza y la nostalgia. El pensamiento no me sirve en estos momentos. Cambiaría mis más profundas reflexiones por un momento de afecto, de amistad o camaradería sincera, por un momento de compañía con Ionna. Ante su ausencia, voy a recurrir a la música. Necesito escuchar un adagio triste que me ensanche el alma.

Está sonando, está sonando este adagio de una manera nueva y más profunda que otras veces. Hoy la música me hace existir con más intensidad y mis sentimientos se despiertan y elevan revelándome dimensiones no vividas anteriormente. Me duele la vida y me consuela sin embargo este dolor que la música compone dentro de mi alma. A la vez estoy bebiendo, sumergiéndome en un estado de conciencia diferente, en una visión distinta de la realidad pero muy lúcida y verdadera. Es como si saliera de mi vida normal para contemplarlo todo desde otra dimensión de la conciencia, desde otra  realidad más aguda e iluminadora.

 

Es madrugada. Anoche me acabé durmiendo después de beber largo rato. Me siento con la cabeza pesada, aturdido pero relajado. Afortunadamente no ha pasado nada durante la noche y el mar se ve desierto entre las brumas del amanecer que aún no ha visto el sol. El barco no ha derivado mucho durante la noche y el café que acabo de prepararme me está devolviendo a la vida habitual de las personas. Plan para hoy: leer un nuevo libro. Aquí lo tengo, y es curioso cómo inmediatamente lo he elegido entre todos los que me quedan por leer. Trata sobre la muerte, que es realmente sobre lo que más me interesa meditar en estos momentos. Verdaderamente traje una buena selección de libros. La muerte... quizás esta reflexión puede ser el marco en que toda otra reflexión tenga lugar, porque ¿para qué reflexionar tanto sobre la vida si la muerte es el punto de vista definitivo desde el que observarla? Y desde él, la vida individual se ve como innecesaria, transitoria, libre de responsabilidad y a la larga como si no hubiese existido. ¿Qué sentido tiene preocuparme tanto por dirigir adecuadamente mi vida, por encontrar la verdadera significación de mi existencia, si cuando muera todo ello habrá sido inútil, o en el mejor de los casos, intrascendente? El abuelo ha muerto, su vida ha “pasado”, ha desaparecido en sí misma aunque se conserva en el recuerdo de los que convivimos con él algún tiempo. Y aquel tiempo nuestro y suyo ha pasado también, y ahora los que quedamos estamos viviendo otro tiempo, otra vida nueva entretejida con nuevos acontecimientos pero que arrastra sin embargo la estela de la anterior en forma de recuerdos, de experiencia vivida. Si la vida del abuelo tuvo algún sentido, lo pudo tener por estar entretejida con otras vidas, con las de su familia, con las de sus vecinos y amigos, formando parte del tronco de la vida de su pueblo y de su época. Y si eso fuera innecesario o prescindible debido al gran número de personas que vivieron en aquel momento, siempre pudo considerar que su existencia era un milagro de la naturaleza, un fenómeno no por abundante menos magnífico y personal: la conciencia de estar vivo como individuo, aunque eso fuera algo gratuito que no le obligara a nada más que a vivir. El error será pues creerse necesario, imprescindible, responsable, obligado a estar en posesión de la verdad y del conocimiento profundo de la existencia y sus misterios. Nos han regalado la vida y no nos han pedido nada a cambio. El santón oriental que se sienta debajo de un árbol y no hace nada, dejándose alimentar por la gente que pasa, si es que quieren hacerlo por propia iniciativa, es posiblemente una postura adecuada ante el fenómeno de la existencia; al menos en esta época en que aún no sabemos dónde nos lleva el fenómeno de la existencia, que es lo mismo que decir que estamos abandonados a él como el náufrago en su tabla al río que le lleva.

Dice el libro, en una primera parte que aborda el tema de la muerte desde un punto de vista biológico, que no hay nada en la biología que obligue a la muerte. Hay especies vegetales como las secuoyas que viven algunos miles de años, mientras que algunos insectos viven apenas algunos minutos. Hay animales como los bogavantes o las tortugas gigantes marinas que no muestran signos de envejecimiento y conservan su capacidad reproductora durante toda su vida, y su tamaño aumenta con los años sin deterioro físico alguno. Tanta variación en las características de la duración y calidad de la vida individual sugieren que el fenómeno de la muerte podría no pertenecer a la propia naturaleza de la vida sino ser una consecuencia secundaria de cómo se ha desarrollado el fenómeno de la vida de manera natural a lo largo de la historia de la Tierra. La muerte, afirma, no es útil ni al individuo ni a la especie, pero la vida individual no es necesaria después que un organismo se ha reproducido, por lo que mantenerla es un gasto inútil de energía que no tiene objetivo para la supervivencia de la especie, por lo que los diseños que den lugar a seres mortales acabaran imponiéndose en general y poblando la Tierra ya que entrañan un consumo menor de energía que puede aprovecharse más eficazmente de otra manera. Y de todas formas, la vida de los individuos estaría limitada estadísticamente por su mortalidad accidental, por enfermedades o por el equilibrio ecológico. Pone el autor un ejemplo muy esclarecedor: una nave espacial se diseña no para ser eterna sino para cumplir un objetivo, como puede ser el llegar a la Luna. Una vez que ha llegado y enviado su información a la Tierra, no tiene sentido que perdure eternamente, ya que eso habría exigido el empleo de materiales muy costosos en su construcción y la utilización de mecanismos sofisticados de autorreparación ante accidentes y ante el desgaste del tiempo. Lo mismo pasa con el individuo, dice el libro, que aunque podría haber sido un organismo vivo eterno, era innecesario toda vez que ya se había reproducido. ¿Para qué diseñar la naturaleza un organismo eterno si los fines de la especie quedaban garantizados por la descendencia? La naturaleza apuesta siempre por ahorrar energía innecesaria.

Las células, el ser vivo elemental que forma los tejidos y órganos de todos los seres vivos, se dividen a lo largo de su existencia sólo un número determinado de veces en cada organismo, lo cual parece estar controlado por determinados componentes de los cromosomas, que van disminuyendo como si fueran un reloj de arena. Sin embargo, estos componentes parece que podrían restituirse bajo la presencia de una enzima específica. Así pues, las células parecen seres inmortales en teoría, siendo capaces en determinadas circunstancias de dividirse eternamente si el medio o el organismo en que se encuentran no lo impide. De hecho, las células cancerosas son inmortales de esta manera, no dejando de dividirse nunca más que cuando el organismo en el que están acaba muriendo; sin embargo su proliferación es incontrolada por el organismo, desbordando la morfología de sus órganos. Si las células de nuestros tejidos no dejaran nunca de dividirse de manera controlada, los órganos se renovarían continuamente al igual que lo hacen durante la etapa juvenil y madura, no envejeciendo nunca. Un ser vivo es potencialmente inmortal en sí mismo, sólo que su inmortalidad cesa de manera programada en sus genes debido a la selección natural de esa cualidad a lo largo de los tiempos. Y ello no porque aporte ninguna ventaja aparente ni a la especie ni al individuo, sino simplemente porque es innecesario para la subsistencia de la especie. Todo lo innecesario acaba quedándose atrás en la evolución de las especies, ya que no aporta ninguna ventaja en la supervivencia de las mismas. Así pasa, muestra el libro, con la visión de los animales que se han adaptado a vivir en las profundidades de cavernas donde no llega la luz, que acaban por volverse ciegos. Y así se atrofian en general los diversos órganos de los animales que se adaptan a medios distintos en los que estaban establecidos y que ahora ya no les sirven para nada.

Tengo que meditar sobre esto, que me resulta fascinante. Supongamos un animal inmortal que apareciera por mutación genética en la naturaleza y generara una progenie más o menos amplia al cabo de los tiempos. Daría lugar a una población formada por individuos de todas las edades, con una media de edad en teoría muy superior a otra población mortal del mismo género. Sin embargo, las probabilidades de supervivencia de los individuos de más edad estarían limitadas por los accidentes, las enfermedades o la depredación, por lo que su inmortalidad biológica no le serviría de mucho al final salvo para vivir más años que sus ancestros. Comparando dos poblaciones semejantes, una mortal y otra inmortal, ambas con la misma capacidad reproductiva, es evidente que la inmortal acabaría teniendo muchos más individuos que la mortal. Pero en el medio en que viven cada una, de recursos limitados, el equilibrio ecológico haría que las poblaciones tuvieran que adaptarse en número, muriendo de hambre muchos individuos de la población inmortal. Y morirían los más jóvenes, menos duchos en el arte de la competencia frente a los más expertos. Se iría seleccionando una población cada vez más mayor, e incluso cuando el número de los inmortales llegara a estar en límite que permite su supervivencia en el medio, los nuevos individuos tendrían contados sus días. La función reproductora sería casi inútil, por lo que mutaciones que la limitaran a un mínimo que garantizara las muertes accidentales de los inmortales acabarían prosperando. Se llegaría a una población de capacidad reproductiva disminuida, muy sensible ante los cambios ambientales, que acabaría desapareciendo ante contingencias de cambios climáticos, etc. Por el contrario, la población mortal, que conservaría su capacidad reproductiva, tendría un mayor margen de adaptación a esos cambios jugando en pleno funcionamiento con las dos fuerzas antagónicas de muerte y reproducción. Formaría un sistema vivo mucho menos crítico a la extinción que el de los inmortales.  Un sistema con dos fuerzas inversas semejantes se regula mejor ante variaciones externas que otro con dos fuerzas antagónicas muy desiguales. Estoy pensando en un vehículo dotado de un mecanismo de aceleración y otro de freno que circula por un camino irregular y debe adaptar su velocidad a los accidentes del trayecto. Si ante una zona muy accidentada no es capaz de disminuir rápidamente su marcha, acabará destrozado; y si tarda mucho en recuperar su velocidad después de haberla disminuido, llegará más tarde que otros al final del camino. Bueno, no sé si no estaré haciendo trampas con los razonamientos o hilvanando analogías poco afortunadas, pero intuitivamente creo que entiendo los sutiles y ciegos mecanismo de la evolución que han dado paso a los seres mortales. Por otra parte no intento descubrir, ni siquiera entender en profundidad, los mecanismos científicos de una realidad tan compleja como es el despliegue de la vida en la Tierra. Me basta una visión general y aproximada para mis fines.

Por otro lado, pienso que una población con una capacidad reproductiva disminuida como la de los inmortales daría lugar a una variación genética pequeña, es decir a muy poca innovación entre sus miembros, por lo que su capacidad de adaptación ante las condiciones cambiantes se vería muy limitada y acabaría desapareciendo ante poblaciones mortales, mucho más innovadoras. Así que todo apunta a que la muerte es un factor que incide en el aumento de diversidad y por tanto en las posibilidades de supervivencia a lo largo de los tiempos, es decir, a la evolución de las especies.

