HOTEL DEL MAR
 
 
 

por

Gerardo Hernández

- Ó Derechos reservados -

Madrid 2006

 

 

 

 

 

HOTEL DEL MAR

 

 

 

PARTE  PRIMERA

Con la bolsa de viaje en una mano y en la otra, extendida, el mando a distancia de las puertas, Martín escuchó el característico clack de las cerraduras automáticas mientras destellaban unos instantes los pilotos traseros del coche. Era mediodía.

Se encaminó hacia la fachada principal, en la cual hacía ostentación, pintado en la pared con letras muy grandes, el nombre HOTEL DEL MAR. El edificio, de aspecto algo rancio ya, era de líneas simples y geométricas, funcional de otro tiempo, extenso y bajo como un cuartel. Los flancos estaban configurados por terrazas corridas en dos de sus únicos tres pisos. Estaba al borde de la playa. Le gustó por estar algo alejado del núcleo de población más cercano, bastante tranquilo y solitario en medio de aquella playa inmensamente larga que prometía deliciosos paseos por la orilla del mar.

Cerca ya de la entrada, un reflejo de sol le deslumbró. No consiguió identificar la causa, pero vio a unos niños corretear por la azotea del edificio e imaginó que estaban jugando con un espejo. Mientras cruzaba el vestíbulo hacia el mostrador de recepción, se sorprendió de los generosos espacios habilitados, del mobiliario confortable colocado con sabiduría y sensibilidad para producir un efecto de amplitud  general en armonía, de la decoración agradable y equilibrada. Aunque se veía todo algo ajado por el tiempo, como esos rostros que conservan con orgullo la huella del paso de los años y renuncian a su renovación estética,  el hotel debía haber conocido tiempos mejores, veranos de gloria y bullicio, rebosante de familias satisfechas con su estatus en la España de hacía cincuenta años.

La recepcionista le atendió con simpatía y familiaridad, y le ofreció una bonita y fresca habitación con terraza que miraba a la arboleda de atrás y a las montañas.

Deshizo el breve equipaje y se sirvió dos dedos de ginebra de la botella que con previsión había llevado. Se metió con el vaso en la ducha, dispuesto a refrescarse y relajarse del viaje.

Al otro lado de la pared, en el cuarto de baño contiguo, se oía, amortiguada, la voz de una mujer canturreando.

Enseguida se le hizo la hora de bajar al comedor. Mientras cerraba la puerta de la habitación, oyó como se abría la de al lado y aparecía una señora de aspecto interesante, de mediana edad, vestida de manera informal pero con gusto. La saludó con cortés distanciamiento y se dirigió al ascensor. Mientras esperaba su llegada, vio que venía la mujer, a la que se había unido una joven muy atractiva y ligeramente sonriente. Pensó si sería su hija, pero enseguida desechó la idea. No era tan joven como para serlo y además había una diferencia significativa de rasgos entre ellas. Intercambió con la mujer una leve sonrisa sin pronunciar palabra. Enseguida llegó el ascensor. La más joven parecía observar con intensidad algún aspecto indescifrable del vestido de la otra, y luego la miraba a los ojos; a él parecía ignorarle por completo.

Las dos mujeres entraron delante en el comedor y se sentaron al lado del ventanal que daba al jardín y la piscina. Él ocupó una mesa discreta al otro lado del salón. Se sentía interesado y a la vez intrigado por la pareja de mujeres, y pensó que aquella era una buena posición para observarlas sin ser indiscreto.

El comedor funcionaba como bufé, y pensó que aquello era un signo casi obligado de los tiempos modernos. Mientras pasaba revista a los manjares disponibles, su mente se enfrascó en una serie de consideraciones sobre costes y calidad de la comida: “Como ahorran en personal de servicio, se pueden permitir ser  generosos en las cantidades... no ponen  límites en lo que uno quiera comer... hay mucha variedad... pero realmente  son platos económicos, casi todos primeros platos... los platos principales no son de calidad... los cocineros se han esmerado en disimularlos con muchas salsas y guarniciones... así  sacan  provecho a una materia prima de segunda”. Absorto en estas y otras consideraciones estadísticas sobre la cantidad de alimentos que consumiría cada persona, no se había dado cuenta de que a su lado la mujer joven intentaba sin éxito servirse una gruesa salchicha que, juguetona, rodaba una y otra vez por la paleta con la que intentaba levantarla, utensilio a todas luces inadecuado a tal fin. Entonces sí le miró y sonrió abiertamente. Martín, en un alarde de galantería suavizada por un gesto simpático, tomó la paleta de sus manos y levantó en equilibrio la indócil salchicha. Pero cuando iba a depositarla en el plato de la joven, comenzó a rodar marcha atrás, lo que motivó que hiciera un movimiento brusco e impulsivo de la paleta en sentido contrario, proyectando la salchicha por el aire como si estuviera viva, para caer finalmente otra vez en su fuente de origen, salpicándole ligeramente. La joven no pudo evitar un brote repentino de risa, tan natural como la vida misma, pero a la vez delicado y entrañable. Martín buscaba, ligeramente ofuscado, la frase feliz que le permitiera reírse también, esa frase en la que uno le acaba echando la culpa a la salchicha, pero no la encontró y tuvo que mantener su expresión de circunstancias con espartana decisión mientras la joven conseguía apaciguar su risa. Acercándose todavía un poco más a él, se disculpó, aunque sus ojos seguían brillando felices y exaltados. Martín pudo sentir su fragancia a la vez que el roce de su hombro, y su perfume le pareció muy personal, integrado en su cuerpo, y tan íntimo como si fuera su propio aroma. Un ligero escalofrío, contradictoriamente cálido y sensual, se paseó por sus vértebras desde la nuca hasta un punto situado a la altura de sus caderas. Ya en su mesa, observó cómo las dos mujeres, con los rostros muy cerca, hablaban y se reían mientras le miraban a hurtadillas.

 De nuevo en su habitación para dormir una buena siesta, puso la televisión y se tumbó, esperando quedarse dormido en medio de cualquier programa. Soñó que estaba hablando normalmente con las dos mujeres, como si las conociese de siempre. Recriminaba a la joven y le exigía que se apegara más a él, que compartieran sus sentimientos, que fuera su amiga del alma, pero ella le rechazaba, se enojaba y se abrazaba a la otra con determinación, que la consolaba mientras le miraba a él de manera sostenida, con suficiencia y provocación. Las veía cómo se acariciaban, como se iban enterneciendo más y más mientras le ignoraban por completo, y él se sentía a punto de volverse loco. En este estado de agitación se despertó... La televisión seguía  liada en un absurdo programa del corazón, aireando insustanciales enredos de famosillos temporeros...

         La playa parecía no tener principio ni fin, pero optó por una dirección, la que dejaba el sol de la tarde a su espalda, y remangándose los pantalones y descalzo, se lanzó a caminar justo por el borde del agua. Enseguida dejó atrás la escasa gente diseminada por la arena en las cercanías del hotel. Sólo se veían a lo lejos algunas personas caminando también. Las suaves olas llegaban amortiguadas, planas, siguiendo la casi horizontalidad de la playa, empapando la arena y luego regresando mientras la humedad que habían dejado desaparecía absorbida. La arena era muy fina, y la superficie presentaba un tacto muy suave y consistente, muy liso y agradable para andar. Había llegado a aquel lugar para encontrar un nuevo camino. Había tomado la decisión de romper con toda su vida anterior, de plantearse de otra manera la existencia. Y pretendía concretar sus sensaciones en aquel lugar tranquilo, desasirse de todo el equipaje adquirido a lo largo de su vida, de todos los planteamientos y enfoques, de todos los planes y propósitos que habían mostrado ya con demasiada claridad su ineficacia y su fracaso; desasirse, como no, de su mundo frustrante de pareja, del miedo a la soledad, de la angustia y el envilecimiento de una vida mutuamente insatisfecha y sin embargo sostenida. Pero no quería reflexionar, al menos de momento; sabía que eso nunca le había conducido a nada más que a equivocarse otra vez, a trazar nuevos planes, a encontrar nuevas soluciones engañosas. Lo que buscaba era una revelación, una evidencia, un renacimiento. Ahora, simplemente, quería contemplar las olas rompiendo suavemente sobre el bajío de arena y arrastrando perezosas sus delicadas espumas blancas hacia la playa. Sintió que se mareaba ligeramente, y luego se acordó de que esa sensación la había tenido de niño cuando fue a la playa por primera vez. Pensó que era una sensación muy interesante para cultivar esos días, una herramienta muy útil para desestructurar su mente, para desmoronar el pensamiento, para desgranarse y dejar que afloraran directamente las vivencias y las intuiciones de la existencia. La vista, depositada en las olas, perdía una referencia firme y todo el mundo se derrumbaba, no había asidero más que permanecer sujeto a lo inestable y dejarse llevar por el caos incesante, por el movimiento a la vez regular y siempre diferente de las aguas. De pronto, dejó de pensar en las olas como olas, en el mar como mar, en la playa como playa, y sólo sintió el movimiento, el incesante latir de las aguas y la brisa, el palpitar de la existencia, allí, verdadera y sin nombre, penetrando en su alma desnuda y vulnerable como la de un niño sin ideas preconcebidas que por primera vez se acerca al mar. 

Al cabo de un tiempo de caminar perdido en estas sensaciones, ajeno al tiempo y al espacio, observó que alguien caminaba por la playa acercándose hacia él. Eran dos personas, dos mujeres... eran sus vecinas de habitación. Cuando estuvieron a su altura se puso a hablarlas de manera inesperadamente natural:

- Buenas tardes, veo que también les gusta pasear por la playa...

- Hola, buenas tardes- dijo la mayor sonriente mientras la más joven la miraba con complicidad. Y luego añadió:

- Solemos hacerlo todas las tardes. Ud. acaba de llegar pero ha empezado muy pronto con el ritual de los paseos. Aquí es casi una costumbre para algunos, ya nos conocemos todos los paseantes.

- ¿Llevan mucho tiempo en el Hotel?

- Desde primero de mes. Llevamos ya tres años viniendo quince días por estas fechas- terció la joven..

- Quizás demasiado tranquilo para una mujer tan joven -tanteó Martín.

Las dos se miraron con intención, con una sonrisa algo burlona y cómplice.

- Es lo que nos gusta de este sitio, la tranquilidad, estar a nuestro aire -dijo la mayor haciendo un ademán de continuar la marcha.

- Sí, imagino que todos buscamos aquí algo especial -afirmó Martín con fingida indiferencia e hizo también el ademán de proseguir su camino.

- Bueno, pues hasta otro rato... y bienvenido.

- Gracias, hasta otro rato...

         No las vio en la cena y estuvo pensando en ellas e imaginando su peculiar relación, aunque la vida le había enseñado a no dar nada por seguro anticipadamente. De todas maneras, se decía qué a él qué mas le daba la condición de la pareja, salvo aquella sensación tan especial que tuvo al estar tan cerca de la joven, aquella fragancia que todavía recordaba como si estuviese presente, y que era de momento como su verdadero nombre que aún desconocía.

      Después de la cena paseó por los distintos ámbitos del Hotel: el salón de la televisión, que estaba vacío; una sala de juego, en la que en varias mesas pequeños grupos de personas mayores parecían divertidos y dicharacheros esgrimiendo los naipes en la mano; el jardín y la piscina, deliciosamente frescos a esa hora y en la penumbra, salvo la piscina que estaba iluminada por dentro. Entonces vio a las dos allí, en un rincón, sentadas muy juntas, la cabeza de la joven apoyada en el hombro de la otra y abstraídas contemplando la hermosa luz verdosa del agua iluminada.

Se alejó del lugar, y camino del espacioso hall de entrada oyó una bella y conocida cantata de ópera. Pensó que era música grabada e intentó localizar de donde provenía. Era una especie de salón de espectáculos, habilitado para música, cantantes y pista de baile, y muchas, muchas sillas en torno de la pista. Había una pareja de cantantes, una soprano menuda y un tenor gordo y corpulento, cantando arias famosas sobre la música grabada. La potencia de sus voces era espectacular, sobre todo la de la pequeña soprano, y aunque a veces se tomaban alguna licencia, ejecutaban con bastante brillantez las piezas. Parecían realmente dos personajes sacados y traídos mágicamente desde una opera italiana, con sus brillantes y estridentes voces que ahora sonaban con toda su potente realidad en aquel comparativamente pequeño salón. Y no paraban. Una cantata tras otra, dieron un repaso a todo el repertorio de piezas archiconocidas del bel canto. Martín se sentía apresado en la sonoridad de las voces,  en la impresionante realidad de aquel derroche de gargantas convertido en canto y armonía. Finalmente, los cantantes se despidieron con un par de piezas españolas. El público aplaudió enfervorizado largo rato y no dejaban que se fueran. Según salía del salón, Martín no pudo evitar acordarse de las dos mujeres, allí, solitarias y silenciosas en la penumbra del jardín, ajenas a todo...

         A la mañana siguiente se despertó después de haber descansado profundamente. Bajó muy pronto a desayunar, dispuesto a dar un paseo sin límites por la playa, a perderse entre las olas sugerentes de la orilla, a acariciar la piel del agua con sus pies, a dejar sus huellas sobre la virginidad mojada de la arena, renovada ola tras ola. Cuando estaba saboreando intensamente una taza de café bien cargado, vio entrar a la mujer mayor. Ella también le vio y se dirigió a su zona. Cuando llegó a su lado le saludó, y dudando apenas un instante le dijo:

- ¿Le importa si me siento con Ud.?

- Por favor, encantado -dijo Martín haciendo un gesto con la mano hacia la silla enfrente de él.

- Parece que es Ud. muy madrugador

- Sí, me gusta levantarme muy pronto. ¿Su compañera no la acompaña hoy?

- No, ha salido muy temprano esta mañana. Volverá por la noche.

La mujer paseó distraídamente su mirada por el salón, como pasando revista a las escasas personas que estaban desayunando. Se levantó y se trajo un café y un dulce. Después de dar un breve sorbo, le dijo:

- Bueno, disculpe que no nos hayamos presentado todavía. Mi nombre es Berta. Mi amiga se llama María.

- Martín, es un placer conocerlas. Son mis primeras conocidas aquí.

- ¿Sabe una cosa?... mi amiga está muy intrigada con Ud. No acaba de imaginar qué puede hacer aquí solo un hombre maduro, atractivo... la verdad es que creo que se siente un poco interesada por Ud.

Martín sonrió mirando largamente a Berta, tratando de leer en sus ojos oscuros, serenos y seguros.

- Su amiga María es muy atractiva, no puedo ocultar que es una tentación muy fuerte para una persona como yo... y no me refiero sólo a mi edad, sino a mis circunstancias personales.

- ¿Es Ud. casado?

- Esa es una pregunta a la vez muy precisa y muy ambigua, ¿no le parece? - respondió Martín sonriendo abiertamente.

Berta se echó a reír también.

- Quizás debería haberle preguntado si tiene Ud. pareja y la ama, si tiene hijos, si está comprometido con alguna persona...

-... y si así fuera, ¿qué hago aquí yo solo? -terminó Martín-. Parece evidente que mi situación no es ninguna de esas ¿verdad

- Verdad - concluyó Berta, que le miraba como si estuviera ella también intrigada.

- Cuando una persona como Ud. o como yo viene a un sitio como éste, no es porque esté solo, sino porque quiere estar solo - sentenció Berta.

- Y cuando una persona como Ud. o como yo -siguió Martín- viene acompañada a un sitio como éste, ¿por qué es?

- Es también evidente que porque quiere estar a solas con su acompañante -respondió seria Berta.

Martín empezaba a sentir cierta admiración y simpatía por la personalidad sosegada y firme de Berta, y sabía que era una persona que sabía hablar de verdad y que sabía escuchar la verdad.

- Me estaba preguntando -dijo Martín- lo agradable que sería llamarnos de tú.

- Sí, sería muy agradable, Martín -dijo sonriendo Berta, y añadió con cierta inseguridad todavía en el nuevo tratamiento -... pero no has contestado todavía a la duda de María.

- ¿Qué duda?

- Quieres estar solo... ¿para hacer qué? Si simplemente quieres alejarte de tu pareja o de tu situación, hay muchos sitios donde ir para olvidarse antes que este lugar tan solitario, donde te van a perseguir tus fantasmas...

- Ya sé que no es fácil de entender, pero mi propósito es esperarlos aquí, a mis fantasmas, y luego matarlos definitivamente -respondió enigmático Martín.

- Bueno, ya veo que disfrutas planteando enigmas. No va a ser fácil que descubramos tus propósitos. María ha pensado que podías ser escritor y venías aquí para disfrutar de tu soledad creadora.

- Bueno, no va demasiado desencaminada... Yo también estoy intrigado con ella, bueno, con las dos, con vuestra relación, aunque no me gusta ser indiscreto.

- No te preocupes, ya te entiendo, aunque hoy nadie se asombra demasiado ante una relación entre mujeres, o al menos fingen no asombrarse. María y yo somos amigas desde hace tres años, y aunque no vivimos habitualmente juntas, de vez en cuando nos juntamos. La gente que no nos conoce se suele equivocar con nosotras al vernos. Una relación así entre hombres es más evidente que es homosexual. Pero entre mujeres la relación es más sutil, más afectiva, y con frecuencia es muy difícil establecer la frontera entre el cariño y la homosexualidad, entre la intimidad y el erotismo, entre las caricias afectivas y el deseo. Tampoco las mujeres sabemos distinguir a veces en qué situación estamos, aunque me pregunto si las clasificaciones no sirven más que para equivocar, para establecer fronteras artificiales e incomunicar a las personas. Creo que hay una diferencia esencial entre hombres y mujeres en relación a la sexualidad. El hombre llega muchas veces al amor a través del sexo, y la mujer llega al sexo a través del amor. María y yo no tenemos relaciones sexuales, aunque nos acariciemos y nos besemos con ternura. Es más una relación afectiva, aunque en alguna ocasión hemos tenido expansiones sexuales. Pero no las buscamos por sí mismas. Cuando eso ha sucedido, en momentos especiales, ha sido como un acto de ternura que se expresa intensamente a través del placer.

Berta se quedó en silencio después de su larga perorata. Su expresión era lúcida y firme, reflejo de una actitud profundamente aceptada. Luego sonrió cálidamente, y quitando seriedad a lo dicho, dijo:

- Vaya una experta en el tema te habré parecido. Espero que no me consideres una teorizante del lesbianismo platónico. La ventaja que tienen estos sitios, donde coinciden por breve tiempo personas de mundos tan diferentes, es que predisponen a desahogarte contando tu vida secreta a los demás, en la confianza de que las posibilidades de reencontrarse son remotas.

- No, nada más lejos de mí que recrearme encasillando a las personas, y sobre todo cuando las conoces por dentro y te das cuenta que la realidad es muy escurridiza. Pero te confieso que me ha excitado intensamente esto que me has contado, esta relación tuya con María, ese navegar por aguas inciertas. Lo he vivido, y hasta he llegado a imaginar que estuviera yo en tu lugar. Pero no, sería imposible, yo no tengo esa exquisita sensibilidad por el otro, por sus sentimientos. Soy hombre, sí, y no me cabe duda de que somos otra raza. El deseo sexual se nos despierta ante una mujer físicamente atractiva; no necesitamos más para que se despierte la pasión. En ocasiones no es preciso incluso que la mujer tenga un cuerpo hermoso, sino la manera que tiene ella de vivirlo, su erotismo, su secreta invitación al sexo. Desgraciadamente para nosotros como personas, y afortunadamente para la especie como ser global, somos inseminadores natos, liberadores constantes de semen que busca a las hembras más voluptuosas, ebrias de quedarse fecundadas. Sí, ya sé que es una visión lamentable, puramente biológica, hormonal. También somos capaces de enamorarnos sin embargo... cuando las hormonas se diseminan por el alma, o el alma por las hormonas, no sé.

- Somos mundos diferentes, cierto -dijo Berta-, las mujeres vivimos de los sentimientos hacia las personas, y a los hombres con frecuencia os estorban, aunque evidentemente los necesitáis; pero no los cultiváis como nosotras.

- Yo creo que los hombres vivimos los sentimientos pasivamente, son los sentimientos los que surgen en nosotros y los experimentamos para bien o para mal. Las mujeres los provocáis en vosotras mismas, jugáis con ellos como juega una niña con sus muñecas. El niño se orienta a la construcción, al juego con las cosas y la actividad física. Aunque haya una predisposición  genética, seguramente hay mucho de educación en todo esto. 

- Es curioso -dijo Berta pensativa- que haya estas diferencias entre hombres y mujeres; parece que todo esté en contra de una relación íntima entre ambos, de un amor y entendimiento profundos. Y sin embargo hombres y mujeres se siguen enamorando y forman parejas a veces muy apasionadas. Imagino que es fundamentalmente una reacción hormonal, como dices, que inunda el espacio del alma de cada uno a su manera. Y sin duda hay mucho de engaño, de autoengaño, de pensar cada uno que el otro reacciona a los mismos estímulos que él. Sin embargo las parejas duran lo bastante para tener hijos, para formar una familia. Pero el amor, el generalmente falso amor, acaba enfriándose con la pasión erótica al cabo de los años. Hay más verdad, más ternura, más compenetración y adecuación en el amor entre dos mujeres.

- Bueno, algo así opinaban los griegos en relación al amor entre los hombres, ¿no?. El famoso amor platónico era posible según ellos sólo entre hombres; era el amor perfecto, intenso, donde se ponían en juego las mejores cualidades del alma humana.

- Sí, todo es cuestión de identidad, de comunicación entre almas semejantes. Es la única posibilidad de experimentar una unión profunda, un sentimiento de la mayor intensidad.

- Sin embargo -advirtió Martín- hay quien opina que la unión entre personas de cualidades distintas puede ser muy intensa cuando esas cualidades son complementarias o cuando son admiradas por el otro. En ese sentido, la unión entre hombre y mujer aportaría a cada uno las cualidades específicas del otro sexo, y produciría ese efecto de atracción. Claro que eso suponiendo que todas las cualidades de cada sexo fueran admiradas por el otro - rió Martín con escepticismo.

- ¿Sabes?... cuando decías eso de que los hombres sois inseminadores natos y buscáis a la hembra simplemente, pensaba yo que eso de sentirse deseada de manera tan violenta es muy excitante para la mujer, aunque no tenga nada que ver con los sentimientos afectivos. Ahí hay una complementariedad muy clara entre la pasión del hombre y de la mujer. Después de todo la naturaleza no es tan torpe como parece, al menos para asegurar la reproducción. Sin embargo son cosas distintas. El amor sentimental está fuera de ese juego de la naturaleza, es más del alma, más perfecto. No lo manejan las hormonas.

Un matrimonio mayor que entraba en el comedor saludó de lejos muy sonriente a Berta.

- Son encantadores. Los conocemos de otros años. Imagino que se han quedado sorprendidos y encantados de verme a solas con un hombre. Pensarán que estoy cambiando de tendencias -se echó a reír Berta.

- ¿No has estado casada nunca?

- No

- ¿No te atraen los hombres?

Berta se quedó mirándole profundamente, como si penetrara y entendiera a la perfección su naturaleza masculina. Por primera vez se fijó Martín con detenimiento en su rostro. Era de facciones regulares, el pelo oscuro y corto, los labios finos, los ojos grandes y tranquilos, pero atentos. Se dio cuenta que con anterioridad se había fijado exclusivamente en su mirada, y su rostro lo percibía vagamente como el escenario donde ella tenía lugar. Pensó que las personas tenían en el rostro una parte siempre más llamativa que reclamaba la atención, y que otras partes pasaban completamente desapercibidas. No recordaba por ejemplo en ese momento la nariz de su pareja, pero sí su boca. En el caso de Berta, los ojos eran con gran diferencia el centro de gravedad de su cara. Y se estaba cómodo mirándolos, mirándola.

-¿Qué me miras? -oyó que le decía Berta

- Ah, perdona, estaba divagando -respondió Martín algo embarazado-. Te preguntaba si sientes atracción por los hombres.

- Las hormonas me han engañado algunas veces hace años, sí. Pero si te refieres al momento actual, te diré que aunque no me han abandonado todavía, paso completamente de ellas.

- ¿Y María también?

- Ah María, María... -suspiró Berta- María no pasa. Por eso no vivimos juntas.

Berta no dio más explicaciones y Martín no se atrevió a preguntar detalles, pero se quedó muy intrigado e intentó que surgieran de manera natural.

- Es una mujer muy atractiva y sensual -afirmó Martín - no me extraña que los hombres la asedien.

- Y ella se deja asediar... pero, por Dios, no me gustaría que ella se diera cuenta que te he contando todas estas cosas. La verdad es que no sé por qué te cuento esto... Es Ud. un Sr. muy peculiar..., con algo que inspira confianza. Y sin embargo ahí sigue encerrado en su misterio sin soltar prenda...

- Me temo que te aburriría. Mi vida es bastante normal... bastante insatisfactoria. Y creo que ha llegado el momento de cambiarla drásticamente. Ese es mi misterio, encontrar una nueva actitud. Como ves mi misterio lo es también para mí, no sé por dónde seguir y trato de encontrar aquí un camino nuevo. 

- Así que estás en crisis... Yo entiendo algo de eso. También tuve que cambiar mi vida drásticamente hace algunos años.

Sonó el móvil de Berta y lo cogió enseguida.

- Hola cielo... aquí estoy desayunando, ¿a qué no sabes con quién? -respondió cariñosa mientras miraba risueña a Martín desde una complicidad al otro lado de la comunicación.

- Sí... ya te contaré... mucho, ya verás.

- No, no sufras, ya me conoces... -aseguró riendo-. Creo que me acercaré al pueblo a comprar algunas cosillas. Cuando llegues me llamas. Vendrás esta noche, ¿verdad?

- Sí... adiós cariño, besitos.

Cerró el móvil lentamente y se quedó mirando a Martín desde la lejanía todavía...

- María, va de camino...

- Bueno.... éste ha sido un desayuno largo y encantador -aseguró Martín sonriendo-. A este paso creo que voy a dar al traste con mis planes y a dedicarme a conversar con vosotras. Quizás ese sea el mejor camino para encontrar lo que ando buscando, quién sabe...

- Creo que te he entretenido más de la cuenta, perdona. Pero de verdad que no es porque esté sola hoy. También soy una persona que sabe estar en soledad, no creas. Pero ha sido muy agradable hablar contigo y espero que sigamos haciéndolo.

Salieron juntos del comedor y quedaron en verse posiblemente en la comida.

         El mar estaba muy tranquilo; la playa vacía. Las olas llegaban imperceptiblemente a la orilla con apenas una ribete de espuma y se extendían por la arena. Redescubrió el placer de andar sobre la delgada lámina de agua, deslizando la planta de los pies sobre ella, salpicando ligeramente, como un esquiador lo haría con su tabla sobre la superficie del mar. Luego se metió un poco más adentro, hasta que los tobillos quedaban sumergidos; entonces el agua hacía resistencia al andar, pero era agradable el masaje de las tranquilas olas sobre ellos. Finalmente se colocó fuera del agua, en la franja húmeda de arena en la que apenas llegaba el agua. El andar era entonces firme y llano pero acariciado por la textura fina de los granos compactados. Eran tres zonas muy próximas, pero cada una proporcionaba sensaciones muy distintas. Eligió la intermedia, la de la lámina de agua, que le permitía deslizarse como si flotase sobre el líquido elemento. Pensó en la escena de Jesús andando sobre las aguas ante el asombro de sus discípulos. Pensó en otras escenas similares atribuidas a profetas y héroes de la antigüedad. Pensó en la fascinación del hombre por lo sobrenatural. Pensó en la existencia fuera de este mundo y en la imposibilidad de existir el hombre fuera de su biología. Pensó, pensó, pensó... y se cansó de pensar. Recordó su propósito de desestructurar el pensamiento fijando la atención en las olas que llegaban a la playa; de dejarse “marear” por ellas para impedir la reflexión. Y así lo hizo. El mar se le metió entonces en el alma con más rapidez que el día anterior. La existencia, la existencia directa fuera de la idea se manifestaba desnuda a través de los sentidos. Oía su rumor, veía su afán incesante, olía su verdad. Sentía el mar aunque no pensaba nada sobre él. Ciertamente no era mar, era simplemente existencia. Su propia vida le pareció entonces muerta, sometida a los conceptos, proyectada y preconcebida igual que cuando pensaba con palabras en el mar. Y experimentó dentro de sí una fuerza liberada tan intensa como la de la naturaleza. Se sentía hombre primigenio, biología con alma, existencia consciente. Y todo era gratuito, sin esfuerzo, heredado de la Tierra.

De regreso al Hotel había recuperado su estado mental habitual, pero la sensación de fuerza existencial que le había invadido le seguía acompañando. Se dio cuenta de que aquella mente intuitiva podía mantenerla sólo durante cierto tiempo. «Estamos hechos de pensamiento» -se dijo resignado-. Pero su pensamiento empezó entonces a elaborar aquellas sensaciones que había tenido. Veía su vida como un relato que le habían ido contando desde niño y que él había asumido. Y en ese relato él tenía un papel, una tarea, unas metas que alcanzar. En esas metas estaba supuestamente la felicidad y el desarrollo pleno de su ser. A lo largo de su vida había ido comprobando que aquello no era fácil, que había muchas trampas, que no se realizaba lo prometido. Que con demasiada frecuencia después de una etapa de ilusión todo acababa en desengaño o en situaciones poco satisfactorias. Que la vida iba transcurriendo y no quería morir dentro de aquel relato. Que deseaba asomarse al exterior, a la existencia no interpretada. Así había llegado a aquel punto, a aquel Hotel, dispuesto a romper la baraja.

         No vio a Berta en el comedor y pensó que se habría entretenido en el pueblo; quizás se había quedado a comer allí. El salón se veía inusualmente lleno de gente. Enseguida se dio cuenta de que se trataba de un numeroso grupo organizado de familias en las que algún miembro padecía síndrome de Down. Posiblemente estarían de paso. Se les veía muy animados a todos, muy felices, especialmente a los disminuidos, que no paraban de esforzarse en hablar y gesticular expresivamente. Había un intercambio afectivo muy fuerte en las familias, y al calor del grupo parecían todos muy liberados, muy expansivos. Martín conocía indirectamente la ternura que suscitaban estas personas y la enorme cantidad de afecto que eran capaces de sentir. Intelectualmente eran disminuidos, pero no emocionalmente. Pensó que su desvalimiento, la limitación de sus capacidades, polarizaba en ellos un desarrollo intenso en el terreno emocional si la familia los acogía positivamente: “Una persona normal se proyecta hacia fuera... hacia el mundo... lucha... usa la inteligencia para alcanzar sus objetivos, los materiales y los afectivos... pero una persona disminuida... con poca inteligencia... depende por completo de otras personas que le han acogido... y a cambio les entregan el corazón... es la única posibilidad que tienen”.  Y observaba Martín que esa dimensión afectiva, unida a la escasa inhibición característica de la enfermedad, les hacía parecer allí mucho más afectivos todavía. Les contemplaba y se sentía un poco incómodo con sus manifestaciones. Le resultaba algo abrumadora aquella afectividad a flor de piel, aquellos abrazos y besos, aquellas incluso insinuaciones eróticas inocentes entre los más mayores: “Un mundo de sentimientos sin razón... qué difícil me resulta... una persona normal no entrega así el corazón... completamente... corres el riesgo de que te dañen... o  que te abandonen... nadie se da por entero a los demás... si no cómo sobreviviríamos... sin embargo qué maravilla esa seguridad de sentir que te quieren incondicionalmente”.

        Seguía filosofando que, sin llegar a esos extremos, el mundo del hombre y la mujer estaban polarizados de manera distinta. La mujer construía su felicidad en el entorno cercano, en lo cotidiano, en las relaciones afectivas con los próximos. Las muestras de afecto, el cuidado de su gente, los pequeños detalles, el compartir lo cotidiano, el adorno y lo agradable alrededor, eran una actitud constante en ella. El hombre tenía preferencia en proyectarse al exterior, a las empresas, a la aventura; luchaba por el éxito en sus proyectos, por el poder, por la seguridad frente al mundo; y daba por sentada la otra seguridad, la básica, la del hogar, la de la mujer. Lo cercano y lo exterior, el cariño y la aventura, el amor y la guerra: la mujer y el hombre. Pensó que así era desde la prehistoria, y aunque en la actualidad los papeles estaban cambiando con extraordinaria rapidez, acercándose el contenido de ambos, ahí estaba la predisposición innata de ambos sexos grabada en los cerebros desde hacía más de un millón de años. Sin duda la identidad de funciones a la que se tendía en la actualidad era más una aspiración cultural moderna que otra cosa. Era más razón que sentimiento, aunque en este caso el sentimiento, el impulso primitivo, se veía como una sinrazón.

        Por algún tipo de secreta asociación de ideas se puso a pensar en Berta y María. Veía a Berta como una persona muy segura de sí misma. Sin duda ella se daba a María, pero su corazón debía poseer ya la sabiduría que dan las cicatrices; debía conocer la manera de curarlo si se lo herían gravemente.. María, sin embargo, le parecía más vulnerable, aunque de su parte estaba la belleza, la sensualidad que le garantizaba una compañía masculina en cualquier situación de soledad. Pero quizás esa belleza sensual es la que a la vez le impedía una relación afectiva profunda con los hombres. Quizás por eso había encontrado en Berta esa intensidad de sentimiento que necesitaba y ninguno le había ofrecido. Se decía que si él cayese en la tentación de tener una relación con María, le pasaría lo mismo que a los demás. Sería una relación pasional, de abandono a la droga del placer. La dimensión erótica de María velaba sus otras dimensiones humanas, que sin duda eran menos acusadas.

Sin embargo Berta era otra cosa. Intentó imaginar una relación con ella, con aquellos ojos profundos y videntes, y supo que sería una relación al límite, alma contra alma, en la que la pasión sería sólo la culminación de la entrega mutua del propio ser. ¿Cuál habría sido el pasado de Berta? Posiblemente algunas historias de fracaso sentimental con hombres. Quizás una época posterior de soledad en la que se habría forjado su carácter. Y después el descubrimiento del amor entre iguales, que debió ser para ella una manera más generosa y gratificante del amor a sí misma desarrollado en la época de soledad. Pero ¿quién sabe? -se decía-. Una cosa es lo que dicen las personas de sí mismas, lo que teorizan, y otra los verdaderos impulsos que las mueven.

Vio que entraba Berta con prisa, sin duda pensando que llegaba ya fuera del horario permitido. No le vio al principio, pero al estar casi lleno el comedor y andar buscando un sitio libre, al final le localizó.

- Menos mal que estás, creí que no encontraba sitio. ¡Qué tarde se me ha hecho!

- Tenemos nuevos compañeros de hotel, y muy animados.

- Ya veo

- Tan solo me han hecho sentir que he estado pensando en ti un rato.

- No me digas... - dudó Berta fijando su atención en Martín

- Me entró curiosidad por la historia de tu vida...

- Si yo creí que el objeto de tus pensamientos era María -dijo con ironía.

- También he pensado en María, pero no como tú crees.

- ¿No? Dijiste que era una tentación para ti... -insistió sonriendo.

- Lo es, pero no he venido aquí a caer en ese tipo de tentaciones.

- ¿Y en qué tentación caerías?

- Creo que en una de la que no conociera de antemano el resultado...

- Ah... el Sr. quiere explorar nuevos territorios... Pero hay territorios que son muy peligrosos, no lo olvide.

- Estuve pensando también en estos niños, en sus manifestaciones de afecto tan desinhibidas.

- Están muy necesitados de cariño. Si les faltase morirían, creo.

Se levantó y fue a buscar algo de comida. Volvió con una especie de ensalada de pasta.

- ¿Y qué le interesa saber a Ud. de mi vida? -dijo mirándole profundamente.

Le hacía gracia cuando Berta le cambiaba el tratamiento y le llamaba de Ud. Parecía que quisiera mantener en broma las distancias, pero quizás en su interior se sentía de verdad peligrosamente cerca de él.

- Oh, no podría preguntarte así, descaradamente... Estuve pensando cómo sería, o habría sido, una historia de amor tuya con un hombre.

Se echó a reír desembarazada, o desembarazándose, de la pregunta.

- Una historia pasada sí le podría contar... pero una historia actual tendría que preguntarle que con qué hombre... ¿Tal vez con Ud.?

El embarazado fue ahora Martín.

- Touché -dijo- no sé si mi pobre alma podría estar a la altura de tus exigencias.

- Sería difícil, sí, mi experiencia con los hombres es bastante negativa a ese respecto. ¿Sabes?, los hombres no sabéis amar a una mujer. Entre un hombre y una mujer sólo hay un equívoco más o menos duradero, y después toda una historia de frustraciones, cuando no de odio encubierto.

- No hace falta que me lo jures...

- ¿Verdad?

- Te confieso que por eso es por lo que me produce tanta curiosidad y cierto vértigo ese amor tuyo y de María... ¿o no es amor?

- Es amor, pero las palabras resultan equívocas cuando se aplican fuera del contexto habitual.

- ¿El contexto habitual?

- Sí, ya sabes, el amor pasional entre hombre y mujer.

- Si no sientes pasión por María, ¿no es un amor como puedes sentir por una hermana o una amiga íntima?

Berta sonrió misteriosa.

- Más como una amiga íntima... Se parece más al amor que sienten las adolescentes por su primera amiga íntima.

- Es curioso que los muchachos no tengan ese tipo de experiencias.

- Ya lo decías tú, somos especies distintas -sonrió Berta.

    El grupo de familias empezaba a salir de la sala entre algarabías y cierta confusión. Martín le propuso a Berta tomar un café en el bar del hotel. Aceptó y salieron detrás del grupo.

     El bar era muy tranquilo y espacioso, como todo el hotel. Apenas tres o cuatro familias dispersas ocupaban unas pocas mesas del local a aquellas horas. Se sentaron en un lugar confortable y alejado, para hablar en intimidad.

- Me repito con frecuencia lo poco que sé de Ud., caballero -le soltó Berta apenas se habían acomodado.

- Bueno... ¿y que te interesa saber de mi vida? - le devolvió Martín la pregunta que ella le había hecho anteriormente en el comedor.

- Por ejemplo, si ha estado Ud. enamorado realmente alguna vez.

- Ah, el enamoramiento... Recuerdo de adolescente estar esperando a alguna niña de ojos redondos y soñadores en algún sitio por donde solía pasar, y cuando aparecía y se cruzaba conmigo nos sonrojábamos los dos sin decir palabra y yo la dejaba ir. Después pensaba románticamente en ella por las noches. Quizás eso era enamoramiento, imaginación ilusionada, erotismo incipiente. Recuerdo también, de joven ya, a una muchacha de ojos oscuros, grandes y tranquilos, parecidos a los tuyos- Berta le miró desde una profundidad distinta sin mover la mirada-. Era amiga de una novia mía. Estaba fascinado con ella, y creo que por primera vez sentí que era capaz de emprender una vida madura al lado de una mujer, de hacerme hombre de verdad cerca de sus ojos. Pero era un triángulo muy ingrato para todos. Mi novia estaba muy dolida y la otra no quería ofenderla aunque yo le gustaba también. Recuerdo haberla visitado varias veces en su ciudad con mi novia, y afianzarse cada vez más la atracción que sentía por ella. Pero al final todo acabó mal para los tres. Éramos demasiado jóvenes y los celos y la inseguridad hicieron su tarea... El azar no me sorprendió después con ninguna mujer que me fascinara. Más adelante recuerdo haber creído en relaciones más libres y amplias, en comunas y todo eso, aunque nunca llegué a encontrar ninguna adecuada. El resto de mi vida sentimental ha consistido simplemente en sobrevivir hasta hoy. Como ves, nada que merezca contarse.

- No creo en las comunas amplias-dijo Berta- al menos no es algo para mí. Pero en los triángulos quizás pudiera creer en el caso de personas maduras y generosas.

- Ay los triángulos... -sugirió Martín.

- Ya sé que aquella experiencia tuya de juventud fue dolorosa, pero tú no buscabas un triángulo sino cambiar de pareja. Creo que un triángulo bien equilibrado pudiera funcionar, complementándose y enriqueciéndose todos en común.

- Los triángulos perfectos no existen -afirmó Martín.

- Fíjate -dijo Berta sonriente- que a Dios se le representa como un ojo dentro de un triangulo equilátero. Es el conocimiento supremo, la visión total, la perfección de las tres personas divinas en una sola.

- Humm, los símbolos... son siempre ideas inalcanzables.

Entró una pareja joven acompañada de un señor de mediana edad y se sentaron cerca. Parecía que hablaban de trabajo. La pareja parecía un matrimonio, y ambos debían trabajar en la misma empresa, dedujo Martín. El tercero parecía estar ofreciendo un puesto interesante a la joven, y se esforzaba por ponderar las ventajas de la cosa. El presunto marido asistía como asesor de su pareja a la par que consorte. El maduro no quitaba ojo de la chica y se mostraba insistente con su oferta. La joven le seguía el rollo muy puesta en su papel de candidata interesada.

