HOTEL DEL MAR
por
Gerardo Hernández
- Ó Derechos reservados -
Madrid 2006
Con la bolsa de viaje en una mano y en la otra, extendida, el mando a distancia de las puertas, Martín escuchó el característico clack de las cerraduras automáticas mientras destellaban unos instantes los pilotos traseros del coche. Era mediodía.
Se encaminó hacia la fachada principal, en la cual hacía ostentación, pintado en la pared con letras muy grandes, el nombre HOTEL DEL MAR. El edificio, de aspecto algo rancio ya, era de líneas simples y geométricas, funcional de otro tiempo, extenso y bajo como un cuartel. Los flancos estaban configurados por terrazas corridas en dos de sus únicos tres pisos. Estaba al borde de la playa. Le gustó por estar algo alejado del núcleo de población más cercano, bastante tranquilo y solitario en medio de aquella playa inmensamente larga que prometía deliciosos paseos por la orilla del mar.
Cerca ya de la entrada, un
reflejo de sol le deslumbró. No consiguió identificar la causa, pero vio a
unos niños corretear por la azotea del edificio e imaginó que estaban
jugando con un espejo. Mientras cruzaba el vestíbulo hacia el mostrador de
recepción, se sorprendió de los generosos espacios habilitados, del
mobiliario confortable colocado con sabiduría y sensibilidad para producir un
efecto de amplitud general en
armonía, de la decoración agradable y equilibrada. Aunque se veía todo algo
ajado por el tiempo, como esos rostros que conservan con orgullo la huella del
paso de los años y renuncian a su renovación estética,
el hotel debía haber conocido tiempos mejores, veranos de gloria y
bullicio, rebosante de familias satisfechas con su estatus en la España de
hacía cincuenta años.
La
recepcionista le atendió con simpatía y familiaridad, y le ofreció una
bonita y fresca habitación con terraza que miraba a la arboleda de atrás y a
las montañas.
Deshizo
el breve equipaje y se sirvió dos dedos de ginebra de la botella que con
previsión había llevado. Se metió con el vaso en la ducha, dispuesto a
refrescarse y relajarse del viaje.
Al
otro lado de la pared, en el cuarto de baño contiguo, se oía, amortiguada,
la voz de una mujer canturreando.
Enseguida
se le hizo la hora de bajar al comedor. Mientras cerraba la puerta de la
habitación, oyó como se abría la de al lado y aparecía una señora de
aspecto interesante, de mediana edad, vestida de manera informal pero con
gusto. La saludó con cortés distanciamiento y se dirigió al ascensor.
Mientras esperaba su llegada, vio que venía la mujer, a la que se había
unido una joven muy atractiva y ligeramente sonriente. Pensó si sería su
hija, pero enseguida desechó la idea. No era tan joven como para serlo y
además había una diferencia significativa de rasgos entre ellas.
Intercambió con la mujer una leve sonrisa sin pronunciar palabra. Enseguida
llegó el ascensor. La más joven parecía observar con intensidad algún
aspecto indescifrable del vestido de la otra, y luego la miraba a los ojos; a
él parecía ignorarle por completo.
Las
dos mujeres entraron delante en el comedor y se sentaron al lado del ventanal
que daba al jardín y la piscina. Él ocupó una mesa discreta al otro lado
del salón. Se sentía interesado y a la vez intrigado por la pareja de
mujeres, y pensó que aquella era una buena posición para observarlas sin ser
indiscreto.
El
comedor funcionaba como bufé, y pensó que aquello era un signo casi obligado
de los tiempos modernos. Mientras pasaba revista a los manjares disponibles,
su mente se enfrascó en una serie de consideraciones sobre costes y calidad
de la comida: “Como ahorran en personal de servicio, se pueden permitir ser
generosos en las cantidades... no ponen
límites en lo que uno quiera comer... hay mucha variedad... pero
realmente son platos económicos,
casi todos primeros platos... los platos principales no son de calidad... los
cocineros se han esmerado en disimularlos con muchas salsas y guarniciones...
así sacan
provecho a una materia prima de segunda”. Absorto en estas y otras
consideraciones estadísticas sobre la cantidad de alimentos que consumiría
cada persona, no se había dado cuenta de que a su lado la mujer joven
intentaba sin éxito servirse una gruesa salchicha que, juguetona, rodaba una
y otra vez por la paleta con la que intentaba levantarla, utensilio a todas
luces inadecuado a tal fin. Entonces sí le miró y sonrió abiertamente.
Martín, en un alarde de galantería suavizada por un gesto simpático, tomó
la paleta de sus manos y levantó en equilibrio la indócil salchicha. Pero
cuando iba a depositarla en el plato de la joven, comenzó a rodar marcha
atrás, lo que motivó que hiciera un movimiento brusco e impulsivo de la
paleta en sentido contrario, proyectando la salchicha por el aire como si
estuviera viva, para caer finalmente otra vez en su fuente de origen,
salpicándole ligeramente. La joven no pudo evitar un brote repentino de risa,
tan natural como la vida misma, pero a la vez delicado y entrañable. Martín
buscaba, ligeramente ofuscado, la frase feliz que le permitiera reírse
también, esa frase en la que uno le acaba echando la culpa a la salchicha,
pero no la encontró y tuvo que mantener su expresión de circunstancias con
espartana decisión mientras la joven conseguía apaciguar su risa.
Acercándose todavía un poco más a él, se disculpó, aunque sus ojos
seguían brillando felices y exaltados. Martín pudo sentir su fragancia a la
vez que el roce de su hombro, y su perfume le pareció muy personal, integrado
en su cuerpo, y tan íntimo como si fuera su propio aroma. Un ligero
escalofrío, contradictoriamente cálido y sensual, se paseó por sus
vértebras desde la nuca hasta un punto situado a la altura de sus caderas. Ya
en su mesa, observó cómo las dos mujeres, con los rostros muy cerca,
hablaban y se reían mientras le miraban a hurtadillas.
De nuevo en su habitación para dormir una buena siesta, puso la
televisión y se tumbó, esperando quedarse dormido en medio de cualquier
programa. Soñó que estaba hablando normalmente con las dos mujeres, como si
las conociese de siempre. Recriminaba a la joven y le exigía que se apegara
más a él, que compartieran sus sentimientos, que fuera su amiga del alma,
pero ella le rechazaba, se enojaba y se abrazaba a la otra con determinación,
que la consolaba mientras le miraba a él de manera sostenida, con suficiencia
y provocación. Las veía cómo se acariciaban, como se iban enterneciendo
más y más mientras le ignoraban por completo, y él se sentía a punto de
volverse loco. En este estado de agitación se despertó... La televisión
seguía liada en un absurdo
programa del corazón, aireando insustanciales enredos de famosillos
temporeros...
La playa parecía no tener
principio ni fin, pero optó por una dirección, la que dejaba el sol de la
tarde a su espalda, y remangándose los pantalones y descalzo, se lanzó a
caminar justo por el borde del agua. Enseguida dejó atrás la escasa gente
diseminada por la arena en las cercanías del hotel. Sólo se veían a lo
lejos algunas personas caminando también. Las suaves olas llegaban
amortiguadas, planas, siguiendo la casi horizontalidad de la playa, empapando
la arena y luego regresando mientras la humedad que habían dejado
desaparecía absorbida. La arena era muy fina, y la superficie presentaba un
tacto muy suave y consistente, muy liso y agradable para andar. Había llegado
a aquel lugar para encontrar un nuevo camino. Había tomado la decisión de
romper con toda su vida anterior, de plantearse de otra manera la existencia.
Y pretendía concretar sus sensaciones en aquel lugar tranquilo, desasirse de
todo el equipaje adquirido a lo largo de su vida, de todos los planteamientos
y enfoques, de todos los planes y propósitos que habían mostrado ya con
demasiada claridad su ineficacia y su fracaso; desasirse, como no, de su mundo
frustrante de pareja, del miedo a la soledad, de la angustia y el
envilecimiento de una vida mutuamente insatisfecha y sin embargo sostenida.
Pero no quería reflexionar, al menos de momento; sabía que eso nunca le
había conducido a nada más que a equivocarse otra vez, a trazar nuevos
planes, a encontrar nuevas soluciones engañosas. Lo que buscaba era una
revelación, una evidencia, un renacimiento. Ahora, simplemente, quería
contemplar las olas rompiendo suavemente sobre el bajío de arena y
arrastrando perezosas sus delicadas espumas blancas hacia la playa. Sintió
que se mareaba ligeramente, y luego se acordó de que esa sensación la había
tenido de niño cuando fue a la playa por primera vez. Pensó que era una
sensación muy interesante para cultivar esos días, una herramienta muy útil
para desestructurar su mente, para desmoronar el pensamiento, para desgranarse
y dejar que afloraran directamente las vivencias y las intuiciones de la
existencia. La vista, depositada en las olas, perdía una referencia firme y
todo el mundo se derrumbaba, no había asidero más que permanecer sujeto a lo
inestable y dejarse llevar por el caos incesante, por el movimiento a la vez
regular y siempre diferente de las aguas. De pronto, dejó de pensar en las
olas como olas, en el mar como mar, en la playa como playa, y sólo sintió el
movimiento, el incesante latir de las aguas y la brisa, el palpitar de la
existencia, allí, verdadera y sin nombre, penetrando en su alma desnuda y
vulnerable como la de un niño sin ideas preconcebidas que por primera vez se
acerca al mar.
Al
cabo de un tiempo de caminar perdido en estas sensaciones, ajeno al tiempo y
al espacio, observó que alguien caminaba por la playa acercándose hacia él.
Eran dos personas, dos mujeres... eran sus vecinas de habitación. Cuando
estuvieron a su altura se puso a hablarlas de manera inesperadamente natural:
-
Buenas tardes, veo que también les gusta pasear por la playa...
-
Hola, buenas tardes- dijo la mayor sonriente mientras la más joven la miraba
con complicidad. Y luego añadió:
-
Solemos hacerlo todas las tardes. Ud. acaba de llegar pero ha empezado muy
pronto con el ritual de los paseos. Aquí es casi una costumbre para algunos,
ya nos conocemos todos los paseantes.
-
¿Llevan mucho tiempo en el Hotel?
-
Desde primero de mes. Llevamos ya tres años viniendo quince días por estas
fechas- terció la joven..
-
Quizás demasiado tranquilo para una mujer tan joven -tanteó Martín.
Las
dos se miraron con intención, con una sonrisa algo burlona y cómplice.
-
Es lo que nos gusta de este sitio, la tranquilidad, estar a nuestro aire -dijo
la mayor haciendo un ademán de continuar la marcha.
-
Sí, imagino que todos buscamos aquí algo especial -afirmó Martín con
fingida indiferencia e hizo también el ademán de proseguir su camino.
-
Bueno, pues hasta otro rato... y bienvenido.
-
Gracias, hasta otro rato...
No las vio en la cena y estuvo
pensando en ellas e imaginando su peculiar relación, aunque la vida le había
enseñado a no dar nada por seguro anticipadamente. De todas maneras, se
decía qué a él qué mas le daba la condición de la pareja, salvo aquella
sensación tan especial que tuvo al estar tan cerca de la joven, aquella
fragancia que todavía recordaba como si estuviese presente, y que era de
momento como su verdadero nombre que aún desconocía.
Después de la cena paseó por los distintos ámbitos del Hotel: el
salón de la televisión, que estaba vacío; una sala de juego, en la que en
varias mesas pequeños grupos de personas mayores parecían divertidos y
dicharacheros esgrimiendo los naipes en la mano; el jardín y la piscina,
deliciosamente frescos a esa hora y en la penumbra, salvo la piscina que
estaba iluminada por dentro. Entonces vio a las dos allí, en un rincón,
sentadas muy juntas, la cabeza de la joven apoyada en el hombro de la otra y
abstraídas contemplando la hermosa luz verdosa del agua iluminada.
Se
alejó del lugar, y camino del espacioso hall de entrada oyó una bella y
conocida cantata de ópera. Pensó que era música grabada e intentó
localizar de donde provenía. Era una especie de salón de espectáculos,
habilitado para música, cantantes y pista de baile, y muchas, muchas sillas
en torno de la pista. Había una pareja de cantantes, una soprano menuda y un
tenor gordo y corpulento, cantando arias famosas sobre la música grabada. La
potencia de sus voces era espectacular, sobre todo la de la pequeña soprano,
y aunque a veces se tomaban alguna licencia, ejecutaban con bastante
brillantez las piezas. Parecían realmente dos personajes sacados y traídos
mágicamente desde una opera italiana, con sus brillantes y estridentes voces
que ahora sonaban con toda su potente realidad en aquel comparativamente
pequeño salón. Y no paraban. Una cantata tras otra, dieron un repaso a todo
el repertorio de piezas archiconocidas del bel canto. Martín se sentía
apresado en la sonoridad de las voces, en
la impresionante realidad de aquel derroche de gargantas convertido en canto y
armonía. Finalmente, los cantantes se despidieron con un par de piezas
españolas. El público aplaudió enfervorizado largo rato y no dejaban que se
fueran. Según salía del salón, Martín no pudo evitar acordarse de las dos
mujeres, allí, solitarias y silenciosas en la penumbra del jardín, ajenas a
todo...
A la mañana siguiente se
despertó después de haber descansado profundamente. Bajó muy pronto a
desayunar, dispuesto a dar un paseo sin límites por la playa, a perderse
entre las olas sugerentes de la orilla, a acariciar la piel del agua con sus
pies, a dejar sus huellas sobre la virginidad mojada de la arena, renovada ola
tras ola. Cuando estaba saboreando intensamente una taza de café bien
cargado, vio entrar a la mujer mayor. Ella también le vio y se dirigió a su
zona. Cuando llegó a su lado le saludó, y dudando apenas un instante le
dijo:
-
¿Le importa si me siento con Ud.?
-
Por favor, encantado -dijo Martín haciendo un gesto con la mano hacia la
silla enfrente de él.
-
Parece que es Ud. muy madrugador
-
Sí, me gusta levantarme muy pronto. ¿Su compañera no la acompaña hoy?
-
No, ha salido muy temprano esta mañana. Volverá por la noche.
La
mujer paseó distraídamente su mirada por el salón, como pasando revista a
las escasas personas que estaban desayunando. Se levantó y se trajo un café
y un dulce. Después de dar un breve sorbo, le dijo:
-
Bueno, disculpe que no nos hayamos presentado todavía. Mi nombre es Berta. Mi
amiga se llama María.
-
Martín, es un placer conocerlas. Son mis primeras conocidas aquí.
-
¿Sabe una cosa?... mi amiga está muy intrigada con Ud. No acaba de imaginar
qué puede hacer aquí solo un hombre maduro, atractivo... la verdad es que
creo que se siente un poco interesada por Ud.
Martín
sonrió mirando largamente a Berta, tratando de leer en sus ojos oscuros,
serenos y seguros.
-
Su amiga María es muy atractiva, no puedo ocultar que es una tentación muy
fuerte para una persona como yo... y no me refiero sólo a mi edad, sino a mis
circunstancias personales.
-
¿Es Ud. casado?
-
Esa es una pregunta a la vez muy precisa y muy ambigua, ¿no le parece? -
respondió Martín sonriendo abiertamente.
Berta
se echó a reír también.
-
Quizás debería haberle preguntado si tiene Ud. pareja y la ama, si tiene
hijos, si está comprometido con alguna persona...
-...
y si así fuera, ¿qué hago aquí yo solo? -terminó Martín-. Parece
evidente que mi situación no es ninguna de esas ¿verdad
-
Verdad - concluyó Berta, que le miraba como si estuviera ella también
intrigada.
-
Cuando una persona como Ud. o como yo viene a un sitio como éste, no es
porque esté solo, sino porque quiere estar solo - sentenció Berta.
-
Y cuando una persona como Ud. o como yo -siguió Martín- viene acompañada a
un sitio como éste, ¿por qué es?
-
Es también evidente que porque quiere estar a solas con su acompañante
-respondió seria Berta.
Martín
empezaba a sentir cierta admiración y simpatía por la personalidad sosegada
y firme de Berta, y sabía que era una persona que sabía hablar de verdad y
que sabía escuchar la verdad.
-
Me estaba preguntando -dijo Martín- lo agradable que sería llamarnos de tú.
-
Sí, sería muy agradable, Martín -dijo sonriendo Berta, y añadió con
cierta inseguridad todavía en el nuevo tratamiento -... pero no has
contestado todavía a la duda de María.
-
¿Qué duda?
-
Quieres estar solo... ¿para hacer qué? Si simplemente quieres alejarte de tu
pareja o de tu situación, hay muchos sitios donde ir para olvidarse antes que
este lugar tan solitario, donde te van a perseguir tus fantasmas...
-
Ya sé que no es fácil de entender, pero mi propósito es esperarlos aquí, a
mis fantasmas, y luego matarlos definitivamente -respondió enigmático
Martín.
-
Bueno, ya veo que disfrutas planteando enigmas. No va a ser fácil que
descubramos tus propósitos. María ha pensado que podías ser escritor y
venías aquí para disfrutar de tu soledad creadora.
-
Bueno, no va demasiado desencaminada... Yo también estoy intrigado con ella,
bueno, con las dos, con vuestra relación, aunque no me gusta ser indiscreto.
-
No te preocupes, ya te entiendo, aunque hoy nadie se asombra demasiado ante
una relación entre mujeres, o al menos fingen no asombrarse. María y yo
somos amigas desde hace tres años, y aunque no vivimos habitualmente juntas,
de vez en cuando nos juntamos. La gente que no nos conoce se suele equivocar
con nosotras al vernos. Una relación así entre hombres es más evidente que
es homosexual. Pero entre mujeres la relación es más sutil, más afectiva, y
con frecuencia es muy difícil establecer la frontera entre el cariño y la
homosexualidad, entre la intimidad y el erotismo, entre las caricias afectivas
y el deseo. Tampoco las mujeres sabemos distinguir a veces en qué situación
estamos, aunque me pregunto si las clasificaciones no sirven más que para
equivocar, para establecer fronteras artificiales e incomunicar a las
personas. Creo que hay una diferencia esencial entre hombres y mujeres en
relación a la sexualidad. El hombre llega muchas veces al amor a través del
sexo, y la mujer llega al sexo a través del amor. María y yo no tenemos
relaciones sexuales, aunque nos acariciemos y nos besemos con ternura. Es más
una relación afectiva, aunque en alguna ocasión hemos tenido expansiones
sexuales. Pero no las buscamos por sí mismas. Cuando eso ha sucedido, en
momentos especiales, ha sido como un acto de ternura que se expresa
intensamente a través del placer.
Berta
se quedó en silencio después de su larga perorata. Su expresión era lúcida
y firme, reflejo de una actitud profundamente aceptada. Luego sonrió
cálidamente, y quitando seriedad a lo dicho, dijo:
-
Vaya una experta en el tema te habré parecido. Espero que no me consideres
una teorizante del lesbianismo platónico. La ventaja que tienen estos sitios,
donde coinciden por breve tiempo personas de mundos tan diferentes, es que
predisponen a desahogarte contando tu vida secreta a los demás, en la
confianza de que las posibilidades de reencontrarse son remotas.
-
No, nada más lejos de mí que recrearme encasillando a las personas, y sobre
todo cuando las conoces por dentro y te das cuenta que la realidad es muy
escurridiza. Pero te confieso que me ha excitado intensamente esto que me has
contado, esta relación tuya con María, ese navegar por aguas inciertas. Lo
he vivido, y hasta he llegado a imaginar que estuviera yo en tu lugar. Pero
no, sería imposible, yo no tengo esa exquisita sensibilidad por el otro, por
sus sentimientos. Soy hombre, sí, y no me cabe duda de que somos otra raza.
El deseo sexual se nos despierta ante una mujer físicamente atractiva; no
necesitamos más para que se despierte la pasión. En ocasiones no es preciso
incluso que la mujer tenga un cuerpo hermoso, sino la manera que tiene ella de
vivirlo, su erotismo, su secreta invitación al sexo. Desgraciadamente para
nosotros como personas, y afortunadamente para la especie como ser global,
somos inseminadores natos, liberadores constantes de semen que busca a las
hembras más voluptuosas, ebrias de quedarse fecundadas. Sí, ya sé que es
una visión lamentable, puramente biológica, hormonal. También somos capaces
de enamorarnos sin embargo... cuando las hormonas se diseminan por el alma, o
el alma por las hormonas, no sé.
-
Somos mundos diferentes, cierto -dijo Berta-, las mujeres vivimos de los
sentimientos hacia las personas, y a los hombres con frecuencia os estorban,
aunque evidentemente los necesitáis; pero no los cultiváis como nosotras.
-
Yo creo que los hombres vivimos los sentimientos pasivamente, son los
sentimientos los que surgen en nosotros y los experimentamos para bien o para
mal. Las mujeres los provocáis en vosotras mismas, jugáis con ellos como
juega una niña con sus muñecas. El niño se orienta a la construcción, al
juego con las cosas y la actividad física. Aunque haya una predisposición
genética, seguramente hay mucho de educación en todo esto.
-
Es curioso -dijo Berta pensativa- que haya estas diferencias entre hombres y
mujeres; parece que todo esté en contra de una relación íntima entre ambos,
de un amor y entendimiento profundos. Y sin embargo hombres y mujeres se
siguen enamorando y forman parejas a veces muy apasionadas. Imagino que es
fundamentalmente una reacción hormonal, como dices, que inunda el espacio del
alma de cada uno a su manera. Y sin duda hay mucho de engaño, de autoengaño,
de pensar cada uno que el otro reacciona a los mismos estímulos que él. Sin
embargo las parejas duran lo bastante para tener hijos, para formar una
familia. Pero el amor, el generalmente falso amor, acaba enfriándose con la
pasión erótica al cabo de los años. Hay más verdad, más ternura, más
compenetración y adecuación en el amor entre dos mujeres.
-
Bueno, algo así opinaban los griegos en relación al amor entre los hombres,
¿no?. El famoso amor platónico era posible según ellos sólo entre hombres;
era el amor perfecto, intenso, donde se ponían en juego las mejores
cualidades del alma humana.
-
Sí, todo es cuestión de identidad, de comunicación entre almas semejantes.
Es la única posibilidad de experimentar una unión profunda, un sentimiento
de la mayor intensidad.
-
Sin embargo -advirtió Martín- hay quien opina que la unión entre personas
de cualidades distintas puede ser muy intensa cuando esas cualidades son
complementarias o cuando son admiradas por el otro. En ese sentido, la unión
entre hombre y mujer aportaría a cada uno las cualidades específicas del
otro sexo, y produciría ese efecto de atracción. Claro que eso suponiendo
que todas las cualidades de cada sexo fueran admiradas por el otro - rió
Martín con escepticismo.
-
¿Sabes?... cuando decías eso de que los hombres sois inseminadores natos y
buscáis a la hembra simplemente, pensaba yo que eso de sentirse deseada de
manera tan violenta es muy excitante para la mujer, aunque no tenga nada que
ver con los sentimientos afectivos. Ahí hay una complementariedad muy clara
entre la pasión del hombre y de la mujer. Después de todo la naturaleza no
es tan torpe como parece, al menos para asegurar la reproducción. Sin embargo
son cosas distintas. El amor sentimental está fuera de ese juego de la
naturaleza, es más del alma, más perfecto. No lo manejan las hormonas.
Un
matrimonio mayor que entraba en el comedor saludó de lejos muy sonriente a
Berta.
-
Son encantadores. Los conocemos de otros años. Imagino que se han quedado
sorprendidos y encantados de verme a solas con un hombre. Pensarán que estoy
cambiando de tendencias -se echó a reír Berta.
-
¿No has estado casada nunca?
-
No
-
¿No te atraen los hombres?
Berta
se quedó mirándole profundamente, como si penetrara y entendiera a la
perfección su naturaleza masculina. Por primera vez se fijó Martín con
detenimiento en su rostro. Era de facciones regulares, el pelo oscuro y corto,
los labios finos, los ojos grandes y tranquilos, pero atentos. Se dio cuenta
que con anterioridad se había fijado exclusivamente en su mirada, y su rostro
lo percibía vagamente como el escenario donde ella tenía lugar. Pensó que
las personas tenían en el rostro una parte siempre más llamativa que
reclamaba la atención, y que otras partes pasaban completamente
desapercibidas. No recordaba por ejemplo en ese momento la nariz de su pareja,
pero sí su boca. En el caso de Berta, los ojos eran con gran diferencia el
centro de gravedad de su cara. Y se estaba cómodo mirándolos, mirándola.
-¿Qué
me miras? -oyó que le decía Berta
-
Ah, perdona, estaba divagando -respondió Martín algo embarazado-. Te
preguntaba si sientes atracción por los hombres.
-
Las hormonas me han engañado algunas veces hace años, sí. Pero si te
refieres al momento actual, te diré que aunque no me han abandonado todavía,
paso completamente de ellas.
-
¿Y María también?
-
Ah María, María... -suspiró Berta- María no pasa. Por eso no vivimos
juntas.
Berta
no dio más explicaciones y Martín no se atrevió a preguntar detalles, pero
se quedó muy intrigado e intentó que surgieran de manera natural.
-
Es una mujer muy atractiva y sensual -afirmó Martín - no me extraña que los
hombres la asedien.
-
Y ella se deja asediar... pero, por Dios, no me gustaría que ella se diera
cuenta que te he contando todas estas cosas. La verdad es que no sé por qué
te cuento esto... Es Ud. un Sr. muy peculiar..., con algo que inspira
confianza. Y sin embargo ahí sigue encerrado en su misterio sin soltar
prenda...
-
Me temo que te aburriría. Mi vida es bastante normal... bastante
insatisfactoria. Y creo que ha llegado el momento de cambiarla drásticamente.
Ese es mi misterio, encontrar una nueva actitud. Como ves mi misterio lo es
también para mí, no sé por dónde seguir y trato de encontrar aquí un
camino nuevo.
-
Así que estás en crisis... Yo entiendo algo de eso. También tuve que
cambiar mi vida drásticamente hace algunos años.
Sonó
el móvil de Berta y lo cogió enseguida.
-
Hola cielo... aquí estoy desayunando, ¿a qué no sabes con quién?
-respondió cariñosa mientras miraba risueña a Martín desde una complicidad
al otro lado de la comunicación.
-
Sí... ya te contaré... mucho, ya verás.
-
No, no sufras, ya me conoces... -aseguró riendo-. Creo que me acercaré al
pueblo a comprar algunas cosillas. Cuando llegues me llamas. Vendrás esta
noche, ¿verdad?
-
Sí... adiós cariño, besitos.
Cerró
el móvil lentamente y se quedó mirando a Martín desde la lejanía
todavía...
-
María, va de camino...
-
Bueno.... éste ha sido un desayuno largo y encantador -aseguró Martín
sonriendo-. A este paso creo que voy a dar al traste con mis planes y a
dedicarme a conversar con vosotras. Quizás ese sea el mejor camino para
encontrar lo que ando buscando, quién sabe...
-
Creo que te he entretenido más de la cuenta, perdona. Pero de verdad que no
es porque esté sola hoy. También soy una persona que sabe estar en soledad,
no creas. Pero ha sido muy agradable hablar contigo y espero que sigamos
haciéndolo.
Salieron
juntos del comedor y quedaron en verse posiblemente en la comida.
El mar estaba muy tranquilo; la
playa vacía. Las olas llegaban imperceptiblemente a la orilla con apenas una
ribete de espuma y se extendían por la arena. Redescubrió el placer de andar
sobre la delgada lámina de agua, deslizando la planta de los pies sobre ella,
salpicando ligeramente, como un esquiador lo haría con su tabla sobre la
superficie del mar. Luego se metió un poco más adentro, hasta que los
tobillos quedaban sumergidos; entonces el agua hacía resistencia al andar,
pero era agradable el masaje de las tranquilas olas sobre ellos. Finalmente se
colocó fuera del agua, en la franja húmeda de arena en la que apenas llegaba
el agua. El andar era entonces firme y llano pero acariciado por la textura
fina de los granos compactados. Eran tres zonas muy próximas, pero cada una
proporcionaba sensaciones muy distintas. Eligió la intermedia, la de la
lámina de agua, que le permitía deslizarse como si flotase sobre el líquido
elemento. Pensó en la escena de Jesús andando sobre las aguas ante el
asombro de sus discípulos. Pensó en otras escenas similares atribuidas a
profetas y héroes de la antigüedad. Pensó en la fascinación del hombre por
lo sobrenatural. Pensó en la existencia fuera de este mundo y en la
imposibilidad de existir el hombre fuera de su biología. Pensó, pensó,
pensó... y se cansó de pensar. Recordó su propósito de desestructurar el
pensamiento fijando la atención en las olas que llegaban a la playa; de
dejarse “marear” por ellas para impedir la reflexión. Y así lo hizo. El
mar se le metió entonces en el alma con más rapidez que el día anterior. La
existencia, la existencia directa fuera de la idea se manifestaba desnuda a
través de los sentidos. Oía su rumor, veía su afán incesante, olía su
verdad. Sentía el mar aunque no pensaba nada sobre él. Ciertamente no era
mar, era simplemente existencia. Su propia vida le pareció entonces muerta,
sometida a los conceptos, proyectada y preconcebida igual que cuando pensaba
con palabras en el mar. Y experimentó dentro de sí una fuerza liberada tan
intensa como la de la naturaleza. Se sentía hombre primigenio, biología con
alma, existencia consciente. Y todo era gratuito, sin esfuerzo, heredado de la
Tierra.
De
regreso al Hotel había recuperado su estado mental habitual, pero la
sensación de fuerza existencial que le había invadido le seguía
acompañando. Se dio cuenta de que aquella mente intuitiva podía mantenerla
sólo durante cierto tiempo. «Estamos hechos de pensamiento» -se dijo
resignado-. Pero su pensamiento empezó entonces a elaborar aquellas
sensaciones que había tenido. Veía su vida como un relato que le habían ido
contando desde niño y que él había asumido. Y en ese relato él tenía un
papel, una tarea, unas metas que alcanzar. En esas metas estaba supuestamente
la felicidad y el desarrollo pleno de su ser. A lo largo de su vida había ido
comprobando que aquello no era fácil, que había muchas trampas, que no se
realizaba lo prometido. Que con demasiada frecuencia después de una etapa de
ilusión todo acababa en desengaño o en situaciones poco satisfactorias. Que
la vida iba transcurriendo y no quería morir dentro de aquel relato. Que
deseaba asomarse al exterior, a la existencia no interpretada. Así había
llegado a aquel punto, a aquel Hotel, dispuesto a romper la baraja.
No vio a Berta en el comedor y
pensó que se habría entretenido en el pueblo; quizás se había quedado a
comer allí. El salón se veía inusualmente lleno de gente. Enseguida se dio
cuenta de que se trataba de un numeroso grupo organizado de familias en las
que algún miembro padecía síndrome de Down. Posiblemente estarían de paso.
Se les veía muy animados a todos, muy felices, especialmente a los
disminuidos, que no paraban de esforzarse en hablar y gesticular
expresivamente. Había un intercambio afectivo muy fuerte en las familias, y
al calor del grupo parecían todos muy liberados, muy expansivos. Martín
conocía indirectamente la ternura que suscitaban estas personas y la enorme
cantidad de afecto que eran capaces de sentir. Intelectualmente eran
disminuidos, pero no emocionalmente. Pensó que su desvalimiento, la
limitación de sus capacidades, polarizaba en ellos un desarrollo intenso en
el terreno emocional si la familia los acogía positivamente: “Una persona
normal se proyecta hacia fuera... hacia el mundo... lucha... usa la
inteligencia para alcanzar sus objetivos, los materiales y los afectivos...
pero una persona disminuida... con poca inteligencia... depende por completo
de otras personas que le han acogido... y a cambio les entregan el corazón...
es la única posibilidad que tienen”. Y
observaba Martín que esa dimensión afectiva, unida a la escasa inhibición
característica de la enfermedad, les hacía parecer allí mucho más
afectivos todavía. Les contemplaba y se sentía un poco incómodo con sus
manifestaciones. Le resultaba algo abrumadora aquella afectividad a flor de
piel, aquellos abrazos y besos, aquellas incluso insinuaciones eróticas
inocentes entre los más mayores: “Un mundo de sentimientos sin razón...
qué difícil me resulta... una persona normal no entrega así el corazón...
completamente... corres el riesgo de que te dañen... o
que te abandonen... nadie se da por entero a los demás... si no cómo
sobreviviríamos... sin embargo qué maravilla esa seguridad de sentir que te
quieren incondicionalmente”.
Seguía filosofando que, sin llegar a esos extremos, el mundo del hombre y la mujer estaban polarizados de manera distinta. La mujer construía su felicidad en el entorno cercano, en lo cotidiano, en las relaciones afectivas con los próximos. Las muestras de afecto, el cuidado de su gente, los pequeños detalles, el compartir lo cotidiano, el adorno y lo agradable alrededor, eran una actitud constante en ella. El hombre tenía preferencia en proyectarse al exterior, a las empresas, a la aventura; luchaba por el éxito en sus proyectos, por el poder, por la seguridad frente al mundo; y daba por sentada la otra seguridad, la básica, la del hogar, la de la mujer. Lo cercano y lo exterior, el cariño y la aventura, el amor y la guerra: la mujer y el hombre. Pensó que así era desde la prehistoria, y aunque en la actualidad los papeles estaban cambiando con extraordinaria rapidez, acercándose el contenido de ambos, ahí estaba la predisposición innata de ambos sexos grabada en los cerebros desde hacía más de un millón de años. Sin duda la identidad de funciones a la que se tendía en la actualidad era más una aspiración cultural moderna que otra cosa. Era más razón que sentimiento, aunque en este caso el sentimiento, el impulso primitivo, se veía como una sinrazón.
Por algún tipo de secreta asociación de ideas se puso a pensar en Berta y María. Veía a Berta como una persona muy segura de sí misma. Sin duda ella se daba a María, pero su corazón debía poseer ya la sabiduría que dan las cicatrices; debía conocer la manera de curarlo si se lo herían gravemente.. María, sin embargo, le parecía más vulnerable, aunque de su parte estaba la belleza, la sensualidad que le garantizaba una compañía masculina en cualquier situación de soledad. Pero quizás esa belleza sensual es la que a la vez le impedía una relación afectiva profunda con los hombres. Quizás por eso había encontrado en Berta esa intensidad de sentimiento que necesitaba y ninguno le había ofrecido. Se decía que si él cayese en la tentación de tener una relación con María, le pasaría lo mismo que a los demás. Sería una relación pasional, de abandono a la droga del placer. La dimensión erótica de María velaba sus otras dimensiones humanas, que sin duda eran menos acusadas.
Sin embargo Berta era otra
cosa. Intentó imaginar una relación con ella, con
aquellos ojos profundos y videntes, y supo que sería una relación al
límite, alma contra alma, en la que la pasión sería sólo la culminación
de la entrega mutua del propio ser. ¿Cuál habría sido el pasado de Berta?
Posiblemente algunas historias de fracaso sentimental con hombres. Quizás una
época posterior de soledad en la que se habría forjado su carácter. Y
después el descubrimiento del amor entre iguales, que debió ser para ella
una manera más generosa y gratificante del amor a sí misma desarrollado en
la época de soledad. Pero ¿quién sabe? -se decía-. Una cosa es lo que
dicen las personas de sí mismas, lo que teorizan, y otra los verdaderos
impulsos que las mueven.
Vio
que entraba Berta con prisa, sin duda pensando que llegaba ya fuera del
horario permitido. No le vio al principio, pero al estar casi lleno el comedor
y andar buscando un sitio libre, al final le localizó.
-
Menos mal que estás, creí que no encontraba sitio. ¡Qué tarde se me ha
hecho!
-
Tenemos nuevos compañeros de hotel, y muy animados.
-
Ya veo
-
Tan solo me han hecho sentir que he estado pensando en ti un rato.
-
No me digas... - dudó Berta fijando su atención en Martín
-
Me entró curiosidad por la historia de tu vida...
-
Si yo creí que el objeto de tus pensamientos era María -dijo con ironía.
-
También he pensado en María, pero no como tú crees.
-
¿No? Dijiste que era una tentación para ti... -insistió sonriendo.
-
Lo es, pero no he venido aquí a caer en ese tipo de tentaciones.
-
¿Y en qué tentación caerías?
-
Creo que en una de la que no conociera de antemano el resultado...
-
Ah... el Sr. quiere explorar nuevos territorios... Pero hay territorios que
son muy peligrosos, no lo olvide.
-
Estuve pensando también en estos niños, en sus manifestaciones de afecto tan
desinhibidas.
-
Están muy necesitados de cariño. Si les faltase morirían, creo.
Se
levantó y fue a buscar algo de comida. Volvió con una especie de ensalada de
pasta.
-
¿Y qué le interesa saber a Ud. de mi vida? -dijo mirándole profundamente.
Le
hacía gracia cuando Berta le cambiaba el tratamiento y le llamaba de Ud.
Parecía que quisiera mantener en broma las distancias, pero quizás en su
interior se sentía de verdad peligrosamente cerca de él.
-
Oh, no podría preguntarte así, descaradamente... Estuve pensando cómo
sería, o habría sido, una historia de amor tuya con un hombre.
Se
echó a reír desembarazada, o desembarazándose, de la pregunta.
-
Una historia pasada sí le podría contar... pero una historia actual tendría
que preguntarle que con qué hombre... ¿Tal vez con Ud.?
El
embarazado fue ahora Martín.
-
Touché -dijo- no sé si mi pobre alma podría estar a la altura de tus
exigencias.
-
Sería difícil, sí, mi experiencia con los hombres es bastante negativa a
ese respecto. ¿Sabes?, los hombres no sabéis amar a una mujer. Entre un
hombre y una mujer sólo hay un equívoco más o menos duradero, y después
toda una historia de frustraciones, cuando no de odio encubierto.
-
No hace falta que me lo jures...
-
¿Verdad?
-
Te confieso que por eso es por lo que me produce tanta curiosidad y cierto
vértigo ese amor tuyo y de María... ¿o no es amor?
-
Es amor, pero las palabras resultan equívocas cuando se aplican fuera del
contexto habitual.
-
¿El contexto habitual?
-
Sí, ya sabes, el amor pasional entre hombre y mujer.
-
Si no sientes pasión por María, ¿no es un amor como puedes sentir por una
hermana o una amiga íntima?
Berta
sonrió misteriosa.
-
Más como una amiga íntima... Se parece más al amor que sienten las
adolescentes por su primera amiga íntima.
-
Es curioso que los muchachos no tengan ese tipo de experiencias.
-
Ya lo decías tú, somos especies distintas -sonrió Berta.
El grupo de familias empezaba a salir de la sala entre algarabías y cierta
confusión. Martín le propuso a Berta tomar un café en el bar del hotel.
Aceptó y salieron detrás del grupo.
El bar era muy tranquilo y espacioso, como todo el
hotel. Apenas tres o cuatro familias dispersas ocupaban unas pocas mesas del
local a aquellas horas. Se sentaron en un lugar confortable y alejado, para
hablar en intimidad.
-
Me repito con frecuencia lo poco que sé de Ud., caballero -le soltó Berta
apenas se habían acomodado.
-
Bueno... ¿y que te interesa saber de mi vida? - le devolvió Martín la
pregunta que ella le había hecho anteriormente en el comedor.
-
Por ejemplo, si ha estado Ud. enamorado realmente alguna vez.
-
Ah, el enamoramiento... Recuerdo de adolescente estar esperando a alguna niña
de ojos redondos y soñadores en algún sitio por donde solía pasar, y cuando
aparecía y se cruzaba conmigo nos sonrojábamos los dos sin decir palabra y
yo la dejaba ir. Después pensaba románticamente en ella por las noches.
Quizás eso era enamoramiento, imaginación ilusionada, erotismo incipiente.