Sin embargo el libro llega más lejos que yo, e insiste en que la muerte no es una ventaja adaptativa, ni sirve a los intereses de la especie y menos a los del individuo. Hace hincapié repetidas veces en que es una consecuencia secundaria de la evolución y que se ha seleccionado no porque aporte ninguna ventaja a la especie, sino que la inmortalidad no ha prosperado precisamente porque no aporta ninguna. No sé, no acaba de explicar claramente esta afirmación. Me inclino más por la mía, aunque todo esto es muy complejo y hay especies como las vegetales de larga vida que viven siglos y hasta milenios y no parecen tener desventajas frente a la presión de la selección natural. En cada caso se debe llegar a equilibrios muy complejos entre la biología de los seres, el nicho ecológico, las condiciones ambientales, etc., que dan lugar a las distintas longevidades, tan extraordinariamente diferentes. Parece como si la duración de la vida en sí misma pudiera no tener límite, y es el encaje de esta vida en el medio real el que establece su duración. Es claro que en la naturaleza sobreviven modelos de vida, especies, y no individuos. El individuo singular no cuenta, sólo el individuo genérico, y la selección natural barre de un plumazo a todos los individuos de un modelo poco exitoso cuando las condiciones se vuelven adversas. Pero es que los individuos aparecen también así, formando parte de una especie y no individualmente. Es el hombre, con su exacerbado sentido de la individualidad, el que tiende a ignorar la especie como entidad esencial.

Los mecanismos de la selección natural son simples después de todo: un diseño biológico se impone y sobrevive no cuando es perfecto sino cuando ya tiene estrictamente lo necesario para sobrevivir. Parece una verdad de Perogrullo: sobrevive lo que consigue sobrevivir, y cuantas menos exigencias tenga un organismo para existir más competitivo será frente a los demás que se disputan el medio. Por eso no existen pájaros que vuelen hasta la estratosfera, ni a velocidades supersónicas como los reactores. No necesitan estas cualidades tan asombrosas para vivir y perpetuarse sobre la Tierra. Y tampoco una especie necesita para perpetuarse que sus individuos sean inmortales, aunque pudieran serlo si su diseño no hubiese estado guiado por la selección natural.

Todo esto que expone el libro está disparando las alarmas del conocimiento en mi mente. ¿Así que el hombre, como he intuido algunas veces,  podría ser inmortal algún día si somos capaces de controlar los mecanismos actuales de envejecimiento, diseñados por la naturaleza de manera espontánea a lo largo de las eras de desarrollo de la vida planetaria?  La muerte no es una condición esencial necesaria para la vida, sino una condición secundaria de la vida natural desarrollada hasta este momento. Pero a partir de ahora ya no se trata de sobrevivir en competencia con las demás especies o con las limitaciones de alimentos del medio, sino de vivir con toda la potencialidad posible gracias al control del medio por el hombre. La naturaleza nos ha dejado en herencia un diseño biológico mortal, básico, pero está en nuestro futuro cambiarlo. Y lo haremos porque por primera vez en la historia de la vida hemos aparecido sobre la Tierra como seres dotados de conciencia que se rebelan contra la muerte y van adquiriendo los conocimientos necesarios para intervenir en la biología.

 

He comido con glotonería. Parece que la reflexión sobre la muerte me abrió el apetito como si la vida quisiera imponerse con su fuerza elemental. Sentía que todo era tan básico, tan evidente… La vida actuaba en mí y me decía: “mientras esté yo, o tú en mí, olvídate de la muerte. Yo me elevo sobre la muerte, o sobre la nada, como quieras llamarla. Yo soy la que soy”. Sin duda evoqué las palabras de Yahvé a Moisés en el Sinaí: “Yo soy el que soy”. La sentencia, que excluía al tiempo, al devenir, tomaba sentido pleno ante mí en aquel momento de conciencia vital que se mantenía en sí mismo, que no precisaba de la muerte ni el tiempo para existir. La vida, mi vida, existía absolutamente, y de ser eterna hubiese sido de la misma manera. En aquel minuto de conciencia yo era un dios que no tenía la muerte ni el fin en su horizonte. Sí, realmente la muerte era un accidente, nada necesario, nada impuesto por la naturaleza del existir. Lo difícil era vivir, llegar a vivir; lo demás era sólo mantener lo logrado.

Volví a mi lectura. Dice el libro que lo que realmente caracteriza la irrupción del hombre en la escala evolutiva es la plena conciencia de la muerte, de “su” muerte, más que la fabricación de herramientas. Dice que en el animal no existe una conciencia clara de la muerte como pérdida o desaparición, sino que se manifiesta en él fundamentalmente el instinto de supervivencia ante el peligro, que le proporciona las respuestas más adecuadas para evitar la depredación, pero que la propia muerte natural es admitida y tolerada por el animal sin oposición. Los fines de la especie son los que determinan la conducta del individuo animal y a ellos se somete. Hay sin embargo algunas especies animales evolucionados que sí parecen tener conciencia de la muerte, de la de sus familiares y de la suya propia individual. Pero curiosamente esto no está ligado a su proximidad genética al hombre. Así los monos y antropoides no reconocen claramente la muerte de su cría y siguen llevándola  con ellos a pesar de su inmovilidad durante algunos días, hasta que finalmente abandonan los despojos que comienzan a descomponerse. Sin embargo un perro es capaz no sólo de reconocer la muerte de su amo sino incluso de presentirla. Los elefantes también reconocen la muerte e incluso identifican los restos óseos de un familiar al cabo del tiempo. Cuando les llega la hora de morir adoptan un comportamiento especial y se retiran de la manada para morir en soledad. Pero en todos los casos un animal no tiene ante su muerte ese sentido de pérdida de su individualidad, de desaparición definitiva de su ser que angustia al hombre. Podría decirse que el animal o no conoce su muerte o se abandona a ella de manera natural, sin rebelarse.

El autor liga el hecho de la conciencia de la muerte a la aparición de la plena conciencia de la individualidad. Los animales son conscientes también en mayor o menor grado, pero no son capaces de anteponer su individualidad  sobre la especie, por la que están muy condicionados merced a una amplia conducta instintiva. El hombre tiene una aguda conciencia de sí mismo y es capaz de situarse existencialmente fuera o al margen de la especie, lo que le hace trágicamente desamparado. Su muerte, la desaparición de su ser individual, es algo absoluto para él, irreparable, dramático. Concebirla es una imposibilidad mental, una contradicción existencial que es incapaz de asumir, y así, desde el origen, el hombre primitivo ha tenido la convicción de un renacimiento o sobrevivencia a la muerte. Morir no era desaparecer completamente sino renacer a otra vida bastante semejante a ésta. Así debía entenderlo por semejanza al hecho cotidiano de dormir y despertarse, o del cambio de vida y rol tribal al pasar de la niñez al estado adulto mediante los poderosos ritos de iniciación. El hecho es que desde el paleolítico, en que aparecen tumbas con ofrendas florales y ajuares, la humanidad primitiva ha mantenido la creencia o la necesidad existencial de una vida más allá de la muerte.

Sólo algunos siglos antes de Jesucristo, dice el libro, aparecen claramente, tanto en Oriente (India y China) como en Occidente (Grecia), formas de pensamiento estructurado enteramente materialistas, que prescinden de los dioses y la creencia en otra vida después de la muerte. Y ello coincide con el desarrollo de la racionalidad, que en Oriente estaba aplicada a la astronomía en Babilonia, y a las matemáticas aplicadas a la agrimensura en Egipto. Los griegos jónicos tomaron estos conocimientos y empezaron a desarrollar el pensamiento racional estructurado aplicado al conocimiento de la naturaleza y de todas las cosas, apareciendo la filosofía, que abriría una brecha decisiva en el pensamiento mítico. Surgen las primeras teorías materialistas, que prescinden de los dioses, de los espíritus y del más allá, e intentan explicar el mundo de manera natural, en la convicción de que la razón es suficiente para entender todas las cosas sin recurrir al mito y a la religión. Sin embargo, las religiones no desaparecen y siguen ejerciendo su influencia poderosamente, mostrando que en el interior del hombre existe la necesidad de trascendencia y de eternidad. No obstante, es cierto que a lo largo de los tiempos una parte pequeña de la humanidad se muestra capaz de vivir sin religión y aceptando la muerte como fin de su existencia. En esa actitud están un 10% aproximadamente de la población mundial, incluyendo materialistas declarados, agnósticos y no practicantes de alguna religión, es decir, personas capaces de vivir y morir (al parecer) sin necesidad de ningún tipo de trascendencia. También es cierto, declara el autor, que una parte substancial de la población mundial se halla en un estado de desarrollo cultural no evolucionado, correspondiente  al de las sociedades tradicionales religiosas, como la islamista, hinduista, etc., que pueden representar el 80% de la población mundial. Así pues, añade, la mitad de la humanidad moderna necesitaría creencias trascendentes y la otra mitad no en nuestros días. También señala el hecho de que en el mundo actual moderno, de marcado acento materialista, se está poniendo de manifiesto cada vez más la necesidad de los mitos, bien en forma de productos de consumo, ídolos de la canción, prácticas de esoterismo o religiones singulares del más diverso cariz. Ello, concluye, advierte de la permanente necesidad interior de trascendencia y misterio del hombre.

 

Miro dentro de mí y me planteo mi propia muerte. No, no me gustaría morir ahora, tengo muchas cosas que pensar y descubrir. Si me he sumergido en este tipo de vida solitaria, alejado del mundo, no es para morir sino para intentar rehacer mi vida de otra manera más lúcida, mejor orientada. Quiero saber, saber… No sé si cuando hayan pasado muchos años y esté cansado de la vida, me consuele el hecho de dormirme definitivamente, de descansar. Sin embargo no me atrevo a decir “de desaparecer”. Parece como si dormido en el sueño eterno me consolara ahora el pensamiento de seguir existiendo, dormido pero existiendo. Hay algo en el desaparecer que es extraño a mi naturaleza, que es inaceptable. Es esa curiosa imposibilidad de que lo que existe deje de existir, sobre todo sabiendo que existe. Sin embargo todo parece una cuestión de conciencia, de proximidad a la conciencia. Puedo aceptar la desaparición definitiva de una persona desconocida, y mejor de una persona odiada. No me produce ningún problema personal. No era necesaria, no era imprescindible… “para mí”. Pero la desaparición definitiva, la aniquilación de un familiar o de una persona amada me resulta inaceptable. Y la mía propia me resulta imposible. Aún estando muerto siento que seguiría existiendo. Así pues la aceptación de la muerte es un problema de la conciencia. La conciencia lo es de algo existente y no lo puede ser de su desaparición, de la nada. La conciencia de la nada es un imposible, y el intento de ejercerla sobre la nada produce angustia como defensa, como contenido corporal que llena ese vacío imposible. Eso creo. Después de todo, nuestra conciencia no es la verdad absoluta.

