LA ELEGIA
DEL
SILENCIO
Hombres…
Dedicatoria: a todos los seres
Hablo de ti, de mí: de la memoria…
Hablo de todo aquello no pronunciado
que pertenece sólo al silencio íntimo;
al doloroso silencio del hombre
y a su incesante y fiel dedicatoria.A veces, uno se emociona
y piensa que es libre…
cuando sólo se trata del acto
de mirar por la ventana.
Índice
I. Voz pensada
II. De los silencios henchidos del mundo
III. Soy una sola palabra
IV. Si al oído una palabra te atravesara
V. Salir de sí
VI. Volver y tropezar con uno mismo
VII. Y acaso es un problema el estar vivo…
VIII. Memorial de un pálido domingo
IX. Se escucha sólo el alma del pez blanco
X. Elegía del silencio
XI. Decadencia
XII. Cada hombre es un cuerpo de guante que medita
XIII. Ausencias
XIV. Hablo de la soledad
XV. Confesiones del mar
XVI. A ese silencio mojado de los besos
XVII. Te espero como el mar a una pregunta
XVIII. Memorial de un pálido domingo
XIX. Memorial de un lunes desmemoriado
XX. Sólo el sauce entristece infinito
XXI. A concesión perpetua
XXII. Me he vestido de tierra
XXIII. Acude un beso caído
XXIV. Te hablo…con los dedos de la noche
XXV. Una casa en Tardienta
XXVI. Hacia dentro
XXVII. Donde se posa el halcón
XXVIII. ¡Salivación de arena!
XXIX. Destino a la memoria avanza el frío
XXX. La nada absoluta. Absoluta
XXXI. El blanco grito de la vida
XXXII. ¡Se busca una palabra!
XXXIII. En el llanto de las cosas
XXXIV. Ante una nueva palabra
XXXV. La diosa blanca
XXXVI. De voluntad incierta
XXXVII. No se entiende que aún sonrías
XXXVIII. Poema en una sola voz
XXXIX. Una vela para una noche
XL. Con las palabras
I
Voz pensada
No te pienso como una voz aislada
gorgoteando en un líquido de lágrima…
Te pienso como se piensa a la madera,
vetada, poderosa,
y a veces inconclusa como un beso.Voz pensada: haz del trigo
que eres como la nostalgia
cuando se inclina en mi pecho
y no se que hacer con ella ¿dónde ponerla?
o si debo sonreír a una dicha alquilada.Yo te pienso y cada vez el presente
se me llena más de pasado.
II
De los silencios henchidos del mundo
De los silencios henchidos del mundo
uno me pertenece,
que me niega la voz
a veces
con besos desesperados.Allí donde la luz tan sólo se adivina
lejana como un símbolo
cosido a la cintura.Allí donde fecunda el polen de los labios,
la huella polvorienta
del corazón desnudo.Donde se siembran las palabras;
memorias donde morir leve,
paisajes donde segar sea olvido…De los silencios henchidos del mundo
uno me pertenece…
donde siempre quedas tú, lazado a la garganta,
aprehendiendo una sonrisa
de dolor.
III
Soy una sola palabra
No necesito nada
en mí sólo las piedras saben quedarse,
el resto flota y se aleja.Me pudieras cribar la boca,
amortajar con troncos mi decurso,
sondearme hasta cubrirme de hojas,
tejer con todas las manos una frontera:
¡Yo seguiría fluyendo!Muerdo orillas y me alimento de pautas leves,
de minúsculos puntos que tomo y dejo
justo después de la metamorfosis.Me pudieras cubrir con tu aliento
en una cueva nocturna,
donde beber esa extraña cicuta que da el silencio
y aún en tu corazón encogido
saltaría de repente:-¡Soy una sola palabra!
IV
Si al oído una palabra te atravesara
Si al oído
una palabra te atravesara
como una daga afilada, certera
y un silencio de beso se clavase
hasta el punto de luz hipocentro
desde donde me amas…Si acaso poder, pudiera, haber podido,
o poder un mañana cualquiera
cederte con la boca un todo;
un gramo de paisaje en extinción,
o este pequeño territorio que significa mi nombre.Si entonces un susurro bastara
para clamar en tu mano la caricia doble
y un espeso redoble de sentidos te…
te…. ¡ah!
Pero mójame los labios, coarta los verbos
y otorga un abrazo de aquellos que quiebran;
porque cruzamos los puentes del desafío
y lontanea esa voluntad de las piedras
que interpone los cuerpos.Un susurro, sí,
un cataclismo de luces convergentes
entre tu nombre y el mío,
en contagioso estupor de coexistencia.Asido al alma: siembra amor, aprieta ¡aprieta!
Con la fuerza en que sonríen tus ojos desde dentro,
al reto de la puesta o el ocaso,
al desnudo acrópolis del pecho unido
y al choque o fusión amplio de los besos.Pero si al oído
una palabra te atravesara…
si acaso esta voz supiera
dispersar desde aquí toda la densidad
hasta el límite de ti
con una sencilla palabra.