- Y de tus experiencias sentimentales, ¿qué me cuentas?- preguntó Martín a Berta desviando voluntariamente su atención del affaire cercano.

- Las mías han sido a la vez más ricas y frustrantes -dijo Berta evocando dolores superados. Me casé muy joven, sin saber exactamente lo que hacía. Al principio todo iba maravilloso. Pero no tuvimos hijos y al pasar unos pocos años la relación se fue deteriorando. No sé si realmente cambiamos o nos acabamos conociendo de verdad, pero el caso es que Ramón, mi marido salía con otras mujeres. No me resulta agradable entrar en detalles. Lo acabamos dejando. Fue una separación muy dolorosa para mí, sobre todo por la sensación de fracaso. Al cabo de algunos años conocí a una persona interesante, mayor que yo, que me propuso convivir, y acepté. Pero pronto se fueron haciendo rutinarias nuestras relaciones íntimas, meras satisfacciones puntuales de sus necesidades. Acabe aborreciendo el sexo; al menos la práctica sexual masculina. Fui yo la que por entonces intimé mucho con una amiga y encontré en su afecto lo que no encontraba en casa. Al final me fui a vivir con ella. Después he tenido bastantes amistades femeninas y he encontrado una intimidad y cariño en ellas difícil de encontrar al lado de un hombre. También algunos problemas, por qué no decirlo. Nunca he tenido clara mi condición erótica, ni sé si mi fracaso con los hombres esconde alguna inclinación latente hacia las mujeres. Pero me basta con el cariño y la intimidad que me proporciona una relación entre iguales con mis amigas. Como ves, tampoco hay nada digno de contarse en mi historia.

Siguieron hablando animados de divertidas anécdotas y sucesos de sus respectivas vidas, y finalmente decidieron que la siesta era sagrada. Se despidieron a la puerta de sus contiguas habitaciones hasta la cena.

        Martín, tumbado en la cama y con un vaso de ginebra en la mano, rememoraba su conversación con Berta. Quizás Berta, allí justamente al lado, detrás de la pared, hacía lo mismo. O quizás pensaba en su amiga y en lo que la había ausentado, y estaba esperando ansiosamente su regreso. Se preguntaba como estarían en la intimidad, como serían realmente las inclinaciones eróticas de María  y aquello que le había insinuado Berta de que no pasaba de los hombres como pasaba ella. Todo eso le excitaba, y no solamente su curiosidad. Pronto se quedó dormido.  

Se despertó muy tarde, y como siempre, se fue a dar un paseo por la playa. Esta vez no se alejó demasiado. Se sentó en la arena, cerca del agua, mirando al mar.  La atmósfera estaba limpia y distinguía con extrema nitidez la línea del horizonte: “El perfil del Planeta... somos tan pequeños que no apreciamos su curvatura... el Planeta es sólo un grano de arena en la inmensa playa de la Galaxia... somos tan pequeños que no entendemos cómo es el Universo... somos un  invisible átomo adherido a la superficie de un grano de arena... en una de las innumerables playas del Océano cósmico...  hombre y Universo, qué desproporción”. Esa desproporción -continuaba reflexionando- era a simple vista aniquilante de toda aspiración trascendente. Y sin embargo, una cosa tan diminuta e inobservable como el hombre estaba desarrollando una mente que le permitía imaginar modelos cada vez más ambiciosos del Cosmos. “Lo importante no es el tamaño” -se dijo-  y se rió de sus propias palabras y de sí mismo. Lo importante era la complejidad desarrollada en el cerebro. Había tantas neuronas en un cerebro humano - recordaba- como estrellas en una galaxia. La complejidad del Universo, la complejidad del cerebro, la complejidad de una vida individual... quizás todas eran comparables e igualmente desconocidas.

Sumido en estas fantásticas divagaciones percibió que iba cayendo la luz. El sol se ocultaba tras las montañas, lejos del mar. Regresó al Hotel.

Después de darse una buena ducha y sentirse fresco y estimulado, bajó a cenar. No vio a la pareja en el comedor. Se dispuso a cenar despacio esperando que llegaran. Observó por primera vez a los comensales con detenimiento, ya que en anteriores ocasiones había estado absorto en sus conversaciones con Berta y no se había fijado en ellos. Quizás a él sí le conocían algunos de verle con su amiga.  Distinguió no muy lejos al matrimonio conocido de Berta, e intercambiaron una mirada. En una mesa cercana había una pareja joven y otra mayor. Escuchó disimulada lo que hablaban y se hizo una composición de lugar de su relación. El chico  era muy alto y con un aspecto simpático, agradable, y al parecer se había casado con la chica que le acompañaba, bajita y muy gruesa, típicamente americana. La familia del chico parecía de la región, gente sana y sencilla, quizás de algún pueblo cercano. Se les veía haciendo esfuerzos por acostumbrarse al tipo de nuera que tenían, que parecía muy simpática también y locuaz, pero evidentemente de otra raíz cultural. Hablaba bastante bien el español. El padre, lo mismo que el chico, era alto y delgado, y a veces hacía esfuerzos por comunicarse afectivamente con la chica, y otras veces la miraba  como a una extraterrestre. La madre daba por sentada una complicidad con ella que a todas luces no existía. La propia chica ponía de su parte lo mejor, e intentaba limar diferencias y hacerse la simpática. Levantó su orondo cuerpo de la silla y volvió al poco con un plato repleto de dulces. “Voy a probar estos pastelitos”, dijo sonriente como si tal cosa.

La gente iba terminando de cenar y las dos amigas no aparecieron. Salió del comedor y se dio un paseo por el hotel. No estaban en el bar, ni en el jardín contemplando la luz fascinante de la piscina. Tampoco en el salón de espectáculos.  Había esa noche baile, y como era habitual en esos lugares de veraneo familiar, los mayores se divertían recordando sus mejores pasos de juventud. Decidió que mejor se iría a la habitación a leer alguno de los libros que había traído casi por costumbre.  

Tumbado en la cama, pasó revista a sus libros : uno era “Teoría de la Religión”, de Bataille; otro era el “Diario” de Anaïs Nin, y un tercero “El amor, las mujeres y la muerte” de Schopenhauer. Se decidió por el segundo, que había ojeado ya algunas veces. En él, al principio, la autora relataba el comienzo de su amistad con Henry Miller y el posterior conocimiento de su mujer, June, un personaje misterioso y truculento que el propio Miller había convertido en literario. Anaïs se queda fascinada con ella y empiezan una breve relación de intimidad.

Martín se interesó enseguida por aquel relato, que no recordaba haber leído,  movido por la curiosidad que despertaba en él la relación de Berta y María. Decía en el relato Anaïs que cuando la vio por primera le pareció la mujer más bella de la tierra, que era la única mujer que respondía a la idea que se había hecho de cómo debería ser una mujer. Más adelante, y a medida que la va conociendo, afirmaba: “June no llega al mismo centro sexual de mi ser como el hombre. Ella no llega a rozarlo. ¿Qué es, pues, lo que excita en mí? Un día que quedan para comer juntas, dice Anaïs que estaba dispuesta a seguirla a cualquier perversidad, a cualquier destrucción, tal era el amor que le inspiraba. Otro día que la visita en su casa, va decidida a poner fin a aquel misterio:

“Le pregunté cruel y brutalmente, como hubiera podido hacerlo Henry:  ¿Te gustan las mujeres? ¿Te has enfrentado a tus impulsos hacia las mujeres?”.  June le contesta que sí se ha enfrentado a sus sentimientos hacia las mujeres y que es plenamente consciente de ellos, pero que aún no ha encontrado a nadie con quien quisiera vivirlos hasta el final. Además le dice que no está segura de qué es lo que quisiera vivir hasta el final. A partir de ahí entran en una relación sentimental romántica y excitante, con matices de erotismo en la que el alma complicada y escurridiza de June se abre en su pureza y reserva a Anaïs. Dice Anaïs: “Cuando salimos a la calle, con los cuerpos muy juntos, cogidas del brazo y con las manos estrechamente apretadas, yo estaba tan en éxtasis que no podía hablar. La ciudad desapareció, y la gente también. Nunca olvidaré ni podré describir la inmensa dicha de nuestro paseo por las grises calles de París. Caminábamos por encima del mundo, por encima de la realidad...”

Sin embargo, Miller mantenía una relación de amor odio con June, y estaba celoso de su vida libertina, celoso de los hombres y mujeres que andaban alrededor de ella. Un día, ofuscado por la intimidad de ambas, le pregunta a Anaïs acerca del posible lesbianismo de su esposa. Anaïs le dice: “ No puedo contestar a eso. No sé. Entre nosotras no se trata de eso”.

Y en otra ocasión, hablando Miller otra vez de su obsesión detectivesca acerca del sospechado lesbianismo de su mujer, le dice a Anaïs que es incapaz de desvelar ese misterio. Anaïs le contesta: “Si hay una explicación del misterio tiene que ser ésta: el amor entre mujeres es un refugio y una evitación del conflicto mediante la armonía y el narcisismo. En el amor entre hombre y mujer hay resistencia y conflictos. Dos mujeres no se juzgan mutuamente. Forman una alianza. En cierto sentido, es un amor a sí mismo...”

Martín se puso a reflexionar sobre la fijación sexual de los hombres y su proyección en la mujer, su traducción de la intimidad de las mujeres en términos sexuales. Los hombres no entendían, él no entendía, el papel que jugaba el erotismo en estas relaciones. El primer impulso era asociarlo a la sexualidad, a semejanza de la propia condición natural. Luego consideró que el  erotismo estaba presente en muchas manifestaciones de las personas, en los niños, en los ancianos, dentro de la familia entre padres e hijos, hermanos, etc.; en el arte, en la religión...  Pensó que la orientación genital del erotismo era una tendencia exclusiva de los hombres. Al parecer, las mujeres movilizaban cierta dosis de erotismo en sus complejas relaciones afectivas, y su mundo peculiar, generalmente desconocido para los hombres, pasaba por alto la cultura y la ética masculina imperante en la sociedad, concediendo más respeto y verdad a sus impulsos inconscientes. Con mundos tan distintos, era un milagro que hombres y mujeres se entendiesen: “Alguien tendría que habernos enseñado... de niños... a evitar tantos conflictos... tantos sufrimientos”. Aunque no estaba seguro si  aún conociendo estas cosas, desaparecerían por completo los problemas.

Oyó ruidos en la habitación de al lado. Enseguida oyó amortiguada la voz de Berta, pero era incapaz de distinguir sus palabras. Estaban las dos y charlaban, charlaban, reían...

     A la mañana siguiente, cuando bajó a desayunar, las encontró sentadas en una mesa cercana a la puerta.

- ¿Nos acompañas? -dijo Berta.

- Claro... buenos días -respondió Martín mirando enseguida a María.

- Buenos días -sonrió María

- Nos estábamos preguntando si te gustaría pasar el día en la playa con nosotras, si no trastornamos mucho tus planes para hoy.

- En absoluto, me encantaría. Tengo muchos días para seguir con mis planes -dijo entre risueño y enigmático, mirando a María de nuevo.

- Pues encargaré en cocina que nos preparen unos sándwiches y podemos dar una buena caminata por la playa. Luego podemos bañarnos y comer.

- Me parece un plan estupendo - afirmó Martín animado.

Se levantó a por café y se dio cuenta que no había nadie del grupo de Down. Pensó que se habían marchado ya de madrugada. Según volvía a la mesa vio que las dos intercambiaban confidencias muy animadas.

            - ¿A qué se dedica Ud.? -preguntó con naturalidad María.

- Jamás contestaré a esa pregunta metido dentro un Ud. -dijo Martín esforzándose por ser gracioso.

- Ah, pues... es que no me sale de momento el tú -se echó a reír María.

- Pues entonces esperaremos a que llegue ese momento.

- No le creas -terció Berta- a mí tampoco me lo ha dicho y le llamo de tú como si le conociera de toda la vida. Es muy reservado con sus cosas este Sr.

- Berta ya sabe que la pregunta adecuada es a qué me voy a dedicar en adelante. A lo que me dedicaba antes ya no tiene importancia.

- ¿Y qué planes tiene? -siguió María

- Estoy haciéndolos, pero todavía no se han concretado. A lo mejor a la vuelta de nuestro paseo por la playa he vislumbrado alguno.

- Y además es enigmático -añadió Berta.

- La verdad es que no tiene mucha importancia para conocer a una persona saber a lo se dedica o se ha dedicado -dijo Martín-. Normalmente sólo sirve para encasillar su personalidad en algún tópico. Prefiero que me conozcan primero por mí mismo antes de contar yo mi novela.

- Es mejor -añadió Berta- así siempre existe una intriga y un estimulo para reconstruir la realidad a partir de lo poco que te van contando o vas descubriendo. Además, imagina que fuera un personaje importante, o, al contrario, un don nadie. Tu actitud ya no sería la misma y perderías la ocasión de establecer una relación más auténtica, más de persona a persona.

- ¡Oh, sí, queridos, permanezcamos entonces en el anonimato, vivamos el carnaval de la autenticidad y atrevámonos a hacer locuras manteniendo nuestro mundo escondido tras la careta de la espontaneidad! -dijo María exaltada y divertida.

Martín y Berta le siguieron el juego aplaudiendo entusiasmados. Al poco rato, caminaban los tres por la playa en bañador, provistos de amplios sombreros para protegerse del sol de todo el día. Iba Martín explicando a las dos su estrategia de caminar mirando las olas para marearse intencionadamente, para desestructurar la mente, para dejar de pensar y percibir directamente la realidad sin pensamiento.

- ¡Es verdad, qué mareo! -dijo María colgándose del brazo de Martín, y enseguida también del de Berta.

Iban chapoteando en el agua, riendo, felices. La larguísima playa vacía, desnuda y de abundante arena, les proporcionaba la sensación de caminar por un lugar virgen, lejos de la civilización. El día era radiante y sólo algunas nubes algodonosas permanecían perezosas en el cielo como si no quisieran abandonar aquel paisaje. María iba correteando por la orilla, recogiendo pequeñas conchas y piedrecillas de colores, persiguiendo a algún diminuto cangrejo que huía hacia el agua.

Después de un largo paseo, decidieron instalarse y tumbarse al sol. Extendieron las toallas juntas. María, en el centro, dándose la vuelta y soltándose la cinta del sujetador, dijo:

            - ¿Quién me da un poquito de crema en la espalda?

- Yo, cariño- dijo Berta. Y poniendo un poco de crema en la mano comenzó a extenderla..

- A lo mejor prefieres que te la dé Martín...- dijo Berta sonriendo

María permaneció en silencio. Berta tomó la mano de Martín y puso en ella un poco de crema. Martín la extendió suavemente por la turbadora espalda de María. Su carne era blanda, llena pero sin ser hinchada como sucede con las personas gruesas. Los hombros eran ligeramente amplios y la espalda se estrechaba hacia la cintura, como las estatuas egipcias; después se ensanchaba voluptuosamente hacia las caderas. Berta bajó ligeramente el bañador de María para no mancharlo, dejando al descubierto el inicio de sus nalgas. María mostraba una suave sonrisa de felicidad, la cabeza de lado y los ojos entrecerrados. Aunque ya le habían extendido suficientemente la crema, siguieron acariciándola  largo rato. Las manos de Berta y de Martín se rozaban y disfrutaban juntas del apacible placer de María. Luego ella, manteniendo con una mano el sujetador sobre el pecho, se dio la vuelta. Berta le dio crema por el hombro y el brazo de su lado, y después, con delicadeza, le apartó el sujetador y le dio crema por los senos, y por debajo hacia el ombligo. Martín extendió la mano hacia Berta para que le pusiera un poco de crema. Ella se la puso, e imitando a Berta la extendió sobre el pecho de María. Ella giró hacia su lado la cara y le miró largamente. Sus ojos estaban ligera y deliciosamente velados, como si a la vez mirase hacia su interior, hacia el manantial de sus sensaciones. Los pechos de María eran exquisitos, abundantes pero firmes, los pezones de textura fina y regular surgiendo erguidos de unas aureolas algo más claras y ligeramente abultadas. Las manos de los dos acariciaban el cuerpo de María, demorándose, cruzándose, acariciándose ellas mismas sobre los pechos. Sus hombros se habían juntado y sus rostros estaban muy próximos, sus respiraciones se hacían patentes. Se volvieron uno hacia el otro y se miraron buscándose el alma. Sus bocas parecían buscarse también cuando María se escurrió entre ellos y se levantó ágilmente.

-         ¿Te vienes conmigo al agua, Martín? -dijo mientras le tendía su mano.

Martín la siguió, y cogidos de la mano se fueron introduciendo en el mar. La pendiente era muy débil y tuvieron que andar un poco hasta que el agua les llegaba por encima de la cintura. Se volvieron hacia Berta y agitaron sus manos alegremente. Luego se giraron quedando frente a frente. María tenía unos ojos verdes turquesa como las calas sugerentes de una isla mediterránea. Sus cabellos hacían ondas como el mar y eran dorados como el atardecer. Martín puso las manos sobre su cintura y la atrajo hacia sí de manera espontánea. Ella enlazó los brazos a su cuello y pegó su cuerpo al suyo. Martín sintió sus pechos blandos y a la vez consistentes, su vientre acogedor. Allí estaba su cuerpo entero, sí. Y se lo daba. Le bajó lentamente el bañador. Ella se agachó un poco y acabó sacándoselo. Martín hizo lo propio. Sujetándola por las nalgas la alzó un poco en el agua y busco su sexo. Sintió como la penetraba fácilmente. Ella sujetaba la cabeza de Martín entre sus manos mientras le besaba en la boca apasionadamente. Sus cuerpos empezaron a moverse con lentitud, siguiendo el ritmo perezoso de las olas. Allá, en el borde de la playa, Berta les observaba inmóvil. El mar se derramaba en espumas blancas sobre la orilla.

Cuando regresaron junto a Berta la encontraron algo ofuscada. María la abrazó tiernamente y la besó en la mejilla.

- ¿Estás bien?- le dijo.

- Sí - contestó parca mientras suspiraba brevemente.

Se quedaron los tres en silencio, sentados en la arena, contemplando la lejanía del mar. Un velero blanco avanzaba tambaleándose entre las olas y el viento. Berta finalmente se levantó y empezó a recoger las cosas. Se fueron los tres, y de regreso al hotel no intercambiaron ninguna palabra, cada uno absorto en sus pensamientos.  

            Cuando Martín bajó a cenar no las encontró. Después las oyó hablar bastante rato en la habitación.  Se sentía un poco apesadumbrado por Berta, por su reacción. Tampoco estaba muy satisfecho de sí mismo. Se preguntó por sus sentimientos hacia Berta, por los sentimientos de Berta hacia él, por la continuidad de su relación sentimental con María... Al final se durmió evocando dulcemente la escena de la playa.  

Por la mañana, bajó a desayunar sólo María.

            - ¿Y Berta? -preguntó inquieto Martín.

Se ha ido esta madrugada. Está mal. Dice que quiere estar sola unos días.

- Me siento un poco culpable, ¿sabes? -dijo Martín.

- No, no te preocupes querido. Es una cosa entre nosotras. Se le pasará. Pero quiero estar a su lado en estos momentos; o por lo menos muy cerca. Me voy yo también ahora.

Terminó de desayunar con presteza y dándole un beso en los labios se despidió:

- Te prometo que dentro de un par de días estaremos las dos por aquí otra vez.  

Sintiéndose tremendamente solo, decidió dar su acostumbrado paseo al lado del mar. Al contrario que otros días, lo hacía desganado, como si sólo pretendiera alejarse del hotel. Al cruzar el vestíbulo, la chica de la conserjería le llamó:

- Han dejado una nota para Ud. -dijo sonriente y amable.

Era un sobre cerrado. En el reverso ponía en letra pequeña: Berta.

No lo abrió hasta estar en la playa. La nota decía:

“Querido Martín:

Perdona que me haya ido así, sin despedirme siquiera, pero he sentido la necesidad urgente de estar a solas algunos días. Creo que yo también voy a tener que afrontar una pequeña crisis y replantearme algunas cosas en relación a mi vida y a mi actitud, y en relación por supuesto a María. No sé si mi supuesta relación platónica con ella, y en general con las mujeres, es suficiente para abordar mi futuro;  tampoco si yo soy capaz de mantener una relación física con una mujer hasta sus últimas consecuencias. Corren tiempos de cambio para mí y no sé por qué camino seguiré.

En relación a nosotros, a los tres, había imaginado que quizás podíamos... Ah, soy una tonta, me he engañado ingenuamente. Como decías, los triángulos equiláteros no existen en la realidad, sólo en la imaginación.

Te dejo mi teléfono y espero que me llames en algún momento que estés aburrido de pasear entre las olas y desestructurar tu vida.

Un beso,

Berta.”

 

 

 

 

 

 

 

 

PARTE SEGUNDA

 

Caminó por la playa hasta el mismo lugar donde habían estado los tres. Se sentó y se puso a evocar lúcidamente aquellos momentos. Estaban vivos allí todavía los instantes, latía la realidad del día anterior como si se hubiese trasladado a una dimensión invisible pero siguiera existiendo en el mismo sitio. Sentía las manos de Berta acariciando las suyas y el pecho de María a la vez. Sentía el cuerpo de María abrazado al suyo haciendo el amor en el agua. “Ahora estarán las dos juntas... en otro escenario... sumergidas en otra escena  que reclama su intensidad... olvidadas de esto“, pensaba, y sintió el vacío de la existencia con dolor. Otra vez la misma clase de vacío que había experimentado de manera extraordinariamente aguda hacía ya algunos meses, cuando de forma inesperada murió su madre. Aunque entonces, su experiencia fue demasiado trágica y angustiosa, y le alcanzó de lleno la conciencia de que la vida era absurdamente leve, de que los sucesos rompían la existencia. Por aquellos días seguía viendo a su madre, sentía latir su alma aunque su mente le decía que ya no estaba, que había cesado.

Hizo un esfuerzo por desasirse de aquellos recuerdos tristísimos e intentó reflexionar en abstracto: “Cuando tiene lugar un suceso importante el tiempo se para... se queda en suspenso... hoy sigue latiendo el suceso de ayer... hoy es ayer todavía... ayer prolongado...  pasado presente mantenido... no quiero hacer nada... inactividad... no quiero distraerme con nuevos intereses... no... sólo cosas rutinarias... comer asearme  descansar... mañana quizás tenga ganas de algunas cosas nuevas... alguna ocupación... pasado mañana puede que suceda algo interesante...”. Pensaba que al cabo de algunos días, el suceso del día anterior se habría quedado en la memoria, se habría asimilado y encajado en la línea de la vida, en el trascurso del existir. “Cada suceso feliz tiene el sabor de la eternidad”, se decía, pero duraba sólo cierto tiempo, estaba condenado a muerte. La muerte estaba presente en todos los acontecimientos. La felicidad era un estado transitorio en el que concurrían unas circunstancias irrepetibles que desaparecían antes o después. Le resultaba casi imposible aceptar la vida así, como una sucesión de estados felices que iban muriendo, como un conjunto de momentos, a pesar de que sabía que muchos opinaban que eso tenía que ser así y estaba bien, sin duda resignadamente. Encontraba que todo aquello tenía tiene mucho de ficticio, de falso, de inexistente. Quizás la vida era sólo una historia que inventaban los hombres, una trama construida sobre un soporte artificial de continuidad, en la que los sucesos fortuitos se iban articulando para configurar un argumento. Quizás a veces las decisiones de las personas  conseguían sus objetivos, aunque aquellos objetivos no encerraban lo que se esperaba de ellos. Otras veces, la mayor parte, era el azar el que decidía por los hombres.

El azar - pensaba- se había confabulado en torno a los tres para materializar aquella pequeña escena de pasión y cariño en la playa. La vecindad de habitaciones, la personalidad y situación de cada uno, las coincidencias en el comedor... Podía haberse producido otra combinación ligeramente diferente de hechos para que aquella escena no hubiese tenido lugar. La vida era inasible, caprichosa, de no fiar.

Inevitablemente volvió a  pensar en aquella enfermedad repentina de su madre; en la evolución fatal que acabó con su existencia en unos pocos días. En el asombro ante el instante intangible de su muerte, caliente su rostro todavía, pero ajeno, abandonado. En las interminables preguntas que se hizo, sin encontrar respuesta, sobre el significado de la vida, sobre la realidad y consistencia de la vida. ¿Cómo un ser vivo con tanta conciencia del mundo y de los demás, con tanta profundidad en la mirada que llegaba hasta el interior de las almas, podía desaparecer definitivamente, dejar de existir para siempre en un momento? Algo estaba mal hecho, algo fallaba en la Naturaleza. “¿Qué somos?”, se preguntaba entonces. Una conciencia tan despierta no podía morir impunemente sin que la vida, la de los seres cercanos que quedaban, no perdiera todo su sentido y su dimensión de futuro. Si aceptaba su desaparición definitiva, tenía que aceptar también una muerte interior; tenía que darse cuenta que la parte de su alma que llevaba prestada de ella, que había aprendido de ella, que mantenía viva en su relación con ella, estaba a punto de morir también. Y él tendría que nacer de otra manera, con otra conciencia del mundo, más personal, más indefensa, más solitaria. “Sí, sin duda la muerte de un ser querido es una muerte interior también”, se decía. Y como no podía creer en los cuentos consoladores de las religiones, se dio a pensar por entonces que si bien el futuro era algo incierto, inexistente y sometido al juego del azar, el pasado era real, consistente, seguro. Nada podía impedir que su madre hubiese existido. Y así seguiría, formando ella parte de su ser, de su naturaleza. Él tenía una historia, era él mismo una historia interior, y una parte muy importante de esa historia era su madre. Y seguiría contando con ella. No, no era necesario dejarla morir por dentro. Se había resistido a deshacerse de sus cosas. Había aplazado la decisión. Sentía que en sus vestidos y objetos personales latía, no sabía cómo, su alma; que rondaba dentro de ellos. Conservaba la casa de su madre como quedó el día fatal, como había estado siempre. Ir por allí de vez en cuando era revivir su presencia, recuperar sus raíces, su propio ser pasado. Le consolaba vivir ese recuerdo, avivar esa parte suya interior donde ella figuraba todavía y en la que se sentía seguro. Vender su piso era vender su recuerdo, y se resistía mes tras mes a hacerlo.

Él no había tenido suerte con su vida propia. No había encontrado una persona a la medida con la que construir una vida sentimentalmente satisfactoria y estable. Y ello a pesar de necesitarlo especialmente, de desearlo, de intentarlo. Su vida había sido manejada por el azar sin pena ni gloria, y quizás no tuvo el valor muchas veces de arriesgarlo todo. O quizás acertó al ser prudente, ¿quién sabe? -se decía-. Pero ahora si que ya no iba a seguir en ese juego de la fortuna, apostando algunas veces con ilusión y recogiendo pocos frutos. Su vida pasaría con mucha posibilidad de manera tibia, mediocre, a medias luces, como la de casi todos los que renuncian a engañarse. ¿Por qué no abandonar ya definitivamente esos planteamientos habituales de las personas, esas ilusiones ocasionales, esas metas que nunca llegan?

El amor romántico ya le daba risa a su edad; todo lo más lo veía como una tierna ceguera de la juventud condenada al fracaso y el sufrimiento futuro. El amor profundo le parecía el gordo de la lotería, que siempre le toca a alguien pero que es más difícil que le toque a uno que morir en accidente de tráfico. Y estaba seguro, sin embargo, que dada la inmensa variedad de personas existentes en cada momento, en algún lugar existía esa mujer hecha para él exactamente; pero lo imposible era encontrarla; no podía pasarse la vida buscándola inútilmente. La amistad sí,  esa sí parecía estar más razonablemente al alcance, aunque cada vez se volvía más limitada con la edad, con las peculiaridades, egoísmos y resabios adquiridos por las personas a lo largo de la vida, muy lejos de aquella amistad romántica y generosa de la juventud. Todo ese teatrillo del mundo donde los personajes se afanan, en el mejor de los casos,  por acaparar placer y felicidad a costa de lo que sea, a costa de sus semejantes, a costa de su dignidad, a costa de sus ideales, le parecía ya lamentable, indigno, desechable. ¿Y si fuera capaz de prescindir de toda esa basura? ¿No había comprobado hasta la saciedad que un amigo te podía dar la peor puñalada si con ello conseguía su propia felicidad? ¿No sabía ya que la dinámica de la pareja era la lucha por el control del otro para el mejor desarrollo y comodidad de uno mismo? No, las relaciones humanas estaban demasiado contaminadas de egoísmo, de intereses, de lucha por la vida. La ley de la selva seguía actuando a todos los niveles, incluso cuando lo que estaba en juego era el alma.

        Y sin embargo... ¿no parecía que uno necesitaba al menos a otra persona para vivir? ¿Por qué no sería uno capaz de vivir plenamente en soledad? ¿Por qué si así lo hacía acababa normalmente enrareciendo, enajenándose, al cabo del tiempo? El alma del hombre quizás necesitaba a los demás para existir cabalmente, necesitaba los sentimientos y la comunicación con los otros. “No es de extrañar, si nos hemos hecho personas en el seno de una familia... compartiendo y comunicando nuestras ideas y sentimientos... reforzando nuestras vivencias al hacerlo... nuestra manera más directa e intensa de saber que existimos es cuando los demás nos escuchan... cuando los demás nos miran... y ahí está la raíz del mal... en la necesidad del otro... si necesito al otro para existir tengo que contemporizar... adaptarme... resignarme... dejar de ser como soy exactamente... salvo que el otro sea tan especial y a mi medida que me permita ser por entero como soy... el otro es una ficción que creamos para permitir la convivencia... pero es de otra manera distinta a la nuestra y pronto se entra en conflicto.”, filosofaba.

Se decía que hasta los ermitaños y los santos necesitan hablar con un ser imaginario, con Dios, para existir como hombres. Y quizás esa era la mejor opción, pues era un ser excelso que nunca les iba a defraudar ni a provocar conflictos. Si la medida del ser con el que uno se comunica es la medida de la propia existencia como persona, sin duda Dios era el mejor “otro” que podía existir, pues que cada uno lo  imaginaba a su semejanza. “Pero yo, que no creo en Dios... salvo que transija en engañarme para ser feliz de manera gratuita... en qué podría apoyarme para existir plenamente... porque cada vez tengo más claro que mi camino tiene que ser en soledad...”, se decía. La vida entre los demás, la vida junto a otra persona, era siempre una entrega al olvido de parte de uno mismo, era una historia elaborada en la que se adormecía la conciencia profunda de la existencia. Lo que hacían los hombres era vivir dentro un mundo inventado... y se le ocurrió la palabra “in-mundados” para designarlos: “Vivimos inmundados, protegidos, limitados... y morimos ignorantes, engañados, angustiados por no haber vivido la realidad... y como alternativa la soledad... siempre la soledad como vocación y como amenaza en mi vida... la soledad para enfrentarme al reto verdadero de la existencia... la existencia frente a la muerte... siempre en lucha, en permanente contrapunto... sólo desde la perspectiva de la muerte se puede contemplar con verdad la existencia... la existencia, el mar, la eternidad... el mundo de los hombres visto desde fuera... desde lo informe, desde el caos, desde el mar... la soledad para encontrarse y descubrir que la mayor verdad es uno mismo... este cuerpo que resume todos los milenios del Planeta... este cuerpo que se enfrenta a la muerte cada día sin saberlo... con indolencia, como si fuera eterno y estuviera a salvo”. Pensaba con lucidez que el hombre verdadero debía estar siempre en lucha consciente, que existir era estar en lucha incesante contra la muerte, con el cuerpo descubierto y dándole la cara; y que cada día era una dicha regresar de la batalla indemne, porque sabía que al final la guerra estaba perdida, porque que la muerte le acabaría venciendo. En la antigüedad había guerras continuamente -se decía-, y muchos hombres hacían de ellas el sentido permanente de sus vidas. Los guerreros sabían que en cada batalla estaban presentes a la vez la gloria y la muerte, y  se entregaban a ellas con el espíritu exaltado porque la gloria se elevaba sobre el abismo de la destrucción; sabían que el verdadero valor de la vida se descubre al vencer a la muerte. Los guerreros preferían la guerra a la vida indolente de los castillos, a los juegos y placeres cortesanos, porque sentían que ese mundo era ficticio, limitado y al final aburrido, y que donde de verdad palpitaba la vida era en la batalla; sabían que la sangre exaltaba el alma más que el vino. “Tal vez hoy el espíritu del guerrero tenga que encarnarse en el solitario... en el que abandona el mundo establecido y seguro para llegar al campo de batalla de la soledad... y allí enfrentarse día a día a la muerte y la vez a la existencia”, se dijo.  

        En estas y otras reflexiones se le fue pasando el día. Por la noche, en el comedor, se fijó quizás por primera vez con detenimiento en la gente. No localizó al matrimonio amigo de Berta. Entre los comensales había parejas solas de mediana edad y con poco que decirse, familias con niños que alborotaban y que reclamaban continuamente la atención, pequeños grupos animados cuyo grado de relación o parentesco no supo descifrar, una mujer joven sola y bastante ensimismada... Intentaba  imaginar lo diferentes que eran aquellas vidas, el grado de felicidad de cada uno, la conciencia del mundo y de la realidad que tendrían desde su reducto vital, el desarrollo previsible de sus vidas. Le llamó la atención el matrimonio que tenía al lado. Sentados frente a frente, no se hablaban, como si hubiese entre ellos un temor de agresión velada, como si estuviesen a la defensiva; como si hablar fuese atacarse. El hombre era de complexión deportiva pero estatura baja, calvo, de cara redonda y agradable, con una expresión entre sonriente y cómplice con la vida. La mujer era achaparrada, algo gruesa, con esa configuración característica que adquieren muchas mujeres debido a la menopausia y sus efectos; la cara era seria pero a la vez sociable. La edad de ambos pasaría de los cincuenta años. El hombre eludía mirar a la mujer directamente y entretenía su atención vagando por las mesas. La mujer miraba a un punto indeterminado del hombre, viendo sin duda todo lo que hacía, sus mínimos gestos y acciones, adivinando sus pensamientos.

Después de cenar subió a la habitación pensando en leer un rato antes de dormir, pero hacía calor, no se sentía receptivo para leer, y decidió bajar a dar una vuelta por los salones.  Entró en la sala de la televisión y se sentó a echar un vistazo a lo que parecía ser una película que se desarrollaba en Egipto. Había algunas personas en la sala, y se dio cuenta que se había sentado cerca de su anterior vecino de mesa, el calvo, que parecía seguir atentamente la historia.  El hallazgo en unas excavaciones de unos papiros de contenido misterioso desataba toda una serie de persecuciones y asesinatos. Estaban bien logrados los escenarios, con buena fotografía de los monumentos, pirámides, interiores, etc., pero la trama era algo truculenta e infantil. Se hizo una pausa para anuncios, y el calvo, comunicativo, echando una mirada alrededor, posó sonriente su vista en un punto cercano a Martín y dijo como el que habla a un oyente indeterminado:

- Mira que son malas este tipo de películas...

Martín vaciló en contestar, pues le pareció que el calvo trataba de desahogarse más que de conversar, pero al final le dijo:

- Sí, la verdad es que el argumento es bastante infantil

- Me irrita que hagan un uso tan banal de los escenarios arqueológicos, y sobre todo que falseen datos y hechos -dijo el calvo-. El único placer es contemplar esos escenarios tan espléndidos, y la verdad es que están bastante bien filmados.

- ¿Le gusta a Ud. la arqueología? -preguntó Martín

- Claro, soy arqueólogo -dijo sonriendo el calvo, mirándole fijamente-. A Ud. también le gusta, parece...

- Bueno, es una de esas cosas que me atraen misteriosamente... como la espeleología o la escalada, pero que nunca he practicado. Imagino que puede ser una profesión muy interesante.

- Ah, amigo mío, la arqueología no es una profesión, es una pasión. Bueno, me callo, para algunos es una profesión desgraciadamente. Yo desde niño ya me emocionaba mirando a los arqueólogos en unas excavaciones en mi pueblo. Iba todos los días al salir del colegio y me quedaba allí, fascinado, viendo cómo picaban la tierra dentro de pequeñas parcelas delimitadas con cuerdas, cómo la retiraban con diferentes paletas, la cepillaban con sumo cuidado con brochas y pinceles y sacaban pequeños objetos de metal, vasijas de cerámica... Mi vocación se despertó entonces.

- Es curioso, creo recordar que yo también desde pequeño me he sentido fascinado por las excavaciones arqueológicas, aunque en mi caso ha sido a través de películas o documentales.

- Sin duda lleva un arqueólogo dentro -dijo el calvo animado-. ¿Qué le parece si dejamos que resuelvan solos el misterio del papiro y nos tomamos una copa en el bar? Le contaré algunas cosas sobre este lugar que le van a interesar...

- Bien, encantado, quizás es de lo más interesante que se puede hacer en este sitio -dijo Martín sonriendo.

- No lo crea, amigo -respondió intrigante el calvo-, bueno, digamos que hoy tal vez sí.  

El bar estaba concurrido. La gente departía animadamente en las mesas, sobre todo los grupitos más numerosos, que elevaban la voz al calor de alguna bebida. Se acomodaron en la barra, que también estaba bastante solicitada.

-¿Qué va a tomar?... Por cierto, me llamo Antonio -dijo el calvo extendiendo la mano.

- Martín. Una ginebra con hielo.

Mientras Antonio conseguía captar la atención del camarero, Martín pensaba que debía haber eludido la invitación. Aunque le parecía una persona simpática y de conversación interesante, él no estaba allí para hacer amistades de verano ni para entretener el tiempo. Pero había algo a la vez amable y trasgresor en aquel hombre, alguna actitud vital que le intrigaba. Observó también que Antonio miraba de vez en cuando hacia una pareja joven sentada, en concreto hacia la chica, una rubia de cara sonrosada y aspecto feliz, que parecía disfrutar simplemente estando allí, entre la gente.

- Pues verá -dijo Antonio una vez conseguidas las bebidas-, cerca del pueblo  hay un poblado ibérico en excavación. Está sobre un pequeño promontorio rocoso que se asoma al mar. Esta es la tercera campaña de excavación, y la dirige un amigo mío, con el cual colaboro de manera informal... bueno, digamos que disfruto viendo el trabajo y charlando con el equipo. Tiene con él media docena de estudiantes y otro arqueólogo joven. El presupuesto es pequeño pero poco a poco van desarrollando el trabajo. Si quiere le puedo llevar un día y verá de cerca una excavación auténtica, aunque ya le advierto que no espere grandes hallazgos sobre la marcha. Los documentales -dijo sonriendo- resumen en pocos minutos seleccionados todo el trabajo de una campaña.

- Me encantaría -dijo Martín interesado- ¿Cuando piensa volver por allí?

- Pues mañana temprano tengo previsto acercarme. Después hace demasiado calor para estar bajo el sol. Si se anima quedamos después del desayuno, a eso de las nueve.

- De acuerdo, estaré listo. ¿Han encontrado algo interesante este año?

- Las primeras campañas son siempre bastante rutinarias, haciendo la planimetría, fotografía, cuadriculado del terreno a excavar, trazando planos y reconstruyendo los muros de las viviendas y del poblado. Estos asentamientos sobre roca no son al principio de los trabajos más que montones de piedras más o menos dispersas, y hay que adivinar por donde iban los muros, que salvo el circundante del poblado no eran más que unos zócalos de dos o tres cuartas de piedra sobre los que construían las casas con tapial, o sea, con barro entre postes de madera; los techos eran de palos y cañas cubiertos con arcilla. Todas estas estructuras desaparecen con el tiempo y solo quedan los zócalos de piedra, y la muralla, que también se desmoronan y dispersan cayendo en parte por las laderas. Como ve, recomponer un poblado de éstos es un pequeño rompecabezas a veces. También aparece gran cantidad de trozos de cerámica por las laderas, trozos que ellos mismos arrojaban para deshacerse de los cacharros rotos accidentalmente. Estos son los restos más evidentes y los que acaparan el trabajo de las primeras campañas. Luego viene la excavación de los suelos de las viviendas, que normalmente en estos casos no es muy profunda ya que enseguida sale la roca. Ahí aparecen algunos objetos metálicos y más cerámica. Lo más interesante para un aficionado es cuando aparece la necrópolis asociada al poblado. En ella es donde se hallan valiosos objetos de ajuar que solían enterrar con los muertos: brazaletes, prendedores, broches de cinturón, armas, vasijas enteras... Pero a veces es difícil localizar las necrópolis. Esta todavía no se ha encontrado.

- Imagino lo que habría disfrutado yo participando en una de estas excavaciones cuando tenía bastantes años menos -dijo Martín con entusiasmo-. Es curioso como la vida está trazada por el azar y nos deja fuera de muchos caminos. Si hubiese coincidido, estoy seguro que me habría apasionado por la arqueología.