También es curioso que a lo largo de nuestra vida pudiéramos decir que hemos muerto muchas veces y hemos renacido. Hemos cambiado físicamente de niños a jóvenes, de jóvenes a adultos, y nuestra alma ha cambiado también y ya no podría volver a ser aquel niño o aquel joven que fue. Sabemos que nos hemos trasformado, que hemos muerto como niños y jóvenes, y no sentimos dolor por ello. Hemos sobrevivido cambiando, viviendo otras vidas. Aceptamos nuestra muerte infantil cuando llega el momento de abandonar la niñez porque tenemos la promesa de otra vida a continuación, otra vida que incluso se ha vuelto deseada. Parece que algo se trasmite a lo largo de nuestra vida cambiante, nuestra esencia, nuestra identidad más secreta Así sabríamos aceptar nuestra muerte de ancianos, creyendo que tras ella hay otra vida mejor. Esa conciencia aguda de nuestra identidad profunda es la que se niega a morir definitivamente.

Pero pienso que lo anterior vale sólo para mí, para mí y para esa mitad de de la humanidad actual de cultura moderna que necesita creencias trascendentes, que tiene una aguda conciencia de su individualidad y autonomía, que es capaz de plantarse delante de la existencia y mirarla cara a cara, de tú a tú. La otra mitad, tendría que concluir que se esconde ante la vida y ante la muerte, o que mienten respecto a sus sentimientos en beneficio de su razón, pero quién sabe, habría que estar en su pellejo para saber lo que sienten de verdad en el último momento. Sin embargo, es cierto que nunca como ahora se vive de espaldas a la muerte, se la ignora, se la disimula, se procura pasarla por alto y recortar su ritual y el luto. Hoy la conciencia se centra en la vida y cuando llegue el momento de dejarla, allá cada cual con su problema. Este parece ser el sentimiento general.

Continúa el libro hablando del horror ante la muerte. Ya no es sólo la imposibilidad de la conciencia para aceptar la muerte definitiva, la desaparición del ánima o esencia humana que alentaba en el fallecido, sino que el hecho mismo de la existencia del cadáver despierta el pavor de tener que contemplar la corrupción de la carne, la desintegración material e irreversible del ser. Y así en todas las culturas se aleja el cadáver de los vivos, se entierra, se incinera, se abandona a las alimañas, y en estos últimos casos se recuperan los huesos después de desaparecida la carne para rendirles culto y enterrarlos. Ese pavor ante la carne en corrupción es el pavor ante la certeza y la evidencia de la desaparición del ser humano, que muestra en el inconsciente su auténtica naturaleza temporal que la conciencia no puede soportar, por más que en las distintas culturas míticas se revista el hecho de una intención favorecedora del tránsito del espíritu hacia su nuevo estado.

Conciencia dolorosa de la muerte en relación con la conciencia de la individualidad, esa es la tesis del libro. Dependiendo de la cultura y la estructura social de cada época, así se configura también la conciencia de la individualidad y por consiguiente la conciencia más o menos angustiosa de la muerte. En las sociedades tribales predomina el clan sobre el individuo y la conciencia individual es menos aguda y por lo mismo se tolera mejor la muerte personal, ya que el ser por excelencia, la tribu, sigue existiendo. A esto se une la creencia general en ese contexto social de la existencia de los espíritus de los muertos, es decir de la no muerte. También en situaciones especiales dentro de cualquier estructura social, como la guerra, la lucha por una causa, etc., el individuo se pone al servicio de una idea, de una tarea que le trasciende y es capaz de morir por esa causa sin angustia. Ha hecho cesión de su individualidad a un fin externo y común, la ha fundido con él y por tanto queda libre de la responsabilidad de ser en sí mismo, sólo en sí mismo. Ese parece ser el punto esencial, creo yo, no tanto la individualidad como la individuación, es decir, el aislamiento existencial, el existir para sí mismo y no para otros o para algo. De esa manera los que se aíslan del mundo pero practican algún tipo de misticismo que les pone en contacto con una idea trascendente, como Dios o el Universo, el Conocimiento, etc., no experimentan la angustia de la muerte. Visto así parece que la soledad existencial es lo que está en el origen del problema: estar solo, completamente solo ante la existencia. Sin duda es un condicionante de nuestra estructura mental. Los animales, al menos algunos, son capaces de vivir en soledad. El hombre parece que no, que necesita algún contenido externo a él de tipo personal o transpersonal para mantener su conciencia sana.

Continúa el libro revisando las diversas formas de sentir la muerte a lo largo de la historia. La conciencia del individuo se alimenta de la cultura de cada época, y por ello  la manera de pensar y sentir la muerte es diferente a lo largo del tiempo en función del conocimiento existente. Contempla el autor el conocimiento mítico primitivo, el conocimiento religioso, el conocimiento racional con las diferentes escuelas filosóficas de cada momento, el conocimiento científico moderno y la crisis del conocimiento actual. Me ha llamado la atención especialmente la filosofía de los estoicos griegos, la renuncia a los placeres y deseos mundanos y en consecuencia la fácil aceptación de la muerte ya que no tenían nada que “perder” en esta vida. Puesto que no dependía de ellos el morir, renuncian ya en vida a todo para no dejar que todo les sea arrebatado. Se anticipan a la muerte y se hacen dueños de su propia existencia, de su destino mortal, y conquistan el espíritu y su dimensión cósmica. Este pensamiento coincide bastante con las religiones de Oriente, con el desinterés por las cosas mundanas, por la inacción, por la negación de los deseos para sumirse en la conciencia esencial del ser Universal, en cuya unión se disolvía la individualidad.

Habla de la Edad Media, cuando la vida era tan corta debido a las enfermedades, las guerras, las epidemias, que se convivía con la muerte y se aceptaba como algo cotidiano. No había oposición a ella y se sabía aceptar cuando llegaba. En contraposición, en nuestros días se vive tanto y se saben resolver  las enfermedades con tanto éxito, que nos parece que morir es siempre un accidente, una negligencia médica. Cuando muere un familiar siempre se queda en nosotros un cierto sentimiento de culpa como si no hubiésemos sabido actuar adecuadamente para salvarlo o como si los doctores no se hubiesen tomado el suficiente interés.

Otra época crucial, la más dolorosa de la conciencia individual, tiene lugar después de la euforia de la modernidad, cuando se creía que el conocimiento era capaz de alcanzar todas las metas y desvelar todos los misterios, de construir un mundo en armonía y progreso creciente; sin embargo, las crisis sociales y políticas, las guerras mundiales, las crisis ideológicas y hasta la crisis del propio conocimiento dejaron  al hombre desamparado y sin agarradero en el que aferrar su conciencia, sin tarea en la que participar. El hombre se quedó esencialmente solo consigo mismo, con su individualidad existencial, y en consecuencia con la angustia ante la vida y la muerte, el absurdo de la existencia y el nihilismo.

Y después la época actual, en la que se elude a la muerte, se intenta olvidar, se vuelca la conciencia en el consumo, el pasatiempo y la banalidad, en las drogas, en cualquier tipo de esoterismo que distraiga la conciencia y permita vivir con excitación al margen de la muerte.

Finalmente, volviendo al principio, el libro señala que la ciencia actual parece poder dar una respuesta definitiva al problema de la muerte, vislumbrando cada vez con más claridad el escenario de la inmortalidad biológica en el futuro. Dice que estamos tan acostumbrados al hecho de la muerte que la consideramos como una característica inherente a la vida. Y sin embargo, lo esencial de la mayor parte de los seres vivos - asegura refiriéndose a los organismos unicelulares, a las células germinales y muchos seres vegetales y animales simples-  es la no muerte, la amortalidad. La muerte es una consecuencia evolutiva “de hecho” en los organismos de organización compleja, pero no una necesidad biológica.

 

Así pues el problema de la muerte parece ser fundamentalmente un problema de mental, un problema de nuestra  conciencia. En la medida que nuestra conciencia pone su foco en la individualidad, en el sí mismo, la muerte se constituye en amenaza para la propia conciencia. Cuando lo que llena la conciencia es algo exterior al individuo, en la medida que la muerte no amenaza a ese algo exterior, el individuo puede seguir teniendo conciencia de sí mismo a través de ese algo exterior en el que se encuentra disuelto. La idea de la muerte del sí mismo es una imposibilidad mental en la que se intenta superponer la conciencia del sí mismo con su desaparición. No se puede representar, es un absurdo, y por tanto la mente entra en conflicto al intentarlo cuando sabe que el morir es un hecho cierto. Lo único que se puede entender es “el morir”, el desvanecerse y diluirse de la misma manera que la conciencia se desvanece en el sueño. Eso se puede entender y aceptar como una entrega al descanso vital. Pero no se puede pensar en el estado de muerto, porque ahí ya no hay conciencia que pueda reflejarlo. Sin embargo, así como la conciencia se entrega confiada al sueño, se niega a entregarse al morir si éste consiste en la desaparición absoluta. No sólo se niega a la muerte, sino al morir que lleva ese estar muerto imposible de entender. Creo que no tiene sentido darle más vueltas al tema ya que todo se vuelve un juego de palabras y una trampa mental. La mente nos tiende muchas trampas, y algunas como ésta de la muerte nos llenan el alma de angustia. Estoy pensando en otras ideas imposibles que también hacen brotar la angustia. Por ejemplo intentar pensar que somos otra persona conocida. Nuestra conciencia de nosotros mismos no puede serlo a la vez del otro. Por lo que para ser otro tendríamos que dejar de ser nosotros mismos, desaparecer. Es otro imposible mental que hace surgir la angustia y el rechazo. Abominamos ese convertirnos completamente en otro perdiendo nuestro “sí mismo”. Por eso la reencarnación budista no es una idea que a mí me consuele, pues nuestro “yo mismo”  debería desaparecer completamente de la conciencia para poder ser otra persona distinta, lo que equivale de hecho a morir completamente, morir y nacer como otro distinto. Reencarnarse es un renacer que no consuela, pues seríamos otro, no seríamos inmortales, habríamos desaparecido.

En cualquier caso, y arrastrando todas estas angustias, el hecho es que en la especie humana han aparecido unas cualidades mentales tan elevadas que son “impropias” ya o que trascienden la mera biología animal. Sin embargo están condicionadas por ella y arrastradas por ella a la muerte. Esa es la rebelión original, la conciencia de imposibilidad que arranca ya de la raíz humana. Es el autentico “mal original” que dinamiza la mente del hombre buscando soluciones, primero míticas y finalmente científicas. Es el motor de la evolución humana que busca escapar de la biología natural. Eso es por lo menos lo que a mí me parece…

 

Amanece, anoche me quedé dormido escribiendo, intentando seguir la reflexión sobre la muerte. El sueño se apoderó de mí después de muchas horas de lectura y pensamiento. Todo está bien a bordo, el mar tranquilo. Me voy confiando cada vez más por las noches y no sigo la disciplina de dormir de día y trabajar por la noche para estar atento a los posibles peligros de la mar. El libro me atrapó ayer completamente y no fui capaz de interrumpir su lectura, aunque lo leí sólo por encima, picoteando los temas y aspectos que a mí me interesan.