V
Salir de sí
Súbitamente
cierras los labios
y un beso cae como colgado de puntos suspensivos.Has empezado a coexistir con tu silencio
y es estéril amoldar el cuerpo a la intención,
sin descocarte locamente.Luego vienen los espasmos,
donde la represión entrechoca el aire
en brusco movimiento, necesario.Donde salir de sí, es una consecuencia
de aquellos verbos mudos,
estrangulados
en los abrazos.
VI
Volver y tropezar con uno mismo
Volver. Se regresa de un reloj premeditado
con la sonrisa azul de haber vivido,
con las manos tediosas en anhelando
tropezar con uno mismo.Volver. A veces me pregunto si es preciso;
si no pudiera ser otra mentira,
otra pálida, imprecisa melancolía,
creer que alguien me espera en algún sitio.Pero es que es tan difícil improvisar costumbres,
arrancar la memoria y machacarla
como una nube de escarcha
contra mi puño frío.Volver. Y no saber que decirte
para enfrentarme a tus ojos exigentes,
o si besarte invertido
para que no me taches de cotidiano.Volver. Y saberte detrás de la puerta
fingiendo en las mejillas un suspiro;
royendo las toallas a escondidas
en todos los lavabos con cerrojos.Acaso me hablaras fuerte y claro…
¡Así me gustaría no volver nunca!
Pero aún no; no digas nada hoy,
que el que huye de volver, a regresado.
VII
Y acaso es un problema el estar vivoCuando vivir es sombra,
sombra incapaz de sorprendernos
y acaso es un problema el estar vivo
porque dos pies arrastran una masa de carne
que ya no va a ningún sitioCuando un día corre la mente
y se adentra en los cementerios,
a la forma en que un bucle de velocidad
arrasa sobre los muertos
con su estupor de sangre aún caliente.Inunda a lo lejos el digital pulso:
un ojo que se multiplica
desde la rubia continuidad de lo supuesto;
en aquella historia que alguien nos cedió
con palabras ya usadas, aprendidas.La frenética longevidad de cuanto existe
llega hasta ti, o más allá de un ojo que escapa
de la lucha interna. Se inmoviliza y no piensa.
Dando paso a un linde siempre voraz,
abierto, morado, vital, no conocido.Dobladas las rodillas, entonces,
el cuello desbocado de dar vueltas,
exhaustos hasta la célula del olvido
¡queda la gran mentira!
La cruel falacia de relojes y sedimentos
detenidos en este cuerpo que es la vida.
VIII
Memorial de un pálido domingo
La luz cruza la puerta y te descubre
en holocausto de regreso.
Los labios afilados en torno a la palabra
sucumben en el musgo sencillo de los besos.Erguidos en distancia rota,
empero sorprendidos,
prospectores aún del líquido en los ojos
de las manos rabiosas
y del olvido.Al cauce de tus dedos, yo he nacido mil veces
cual mar pecaminosa
de algún recuerdo doliente,
como grano de mostaza
de un universo absurdo.¡Ay, soledad del mundo!
que vuelves en el nombre
de cada nuevo otoño enrarecido,
con potestad de nudo
y esta desnudez de espanto
ante mi cuerpo.
IX
Se escucha sólo el alma del pez blanco
Compartimos pan
y espacios minimalistas,
durante el acto más antiguo: la comida.
No existe gesto más individual,
más somero, más caduco ni propio.Suenan palabras como brotes estériles
sin compromiso, sin esperar respuesta;
con la garganta hueca y encendida
y a menudo pensando, que hay demasiada gente.Y esta lengua seca que nos pertenece,
soliviantada, mofándose, sin sentido,
tendida a la evasión: hacia la nada.Un “cucut” de reloj impacta las voluntades.
Palabras que suben por el aire lánguido.
Se escucha una planicie quebrada de terruños,
se escucha sólo el alma del pez blanco;
la soledad que se ríe de las piedras
y el cuerpo siempre roto como una gran pregunta.De fondo voces de asentimiento,
verbos fáciles, pausas de plumas,
la sensación nocturna del eco.
Ninguna mesa es realmente, compartida.
Yo no me río.Busco el calor prosaico de un café
que recompense el silencio,
que baje hasta los pies con su abrazo líquido,
arrastrando con él la convicción del egoísmo
que alberga todo aquello que no digo.
X
Elegía del silencio
Tregua de un gesto cualquiera,
quedamos esperando,
un estupor que respira
con miedo a ser observado,
esgrimiendo sentidos metálicos.
un gesto
aunque sea torcido, frágil, huidizo:
el signo de la no palabra,
dar un crujido
a cambio de la luz de orfebre
que se apaga en la espera, sin hálito.Escuchar siquiera
una intención mínima de movimiento
el halo de una mano que cruza el aire,
el parpadeo de un ojo
la campanada del gran silencio.