- A lo mejor este es su momento, amigo Martín; su punto de encuentro con ella. La vida es así de caprichosa y a veces nos ofrece tarde lo que nos había negado durante mucho tiempo. Lo importante es estar atento para no pasar de largo. Hay muchas pasiones tardías que sin embargo nos agarran con fuerza. Mire, por ejemplo, mi mujer se está aficionando ahora a la literatura, cuando se ha pasado la vida dedicada a los hijos y a la casa. Ahora que ya los chicos viven su vida, ha encontrado esa vocación que quizás nunca pudo desarrollar antes, hasta el punto de que se ha matriculado en la Universidad y está ya en segundo de carrera. Y ahí la tiene, sin complejo ninguno al lado de jovencitos de veinte años. A mí la verdad es que me parece estupendo. Además, como yo digo, cuando los hijos se van de casa es mejor que la mujer esté bien ocupada; si no, le hacen la vida imposible al marido -dijo Antonio riendo con un cinismo moderado.

- Sí, sin duda es una buena cosa -dijo Martín recordando la actitud de la mujer en el comedor, pendiente completamente del marido-. Es bueno en las parejas que cada uno tenga su parcela de privacidad, sus intereses propios. Puede resultar agobiante convivir con una persona que intente siempre controlarte. 

- La mujer siempre quiere controlar al hombre. Sabe que es polígamo por naturaleza y no se fía nada. Tampoco se fía nada de las otras mujeres; sabe que son rivales sin reglas éticas. Bueno, esto de la ética lo consideran las mujeres un invento de los hombres para controlarlas - dijo riendo-. En su alma más profunda están convencidas que la única ética posible es seguir ciegamente sus impulsos.

- Ah, seguro que si estuviese una mujer presente le tacharía de machista empedernido.

- Seguro, pero es que las que nos califican airadamente de machistas no se dan cuenta de que en su fuero interno son unas feministas radicales. Me explico: ponen sus valores de feminidad por encima del hombre, le consideran un bruto incapaz de apreciar su rico mundo sentimental, su fina sensibilidad de mujer. No se dan cuenta de que el alma del hombre se despliega en otro plano de intereses. He conocido a muchos hombres que valoran de verdad el mundo femenino, pero a muy pocos que se propongan imitarlo... salvo los que ya sabemos -dijo riendo-. Claro que hoy día reírse de esto es casi un delito. Imagino que sigo hablando como un machista de libro, pero es que nada me produce más risa que el que se esfuerza por contradecir su dotación genética, como el cobarde que se hace pasar por valiente, el tonto que cree ser listo o el miope que no se pone gafas y se da de tortazos contra todo. La capacidad del hombre para hacer el ridículo no tiene límites.

- Coincido con Ud. en que el mundo del hombre y la mujer son muy distintos, pero a la hora de valorarlos habría que considerar el asunto con cuidado. No sé si esta tendencia a comparar el valor de ambos mundos tiene sentido. Nadie se ha puesto a comparar el valor de una persona madura y de un niño, por ejemplo. ¿Cómo hacerlo?... ¿respecto a su necesidad? ¿respecto a su poder? En cuanto a la mujer... ¿qué habría que considerar? Tenemos la tendencia a pensar en términos de realizaciones culturales,  políticas, empresariales, constructivas, etc., es decir, realizaciones en el ámbito social, en las que el hombre tradicionalmente ha desempeñado un papel superior. La mujer ha atendido tradicionalmente el hogar, los hijos, el cuidado de las personas, entre ellas al varón cuando más lo ha necesitado, que suele ser, también tradicionalmente, cuando se siente débil, derrotado, enfermo. En la dimensión social también ha desempeñado un papel, pero su relevancia ha sido generalmente en un terreno más próximo, familiar extenso, de vecindad. Parece pues que estamos comparando la importancia social con la familiar. ¿Con cual nos quedaríamos? ¿Cuál es más esencial para la vida? O si llevamos las cosas hasta el límite... ¿podría vivir mejor el hombre sin la mujer o la mujer sin el hombre? Todo apunta a que el mundo de la mujer es más esencial, más necesario para la vida, y no hablo de maternidad naturalmente.

- En eso tiene razón -dijo Antonio-, pero imagínese esa tendencia de la mujer a estar confortable, a pasar horas y horas fortaleciendo lazos de afecto y amistad con sus congéneres, no importa cual sea el contenido de sus interminables charlas; imagínese esa afición constante al adorno y a lo banal. ¿No le parece que el mundo se estancaría en la placidez primitiva y sensual de una isla polinésica? Por cierto, creo que allí las sociedades tradicionales eran matriarcados.

- Pero habría que hablar mucho del progreso y de la felicidad desde el punto de vista individual. ¿Cree Ud. realmente que es más feliz una persona de nuestros días que otra de una de esas sociedades estancadas y al parecer dichosas de las islas del Pacífico?

- Ah, amigo Martín, está Ud. haciendo trampa, porque está considerando como elemento de comparación a una persona sana, quizás de edad media y con recursos suficientes para vivir. Pero habría que ir a la estadística y ver cuál es el tipo medio de persona en ambas sociedades. Quizás se encontrase que en las sociedades atrasadas el tipo medio está enfermo, es joven debido a la gran mortalidad y tiene muy pocos recursos para subsistir. No me cabe duda de que en la actualidad el número de personas que viven suficientemente bien es enormemente superior. Sólo tiene que darse cuenta de que la edad media desde la prehistoria hasta la modernidad andaría en torno a los treinta y cinco o cuarenta años, mientras que ahora puede ser el doble de esa edad, y en un futuro no muy lejano esa cifra se verá ampliamente superada, además de la calidad de vida correspondiente.

- Tal vez tenga razón... Pero me parece que entonces acepta Ud. el éxito de las sociedades actuales,  gobernadas principalmente por el varón, la preeminencia de la cultura masculina. Se ha referido al bienestar material, a los logros técnicos y científicos, creo; al desarrollo económico. Pero yo no me refería exactamente a eso cuando le hablaba de la felicidad. Estaba pensando más bien en el bienestar interior, en el equilibrio psicológico, en la armonía con la vida. Es ahí donde la cultura femenina y la masculina difieren notablemente.

- El mundo es muy complejo, amigo mío, y ya se habrá percatado de que las cosas no son como sería ideal que fuesen, sino como consiguen ser y mantenerse. Hay muchos factores en juego que acaban llegando a un cierto equilibrio más o menos duradero, y que no es el ideal para cada uno de ellos, pero que les permite coexistir en él. La vida lleva incorporado el sufrimiento también hasta un límite tolerable. Nadie ha inventado un mundo feliz todavía. El mundo en su conjunto se acopla como puede por sí mismo.

- Quizás habría que bajarse del mundo -dijo Martín sonriendo.

- O simplemente reírse de él -añadió Antonio feliz.

Terminaron sus copas y salieron del bar. Se despidieron hasta la mañana siguiente. Ya en la habitación, Martín seguía pensando en su conversación con el arqueólogo. Le ilusionaba la visita a la excavación y trataba de imaginar el lugar, la vida en la antigüedad de aquellas gentes de la pequeña aldea al borde del mar. Luego pensó en la necrópolis, en cómo se podría descubrir su localización, en qué restos habría en las tumbas. Se durmió entre estos pensamientos y después soñó. Estaba cavando con las manos en la arena de la playa, cerca de la colina del poblado. Veía la pequeña muralla y los tejados de barro de las casas. Era de madrugada y reinaba el silencio. Iba desenterrando huesos y cenizas entre la arena, y pronto asomó la panza de una vasija decorada con figuras rojas y dibujos diversos. La sacó entera con facilidad. Contenía más huesos y más cenizas. Debajo de la olla vio que asomaba una punta metálica. Escarbó con ansias y sacó una espada corta doblada, con dibujos de oro en el acero de la hoja, que se veía oxidado pero entero. Siguió ahondando entre la arena y seguían saliendo objetos maravillosos, broches de plata, colgantes de oro, puntas de lanza, pectorales de bronce. Estaba poseído de una fiebre excavadora que parecía inagotable. Se desplazó un poco a un lado y a escasos centímetros de profundidad descubrió enseguida restos de ceniza que señalaban otro enterramiento; y otra vez vasijas, armas, joyas...  

Cuando despertó, aún saboreaba vagamente los retazos del sueño.Al entrar a desayunar coincidió con el arqueólogo y su mujer, que salían.

- Buenos días, tiene quince minutos para desayunar -le dijo sonriente Antonio dándole una palmada en el hombro-. Mire, le presento a mi mujer, Adela. Le he estado hablando de Ud.

- Encantado, buenos días. ¿Nos acompaña Ud. a la excavación?

- No, no. Ya la conozco y se pasa demasiado calor -dijo elusiva Adela.

- Bueno, pues en diez minutos me cambio y le recojo en el hall -sentenció Antonio.

- No se preocupe, yo ya estoy listo; sólo tomar alguna cosilla rápida.  

Según salía del comedor, vio que Antonio estaba ya esperándole en el hall, cerca de la puerta del hotel. Llevaba puesto uno de esos pantalones cortos llenos de bolsillos y una camisa a juego, botas de campo de media caña y un sombrero flexible de ala ancha.

- Pensará que me he disfrazado de Indiana Jones -dijo Antonio al observar la mirada de Martín-. Ya sabe, hay que seguir el rito. Imagino que los médicos también se sienten felices cuando se ponen su bata blanca.

- Siento no estar a la altura de las circunstancias -dijo riendo Martín.

- No se preocupe, así nadie tendrá la tentación de confundirlo con un arqueólogo -respondió Antonio riendo también-... ¿Sabe?...uno de los principios básicos de la arqueología es diferenciar claramente en las piezas reconstruidas la parte que es original y la parte que es añadida. Hay que mantener una diferencia de color clara para que nadie pueda confundirlas. En el pequeño museo del pueblo trabajan algunas personas limpiando y reconstruyen piezas del poblado. Si sigue interesado en la arqueología tendrá que visitarlo.

Se subieron al todo-terreno de Antonio y partieron enseguida. La carretera local, paralela a la playa, estaba vacía, y al cabo de unos minutos divisaron el promontorio del poblado. Era una pequeña elevación rocosa que surgía hacia el mar, dividiendo la playa. Se distinguía un muro bajo de piedra rodeando la cima por la parte que daba hacia tierra. La parte que daba al mar estaba cortada casi a pico. Había un par de coches cerca de la subida al poblado. Tomaron el sendero y pronto apareció el interior del pequeño recinto murado, con los cimientos de las casas reconstruidos. Eran poco más de una  docena y la mitad estaban pegadas a la muralla; las otras estaban al borde de la roca, pegadas entre sí, formando igualmente muro hacia el mar; había una especie de pasillo o calle central. Cuatro jóvenes, tres chicas y un muchacho trabajaban en dos de las casas.

- ¡Hola chicos! -saludó Antonio jovial  a todos, y luego, dirigiéndose a los que estaban en la casa más cercana -¿Dónde anda el jefe?

- Han ido al museo a llevar unas piezas -respondió una chica- creo que se quedarán por allí toda la mañana.

- ¿Ha aparecido algo interesante?

- Sí, ayer, dos vasos decorados en este rincón -dijo la chica señalando una esquina de la casa donde trabajaban. Se veía un cajeado más profundo que el nivel plano excavado.

- ¿Habéis sacado el hierro ya?

- Están Alicia y Vero con él -dijo la chica mirando hacia la otra casa.

- Venga, Martín, le voy a enseñar un bocado de caballo que están sacando en el establo de esa casa.

Las dos chicas estaban agachadas, muy concentradas rascando y cepillando alrededor de un hierro muy corroído que asomaba del suelo de una pequeña pieza asociada a la casa.

- Los íberos eran unos excelentes jinetes y tenían en alto valor a sus caballos. Aunque los bocados suelen aparecer en los enterramientos formando parte del ajuar, en este caso ha aparecido aquí éste, que quizás estaba desechado o roto. Está muy corroído y hay que trabajar con mucho cuidado para no romperlo. Discúlpeme, voy a hablar con Marta un momento. Pregúnteles lo que quiera.

- Martín se quedó contemplando el delicado trabajo de las chicas, no atreviéndose a interrumpirlas, aunque se preguntaba qué importancia tendría si al sacar el bocado se rompía algo más o se descascarillaba la herrumbre. Finalmente hicieron un descanso y Martín aprovechó para preguntarles:

- ¿Cuánta gente vivía en el poblado?

- Hay quince casas... unas 60 o 70 personas.

        Martín observó el reducido tamaños de las viviendas, que no pasarían de 30 o 40 metros cuadrados; estaban formadas por una pieza única y una habitación trasera pequeña.

- Se arreglaba con poco espacio la familia, parece -aventuró Martín-. ¿La habitación de atrás era el dormitorio del matrimonio? -añadió.

- No, era normalmente un almacén. La habitación principal servía para todo. Era donde comían, trabajaban, dormían todos...

- Pues tenían poca intimidad para hacer sus cosas -dijo Martín bromeando.

- Ah, hasta ese punto no conocemos como lo hacían... -dijo una y se echaron a reír las dos.

        Llegó Antonio con aire dinámico y le dijo a Martín:

- Nos vamos a acercar a inspeccionar una zona allí abajo. Parece que hay cerámica en superficie y habrá que planificar algunas catas. No le digo que venga porque se aburriría. Ud. siga por aquí  charlando y curioseando a su aire con toda libertad. Nos vemos luego.

- De acuerdo -dijo Martín mientras observaba una mirada cómplice entre las dos chicas, que volvieron de inmediato a su quehacer ocultando una misteriosa sonrisa.

        Antonio bajó acompañado de la chica de la otra casa. Se quedó solo el muchacho que trabajaba con ella. Se acercó Martín a charlar un rato con él dejando que las muchachas siguieran con su tarea. Era el más joven del grupo, no tendría más de dieciocho años, pero se le veía muy despierto e ilusionado con el trabajo. Estaba trabajando en otra esquina distinta de donde habían aparecido las vasijas. Martín le preguntó en qué consistía su tarea:

- Estoy rebajando el terreno hasta descubrir el suelo original de la vivienda -contestó el muchacho.

- ¿Cómo eran los suelos?

- Hacían una base de piedras pequeñas y trozos de cerámica y después lo cubrían con arcilla apisonada.

El panorama desde el poblado era hermoso. Se veían las huertas y zonas de cultivo del interior, y la playa interminable. Vio a Antonio y a la chica caminando por la arena en dirección a una zona de pequeñas dunas. Luego desaparecieron tras ellas mientras Antonio pasaba su brazo por los hombros de la chica...

- Parece que vivían de manera muy austera estas gentes, ¿no? -preguntó Martín volviéndose hacia el muchacho y olvidándose intencionadamente de Antonio.

- Es que no le daban demasiada importancia a las viviendas, simplemente construían lo necesario para vivir. Sin embargo el vestido y los adornos de las mujeres, por ejemplo, eran muy elaborados. También hacían unas armas extraordinarias... y una cerámica muy variada y abundante, decorada con figuras humanas, caballos, animales míticos, dibujos geométricos...

- Y según parece eran excelentes jinetes... -añadió Martín.

- Sí, y tenían en gran aprecio a sus monturas. Eran guerreros consumados a caballo... pero también a pie, en la corta distancia. Sus espadas eran muy cortas y afiladas, y les gustaba la lucha cuerpo a cuerpo... para ellos era un signo de valor. Algunas espadas estaban decoradas de manera extraordinaria. Eran gente de guerra... y su aristocracia era militar. Siempre estaban en guerra... o bien entre los diferentes pueblos o participando en las guerras de otros, como los cartagineses o los romanos... luchaban para ellos como mercenarios.

- Pues sí debían de ser temibles nuestros antepasados -comentó Martín sonriendo ante la afición apasionada del muchacho-. Sabes mucho de todo esto ya...

- Me cuentan mis compañeros, y leo todo lo que puedo. Estoy empezando la carrera.

Martín experimentaba una cierta envidia sana, o nostalgia de un tiempo en que él también sintió la llamada de su propia vocación, que no pudo desarrollar largo tiempo debido a complicadas circunstancias. Tiempo preñado de idealismo, de espíritu de entrega y sacrificio que la enfermedad secuestró.

- ¿Os quedan muchas casas por excavar?

- La mitad. Pero luego hay zonas que también hay que ver, al lado de la muralla, a la entrada...

- ¿Habéis encontrado muchos objetos?

- No muchos, pero es que el poblado  fue abandonado y naturalmente se llevaron con ellos todo lo de valor. Sólo dejaron algunas cosas olvidadas a última hora o que no les merecía la pena llevarse.

Martín miró hacia las dunas por si volvía Antonio, pero no se veía a nadie en la zona.

- Bueno, te dejo que sigas con tu tarea. Voy a curiosear un poco por abajo -le dijo al muchacho.

Saliendo del mismo borde de la roca sobre el mar, descendió en diagonal por una de las laderas que llegaban a morir sobre la playa... Se veían trozos de cerámica por todas partes. Se preguntó por qué no los habrían recogido todos. Quizás no tuvieran valor debido a su abundancia, dispersión o pequeño tamaño. Ciertamente reconstruir a partir de ellos una pieza completa sería una tarea de locos, pensaba, en el supuesto de que existiera aún una proporción aceptable  de trozos de la misma pieza. Posiblemente todos aquellos pequeños pedazos eran los restos de miles de piezas distintas. Recogió algunos que llamaron su atención. Uno contenía una pequeña cabeza de perfil, casi entera, de un guerrero. Tenía el cabello erizado o algún tipo de casco con cimera, y un ojo extraordinariamente grande y desorbitado que ciertamente infundía cierto terror. Otro trozo contenía los cuartos traseros de un caballo y se apreciaba la parte posterior de la lanza del supuesto jinete. Otro contenía las fauces abiertas y con agudos dientes de un lobo. Sintió Martín con emoción que tenía entre sus manos unos  fragmentos de historia, unas escenas vivas del pasado, unos trozos del alma exaltada de aquellos íberos de la antigüedad.

Se preguntaba si aparte de las costumbres diferentes, de las creencias y modo de sentir la vida de aquellos hombres, no eran iguales que él mismo, o Antonio, o los chicos de la excavación. Y se imaginó viviendo en aquel pequeño poblado sobre el mar, en una reducida vivienda de aquellas, con una mujer vestida los días de fiesta con complicadas túnicas y tocados. Se imaginó haciendo el amor con ella, silenciosos en el catre, al calor de la lumbre y en el mismo aposento donde dormía toda la familia. Se imaginó marchando a la guerra, excitado, rebosante de júbilo, con sus armas relucientes y su brioso caballo relinchando. Y otra vez sintió que la vida del guerrero cobraba su sentido al enfrentarla a la muerte, que la pasión por la lucha dilataba la existencia, como se veían dilatados los ojos del íbero dibujado en aquel pedazo de cerámica que llevaba en el bolsillo.

Regresó a la cima por el camino de entrada y se dirigió al muchacho. Antonio seguía sin aparecer.

- Mira, me vas a hacer un favor. Dile a Antonio que regreso al hotel dando un paseo por la playa. Pero que no se preocupe, que suelo andar un par de horas todos los días por la playa. Así que aprovecho ahora para hacerlo. Como seguiré por aquí un tiempo, seguro que nos volvemos a ver. Me encanta escucharos y ver cómo trabajáis. Tengo también que ir un día al museo a ver los objetos que habéis recuperado.

Se despidió con la mano de las chicas, que seguían pacientemente trabajando con el bocado de caballo.

 

Mientras caminaba descalzo por el borde del agua pensaba en cómo la sociedad, el entorno social en que se nace, decide la vida de las personas. Él no había nacido en un entorno bélico, como los íberos, sino en un ambiente de sociedad de bienestar, de trabajo muy especializado y complejo, de consumo exacerbado. A las personas ahora la sociedad no las empujaba a la guerra continuamente, ni se jugaban la vida. Ahora las empujaba a la competencia individual, al éxito económico, al consumo de bienes innecesarios que definían su posición social. Ahora las personas se jugaban solamente el prestigio, medido en dimensiones de su casa, en objetos de lujo, en automóviles espectaculares. Pensó que los caballos de los íberos y sus armas, y los tocados y joyas de las mujeres también eran objetos de prestigio. “La misma canción después de todo, aunque más primitiva”, se dijo. Pensó si de haber sido íbero no habría considerado también absurdas todas aquellas batallas, todo aquél modo de vida, aquella distinta manera de permanecer “inmundado”-volvió a repetir la palabra que se había inventado-. Se respondió que el jugarse la vida continuamente era por lo menos una manera de sentir intensamente la existencia, mientras que ahora se carecía de esa dimensión y se vivía una existencia ficticia. El continuo contrapunto de la muerte en las vidas de aquellas gentes debía ser suficiente para apreciar el verdadero valor de los pequeños placeres domésticos, pensaba. Claro que las mujeres no iban a la guerra ni se jugaban la vida, pero ellas siempre habían estado cerca de la existencia real, pegadas a la vida y la muerte, al pálpito biológico en sus partos, en la vida y la muerte de sus hijos. “Sin embargo ahora la mujer se está incorporando de manera veloz al mundo del hombre... renunciando cada vez más a la maternidad... perdiendo esa dimensión real de la existencia... no quiero ni pensar en un mundo de hombres y mujeres alejados los dos de la realidad...”, se decía.  

El sol iluminaba maravillosamente el mar. Las suaves, casi imperceptibles olas rompían en el bajío de arena formando crestas de espuma. Hasta cuatro bandas de espuma seguidas se arrastraban lentas hacia la playa como un incesante desembarco de tropas blancas. La última se convertía finalmente en labio extendido de agua, en lámina líquida sobre la arena plana. Su borde, festoneado de una línea blanca, dejaba marcado un ribete en la arena y se retiraba. La orilla se veía delineada por estos ribetes dibujados por las olas sucesivas. Eran curvas amplias, irregulares, como esos dibujos japoneses de paisajes montañosos simplemente perfilados. Luego llegaba un ola algo más fuerte y borraba algunos de los anteriores dibujos. La lámina de agua, al retirarse,  escurría por la débil pendiente de la arena su última película formando ondulaciones diminutas. Se fijó Martín que el fondo somero, cerca de la orilla, estaba surcado por una especie de dunas en miniatura, formando líneas sinuosas y paralelas. Y también se fijó en que la superficie del agua, allí, no era plana sino que estaba en continuo temblor. Temblor que reflejaba los rayos del sol sobre el fondo, reproduciéndose en luz.

Todo el agua se movía de maneras distintas, interaccionando con la arena y la brisa. Toda la orilla era un caos ordenado, o un orden irregular, compuesto de pequeñas fluctuaciones al azar completamente impredecibles en un punto dado, pero homogéneas en su forma conjunta.

“La naturaleza es caótica” -se dijo-, “y en su agitación incesante encuentra el equilibrio de conjunto”.

Sobre la playa se veían de cuando en cuando conchas estriadas de berberechos, marrones, jaspeadas, a veces blancas inmaculadas. En una zona vio un conjunto de pequeñas conchas de mejillón, abiertas y clavadas en la arena, como si fueran mariposas negras posadas.

Más adelante vio un diminuto pececillo cerca del agua, brillante como la plata brillante. Se acercó y observó que de cuando en cuando abría las agallas y coleaba ligeramente. Estaba muriendo. Quizás había nadado en la cresta de una ola, como un rayo de luz escondido entre la espuma blanca. Luego se deslizó por la lámina de agua sobre la arena, ebrio de luz y oxígeno, y luego el agua se retiró dejándolo varado, abandonado en la playa. Las olas planas llegaban casi hasta él pero ninguna alcanzaba a reflotarle. Se dijo Martín que así morirían muchos pececillos en aquella playa, y que esa era la dinámica de la naturaleza. Había otros miles que seguían nadando allí cerca, entre las olas. ¿Para qué intervenir? Nada iba a arreglar él salvándolo. Su existencia no tenía importancia en el conjunto de la naturaleza marina. Sin embargo, él, Martín, que tampoco tenía ninguna importancia en el conjunto de la Humanidad, estaba allí y lo había visto, y se sentía hermano suyo en la insignificancia y el abandono global. Y por otro lado... ¿no era él también parte de la naturaleza?, ¿no formaba parte de su juego? Pues por eso mismo le iba a salvar de la muerte, intencionadamente, conscientemente como a él le correspondía y no por la ley ciega de las cosas como lo haría al azar una ola más fuerte. Lo empujó suavemente hasta el agua de una ola que se había acercado apenas a dos centímetros y vio como el diminuto pececillo coleaba y desaparecía en el mar.

“El equilibrio global es cruel con el individuo... le sacrifica sin miramientos... la dinámica social no respeta al individuo... siempre la lucha con los intereses de los demás... con las instituciones, con  el conjunto de la sociedad...”. Y en ese caos organizado de la sociedad - se decía-, los individuos corren el riesgo de quedarse abandonados, ignorados, desasistidos, y a veces perecen estúpidamente a pesar de las instituciones protectoras y de la caridad de los demás. El hombre necesita un medio humano para ser intenso, pero la sociedad es como el mar, ajena a la suerte del individuo concreto. Habría que encontrar una alternativa para escapar del mundo frustrante -pensaba-, para vivir plenamente sin estar “inmundado”, encontrando un centro “humanizante”, un polo de atracción espiritual que le enriqueciera de manera más intensa y segura que los hombres. Ese “atractor” espiritual era Dios sin duda para los creyentes. “¿Pero cómo puedo yo creer en ese Dios de las religiones tradicionales?”, se quejaba.

La mayoría de las personas -se decía dándole vueltas a su tema favorito de lamentación-- se resignaban al lado de otras pocas que no respondían del todo a su alma, cuando no eran, por el contrario, fuente a la vez de tremendos conflictos. Y se inventaban novelas, reconstruían su historia de manera fantástica haciendo de ella algo tragable, y adoptando una filosofía barata de supervivencia para no desesperar. Y así morían, insatisfechas en lo más profundo, sabiendo que no habían vivido de verdad.

Y se propuso desarrollar durante aquellos días una teoría de ese “atractor espiritual” necesario para vivir plenamente.  

Una vez en el hotel, se dio una refrescante ducha y se tumbó en la cama. Intentó pensar en ese centro espiritual que orientara su vida de manera segura. No podía creer ya en ninguna de las religiones, ni de Occidente ni de Oriente. Las veía demasiado ancladas al pasado, a la historia y peculiaridad de cada pueblo, aunque tenía que reconocer que todas ellas poseían una dimensión espiritual profunda encerrada en sus propios mitos. Pero era todo tan ambiguo, tan escurridizo y desfasado en ellas... ¿Es que no habría manera de encontrar un camino de desarrollo espiritual de manera diáfana, evidente? De una manera que no admitiera dudas ni alternativas y le dejara el alma en paz sabiendo que estaba en el único camino, o en el mejor camino. Aunque siempre este propósito tropezaba en la misma piedra: “¿desarrollo espiritual para qué? ¿para morir dentro de algún tiempo y desaparecer completamente?... ¿para descubrir algún secreto que me dé la certeza de la supervivencia después de la muerte?... ¿o simplemente creer tranquilamente en otra vida y despreocuparme del desarrollo espiritual en ésta?... simplemente vivir en paz y confianza...” Ese tercer camino de renuncia al esfuerzo despejaría tremendamente el camino y se podía aplicar a la totalidad de la conducta, incluidas las relaciones humanas. Dejar de ser exigentes con uno mismo y de paso con los demás. Aceptarse y aceptarlos como eran y no tratar de cambiar ni cambiarlos. Tolerancia, comprensión, compasión... Una especie de amor mundano por los seres, una especie de abandono. Claro que esta postura también podría adoptarla incluso no creyendo en otra vida, de manera indolente, resignada.

Desistió de seguir pensando en el tema de momento. Le entraron dudas si no se estaría dejando influir por el relajado cansancio que sentía después de la caminata. Era ya la hora de ir a comer y se vistió.  

Según cruzaba el comedor camino de las viandas, observó que la mujer de Antonio estaba sentada sola en una mesa cercana, justo en su trayectoria. La saludó y ella le dijo:  

- Martín, me encarga Antonio que le diga que siente lo de esta mañana, el no haberle traído.

- Ah, no, por Dios, ningún problema. La verdad es que tampoco quería yo entretenerles en sus tareas, y como él se había ausentado un rato del poblado pensé que me volvería dando un delicioso paseo por la playa. Realmente soy un adicto a la orilla del mar - dijo Martín sonriendo.

- No vendrá a comer; han ido al museo y pasarán la tarde por allí -dijo ella escrutando fijamente los ojos de Martín, y añadió enseguida:

- Si no le incomoda, le agradecería que me acompañara. No me gusta estar sola a la mesa.

- Claro, encantado -contestó Martín con una sonrisa obligada-. Voy a coger algo y vuelvo enseguida.

Ya desde lejos llamó su atención la enorme paellera recién sacada de la cocina, pues apenas si faltaba un par de raciones quebrando la superficie virgen del arroz. Quizás iba predispuesto a fijarse en ella debido al apetito que se le había despertado. Todos los días era uno de los platos estrella, aunque variaba su preparación. Aquel día  tocaba de marisco. Sobre la dorada superficie se veían decantados los mejillones, trozos de calamar, gambas, alguna cigala extraviada aquí y allá...

Se sirvió una buena ración y se dijo para sus adentros que era una buen momento para compartir una botella de vino y relajarse ante el posible interrogatorio a que iba a someterle la mujer de Antonio. Cogió una botella del mesetón de las bebidas y se encaminó a su mesa, haciendo esfuerzos por acordarse del nombre... ¡Adela! sonó en su recuerdo justo cuando llegaba ante ella. Adela se disponía a dar buena cuenta de un apetitoso guisado de carne. Le estaba esperando.

- ¿Me ayudará un poco con una botellita de vino? No suelo tomar vino si no como acompañado, ya que una botella es demasiado para mi solo. Le irá de maravilla a su estofado -dijo Martín mostrándose feliz.

- Gracias-dijo Adela con una breve sonrisa-  Antonio y yo tomamos vino habitualmente, pero hoy me ha pasado lo que a Ud.

Después de probar el vino y cambiar unas palabras de aprobación empezaron a comer sin más preámbulos.

- ¿Le ha gustado el poblado?-preguntó al cabo de un rato Adela.

- Mucho, hasta el punto de que cuando estaba solo me he evadido mentalmente un rato hacia aquellos tiempos. Creo que es apasionante la labor de excavar un poblado y sacar a la luz esos objetos cotidianos de aquellos tiempos. Y los chicos son extraordinarios; me han contado cantidad de cosas.

- ¿Ha conocido a Marta? -le preguntó muy interesada

- Marta... no sé, había tres chicas - respondió haciéndose el escurridizo.

- Una niña rubita, de buen tipo, la más atractiva de todas.

- Ah, sí... bueno no he hablado con ella porque se fue enseguida a inspeccionar un yacimiento próximo - respondió Martín y se arrepintió enseguida.

Se hizo un momento de silencio tenso, que Martín aprovechó para intentar saborear su vaso de vino. Adela bebió un poco también y le dijo con una calma firme:

- Verá Martín... Antonio se piensa, o quiere pensar, que no estoy al tanto de sus pequeñas aventurillas con las chicas. No es la primera vez tampoco. Esas cosas no le pasan desapercibidas a una mujer. El año pasado empezó a tontear con Marta, y éste ha vuelto a las andadas. Lo que no entiendo bien es lo que  una chica joven y atractiva como ella puede encontrar en un hombre ya mayor como él. Imagino que es la fascinación por su imagen de arqueólogo, por sus conocimientos... Afortunadamente esa fascinación no dura mucho, lo justo hasta que se descubre que los ídolos son de barro.

Martín guardaba silencio y mantenía la mirada de Adela inexpresivo, escuchándola. Ella prosiguió:

- Se preguntará por qué le cuento esto. Pero es inevitable que antes o después Ud. se dé cuenta, si no se la ha dado ya; y más si como parece han entablado una cierta amistad Uds. dos.

- Bueno, no soy una persona que le guste meterse en la vida de los demás, ni me siento con capacidad para juzgar a nadie por el hecho de haberlo conocido por unas horas.

- Ya, pero las mujeres somos mucho más quisquillosas. No le he dicho esto por lo que pueda Ud. pensar de él, sino por lo que pueda pensar de mí. No me gusta hacer el papel de mártir, ni siquiera que me imaginen como tal.

- ¿Y por qué le acompaña estos días si se siente incómoda con la situación?

- ¡Ah amigo mío... que poco conocen Uds. a las mujeres! Pues para fastidiarle, para que él también esté incomodo; para amargarle lo más posible su aventurilla - y se echó a reír abiertamente.

- Es evidente que hombres y mujeres somos mundos distintos. Ante una situación semejante yo pondría las cartas sobre la mesa y cortaría por lo sano, con todas las consecuencias -dijo Martín.

- Ya veo que es Ud. una persona seria, expeditiva, pero créame que la vida es bastante compleja y no se la puede cortar de un tajo como la parte estropeada de una manzana. Entre Antonio y yo hay toda una vida detrás, hay unos hijos. Y posiblemente habrá una ancianidad juntos y con nietos. ¿Cree que merece la pena cortar esa historia? ¿Cree que Antonio podrá seguir engañándome dentro de unos pocos años?

- Y entre tanto Ud. seguirá amargándole lo que pueda sus aventuras, ¿no?... ¡perdone, por Dios!... hay veces que no me doy cuenta de lo grosero que puedo ser.

- No se lo reprocho... porque así es. Es el precio que deberá pagar por ser como es. Sin embargo él tampoco cortará esta historia nuestra. ¿Sabe?... las personas y las parejas vamos cambiando y hay que aceptarlo. A nuestra edad, la pareja es ya más familia que pareja. Entiendo naturalmente que a la edad de Antonio una chiquilla joven sea una golosina apetecible. Las mujeres estamos en otra onda, en otro nivel de intereses, más orientadas hacia los sentimientos. Lo que me preocuparía de verdad es que Antonio se enamorara de una mujer madura, porque eso si que atentaría seriamente a nuestra historia común. Yo he pasado mi vida centrada en mis hijos, y mi futuro lo veo con la ilusión de ver crecer a mis nietos, si Dios me los da. Entre tanto, me toca vivir una etapa bastante ingrata, una etapa nueva en la que mis hijos hacen ya su propia vida y Antonio y yo nos enfrentamos a nosotros mismos, a una vida en pareja que ya ha perdido el incentivo de la pasión y donde el amor es un recuerdo que tiene ahora la forma del afecto.

- Es Ud. una persona muy sensata... y fuerte. Imagino que el tener hijos le da a uno fuerza para afrontar muchas cosas.

- Claro. ¿No ha tenido hijos?¿No se ha casado?

- No, no he tenido... mi vida es más simple que la de Uds.... casi ni a mí me motiva hablar de ella -respondió Martín sonriendo elusivo.

- Le he visto muy bien acompañado por aquí en alguna ocasión. ¿Se han ido sus amigas?

- Ah... sí, tuvieron que irse por cierto problema que surgió... quizás vuelvan dentro de unos días si se arregla el asunto.

- Me dijo Antonio que andaba Ud. muy entusiasmada con la literatura, que estaba asistiendo a la Universidad -cambió de tercio Martín.

- Sí, he descubierto mi vocación tardíamente. Siempre me ha gustado leer, y al irse los chicos y tener tiempo libre, he empezado a volcarme en eso. Lo de la Universidad es además una manera de no estar en casa todo el día sola. Antonio siempre anda atareado con sus cosas. Entre las clases de la Facultad, los trabajos de campo, los seminarios, etc., le veo poco por casa, y cuando está, le oigo más que le veo, porque se refugia en su despacho y se pasa las horas escribiendo artículos, corrigiendo tesis, etc, etc. En los últimos tiempos hemos desarrollado bastantes espacios propios cada uno. Y no es malo. Yo por mi parte he procurado hacer amistades relacionadas con la literatura y no me pierdo cualquier evento interesante que surja. En la Facultad tengo mi camarilla, mucho más jóvenes todos que yo -se rió con un gramo de picardía-, pero me han aceptado bien. Imagino que me ven como una hermana mayor, aunque yo me siento más bien como una madre. Y ¿sabe una cosa?... hasta a  mí me han surgido también aventurillas -volvió a reír espontáneamente y con cierto matiz de sonrojo-. Pero no aventurillas como las de Antonio, claro... imagínese lo que me puede interesar a mi edad eso... pero sí aventurillas sentimentales un tanto ambiguas, rozando la frontera entre la ternura y el deseo,  entre la amistad y la intimidad. Los seres humanos somos complicados y a veces la edad es sólo un maquillaje que nos ponemos en el alma. He empezado a escribir y a participar en alguna tertulia literaria, y cuando estoy en casa me engancho a Internet como si fuera una adolescente y no paro de escribir en foros literarios también. No vea la cantidad de amigas y amigos que puede una hacer en la red, aunque son amigos a distancia, claro, amigos con rostro imaginado la mayoría de las veces, y muchas otras con alma imaginada además... como si uno se  metiera dentro de una novela, vamos. Luego cuando conoces a alguno de ellos de verdad te llevas bastantes sorpresas.

- Vaya, veo que no se aburren ninguno de los dos -rió Martín.

- Seguro que está pensando que andamos cada uno por nuestro lado continuamente. Pero no, también tenemos nuestros ratos juntos, y amigos comunes, amén de familiares. Pero lo que es la pasión de cada uno, desgraciadamente no la compartimos; ni él la literatura ni yo la arqueología.

- Y qué sobre qué le gusta escribir -se interesó Martín.

- Verá, de todo un poco. Siempre he escrito pequeños textos, a modo de diario, de expresión de mis sentimientos; también alguna poesía. Pero eso era de cuando en cuando, antes de tomarme más en serio la literatura. Ahora también sigo haciéndolo, pero además estoy escribiendo mi primera novela, de una manera más metódica.

- Vaya, qué interesante... ¿y me podría contar el argumento?

- Humm... bueno, tal vez si me invita a un café después. Imagino que Antonio volverá a media tarde, así que me viene bien hacer un poco de sobremesa.

- Estupendo, tengo mucha curiosidad por saber el tipo de argumento que le puede haber motivado a escribir su primera novela -dijo Martín mirándola graciosamente inquisidor.

- Ya, imagino que está esperando algo muy personal, una especie de desquite, una catarsis íntima... pero a lo mejor se equivoca -respondió Adela divertida.

- Era una broma, por supuesto. Ya le dije que no me gusta indagar en la vida de las personas.

- Es Ud. una persona peculiar, Martín. Ha conseguido que le cuente muchas cosas de mi vida sin contarme Ud. nada de la suya. Tiene algo que inspira confianza... como si una supiese que no va a contar a nadie lo que le cuentan, que se lo va a guardar exclusivamente para Ud. Pero tengo que confesar que me intriga su vida. Quizás con el café se anime a contarme algo más personal.

-Quizás...

Cuando terminaron de comer salieron pausadamente hacia la cafetería. Adela saludó de lejos a un par de personas en las mesas. La cafetería estaba muy tranquila y se sentaron en una mesa al lado del ventanal que daba a la piscina. Martín pidió un café y su consabida copa de ginebra. Adela, un té. En la piscina, a pesar de la hora, había algunos niños bañándose y un par de hermosas mamás tomando el sol despreocupadas, medio dormidas en las tumbonas. En un rincón del jardín, en una mesa a la sombra, una mujer joven leía un libro. Despertó la atención de Martín por su lectura concentrada y aspecto serio y solitario, a la par que como contraste llevaba puesto un bikini muy breve, muy sexi.

-Pues verá -dijo Martín-, aunque no soy un lector demasiado asiduo, siempre tengo cerca algún libro relativo al tema  que me interesa en cada momento. Y a veces escribo algo al respecto, tipo reflexión o ensayo. Pero no suelo leer mucha novela, aunque alguna vez he tenido la tentación de intentar escribir alguna y me intriga la manera cómo se lo plantea la gente. Si uno organiza esquemáticamente un  argumento ficticio, estructura la  trama y luego la va desarrollando en detalle, o si simplemente se van volcando al papel experiencias vividas, historias y tipos conocidos. Imagino que aún si se trata de historias inventadas, el autor pone mucho de su experiencia y de su vida en el argumento.

- Pues hay de todo como se imagina. Desde novelas que relatan sucesos, ambientes y personajes reales, hasta historias completamente inventadas, pasando por relatos de tipo subjetivo, donde el autor pone mucho de su vida y de su interior en un personaje ficticio o en una historia.

- ¿Y la suya de cuál de estos tipos es?

- No podría decírselo, ni yo misma lo sé... no la he planificado ni sé como se va a desarrollar en adelante. Es una historia que va saliendo sola, aunque de mí... es como si se escribiera ella en mí más que escribirla yo a ella. Cuando la empecé, sólo tenía claro que quería escribir sobre un personaje femenino que bullía dentro de mí vagamente; no es que ese personaje fuera yo idealizada, sino como si fuera un ser al que quisiera darle vida, hacerlo nacer. Y así me senté y dejé que el personaje hablara, que fuera gestándose.

- ¿Ha escrito mucho ya?

- Bastante, quizás la mitad, aunque no sé el desarrollo que acabará teniendo, como le digo.