Volviendo a la reflexión después de un suculento desayuno, satisfecho con lo meditado ayer, lo primero que se me ocurre es la facilidad con que caí en el sueño. Si fuese así el morir sería una maravilla, aunque quizás nos dejamos caer en el sueño sólo porque sabemos que despertaremos. Me pregunto si un niño pequeño se deja sorprender gratamente por el sueño o tiene miedo a dormirse. Parece que no, que el cansancio le duerme sin temor, aunque es claro que el niño no tiene la conciencia existencial del adulto ni se plantea la muerte. ¿Qué se sentirá al morir, se morirá conscientemente o la mente se extraviará por los vericuetos de las ideas sobre la muerte adquiridas a lo largo de la vida, por los recuerdos de los seres queridos, por la incertidumbre del tránsito o del completo desaparecer?

No hay nadie para contarlo. Tampoco hay nadie que recuerde ni pueda contar la experiencia de su propio nacimiento. Pero la diferencia entre ambos sucesos es que se nace sin conciencia y sin embargo se muere con la conciencia desarrollada y en teoría capaz de estar completamente despierta. Otra cosa es que la naturaleza pudiera tomar el control y amortiguar nuestra conciencia, llevarnos a un morir benéfico y placentero. De no ser así, sería entonces sólo nuestra conciencia la que negándose a ese dejarse morir  convirtiera en tragedia lo que es un hecho natural y biológico, como el dormirse. Sin duda se muere de muchas maneras, lo mismo que se duerme, placentera o angustiosamente, según las peculiaridades sicológicas  de cada cual. Para el que simplemente, con el alma tranquila y sin dolor físico, se quede contemplando el suceso de su morir, posiblemente la naturaleza le sorprenda dulcemente como al niño que se duerme, llevándolo de la mano por un agradable camino biológico de extinción. Ese es un punto a indagar en el libro, el proceso de extinción biológica, las famosas experiencias en el umbral de la muerte, del que muchos han vuelto después de haber vislumbrado el camino del más allá.

 

Acabo de comer y retomo la tarea con excitación porque en efecto el libro incluye un capítulo dedicado a los procesos del morir y del nacer.

Resume brevemente la historia de lo que se ha escrito acerca de las experiencias en el umbral de la muerte. Hay un número considerable de relatos de este tipo de experiencias y una coincidencia bastante grande en las vivencias que se experimentan. Son típicas las siguientes:

 

            -El presunto muerto se siente flotando en la habitación donde se encuentra y ve a la gente hablar y decir que ha fallecido.

            -Atraviesa un túnel oscuro al final del cual hay una hermosa luminosidad.

            -Siente una gran paz interior y bienestar.

            -Salen a recibirle parientes y seres queridos, seres luminosos.

            -Visualiza los momentos más importantes de su vida en una rápida sucesión.

 

            Desde las religiones, dice el libro y se remonta hasta el antiguo Egipto, se han interpretado tradicionalmente estas experiencias como la prueba de una vida tras la muerte y del tránsito hasta llegar a ella. La ciencia moderna sin embargo, es capaz de aproximar explicaciones neurobiológicas y sicológicas para estas percepciones extraordinarias. Un primer aspecto que sigue siendo polémico, según el libro, es la definición del momento de la muerte. Cada vez se ha ido retrasando más ese punto irreversible en que la vida se pierde sin solución. No es, como hace años se creía, la parada del corazón y la respiración, ni sirven ya aquellas antiguas comprobaciones de tomar el pulso al moribundo o poner un espejo delante de su boca para ver si se empañaba. Las técnicas de resucitación mediante masaje cardíaco y respiración artificial devuelven a la vida a personas en parada cardio-respiratoria. La ausencia de actividad cerebral detectada con un electroencefalograma es la prueba genérica más corriente hoy día, pero tampoco es definitiva y se precisarían pruebas complejas que detectan la ausencia e irreversibilidad de todo tipo de funciones cerebrales, cosa que no suele hacerse. Hay personas que han recuperado la actividad cerebral al recuperar el riego cerebral con técnicas de resucitación y no hay un tiempo exacto que marque esta frontera entre la posibilidad e imposibilidad de volver a la vida, aunque por término medio parece ser de cinco a diez minutos. Es decir, que un cerebro sin riego sanguíneo,  muere en general irreversiblemente al cabo de esos minutos. Pero durante ese tiempo funciona de alguna manera aunque el corazón se haya parado y la respiración también. Y es entonces cuando se producen todos estos fenómenos de tránsito a la muerte. La muerte, pues, no es un hecho instantáneo, un punto en el que se pasa de vivo a muerto, sino un proceso que dura cierto tiempo. Después, imposibilitada ya la recuperación del organismo, su progresivo deterioro se produce a lo largo de un tiempo mayor, durante el que algunas funciones vitales pueden persistir más que otras.

            Dice el libro que transcurridos entre 10 y 20 segundos después de una parada cardio-respiratoria, el cerebro deja de emitir señales de actividad y da un encefalograma plano. Y es desde entonces cuando tienen lugar esos fenómenos en la frontera difusa de la muerte.  Desgraciadamente sólo tenemos constancia de ellos en base a los testimonios de los que han vuelto de ese estado, es decir, de las vivencias y percepciones habidas entre esos 10-20 segundos en que se produce el cese de actividad eléctrica cerebral y los 5-10 minutos en que el regreso a la vida es reversible. Naturalmente nada sabemos de las percepciones que puedan suceder después de esa frontera irreversible, ya que nadie ha vuelto para contarlo, pero cabría suponer que la conciencia y las percepciones se van disolviendo lentamente hasta cesar por completo en algún momento.  Refiriéndose pues a esa fase reversible, dice el libro que antes que el cerebro, se deteriora la retina, empezando por perderse la visión periférica y después la visión central. Hay también una dilatación de las pupilas debido a la falta de oxigeno, y estos y otros aspectos neurológicos dan lugar a los fenómenos de visión del túnel, de luminosidad, etc. El cerebro mientras tanto sigue consciente y capta todos estos contenidos y los interpreta según su experiencia vital. El sentirse flotando en la habitación es una manera en que la conciencia estructura, a partir de la memoria y la imaginación, los datos del entorno ante el deterioro y desconfiguración de la visión. La sensación de paz y bienestar parece que se debe a la segregación de una serie de hormonas, como las endorfinas, responsables de tan agradables sensaciones. Y la recuperación rápida de la memoria desde la infancia a manera de una película podría explicarse por ciertos fenómenos bioeléctricos que tienen lugar  en la red neuronal en esos momentos, aunque la ciencia todavía no es capaz de dar cuenta precisa del funcionamiento de la memoria, si bien se sabe que no radica en ninguna posición concreta del cerebro. En fin, diversas teorías y explicaciones neurológicas y sicológicas pueden dar cuenta o sugerir interpretaciones  naturales de gran parte de estos fenómenos tan extraordinarios del proceso de morir.

           

Recuerdo varias muertes cercanas y en todas ellas el rostro de mis familiares aparecía finalmente sereno, inmóvil pero como si estuviera vivo aún. Era más que estar dormido, pero sin estar muerto todavía. Recuerdo los ojos de mi suegro que moría lentamente y sin dolor al serle suprimida la asistencia por vena ante lo irreversible de su cuadro patológico. Su pulso se fue debilitando, y era eso lo que observábamos los familiares. Ya sólo latía de vez en cuando, y finalmente se paró del todo, pero sus ojos seguían abiertos y brillantes, y yo estaba convencido de que aunque no podía moverlos, veía cuando alguien pasaba delante de ellos, mientras su expresión se mantenía serena y feliz, como si disfrutara de esa visión estática, de esa última sensación vital. Luego se los cerraron y ya no los volvió a abrir, y sentí como si lo estuvieran enterrando vivo. Pero quizás eran sólo imaginaciones mías. De mi hermano recuerdo su expresión más habitual detenida en su cara, una especie de ironía tolerante y sabia, ligeramente sonriente,  ante la estupidez de vivir. Recuerdo su rostro aún sonrojado del postrero ataque que le causó la muerte, aún caliente, muerto y vivo a la vez. Y de mi padre, ya extremadamente anciano, recuerdo su mano levantada hacia imaginarios seres y los ojos muy abiertos mirando en la misma dirección. Y luego una expiración profunda como un descanso definitivo, y su rostro también definitivamente dormido, definitivamente inmóvil pero vivo aún. Sí, es un alivio que no se muera completamente en un instante, porque no se podría entender. Mi padre murió muy consciente, yo diría que voluntariamente. Una vez me dijo que ya era hora de quitarse de en medio, que no iba a vivir eternamente, que ya no hacía nada aquí. Otro día me llamó muy decidido para que revisáramos sus papeles y documentos guardados. Una vez terminado el asunto, pareció quedarse muy tranquilo y contento. Yo pensé que esperaba morirse cualquier día, y ya alguna vez nos había hecho reír contándonos que la noche anterior se había muerto. Le decíamos burlándonos que lo habría soñado, pero dada su edad cercana a los cien años es muy posible que hubiese pasado episodios cercanos a la muerte, con todo este tipo de sensaciones extraordinarias. El hecho es que al día siguiente de aquella revisión de sus cosas, enfermó  extrañamente, tuvo vómitos que no se podían cortar y se fue debilitando de manera irreversible.

 

He dormido por la tarde. Anochece y yo estoy vivo, vivo como si lo fuese a estar siempre, como si lo natural fuera estar vivo. Mi conciencia de la muerte, de mi muerte, es teórica, un pensamiento,  pero no una vivencia. Y sin embargo, mi paso por la vida es apenas un instante despreciable en la vida de la Humanidad. He recibido la herencia de su cultura que me ha enseñado la historia de los hechos y los conocimientos anteriores a mí, aunque no le he prestado demasiada atención, como si fuera también algo teórico, un adorno en mi existencia. Lo único que de verdad me preocupa, como a todos, es mi propia vida, mi felicidad y plenitud. Me debiera de bastar esta conciencia de la muerte y de la insignificancia de mi vida personal para despreocuparme de mi propia existencia. Pero me han contagiado de trascendencia desde niño, me han enseñado religiones que me prometen la dicha suprema y la eternidad. Me han contagiado de eternidad, aunque dudo de si yo mismo no la hubiera deseado sin que nadie me la enseñara. Morir, siempre nos impresiona a los vivos la muerte de los demás, pero vivimos como si nosotros nunca fuéramos a morir, aunque aceptemos la lógica de la idea. Estamos tan ocupados con nuestro vivir que el morir es una cosa que no entra en nuestras preocupaciones. Cuenta la vida, no la muerte.