El labio quebrado del deseo
contra la propia sombra,
rallada, rallada…
en eco de imagen,
¡Espejo en grito hacia dentro!Me veo en aquel hueco indeterminado del yo,
donde a veces el vértigo
es superior a cualquier certeza.
Donde el silencio coarta los sentidos
como una dentadura cimentada
y la lengua revolotea (mariposa en un vaso)
su loca herida enarbolada,
ciega como un dios imperfecto.
XI
Decadencia
Decadencia es
la distancia frágil entre dos cuerpos
acostumbrados al silencio.Acostumbrados,
a precipitar rodando el nudo del agua,
como girasoles locos
en la penumbra del solitario.De repente, ceder
a la inocua soledad,
aquella parte espigada del cerebro
que agujerea con su latido punzante
los remotos rincones del alma.Se consume el grito desolado
sin lograr desprenderse,
porque el llanto no anuncia la esclavitud
ante las propias palabras.Un mar silenciado
ahoga en la garganta,
desorbita el iris
y un colapso repentino empuja violento
el tapón que no respira: el silencio.
XII
Cada hombre, es un cuerpo de guante que medita
Errando, lo sé,
saltamos de piedra en piedra,
de olvido en olvido...
guardando vivencias en sitios,
olores viejos en paños,
lamentos en la techumbre.Tenaces
como líneas de fuerza,
en un contrasentido intento de existencia
necrófila y absoluta.
Cada hombre
es un cuerpo de guante que medita.
Ver y no ver, es transparente,
introspectivo;
como un acto de aliento que confirma
que la locura innata es evidente.Pancarta del ombligo:
_ ¡Yo sé, so soy, yo digo y hago…
yo reivindico el pubis
y entiendo que evoluciono!Errando. Soy un amor caduco,
soy una arruga que piensa,
un cuerpo extraño, un ojo.
Me llamo y no me respondo
y a veces, duermo blanco,
errando igual que vivo.
Estoy. A veces me da la risa.
Suspiro por mis muertos
y beso instantes: ¡deliro!
Paso y camino,
pero las canas no son gratuitas.
¡No aprenderé nunca a envejecer!
y aún aprende
este obstinado viejo en el que vivo.Me paso el día
ido y tumbado,
lanzando mecánicamente soplos
y a veces me encabrito al tiempo de pensarlo.
XIII
Ausencias
Callamos siempre
los duros pensamientos blancos
que en forma de raíces se dislocan,
allí donde la decadencia obliga
al signo humilde de los años.Proponemos alguna sugerencia al grito
nos otorgamos en cambio,
la anunciación del acuerdo,
de salir y contemplarnos
el egoísmo.
Cuando los besos son al ombligo
como la carne a la carne,
como la soledad
- por ejemplo -
al inmenso párpado caído.Y en los claros o esquinas del cielo
invocamos un largo fado,
una caricia rascando lomos de hojas
por azuzar un verbo errante,
una garganta ronca pronunciando: “ausencias”.
XIV
Hablo de la soledad
Hablo del grito
profundamente herido en las bañeras;
hablo ¿cómo no? de la retorcida sierpe
con voz de complacencia descarada,
que habita sin la luz en las letrinas
masturbadas.Donde se escucha el restregar en las baldosas
de tanta escurridiza carne
que ahoga el agua apretada a las caderas
y entre las ingles forma cataratas.Se separa del mundo, de puntillas;
cortina, jabón, vidrio ¡espada clavada!
Orificio de cañería,
donde sucumbe el beso no entregado,
la piel sin segar,
la semilla volcánica del organismo,
su lava natural, su cuerpo espeso,
los dedos arañando la cerámica
y el pelo salpicando los espejos.Hasta desgastar el sonido de la gota,
hasta su líquido final,
hasta el desplome
y el peso se resbala en mano propia.
Pero la mente, la mente entonces, con su gesto antiguo,
presiona las paredes dolorosas
y duelen pies, cabezas, labios,
recordando tan sólo: LA SOLEDAD.
XV
Confesiones del mar
Dice el mar
que fuiste espectador de los míticos griegos,
que en tus ojos silenciosos las piedras se derruían.Dice acaso, que reconstruiste
uno a uno los sueños de la noche.
¡Oh, la paciencia del sabio!
con tu sonrisa alicaída entre los hombres.Dice el mar,
que caminas sobre el agua
como un dios cansado
transportando tu saco de besos...