Recuerdo también, de joven ya, a una muchacha de ojos oscuros, grandes y
tranquilos, parecidos a los tuyos- Berta le miró desde una profundidad
distinta sin mover la mirada-. Era amiga de una novia mía. Estaba fascinado
con ella, y creo que por primera vez sentí que era capaz de emprender una
vida madura al lado de una mujer, de hacerme hombre de verdad cerca de sus
ojos. Pero era un triángulo muy ingrato para todos. Mi novia estaba muy
dolida y la otra no quería ofenderla aunque yo le gustaba también. Recuerdo
haberla visitado varias veces en su ciudad con mi novia, y afianzarse cada vez
más la atracción que sentía por ella. Pero al final todo acabó mal para
los tres. Éramos demasiado jóvenes y los celos y la inseguridad hicieron su
tarea... El azar no me sorprendió después con ninguna mujer que me
fascinara. Más adelante recuerdo haber creído en relaciones más libres y
amplias, en comunas y todo eso, aunque nunca llegué a encontrar ninguna
adecuada. El resto de mi vida sentimental ha consistido simplemente en
sobrevivir hasta hoy. Como ves, nada que merezca contarse.
-
No creo en las comunas amplias-dijo Berta- al menos no es algo para mí. Pero
en los triángulos quizás pudiera creer en el caso de personas maduras y
generosas.
-
Ay los triángulos... -sugirió Martín.
-
Ya sé que aquella experiencia tuya de juventud fue dolorosa, pero tú no
buscabas un triángulo sino cambiar de pareja. Creo que un triángulo bien
equilibrado pudiera funcionar, complementándose y enriqueciéndose todos en
común.
-
Los triángulos perfectos no existen -afirmó Martín.
-
Fíjate -dijo Berta sonriente- que a Dios se le representa como un ojo dentro
de un triangulo equilátero. Es el conocimiento supremo, la visión total, la
perfección de las tres personas divinas en una sola.
-
Humm, los símbolos... son siempre ideas inalcanzables.
Entró
una pareja joven acompañada de un señor de mediana edad y se sentaron cerca.
Parecía que hablaban de trabajo. La pareja parecía un matrimonio, y ambos
debían trabajar en la misma empresa, dedujo Martín. El tercero parecía
estar ofreciendo un puesto interesante a la joven, y se esforzaba por ponderar
las ventajas de la cosa. El presunto marido asistía como asesor de su pareja
a la par que consorte. El maduro no quitaba ojo de la chica y se mostraba
insistente con su oferta. La joven le seguía el rollo muy puesta en su papel
de candidata interesada.
-
Y de tus experiencias sentimentales, ¿qué me cuentas?- preguntó Martín a
Berta desviando voluntariamente su atención del affaire cercano.
-
Las mías han sido a la vez más ricas y frustrantes -dijo Berta evocando
dolores superados. Me casé muy joven, sin saber exactamente lo que hacía. Al
principio todo iba maravilloso. Pero no tuvimos hijos y al pasar unos pocos
años la relación se fue deteriorando. No sé si realmente cambiamos o nos
acabamos conociendo de verdad, pero el caso es que Ramón, mi marido salía
con otras mujeres. No me resulta agradable entrar en detalles. Lo acabamos
dejando. Fue una separación muy dolorosa para mí, sobre todo por la
sensación de fracaso. Al cabo de algunos años conocí a una persona
interesante, mayor que yo, que me propuso convivir, y acepté. Pero pronto se
fueron haciendo rutinarias nuestras relaciones íntimas, meras satisfacciones
puntuales de sus necesidades. Acabe aborreciendo el sexo; al menos la
práctica sexual masculina. Fui yo la que por entonces intimé mucho con una
amiga y encontré en su afecto lo que no encontraba en casa. Al final me fui a
vivir con ella. Después he tenido bastantes amistades femeninas y he
encontrado una intimidad y cariño en ellas difícil de encontrar al lado de
un hombre. También algunos problemas, por qué no decirlo. Nunca he tenido
clara mi condición erótica, ni sé si mi fracaso con los hombres esconde
alguna inclinación latente hacia las mujeres. Pero me basta con el cariño y
la intimidad que me proporciona una relación entre iguales con mis amigas.
Como ves, tampoco hay nada digno de contarse en mi historia.
Siguieron
hablando animados de divertidas anécdotas y sucesos de sus respectivas vidas,
y finalmente decidieron que la siesta era sagrada. Se despidieron a la puerta
de sus contiguas habitaciones hasta la cena.
Martín,
tumbado en la cama y con un vaso de ginebra en la mano, rememoraba su
conversación con Berta. Quizás Berta, allí justamente al lado, detrás de
la pared, hacía lo mismo. O quizás pensaba en su amiga y en lo que la había
ausentado, y estaba esperando ansiosamente su regreso. Se preguntaba como
estarían en la intimidad, como serían realmente las inclinaciones eróticas
de María y aquello que le había
insinuado Berta de que no pasaba de los hombres como pasaba ella. Todo eso le
excitaba, y no solamente su curiosidad. Pronto se quedó dormido.
Se
despertó muy tarde, y como siempre, se fue a dar un paseo por la playa. Esta
vez no se alejó demasiado. Se sentó en la arena, cerca del agua, mirando al
mar. La atmósfera estaba limpia
y distinguía con extrema nitidez la línea del horizonte: “El perfil del
Planeta... somos tan pequeños que no apreciamos su curvatura... el
Planeta es sólo un grano de arena en la inmensa playa de la Galaxia... somos
tan pequeños que no entendemos cómo es el Universo... somos un
invisible átomo adherido a la superficie de un grano de arena... en
una de las innumerables playas del Océano cósmico...
hombre y Universo, qué desproporción”.
Esa desproporción -continuaba reflexionando- era a simple vista aniquilante
de toda aspiración trascendente. Y sin embargo, una cosa tan diminuta e
inobservable como el hombre estaba desarrollando una mente que le permitía
imaginar modelos cada vez más ambiciosos del Cosmos. “Lo importante no es
el tamaño” -se dijo- y se rió
de sus propias palabras y de sí mismo. Lo importante era la complejidad
desarrollada en el cerebro. Había tantas neuronas en un cerebro humano -
recordaba- como estrellas en una
galaxia. La complejidad del Universo, la complejidad
del cerebro, la complejidad de una vida individual... quizás todas eran
comparables e igualmente desconocidas.
Sumido
en estas fantásticas divagaciones percibió que iba cayendo la luz. El sol se
ocultaba tras las montañas, lejos del mar. Regresó al Hotel.
Después
de darse una buena ducha y sentirse fresco y estimulado, bajó a cenar. No vio
a la pareja en el comedor. Se dispuso a cenar despacio esperando que llegaran.
Observó por primera vez a los comensales con detenimiento, ya que en
anteriores ocasiones había estado absorto en sus conversaciones con Berta y
no se había fijado en ellos. Quizás a él sí le conocían algunos de verle
con su amiga. Distinguió no muy
lejos al matrimonio conocido de Berta, e intercambiaron una mirada. En una
mesa cercana había una pareja joven y otra mayor. Escuchó disimulada lo que
hablaban y se hizo una composición de lugar de su relación. El chico
era muy alto y con un aspecto simpático, agradable, y al parecer se
había casado con la chica que le acompañaba, bajita y muy gruesa,
típicamente americana. La familia del chico parecía de la región, gente
sana y sencilla, quizás de algún pueblo cercano. Se les veía haciendo
esfuerzos por acostumbrarse al tipo de nuera que tenían, que parecía muy
simpática también y locuaz, pero evidentemente de otra raíz cultural.
Hablaba bastante bien el español. El padre, lo mismo que el chico, era alto y
delgado, y a veces hacía esfuerzos por comunicarse afectivamente con la
chica, y otras veces la miraba como
a una extraterrestre. La madre daba por sentada una complicidad con ella que a
todas luces no existía. La propia chica ponía de su parte lo mejor, e
intentaba limar diferencias y hacerse la simpática. Levantó su orondo cuerpo
de la silla y volvió al poco con un plato repleto de dulces. “Voy a probar
estos pastelitos”, dijo sonriente como si tal cosa.
La
gente iba terminando de cenar y las dos amigas no aparecieron. Salió del
comedor y se dio un paseo por el hotel. No estaban en el bar, ni en el jardín
contemplando la luz fascinante de la piscina. Tampoco en el salón de
espectáculos. Había esa noche
baile, y como era habitual en esos lugares de veraneo familiar, los mayores se
divertían recordando sus mejores pasos de juventud. Decidió que mejor se
iría a la habitación a leer alguno de los libros que había traído casi por
costumbre.
Tumbado
en la cama, pasó revista a sus libros : uno era “Teoría de la Religión”,
de Bataille; otro era el “Diario” de Anaïs Nin, y un tercero “El amor,
las mujeres y la muerte” de Schopenhauer. Se decidió por el segundo, que
había ojeado ya algunas veces. En él, al principio, la autora relataba el
comienzo de su amistad con Henry Miller y el posterior conocimiento de su
mujer, June, un personaje misterioso y truculento que el propio Miller había
convertido en literario. Anaïs se queda fascinada con ella y empiezan una
breve relación de intimidad.
Martín
se interesó enseguida por aquel relato, que no recordaba haber leído,
movido por la curiosidad que despertaba en él la relación de Berta y
María. Decía en el relato Anaïs que cuando la vio por primera le pareció
la mujer más bella de la tierra, que era la única mujer que respondía a la
idea que se había hecho de cómo debería ser una mujer. Más adelante, y a
medida que la va conociendo, afirmaba: “June no llega al mismo centro sexual
de mi ser como el hombre. Ella no llega a rozarlo. ¿Qué es, pues, lo que
excita en mí? Un día que quedan para comer juntas, dice Anaïs que estaba
dispuesta a seguirla a cualquier perversidad, a cualquier destrucción, tal
era el amor que le inspiraba. Otro día que la visita en su casa, va decidida
a poner fin a aquel misterio:
“Le pregunté cruel y
brutalmente, como hubiera podido hacerlo Henry:
¿Te gustan las mujeres? ¿Te has enfrentado a tus impulsos hacia las
mujeres?”. June le contesta que
sí se ha enfrentado a sus sentimientos hacia las mujeres y que es plenamente
consciente de ellos, pero que aún no ha encontrado a nadie con quien quisiera
vivirlos hasta el final. Además le dice que no está segura de qué es lo que
quisiera vivir hasta el final. A partir de ahí entran en una relación
sentimental romántica y excitante, con matices de erotismo en la que el alma
complicada y escurridiza de June se abre en su pureza y reserva a Anaïs. Dice
Anaïs: “Cuando salimos a la calle, con los cuerpos muy juntos, cogidas del
brazo y con las manos estrechamente apretadas, yo estaba tan en éxtasis que
no podía hablar. La ciudad desapareció, y la gente también. Nunca olvidaré
ni podré describir la inmensa dicha de nuestro paseo por las grises calles de
París. Caminábamos por encima del mundo, por encima de la realidad...”
Sin
embargo, Miller mantenía una relación de amor odio con June, y estaba celoso
de su vida libertina, celoso de los hombres y mujeres que andaban alrededor de
ella. Un día, ofuscado por la intimidad de ambas, le pregunta a Anaïs acerca
del posible lesbianismo de su esposa. Anaïs le dice: “ No puedo contestar a
eso. No sé. Entre nosotras no se trata de eso”.
Y en
otra ocasión, hablando Miller otra vez de su obsesión detectivesca acerca
del sospechado lesbianismo de su mujer, le dice a Anaïs que es incapaz de
desvelar ese misterio. Anaïs le contesta: “Si hay una explicación del
misterio tiene que ser ésta: el amor entre mujeres es un refugio y una
evitación del conflicto mediante la armonía y el narcisismo. En el amor
entre hombre y mujer hay resistencia y conflictos. Dos mujeres no se juzgan
mutuamente. Forman una alianza. En cierto sentido, es un amor a sí mismo...”
Martín
se puso a reflexionar sobre la fijación sexual de los hombres y su
proyección en la mujer, su traducción de la intimidad de las mujeres en
términos sexuales. Los hombres no entendían, él no entendía, el papel que
jugaba el erotismo en estas relaciones. El primer impulso era asociarlo a la
sexualidad, a semejanza de la propia condición natural. Luego consideró que
el erotismo estaba presente en
muchas manifestaciones de las personas, en los niños, en los ancianos, dentro
de la familia entre padres e hijos, hermanos, etc.; en el arte, en la
religión... Pensó que la
orientación genital del erotismo era una tendencia exclusiva de los hombres.
Al parecer, las mujeres movilizaban cierta dosis de erotismo en sus complejas
relaciones afectivas, y su mundo peculiar, generalmente desconocido para los
hombres, pasaba por alto la cultura y la ética masculina imperante en la
sociedad, concediendo más respeto y verdad a sus impulsos inconscientes. Con
mundos tan distintos, era un milagro que hombres y mujeres se entendiesen: “Alguien
tendría que habernos enseñado... de niños... a evitar tantos conflictos...
tantos sufrimientos”. Aunque no estaba seguro si aún conociendo estas cosas, desaparecerían por completo los
problemas.
Oyó
ruidos en la habitación de al lado. Enseguida oyó amortiguada la voz de
Berta, pero era incapaz de distinguir sus palabras. Estaban las dos y
charlaban, charlaban, reían...
A la mañana siguiente, cuando bajó a desayunar, las
encontró sentadas en una mesa cercana a la puerta.
-
¿Nos acompañas? -dijo Berta.
-
Claro... buenos días -respondió Martín mirando enseguida a María.
-
Buenos días -sonrió María
-
Nos estábamos preguntando si te gustaría pasar el día en la playa con
nosotras, si no trastornamos mucho tus planes para hoy.
-
En absoluto, me encantaría. Tengo muchos días para seguir con mis planes
-dijo entre risueño y enigmático, mirando a María de nuevo.
-
Pues encargaré en cocina que nos preparen unos sándwiches y podemos dar una
buena caminata por la playa. Luego podemos bañarnos y comer.
-
Me parece un plan estupendo - afirmó Martín animado.
Se
levantó a por café y se dio cuenta que no había nadie del grupo de Down.
Pensó que se habían marchado ya de madrugada. Según volvía a la mesa vio
que las dos intercambiaban confidencias muy animadas.
- ¿A qué se dedica Ud.? -preguntó con naturalidad María.
-
Jamás contestaré a esa pregunta metido dentro un Ud. -dijo Martín
esforzándose por ser gracioso.
-
Ah, pues... es que no me sale de momento el tú -se echó a reír María.
-
Pues entonces esperaremos a que llegue ese momento.
-
No le creas -terció Berta- a mí tampoco me lo ha dicho y le llamo de tú
como si le conociera de toda la vida. Es muy reservado con sus cosas este Sr.
-
Berta ya sabe que la pregunta adecuada es a qué me voy a dedicar en adelante.
A lo que me dedicaba antes ya no tiene importancia.
-
¿Y qué planes tiene? -siguió María
-
Estoy haciéndolos, pero todavía no se han concretado. A lo mejor a la vuelta
de nuestro paseo por la playa he vislumbrado alguno.
-
Y además es enigmático -añadió Berta.
-
La verdad es que no tiene mucha importancia para conocer a una persona saber a
lo se dedica o se ha dedicado -dijo Martín-. Normalmente sólo sirve para
encasillar su personalidad en algún tópico. Prefiero que me conozcan primero
por mí mismo antes de contar yo mi novela.
-
Es mejor -añadió Berta- así siempre existe una intriga y un estimulo para
reconstruir la realidad a partir de lo poco que te van contando o vas
descubriendo. Además, imagina que fuera un personaje importante, o, al
contrario, un don nadie. Tu actitud ya no sería la misma y perderías la
ocasión de establecer una relación más auténtica, más de persona a
persona.
-
¡Oh, sí, queridos, permanezcamos entonces en el anonimato, vivamos el
carnaval de la autenticidad y atrevámonos a hacer locuras manteniendo nuestro
mundo escondido tras la careta de la espontaneidad! -dijo María exaltada y
divertida.
Martín
y Berta le siguieron el juego aplaudiendo entusiasmados. Al poco rato,
caminaban los tres por la playa en bañador, provistos de amplios sombreros
para protegerse del sol de todo el día. Iba Martín explicando a las dos su
estrategia de caminar mirando las olas para marearse intencionadamente, para
desestructurar la mente, para dejar de pensar y percibir directamente la
realidad sin pensamiento.
-
¡Es verdad, qué mareo! -dijo María colgándose del brazo de Martín, y
enseguida también del de Berta.
Iban
chapoteando en el agua, riendo, felices. La larguísima playa vacía, desnuda
y de abundante arena, les proporcionaba la sensación de caminar por un lugar
virgen, lejos de la civilización. El día era radiante y sólo algunas nubes
algodonosas permanecían perezosas en el cielo como si no quisieran abandonar
aquel paisaje. María iba correteando por la orilla, recogiendo pequeñas
conchas y piedrecillas de colores, persiguiendo a algún diminuto cangrejo que
huía hacia el agua.
Después
de un largo paseo, decidieron instalarse y tumbarse al sol. Extendieron las
toallas juntas. María, en el centro, dándose la vuelta y soltándose la
cinta del sujetador, dijo:
- ¿Quién me da un poquito de crema en la espalda?
-
Yo, cariño- dijo Berta. Y poniendo un poco de crema en la mano comenzó a
extenderla..
-
A lo mejor prefieres que te la dé Martín...- dijo Berta sonriendo
María
permaneció en silencio. Berta tomó la mano de Martín y puso en ella un poco
de crema. Martín la extendió suavemente por la turbadora espalda de María.
Su carne era blanda, llena pero sin ser hinchada como sucede con las personas
gruesas. Los hombros eran ligeramente amplios y la espalda se estrechaba hacia
la cintura, como las estatuas egipcias; después se ensanchaba voluptuosamente
hacia las caderas. Berta bajó ligeramente el bañador de María para no
mancharlo, dejando al descubierto el inicio de sus nalgas. María mostraba una
suave sonrisa de felicidad, la cabeza de lado y los ojos entrecerrados. Aunque
ya le habían extendido suficientemente la crema, siguieron acariciándola
largo rato. Las manos de Berta y de Martín se rozaban y disfrutaban
juntas del apacible placer de María. Luego ella, manteniendo con una mano el
sujetador sobre el pecho, se dio la vuelta. Berta le dio crema por el hombro y
el brazo de su lado, y después, con delicadeza, le apartó el sujetador y le
dio crema por los senos, y por debajo hacia el ombligo. Martín extendió la
mano hacia Berta para que le pusiera un poco de crema. Ella se la puso, e
imitando a Berta la extendió sobre el pecho de María. Ella giró hacia su
lado la cara y le miró largamente. Sus ojos estaban ligera y deliciosamente
velados, como si a la vez mirase hacia su interior, hacia el manantial de sus
sensaciones. Los pechos de María eran exquisitos, abundantes pero firmes, los
pezones de textura fina y regular surgiendo erguidos de unas aureolas algo
más claras y ligeramente abultadas. Las manos de los dos acariciaban el
cuerpo de María, demorándose, cruzándose, acariciándose ellas mismas sobre
los pechos. Sus hombros se habían juntado y sus rostros estaban muy
próximos, sus respiraciones se hacían patentes. Se volvieron uno hacia el
otro y se miraron buscándose el alma. Sus bocas parecían buscarse también
cuando María se escurrió entre ellos y se levantó ágilmente.
-
¿Te vienes conmigo al agua, Martín? -dijo mientras
le tendía su mano.
Martín
la siguió, y cogidos de la mano se fueron introduciendo en el mar. La
pendiente era muy débil y tuvieron que andar un poco hasta que el agua les
llegaba por encima de la cintura. Se volvieron hacia Berta y agitaron sus
manos alegremente. Luego se giraron quedando frente a frente. María tenía
unos ojos verdes turquesa como las calas sugerentes de una isla mediterránea.
Sus cabellos hacían ondas como el mar y eran dorados como el atardecer.
Martín puso las manos sobre su cintura y la atrajo hacia sí de manera
espontánea. Ella enlazó los brazos a su cuello y pegó su cuerpo al suyo.
Martín sintió sus pechos blandos y a la vez consistentes, su vientre
acogedor. Allí estaba su cuerpo entero, sí. Y se lo daba. Le bajó
lentamente el bañador. Ella se agachó un poco y acabó sacándoselo. Martín
hizo lo propio. Sujetándola por las nalgas la alzó un poco en el agua y
busco su sexo. Sintió como la penetraba fácilmente. Ella sujetaba la cabeza
de Martín entre sus manos mientras le besaba en la boca apasionadamente. Sus
cuerpos empezaron a moverse con lentitud, siguiendo el ritmo perezoso de las
olas. Allá, en el borde de la playa, Berta les observaba inmóvil. El mar se
derramaba en espumas blancas sobre la orilla.
Cuando
regresaron junto a Berta la encontraron algo ofuscada. María la abrazó
tiernamente y la besó en la mejilla.
-
¿Estás bien?- le dijo.
-
Sí - contestó parca mientras suspiraba brevemente.
Se
quedaron los tres en silencio, sentados en la arena, contemplando la lejanía
del mar. Un velero blanco avanzaba tambaleándose entre las olas y el viento.
Berta finalmente se levantó y empezó a recoger las cosas. Se fueron los
tres, y de regreso al hotel no intercambiaron ninguna palabra, cada uno
absorto en sus pensamientos.
Cuando Martín bajó a cenar no las encontró. Después las oyó hablar
bastante rato en la habitación. Se
sentía un poco apesadumbrado por Berta, por su reacción. Tampoco estaba muy
satisfecho de sí mismo. Se preguntó por sus sentimientos hacia Berta, por
los sentimientos de Berta hacia él, por la continuidad de su relación
sentimental con María... Al final se durmió evocando dulcemente la escena de
la playa.
Por
la mañana, bajó a desayunar sólo María.
- ¿Y Berta? -preguntó inquieto Martín.
Se
ha ido esta madrugada. Está mal. Dice que quiere estar sola unos días.
-
Me siento un poco culpable, ¿sabes? -dijo Martín.
-
No, no te preocupes querido. Es una cosa entre nosotras. Se le pasará. Pero
quiero estar a su lado en estos momentos; o por lo menos muy cerca. Me voy yo
también ahora.
Terminó
de desayunar con presteza y dándole un beso en los labios se despidió:
-
Te prometo que dentro de un par de días estaremos las dos por aquí otra vez.
Sintiéndose
tremendamente solo, decidió dar su acostumbrado paseo al lado del mar. Al
contrario que otros días, lo hacía desganado, como si sólo pretendiera
alejarse del hotel. Al cruzar el vestíbulo, la chica de la conserjería le
llamó:
-
Han dejado una nota para Ud. -dijo sonriente y amable.
Era
un sobre cerrado. En el reverso ponía en letra pequeña: Berta.
No lo abrió hasta estar en la
playa. La nota decía:
“Querido
Martín:
Perdona
que me haya ido así, sin despedirme siquiera, pero he sentido la necesidad
urgente de estar a solas algunos días. Creo que yo también voy a tener que
afrontar una pequeña crisis y replantearme algunas cosas en relación a mi
vida y a mi actitud, y en relación por supuesto a María. No sé si mi
supuesta relación platónica con ella, y en general con las mujeres, es
suficiente para abordar mi futuro; tampoco
si yo soy capaz de mantener una relación física con una mujer hasta sus
últimas consecuencias. Corren tiempos de cambio para mí y no sé por qué
camino seguiré.
En
relación a nosotros, a los tres, había imaginado que quizás podíamos...
Ah, soy una tonta, me he engañado ingenuamente. Como decías, los triángulos
equiláteros no existen en la realidad, sólo en la imaginación.
Te
dejo mi teléfono y espero que me llames en algún momento que estés aburrido
de pasear entre las olas y desestructurar tu vida.
Un
beso,
Berta.”
Caminó
por la playa hasta el mismo lugar donde habían estado los tres. Se sentó y
se puso a evocar lúcidamente aquellos momentos. Estaban vivos allí todavía
los instantes, latía la realidad del día anterior como si se hubiese
trasladado a una dimensión invisible pero siguiera existiendo en el mismo
sitio. Sentía las manos de Berta acariciando las suyas y el pecho de María a
la vez. Sentía el cuerpo de María abrazado al suyo haciendo el amor en el
agua. “Ahora estarán las dos juntas... en otro escenario... sumergidas en
otra escena que reclama su
intensidad... olvidadas de esto“, pensaba, y sintió el vacío de la
existencia con dolor. Otra vez la misma clase de vacío que había
experimentado de manera extraordinariamente aguda hacía ya algunos meses,
cuando de forma inesperada murió su madre. Aunque entonces, su experiencia
fue demasiado trágica y angustiosa, y le alcanzó de lleno la conciencia de
que la vida era absurdamente leve, de que los sucesos rompían la existencia.
Por aquellos días seguía viendo a su madre, sentía latir su alma aunque su
mente le decía que ya no estaba, que había cesado.
Hizo
un esfuerzo por desasirse de aquellos recuerdos tristísimos e intentó
reflexionar en abstracto: “Cuando tiene lugar un suceso importante el tiempo
se para... se queda en suspenso... hoy sigue latiendo el suceso de ayer... hoy
es ayer todavía... ayer prolongado... pasado
presente mantenido... no quiero hacer nada... inactividad... no quiero
distraerme con nuevos intereses... no... sólo cosas rutinarias... comer
asearme descansar... mañana
quizás tenga ganas de algunas cosas nuevas... alguna ocupación... pasado
mañana puede que suceda algo interesante...”. Pensaba que al cabo de
algunos días, el suceso del día anterior se habría quedado en la memoria,
se habría asimilado y encajado en la línea de la vida, en el trascurso del
existir. “Cada suceso feliz tiene el sabor de la eternidad”, se decía,
pero duraba sólo cierto tiempo, estaba condenado a muerte. La muerte estaba
presente en todos los acontecimientos. La felicidad era un estado transitorio
en el que concurrían unas circunstancias irrepetibles que desaparecían antes
o después. Le resultaba casi imposible aceptar la vida así, como una
sucesión de estados felices que iban muriendo, como un conjunto de momentos,
a pesar de que sabía que muchos opinaban que eso tenía que ser así y estaba
bien, sin duda resignadamente. Encontraba que todo aquello tenía tiene mucho
de ficticio, de falso, de inexistente. Quizás la vida era sólo una historia
que inventaban los hombres, una trama construida sobre un soporte artificial
de continuidad, en la que los sucesos fortuitos se iban articulando para
configurar un argumento. Quizás a veces las decisiones de las personas
conseguían sus objetivos, aunque aquellos objetivos no encerraban lo
que se esperaba de ellos. Otras veces, la mayor parte, era el azar el que
decidía por los hombres.
El
azar - pensaba- se había confabulado en torno a los tres para materializar
aquella pequeña escena de pasión y cariño en la playa. La vecindad de
habitaciones, la personalidad y situación de cada uno, las coincidencias en
el comedor... Podía haberse producido otra combinación ligeramente diferente
de hechos para que aquella escena no hubiese tenido lugar. La vida era
inasible, caprichosa, de no fiar.
Inevitablemente volvió a pensar en aquella enfermedad repentina de su madre; en la evolución fatal que acabó con su existencia en unos pocos días. En el asombro ante el instante intangible de su muerte, caliente su rostro todavía, pero ajeno, abandonado. En las interminables preguntas que se hizo, sin encontrar respuesta, sobre el significado de la vida, sobre la realidad y consistencia de la vida. ¿Cómo un ser vivo con tanta conciencia del mundo y de los demás, con tanta profundidad en la mirada que llegaba hasta el interior de las almas, podía desaparecer definitivamente, dejar de existir para siempre en un momento? Algo estaba mal hecho, algo fallaba en la Naturaleza. “¿Qué somos?”, se preguntaba entonces. Una conciencia tan despierta no podía morir impunemente sin que la vida, la de los seres cercanos que quedaban, no perdiera todo su sentido y su dimensión de futuro. Si aceptaba su desaparición definitiva, tenía que aceptar también una muerte interior; tenía que darse cuenta que la parte de su alma que llevaba prestada de ella, que había aprendido de ella, que mantenía viva en su relación con ella, estaba a punto de morir también. Y él tendría que nacer de otra manera, con otra conciencia del mundo, más personal, más indefensa, más solitaria. “Sí, sin duda la muerte de un ser querido es una muerte interior también”, se decía. Y como no podía creer en los cuentos consoladores de las religiones, se dio a pensar por entonces que si bien el futuro era algo incierto, inexistente y sometido al juego del azar, el pasado era real, consistente, seguro. Nada podía impedir que su madre hubiese existido. Y así seguiría, formando ella parte de su ser, de su naturaleza. Él tenía una historia, era él mismo una historia interior, y una parte muy importante de esa historia era su madre. Y seguiría contando con ella. No, no era necesario dejarla morir por dentro. Se había resistido a deshacerse de sus cosas. Había aplazado la decisión. Sentía que en sus vestidos y objetos personales latía, no sabía cómo, su alma; que rondaba dentro de ellos. Conservaba la casa de su madre como quedó el día fatal, como había estado siempre. Ir por allí de vez en cuando era revivir su presencia, recuperar sus raíces, su propio ser pasado. Le consolaba vivir ese recuerdo, avivar esa parte suya interior donde ella figuraba todavía y en la que se sentía seguro. Vender su piso era vender su recuerdo, y se resistía mes tras mes a hacerlo.
Él
no había tenido suerte con su vida propia. No había encontrado una persona a
la medida con la que construir una vida sentimentalmente satisfactoria y
estable. Y ello a pesar de necesitarlo especialmente, de desearlo, de
intentarlo. Su vida había sido manejada por el azar sin pena ni gloria, y
quizás no tuvo el valor muchas veces de arriesgarlo todo. O quizás acertó
al ser prudente, ¿quién sabe? -se decía-. Pero ahora si que ya no iba a
seguir en ese juego de la fortuna, apostando algunas veces con ilusión y
recogiendo pocos frutos. Su vida pasaría con mucha posibilidad de manera
tibia, mediocre, a medias luces, como la de casi todos los que renuncian a
engañarse. ¿Por qué no abandonar ya definitivamente esos planteamientos
habituales de las personas, esas ilusiones ocasionales, esas metas que nunca
llegan?
El
amor romántico ya le daba risa a su edad; todo lo más lo veía como una
tierna ceguera de la juventud condenada al fracaso y el sufrimiento futuro. El
amor profundo le parecía el gordo de la lotería, que siempre le toca a
alguien pero que es más difícil que le toque a uno que morir en accidente de
tráfico. Y estaba seguro, sin embargo, que dada la inmensa variedad de
personas existentes en cada momento, en algún lugar existía esa mujer hecha
para él exactamente; pero lo imposible era encontrarla; no podía pasarse la
vida buscándola inútilmente. La amistad sí,
esa sí parecía estar más razonablemente al alcance, aunque cada vez
se volvía más limitada con la edad, con las peculiaridades, egoísmos y
resabios adquiridos por las personas a lo largo de la vida, muy lejos de
aquella amistad romántica y generosa de la juventud. Todo ese teatrillo del
mundo donde los personajes se afanan, en el mejor de los casos,
por acaparar placer y felicidad a costa de lo que sea, a costa de sus
semejantes, a costa de su dignidad, a costa de sus ideales, le parecía ya
lamentable, indigno, desechable. ¿Y si fuera capaz de prescindir de toda esa
basura? ¿No había comprobado hasta la saciedad que un amigo te podía dar la
peor puñalada si con ello conseguía su propia felicidad? ¿No sabía ya que
la dinámica de la pareja era la lucha por el control del otro para el mejor
desarrollo y comodidad de uno mismo? No, las relaciones humanas estaban
demasiado contaminadas de egoísmo, de intereses, de lucha por la vida. La ley
de la selva seguía actuando a todos los niveles, incluso cuando lo que estaba
en juego era el alma.
Y sin embargo... ¿no parecía que uno necesitaba al
menos a otra persona para vivir? ¿Por qué no sería uno capaz de vivir
plenamente en soledad? ¿Por qué si así lo hacía acababa normalmente
enrareciendo, enajenándose, al cabo del tiempo? El alma del hombre quizás
necesitaba a los demás para existir cabalmente, necesitaba los sentimientos y
la comunicación con los otros. “No es de extrañar, si nos hemos hecho
personas en el seno de una familia... compartiendo y comunicando nuestras
ideas y sentimientos... reforzando nuestras vivencias al hacerlo... nuestra
manera más directa e intensa de saber que existimos es cuando los demás nos
escuchan... cuando los demás nos miran... y ahí está la raíz del mal... en
la necesidad del otro... si necesito al otro para existir tengo que
contemporizar... adaptarme... resignarme... dejar de ser como soy
exactamente... salvo que el otro sea tan especial y a mi medida que me permita
ser por entero como soy... el otro es una ficción que creamos para permitir
la convivencia... pero es de otra manera distinta a la nuestra y pronto se
entra en conflicto.”, filosofaba.
Se
decía que hasta los ermitaños y los santos necesitan hablar con un ser
imaginario, con Dios, para existir como hombres. Y quizás esa era la mejor
opción, pues era un ser excelso que nunca les iba a defraudar ni a provocar
conflictos. Si la medida del ser con el que uno se comunica es la medida de la
propia existencia como persona, sin duda Dios era el mejor “otro” que
podía existir, pues que cada uno lo imaginaba
a su semejanza. “Pero yo, que no creo en Dios... salvo que transija en
engañarme para ser feliz de manera gratuita... en qué podría apoyarme para
existir plenamente... porque cada vez tengo más claro que mi camino tiene que
ser en soledad...”, se decía. La vida entre los demás, la vida junto a
otra persona, era siempre una entrega al olvido de parte de uno mismo, era una
historia elaborada en la que se adormecía la conciencia profunda de la
existencia. Lo que hacían los hombres era vivir dentro un mundo inventado...
y se le ocurrió la palabra “in-mundados” para designarlos: “Vivimos
inmundados, protegidos, limitados... y morimos ignorantes, engañados,
angustiados por no haber vivido la realidad... y como alternativa la
soledad... siempre la soledad como vocación y como amenaza en mi vida...
la soledad para enfrentarme al reto verdadero de la existencia... la
existencia frente a la muerte... siempre en lucha, en permanente
contrapunto... sólo desde la perspectiva de la muerte se puede contemplar con
verdad la existencia... la existencia, el mar, la eternidad... el mundo de los
hombres visto desde fuera... desde lo informe, desde el caos, desde el mar...
la soledad para encontrarse y descubrir que la mayor verdad es uno mismo...
este cuerpo que resume todos los milenios del Planeta... este cuerpo que se
enfrenta a la muerte cada día sin saberlo... con indolencia, como si fuera
eterno y estuviera a salvo”. Pensaba con lucidez que el hombre verdadero
debía estar siempre en lucha consciente, que existir era estar en lucha
incesante contra la muerte, con el cuerpo descubierto y dándole la cara; y
que cada día era una dicha regresar de la batalla indemne, porque sabía que
al final la guerra estaba perdida, porque que la muerte le acabaría
venciendo. En la antigüedad había guerras continuamente -se decía-, y
muchos hombres hacían de ellas el sentido permanente de sus vidas. Los
guerreros sabían que en cada batalla estaban presentes a la vez la gloria y
la muerte, y se entregaban a
ellas con el espíritu exaltado porque la gloria se elevaba sobre el abismo de
la destrucción; sabían que el verdadero valor de la vida se descubre al
vencer a la muerte. Los guerreros preferían la guerra a la vida indolente de
los castillos, a los juegos y placeres cortesanos, porque sentían que ese
mundo era ficticio, limitado y al final aburrido, y que donde de verdad
palpitaba la vida era en la batalla; sabían que la sangre exaltaba el alma
más que el vino. “Tal vez hoy el espíritu del guerrero tenga que
encarnarse en el solitario... en el que abandona el mundo establecido y seguro
para llegar al campo de batalla de la soledad... y allí enfrentarse día a
día a la muerte y la vez a la existencia”, se dijo.
En estas y otras reflexiones se le fue pasando el día. Por la noche, en el comedor, se fijó quizás por primera vez con detenimiento en la gente. No localizó al matrimonio amigo de Berta. Entre los comensales había parejas solas de mediana edad y con poco que decirse, familias con niños que alborotaban y que reclamaban continuamente la atención, pequeños grupos animados cuyo grado de relación o parentesco no supo descifrar, una mujer joven sola y bastante ensimismada... Intentaba imaginar lo diferentes que eran aquellas vidas, el grado de felicidad de cada uno, la conciencia del mundo y de la realidad que tendrían desde su reducto vital, el desarrollo previsible de sus vidas. Le llamó la atención el matrimonio que tenía al lado. Sentados frente a frente, no se hablaban, como si hubiese entre ellos un temor de agresión velada, como si estuviesen a la defensiva; como si hablar fuese atacarse. El hombre era de complexión deportiva pero estatura baja, calvo, de cara redonda y agradable, con una expresión entre sonriente y cómplice con la vida. La mujer era achaparrada, algo gruesa, con esa configuración característica que adquieren muchas mujeres debido a la menopausia y sus efectos; la cara era seria pero a la vez sociable. La edad de ambos pasaría de los cincuenta años. El hombre eludía mirar a la mujer directamente y entretenía su atención vagando por las mesas. La mujer miraba a un punto indeterminado del hombre, viendo sin duda todo lo que hacía, sus mínimos gestos y acciones, adivinando sus pensamientos.
Después
de cenar subió a la habitación pensando en leer un rato antes de dormir,
pero hacía calor, no se sentía receptivo para leer, y decidió bajar a dar
una vuelta por los salones. Entró
en la sala de la televisión y se sentó a echar un vistazo a lo que parecía
ser una película que se desarrollaba en Egipto. Había algunas personas en la
sala, y se dio cuenta que se había sentado cerca de su anterior vecino de
mesa, el calvo, que parecía seguir atentamente la historia.
El hallazgo en unas excavaciones de unos papiros de contenido
misterioso desataba toda una serie de persecuciones y asesinatos. Estaban bien
logrados los escenarios, con buena fotografía de los monumentos, pirámides,
interiores, etc., pero la trama era algo truculenta e infantil. Se hizo una
pausa para anuncios, y el calvo, comunicativo, echando una mirada alrededor,
posó sonriente su vista en un punto cercano a Martín y dijo como el que
habla a un oyente indeterminado:
-
Mira que son malas este tipo de películas...
Martín
vaciló en contestar, pues le pareció que el calvo trataba de desahogarse
más que de conversar, pero al final le dijo:
-
Sí, la verdad es que el argumento es bastante infantil
-
Me irrita que hagan un uso tan banal de los escenarios arqueológicos, y sobre
todo que falseen datos y hechos -dijo el calvo-. El único placer es
contemplar esos escenarios tan espléndidos, y la verdad es que están
bastante bien filmados.
-
¿Le gusta a Ud. la arqueología? -preguntó Martín
-
Claro, soy arqueólogo -dijo sonriendo el calvo, mirándole fijamente-. A Ud.
también le gusta, parece...
-
Bueno, es una de esas cosas que me atraen misteriosamente... como la
espeleología o la escalada, pero que nunca he practicado. Imagino que puede
ser una profesión muy interesante.
-
Ah, amigo mío, la arqueología no es una profesión, es una pasión. Bueno,
me callo, para algunos es una profesión desgraciadamente. Yo desde niño ya
me emocionaba mirando a los arqueólogos en unas excavaciones en mi pueblo.
Iba todos los días al salir del colegio y me quedaba allí, fascinado, viendo
cómo picaban la tierra dentro de pequeñas parcelas delimitadas con cuerdas,
cómo la retiraban con diferentes paletas, la cepillaban con sumo cuidado con
brochas y pinceles y sacaban pequeños objetos de metal, vasijas de
cerámica... Mi vocación se despertó entonces.
-
Es curioso, creo recordar que yo también desde pequeño me he sentido
fascinado por las excavaciones arqueológicas, aunque en mi caso ha sido a
través de películas o documentales.