De lo último que he leído me ha quedado inquietando el pensamiento la idea del final del tránsito hacia la muerte, esa parte más allá del fin del túnel en que aparecen los seres de luz y de alguna manera convencen al moribundo para que regrese a la vida. Es lo último del proceso que hemos conocido. Pero si la muerte sigue su camino ¿qué es lo que pasa entonces? Nunca lo sabremos los vivos. Y no me resisto a imaginarlo. Supondré que soy yo el que ando ese camino:

 

“El ángel iluminado me llevaba de la mano hacia la luz y mis padres, mis abuelos  y otros parientes que antes habían aparecido para recibirme nos seguían detrás. Sentía una sensación de felicidad etérea, de paz completa. Mis familiares se fueron quedando atrás y el ángel se disolvió poco a poco en la luz, o fue la luz la que se instaló completamente dentro de mí llenando mi conciencia. Todavía de vez en cuando se me aparecían sucesos aislados de mi vida, de mi lejana infancia. Luego la luz se fue apagando lentamente, muy despacio, y sentía un profundo deseo de abandonarme al sueño. Cerré los ojos, o dejé de ver, no sé, pero se hizo la oscuridad completa. No sentía mi cuerpo, y creía que me había convertido completamente en espíritu. Sin embargo oía todavía. Como si vinieran de otro mundo, oía apagadas las palabras de mis familiares que hablaban entre ellos y se referían a mí, pero me costaba mucho trabajo interpretarlas. Luego fui cayendo en un sueño profundo y placentero en el que las palabras se disolvían también y se trasformaban en rumor, un rumor como de mar tranquilo en la noche, levemente oscilante y que se iba amortiguando muy lentamente…”

 

Habla el libro al final del capítulo del proceso de nacer. Así como el proceso de morir un ser humano es relativamente rápido, el de nacer es relativamente lento y el desarrollo de los sentidos y la actividad cerebral requiere algunos meses a lo largo del periodo de gestación. Prematuramente, hacia el tercer mes, aparece el sentido del tacto, y las manos y pies del feto reaccionan ante el contacto con las paredes del útero. El oído aparece más tarde y el feto percibe los ruidos interiores de la madre, especialmente el latido del corazón, y también su voz. Más tarde percibirá incluso la música a través del vientre de la madre, cuando su tamaño ha llenado bastante el espacio del útero y la amortiguación de los sonidos exteriores por el líquido amniótico es menor. Hacia el sexto mes, puede decirse que el bebé nonato es un ser humano con sensaciones, sentimientos y capacidad de comunicación con la madre, y más tarde con memoria y conocimiento que registra su experiencia vital inicial. Es entonces cuando experimenta plenamente el tipo de existencia que tiene en el interior materno, alimentado y oxigenado regularmente, mantenido a una agradable temperatura constante, viviendo y durmiendo en el mullido lecho liquido del útero. Hacia el octavo mes de gestación ya alterna sueño y vigilia, y sueña como un bebé nacido.

 

Ambos procesos, nacer y morir, alumbran y apagan respectivamente, de manera gradual e imperceptible, la conciencia del ser humano. Hace finalmente el autor una reflexión personal acerca de la memoria consciente, dada la ignorancia actual todavía sobre el almacenamiento de la experiencia vivida. El cerebro no parece tener un área específica de almacenamiento, a la manera de los ordenadores, y en casos de daños cerebrales parciales, la memoria no parece ser seriamente dañada, como si los recuerdos no estuviesen localizados en ninguna parte concreta del cerebro sino en alguna función de la red neuronal que se mantiene o recupera después del accidente. Se refiere, a título de curiosidad, a cierta teoría de un autor poco ortodoxo que sugiere para la memoria una forma electromagnética construida y mantenida permanentemente por la actividad neuronal, algo como un cuerpo inmaterial que se habría ido creando a lo largo de nuestra vida y que nos acompañaría siempre, a semejanza del cuerpo orgánico. Nuestra red neuronal mantendría activa la forma electromagnética de cada recuerdo realimentada por un proceso continuo, y además existiría una interacción entre dicha forma electromagnética y la red neuronal, de manera que ante un daño cerebral la forma electromagnética activaría en otra parte de la red neuronal, o en su conjunto, los circuitos pertinentes para regenerarse. Señala las similitudes de esta teoría con otras de tipo esotérico muy antiguas, como la del cuerpo astral, que representaba el ánima del individuo. Haya o no algo en común en estas teorías, el hecho es que según ellas, dice el autor, la luz o alma que el cerebro comienza a encender ya en el útero, y que va creciendo en luminosidad a lo largo de la vida, se acaba apagando en la muerte. Pero lo interesante, añade, es que toda nuestra experiencia vivida, de ser cierta esta extravagante teoría, estaría ahí, a nuestro lado, acompañándonos siempre como si el pasado siguiera existiendo con la misma intensidad que el presente, si bien el proceso de hacerlo consciente no tiene lugar de manera espontánea más que en momentos especiales como es el de la experiencia cercana a la muerte. Sin embargo la psiquiatría y también algunos “prácticos” del esoterismo emplean  con cierto éxito técnicas inducidas de regresión a sucesos remotos de la infancia. La conciencia actuaría como un receptor que sintonizado adecuadamente convertiría las señales electromagnéticas que siempre nos acompañan en imágenes y sonidos de nuestra vida pasada.

 

Estoy otra vez en puerto. El mar estaba en malas condiciones y he vuelto. Ha sido también la sensación de que necesitaba un cambio en mis meditaciones, la conveniencia de distanciarme un poco del recuerdo de la muerte del abuelo y de la reflexión sobre la muerte. Y para ello lo mejor era cambiar de sitio,  salir de la soledad del mar. Todo lo que he leído últimamente se ha instalado en mi convencimiento, si es que ya no lo estaba de manera ignorada. Pero tengo ante mí la vida, mi vida. Si acepto mi muerte futura con naturalidad, y no con la desesperanza que me llevaría al abandono, sigo teniendo ante mí la vida, mi vida, y lo que pueda hacer con ella. Como pensaba hace algunos días, esta vida que tengo es gratuita, me ha sido regalada y no se me pide nada a cambio de ella, o muy poco. Puedo hacer lo que quiera con ella mientras no perjudique la vida de los demás. Y por qué anticipar la conciencia de mi muerte y vivir para ella si no sé cuándo llegará. ¿No es cierto que hoy puedo disfrutar de muchas cosas aunque sean sencillas? Porque no tengo que caer en la trampa de los deseos y aspiraciones elevadas que me conduzcan a la frustración por no conseguirlas. El deseo y el dolor van juntos, la felicidad deseada y el sufrimiento son hermanos. Porque pretender construir algo ignorando que el resultado no depende exclusivamente de nosotros sino de otros seres, del azar, de lo imprevisible, es una aventura a ciegas con mayor probabilidad de fracaso que de éxito.  Y sin embargo nos atrae ciegamente la ilusión y la posibilidad de alcanzar una especie de paraíso en la Tierra, o al menos la mayor cantidad posible de felicidad. Ciertamente esa podría ser una meta, el intentarlo. Es cierto que el Paraíso puede estar en la Tierra, pero muy pocos conseguirán alcanzarlo. Es demasiado prematuro, nuestro mundo no está todavía organizado para ello, aunque quizás lo esté en algún momento. Sin embargo la capacidad del hombre para esa dicha suprema existe, y es capaz de imaginarla. Otra alternativa sería una vida sencilla, la felicidad de una vida básica y fácil, el goce de la simple existencia, a sabiendas que nuestra vida está prestada, regalada por un tiempo, y no es necesario hacer nada especial ni pretender alcanzar el cielo y la felicidad suprema en ella. Este es el camino de la renuncia a la máxima dimensión del hombre que alienta prematuramente en nuestra alma. No es el tiempo, somos sólo los precursores, los soñadores de ese paraíso terrenal que incluirá además la inmortalidad.

 

He estado con Ionna a mediodía. Mis posibilidades de comunicación humana aquí se han visto mermadas con la muerte del abuelo. Ya sólo tengo a Ionna para compartir amistad y afectos. Ionna es la tentación de la felicidad, de esa felicidad que ayer contemplaba como una probabilidad engañosa hacia la que no quería dejarme caer. Sé que ella se entregaría a la ilusión, que lucharía por construir un proyecto de vida en común, su proyecto, en el que yo tendría un papel imaginado por ella. Pero es imposible que ese papel fuera el que yo trazaría para mí. Intentaríamos construir un mismo edificio con dos proyectos a la vez, y las habitaciones quizás no fueran las más adecuadas para cada uno. La vida en común es un proyecto de supervivencia pero no de plenitud. Es mejor que la soledad no deseada, pero es un habitáculo de frustraciones y renuncias que acaban por enturbiar la coexistencia. Eso me parece lo probable, aunque hay excepciones naturalmente, dichosas excepciones, pero ningún manual creíble que conduzca al éxito. No, mi actitud con Ionna tiene que ser completamente abierta, sin proyectos, sin ilusiones, como lo es la amistad que permite compartir la existencia sin exigir nada, aceptando el ser del otro en toda su realidad y sin intentar adaptarlo al nuestro. Y en esa libertad mutua, compartir todo lo que se pueda compartir. Cada vez estoy más convencido que los compromisos de pareja encubren realmente, o intentan eliminar, la inseguridad en una relación duradera, relación a la que uno se agarra como se agarra a un seguro que cubra todas las contingencias. Seguridad a cambio de limitaciones, de insatisfacciones.  No, la amistad no exige ningún seguro ni ninguna promesa de duración. Se es amigo simplemente porque se quiere serlo y ninguno piensa en que mañana dejará de serlo, porque el momento felizmente compartido es suficiente, y en el alma queda el recuerdo y la garantía de esa comunión.

Amistad, amistad amorosa, amistad erótica, amor… Qué camino tan resbaladizo. Cuando dos personas entran en esa comunicación tan intensa de los placeres más íntimos, de los secretos más personales del sentimiento, del fondo más sensible del alma, cuando dos personas se desnudan completamente por dentro y por fuera, surge el deseo de ser uno, de ser dos en uno o uno ampliado. Uno toma posesión del otro como si fuera algo suyo, algo que sólo a él le pertenece como le pertenece su propio ser. Ese es el momento del éxtasis y de la perdición, porque el amor, ese sentimiento que promete fundirles en una existencia única, ignora las individualidades, ignora la necesidad del ser separado. El amor puede unir, pero no fundir de manera permanente, aunque eso sea un deseo suicida del amante, un impulso a anular la tragedia de la radical separatividad que posiblemente arrastramos desde que fuimos expulsados del paraíso maternal.

Es difícil que a estas alturas de mi vida y de mi experiencia me enamore. Tiendo a ver en las mujeres su lado personal, y físicamente su ser biológico. Aunque me tienta a veces mirarlas eróticamente, procuro trascender esa mirada y no dejarme seducir por la imaginación. El erotismo es imaginación, es encender nuestras fantasías sexuales. Sin embargo, y lo sé claramente, a veces el erotismo se ha adueñado de mi por sorpresa y me he abandonado a él.  Pero no ahora, no quiero caer en eso. Sé también que el amor personal, el impulso hacia el alma de otra persona, también me ha sorprendido y engañado a veces, y en ello la imaginación ha jugado también el principal papel.