Que donde tu sombra fue, fue el abismo
donde brotó el camino
en la cruz de tus ojos cerrados.Dice, que tomabas a cucharadas
el círculo de humo que procreaste
y te retornó ¡oh, veterano!
el triste devenir del sórdido eco
y la amarga salivación en los labios.Y es que el mar trae a veces, dedicatorias de espuma
y he de despejar a soplos, por cada voluta
la simiente del guerrero,
igual que en tu memoria viven los minutosTú, donde grita la tempestad
que se columpia y trepa por el mundo;
que una misión libertaria te engendró
para quedar en ella,
como huella en la encrucijada del tiempo.Abrazado al tiempo como un reloj de arena
alza tu voz la crítica contemporánea;
y en tu perfil se miden los muchachos
que aún confían en alguna recompensa.Proclamaste el puño contra la tiranía
y aún entre ciertas lluvias entristeces,
con la agria respiración del esfuerzo
que reverbera luz entre nudillos.Dice el mar,
que también, yo duermo en tu abrazo...
¡oh, tu abrazo! ¡ah, tu abrazo!
Esas aspas cruzadas a mi espalda
que son del hombre sembrador de estrellas.Y mientras te siento hundirte
me vienen a la garganta
tus versos heridos, soñados y erectos,
el estupor a la decadencia de no vivir en ti
y es mi amor destronado el que te sonríe
cada vez que lo recuerdo.Y en todas las voluntades
¡todas perecederas!
Te queda el corazón,
con ese olor a soledades viejas.
Dice el mar,
que te queda el corazón:
donde yo duermo.
XVI
A ese silencio mojado de los besos
Tú, como el viento
dibujas las nocturnas distancias de las nubes...
como el viento…
con los ojos entornas viejos sauces
cada vez que te miro.Espora del atardecer,
en la sucesión de tus horas
hay un crepúsculo constante
donde ceden las manos
a ese silencio mojado de los besos.Tú, como el viento:
partitura en voz doliente
que se bebe la lluvia
a base de besos.Inventaste un invierno sin bufandas
que con aliento macerado
deja caer una hoja en cada verso
¡contra mi soledad de piedra la incierta sombra!.
XVII
Te espero, como el mar a una pregunta
Te espero, como el mar a una pregunta…
Te espero en mi buzón, torpe e inmenso
que cada tres días despliega
manojos de publicidad y otras
hierbas, al estilo de recibos.Una postal siquiera
y no me gustan las postales
que ni escritas por los bordes intimidan
un completo mensaje.¡Qué deseo de estigma!
Donde la soledad no parezca cierta
y floten besos como nenúfares:
palabras que anuncien la espera
de este cuenco educado
a silenciar los sueños.Si no que una señal liviana y repentina,
si no que una verdad conmovedora
que me devuelva el natural instinto
a ceder el labio inferior,
a dejarlo caído…
quebrando esta expresión tan seria
de todo lo cotidiano.
XVIII
Memorial de un pálido domingo
La luz cruza la puerta y te descubre
en holocausto de regreso.
Los labios afilados entorno a la palabra
sucumben en el musgo sencillo de los besos.Erguidos en distancia rota,
empero sorprendidos,
prospectores aún del líquido en los ojos
de las manos rabiosas
y del olvido.Al cauce de tus dedos, yo he nacido mil veces
cual mar pecaminosa
de algún recuerdo doliente,
como grano de mostaza
de un universo absurdo.¡Ay, soledad del mundo!
que vuelves en el nombre
de cada nuevo otoño enrarecido,
con potestad de nudo
y esta desnudez de espanto
ante mi cuerpo.
XIX
Memorial de un lunes desmemoriado
Tu traías la fruta redonda,
tersa, de vientre cálido.
Era casi agosto de canícula
porque entre los labios rodaba el vino
quemando como besos largos.Me sonreías y era suficiente,
nada estaba dicho o esperado
antes que el crujido flexible
de aquella sonrisa compartida
buscándose, angosta y de espejo.Se hacía tarde,
la calma daba calor y sueño.
Se colaba por la espalda
la caricia compañera
y un silencio de lecho.Y ya en el horizonte oscuro
tu ausencia -recuerdo-
era la loca simiente,
el invencible opaco del deseo...
donde volver al frutero y reencontrarte.
XX
Sólo el sauce entristece infinito
En el árbol nocturno de tu cuerpo,
empieza tu noche y acaba la mía, por saber
que sólo el sauce entristece infinito
el porqué de unas hojas que caen como lágrimas
¿ y qué sabrán las hojas de la gravedad?Porque dentro de los lomos abiertos
llevo troncos que empujan
a la premeditada levedad
de la noche y el sauce sediento
que se place en beber del alma.Pero cuando habla tu destino, yo callo,
fiel a lo que esperas de mí…
bloqueando el conjuro que late
sabias como líneas que no tienen
desembocadura.
XXI
A concesión perpetua
Amor: tumba sin nombre.
Me ofrecías palabras
de concesión perpetua,
como flores de barro para un cementerio;
como amapolas de piedra, abandonadas,
en la paráfrasis del tiempo.Palabras.
Me ofrecías palabras
donde hoy las lagartijas inmóviles
restan en mausoleo
al sol,
locas de calma.