-
Sin duda lleva un arqueólogo dentro -dijo el calvo animado-. ¿Qué le parece
si dejamos que resuelvan solos el misterio del papiro y nos tomamos una copa
en el bar? Le contaré algunas cosas sobre este lugar que le van a
interesar...
-
Bien, encantado, quizás es de lo más interesante que se puede hacer en este
sitio -dijo Martín sonriendo.
- No
lo crea, amigo -respondió intrigante el calvo-, bueno, digamos que hoy tal
vez sí.
El
bar estaba concurrido. La gente departía animadamente en las mesas, sobre
todo los grupitos más numerosos, que elevaban la voz al calor de alguna
bebida. Se acomodaron en la barra, que también estaba bastante solicitada.
-¿Qué
va a tomar?... Por cierto, me llamo Antonio -dijo el calvo extendiendo la
mano.
-
Martín. Una ginebra con hielo.
Mientras
Antonio conseguía captar la atención del camarero, Martín pensaba que
debía haber eludido la invitación. Aunque le parecía una persona simpática
y de conversación interesante, él no estaba allí para hacer amistades de
verano ni para entretener el tiempo. Pero había algo a la vez amable y
trasgresor en aquel hombre, alguna actitud vital que le intrigaba. Observó
también que Antonio miraba de vez en cuando hacia una pareja joven sentada,
en concreto hacia la chica, una rubia de cara sonrosada y aspecto feliz, que
parecía disfrutar simplemente estando allí, entre la gente.
-
Pues verá -dijo Antonio una vez conseguidas las bebidas-, cerca del pueblo
hay un poblado ibérico en excavación. Está sobre un pequeño
promontorio rocoso que se asoma al mar. Esta es la tercera campaña de
excavación, y la dirige un amigo mío, con el cual colaboro de manera
informal... bueno, digamos que disfruto viendo el trabajo y charlando con el
equipo. Tiene con él media docena de estudiantes y otro arqueólogo joven. El
presupuesto es pequeño pero poco a poco van desarrollando el trabajo. Si
quiere le puedo llevar un día y verá de cerca una excavación auténtica,
aunque ya le advierto que no espere grandes hallazgos sobre la marcha. Los
documentales -dijo sonriendo- resumen en pocos minutos seleccionados todo el
trabajo de una campaña.
-
Me encantaría -dijo Martín interesado- ¿Cuando piensa volver por allí?
-
Pues mañana temprano tengo previsto acercarme. Después hace demasiado calor
para estar bajo el sol. Si se anima quedamos después del desayuno, a eso de
las nueve.
-
De acuerdo, estaré listo. ¿Han encontrado algo interesante este año?
-
Las primeras campañas son siempre bastante rutinarias, haciendo la
planimetría, fotografía, cuadriculado del terreno a excavar, trazando planos
y reconstruyendo los muros de las viviendas y del poblado. Estos asentamientos
sobre roca no son al principio de los trabajos más que montones de piedras
más o menos dispersas, y hay que adivinar por donde iban los muros, que salvo
el circundante del poblado no eran más que unos zócalos de dos o tres
cuartas de piedra sobre los que construían las casas con tapial, o sea, con
barro entre postes de madera; los techos eran de palos y cañas cubiertos con
arcilla. Todas estas estructuras desaparecen con el tiempo y solo quedan los
zócalos de piedra, y la muralla, que también se desmoronan y dispersan
cayendo en parte por las laderas. Como ve, recomponer un poblado de éstos es
un pequeño rompecabezas a veces. También aparece gran cantidad de trozos de
cerámica por las laderas, trozos que ellos mismos arrojaban para deshacerse
de los cacharros rotos accidentalmente. Estos son los restos más evidentes y
los que acaparan el trabajo de las primeras campañas. Luego viene la
excavación de los suelos de las viviendas, que normalmente en estos casos no
es muy profunda ya que enseguida sale la roca. Ahí aparecen algunos objetos
metálicos y más cerámica. Lo más interesante para un aficionado es cuando
aparece la necrópolis asociada al poblado. En ella es donde se hallan
valiosos objetos de ajuar que solían enterrar con los muertos: brazaletes,
prendedores, broches de cinturón, armas, vasijas enteras... Pero a veces es
difícil localizar las necrópolis. Esta todavía no se ha encontrado.
-
Imagino lo que habría disfrutado yo participando en una de estas excavaciones
cuando tenía bastantes años menos -dijo Martín con entusiasmo-. Es curioso
como la vida está trazada por el azar y nos deja fuera de muchos caminos. Si
hubiese coincidido, estoy seguro que me habría apasionado por la
arqueología.
-
A lo mejor este es su momento, amigo Martín; su punto de encuentro con ella.
La vida es así de caprichosa y a veces nos ofrece tarde lo que nos había
negado durante mucho tiempo. Lo importante es estar atento para no pasar de
largo. Hay muchas pasiones tardías que sin embargo nos agarran con fuerza.
Mire, por ejemplo, mi mujer se está aficionando ahora a la literatura, cuando
se ha pasado la vida dedicada a los hijos y a la casa. Ahora que ya los chicos
viven su vida, ha encontrado esa vocación que quizás nunca pudo desarrollar
antes, hasta el punto de que se ha matriculado en la Universidad y está ya en
segundo de carrera. Y ahí la tiene, sin complejo ninguno al lado de
jovencitos de veinte años. A mí la verdad es que me parece estupendo.
Además, como yo digo, cuando los hijos se van de casa es mejor que la mujer
esté bien ocupada; si no, le hacen la vida imposible al marido -dijo Antonio
riendo con un cinismo moderado.
-
Sí, sin duda es una buena cosa -dijo Martín recordando la actitud de la
mujer en el comedor, pendiente completamente del marido-. Es bueno en las
parejas que cada uno tenga su parcela de privacidad, sus intereses propios.
Puede resultar agobiante convivir con una persona que intente siempre
controlarte.
-
La mujer siempre quiere controlar al hombre. Sabe que es polígamo por
naturaleza y no se fía nada. Tampoco se fía nada de las otras mujeres; sabe
que son rivales sin reglas éticas. Bueno, esto de la ética lo consideran las
mujeres un invento de los hombres para controlarlas - dijo riendo-. En su alma
más profunda están convencidas que la única ética posible es seguir
ciegamente sus impulsos.
-
Ah, seguro que si estuviese una mujer presente le tacharía de machista
empedernido.
-
Seguro, pero es que las que nos califican airadamente de machistas no se dan
cuenta de que en su fuero interno son unas feministas radicales. Me explico:
ponen sus valores de feminidad por encima del hombre, le consideran un bruto
incapaz de apreciar su rico mundo sentimental, su fina sensibilidad de mujer.
No se dan cuenta de que el alma del hombre se despliega en otro plano de
intereses. He conocido a muchos hombres que valoran de verdad el mundo
femenino, pero a muy pocos que se propongan imitarlo... salvo los que ya
sabemos -dijo riendo-. Claro que hoy día reírse de esto es casi un delito.
Imagino que sigo hablando como un machista de libro, pero es que nada me
produce más risa que el que se esfuerza por contradecir su dotación
genética, como el cobarde que se hace pasar por valiente, el tonto que cree
ser listo o el miope que no se pone gafas y se da de tortazos contra todo. La
capacidad del hombre para hacer el ridículo no tiene límites.
-
Coincido con Ud. en que el mundo del hombre y la mujer son muy distintos, pero
a la hora de valorarlos habría que considerar el asunto con cuidado. No sé
si esta tendencia a comparar el valor de ambos mundos tiene sentido. Nadie se
ha puesto a comparar el valor de una persona madura y de un niño, por
ejemplo. ¿Cómo hacerlo?... ¿respecto a su necesidad? ¿respecto a su poder?
En cuanto a la mujer... ¿qué habría que considerar? Tenemos la tendencia a
pensar en términos de realizaciones culturales, políticas, empresariales, constructivas, etc., es decir,
realizaciones en el ámbito social, en las que el hombre tradicionalmente ha
desempeñado un papel superior. La mujer ha atendido tradicionalmente el
hogar, los hijos, el cuidado de las personas, entre ellas al varón cuando
más lo ha necesitado, que suele ser, también tradicionalmente, cuando se
siente débil, derrotado, enfermo. En la dimensión social también ha
desempeñado un papel, pero su relevancia ha sido generalmente en un terreno
más próximo, familiar extenso, de vecindad. Parece pues que estamos
comparando la importancia social con la familiar. ¿Con cual nos quedaríamos?
¿Cuál es más esencial para la vida? O si llevamos las cosas hasta el
límite... ¿podría vivir mejor el hombre sin la mujer o la mujer sin el
hombre? Todo apunta a que el mundo de la mujer es más esencial, más
necesario para la vida, y no hablo de maternidad naturalmente.
-
En eso tiene razón -dijo Antonio-, pero imagínese esa tendencia de la mujer
a estar confortable, a pasar horas y horas fortaleciendo lazos de afecto y
amistad con sus congéneres, no importa cual sea el contenido de sus
interminables charlas; imagínese esa afición constante al adorno y a lo
banal. ¿No le parece que el mundo se estancaría en la placidez primitiva y
sensual de una isla polinésica? Por cierto, creo que allí las sociedades
tradicionales eran matriarcados.
-
Pero habría que hablar mucho del progreso y de la felicidad desde el punto de
vista individual. ¿Cree Ud. realmente que es más feliz una persona de
nuestros días que otra de una de esas sociedades estancadas y al parecer
dichosas de las islas del Pacífico?
-
Ah, amigo Martín, está Ud. haciendo trampa, porque está considerando como
elemento de comparación a una persona sana, quizás de edad media y con
recursos suficientes para vivir. Pero habría que ir a la estadística y ver
cuál es el tipo medio de persona en ambas sociedades. Quizás se encontrase
que en las sociedades atrasadas el tipo medio está enfermo, es joven debido a
la gran mortalidad y tiene muy pocos recursos para subsistir. No me cabe duda
de que en la actualidad el número de personas que viven suficientemente bien
es enormemente superior. Sólo tiene que darse cuenta de que la edad media
desde la prehistoria hasta la modernidad andaría en torno a los treinta y
cinco o cuarenta años, mientras que ahora puede ser el doble de esa edad, y
en un futuro no muy lejano esa cifra se verá ampliamente superada, además de
la calidad de vida correspondiente.
-
Tal vez tenga razón... Pero me parece que entonces acepta Ud. el éxito de
las sociedades actuales, gobernadas
principalmente por el varón, la preeminencia de la cultura masculina. Se ha
referido al bienestar material, a los logros técnicos y científicos, creo;
al desarrollo económico. Pero yo no me refería exactamente a eso cuando le
hablaba de la felicidad. Estaba pensando más bien en el bienestar interior,
en el equilibrio psicológico, en la armonía con la vida. Es ahí donde la
cultura femenina y la masculina difieren notablemente.
-
El mundo es muy complejo, amigo mío, y ya se habrá percatado de que las
cosas no son como sería ideal que fuesen, sino como consiguen ser y
mantenerse. Hay muchos factores en juego que acaban llegando a un cierto
equilibrio más o menos duradero, y que no es el ideal para cada uno de ellos,
pero que les permite coexistir en él. La vida lleva incorporado el
sufrimiento también hasta un límite tolerable. Nadie ha inventado un mundo
feliz todavía. El mundo en su conjunto se acopla como puede por sí mismo.
-
Quizás habría que bajarse del mundo -dijo Martín sonriendo.
-
O simplemente reírse de él -añadió Antonio feliz.
Terminaron
sus copas y salieron del bar. Se despidieron hasta la mañana siguiente. Ya en
la habitación, Martín seguía pensando en su conversación con el
arqueólogo. Le ilusionaba la visita a la excavación y trataba de imaginar el
lugar, la vida en la antigüedad de aquellas gentes de la pequeña aldea al
borde del mar. Luego pensó en la necrópolis, en cómo se podría descubrir
su localización, en qué restos habría en las tumbas. Se durmió entre estos
pensamientos y después soñó. Estaba cavando con las manos en la arena de la
playa, cerca de la colina del poblado. Veía la pequeña muralla y los tejados
de barro de las casas. Era de madrugada y reinaba el silencio. Iba
desenterrando huesos y cenizas entre la arena, y pronto asomó la panza de una
vasija decorada con figuras rojas y dibujos diversos. La sacó entera con
facilidad. Contenía más huesos y más cenizas. Debajo de la olla vio que
asomaba una punta metálica. Escarbó con ansias y sacó una espada corta
doblada, con dibujos de oro en el acero de la hoja, que se veía oxidado pero
entero. Siguió ahondando entre la arena y seguían saliendo objetos
maravillosos, broches de plata, colgantes de oro, puntas de lanza, pectorales
de bronce. Estaba poseído de una fiebre excavadora que parecía inagotable.
Se desplazó un poco a un lado y a escasos centímetros de profundidad
descubrió enseguida restos de ceniza que señalaban otro enterramiento; y
otra vez vasijas, armas, joyas...
Cuando
despertó, aún saboreaba vagamente los retazos del sueño.Al entrar a
desayunar coincidió con el arqueólogo y su mujer, que salían.
-
Buenos días, tiene quince minutos para desayunar -le dijo sonriente Antonio
dándole una palmada en el hombro-. Mire, le presento a mi mujer, Adela. Le he
estado hablando de Ud.
-
Encantado, buenos días. ¿Nos acompaña Ud. a la excavación?
-
No, no. Ya la conozco y se pasa demasiado calor -dijo elusiva Adela.
-
Bueno, pues en diez minutos me cambio y le recojo en el hall -sentenció
Antonio.
-
No se preocupe, yo ya estoy listo; sólo tomar alguna cosilla rápida.
Según
salía del comedor, vio que Antonio estaba ya esperándole en el hall, cerca
de la puerta del hotel. Llevaba puesto uno de esos pantalones cortos llenos de
bolsillos y una camisa a juego, botas de campo de media caña y un sombrero
flexible de ala ancha.
-
Pensará que me he disfrazado de Indiana Jones -dijo Antonio al observar la
mirada de Martín-. Ya sabe, hay que seguir el rito. Imagino que los médicos
también se sienten felices cuando se ponen su bata blanca.
-
Siento no estar a la altura de las circunstancias -dijo riendo Martín.
-
No se preocupe, así nadie tendrá la tentación de confundirlo con un
arqueólogo -respondió Antonio riendo también-... ¿Sabe?...uno de los
principios básicos de la arqueología es diferenciar claramente en las piezas
reconstruidas la parte que es original y la parte que es añadida. Hay que
mantener una diferencia de color clara para que nadie pueda confundirlas. En
el pequeño museo del pueblo trabajan algunas personas limpiando y
reconstruyen piezas del poblado. Si sigue interesado en la arqueología
tendrá que visitarlo.
Se
subieron al todo-terreno de Antonio y partieron enseguida. La carretera local,
paralela a la playa, estaba vacía, y al cabo de unos minutos divisaron el
promontorio del poblado. Era una pequeña elevación rocosa que surgía hacia
el mar, dividiendo la playa. Se distinguía un muro bajo de piedra rodeando la
cima por la parte que daba hacia tierra. La parte que daba al mar estaba
cortada casi a pico. Había un par de coches cerca de la subida al poblado.
Tomaron el sendero y pronto apareció el interior del pequeño recinto murado,
con los cimientos de las casas reconstruidos. Eran poco más de una
docena y la mitad estaban pegadas a la muralla; las otras estaban al
borde de la roca, pegadas entre sí, formando igualmente muro hacia el mar;
había una especie de pasillo o calle central. Cuatro jóvenes, tres chicas y
un muchacho trabajaban en dos de las casas.
-
¡Hola chicos! -saludó Antonio jovial a
todos, y luego, dirigiéndose a los que estaban en la casa más cercana
-¿Dónde anda el jefe?
-
Han ido al museo a llevar unas piezas -respondió una chica- creo que se
quedarán por allí toda la mañana.
-
¿Ha aparecido algo interesante?
-
Sí, ayer, dos vasos decorados en este rincón -dijo la chica señalando una
esquina de la casa donde trabajaban. Se veía un cajeado más profundo que el
nivel plano excavado.
-
¿Habéis sacado el hierro ya?
-
Están Alicia y Vero con él -dijo la chica mirando hacia la otra casa.
-
Venga, Martín, le voy a enseñar un bocado de caballo que están sacando en
el establo de esa casa.
Las
dos chicas estaban agachadas, muy concentradas rascando y cepillando alrededor
de un hierro muy corroído que asomaba del suelo de una pequeña pieza
asociada a la casa.
-
Los íberos eran unos excelentes jinetes y tenían en alto valor a sus
caballos. Aunque los bocados suelen aparecer en los enterramientos formando
parte del ajuar, en este caso ha aparecido aquí éste, que quizás estaba
desechado o roto. Está muy corroído y hay que trabajar con mucho cuidado
para no romperlo. Discúlpeme, voy a hablar con Marta un momento. Pregúnteles
lo que quiera.
-
Martín se quedó contemplando el delicado trabajo de las chicas, no
atreviéndose a interrumpirlas, aunque se preguntaba qué importancia tendría
si al sacar el bocado se rompía algo más o se descascarillaba la herrumbre.
Finalmente hicieron un descanso y Martín aprovechó para preguntarles:
-
¿Cuánta gente vivía en el poblado?
-
Hay quince casas... unas 60 o 70 personas.
Martín observó el reducido tamaños de las
viviendas, que no pasarían de 30 o 40 metros cuadrados; estaban formadas por
una pieza única y una habitación trasera pequeña.
-
Se arreglaba con poco espacio la familia, parece -aventuró Martín-. ¿La
habitación de atrás era el dormitorio del matrimonio? -añadió.
-
No, era normalmente un almacén. La habitación principal servía para todo.
Era donde comían, trabajaban, dormían todos...
-
Pues tenían poca intimidad para hacer sus cosas -dijo Martín bromeando.
-
Ah, hasta ese punto no conocemos como lo hacían... -dijo una y se echaron a
reír las dos.
Llegó Antonio con aire dinámico y le dijo a
Martín:
-
Nos vamos a acercar a inspeccionar una zona allí abajo. Parece que hay
cerámica en superficie y habrá que planificar algunas catas. No le digo que
venga porque se aburriría. Ud. siga por aquí
charlando y curioseando a su aire con toda libertad. Nos vemos luego.
-
De acuerdo -dijo Martín mientras observaba una mirada cómplice entre las dos
chicas, que volvieron de inmediato a su quehacer ocultando una misteriosa
sonrisa.
Antonio bajó acompañado de la chica de la otra
casa. Se quedó solo el muchacho que trabajaba con ella. Se acercó Martín a
charlar un rato con él dejando que las muchachas siguieran con su tarea. Era
el más joven del grupo, no tendría más de dieciocho años, pero se le veía
muy despierto e ilusionado con el trabajo. Estaba trabajando en otra esquina
distinta de donde habían aparecido las vasijas. Martín le preguntó en qué
consistía su tarea:
-
Estoy rebajando el terreno hasta descubrir el suelo original de la vivienda
-contestó el muchacho.
-
¿Cómo eran los suelos?
-
Hacían una base de piedras pequeñas y trozos de cerámica y después lo
cubrían con arcilla apisonada.
El
panorama desde el poblado era hermoso. Se veían las huertas y zonas de
cultivo del interior, y la playa interminable. Vio a Antonio y a la chica
caminando por la arena en dirección a una zona de pequeñas dunas. Luego
desaparecieron tras ellas mientras Antonio pasaba su brazo por los hombros de
la chica...
-
Parece que vivían de manera muy austera estas gentes, ¿no? -preguntó
Martín volviéndose hacia el muchacho y olvidándose intencionadamente de
Antonio.
-
Es que no le daban demasiada importancia a las viviendas, simplemente
construían lo necesario para vivir. Sin embargo el vestido y los adornos de
las mujeres, por ejemplo, eran muy elaborados. También hacían unas armas
extraordinarias... y una cerámica muy variada y abundante, decorada con
figuras humanas, caballos, animales míticos, dibujos geométricos...
-
Y según parece eran excelentes jinetes... -añadió Martín.
-
Sí, y tenían en gran aprecio a sus monturas. Eran guerreros consumados a
caballo... pero también a pie, en la corta distancia. Sus espadas eran muy
cortas y afiladas, y les gustaba la lucha cuerpo a cuerpo... para ellos era un
signo de valor. Algunas espadas estaban decoradas de manera extraordinaria.
Eran gente de guerra... y su aristocracia era militar. Siempre estaban en
guerra... o bien entre los diferentes pueblos o participando en las guerras de
otros, como los cartagineses o los romanos... luchaban para ellos como
mercenarios.
-
Pues sí debían de ser temibles nuestros antepasados -comentó Martín
sonriendo ante la afición apasionada del muchacho-. Sabes mucho de todo esto
ya...
-
Me cuentan mis compañeros, y leo todo lo que puedo. Estoy empezando la
carrera.
Martín
experimentaba una cierta envidia sana, o nostalgia de un tiempo en que él
también sintió la llamada de su propia vocación, que no pudo desarrollar
largo tiempo debido a complicadas circunstancias. Tiempo preñado de
idealismo, de espíritu de entrega y sacrificio que la enfermedad secuestró.
-
¿Os quedan muchas casas por excavar?
-
La mitad. Pero luego hay zonas que también hay que ver, al lado de la
muralla, a la entrada...
-
¿Habéis encontrado muchos objetos?
-
No muchos, pero es que el poblado fue
abandonado y naturalmente se llevaron con ellos todo lo de valor. Sólo
dejaron algunas cosas olvidadas a última hora o que no les merecía la pena
llevarse.
Martín
miró hacia las dunas por si volvía Antonio, pero no se veía a nadie en la
zona.
-
Bueno, te dejo que sigas con tu tarea. Voy a curiosear un poco por abajo -le
dijo al muchacho.
Saliendo
del mismo borde de la roca sobre el mar, descendió en diagonal por una de las
laderas que llegaban a morir sobre la playa... Se veían trozos de cerámica
por todas partes. Se preguntó por qué no los habrían recogido todos.
Quizás no tuvieran valor debido a su abundancia, dispersión o pequeño
tamaño. Ciertamente reconstruir a partir de ellos una pieza completa sería
una tarea de locos, pensaba, en el supuesto de que existiera aún una
proporción aceptable de trozos
de la misma pieza. Posiblemente todos aquellos pequeños pedazos eran los
restos de miles de piezas distintas. Recogió algunos que llamaron su
atención. Uno contenía una pequeña cabeza de perfil, casi entera, de un
guerrero. Tenía el cabello erizado o algún tipo de casco con cimera, y un
ojo extraordinariamente grande y desorbitado que ciertamente infundía cierto
terror. Otro trozo contenía los cuartos traseros de un caballo y se apreciaba
la parte posterior de la lanza del supuesto jinete. Otro contenía las fauces
abiertas y con agudos dientes de un lobo. Sintió Martín con emoción que
tenía entre sus manos unos fragmentos de historia, unas escenas vivas del pasado, unos
trozos del alma exaltada de aquellos íberos de la antigüedad.
Se
preguntaba si aparte de las costumbres diferentes, de las creencias y modo de
sentir la vida de aquellos hombres, no eran iguales que él mismo, o Antonio,
o los chicos de la excavación. Y se imaginó viviendo en aquel pequeño
poblado sobre el mar, en una reducida vivienda de aquellas, con una mujer
vestida los días de fiesta con complicadas túnicas y tocados. Se imaginó
haciendo el amor con ella, silenciosos en el catre, al calor de la lumbre y en
el mismo aposento donde dormía toda la familia. Se imaginó marchando a la
guerra, excitado, rebosante de júbilo, con sus armas relucientes y su brioso
caballo relinchando. Y otra vez sintió que la vida del guerrero cobraba su
sentido al enfrentarla a la muerte, que la pasión por la lucha dilataba la
existencia, como se veían dilatados los ojos del íbero dibujado en aquel
pedazo de cerámica que llevaba en el bolsillo.
Regresó
a la cima por el camino de entrada y se dirigió al muchacho. Antonio seguía
sin aparecer.
-
Mira, me vas a hacer un favor. Dile a Antonio que regreso al hotel dando un
paseo por la playa. Pero que no se preocupe, que suelo andar un par de horas
todos los días por la playa. Así que aprovecho ahora para hacerlo. Como
seguiré por aquí un tiempo, seguro que nos volvemos a ver. Me encanta
escucharos y ver cómo trabajáis. Tengo también que ir un día al museo a
ver los objetos que habéis recuperado.
Se
despidió con la mano de las chicas, que seguían pacientemente trabajando con
el bocado de caballo.
Mientras
caminaba descalzo por el borde del agua pensaba en cómo la sociedad, el
entorno social en que se nace, decide la vida de las personas. Él no había
nacido en un entorno bélico, como los íberos, sino en un ambiente de
sociedad de bienestar, de trabajo muy especializado y complejo, de consumo
exacerbado. A las personas ahora la sociedad no las empujaba a la guerra
continuamente, ni se jugaban la vida. Ahora las empujaba a la competencia
individual, al éxito económico, al consumo de bienes innecesarios que
definían su posición social. Ahora las personas se jugaban solamente el
prestigio, medido en dimensiones de su casa, en objetos de lujo, en
automóviles espectaculares. Pensó que los caballos de los íberos y sus
armas, y los tocados y joyas de las mujeres también eran objetos de
prestigio. “La misma canción después de todo, aunque más primitiva”, se
dijo. Pensó si de haber sido íbero no habría considerado también absurdas
todas aquellas batallas, todo aquél modo de vida, aquella distinta manera de
permanecer “inmundado”-volvió a repetir la palabra que se había
inventado-. Se respondió que el jugarse la vida continuamente era por lo
menos una manera de sentir intensamente la existencia, mientras que ahora se
carecía de esa dimensión y se vivía una existencia ficticia. El continuo
contrapunto de la muerte en las vidas de aquellas gentes debía ser suficiente
para apreciar el verdadero valor de los pequeños placeres domésticos,
pensaba. Claro que las mujeres no iban a la guerra ni se jugaban la vida, pero
ellas siempre habían estado cerca de la existencia real, pegadas a la vida y
la muerte, al pálpito biológico en sus partos, en la vida y la muerte de sus
hijos. “Sin embargo ahora la mujer se está incorporando de manera veloz al
mundo del hombre... renunciando cada vez más a la maternidad... perdiendo esa
dimensión real de la existencia... no quiero ni pensar en un mundo de hombres
y mujeres alejados los dos de la realidad...”, se decía.
El
sol iluminaba maravillosamente el mar. Las suaves, casi imperceptibles olas
rompían en el bajío de arena formando crestas de espuma. Hasta cuatro bandas
de espuma seguidas se arrastraban lentas hacia la playa como un incesante
desembarco de tropas blancas. La última se convertía finalmente en labio
extendido de agua, en lámina líquida sobre la arena plana. Su borde,
festoneado de una línea blanca, dejaba marcado un ribete en la arena y se
retiraba. La orilla se veía delineada por estos ribetes dibujados por las
olas sucesivas. Eran curvas amplias, irregulares, como esos dibujos japoneses
de paisajes montañosos simplemente perfilados. Luego llegaba un ola algo más
fuerte y borraba algunos de los anteriores dibujos. La lámina de agua, al
retirarse, escurría por la
débil pendiente de la arena su última película formando ondulaciones
diminutas. Se fijó Martín que el fondo somero, cerca de la orilla, estaba
surcado por una especie de dunas en miniatura, formando líneas sinuosas y
paralelas. Y también se fijó en que la superficie del agua, allí, no era
plana sino que estaba en continuo temblor. Temblor que reflejaba los rayos del
sol sobre el fondo, reproduciéndose en luz.
Todo
el agua se movía de maneras distintas, interaccionando con la arena y la
brisa. Toda la orilla era un caos ordenado, o un orden irregular, compuesto de
pequeñas fluctuaciones al azar completamente impredecibles en un punto dado,
pero homogéneas en su forma conjunta.
“La
naturaleza es caótica” -se dijo-, “y en su agitación incesante encuentra
el equilibrio de conjunto”.
Sobre
la playa se veían de cuando en cuando conchas estriadas de berberechos,
marrones, jaspeadas, a veces blancas inmaculadas. En una zona vio un conjunto
de pequeñas conchas de mejillón, abiertas y clavadas en la arena, como si
fueran mariposas negras posadas.
Más
adelante vio un diminuto pececillo cerca del agua, brillante como la plata
brillante. Se acercó y observó que de cuando en cuando abría las agallas y
coleaba ligeramente. Estaba muriendo. Quizás había nadado en la cresta de
una ola, como un rayo de luz escondido entre la espuma blanca. Luego se
deslizó por la lámina de agua sobre la arena, ebrio de luz y oxígeno, y
luego el agua se retiró dejándolo varado, abandonado en la playa. Las olas
planas llegaban casi hasta él pero ninguna alcanzaba a reflotarle. Se dijo
Martín que así morirían muchos pececillos en aquella playa, y que esa era
la dinámica de la naturaleza. Había otros miles que seguían nadando allí
cerca, entre las olas. ¿Para qué intervenir? Nada iba a arreglar él
salvándolo. Su existencia no tenía importancia en el conjunto de la
naturaleza marina. Sin embargo, él, Martín, que tampoco tenía ninguna
importancia en el conjunto de la Humanidad, estaba allí y lo había visto, y
se sentía hermano suyo en la insignificancia y el abandono global. Y por otro
lado... ¿no era él también parte de la naturaleza?, ¿no formaba parte de
su juego? Pues por eso mismo le iba a salvar de la muerte, intencionadamente,
conscientemente como a él le correspondía y no por la ley ciega de las cosas
como lo haría al azar una ola más fuerte. Lo empujó suavemente hasta el
agua de una ola que se había acercado apenas a dos centímetros y vio como el
diminuto pececillo coleaba y desaparecía en el mar.
“El
equilibrio global es cruel con el individuo... le sacrifica sin miramientos...
la dinámica social no respeta al individuo... siempre la lucha con los
intereses de los demás... con las instituciones, con el conjunto de la sociedad...”. Y en ese caos organizado de
la sociedad - se decía-, los individuos corren el riesgo de quedarse
abandonados, ignorados, desasistidos, y a veces perecen estúpidamente a pesar
de las instituciones protectoras y de la caridad de los demás. El hombre
necesita un medio humano para ser intenso, pero la sociedad es como el mar,
ajena a la suerte del individuo concreto. Habría que encontrar una
alternativa para escapar del mundo frustrante -pensaba-, para vivir plenamente
sin estar “inmundado”, encontrando un centro “humanizante”, un polo de
atracción espiritual que le enriqueciera de manera más intensa y segura que
los hombres. Ese “atractor” espiritual era Dios sin duda para los
creyentes. “¿Pero cómo puedo yo creer en ese Dios de las religiones
tradicionales?”, se quejaba.
La
mayoría de las personas -se decía dándole vueltas a su tema favorito de
lamentación-- se resignaban al lado de otras pocas que no respondían del
todo a su alma, cuando no eran, por el contrario, fuente a la vez de tremendos
conflictos. Y se inventaban novelas, reconstruían su historia de manera
fantástica haciendo de ella algo tragable, y adoptando una filosofía barata
de supervivencia para no desesperar. Y así morían, insatisfechas en lo más
profundo, sabiendo que no habían vivido de verdad.
Y se
propuso desarrollar durante aquellos días una teoría de ese “atractor
espiritual” necesario para vivir plenamente.
Una
vez en el hotel, se dio una refrescante ducha y se tumbó en la cama. Intentó
pensar en ese centro espiritual que orientara su vida de manera segura. No
podía creer ya en ninguna de las religiones, ni de Occidente ni de Oriente.
Las veía demasiado ancladas al pasado, a la historia y peculiaridad de cada
pueblo, aunque tenía que reconocer que todas ellas poseían una dimensión
espiritual profunda encerrada en sus propios mitos. Pero era todo tan ambiguo,
tan escurridizo y desfasado en ellas... ¿Es que no habría manera de
encontrar un camino de desarrollo espiritual de manera diáfana, evidente? De
una manera que no admitiera dudas ni alternativas y le dejara el alma en paz
sabiendo que estaba en el único camino, o en el mejor camino. Aunque siempre
este propósito tropezaba en la misma piedra: “¿desarrollo espiritual para
qué? ¿para morir dentro de algún tiempo y desaparecer completamente?...
¿para descubrir algún secreto que me dé la certeza de la supervivencia
después de la muerte?... ¿o simplemente creer tranquilamente en otra vida y
despreocuparme del desarrollo espiritual en ésta?... simplemente vivir en paz
y confianza...” Ese tercer camino de renuncia al esfuerzo despejaría
tremendamente el camino y se podía aplicar a la totalidad de la conducta,
incluidas las relaciones humanas. Dejar de ser exigentes con uno mismo y de
paso con los demás. Aceptarse y aceptarlos como eran y no tratar de cambiar
ni cambiarlos. Tolerancia, comprensión, compasión... Una especie de amor
mundano por los seres, una especie de abandono. Claro que esta postura
también podría adoptarla incluso no creyendo en otra vida, de manera
indolente, resignada.
Desistió
de seguir pensando en el tema de momento. Le entraron dudas si no se estaría
dejando influir por el relajado cansancio que sentía después de la caminata.
Era ya la hora de ir a comer y se vistió.
Según
cruzaba el comedor camino de las viandas, observó que la mujer de Antonio
estaba sentada sola en una mesa cercana, justo en su trayectoria. La saludó y
ella le dijo:
-
Martín, me encarga Antonio que le diga que siente lo de esta mañana, el no
haberle traído.
-
Ah, no, por Dios, ningún problema. La verdad es que tampoco quería yo
entretenerles en sus tareas, y como él se había ausentado un rato del
poblado pensé que me volvería dando un delicioso paseo por la playa.
Realmente soy un adicto a la orilla del mar - dijo Martín sonriendo.
-
No vendrá a comer; han ido al museo y pasarán la tarde por allí -dijo ella
escrutando fijamente los ojos de Martín, y añadió enseguida:
-
Si no le incomoda, le agradecería que me acompañara. No me gusta estar sola
a la mesa.
-
Claro, encantado -contestó Martín con una sonrisa obligada-. Voy a coger
algo y vuelvo enseguida.
Ya
desde lejos llamó su atención la enorme paellera recién sacada de la
cocina, pues apenas si faltaba un par de raciones quebrando la superficie
virgen del arroz. Quizás iba predispuesto a fijarse en ella debido al apetito
que se le había despertado. Todos los días era uno de los platos estrella,
aunque variaba su preparación. Aquel día
tocaba de marisco. Sobre la dorada superficie se veían decantados los
mejillones, trozos de calamar, gambas, alguna cigala extraviada aquí y
allá...
Se
sirvió una buena ración y se dijo para sus adentros que era una buen momento
para compartir una botella de vino y relajarse ante el posible interrogatorio
a que iba a someterle la mujer de Antonio. Cogió una botella del mesetón de
las bebidas y se encaminó a su mesa, haciendo esfuerzos por acordarse del
nombre... ¡Adela! sonó en su recuerdo justo cuando llegaba ante ella. Adela
se disponía a dar buena cuenta de un apetitoso guisado de carne. Le estaba
esperando.
-
¿Me ayudará un poco con una botellita de vino? No suelo tomar vino si no
como acompañado, ya que una botella es demasiado para mi solo. Le irá de
maravilla a su estofado -dijo Martín mostrándose feliz.
-
Gracias-dijo Adela con una breve sonrisa-
Antonio y yo tomamos vino habitualmente, pero hoy me ha pasado lo que a
Ud.
Después
de probar el vino y cambiar unas palabras de aprobación empezaron a comer sin
más preámbulos.
-
¿Le ha gustado el poblado?-preguntó al cabo de un rato Adela.
-
Mucho, hasta el punto de que cuando estaba solo me he evadido mentalmente un
rato hacia aquellos tiempos. Creo que es apasionante la labor de excavar un
poblado y sacar a la luz esos objetos cotidianos de aquellos tiempos. Y los
chicos son extraordinarios; me han contado cantidad de cosas.
-
¿Ha conocido a Marta? -le preguntó muy interesada
-
Marta... no sé, había tres chicas - respondió haciéndose el escurridizo.
-
Una niña rubita, de buen tipo, la más atractiva de todas.
-
Ah, sí... bueno no he hablado con ella porque se fue enseguida a inspeccionar
un yacimiento próximo - respondió Martín y se arrepintió enseguida.
Se
hizo un momento de silencio tenso, que Martín aprovechó para intentar
saborear su vaso de vino. Adela bebió un poco también y le dijo con una
calma firme:
-
Verá Martín... Antonio se piensa, o quiere pensar, que no estoy al tanto de
sus pequeñas aventurillas con las chicas. No es la primera vez tampoco. Esas
cosas no le pasan desapercibidas a una mujer. El año pasado empezó a tontear
con Marta, y éste ha vuelto a las andadas. Lo que no entiendo bien es lo que
una chica joven y atractiva como ella puede encontrar en un hombre ya
mayor como él. Imagino que es la fascinación por su imagen de arqueólogo,
por sus conocimientos... Afortunadamente esa fascinación no dura mucho, lo
justo hasta que se descubre que los ídolos son de barro.
Martín
guardaba silencio y mantenía la mirada de Adela inexpresivo, escuchándola.
Ella prosiguió:
-
Se preguntará por qué le cuento esto. Pero es inevitable que antes o
después Ud. se dé cuenta, si no se la ha dado ya; y más si como parece han
entablado una cierta amistad Uds. dos.
-
Bueno, no soy una persona que le guste meterse en la vida de los demás, ni me
siento con capacidad para juzgar a nadie por el hecho de haberlo conocido por
unas horas.
-
Ya, pero las mujeres somos mucho más quisquillosas. No le he dicho esto por
lo que pueda Ud. pensar de él, sino por lo que pueda pensar de mí. No me
gusta hacer el papel de mártir, ni siquiera que me imaginen como tal.
-
¿Y por qué le acompaña estos días si se siente incómoda con la
situación?
-
¡Ah amigo mío... que poco conocen Uds. a las mujeres! Pues para fastidiarle,
para que él también esté incomodo; para amargarle lo más posible su
aventurilla - y se echó a reír abiertamente.
-
Es evidente que hombres y mujeres somos mundos distintos. Ante una situación
semejante yo pondría las cartas sobre la mesa y cortaría por lo sano, con
todas las consecuencias -dijo Martín.
-
Ya veo que es Ud. una persona seria, expeditiva, pero créame que la vida es
bastante compleja y no se la puede cortar de un tajo como la parte estropeada
de una manzana. Entre Antonio y yo hay toda una vida detrás, hay unos hijos.
Y posiblemente habrá una ancianidad juntos y con nietos. ¿Cree que merece la
pena cortar esa historia? ¿Cree que Antonio podrá seguir engañándome
dentro de unos pocos años?
-
Y entre tanto Ud. seguirá amargándole lo que pueda sus aventuras, ¿no?...
¡perdone, por Dios!... hay veces que no me doy cuenta de lo grosero que puedo
ser.
-
No se lo reprocho... porque así es. Es el precio que deberá pagar por ser
como es. Sin embargo él tampoco cortará esta historia nuestra. ¿Sabe?...
las personas y las parejas vamos cambiando y hay que aceptarlo. A nuestra
edad, la pareja es ya más familia que pareja. Entiendo naturalmente que a la
edad de Antonio una chiquilla joven sea una golosina apetecible. Las mujeres
estamos en otra onda, en otro nivel de intereses, más orientadas hacia los
sentimientos. Lo que me preocuparía de verdad es que Antonio se enamorara de
una mujer madura, porque eso si que atentaría seriamente a nuestra historia
común. Yo he pasado mi vida centrada en mis hijos, y mi futuro lo veo con la
ilusión de ver crecer a mis nietos, si Dios me los da. Entre tanto, me toca
vivir una etapa bastante ingrata, una etapa nueva en la que mis hijos hacen ya
su propia vida y Antonio y yo nos enfrentamos a nosotros mismos, a una vida en
pareja que ya ha perdido el incentivo de la pasión y donde el amor es un
recuerdo que tiene ahora la forma del afecto.