¡Ay la mujer! y su capacidad de seducir, de acercarse, de meterse dentro de las fronteras de la propia intimidad con la naturalidad del que te va a hacer sentir bien. Es demasiado acogedora, demasiado íntima. No necesita tanto el hombre para vivir y desarrollar su obra. Porque el hombre siempre se empeña en hacer o conseguir algo y en ello cifra su felicidad. Quizás necesite para ello la compañía y el estímulo de la amistad, la  comprensión ante los fracasos. Para la mujer sin embargo, su obra es la felicidad de su propia vida, que incluye la de los suyos para que sea completa, la comodidad, la seguridad, el sentirse querida y querer. La obra de la mujer es su propia vida. La mujer ve la obra del hombre como algo accesorio, como un capricho suyo con el que hay que transigir y que en el mejor de los casos será apreciada por los demás, lo que redundará en el enriquecimiento de sus relaciones  personales. El hombre ve la obra de la mujer como algo endógeno, sin dimensión, sin trascendencia, con frecuencia asfixiante aunque necesario, reconfortante y acogedor como lo es su casa y su familia.

No sé a qué vienen estas reflexiones. Es como si me estuviera planteando la convivencia con Ionna. Sospecho que estoy en peligro con ella, que la muerte del abuelo y todas estas reflexiones sobre la muerte me han despertado el apetito de los sentimientos igual que me despertaban en la soledad del mar el apetito por la comida. Tendré que andar con pies de plomo con ella. Este fin de semana empieza sus vacaciones, y como me había pedido hace tiempo, le gustaría pasar unos días conmigo navegando. Después irá a Ucrania a ver a su hija. Le he dicho que sí.

 

Sigo en puerto. He estado releyendo y recapitulando durante los últimos días este cuaderno de bitácora, porque me parecía que había llegado el momento de finalizar  mis lecturas y reflexiones,  y que las conclusiones encontradas de cómo orientar mi vida empezaban a estar claras. Comencé esta andadura escapando del enrevesado tinglado mundano de relaciones y conflictos para en la soledad del mar intentar tener una conciencia más limpia y verdadera de la existencia. Era necesario sacar la cabeza de lo cotidiano para asomarse a la realidad extramundana. Esto me llevó inicialmente a la meditación oriental, al vacio de pensamientos, a escuchar la existencia desnuda. Después navegué por las religiones occidentales, discutí con Ionna sobre muchas cosas interesantes. Luego reflexioné sobre la visión sencilla y materialista del abuelo, profundamente humana. Luego deseché todos estos caminos porque no eran capaces de contemplar el proceso evolutivo de la Humanidad, ni el horizonte de creación en que está embarcada.

Cuando empecé con la lectura de mis libros de Ciencia, tenía puesta muchas esperanzas en adquirir una visión iluminadora de la realidad. Y me sumergí en la Cosmología, en el misterio del origen y final del Cosmos, en la intrigante creación de todo a partir de la nada sin necesidad de concurso divino alguno. Me maravillé con las asombrosas propiedades de las partículas, que presentaban un entendimiento de la realidad completamente distinto del habitual. Las modernas teorías de la autoorganización, de la emergencia  espontánea del orden, de la complejidad… Todo un cúmulo de teorías y promesas de nuevas visiones de la existencia que más que iluminar el conocimiento abrían nuevas ventanas deslumbradoras que nos dejaban en la conciencia la inmensidad de nuestra ignorancia. Llegué a la conclusión que era demasiado pronto todavía para esperar de la Ciencia una visión esclarecedora. Así que tanto las religiones de Oriente y Occidente por obsoletas y estáticas, como la Ciencia por prematura todavía, dieron al traste con mis esperanzas de entendimiento. Todo se aplaza, todo se promete en el futuro de la Humanidad que yo no veré. El camino del conocimiento es demasiado largo y complejo, y esta conciencia clara me decidió en un momento dado de mis reflexiones a ocuparme sólo de mi camino personal.

La muerte del abuelo, y la lectura del libro sobre la muerte, me han ratificado en este empeño. Aunque la inmortalidad esté en el horizonte posible de la Humanidad, yo no la veré. Mis metas se han vuelto muy modestas y se encuadran en la temporalidad de mi vida. Llegué hace unos días a la conclusión de que tengo dos alternativas. Y las dos son principalmente egoístas, no se centran en el bien común ni en colaborar en la tarea de construcción del futuro de la Humanidad como directrices esenciales de la conducta. La conciencia clara de mi temporalidad y el carácter gratuito de mi vida me liberan en principio de responsabilidades no personales. Una alternativa es la de una vida sencilla y tranquila con un gran espacio para la conciencia estática y amplia de la existencia, sin grandes metas ni aspiraciones, que sin embargo no excluya la felicidad y el placer fácilmente conseguibles. Es una mezcla de estoicismo y epicureismo. La otra alternativa es más radicalmente hedonista, más excitante y aventurera, es un lanzarse hacia la intensidad vital con todos los riesgos que eso conlleva,  y con las promesas de una conciencia existencial dinámica y aguda. Dado mi carácter, creo que la primera alternativa es la que va a ser elegida.

 

Es de noche. Una hermosa noche de mediados de Junio. La ventaja de estar en puerto es la de poder dormir confiado por la noche. Pero estoy algo nervioso y excitado sin embargo. Mañana es sábado y salgo a navegar con Ionna de madrugada. Van a ser unos días de estrecha convivencia en el barco. Iremos costeando para que sea más distraído, fondearemos cerca de bonitas playas para bañarnos y atracaremos por la noche en los puertos para dormir tranquilos.  Me noto a la defensiva, y quizás temo más mis impulsos que su actitud. Sigo con la intención de mantener con ella una sincera y afectiva amistad, una relación abierta, y compartir todo lo que se pueda compartir. Creo que durante algunos días mi cuaderno de bitácora va a descansar, pues ella no conoce su existencia y no voy a descubrírsela.

 

 

 

Día  20   de  Junio    del año  primero

 

Había perdido la costumbre de señalar el día en que estoy. No era necesario ya que todo este tiempo ha trascurrido para mí de manera casi ininterrumpida sumido en mis lecturas y reflexiones. Quizás siento ahora que acabo de traspasar una frontera dentro de mi estancia en el mar. Me parece mentira que sólo hayan transcurrido dos meses y medio desde que llegué, pues tengo la vivencia de haber transitado durante años por los caminos del conocimiento. Y aquí estoy otra vez, en puerto hace ya un par de días después que Ionna se haya marchado a Ucrania de vacaciones. Hemos estado juntos apenas cuatro días y también me parece que hubieran pasado por nosotros cuatro meses.

Recuerdo -es curioso que me parezca tan lejano- que llegó el sábado pasado al barco apenas amanecido. Yo había preparado previamente provisiones para algunos días, fruta, agua abundante, un par de botellas de vodka. Ionna estaba muy excitada y radiante de felicidad. Empleamos un par de horas en que aprendiera lo indispensable para salir a navegar: equipos de seguridad, uso de salvavidas, controles básicos del barco, manejo de la radio, etc., etc. En cuanto a las facilidades de habitabilidad, cocina, aseos, etc., ya las conocía de antes. Y por fin salimos lentamente de puerto. Iba muy atenta a todo, a las maniobras, a la navegación, y me preguntaba cantidad de cosas. Una vez calientes los motores y ya siguiendo la línea de costa a poca distancia, puse el barco en revoluciones para mostrarle lo que corría. Iba extasiada, mirando hacia atrás la amplia estela blanca que dejaba el barco sobre las aguas. Salió a la bañera, y sujeta firmemente a los asideros, se entregó de frente a la fuerza del viento y el aroma del mar, y su rostro de ojos entrecerrados que bebía el aire sonreía. Su pelo revoloteaba y su ropa se ceñía apretada sobre sus formas corporales. Esa imagen suya se me ha quedado grabada con mucha intensidad, y sé que cuando en el futuro recuerde estos días la evocaré también con gran placer.

Luego navegamos tranquilos, mirando la costa, y fijé el timón para poder salir a la bañera yo también y disfrutar directamente del mar, aunque sin perder de vista el rumbo. Me acerqué a ella y se sujetó con el brazo alrededor de mi cintura, muy junta y susurrándome unas palabras de agradecimiento por el viaje. Hacía un día espléndido y el brillo del mar y la tibieza del sol inventaban la felicidad. 

Bien entrada la mañana fondeamos delante de una larga playa para tomar el sol y bañarnos. Nos tumbamos en el reducido espacio plano a proa, y nos dejamos seducir por sol y el suave balanceo del barco. Nuestras manos se encontraron enseguida y nos miramos un segundo mientras los ojos se entrecerraban y sonreíamos. No hablábamos, no podíamos, hubiese sido demasiado comprometedor hablar de las sensaciones de placer y erotismo que empezaban a embargarnos. Comencé a sentir un impulso agudo de girarme hacia Ionna y acariciarla, y besarla, y sorprendentemente noté como su mano se apretaba contra la mía. Era como si se hubiese establecido una conexión interior entre los dos que no necesitaba ver ni oír para comunicarse.

Ay, esta costumbre  mía de repasar con todo detalle los sucesos relevantes… Es como si necesitara tomar conciencia clara de lo sucedido, o quizás simplemente de volverlo  a vivir si ha sido agradable. Hasta tal punto necesito o disfruto haciéndolo que voy a intentar registrar estos días pasados con Ionna en forma de relato:

 

“La caricia del sol y el aire marino, el lento transcurrir del tiempo que parecía haberse detenido, y la sublime música de Bach que nos llegaba del interior del barco facilitaron finalmente de manera natural lo que habíamos reprimido, y nos volvimos el uno hacia el otro y nos acariciamos el cuerpo. Luego llegaron los besos cariñosos, y cuando los labios se acercaban incontenibles y la respiración se entrecortaba, Ionna se incorporó súbitamente y dijo que se iba al agua. La vi llegar nadando hasta proa y me hizo señas con la mano de que me lanzara al agua. Algo perezoso todavía bajé por la escalerilla de popa y fui nadando hasta ella. Frente a frente en el agua, nos abrazamos y por un instante sentí toda la blandura de su cuerpo sumergido contra el mío, pero nos hundíamos y hubo que patalear. Era una tarea imposible abrazarse y flotar. Nadamos un buen rato, jugamos y nos perseguimos en el agua, hasta que cansados subimos a cubierta dispuestos a prepararnos una buena comida. Ya bien secos, coloqué el toldo de popa y una mesita portátil con sillas en la bañera para comer cómodamente allí, a la sombra y mirando el mar y la playa. Mientras tanto Ionna preparaba la comida.