- ¿Y qué opina su marido, la ha leído?

- ¡Qué va!, ya le dije que la literatura  no es santo de su devoción. Yo creo que me mira un poco condescendiente, como si dijera: dejémosla que se distraiga, no es bueno que ande ociosa...

- Y el personaje femenino... -insinuó Martín.

- El personaje femenino es una chica de hoy -dijo sonriendo Adela-, pero una chica peculiar, muy independiente y con ideas propias. Para que se haga una idea,  se independiza de los padres enseguida, consigue un trabajo discreto y comienza a vivir su propia vida en soledad en un estudio mínimo alquilado.

- Poco frecuento hoy día, sí -asintió Martín-, que los chicos se agarran años y años a los padres como sanguijuelas.

- ¿Vive Ud. solo, Martín? -le preguntó Adela por sorpresa.

La pregunta le cogió desprevenido y se quedó por un instante bloqueado, sin saber cómo contestarle, pero enseguida recuperó su aplomo y se dio tiempo diciéndole:

- Imagino que lo que quiere saber es si vivo en pareja...

- Sí, en realidad eso es lo que le preguntaba, aunque en efecto hay otras maneras de vivir sin estar solo.

- Claro, yo he vivido de todas las maneras a lo largo de mi vida. Con mi familia de padres y hermanos como casi todos, en grupo de amigos, solo muchos años, en pareja feliz, en pareja infeliz... esto último es otra forma de vivir solo, creo.

- Y por el orden en que lo cuenta, la ultima situación es la actual, ¿no?

- Así es, Adela.

- Y según parece no ha tenido hijos, ¿verdad?

- Es Ud. un auténtico detective -sonrió Martín- ¿cómo lo sabe?

- Lo he imaginado por algo que comentó en el comedor sobre que los hijos debían dar fuerza para soportar muchas cosas.

- Sí, mi vida no está resultando nada estable ni enriquecedora en el aspecto humano. Hasta ahora ha sido más bien un ejercicio de supervivencia que otra cosa. Supongo que es culpa mía... bueno, quiero decir de mi manera de ser. Uno en realidad intenta hacer las cosas lo mejor posible. También tiene mucho que ver el azar, creo. Hay veces que he imaginado que mi vida podía haber sido de otra manera, y que pequeños sucesos fortuitos han ido enmadejando las circunstancias, llevándome por caminos distintos de los deseados. Supongo que podía haber vivido de muchas maneras diferentes, y aún siendo el mismo, haber desarrollado una vida más satisfactoria. Por ejemplo haber tenido hijos, sí. O haber encontrado a la persona hecha a mi medida, o en lo profesional haber conseguido desarrollar a fondo mi vocación, cosa que también se frustró. Es como si en cada circunstancia la vida pudiera  bifurcarse por distintos senderos, y al ser encaminado por los sucesos a través de uno de ellos, se fueran dejando atrás otras historias posibles. Mire, si alguna vez me siento capaz de escribir una novela, quizás desarrolle esta idea, la de un personaje que vive a la vez muchas historias posibles suyas en sus sueños.

- Yo pienso que, al contrario, somos nosotros con nuestras decisiones los que nos embarcamos por uno u otro camino, a veces, eso sí, sin la debida información. Pero somos responsables de nuestras decisiones.

- ¿Y no piensa que un suceso fortuito puede cambiar una vida? No me refiero a una cosa tan evidente como que le toque a uno la lotería  o tenga un accidente, que también, ¿pero no ha pensado que quizás la persona más maravillosa para Ud. puede haber pasado rozando su vida y no se ha dado cuenta? ¿Y que si en lugar de tropezar esa persona al salir del metro con el hombre gordito que tenia Ud. al lado, lo hubiese hecho con Ud. quizás se hubiesen conocido? No, creo que no se trata sólo de tomar las decisiones acertadas, sino de un continuo juego del azar que dirige nuestra vida. Verá, en una partida puedo ser muy hábil y astuto jugando mis cartas, pero si el azar no me las sirve buenas poco partido voy a sacar a mis decisiones.

- Me maravilla Ud. con todo el discurso mental que ha elaborado ante una pregunta mía tan simple -dijo Adela mordaz-. Los hombres siempre tienden a hacer discursos y razonamientos explicativos de una cosa tan sencilla como es hablar de su propia vida. Y a las mujeres en general lo que simplemente nos interesa es que nos hablen de sus sentimientos.

- Tiene razón, tengo tendencia a reservar mis sentimientos para mí solo. Imagino que la mayoría de los hombres también. Los sentimientos propios son algo muy íntimo para un hombre, quizás porque no los maneja con la soltura e inteligencia que lo hace la mujer. Uds. puede expresar todo tipo de sentimientos con entera libertad, sin que eso las debilite, pero el hombre se siente vulnerable mostrando su interior, su lado más sensible. Supongo que es cosa de educación, ya sabe, todo eso de no llorar, no mostrar debilidad, etc. Debe ser el papel de guerrero que nos han cargado y que llevamos dentro desde la prehistoria.

- Hombres y mujeres, qué mundos tan distintos... -reflexionó Adela-, y qué necesidades tan distintas. Quizás el problema es que hoy vivimos demasiado juntos unos y otros y las diferencias son más evidentes. En la antigüedad los papeles de cada cual eran muy distintos, pero hoy se van aproximando tanto que por fuerza entran en conflicto las distintas maneras de ser. Qué difícil es que un hombre satisfaga sentimentalmente por completo a una mujer. Y al contrario, qué difícil es que una mujer satisfaga físicamente y de manera duradera a un hombre. Y cada vez me pregunto con más dudas si las mujeres tenemos derecho a exigir al hombre que sea como nosotras.

- No se preocupe, las generaciones jóvenes van cambiando tan deprisa que a veces pienso que la conducta de los chicos es más femenina que la de las chicas -dijo sonriendo con ironía Martín-. Sin duda es una inversión de papeles, un ensayo de descubrir el mundo del otro.

- Si, pero a mí me parece que se pasan tres pueblos en el intento. Las chicas diciendo tacos todo el día, y para más ridiculez, tacos prestados del mundo varonil, como eso de “estoy hasta los cojones” y cosas así; y los chicos depilándose y empapándose en perfume como auténticas niñas.

- Cierto, aunque quizás no es la primera vez que pasa algo de esto. Estaba pensando en la época de Luis XIV, con su corte de empelucados vasallos, bien empolvados y perfumados, de maneras exquisitamente afeminadas. Me parece que tenemos una tendencia inconsciente a comparar nuestra generación con la anterior. Me temo que nos hemos hecho demasiado mayores sin darnos cuenta.

- Ah, la edad..., no se da una cuenta de cómo pasa hasta que ves que tus hijos se van de casa y empiezan a vivir su propia vida... -dijo Adela sumiéndose en sus sentimientos.

Echó Martín un vistazo a la  piscina. Allí seguían los niños jugando en el agua con flotadores tipo espagueti gigante, y las hermosas mamás adormiladas al sol. Observó que la mujer solitaria que leía, dejaba el libro y se levantaba para darse un baño. Tenía un cuerpo atractivo, delgada pero con sugestivas formas. Se fijó de nuevo en su breve bikini, cuya parte inferior, estirada, se sujetaba en las caderas dejando al aire las ingles  perfectamente depiladas. Por detrás, como estaba de moda, dejaba al descubierto la mitad de las nalgas, bien formadas y a la vez blandas, que se movían suavemente al caminar.

- Bonita chica, ¿verdad?- oyó que decía Adela sacándole de su contemplación.

- Verdad - respondió Martín sonriendo y apartando la mirada de la escena.

- Ha llegado hace unos días, pero es muy reservada, siempre sola con su libro. No parece querer relacionarse con la gente.

- Sin embargo es muy sexi; me pregunto si eso no es una señal de deseos de comunicación. Un personaje  interesante para una novela, ¿no? Por cierto, no me ha seguido contando acerca de la chica de su novela.

- Teresa, se llama Teresa. Para mí es ya casi un ser de carne y hueso. Le conté que se puso a trabajar muy joven y se independizó de los padres para vivir sola. Al acabar el colegio se puso a buscar trabajo en contra de los deseos de sus padres, que querían que fuera a la Universidad. Pero ella quería alejarse del ambiente familiar, conflictivo, donde las comidas estaban siempre preñadas de silencio hostil, cuando no de discusiones abiertas. Encontró colocación en unos almacenes comerciales, donde hacía un poco de todo. El sueldo no era gran cosa de momento, pero ella estaba feliz y se puso a buscar un alojamiento. Encontró una especie de estudio diminuto en un barrio popular, en realidad una buhardilla bastante destartalada de una sola pieza, en la que  habían substraído un rincón para hacer un pequeño cuarto de baño separado con paneles de madera pintada. Había también una minicocina tipo americano, una cama-sofá pegada a la pared y una ventana abalconada desde la que se veía el cielo.  Era lo único que podía permitirse con su  escaso sueldo, así que sin dudarlo la alquiló. La dueña le dio permiso para arreglarla a su gusto. Emocionada, y sin decir nada a sus padres, se puso manos a la obra dispuesta a construir allí un nidito para su vida. Una amiga y su hermano la ayudaron en las tareas más pesadas. Lo primero que hicieron fue quitar los paneles de madera del baño, dejándolo a la vista. La habitación se agrandó milagrosamente en un instante. Había una ducha de mamparas transparentes que no estaba mal, y con una buena limpieza quedó como nueva. Se propuso cambiar la apariencia de los sanitarios de manera que se integraran agradablemente en la pieza, y que aquel rincón cobrara un carácter de espacio de salud y no de lavabo. El water lo convirtió en un butacón confortable, quedando oculto bajo un amplio cojín. El lavabo lo convirtió en tocador, encajándolo en una coqueta con cajones. Y finalmente colocó un perchero de árbol a un lado y una planta alta al otro, junto a la ducha, quedando el rincón recogido y aislado parcialmente. Pintaron las paredes, el techo, la puerta y la ventana,  y abrillantaron el suelo. Unas plantas en la ventan acabaron por dar un nuevo estilo, fresco y confortable a la buhardilla. Allí se reunía a veces con las amigas y amigos e improvisaban un botellón casero y oían música; y otros muchos ratos los pasaba a solas, arreglando y mejorando detalles, poniendo cosas, empezando a tejer una soledad en calma. Al llegar a la mayoría de edad, les dijo a los padres que quería vivir independiente. El padre se lo tomó muy mal, hasta el punto de decirle que esperaba que pudiera salir adelante por su cuenta, porque su decisión no tenía marcha atrás; vamos, que no iba a readmitirla en casa. Teresa sospechó que la relación entre sus padres se iba a volver insufrible al no estar ella, que de alguna manera les hacía contenerse. Quizás era ése el principal motivo de la hostilidad de su padre hacia ella. Sin embargo no dejó de verles, especialmente a su madre,  y ya no tenía que presenciar en adelante sus desavenencias continuas.

Adela hizo una pausa, dudando cómo resumir la historia de Teresa. Al final se decidió:

- A ver... como no voy a relatarle punto por punto toda la historia, que nos llevaría  días, le diré que después de algunos años viviendo sola, con muchas  vicisitudes y peripecias, con varias relaciones sentimentales fracasadas, consiguió organizarse una existencia estable, armónica, en la que su soledad se fue abriendo a contenidos que llenaban su vida. Había llegado a la conclusión de que la principal fuente de conflictos entre las personas  se debía a querer aferrarse unas a otras para vivir, por no ser capaces de soportar su soledad. Al necesitar al otro y ser no obstante diferente, se iniciaba una lucha callada en la que cada uno quería que el otro fuese como él para así sentirse reforzado, identificado, reconocido. Pero eso no era normalmente así, y la convivencia se tornaba con frecuencia en negación de cada uno por el otro, en frustración. Pero la angustia y el miedo a la soledad hacía que no se rompiera la relación y se intentaba componer la convivencia, hasta el próximo desencuentro. Era un círculo vicioso que no tenía fin, un mecanismo de dolor. Se convenció de que tenía que ser capaz de afrontar su soledad de manera enriquecedora, sin dependencias; de ser emocionalmente autosuficiente. Desde esa realidad, entonces sí que podría llegar a tener una relación plena, libre, con otra persona. Y si eso no llegaba, pues tampoco pasaba nada. La vida estaba llena de infinitas oportunidades, de montones de cosas parar hacer, de multitud de personas con las que relacionarse e intercambiar afectos.

Martín escuchaba atentamente la historia y se sorprendía de la semejanza de las ideas de la tal Teresa y las suyas, y aprovechando la pausa que hizo Adela en su relato, le dijo:

- No se imagina lo que me está interesando su historia. Además tengo la sensación de que me está hablando Ud., de una persona real, como si me estuviera contando la vida de una conocida, de una hija.

- Pues no, no se trata de la vida de mi hija. Ella no tiene ese carácter tan independiente como Teresa. Cuando se independizó fue para vivir con su novio, con el que se lleva muy bien. Ella es bastante conciliadora, y sabe gestionar muy bien las eventuales desavenencias. Ella sí hizo la carrera en casa y nos aguantó a Antonio y a mí todo ese tiempo -se rió Adela-.  La verdad es que no sé de donde me ha salido a mí este personaje, porque ya ve que yo también soy bastante conciliadora y poco amiga de las rupturas. Quizás es algo así como mi otro yo, lo que podía haber sido si hubiese tomado otro camino en mi vida a la edad en que lo tomó Teresa. Pero lo cierto es que, en cualquier caso, Teresa es bastante real en cierto sentido. Es real en el sentido de que yo no conozco al personaje de antemano,  de que se va haciendo dentro de mí a medida que las circunstancias de su vida, el azar y su carácter la van obligando a actuar. Yo sólo di a luz el personaje, con su manera de ser, y luego los demás elementos que van conformando su vida fueron surgiendo de manera espontánea, encadenados por sí mismos aunque dentro de mi imaginación, a la que también la mueve muchas veces el propio azar. La vida de Teresa tiene las mismas características de lo real e imprevisto que la de cualquier persona auténtica.

- Así que no tiene ni idea de lo que le puede pasar a partir de ahora...

- Ni idea, aunque como cualquier persona, ella sabe, y yo también, hacia donde apunta su vida. Pero en esencia su futuro es incierto, como el de todos.

- Es sorprendente su historia. Imagino que la está viviendo con mucha intensidad, que disfruta, o sufre a veces, con ella.

- Me estaba acordando ahora -dijo Adela- que hace un rato me decía Ud. que si alguna vez escribía una novela trataría sobre las posibles historias en las que podía haberse desarrollado su vida, según las decisiones que pudiera haber tomado en momentos decisivos. Pues mire, algo así creo que me puede estar pasando, que estoy viviendo una posible historia mía. Hubo un momento en mi vida en que mis circunstancias familiares fueron las de Teresa. Pero yo opté por seguir en casa. Mi padre era abogado y no sé, quizás por tradición o por no tener una vocación definida empecé esa carrera. Pero me equivoqué, no me motivaba demasiado el estudio y no llegué a acabarla. Conocí a Antonio y nos casamos al poco tiempo. Mi vida siguió por los derroteros que ya conoce. La verdad es que las personas cambiamos con el tiempo y con la vida que hacemos, y me cuesta trabajo ahora saber si yo estaba en aquella época en condiciones de haber tomado una decisión como la que tomó Teresa. Quizás sólo me gusta imaginarlo.

- ¿Y en que situación está ahora Teresa? -preguntó interesado Martín.

- Teresa sigue trabajando en el mismo sitio y su situación laboral ha mejorado y es estable. Ella ve el trabajo exclusivamente como un medio de vida, no como la vida misma. Al principio de su vida en soledad pasó una temporada muy intensa, profundamente implicada en varias ONG de acción en el tercer mundo, pero poco a poco se fue distanciando ante la burocracia asfixiante, ante la labor meramente administrativa y a distancia de los problemas reales. También dejó atrás su época tormentosa de relaciones sentimentales y no se plantea iniciar una nueva relación. Conserva unas pocas amistades antiguas y está integrada en un circulo de amistades nuevas relacionadas con la práctica del Yoga, de la que se ha hecho adicta. Ahora está muy motivada en encontrar el significado auténtico de la existencia, fuera de la parafernalia del estilo de vida actual, enajenada con el consumo, con el disfrute inmediato, con la apariencia y lo banal; con las relaciones humanas de usar y tirar. Aparentemente se ha vuelto un poco insociable, y rehuye   el trato con personas que tienden a devolverla a este estilo de vida enajenado. Ama intensamente la música y el silencio, y a veces pasa largas horas en su nido abuhardillado practicando meditación. También lee, lee mucho, especialmente textos relacionados con la espiritualidad oriental, yoga, budismo zen, y también sobre religiones de todo el mundo y de todas las épocas. Creo que se está volviendo demasiado espiritual, aunque el ejercicio continuo del yoga físico la mantiene anclada a la realidad material de su cuerpo.

        Sonó el móvil de Adela emitiendo una musiquilla cantarina pero discreta. Miró el número que llamaba, pero antes de que pudiera contestar dejó de sonar.

- Es mi hija. Siempre me hace la misma jugarreta. Llama y cuelga para que quede registrada su llamada y yo sepa que se ha acordado de mí; sólo eso. En teoría no espera contestación, pero la muy condenada sabe que yo enseguida la voy a llamar y nos pasaremos media hora hablando a cuenta de mi bolsillo. Esta juventud de ahora... Creo que voy a subir a la habitación a charlar un rato con ella.

- Claro, vaya -sonrió Martín-. Me ha interesado mucho su novela. Espero que siga contándome más cosas de Teresa.

- A mí también me ha gustado contarle la historia. Claro que seguiremos

hablando de ella.

Se levantó Martín para despedirla y volvió a sentarse para acabar su copa mientras seguía dándole vueltas a la historia. Era curioso el paralelismo entre su búsqueda actual y la que había emprendido Teresa a su corta edad, con la soledad como escenario de la búsqueda para ambos, después de constatar el fracaso de las relaciones entre las personas. Se percató entonces que él también hablaba de la chica como si existiera realmente, y rió para sus adentros.  

Durmió una larga siesta y despertó al atardecer. Se fue a pasear un rato con la intención de abrir el apetito para la cena. Esta vez eligió la carretera, dispuesto a contemplar la bella panorámica del ocaso sobre los montes. Seguía pensando en el personaje creado por Adela. El yoga, la meditación sin pensamiento, la mística oriental... Sentía una cierta angustia al pensar en tanta inmovilidad, en tanto vacío mental, en tanta paciencia y renuncia a los sentidos. Creía que su camino era uno intermedio, en el que esperaba una suerte de iluminación intuitiva que enseguida sometería a reflexión, que atraparía intelectualmente en palabras para convertirla en norma de vida.

Cuando regresó seguía sin apetito. La abundante paella del mediodía y la larga siesta debían ser los culpables. Así que se fue al salón de la tele a distraerse un rato. Sería porque la gente estaba cenando, pensó Martín, pero el salón estaba vacío. Así que se apoderó del mando dispuesto a elegir el canal que más le gustase. Terminaban los espacios de noticias en varios canales; en otro había un concurso; en otro una serie americana. Se quedó en una serie de divulgación científica que emitía un capitulo cuyo título despertó su atención: Universos paralelos.

El documental exponía curiosas paradojas de la física cuántica o física de las partículas, que manifestaban unos comportamientos distintos de los del mundo habitual. Se decía que una partícula, un electrón por ejemplo, no podía localizarse con seguridad en un lugar determinado, sino que podía estar a la vez en diferentes lugares con una cierta probabilidad. Y se describía un experimento en el que una partícula pasaba a la vez por dos rendijas separadas en una placa. La misma partícula pasaba a la vez por las dos rendijas; o al menos - pensó Martín- se comportaba como si lo hubiese hecho al registrar el fenómeno. Y si en lugar de dos rendijas había diez, la partícula parecía pasar por cada una de las diez a la vez. Era como si la partícula tuviera una existencia paralela. En otro experimento sorprendente, dos partículas que se habían generado a la vez y  habían viajado separadas en direcciones opuestas una distancia considerable, parecía que intercambiaban información instantánea de su estado con independencia de la distancia que las separaba, de manera que si una cambiaba en cierto aspecto, así lo hacía la otra en el acto. Era como si habiéndose hermanado en el origen de su vida permanecieran en contacto ya siempre, como si no existiese el espacio entre ellas.

Pensaba Martín que si las partículas eran parte de la realidad, entonces habría que concluir que la realidad se comportaba así. Sin embargo parecía que las teorías de la física cuántica no eran válidas en el mundo macroscópico, es decir, en el mundo directamente observable por el hombre.

Sin embargo, y sorprendentemente, continuaba describiendo el documental que algunos figuras relevantes de la ciencia cosmológica actual apoyaban una realidad para el Universo con algunos aspectos similares a los de la teoría cuántica. Es decir, apoyaban curiosamente la existencia de Universos paralelos. Según ellos, era posible la existencia de infinitos Universos simultáneos, muchos casi idénticos, hasta el punto de que algunos se diferenciaban sólo, por ejemplo, en la trayectoria que sigue la vida de una persona según tome una decisión u otra en un momento de su vida. Así pues, un Universo incluiría la vida de una persona que en un momento decidió casarse, y otro la misma vida que cambiaba en ese punto de dirección y permanecía soltero...

El corazón de Martín se había acelerado por momentos. ¡Justo hacía unas horas que había hablado con Adela de escribir una novela contemplando las distintas vidas que podía haber vivido según hubiera tomado una decisión u otra! Y según lo que contaban en el reportaje, dichas vidas, él mismo, podían estar existiendo en alguna parte, en algún mundo perdido por ahí. Más aún, la propia Adela estaba escribiendo una novela que relataba la vida de una muchacha que podía haber sido ella si hubiese tomado una decisión diferente en cierto momento.  Era demasiado.

“No puede ser...”, pensaba, “valga que la ciencia-ficción se meta en estas fantasías... pero que los propios científicos aventuren estas teorías parece poco serio... claro que una cosa es la teoría y otra la realidad... a ver cuando lo demuestran... pero por qué tantas coincidencias... por qué justo hoy después de hablar Adela y yo de todo esto tienen que haber puesto este reportaje por la tele... y por qué se me ha ocurrido a mí venir a ver la tele en vez de ir a cenar como siempre...”

Lo que no decía el documental era si podían existir comunicaciones entre esos mundos paralelos. Pensó que no, pues en caso contrario él conocería esas otras vidas suyas. “Pero Adela dice que su personaje es casi real... que está haciéndose en ella sin premeditarlo... podría tratarse  quizás de una comunicación con ese otro mundo paralelo...”, se decía.

Estaba muy excitado, como si hubiese intuido una nueva dimensión de la realidad hasta entonces ignorada. Y empezó a pensar en todas esas coincidencias sorprendentes que a veces suceden y que hacen pensar en señales del más allá, llámesele Dios o como se quiera.

Todo le parecía muy confuso sin embargo... pero pensaba que en efecto la realidad escapaba de nuestras manos, que lo que entendíamos por mundo real era una teoría más de la realidad, una teoría ya antigua pero consolidada para andar por casa, es decir, para poder desarrollar nuestra vida habitual. Sólo eso.

 

 

 

 

 

PARTE TERCERA  

Era temprano. Como aún no estaba abierto el comedor para el desayuno se fue a dar un paseo por la playa. Seguían danzando en su mente las extrañas ideas del documental de la noche anterior. La playa estaba desierta. Sólo, algo lejos, se veía una mujer sentada en la arena, un poco retirada del mar y mirando hacia el agua. Según se acercaba por la orilla vio que estaba sentada en postura moruna, y que realmente tenía los ojos cerrados, o casi cerrados. Permanecía inmóvil, con las manos entrecruzadas en el regazo. Estaba en postura de meditación, y enseguida se dio cuenta Martín, sorprendido,  de que era la misteriosa mujer del libro que había visto en la piscina. Pensó en pasar de largo, pero una extraña fuerza le hacía violencia y le retenía contemplándola. Se sentó de cualquier manera en la arena y continuó mirándola a una distancia discreta. Iba vestida de manera informal, con una camiseta y pantalón corto amplios. Parecía más joven de lo que había creído en un principio. Ahora tenía el rostro muy relajado, y parecía ajena a todo, sumida en su interior. Pensó Martín que hacia yoga o algo parecido. Tan concentrada estaba que se imaginó sentando justo delante de ella, mirándola, sin que ella se inmutara. Sonrió desistiendo de la idea  y cerró a su vez los ojos. Lo primero que le vino a la mente fue su propia imagen con los ojos cerrados estúpidamente, y confió en que nadie más pasara por allí. Luego intentó no pensar en nada concreto. Oía el mar, sentía el aire fresco de la madrugada... empezó a sentir su propia postura, que ya le resultaba incómoda y la cambió. Sin poder evitarlo le asaltaban toda clase de pensamientos: la imagen del Multiuniverso de la tele, representado como un conjunto de pompas de jabón; Adela contándole la historia de Teresa en la cafetería; Antonio pasando el brazo por los hombros de la chica de la excavación mientras se deslizaban entre las dunas... Al cabo de un rato de intentar meditar al estilo oriental se cansó y abrió los ojos. La mujer del libro había desaparecido. Por un instante se sintió avergonzado. Sin duda, al irse, le habría visto “meditando”. Se incorporó y continuó dando su paseo matutino. Por variar de plan, pensó en quedarse toda la mañana en la playa, cerca del hotel. Llevaría un libro él también y leería unas horas tranquilamente. Así que siguió caminando todavía un buen rato para cumplir con el ejercicio diario. Cuando regresó al comedor quedaba ya poca gente desayunando.

Con su amplio sombrero calado contra el sol y uno de los tres  libros que había traído, amén de toalla, bañador puesto y camiseta, se instaló en la playa, delante del hotel, entre la gente esparcida aquí y allá. Creyó reconocer a alguna persona, sin duda de verla en el hotel. A su derecha, un matrimonio estaba confortablemente instalado en sendas tumbonas: él, sumergido en el periódico; ella, cotilleando a la gente de la playa. Por su izda., una pareja joven se daba crema con fruición. Delante, en la misma orilla, una mamá dirigía la labor constructora de su nene, que hacía flanes de arena con un cubo. Más allá, por todos lados, tenían lugar similares escenas apacibles.

Cogió su libro y se detuvo un instante en la portada: “Teoría de la Religión”, de Georges Bataille. No sabía por qué incluyó ese libro, aunque seguramente por el título y el prestigio del autor, aunque no había leído nada de él antes.

El libro comenzaba con una cita filosófica muy larga de cierto autor, cuyo primer párrafo era un galimatías indescifrable, debido seguramente a una deficiente traducción. Luego se hacía más inteligible:

“El Ser mismo del hombre, el ser consciente de sí, implica pues y presupone el Deseo. Por consecuencia la realidad humana no puede constituirse y mantenerse más que en el interior de una realidad biológica, de una vida animal. Pero si el Deseo animal es la condición necesaria de la Conciencia de sí, no es condición suficiente. Por sí solo, el Deseo no constituye más que el sentimiento de sí. Al contrario del conocimiento, que mantiene al hombre en una quietud pasiva, el Deseo le vuelve inquieto y le empuja a la acción. Habiendo nacido del Deseo, la acción tiende a satisfacerlo, y no puede hacerlo más que por la negación, la negación o por lo menos la transformación del objeto deseado; para satisfacer el hambre, por ejemplo, hay que destruir o transformar el alimento. De ese modo, toda acción es negadora”.

Con este preludio, el libro se anunciaba denso, seguramente impropio para leer en la playa, pero no se desanimó. Lo que le movía muchas veces a leer este tipo de libros no era tanto profundizar en la tesis del autor como picotear aquí y allá por todo el texto a la caza de ideas, de frases que le inspirasen, que hicieran decantar en él sus propias ideas. Buscaba semejanzas, concretar o iluminar intuiciones propias que no conseguían revelarse.

El primer capítulo le estaba resultando desalentador y se lo saltó. Con el segundo le pasó lo mismo, y el tercero también le resultó cargante. Hablaba de animales, de hombres primitivos, de hombres actuales, del significado del  sacrificio animal, de lo sagrado y lo profano, etc., etc. Era un libro para sentarse en una habitación y ponerse a reflexionar, a descifrar las claves filosóficas del autor. Esta dificultad de algunos textos filosóficos ante una primera lectura le abrumaba, le impacientaba y le suscitaba dudas sobre la validez de su contenido, como si no fueran más que una elucubración racional gratuita, cuando no insensata. Saltando, saltando, llegó al final. El libro terminaba con este mensaje:

“A QUIEN LA VIDA HUMANA LE ES UNA EXPERIENCIA QUE DEBE SER LLEVADA LO MÁS LEJOS POSIBLE...

No he querido expresar mi pensamiento, sino ayudarte a extraer de la indistinción lo que tú mismo piensas...

No difieres más de mí que tu pierna derecha de la izquierda, pero lo que nos une es el SUEÑO DE LA RAZÓN, QUE ENGENDRA MONSTRUOS”.

De nuevo, como en el documental de la televisión, sintió un escalofrío. El mensaje final del autor parecía estar destinado especialmente para él. Era como si desde un tiempo pasado el autor le hubiese adivinado la intención con qué leía y la afirmación que acababa de hacer sobre los textos filosóficos. Además, el mensaje estaba escrito en una página separada y en apariencia no tenía mucho que ver con el resto del libro. Claro que él no lo había leído prácticamente... Así que haciendo un esfuerzo leyó la página anterior. En su lenguaje poco claro, interpretó Martín que se refería el autor al problema de la debilidad del sentimiento religioso contemporáneo y a los intentos de hacer una síntesis basada en lo común a todas. Decía que esa síntesis no podía ser sólo formal, sino que debía incluir la totalidad de la “sensibilidad religiosa” a lo largo del tiempo, incluido el sacrificio; desde la casi animalidad hasta la ciencia y la poesía.. Esa conciencia clara de la totalidad de la experiencia humana religiosa, se resolvería de manera desgarrada y  reveladora  en un caudal de lágrimas, estallidos de risa y éxtasis.

Dejó el libro convencido de que no había sido una buena elección para leer en la playa.

La gente seguía con sus cosas: la pareja haciéndose arrumacos; los de la tumbona, uno dormido y la otra en posesión ahora del periódico; la mamá del niño en la orilla se había soltado el pelo de constructor y con ayuda del pequeño había elevado casi un castillo, con almenas de flanes de arena. Pensó que ellos nunca se plantearían los problemas que se planteaba Bataille, ni pretenderían llevar su experiencia vital lo más lejos posible.  Simplemente eran felices de manera  sencilla, moderada, y parecía que eso les bastaba.

Al cabo de un rato de estar ocioso en la playa, se cansó lo mismo que de leer el libro. Se sentía algo inquieto, no sabía por qué, y se volvió al hotel.

Al pasar por delante de la piscina, vio a la mujer del libro en su rincón habitual a la sombra, leyendo. No pudo evitar el acercarse, mientras pensaba rápidamente una excusa.

- Disculpe el atrevimiento -empezó- ¿me permitiría sentarme un momento? Me gustaría hacerle una pregunta...

La mujer le miró pausadamente, prácticamente inexpresiva aunque Martín quiso imaginar que había sonreído con los ojos. Le hizo un gesto afirmativo.

- Verá -dijo Martín fingiendo un interés especial-  la he visto esta mañana en la playa y me ha llamado la atención su actitud de meditación. ¿Practica Ud. yoga o algo similar?

- ¿Está Ud. interesado en el yoga? -respondió ella con una casi imperceptible sonrisa irónica.

- No exactamente... digamos que estoy interesado en lo espiritual.

La mujer le miró tranquila y largamente, como si sus ojos se posaran en su alma y la observaran.

- Estaba Ud. muy gracioso esta mañana en la playa. Le he agradecido que no me interrumpiera entonces.

- Intentaba captar la experiencia interior que debía estar teniendo Ud.-respondió Martín algo azorado

- Bueno, pues lo que hacía puede llamarlo meditación yoga, aunque realmente eso es algo poco concreto. Hay muchas formas de meditación dentro del yoga, aunque todas persiguen el mismo objetivo. Yo me he ido acostumbrando a una manera propia de hacer meditación.  

- ¿Y cual es ese objetivo de la meditación yoga?

- Pues... -pareció dudar la mujer al elegir las palabras- la verdad es que me molesta dar definiciones típicas, trascendentales, las que probablemente habrá oído o leído Ud. alguna vez. Para mí la meditación es encontrarme conmigo misma en el silencio interior.

- Silencio interior... -aparentó reflexionar Martín-. Se refiere a no pensar en nada, imagino.

- A no pensar en nada ni tampoco prestar atención a los sonidos o a las sensaciones.

- Pero eso es tremendamente difícil. Se quedará uno en el vacío... como si la mente muriese.

- No, no es eso. Realmente lo que le he dicho es sólo el camino que ha de seguir uno que empieza, pero no la meta. La meta no es encontrarse sumido en la nada, en la muerte mental, sino en la plenitud del ser. Pero para ello debe primero aprender a no prestar atención a sus sentidos, y sobre todo a sus pensamientos. Normalmente la gente cuando habla del yoga se refiere al camino, a la técnica de meditación, pero no a la meditación en la plenitud del ser. Eso es una prueba de que no es nada fácil llegar a ese estado del espíritu.

- Qué difícil es entender esos estados elevados del espíritu para el que no los ha experimentado. Imagino que es tan difícil como intentar entender la sensación de “dulce”, por ejemplo.

- Así es. No se pueden “entender”, sólo cabe experimentarlos. Se puede entender el camino, la técnica, pero al final de la técnica es cuando debe  producirse la “iluminación” inexpresable, el “encuentro”.

- ¿El encuentro?... ¿Con qué?

- Piense en lo que experimenta cuando se encuentra por ejemplo con una persona querida que hace tiempo que no ve. ¿No es como una fusión con su alma, un baño en su esencia? ¿No se disuelve en ella, por decirlo así, sin dejar de ser Ud. mismo? ¿No es como si dejaran de ser dos personas separadas para experimentarse dentro de una unidad compartida?

- Cierto, así es esa gozosa experiencia.

- Pues  así es el encuentro del que medita con el “ser”.

- ¿Con qué ser?

- Con el ser indeterminado, con la existencia.

- Todo esto es muy escurridizo, muy etéreo.

- Ya le dije que no era fácil, ni tampoco inteligible.

- Sospecho que lo que dice implica que normalmente no somos conscientes de nuestro ser.

- Lo somos a medias, a través de lo que hacemos, de lo que sentimos, de lo que pensamos. Acuérdese de la famosa frase de Descartes: “Pienso, luego existo”. Parece que el hombre valoraba esa evidencia racional hasta el punto de lanzársela al mundo como un hallazgo. Si el hecho de existir fuese tan evidente no hubiese hecho falta armar tanta bulla con la frase, lo que quiere decir que a través del pensamiento la evidencia del ser no es excesivamente lúcida e intensa. Ni tampoco a través de los sentidos. Y es que ambos ocupan parte de nuestra mente y nos impiden la plena conciencia. Pero si los eliminamos, es decir, si no ponemos la conciencia en ellos, parece que toda la conciencia estaría disponible para ese encuentro con el ser.

- Me tiene Ud. maravillado, se expresa con una claridad tal que casi se contradice con eso de que estas cosa son ininteligibles.

La mujer sonrió, especialmente con los ojos. Pensó Martín que ese era su gran atractivo, el sonreír con los ojos. Sin duda esa era una sonrisa del espíritu.

- ¿Y su interés por lo espiritual en qué consiste? -le preguntó la mujer.

- Ufff... qué difícil concretarlo también -respondió Martín cavilando-. De entrada ya le digo que soy adicto a la reflexión, al pensamiento, así que mi búsqueda del desarrollo espiritual está pasando de momento por reflexionar sobre lo que no me conduce a nada, o mejor dicho, al malestar, a la infelicidad. Es decir, por negar mi vida hasta la fecha, con sus ocupaciones, relaciones, etc. Tampoco se salvan de mi insatisfacción las religiones, las occidentales y las orientales, lo siento. Las veo poco evolucionadas, ancladas a otros tiempos y a otras culturas. Y entre toda esta debacle, reconozco que la vida del hombre necesita lo espiritual para ser plena. Necesita esa dimensión que ilumine el camino de su existencia. ¿Pero cómo encontrar una nueva idea religiosa, una nueva visión de lo real que tenga un polo de atracción espiritual al que nos estreguemos? Ya me doy cuenta de que con el pensamiento no voy nunca a llegar a esa visión. Me gustaría conocer el camino adecuado para llegar a ella, como pasa con las técnicas de meditación del yoga. Quizás tengo la esperanza de un golpe de intuición, de una iluminación como Uds. dicen, o mejor que lo tenga otro, algún profeta de nuestro tiempo, y lo difunda. Pero me gustaría que esa nueva religión no fuera solo intimista, una experiencia de cada persona como en el yoga, sino participativa, común, como las religiones occidentales. Y racional, o sea, expresable, comunicable, inteligible;  yo soy de esa manera, para mal o para bien.  

- Imagino que dentro de esa religión nueva no está pensando en otro Dios de tipo personal.

- No, como le dije pienso en algún tipo de idea que atraiga al hombre por un camino. Una idea motriz, un “atractor” espiritual. Claro que en eso han consistido las religiones occidentales, desde mi punto de vista, al presentar la idea de Dios. Pero desgraciadamente ya no se puede creer en un Dios a la imagen del hombre, en una persona dotada de los atributos humanos elevados al infinito. También es difícil de tragar la existencia de otra vida como ésta después de la muerte, pero de tipo espiritual exclusivamente. No va a ser fácil encontrar de nuevo el camino del espíritu. Quizás haya que esperar a que la ciencia vaya penetrando más y más en el conocimiento del Universo y de la realidad de la materia. La Humanidad tiene que cambiar y ser capaz de movilizar el espíritu persiguiendo algo real y tangible. 

- Es Ud. muy ambicioso. Yo me conformo con mis experiencias puntuales de encuentro con la realidad del ser, lo que me apacigua el espíritu y me ilumina la existencia, y Ud. intenta descubrir una nueva Humanidad.

El que sonrió ahora fue Martín regresando al presente.

- Soy un caso perdido. Sospecho que se me pasará la vida inquieto con estas divagaciones hacia el futuro mientras Ud. vive feliz y en paz en el presente. Sospecho que este paréntesis que me he propuesto hacer en mi vida para reflexionar me va a hacer darle la vuelta a muchas cosas, quizás incluso a mis propios propósitos. La verdad es que todo es demasiado intangible. Es como andar sobre las aguas.

Martín se quedó unos instantes observando a la mujer, y sintió que era capaz de mirarla como lo hacía ella, tranquilamente a la profundidad del alma.

- Por cierto, no sé cómo se llama. Yo soy Martín -dijo.

- Yo soy Teresa.

Martín sintió un sobresalto en el corazón.

- ¿Teresa? -repitió atónito.

- ¿Sucede algo? -dijo ella

- Oh, no... nada, una curiosa coincidencia. Se llama Ud. igual que una conocida mía.

- Espero que eso no le incomode -sonrió Teresa.

- No, claro, es que últimamente me están sucediendo toda clase de coincidencias...

Pensó inmediatamente en Adela, en la Teresa de Adela adicta al yoga y que rehuía la relación con la gente convencional y el estilo de vida actual y enajenado. Pensó en los Universos paralelos de la tele. Le estaba pasando cosas últimamente que tenía que contárselas a Adela lo antes posible.

- Me encantaría que pudiéramos comer juntos si no tiene Ud. compromiso. Sería agradable seguir con esta conversación -dijo Antonio.

- Pues eso es bien fácil -sonrió Teresa- suelo estar en el comedor hacia las dos.

- Allí la veré entonces. Ahora voy a ver si localizo a unos amigos.

Se despidió y se dirigió a la cafetería por si estuvieran Adela y Antonio tomando un aperitivo, pero apenas si había tres o cuatro personas. Volvió otra vez a la playa, cerca del hotel, y tampoco los localizó por ninguna parte.

“Bueno... después de todo la cosa no es tan urgente”, pensó, “ me parece que me estoy obsesionando un poco con el asunto este de las coincidencias”. Se fue a la habitación y después de una refrescante ducha se tumbó en la cama. Pensó en Teresa, en la Teresa real. Era una mujer especial. En realidad no sabía si llamarla mujer o chica; no tenía claro qué edad tenía, ni si su aparente seriedad la hacía parecer mayor siendo joven o si su espíritu en paz la hacia parecer más joven siendo en realidad mayor. En cualquier caso su rostro era atractivo, más que por sus rasgos regulares por el alma que anidaba en sus ojos. Recordó su atractivo cuerpo el primer día que la vio en la piscina, con aquel bikini tan breve huyendo hacia sus caderas...

Cuando llegó al comedor estaba entrando ya bastante gente. Divisó a Teresa en un rincón discreto. Tenía en la mesa una botella de agua nada más. Al parecer le estaba esperando. Iba vestida con un conjunto de camisa y pantalón corto ceñido muy bonito, y de un blanco deslumbrante.