-
Es Ud. una persona muy sensata... y fuerte. Imagino que el tener hijos le da a
uno fuerza para afrontar muchas cosas.
-
Claro. ¿No ha tenido hijos?¿No se ha casado?
-
No, no he tenido... mi vida es más simple que la de Uds.... casi ni a mí me
motiva hablar de ella -respondió Martín sonriendo elusivo.
-
Le he visto muy bien acompañado por aquí en alguna ocasión. ¿Se han ido
sus amigas?
-
Ah... sí, tuvieron que irse por cierto problema que surgió... quizás
vuelvan dentro de unos días si se arregla el asunto.
-
Me dijo Antonio que andaba Ud. muy entusiasmada con la literatura, que estaba
asistiendo a la Universidad -cambió de tercio Martín.
-
Sí, he descubierto mi vocación tardíamente. Siempre me ha gustado leer, y
al irse los chicos y tener tiempo libre, he empezado a volcarme en eso. Lo de
la Universidad es además una manera de no estar en casa todo el día sola.
Antonio siempre anda atareado con sus cosas. Entre las clases de la Facultad,
los trabajos de campo, los seminarios, etc., le veo poco por casa, y cuando
está, le oigo más que le veo, porque se refugia en su despacho y se pasa las
horas escribiendo artículos, corrigiendo tesis, etc, etc. En los últimos
tiempos hemos desarrollado bastantes espacios propios cada uno. Y no es malo.
Yo por mi parte he procurado hacer amistades relacionadas con la literatura y
no me pierdo cualquier evento interesante que surja. En la Facultad tengo mi
camarilla, mucho más jóvenes todos que yo -se rió con un gramo de
picardía-, pero me han aceptado bien. Imagino que me ven como una hermana
mayor, aunque yo me siento más bien como una madre. Y ¿sabe una cosa?...
hasta a mí me han surgido
también aventurillas -volvió a reír espontáneamente y con cierto matiz de
sonrojo-. Pero no aventurillas como las de Antonio, claro... imagínese lo que
me puede interesar a mi edad eso... pero sí aventurillas sentimentales un
tanto ambiguas, rozando la frontera entre la ternura y el deseo,
entre la amistad y la intimidad. Los seres humanos somos complicados y
a veces la edad es sólo un maquillaje que nos ponemos en el alma. He empezado
a escribir y a participar en alguna tertulia literaria, y cuando estoy en casa
me engancho a Internet como si fuera una adolescente y no paro de escribir en
foros literarios también. No vea la cantidad de amigas y amigos que puede una
hacer en la red, aunque son amigos a distancia, claro, amigos con rostro
imaginado la mayoría de las veces, y muchas otras con alma imaginada
además... como si uno se metiera
dentro de una novela, vamos. Luego cuando conoces a alguno de ellos de verdad
te llevas bastantes sorpresas.
-
Vaya, veo que no se aburren ninguno de los dos -rió Martín.
-
Seguro que está pensando que andamos cada uno por nuestro lado continuamente.
Pero no, también tenemos nuestros ratos juntos, y amigos comunes, amén de
familiares. Pero lo que es la pasión de cada uno, desgraciadamente no la
compartimos; ni él la literatura ni yo la arqueología.
-
Y qué sobre qué le gusta escribir -se interesó Martín.
-
Verá, de todo un poco. Siempre he escrito pequeños textos, a modo de diario,
de expresión de mis sentimientos; también alguna poesía. Pero eso era de
cuando en cuando, antes de tomarme más en serio la literatura. Ahora también
sigo haciéndolo, pero además estoy escribiendo mi primera novela, de una
manera más metódica.
-
Vaya, qué interesante... ¿y me podría contar el argumento?
-
Humm... bueno, tal vez si me invita a un café después. Imagino que Antonio
volverá a media tarde, así que me viene bien hacer un poco de sobremesa.
-
Estupendo, tengo mucha curiosidad por saber el tipo de argumento que le puede
haber motivado a escribir su primera novela -dijo Martín mirándola
graciosamente inquisidor.
-
Ya, imagino que está esperando algo muy personal, una especie de desquite,
una catarsis íntima... pero a lo mejor se equivoca -respondió Adela
divertida.
-
Era una broma, por supuesto. Ya le dije que no me gusta indagar en la vida de
las personas.
-
Es Ud. una persona peculiar, Martín. Ha conseguido que le cuente muchas cosas
de mi vida sin contarme Ud. nada de la suya. Tiene algo que inspira
confianza... como si una supiese que no va a contar a nadie lo que le cuentan,
que se lo va a guardar exclusivamente para Ud. Pero tengo que confesar que me
intriga su vida. Quizás con el café se anime a contarme algo más personal.
-Quizás...
Cuando
terminaron de comer salieron pausadamente hacia la cafetería. Adela saludó
de lejos a un par de personas en las mesas. La cafetería estaba muy tranquila
y se sentaron en una mesa al lado del ventanal que daba a la piscina. Martín
pidió un café y su consabida copa de ginebra. Adela, un té. En la piscina,
a pesar de la hora, había algunos niños bañándose y un par de hermosas
mamás tomando el sol despreocupadas, medio dormidas en las tumbonas. En un
rincón del jardín, en una mesa a la sombra, una mujer joven leía un libro.
Despertó la atención de Martín por su lectura concentrada y aspecto serio y
solitario, a la par que como contraste llevaba puesto un bikini muy breve, muy
sexi.
-Pues
verá -dijo Martín-, aunque no soy un lector demasiado asiduo, siempre tengo
cerca algún libro relativo al tema que
me interesa en cada momento. Y a veces escribo algo al respecto, tipo
reflexión o ensayo. Pero no suelo leer mucha novela, aunque alguna vez he
tenido la tentación de intentar escribir alguna y me intriga la manera cómo
se lo plantea la gente. Si uno organiza esquemáticamente un
argumento ficticio, estructura la
trama y luego la va desarrollando en detalle, o si simplemente se van
volcando al papel experiencias vividas, historias y tipos conocidos. Imagino
que aún si se trata de historias inventadas, el autor pone mucho de su
experiencia y de su vida en el argumento.
-
Pues hay de todo como se imagina. Desde novelas que relatan sucesos, ambientes
y personajes reales, hasta historias completamente inventadas, pasando por
relatos de tipo subjetivo, donde el autor pone mucho de su vida y de su
interior en un personaje ficticio o en una historia.
-
¿Y la suya de cuál de estos tipos es?
-
No podría decírselo, ni yo misma lo sé... no la he planificado ni sé como
se va a desarrollar en adelante. Es una historia que va saliendo sola, aunque
de mí... es como si se escribiera ella en mí más que escribirla yo a ella.
Cuando la empecé, sólo tenía claro que quería escribir sobre un personaje
femenino que bullía dentro de mí vagamente; no es que ese personaje fuera yo
idealizada, sino como si fuera un ser al que quisiera darle vida, hacerlo
nacer. Y así me senté y dejé que el personaje hablara, que fuera
gestándose.
-
¿Ha escrito mucho ya?
-
Bastante, quizás la mitad, aunque no sé el desarrollo que acabará teniendo,
como le digo.
-
¿Y qué opina su marido, la ha leído?
-
¡Qué va!, ya le dije que la literatura
no es santo de su devoción. Yo creo que me mira un poco
condescendiente, como si dijera: dejémosla que se distraiga, no es bueno que
ande ociosa...
-
Y el personaje femenino... -insinuó Martín.
-
El personaje femenino es una chica de hoy -dijo sonriendo Adela-, pero una
chica peculiar, muy independiente y con ideas propias. Para que se haga una
idea, se independiza de los
padres enseguida, consigue un trabajo discreto y comienza a vivir su propia
vida en soledad en un estudio mínimo alquilado.
-
Poco frecuento hoy día, sí -asintió Martín-, que los chicos se agarran
años y años a los padres como sanguijuelas.
-
¿Vive Ud. solo, Martín? -le preguntó Adela por sorpresa.
La pregunta le cogió desprevenido y se quedó por un instante bloqueado, sin saber cómo contestarle, pero enseguida recuperó su aplomo y se dio tiempo diciéndole:
-
Imagino que lo que quiere saber es si vivo en pareja...
-
Sí, en realidad eso es lo que le preguntaba, aunque en efecto hay otras
maneras de vivir sin estar solo.
-
Claro, yo he vivido de todas las maneras a lo largo de mi vida. Con mi familia
de padres y hermanos como casi todos, en grupo de amigos, solo muchos años,
en pareja feliz, en pareja infeliz... esto último es otra forma de vivir
solo, creo.
-
Y por el orden en que lo cuenta, la ultima situación es la actual, ¿no?
-
Así es, Adela.
-
Y según parece no ha tenido hijos, ¿verdad?
-
Es Ud. un auténtico detective -sonrió Martín- ¿cómo lo sabe?
-
Lo he imaginado por algo que comentó en el comedor sobre que los hijos
debían dar fuerza para soportar muchas cosas.
-
Sí, mi vida no está resultando nada estable ni enriquecedora en el aspecto
humano. Hasta ahora ha sido más bien un ejercicio de supervivencia que otra
cosa. Supongo que es culpa mía... bueno, quiero decir de mi manera de ser.
Uno en realidad intenta hacer las cosas lo mejor posible. También tiene mucho
que ver el azar, creo. Hay veces que he imaginado que mi vida podía haber
sido de otra manera, y que pequeños sucesos fortuitos han ido enmadejando las
circunstancias, llevándome por caminos distintos de los deseados. Supongo que
podía haber vivido de muchas maneras diferentes, y aún siendo el mismo,
haber desarrollado una vida más satisfactoria. Por ejemplo haber tenido
hijos, sí. O haber encontrado a la persona hecha a mi medida, o en lo
profesional haber conseguido desarrollar a fondo mi vocación, cosa que
también se frustró. Es como si en cada circunstancia la vida pudiera
bifurcarse por distintos senderos, y al ser encaminado por los sucesos
a través de uno de ellos, se fueran dejando atrás otras historias posibles.
Mire, si alguna vez me siento capaz de escribir una novela, quizás desarrolle
esta idea, la de un personaje que vive a la vez muchas historias posibles
suyas en sus sueños.
-
Yo pienso que, al contrario, somos nosotros con nuestras decisiones los que
nos embarcamos por uno u otro camino, a veces, eso sí, sin la debida
información. Pero somos responsables de nuestras decisiones.
-
¿Y no piensa que un suceso fortuito puede cambiar una vida? No me refiero a
una cosa tan evidente como que le toque a uno la lotería
o tenga un accidente, que también, ¿pero no ha pensado que quizás la
persona más maravillosa para Ud. puede haber pasado rozando su vida y no se
ha dado cuenta? ¿Y que si en lugar de tropezar esa persona al salir del metro
con el hombre gordito que tenia Ud. al lado, lo hubiese hecho con Ud. quizás
se hubiesen conocido? No, creo que no se trata sólo de tomar las decisiones
acertadas, sino de un continuo juego del azar que dirige nuestra vida. Verá,
en una partida puedo ser muy hábil y astuto jugando mis cartas, pero si el
azar no me las sirve buenas poco partido voy a sacar a mis decisiones.
-
Me maravilla Ud. con todo el discurso mental que ha elaborado ante una
pregunta mía tan simple -dijo Adela mordaz-. Los hombres siempre tienden a
hacer discursos y razonamientos explicativos de una cosa tan sencilla como es
hablar de su propia vida. Y a las mujeres en general lo que simplemente nos
interesa es que nos hablen de sus sentimientos.
-
Tiene razón, tengo tendencia a reservar mis sentimientos para mí solo.
Imagino que la mayoría de los hombres también. Los sentimientos propios son
algo muy íntimo para un hombre, quizás porque no los maneja con la soltura e
inteligencia que lo hace la mujer. Uds. puede expresar todo tipo de
sentimientos con entera libertad, sin que eso las debilite, pero el hombre se
siente vulnerable mostrando su interior, su lado más sensible. Supongo que es
cosa de educación, ya sabe, todo eso de no llorar, no mostrar debilidad, etc.
Debe ser el papel de guerrero que nos han cargado y que llevamos dentro desde
la prehistoria.
-
Hombres y mujeres, qué mundos tan distintos... -reflexionó Adela-, y qué
necesidades tan distintas. Quizás el problema es que hoy vivimos demasiado
juntos unos y otros y las diferencias son más evidentes. En la antigüedad
los papeles de cada cual eran muy distintos, pero hoy se van aproximando tanto
que por fuerza entran en conflicto las distintas maneras de ser. Qué difícil
es que un hombre satisfaga sentimentalmente por completo a una mujer. Y al
contrario, qué difícil es que una mujer satisfaga físicamente y de manera
duradera a un hombre. Y cada vez me pregunto con más dudas si las mujeres
tenemos derecho a exigir al hombre que sea como nosotras.
-
No se preocupe, las generaciones jóvenes van cambiando tan deprisa que a
veces pienso que la conducta de los chicos es más femenina que la de las
chicas -dijo sonriendo con ironía Martín-. Sin duda es una inversión de
papeles, un ensayo de descubrir el mundo del otro.
-
Si, pero a mí me parece que se pasan tres pueblos en el intento. Las chicas
diciendo tacos todo el día, y para más ridiculez, tacos prestados del mundo
varonil, como eso de “estoy hasta los cojones” y cosas así; y los chicos
depilándose y empapándose en perfume como auténticas niñas.
-
Cierto, aunque quizás no es la primera vez que pasa algo de esto. Estaba
pensando en la época de Luis XIV, con su corte de empelucados vasallos, bien
empolvados y perfumados, de maneras exquisitamente afeminadas. Me parece que
tenemos una tendencia inconsciente a comparar nuestra generación con la
anterior. Me temo que nos hemos hecho demasiado mayores sin darnos cuenta.
-
Ah, la edad..., no se da una cuenta de cómo pasa hasta que ves que tus hijos
se van de casa y empiezan a vivir su propia vida... -dijo Adela sumiéndose en
sus sentimientos.
Echó
Martín un vistazo a la piscina.
Allí seguían los niños jugando en el agua con flotadores tipo espagueti
gigante, y las hermosas mamás adormiladas al sol. Observó que la mujer
solitaria que leía, dejaba el libro y se levantaba para darse un baño.
Tenía un cuerpo atractivo, delgada pero con sugestivas formas. Se fijó de
nuevo en su breve bikini, cuya parte inferior, estirada, se sujetaba en las
caderas dejando al aire las ingles perfectamente
depiladas. Por detrás, como estaba de moda, dejaba al descubierto la mitad de
las nalgas, bien formadas y a la vez blandas, que se movían suavemente al
caminar.
-
Bonita chica, ¿verdad?- oyó que decía Adela sacándole de su
contemplación.
-
Verdad - respondió Martín sonriendo y apartando la mirada de la escena.
-
Ha llegado hace unos días, pero es muy reservada, siempre sola con su libro.
No parece querer relacionarse con la gente.
-
Sin embargo es muy sexi; me pregunto si eso no es una señal de deseos de
comunicación. Un personaje interesante
para una novela, ¿no? Por cierto, no me ha seguido contando acerca de la
chica de su novela.
-
Teresa, se llama Teresa. Para mí es ya casi un ser de carne y hueso. Le
conté que se puso a trabajar muy joven y se independizó de los padres para
vivir sola. Al acabar el colegio se puso a buscar trabajo en contra de los
deseos de sus padres, que querían que fuera a la Universidad. Pero ella
quería alejarse del ambiente familiar, conflictivo, donde las comidas estaban
siempre preñadas de silencio hostil, cuando no de discusiones abiertas.
Encontró colocación en unos almacenes comerciales, donde hacía un poco de
todo. El sueldo no era gran cosa de momento, pero ella estaba feliz y se puso
a buscar un alojamiento. Encontró una especie de estudio diminuto en un
barrio popular, en realidad una buhardilla bastante destartalada de una sola
pieza, en la que habían
substraído un rincón para hacer un pequeño cuarto de baño separado con
paneles de madera pintada. Había también una minicocina tipo americano, una
cama-sofá pegada a la pared y una ventana abalconada desde la que se veía el
cielo. Era lo único que podía permitirse con su
escaso sueldo, así que sin dudarlo la alquiló. La dueña le dio
permiso para arreglarla a su gusto. Emocionada, y sin decir nada a sus padres,
se puso manos a la obra dispuesta a construir allí un nidito para su vida.
Una amiga y su hermano la ayudaron en las tareas más pesadas. Lo primero que
hicieron fue quitar los paneles de madera del baño, dejándolo a la vista. La
habitación se agrandó milagrosamente en un instante. Había una ducha de
mamparas transparentes que no estaba mal, y con una buena limpieza quedó como
nueva. Se propuso cambiar la apariencia de los sanitarios de manera que se
integraran agradablemente en la pieza, y que aquel rincón cobrara un
carácter de espacio de salud y no de lavabo. El water lo convirtió en un
butacón confortable, quedando oculto bajo un amplio cojín. El lavabo lo
convirtió en tocador, encajándolo en una coqueta con cajones. Y finalmente
colocó un perchero de árbol a un lado y una planta alta al otro, junto a la
ducha, quedando el rincón recogido y aislado parcialmente. Pintaron las
paredes, el techo, la puerta y la ventana,
y abrillantaron el suelo. Unas plantas en la ventan acabaron por dar un
nuevo estilo, fresco y confortable a la buhardilla. Allí se reunía a veces
con las amigas y amigos e improvisaban un botellón casero y oían música; y
otros muchos ratos los pasaba a solas, arreglando y mejorando detalles,
poniendo cosas, empezando a tejer una soledad en calma. Al llegar a la
mayoría de edad, les dijo a los padres que quería vivir independiente. El
padre se lo tomó muy mal, hasta el punto de decirle que esperaba que pudiera
salir adelante por su cuenta, porque su decisión no tenía marcha atrás;
vamos, que no iba a readmitirla en casa. Teresa sospechó que la relación
entre sus padres se iba a volver insufrible al no estar ella, que de alguna
manera les hacía contenerse. Quizás era ése el principal motivo de la
hostilidad de su padre hacia ella. Sin embargo no dejó de verles,
especialmente a su madre, y ya no tenía que presenciar en adelante sus desavenencias
continuas.
Adela
hizo una pausa, dudando cómo resumir la historia de Teresa. Al final se
decidió:
-
A ver... como no voy a relatarle punto por punto toda la historia, que nos
llevaría días, le diré que
después de algunos años viviendo sola, con muchas
vicisitudes y peripecias, con varias relaciones sentimentales
fracasadas, consiguió organizarse una existencia estable, armónica, en la
que su soledad se fue abriendo a contenidos que llenaban su vida. Había
llegado a la conclusión de que la principal fuente de conflictos entre las
personas se debía a querer
aferrarse unas a otras para vivir, por no ser capaces de soportar su soledad.
Al necesitar al otro y ser no obstante diferente, se iniciaba una lucha
callada en la que cada uno quería que el otro fuese como él para así
sentirse reforzado, identificado, reconocido. Pero eso no era normalmente
así, y la convivencia se tornaba con frecuencia en negación de cada uno por
el otro, en frustración. Pero la angustia y el miedo a la soledad hacía que
no se rompiera la relación y se intentaba componer la convivencia, hasta el
próximo desencuentro. Era un círculo vicioso que no tenía fin, un mecanismo
de dolor. Se convenció de que tenía que ser capaz de afrontar su soledad de
manera enriquecedora, sin dependencias; de ser emocionalmente autosuficiente.
Desde esa realidad, entonces sí que podría llegar a tener una relación
plena, libre, con otra persona. Y si eso no llegaba, pues tampoco pasaba nada.
La vida estaba llena de infinitas oportunidades, de montones de cosas parar
hacer, de multitud de personas con las que relacionarse e intercambiar
afectos.
Martín
escuchaba atentamente la historia y se sorprendía de la semejanza de las
ideas de la tal Teresa y las suyas, y aprovechando la pausa que hizo Adela en
su relato, le dijo:
-
No se imagina lo que me está interesando su historia. Además tengo la
sensación de que me está hablando Ud., de una persona real, como si me
estuviera contando la vida de una conocida, de una hija.
-
Pues no, no se trata de la vida de mi hija. Ella no tiene ese carácter tan
independiente como Teresa. Cuando se independizó fue para vivir con su novio,
con el que se lleva muy bien. Ella es bastante conciliadora, y sabe gestionar
muy bien las eventuales desavenencias. Ella sí hizo la carrera en casa y nos
aguantó a Antonio y a mí todo ese tiempo -se rió Adela-.
La verdad es que no sé de donde me ha salido a mí este personaje,
porque ya ve que yo también soy bastante conciliadora y poco amiga de las
rupturas. Quizás es algo así como mi otro yo, lo que podía haber sido si
hubiese tomado otro camino en mi vida a la edad en que lo tomó Teresa. Pero
lo cierto es que, en cualquier caso, Teresa es bastante real en cierto
sentido. Es real en el sentido de que yo no conozco al personaje de antemano,
de que se va haciendo dentro de mí a medida que las circunstancias de
su vida, el azar y su carácter la van obligando a actuar. Yo sólo di a luz
el personaje, con su manera de ser, y luego los demás elementos que van
conformando su vida fueron surgiendo de manera espontánea, encadenados por
sí mismos aunque dentro de mi imaginación, a la que también la mueve muchas
veces el propio azar. La vida de Teresa tiene las mismas características de
lo real e imprevisto que la de cualquier persona auténtica.
-
Así que no tiene ni idea de lo que le puede pasar a partir de ahora...
-
Ni idea, aunque como cualquier persona, ella sabe, y yo también, hacia donde
apunta su vida. Pero en esencia su futuro es incierto, como el de todos.
-
Es sorprendente su historia. Imagino que la está viviendo con mucha
intensidad, que disfruta, o sufre a veces, con ella.
-
Me estaba acordando ahora -dijo Adela- que hace un rato me decía Ud. que si
alguna vez escribía una novela trataría sobre las posibles historias en las
que podía haberse desarrollado su vida, según las decisiones que pudiera
haber tomado en momentos decisivos. Pues mire, algo así creo que me puede
estar pasando, que estoy viviendo una posible historia mía. Hubo un momento
en mi vida en que mis circunstancias familiares fueron las de Teresa. Pero yo
opté por seguir en casa. Mi padre era abogado y no sé, quizás por
tradición o por no tener una vocación definida empecé esa carrera. Pero me
equivoqué, no me motivaba demasiado el estudio y no llegué a acabarla.
Conocí a Antonio y nos casamos al poco tiempo. Mi vida siguió por los
derroteros que ya conoce. La verdad es que las personas cambiamos con el
tiempo y con la vida que hacemos, y me cuesta trabajo ahora saber si yo estaba
en aquella época en condiciones de haber tomado una decisión como la que
tomó Teresa. Quizás sólo me gusta imaginarlo.
-
¿Y en que situación está ahora Teresa? -preguntó interesado Martín.
-
Teresa sigue trabajando en el mismo sitio y su situación laboral ha mejorado
y es estable. Ella ve el trabajo exclusivamente como un medio de vida, no como
la vida misma. Al principio de su vida en soledad pasó una temporada muy
intensa, profundamente implicada en varias ONG de acción en el tercer mundo,
pero poco a poco se fue distanciando ante la burocracia asfixiante, ante la
labor meramente administrativa y a distancia de los problemas reales. También
dejó atrás su época tormentosa de relaciones sentimentales y no se plantea
iniciar una nueva relación. Conserva unas pocas amistades antiguas y está
integrada en un circulo de amistades nuevas relacionadas con la práctica del
Yoga, de la que se ha hecho adicta. Ahora está muy motivada en encontrar el
significado auténtico de la existencia, fuera de la parafernalia del estilo
de vida actual, enajenada con el consumo, con el disfrute inmediato, con la
apariencia y lo banal; con las relaciones humanas de usar y tirar.
Aparentemente se ha vuelto un poco insociable, y rehuye el
trato con personas que tienden a devolverla a este estilo de vida enajenado.
Ama intensamente la música y el silencio, y a veces pasa largas horas en su
nido abuhardillado practicando meditación. También lee, lee mucho,
especialmente textos relacionados con la espiritualidad oriental, yoga,
budismo zen, y también sobre religiones de todo el mundo y de todas las
épocas. Creo que se está volviendo demasiado espiritual, aunque el ejercicio
continuo del yoga físico la mantiene anclada a la realidad material de su
cuerpo.
Sonó el móvil de Adela emitiendo una musiquilla
cantarina pero discreta. Miró el número que llamaba, pero antes de que
pudiera contestar dejó de sonar.
-
Es mi hija. Siempre me hace la misma jugarreta. Llama y cuelga para que quede
registrada su llamada y yo sepa que se ha acordado de mí; sólo eso. En
teoría no espera contestación, pero la muy condenada sabe que yo enseguida
la voy a llamar y nos pasaremos media hora hablando a cuenta de mi bolsillo.
Esta juventud de ahora... Creo que voy a subir a la habitación a charlar un
rato con ella.
-
Claro, vaya -sonrió Martín-. Me ha interesado mucho su novela. Espero que
siga contándome más cosas de Teresa.
- A
mí también me ha gustado contarle la historia. Claro que seguiremos
hablando
de ella.
Se
levantó Martín para despedirla y volvió a sentarse para acabar su copa
mientras seguía dándole vueltas a la historia. Era curioso el paralelismo
entre su búsqueda actual y la que había emprendido Teresa a su corta edad,
con la soledad como escenario de la búsqueda para ambos, después de
constatar el fracaso de las relaciones entre las personas. Se percató
entonces que él también hablaba de la chica como si existiera realmente, y
rió para sus adentros.
Durmió
una larga siesta y despertó al atardecer. Se fue a pasear un rato con la
intención de abrir el apetito para la cena. Esta vez eligió la carretera,
dispuesto a contemplar la bella panorámica del ocaso sobre los montes.
Seguía pensando en el personaje creado por Adela. El yoga, la meditación sin
pensamiento, la mística oriental... Sentía una cierta angustia al pensar en
tanta inmovilidad, en tanto vacío mental, en tanta paciencia y renuncia a los
sentidos. Creía que su camino era uno intermedio, en el que esperaba una
suerte de iluminación intuitiva que enseguida sometería a reflexión, que
atraparía intelectualmente en palabras para convertirla en norma de vida.
Cuando
regresó seguía sin apetito. La abundante paella del mediodía y la larga
siesta debían ser los culpables. Así que se fue al salón de la tele a
distraerse un rato. Sería porque la gente estaba cenando, pensó Martín,
pero el salón estaba vacío. Así que se apoderó del mando dispuesto a
elegir el canal que más le gustase. Terminaban los espacios de noticias en
varios canales; en otro había un concurso; en otro una serie americana. Se
quedó en una serie de divulgación científica que emitía un capitulo cuyo
título despertó su atención: Universos paralelos.
El
documental exponía curiosas paradojas de la física cuántica o física de
las partículas, que manifestaban unos comportamientos distintos de los del
mundo habitual. Se decía que una partícula, un electrón por ejemplo, no
podía localizarse con seguridad en un lugar determinado, sino que podía
estar a la vez en diferentes lugares con una cierta probabilidad. Y se
describía un experimento en el que una partícula pasaba a la vez por dos
rendijas separadas en una placa. La misma partícula pasaba a la vez por las
dos rendijas; o al menos - pensó Martín- se comportaba como si lo hubiese
hecho al registrar el fenómeno. Y si en lugar de dos rendijas había diez, la
partícula parecía pasar por cada una de las diez a la vez. Era como si la
partícula tuviera una existencia paralela. En otro experimento sorprendente,
dos partículas que se habían generado a la vez y
habían viajado separadas en direcciones opuestas una distancia
considerable, parecía que intercambiaban información instantánea de su
estado con independencia de la distancia que las separaba, de manera que si
una cambiaba en cierto aspecto, así lo hacía la otra en el acto. Era como si
habiéndose hermanado en el origen de su vida permanecieran en contacto ya
siempre, como si no existiese el espacio entre ellas.
Pensaba
Martín que si las partículas eran parte de la realidad, entonces habría que
concluir que la realidad se comportaba así. Sin embargo parecía que las
teorías de la física cuántica no eran válidas en el mundo macroscópico,
es decir, en el mundo directamente observable por el hombre.
Sin
embargo, y sorprendentemente, continuaba describiendo el documental que
algunos figuras relevantes de la ciencia cosmológica actual apoyaban una
realidad para el Universo con algunos aspectos similares a los de la teoría
cuántica. Es decir, apoyaban curiosamente la existencia de Universos
paralelos. Según ellos, era posible la existencia de infinitos Universos
simultáneos, muchos casi idénticos, hasta el punto de que algunos se
diferenciaban sólo, por ejemplo, en la trayectoria que sigue la vida de una
persona según tome una decisión u otra en un momento de su vida. Así pues,
un Universo incluiría la vida de una persona que en un momento decidió
casarse, y otro la misma vida que cambiaba en ese punto de dirección y
permanecía soltero...
El
corazón de Martín se había acelerado por momentos. ¡Justo hacía unas
horas que había hablado con Adela de escribir una novela contemplando las
distintas vidas que podía haber vivido según hubiera tomado una decisión u
otra! Y según lo que contaban en el reportaje, dichas vidas, él mismo,
podían estar existiendo en alguna parte, en algún mundo perdido por ahí.
Más aún, la propia Adela estaba escribiendo una novela que relataba la vida
de una muchacha que podía haber sido ella si hubiese tomado una decisión
diferente en cierto momento. Era
demasiado.
“No
puede ser...”, pensaba, “valga que la ciencia-ficción se meta en estas
fantasías... pero que los propios científicos aventuren estas teorías
parece poco serio... claro que una cosa es la teoría y otra la realidad... a
ver cuando lo demuestran... pero por qué tantas coincidencias... por qué
justo hoy después de hablar Adela y yo de todo esto tienen que haber puesto
este reportaje por la tele... y por qué se me ha ocurrido a mí venir a ver
la tele en vez de ir a cenar como siempre...”
Lo
que no decía el documental era si podían existir comunicaciones entre esos
mundos paralelos. Pensó que no, pues en caso contrario él conocería esas
otras vidas suyas. “Pero Adela dice que su personaje es casi real... que
está haciéndose en ella sin premeditarlo... podría tratarse
quizás de una comunicación con ese otro mundo paralelo...”, se
decía.
Estaba
muy excitado, como si hubiese intuido una nueva dimensión de la realidad
hasta entonces ignorada. Y empezó a pensar en todas esas coincidencias
sorprendentes que a veces suceden y que hacen pensar en señales del más
allá, llámesele Dios o como se quiera.
Todo le parecía muy confuso sin embargo... pero pensaba que en efecto la realidad escapaba de nuestras manos, que lo que entendíamos por mundo real era una teoría más de la realidad, una teoría ya antigua pero consolidada para andar por casa, es decir, para poder desarrollar nuestra vida habitual. Sólo eso.
PARTE TERCERA
Era
temprano. Como aún no estaba abierto el comedor para el desayuno se fue a dar
un paseo por la playa. Seguían danzando en su mente las extrañas ideas del
documental de la noche anterior. La playa estaba desierta. Sólo, algo lejos,
se veía una mujer sentada en la arena, un poco retirada del mar y mirando
hacia el agua. Según se acercaba por la orilla vio que estaba sentada en
postura moruna, y que realmente tenía los ojos cerrados, o casi cerrados.
Permanecía inmóvil, con las manos entrecruzadas en el regazo. Estaba en
postura de meditación, y enseguida se dio cuenta Martín, sorprendido,
de que era la misteriosa mujer del libro que había visto en la
piscina. Pensó en pasar de largo, pero una extraña fuerza le hacía
violencia y le retenía contemplándola. Se sentó de cualquier manera en la
arena y continuó mirándola a una distancia discreta. Iba vestida de manera
informal, con una camiseta y pantalón corto amplios. Parecía más joven de
lo que había creído en un principio. Ahora tenía el rostro muy relajado, y
parecía ajena a todo, sumida en su interior. Pensó Martín que hacia yoga o
algo parecido. Tan concentrada estaba que se imaginó sentando justo delante
de ella, mirándola, sin que ella se inmutara. Sonrió desistiendo de la idea
y cerró a su vez los ojos. Lo primero que le vino a la mente fue su
propia imagen con los ojos cerrados estúpidamente, y confió en que nadie
más pasara por allí. Luego intentó no pensar en nada concreto. Oía el mar,
sentía el aire fresco de la madrugada... empezó a sentir su propia postura,
que ya le resultaba incómoda y la cambió. Sin poder evitarlo le asaltaban
toda clase de pensamientos: la imagen del Multiuniverso de la tele,
representado como un conjunto de pompas de jabón; Adela contándole la
historia de Teresa en la cafetería; Antonio pasando el brazo por los hombros
de la chica de la excavación mientras se deslizaban entre las dunas... Al
cabo de un rato de intentar meditar al estilo oriental se cansó y abrió los
ojos. La mujer del libro había desaparecido. Por un instante se sintió
avergonzado. Sin duda, al irse, le habría visto “meditando”. Se
incorporó y continuó dando su paseo matutino. Por variar de plan, pensó en
quedarse toda la mañana en la playa, cerca del hotel. Llevaría un libro él
también y leería unas horas tranquilamente. Así que siguió caminando
todavía un buen rato para cumplir con el ejercicio diario. Cuando regresó al
comedor quedaba ya poca gente desayunando.
Con
su amplio sombrero calado contra el sol y uno de los tres
libros que había traído, amén de toalla, bañador puesto y camiseta,
se instaló en la playa, delante del hotel, entre la gente esparcida aquí y
allá. Creyó reconocer a alguna persona, sin duda de verla en el hotel. A su
derecha, un matrimonio estaba confortablemente instalado en sendas tumbonas:
él, sumergido en el periódico; ella, cotilleando a la gente de la playa. Por
su izda., una pareja joven se daba crema con fruición. Delante, en la misma
orilla, una mamá dirigía la labor constructora de su nene, que hacía flanes
de arena con un cubo. Más allá, por todos lados, tenían lugar similares
escenas apacibles.
Cogió
su libro y se detuvo un instante en la portada: “Teoría de la Religión”,
de Georges Bataille. No sabía por qué incluyó ese libro, aunque seguramente
por el título y el prestigio del autor, aunque no había leído nada de él
antes.
El
libro comenzaba con una cita filosófica muy larga de cierto autor, cuyo
primer párrafo era un galimatías indescifrable, debido seguramente a una
deficiente traducción. Luego se hacía más inteligible:
“El
Ser mismo del hombre, el ser consciente de sí, implica pues y presupone el
Deseo. Por consecuencia la realidad humana no puede constituirse y mantenerse
más que en el interior de una realidad biológica, de una vida animal. Pero
si el Deseo animal es la condición necesaria de la Conciencia de sí, no es
condición suficiente. Por sí solo, el Deseo no constituye más que el
sentimiento de sí. Al contrario del conocimiento, que mantiene al hombre en
una quietud pasiva, el Deseo le vuelve inquieto y le empuja a la acción.
Habiendo nacido del Deseo, la acción tiende a satisfacerlo, y no puede
hacerlo más que por la negación, la negación o por lo menos la
transformación del objeto deseado; para satisfacer el hambre, por ejemplo,
hay que destruir o transformar el alimento. De ese modo, toda acción es
negadora”.
Con
este preludio, el libro se anunciaba denso, seguramente impropio para leer en
la playa, pero no se desanimó. Lo que le movía muchas veces a leer este tipo
de libros no era tanto profundizar en la tesis del autor como picotear aquí y
allá por todo el texto a la caza de ideas, de frases que le inspirasen, que
hicieran decantar en él sus propias ideas. Buscaba semejanzas, concretar o
iluminar intuiciones propias que no conseguían revelarse.
El
primer capítulo le estaba resultando desalentador y se lo saltó. Con el
segundo le pasó lo mismo, y el tercero también le resultó cargante. Hablaba
de animales, de hombres primitivos, de hombres actuales, del significado del
sacrificio animal, de lo sagrado y lo profano, etc., etc. Era un libro
para sentarse en una habitación y ponerse a reflexionar, a descifrar las
claves filosóficas del autor. Esta dificultad de algunos textos filosóficos
ante una primera lectura le abrumaba, le impacientaba y le suscitaba dudas
sobre la validez de su contenido, como si no fueran más que una elucubración
racional gratuita, cuando no insensata. Saltando, saltando, llegó al final.
El libro terminaba con este mensaje:
“A
QUIEN LA VIDA HUMANA LE ES UNA EXPERIENCIA QUE DEBE SER LLEVADA LO MÁS LEJOS
POSIBLE...
No he querido expresar mi pensamiento, sino
ayudarte a extraer de la indistinción lo que tú mismo piensas...
No
difieres más de mí que tu pierna derecha de la izquierda, pero lo que nos
une es el SUEÑO DE LA RAZÓN, QUE ENGENDRA MONSTRUOS”.
De
nuevo, como en el documental de la televisión, sintió un escalofrío. El
mensaje final del autor parecía estar destinado especialmente para él. Era
como si desde un tiempo pasado el autor le hubiese adivinado la intención con
qué leía y la afirmación que acababa de hacer sobre los textos
filosóficos. Además, el mensaje estaba escrito en una página separada y en
apariencia no tenía mucho que ver con el resto del libro. Claro que él no lo
había leído prácticamente... Así que haciendo un esfuerzo leyó la página
anterior. En su lenguaje poco claro, interpretó Martín que se refería el
autor al problema de la debilidad del sentimiento religioso contemporáneo y a
los intentos de hacer una síntesis basada en lo común a todas. Decía que
esa síntesis no podía ser sólo formal, sino que debía incluir la totalidad
de la “sensibilidad religiosa” a lo largo del tiempo, incluido el
sacrificio; desde la casi animalidad hasta la ciencia y la poesía.. Esa
conciencia clara de la totalidad de la experiencia humana religiosa, se
resolvería de manera desgarrada y reveladora en un
caudal de lágrimas, estallidos de risa y éxtasis.
Dejó
el libro convencido de que no había sido una buena elección para leer en la
playa.
La
gente seguía con sus cosas: la pareja haciéndose arrumacos; los de la
tumbona, uno dormido y la otra en posesión ahora del periódico; la mamá del
niño en la orilla se había soltado el pelo de constructor y con ayuda del
pequeño había elevado casi un castillo, con almenas de flanes de arena.
Pensó que ellos nunca se plantearían los problemas que se planteaba Bataille,
ni pretenderían llevar su experiencia vital lo más lejos posible.
Simplemente eran felices de manera
sencilla, moderada, y parecía que eso les bastaba.
Al
cabo de un rato de estar ocioso en la playa, se cansó lo mismo que de leer el
libro. Se sentía algo inquieto, no sabía por qué, y se volvió al hotel.
Al
pasar por delante de la piscina, vio a la mujer del libro en su rincón
habitual a la sombra, leyendo. No pudo evitar el acercarse, mientras pensaba
rápidamente una excusa.
-
Disculpe el atrevimiento -empezó- ¿me permitiría sentarme un momento? Me
gustaría hacerle una pregunta...
La
mujer le miró pausadamente, prácticamente inexpresiva aunque Martín quiso
imaginar que había sonreído con los ojos. Le hizo un gesto afirmativo.
- Verá -dijo Martín fingiendo un interés especial- la he visto esta mañana en la playa y me ha llamado la atención su actitud de meditación. ¿Practica Ud. yoga o algo similar?
- ¿Está Ud. interesado en el yoga? -respondió ella con una casi imperceptible sonrisa irónica.
- No exactamente... digamos que estoy interesado en lo espiritual.
La
mujer le miró tranquila y largamente, como si sus ojos se posaran en su alma
y la observaran.
- Estaba Ud. muy gracioso esta mañana en la playa. Le he agradecido que no me interrumpiera entonces.