Mientras comíamos le daba vueltas en la cabeza a la manera de contarle a Ionna mi planteamiento de nuestra relación sin que se sintiera rechazada, y sin que por ello se enfriara nuestra intimidad. No podía decirle sin más que no quería implicarme de manera permanente con ella, que sólo deseaba una amistad íntima, una extraña amistad sin duda para ella que no excluía nada, ni el sentimiento ni el placer, pero en libertad. Entonces le conté con detalle mi búsqueda, lo que estaba haciendo durante este tiempo en el mar, y las conclusiones a las que estaba llegando. En el marco de esas conclusiones no cabía una ilusión profunda por nada, pero si el disfrute moderado de lo que la vida pudiera ofrecerme sin perjudicar a nadie. Ella me escuchaba muy atenta, muy seria, y me dejaba hablar.

Sin casi darme cuenta terminamos de comer. Ella se levantó y recogió los cubiertos y platos, que para facilitar las cosas eran desechables, por lo que fueron directamente a la basura. Vino con una botella de vodka y dos vasos nuevos. Después de servir un culo de licor para cada uno me dijo directamente:

-Tú tienes miedo a vivir.

-Tengo miedo a sufrir inútilmente, en todo caso- creo que le dije.

-Pero nadie te va a regalar la felicidad- quiso decirme en su lenguajeo castellano poco ortodoxo que voy a intentar recomponer en adelante-, eso tienes que conseguirlo  tú mismo.

-Desconfío de que el balance merezca la pena a la larga. Todo son ilusiones de momento, y apenas se disfrutan un breve tiempo, la realidad pasa su factura demasiado elevada- contesté en plan filosófico.

-No estoy de acuerdo -dijo-, la felicidad no es sólo ilusión de un momento, es una tarea que hay que hacer día a día. No basta sembrar una semilla para que la planta crezca, hay que trabajar, regar la tierra, quitar las hierbas malas… y también rezar, sí,  para que el mal tiempo, que no depende de nosotros, no malogre la cosecha.

-Demasiado complicado, ¿no te parece que es más sencillo saber renunciar a esa felicidad tan trabajosa e insegura y conformarse con los frutos naturales que la tierra quiera ofrecernos en cada momento?- continué en plan metafórico.

- Ten la seguridad de que el labrador que siembra y trabaja es porque sabe que va a obtener una buena cosecha la mayor parte de las veces -remató convencida.

- La cuestión es -continué mientras se iba despertando mi inclinación natural a la polémica banal- que el labrador necesita cultivar la tierra para vivir en el mundo de nuestros días, que obliga a tantas cosas innecesarias, como el coche, la televisión, los electrodomésticos, y se ha olvidado que se puede vivir renunciando a casi todo. Yo creo que hasta la felicidad se ha vuelto un objeto de consumo que todos esperan conseguir en esta vida. ¿Quién ha dicho que haya que ser necesariamente feliz, que la humanidad es y ha sido siempre feliz?

-Tú dices tonterías – me espetó después de haber apurado el segundo culo de vodka-. Los labradores han trabajado la tierra desde el principio para sobrevivir y no para vivir bien, porque la naturaleza por sí misma no daba alimentos para todos.

-Ya -contesté ácido-, no daba alimento para todos porque eran felices haciendo hijos.

-O sea, que tú quieres que nadie sea feliz, que renuncien a lo bueno de la vida.

- Pues tú que crees en la felicidad suprema de la otra vida debería no parecerte tan mal -disparé con malicia.

- Ya sé que tú no crees, pero por eso mismo podrías desear ser feliz en ésta. Es la única oportunidad que vas a tener para descubrir lo que es la felicidad.

-Sé lo que es la felicidad- contesté intentando dar por terminada la discusión-, y sé también lo que es el desengaño, el sufrimiento y hasta el odio. Todo se vende junto, no te engañes.

Seguimos bebiendo vodka a pequeños tragos en silencio, cada uno refugiado en sus propias convicciones e inundados por la música de cámara que llenaba el silencio del mar y las profundidades del alma.

Al rato me dijo:

-¿Sabes?, yo he sido feliz con mi marido durante años hasta que murió, y he llorado mucho su falta. Estoy hecha para vivir con mi pareja y sé que puedo hacerla feliz. Tú me has dicho que conviene renunciar a muchas cosas para no sufrir, y yo te digo que también hay que renunciar a muchas cosas para ser feliz. Ese es mi secreto y el otro es el tuyo. Pero con el mío se llega a la felicidad y con el tuyo a la resignación. Me parece que buscamos cosas distintas haciendo lo mismo, yo la felicidad y tú no sufrir. Los hombres no sabéis sufrir, sois demasiado débiles.

-¿Y para qué sufrir si al final, no sabemos cuándo, todo se va a acabar? – dije convencido.

-No sé cómo puedes estar tan convencido de que no hay nada después de que te mueras.

-¿No lo estás tú de que sí hay algo?

-¿Y por qué no va a haberlo si ya lo hay ahora? ¿No es eso una señal?

-Ya te entiendo… ¿pero lo había antes de que tú nacieras?

-Sí, mis padres ya sabían que lo había, y los padres de mis padres, y así siempre. ¿Crees que todos pueden haber estado engañados?

- Ya veo que tienes muchos recursos para discutir de estas cosas. Es evidente que no es la primera vez que lo haces. 

- Ya te dije que solíamos hacerlo en grupo, pero eso no quiere decir nada en contra de la verdad de mis argumentos.

- Pues tengo que decirte que sí, que toda la Humanidad puede haber estado engañada desde el principio. ¿Por qué te extraña? ¿No lo ha estado también durante mucho tiempo con otras cosas, como que la Tierra era plana, o que era el centro del Firmamento?

- Pues si Dios no existiera y si no existiera otra vida, deberían existir, porque es lo que todos los hombres han deseado siempre -suspiró.

-En eso tienes razón, y quizás algún día existan -añadí misterioso recordando mis lecturas sobre el futuro de la Humanidad.

-Ah, veo que no eres un caso perdido- dijo feliz-. Piensa que si algún día existe Dios es porque ya existe ahora. Dios es eterno, no va nacer un día de estos. Se tratará entonces de volverlo a descubrir de otra manera.

Me serví otro vodka y a ella también. «Esta mujer -pensé sonriendo para mis adentros- me va a acabar convenciendo de sus ideas».

-Precisamente hay algunas teorías científicas sobre la no existencia real del tiempo -dije meditando-. Parece que es sólo una manera humana de entender la realidad. Según eso, todo lo que ha existido o va a existir existiría ya ahora. Bueno no estoy demasiado seguro de que ésta sea una interpretación exacta. La ciencia moderna es demasiado compleja y no se puede entender fácilmente.

El vodka ya estaba haciendo sus efectos y seguir la discusión parecía una aventura descabellada, así que nos fuimos juntos a echar la siesta un rato mientras la música nos invitaba a dejar de pensar.  Vestidos como estábamos, con pantalón corto y camiseta, nos tumbamos juntos como habíamos hecho otra vez. Música y vodka, contacto fraternal de los cuerpos abrazados, atracción erótica que se fue adormeciendo con nosotros. Cuando desperté Ionna dormía aún, confiada junto a mí, su cara muy cerca de la mía. Sentía su respiración suave. Acerqué mis dedos a su boca y acaricié sus labios. Luego se los besé con suavidad. Abrió los ojos pesadamente y me miró con ternura. Luego se acercó más y se apretó junto a mí. Sentí su tierno contacto como cuando nos abrazamos en el agua, y luego nuestros cuerpos se abandonaron perezosamente al placer de los sentidos. Todo fue muy natural, como si fuéramos marido y mujer. Hicimos el amor como si nos diéramos  un beso íntimo,  prolongado y total con los cuerpos desnudos, apenas sin movernos.

 

Comenzaba a atardecer y pusimos el barco en orden de marcha. Según mis cálculos, a una hora aproximada encontraríamos un buen puerto para pasar la noche. Icé  el ancla y salimos tranquilos.

-¿Quieres llevar el barco?- le pregunté a Ionna

- Me encantaría- dijo -pero no sé si haré algo mal.

-Es muy fácil, ya verás; mucho más que conducir un coche. Sólo tienes que mantener el rumbo constante y no hay que estar pendiente de otros barcos casi nunca, así que no hay peligro. Tampoco hay que tocar el acelerador una vez que fijas una velocidad, así que el único inconveniente es que en lugar de navegar en línea recta vayas haciendo eses y gastes más tiempo y combustible de la cuenta. Para mantener el rumbo, lo más cómodo cuando se va costeando es fijarte en la lejanía un punto de referencia hacia el que navegar y mantenerlo todo el rato. Verás que el barco no responde de manera instantánea a los movimientos del volante del timón, como en los coches, por lo que tendrás que anticiparte un poco cuando quieras corregir el rumbo. El agua tampoco es una carretera y el barco no se agarra a ella como las ruedas al asfalto, así que tendrás que ir siempre corrigiendo un poco el rumbo a un lado y otro para mantener la alineación con el punto de referencia. Navegar por mar abierto es así de fácil y lo puede hacer hasta un niño si el mar está tranquilo. Lo demás ya no es tan fácil, y requiere mucha práctica. Es mucho más difícil por ejemplo atracar el barco en el muelle que aparcar un coche, y así todo lo demás.

Se puso al timón y después de dar algunos bandazos le fue cogiendo el punto. Iba feliz, disfrutando de la sensación de gobernar el barco. La dejé un rato que se acostumbrara y luego le dije cómo darle un poco más de gas. Pendiente de la velocidad se le fue el barco a un lado y le costó recuperar el rumbo, pero pronto se hizo de nuevo con el control.

-Por hoy no te enseñaré nada más- le dije-, sólo acostúmbrate a mantener el rumbo y a darle un poco más o menos de gas.

La dejé sola intencionadamente en el puesto de gobierno y salí a la bañera.

-¡No te vayas, por favor!- me gritó al percatarse.

- No pasa nada, lo haces muy bien -contesté sonriendo pero sin dejar de mirarla a sus espaldas y ver como mantenía el rumbo.

Al cabo de un buen rato divisé el puerto a lo lejos. Tomé el mando y después de pedir por radio amarre para una noche entramos despacio en la ensenada. Un marinero nos hacía señas desde un pantalán y con su ayuda atracamos fácilmente el barco. Después de dejar las amarras bien seguras, y cerrada la cabina, saltamos a tierra.

El puerto era grande y estaba bastante animado. Había varias terrazas y restaurantes con gente tomando copas o cenando. Había anochecido. Después de dar un paseo y familiarizarnos con las instalaciones, nos sentamos en la terraza de un restaurante dispuestos también a cenar algo. Pedimos unos platos de pasta y cerveza. La temperatura era deliciosa a esa hora y desde la terraza se veían los pantalanes repletos de barcos de todos los tipos. En algunos se veía luz y personas cenando o charlando, pero la mayoría estaban vacíos. Estábamos muy callados. Yo tenía ganas de hablar de nuestra maravillosa siesta, pero no sabía cómo abordar el tema ni sus sentimientos al respecto, y ella parecía espiar mis ojos y mis intenciones. Era una esgrima de miradas y silencios. Al final dije torpemente:

-La siesta de hoy ha sido deliciosa…

-¿Deliciosa?- dijo levantando la voz- ¿Eso es todo lo que tienes que decir?