- Está Ud. radiante. Le sienta muy bien el blanco. Sospecho que para Ud. es todo un símbolo -dijo Martín sonriendo y sentándose.

- ¿Sí? ¿De qué? 

- De luz interior, de ”iluminación”.

- Así es -respondió Teresa riendo con complicidad.

Era la primera vez que la veía reír y le pareció una persona completamente normal, entrañable.

- Bueno, confiese que ha acertado por casualidad, porque aquí nosotros el color blanco lo asociamos normalmente a la pureza, a la santidad, a los ángeles y a los niños. ¿Qué color le gusta a Ud. más?

- Quizás el negro...

- Es posiblemente una persona seria, sensible al misterio, noble y rebelde a la vez, independiente.

- Es curioso cómo hay algo de verdad en todo esto de los colores. Las primeras veces que la he visto me parecía una persona muy seria, quizás porque estaba sola, pero ahora veo que le va bien el color blanco, es más alegre, más abierto.

- Pero no soy normalmente así, abierta y alegre. Últimamente tiendo más a la armonía interior que a la expansividad. Pero eso es otro cantar... ¿qué le parece si comemos algo?

Teresa se sirvió una ensalada de pasta nada más. Martín, un guiso de carne con mucha guarnición de verduras. Se levantó otra vez para traer alguna bebida y optó por una cerveza, ya que Teresa bebía agua al parecer. Según volvía a la mesa vio que entraban Adela y Antonio. Ellos también le vieron y se acercaron a él.

- Les he estado buscando esta mañana -dijo Antonio- tengo que hablar de un asunto curioso con Ud., Adela.

- Pues siéntese con nosotros -dijo Adela animada.

- No puedo, lo siento, estoy con una persona que he conocido esta mañana - dijo señalando hacia el rincón donde estaba Teresa.

- Vaya, veo que no pierde el tiempo -se apresuró a decir Antonio, riendo. Ya me ha contado Adela que también han hecho buenas migas Uds. dos hablando de literatura.

- Adela es una escritora muy especial. Su novela me está interesando mucho.

- ¿Por qué no pasa después por la cafetería?, si puede. Podemos charlar un rato -dijo Adela.

- De acuerdo, procuraré hacerlo.

Según se sentaba le comentó a Teresa:

- Son los amigos que intentaba localizar esta mañana.

- Me decía esta mañana en la piscina que estaba haciendo un paréntesis en su vida para reflexionar...

- Sí, es curioso sin embargo que estando aquí, en este sitio tan tranquilo para meditar en soledad, acabo siempre haciendo amistades y relacionándome más de lo conveniente para mis propósitos. Siempre acabo implicándome en la vida de los demás sin pretenderlo. Y la verdad es que intento aislarme y encontrar algo de luz en mi búsqueda, pero no me impongo ningún tipo de disciplina ni obligación. Dejo que surjan las ideas a su aire.

- Creo que sería mejor que siguiera un método de meditación, un horario, una costumbre. Así se favorece la inspiración.

- Pues sí, pero el caso es que de momento no sé cómo empezar ni en qué puede consistir ese método. Cuando llegué aquí estaba agotado de reflexionar sin éxito, de darle vueltas y vueltas a mi vida sin encontrar una orientación válida. Sólo sabía lo que no quería y me propuse aquí simplemente no pensar en nada, abrirme a las sensaciones, al exterior, y esperar algún tipo de evidencia, de luz. Quizás por eso me dejo arrastrar por la vida de los demás, no sé.

- Está Ud. en un punto en el que estuve yo también en un momento. Cuando me di cuenta de que la vida tal y como está organizada es insatisfactoria. Hay demasiada agitación, demasiados intereses en conflicto, demasiados deseos de ser más y más a costa de lo que sea, de quién sea. Y eso incluso en el plano espiritual o sentimental, porque  se busca también la propia intensidad egoísta en la relación con los otros y así surgen celos, traiciones, esclavitud del otro, exigencias, y un largo etc. Hay demasiado ruido en la vida humana y se parece enormemente a la algarabía que arman los monos en su recinto del zoológico.

- Coincido completamente -dijo Martín asintiendo con la cabeza- ¿Y que hizo al llegar a ese convencimiento?

- Yo opté por el silencio, por apagar ese ruido vital, por renunciar a ese tipo de vida, es decir, a la vida establecida. Realmente sólo tuve que seguir las orientaciones de la espiritualidad oriental.

- El silencio, la oscuridad, el vacío... y la luz interior del ser. Sí, ya me contó de manera estupenda  ese estado de iluminación esta mañana... pero en mi caso es como si necesitara algo más después de eso, un camino hacia algo superior, una meta. Siento que no me basta una vida serena y en plenitud si llega un momento en que se apaga tontamente, consumida en sí misma como una cerilla encendida para nada. ¿Para qué todo eso? ¿Qué más da el silencio iluminado o la vida agitada y trágico cómica convencional si ambas cosas se extinguen de la misma manera?  ¿No es la vida una chapuza imperdonable de la Naturaleza, de Dios o de lo que sea?

- Bueno, la religiosidad oriental tiene también su dimensión trascendente, su más allá de esta vida, aunque distinto como sabrá de las religiones occidentales. Pero eso es otro asunto y yo no creo tampoco en esas supuestas realidades. De momento me basta el presente, la vida que tengo, vivida en armonía conmigo misma y en plenitud. Será que me siento todavía muy jovencita y estoy empezando mi camino -añadió riendo y mirando a Martín desde un pensamiento secreto.

- Sí, todos tenemos que andar nuestro camino - dijo Martín relajando su tensión ante la risa tranquilizadora de Teresa-. Aunque yo ya no soy tan jovencito y me impaciento. Quizás es que todavía no he encontrado ni siquiera mi camino y hasta ahora no he andado más que erráticamente.

- Erráticamente... eso suena a indecisión, a falta de compromisos... ¿no ha estado enamorado alguna vez, o ha apostado fuerte por una relación?

- Creo que no he encontrado una relación por la que apostar fuerte... La vida es caprichosa y conmigo el azar ha sido tacaño o las circunstancias adversas.

- O tal vez es Ud. demasiado cauteloso y le gustaría apostar sobre seguro, ¿no? Pero no se lo reprocho, ha acertado, no vale la pena lanzarse a volar hacia el cielo para luego caer en el barro.

- Sospecho que ha tenido algunos fracasos amorosos...

- Cuando era jovencita creí en muchas cosas. Primero en el amor a los demás, en la fraternidad, en la caridad. Y aposté por ello y me comprometí activamente en varias organizaciones. Después creí más en el amor personal, en la pareja... y también me comprometí varias veces... y también fracasé...

Una vez más, un ligero escalofrío atravesó la espalda de Martín de abajo arriba mientras le venía instantáneamente a la memoria  la historia de la Teresa de Adela. Eran ya demasiadas coincidencias y no pudo evitar seguir indagando:

- Ha debido ser Ud. una persona muy independiente y decidida, quizás desde muy joven...

Teresa le miró con curiosidad:

- Me asombra la intuición que tiene, parece como si conociera mi vida... Pues sí, desde muy jovencita me emancipé de mis padres y empecé a hacer mi propia vida, a perseguir mis propios objetivos.

- Tal vez ellos tenían otros planes para Ud....

- Sí, ya sabe, los padres siempre quieren que hagas algo relevante, una carrera, que te cases con alguien importante, etc., y todo ello sin contar contigo como si supiesen mejor que tú lo que te conviene. Yo les contrarié mucho y aceptaron muy mal mi separación.

Se hizo un prolongado silencio. Teresa sumida en su pasado y Martín casi asustado de la extraordinaria semejanza entre las vidas de las dos Teresas, la real que estaba delante de él y la de la ficción del relato de Adela. Él no se atrevía a decir nada y ella, aunque le miraba, parecía pensar en sus cosas. Finalmente Teresa sonrió seductoramente y le dijo:

- Me cae Ud. bien, no sé si se ha dado cuenta. Generalmente no soy una persona fácil para los demás, no me interesa el mundo convencional de las personas, con sus veleidades que me aburren y que eludo. Pero Ud. es muy semejante a mí en ciertos aspectos. No sé si se ha percatado de que en unos momentos nos hemos contado lo más delicado y personal de nuestras vidas como el que habla de la situación política o del cambio climático.

- Es curioso, sí, yo tampoco suelo abrirme tan fácilmente a otra persona. Generalmente procuro ser muy reservado para mis cosas. Tendré que confesar que siento una curiosa atracción por Ud.- dijo Martín sonriendo- desde el primer día que la vi sola en la piscina. Yo estaba hablando con una amiga en la cafetería y Ud. estaba leyendo un libro sentada en un rincón del jardín. Luego se dio un baño... El resto de mi interés por Ud. ya lo conoce -añadió sonrojándose casi imperceptiblemente.  

Teresa le miró largamente y en sus ojos brillaba esa sonrisa interior que fascinaba a Martín.

- Hablando, hablando, nos hemos olvidado de comer -observó Martín.

Rieron a la vez y se aplicaron a dar cuenta de la comida. Entre bocado y bocado intercambiaron opiniones animadas sobre el hotel, el veraneo, la natación y otros temas intrascendentes. Poco a poco se iban sintiendo cómodos y expansivos uno con el otro.

Cuando terminaron con el postre, dijo Teresa muy interesada:

- ¿Sabe lo que me gustaría? Que hiciésemos juntos una meditación de espejo.

- ¿Una meditación de espejo? ¿Y eso qué es? 

- Es lo mismo que la meditación en solitario pero entre dos personas, frente a frente.

- ¿Y qué más da meditar solo o acompañado, si cada uno se sumerge en su propio ser? -dijo Martín algo inquieto.

- Ah no, no es eso. Se trata de sumergirse cada uno en el ser del otro. Bueno, en el ser en general, pero a través del otro.

- No sé si lo entiendo bien...

- Es muy fácil. Uno mira el ser del otro y recíprocamente. Al final se encuentran con el ser indiferenciado que habita en ambos.

- Qué difícil -dijo Martín azorado- me parece algo muy personal...

- Puede resultar un poco personal al principio, hasta que uno trasciende la capa individual de intimidad. Después se llega hasta la zona profunda del ser, la verdadera, la intensa, que es común a todas las personas.

Martín empezaba a sentir una especie de vértigo emocional imaginando la experiencia. Se sentía asustado en principio, pero a la vez atraído irremisiblemente al abismo.

- Imagino que no puedo decir que no... - aventuró nervioso e intentando sonreír.

- No, no se debe abandonar un camino que se inicia sin explorarlo del todo -dijo Teresa enigmática y segura.

Se quedaron los dos unos instantes mirándose profundamente. El alma de Teresa brillaba tranquila en sus ojos. La mirada de Martín se afilaba intentado penetrarla.

- ¿Cuándo lo haríamos? -preguntó Martín

- Podría ser hoy al atardecer. A eso de las ocho es una hora tranquila para estar en la playa sin interrupciones. Nadie pasea ya a esa hora.

- Entonces me temo que nos veremos allí sobre esa hora... - dijo Martín simulando un gesto de resignación.

- No se arrepentirá, seguro, aunque habrá que ir despacio ya que se trata de un novicio - dijo sonriendo Teresa-. Suelo estar en el mismo sitio a esa hora y también de madrugada.

Martín seguía mirándola entre curioso y excitado intentando adivinar el alcance de la experiencia. De pronto se dio cuenta de que había quedado con Antonio y Adela para tomar café.

- Casi me olvido, tengo que ver en la cafetería a los amigos que saludé antes. Nos vemos entonces en la playa al atardecer...

- Allí estaré. Yo me voy también ahora un  rato a la habitación. -contestó sonriente Teresa.  

En la cafetería, Martín divisó enseguida al matrimonio sentado en el centro de la sala. Como parecía ser habitual entre ellos, no se mostraban demasiado comunicativos, manteniendo una actitud disimuladamente tensa.

- Casi me olvido de que habíamos quedado -dijo Martín sentándose - espero que no se hayan cansado de esperarme.

- No me extraña que se olvidara estando en tan buena compañía -apostilló Antonio siempre dispuesto al jolgorio.

Martín sonrió y contuvo sus ganas de contarle a Teresa sus sensaciones al respecto de Teresa, ya que la presencia de Antonio le incomodaba.

- Bueno, ¿qué tal va esa apasionante excavación? - contestó añadiendo un gramo de ironía.

- Muy bien, excitante como dice. Acabamos de encontrar no muy lejos del poblado lo que sin duda es un alfar. Habían aparecido en superficie bastantes trozos de cerámica en una zona próxima, junto al arroyo cercano, y después de hacer unas catas ha aparecido un vertedero de alfar. No cabe duda de que el horno estará cerca. Naturalmente, estará cubierto de arena, ya que estos hornos eran de adobe de barro y con el tiempo se arrasan por completo, quedando solamente bajo tierra la cámara de combustión, que se construía bajo el nivel del suelo para minimizar las pérdidas de calor. De momento nos estamos centrando en el vertedero.

- ¿Y qué han encontrado en el vertedero? -se interesó Martín.

- Un vertedero de alfar siempre me ha parecido algo así como el tesoro de Alí Babá en relación a los restos cerámicos. Verá, allí arrojaban las piezas que salían del horno con algún defecto de cocción, rajadas, deformadas, mal coloreadas, etc. Por un lado, no se podían comercializar, pero por otro no querían que nadie las cogiera gratuitamente para usarlas, por lo que las rompían previamente. Además, de esa manera ocupaban menos espacio en el vertedero Así se iban amontonando cantidad de piezas destrozadas al lado del horno, que finalmente acababan llevadas al vertedero. Estos vertederos son una especie de pozo amplio de poca profundidad llenos de trozos de cerámica procedentes de cientos de piezas de diferentes tipos, formas y tamaños, por lo que proporcionan una información valiosísima de la tipología cerámica de la época, de los circuitos comerciales, etc., etc.

- Imagino que ahora tienen que reconstruir las piezas -aventuró Martín.

- Ahí esta el problema, en la reconstrucción. No es una tarea nada fácil porque los trozos están muy mezclados, muy dispersos ya que no son un depósito primario, sino que provienen de diversos montones que se irían formando con el tiempo y luego serían trasportados al vertedero. Además, están mezclados con las cenizas de las hornadas, que también se depositaban allí. La lluvia a lo largo de los siglos ha dejado en la cerámica concreciones calcáreas mezcladas con hollín, y lo que aparecen son trozos negruzcos y granulosos que hay que someter a lavado y a desmineralización para recuperar el aspecto original de la cerámica. Es entonces cuando aparecen los colores del barro original, los admirables dibujos y decoraciones de las vasijas. Es un proceso fantástico, semejante al revelado de una fotografía en el laboratorio, cuando se ven aparecer las formas y los colores sobre el papel de la foto. Sólo entonces es cuando se empieza a poder clasificar todo el material para intentar reconstruir las piezas.

- Parece apasionante, en efecto, una especie de estimulante rompecabezas que tiene que producir grandes satisfacciones cuando se reconstruye una vasija entera.

- No se crea que es tan fácil, amigo mío. Imagínese que estamos tratando con miles y miles de pedazos mezclados sin orden ni concierto. A veces aparecen trozos de considerable tamaño, digamos que un quinto de la pieza, o partes muy significativas, como una buena parte del borde de la boca o el asiento. Es en torno a ellas cuando se puede empezar a trabajar. En otros casos, las vasijas están tan troceadas que es imposible su reconstrucción.

- Ya veo, no parece fácil desde luego. ¿Qué proporción de piezas calcula que se pueden recuperar?

- Cada vertedero es un mundo, habrá que esperar a que extraigamos todo el depósito y lo clasifiquemos. Pero no serán muchas por supuesto, quizás un cinco por ciento en el mejor de los casos, y no completas. Las partes faltantes de cada pieza se reconstruirán en escayola, diferenciando el color para que no se confunda la parte original y la restaurada. Pero no crea que el objetivo principal es reconstruir las piezas. Aunque no se pueda hacer, la información sobre las mismas está en los trozos, aunque no sean de la misma pieza.  Lo importante es la tipología, las formas, los bordes, asientos, decoración, tamaños, etc., etc. Como puede imaginar es un trabajo ingente a realizar después de la excavación.

- Qué interesante, casi está uno tentado a colaborar en las tareas...

- Ah, salió el arqueólogo oculto -dijo Antonio risueño-. Pero no se crea que es tan divertido. Es una labor rutinaria, igual que la propia excavación. Hay que ir despacio y tener mucha paciencia y método. Se aburriría sin duda. A lo que sí puedo invitarle es a ver el vertedero, o un poco más adelante las piezas que se vayan reconstruyendo en el museo. Por cierto -añadió dirigiéndose a Adela-, luego me acercaré un rato al pueblo a ver la cerámica que están limpiando hoy.

- Como ve, Martín -apostilló Adela-, Antonio es un apasionado impenitente por sus aficiones.

- A propósito, Adela -terció Martín intentando cambiar de tema- ¿cómo va su novela? ¿sigue trabajando en ella?... ¿cómo le va la vida a Teresa?.

-         Pues la cosa está muy apasionante también -respondió sonriendo y animándose  enseguida-. Teresa  ha conocido a un hombre interesante. La veo muy ilusionada, casi feliz, aunque no sé qué espera de esa relación, ya que en sus planes no está incluida una nueva aventura sentimental.

El corazón de Martín dio un vuelco. Ya no podía ocultarle por más tiempo a Adela toda la historia que bullía de manera inquietante en su interior.

- Adela -dijo poniéndose serio- en el momento oportuno tengo que contarle una cosa extraordinaria en relación a su novela.

- Cuente, cuente... -respondió Adela muy intrigada.

- Bueno, creo que les voy a dejar con sus propias aficiones -intervino Antonio aprovechando la ocasión caída del cielo - y me acercaré como digo al museo. No creo que tarde en volver -le dijo a Adela, y añadió mirando a Martín con cierta complicidad:

- Queda en pie lo prometido, y le garantizo que esta vez le llevaré y le traeré pese a lo que sea.

-         No fue ninguna molestia el otro día. Además, por lo que me ha contado, mereció la pena demorarse investigando aquellos restos de cerámica que habían aparecido en las proximidades - contestó Martín esbozando una sonrisa y evocando la escena de las dunas.

Cuando se quedaron solos, Martín se apresuró a relatarle a Adela todo el asunto de Teresa. Visiblemente nervioso, pero esforzándose por seguir un orden cronológico, le relató lo del documental de la tele sobre los mundos paralelos, la serie interminable de coincidencias sobre Teresa: el yoga, su vida, etc. Y como final de todo el misterio, lo que le acababa de contar Adela.

Adela se quedó en silencio, muy seria también, mirándole fijamente sin saber qué decir ni siquiera qué pensar.

- Lo que me cuenta es sorprendente. Yo no creo en este tipo de cosas esotéricas y extraordinarias, pero son demasiadas coincidencias desde luego para ser normales.

- No me diga que no es curioso que después de estar hablando Ud. conmigo de que la Teresa de su novela podría haber sido Ud. misma si hubiese tomado otra decisión distinta de la que tomó en su momento, me acerque de manera casual a ver la tele y pongan en ese momento un reportaje precisamente sobre eso, sobre la posible existencia de mundos paralelos en otra dimensión, de mundos que contendrían todas las posibilidades de existencia de cada uno de nosotros. Y que después me encuentre yo con una persona que se llama Teresa, cuya vida es igual al parecer a la de la Teresa de su novela, como si existiese una oculta comunicación entre UD y la Teresa del otro mundo, como si ella le estuviese sugiriendo o inspirando su historia. Y para colmo de asombros, que me diga Ud. que su personaje novelesco ha conocido últimamente a un hombre que parece interesarle, cuando yo mismo acabo de entablar amistad con la Teresa real y se ha abierto una puerta de comunicación interesante entre los dos. Es para echarse a temblar de la impresión.

- Bueno -dijo Adela pensativa-, lo último creo que podría tener una explicación racional después de todo. Los escritores encontramos inspiración en pequeños detalles del mundo real que nos pasan desapercibidos, pero que decantan en nuestra imaginación escenas a incorporar a nuestro relato. Al menos yo creo que a mí me pasa. Yo he visto algunas veces a su Teresa real, e incluso le he hablado de ella, tan reservada, tan centrada en su mundo. Quizás sin darme cuenta he establecido un cierto paralelismo entre ella y mi Teresa. Luego vi que el otro día parecía Ud. estar interesado en ella, cuando la miraba en la piscina. Es muy posible que mi inconsciente haya trabajado en secreto esas impresiones y se haya decantado la trama de la novela en el sentido de la aparición de un hombre en la vida actual de mi personaje. Después de todo, tampoco es nada extraño que Uds. dos se hayan conocido.

- Tiene razón, es sorprendente pero puede ser así.

- Lo que ya es más raro es toda la serie de coincidencias entre la vida de la Teresa real y la del relato, aunque pudieran darse desde luego. Teresa es un nombre común, no hay nada extraño en que ambas se llamen lo mismo. Pero cada coincidencia añadida hace que las probabilidades de producirse disminuyan de manera tremenda. Vamos, que parece tan difícil esta coincidencia global como el que se encuentre una por la calle con una persona que se le parezca  muchísimo. Sin embargo estas cosas pasan a veces. Comprenderá que lo que no puedo creer es que existe una Teresa por ahí en un mundo paralelo a éste, que resulta que soy yo misma siguiendo otra trayectoria vital que se bifurcó en un momento dado de mi vida, y que además, para mayor extrañeza, es mucho más joven que yo, o sea, que lo que estoy escribiendo en mi novela, inspirado no sé de qué manera por la Teresa real,  ha pasado hace ya muchos años, pero está teniendo lugar una especie de penetración o solapamiento de ese mundo paralelo de hace tiempo en nuestro mundo y época actual. Para volverse una loca. Tendría que creer que el pasado sigue existiendo en el presente y normalmente no lo vemos, salvo que provenga, como en este caso, de otra realidad paralela, de ese otro universo que tiene lugar en otras dimensiones distintas de las nuestras.

- Lo ha expresado muy bien. Es todo muy extraño y sorprendente, pero imagino que en nuestros días estamos todavía muy lejos de entender todas las dimensiones de la realidad, y ni siquiera de sospecharlas. Esto que ha dicho sobre el tiempo es algo que me inquieta desde siempre. ¿Qué es el tiempo? ¿No es quizás un invento del hombre para organizar su vida, su actividad? ¿Existe realmente el tiempo? ¿No consiste el tiempo solamente en la manera precaria de funcionar nuestra mente al captar la realidad paso a paso? ¿Podría existir una mente no temporal?... Disculpe mis extrañas preguntas, la verdad es que tengo un buen lío dentro...

- No, no crea que son extrañas sus preguntas. El tiempo es un tema literario de primera magnitud. Revivir el tiempo pasado, darle nueva vida, darle incluso una vida más completa y consciente de la que tuvo en su día, es una tarea común para un escritor. Vivimos demasiado deprisa urgidos por los acontecimientos presentes, y sólo después que el presente se ha convertido en pasado somos capaces con calma de ahondar en lo vivido, de descubrir su significado y relacionar unas cosas con tantas otras que nos pasaron desapercibidas en su momento. Realmente, la realidad se crea en la conciencia cuando el pasado se interpreta. La realidad es siempre un recuerdo. El presente se vive como impresiones en directo, pero no somos plenamente conscientes de su alcance total, de su contenido completo, hasta que lo revivimos a la luz de la conciencia. Así que ¿dónde esta lo real, en el pasado o en el presente revivido? El tiempo, como dice, no es algo que esté claro ni que se le pueda atribuir el carácter de existente.

- Es Ud. asombrosa. No imaginaba que un ama de casa y madre tuviese un mundo interior tan interesante. Antonio y Ud. son dos personas especiales, pero muy distintas.

- Verá, en mi caso y a mis años, he descubierto que escribir no es sólo una afición, ni siquiera un arte; es una manera de vivir, más intensa que la propia vida. Por eso le decía que mis personajes eran seres reales. Escribir es crear realidad, y vivirla. En el caso de Antonio - sonrió con cierta malicia- la realidad es también revivir un pasado, histórico, demasiado alejado en el tiempo, imposible de recuperar en su totalidad, siempre insatisfactorio e incompleto, y como compensación a tanta aniquilación, a tan irremisible pérdida obrada por el paso del tiempo, a tanta angustia existencial proyectada en la propia vida ..., la inclinación  compulsiva a anclarse a sensaciones presentes intensas, pero sin dimensión, sin historia ni futuro.

- Veo que conoce a Antonio mejor que él mismo.

- No lo crea, Antonio no es nada tonto, pero asume su realidad y sus conflictos. Yo también asumo su realidad aunque me ofenda. Y asumo mi propia realidad, una realidad que va deteriorando mi cuerpo y lo va alejando de lo que fue hace veinticinco años por ejemplo, la edad que puede tener su Teresa. Una edad en la que todavía podía despertar pasiones en un hombre, en la que un hombre podía enamorarse de mí como puede Ud. enamorarse hoy de Teresa.

- Calle, calle, por Dios, que me estoy imaginando que está recibiendo “inspiración” de ese mundo paralelo que acabará convirtiéndose en realidad. Me siento completamente indefenso ante los acontecimientos, como si fuese abducido en un mundo que no controlo. No pasa por mi imaginación el enamorarme de Teresa. Tiene Ud. mucho peligro con sus “videncias”.

- Ya veo que está atemorizado ante lo que le está sucediendo -dijo Adela riendo-. Pero todavía no me ha hecho la pregunta importante.

- No, no me he atrevido hasta ahora; sentía ridículo de mí mismo. Pero ya no tengo más remedio que hacérsela: ¿se reconoce Ud. en la Teresa de la piscina?

- Aunque no la he visto de cerca y su apariencia para un tercero podría ser la mía a su edad, no soy yo desde luego.

- Ufff, me tranquiliza, parece que todo vuelve a su sitio dentro de mí, que el mundo vuelve a ser algo controlable. Imagino que he pasado por un estado algo histérico con todo este asunto. Posiblemente todo viene de mi situación actual... pero eso es otra historia que no viene a cuento.

- ¿Por qué? ¿Acaso no le he contado yo mis problemas? ¿No tiene confianza en mí?

- Bueno, ya le he contado mi vida a Teresa... así que como Uds. dos mantienen una comunicación misteriosa, sin duda acabará enterándose muy pronto -respondió Martín sonriente y dando por terminado el tema.

- Humm, tendré que seguir escribiendo y sintonizando la onda con ese mundo paralelo de Teresa -se resignó Adela devolviéndole la sonrisa.

 

Cuando Martín se levantó de la siesta era aún temprano para su encuentro con Teresa, así que se animó a dar un paseo por la playa antes de verla. Se dirigió a la zona donde la había encontrado por la mañana, y en efecto aún no estaba allí, así que siguió caminando. Iba pensando en su conversación con Adela. Presente, pasado, pasado revivido en el presente, ahondándose, iluminándose, haciéndose plenamente consciente. Sin embargo, aunque parcialmente inconsciente, los sucesos estaban en el pasado y eso era irreversible como lo era el cúmulo de circunstancias coincidentes en ellos, irrepetibles. La realidad se creaba en cada instante aunque su eco y su significado tuviera lugar después. La realidad se anunciaba como una expectativa que iba a producirse y hacia la que se caminaba, aunque lo que sucedía no era nunca exactamente como se había previsto. Después sucedía y sus consecuencias definían la propia vida y los nuevos pasos sucesivos por ella. Era un movimiento continuo que engendraba su propia dinámica. Y como tal movimiento continuo, era imposible aislar en él un instante. Así que lo real nunca podía ser el presente instantáneo, que no existía, sino una fracción de la historia mantenida a la vez en la conciencia, que incluía un poco de pasado y un poco de expectativa de futuro. La realidad era ciertamente un relato propio, un relato en el que intervenían agentes externos, pero relato, al fin y al cabo, paso a paso imaginado de nuestra vida. Cuando uno se refería al presente -seguía dándole vueltas- se estaba refiriendo al pasado cercano, al recuerdo y a la imaginación del futuro. Y si estaba claro que la realidad no era el presente instantáneo, sino que una parte de la propia historia seguía viva en el presente, ¿por qué no podría seguir viva la totalidad de la historia configurando el  presente?- se decía- ¿Sería por falta de capacidad mental, de memoria instantánea? Y si se pudiera, ¿podría decirse entonces que el pasado en su totalidad estaría presente, que existiría realmente?

Le resultaba enormemente tentadora esa idea de que la realidad era el pasado, de que toda la historia no se había perdido irremisiblemente en el cambio continuo del mundo, sino de que seguía existiendo. “La realidad es el pasado”, se atrevió a sentenciar para sus adentros y se sintió salvado. Su propia vida no estaba ya suspendida en la nada del presente, sino arraigada y sustentada con fuerza en toda su historia, en la historia de su familia y de sus antecesores, aunque fueran desconocidos, y más allá, en la historia completa del hombre. El fallo era que su mente no podía hacer presente ese pasado inmenso, aunque si no en su totalidad algo de él parecía que había heredado y estaba almacenado en su inconsciente. Recordó aquella teoría del inconsciente colectivo, del conocimiento heredado de la especie y albergado en el cerebro.

“Es muy posible que exista una técnica de meditación... que nos permita acceder de manera vívida a nuestros recuerdos... a nuestras experiencias pasadas... seguro que todo está contenido aquí dentro, en el cerebro... que puede revivirse con la misma intensidad que cuando sucedió... sería una meditación interesante... ensanchar el presente hasta el horizonte total de nuestra vida transcurrida”, pensaba excitado.

Miró el reloj y se dio cuenta de que era la hora de su encuentro con Teresa, así que desandó rápidamente el camino y al cabo de un rato creyó localizarla a lo lejos. Más cerca, observó que hacía ejercicios de yoga físico, ejecutando posturas complicadas que hacían evidente la extraordinaria flexibilidad de su cuerpo.

Cuando llegó a su lado Teresa le miraba sonriente. Iba vestida con la misma ropa corta y cómoda que llevaba por la mañana en la playa.

- Ven, siéntate frente a mí -le dijo con una intimidad que le hizo conmocionarse ligeramente como si le hubiera rozado por dentro-. Cruza las piernas como yo y ponte lo más cómodo posible. Como eres completamente novicio tengo que guiarte paso a paso, pero ya verás que no es tan difícil.

Se arrastró un poco hacia él hasta que sus rodillas estuvieron en contacto, y después de permanecer unos instantes así, sintiendo ese contacto, le dijo:

- Ahora tenemos que sentirnos cómodos uno con el otro. Aunque ya nos conocemos, es necesario que nos acostumbremos uno al otro, que nuestra presencia y cercanía no nos distraiga de lo esencial. Para ti será más difícil que para mí, que ya estoy acostumbrada a esto. Puedes mirarme todo lo que quieras, con toda libertad, hasta que cualquier parte de mi cara o de mi cuerpo te sea tan familiar que ya te olvides de ellos. No reprimas ninguna sensación, simplemente deja que se incorporen a tu conocimiento de mí y llévalas contigo en adelante sin prestarles más atención.

Martín no pudo evitar una sonrisa incierta, a medio camino entre el nerviosismo y el deseo, pero no dijo nada aunque intuyó que aquello le iba a resultar algo embarazoso.

Comenzó mirando sus manos, juntas sobre su ombligo, descansando; sus dedos estaban bien cuidados, y aunque finos parecían resistentes. Sus brazos eran delgados y contorneados, y sus hombros se adivinaban consistentes bajo la camiseta. Luego levantó la mirada y vio que ella le miraba la cara, la boca, los ojos... Lo hacía con mucha naturalidad, tranquila y placentera, ligeramente sonriente. Martín miró su cuello, alto y delgado, su pelo corto que ocultaba sin embargo parte de sus orejas. Luego se fijó en su torso bien proporcionado, y se detuvo en sus pechos, que parecían pequeños pero firmes. Se fijó en el pequeño bulto de sus pezones, que se hacían notar bajo la camiseta. Volvió a mirarla a los ojos, que en aquel momento le miraban. Se sintió algo cohibido, pero en la mirada de Teresa había aceptación, como si le invitase a explorarla, a saciarse de su anatomía. Y volvió a sus pechos, los imaginó desnudos, bien formados. Intentó adivinar el color real y la textura de sus pezones. Luego bajó por su cintura, estrecha y esbelta, por sus caderas bien marcadas que delimitaban un vientre sugerente. Trató de imaginar su sexo y se quedó un rato mirando allí, hacia el centro de sus piernas abiertas, recordando aquel breve bikini de la piscina, ceñido y pegado a su pubis. Sintió que se estaba excitando y con sigilo volvió a mirarla a los ojos un poco ofuscado.  Ella miraba su pecho, sus muslos, su sexo también... y luego se encontraron sus miradas, cargadas cada una del cuerpo del otro, y se reconocieron y se aceptaron mutuamente... y Martín supo que Teresa le había regalado su cuerpo pero que eso no tenía ninguna importancia, y que ella había tomado posesión del suyo y que tampoco la tenía. Seguía viendo su propio cuerpo en el espejo de los ojos de Teresa, y le pareció una imagen entrañable. Y se dio cuenta de que ella estaba viendo el suyo propio en los ojos de él y que le gustaba.

- Parece que nuestros cuerpos se han hecho amigos -dijo Teresa tiernamente tomándole las manos.

- Así es -dijo Martín apretándoselas, y añadió sonriendo- cualquier día hasta querrán ducharse juntos.

-         Por qué no -dijo ella riendo abiertamente-, quién sabe... pero no hemos hecho más que allanar el camino limpiándolo de obstáculos, de deseos reprimidos, de barreras equivocadas. Ahora es cuando empezaremos a acercarnos.

Tomó la mano izquierda de Martín bajo su mano y la llevó sobre su rodilla derecha, y le pidió él hiciera lo equivalente con su mano libre, de manera que quedaron ambos con las manos colocadas de manera simétrica, sintiéndose mutuamente las manos y las rodillas.

- Ahora deberás mirarme a los ojos intentando ver cómo soy, entrando en mi alma. Yo no te pondré obstáculos. Podrás verme y mirarme cuanto quieras por dentro. Yo haré lo propio contigo si me dejas.

- No sé si podré -dijo Martín sintiéndose violentado, inquieto-.  Soy demasiado reservado con mis sentimientos. Mi interior es algo muy personal y no se puede abrir así de manera tan sencilla.

-         No te preocupes; entonces tú simplemente intenta verme a mí.

Teresa le ofreció una mirada tranquila, receptiva, una mirada de ojos grandes inofensivos, como los de una niña dispuesta a mostrar sus emociones y deseos. No había en ella nada inquietante y Martín se sentía a gusto contemplándola. Tenía unos ojos bonitos y no se había dado cuenta antes, o era quizás su mirada la que era hermosa. Expresaba paz, equilibrio, serenidad, aceptación de todo. Empezó a experimentar un sentimiento de ternura por aquella mirada, y vio como entonces se iluminaba, como un brillo de tierna felicidad  se instalaba en aquellos ojos que le miraban. Sintió miedo y se reprimió. Vio cómo la mirada de Teresa se entristecía, cómo acusaba el abandono y se retraía en sí misma. Martín quiso devolverle la expresión inicial de felicidad, pero algo se había estropeado y ya no era posible. En vano intentó sonreír, volver a experimentar ternura por Teresa, pero se dio cuenta de que no era auténtico, de que estaba obligándose, y Teresa seguía con su mirada un poco perdida. Empezaba a sentirse mal y pensó que aquello era un experimento insensato, que Teresa estaba jugando con él... y de pronto tomó conciencia de su debilidad emocional, de cómo una simple mirada le estaba removiendo los sentimientos de una manera infantil. Y miró a Teresa con profundidad, intentando penetrar en la verdad de su alma. Y se encontró a una Teresa fuerte que le hacía frente, a una Teresa que le decía que ya le estaba conociendo por dentro. Sintió vergüenza de su propia debilidad al descubierto. La mirada de Teresa se volvió entonces acogedora, maternal, y le decía que no se avergonzara de sus sentimientos, que no se exigiera una fortaleza falsa, que la debilidad era lo que acercaba a las personas. Martín sintió inexplicablemente ganas de llorar. Hacía esfuerzos por contener sus emociones pero se sentía raro, vulnerable, violado en su intimidad, pequeño. Vio que los ojos de Teresa se humedecían y brillaban de agradecimiento, y no pudo evitar que los suyos se inundaran. Se abrazó a ella y se sintió perdido.

Cuando se repuso y se separó, vio cómo Teresa había recuperado la paz de su mirada, cómo le observaba serena y segura. Él también lo estaba y no le importaba ya lo que le había pasado. Lo había aceptado y asumido. Teresa ya sabia que era débil emocionalmente y eso, extrañamente, le daba una fuerza desconocida hasta entonces. No tenía que afrontarlo él solo. Ahora ya podía permitirse ser fuerte ante Teresa. La miró con profundidad intentando ver en su alma. Se daba cuenta de la fluctuación de sus sentimientos, de lo sensible que era ante los sentimientos de los demás, en este caso de él. Se preguntó si ella podía evitar ser así o era esclava de esa sensibilidad tan delicada, y clavó su mirada en la entraña de Teresa. Ella acusó el dolor y se sintió desorientada, insegura. Veía en la mirada de Martín una imagen de ella misma con una naturaleza real muy poco autónoma, muy dependiente de los demás.  Y sin embargo su vida estaba transcurriendo en soledad, empeñada en alejarse de la gente. Fue ahora Teresa la que puso una mano en su hombro y le ofreció un alma debilitada por la carencia de sentimientos en su vida, por la falta de  intercambio emocional con las personas. Una vida en soledad, pero elegida y resignada. Y al mismo tiempo que Martín lo descubría, ella le estaba diciendo con la mirada que también era débil y vulnerable ante los otros, que por eso había elegido la vida que llevaba. Y se encontraron... de nuevo se encontraron desnudos y se aceptaron.

Fue entonces cuando comenzaron a olvidarse de sus peculiaridades, de sus debilidades y limitaciones, cuando comenzaron a mirarse desde el ser que hay detrás de los sentimientos. Martín veía a Teresa crecer por momentos, recuperar una fuerza que  se apoyaba en el ser que reconoce sus limitaciones como una forma de manifestarse solamente, y que desaparecen con el cese de toda manifestación, con el silencio del alma. Y Teresa veía esa imagen suya reflejada en el alma de Martín, y se afianzaba en ella. Él intentaba seguirla por ese camino, pero no conseguía alcanzar el silencio, no terminaba de ver en los ojos de Teresa su ser completamente liberado. Seguía atado parcialmente a su alma limitada. Fue Teresa la que cerró los ojos entonces y permaneció meditando unos minutos más a solas. Luego los abrió y, completamente en paz y fortalecida, le volvió a tomar las manos y le dijo con una ternura que la devolvía al mundo de los mortales:

-Hoy has andado un camino muy largo aunque no te des cuenta. Eres un alumno excelente, pero no es fácil ser libre de uno mismo. Por un momento creí que lo ibas a conseguir, pero es demasiado pronto todavía...

 

Cuando despertó Martín al día siguiente sintió que no tenía ganas de encontrarse con Adela, ni con Antonio... de que quería y no quería encontrarse con Teresa. Decidió ausentarse todo el día del hotel. Le estaban pasando muchas cosas en muy poco tiempo y se sentía algo confuso. Necesitaba dejar correr el tiempo, reencontrarse, recuperar el control de los acontecimientos. Sin pasar por el comedor para desayunar, salió del hotel y se subió a su coche. Se dio cuenta de que no lo había cogido ni una sola vez desde que llegó a aquel lugar. Todavía no conocía el pueblo y se dijo que era una buena ocasión para hacerlo. Al entrar en la carretera, que pasaba muy cerca por detrás del hotel, divisó el cartel señalando la dirección: EL BARTEL 16 km.

Era la carretera que había recorrido brevemente con Antonio camino del poblado ibérico. Pronto lo divisó pegado al mar. Al pasar por delante vio un par de coches ante el camino de ascenso al promontorio. No divisó a nadie arriba. Enseguida la carretera giraba hacia el interior y se separaba de la costa, enfilando hacia los montes cercanos. Al poco rato descubrió a lo lejos el pueblo, medio oculto y encaramado en las estribaciones de los montes. No parecía demasiado pequeño y cuando llegó arriba observó que se trataba de un pueblo de origen antiguo pero muy reconstruido. Las casas, impersonales y funcionales, construidas al libre albedrío, ocupaban las calles originales, que salvo la vía principal parecían estrechas y de trazado sinuoso. De vez en cuando se veía alguna casa antigua, de piedra y con sabor centenario. Destacaba la iglesia, también antigua, centro de gravedad del pueblo. Aparcó en la plaza de la iglesia, en la parte opuesta a la misma, que se abría en mirador hacia el valle y hacia el mar. Después de contemplar unos instantes la hermosa panorámica, se dispuso a dar un paseo por el pueblo. Enseguida localizó un bar en una de las calles que salían de la plaza y se dirigió a él con la intención de desayunar. El bar estaba desierto y una mujer que trajinaba detrás de la barra le miró con curiosidad.