De cuanto me quisiste ¿qué quedará?
Amor: tumba sin nombre.
XXII
Me he vestido de tierra
Me he vestido de tierra,
no para ir a ningún sitio;
si no que para no esperarte.
¡Para no, no,
no nunca, jamás, todo!
O tan sólo no, a esta mentira imperfecta,
a esta mano implorosa,
al cementerio nocturno de mi cuerpo.No espero a duelo la demora,
ni un saber ambiguo de posibles heridas,
ni volar para verte por un agujerillo
ni que vuelvas con campanas
que mi alma ya no espera.Después de todo, seccionados los besos
no son más que agua a sorbos derramada
y aquel mar queda lejos.Pienso en ti y me parezco
a un péndulo loco contra los polos,
que no obedece a olvidarte.No espero siquiera un referente con los ojos alegres,
ni la humedad tras la puerta
abrazada al quicio del desengañoYa no importa tu súbito sonido tuyo
que ha calcinado esta voz en tan sólo una noche;
donde ya no queda nada que devolverte:
la soledad, como una fiebre espesa,
se quema conmigo.Márchate como sepas
y déjame oliendo la lluvia,
que ella todo lo puede con persistencia.Me he vestido de tierra
para dormir noches húmedas,
para olerlas una a una.
¡Para no,
no, nunca,
ni parecerme a mí cuando callo!
Y desvincular este vasto territorio,
donde aprendí a amarte dentro
como una sola palabra.
XXIII
Acude un beso caído
Olor de tierra mojada.
Sigiloso el que observa, la noche inmensa
sin ti.Y al eco de la lluvia
acude un beso caído,
multiplicado sin fin como la lluvia
prisionero
en ese círculo vicioso, tuyo y del agua,
tuyo o de nadie
o simplemente: no mío.A galope,
a trote
y silencio.
Se detiene una sombra entre los campos...
¿eres acaso tú porque estás lejos?¡No respirar!
quietud de espera…
quiero gritar ¡gritar! y no hay voz.
No consigo entreabrir los labios
¡no están tus besos!
XXIV
Te hablo…con los dedos de la noche
Miro el suelo de reojo y parece
que aún resuenan tus pasos,
como un ágil batir de alas que se escabulle.Inmóvil, sin respirar
allí quedo,
en la quietud de tu nombre,
en el acantilado aquel donde te robé
las tardes y los besos.A la misma hora y en el mismo sitio
donde te viera antes tantas veces,
con tu leve sonrisa a medio izar
persiguiéndome con los ojos
como un abismo verde
que entrara por las ventanas.Al acecho de tu sonrisa, intacta y conocida
cuando apretabas el gesto de hambre,
como asiendo un libro
entre el índice y la bibliografía.¡Y se escapan los brotes involuntarios,
que me da “el quererte”!Entonando el fuelle antiguo
de esta densa lengua que te di;
donde la introspección reclama en grito
el penúltimo beso, ni que sea soplado.Y de repente te hablo
como se habla a un amigo al que no se conoce
y miras diferente,
desde el techo frío del espanto.Te hablo…
con los dedos de la noche;
estos dedos duros de la mente
que presionan hacia dentro
un adjetivo imposible,
en el nombre de todas las cosas que se amaron.
XXV
Una casa en Tardienta
Los cementerios
con sus silencios blancos
lloran corazones líquidos
sobre enormes lechos.Ruedan, gravitan, revolotean,
retazos de papel donde te recuerdo.
Porque si lanzo los ojos al este
yo te distingo del mundo.Camino al interior, voy…
por la planicie humana,
con bioritmos sitiados
que claman la lluvia.Porque crecen tus dedos
en mis dedos tintados:
tierra adentro.Y busco, junto a los cementerios,
como ellos buscaron
una casa en Tardienta, a lo lejos
que abandonada, parece la nuestra…
aquella que nunca tuvimos en ninguna parte.Con sus silencios blancos
y besos agolpados en las paredes
que resuenan huecos.
XXVI
Hacia dentro
Hacia dentro,
donde habita el desalojo,
en las paredes rubias del tiempo.
A paso quedo,
a golpes de pensamiento enfermizo,
hacia dentro.Porque dentro está lleno de carteles,
colonizado de minas sordas.
Dentro llevamos a peso
el llanto por los muertos
y los hijos no creados,
por la carne herida en otras carnes
y el rostro desencajado de vergüenza.Sólo cuando oscurece,
cuando miramos al techo
un gas anclado
rueda sobre individuos de madera
que se queman leves
buscando la parte dañada
de una verdad que no existe:
la humanidad,
como un concepto inefableHacia dentro
donde habita el desalojo,
a golpes de pensamiento enfermizo.
Porque hacia dentro entonces, es silencio:
lechuza sobre los campos del miedo.