-Bueno, quiero decir… que ha sido algo muy especial, muy íntima, muy…

-Ya, y seguramente pensarás que hacemos este viaje para tener estas siestas tan especiales y deliciosas, ¿verdad?

-No-, dije recuperando mi control- ya sabes mi manera de pensar y mis intenciones. No planearía nada que a ti te molestara, pero estoy feliz de que hayamos tenido esta expansión tan natural y tan espontánea, y no me voy a arrepentir de haberlo hecho.

- Yo sí debí estar menos abandonada y más consciente. Espero que no pienses que soy así normalmente- dijo algo confundida.

El silencio se instaló de nuevo entre los dos mientras nos escondíamos dando cuenta de la pasta.

-¿Ves?- dije al poco rato- apenas hemos sido un poco felices y ya empezamos a sufrir. Es ley de vida.

- Me parece que la felicidad para ti es algo bastante simple -me dijo y me pareció cruel.

-¡Ah, bien! Imagino que para ti la felicidad es algo muy espiritual. Espero que no estés planeando pescarla estos días en medio del mar- dije ofendido y enseguida me sentí fatal.

Su mirada se clavó con dureza en mi alma y temí que algo se hubiera estropeado entre los dos. Pero después de unos instantes sus ojos se dulcificaron y me dijo serena:

-Perdóname, he sido un poco ingrata contigo. Aunque no quieres decirlo, me has tratado con mucho amor en la siesta. No sé por qué a los hombres os cuesta tanto reconocer vuestros sentimientos.

-Supongo que por las mismas razones que a vosotras reconocer vuestro placer físico.

-¿Cómo puedes compararlo? El placer físico es la manifestación del amor. Supongo que cuando alguna vez me acaricias no estás experimentando solamente la sensación  suave de tu tacto. Eso te produciría muy poco placer. Y cuando has hecho el amor esta tarde conmigo supongo que la deliciosa experiencia, como tú la llamas, era debida a que lo hacías conmigo especialmente, y no con una prostituta por ejemplo. ¿Lo habrías hecho con ella tan dulcemente?

Me sentí tocado. «Esta mujer me puede», me dije mientras buscaba la manera de escabullirme de su red.

-Está bien, reconozco que tienes razón. Nos conocemos ya muy bien y no nos vamos a engañar. Si nuestros sentimientos no fueran muy cercanos, no estaríamos haciendo este viaje juntos. Pero sabemos lo que busca cada uno porque hemos sido sinceros uno con el otro. Si yo deseara un compromiso sentimental contigo expresaría mis sentimientos con mayor libertad. Y supongo que ante esta actitud mía tú también te reprimes al expresar tus sentimientos. ¿O es que puedes decirme lo que has sentido esta tarde cuando hacíamos el amor?

La vi sonrojarse y pensé que era ella la que ahora se sentía tocada, pero mirándome a los ojos me dijo con mucha valentía:

-Puedo decirte que sería capaz de amarte, que esta tarde te he amado, pero que eso no quiere decir que me ponga en tus manos por tener estos sentimientos.

-Me gustaría tener tu fuerza. Los hombres tenemos el corazón más débil, y más vulnerable. Quizás por eso pasamos tanto de él o procuramos esconderlo.

- Ya te lo dije una vez- dijo riendo-, tengo que enseñarte a querer. Tú me enseñas a navegar y yo a querer. Es un trato justo.

 

Camino del barco, nos cogimos de la mano olvidando las disputas. La luna parecía sonreír condescendiente ante alma de los humanos, y su sonrisa se esparcía por las aguas del puerto.

-Esta noche dormiremos separados- me dijo con cariño.

 

Cuando me desperté oí a Ionna que trasteaba en la cocina. Salí del camarote, que se había empeñado que usara yo mientras ella se instalaba en la dinnete convertible, y vi que estaba preparando el desayuno.

-Hola querido- me saludó feliz-. ¿Has dormido bien? ¿Me has echado de menos?- añadió con un punto de picardía.

-Oh, sí- dije desperezándome-, te he echado de menos ahora mismo al levantarme. Me hubiera gustado que estuvieses allí y abrazarte- añadí siguiéndole la intención.

-Puedes hacerlo ahora- dijo riendo.

Me acerqué a ella por detrás y la estreché pasando mis brazos por su cintura y pegando mi cara a la suya. Olía bien, me gustó el contacto tierno de su cara contra la mía, y su trasero en mi vientre hizo que el abrazo se prolongara hasta llenarme de su cuerpo.

-Creo que hoy podemos empezar tu aprendizaje -dijo misteriosa.

-¿Mi aprendizaje?

-Claro tonto, habíamos quedado que te iba a enseñar a querer.

-Bueno, si quieres jugar a eso… pero soy bastante torpe para los juegos. Seguro que hago lo que no debo y te acabarás enfadando.

-¿Y por qué crees que es un juego? Al contrario, es algo muy necesario para ti. Aunque me parece que en realidad te da un poco de miedo.

-¿Por qué me iba a dar miedo?

-Tú lo insinuaste ayer. Me parece que tu capacidad de querer está muy reprimida, y a lo mejor nunca has querido de verdad. Y eso es por miedo. Ahora será por miedo a quererme a mí.

- ¿Y crees que se puede enseñar a querer lo mismo que yo te voy a enseñar a navegar?

-Depende del miedo que tenga el alumno. Yo también podía tener pánico a navegar, a estar en medio del mar en un barco pequeño, y seguro que hay mucha gente que no se atreve.

- Pero estás en buenas manos y no te va a pasar nada. Yo sé navegar muy bien.

-Tú también estas en buenas manos y tampoco te va a pasar nada, ya verás.

 

Desayunamos en la dinnete, que ya había vuelto a convertir para su uso normal. Yo le daba vueltas en la cabeza, mirándola a hurtadillas, a los planes que estaría fraguando respecto a mí. Al rato me dijo:

-¿Y qué vamos a hacer hoy? ¿Seguirás enseñándome a navegar un rato?

-Claro, estaba pensando en navegar mar adentro hasta perder de vista la costa. Nos encontraremos con más oleaje y así podrás llevar el barco en las condiciones normales de una travesía. ¿Te gusta la idea?

-¿No estarás queriendo meterme miedo ahora tú a mí, verdad?

Me eché a reír percatándome del curso de nuestra conversación y de los paralelismos que se iban trenzando de manera no premeditada. Perder de vista la costa, las referencias, perder de vista la orilla del yo y sus referencias y adentrarse en el mar incierto del amor.

 

Recogido y asegurado todo dentro del barco para una travesía mar adentro, empecé por contarle que debíamos previamente escuchar el parte meteorológico por la emisora de radio, que se emitía a horas fijas y por canales determinados. Después le expliqué cómo íbamos a orientarnos para navegar, cómo había que trazar sobre la carta náutica un rumbo hacia un punto mar adentro y luego otro de regreso hacia la costa. Le exageré intencionadamente los posibles riesgos de desorientarnos si no hacíamos estos cálculos sobre la carta con total precisión  y luego seguíamos los rumbos atentamente en el compás para no desviarnos. En caso contrario podíamos acabar en un punto incierto en medio del mar sin ninguna referencia de hacia dónde navegar. Cuando estaba ya muy preocupada y a punto de renunciar a la aventura, le expliqué que en realidad se habían simplificado mucho las cosas con los modernos GPS y navegadores, y que bastaba programar en ellos un punto en medio del mar para que nos fueran mostrando en todo momento la dirección a seguir. Claro que si se estropeaba el GPS por cualquier azar -le dije para seguir inquietándola un poco todavía-, era bueno usar en paralelo el procedimiento clásico de la carta náutica.

-Bueno, no me fío mucho de todo esto -dijo- pero me fijaré en la posición del sol cuando perdamos de vista la costa y así tendré una referencia de hacia dónde volver más o menos.

-Muy bien, así se hacía antes -le dije recordando los métodos antiguos de navegación que me había contado el abuelo. También puedes llevarte un pájaro y lo sueltas, que él sabrá con todas seguridad hacia dónde está la tierra.

Se rió pero me percaté que de buena gana lo hubiese hecho de poder coger uno en aquel momento.

Trazados lo rumbos en la carta para su aprendizaje más que para otra cosa, y programado el GPS, partimos hacia alta mar. Se anunciaba marejadilla cambiando a marejada, y enseguida le dejé el puesto de gobierno mientras el mar seguía tranquilo.

A algunas millas de la costa el mar empezó a moverse bastante y el barco acusaba las olas. Tomé el mando y le mostré cómo había que navegar de través a las olas, cruzando el barco en ángulo para que no sufriera demasiado su impacto. «Evidentemente -le advertí divirtiéndome todavía en inquietarla un poco- al hacer esto estamos modificando el rumbo, y habrá que corregirlo de vez en cuando. Es decir, que navegaremos en zigzag».

-Toma, coge tú el timón -le dije decidido.

-No, deja, sigue tú, si ya voy viendo cómo hay que hacerlo -respondió un poco asustada.

-No, no, si no lo haces tú misma no aprenderás. “La experiencia es la madre de la ciencia” -le largué disfrutando un montón.

Al final se puso al timón y el barco se le fue enseguida de banda hacia las olas, ladeando el casco y dándole un susto considerable. Luego corrigió como yo le dije pero se pasó y puso la proa hacia las olas, haciendo que el barco saltara sobre ellas dando fuertes golpes contra el agua.

-Eso se llaman pantocazos -le dije riendo- pero no te asustes que el barco no se va a romper. Simplemente son molestos y hay que evitarlos. Por fin consiguió poner el barco en la adecuada dirección y la navegación se hizo más cómoda y efectiva.

-Esto se mueve mucho -dijo tensa a pesar de haberle cogido el truco a las olas.

-Claro, el mar no es una piscina, y eso que hoy no está mal del todo. Se puede navegar bien, pero si se pusiera fea la cosa buscaríamos puerto.

Me puse de nuevo al timón y navegamos más ligeros. Parecía que Ionna se iba confiando y acostumbrando al movimiento del barco. Las condiciones del mar permanecieron estables y a la hora de navegación dejó de verse la línea de costa. Seguimos un poco más y luego le volví a gastar una broma cruel pero inofensiva. Me pregunto por qué disfrutaba tanto soliviantándola, y debió ser por la inquietud que me producía su empeño en “enseñarme a querer”, del que no me iba a librar. La broma consistió en que hice unas cuantas evoluciones con el barco con el pretexto de comprobar el timón y la respuesta del barco al oleaje, de manera que al final no había manera de saber el rumbo que habíamos traído y por lo tanto el opuesto que debíamos seguir para llegar a tierra.

-¿Te has fijado por dónde veníamos? -le pregunté fi