- ¿Podría tomar algo para desayunar?- le preguntó oteando el mostrador en busca de algún tipo de bollería que no conseguía divisar.

- Le puedo preparar una barrita - dijo la mujer.

No le sedujo mucho a Martín el ofrecimiento y dijo:

- Déjelo, realmente no tengo mucho apetito. Tomaré sólo un café con leche.

Pensó que parecía evidente que nadie iba a desayunar al bar en aquel  pueblo. Mientras le servía el café, le preguntó por el museo.

- ¿El museo? -dijo incierta la mujer-... Será el edificio que hay al lado del Ayuntamiento. Si sigue por esta calle llegará enseguida a la plaza del Ayuntamiento. Pregunte allí, que ya le dirán.

Mientras terminaba el café pensó Martín que no iría por allí. Quizás se encontrara con Antonio y no le apetecía. Quería pensar en lo sucedido con Teresa el día anterior, meditar y analizar todo el cúmulo de sensaciones que se habían precipitado en su alma en aquella ceremonia tan íntima, conducida de manera tan sorprendente por ella. Pagó a la mujer y se volvió hacia el coche. Se metió dentro y se sentó confortablemente, mirando hacia el panorama. Encendió la radio del coche y buscó una emisora con música clásica. No se oía muy bien, pero era suficiente para oírla baja como música de fondo. Descubrió en la lejanía, diminuto y al borde del mar, el poblado ibérico. Recorriendo la costa hacia la izquierda, creyó divisar también el hotel. No podía ser otra cosa. No había nada más a lo largo de los kilómetros de costa que podían divisarse desde el mirador.

 Desde allí todo le parecía insignificante: la intensa vida de Antonio y sus aventuras, el fantástico relato de Adela que ella vivía de manera tan real, el silencio meditativo de Teresa fundiéndose con la realidad del ser que habitaba tras el alma... todo allí encerrado y desarrollándose en aquellos dos puntos casi perdidos entre el paisaje...

“Alejarse de las cosas da la perspectiva real de su importancia...  y qué poco importante parece la vida de las personas desde la distancia”, se dijo. Ante él, el cielo inmenso parecía ignorar la vida de los hombres, y la extensa franja de mar entre la costa y la línea del horizonte parecía descansar sobre el planeta con independencia de cualquier tempestad o tragedia. Sin embargo él, desde su observatorio, contemplándolo todo, no se sentía insignificante. Y pensó que la perspectiva ocultaba demasiado el corazón de las cosas, y que los diminutos seres encerraban mundos inmensos que se perdían con la distancia.

“Lo importante no tiene tamaño... lo importante es lo complejo” -filosofó.

Se puso a pensar en Teresa, en la escena de la playa, los dos frente a frente, sintiéndose. Estaba todavía asombrado y confuso de cómo ella había conseguido abrir su intimidad y se le había colado dentro en un instante. Aquel ritual le parecía un camino peligroso y a la vez irresistible. Aquel desnudamiento de cuerpo y alma, de deseo y sentimiento, tan próximos los dos, tan vulnerables. Sabía que la deseaba, pero la había visto desnuda de alma y aquello disolvía su deseo físico en otra perspectiva más tierna, más personal, más integrada.

“¿Me estaré enamorando como decía Adela? “, se dijo asustado... y después se tranquilizó. “No creo, es simplemente ternura, afecto... todo ha sido el efecto mágico de descubrir a Teresa desnuda... palpitante ante mí... de saberme yo desnudo también ante ella... indefenso.”

Pensaba hacia dónde le llevaría aquella práctica. Sabía que seguiría anclado  al alma de Teresa y a la suya propia, y que no sería capaz de trascenderlas, de olvidarlas. Pero si alguna vez llegaba a experimentar ese estado más allá, sería de la mano de ella y sin proponérselo. Algo le decía que su interés estaba justamente un poco más acá, en la frontera dudosa entre el alma y el silencio, en el momento justo de la muerte del alma.

¿Qué sería de Teresa? - se preguntaba-  ¿pasaría toda su vida practicando meditación, instalada en la paz y la conciencia profunda del ser? Él buscaba otra cosa, otra luz, otra evidencia más manejable, más cercana, en la que el alma y la mente estuvieran presentes, construyendo, caminando. Pero los dos eran seres perdidos en el mundo - pensaba-, semejantes en su desamparo frente a él. Los dos compartían una visión crítica semejante, una misma incapacidad para ser sencillamente humanos y felices en él.

Y pensó en Antonio, en su vitalidad optimista, en su saber contemporizar con las diferentes situaciones, en su manera de asumir sus contradicciones e instalarse en la existencia sacando el mayor partido posible de ella. Le caía bien, quizás porque él era incapaz de ser así, y por supuesto no lo intentaba. Tal vez él fuera demasiado rígido, tal vez necesitaba ser demasiado coherente; pero la realidad no era así, la realidad era un torbellino, un caos más o menos organizado por la sociedad donde no cabía una conducta excesivamente racional, ética, cuadriculada. La realidad no respetaba las normas impuestas por el hombre. Y Antonio se pegaba a la realidad como un gusano se pega a una hoja.

Pensó en irse del pueblo, en bajar hacia la playa. Al mirar por el retrovisor vio a un pequeño grupo de personas que cruzaban la plaza. Iban hablando animados. Un poco retrasados, una pareja les seguía. ¡Era Antonio, que caminaba junto a la chica de la excavación, muy juntos, muy emparejados! Martín se escurrió en el asiento y se echó a reír para sus adentros, tocando madera para pasar desapercibido.  

Cuando llegó al hotel después de deambular por la playa largo rato, no quiso entrar al restaurante. En su lugar, tomó algo rápido en la cafetería y se escabulló hacia la habitación, prometiéndose una buena cena por la noche. Al menos se regaló con medio vaso de ginebra de sus existencias, que ya iban agotándose. “Debería haber comprado una botella en el pueblo... y algo de comer”, se dijo. Pensó que no sería malo tener alguna reserva de comida en la habitación para estos casos: latas, cacahuetes, algo que no se estropeara.

La ginebra, junto a la poca comida, iba haciendo su efecto, pero no le importó. Se sirvió otro trago. No pensaba en nada, pero estaba a gusto. Una especie de lucidez vital, desenfadada y agradable, le iba liberando de cadenas que no sabía concretar. Se empezaba a sentir agradecido a la vida, con los sentimientos despiertos, con el alma abierta a un horizonte desconocido lleno de luz. Pensó en Teresa.

Cuando despertó de la larga siesta se notó con algo de resaca; pesado de cabeza y adormecido. Se acordó de la botella de ginebra. Estaba sobre la mesilla, casi vacía. El sol entraba ya por su ventana orientada al poniente. Se abandonó de nuevo al sopor renunciando a levantarse todavía.  

Dispuesto a darse un baño tardío, se dirigió a la playa. Quedaban ya pocos bañistas en la zona de playa del hotel. Dejó la camiseta, la toalla y las chanclas cerca de la orilla y se metió en el mar. El agua a esas horas estaba bastante cálida del sol de todo el día, pero su contacto envolvente le despertó la sensibilidad aún adormecida. Era agradable dejarse flotar, sentirse ingrávido en el líquido elemento. Su mente seguía embotada y sólo su  sensibilidad le mantenía viva la conciencia.  Salió del agua, y recogiendo la ropa se puso a caminar mecánicamente en la dirección donde solía meditar Teresa. Al superar la ondulación de terreno que delimitaba por la izquierda la zona de playa usada habitualmente por la gente del hotel, la divisó a lo lejos. Parecía estar sentada en su postura de meditación. Según se iba acercando comprobó que permanecía inmóvil, completamente inmóvil. Cuando llegó a su lado se sentó ante ella sin decir nada. Ella estaba con los ojos cerrados, aparentemente ajena a su presencia. Al cabo de unos instantes vio que sus labios se movían en una leve sonrisa, y sin abrir aún los ojos le dijo:

- Sabía que vendrías.

Luego abrió los ojos y le cogió de las manos mirándole con afecto.

- ¿Por qué lo sabías? -preguntó Martín acercando su rostro hacia ella.

- Porque te has enganchado a mí-. Y juntó su cara con la suya a manera de beso.

- Ni yo mismo lo sabía, de verdad -dijo Martín sintiendo el contacto.

- Pero has venido y eso es lo importante -dijo Teresa mirándole profundamente. Es señal de quieres seguir el camino que empezamos ayer.

- He estado pensando algo sobre eso, pero no acabo de tener claro si busco lo mismo que tú, ese estado más allá del cuerpo y el alma.

- Ya sé, ya me contaste que prefieres buscar por el lado de acá.

- Sí, no quiero disolverme, dejar de ser yo mismo, morir.

- Lo que te dará la paz no es lo que tú pretendes encontrar. Realmente creo que no sabes lo que estás buscando.

- Ya te lo dije, busco una idea que despierte mi espíritu, que lo movilice por un camino a la vez tangible y trascendente.

- Ya, y eso es lo que te haría sentirte en paz, pleno, feliz.

- Efectivamente, entonces dejaría de torturarme la idea de que ando perdido, de que mi vida es un fracaso.

- ¿Y si por cualquier motivo te encontraras plenamente feliz? ¿Crees que seguirías buscando otra cosa?

- Ya veo por donde vas... cualquier droga puede hacerme feliz de momento y hacerme olvidar mis propósitos. Pero eso es transitorio. Al final la lucidez me devuelve la insatisfacción.

- No me refiero a un estado pasajero ni engañoso. Me refiero a que la felicidad a lo mejor la puedes hallar en otra cosa distinta de la que intentas encontrar, en otra cosa que ni siquiera sospechas.

- Alguien tendría que enseñarme esa verdad. Yo busco la mía, la única que conozco después de haber vivido ya bastantes años y haber explorado muchos caminos.

- Quizás todo es más simple de lo que tú te crees. Me gustaría hacértelo conocer. Pero para eso tienes que tener confianza en mí, dejarte llevar. Después de todo, si has empleado ya muchos años buscando por diferentes caminos, uno más no te hará mucho daño si al final lo desechas.

Martín rió con afecto y la atrajo suavemente hacia él.

- Cualquier camino contigo será siempre placentero -le dijo.

- Creo que acabas de señalar el camino -dijo Teresa misteriosa.

- ¿Sí?

- El yoga tiene muchos caminos. Hay personas que encuentran más fáciles unos caminos que otros. Quizás el mío no es el más adecuado para ti. Pero por todos los caminos se puede llegar a descubrir la plenitud del ser, la paz en el encuentro con la verdad de la existencia...

- Imagino que cualquiera que sea el camino no será fácil. Si no, todo el mundo sería feliz.

- El problema no es de dificultad, sino de ignorancia,  de desorientación vital. Seguro que alguna vez te ha pasado que andas buscando por toda la casa algo, no sé, unas tijeras, unas llaves... y de pronto te das cuenta de que las llevas en la mano Es entonces cuando dices la famosa frase “estoy tonta hoy” - se rió-. Pues pasa algo parecido con la plenitud, que la buscamos por todas partes y no nos damos cuenta de que la llevamos con nosotros, que no necesitamos a nadie ni a nada para encontrarla. Creo que tú también estas buscando en el sitio equivocado.

- Pero yo no busco la plenitud por sí misma, yo busco un camino. Cuando lo encuentre y sepa que estoy en la dirección buena, la plenitud me vendrá por añadidura.

- No es necesario andar ningún camino hacia alguna parte. En realidad ya has llegado y no te has dado cuenta. Tú mismo eres el camino.

- Es hermoso todo esto que dices -dijo Martín-. Pero tú misma me has dicho antes que había muchos caminos en el Yoga.

- Es una forma de hablar, pero en realidad todos los caminos están dentro de uno mismo, no fuera. Tu dices que quieres quedarte de este lado del ser, del lado de la sensibilidad, de los sentimientos.  Pues vamos a trabajar ahí y a ver lo que encontramos.

- Me has prometido antes un camino placentero -advirtió Martín sonriendo intencionadamente...

- Sí que lo será, pero no habremos llegado a ninguna parte si buscamos el placer por el placer. El placer es sólo el camino para que el ser se revele en toda su intensidad. Y cuando se revele te darás cuenta de que siempre ha estado contigo, que no hacía falta buscarlo fuera.

- Estoy en tus manos entonces -dijo Martín sonriendo afectuoso y llevando junto a sus labios las manos de Teresa, que habían permanecido enlazadas a las suyas todo el rato.

- Tú haz simplemente lo  mismo que yo -dijo Teresa, apretando sus rodillas junto a las suyas y pasando sus manos por el cuello de Martín. Cuando él había hecho lo propio, ella juntó su frente a la suya.

La proximidad, mantenida entre sus manos, del rostro de Teresa aceleró su respiración. Sus fosas nasales estaban muy próximas y Martín sintió la respiración de ella igualmente acelerada sobre su cara. Veía sus senos moverse al ritmo de su pecho bombeando el aire. Poco a poco el ritmo de ambos se fue serenando. Martín sentía a Teresa más cercana que nunca, sentía su ser palpitar junto a él de una manera extremadamente íntima. Luego advirtió que ella se adaptaba a su ritmo respiratorio y ambos aspiraban y exhalaban el aire a la vez. Después Teresa cambió el ritmo y lo hizo muy lento, alargando la duración de cada respiración. El se adaptó. Por un instante se apoderó de Martín un vértigo suave y su conciencia se perdió entre los dos. Sintió que eran un mismo ser respirando. Recuperó la conciencia de su individualidad enseguida, un poco asustado, pero se dio cuenta de que había sido una muerte agradable, un perderse placentero. Cerró los ojos y se abandonó de nuevo.

Volvió a sí mismo al sentir cambiar el ritmo respiratorio de Teresa. Inhalaba y expiraba el aire deprisa y se acompasó con ella. Sintió que apoyaba la mano sobre su pecho, sobre el corazón, y luego separó su frente y le miró, sintiéndoselo. Él también lo sentía latiendo fuerte bajo la mano de Teresa. Hizo lo mismo y buscó el corazón de ella junto a su seno. La mano de Teresa le guió y le mantuvo suavemente. Sentía el seno de Teresa, blando y firme a la vez, y golpeando bajo los efectos de la respiración acelerada su corazón palpitante. Luego ella cerró los ojos concentrándose en el latido. Él también. Sentía a la vez su corazón sobre la mano de Teresa y el de ella en la suya. Entonces ella descruzó las piernas y, siguiendo sentada, apoyó las plantas en el suelo. Cuando Martín hilo lo mismo entrecruzó las piernas con las suyas y se aproximó a él. Pasó los brazos alrededor de su cuello y puso su cara junto a la suya mientras le atraía hacia sí hasta que sus pechos se apretaron. Volvió a sentir el corazón de Teresa latiendo ahora sobre su pecho. La respiración rápida de ella sonaba junto a su oído. Palpitaban los dos en el abrazo.

Poco a poco Teresa fue ralentizando la respiración, hasta volver al ritmo tranquilo, relajante. Permanecían abrazados, respirando despacio, sintiendo el movimiento suave de sus pechos, la apacible respiración en el oído, la calidez del contacto mutuo. Así estuvieron mucho rato. El tiempo parecía haberse detenido.

Cuando ella se separó suavemente se quedó mirándolo con intensidad y ternura. Ambos sintieron el vacío de la separación y volvieron a abrazarse a la vez un momento. Luego ella dijo:

- Ahora tenemos que hablar. Tengo que prepararte para el siguiente paso.

Martín, de espaldas al mar, veía el sol ponerse sobre los montes. Teresa miraba hacia la lejanía marina. Ella volvió a sus ojos y le dijo:

- Ahora nos vamos a acariciar. Primero la cara. Intenta expresar sentimientos con tus caricias. Deja que fluyan libremente a través de tus manos, provócalos. Si te sientes cohibido, no pienses que me acaricias a mí, simplemente que acaricias. Vive tus sentimientos en ti.

- Qué difícil -dijo Martín - creo que no sé acariciar así, para mí.

- Pues entonces acaríciame de verdad, para mí. Ah los hombres... se ve bien que eres un chico y que no has jugado nunca con muñecas. Las mujeres sabemos desde niñas jugar con los sentimientos, disfrutarlos. Si esperas a que llegue tu princesa maravillosa para movilizar tus sentimientos, vas de ... -no terminó la frase-. Es muy gratificante experimentar los propios sentimientos. También los chicos sabéis ejercitar sin objeto vuestros músculos, por el placer de hacerlo, y vais al gimnasio y levantáis pesas, y desarrolláis vuestra agresividad peleando y agrediéndoos de mentira, como en el boxeo y todo eso. Es cierto que somos distintos y que cultivamos distintos valores...

- Tú lo has dicho... seguro que hay también un camino en el yoga en esa línea masculina.

- Efectivamente, lo hay, pero ese no te lo voy a enseñar yo.

- Está bien, intentaré hacer lo que dices.

- Hazlo como yo lo hago...

Teresa cogió su cara entre las manos y comenzó a acariciar sus sienes con mucha delicadeza, con la punta de los dedos; luego sus cejas, sus orejas, el arco de sus mandíbulas hasta el mentón. Martín sentía apenas sus yemas, que dejaban sobre su piel un surco de sensaciones. Él acercó sus dedos a los ojos de Teresa y los movió debajo de sus cejas, rozando sus párpados; luego sus mejillas, el borde de la nariz, los labios. Se eternizó en sus labios. Ella también se fue a su boca. Los dedos de Martín entreabrían suavemente los labios de Teresa y sentían su humedad. Sintió ganas de besarla y se lo dijo con los ojos. Ella tapó con los dedos su boca y recibió en ellos su beso. Sus rostros estaban muy cerca, los ojos de cada uno colgados en los del otro, escrutando sentimientos. La ternura fluía entre las miradas y las manos se fueron olvidando, moviéndose de manera inconsciente. Martín supo que la cara de Teresa se le estaba metiendo en el alma.

- Ahora nos vamos a acariciar el cuerpo -dijo Teresa deteniendo lentamente sus caricias-. Espero que lleves ahí tu ternura, porque será distinto. Habrá momentos en que nos excitemos, pero no debemos exacerbar la excitación, sino dosificarla. Tienes que dejar que la energía erótica surja en ti y disfrutarla en pequeñas dosis, beberla a pequeños tragos. Ser consciente de que es energía con valor en sí misma, no un camino resbaladizo hacia el sexo. Es la energía de tu ser, con independencia de los fines para los que la biología la ha creado. Tienes que engañar a la biología, tienes que trascender el instinto y reconocer en ella simplemente la fuerza de tu ser. Identifica en qué parte surge tu energía y llévala hacia el pecho, hacia el corazón y los pulmones. Difúndela por todo el cuerpo... Sígueme, haz sólo lo que yo haga.

Teresa comenzó a acariciar el cuello de Martín, sus hombros, su espalda. Él la imitaba, le gustaba la forma de su espalda, cómo se estrechaba desde debajo de los brazos hasta la cintura. Sentía la fragilidad de su cintura, sentía su blandura. Ella comenzó a acariciarle el pecho, sintiendo su musculatura, abriendo las manos para abarcar sus pectorales. Luego sus dedos acariciaron sus pequeños pezones por encima de la camiseta. Martín hizo lo propio y pasó sus manos por los pechos de Teresa. Ella le miraba. Los capturó entre sus dedos mientras ella le mostraba su placer y le sujetaba las manos. Teresa cerró los ojos y dejó que sus sensaciones se diluyeran lentamente. Luego dejó las manos de él en libertad y llevó las suyas al vientre de Martín, masajeándolo suavemente, hundiendo un poco sus dedos hacia los lados, hacia los riñones, y hacia abajo, hacia la raíz del sexo. Martín sintió que una corriente de placer empezaba a fluir en su pelvis. Entonces ella paró y puso las manos sobre el pecho de Martín mientras le susurraba: “siéntelo aquí”. No fue capaz de sentirlo, pero su tensión  sexual fue bajando, quizás, como pensó, por concentrar la atención en otro lugar de su cuerpo. Volvió a tocar los pechos de Teresa, ahora más suavemente, acariciándolos, aplastándolos ligeramente, recorriendo sus pezones con la punta de los dedos. La miraba y reconocía en sus ojos las fluctuaciones de su placer, respetando su ritmo, permitiendo que lo asimilara lentamente. Ella dejó deslizar sus manos sobre los  muslos de Martín y comenzó a acariciarlos por dentro con movimientos circulares, acercándose más y más hacia su sexo, hasta que lo rozó ligeramente. De nuevo experimentó Martín una intensa corriente de excitación y ella alejó las manos, pero siguió acariciando sus muslos un instante y luego deslizó sus manos por sus caderas y costados hasta el pecho. Martín empezó a sentir que su cuerpo entero empezaba a aflojarse, a volverse sensible, a desfocalizar el placer. Hizo lo propio con ella y tocó la cara interna de sus muslos, los acarició, los apretó por debajo y fue deslizando poco a poco sus dedos hasta que sintieron el arranque de sus nalgas. Los bordes de sus manos rozaban el sexo de Teresa. La respiración de ella estaba subiendo de ritmo por momentos y  las dejó allí quietas. Los ojos de Teresa se fueron llenando de brillo y seguía respirando profundamente, pero con lentitud, mirándole. Al cabo de unos instantes se separó un poco y se puso de rodillas, con el cuerpo recto. Le indicó que hiciera lo mismo. Entonces se abrazó a él y se pegó a su cuerpo, lentamente, estrechándose más y más sobre todas sus partes, como una auténtica lapa. Martín la rodeó fuertemente con sus brazos y sintió la voluptuosidad de la presión de sus senos contra su pecho, de su sexo contra el suyo. Bajó sus manos por el cuerpo de Teresa y las puso sobre sus nalgas, empezando a moverse contra ella. Entonces teresa aflojó su contacto y le pidió susurrando al oído que no se moviera, que sólo sintiera su excitación y canalizara su energía por todo el cuerpo, que no centrara la atención en su sexo. “Déjame hacer a mí. Tú siente sólo mi pecho contra el tuyo”, añadió.

Cuando Teresa sintió que Martín estaba de nuevo relajado se apretó otra vez contra él. Sentía el bulto de su sexo crecer y endurecerse contra su sexo, y se mantenía así, dejando fluir el dulce caudal de energía de su propio vientre por todo su cuerpo. Martín comenzaba a acostumbrarse a su excitación permanente contra el sexo de Teresa, y comenzaba a disfrutar de ello sin pretender ir más allá. Estuvieron así mucho tiempo y cuando ella notaba que la excitación decrecía, se movía un poco, masajeaba suavemente su sexo contra el de Martín y volvía la plenitud a los dos.

Había ido oscureciendo y no se habían dado cuenta. Dijo Teresa:

- Creo que ya estás preparado para la sesión de mañana.

Martín se sentía relajado, no sabía cómo pero tenía la sensación de haber consumido toda su energía sexual.

- ¿Y cómo será la sesión de mañana? -preguntó sonriente y curioso.

- Será muy especial. Pero no la podremos hacer aquí, porque será muy íntima

- ¿Cómo de íntima? -preguntó animándose

- Totalmente íntima -dijo Teresa mirándole con profundidad.

La mirada de Martín se había iluminado y una sonrisa se abría en su boca de lado a lado.

- Pero me parece que te estás equivocando. No es lo que tú te piensas -dijo Teresa esbozando una sonrisa pícara-. Bueno, es lo que tú te piensas pero de una manera distinta. Es parecido a lo que hemos hecho antes.

- Cuenta, cuenta... -dijo Martín.

- No, mañana lo verás. Me hace ilusión mantener el secreto. Pero te advierto que sería bueno que te acostumbraras a mi desnudez previamente... y yo a la tuya. ¿Que te parece si nos diéramos ahora un baño desnudos?

- Puesss... me parece... ¡que me apunto! -dijo Martín bromeando y feliz.

- Pero debes prometerme que te portarás bien y no intentarás nada...

- Buenooo... ¡qué difícil es esto del yoga!

- Bien, entonces... ¡tonto el último! -dijo levantándose y quitándose rápidamente la camiseta y el pantalón, y saliendo corriendo en cueros hacia el mar.

- Martín se desnudó también y se fue andando hacia la orilla. Teresa, con el agua por las caderas, lo miraba llegar.

- Eres preciosa -dijo Martín cuando estuvo cerca.

- Tu tampoco estás mal -respondió Teresa sonriéndole- se ve que has hecho deporte.

 Martín se puso junto a ella e intentó enlazarla por la cintura, pero ella se escabulló, y recordándole lo prometido se puso a nadar. Él se quedó chapuzándose y dando un par de zambullidas. El agua estaba cálida todavía y era una sensación muy agradable bañarse desnudo casi en la oscuridad.

Salió del agua y la esperó sentado en la orilla. Enseguida salió ella dirigiéndose hacia él. La mirada de Martín captó en la penumbra su cuerpo bien proporcionado, esbelto, y sus caderas ligeramente voluptuosas. Su pubis completamente depilado despertó de nuevo sus instintos.

- Tengo que volver a decirte que eres preciosa, lo siento...

- Gracias, cariño, me gusta que me lo digas -dijo Teresa sentándose pegada a él.

- Te haría el amor aquí mismo -se aventuró Martín.

- Mañana será un día especial para ti -dijo Teresa sonriente- y si te portas bien tendrás un premio.

Martín pasó su brazo por los hombros de Teresa y se quedó escuchando el mar.

- Me gustaría que diéramos un paseo por la playa, es tan agradable poder andar desnudos... -dijo Teresa.

Se levantaron y empezaron a caminar al borde del agua.

- Verás, ya sé que te gustaría tener una aventura conmigo, que estuviéramos aquí tan a gusto los dos estos días -empezó Teresa.

- Me encantaría, sí. Creo que te he cogido mucho cariño.

- Pero yo no quiero tener otra relación sentimental; al menos en esta época de mi vida. Y sé que nos implicaríamos mucho tú y yo, que empezaríamos una relación pasional y luego nos enredaríamos más y más, y empezaríamos a exigirnos y a... el cuento conocido.

- ¿Tan mal te ha ido antes?

- ¿Y a ti?

- Sí, tan mal. Realmente yo tampoco quiero tener una relación sentimental. Mi vida está pasando un momento de crisis, de ruptura con muchas cosas, ya lo sabes.

- Además tu vida y la mía van por distinto camino. Lo sabemos los dos.

- Pero podíamos estar bien estos días aquí. Sin compromisos si no queremos asumirlos...

- Ajá, te dejas engañar por tus deseos. Pero luego acabarías pasándolo mal lo mismo que yo. Es mejor seguir con nuestros planes, créeme. Además te lo vas a pasar muy bien al final, ya verás. Y lo principal es que puedes encontrar lo que andas buscando sin saber todavía lo que necesitas encontrar. Me gustaría enseñártelo.

- No sé, tengo confianza en ti y no sé a qué se debe... quizás a mi desorientación. Ya estás viendo que me pongo en tus manos como un corderito.

Siguieron caminando un buen rato. Había una hermosa luna nueva que sumía en agradable penumbra toda la playa. Martín se dio cuenta que la desnudez de Teresa se había convertido en algo habitual para él, que la había incorporado a su imagen y era ya simplemente algo entrañable para él, como toda ella.

- Me gustaría que me invitaras a una copa en el Hotel. Deberíamos hablar algo en relación a mañana. Así sería todo más fácil y mejor. Quiero que intercambiemos opiniones sobre algunos aspectos de la sexualidad -dijo Teresa.

- Vale, eso está hecho.

Dieron la vuelta y volvieron donde habían dejado la ropa. Se vistieron y caminaron en dirección al hotel. Pronto vieron las luces del edificio iluminando la playa desierta.

- Ya estará cerrado el comedor -dijo Teresa.

- Bueno, tomaremos algo en el bar- respondió Martín.  

Subieron a las habitaciones a cambiarse y quedaron de verse en la barra.

Martín la estaba esperando cuando entró ella. El salón de la cafetería estaba animado, medio lleno. Pidieron unos sándwiches y unas cervezas y los llevaron ellos mismos a un rincón discreto donde podían hablar tranquilamente sin ser oídos.

Martín no divisó a sus conocidos y se tranquilizó.

            - ¿Conoces a alguien? -preguntó a Teresa.

- Sólo de vista. No he hecho amistades aquí. Prefiero hacer mi vida y paso un poco de la gente... salvo casos especiales, claro, como el tuyo.

            - ¿Ah, sí?¿Mi caso es especial? -dijo Martín irónico.

- Claro, tonto. Me caíste muy bien el día que nos conocimos... bueno, hace un par de días sólo... Dios mío, si parece que nos conocemos hace semanas...

- Es verdad. Hemos andado mucho camino juntos en muy poco tiempo. Nos estamos conociendo muy deprisa y muy profundamente.

Teresa no dijo nada y continuó comiendo tranquilamente su sándwich. Cuando terminaron su frugal cena, dijo ella:

- Quiero que hablemos de la sexualidad masculina. Es importante para lo sucesivo.

- ¿Y de la femenina no?

- Sí, después, porque deberás orientar tu sexualidad de manera femenina mientras dure tu enseñanza.

- Vaya, eso sí que es una sorpresa. ¿Y que hay de malo en la sexualidad masculina?

- No, nada, lo que tiene de malo es que no sirve para nada en el camino que estamos recorriendo. Bueno, tampoco sirve para mucho a la hora de hacer el amor a una mujer.

- Ya -dijo Martín-, todo eso de la rapidez, el egoísmo, etc.

- Sí, está claro. Los machos de cualquier especie, incluida la humana, tenéis un instinto copulador ciego que os impulsa a montar a la hembra, penetrarla y buscar compulsivamente el orgasmo lo más rápido posible.

- Vaya, has pintado un panorama bastante desolador. Han pasado ya algunos milenios desde el hombre de las cavernas, ¿no crees? ¿Por qué piensas que yo me comporto así?

- No digo que tú te comportes así, sólo que tenéis ese instinto, que os gustaría actuar así si no fuera por los condicionantes de la cultura, por los sentimientos hacia la pareja, etc. Sin embargo la mujer no podría actuar de esa manera, con esa violencia. Necesita el cortejo, la estimulación. De hecho puede ser feliz a veces quedándose sólo en esa fase.

- Los machos de todas las especies tienen también el instinto del cortejo, recuérdalo.

- Sí, pero yo creo que en el hombre se ha perdido. Si un hombre se siente excitado ante una mujer, entraría directamente a poseerla sin cortejo previo si ella no se resiste. Reconoce que tú también lo harías.

- Tienes razón.

- Pero dejando aparte los instintos, con cortejo o sin cortejo, con estimulación o sin ella, con ternura o sin ternura... el hecho es que en una relación sexual entre hombre y mujer ambos buscan el orgasmo, y cada uno necesita ritmos diferentes. En el mejor de los casos, intentan acoplarlos para llegar a él los dos a la vez.

- ¿Y cual es el problema?

- Pues que perseguir el orgasmo no nos vale para nada en nuestro camino. Es una pérdida inestimable de energía, un derroche instantáneo que provoca una conciencia aguda del ser solamente durante un instante. Y después el vacío, la carencia existencial, la muerte temporal del espíritu, que se acaba durmiendo. Pero eso no tiene nada de raro, porque la naturaleza no persigue la elevación del espíritu, sino la reproducción, y para eso ha diseñado ese fogonazo súbito e irresistible que es el orgasmo; y el instinto para perseguirlo. El que después se pase a un estado espiritual lamentable no tiene importancia para la naturaleza. Ya se han cumplido sus fines; ha triunfado su engaño.

- Pero la energía sexual -prosiguió Teresa después de comprobar que Martín no objetaba nada y la escuchaba con atención-, que es la más intensa que se moviliza en nuestro ser, la podemos utilizar para elevar el espíritu, como ya vas sabiendo. Y para eso, somos nosotros los que tenemos que engañar a la naturaleza, a nuestra propia naturaleza.

- Pero el organismo necesita el orgasmo, necesita liberar la energía sexual..  -dijo Martín.

- Lo segundo que has dicho es cierto, pero lo primero no -dijo Teresa-. La líbido es como una sustancia combustible. La podemos dejar que arda como un puñado de pólvora, con violencia, o dejarla que arda lentamente, como una vela. El fogonazo de pólvora ilumina un instante con mucha intensidad la conciencia, pero apenas nos da tiempo a ver lo que hay alrededor. Sin embargo la vela da una luz serena que permanece mucho tiempo y que ilumina todo el espacio, y nos permite ver todo lo que existe, todo el ser.

- Es una metáfora muy bella... y parece acertada, dijo Martín.

- Pues ese es el camino -sentenció Teresa-. Esta tarde hemos empezado a recorrerlo, y lo has hecho bien. Mañana será tu prueba decisiva. Confío que no lo eches a perder, que seas muy paciente.

- ¿Qué haremos exactamente? -preguntó Martín intentando disimular su excitación.

- Lo que haremos exactamente te lo iré diciendo mañana sobre la marcha. Es mejor así. Hoy sólo te daré unas pautas generales.

- Bueno, qué se le va a hacer... me tendrás toda la noche intentando averiguarlo.

- No podrás, porque se trata de un ritual.

- ¿Un ritual?

- Sí, todo lo que hagamos estará ritualizado. Haremos exactamente lo que hay que hacer, sin abandonarnos a ningún otro tipo de expansión.

- Parece muy frío dicho así...

- No, no será frío, pero es la condición necesaria para que no vayamos derivando hacia una relación sentimental profunda. Estamos de acuerdo que ni tú ni yo la buscamos ahora.

- Sí, así es -afirmó Martín.

- Yo te recibiré y te despediré en mi habitación -siguió Teresa- con un beso ritual, y luego haremos toda una serie de cosas también establecidas.

- Es asombroso... ¿Cómo es posible que todo eso esté codificado?¿Es válida una disciplina así, que será antiquísima, para una persona de nuestros días?

- Hay quién lo hace estrictamente, pero desde luego a mí me parece una pasada. Pero ya sabes que las religiones tienden a conservar sus ritos. Yo la verdad es que lo he simplificado mucho, lo he adaptado a mis gustos; me he inventado muchas cosas, como tu entrenamiento de estos días... pero funciona, y eso es lo importante.

- ¡Ay mi maestra espiritual!... ¡tengo que estar muy loco para ponerme en sus manos!... espero que no me esté volviendo loco por ella -exclamó Martín bromeando.

- No te volverás loco por mí, ya lo verás. Para eso es el ritual y para eso son las normas.

- ¿Qué normas?

- Estas son las normas de obligado cumplimiento -dijo Teresa graciosa y simulando inflexibilidad-. Primera: nuestra relación se limitará en adelante a las sesiones rituales. No nos veremos el resto del día. Segunda: para ello procuraremos no coincidir en el comedor o en los sitios habituales de cada uno. Nota: yo iré al comedor al principio de los turnos. Tercera: si alguna vez coincidimos, nos saludaremos y hablaremos lo menos posible, como simples conocidos. Cuarta: ... no sé cuál es la cuarta... pero ya se me ocurrirá algo.

- ¡Por Dios! -exclamó Martín riendo- esto sí que es pasarse; más que el ritual ancestral. ¿Pretendes que te evite y que no pueda hablarte como se habla siquiera a una buena amiga?

- Querido, es necesario que lo hagamos así -dijo Teresa ahora seria-. Esto va a ser una experiencia muy intensa, muy delicada. Es necesario que permanezcamos distantes mientras dure. Si no, acabaremos implicados profundamente uno en el otro. Créeme. De hecho, las parejas estables utilizan esta práctica también para intensificar su amor, para profundizar en su relación. Pero en nuestro caso... en el caso de tu aprendizaje, no debes olvidar nunca nuestro compromiso: Yoga, sólo yoga.

- Así será entonces -asintió Martín-. ¿Y cuanto durará mi aprendizaje?

- Siete días... creo que siete días serán suficientes... Deberemos empezar mañana mismo-dijo enigmática.

- ¿Hora?

- A las diez en mi habitación. Es muy importante que las siete sesiones sean seguidas, que no falles ningún día. De todas maneras, si surgiera algún imprevisto, me llamas al móvil y podríamos cambiar la hora. No te olvides -insistió enigmática otra vez, y le apuntó en una servilleta su número de teléfono.

- Y yo que estoy de vacaciones como quién dice... -fingió pesadumbre Martín.

El salón se iba llenando y decidieron irse. Era tarde y se despidieron hasta el día siguiente, a la hora acordada. Según salían, dijo Martín sonriendo:

- Estoy impaciente por que llegue el momento. No sé que voy a hacer todo el día esperando la hora...

- ¡Ah... me acordé!... la Cuarta regla: procura descansar mucho, alimentarte bien, estar relajado. Tienes que acumular energía para que la vela de tu ser arda con una hermosa luz por las noches -dijo Teresa feliz.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

PARTE CUARTA

 

Estaba a punto de cerrar el comedor mientras Martín terminaba su desayuno y pensaba en lo que podía emplear el día. Sonaban en sus oídos todavía las recomendaciones de Teresa por la noche: descansa, procura estar relajado... No tenía previsto nada interesante que hacer salvo esperar su encuentro con ella, así que pensó dejar pasar el día vagueando por la playa, quizás leyendo un rato...

Con un libro en la mano, se encaminó a la playa y tomó la dirección opuesta a la habitual, hacia el poblado ibérico. Por allí no se encontraría a Teresa, según lo acordado.

            Después de una buena caminata protegido por su amplio sombrero del sol de la mañana, divisó el montículo amurallado en la lejanía. Decidió que aquél lugar era perfecto para tumbarse en la arena y disfrutar de su soledad, leer un rato, darse un baño...

Rememoró la conversación de la noche en el bar, todo el asunto aquel de la administración de la energía sexual, de su consumo lento como una vela que arde, de la experiencia  intensa y delicada que había que abordar con control para no acabar ligándose  profundamente uno al otro, del necesario distanciamiento... Había conseguido intimidarle sentimentalmente un poco. ¿Hasta qué punto iba él a abandonarse a la experiencia? ¿Estaba él dispuesto a enamorarse de Teresa si llegaba el caso? Le atraía eróticamente, eso estaba claro, pero otro tipo de unión más profunda le ponía a la defensiva. Había en ella algo fuera de lo común, algo que no acababa de conocer. Realmente desconocía en detalle su vida, salvo lo que le había contado ella en líneas generales y la asombrosa coincidencia con el personaje de Adela. ¿Qué tipo de aventuras sentimentales habrían sido ésas que habían resultado frustrantes, y por qué? ¿Qué tipo de experiencias en eso del yoga del sexo había tenido y con quién...?

No quiso seguir haciéndose preguntas, sino simplemente esperar. Cogió su libro, el último de los que trajo. Ya lo había leído en su juventud, al igual que otras obras de Schopenhauer. Recordaba que escribía filosofía con la elegancia de un artista y la claridad de un maestro, y que había pasado a la historia como el filósofo pesimista. Le gustaba su lectura ocasional por lo fácil, porque suscitaba reflexiones en cualquier párrafo elegido al azar. Y esa era, últimamente, su única manera de leer. Ya no se sentía capaz de entregarse pacientemente a seguir el desarrollo interminable de una novela o un libro de filosofía inextricable.

Ojeó el primer capítulo: “El amor”. Decía en una de sus reflexiones:

“El egoísmo tiene en cada hombre raíces tan hondas, que los motivos egoístas son los únicos con que puede contarse de seguro para excitar la actividad de un ser individual... Sin embargo, cuando es preciso que el individuo obre y se sacrifique por el sostenimiento y el desarrollo de la especie, le cuesta trabajo a su inteligencia, dirigida toda ella hacia las aspiraciones individuales, comprender la necesidad de este sacrificio y someterse a él enseguida. Para alcanzar su fin es preciso, pues, que la naturaleza embauque al individuo con alguna añagaza, en virtud de la cual vea, como un iluso, su propia ventura en lo que en realidad es sólo el bien de la especie.”

Era curioso, de nuevo las coincidencias en su vida actual, a eso se había referido Teresa cuando hablaba del orgasmo como de una trampa de la naturaleza. Y seguro que ella no había leído a Schopenhauer -pensaba-. A saber cómo circulaban las ideas por el mundo, lo más posible es que esa idea la hubiera adquirido Schopenhauer de la filosofía oriental, mucho más antigua, o que circulara durante todas las épocas en la mente y los escritos mal conocidos de algunas personas. Lo que trascendía y pasaba a la historia no era patrimonio normalmente de una sola persona, sino del saber común, de la cultura del hombre. “Siempre la especie detrás de todas las cosas”, se decía. El individuo, que se creía tan exclusivo y tan íntimo en sus sentimientos y convicciones, parecía sólo un reflejo de algo que estaba por encima de él y que le contenía. “El individuo es la vivencia aislada de un todo común que le precede”,  sentenció, y le sonó a frase de maestro espiritual oriental. Se puso a reír mentalmente de sí mismo.