XXVII
Donde se posa el halcón
Cuando el miedo, sobrepasa el instinto
más fetal imposible del recogimiento,
te hace sombra
con su patético y rabioso aleteo
desplumado contra las piedras
y la arrogante amenaza de su pico durísimo,
esconde la enésima garra: su rasposa lengua,
capaz de arrancarte el grito del vientre.En la cúpula del miedo, el miedo se desvanece,
ya no puede fustigar más pavor
llegado a la cima su látigo,
donde se posa el halcón.
XXVIII
¡Salivación de arena!
A su manera irónica
pétrea, con desdén,
en un hueco sangrante de herida pasiva
que otros comerán
para no dejar cicatrizar
usando el dolor en su parte más abierta.Dividiendo la espera,
verás sus partes más minúsculas
lamer sin duda la existencia
en su sombra de hostilidad.
¡Salivación de arena!
¡Breves son los recursos del agua!Es mediática la vida y subsiste
en sus ecosistemas
antiguos como las piedras,
con su forma serena y cruel
de salvar la evolución
siempre a costa de quien se detenga.
XXIX
Destino a la memoria avanza el frío
En los valles
donde nunca pasa nada,
ni tú, ni yo, ni el viento pasa…
¡Toda causa es sin efecto!Nada pasa…
todo, sin embargo, se va sucediendo.El ser fue y es
diminuto en el valle,
donde las escarpadas arrugas de la frente
los hombres despliegan.Hacia atrás, hacia atrás,
¡la vida huye hacia atrás!
Los ojos dormitan.
Destino a la memoria avanza el frío.Se descorren las cortinas
y aún está vivo este corazón,
con sus pautas de viento: olvidadizo
recogiendo diarios usados.Nada pasa…
todo sin embargo
se va sucediendo.
XXX
La nada absoluta. Absoluta.
Llenar los oídos del aire,
que pasa a través del roto de una sábana;
como jinete al hombro, desplazando
ropas y pelos: cuerpo espeso.La nada, con su golpe hueco,
leve…chocando contra la mente.La nada como un agua
que se mueve y no se mueve
hacia la boca:
la palabra yerta,
quebrada y al fin líquida
como un hilo de plata;
sólo consciente de canalizar el silencio.Como una póstuma herida,
la nada es blanca, innumérica,
desestructurada y limpia
porque cierra los ojos
y no respira.La huérfana enarbolada, absoluta,
que cae y se aleja… como humo
hasta perderse.Nada. Pretendo desplazarme,
sentarme frente al lago sordo
y abrirme el sueño
de agua que permanece en vilo.Y olvidar ¡Todo el mar es poco!
Cualquier sombra, una nube…
vagos recuerdos
y llorar lágrimas grandes como lagos…
y no poder decirlo a nadie.Tan triste y ámbar me parieron
que me invita a pensar inmóvil si estoy vivo
y me detengo en la callada
nada volátil, nada absoluta, ¡nada!
Del pensamiento.
XXXI
El blanco grito de la vida
El blanco grito de la vida
va dando forma al sentido de la perspectiva,
limitado a un paisaje de consecuencias.En una gota de lluvia
y en una memoria
y en un cielo distinto para cada noche,
hasta llegar al volumen del estallido.- ¡Ay! ¡Qué te he silenciado “a” “m” “r”
XXXII
¡Se busca una palabra!
-¡Se busca una palabra!
Recompensa absoluta de lo cierto.Seres irregulares
van corriendo, con las manos sangrientas;
se dispersan, meditan, tropiezan,
con la luz corriente de las calles
y viajan por telones, colgaderas, pasamanos,
subidos a los filos de las puertas.-¡Se busca una palabra!
Van cargados de sacos infinitos
recogiéndolo todo de un hueco oscuro
interminable, de una sombra de corcho
placentera, hasta caer dentro.-¡Oh, silencio que huyes
fértil como un virus!
sembrando oquedades…sin avisar,
clavando tus dedos.Extraños seres, que nunca me habéis aceptado,
ante un silencio que es polvo
y resta al sueño sus cenicientos vestigios.
-¡Yo he corrido con vosotros
por hallar un punto quieto!-¡Se busca una palabra!
Yo os compadezco.
XXXIII
En el llanto de las cosas
Soy la mano que esgrime en la arena toda distancia,
una voz que sin eco ya no puede volver,
un camino sin andar
de hierba no nacida.Puedo sentir fuera coagulado el frío
y no quedar más que frío en este cuerpo,
dedicar puente de plata al atisbo del beso
que recompuso humedades en otro tiempo.Aquel tiempo en que soñaba
sentarme junto al lago
como un amanecido
y ver que el agua enmudece en la quietud del labio.Y hallarte en un camino
y herirte en una sombra…
latiendo como un naufrago
en el llanto de las cosas.Sin saber que es de agua el alma del poeta
y que ella alberga siempre, siempre,
todo aquello que ama
en cada vértice del mundo.Pero llueve y es intenso el color de la tierra,
y cae un agua intensa
abriendo surcos espesos,
de aquellos que pronuncian las aristas de los años.Es inocuo preguntarse ¿qué pasa dentro?