- Intentaba captar la experiencia interior que debía estar teniendo Ud.-respondió Martín algo azorado
- Bueno, pues lo que hacía puede llamarlo meditación yoga, aunque realmente eso es algo poco concreto. Hay muchas formas de meditación dentro del yoga, aunque todas persiguen el mismo objetivo. Yo me he ido acostumbrando a una manera propia de hacer meditación.
- ¿Y cual es ese objetivo de la meditación yoga?
- Pues... -pareció dudar la mujer al elegir las palabras- la verdad es que me molesta dar definiciones típicas, trascendentales, las que probablemente habrá oído o leído Ud. alguna vez. Para mí la meditación es encontrarme conmigo misma en el silencio interior.
- Silencio interior... -aparentó reflexionar Martín-. Se refiere a no pensar en nada, imagino.
- A no pensar en nada ni tampoco prestar atención a los sonidos o a las sensaciones.
- Pero eso es tremendamente difícil. Se quedará uno en el vacío... como si la mente muriese.
- No, no es eso. Realmente lo que le he dicho es sólo el camino que ha de seguir uno que empieza, pero no la meta. La meta no es encontrarse sumido en la nada, en la muerte mental, sino en la plenitud del ser. Pero para ello debe primero aprender a no prestar atención a sus sentidos, y sobre todo a sus pensamientos. Normalmente la gente cuando habla del yoga se refiere al camino, a la técnica de meditación, pero no a la meditación en la plenitud del ser. Eso es una prueba de que no es nada fácil llegar a ese estado del espíritu.
- Qué difícil es entender esos estados elevados del espíritu para el que no los ha experimentado. Imagino que es tan difícil como intentar entender la sensación de “dulce”, por ejemplo.
- Así es. No se pueden “entender”, sólo cabe experimentarlos. Se puede entender el camino, la técnica, pero al final de la técnica es cuando debe producirse la “iluminación” inexpresable, el “encuentro”.
- ¿El encuentro?... ¿Con qué?
- Piense en lo que experimenta cuando se encuentra por ejemplo con una persona querida que hace tiempo que no ve. ¿No es como una fusión con su alma, un baño en su esencia? ¿No se disuelve en ella, por decirlo así, sin dejar de ser Ud. mismo? ¿No es como si dejaran de ser dos personas separadas para experimentarse dentro de una unidad compartida?
- Cierto, así es esa gozosa experiencia.
- Pues así es el encuentro del que medita con el “ser”.
- ¿Con qué ser?
- Con el ser indeterminado, con la existencia.
- Todo esto es muy escurridizo, muy etéreo.
- Ya le dije que no era fácil, ni tampoco inteligible.
- Sospecho que lo que dice implica que normalmente no somos conscientes de nuestro ser.
- Lo somos a medias, a través de lo que hacemos, de lo que sentimos, de lo que pensamos. Acuérdese de la famosa frase de Descartes: “Pienso, luego existo”. Parece que el hombre valoraba esa evidencia racional hasta el punto de lanzársela al mundo como un hallazgo. Si el hecho de existir fuese tan evidente no hubiese hecho falta armar tanta bulla con la frase, lo que quiere decir que a través del pensamiento la evidencia del ser no es excesivamente lúcida e intensa. Ni tampoco a través de los sentidos. Y es que ambos ocupan parte de nuestra mente y nos impiden la plena conciencia. Pero si los eliminamos, es decir, si no ponemos la conciencia en ellos, parece que toda la conciencia estaría disponible para ese encuentro con el ser.
- Me tiene Ud. maravillado, se expresa con una claridad tal que casi se contradice con eso de que estas cosa son ininteligibles.
La
mujer sonrió, especialmente con los ojos. Pensó Martín que ese era su gran
atractivo, el sonreír con los ojos. Sin duda esa era una sonrisa del
espíritu.
- ¿Y su interés por lo espiritual en qué consiste? -le preguntó la mujer.
- Ufff... qué difícil concretarlo también -respondió Martín cavilando-. De entrada ya le digo que soy adicto a la reflexión, al pensamiento, así que mi búsqueda del desarrollo espiritual está pasando de momento por reflexionar sobre lo que no me conduce a nada, o mejor dicho, al malestar, a la infelicidad. Es decir, por negar mi vida hasta la fecha, con sus ocupaciones, relaciones, etc. Tampoco se salvan de mi insatisfacción las religiones, las occidentales y las orientales, lo siento. Las veo poco evolucionadas, ancladas a otros tiempos y a otras culturas. Y entre toda esta debacle, reconozco que la vida del hombre necesita lo espiritual para ser plena. Necesita esa dimensión que ilumine el camino de su existencia. ¿Pero cómo encontrar una nueva idea religiosa, una nueva visión de lo real que tenga un polo de atracción espiritual al que nos estreguemos? Ya me doy cuenta de que con el pensamiento no voy nunca a llegar a esa visión. Me gustaría conocer el camino adecuado para llegar a ella, como pasa con las técnicas de meditación del yoga. Quizás tengo la esperanza de un golpe de intuición, de una iluminación como Uds. dicen, o mejor que lo tenga otro, algún profeta de nuestro tiempo, y lo difunda. Pero me gustaría que esa nueva religión no fuera solo intimista, una experiencia de cada persona como en el yoga, sino participativa, común, como las religiones occidentales. Y racional, o sea, expresable, comunicable, inteligible; yo soy de esa manera, para mal o para bien.
- Imagino que dentro de esa religión nueva no está pensando en otro Dios de tipo personal.
- No, como le dije pienso en algún tipo de idea que atraiga al hombre por un camino. Una idea motriz, un “atractor” espiritual. Claro que en eso han consistido las religiones occidentales, desde mi punto de vista, al presentar la idea de Dios. Pero desgraciadamente ya no se puede creer en un Dios a la imagen del hombre, en una persona dotada de los atributos humanos elevados al infinito. También es difícil de tragar la existencia de otra vida como ésta después de la muerte, pero de tipo espiritual exclusivamente. No va a ser fácil encontrar de nuevo el camino del espíritu. Quizás haya que esperar a que la ciencia vaya penetrando más y más en el conocimiento del Universo y de la realidad de la materia. La Humanidad tiene que cambiar y ser capaz de movilizar el espíritu persiguiendo algo real y tangible.
- Es Ud. muy ambicioso. Yo me conformo con mis experiencias puntuales de encuentro con la realidad del ser, lo que me apacigua el espíritu y me ilumina la existencia, y Ud. intenta descubrir una nueva Humanidad.
El
que sonrió ahora fue Martín regresando al presente.
- Soy un caso perdido. Sospecho que se me pasará la vida inquieto con estas divagaciones hacia el futuro mientras Ud. vive feliz y en paz en el presente. Sospecho que este paréntesis que me he propuesto hacer en mi vida para reflexionar me va a hacer darle la vuelta a muchas cosas, quizás incluso a mis propios propósitos. La verdad es que todo es demasiado intangible. Es como andar sobre las aguas.
Martín
se quedó unos instantes observando a la mujer, y sintió que era capaz de
mirarla como lo hacía ella, tranquilamente a la profundidad del alma.
- Por cierto, no sé cómo se llama. Yo soy Martín -dijo.
- Yo soy Teresa.
Martín
sintió un sobresalto en el corazón.
- ¿Teresa? -repitió atónito.
- ¿Sucede algo? -dijo ella
- Oh, no... nada, una curiosa coincidencia. Se llama Ud. igual que una conocida mía.
- Espero que eso no le incomode -sonrió Teresa.
- No, claro, es que últimamente me están sucediendo toda clase de coincidencias...
Pensó
inmediatamente en Adela, en la Teresa de Adela adicta al yoga y que rehuía la
relación con la gente convencional y el estilo de vida actual y enajenado.
Pensó en los Universos paralelos de la tele. Le estaba pasando cosas
últimamente que tenía que contárselas a Adela lo antes posible.
- Me encantaría que pudiéramos comer juntos si no tiene Ud. compromiso. Sería agradable seguir con esta conversación -dijo Antonio.
- Pues eso es bien fácil -sonrió Teresa- suelo estar en el comedor hacia las dos.
- Allí la veré entonces. Ahora voy a ver si localizo a unos amigos.
Se
despidió y se dirigió a la cafetería por si estuvieran Adela y Antonio
tomando un aperitivo, pero apenas si había tres o cuatro personas. Volvió
otra vez a la playa, cerca del hotel, y tampoco los localizó por ninguna
parte.
“Bueno...
después de todo la cosa no es tan urgente”, pensó, “ me parece que me
estoy obsesionando un poco con el asunto este de las coincidencias”. Se fue
a la habitación y después de una refrescante ducha se tumbó en la cama.
Pensó en Teresa, en la Teresa real. Era una mujer especial. En realidad no
sabía si llamarla mujer o chica; no tenía claro qué edad tenía, ni si su
aparente seriedad la hacía parecer mayor siendo joven o si su espíritu en
paz la hacia parecer más joven siendo en realidad mayor. En cualquier caso su
rostro era atractivo, más que por sus rasgos regulares por el alma que
anidaba en sus ojos. Recordó su atractivo cuerpo el primer día que la vio en
la piscina, con aquel bikini tan breve huyendo hacia sus caderas...
Cuando
llegó al comedor estaba entrando ya bastante gente. Divisó a Teresa en un
rincón discreto. Tenía en la mesa una botella de agua nada más. Al parecer
le estaba esperando. Iba vestida con un conjunto de camisa y pantalón corto
ceñido muy bonito, y de un blanco deslumbrante.
- Está Ud. radiante. Le sienta muy bien el blanco. Sospecho que para Ud. es todo un símbolo -dijo Martín sonriendo y sentándose.
- ¿Sí? ¿De qué?
- De luz interior, de ”iluminación”.
- Así es -respondió Teresa riendo con complicidad.
Era
la primera vez que la veía reír y le pareció una persona completamente
normal, entrañable.
- Bueno, confiese que ha acertado por casualidad, porque aquí nosotros el color blanco lo asociamos normalmente a la pureza, a la santidad, a los ángeles y a los niños. ¿Qué color le gusta a Ud. más?
- Quizás el negro...
- Es posiblemente una persona seria, sensible al misterio, noble y rebelde a la vez, independiente.
- Es curioso cómo hay algo de verdad en todo esto de los colores. Las primeras veces que la he visto me parecía una persona muy seria, quizás porque estaba sola, pero ahora veo que le va bien el color blanco, es más alegre, más abierto.
- Pero no soy normalmente así, abierta y alegre. Últimamente tiendo más a la armonía interior que a la expansividad. Pero eso es otro cantar... ¿qué le parece si comemos algo?
Teresa
se sirvió una ensalada de pasta nada más. Martín, un guiso de carne con
mucha guarnición de verduras. Se levantó otra vez para traer alguna bebida y
optó por una cerveza, ya que Teresa bebía agua al parecer. Según volvía a
la mesa vio que entraban Adela y Antonio. Ellos también le vieron y se
acercaron a él.
- Les he estado buscando esta mañana -dijo Antonio- tengo que hablar de un asunto curioso con Ud., Adela.
- Pues siéntese con nosotros -dijo Adela animada.
- No puedo, lo siento, estoy con una persona que he conocido esta mañana - dijo señalando hacia el rincón donde estaba Teresa.
- Vaya, veo que no pierde el tiempo -se apresuró a decir Antonio, riendo. Ya me ha contado Adela que también han hecho buenas migas Uds. dos hablando de literatura.
- Adela es una escritora muy especial. Su novela me está interesando mucho.
- ¿Por qué no pasa después por la cafetería?, si puede. Podemos charlar un rato -dijo Adela.
- De acuerdo, procuraré hacerlo.
Según se sentaba le comentó a Teresa:
- Son los amigos que intentaba localizar esta mañana.
- Me decía esta mañana en la piscina que estaba haciendo un paréntesis en su vida para reflexionar...
- Sí, es curioso sin embargo que estando aquí, en este sitio tan tranquilo para meditar en soledad, acabo siempre haciendo amistades y relacionándome más de lo conveniente para mis propósitos. Siempre acabo implicándome en la vida de los demás sin pretenderlo. Y la verdad es que intento aislarme y encontrar algo de luz en mi búsqueda, pero no me impongo ningún tipo de disciplina ni obligación. Dejo que surjan las ideas a su aire.
- Creo que sería mejor que siguiera un método de meditación, un horario, una costumbre. Así se favorece la inspiración.
- Pues sí, pero el caso es que de momento no sé cómo empezar ni en qué puede consistir ese método. Cuando llegué aquí estaba agotado de reflexionar sin éxito, de darle vueltas y vueltas a mi vida sin encontrar una orientación válida. Sólo sabía lo que no quería y me propuse aquí simplemente no pensar en nada, abrirme a las sensaciones, al exterior, y esperar algún tipo de evidencia, de luz. Quizás por eso me dejo arrastrar por la vida de los demás, no sé.
- Está Ud. en un punto en el que estuve yo también en un momento. Cuando me di cuenta de que la vida tal y como está organizada es insatisfactoria. Hay demasiada agitación, demasiados intereses en conflicto, demasiados deseos de ser más y más a costa de lo que sea, de quién sea. Y eso incluso en el plano espiritual o sentimental, porque se busca también la propia intensidad egoísta en la relación con los otros y así surgen celos, traiciones, esclavitud del otro, exigencias, y un largo etc. Hay demasiado ruido en la vida humana y se parece enormemente a la algarabía que arman los monos en su recinto del zoológico.
- Coincido completamente -dijo Martín asintiendo con la cabeza- ¿Y que hizo al llegar a ese convencimiento?
- Yo opté por el silencio, por apagar ese ruido vital, por renunciar a ese tipo de vida, es decir, a la vida establecida. Realmente sólo tuve que seguir las orientaciones de la espiritualidad oriental.
- El silencio, la oscuridad, el vacío... y la luz interior del ser. Sí, ya me contó de manera estupenda ese estado de iluminación esta mañana... pero en mi caso es como si necesitara algo más después de eso, un camino hacia algo superior, una meta. Siento que no me basta una vida serena y en plenitud si llega un momento en que se apaga tontamente, consumida en sí misma como una cerilla encendida para nada. ¿Para qué todo eso? ¿Qué más da el silencio iluminado o la vida agitada y trágico cómica convencional si ambas cosas se extinguen de la misma manera? ¿No es la vida una chapuza imperdonable de la Naturaleza, de Dios o de lo que sea?
- Bueno, la religiosidad oriental tiene también su dimensión trascendente, su más allá de esta vida, aunque distinto como sabrá de las religiones occidentales. Pero eso es otro asunto y yo no creo tampoco en esas supuestas realidades. De momento me basta el presente, la vida que tengo, vivida en armonía conmigo misma y en plenitud. Será que me siento todavía muy jovencita y estoy empezando mi camino -añadió riendo y mirando a Martín desde un pensamiento secreto.
- Sí, todos tenemos que andar nuestro camino - dijo Martín relajando su tensión ante la risa tranquilizadora de Teresa-. Aunque yo ya no soy tan jovencito y me impaciento. Quizás es que todavía no he encontrado ni siquiera mi camino y hasta ahora no he andado más que erráticamente.
- Erráticamente... eso suena a indecisión, a falta de compromisos... ¿no ha estado enamorado alguna vez, o ha apostado fuerte por una relación?
- Creo que no he encontrado una relación por la que apostar fuerte... La vida es caprichosa y conmigo el azar ha sido tacaño o las circunstancias adversas.
- O tal vez es Ud. demasiado cauteloso y le gustaría apostar sobre seguro, ¿no? Pero no se lo reprocho, ha acertado, no vale la pena lanzarse a volar hacia el cielo para luego caer en el barro.
- Sospecho que ha tenido algunos fracasos amorosos...
- Cuando era jovencita creí en muchas cosas. Primero en el amor a los demás, en la fraternidad, en la caridad. Y aposté por ello y me comprometí activamente en varias organizaciones. Después creí más en el amor personal, en la pareja... y también me comprometí varias veces... y también fracasé...
Una
vez más, un ligero escalofrío atravesó la espalda de Martín de abajo
arriba mientras le venía instantáneamente a la memoria
la historia de la Teresa de Adela. Eran ya demasiadas coincidencias y
no pudo evitar seguir indagando:
- Ha debido ser Ud. una persona muy independiente y decidida, quizás desde muy joven...
Teresa
le miró con curiosidad:
- Me asombra la intuición que tiene, parece como si conociera mi vida... Pues sí, desde muy jovencita me emancipé de mis padres y empecé a hacer mi propia vida, a perseguir mis propios objetivos.
- Tal vez ellos tenían otros planes para Ud....
- Sí, ya sabe, los padres siempre quieren que hagas algo relevante, una carrera, que te cases con alguien importante, etc., y todo ello sin contar contigo como si supiesen mejor que tú lo que te conviene. Yo les contrarié mucho y aceptaron muy mal mi separación.
Se
hizo un prolongado silencio. Teresa sumida en su pasado y Martín casi
asustado de la extraordinaria semejanza entre las vidas de las dos Teresas, la
real que estaba delante de él y la de la ficción del relato de Adela. Él no
se atrevía a decir nada y ella, aunque le miraba, parecía pensar en sus
cosas. Finalmente Teresa sonrió seductoramente y le dijo:
- Me cae Ud. bien, no sé si se ha dado cuenta. Generalmente no soy una persona fácil para los demás, no me interesa el mundo convencional de las personas, con sus veleidades que me aburren y que eludo. Pero Ud. es muy semejante a mí en ciertos aspectos. No sé si se ha percatado de que en unos momentos nos hemos contado lo más delicado y personal de nuestras vidas como el que habla de la situación política o del cambio climático.
- Es curioso, sí, yo
tampoco suelo abrirme tan fácilmente a otra persona. Generalmente procuro ser
muy reservado para mis cosas. Tendré que confesar que siento una curiosa
atracción por Ud.- dijo Martín sonriendo- desde el primer día que la vi
sola en la piscina. Yo estaba hablando con una amiga en la cafetería y Ud.
estaba leyendo un libro sentada en un rincón del jardín. Luego se dio un
baño... El resto de mi interés por Ud. ya lo conoce -añadió sonrojándose
casi imperceptiblemente.
Teresa
le miró largamente y en sus ojos brillaba esa sonrisa interior que fascinaba
a Martín.
- Hablando, hablando, nos hemos olvidado de comer -observó Martín.
Rieron
a la vez y se aplicaron a dar cuenta de la comida. Entre bocado y bocado
intercambiaron opiniones animadas sobre el hotel, el veraneo, la natación y
otros temas intrascendentes. Poco a poco se iban sintiendo cómodos y
expansivos uno con el otro.
Cuando
terminaron con el postre, dijo Teresa muy interesada:
- ¿Sabe lo que me gustaría? Que hiciésemos juntos una meditación de espejo.
- ¿Una meditación de espejo? ¿Y eso qué es?
- Es lo mismo que la meditación en solitario pero entre dos personas, frente a frente.
- ¿Y qué más da meditar solo o acompañado, si cada uno se sumerge en su propio ser? -dijo Martín algo inquieto.
- Ah no, no es eso. Se trata de sumergirse cada uno en el ser del otro. Bueno, en el ser en general, pero a través del otro.
- No sé si lo entiendo bien...
- Es muy fácil. Uno mira el ser del otro y recíprocamente. Al final se encuentran con el ser indiferenciado que habita en ambos.
- Qué difícil -dijo Martín azorado- me parece algo muy personal...
- Puede resultar un poco personal al principio, hasta que uno trasciende la capa individual de intimidad. Después se llega hasta la zona profunda del ser, la verdadera, la intensa, que es común a todas las personas.
Martín
empezaba a sentir una especie de vértigo emocional imaginando la experiencia.
Se sentía asustado en principio, pero a la vez atraído irremisiblemente al
abismo.
- Imagino que no puedo decir que no... - aventuró nervioso e intentando sonreír.
- No, no se debe abandonar un camino que se inicia sin explorarlo del todo -dijo Teresa enigmática y segura.
Se
quedaron los dos unos instantes mirándose profundamente. El alma de Teresa
brillaba tranquila en sus ojos. La mirada de Martín se afilaba intentado
penetrarla.
- ¿Cuándo lo haríamos? -preguntó Martín
- Podría ser hoy al atardecer. A eso de las ocho es una hora tranquila para estar en la playa sin interrupciones. Nadie pasea ya a esa hora.
- Entonces me temo que nos veremos allí sobre esa hora... - dijo Martín simulando un gesto de resignación.
- No se arrepentirá, seguro, aunque habrá que ir despacio ya que se trata de un novicio - dijo sonriendo Teresa-. Suelo estar en el mismo sitio a esa hora y también de madrugada.
Martín
seguía mirándola entre curioso y excitado intentando adivinar el alcance de
la experiencia. De pronto se dio cuenta de que había quedado con Antonio y
Adela para tomar café.
- Casi me olvido, tengo que ver en la cafetería a los amigos que saludé antes. Nos vemos entonces en la playa al atardecer...
- Allí estaré. Yo me
voy también ahora un rato a la
habitación. -contestó sonriente Teresa.
En
la cafetería, Martín divisó enseguida al matrimonio sentado en el centro de
la sala. Como parecía ser habitual entre ellos, no se mostraban demasiado
comunicativos, manteniendo una actitud disimuladamente tensa.
-
Casi me olvido de que habíamos quedado -dijo Martín sentándose - espero que
no se hayan cansado de esperarme.
-
No me extraña que se olvidara estando en tan buena compañía -apostilló
Antonio siempre dispuesto al jolgorio.
Martín
sonrió y contuvo sus ganas de contarle a Teresa sus sensaciones al respecto
de Teresa, ya que la presencia de Antonio le incomodaba.
-
Bueno, ¿qué tal va esa apasionante excavación? - contestó añadiendo un
gramo de ironía.
-
Muy bien, excitante como dice. Acabamos de encontrar no muy lejos del poblado
lo que sin duda es un alfar. Habían aparecido en superficie bastantes trozos
de cerámica en una zona próxima, junto al arroyo cercano, y después de
hacer unas catas ha aparecido un vertedero de alfar. No cabe duda de que el
horno estará cerca. Naturalmente, estará cubierto de arena, ya que estos
hornos eran de adobe de barro y con el tiempo se arrasan por completo,
quedando solamente bajo tierra la cámara de combustión, que se construía
bajo el nivel del suelo para minimizar las pérdidas de calor. De momento nos
estamos centrando en el vertedero.
-
¿Y qué han encontrado en el vertedero? -se interesó Martín.
-
Un vertedero de alfar siempre me ha parecido algo así como el tesoro de Alí
Babá en relación a los restos cerámicos. Verá, allí arrojaban las piezas
que salían del horno con algún defecto de cocción, rajadas, deformadas, mal
coloreadas, etc. Por un lado, no se podían comercializar, pero por otro no
querían que nadie las cogiera gratuitamente para usarlas, por lo que las
rompían previamente. Además, de esa manera ocupaban menos espacio en el
vertedero Así se iban amontonando cantidad de piezas destrozadas al lado del
horno, que finalmente acababan llevadas al vertedero. Estos vertederos son una
especie de pozo amplio de poca profundidad llenos de trozos de cerámica
procedentes de cientos de piezas de diferentes tipos, formas y tamaños, por
lo que proporcionan una información valiosísima de la tipología cerámica
de la época, de los circuitos comerciales, etc., etc.
-
Imagino que ahora tienen que reconstruir las piezas -aventuró Martín.
-
Ahí esta el problema, en la reconstrucción. No es una tarea nada fácil
porque los trozos están muy mezclados, muy dispersos ya que no son un
depósito primario, sino que provienen de diversos montones que se irían
formando con el tiempo y luego serían trasportados al vertedero. Además,
están mezclados con las cenizas de las hornadas, que también se depositaban
allí. La lluvia a lo largo de los siglos ha dejado en la cerámica
concreciones calcáreas mezcladas con hollín, y lo que aparecen son trozos
negruzcos y granulosos que hay que someter a lavado y a desmineralización
para recuperar el aspecto original de la cerámica. Es entonces cuando
aparecen los colores del barro original, los admirables dibujos y decoraciones
de las vasijas. Es un proceso fantástico, semejante al revelado de una
fotografía en el laboratorio, cuando se ven aparecer las formas y los colores
sobre el papel de la foto. Sólo entonces es cuando se empieza a poder
clasificar todo el material para intentar reconstruir las piezas.
-
Parece apasionante, en efecto, una especie de estimulante rompecabezas que
tiene que producir grandes satisfacciones cuando se reconstruye una vasija
entera.
-
No se crea que es tan fácil, amigo mío. Imagínese que estamos tratando con
miles y miles de pedazos mezclados sin orden ni concierto. A veces aparecen
trozos de considerable tamaño, digamos que un quinto de la pieza, o partes
muy significativas, como una buena parte del borde de la boca o el asiento. Es
en torno a ellas cuando se puede empezar a trabajar. En otros casos, las
vasijas están tan troceadas que es imposible su reconstrucción.
-
Ya veo, no parece fácil desde luego. ¿Qué proporción de piezas calcula que
se pueden recuperar?
-
Cada vertedero es un mundo, habrá que esperar a que extraigamos todo el
depósito y lo clasifiquemos. Pero no serán muchas por supuesto, quizás un
cinco por ciento en el mejor de los casos, y no completas. Las partes
faltantes de cada pieza se reconstruirán en escayola, diferenciando el color
para que no se confunda la parte original y la restaurada. Pero no crea que el
objetivo principal es reconstruir las piezas. Aunque no se pueda hacer, la
información sobre las mismas está en los trozos, aunque no sean de la misma
pieza. Lo importante es la
tipología, las formas, los bordes, asientos, decoración, tamaños, etc.,
etc. Como puede imaginar es un trabajo ingente a realizar después de la
excavación.
-
Qué interesante, casi está uno tentado a colaborar en las tareas...
-
Ah, salió el arqueólogo oculto -dijo Antonio risueño-. Pero no se crea que
es tan divertido. Es una labor rutinaria, igual que la propia excavación. Hay
que ir despacio y tener mucha paciencia y método. Se aburriría sin duda. A
lo que sí puedo invitarle es a ver el vertedero, o un poco más adelante las
piezas que se vayan reconstruyendo en el museo. Por cierto -añadió
dirigiéndose a Adela-, luego me acercaré un rato al pueblo a ver la
cerámica que están limpiando hoy.
-
Como ve, Martín -apostilló Adela-, Antonio es un apasionado impenitente por
sus aficiones.
-
A propósito, Adela -terció Martín intentando cambiar de tema- ¿cómo va su
novela? ¿sigue trabajando en ella?... ¿cómo le va la vida a Teresa?.
-
Pues la cosa está muy apasionante también
-respondió sonriendo y animándose enseguida-. Teresa ha
conocido a un hombre interesante. La veo muy ilusionada, casi feliz, aunque no
sé qué espera de esa relación, ya que en sus planes no está incluida una
nueva aventura sentimental.
El
corazón de Martín dio un vuelco. Ya no podía ocultarle por más tiempo a
Adela toda la historia que bullía de manera inquietante en su interior.
-
Adela -dijo poniéndose serio- en el momento oportuno tengo que contarle una
cosa extraordinaria en relación a su novela.
-
Cuente, cuente... -respondió Adela muy intrigada.
-
Bueno, creo que les voy a dejar con sus propias aficiones -intervino Antonio
aprovechando la ocasión caída del cielo - y me acercaré como digo al museo.
No creo que tarde en volver -le dijo a Adela, y añadió mirando a Martín con
cierta complicidad:
-
Queda en pie lo prometido, y le garantizo que esta vez le llevaré y le
traeré pese a lo que sea.
-
No fue ninguna molestia el otro día. Además, por
lo que me ha contado, mereció la pena demorarse investigando aquellos restos
de cerámica que habían aparecido en las proximidades - contestó Martín
esbozando una sonrisa y evocando la escena de las dunas.
Cuando
se quedaron solos, Martín se apresuró a relatarle a Adela todo el asunto de
Teresa. Visiblemente nervioso, pero esforzándose por seguir un orden
cronológico, le relató lo del documental de la tele sobre los mundos
paralelos, la serie interminable de coincidencias sobre Teresa: el yoga, su
vida, etc. Y como final de todo el misterio, lo que le acababa de contar
Adela.
Adela
se quedó en silencio, muy seria también, mirándole fijamente sin saber qué
decir ni siquiera qué pensar.
-
Lo que me cuenta es sorprendente. Yo no creo en este tipo de cosas esotéricas
y extraordinarias, pero son demasiadas coincidencias desde luego para ser
normales.
-
No me diga que no es curioso que después de estar hablando Ud. conmigo de que
la Teresa de su novela podría haber sido Ud. misma si hubiese tomado otra
decisión distinta de la que tomó en su momento, me acerque de manera casual
a ver la tele y pongan en ese momento un reportaje precisamente sobre eso,
sobre la posible existencia de mundos paralelos en otra dimensión, de mundos
que contendrían todas las posibilidades de existencia de cada uno de
nosotros. Y que después me encuentre yo con una persona que se llama Teresa,
cuya vida es igual al parecer a la de la Teresa de su novela, como si
existiese una oculta comunicación entre UD y la Teresa del otro mundo, como
si ella le estuviese sugiriendo o inspirando su historia. Y para colmo de
asombros, que me diga Ud. que su personaje novelesco ha conocido últimamente
a un hombre que parece interesarle, cuando yo mismo acabo de entablar amistad
con la Teresa real y se ha abierto una puerta de comunicación interesante
entre los dos. Es para echarse a temblar de la impresión.
-
Bueno -dijo Adela pensativa-, lo último creo que podría tener una
explicación racional después de todo. Los escritores encontramos
inspiración en pequeños detalles del mundo real que nos pasan
desapercibidos, pero que decantan en nuestra imaginación escenas a incorporar
a nuestro relato. Al menos yo creo que a mí me pasa. Yo he visto algunas
veces a su Teresa real, e incluso le he hablado de ella, tan reservada, tan
centrada en su mundo. Quizás sin darme cuenta he establecido un cierto
paralelismo entre ella y mi Teresa. Luego vi que el otro día parecía Ud.
estar interesado en ella, cuando la miraba en la piscina. Es muy posible que
mi inconsciente haya trabajado en secreto esas impresiones y se haya decantado
la trama de la novela en el sentido de la aparición de un hombre en la vida
actual de mi personaje. Después de todo, tampoco es nada extraño que Uds.
dos se hayan conocido.
-
Tiene razón, es sorprendente pero puede ser así.
-
Lo que ya es más raro es toda la serie de coincidencias entre la vida de la
Teresa real y la del relato, aunque pudieran darse desde luego. Teresa es un
nombre común, no hay nada extraño en que ambas se llamen lo mismo. Pero cada
coincidencia añadida hace que las probabilidades de producirse disminuyan de
manera tremenda. Vamos, que parece tan difícil esta coincidencia global como
el que se encuentre una por la calle con una persona que se le parezca
muchísimo. Sin embargo estas cosas pasan a veces. Comprenderá que lo
que no puedo creer es que existe una Teresa por ahí en un mundo paralelo a
éste, que resulta que soy yo misma siguiendo otra trayectoria vital que se
bifurcó en un momento dado de mi vida, y que además, para mayor extrañeza,
es mucho más joven que yo, o sea, que lo que estoy escribiendo en mi novela,
inspirado no sé de qué manera por la Teresa real,
ha pasado hace ya muchos años, pero está teniendo lugar una especie
de penetración o solapamiento de ese mundo paralelo de hace tiempo en nuestro
mundo y época actual. Para volverse una loca. Tendría que creer que el
pasado sigue existiendo en el presente y normalmente no lo vemos, salvo que
provenga, como en este caso, de otra realidad paralela, de ese otro universo
que tiene lugar en otras dimensiones distintas de las nuestras.
-
Lo ha expresado muy bien. Es todo muy extraño y sorprendente, pero imagino
que en nuestros días estamos todavía muy lejos de entender todas las
dimensiones de la realidad, y ni siquiera de sospecharlas. Esto que ha dicho
sobre el tiempo es algo que me inquieta desde siempre. ¿Qué es el tiempo?
¿No es quizás un invento del hombre para organizar su vida, su actividad?
¿Existe realmente el tiempo? ¿No consiste el tiempo solamente en la manera
precaria de funcionar nuestra mente al captar la realidad paso a paso?
¿Podría existir una mente no temporal?... Disculpe mis extrañas preguntas,
la verdad es que tengo un buen lío dentro...
-
No, no crea que son extrañas sus preguntas. El tiempo es un tema literario de
primera magnitud. Revivir el tiempo pasado, darle nueva vida, darle incluso
una vida más completa y consciente de la que tuvo en su día, es una tarea
común para un escritor. Vivimos demasiado deprisa urgidos por los
acontecimientos presentes, y sólo después que el presente se ha convertido
en pasado somos capaces con calma de ahondar en lo vivido, de descubrir su
significado y relacionar unas cosas con tantas otras que nos pasaron
desapercibidas en su momento. Realmente, la realidad se crea en la conciencia
cuando el pasado se interpreta. La realidad es siempre un recuerdo. El
presente se vive como impresiones en directo, pero no somos plenamente
conscientes de su alcance total, de su contenido completo, hasta que lo
revivimos a la luz de la conciencia. Así que ¿dónde esta lo real, en el
pasado o en el presente revivido? El tiempo, como dice, no es algo que esté
claro ni que se le pueda atribuir el carácter de existente.
-
Es Ud. asombrosa. No imaginaba que un ama de casa y madre tuviese un mundo
interior tan interesante. Antonio y Ud. son dos personas especiales, pero muy
distintas.
-
Verá, en mi caso y a mis años, he descubierto que escribir no es sólo una
afición, ni siquiera un arte; es una manera de vivir, más intensa que la
propia vida. Por eso le decía que mis personajes eran seres reales. Escribir
es crear realidad, y vivirla. En el caso de Antonio - sonrió con cierta
malicia- la realidad es también revivir un pasado, histórico, demasiado
alejado en el tiempo, imposible de recuperar en su totalidad, siempre
insatisfactorio e incompleto, y como compensación a tanta aniquilación, a
tan irremisible pérdida obrada por el paso del tiempo, a tanta angustia
existencial proyectada en la propia vida ..., la inclinación compulsiva a anclarse a sensaciones presentes intensas, pero
sin dimensión, sin historia ni futuro.
-
Veo que conoce a Antonio mejor que él mismo.
-
No lo crea, Antonio no es nada tonto, pero asume su realidad y sus conflictos.
Yo también asumo su realidad aunque me ofenda. Y asumo mi propia realidad,
una realidad que va deteriorando mi cuerpo y lo va alejando de lo que fue hace
veinticinco años por ejemplo, la edad que puede tener su Teresa. Una edad en
la que todavía podía despertar pasiones en un hombre, en la que un hombre
podía enamorarse de mí como puede Ud. enamorarse hoy de Teresa.
-
Calle, calle, por Dios, que me estoy imaginando que está recibiendo “inspiración”
de ese mundo paralelo que acabará convirtiéndose en realidad. Me siento
completamente indefenso ante los acontecimientos, como si fuese abducido en un
mundo que no controlo. No pasa por mi imaginación el enamorarme de Teresa.
Tiene Ud. mucho peligro con sus “videncias”.
-
Ya veo que está atemorizado ante lo que le está sucediendo -dijo Adela
riendo-. Pero todavía no me ha hecho la pregunta importante.
-
No, no me he atrevido hasta ahora; sentía ridículo de mí mismo. Pero ya no
tengo más remedio que hacérsela: ¿se reconoce Ud. en la Teresa de la
piscina?
-
Aunque no la he visto de cerca y su apariencia para un tercero podría ser la
mía a su edad, no soy yo desde luego.
-
Ufff, me tranquiliza, parece que todo vuelve a su sitio dentro de mí, que el
mundo vuelve a ser algo controlable. Imagino que he pasado por un estado algo
histérico con todo este asunto. Posiblemente todo viene de mi situación
actual... pero eso es otra historia que no viene a cuento.
-
¿Por qué? ¿Acaso no le he contado yo mis problemas? ¿No tiene confianza en
mí?
-
Bueno, ya le he contado mi vida a Teresa... así que como Uds. dos mantienen
una comunicación misteriosa, sin duda acabará enterándose muy pronto
-respondió Martín sonriente y dando por terminado el tema.
-
Humm, tendré que seguir escribiendo y sintonizando la onda con ese mundo
paralelo de Teresa -se resignó Adela devolviéndole la sonrisa.
Cuando
Martín se levantó de la siesta era aún temprano para su encuentro con
Teresa, así que se animó a dar un paseo por la playa antes de verla. Se
dirigió a la zona donde la había encontrado por la mañana, y en efecto aún
no estaba allí, así que siguió caminando. Iba pensando en su conversación
con Adela. Presente, pasado, pasado revivido en el presente, ahondándose,
iluminándose, haciéndose plenamente consciente. Sin embargo, aunque
parcialmente inconsciente, los sucesos estaban en el pasado y eso era
irreversible como lo era el cúmulo de circunstancias coincidentes en ellos,
irrepetibles. La realidad se creaba en cada instante aunque su eco y su
significado tuviera lugar después. La realidad se anunciaba como una
expectativa que iba a producirse y hacia la que se caminaba, aunque lo que
sucedía no era nunca exactamente como se había previsto. Después sucedía y
sus consecuencias definían la propia vida y los nuevos pasos sucesivos por
ella. Era un movimiento continuo que engendraba su propia dinámica. Y como
tal movimiento continuo, era imposible aislar en él un instante. Así que lo
real nunca podía ser el presente instantáneo, que no existía, sino una
fracción de la historia mantenida a la vez en la conciencia, que incluía un
poco de pasado y un poco de expectativa de futuro. La realidad era ciertamente
un relato propio, un relato en el que intervenían agentes externos, pero
relato, al fin y al cabo, paso a paso imaginado de nuestra vida. Cuando uno se
refería al presente -seguía dándole vueltas- se estaba refiriendo al pasado
cercano, al recuerdo y a la imaginación del futuro. Y si estaba claro que la
realidad no era el presente instantáneo, sino que una parte de la propia
historia seguía viva en el presente, ¿por qué no podría seguir viva la
totalidad de la historia configurando el
presente?- se decía- ¿Sería por falta de capacidad mental, de
memoria instantánea? Y si se pudiera, ¿podría decirse entonces que el
pasado en su totalidad estaría presente, que existiría realmente?
Le
resultaba enormemente tentadora esa idea de que la realidad era el pasado, de
que toda la historia no se había perdido irremisiblemente en el cambio
continuo del mundo, sino de que seguía existiendo. “La realidad es el
pasado”, se atrevió a sentenciar para sus adentros y se sintió salvado. Su
propia vida no estaba ya suspendida en la nada del presente, sino arraigada y
sustentada con fuerza en toda su historia, en la historia de su familia y de
sus antecesores, aunque fueran desconocidos, y más allá, en la historia
completa del hombre. El fallo era que su mente no podía hacer presente ese
pasado inmenso, aunque si no en su totalidad algo de él parecía que había
heredado y estaba almacenado en su inconsciente. Recordó aquella teoría del
inconsciente colectivo, del conocimiento heredado de la especie y albergado en
el cerebro.
“Es
muy posible que exista una técnica de meditación... que nos permita acceder
de manera vívida a nuestros recuerdos... a nuestras experiencias pasadas...
seguro que todo está contenido aquí dentro, en el cerebro... que puede
revivirse con la misma intensidad que cuando sucedió... sería una
meditación interesante... ensanchar el presente hasta el horizonte total de
nuestra vida transcurrida”, pensaba excitado.
Miró
el reloj y se dio cuenta de que era la hora de su encuentro con Teresa, así
que desandó rápidamente el camino y al cabo de un rato creyó localizarla a
lo lejos. Más cerca, observó que hacía ejercicios de yoga físico,
ejecutando posturas complicadas que hacían evidente la extraordinaria
flexibilidad de su cuerpo.
Cuando
llegó a su lado Teresa le miraba sonriente. Iba vestida con la misma ropa
corta y cómoda que llevaba por la mañana en la playa.