Ojeó el capítulo de “Las mujeres”. Le llamó especialmente la atención un párrafo:

“El león tiene dientes y garras, el elefante y el jabalí colmillos de defensa, cuernos el toro, la jibia tiene su tinta con que enturbiar el agua en torno suyo; la naturaleza no ha dado a la mujer más que el disimulo para protegerse y defenderse. Esta facultad suple a la fuerza que el hombre toma del vigor de sus miembros y de su razón.

El disimulo es innato en la mujer, lo mismo en la más aguda que en la más torpe. Es en ella tan natural su uso en todas ocasiones, como en un animal atacado el defenderse al punto con sus armas naturales. Obrando así, tiene hasta cierto punto conciencia de sus derechos, lo cual hace que sea casi imposible encontrar una mujer absolutamente verídica y sincera”

“¡Vaya!”, se asombró interiormente Martín, “no recordaba esta faceta misógina de Schopenhauer... qué pensará Teresa de esta opinión... ella que te abre el alma de par en par para que la mires a través de sus ojos... será  ella también insincera como dice Schopenhauer que lo son todas...”

Dejó el libro y se fue a dar un baño. Enseguida se apoderó de su recuerdo el baño de la noche pasada con Teresa, desnudos; y luego sentada a su lado, tan asequible, tan tentadora, tan mojada junto a su cuerpo... Si estaba expectante y ansioso de que llegara la noche tenía que reconocer que no era especialmente por la experiencia espiritual a que intentaría conducirle Teresa, sino por el contacto con su cuerpo desnudo, con su intimidad más profunda: “La trampa del instinto... no hay remedio... es una trampa insoslayable... lo reconozco pero me dejo caer en su red”. Se bañó, leyó otro rato, paseó hasta las proximidades del cerro ibérico y dio la vuelta para no ser visto por nadie desde arriba; regresó al hotel y llegó cansado. “Demasiado ejercicio esta mañana... tendré que echarme una buena siesta para estar descansado como me aconsejó Teresa”, se dijo.

No vio a sus conocidos en el turno final del comedor. Pensó que sus nuevas costumbres le iban a aislar no sólo de Teresa sino de todo el mundo. Dudando entre subir a la habitación o tomar una copa en la cafetería, optó por lo primero, dispuesto a acabar el culo restante de su botella de ginebra.  

A las diez en punto estaba ante la puerta de la habitación de Teresa. Golpeó ligeramente con los nudillos un par de veces y oyó la voz de ella preguntando quién era. Enseguida abrió. Llevaba puesta una bata blanca de ducha y su pelo parecía todavía húmedo. Estaba dinámica, las mejillas ligeramente sonrojadas, los ojos brillantes; se la veía llena de vida. Le tomó de las manos y le dio un beso en la mejilla, quedándose quieta para que él se lo devolviera. Martín percibió la fragancia suave a jabón que la envolvía y se abandonó a ella un instante mientras la besaba.

- Como hoy es el primer día, no seguiremos estrictamente el ritual, pues tengo que explicarte cosas y habrá que interrumpirlo a ratos, descansar, etc. Hoy todo será un poco informal, pero hablaré yo sola; tú debes guardar silencio. Los días sucesivos yo también permaneceré en silencio, salvo alguna observación necesaria -puntualizó Teresa-. En el baño encontrarás otra bata como la mía. Debes quitarte la ropa. Si quieres puedes ducharte y luego te pones la bata y sales. Yo entretanto prepararé las cosas.

La habitación era semejante a la suya, con una cama de matrimonio en el centro, una cómoda pegada a la pared de enfrente y con un espejo encima, una par de butacas y una mesita redonda junto a la ventana. Sobre la mesa había una bandeja con unos  recipientes de cristal. 

Cuando salió Martín enfundado en su bata blanca, Teresa había apagado la luz y en la habitación se extendía una agradable penumbra mantenida por algunas velas encendidas colocadas alrededor de la cama; cuatro exactamente, observó. Ella estaba de rodillas en la cama, sentada sobre sus talones. Delante tenía la bandeja con dos recipientes. Uno era una especie de cuenco o tazón lleno de un liquido oscuro rojizo. El otro parecía una botellita de perfume, con un líquido dorado, y estaba tapada. Le indicó que se acomodara frente a ella, delante de la bandeja.

- A partir de mañana será aquí donde te reciba de la misma manera que hoy te he recibido en la puerta. Tu entrarás sin llamar ya que la puerta estará sin llave, y me encontrarás así, con la habitación ya preparada y en actitud de meditación como ahora. Te ignoraré hasta que salgas con tu bata blanca y te sientes delante de mí; entonces te daré el beso de acogida. Desde el momento que te pongas la bata blanca dejarás de ser Martín para convertirte, igual que yo, en oficiante del ritual. El ritual va a ser una unión erótica íntima sacralizada, una experiencia sexual mística, en la que los dos dejaremos de ser personas concretas, dejaremos de ser Teresa y Martín para ser mujer y hombre esenciales, ministros del Ser cósmico que se manifiesta a través de nosotros. En ese sentido, seremos sagrados, como lo son los vasos y cálices en el oficio cristiano, como lo es el propio sacerdote que deja de ser una persona individual cuando sale de la sacristía revestido con su casulla, para ser ministro y vehículo de Dios. Meditaremos ahora unos instantes en ello para asumir nuestra misión, nuestro ministerio.

Se quedó mirándola Martín, asombrado de lo seriamente que asumía su papel, del recogimiento que mostraba, con los ojos entrecerrados, respirando muy lentamente. Se sentía escéptico, un poco ridículo e incluso irónico, pero decidió imitarla. Intentó sentirse simplemente hombre, olvidarse de su identidad de Martín.

Al cabo de algunos instantes Teresa le miró con dulzura y cogió el cuenco con el líquido oscuro, ofreciéndoselo.

- Es un licor hecho con ron y miel, algo de canela y limón. Nos tonificará y ayudará a desinhibirnos; despertará nuestra sensibilidad. Es suave pero engaña, lo tomaremos a sorbitos cortos y pausados, saboreándolo. Intenta descubrir el sabor de cada componente, los matices de su paladar. Cuando sintamos ligeramente su efecto en la cabeza lo dejaremos. Entretanto nos miraremos y sentiremos que vamos a hacer el amor con ternura; dejaremos que el deseo vaya creciendo dentro sin prisas.

Se llevó Martín el cuenco a los labios. Enseguida percibió el aroma alcohólico del ron, el olor a la canela. El fuerte sabor melífero del licor aparecía suavizado por las notas de limón, y su consistencia se quedaba deliciosamente pegada a la lengua y el paladar, prolongando las sensaciones. Al final se hacía sentir el agradable picor del ron. Le pasó el recipiente a Teresa. Después de un breve sorbo, ella le dijo:

- Hoy nos saltaremos el ritual con frecuencia, no hay más remedio para que los demás días guardemos silencio y nos entreguemos enteramente a él. Ayer te dije que deberías orientar tu sexualidad de manera femenina para el ritual. Con eso quería decirte que tu papel va a ser pasivo, como suele serlo el de la mujer habitualmente. Por eso deberás sensibilizarte, reconocer tus sensaciones eróticas de manera femenina, es decir, no solo genitalmente sino por todo tu cuerpo, como las experimenta la mujer, siendo plenamente consciente de cuando y dónde surgen y cómo evolucionan. El objetivo de nuestra relación no va a ser conseguir un éxtasis agudo, sino despertar sensaciones  eróticas tranquilas y vivirlas conscientemente. Yo seré la parte activa, yo despertaré en ti las sensaciones y seré la donadora de placer, la madre que da la energía vital. Tú serás el receptor, el testigo, el que está atento y me hace conocer la luz que despierta mi energía. Tu serás la mente y yo seré la energía primordial. Ambos nos necesitamos para que la conciencia del ser en toda su plenitud se instale en nosotros. La mente sin vida está dormida. La vida sin mente está ciega. Tenemos que completarnos y ser uno solo. Cuando tú despiertes tu parte femenina, tu sensualidad en lugar de tu sexualidad, yo te reconoceré y tú me encontrarás. A la vez yo experimentaré mi parte masculina y te descubriré y te aceptaré como hombre. La fuerza del ser en su dimensión total se instalará en nosotros. La conciencia se ampliará y descubriremos la energía primordial, sin sexos diferenciados.

Martín bebió otro trago. Aquello que le decía Teresa parecía muy sutil y se sentía un poco fuera de contexto, descolocado, falto de recursos, pero se dijo que seguiría adelante. Intentaría despertar su sensualidad, degustar sus sensaciones eróticas como ahora estaba degustando aquel exquisito licor. Miró a Teresa enfundada en su bata blanca que dejaba al descubierto el inicio de sus pechos, dispuesta a compartir su cuerpo con él, su erotismo, la intimidad de sus sensaciones. Le pasó el licor. Siguieron intercambiando un buen rato licor y miradas. Los ojos de Teresa estaban muy vivos, brillantes, llenos de dulzura, sus mejillas hermosamente encendidas. Se aflojó el cinturón de la bata y dejó que se abriera dejando al aire sus rodillas dobladas y juntas, sus pechos casi desnudos. Depositó el licor en la bandeja y la desplazó a un lado. Luego, cogiendo la botellita de perfume, se arrastró hacia él.

- Es aceite perfumado con sándalo y jazmín. Nos daremos un masaje suave con él. Tu me lo darás lo mismo que yo te lo doy.

Se acercó a él y aflojó el cinturón de su bata; luego puso un poco de aceite en las manos y las frotó suavemente. Las llevó con delicadeza a su cuello y se lo acarició, luego las deslizó hacia atrás, hacia los músculos de la espalda, y luego hacia los hombros haciendo que la bata se deslizara por ellos y cayera a sus costados. Masajeó con dulzura sus hombros y la parte superior de sus brazos. Luego se quedó esperando, mirándole intensamente. El embriagador aroma del sándalo y la delicadeza intensa del jazmín se habían adueñado del ambiente. Martín cogió el perfume e hizo como ella. La bata de Teresa cayó a los lados dejando su cuerpo desnudo ante él. Sus manos emprendieron enseguida, con suavidad acariciante, el camino hacia sus pechos, y se quedaron allí, mirándola a los ojos y sintiendo su placer mientras el aceite perfumado los vestía de brillo y a la vez los desnudaba en toda su turgencia. Ella le devolvió las caricias y paseó sus manos, de nuevo perfumadas, por todo su pecho, y luego bajando más y más por el vientre. Los ojos de ambos permanecían enganchados, sintiendo cada uno las sensaciones del otro. La excitación de Martín se hizo evidente en sus genitales y ella se quedó contemplando unos instantes la vela que había encendido en su cuerpo. Luego separó un poco sus propias piernas y le dejó ver su pubis sin vello de niña abierto como una flor. Le tomó de las manos y las sujetó con suavidad sobre la cama. Se contemplaron el sexo con deseo, luego se miraron a los ojos y se ofrecieron mutuamente su excitación. Teresa cerró los ojos y se sumió en sus sensaciones, y Martín hizo lo mismo. En su mente sonaban las palabras de Teresa: “Experimenta tus  sensaciones  conscientemente, sintiendo como surgen y cómo evolucionan...” Cuando abrió los ojos, Teresa le miraba con ternura. La tensión erótica de ambos se había sosegado y ella acercó sus manos a las piernas de Martín, acariciando sus muslos, rozando sutilmente su  sexo. Él hizo lo propio y Teresa volvió a florecer ante su mirada. Los dedos de él se fueron a los pétalos  rosados  y experimentaron la exquisita suavidad de su tacto. Con los ojos cerrados sobre su placer, Teresa encontró el miembro, de nuevo en plenitud, del hombre, y lo rozó con la punta de los dedos por todas sus partes. Alternaron durante mucho tiempo caricias y miradas, ofreciéndose la excitación, descansando con calma de ella, haciéndola renacer. Martín acabó deseando esos renacimientos por sí mismos, sin otro objeto, anclado a los ojos de Teresa, dándoselos  y recibiendo de ella los suyos propios. Se sentía bien, se estaba acostumbrando a sentir cómo la energía erótica se instalaba en su cuerpo y permanecía alta, manteniéndole vitalizado, despierto.

Después de un prolongado descanso, enlazados de las manos y mirándose relajados y abiertos completamente de alma, se levantó Teresa y se sentó sobre sus piernas, quedando frente a frente, pegados sus pechos. Entonces se acercó a sus labios y los rozó con los suyos. Dejó que él recuperara el tierno contacto y permanecieron así, en un beso suave, sintiendo el calor de sus respiraciones. Ella abrió los labios y le ofreció su humedad; él los oprimió con los suyos y los dejaron en libertad. Se deleitaron  explorándose los labios y la boca, acariciándose con la lengua, mordiéndose con delicadeza. La pasión iba creciendo deprisa y se hacía notar en la presión de los labios, en la amplitud de los besos, y Martín se sintió arrastrado por un impulso violento que hubiera querido devastarla. Ella se retiró jadeante y puso sus manos entre los dos, y descansaron. Entonces ella se acomodó sobre las piernas de Martín hasta sentir su miembro rozando la entrada de su vagina, y se quedó así, esperando. Como si los sexos de ambos tuvieran vida propia, iban entrando en contacto sin que ellos mismos se movieran. Teresa conducía la lenta penetración, el dulce y estrecho acoplamiento, prolongándolo, sintiéndolo vivamente, haciendo sentírselo a él. Sus rostros estaban frente a frente y en contacto, sus respiraciones palpitaban. Teresa se inmovilizó del todo cuando el sexo de Martín estaba completamente dentro de ella. Ralentizó su respiración poco a poco, prolongando las expiraciones. Martín intentó seguirla y finalmente ambos respiraban tan sosegadamente que sus pechos apenas se movían. Entonces cobró vida dentro de Martín la conciencia lúcida del abrazo genital de Teresa, que disolvía su sexo y lo trasformaba en una dulce e intensa sensación de unicidad con ella. En sus ojos vio que eran uno, uno en una única sensación que habitaba en dos espejos.

Oyó el susurro arrobado de Teresa que le decía:

- Ahora seguiremos así mucho rato, hasta que se apaguen las velas. Son distintas y se irán apagando cada una  a su tiempo. Mantendremos nuestra energía fluyendo constantemente, subiendo su nivel según se vaya apagando cada vela. Tú sólo tienes que sentir, estar plenamente consciente. Yo iré despertando tu energía y la mía a la vez.

Teresa se movía ligeramente cuando notaba que la cópula se debilitaba. Eran movimientos casi imperceptibles de sus caderas que avivaban las sensaciones de ambos y les devolvían la plenitud de su contacto. Se llegó a compenetrar tanto con Martín que conseguía mantener estrechamente la unión con apenas perceptibles variaciones. La energía del placer fluía suavemente por ellos como la luz apenas oscilante de las velas. El tiempo se había detenido; solo existía la dulce sensación de la cópula instalada de manera permanente en las conciencias.

Cuando se apagó la primera vela, Teresa fue levantándose muy lentamente y salió de Martín. Apoyó su cara contra la suya y le abrazó tiernamente, dejando apagar  sus sensaciones. Reposaron uno en los brazos del otro sintiendo todavía el eco de su sensibilidad.

Bebieron un par de sorbos del licor, como el que cambia el sabor del paladar para volver a disfrutar otra vez de las mismas sensaciones como si fueran nuevas.

Después de renovar brevemente el ritual de las caricias previas y el ascenso del deseo, Teresa se sentó sobre Martín e inició enseguida el camino de la cópula. Ahora entró en él sin dilaciones, paladeando el trago embriagador de penetrarlo y sentirse penetrada al mismo tiempo. Sus caderas se movían visiblemente y la excitación de ambos alcanzó enseguida un nivel alto. Y se mantuvieron allí, jugando la diosa mujer con las ondas de placer, haciendo cabalgar a Martín sobre una ola de sensaciones que subían y bajaban y amenazaban con romperle en un caos de espumas blancas. Pero Teresa navegaba con habilidad y le mantuvo a flote, subido en la cresta de la ola. De nuevo el tiempo se paró y una luz blanquísima amaneció en las entrañas de Martín inundándole por completo el ser. Los ojos de ambos, encadenados, enfrentados como dos espejos paralelos, reflejaban la luz hasta el infinito.

Al apagarse la segunda vela, Martín sintió que la eternidad se deshacía lentamente y oyó la voz de Teresa que le devolvía al tiempo:

- Amor, es conveniente en tu primer día terminar ya el ritual. Te has portado muy bien, ha sido casi perfecto. Ahora te daré el regalo que te había prometido.

Se acercó a sus labios mientras le abrazaba estrechamente. Dejó en libertad su pasión y comenzó a besarle intensamente, sin freno. Sus caderas ejecutaban una danza mágica que le proyectó enseguida a la cúspide del placer. Allí notó que Teresa se quedaba inmóvil un instante y enseguida su vagina comenzaba a contraerse  y aflojarse sobre su miembro de manera rítmica. Sintió que el caudal de su energía comenzaba a desbordarse y se abrazó compulsivamente a ella. Los dos rodaron sobre las sábanas envueltos en la marea interior que les arroyaba, agitados y removidos por la corriente. Finalmente, arrasados y exhaustos, se quedaron quietos, separados, mirando al infinito.

Al cabo de un buen rato,  Martín adormecido oyó la voz de Teresa:

- Esto ha sido una concesión a tu pasión y a tu primer día. Pero en adelante nuestro éxtasis estará ritualizado también. Será fuente de luz y no de fuego y de cenizas. Ahora debes irte. Mañana nos encontraremos.

Perezosamente, de manera casi automática y mirando el rostro inflexible y silencioso de Teresa, Martín se incorporó en la cama. Ella se había sentado de nuevo en posición de meditación y tomándole las manos le dio un beso suave y ritual en los labios. Después cerró los ojos y dejó que se vistiera y se fuera.

Cuando Martín llegó a su habitación aplazó para el día siguiente pensar sobre todo lo sucedido. Se durmió enseguida con profundidad mientras en su mente seguían mirándole los ojos de Teresa.  

Mientras despertaba al día siguiente, rondaban por su cabeza los últimos sueños de la noche, pero no fue capaz de recuperarlos; se diluían en el recuerdo tan rápidamente como su conciencia iba despertando. Pero le dejaban un regusto de felicidad y luz, de haber recuperado una actitud y una conciencia de la vida que hacía mucho tiempo había perdido. Tenía la sensación de haber vuelto “a los buenos tiempos”. Había descansado y se sentía vital.

En el comedor se encontró a Antonio, solo, entre los pocos comensales que quedaban ya.

- Muy solo le veo- le saludó Martín.

- Sí, Adela ha tenido que irse un par de días. Acompáñeme si quiere.

- Enseguida estoy aquí -respondió Martín y se fue a por su desayuno.

Volvió a la mesa de Antonio con una bandeja cargada con zumo de frutas, huevos fritos con jamón, café y tostadas, mantequilla y mermelada.

            - Parece que tenemos apetito hoy... -dijo Antonio sonriente

- Sí, ayer hice demasiado ejercicio. No hay más remedio que cuidarse. ¿Qué le ha pasado a Adela?

- Nuestra hija está un poco indispuesta, ha ido para estar con ella unos días. No parece nada importante. ¿Cómo le va la vida? Hacía días que no le veía...

- Pues me he vuelto algo vago, me levanto tarde y arrastro ya todo el día un horario algo retrasado... pero por aquí sigo haciendo mi vida de siempre. ¿Y Ud.?

- Igual, repartiendo mi tiempo entre el hotel y la excavación. ¿Tiene algo especial que hacer hoy?

- Nada especial por la mañana...

- Pues acompáñeme, le había prometido enseñarle el museo. Hoy es buen día también para mí; tengo bastante libre la mañana.

- Bien -respondió Martín -pero sólo un rato. Como le dije, hago largas caminatas por la playa para no acumular algunos kilos de más estos días.

- Estupendo, le puedo dejar luego en el sitio que me diga de la playa para que vuelva caminando al hotel. Yo subiré después al poblado y recogeré a los chicos para ir a comer al pueblo otra vez. Pasaré por allí todo el día.

- Me parece un buen plan.

- Pues le recojo en el hall dentro de media hora... y ahora le dejo que se deleite con su desayuno.  

Cuando apareció Antonio en el hall iba vestido con su ya habitual “uniforme de arqueólogo”. Subieron a su coche y salieron a la carretera.

      - El museo se creó hace ya unos veinte -comenzó a explicarle Antonio-. Fue a raíz del descubrimiento de un par de yacimientos importantes en el término. Se creó a iniciativa del ayuntamiento para albergar las colecciones, ya que los yacimientos fueron descubiertos por vecinos del pueblo aficionados a la arqueología, que después colaboraron también en la excavación oficial. A partir de entonces se han ido incorporando al museo diferentes hallazgos aparecidos por la zona. Ahora, pasarán también a él una parte interesante de los objetos excavados en el poblado Ibérico.

- Así que esta zona parece rica en restos arqueológicos...

- Sí que lo es, toda la región en general. Por aquí pasaron griegos, romanos, árabes... todas las civilizaciones mediterráneas. Y antes de ellos florecieron culturas autóctonas que hunden sus raíces en la prehistoria. Los últimos, los íberos, fueron influidos culturalmente por griegos y fenicios, con los que comerciaban. Y antes de los íberos, las culturas del bronce, de las que hay espléndidos vestigios. Incluso del Paleolítico hay recogidos  restos y herramientas en el Museo, ya verá.

- Bueno, la verdad es que no soy un entendido en la materia, pero sí que me despiertan la curiosidad todos esos objetos antiguos que reflejan un modo de vida y unas gentes tan diferentes de las nuestras.

- Las gentes no eran tan diferentes. Se ha difundido desde hace mucho tiempo la idea de que los hombres primitivos eran una especie de monos erguidos, completamente sumidos en la animalidad, pero con un destello de inteligencia que les permitió construir herramientas rudimentarias y armas. Sin embargo, cada vez más se acepta la evidencia de que eran muy semejantes a nosotros, en capacidad mental, en inteligencia e incluso en aspecto físico. Y tenían una cultura que aunque incipiente era compleja, y que incluía, además de la habilidad técnica, ritos religiosos y mágicos, conocimientos curativos basados en plantas, reglas sociales y mitos. Nuestra especie ha evolucionado culturalmente en muy poco tiempo, no dando tiempo a una evolución física apreciable. Así que amigo Martín, piense que somos básicamente cultura, que lo que nos diferencia a los humanos de las diferentes épocas y países, es únicamente cultura. En el museo verá piezas realizadas en piedra con tanta calidad, cuidado y habilidad técnica, que se dará cuenta de que aquellos hombres tenían ya una finura mental y habilidad manual extraordinarias. Créame que estamos ante el mismo hombre, y que lo que nos diferencia de ellos es la cadena de inventos y descubrimientos que se han ido acumulando a lo largo de las generaciones.

- Ciertamente es alucinante el viaje de la cultura. Parece no tener límite. La mente del hombre es algo prodigioso. Me sorprende mucho también que desde el principio el hombre tuviera sus rituales, sus mitos.

- Ah, ése es un tema apasionante, Martín, estaríamos hablando horas y horas. El hombre, desde el origen, siempre ha creído en seres y energías ocultas que actuaban sobre su mundo y con las que él podía comunicarse en su propio beneficio. Y ha construido relatos explicativos de todo eso, muy simbólicos, muy extraños a veces, pero que permitían al hombre situarse en aquel mundo de fuerzas desconocidas. Los rituales mágicos eran prácticas que, ayudadas de ciertos brebajes y sustancias sicotrópicas, llevaban la mente de los chamanes y hechiceros a estados especiales de lucidez y conciencia, en los cuales veían o creían ver esa realidad  superior. Luego fueron apareciendo las religiones y sistemas espirituales más o menos evolucionados.

Habían llegado al yacimiento y enfilaron la recta hacia los montes. Pronto comenzó a divisarse el pueblo. Antonio lo señaló.

            - Parece un lugar muy pintoresco -dijo Martín disimulando.

- Tiene una espléndida vista sobre la costa -asintió Antonio- Y es más grande de lo que parece a simple vista. Desgraciadamente se conserva muy poco del pueblo antiguo.

Llegaron s la plaza de la Iglesia y siguieron hasta el Ayuntamiento. Allí aparcó Antonio el coche y entraron en el museo, que efectivamente era la casa adyacente al propio Ayuntamiento, como le había dicho la mujer del bar.

            - Buenos días Manuel -saludó familiarmente Antonio al conserje.

- Buenos días Don Antonio- respondió el hombre sonriente y amable, levantándose.

- ¿Están trabajando los chicos? -preguntó Antonio

- Están Vero y Luis -respondió.

Pasaron a la sala de exposición, una especie de corredor amplio que albergaba las colecciones de las distintas épocas, separadas por paneles explicativos. En la zona de Prehistoria le mostró Antonio algunas piezas interesantes talladas en sílex.

- Fíjese en el delicado trabajo de esas hojas -advirtió señalando unas láminas recortadas en forma de hoja, con toda su superficie facetada como si hubiesen extraído escamas de ella -. Son puntas de lanza -añadió-. A mí me daría pena lanzar una cosa así y quebrarla si fallaba el tiro.

Aunque Martín había visto alguna vez piezas semejantes, nunca había visto, o apreciado, el extraordinario trabajo que tenían aquellas.

            - Desde luego eran unos artesanos magníficos, casi unos orfebres -dijo.

En la vitrina de al lado, entre restos de cerámica y algunas piezas de metal que parecían también puntas de lanza, se veían unos curiosos cilindros de piedra blanca, que llevaban grabados una serie de rayas y muescas alrededor de unos círculos grandes, como representando los ojos enormes de un búho. Antonio percibió su atención y le explicó:

- Ídolos oculados. Se les llama así por la representación destacada de los ojos. Como ve, es lo único representado en la pieza, que no tiene ninguna forma señalada más que la apariencia más o menos humana que pueda tener un cilindro. Se supone que son representaciones de la Diosa Madre, un culto de Oriente próximo más antiguo y que probablemente se extendió por todo el Mediterráneo. Estos ídolos los asociamos a un culto a la fecundidad.

- Lo que no acabo de entender es la relación que pueda tener la maternidad con esos ojos tan asombrados, ¿no serán por casualidad los de una parturienta en el momento de dar a luz? -bromeó Martín.

Antonio se echo a reír sonoramente.

-  Verá, cuando le decía lo del culto a la fecundidad era en sentido general, referida también y especialmente a la fecundidad de la tierra. Pero cualquiera sabe, los arqueólogos hacemos conjeturas, correlaciones culturales, hipótesis probables... pero la verdad de unos registros tan antiguos se la ha llevado el tiempo. Esos ojos, o semejantes, aparecen también en paredes pintadas, en objetos de hueso, en la cerámica...  asociados a chamanes, a seres iluminados por el conocimiento, por la divinidad. Y por supuesto aparecen en los propios ídolos de deidades, como parece que representan estos cilindros oculados.

Más allá se veían abundantes vasijas de cerámica, muy primitivas. Antonio le explicó que procedían de un pequeño poblado de la edad del bronce, descubierto en la cercanía del pueblo y que dio origen al museo. Estaban hechas a mano, sin torno, que entonces no se conocía aún. Sin embargo su superficie estaba muy pulida, casi brillante, y su coloración era oscura con desigualdades en el color. Su forma tampoco era perfecta, pero les daba un encanto especial, como todo lo hecho de manera artesanal, sin máquinas.

Luego llegaron a una vitrina que contenía objetos de época romana, vasijas pequeñas, platos, fuentes, etc., que llamaron la atención de Martín por su colorido rojo anaranjado, muy brillante, como si estuviesen barnizadas.

- Es “sigilata”, una cerámica de lujo que hacían en moldes, gracias a lo cual reproducían en su superficie decoraciones y formas en relieve. Era la vajilla de mesa. Todo esto pertenece a una villa romana  del término. Las villas eran el equivalente de los cortijos andaluces, o algo parecido. Había una gran mansión, acondicionada con todo lujo, y en ella vivía la familia romana. Además había toda un serie de dependencias para los siervos, el ganado, graneros, etc. Y por supuesto una buena extensión de terreno agrícola que era la fuente de riqueza de los dueños. Existían villas por todas partes, generalmente al lado de las calzadas romanas, que eran como las autovías de hoy.

Había también una buena colección de objetos de bronce, cuya función se adivinaba por su semejanza a los actuales, como pinzas, cucharillas muy pequeñas, punzones... Despertaron la curiosidad de Martín varios objetos que tenían una anilla y adosados a ella lo que le parecieron ser unos genitales masculinos reproducidos obscenamente con todo detalle, exagerando sus características.

            - Y eso, ¿qué es exactamente? -preguntó Martín irónico.

- Son amuletos fálicos, de uso muy corriente. Los utilizaban las damas romanas como colgantes, y les atribuían cualidades  protectoras contra maleficios y el mal de ojo. Como ve, la superstición era moneda corriente por entonces. Fíjese en ese otro colgante que tiene un falo a un lado y al otro una mano haciendo el signo de la higa, que tenía las mismas propiedades protectoras. En contra de lo que nos puede parecer hoy día, el realismo exagerado de estas figuras no tenía carácter obsceno o grotesco entonces. Los romanos utilizaban estos símbolos también en sus rituales sagrados en honor al dios Baco o a Príapo. En realidad  el simbolismo fálico ha tenido en muchas culturas de la antigüedad un carácter sagrado, como dador de vida, como poder genésico. También la vulva femenina aparece asociada a rituales sagrados desde la prehistoria, y puede verse representada en las pinturas rupestres con mucha frecuencia. En la India, por ejemplo, se puede ver en muchos templos un monolito representativo de un falo saliendo de una plataforma circular o receptáculo que representa una vulva. El falo es la representación de la deidad suprema, Shiva. El falo y la vulva eran  símbolos sagrados para los hindúes.

- Es curioso -observó Martín- como en nuestra cultura todos estos símbolos están asimilados a un concepto obsceno, descarado.

- Es un fenómeno puramente cultural. La tradición religiosa judeo-cristiana ha ido arrinconando todas las representaciones eróticas como algo pecaminoso, dada la orientación de la sexualidad a fines reproductivos exclusivamente, dentro del marco del matrimonio.

- ¿Y eso que es? -preguntó Martín señalando una especie de paleta de bronce.

- Es un espejo. Seguro que me hace ahora la clásica pregunta -respondió Antonio risueño.

- El cristal se ha perdido, claro.

- No era un espejo de cristal. No sabían hacer cristal laminado todavía. Era simplemente una superficie de bronce excelentemente pulida que reflejaba la imagen. Las damas romanas se cuidaban mucho, y no quiero hablarle de sus ungüentos de tocador, perfumes, peluquería, etc.

- Qué curioso es todo esto... -afirmó Martín.

Más adelante había vitrinas con cerámica árabe, muy vistosas, de superficie vidriada, y diferentes herramientas agrícolas de hierro, muy corroídas.

- Imagino que ya se está cansando de ver tanto cacharro -observó Antonio-. Venga, le voy a enseñar el taller donde se están restaurando algunas piezas procedentes del vertedero del poblado ibérico. Pronto habrá en esta sala una zona dedicada a la cultura Ibérica.

 

En el taller estaba trabajando el chico con el que había hablado largo rato en la excavación y una de las dos chicas que estaban extrayendo aquel bocado de caballo.

Sobre una gran mesa había colocadas algunas vasijas parcialmente reconstruidas, con muchos huecos todavía entre sus piezas visiblemente pegadas. Una serie de bandejas contenían trozos de cerámica de diversas formas y tamaños. Contra la pared, unos depósitos de lavado aparecían repletos de trozos de cerámica recién extraídos del yacimiento.

Los muchachos respondieron al afable saludo de Antonio y Martín, y se quedaron con ganas de contar ellos algo al visitante. Pero fue Antonio el que le explicó lo que hacían.

- Los trozos de cerámica, una vez lavada y desincrustada, se clasifican en base a determinados patrones, como el tipo de barro, color, tamaño y forma supuestos de la pieza original, tipo de decoración, etc. Cuando se dispone de una parte significativa de una pieza, se empiezan a buscar el resto de sus partes en las bandejas que corresponde a sus patrones. Como le dije, es una labor de chinos, porque hay miles de piezas, y a pesar de su detallada clasificación la tarea es difícil. Finalmente es imposible en la mayoría de los casos recomponer una pieza por entero y se recurre a completarla en base a escayola, diferenciando el color claramente o dejándola en su color original blanco.

- ¿Qué tipo de vasijas son las que están reconstruyendo? -se interesó Martín.

- Esta que ve aquí -dijo Antonio acercándose a las piezas- es un enócoe, o sea, como ya se ve, una jarra para agua o vino. La boca es trilobulada, hecha como con tres pellizcos en el barro blando, aunque aquí le falta uno lateral. El del frente evidentemente facilitaba el vertido del líquido. Fíjese en la espléndida decoración y en la armonía de la forma, en el equilibrio de las partes, la panza, el cuello, la boca... yo estoy enamorándome de esta pieza. Esta otra es un cálato; observe su forma de sombrero de copa invertido y la decoración muy recargada; se usaba en la casa para guardar legumbres, olivas, granos, etc. Es quizás el equivalente, aunque de mayor tamaño,  a nuestros tarros de cocina. Y aquellos son cuencos  para beber el vino, el agua, y a veces para comer algún alimento -dijo señalando un pequeño grupo de piezas sencillas que parecían sin decoración alguna y de forma casi semiesférica, sin asas. Al fondo de la mesa ve una urna; en ella depositaban parte de las cenizas y huesos no quemados del muerto y después la colocaban en un agujero en el suelo. A su alrededor depositaban el resto de las cenizas y objetos del difunto, armas, etc., lo que se llama el ajuar funerario. Luego cubrían el hoyo y ponían encima una piedra a manera de estela para señalar el lugar.

- Interesante -dijo Martín-. Por lo que se ve usaban la cerámica para todo tipo de recipientes...

- Los íberos eran unos consumidores tremendos de cerámica. En cualquier yacimiento aparecen en superficie montones de trozos dispersos por todas partes.

Siguieron hablando  un buen rato de las costumbres de los íberos, del museo, de la excavación... Finalmente Martín insinuó su deseo de dar por terminada la visita.

      - Le voy a acercar a la playa. Yo volveré después a la excavación -dijo Antonio.

- Déjeme allí mismo, yo volveré caminando, ya sabe que lo que quiero es hacer ejercicio -aseguró Martín.  

Después de despedir a Antonio a los pies del cerro, y aplazar  para otro día su invitación de ver el vertedero del alfar, se puso a caminar al borde del agua, hacia el hotel. Estaba deseando encontrarse a solas y recordar la experiencia con Teresa. Había sido fabuloso, pensaba, y se maravillaba de la delicadeza y a la vez desinhibición de su amiga. Era asombroso cómo podía convertirse un acto puramente instintivo como el sexual en un rito que duraba horas, administrando la energía erótica, convirtiéndola en una asombrosa experiencia que despertaba la conciencia sensible y hacía disfrutar de las más exquisitas sensaciones, amplificadas por esa conciencia iluminada. Ciertamente, el sexo podía convertirse en un acto sagrado, en un sacramento. Después de todo, pensó, la Iglesia católica decía que el matrimonio era un sacramento, aunque lo entendía como institución de conjunto, centrado sin duda en el sentido sagrado de la maternidad,  y no en el goce sexual de los esposos.

Se acordó de las experiencias místicas de personajes como Santa Teresa de Jesús o San Juan de la Cruz, tan cargadas de expresiones y manifestaciones eróticas, como si lo sublime de tales experiencias sólo tuviera comparación con lo sublime del sexo y el amor erótico, o como si hubiese una relación inseparable entre mística y erotismo y una condujera a la otra y viceversa. Los santos tenían experiencias místicas intensas con manifestaciones eróticas, y las experiencias eróticas intensas por fuerza tenían manifestaciones místicas, concluyó. Y este segundo camino era por el que le llevaba Teresa. Le había hablado de términos que no dejaban de danzar en su mente, como “cópula mística”, y se preguntaba si era lo que había experimentado el día anterior  con ella, en aquel acoplamiento delicioso y estático que se prologaba sin medida, fuera del tiempo, que se convertía en luz cuando estaba en la cima del placer. También le había hablado de ritualizar el orgasmo ¿Sería eso la cópula mística? Tenía unas ganas tremendas de hablar con ella de todo esto, de ver con claridad a donde le llevaban todas estas experiencias. Pero Teresa se empeñaba en el silencio, en la experiencia directa, y no daba explicaciones adicionales. Le hubiera gustado tanto estar ahora con ella, hablando tiernamente de la noche pasada, de todo lo que había sucedido entre ellos, de lo que había sentido cada uno, de sus sentimientos... Estaba ansioso de que llegara la noche.

Andando y meditando en todo esto, recordando cada uno de los momentos que había pasado con Teresa, recorrió casi sin darse cuenta la media docena de  kilómetros que le separaban del hotel. Era mediodía. Pensó en una buena comida y una no menos buena siesta.

 

A la hora convenida estaba ante la puerta de Teresa. La empujó con suavidad y entró. Había penumbra en la habitación; ardían las cuatro velas. Teresa estaba en meditación encima de la cama. Entró en el baño y se preparó. Una vez sentado ante Teresa, ella le miró con amor y le dio el beso ritual. Después bebieron el licor...

Vela tras vela fueron recorriendo el camino del éxtasis místico, subiendo los peldaños de la escalera sagrada que conducía a la iluminación. Al inicio del cuarto peldaño, Teresa le situó, y le mantuvo, en lo más alto del placer. Entonces empezó su juego mágico de contracciones, su danza interior vaginal que golpeaba rítmicamente en la raíz de su placer. Cuando Martín empezaba a desbordarse y abandonarse al caos, ella le sujetó la cara y le obligó a mirarla a los ojos. Y ella misma, sin dejar de mirarle, fue sacudida desde su vientre por convulsiones automáticas, mientras se mantenía inmóvil en su postura y sus ojos le ofrecían su éxtasis. Así, erguidos, agarrados el uno al otro, mirándose, temblaron como las hojas de un árbol sacudido por el vendaval. Luego se fue haciendo la calma. Apoyaron sus caras y permanecieron largo rato abrazados. Luego ella acercó el cuenco del licor y bebieron. 

Cuando Teresa reanudó el ritual, Martín pensó que no podría estar a la altura de las circunstancias. Pero ella le fue encendiendo con la magia de su boca y de sus dedos, y pronto le hizo dar otra vez su máxima luz. Fue ella la que ahora comenzó a vibrar sola mientras Martín se mantenía en una cima imposible y serena que lo inundó de luz. Se fue apagando mientras Teresa se extinguía lentamente.

A la tercera vez, ambos alcanzaron un éxtasis tranquilo e iluminado que fluía entre sus ojos y ocupaba por entero sus conciencias. Ya no estaban; allí no había Teresa ni Martín, solo una conciencia común e impersonal del éxtasis.

Se fueron apagando y permanecieron abrazados largo tiempo en la penumbra. Luego Teresa se separó y le dio el beso ritual en los labios. Cuando Martín salía de la habitación notó que se apagaba la cuarta vela.

 

 

 

 

PARTE QUINTA

 

Iban pasando los días y Martín hacía una vida monótona, descansada, dedicada casi por entero a sus encuentros con Teresa. El ritual sexual que les ocupaba parte de la noche se había instalado en su vida y vivía sumido en él. Se sentía participe de la energía indiferenciada de la vida, como se participa de la luz del sol o del aire en plena naturaleza. Se había olvidado de sus inquietudes, de la búsqueda que le había llevado hasta allí. Se sentía cambiado, más tranquilo, absorto en una nueva realidad que no llegaba a concretar del todo. Experimentaba un sentimiento nuevo hacia las personas con las que coincidía ocasionalmente en el hotel. Se sentía inmediatamente unido a ellas, como si no hubiese obstáculos entre sus almas. Era como si en lugar de apreciar las diferencias su mente percibiera sólo la cualidad de ser conscientes entre sí. Apreciaba especialmente el alma femenina. En cada mujer que veía o con la que hablaba creía encontrar a la misma mujer, a la cualidad  de ser mujer.

Cuando estaba solo, descansando en la playa, evocaba la cópula mística con Teresa, y sentía que la energía volvía a instalarse en él, que la luz se hacía en su mente y le disolvía. De nuevo brillaba en su interior simplemente el ser y Martín desaparecía.  

Cuando llegó el décimo día de su aprendizaje, estaba algo inquieto. No sabía cómo sería su relación con Teresa en adelante y experimentaba una gran ternura por ella. Se había acostumbrado a su intimidad y temía perderla. Por otro lado, estaba deseando terminar aquellos rituales tan silenciosos y poder hablar con ella largo y tendido, comunicarle sus sensaciones y sentimientos.