Y los ojos no parece si no que están mojados,
y vienen y van las preguntas como péndulos invertebrados
rompiéndose contra uno mismo.Déjame que llore desde lo más profundo,
que encuentre todo aquello por lo que no soy nada
y que la piel de los días ya consumidos
caiga como las hojas que se han secado.Rueda un sol de luciérnaga, ojos abajo
y el éxodo del corazón
buscando alguna palabra
donde caer muerto.¡Y ya ves! el amor, es mucho más que todo esto;
Puede andar sobre los círculos sin anunciarse,
ceder el tiempo perdido como una madre
y mirar desde lejos.
XXXIV
Ante una nueva palabraA veces te confundo con vértebras muy altas
de brazos deshojados como una gran pregunta….
Me empujas hacia el agua a volcar el instinto
donde se devanea y abre
la herida blanca.Te aprehendo, me sorprendes, te publico,
te multiplicas, te cubres de velos aireados
y muerdo la nuca de un revuelo
hasta reventar la amarilla imagen
que sólo puede engendrar una palabra.Se acerca la primavera podando robles y encinas,
se acerca como tú
por detrás de las hojas, claqueteando,
tenazas victoriosas que pierden sus ecos.
La hierba más peinada; te vas acercando.Y no me satisface
contar historias luengas, laicas, ajenas,
a poco se decir unas palabras
que den señales al mundo: ¡aviso! ¡aviso!
¡Poetas y locos desnudamos al hombre!Tachados de aforismos, de mística, de subrealidades
abrazados a un extraño color niebla.
Todo es tan sencillo y sin embargo
para entenderlo así, antes lo hice distinto,
obtuso, voluble, enmadejado. Sólo después soplé.¡Soplé fuerte! ¡Soplé largo!
Distancié las nubes y el polvo
hacia la entropía…
y sonriendo me dije:
-Pequeñas cesuras tiene el poeta.Me llamas y triscas la vocal de la risa,
suben las palabras en los lomos de las cosas
con plena autonomía
y te preguntas grave con expresión de paradigma
si cada signo fónico es un rito que pretende la vida,
o si los besos huecos son esperas
de una nueva palabra.
XXXV
La diosa blanca
Eres la diosa blanca,
la diosa muda,
el ojo transparente de lo oscuro.
Con tus pechos invades todas las puertas
con tu imagen repentina,
asaltando las manos en signo de interrogación
e inundas los saltones ojos
en tus pezones alegres,
de mirada profunda: de deseo.
Porque en tu boca de luz
quiebras y estallas
vorazmente la guerra de las respiraciones,
donde giran jinetes desbocados
untándose espasmos a contrapierna.¿Quién si no tú
cubrió las bóvedas de todos los siglos?
Si cuando los hombres caen en la arena
desleídos y mudos,
sólo quedan latiendo en otra espera.¡Izas banderas!
Que ondean cada vez como volcanes abiertos,
exhalando vaivenes de reconquista
por cada hueco en que te clavas, retomándolo!
¡Lava con lava! Donde van descendiendo
como blandas armas incandescentes,
también nuestros cuerpos.Eres la diosa blanca,
la diosa muda.
Eres carne, pasión y transparencia,
eres la voz del tacto,
la piel resbaladiza del ombligo.
Eres vida, agua, territorio,
y el virus redivivo: ¡nuestro alimento!
Te places de sangre sin memoria,
te desvaneces y brotas
en el mismo punto, de sueño a sueño;
como brutal telaraña perfecta
donde se clavan las dagas,
sin dejar huella.
XXXVI
De voluntad incierta
Puedo peinar el viento,
rozarle con la mano su fino silbido;
saltarme sus mil nubes
con tan sólo los ojos
y contra viento y nube: recordarte.
Querer transportarte al sol presente,
empujar tu corazón
hasta mañana y tal vez
dedicarte la larga noche,
con lino, carne y manta o sueño.Puedo decir, que no te estoy esperando,
que va el reloj girando y se desgasta
sin reparar ¿Cómo se pinta un círculo?Tomar de la distancia un punto que me añore
como tú o parecido;
metamorfosearlo en materia roja,
creerlo un corazón, tuyo o de alguien
y devolverlo al mundo, por no ser mío.
Mirar paisajes llenos, incluso escaparates,
de pies buscando cosas, llevando cuerpos,
y presentir que estás cerca de todo
de algo de mí,
que en todo hay parte de algo.Puedo calmar tu ausencia con café amargo,
comprarme un lazo largo y amarillo
y atarlo a mi tobillo cotidiano,
gritando por las calles: ¡No pasa nada!¿Quién puede ni entender, que aún estoy vivo?