-
Ven, siéntate frente a mí -le dijo con una intimidad que le hizo
conmocionarse ligeramente como si le hubiera rozado por dentro-. Cruza las
piernas como yo y ponte lo más cómodo posible. Como eres completamente
novicio tengo que guiarte paso a paso, pero ya verás que no es tan difícil.
Se
arrastró un poco hacia él hasta que sus rodillas estuvieron en contacto, y
después de permanecer unos instantes así, sintiendo ese contacto, le dijo:
-
Ahora tenemos que sentirnos cómodos uno con el otro. Aunque ya nos conocemos,
es necesario que nos acostumbremos uno al otro, que nuestra presencia y
cercanía no nos distraiga de lo esencial. Para ti será más difícil que
para mí, que ya estoy acostumbrada a esto. Puedes mirarme todo lo que
quieras, con toda libertad, hasta que cualquier parte de mi cara o de mi
cuerpo te sea tan familiar que ya te olvides de ellos. No reprimas ninguna
sensación, simplemente deja que se incorporen a tu conocimiento de mí y
llévalas contigo en adelante sin prestarles más atención.
Martín
no pudo evitar una sonrisa incierta, a medio camino entre el nerviosismo y el
deseo, pero no dijo nada aunque intuyó que aquello le iba a resultar algo
embarazoso.
Comenzó
mirando sus manos, juntas sobre su ombligo, descansando; sus dedos estaban
bien cuidados, y aunque finos parecían resistentes. Sus brazos eran delgados
y contorneados, y sus hombros se adivinaban consistentes bajo la camiseta.
Luego levantó la mirada y vio que ella le miraba la cara, la boca, los
ojos... Lo hacía con mucha naturalidad, tranquila y placentera, ligeramente
sonriente. Martín miró su cuello, alto y delgado, su pelo corto que ocultaba
sin embargo parte de sus orejas. Luego se fijó en su torso bien
proporcionado, y se detuvo en sus pechos, que parecían pequeños pero firmes.
Se fijó en el pequeño bulto de sus pezones, que se hacían notar bajo la
camiseta. Volvió a mirarla a los ojos, que en aquel momento le miraban. Se
sintió algo cohibido, pero en la mirada de Teresa había aceptación, como si
le invitase a explorarla, a saciarse de su anatomía. Y volvió a sus pechos,
los imaginó desnudos, bien formados. Intentó adivinar el color real y la
textura de sus pezones. Luego bajó por su cintura, estrecha y esbelta, por
sus caderas bien marcadas que delimitaban un vientre sugerente. Trató de
imaginar su sexo y se quedó un rato mirando allí, hacia el centro de sus
piernas abiertas, recordando aquel breve bikini de la piscina, ceñido y
pegado a su pubis. Sintió que se estaba excitando y con sigilo volvió a
mirarla a los ojos un poco ofuscado. Ella miraba su pecho, sus muslos, su sexo también... y luego
se encontraron sus miradas, cargadas cada una del cuerpo del otro, y se
reconocieron y se aceptaron mutuamente... y Martín supo que Teresa le había
regalado su cuerpo pero que eso no tenía ninguna importancia, y que ella
había tomado posesión del suyo y que tampoco la tenía. Seguía viendo su
propio cuerpo en el espejo de los ojos de Teresa, y le pareció una imagen
entrañable. Y se dio cuenta de que ella estaba viendo el suyo propio en los
ojos de él y que le gustaba.
-
Parece que nuestros cuerpos se han hecho amigos -dijo Teresa tiernamente
tomándole las manos.
-
Así es -dijo Martín apretándoselas, y añadió sonriendo- cualquier día
hasta querrán ducharse juntos.
-
Por qué no -dijo ella riendo abiertamente-, quién
sabe... pero no hemos hecho más que allanar el camino limpiándolo de
obstáculos, de deseos reprimidos, de barreras equivocadas. Ahora es cuando
empezaremos a acercarnos.
Tomó
la mano izquierda de Martín bajo su mano y la llevó sobre su rodilla
derecha, y le pidió él hiciera lo equivalente con su mano libre, de manera
que quedaron ambos con las manos colocadas de manera simétrica, sintiéndose
mutuamente las manos y las rodillas.
-
Ahora deberás mirarme a los ojos intentando ver cómo soy, entrando en mi
alma. Yo no te pondré obstáculos. Podrás verme y mirarme cuanto quieras por
dentro. Yo haré lo propio contigo si me dejas.
-
No sé si podré -dijo Martín sintiéndose violentado, inquieto-.
Soy demasiado reservado con mis sentimientos. Mi interior es algo muy
personal y no se puede abrir así de manera tan sencilla.
-
No te preocupes; entonces tú simplemente intenta
verme a mí.
Teresa
le ofreció una mirada tranquila, receptiva, una mirada de ojos grandes
inofensivos, como los de una niña dispuesta a mostrar sus emociones y deseos.
No había en ella nada inquietante y Martín se sentía a gusto
contemplándola. Tenía unos ojos bonitos y no se había dado cuenta antes, o
era quizás su mirada la que era hermosa. Expresaba paz, equilibrio,
serenidad, aceptación de todo. Empezó a experimentar un sentimiento de
ternura por aquella mirada, y vio como entonces se iluminaba, como un brillo
de tierna felicidad se instalaba
en aquellos ojos que le miraban. Sintió miedo y se reprimió. Vio cómo la
mirada de Teresa se entristecía, cómo acusaba el abandono y se retraía en
sí misma. Martín quiso devolverle la expresión inicial de felicidad, pero
algo se había estropeado y ya no era posible. En vano intentó sonreír,
volver a experimentar ternura por Teresa, pero se dio cuenta de que no era
auténtico, de que estaba obligándose, y Teresa seguía con su mirada un poco
perdida. Empezaba a sentirse mal y pensó que aquello era un experimento
insensato, que Teresa estaba jugando con él... y de pronto tomó conciencia
de su debilidad emocional, de cómo una simple mirada le estaba removiendo los
sentimientos de una manera infantil. Y miró a Teresa con profundidad,
intentando penetrar en la verdad de su alma. Y se encontró a una Teresa
fuerte que le hacía frente, a una Teresa que le decía que ya le estaba
conociendo por dentro. Sintió vergüenza de su propia debilidad al
descubierto. La mirada de Teresa se volvió entonces acogedora, maternal, y le
decía que no se avergonzara de sus sentimientos, que no se exigiera una
fortaleza falsa, que la debilidad era lo que acercaba a las personas. Martín
sintió inexplicablemente ganas de llorar. Hacía esfuerzos por contener sus
emociones pero se sentía raro, vulnerable, violado en su intimidad, pequeño.
Vio que los ojos de Teresa se humedecían y brillaban de agradecimiento, y no
pudo evitar que los suyos se inundaran. Se abrazó a ella y se sintió
perdido.
Cuando
se repuso y se separó, vio cómo Teresa había recuperado la paz de su
mirada, cómo le observaba serena y segura. Él también lo estaba y no le
importaba ya lo que le había pasado. Lo había aceptado y asumido. Teresa ya
sabia que era débil emocionalmente y eso, extrañamente, le daba una fuerza
desconocida hasta entonces. No tenía que afrontarlo él solo. Ahora ya podía
permitirse ser fuerte ante Teresa. La miró con profundidad intentando ver en
su alma. Se daba cuenta de la fluctuación de sus sentimientos, de lo sensible
que era ante los sentimientos de los demás, en este caso de él. Se preguntó
si ella podía evitar ser así o era esclava de esa sensibilidad tan delicada,
y clavó su mirada en la entraña de Teresa. Ella acusó el dolor y se sintió
desorientada, insegura. Veía en la mirada de Martín una imagen de ella misma
con una naturaleza real muy poco autónoma, muy dependiente de los demás.
Y sin embargo su vida estaba transcurriendo en soledad, empeñada en
alejarse de la gente. Fue ahora Teresa la que puso una mano en su hombro y le
ofreció un alma debilitada por la carencia de sentimientos en su vida, por la
falta de intercambio emocional
con las personas. Una vida en soledad, pero elegida y resignada. Y al mismo
tiempo que Martín lo descubría, ella le estaba diciendo con la mirada que
también era débil y vulnerable ante los otros, que por eso había elegido la
vida que llevaba. Y se encontraron... de nuevo se encontraron desnudos y se
aceptaron.
Fue
entonces cuando comenzaron a olvidarse de sus peculiaridades, de sus
debilidades y limitaciones, cuando comenzaron a mirarse desde el ser que hay
detrás de los sentimientos. Martín veía a Teresa crecer por momentos,
recuperar una fuerza que se
apoyaba en el ser que reconoce sus limitaciones como una forma de manifestarse
solamente, y que desaparecen con el cese de toda manifestación, con el
silencio del alma. Y Teresa veía esa imagen suya reflejada en el alma de
Martín, y se afianzaba en ella. Él intentaba seguirla por ese camino, pero
no conseguía alcanzar el silencio, no terminaba de ver en los ojos de Teresa
su ser completamente liberado. Seguía atado parcialmente a su alma limitada.
Fue Teresa la que cerró los ojos entonces y permaneció meditando unos
minutos más a solas. Luego los abrió y, completamente en paz y fortalecida,
le volvió a tomar las manos y le dijo con una ternura que la devolvía al
mundo de los mortales:
-Hoy
has andado un camino muy largo aunque no te des cuenta. Eres un alumno
excelente, pero no es fácil ser libre de uno mismo. Por un momento creí que
lo ibas a conseguir, pero es demasiado pronto todavía...
Cuando
despertó Martín al día siguiente sintió que no tenía ganas de encontrarse
con Adela, ni con Antonio... de que quería y no quería encontrarse con
Teresa. Decidió ausentarse todo el día del hotel. Le estaban pasando muchas
cosas en muy poco tiempo y se sentía algo confuso. Necesitaba dejar correr el
tiempo, reencontrarse, recuperar el control de los acontecimientos. Sin pasar
por el comedor para desayunar, salió del hotel y se subió a su coche. Se dio
cuenta de que no lo había cogido ni una sola vez desde que llegó a aquel
lugar. Todavía no conocía el pueblo y se dijo que era una buena ocasión
para hacerlo. Al entrar en la carretera, que pasaba muy cerca por detrás del
hotel, divisó el cartel señalando la dirección: EL BARTEL 16 km.
Era
la carretera que había recorrido brevemente con Antonio camino del poblado
ibérico. Pronto lo divisó pegado al mar. Al pasar por delante vio un par de
coches ante el camino de ascenso al promontorio. No divisó a nadie arriba.
Enseguida la carretera giraba hacia el interior y se separaba de la costa,
enfilando hacia los montes cercanos. Al poco rato descubrió a lo lejos el
pueblo, medio oculto y encaramado en las estribaciones de los montes. No
parecía demasiado pequeño y cuando llegó arriba observó que se trataba de
un pueblo de origen antiguo pero muy reconstruido. Las casas, impersonales y
funcionales, construidas al libre albedrío, ocupaban las calles originales,
que salvo la vía principal parecían estrechas y de trazado sinuoso. De vez
en cuando se veía alguna casa antigua, de piedra y con sabor centenario.
Destacaba la iglesia, también antigua, centro de gravedad del pueblo. Aparcó
en la plaza de la iglesia, en la parte opuesta a la misma, que se abría en
mirador hacia el valle y hacia el mar. Después de contemplar unos instantes
la hermosa panorámica, se dispuso a dar un paseo por el pueblo. Enseguida
localizó un bar en una de las calles que salían de la plaza y se dirigió a
él con la intención de desayunar. El bar estaba desierto y una mujer que
trajinaba detrás de la barra le miró con curiosidad.
-
¿Podría tomar algo para desayunar?- le preguntó oteando el mostrador en
busca de algún tipo de bollería que no conseguía divisar.
-
Le puedo preparar una barrita - dijo la mujer.
No
le sedujo mucho a Martín el ofrecimiento y dijo:
-
Déjelo, realmente no tengo mucho apetito. Tomaré sólo un café con leche.
Pensó
que parecía evidente que nadie iba a desayunar al bar en aquel
pueblo. Mientras le servía el café, le preguntó por el museo.
-
¿El museo? -dijo incierta la mujer-... Será el edificio que hay al lado del
Ayuntamiento. Si sigue por esta calle llegará enseguida a la plaza del
Ayuntamiento. Pregunte allí, que ya le dirán.
Mientras
terminaba el café pensó Martín que no iría por allí. Quizás se
encontrara con Antonio y no le apetecía. Quería pensar en lo sucedido con
Teresa el día anterior, meditar y analizar todo el cúmulo de sensaciones que
se habían precipitado en su alma en aquella ceremonia tan íntima, conducida
de manera tan sorprendente por ella. Pagó a la mujer y se volvió hacia el
coche. Se metió dentro y se sentó confortablemente, mirando hacia el
panorama. Encendió la radio del coche y buscó una emisora con música
clásica. No se oía muy bien, pero era suficiente para oírla baja como
música de fondo. Descubrió en la lejanía, diminuto y al borde del mar, el
poblado ibérico. Recorriendo la costa hacia la izquierda, creyó divisar
también el hotel. No podía ser otra cosa. No había nada más a lo largo de
los kilómetros de costa que podían divisarse desde el mirador.
Desde
allí todo le parecía insignificante: la intensa vida de Antonio y sus
aventuras, el fantástico relato de Adela que ella vivía de manera tan real,
el silencio meditativo de Teresa fundiéndose con la realidad del ser que
habitaba tras el alma... todo allí encerrado y desarrollándose en aquellos
dos puntos casi perdidos entre el paisaje...
“Alejarse
de las cosas da la perspectiva real de su importancia...
y qué poco importante parece la vida de las personas desde la
distancia”, se dijo. Ante él, el cielo inmenso parecía ignorar la vida de
los hombres, y la extensa franja de mar entre la costa y la línea del
horizonte parecía descansar sobre el planeta con independencia de cualquier
tempestad o tragedia. Sin embargo él, desde su observatorio, contemplándolo
todo, no se sentía insignificante. Y pensó que la perspectiva ocultaba
demasiado el corazón de las cosas, y que los diminutos seres encerraban
mundos inmensos que se perdían con la distancia.
“Lo
importante no tiene tamaño... lo importante es lo complejo” -filosofó.
Se
puso a pensar en Teresa, en la escena de la playa, los dos frente a frente,
sintiéndose. Estaba todavía asombrado y confuso de cómo ella había
conseguido abrir su intimidad y se le había colado dentro en un instante.
Aquel ritual le parecía un camino peligroso y a la vez irresistible. Aquel
desnudamiento de cuerpo y alma, de deseo y sentimiento, tan próximos los dos,
tan vulnerables. Sabía que la deseaba, pero la había visto desnuda de alma y
aquello disolvía su deseo físico en otra perspectiva más tierna, más
personal, más integrada.
“¿Me
estaré enamorando como decía Adela? “, se dijo asustado... y después se
tranquilizó. “No creo, es simplemente ternura, afecto... todo ha sido el
efecto mágico de descubrir a Teresa desnuda... palpitante ante mí... de
saberme yo desnudo también ante ella... indefenso.”
Pensaba
hacia dónde le llevaría aquella práctica. Sabía que seguiría anclado
al alma de Teresa y a la suya propia, y que no sería capaz de
trascenderlas, de olvidarlas. Pero si alguna vez llegaba a experimentar ese
estado más allá, sería de la mano de ella y sin proponérselo. Algo le
decía que su interés estaba justamente un poco más acá, en la frontera
dudosa entre el alma y el silencio, en el momento justo de la muerte del alma.
¿Qué
sería de Teresa? - se preguntaba- ¿pasaría
toda su vida practicando meditación, instalada en la paz y la conciencia
profunda del ser? Él buscaba otra cosa, otra luz, otra evidencia más
manejable, más cercana, en la que el alma y la mente estuvieran presentes,
construyendo, caminando. Pero los dos eran seres perdidos en el mundo -
pensaba-, semejantes en su desamparo frente a él. Los dos compartían una
visión crítica semejante, una misma incapacidad para ser sencillamente
humanos y felices en él.
Y
pensó en Antonio, en su vitalidad optimista, en su saber contemporizar con
las diferentes situaciones, en su manera de asumir sus contradicciones e
instalarse en la existencia sacando el mayor partido posible de ella. Le caía
bien, quizás porque él era incapaz de ser así, y por supuesto no lo
intentaba. Tal vez él fuera demasiado rígido, tal vez necesitaba ser
demasiado coherente; pero la realidad no era así, la realidad era un
torbellino, un caos más o menos organizado por la sociedad donde no cabía
una conducta excesivamente racional, ética, cuadriculada. La realidad no
respetaba las normas impuestas por el hombre. Y Antonio se pegaba a la
realidad como un gusano se pega a una hoja.
Pensó
en irse del pueblo, en bajar hacia la playa. Al mirar por el retrovisor vio a
un pequeño grupo de personas que cruzaban la plaza. Iban hablando animados.
Un poco retrasados, una pareja les seguía. ¡Era Antonio, que caminaba junto
a la chica de la excavación, muy juntos, muy emparejados! Martín se
escurrió en el asiento y se echó a reír para sus adentros, tocando madera
para pasar desapercibido.
Cuando
llegó al hotel después de deambular por la playa largo rato, no quiso entrar
al restaurante. En su lugar, tomó algo rápido en la cafetería y se
escabulló hacia la habitación, prometiéndose una buena cena por la noche.
Al menos se regaló con medio vaso de ginebra de sus existencias, que ya iban
agotándose. “Debería haber comprado una botella en el pueblo... y algo de
comer”, se dijo. Pensó que no sería malo tener alguna reserva de comida en
la habitación para estos casos: latas, cacahuetes, algo que no se estropeara.
La
ginebra, junto a la poca comida, iba haciendo su efecto, pero no le importó.
Se sirvió otro trago. No pensaba en nada, pero estaba a gusto. Una especie de
lucidez vital, desenfadada y agradable, le iba liberando de cadenas que no
sabía concretar. Se empezaba a sentir agradecido a la vida, con los
sentimientos despiertos, con el alma abierta a un horizonte desconocido lleno
de luz. Pensó en Teresa.
Cuando
despertó de la larga siesta se notó con algo de resaca; pesado de cabeza y
adormecido. Se acordó de la botella de ginebra. Estaba sobre la mesilla, casi
vacía. El sol entraba ya por su ventana orientada al poniente. Se abandonó
de nuevo al sopor renunciando a levantarse todavía.
Dispuesto
a darse un baño tardío, se dirigió a la playa. Quedaban ya pocos bañistas
en la zona de playa del hotel. Dejó la camiseta, la toalla y las chanclas
cerca de la orilla y se metió en el mar. El agua a esas horas estaba bastante
cálida del sol de todo el día, pero su contacto envolvente le despertó la
sensibilidad aún adormecida. Era agradable dejarse flotar, sentirse
ingrávido en el líquido elemento. Su mente seguía embotada y sólo su
sensibilidad le mantenía viva la conciencia. Salió del agua, y recogiendo la ropa se puso a caminar
mecánicamente en la dirección donde solía meditar Teresa. Al superar la
ondulación de terreno que delimitaba por la izquierda la zona de playa usada
habitualmente por la gente del hotel, la divisó a lo lejos. Parecía estar
sentada en su postura de meditación. Según se iba acercando comprobó que
permanecía inmóvil, completamente inmóvil. Cuando llegó a su lado se
sentó ante ella sin decir nada. Ella estaba con los ojos cerrados,
aparentemente ajena a su presencia. Al cabo de unos instantes vio que sus
labios se movían en una leve sonrisa, y sin abrir aún los ojos le dijo:
-
Sabía que vendrías.
Luego
abrió los ojos y le cogió de las manos mirándole con afecto.
-
¿Por qué lo sabías? -preguntó Martín acercando su rostro hacia ella.
-
Porque te has enganchado a mí-. Y juntó su cara con la suya a manera de
beso.
-
Ni yo mismo lo sabía, de verdad -dijo Martín sintiendo el contacto.
-
Pero has venido y eso es lo importante -dijo Teresa mirándole profundamente.
Es señal de quieres seguir el camino que empezamos ayer.
-
He estado pensando algo sobre eso, pero no acabo de tener claro si busco lo
mismo que tú, ese estado más allá del cuerpo y el alma.
-
Ya sé, ya me contaste que prefieres buscar por el lado de acá.
-
Sí, no quiero disolverme, dejar de ser yo mismo, morir.
-
Lo que te dará la paz no es lo que tú pretendes encontrar. Realmente creo
que no sabes lo que estás buscando.
-
Ya te lo dije, busco una idea que despierte mi espíritu, que lo movilice por
un camino a la vez tangible y trascendente.
-
Ya, y eso es lo que te haría sentirte en paz, pleno, feliz.
-
Efectivamente, entonces dejaría de torturarme la idea de que ando perdido, de
que mi vida es un fracaso.
-
¿Y si por cualquier motivo te encontraras plenamente feliz? ¿Crees que
seguirías buscando otra cosa?
-
Ya veo por donde vas... cualquier droga puede hacerme feliz de momento y
hacerme olvidar mis propósitos. Pero eso es transitorio. Al final la lucidez
me devuelve la insatisfacción.
-
No me refiero a un estado pasajero ni engañoso. Me refiero a que la felicidad
a lo mejor la puedes hallar en otra cosa distinta de la que intentas
encontrar, en otra cosa que ni siquiera sospechas.
-
Alguien tendría que enseñarme esa verdad. Yo busco la mía, la única que
conozco después de haber vivido ya bastantes años y haber explorado muchos
caminos.
-
Quizás todo es más simple de lo que tú te crees. Me gustaría hacértelo
conocer. Pero para eso tienes que tener confianza en mí, dejarte llevar.
Después de todo, si has empleado ya muchos años buscando por diferentes
caminos, uno más no te hará mucho daño si al final lo desechas.
Martín
rió con afecto y la atrajo suavemente hacia él.
-
Cualquier camino contigo será siempre placentero -le dijo.
-
Creo que acabas de señalar el camino -dijo Teresa misteriosa.
-
¿Sí?
-
El yoga tiene muchos caminos. Hay personas que encuentran más fáciles unos
caminos que otros. Quizás el mío no es el más adecuado para ti. Pero por
todos los caminos se puede llegar a descubrir la plenitud del ser, la paz en
el encuentro con la verdad de la existencia...
-
Imagino que cualquiera que sea el camino no será fácil. Si no, todo el mundo
sería feliz.
-
El problema no es de dificultad, sino de ignorancia, de desorientación vital. Seguro que alguna vez te ha pasado
que andas buscando por toda la casa algo, no sé, unas tijeras, unas llaves...
y de pronto te das cuenta de que las llevas en la mano Es entonces cuando
dices la famosa frase “estoy tonta hoy” - se rió-. Pues pasa algo
parecido con la plenitud, que la buscamos por todas partes y no nos damos
cuenta de que la llevamos con nosotros, que no necesitamos a nadie ni a nada
para encontrarla. Creo que tú también estas buscando en el sitio equivocado.
-
Pero yo no busco la plenitud por sí misma, yo busco un camino. Cuando lo
encuentre y sepa que estoy en la dirección buena, la plenitud me vendrá por
añadidura.
-
No es necesario andar ningún camino hacia alguna parte. En realidad ya has
llegado y no te has dado cuenta. Tú mismo eres el camino.
-
Es hermoso todo esto que dices -dijo Martín-. Pero tú misma me has dicho
antes que había muchos caminos en el Yoga.
-
Es una forma de hablar, pero en realidad todos los caminos están dentro de
uno mismo, no fuera. Tu dices que quieres quedarte de este lado del ser, del
lado de la sensibilidad, de los sentimientos.
Pues vamos a trabajar ahí y a ver lo que encontramos.
-
Me has prometido antes un camino placentero -advirtió Martín sonriendo
intencionadamente...
-
Sí que lo será, pero no habremos llegado a ninguna parte si buscamos el
placer por el placer. El placer es sólo el camino para que el ser se revele
en toda su intensidad. Y cuando se revele te darás cuenta de que siempre ha
estado contigo, que no hacía falta buscarlo fuera.
-
Estoy en tus manos entonces -dijo Martín sonriendo afectuoso y llevando junto
a sus labios las manos de Teresa, que habían permanecido enlazadas a las
suyas todo el rato.
-
Tú haz simplemente lo mismo que
yo -dijo Teresa, apretando sus rodillas junto a las suyas y pasando sus manos
por el cuello de Martín. Cuando él había hecho lo propio, ella juntó su
frente a la suya.
La
proximidad, mantenida entre sus manos, del rostro de Teresa aceleró su
respiración. Sus fosas nasales estaban muy próximas y Martín sintió la
respiración de ella igualmente acelerada sobre su cara. Veía sus senos
moverse al ritmo de su pecho bombeando el aire. Poco a poco el ritmo de ambos
se fue serenando. Martín sentía a Teresa más cercana que nunca, sentía su
ser palpitar junto a él de una manera extremadamente íntima. Luego advirtió
que ella se adaptaba a su ritmo respiratorio y ambos aspiraban y exhalaban el
aire a la vez. Después Teresa cambió el ritmo y lo hizo muy lento, alargando
la duración de cada respiración. El se adaptó. Por un instante se apoderó
de Martín un vértigo suave y su conciencia se perdió entre los dos. Sintió
que eran un mismo ser respirando. Recuperó la conciencia de su individualidad
enseguida, un poco asustado, pero se dio cuenta de que había sido una muerte
agradable, un perderse placentero. Cerró los ojos y se abandonó de nuevo.
Volvió
a sí mismo al sentir cambiar el ritmo respiratorio de Teresa. Inhalaba y
expiraba el aire deprisa y se acompasó con ella. Sintió que apoyaba la mano
sobre su pecho, sobre el corazón, y luego separó su frente y le miró,
sintiéndoselo. Él también lo sentía latiendo fuerte bajo la mano de
Teresa. Hizo lo mismo y buscó el corazón de ella junto a su seno. La mano de
Teresa le guió y le mantuvo suavemente. Sentía el seno de Teresa, blando y
firme a la vez, y golpeando bajo los efectos de la respiración acelerada su
corazón palpitante. Luego ella cerró los ojos concentrándose en el latido.
Él también. Sentía a la vez su corazón sobre la mano de Teresa y el de
ella en la suya. Entonces ella descruzó las piernas y, siguiendo sentada,
apoyó las plantas en el suelo. Cuando Martín hilo lo mismo entrecruzó las
piernas con las suyas y se aproximó a él. Pasó los brazos alrededor de su
cuello y puso su cara junto a la suya mientras le atraía hacia sí hasta que
sus pechos se apretaron. Volvió a sentir el corazón de Teresa latiendo ahora
sobre su pecho. La respiración rápida de ella sonaba junto a su oído.
Palpitaban los dos en el abrazo.
Poco
a poco Teresa fue ralentizando la respiración, hasta volver al ritmo
tranquilo, relajante. Permanecían abrazados, respirando despacio, sintiendo
el movimiento suave de sus pechos, la apacible respiración en el oído, la
calidez del contacto mutuo. Así estuvieron mucho rato. El tiempo parecía
haberse detenido.
Cuando
ella se separó suavemente se quedó mirándolo con intensidad y ternura.
Ambos sintieron el vacío de la separación y volvieron a abrazarse a la vez
un momento. Luego ella dijo:
-
Ahora tenemos que hablar. Tengo que prepararte para el siguiente paso.
Martín,
de espaldas al mar, veía el sol ponerse sobre los montes. Teresa miraba hacia
la lejanía marina. Ella volvió a sus ojos y le dijo:
-
Ahora nos vamos a acariciar. Primero la cara. Intenta expresar sentimientos
con tus caricias. Deja que fluyan libremente a través de tus manos,
provócalos. Si te sientes cohibido, no pienses que me acaricias a mí,
simplemente que acaricias. Vive tus sentimientos en ti.
-
Qué difícil -dijo Martín - creo que no sé acariciar así, para mí.
-
Pues entonces acaríciame de verdad, para mí. Ah los hombres... se ve bien
que eres un chico y que no has jugado nunca con muñecas. Las mujeres sabemos
desde niñas jugar con los sentimientos, disfrutarlos. Si esperas a que llegue
tu princesa maravillosa para movilizar tus sentimientos, vas de ... -no
terminó la frase-. Es muy gratificante experimentar los propios sentimientos.
También los chicos sabéis ejercitar sin objeto vuestros músculos, por el
placer de hacerlo, y vais al gimnasio y levantáis pesas, y desarrolláis
vuestra agresividad peleando y agrediéndoos de mentira, como en el boxeo y
todo eso. Es cierto que somos distintos y que cultivamos distintos valores...
-
Tú lo has dicho... seguro que hay también un camino en el yoga en esa línea
masculina.
-
Efectivamente, lo hay, pero ese no te lo voy a enseñar yo.
-
Está bien, intentaré hacer lo que dices.
-
Hazlo como yo lo hago...
Teresa
cogió su cara entre las manos y comenzó a acariciar sus sienes con mucha
delicadeza, con la punta de los dedos; luego sus cejas, sus orejas, el arco de
sus mandíbulas hasta el mentón. Martín sentía apenas sus yemas, que
dejaban sobre su piel un surco de sensaciones. Él acercó sus dedos a los
ojos de Teresa y los movió debajo de sus cejas, rozando sus párpados; luego
sus mejillas, el borde de la nariz, los labios. Se eternizó en sus labios.
Ella también se fue a su boca. Los dedos de Martín entreabrían suavemente
los labios de Teresa y sentían su humedad. Sintió ganas de besarla y se lo
dijo con los ojos. Ella tapó con los dedos su boca y recibió en ellos su
beso. Sus rostros estaban muy cerca, los ojos de cada uno colgados en los del
otro, escrutando sentimientos. La ternura fluía entre las miradas y las manos
se fueron olvidando, moviéndose de manera inconsciente. Martín supo que la
cara de Teresa se le estaba metiendo en el alma.
-
Ahora nos vamos a acariciar el cuerpo -dijo Teresa deteniendo lentamente sus
caricias-. Espero que lleves ahí tu ternura, porque será distinto. Habrá
momentos en que nos excitemos, pero no debemos exacerbar la excitación, sino
dosificarla. Tienes que dejar que la energía erótica surja en ti y
disfrutarla en pequeñas dosis, beberla a pequeños tragos. Ser consciente de
que es energía con valor en sí misma, no un camino resbaladizo hacia el
sexo. Es la energía de tu ser, con independencia de los fines para los que la
biología la ha creado. Tienes que engañar a la biología, tienes que
trascender el instinto y reconocer en ella simplemente la fuerza de tu ser.
Identifica en qué parte surge tu energía y llévala hacia el pecho, hacia el
corazón y los pulmones. Difúndela por todo el cuerpo... Sígueme, haz sólo
lo que yo haga.
Teresa
comenzó a acariciar el cuello de Martín, sus hombros, su espalda. Él la
imitaba, le gustaba la forma de su espalda, cómo se estrechaba desde debajo
de los brazos hasta la cintura. Sentía la fragilidad de su cintura, sentía
su blandura. Ella comenzó a acariciarle el pecho, sintiendo su musculatura,
abriendo las manos para abarcar sus pectorales. Luego sus dedos acariciaron
sus pequeños pezones por encima de la camiseta. Martín hizo lo propio y
pasó sus manos por los pechos de Teresa. Ella le miraba. Los capturó entre
sus dedos mientras ella le mostraba su placer y le sujetaba las manos. Teresa
cerró los ojos y dejó que sus sensaciones se diluyeran lentamente. Luego
dejó las manos de él en libertad y llevó las suyas al vientre de Martín,
masajeándolo suavemente, hundiendo un poco sus dedos hacia los lados, hacia
los riñones, y hacia abajo, hacia la raíz del sexo. Martín sintió que una
corriente de placer empezaba a fluir en su pelvis. Entonces ella paró y puso
las manos sobre el pecho de Martín mientras le susurraba: “siéntelo aquí”.
No fue capaz de sentirlo, pero su tensión
sexual fue bajando, quizás, como pensó, por concentrar la atención
en otro lugar de su cuerpo. Volvió a tocar los pechos de Teresa, ahora más
suavemente, acariciándolos, aplastándolos ligeramente, recorriendo sus
pezones con la punta de los dedos. La miraba y reconocía en sus ojos las
fluctuaciones de su placer, respetando su ritmo, permitiendo que lo asimilara
lentamente. Ella dejó deslizar sus manos sobre los
muslos de Martín y comenzó a acariciarlos por dentro con movimientos
circulares, acercándose más y más hacia su sexo, hasta que lo rozó
ligeramente. De nuevo experimentó Martín una intensa corriente de
excitación y ella alejó las manos, pero siguió acariciando sus muslos un
instante y luego deslizó sus manos por sus caderas y costados hasta el pecho.
Martín empezó a sentir que su cuerpo entero empezaba a aflojarse, a volverse
sensible, a desfocalizar el placer. Hizo lo propio con ella y tocó la cara
interna de sus muslos, los acarició, los apretó por debajo y fue deslizando
poco a poco sus dedos hasta que sintieron el arranque de sus nalgas. Los
bordes de sus manos rozaban el sexo de Teresa. La respiración de ella estaba
subiendo de ritmo por momentos y las
dejó allí quietas. Los ojos de Teresa se fueron llenando de brillo y seguía
respirando profundamente, pero con lentitud, mirándole. Al cabo de unos
instantes se separó un poco y se puso de rodillas, con el cuerpo recto. Le
indicó que hiciera lo mismo. Entonces se abrazó a él y se pegó a su
cuerpo, lentamente, estrechándose más y más sobre todas sus partes, como
una auténtica lapa. Martín la rodeó fuertemente con sus brazos y sintió la
voluptuosidad de la presión de sus senos contra su pecho, de su sexo contra
el suyo. Bajó sus manos por el cuerpo de Teresa y las puso sobre sus nalgas,
empezando a moverse contra ella. Entonces teresa aflojó su contacto y le
pidió susurrando al oído que no se moviera, que sólo sintiera su
excitación y canalizara su energía por todo el cuerpo, que no centrara la
atención en su sexo. “Déjame hacer a mí. Tú siente sólo mi pecho contra
el tuyo”, añadió.
Cuando
Teresa sintió que Martín estaba de nuevo relajado se apretó otra vez contra
él. Sentía el bulto de su sexo crecer y endurecerse contra su sexo, y se
mantenía así, dejando fluir el dulce caudal de energía de su propio vientre
por todo su cuerpo. Martín comenzaba a acostumbrarse a su excitación
permanente contra el sexo de Teresa, y comenzaba a disfrutar de ello sin
pretender ir más allá. Estuvieron así mucho tiempo y cuando ella notaba que
la excitación decrecía, se movía un poco, masajeaba suavemente su sexo
contra el de Martín y volvía la plenitud a los dos.
Había
ido oscureciendo y no se habían dado cuenta. Dijo Teresa:
-
Creo que ya estás preparado para la sesión de mañana.
Martín
se sentía relajado, no sabía cómo pero tenía la sensación de haber
consumido toda su energía sexual.
-
¿Y cómo será la sesión de mañana? -preguntó sonriente y curioso.
-
Será muy especial. Pero no la podremos hacer aquí, porque será muy íntima
-
¿Cómo de íntima? -preguntó animándose
-
Totalmente íntima -dijo Teresa mirándole con profundidad.
La
mirada de Martín se había iluminado y una sonrisa se abría en su boca de
lado a lado.
-
Pero me parece que te estás equivocando. No es lo que tú te piensas -dijo
Teresa esbozando una sonrisa pícara-. Bueno, es lo que tú te piensas pero de
una manera distinta. Es parecido a lo que hemos hecho antes.
-
Cuenta, cuenta... -dijo Martín.
-
No, mañana lo verás. Me hace ilusión mantener el secreto. Pero te advierto
que sería bueno que te acostumbraras a mi desnudez previamente... y yo a la
tuya. ¿Que te parece si nos diéramos ahora un baño desnudos?
-
Puesss... me parece... ¡que me apunto! -dijo Martín bromeando y feliz.
-
Pero debes prometerme que te portarás bien y no intentarás nada...
-
Buenooo... ¡qué difícil es esto del yoga!
-
Bien, entonces... ¡tonto el último! -dijo levantándose y quitándose
rápidamente la camiseta y el pantalón, y saliendo corriendo en cueros hacia
el mar.
-
Martín se desnudó también y se fue andando hacia la orilla. Teresa, con el
agua por las caderas, lo miraba llegar.
-
Eres preciosa -dijo Martín cuando estuvo cerca.
-
Tu tampoco estás mal -respondió Teresa sonriéndole- se ve que has hecho
deporte.
Martín
se puso junto a ella e intentó enlazarla por la cintura, pero ella se
escabulló, y recordándole lo prometido se puso a nadar. Él se quedó
chapuzándose y dando un par de zambullidas. El agua estaba cálida todavía y
era una sensación muy agradable bañarse desnudo casi en la oscuridad.
Salió
del agua y la esperó sentado en la orilla. Enseguida salió ella
dirigiéndose hacia él. La mirada de Martín captó en la penumbra su cuerpo
bien proporcionado, esbelto, y sus caderas ligeramente voluptuosas. Su pubis
completamente depilado despertó de nuevo sus instintos.
-
Tengo que volver a decirte que eres preciosa, lo siento...
-
Gracias, cariño, me gusta que me lo digas -dijo Teresa sentándose pegada a
él.
-
Te haría el amor aquí mismo -se aventuró Martín.
-
Mañana será un día especial para ti -dijo Teresa sonriente- y si te portas
bien tendrás un premio.
Martín
pasó su brazo por los hombros de Teresa y se quedó escuchando el mar.
-
Me gustaría que diéramos un paseo por la playa, es tan agradable poder andar
desnudos... -dijo Teresa.
Se
levantaron y empezaron a caminar al borde del agua.
-
Verás, ya sé que te gustaría tener una aventura conmigo, que estuviéramos
aquí tan a gusto los dos estos días -empezó Teresa.
-
Me encantaría, sí. Creo que te he cogido mucho cariño.
-
Pero yo no quiero tener otra relación sentimental; al menos en esta época de
mi vida. Y sé que nos implicaríamos mucho tú y yo, que empezaríamos una
relación pasional y luego nos enredaríamos más y más, y empezaríamos a
exigirnos y a... el cuento conocido.
-
¿Tan mal te ha ido antes?
-
¿Y a ti?
-
Sí, tan mal. Realmente yo tampoco quiero tener una relación sentimental. Mi
vida está pasando un momento de crisis, de ruptura con muchas cosas, ya lo
sabes.
-
Además tu vida y la mía van por distinto camino. Lo sabemos los dos.
-
Pero podíamos estar bien estos días aquí. Sin compromisos si no queremos
asumirlos...
-
Ajá, te dejas engañar por tus deseos. Pero luego acabarías pasándolo mal
lo mismo que yo. Es mejor seguir con nuestros planes, créeme. Además te lo
vas a pasar muy bien al final, ya verás. Y lo principal es que puedes
encontrar lo que andas buscando sin saber todavía lo que necesitas encontrar.
Me gustaría enseñártelo.
-
No sé, tengo confianza en ti y no sé a qué se debe... quizás a mi
desorientación. Ya estás viendo que me pongo en tus manos como un corderito.
Siguieron
caminando un buen rato. Había una hermosa luna nueva que sumía en agradable
penumbra toda la playa. Martín se dio cuenta que la desnudez de Teresa se
había convertido en algo habitual para él, que la había incorporado a su
imagen y era ya simplemente algo entrañable para él, como toda ella.
-
Me gustaría que me invitaras a una copa en el Hotel. Deberíamos hablar algo
en relación a mañana. Así sería todo más fácil y mejor. Quiero que
intercambiemos opiniones sobre algunos aspectos de la sexualidad -dijo Teresa.
-
Vale, eso está hecho.
Dieron
la vuelta y volvieron donde habían dejado la ropa. Se vistieron y caminaron
en dirección al hotel. Pronto vieron las luces del edificio iluminando la
playa desierta.
-
Ya estará cerrado el comedor -dijo Teresa.