El ritual se desarrolló como era habitual, con mucha facilidad y relajación. Encontraron su camino hacia el éxtasis estático sin problemas después de dejarse estremecer por el viento de la energía vital. Teresa se separó de él después de descansar un rato, y por primera vez en todos aquellos días le habló:

- Querido mío, vamos a dar por terminado hoy el ritual y tu aprendizaje. Has andado un largo camino aunque quizás no te hayas dado cuenta del todo todavía. Has sido un maravilloso compañero espiritual y te estoy muy agradecida. Ahora tienes que seguir tu solo el mismo camino, si quieres continuar por él. Estoy convencida de que lo harás. Ya no me necesitas de momento, aunque de cuando en cuando será conveniente que encuentres una compañera para reforzarlo. Puede ser cualquier mujer, adiestrada o novicia. Si es novicia tú la enseñarás. Y por supuesto puedo ser yo misma también. Has desarrollado la conciencia intensa del ser en sí mismo, sin formas, sin individualidad, y esa conciencia está en ti, es toda tuya y ya no necesitas intermediarios para experimentarla. Yo he sido solo la puerta a esa realidad. Pero ya estás dentro de ella. Ya no necesitas ninguna puerta.

- No sabes las ansias que tengo de hablar de esta experiencia contigo, de todo lo que nos ha pasado - dijo Martín emocionándose.

- Claro que hablaremos... Pero de momento es mejor que no nos veamos en un par de días, cariño. Hemos movilizado demasiada afectividad inconsciente a pesar del distanciamiento y del ritual estricto. Conviene que nos serenemos, que nos distanciemos un poco de esto.

- Como quieras, no sé que haré estos días. Deambular por ahí yo solo...

- Meditar. Seguir tu solo el camino como te he dicho. Yo haré lo mismo, siempre lo he hecho. Ahora debemos despedirnos hasta dentro de unos días.

Cuando Martín se vistió y salió del baño, Teresa había encendido las luces de la habitación. Le acompañó a la puerta y le dio, ahora sí, un beso muy apasionado.

         A la mañana siguiente, en contra de lo que le había sugerido Teresa, se propuso desconectar de la experiencia hasta que volviera a verla, entretenerse con otras cosas. Hacía días que quería reponer sus existencias de ginebra y organizar una minidespensa de emergencia en su habitación, por si algún día llegaba tarde al comedor. Así que cogió el coche y se dirigió al pueblo. Enseguida localizó un pequeño supermercado e hizo acopio de provisiones: conservas, cervezas, frutos secos, patatas fritas, aceitunas, pan tostado, etc. Se acordó del licor de Teresa, y además de su bebida preferida incluyó una botella de ron y un tarro pequeño de miel. Una vez cargadas las provisiones en el coche, y como no quería deambular demasiado por el pueblo para no coincidir con Antonio otra vez, decidió seguir carretera adelante y explorar un poco la comarca.

El paisaje era montañoso y muy pintoresco. Pasó por un par de pueblecitos más pequeños que El Bartel, y sin nada de particular. En un paraje recogido y agradable se dispuso a tomar un bocado de sus provisiones. “Mira qué bien”, se dijo, “qué buena idea he tenido con lo de las provisiones... cualquiera encuentra por aquí un sitio donde comer.”

Cuando llegó de vuelta al hotel estaba entrada la tarde. Respetando el horario de Teresa bajó al comedor a última hora.

Al entrar se encontró de frente a Adela, que iba acompañada de una chica joven.

- Hombre, Martín, cuanto tiempo sin verle... mire le presento a mi hija, Alba.

- Encantado -dijo Martín sonriendo a la joven e intentando encontrar  un parecido entre Adela y la atractiva muchacha.

- Tengo muchas ganas de charlar con Ud.-dijo Adela- Si no tiene nada que hacer le invitamos a un café cuando termine de comer.

- Será un placer, como siempre.

- Pues le esperamos en la cafetería charlando de nuestras cosas.

Mientras comía recordó lo que le había contado Adela de su hija. Vivía con su novio y se llevaban bien. Ella era bastante diplomática y tranquila. Había vivido con sus padres hasta que terminó la carrera y conoció a su pareja. Se preguntaba si Adela habría sido así de atractiva de joven.

Cuando llegó a la cafetería le esperaba solo Adela.

- Creo que me he retrasado un poco. Llegué con mucho apetito.

- No, no se ha retrasado, es que Alba está un poco indispuesta últimamente y ha subido a descansar.

- Ya me dijo Antonio que había ido a verla porque se encontraba mal.

- Problemas  de pareja, ya sabe, y esta vez parece que importantes. Está muy nerviosa e irritable. Ella es muy conciliadora y le ha aguantado muchas cosas a Jaime, pero ahora parece que la cosa va en serio.

- Vaya, lo siento... La pareja está un poco en crisis hoy día.

- Siempre ha habido crisis en las parejas, pero ahora los jóvenes son más irritables, aguantan menos. Y no hablo de mi hija, que es un encanto, pero Jaime parece que se está volviendo agresivo, violento con ella.  Y le está afectando mucho, incluso a su salud. Así que aprovechando que Antonio se ha ido a un congreso con el equipo de la excavación, me la he traído aquí unos días para que desconecte y descanse.

- Le vendrá bien, el mar es muy relajante. ¿Y dice que Antonio está en un congreso?

- Sí, en Barcelona. Su amigo Ernesto, el director de la excavación, presenta una ponencia sobre el poblado ibérico precisamente, y allí han ido todos a divertirse unos días.

- No vive mal Antonio, no; de verdad que me da envidia a veces.

- Pues siguiendo con lo de mi hija, lo peor del asunto es que ella... bueno, no debería contarle a Ud. esto, pero confío en su amistad y en su discreción cuando esté ella delante... pues el caso es que está embarazada. Ella dice que él está así desde que lo supo, que ha cambiado mucho. Piensa que aunque no dice nada, en el fondo no quiere tener ese hijo.

- Y su hija imagino que sí, claro, que desea tenerlo...

- Claro, ella ha salido a mí. Los hijos son lo mejor de la vida para una mujer. Por ellos una es capaz  de aguantar muchas cosas... hasta la infidelidad del propio marido.

- Imagino que el ser madre es una experiencia muy intensa para una mujer, sí. También lo debe ser para un hombre el ser padre, pero supongo que diferente.

- Bueno, no le quiero abrumar con lo de mi hija... ¿Y qué me dice Ud. de su vida?... yo le hacía muy entretenido con su amiga Teresa, pero la he visto por el comedor muy solitaria. Ya veo que no han intimado.

- Ah, pues... ya sabe que ella es una persona muy suya, y a mí también me gusta hacer mi vida... -dijo Martín escabulléndose del tema -. ¿Y de su novela, qué me cuenta?... ¿ha seguido escribiendo?

- Ah, sí, eso no lo dejo casi nunca, ya sabe que es mi segunda vida.

- ¿Y cómo le va a su Teresa?

- Pues mi Teresa me tiene muy preocupada. Creo que le conté que había conocido a un hombre interesante, que estaba muy ilusionada... Bueno, pues efectivamente han iniciado una relación bastante pasional.

- ¿Y eso le preocupa?

- Lo que me preocupa es yo sabía que ella no quería tener más historias sentimentales, que le había ido mal siempre y pasaba de los hombres. Por eso me extrañó su entusiasmo. Pero ahora he descubierto -siguió relatando Adela como si se tratase de una historia verídica- que está tramando tener un hijo. Que ha decidido orientar su vida como madre.

- Bueno, y que hay de malo en eso también -dijo Martín empezando a ponerse nervioso.

- Que quiere orientar su vida como madre soltera.

Ahora ya el corazón de Martín dio un vuelco.

- Y su pareja qué dice -se atrevió a preguntar visiblemente agitado.

- Pues eso es lo malo, que él no sabe nada, que todo es un plan que se ha trazado ella concienzudamente. Ha estado viendo a un ginecólogo y está siguiendo un tratamiento de fertilidad para quedarse embarazada. Y no piensa decirle nada a él. Quiere que su hijo sea sólo suyo; quiere tenerlo y criarlo ella sola.

- ¡Pero bueno, eso es una guarrada! -exclamó Martín inconscientemente.

- Así es. Por eso estoy preocupada, porque eso no es habitual en Teresa. Está utilizando al pobre hombre.

La mente de Martín se había disparado y rememoraba a altas revoluciones toda su historia con Teresa, atando cabos... Al cabo de unos segundos se tranquilizó y le dijo a Adela:

- Me tiene asombrado de la realidad con que vive su novela. Imagino que lo que le está pasando a su hija ha influido en el cariz que está tomando la historia

- Es posible -respondió Adela pensativa-... lo que le está pasando a mi hija, o lo que me pasa a mí, o lo que le pasa a tantas mujeres... ¿No le parece que la conducta de Teresa, aunque yo no la apruebe, podría ser real?

 - Como la vida misma -sentenció Martín.

Tanto Adela como Martín parecían inclinados a sumergirse en su propio mundo, por lo que dando por terminada la charla salieron cada uno rumbo a su habitación.

Martín se tumbó en la cama, y en un estado casi febril su cabeza repasó detalladamente su relación con Teresa, desde el día que la vio por primera vez en la piscina con aquel sugestivo bañador hasta sus famosas normas de distanciamiento entre los dos mientras durara su experiencia, pasando por ciertos momentos y actitudes de Teresa que le habían llamado la atención por lo misteriosos y exagerados. Atando y atando cabos, llegó a convencerse de que Adela estaba de nuevo acertando. Llegó a la conclusión de que o Adela era vidente, o lo que le estaba pasando a él era tan previsible que no tenía nada de especial el que coincidiera con una historia inventada como la de Adela.  Sintió el impulso repentino de ir a la habitación de Teresa y hablar con ella. Pero se sentía a la vez profundamente ofendido y vergonzosamente ridículo. Si todo fuera una equivocación suya, no encontraría donde meterse ante la mirada de Teresa. No sabía a qué carta quedarse, por lo que decidió hacerse el encontradizo con ella a la mañana siguiente.

Estrenó su botella de ginebra, y bajo sus efectos se imaginó siendo padre... Por la noche tuvo sueños extraños.  

Bajó a desayunar en cuanto abrieron el comedor. Se sirvió un café y algo de comer y se sentó en un lugar apartado. Pronto se fue llenando el comedor. Vio a Adela y a su hija, que no advirtieron su presencia. Teresa no aparecía. Cuando se fue Adela, salió él también sintiéndose incómodo, pero se sentó en unos butacones que había cerca desde se veía la entrada al comedor. Definitivamente Teresa no bajó. Imaginó que se había dormido, o que quizás no tuviera ganas de desayunar, o tal vez estuviera meditando en la playa y se había demorado demasiado. Sí, eso debía de ser. Se dirigió al lugar donde meditaba mientras imaginaba una excusa por irrumpir en su zona en contra de lo acordado. Pero tampoco estaba allí, ni se la veía a lo lejos. Volvió al hotel dispuesto a pasar la mañana por allí. Bajaría a la playa del hotel con un libro y quizás la viera pasar camino de su sitio. Tenía que pasar por allí a la fuerza. Ataviado de playa, se tumbó en un buen lugar de observación. A ratos simulaba leer, pero sus ojos veían en todas direcciones. Bien entrada la mañana se cansó de esperar en vano y abandonó  la playa. Pensó que quizás estuviese en la piscina. Allí fue, pero tampoco estaba. Se sentó en una mesa a la sombra y volvió a su libro, intentando leer un rato mientras dejaba pasar el tiempo. Leía mecánicamente pero no se enteraba de lo que leía. Sus ojos leían palabras pero su mente se enfrascaba en pensamientos distintos. Teresa seguía sin aparecer y pensó que estuviese donde estuviese al menos tendría que comer, así que subió a la habitación y se preparó para bajar al comedor. Repitió la operación del desayuno, alargando su almuerzo todo el tiempo que se suponía era el turno de Teresa, pero no llegó. Antes de que aparecieran Adela y su hija, salió y se fue a su habitación. Otra vez recurrió a la compañía de la ginebra mientras pensaba en una disculpa para llamar  a la habitación de Teresa. Le diría que iba a ausentarse un par de días y quería decírselo. Luego buscaría la forma de llevar la conversación por donde él quería... Dejó pasar una hora y se dirigió a su habitación. Llamó discretamente y esperó. Al poco rato abrió la puerta un hombre joven.

- Disculpe, buscaba a Teresa...

- ¿Teresa?... me temo que se ha equivocado.

-  Perdón, creo que sí.

Se alejó después de comprobar que no se había equivocado, que aquella era la habitación de Teresa. Sumido en una extraña sensación, bajó a recepción y preguntó por ella. Le dijeron que había dejado la habitación el día anterior.

En su habitación de nuevo, la realidad se impuso en su conciencia de manera tan lúcida e intensa, aunque ahora dolorosa, como aquellos éxtasis luminosos que había tenido con Teresa. Y sin embargo, el extraño final de su aventura le parecía mentira cuando recordaba aquellos momentos de profunda intimidad con ella. Había algo contradictorio en todo el asunto, algo que tenía que aclarar. Inmediatamente recordó que en una ocasión Teresa le había escrito su número de móvil en una servilleta en la cafetería. Buscó en los cajones, entre los libros, y finalmente la encontró en un bolsillo de su bolsa de viaje. Sin dudarlo, cogió el teléfono y marcó el número.

Al otro lado le respondió la voz de Teresa algo modificada por la transmisión:

- ¿Sí?... ¿Quién es?

- Soy Martín.

Se hizo un segundo de silencio que a Martín le pareció una eternidad.

- Martín, querido, te iba a llamar hoy mismo sin falta. Ya sé que mi marcha sin despedirme de ti es imperdonable... pero no tuve valor. Antes o después teníamos que separarnos y tenía miedo de cómo iba a evolucionar nuestra relación siguiendo yo ahí. Pensé en dejarte una nota, pero preferí llamarte personalmente. Tenía que haberlo hecho ayer mismo... pero ya ves, he preferido seguir adelante con nuestro pacto de no vernos en un par de días.

- Teresa, he estado muy preocupado por ti desde hace unas horas, al enterarme que te habías ido, y aún no sé a qué atenerme. Estoy sumido en un mar de dudas... Después de estos días de relaciones tan intensas he llegado a temer incluso que podrías quedarte embarazada, no sé... me han pasado por la cabeza un montón de tonterías.

De nuevo el silencio martilleó en los oídos de Martín un tiempo insufrible.

- No te preocupes, cielo, aunque me quedara embarazada eso es una responsabilidad que yo asumo, no pensaría implicarte en ella.

- Sí, si me preocupa... ¿qué te hace pensar que yo no quisiera asumirla también?

Otra vez un segundo de silencio le dolió una eternidad.

- Mira, no tiene sentido esta cuestión, debes dejar de preocuparte. Yo estoy bien, tranquila, y si por una remota casualidad me quedara embarazada, tú también lo sabrías.

- Si esa remota casualidad se produjera, y por cualquier circunstancia yo no pudiera asumir mi responsabilidad, ¿serías capaz de verdad de asumirla tú sola?

- Claro, amor, estaría encantada.

- Pero imagino que eso sería un trastorno para ti, te alejaría de tus meditaciones, de tu estilo de vida centrado en el yoga y todo eso...

            - ¿Quién te ha dicho a ti que la maternidad no se puede vivir  desde la meditación también, lo mismo que el sexo?

Fue ahora Martín el que se sumió en un profundo silencio.

- No sé -dijo al fin-, imagino que también será una experiencia iluminadora muy profunda, sí... Mira, Teresa, estoy un poco confundido con todo esto, necesito pensar... Te volveré a llamar y hablaremos con calma.

- Bien, cielo, como quieras... pero tú no te preocupes por nada. Un beso.

Oyó Martín cómo al otro lado de la línea se cortaba la comunicación mientras él seguía con el teléfono junto al oído todavía unos segundos más. Sintió que sus piernas temblaban ligeramente debido a la tensión mantenida durante la conversación, intentando no manifestar la agitación que le había ido invadiendo. Agotado, se tumbó en la cama. Su cabeza seguía girando:

“Tratamiento de fertilidad, diez noches seguidas de sexo intenso, por muy místico que fuera... distanciamiento durante todo el día para no engancharse emocionalmente... y de postre la huida sin decir ni pío”, se decía a sí mismo, “la cosa está más clara que el agua... sólo un imbécil como yo puede caer en estas situaciones... me ha utilizado como a un corderillo”. Su tensión iba convirtiéndose en violencia interior y la violencia iba descontrolándose,  pidiendo acción. Cogió de nuevo el teléfono y volvió a llamar a Teresa. Oyó una locución que decía: “El teléfono al que llama está desconectado o fuera  de cobertura”.

Esperó un buen rato y volvió a llamar. Oyó la misma locución. Cogió un vaso y la botella de ginebra y se tumbó otra vez en la cama... Después de algunos tragos y seguir dando suelta a su irritación, intentó ponerse en el pellejo de Teresa, ser objetivo, tratar de comprenderla... Habían pasado juntos momentos de extraordinaria intimidad y ternura, de amor, sí, de amor aún sabiendo, como decía Teresa, que era un sentimiento de cada uno y para cada uno, que había que concienciar en el propio interior lo mismo que las sensaciones físicas. Pero todo aquello había sido verdad, auténtico, también para ella. Lo había visto en sus ojos tantas veces... No había sido una simple utilización pasional para sus fines de procreación. No había tenido necesidad de todo aquel complejo y sofisticado montaje. Le hubiese bastado atraerle pasionalmente y él se hubiese dejado llevar fácilmente sin necesidad de tanto ritual, tanta meditación y tanto espíritu... “Sin embargo... no me hubiese arrastrado a una actividad sexual tan intensa... realmente me ha exprimido como a un limón”, -se dijo volviendo a su otro lado vengativo. Pero al poco rato volvía a acordarse de los momentos hermosos, de las horas que habían pasado acoplados dulcemente, mirándose a los ojos, de aquella cópula mística en la que su ser y el de Teresa se llenaban de luz y de conciencia, de aquellos orgasmos estremecidos, temblando al unísono todas las fibras de sus cuerpos, reflejándose el éxtasis en los ojos y contagiándose, prolongándose sin fin en los espejos enfrentados de sus miradas... No, aquello fue verdad - se decía-, aquello no tenía nada que ver con la procreación. Aquello fue espíritu puro.

En esas idas y venidas del cielo al infierno personal, le fue venciendo el sueño con la ayuda del alcohol.  

Se despertó muy tarde, con una resaca tremenda y con la cabeza triturada  como si hubiesen pasado sobre ella docenas de yuntas arándola y desmoronándola. Había soñado intensamente toda la noche, pero no quedaba en su memoria más que imágenes confusas detrás de una sensación de pesadez. Miró el reloj y vio que ya había pasado con creces el horario de desayuno. Después de ducharse y permanecer largo rato bajo el agua, recuperándose e intentando borrar su resaca, tomó algunas galletas de sus provisiones y bajó a respirar el aire.

Había ya bastante gente en la playa del hotel. Se fue caminando por la orilla en la dirección que había caminado siempre, hacia donde solía ponerse Teresa. Cuando llegó a su sitio se sentó en la arena, evocando  aquella primera vez que la vio allí meditando. “Qué poco sé de ella...”, pensó, “ni siquiera donde vive... sólo me une a ella el débil hilo de su número de teléfono... que además  está apagado últimamente”. Aunque la noche pasada había pensado que Teresa lo había desconectado intencionadamente, ahora quiso pensar que quizás se había quedado sin batería: “Quién sabe... a veces las cosas no son como creemos, por muchas coincidencias que se produzcan... a veces nos equivocamos al interpretar las apariencias”. Y se puso a pensar que podía ser auténtica toda su relación con Teresa, que lo que le había dicho por teléfono era cierto literalmente y no como él lo había interpretado bajo los efectos del argumento novelesco de Adela. Sí, podía muy bien ser que Teresa hubiese tenido con él sinceramente aquella extraordinaria relación erótico espiritual sin ninguna intención escondida, y que lo que le dijo por teléfono respondía a sus preguntas simplemente, a lo que haría en el hipotético caso de quedarse embarazada como él le había planteado. Sin embargo él, bajo la sospecha inducida por el relato de Adela, había malinterpretado sus palabras, traduciendo incluso sus silencios en el sentido prejuzgado.

“La realidad es escurridiza”, filosofó, “tras idéntica apariencia pueden esconderse dos realidades completamente distintas...”. Pensó que nunca podría saber la verdad, que sólo Teresa la conocía y quizás el tiempo se la desvelase a él. Quizás algún día ella le llamara  y le contara las novedades de su vida; y aún así, nunca sabría tampoco la verdad de aquellos días pasados en la playa. Decidido a llamarla otra vez, y como nunca llevaba su teléfono por la playa, regresó al hotel dispuesto a comprobar el estado del móvil de Teresa.

Marcó el número inquieto. De nuevo una locución, que ahora le decía: “El número que Ud. ha marcado no corresponde a ningún cliente”.

Se quedó pasmado unos instantes. De nuevo las sospechas se apoderaron de él con toda intensidad: ella había cortado definitivamente su comunicación con él. El débil hilo que le mantenía inciertamente unido a Teresa se había roto para siempre. Y luego, otra vez, la otra perspectiva: ¿no podría ser un accidente, una pérdida o robo del aparato y que ella lo hubiese dado de baja? Le parecía poco probable, pero no quiso desecharlo completamente. Se acordó de Adela... Ella y su novela fantástica eran las únicas referencias que le quedaban de Teresa. Se rió de sí mismo... pero no le quedaba otro remedio más que agarrarse a aquello, a aquella historia inventada plagada de coincidencias con la realidad... ¿o eran ciertamente la realidad? Fantaseó por unos instantes el futuro de la historia... Teresa no se había queda embarazada a pesar de su tratamiento de fertilidad y de haber elegido minuciosamente los días fértiles para su relación.  Ahora era ella la engañada, la que se había ofrecido a él con toda pasión inútilmente. Y ahora era él que había disfrutado de ella sin pagar ningún precio... No demasiado satisfecho con su venganza imaginada, decidió no volver a darle vueltas al asunto... la vida era ciertamente complicada y nunca, nadie, podía estar seguro de haber jugado la última carta.  

Pasó un par de días en estado amorfo, sin querer pensar más en lo sucedido por un lado, pero sin encontrar aliciente para pensar en otra cosa, para seguir su búsqueda personal. Sabía que tenía que digerir aquella experiencia, valorar objetivamente, sin dejarse llevar por el resentimiento, el camino en el que le había iniciado Teresa. Pero no veía el momento de reflexionar sobre ello. Tampoco tenía ganas de ver a nadie conocido y que vieran su estado de ánimo, así que eludía las horas habituales de comedor. Finalmente, como era inevitable, acabó coincidiendo con Adela y su hija cuando se dirigía al salón de la televisión a disiparse un rato. Ellas salían de la cafetería.

- Martín, es Ud. un personaje misterioso, novelesco. Aparece y desaparece con una facilidad...

- Así es -dijo él consiguiendo sonreír con simpatía -, he sido abducido unos días en un Universo paralelo; ya se acuerda de aquel asunto de la tele...

- Qué interesante, ¿y qué le ha pasado?... -dijo Adela siguiéndole la intención- me tiene que contar, yo siempre ando a la caza de ideas para mi novela.

- Es broma; simplemente he estado un poco indispuesto y sin ganas de nada más que tumbarme y leer, o dar algún paseo por la playa al caer el sol. La verdad es que creo que ya he disfrutado de bastantes vacaciones y estoy pensando en volver a mi vida habitual.

- Qué lástima, voy a echar de menos nuestras conversaciones tan interesantes...

- Yo también... pero no crea que me voy a perder el resto de su novela; ya le daré mi dirección para que me la mande cuando la termine, si quiere hacerme ese regalo.

- Estaré encantada, siempre que luego me cuente su opinión. Necesito saber si valgo como escritora o lo de escribir es simplemente un pasatiempos personal.

- De todas maneras seguiré por aquí algún día más, así que tendremos ocasión de charlar un rato.

- Eso espero. Le he hablado mucho de Ud. a Alba, ¿verdad? -dijo Adela dirigiéndose a su hija sonriente- y tiene ganas de conocerle, así que no nos falle.

- Vaya, qué compromiso -le dijo Martín a Alba riendo también-, te voy a defraudar, mi vida es todo menos interesante.

- No le haga caso a mi madre - respondió Alba-, que le gusta liar las cosas. Pero me encantará  participar en una de sus conversaciones si no molesto demasiado.

- ¿Has leído la novela de tu madre?

- Si claro, cualquiera se niega... pero tengo que confesar que me he enganchado también en la historia.

- Y claro, imagino que te habrá contado también acerca de determinadas coincidencias...

- Hum, algo, sí -dijo con un gesto risueño lleno de simpatía.

- Ya... Bueno, pues las invito a tomar café mañana, si no surge ningún contratiempo.

- Estupendo -respondió Adela-, le veremos en la cafetería.

Cuando se despidió de ellas, se quedó pensando Martín que no debía haberse comprometido; no tenía el ánimo demasiado comunicativo todavía. Aunque por otra parte le vendría bien cambiar de escenario y distraerse un poco. Imaginó que esa era también la intención que perseguía Adela para que su hija desconectase unos días de sus problemas.  

Al día siguiente, y después de pasar la mañana disfrutando del mar como el que apura sus últimos días de vacaciones, se encaminó al comedor con buen apetito. Se le iba pasando el humor ácido de los últimos días y mientras comía estaba pensando en qué tema de conversación se decantaría entre Adela, su hija y él. Había bajado un poco tarde y ellas ya no estaban en la sala. Supuso que el tema del novio de su hija se eludiría a propósito, y debería tener cuidado en no suscitarlo indirectamente. Tampoco iba él a hablar de su vida y milagros para distraer a Alba, así que lo mejor sería hablar de la novela de Adela. Ahí había tema de conversación para rato.

Nada más entrar en la cafetería las vio junto al ventanal que daba a la piscina, el mismo sitio donde estuvieron charlando largo rato y haciéndose confidencias Adela y él, y desde donde vio por primera vez a Teresa con su sugestivo bikini.

- Creo que me he retrasado un poco, como siempre -dijo Martín a modo de saludo.

- No se preocupe, las mujeres tenemos siempre mucho de qué hablar -respondió sonriendo Adela.

- ¿Algún episodio nuevo en su novela? -apuntó Martín tomando la iniciativa de la conversación para conducirla por donde quería, a la par que ansiando información esotérica.

- Nada de momento. Llevo algunos días bloqueada, no escribo nada, es como si mi Teresa hubiese desconectado conmigo -respondió con complicidad.

- ¿Desconectado? -repitió Martín poniéndose  a la defensiva.

- Sí, hombre, ¿no se acuerda de su teoría del desdoblamiento de mi vida en dos historias paralelas, y de mi otro yo, o sea, Teresa, viviendo en un mundo diferente desde el cual me enviaría inspiración para escribir  su historia, o sea, mi novela?

- Ah, claro, es verdad... ¿y dice que ya no le llega la inspiración?

- Nada, no sé lo que le estará pasando -siguió Adela manteniéndose en la teoría.

- Quizás esté pasando una crisis y sin ganas de novelas... o enferma... o tal vez, Dios no lo quiera, haya muerto -dijo tétrico Martín.

- Por Dios, no diga Ud. eso. Como iba a morirse sin enviarme un mensaje.

- Desde luego se divierten Uds. dos con la novela -terció Alba-. Pobre Teresa si se enterase que su vida está en manos tan irresponsables.

- ¿Y a ti que te parece el personaje de Teresa? -preguntó paternalmente Martín a Alba.

- Pues por un lado la admiro, porque ha sabido trazar su vida a su manera, sin dejarse llevar por nadie, pero por otro creo que se pasa de independiente, que raya en lo egoísta y antes o después se dará el batacazo. Por eso me parece a mí que ha fracasado con sus anteriores parejas, por no saber ceder en determinados momentos, y por eso ahora va a dejar a la actual para embarcarse en solitario en la experiencia de la maternidad. Me parece que se piensa que eso le dará mucho sentido a su vida, que llenará el hueco de su vida en soledad.

- Yo creí que a ella le gustaba su soledad, que la llenaba con sus prácticas de meditación, el yoga y todo eso.

- Eso parecía al principio, pero yo creo que ahora se siente falta de calor humano y necesita agarrarse sencillamente a la vida, como intentamos hacer todos.

- ¿Y por qué entonces no continua la relación que tiene ahora? -preguntó con cierta ansiedad Martín.

- Porque tiene miedo -respondió Adela antes de que Alba abriera la boca.

- ¿Miedo? -repitió Martín.

- Miedo a  perder su libertad, porque el hombre en cuestión le gusta demasiado.

- Pero la libertad también la va a perder al tener un hijo -arguyó Martín.

- Pero un hijo nunca le va a imponer su vida, sino al contrario, o al menos eso es lo que ella piensa -siguió Adela.

- O sea, que tiene miedo a que la manejen y sin embargo es ella la que está manejando al otro para seguir adelante con su vida.

- La vida es a veces una lucha por salvar el alma propia -sentenció Adela.

- Yo no estoy de acuerdo en absoluto -volvió Alba a la carga-. Yo creo que uno se salva junto a los demás, y no en solitario. Eso es lo que llamamos amor. Me parece que Teresa se ha ido encerrando en un círculo peligroso con su individualismo, con su yoga y su mundo espiritual excluyente.

- Estoy en parte de acuerdo contigo -dijo Martín-. Las experiencias espirituales tan personales, tan cerradas en uno mismo, puede que aporten una experiencia sublime de la propia existencia, pero ¿qué pasa con el resto del mundo? ¿para qué está ahí el mundo si uno no cuenta para nada con él? Podría desaparecer y a uno no le afectaría aparentemente. Sí todos los humanos hicieran lo mismo, el mundo sería un cúmulo de conciencias disgregadas, una niebla de conciencias. Yo apuesto por una visión común, por un sentido común para la vida de todos que nos mantenga unidos y activos.

- Es Ud. un idealista, Martín -dijo Adela-. En realidad el mundo intenta ir por ese camino, pero ya sabe que se da de tortazos una y otra vez, y los egoísmos florecen a todos los niveles con gran virulencia, tanto a nivel personal, como familiar, nacional y religioso. Ese mundo colectivo que Ud. desea está muy lejos, si es que alguna vez llega.

- Todo eso de un mundo colectivo sería muy hermoso, sí -volvió a meter baza Alba- pero además, nuestra vida transcurre cerca de unas pocas personas necesariamente. Y ese círculo es el que hay que enriquecer en común, porque nuestra vida es eso. Y conseguir que la vida sea hermosa y estimulante es una tarea que tenemos que hacer con amor cada uno de los que compartimos ese pequeño círculo.

- ¡Ay mi niña Alba, qué idealista es también! -dijo Adela sonriente, abrazándola y dándole un beso.

- ¿No te parece que en ese pequeño círculo surgen también los egoísmos y el amor a veces no puede con ellos? -insinuó  Martín a Alba, y enseguida se arrepintió de haberlo dicho.

- ¡El amor puede con todo!, tiene que poder... -exclamó Alba mientras los ojos se le inundaban.

Sonó el móvil de Adela y lo cogió enseguida:

- Sí, dime.

- Estamos con Martín tomando un café, de charla. ¿Cuándo vuelves?

- Ya... mira, no se oye bien aquí con el ruido. Subo a la habitación y hablamos con calma.

Es Antonio. Quiero hablar con él despacio, así que me subo a la habitación. Seguid charlando los dos -se dirigió a Alba - pero por favor, no os pongáis tristes que es malo para la piel -y miró de reojo a Martín-. Luego bajo.  

Martín rompió el silencio que se había creado con la marcha de Adela:

- Tu madre es una persona extraordinaria.

- Sí, tiene un carácter de hierro, ojalá yo hubiese salido a ella -dijo Alba      enganchada todavía a sus sentimientos.

- Oye, Alba, ¿cuantos hermanos sois?

- Somos tres, dos chicos y yo. Yo soy la pequeña -dijo esbozando una sonrisa.

- ¿Y a qué se dedican tus hermanos?

- El mayor es arqueólogo también. Está casado, pero no tienen hijos todavía. El del medio es el que mejor se lo pasa de todos, hace su vida...

- Perdona Alba, voy a pedir un café y una copa en la barra, que el camarero parece que anda muy distraído hoy.

Cuando volvió Martín la encontró completamente repuesta de sus emociones.

- ¿Y Ud. a qué se dedica? -preguntó Alba.

- ¿Yo?... bueno, pues  me he dedicado a diversas cosas a lo largo de mi vida. Cuando tenía tu edad quería llegar a ser un buen físico teórico. Me dedicaba a estudiar la estructura última de la materia. Quería penetrar en sus secretos.

- ¿Y lo consiguió?¿Llegó a hacer algún descubrimiento nuevo?

- Insignificante... la materia es muy escurridiza y cuando la analizas se te escapa entre las manos. Los átomos se descomponen en partículas y éstas en otras más elementales, y así siempre. Al final te encuentras casi con la nada... Luego cambié de actividad.

- Claro -interrumpió con simpática ironía Alba- a quién se le ocurre dedicarse a analizar la materia. Ahí no va a encontrar nunca nada, efectivamente. Lo importante no es la materia, son los sentimientos.

- No sé yo, no sé yo... si nos dedicásemos a analizar los sentimientos... -respondió mordaz Martín-. Creo que lo mejor es no analizar nada. Todo lo que se analiza se destruye.

- Los sentimientos no se pueden analizar -siguió Alba-. Se tienen o no se tienen, simplemente. Y si se tienen, se manifiestan o se reprimen. Cuando se reprimen la persona está muerta. Yo no podría vivir sin sentimientos. Sería un árbol, una piedra...

- ¿No crees que los sentimientos a veces le hacen a uno pasarlo muy mal? Pienso que hay que ser muy selectivo a la hora de dejarse llevar por los sentimientos.

- No es dejarse llevar, pero yo confío más en mis sentimientos que en mi inteligencia. La inteligencia también te engaña muchas veces, es algo demasiado frío para dejar que dirija nuestra vida. La verdad de uno mismo son sus sentimientos; luego se puede reconocer que son inapropiados o que te llevan al desastre, pero ahí están y hay que contar con ellos. Son lo más profundo de una persona.

- Las mujeres sois demasiado sentimentales, meticulosamente sentimentales,  diría yo -afirmó Martín.

- Eso es como decir que un ser vivo es meticulosamente vivo, creo yo -contestó con ironía Alba.

- Bueno... yo me tenía por un ser completamente vivo -dijo Martín riendo - pero no sé si a partir de hablar contigo...

- El que los hombres no manifiesten sus sentimientos no quiere decir que no los tengan, me parece. Lo que pasa es que los ocultan, que los reprimen muchas veces, hasta que estallan en solitario. Las mujeres no tenemos reparo en mostrarlos, ni en sentirnos débiles y vulnerables bajo ellos en muchas ocasiones. Pero el hombre, claro, no quiere que le vean así, se hace el fuerte. Y lo mismo le pasa con el amor, que le cuesta un montón decir que lo siente, como si eso le hiciera débil ante la mujer.

- Es que el amor es el más complicado y peligroso de los sentimientos -dijo Martín.

- ¿Lo ve? Le tiene miedo al amor...

- Cuando uno ama te pueden utilizar... el amor es ciego, ya sabes que pintan así a Cupido, como un ángel ciego.

- El amor es la fuerza de la vida, es todo. Cuando se ama, una no piensa en sí misma, sólo piensa en el otro. Todo lo que sea bueno para la persona que se ama es bueno para una. Se le da todo y eso te da la felicidad. ¿No me diga que no se siente uno bien cuando le regala algo a alguien, cuando ve que ese regalo le llena de alegría y uno sabe que esa alegría la ha creado Ud. y la comparte con el otro como si fuera suya?

- Bueno, eso sí... pero amar es algo más profundo, ahí lo que regalas no es una cosa, es tu propio ser, tu vida; Y hay que ser más cauteloso, porque tu vida puede salir malparada.

- Si has llegado a amar a una persona es que te importa su vida y quieres que se enriquezca, que llegue a ser todo lo que tú ves de bueno en ella. Lo que esté en tu mano para conseguirlo no se lo vas a regatear, porque tú creces al hacer que esa persona crezca. El que da es siempre el más rico.

- Tal como lo dices, ni siquiera se necesita que el otro te ame para amarle tú.

- No hace falta, no. Pero cuando amas a alguien él te ama también, porque eres algo bueno para él y lo bueno se ama. A un hijo se le ama cuando él no tiene aún capacidad de amarte; sólo te necesita y se aferra a ti como a la vida. Y el sentirte madre te realiza como mujer, como la que da la vida. Claro que si el otro te ama de la misma manera que tú... entonces es la perfección, es un enriquecimiento completo. Es el amor entre iguales, y cada uno desea que el otro crezca, que se realice como ser humano plenamente.

- De todas maneras, entre un hombre y una mujer el amor es algo más erótico, algo más pasional... ¿no?

- Claro, es distinto, hay más cosas juntas, más intensidad vital, pero para mí es todo lo mismo, es que cada uno quiera que el otro se realice y viva plenamente.

- Lo que pasa es que hombre y mujer somos muy distintos. ¿Cómo puedo saber yo lo que desea o necesita en su intimidad una mujer, una persona tan distinta a la mía?

-              Eso es el amor... aprenderlo, descubrir lo que es el otro en profundidad. Entonces tu propia vida se ensancha con la vida del otro, os volvéis uno solo que abarca a los dos. Eso es el amor, eso.

Martín se quedó mirando con admiración a Alba.

- Eres una persona encantadora y muy especial, ya me lo dijo tu madre - le dijo poniendo su mano sobre la de Alba, que descansaba en la mesa-. Si yo a tu edad me hubiese encontrado con una chica como tú, mi vida hubiese sido muy distinta, y mucho mejor, por supuesto. Te deseo que seas feliz en cualquier situación en que te ponga la vida. Te lo mereces de verdad.

Alba le sonrió agradecida y se le quedó mirando también unos instantes, como queriendo ver en su interior.

- Pero todavía no me ha contado a qué se dedicó después de la Física...

- Ah, pues... a nada interesante, digamos que a sobrevivir. La vida me llevó por diferentes ocupaciones. A veces las circunstancias deciden por uno el camino. Creo que he estado dando palos de ciego buscando algo que todavía no he encontrado. Yo diría que he sido un buscador de tesoros fracasado... Pero ahora voy a ser otra cosa muy distinta -dijo Martín cambiando el tono serio por uno desenfadado y gracioso.

- ¿Ah sí? ¿Y qué va a ser ahora?

- Ahora voy a ser un guerrero solitario -sentenció manteniendo el tono humorístico.

- ¿Y contra quién va a luchar? -preguntó Alba siguiéndole la broma.

- Contra un enemigo muy peligroso. Es invisible y se esconde en cualquier persona. Te obliga a estar siempre alerta, pendiente de todo. Realmente es una enemiga, tiene nombre de mujer.

- Vaya, ¿pues cómo se llama?

- Existencia. Así se llama.

- Qué gracioso es Martín... ¿Y por qué lucha contra ella? Es mejor que se deje seducir y disfrute de ella relajado...

- No, no puedo... me aniquilaría. Ya te he dicho que se esconde en cualquier persona y me ataca desde ella. Por eso tengo que buscar la soledad y desde allí combatirla día a día... Aunque sé que es una guerra perdida. Al final acabará conmigo. Pero no me importa, al menos mientras lucho sé que estaré vivo, con todos mis sentidos despiertos, con mi mente alerta, escrutando su presencia en todas partes... con el mismo espíritu exaltado con que los antiguos guerreros iban a la batalla sabiendo que el verdadero valor de la vida se descubre cuando vences un día más a la muerte.

-Qué cosas dice... Es Ud. una buena persona. También se merece encontrar a alguien que le quiera de verdad. Seguro que lo va a encontrar.

Martín la miró con afecto y le ocultó su verdadero pensamiento dando un sorbo a su copa de ginebra. Se dio cuenta de que Adela le había contado a Alba toda su vida.

- Martín -dijo Alba rompiendo el silencio- estoy un poco preocupada por mi madre, está tardando mucho. Voy a subir a ver qué pasa. Luego bajamos.

Cuando salió Alba, Martín se quedó apurando lentamente los últimos sorbos de su copa. Después se levantó y subió a la habitación.

 

 

 

FINAL

 

Con la bolsa de viaje en una mano y en la otra, extendida, el mando a distancia de las puertas, Martín oyó el característico clack de las cerraduras automáticas mientras destellaban unos instantes los pilotos delanteros del coche. Era madrugada. Dejó la bolsa en el asiento de atrás y se sentó al volante. Encendió el móvil, que con frecuencia se dejaba apagado durante horas e incluso días. Acababa de dejar en recepción una nota de despedida para Adela, incluyendo su dirección. Se ajustó el cinturón de seguridad y arrancó. Según salía, echó una última mirada a la fachada del hotel y sintió en la nuca el sutil roce de la nostalgia... María... Berta... Teresa... Encima de la puerta, las letras del nombre HOTEL DEL MAR le siguieron pareciendo grandes, más grandes todavía que el día que llegó. Cuando se incorporó a la carretera, el sol, todavía bajo, le alcanzó los ojos. Vio durante un segundo el rostro en éxtasis de Teresa... Luego bajó la visera del coche; no podía conducir con tanta luz...