Que debo estarlo,
por si vuelves, alguna tarde,
a decirme todo aquello que se te olvidó decirme
que ya ni me hace falta,
pero ¿quién sabe esta noche?Mañana debo trabajar, es torpe y cierto;
porque si no, no como y tengo frío.
y ayer que te quería no importaba
¿Y qué me importa hoy, si no te quiero?
XXXVII
No se entiende que sonrías
No se entiende esa frágil risa
detenida en la calma,
que siente el robo cruel de las magnolias
en la hora de la muerte;
no se entiende,
que mires cómo se las llevan
lejos… más lejos.¡Nunca!
tuyas y disecadas: inservibles
y aún sonrías…
mientras las muestran al espectador
como un regalo extraño
que tú no has ofrecido a nadie
y que provoca gran desconcierto
al propio yugo.¡Qué apetecibles flores sin memoria!
¡Qué sacre privilegiado!
¡Qué lástima que fuesen
precisamente aquellas: las tuyas!Tuyas son la sonrisa y el olvido
y te sonríes..
acaso no se entiende, o ya no importa,
que sigas redivivo, proclamando
tu derecho a escoger amor recíproco.
XXXVIII
Poema en una sola voz
Poema en una sola voz…
dedicatoria a uno mismo, de lo sumado,
de enmudecer con besos lo que no digo.En la premeditada luz del atardecer
hay asperezas a contra lengua;
verbos inexpresivos que se acercan
con sus grandes ojos de vidrio.La intuición llega abierta como una herida,
con los bolsillos llenos de huesos
el abrazo de acero que no esperas
en tus manos abiertas.Mayo nos cubre la sangre y la entierra
y arroja la sombra a la huida
porque cree que no mirar es el olvido.Soledades de esparto en la boca
de un sabor sufrido como hueco,
entre pampas enormes y verdes
donde se esconde la escurridiza sierpe de la lengua.Y yo callo en este mar de lodo;
por respeto o porque el principio es lejano
y mi dolor se obliga al silencio
de todo cuanto amo.Este poema es para una sola voz
para un paisaje sólo de luna.
Que si de algo no se hablar
es de ti…
y siento que cada vez, al “pensarte”
el alma se me escapara
sin palabras.
XXXIX
Una vela para una noche
Me he quedado afilando soledades
con ese olor a lápiz que trae el otoño;
te he buscado por fin y tú,
como cada vez, para cada “yo”,
para cada uno de nosotros;
en un “tú” diferente, te has mostrado
sobre el mar:, tu elemento conocido;
tu gran boca, mi espejo, mi memoria,
todo en uno.Miro el paisaje, sin los ojos,
con ojos añadidos al séptimo cielo
¡Tú, todo lo conformas!
Habitas todos los destinos
huérfanos de ti.
Provocas nombres nuevos
en tantos otros rostros
insensatos, promiscuos, peregrinos
…y encajas claridades y te alejas
y pasas como pasan las palabras
contaminando siempre un paisaje ajeno.Fundes moldes de labios entreabiertos,
le arrancas su raíz
y te la tragas, ¡oh, tu larguísimo beso!
¡Tu boca despiadada!
¡Yo te conozco!Los nombres de las cosas, huyen
atados al grito en partículas ciegas:
¿Quién soy yo?
Y tú, pares al mundo los silencios,
enciendes una vela en una noche
y le das a la noche voz eterna,
pensando que una vela nos bastase
para alumbrarlo todo, con tu ausencia
…y que fuese de noche por siempre
y esa vela por siempre, todo lo poseído.Y un te quiero feroz
se me atraganta, entonces,
mientras te pienso;
sobre mi libro raído, destrotado,
que me mira implacable y me pregunta:
- ¿Quién soy yo?
Y es nada…
Mi voz salió de ti,
algún otoño consentido;
como de cada voz: la creación y pregunta
ante un autor ya muerto.
XL
Con las palabras
Con las palabras,
con las mismas palabras engendradas a pares
de cuando andábamos descalzo
abriendo los ocasos con la llave sincera.Con las palabras,
hurgando los cerrojos uno a uno,
probando los frascos, sus esencias;
brincando en las tormentas cotidianas
con dos dedos de flecha,
de madera vivida y astillada;
que fue silbando en los ombligos
respuestas acertadas en un cuerpo.¡Oh, raíz de diamante ya pulido!
Reventando las piedras, a pura fuerza,
a golpes de energía controlada;
usando las palabras a bocados.
Con las palabras; junto al suelo…
vimos segar los campos que esperaban:
de tus ojos el agua en el ébano mío.
Dejamos correr a los niños y a los gatos
y fuimos hilvanando norias
donde los sueños prendían sus cuadros.Con las palabras,
volcadas en el alma de las cosas;
girando en las pequeñas estaciones
como un tren dislocado que acumula
fronteras y paisajes inmediatos,
sin detenerse nunca a sonreír.
Hombres…