-
Bueno, tomaremos algo en el bar- respondió Martín.
Subieron
a las habitaciones a cambiarse y quedaron de verse en la barra.
Martín
la estaba esperando cuando entró ella. El salón de la cafetería estaba
animado, medio lleno. Pidieron unos sándwiches y unas cervezas y los llevaron
ellos mismos a un rincón discreto donde podían hablar tranquilamente sin ser
oídos.
Martín
no divisó a sus conocidos y se tranquilizó.
- ¿Conoces a alguien? -preguntó a Teresa.
-
Sólo de vista. No he hecho amistades aquí. Prefiero hacer mi vida y paso un
poco de la gente... salvo casos especiales, claro, como el tuyo.
- ¿Ah, sí?¿Mi caso es especial? -dijo Martín irónico.
-
Claro, tonto. Me caíste muy bien el día que nos conocimos... bueno, hace un
par de días sólo... Dios mío, si parece que nos conocemos hace semanas...
-
Es verdad. Hemos andado mucho camino juntos en muy poco tiempo. Nos estamos
conociendo muy deprisa y muy profundamente.
Teresa
no dijo nada y continuó comiendo tranquilamente su sándwich. Cuando
terminaron su frugal cena, dijo ella:
-
Quiero que hablemos de la sexualidad masculina. Es importante para lo
sucesivo.
-
¿Y de la femenina no?
-
Sí, después, porque deberás orientar tu sexualidad de manera femenina
mientras dure tu enseñanza.
-
Vaya, eso sí que es una sorpresa. ¿Y que hay de malo en la sexualidad
masculina?
-
No, nada, lo que tiene de malo es que no sirve para nada en el camino que
estamos recorriendo. Bueno, tampoco sirve para mucho a la hora de hacer el
amor a una mujer.
-
Ya -dijo Martín-, todo eso de la rapidez, el egoísmo, etc.
-
Sí, está claro. Los machos de cualquier especie, incluida la humana, tenéis
un instinto copulador ciego que os impulsa a montar a la hembra, penetrarla y
buscar compulsivamente el orgasmo lo más rápido posible.
-
Vaya, has pintado un panorama bastante desolador. Han pasado ya algunos
milenios desde el hombre de las cavernas, ¿no crees? ¿Por qué piensas que
yo me comporto así?
-
No digo que tú te comportes así, sólo que tenéis ese instinto, que os
gustaría actuar así si no fuera por los condicionantes de la cultura, por
los sentimientos hacia la pareja, etc. Sin embargo la mujer no podría actuar
de esa manera, con esa violencia. Necesita el cortejo, la estimulación. De
hecho puede ser feliz a veces quedándose sólo en esa fase.
-
Los machos de todas las especies tienen también el instinto del cortejo,
recuérdalo.
-
Sí, pero yo creo que en el hombre se ha perdido. Si un hombre se siente
excitado ante una mujer, entraría directamente a poseerla sin cortejo previo
si ella no se resiste. Reconoce que tú también lo harías.
-
Tienes razón.
-
Pero dejando aparte los instintos, con cortejo o sin cortejo, con
estimulación o sin ella, con ternura o sin ternura... el hecho es que en una
relación sexual entre hombre y mujer ambos buscan el orgasmo, y cada uno
necesita ritmos diferentes. En el mejor de los casos, intentan acoplarlos para
llegar a él los dos a la vez.
-
¿Y cual es el problema?
-
Pues que perseguir el orgasmo no nos vale para nada en nuestro camino. Es una
pérdida inestimable de energía, un derroche instantáneo que provoca una
conciencia aguda del ser solamente durante un instante. Y después el vacío,
la carencia existencial, la muerte temporal del espíritu, que se acaba
durmiendo. Pero eso no tiene nada de raro, porque la naturaleza no persigue la
elevación del espíritu, sino la reproducción, y para eso ha diseñado ese
fogonazo súbito e irresistible que es el orgasmo; y el instinto para
perseguirlo. El que después se pase a un estado espiritual lamentable no
tiene importancia para la naturaleza. Ya se han cumplido sus fines; ha
triunfado su engaño.
-
Pero la energía sexual -prosiguió Teresa después de comprobar que Martín
no objetaba nada y la escuchaba con atención-, que es la más intensa que se
moviliza en nuestro ser, la podemos utilizar para elevar el espíritu, como ya
vas sabiendo. Y para eso, somos nosotros los que tenemos que engañar a la
naturaleza, a nuestra propia naturaleza.
-
Pero el organismo necesita el orgasmo, necesita liberar la energía sexual..
-dijo Martín.
-
Lo segundo que has dicho es cierto, pero lo primero no -dijo Teresa-. La
líbido es como una sustancia combustible. La podemos dejar que arda como un
puñado de pólvora, con violencia, o dejarla que arda lentamente, como una
vela. El fogonazo de pólvora ilumina un instante con mucha intensidad la
conciencia, pero apenas nos da tiempo a ver lo que hay alrededor. Sin embargo
la vela da una luz serena que permanece mucho tiempo y que ilumina todo el
espacio, y nos permite ver todo lo que existe, todo el ser.
-
Es una metáfora muy bella... y parece acertada, dijo Martín.
-
Pues ese es el camino -sentenció Teresa-. Esta tarde hemos empezado a
recorrerlo, y lo has hecho bien. Mañana será tu prueba decisiva. Confío que
no lo eches a perder, que seas muy paciente.
-
¿Qué haremos exactamente? -preguntó Martín intentando disimular su
excitación.
-
Lo que haremos exactamente te lo iré diciendo mañana sobre la marcha. Es
mejor así. Hoy sólo te daré unas pautas generales.
-
Bueno, qué se le va a hacer... me tendrás toda la noche intentando
averiguarlo.
-
No podrás, porque se trata de un ritual.
-
¿Un ritual?
-
Sí, todo lo que hagamos estará ritualizado. Haremos exactamente lo que hay
que hacer, sin abandonarnos a ningún otro tipo de expansión.
-
Parece muy frío dicho así...
-
No, no será frío, pero es la condición necesaria para que no vayamos
derivando hacia una relación sentimental profunda. Estamos de acuerdo que ni
tú ni yo la buscamos ahora.
-
Sí, así es -afirmó Martín.
-
Yo te recibiré y te despediré en mi habitación -siguió Teresa- con un beso
ritual, y luego haremos toda una serie de cosas también establecidas.
-
Es asombroso... ¿Cómo es posible que todo eso esté codificado?¿Es válida
una disciplina así, que será antiquísima, para una persona de nuestros
días?
-
Hay quién lo hace estrictamente, pero desde luego a mí me parece una pasada.
Pero ya sabes que las religiones tienden a conservar sus ritos. Yo la verdad
es que lo he simplificado mucho, lo he adaptado a mis gustos; me he inventado
muchas cosas, como tu entrenamiento de estos días... pero funciona, y eso es
lo importante.
-
¡Ay mi maestra espiritual!... ¡tengo que estar muy loco para ponerme en sus
manos!... espero que no me esté volviendo loco por ella -exclamó Martín
bromeando.
-
No te volverás loco por mí, ya lo verás. Para eso es el ritual y para eso
son las normas.
-
¿Qué normas?
-
Estas son las normas de obligado cumplimiento -dijo Teresa graciosa y
simulando inflexibilidad-. Primera: nuestra relación se limitará en adelante
a las sesiones rituales. No nos veremos el resto del día. Segunda: para ello
procuraremos no coincidir en el comedor o en los sitios habituales de cada
uno. Nota: yo iré al comedor al principio de los turnos. Tercera: si alguna
vez coincidimos, nos saludaremos y hablaremos lo menos posible, como simples
conocidos. Cuarta: ... no sé cuál es la cuarta... pero ya se me ocurrirá
algo.
-
¡Por Dios! -exclamó Martín riendo- esto sí que es pasarse; más que el
ritual ancestral. ¿Pretendes que te evite y que no pueda hablarte como se
habla siquiera a una buena amiga?
-
Querido, es necesario que lo hagamos así -dijo Teresa ahora seria-. Esto va a
ser una experiencia muy intensa, muy delicada. Es necesario que permanezcamos
distantes mientras dure. Si no, acabaremos implicados profundamente uno en el
otro. Créeme. De hecho, las parejas estables utilizan esta práctica también
para intensificar su amor, para profundizar en su relación. Pero en nuestro
caso... en el caso de tu aprendizaje, no debes olvidar nunca nuestro
compromiso: Yoga, sólo yoga.
-
Así será entonces -asintió Martín-. ¿Y cuanto durará mi aprendizaje?
-
Siete días... creo que siete días serán suficientes... Deberemos empezar
mañana mismo-dijo enigmática.
-
¿Hora?
-
A las diez en mi habitación. Es muy importante que las siete sesiones sean
seguidas, que no falles ningún día. De todas maneras, si surgiera algún
imprevisto, me llamas al móvil y podríamos cambiar la hora. No te olvides
-insistió enigmática otra vez, y le apuntó en una servilleta su número de
teléfono.
-
Y yo que estoy de vacaciones como quién dice... -fingió pesadumbre Martín.
El
salón se iba llenando y decidieron irse. Era tarde y se despidieron hasta el
día siguiente, a la hora acordada. Según salían, dijo Martín sonriendo:
-
Estoy impaciente por que llegue el momento. No sé que voy a hacer todo el
día esperando la hora...
-
¡Ah... me acordé!... la Cuarta regla: procura descansar mucho, alimentarte
bien, estar relajado. Tienes que acumular energía para que la vela de tu ser
arda con una hermosa luz por las noches -dijo Teresa feliz.
PARTE
CUARTA
Estaba
a punto de cerrar el comedor mientras Martín terminaba su desayuno y pensaba
en lo que podía emplear el día. Sonaban en sus oídos todavía las
recomendaciones de Teresa por la noche: descansa, procura estar relajado... No
tenía previsto nada interesante que hacer salvo esperar su encuentro con
ella, así que pensó dejar pasar el día vagueando por la playa, quizás
leyendo un rato...
Con
un libro en la mano, se encaminó a la playa y tomó la dirección opuesta a
la habitual, hacia el poblado ibérico. Por allí no se encontraría a Teresa,
según lo acordado.
Después de una buena caminata protegido por su amplio sombrero del sol
de la mañana, divisó el montículo amurallado en la lejanía. Decidió que
aquél lugar era perfecto para tumbarse en la arena y disfrutar de su soledad,
leer un rato, darse un baño...
Rememoró
la conversación de la noche en el bar, todo el asunto aquel de la
administración de la energía sexual, de su consumo lento como una vela que
arde, de la experiencia intensa y
delicada que había que abordar con control para no acabar ligándose
profundamente uno al otro, del necesario distanciamiento... Había
conseguido intimidarle sentimentalmente un poco. ¿Hasta qué punto iba él a
abandonarse a la experiencia? ¿Estaba él dispuesto a enamorarse de Teresa si
llegaba el caso? Le atraía eróticamente, eso estaba claro, pero otro tipo de
unión más profunda le ponía a la defensiva. Había en ella algo fuera de lo
común, algo que no acababa de conocer. Realmente desconocía en detalle su
vida, salvo lo que le había contado ella en líneas generales y la asombrosa
coincidencia con el personaje de Adela. ¿Qué tipo de aventuras sentimentales
habrían sido ésas que habían resultado frustrantes, y por qué? ¿Qué tipo
de experiencias en eso del yoga del sexo había tenido y con quién...?
No
quiso seguir haciéndose preguntas, sino simplemente esperar. Cogió su libro,
el último de los que trajo. Ya lo había leído en su juventud, al igual que
otras obras de Schopenhauer. Recordaba que escribía filosofía con la
elegancia de un artista y la claridad de un maestro, y que había pasado a la
historia como el filósofo pesimista. Le gustaba su lectura ocasional por lo
fácil, porque suscitaba reflexiones en cualquier párrafo elegido al azar. Y
esa era, últimamente, su única manera de leer. Ya no se sentía capaz de
entregarse pacientemente a seguir el desarrollo interminable de una novela o
un libro de filosofía inextricable.
Ojeó
el primer capítulo: “El amor”. Decía en una de sus reflexiones:
“El
egoísmo tiene en cada hombre raíces tan hondas, que los motivos egoístas
son los únicos con que puede contarse de seguro para excitar la actividad de
un ser individual... Sin embargo, cuando es preciso que el individuo obre y se
sacrifique por el sostenimiento y el desarrollo de la especie, le cuesta
trabajo a su inteligencia, dirigida toda ella hacia las aspiraciones
individuales, comprender la necesidad de este sacrificio y someterse a él
enseguida. Para alcanzar su fin es preciso, pues, que la naturaleza embauque
al individuo con alguna añagaza, en virtud de la cual vea, como un iluso, su
propia ventura en lo que en realidad es sólo el bien de la especie.”
Era
curioso, de nuevo las coincidencias en su vida actual, a eso se había
referido Teresa cuando hablaba del orgasmo como de una trampa de la
naturaleza. Y seguro que ella no había leído a Schopenhauer -pensaba-. A
saber cómo circulaban las ideas por el mundo, lo más posible es que esa idea
la hubiera adquirido Schopenhauer de la filosofía oriental, mucho más
antigua, o que circulara durante todas las épocas en la mente y los escritos
mal conocidos de algunas personas. Lo que trascendía y pasaba a la historia
no era patrimonio normalmente de una sola persona, sino del saber común, de
la cultura del hombre. “Siempre la especie detrás de todas las cosas”, se
decía. El individuo, que se creía tan exclusivo y tan íntimo en sus
sentimientos y convicciones, parecía sólo un reflejo de algo que estaba por
encima de él y que le contenía. “El individuo es la vivencia aislada de un
todo común que le precede”, sentenció,
y le sonó a frase de maestro espiritual oriental. Se puso a reír mentalmente
de sí mismo.
Ojeó
el capítulo de “Las mujeres”. Le llamó especialmente la atención un
párrafo:
“El
león tiene dientes y garras, el elefante y el jabalí colmillos de defensa,
cuernos el toro, la jibia tiene su tinta con que enturbiar el agua en torno
suyo; la naturaleza no ha dado a la mujer más que el disimulo para protegerse
y defenderse. Esta facultad suple a la fuerza que el hombre toma del vigor de
sus miembros y de su razón.
El
disimulo es innato en la mujer, lo mismo en la más aguda que en la más
torpe. Es en ella tan natural su uso en todas ocasiones, como en un animal
atacado el defenderse al punto con sus armas naturales. Obrando así, tiene
hasta cierto punto conciencia de sus derechos, lo cual hace que sea casi
imposible encontrar una mujer absolutamente verídica y sincera”
“¡Vaya!”,
se asombró interiormente Martín, “no recordaba esta faceta misógina de
Schopenhauer... qué pensará Teresa de esta opinión... ella que te abre el
alma de par en par para que la mires a través de sus ojos... será
ella también insincera como dice Schopenhauer que lo son todas...”
Dejó
el libro y se fue a dar un baño. Enseguida se apoderó de su recuerdo el
baño de la noche pasada con Teresa, desnudos; y luego sentada a su lado, tan
asequible, tan tentadora, tan mojada junto a su cuerpo... Si estaba expectante
y ansioso de que llegara la noche tenía que reconocer que no era
especialmente por la experiencia espiritual a que intentaría conducirle
Teresa, sino por el contacto con su cuerpo desnudo, con su intimidad más
profunda: “La trampa del instinto... no hay remedio... es una trampa
insoslayable... lo reconozco pero me dejo caer en su red”. Se bañó, leyó
otro rato, paseó hasta las proximidades del cerro ibérico y dio la vuelta
para no ser visto por nadie desde arriba; regresó al hotel y llegó cansado.
“Demasiado ejercicio esta mañana... tendré que echarme una buena siesta
para estar descansado como me aconsejó Teresa”, se dijo.
No
vio a sus conocidos en el turno final del comedor. Pensó que sus nuevas
costumbres le iban a aislar no sólo de Teresa sino de todo el mundo. Dudando
entre subir a la habitación o tomar una copa en la cafetería, optó por lo
primero, dispuesto a acabar el culo restante de su botella de ginebra.
A
las diez en punto estaba ante la puerta de la habitación de Teresa. Golpeó
ligeramente con los nudillos un par de veces y oyó la voz de ella preguntando
quién era. Enseguida abrió. Llevaba puesta una bata blanca de ducha y su
pelo parecía todavía húmedo. Estaba dinámica, las mejillas ligeramente
sonrojadas, los ojos brillantes; se la veía llena de vida. Le tomó de las
manos y le dio un beso en la mejilla, quedándose quieta para que él se lo
devolviera. Martín percibió la fragancia suave a jabón que la envolvía y
se abandonó a ella un instante mientras la besaba.
-
Como hoy es el primer día, no seguiremos estrictamente el ritual, pues tengo
que explicarte cosas y habrá que interrumpirlo a ratos, descansar, etc. Hoy
todo será un poco informal, pero hablaré yo sola; tú debes guardar
silencio. Los días sucesivos yo también permaneceré en silencio, salvo
alguna observación necesaria -puntualizó Teresa-. En el baño encontrarás
otra bata como la mía. Debes quitarte la ropa. Si quieres puedes ducharte y
luego te pones la bata y sales. Yo entretanto prepararé las cosas.
La
habitación era semejante a la suya, con una cama de matrimonio en el centro,
una cómoda pegada a la pared de enfrente y con un espejo encima, una par de
butacas y una mesita redonda junto a la ventana. Sobre la mesa había una
bandeja con unos recipientes de
cristal.
Cuando
salió Martín enfundado en su bata blanca, Teresa había apagado la luz y en
la habitación se extendía una agradable penumbra mantenida por algunas velas
encendidas colocadas alrededor de la cama; cuatro exactamente, observó. Ella
estaba de rodillas en la cama, sentada sobre sus talones. Delante tenía la
bandeja con dos recipientes. Uno era una especie de cuenco o tazón lleno de
un liquido oscuro rojizo. El otro parecía una botellita de perfume, con un
líquido dorado, y estaba tapada. Le indicó que se acomodara frente a ella,
delante de la bandeja.
-
A partir de mañana será aquí donde te reciba de la misma manera que hoy te
he recibido en la puerta. Tu entrarás sin llamar ya que la puerta estará sin
llave, y me encontrarás así, con la habitación ya preparada y en actitud de
meditación como ahora. Te ignoraré hasta que salgas con tu bata blanca y te
sientes delante de mí; entonces te daré el beso de acogida. Desde el momento
que te pongas la bata blanca dejarás de ser Martín para convertirte, igual
que yo, en oficiante del ritual. El ritual va a ser una unión erótica
íntima sacralizada, una experiencia sexual mística, en la que los dos
dejaremos de ser personas concretas, dejaremos de ser Teresa y Martín para
ser mujer y hombre esenciales, ministros del Ser cósmico que se manifiesta a
través de nosotros. En ese sentido, seremos sagrados, como lo son los vasos y
cálices en el oficio cristiano, como lo es el propio sacerdote que deja de
ser una persona individual cuando sale de la sacristía revestido con su
casulla, para ser ministro y vehículo de Dios. Meditaremos ahora unos
instantes en ello para asumir nuestra misión, nuestro ministerio.
Se
quedó mirándola Martín, asombrado de lo seriamente que asumía su papel,
del recogimiento que mostraba, con los ojos entrecerrados, respirando muy
lentamente. Se sentía escéptico, un poco ridículo e incluso irónico, pero
decidió imitarla. Intentó sentirse simplemente hombre, olvidarse de su
identidad de Martín.
Al
cabo de algunos instantes Teresa le miró con dulzura y cogió el cuenco con
el líquido oscuro, ofreciéndoselo.
-
Es un licor hecho con ron y miel, algo de canela y limón. Nos tonificará y
ayudará a desinhibirnos; despertará nuestra sensibilidad. Es suave pero
engaña, lo tomaremos a sorbitos cortos y pausados, saboreándolo. Intenta
descubrir el sabor de cada componente, los matices de su paladar. Cuando
sintamos ligeramente su efecto en la cabeza lo dejaremos. Entretanto nos
miraremos y sentiremos que vamos a hacer el amor con ternura; dejaremos que el
deseo vaya creciendo dentro sin prisas.
Se
llevó Martín el cuenco a los labios. Enseguida percibió el aroma
alcohólico del ron, el olor a la canela. El fuerte sabor melífero del licor
aparecía suavizado por las notas de limón, y su consistencia se quedaba
deliciosamente pegada a la lengua y el paladar, prolongando las sensaciones.
Al final se hacía sentir el agradable picor del ron. Le pasó el recipiente a
Teresa. Después de un breve sorbo, ella le dijo:
-
Hoy nos saltaremos el ritual con frecuencia, no hay más remedio para que los
demás días guardemos silencio y nos entreguemos enteramente a él. Ayer te
dije que deberías orientar tu sexualidad de manera femenina para el ritual.
Con eso quería decirte que tu papel va a ser pasivo, como suele serlo el de
la mujer habitualmente. Por eso deberás sensibilizarte, reconocer tus
sensaciones eróticas de manera femenina, es decir, no solo genitalmente sino
por todo tu cuerpo, como las experimenta la mujer, siendo plenamente
consciente de cuando y dónde surgen y cómo evolucionan. El objetivo de
nuestra relación no va a ser conseguir un éxtasis agudo, sino despertar
sensaciones eróticas tranquilas
y vivirlas conscientemente. Yo seré la parte activa, yo despertaré en ti las
sensaciones y seré la donadora de placer, la madre que da la energía vital.
Tú serás el receptor, el testigo, el que está atento y me hace conocer la
luz que despierta mi energía. Tu serás la mente y yo seré la energía
primordial. Ambos nos necesitamos para que la conciencia del ser en toda su
plenitud se instale en nosotros. La mente sin vida está dormida. La vida sin
mente está ciega. Tenemos que completarnos y ser uno solo. Cuando tú
despiertes tu parte femenina, tu sensualidad en lugar de tu sexualidad, yo te
reconoceré y tú me encontrarás. A la vez yo experimentaré mi parte
masculina y te descubriré y te aceptaré como hombre. La fuerza del ser en su
dimensión total se instalará en nosotros. La conciencia se ampliará y
descubriremos la energía primordial, sin sexos diferenciados.
Martín
bebió otro trago. Aquello que le decía Teresa parecía muy sutil y se
sentía un poco fuera de contexto, descolocado, falto de recursos, pero se
dijo que seguiría adelante. Intentaría despertar su sensualidad, degustar
sus sensaciones eróticas como ahora estaba degustando aquel exquisito licor.
Miró a Teresa enfundada en su bata blanca que dejaba al descubierto el inicio
de sus pechos, dispuesta a compartir su cuerpo con él, su erotismo, la
intimidad de sus sensaciones. Le pasó el licor. Siguieron intercambiando un
buen rato licor y miradas. Los ojos de Teresa estaban muy vivos, brillantes,
llenos de dulzura, sus mejillas hermosamente encendidas. Se aflojó el
cinturón de la bata y dejó que se abriera dejando al aire sus rodillas
dobladas y juntas, sus pechos casi desnudos. Depositó el licor en la bandeja
y la desplazó a un lado. Luego, cogiendo la botellita de perfume, se
arrastró hacia él.
-
Es aceite perfumado con sándalo y jazmín. Nos daremos un masaje suave con
él. Tu me lo darás lo mismo que yo te lo doy.
Se
acercó a él y aflojó el cinturón de su bata; luego puso un poco de aceite
en las manos y las frotó suavemente. Las llevó con delicadeza a su cuello y
se lo acarició, luego las deslizó hacia atrás, hacia los músculos de la
espalda, y luego hacia los hombros haciendo que la bata se deslizara por ellos
y cayera a sus costados. Masajeó con dulzura sus hombros y la parte superior
de sus brazos. Luego se quedó esperando, mirándole intensamente. El
embriagador aroma del sándalo y la delicadeza intensa del jazmín se habían
adueñado del ambiente. Martín cogió el perfume e hizo como ella. La bata de
Teresa cayó a los lados dejando su cuerpo desnudo ante él. Sus manos
emprendieron enseguida, con suavidad acariciante, el camino hacia sus pechos,
y se quedaron allí, mirándola a los ojos y sintiendo su placer mientras el
aceite perfumado los vestía de brillo y a la vez los desnudaba en toda su
turgencia. Ella le devolvió las caricias y paseó sus manos, de nuevo
perfumadas, por todo su pecho, y luego bajando más y más por el vientre. Los
ojos de ambos permanecían enganchados, sintiendo cada uno las sensaciones del
otro. La excitación de Martín se hizo evidente en sus genitales y ella se
quedó contemplando unos instantes la vela que había encendido en su cuerpo.
Luego separó un poco sus propias piernas y le dejó ver su pubis sin vello de
niña abierto como una flor. Le tomó de las manos y las sujetó con suavidad
sobre la cama. Se contemplaron el sexo con deseo, luego se miraron a los ojos
y se ofrecieron mutuamente su excitación. Teresa cerró los ojos y se sumió
en sus sensaciones, y Martín hizo lo mismo. En su mente sonaban las palabras
de Teresa: “Experimenta tus sensaciones
conscientemente, sintiendo como surgen y cómo evolucionan...” Cuando
abrió los ojos, Teresa le miraba con ternura. La tensión erótica de ambos
se había sosegado y ella acercó sus manos a las piernas de Martín,
acariciando sus muslos, rozando sutilmente su
sexo. Él hizo lo propio y Teresa volvió a florecer ante su mirada.
Los dedos de él se fueron a los pétalos
rosados y experimentaron
la exquisita suavidad de su tacto. Con los ojos cerrados sobre su placer,
Teresa encontró el miembro, de nuevo en plenitud, del hombre, y lo rozó con
la punta de los dedos por todas sus partes. Alternaron durante mucho tiempo
caricias y miradas, ofreciéndose la excitación, descansando con calma de
ella, haciéndola renacer. Martín acabó deseando esos renacimientos por sí
mismos, sin otro objeto, anclado a los ojos de Teresa, dándoselos
y recibiendo de ella los suyos propios. Se sentía bien, se estaba
acostumbrando a sentir cómo la energía erótica se instalaba en su cuerpo y
permanecía alta, manteniéndole vitalizado, despierto.
Después
de un prolongado descanso, enlazados de las manos y mirándose relajados y
abiertos completamente de alma, se levantó Teresa y se sentó sobre sus
piernas, quedando frente a frente, pegados sus pechos. Entonces se acercó a
sus labios y los rozó con los suyos. Dejó que él recuperara el tierno
contacto y permanecieron así, en un beso suave, sintiendo el calor de sus
respiraciones. Ella abrió los labios y le ofreció su humedad; él los
oprimió con los suyos y los dejaron en libertad. Se deleitaron
explorándose los labios y la boca, acariciándose con la lengua,
mordiéndose con delicadeza. La pasión iba creciendo deprisa y se hacía
notar en la presión de los labios, en la amplitud de los besos, y Martín se
sintió arrastrado por un impulso violento que hubiera querido devastarla.
Ella se retiró jadeante y puso sus manos entre los dos, y descansaron.
Entonces ella se acomodó sobre las piernas de Martín hasta sentir su miembro
rozando la entrada de su vagina, y se quedó así, esperando. Como si los
sexos de ambos tuvieran vida propia, iban entrando en contacto sin que ellos
mismos se movieran. Teresa conducía la lenta penetración, el dulce y
estrecho acoplamiento, prolongándolo, sintiéndolo vivamente, haciendo
sentírselo a él. Sus rostros estaban frente a frente y en contacto, sus
respiraciones palpitaban. Teresa se inmovilizó del todo cuando el sexo de
Martín estaba completamente dentro de ella. Ralentizó su respiración poco a
poco, prolongando las expiraciones. Martín intentó seguirla y finalmente
ambos respiraban tan sosegadamente que sus pechos apenas se movían. Entonces
cobró vida dentro de Martín la conciencia lúcida del abrazo genital de
Teresa, que disolvía su sexo y lo trasformaba en una dulce e intensa
sensación de unicidad con ella. En sus ojos vio que eran uno, uno en una
única sensación que habitaba en dos espejos.
Oyó
el susurro arrobado de Teresa que le decía:
-
Ahora seguiremos así mucho rato, hasta que se apaguen las velas. Son
distintas y se irán apagando cada una a
su tiempo. Mantendremos nuestra energía fluyendo constantemente, subiendo su
nivel según se vaya apagando cada vela. Tú sólo tienes que sentir, estar
plenamente consciente. Yo iré despertando tu energía y la mía a la vez.
Teresa
se movía ligeramente cuando notaba que la cópula se debilitaba. Eran
movimientos casi imperceptibles de sus caderas que avivaban las sensaciones de
ambos y les devolvían la plenitud de su contacto. Se llegó a compenetrar
tanto con Martín que conseguía mantener estrechamente la unión con apenas
perceptibles variaciones. La energía del placer fluía suavemente por ellos
como la luz apenas oscilante de las velas. El tiempo se había detenido; solo
existía la dulce sensación de la cópula instalada de manera permanente en
las conciencias.
Cuando
se apagó la primera vela, Teresa fue levantándose muy lentamente y salió de
Martín. Apoyó su cara contra la suya y le abrazó tiernamente, dejando
apagar sus sensaciones. Reposaron
uno en los brazos del otro sintiendo todavía el eco de su sensibilidad.
Bebieron
un par de sorbos del licor, como el que cambia el sabor del paladar para
volver a disfrutar otra vez de las mismas sensaciones como si fueran nuevas.
Después
de renovar brevemente el ritual de las caricias previas y el ascenso del
deseo, Teresa se sentó sobre Martín e inició enseguida el camino de la
cópula. Ahora entró en él sin dilaciones, paladeando el trago embriagador
de penetrarlo y sentirse penetrada al mismo tiempo. Sus caderas se movían
visiblemente y la excitación de ambos alcanzó enseguida un nivel alto. Y se
mantuvieron allí, jugando la diosa mujer con las ondas de placer, haciendo
cabalgar a Martín sobre una ola de sensaciones que subían y bajaban y
amenazaban con romperle en un caos de espumas blancas. Pero Teresa navegaba
con habilidad y le mantuvo a flote, subido en la cresta de la ola. De nuevo el
tiempo se paró y una luz blanquísima amaneció en las entrañas de Martín
inundándole por completo el ser. Los ojos de ambos, encadenados, enfrentados
como dos espejos paralelos, reflejaban la luz hasta el infinito.
Al
apagarse la segunda vela, Martín sintió que la eternidad se deshacía
lentamente y oyó la voz de Teresa que le devolvía al tiempo:
-
Amor, es conveniente en tu primer día terminar ya el ritual. Te has portado
muy bien, ha sido casi perfecto. Ahora te daré el regalo que te había
prometido.
Se
acercó a sus labios mientras le abrazaba estrechamente. Dejó en libertad su
pasión y comenzó a besarle intensamente, sin freno. Sus caderas ejecutaban
una danza mágica que le proyectó enseguida a la cúspide del placer. Allí
notó que Teresa se quedaba inmóvil un instante y enseguida su vagina
comenzaba a contraerse y
aflojarse sobre su miembro de manera rítmica. Sintió que el caudal de su
energía comenzaba a desbordarse y se abrazó compulsivamente a ella. Los dos
rodaron sobre las sábanas envueltos en la marea interior que les arroyaba,
agitados y removidos por la corriente. Finalmente, arrasados y exhaustos, se
quedaron quietos, separados, mirando al infinito.
Al
cabo de un buen rato, Martín
adormecido oyó la voz de Teresa:
-
Esto ha sido una concesión a tu pasión y a tu primer día. Pero en adelante
nuestro éxtasis estará ritualizado también. Será fuente de luz y no de
fuego y de cenizas. Ahora debes irte. Mañana nos encontraremos.
Perezosamente,
de manera casi automática y mirando el rostro inflexible y silencioso de
Teresa, Martín se incorporó en la cama. Ella se había sentado de nuevo en
posición de meditación y tomándole las manos le dio un beso suave y ritual
en los labios. Después cerró los ojos y dejó que se vistiera y se fuera.
Cuando
Martín llegó a su habitación aplazó para el día siguiente pensar sobre
todo lo sucedido. Se durmió enseguida con profundidad mientras en su mente
seguían mirándole los ojos de Teresa.
Mientras
despertaba al día siguiente, rondaban por su cabeza los últimos sueños de
la noche, pero no fue capaz de recuperarlos; se diluían en el recuerdo tan
rápidamente como su conciencia iba despertando. Pero le dejaban un regusto de
felicidad y luz, de haber recuperado una actitud y una conciencia de la vida
que hacía mucho tiempo había perdido. Tenía la sensación de haber vuelto
“a los buenos tiempos”. Había descansado y se sentía vital.
En
el comedor se encontró a Antonio, solo, entre los pocos comensales que
quedaban ya.
-
Muy solo le veo- le saludó Martín.
-
Sí, Adela ha tenido que irse un par de días. Acompáñeme si quiere.
-
Enseguida estoy aquí -respondió Martín y se fue a por su desayuno.
Volvió
a la mesa de Antonio con una bandeja cargada con zumo de frutas, huevos fritos
con jamón, café y tostadas, mantequilla y mermelada.
- Parece que tenemos apetito hoy... -dijo Antonio sonriente
-
Sí, ayer hice demasiado ejercicio. No hay más remedio que cuidarse. ¿Qué
le ha pasado a Adela?
-
Nuestra hija está un poco indispuesta, ha ido para estar con ella unos días.
No parece nada importante. ¿Cómo le va la vida? Hacía días que no le
veía...
-
Pues me he vuelto algo vago, me levanto tarde y arrastro ya todo el día un
horario algo retrasado... pero por aquí sigo haciendo mi vida de siempre. ¿Y
Ud.?
-
Igual, repartiendo mi tiempo entre el hotel y la excavación. ¿Tiene algo
especial que hacer hoy?
-
Nada especial por la mañana...
-
Pues acompáñeme, le había prometido enseñarle el museo. Hoy es buen día
también para mí; tengo bastante libre la mañana.
-
Bien -respondió Martín -pero sólo un rato. Como le dije, hago largas
caminatas por la playa para no acumular algunos kilos de más estos días.
-
Estupendo, le puedo dejar luego en el sitio que me diga de la playa para que
vuelva caminando al hotel. Yo subiré después al poblado y recogeré a los
chicos para ir a comer al pueblo otra vez. Pasaré por allí todo el día.
-
Me parece un buen plan.
-
Pues le recojo en el hall dentro de media hora... y ahora le dejo que se
deleite con su desayuno.
Cuando
apareció Antonio en el hall iba vestido con su ya habitual “uniforme de
arqueólogo”. Subieron a su coche y salieron a la carretera.
- El museo se creó hace ya unos veinte -comenzó a explicarle
Antonio-. Fue a raíz del descubrimiento de un par de yacimientos importantes
en el término. Se creó a iniciativa del ayuntamiento para albergar las
colecciones, ya que los yacimientos fueron descubiertos por vecinos del pueblo
aficionados a la arqueología, que después colaboraron también en la
excavación oficial. A partir de entonces se han ido incorporando al museo
diferentes hallazgos aparecidos por la zona. Ahora, pasarán también a él
una parte interesante de los objetos excavados en el poblado Ibérico.
-
Así que esta zona parece rica en restos arqueológicos...
-
Sí que lo es, toda la región en general. Por aquí pasaron griegos, romanos,
árabes... todas las civilizaciones mediterráneas. Y antes de ellos
florecieron culturas autóctonas que hunden sus raíces en la prehistoria. Los
últimos, los íberos, fueron influidos culturalmente por griegos y fenicios,
con los que comerciaban. Y antes de los íberos, las culturas del bronce, de
las que hay espléndidos vestigios. Incluso del Paleolítico hay recogidos
restos y herramientas en el Museo, ya verá.
-
Bueno, la verdad es que no soy un entendido en la materia, pero sí que me
despiertan la curiosidad todos esos objetos antiguos que reflejan un modo de
vida y unas gentes tan diferentes de las nuestras.
-
Las gentes no eran tan diferentes. Se ha difundido desde hace mucho tiempo la
idea de que los hombres primitivos eran una especie de monos erguidos,
completamente sumidos en la animalidad, pero con un destello de inteligencia
que les permitió construir herramientas rudimentarias y armas. Sin embargo,
cada vez más se acepta la evidencia de que eran muy semejantes a nosotros, en
capacidad mental, en inteligencia e incluso en aspecto físico. Y tenían una
cultura que aunque incipiente era compleja, y que incluía, además de la
habilidad técnica, ritos religiosos y mágicos, conocimientos curativos
basados en plantas, reglas sociales y mitos. Nuestra especie ha evolucionado
culturalmente en muy poco tiempo, no dando tiempo a una evolución física
apreciable. Así que amigo Martín, piense que somos básicamente cultura, que
lo que nos diferencia a los humanos de las diferentes épocas y países, es
únicamente cultura. En el museo verá piezas realizadas en piedra con tanta
calidad, cuidado y habilidad técnica, que se dará cuenta de que aquellos
hombres tenían ya una finura mental y habilidad manual extraordinarias.
Créame que estamos ante el mismo hombre, y que lo que nos diferencia de ellos
es la cadena de inventos y descubrimientos que se han ido acumulando a lo
largo de las generaciones.
-
Ciertamente es alucinante el viaje de la cultura. Parece no tener límite. La
mente del hombre es algo prodigioso. Me sorprende mucho también que desde el
principio el hombre tuviera sus rituales, sus mitos.
-
Ah, ése es un tema apasionante, Martín, estaríamos hablando horas y horas.
El hombre, desde el origen, siempre ha creído en seres y energías ocultas
que actuaban sobre su mundo y con las que él podía comunicarse en su propio
beneficio. Y ha construido relatos explicativos de todo eso, muy simbólicos,
muy extraños a veces, pero que permitían al hombre situarse en aquel mundo
de fuerzas desconocidas. Los rituales mágicos eran prácticas que, ayudadas
de ciertos brebajes y sustancias sicotrópicas, llevaban la mente de los
chamanes y hechiceros a estados especiales de lucidez y conciencia, en los
cuales veían o creían ver esa realidad
superior. Luego fueron apareciendo las religiones y sistemas
espirituales más o menos evolucionados.
Habían
llegado al yacimiento y enfilaron la recta hacia los montes. Pronto comenzó a
divisarse el pueblo. Antonio lo señaló.
- Parece un lugar muy pintoresco -dijo Martín disimulando.
-
Tiene una espléndida vista sobre la costa -asintió Antonio- Y es más grande
de lo que parece a simple vista. Desgraciadamente se conserva muy poco del
pueblo antiguo.
Llegaron
s la plaza de la Iglesia y siguieron hasta el Ayuntamiento. Allí aparcó
Antonio el coche y entraron en el museo, que efectivamente era la casa
adyacente al propio Ayuntamiento, como le había dicho la mujer del bar.
- Buenos días Manuel -saludó familiarmente Antonio al conserje.
-
Buenos días Don Antonio- respondió el hombre sonriente y amable,
levantándose.
-
¿Están trabajando los chicos? -preguntó Antonio
-
Están Vero y Luis -respondió.
Pasaron
a la sala de exposición, una especie de corredor amplio que albergaba las
colecciones de las distintas épocas, separadas por paneles explicativos. En
la zona de Prehistoria le mostró Antonio algunas piezas interesantes talladas
en sílex.
-
Fíjese en el delicado trabajo de esas hojas -advirtió señalando unas
láminas recortadas en forma de hoja, con toda su superficie facetada como si
hubiesen extraído escamas de ella -. Son puntas de lanza -añadió-. A mí me
daría pena lanzar una cosa así y quebrarla si fallaba el tiro.
Aunque
Martín había visto alguna vez piezas semejantes, nunca había visto, o
apreciado, el extraordinario trabajo que tenían aquellas.
- Desde luego eran unos artesanos magníficos, casi unos orfebres
-dijo.
En
la vitrina de al lado, entre restos de cerámica y algunas piezas de metal que
parecían también puntas de lanza, se veían unos curiosos cilindros de
piedra blanca, que llevaban grabados una serie de rayas y muescas alrededor de
unos círculos grandes, como representando los ojos enormes de un búho.
Antonio percibió su atención y le explicó:
-
Ídolos oculados. Se les llama así por la representación destacada de los
ojos. Como ve, es lo único representado en la pieza, que no tiene ninguna
forma señalada más que la apariencia más o menos humana que pueda tener un
cilindro. Se supone que son representaciones de la Diosa Madre, un culto de
Oriente próximo más antiguo y que probablemente se extendió por todo el
Mediterráneo. Estos ídolos los asociamos a un culto a la fecundidad.
-
Lo que no acabo de entender es la relación que pueda tener la maternidad con
esos ojos tan asombrados, ¿no serán por casualidad los de una parturienta en
el momento de dar a luz? -bromeó Martín.
Antonio
se echo a reír sonoramente.
-
Verá, cuando le decía lo del culto a la fecundidad era en sentido
general, referida también y especialmente a la fecundidad de la tierra. Pero
cualquiera sabe, los arqueólogos hacemos conjeturas, correlaciones
culturales, hipótesis probables... pero la verdad de unos registros tan
antiguos se la ha llevado el tiempo. Esos ojos, o semejantes, aparecen
también en paredes pintadas, en objetos de hueso, en la cerámica...
asociados a chamanes, a seres iluminados por el conocimiento, por la
divinidad. Y por supuesto aparecen en los propios ídolos de deidades, como
parece que representan estos cilindros oculados.
Más
allá se veían abundantes vasijas de cerámica, muy primitivas. Antonio le
explicó que procedían de un pequeño poblado de la edad del bronce,
descubierto en la cercanía del pueblo y que dio origen al museo. Estaban
hechas a mano, sin torno, que entonces no se conocía aún. Sin embargo su
superficie estaba muy pulida, casi brillante, y su coloración era oscura con
desigualdades en el color. Su forma tampoco era perfecta, pero les daba un
encanto especial, como todo lo hecho de manera artesanal, sin máquinas.
Luego
llegaron a una vitrina que contenía objetos de época romana, vasijas
pequeñas, platos, fuentes, etc., que llamaron la atención de Martín por su
colorido rojo anaranjado, muy brillante, como si estuviesen barnizadas.
-
Es “sigilata”, una cerámica de lujo que hacían en moldes, gracias a lo
cual reproducían en su superficie decoraciones y formas en relieve. Era la
vajilla de mesa. Todo esto pertenece a una villa romana del término. Las villas eran el equivalente de los cortijos
andaluces, o algo parecido. Había una gran mansión, acondicionada con todo
lujo, y en ella vivía la familia romana. Además había toda un serie de
dependencias para los siervos, el ganado, graneros, etc. Y por supuesto una
buena extensión de terreno agrícola que era la fuente de riqueza de los
dueños. Existían villas por todas partes, generalmente al lado de las
calzadas romanas, que eran como las autovías de hoy.
Había
también una buena colección de objetos de bronce, cuya función se adivinaba
por su semejanza a los actuales, como pinzas, cucharillas muy pequeñas,
punzones... Despertaron la curiosidad de Martín varios objetos que tenían
una anilla y adosados a ella lo que le parecieron ser unos genitales
masculinos reproducidos obscenamente con todo detalle, exagerando sus
características.
- Y eso, ¿qué es exactamente? -preguntó Martín irónico.
-
Son amuletos fálicos, de uso muy corriente. Los utilizaban las damas romanas
como colgantes, y les atribuían cualidades
protectoras contra maleficios y el mal de ojo. Como ve, la
superstición era moneda corriente por entonces. Fíjese en ese otro colgante
que tiene un falo a un lado y al otro una mano haciendo el signo de la higa,
que tenía las mismas propiedades protectoras. En contra de lo que nos puede
parecer hoy día, el realismo exagerado de estas figuras no tenía carácter
obsceno o grotesco entonces. Los romanos utilizaban estos símbolos también
en sus rituales sagrados en honor al dios Baco o a Príapo. En realidad
el simbolismo fálico ha tenido en muchas culturas de la antigüedad un
carácter sagrado, como dador de vida, como poder genésico. También la vulva
femenina aparece asociada a rituales sagrados desde la prehistoria, y puede
verse representada en las pinturas rupestres con mucha frecuencia. En la
India, por ejemplo, se puede ver en muchos templos un monolito representativo
de un falo saliendo de una plataforma circular o receptáculo que representa
una vulva. El falo es la representación de la deidad suprema, Shiva. El falo
y la vulva eran símbolos
sagrados para los hindúes.
-
Es curioso -observó Martín- como en nuestra cultura todos estos símbolos
están asimilados a un concepto obsceno, descarado.
-
Es un fenómeno puramente cultural. La tradición religiosa judeo-cristiana ha
ido arrinconando todas las representaciones eróticas como algo pecaminoso,
dada la orientación de la sexualidad a fines reproductivos exclusivamente,
dentro del marco del matrimonio.
-
¿Y eso que es? -preguntó Martín señalando una especie de paleta de bronce.
-
Es un espejo. Seguro que me hace ahora la clásica pregunta -respondió
Antonio risueño.
-
El cristal se ha perdido, claro.
-
No era un espejo de cristal. No sabían hacer cristal laminado todavía. Era
simplemente una superficie de bronce excelentemente pulida que reflejaba la
imagen. Las damas romanas se cuidaban mucho, y no quiero hablarle de sus
ungüentos de tocador, perfumes, peluquería, etc.
-
Qué curioso es todo esto... -afirmó Martín.
Más
adelante había vitrinas con cerámica árabe, muy vistosas, de superficie
vidriada, y diferentes herramientas agrícolas de hierro, muy corroídas.
-
Imagino que ya se está cansando de ver tanto cacharro -observó Antonio-.
Venga, le voy a enseñar el taller donde se están restaurando algunas piezas
procedentes del vertedero del poblado ibérico. Pronto habrá en esta sala una
zona dedicada a la cultura Ibérica.
En
el taller estaba trabajando el chico con el que había hablado largo rato en
la excavación y una de las dos chicas que estaban extrayendo aquel bocado de
caballo.
Sobre
una gran mesa había colocadas algunas vasijas parcialmente reconstruidas, con
muchos huecos todavía entre sus piezas visiblemente pegadas. Una serie de
bandejas contenían trozos de cerámica de diversas formas y tamaños. Contra
la pared, unos depósitos de lavado aparecían repletos de trozos de cerámica
recién extraídos del yacimiento.
Los
muchachos respondieron al afable saludo de Antonio y Martín, y se quedaron
con ganas de contar ellos algo al visitante. Pero fue Antonio el que le
explicó lo que hacían.
-
Los trozos de cerámica, una vez lavada y desincrustada, se clasifican en base
a determinados patrones, como el tipo de barro, color, tamaño y forma
supuestos de la pieza original, tipo de decoración, etc. Cuando se dispone de
una parte significativa de una pieza, se empiezan a buscar el resto de sus
partes en las bandejas que corresponde a sus patrones. Como le dije, es una
labor de chinos, porque hay miles de piezas, y a pesar de su detallada
clasificación la tarea es difícil. Finalmente es imposible en la mayoría de
los casos recomponer una pieza por entero y se recurre a completarla en base a
escayola, diferenciando el color claramente o dejándola en su color original
blanco.
-
¿Qué tipo de vasijas son las que están reconstruyendo? -se interesó
Martín.
-
Esta que ve aquí -dijo Antonio acercándose a las piezas- es un enócoe, o
sea, como ya se ve, una jarra para agua o vino. La boca es trilobulada, hecha
como con tres pellizcos en el barro blando, aunque aquí le falta uno lateral.
El del frente evidentemente facilitaba el vertido del líquido. Fíjese en la
espléndida decoración y en la armonía de la forma, en el equilibrio de las
partes, la panza, el cuello, la boca... yo estoy enamorándome de esta pieza.
Esta otra es un cálato; observe su forma de sombrero de copa invertido y la
decoración muy recargada; se usaba en la casa para guardar legumbres, olivas,
granos, etc. Es quizás el equivalente, aunque de mayor tamaño,
a nuestros tarros de cocina. Y aquellos son cuencos
para beber el vino, el agua, y a veces para comer algún alimento -dijo
señalando un pequeño grupo de piezas sencillas que parecían sin decoración
alguna y de forma casi semiesférica, sin asas. Al fondo de la mesa ve una
urna; en ella depositaban parte de las cenizas y huesos no quemados del muerto
y después la colocaban en un agujero en el suelo. A su alrededor depositaban
el resto de las cenizas y objetos del difunto, armas, etc., lo que se llama el
ajuar funerario. Luego cubrían el hoyo y ponían encima una piedra a manera
de estela para señalar el lugar.
-
Interesante -dijo Martín-. Por lo que se ve usaban la cerámica para todo
tipo de recipientes...
-
Los íberos eran unos consumidores tremendos de cerámica. En cualquier
yacimiento aparecen en superficie montones de trozos dispersos por todas
partes.
Siguieron
hablando un buen rato de las
costumbres de los íberos, del museo, de la excavación... Finalmente Martín
insinuó su deseo de dar por terminada la visita.
- Le voy a acercar a la playa. Yo volveré después a la excavación
-dijo Antonio.
-
Déjeme allí mismo, yo volveré caminando, ya sabe que lo que quiero es hacer
ejercicio -aseguró Martín.
Después
de despedir a Antonio a los pies del cerro, y aplazar para otro día su invitación de ver el vertedero del alfar,
se puso a caminar al borde del agua, hacia el hotel. Estaba deseando
encontrarse a solas y recordar la experiencia con Teresa. Había sido
fabuloso, pensaba, y se maravillaba de la delicadeza y a la vez desinhibición
de su amiga. Era asombroso cómo podía convertirse un acto puramente
instintivo como el sexual en un rito que duraba horas, administrando la
energía erótica, convirtiéndola en una asombrosa experiencia que despertaba
la conciencia sensible y hacía disfrutar de las más exquisitas sensaciones,
amplificadas por esa conciencia iluminada. Ciertamente, el sexo podía
convertirse en un acto sagrado, en un sacramento. Después de todo, pensó, la
Iglesia católica decía que el matrimonio era un sacramento, aunque lo
entendía como institución de conjunto, centrado sin duda en el sentido
sagrado de la maternidad, y no en el goce sexual de los esposos.
Se
acordó de las experiencias místicas de personajes como Santa Teresa de
Jesús o San Juan de la Cruz, tan cargadas de expresiones y manifestaciones
eróticas, como si lo sublime de tales experiencias sólo tuviera comparación
con lo sublime del sexo y el amor erótico, o como si hubiese una relación
inseparable entre mística y erotismo y una condujera a la otra y viceversa.
Los santos tenían experiencias místicas intensas con manifestaciones
eróticas, y las experiencias eróticas intensas por fuerza tenían
manifestaciones místicas, concluyó. Y este segundo camino era por el que le
llevaba Teresa. Le había hablado de términos que no dejaban de danzar en su
mente, como “cópula mística”, y se preguntaba si era lo que había
experimentado el día anterior con
ella, en aquel acoplamiento delicioso y estático que se prologaba sin medida,
fuera del tiempo, que se convertía en luz cuando estaba en la cima del
placer. También le había hablado de ritualizar el orgasmo ¿Sería eso la
cópula mística? Tenía unas ganas tremendas de hablar con ella de todo esto,
de ver con claridad a donde le llevaban todas estas experiencias. Pero Teresa
se empeñaba en el silencio, en la experiencia directa, y no daba
explicaciones adicionales. Le hubiera gustado tanto estar ahora con ella,
hablando tiernamente de la noche pasada, de todo lo que había sucedido entre
ellos, de lo que había sentido cada uno, de sus sentimientos... Estaba
ansioso de que llegara la noche.
Andando
y meditando en todo esto, recordando cada uno de los momentos que había
pasado con Teresa, recorrió casi sin darse cuenta la media docena de
kilómetros que le separaban del hotel. Era mediodía. Pensó en una
buena comida y una no menos buena siesta.
A
la hora convenida estaba ante la puerta de Teresa. La empujó con suavidad y
entró. Había penumbra en la habitación; ardían las cuatro velas. Teresa
estaba en meditación encima de la cama. Entró en el baño y se preparó. Una
vez sentado ante Teresa, ella le miró con amor y le dio el beso ritual.
Después bebieron el licor...
Vela
tras vela fueron recorriendo el camino del éxtasis místico, subiendo los
peldaños de la escalera sagrada que conducía a la iluminación. Al inicio
del cuarto peldaño, Teresa le situó, y le mantuvo, en lo más alto del
placer. Entonces empezó su juego mágico de contracciones, su danza interior
vaginal que golpeaba rítmicamente en la raíz de su placer. Cuando Martín
empezaba a desbordarse y abandonarse al caos, ella le sujetó la cara y le
obligó a mirarla a los ojos. Y ella misma, sin dejar de mirarle, fue sacudida
desde su vientre por convulsiones automáticas, mientras se mantenía inmóvil
en su postura y sus ojos le ofrecían su éxtasis. Así, erguidos, agarrados
el uno al otro, mirándose, temblaron como las hojas de un árbol sacudido por
el vendaval. Luego se fue haciendo la calma. Apoyaron sus caras y
permanecieron largo rato abrazados. Luego ella acercó el cuenco del licor y
bebieron.
Cuando
Teresa reanudó el ritual, Martín pensó que no podría estar a la altura de
las circunstancias. Pero ella le fue encendiendo con la magia de su boca y de
sus dedos, y pronto le hizo dar otra vez su máxima luz. Fue ella la que ahora
comenzó a vibrar sola mientras Martín se mantenía en una cima imposible y
serena que lo inundó de luz. Se fue apagando mientras Teresa se extinguía
lentamente.
A
la tercera vez, ambos alcanzaron un éxtasis tranquilo e iluminado que fluía
entre sus ojos y ocupaba por entero sus conciencias. Ya no estaban; allí no
había Teresa ni Martín, solo una conciencia común e impersonal del
éxtasis.
Se
fueron apagando y permanecieron abrazados largo tiempo en la penumbra. Luego
Teresa se separó y le dio el beso ritual en los labios. Cuando Martín salía
de la habitación notó que se apagaba la cuarta vela.
Iban
pasando los días y Martín hacía una vida monótona, descansada, dedicada
casi por entero a sus encuentros con Teresa. El ritual sexual que les ocupaba
parte de la noche se había instalado en su vida y vivía sumido en él. Se
sentía participe de la energía indiferenciada de la vida, como se participa
de la luz del sol o del aire en plena naturaleza. Se había olvidado de sus
inquietudes, de la búsqueda que le había llevado hasta allí. Se sentía
cambiado, más tranquilo, absorto en una nueva realidad que no llegaba a
concretar del todo. Experimentaba un sentimiento nuevo hacia las personas con
las que coincidía ocasionalmente en el hotel. Se sentía inmediatamente unido
a ellas, como si no hubiese obstáculos entre sus almas. Era como si en lugar
de apreciar las diferencias su mente percibiera sólo la cualidad de ser
conscientes entre sí. Apreciaba especialmente el alma femenina. En cada mujer
que veía o con la que hablaba creía encontrar a la misma mujer, a la
cualidad de ser mujer.
Cuando
estaba solo, descansando en la playa, evocaba la cópula mística con Teresa,
y sentía que la energía volvía a instalarse en él, que la luz se hacía en
su mente y le disolvía. De nuevo brillaba en su interior simplemente el ser y
Martín desaparecía.
Cuando
llegó el décimo día de su aprendizaje, estaba algo inquieto. No sabía
cómo sería su relación con Teresa en adelante y experimentaba una gran
ternura por ella. Se había acostumbrado a su intimidad y temía perderla. Por
otro lado, estaba deseando terminar aquellos rituales tan silenciosos y poder
hablar con ella largo y tendido, comunicarle sus sensaciones y sentimientos.
El
ritual se desarrolló como era habitual, con mucha facilidad y relajación.
Encontraron su camino hacia el éxtasis estático sin problemas después de
dejarse estremecer por el viento de la energía vital. Teresa se separó de
él después de descansar un rato, y por primera vez en todos aquellos días
le habló:
-
Querido mío, vamos a dar por terminado hoy el ritual y tu aprendizaje. Has
andado un largo camino aunque quizás no te hayas dado cuenta del todo
todavía. Has sido un maravilloso compañero espiritual y te estoy muy
agradecida. Ahora tienes que seguir tu solo el mismo camino, si quieres
continuar por él. Estoy convencida de que lo harás. Ya no me necesitas de
momento, aunque de cuando en cuando será conveniente que encuentres una
compañera para reforzarlo. Puede ser cualquier mujer, adiestrada o novicia.
Si es novicia tú la enseñarás. Y por supuesto puedo ser yo misma también.
Has desarrollado la conciencia intensa del ser en sí mismo, sin formas, sin
individualidad, y esa conciencia está en ti, es toda tuya y ya no necesitas
intermediarios para experimentarla. Yo he sido solo la puerta a esa realidad.
Pero ya estás dentro de ella. Ya no necesitas ninguna puerta.
-
No sabes las ansias que tengo de hablar de esta experiencia contigo, de todo
lo que nos ha pasado - dijo Martín emocionándose.
-
Claro que hablaremos... Pero de momento es mejor que no nos veamos en un par
de días, cariño. Hemos movilizado demasiada afectividad inconsciente a pesar
del distanciamiento y del ritual estricto. Conviene que nos serenemos, que nos
distanciemos un poco de esto.
-
Como quieras, no sé que haré estos días. Deambular por ahí yo solo...
-
Meditar. Seguir tu solo el camino como te he dicho. Yo haré lo mismo, siempre
lo he hecho. Ahora debemos despedirnos hasta dentro de unos días.
Cuando
Martín se vistió y salió del baño, Teresa había encendido las luces de la
habitación. Le acompañó a la puerta y le dio, ahora sí, un beso muy
apasionado.
A la mañana siguiente, en contra
de lo que le había sugerido Teresa, se propuso desconectar de la experiencia
hasta que volviera a verla, entretenerse con otras cosas. Hacía días que
quería reponer sus existencias de ginebra y organizar una minidespensa de
emergencia en su habitación, por si algún día llegaba tarde al comedor.
Así que cogió el coche y se dirigió al pueblo. Enseguida localizó un
pequeño supermercado e hizo acopio de provisiones: conservas, cervezas,
frutos secos, patatas fritas, aceitunas, pan tostado, etc. Se acordó del
licor de Teresa, y además de su bebida preferida incluyó una botella de ron
y un tarro pequeño de miel. Una vez cargadas las provisiones en el coche, y
como no quería deambular demasiado por el pueblo para no coincidir con
Antonio otra vez, decidió seguir carretera adelante y explorar un poco la
comarca.
El
paisaje era montañoso y muy pintoresco. Pasó por un par de pueblecitos más
pequeños que El Bartel, y sin nada de particular. En un paraje recogido y
agradable se dispuso a tomar un bocado de sus provisiones. “Mira qué bien”,
se dijo, “qué buena idea he tenido con lo de las provisiones... cualquiera
encuentra por aquí un sitio donde comer.”
Cuando
llegó de vuelta al hotel estaba entrada la tarde. Respetando el horario de
Teresa bajó al comedor a última hora.
Al
entrar se encontró de frente a Adela, que iba acompañada de una chica joven.
-
Hombre, Martín, cuanto tiempo sin verle... mire le presento a mi hija, Alba.
-
Encantado -dijo Martín sonriendo a la joven e intentando encontrar
un parecido entre Adela y la atractiva muchacha.
-
Tengo muchas ganas de charlar con Ud.-dijo Adela- Si no tiene nada que hacer
le invitamos a un café cuando termine de comer.
-
Será un placer, como siempre.
-
Pues le esperamos en la cafetería charlando de nuestras cosas.
Mientras
comía recordó lo que le había contado Adela de su hija. Vivía con su novio
y se llevaban bien. Ella era bastante diplomática y tranquila. Había vivido
con sus padres hasta que terminó la carrera y conoció a su pareja. Se
preguntaba si Adela habría sido así de atractiva de joven.
Cuando
llegó a la cafetería le esperaba solo Adela.
-
Creo que me he retrasado un poco. Llegué con mucho apetito.
-
No, no se ha retrasado, es que Alba está un poco indispuesta últimamente y
ha subido a descansar.
-
Ya me dijo Antonio que había ido a verla porque se encontraba mal.
-
Problemas de pareja, ya sabe, y
esta vez parece que importantes. Está muy nerviosa e irritable. Ella es muy
conciliadora y le ha aguantado muchas cosas a Jaime, pero ahora parece que la
cosa va en serio.
-
Vaya, lo siento... La pareja está un poco en crisis hoy día.
-
Siempre ha habido crisis en las parejas, pero ahora los jóvenes son más
irritables, aguantan menos. Y no hablo de mi hija, que es un encanto, pero
Jaime parece que se está volviendo agresivo, violento con ella.
Y le está afectando mucho, incluso a su salud. Así que aprovechando
que Antonio se ha ido a un congreso con el equipo de la excavación, me la he
traído aquí unos días para que desconecte y descanse.
-
Le vendrá bien, el mar es muy relajante. ¿Y dice que Antonio está en un
congreso?
-
Sí, en Barcelona. Su amigo Ernesto, el director de la excavación, presenta
una ponencia sobre el poblado ibérico precisamente, y allí han ido todos a
divertirse unos días.
-
No vive mal Antonio, no; de verdad que me da envidia a veces.
-
Pues siguiendo con lo de mi hija, lo peor del asunto es que ella... bueno, no
debería contarle a Ud. esto, pero confío en su amistad y en su discreción
cuando esté ella delante... pues el caso es que está embarazada. Ella dice
que él está así desde que lo supo, que ha cambiado mucho. Piensa que aunque
no dice nada, en el fondo no quiere tener ese hijo.
-
Y su hija imagino que sí, claro, que desea tenerlo...
-
Claro, ella ha salido a mí. Los hijos son lo mejor de la vida para una mujer.
Por ellos una es capaz de
aguantar muchas cosas... hasta la infidelidad del propio marido.
-
Imagino que el ser madre es una experiencia muy intensa para una mujer, sí.
También lo debe ser para un hombre el ser padre, pero supongo que diferente.
-
Bueno, no le quiero abrumar con lo de mi hija... ¿Y qué me dice Ud. de su
vida?... yo le hacía muy entretenido con su amiga Teresa, pero la he visto
por el comedor muy solitaria. Ya veo que no han intimado.
-
Ah, pues... ya sabe que ella es una persona muy suya, y a mí también me
gusta hacer mi vida... -dijo Martín escabulléndose del tema -. ¿Y de su
novela, qué me cuenta?... ¿ha seguido escribiendo?
-
Ah, sí, eso no lo dejo casi nunca, ya sabe que es mi segunda vida.
-
¿Y cómo le va a su Teresa?
-
Pues mi Teresa me tiene muy preocupada. Creo que le conté que había conocido
a un hombre interesante, que estaba muy ilusionada... Bueno, pues
efectivamente han iniciado una relación bastante pasional.
-
¿Y eso le preocupa?
-
Lo que me preocupa es yo sabía que ella no quería tener más historias
sentimentales, que le había ido mal siempre y pasaba de los hombres. Por eso
me extrañó su entusiasmo. Pero ahora he descubierto -siguió relatando Adela
como si se tratase de una historia verídica- que está tramando tener un
hijo. Que ha decidido orientar su vida como madre.
-
Bueno, y que hay de malo en eso también -dijo Martín empezando a ponerse
nervioso.
-
Que quiere orientar su vida como madre soltera.
Ahora
ya el corazón de Martín dio un vuelco.
-
Y su pareja qué dice -se atrevió a preguntar visiblemente agitado.
-
Pues eso es lo malo, que él no sabe nada, que todo es un plan que se ha
trazado ella concienzudamente. Ha estado viendo a un ginecólogo y está
siguiendo un tratamiento de fertilidad para quedarse embarazada. Y no piensa
decirle nada a él. Quiere que su hijo sea sólo suyo; quiere tenerlo y
criarlo ella sola.
-
¡Pero bueno, eso es una guarrada! -exclamó Martín inconscientemente.
-
Así es. Por eso estoy preocupada, porque eso no es habitual en Teresa. Está
utilizando al pobre hombre.
La
mente de Martín se había disparado y rememoraba a altas revoluciones toda su
historia con Teresa, atando cabos... Al cabo de unos segundos se tranquilizó
y le dijo a Adela:
-
Me tiene asombrado de la realidad con que vive su novela. Imagino que lo que
le está pasando a su hija ha influido en el cariz que está tomando la
historia
-
Es posible -respondió Adela pensativa-... lo que le está pasando a mi hija,
o lo que me pasa a mí, o lo que le pasa a tantas mujeres... ¿No le parece
que la conducta de Teresa, aunque yo no la apruebe, podría ser real?
-
Como la vida misma -sentenció Martín.
Tanto
Adela como Martín parecían inclinados a sumergirse en su propio mundo, por
lo que dando por terminada la charla salieron cada uno rumbo a su habitación.
Martín
se tumbó en la cama, y en un estado casi febril su cabeza repasó
detalladamente su relación con Teresa, desde el día que la vio por primera
vez en la piscina con aquel sugestivo bañador hasta sus famosas normas de
distanciamiento entre los dos mientras durara su experiencia, pasando por
ciertos momentos y actitudes de Teresa que le habían llamado la atención por
lo misteriosos y exagerados. Atando y atando cabos, llegó a convencerse de
que Adela estaba de nuevo acertando. Llegó a la conclusión de que o Adela
era vidente, o lo que le estaba pasando a él era tan previsible que no tenía
nada de especial el que coincidiera con una historia inventada como la de
Adela. Sintió el impulso
repentino de ir a la habitación de Teresa y hablar con ella. Pero se sentía
a la vez profundamente ofendido y vergonzosamente ridículo. Si todo fuera una
equivocación suya, no encontraría donde meterse ante la mirada de Teresa. No
sabía a qué carta quedarse, por lo que decidió hacerse el encontradizo con
ella a la mañana siguiente.
Estrenó
su botella de ginebra, y bajo sus efectos se imaginó siendo padre... Por la
noche tuvo sueños extraños.
Bajó
a desayunar en cuanto abrieron el comedor. Se sirvió un café y algo de comer
y se sentó en un lugar apartado. Pronto se fue llenando el comedor. Vio a
Adela y a su hija, que no advirtieron su presencia. Teresa no aparecía.
Cuando se fue Adela, salió él también sintiéndose incómodo, pero se
sentó en unos butacones que había cerca desde se veía la entrada al
comedor. Definitivamente Teresa no bajó. Imaginó que se había dormido, o
que quizás no tuviera ganas de desayunar, o tal vez estuviera meditando en la
playa y se había demorado demasiado. Sí, eso debía de ser. Se dirigió al
lugar donde meditaba mientras imaginaba una excusa por irrumpir en su zona en
contra de lo acordado. Pero tampoco estaba allí, ni se la veía a lo lejos.
Volvió al hotel dispuesto a pasar la mañana por allí. Bajaría a la playa
del hotel con un libro y quizás la viera pasar camino de su sitio. Tenía que
pasar por allí a la fuerza. Ataviado de playa, se tumbó en un buen lugar de
observación. A ratos simulaba leer, pero sus ojos veían en todas
direcciones. Bien entrada la mañana se cansó de esperar en vano y abandonó
la playa. Pensó que quizás estuviese en la piscina. Allí fue, pero
tampoco estaba. Se sentó en una mesa a la sombra y volvió a su libro,
intentando leer un rato mientras dejaba pasar el tiempo. Leía mecánicamente
pero no se enteraba de lo que leía. Sus ojos leían palabras pero su mente se
enfrascaba en pensamientos distintos. Teresa seguía sin aparecer y pensó que
estuviese donde estuviese al menos tendría que comer, así que subió a la
habitación y se preparó para bajar al comedor. Repitió la operación del
desayuno, alargando su almuerzo todo el tiempo que se suponía era el turno de
Teresa, pero no llegó. Antes de que aparecieran Adela y su hija, salió y se
fue a su habitación. Otra vez recurrió a la compañía de la ginebra
mientras pensaba en una disculpa para llamar
a la habitación de Teresa. Le diría que iba a ausentarse un par de
días y quería decírselo. Luego buscaría la forma de llevar la
conversación por donde él quería... Dejó pasar una hora y se dirigió a su
habitación. Llamó discretamente y esperó. Al poco rato abrió la puerta un
hombre joven.
-
Disculpe, buscaba a Teresa...
-
¿Teresa?... me temo que se ha equivocado.
-
Perdón, creo que sí.
Se
alejó después de comprobar que no se había equivocado, que aquella era la
habitación de Teresa. Sumido en una extraña sensación, bajó a recepción y
preguntó por ella. Le dijeron que había dejado la habitación el día
anterior.
En
su habitación de nuevo, la realidad se impuso en su conciencia de manera tan
lúcida e intensa, aunque ahora dolorosa, como aquellos éxtasis luminosos que
había tenido con Teresa. Y sin embargo, el extraño final de su aventura le
parecía mentira cuando recordaba aquellos momentos de profunda intimidad con
ella. Había algo contradictorio en todo el asunto, algo que tenía que
aclarar. Inmediatamente recordó que en una ocasión Teresa le había escrito
su número de móvil en una servilleta en la cafetería. Buscó en los
cajones, entre los libros, y finalmente la encontró en un bolsillo de su
bolsa de viaje. Sin dudarlo, cogió el teléfono y marcó el número.
Al otro lado le respondió la
voz de Teresa algo modificada por la transmisión:
-
¿Sí?... ¿Quién es?
-
Soy Martín.
Se
hizo un segundo de silencio que a Martín le pareció una eternidad.
- Martín, querido, te iba a llamar hoy mismo sin falta. Ya sé que mi marcha sin despedirme de ti es imperdonable... pero no tuve valor. Antes o después teníamos que separarnos y tenía miedo de cómo iba a evolucionar nuestra relación siguiendo yo ahí. Pensé en dejarte una nota, pero preferí llamarte personalmente. Tenía que haberlo hecho ayer mismo... pero ya ves, he preferido seguir adelante con nuestro pacto de no vernos en un par de días.
- Teresa, he estado muy preocupado por ti desde hace unas horas, al enterarme que te habías ido, y aún no sé a qué atenerme. Estoy sumido en un mar de dudas... Después de estos días de relaciones tan intensas he llegado a temer incluso que podrías quedarte embarazada, no sé... me han pasado por la cabeza un montón de tonterías.
De
nuevo el silencio martilleó en los oídos de Martín un tiempo insufrible.
-
No te preocupes, cielo, aunque me quedara embarazada eso es una
responsabilidad que yo asumo, no pensaría implicarte en ella.
-
Sí, si me preocupa... ¿qué te hace pensar que yo no quisiera asumirla
también?
Otra
vez un segundo de silencio le dolió una eternidad.
-
Mira, no tiene sentido esta cuestión, debes dejar de preocuparte. Yo estoy
bien, tranquila, y si por una remota casualidad me quedara embarazada, tú
también lo sabrías.
-
Si esa remota casualidad se produjera, y por cualquier circunstancia yo no
pudiera asumir mi responsabilidad, ¿serías capaz de verdad de asumirla tú
sola?
-
Claro, amor, estaría encantada.
-
Pero imagino que eso sería un trastorno para ti, te alejaría de tus
meditaciones, de tu estilo de vida centrado en el yoga y todo eso...
- ¿Quién te ha dicho a ti que la maternidad no se puede vivir desde la meditación también, lo mismo que el sexo?
Fue
ahora Martín el que se sumió en un profundo silencio.
-
No sé -dijo al fin-, imagino que también será una experiencia iluminadora
muy profunda, sí... Mira, Teresa, estoy un poco confundido con todo esto,
necesito pensar... Te volveré a llamar y hablaremos con calma.
-
Bien, cielo, como quieras... pero tú no te preocupes por nada. Un beso.
Oyó
Martín cómo al otro lado de la línea se cortaba la comunicación mientras
él seguía con el teléfono junto al oído todavía unos segundos más.
Sintió que sus piernas temblaban ligeramente debido a la tensión mantenida
durante la conversación, intentando no manifestar la agitación que le había
ido invadiendo. Agotado, se tumbó en la cama. Su cabeza seguía girando:
“Tratamiento
de fertilidad, diez noches seguidas de sexo intenso, por muy místico que
fuera... distanciamiento durante todo el día para no engancharse
emocionalmente... y de postre la huida sin decir ni pío”, se decía a sí
mismo, “la cosa está más clara que el agua... sólo un imbécil como yo
puede caer en estas situaciones... me ha utilizado como a un corderillo”. Su
tensión iba convirtiéndose en violencia interior y la violencia iba
descontrolándose, pidiendo
acción. Cogió de nuevo el teléfono y volvió a llamar a Teresa. Oyó una
locución que decía: “El teléfono al que llama está desconectado o fuera
de cobertura”.
Esperó
un buen rato y volvió a llamar. Oyó la misma locución. Cogió un vaso y la
botella de ginebra y se tumbó otra vez en la cama... Después de algunos
tragos y seguir dando suelta a su irritación, intentó ponerse en el pellejo
de Teresa, ser objetivo, tratar de comprenderla... Habían pasado juntos
momentos de extraordinaria intimidad y ternura, de amor, sí, de amor aún
sabiendo, como decía Teresa, que era un sentimiento de cada uno y para cada
uno, que había que concienciar en el propio interior lo mismo que las
sensaciones físicas. Pero todo aquello había sido verdad, auténtico,
también para ella. Lo había visto en sus ojos tantas veces... No había sido
una simple utilización pasional para sus fines de procreación. No había
tenido necesidad de todo aquel complejo y sofisticado montaje. Le hubiese
bastado atraerle pasionalmente y él se hubiese dejado llevar fácilmente sin
necesidad de tanto ritual, tanta meditación y tanto espíritu... “Sin
embargo... no me hubiese arrastrado a una actividad sexual tan intensa...
realmente me ha exprimido como a un limón”, -se dijo volviendo a su otro
lado vengativo. Pero al poco rato volvía a acordarse de los momentos
hermosos, de las horas que habían pasado acoplados dulcemente, mirándose a
los ojos, de aquella cópula mística en la que su ser y el de Teresa se
llenaban de luz y de conciencia, de aquellos orgasmos estremecidos, temblando
al unísono todas las fibras de sus cuerpos, reflejándose el éxtasis en los
ojos y contagiándose, prolongándose sin fin en los espejos enfrentados de
sus miradas... No, aquello fue verdad - se decía-, aquello no tenía nada que
ver con la procreación. Aquello fue espíritu puro.
En
esas idas y venidas del cielo al infierno personal, le fue venciendo el sueño
con la ayuda del alcohol.
Se
despertó muy tarde, con una resaca tremenda y con la cabeza triturada
como si hubiesen pasado sobre ella docenas de yuntas arándola y
desmoronándola. Había soñado intensamente toda la noche, pero no quedaba en
su memoria más que imágenes confusas detrás de una sensación de pesadez.
Miró el reloj y vio que ya había pasado con creces el horario de desayuno.
Después de ducharse y permanecer largo rato bajo el agua, recuperándose e
intentando borrar su resaca, tomó algunas galletas de sus provisiones y bajó
a respirar el aire.
Había
ya bastante gente en la playa del hotel. Se fue caminando por la orilla en la
dirección que había caminado siempre, hacia donde solía ponerse Teresa.
Cuando llegó a su sitio se sentó en la arena, evocando aquella primera vez que la vio allí meditando. “Qué poco
sé de ella...”, pensó, “ni siquiera donde vive... sólo me une a ella el
débil hilo de su número de teléfono... que además
está apagado últimamente”. Aunque la noche pasada había pensado
que Teresa lo había desconectado intencionadamente, ahora quiso pensar que
quizás se había quedado sin batería: “Quién sabe... a veces las cosas no
son como creemos, por muchas coincidencias que se produzcan... a veces nos
equivocamos al interpretar las apariencias”. Y se puso a pensar que podía
ser auténtica toda su relación con Teresa, que lo que le había dicho por
teléfono era cierto literalmente y no como él lo había interpretado bajo
los efectos del argumento novelesco de Adela. Sí, podía muy bien ser que
Teresa hubiese tenido con él sinceramente aquella extraordinaria relación
erótico espiritual sin ninguna intención escondida, y que lo que le dijo por
teléfono respondía a sus preguntas simplemente, a lo que haría en el
hipotético caso de quedarse embarazada como él le había planteado. Sin
embargo él, bajo la sospecha inducida por el relato de Adela, había
malinterpretado sus palabras, traduciendo incluso sus silencios en el sentido
prejuzgado.
“La
realidad es escurridiza”, filosofó, “tras idéntica apariencia pueden
esconderse dos realidades completamente distintas...”. Pensó que nunca
podría saber la verdad, que sólo Teresa la conocía y quizás el tiempo se
la desvelase a él. Quizás algún día ella le llamara
y le contara las novedades de su vida; y aún así, nunca sabría
tampoco la verdad de aquellos días pasados en la playa. Decidido a llamarla
otra vez, y como nunca llevaba su teléfono por la playa, regresó al hotel
dispuesto a comprobar el estado del móvil de Teresa.
Marcó
el número inquieto. De nuevo una locución, que ahora le decía: “El
número que Ud. ha marcado no corresponde a ningún cliente”.
Se
quedó pasmado unos instantes. De nuevo las sospechas se apoderaron de él con
toda intensidad: ella había cortado definitivamente su comunicación con él.
El débil hilo que le mantenía inciertamente unido a Teresa se había roto
para siempre. Y luego, otra vez, la otra perspectiva: ¿no podría ser un
accidente, una pérdida o robo del aparato y que ella lo hubiese dado de baja?
Le parecía poco probable, pero no quiso desecharlo completamente. Se acordó
de Adela... Ella y su novela fantástica eran las únicas referencias que le
quedaban de Teresa. Se rió de sí mismo... pero no le quedaba otro remedio
más que agarrarse a aquello, a aquella historia inventada plagada de
coincidencias con la realidad... ¿o eran ciertamente la realidad? Fantaseó
por unos instantes el futuro de la historia... Teresa no se había queda
embarazada a pesar de su tratamiento de fertilidad y de haber elegido
minuciosamente los días fértiles para su relación.
Ahora era ella la engañada, la que se había ofrecido a él con toda
pasión inútilmente. Y ahora era él que había disfrutado de ella sin pagar
ningún precio... No demasiado satisfecho con su venganza imaginada, decidió
no volver a darle vueltas al asunto... la vida era ciertamente complicada y
nunca, nadie, podía estar seguro de haber jugado la última carta.
Pasó
un par de días en estado amorfo, sin querer pensar más en lo sucedido por un
lado, pero sin encontrar aliciente para pensar en otra cosa, para seguir su
búsqueda personal. Sabía que tenía que digerir aquella experiencia, valorar
objetivamente, sin dejarse llevar por el resentimiento, el camino en el que le
había iniciado Teresa. Pero no veía el momento de reflexionar sobre ello.
Tampoco tenía ganas de ver a nadie conocido y que vieran su estado de ánimo,
así que eludía las horas habituales de comedor. Finalmente, como era
inevitable, acabó coincidiendo con Adela y su hija cuando se dirigía al
salón de la televisión a disiparse un rato. Ellas salían de la cafetería.
-
Martín, es Ud. un personaje misterioso, novelesco. Aparece y desaparece con
una facilidad...
-
Así es -dijo él consiguiendo sonreír con simpatía -, he sido abducido unos
días en un Universo paralelo; ya se acuerda de aquel asunto de la tele...
-
Qué interesante, ¿y qué le ha pasado?... -dijo Adela siguiéndole la
intención- me tiene que contar, yo siempre ando a la caza de ideas para mi
novela.
-
Es broma; simplemente he estado un poco indispuesto y sin ganas de nada más
que tumbarme y leer, o dar algún paseo por la playa al caer el sol. La verdad
es que creo que ya he disfrutado de bastantes vacaciones y estoy pensando en
volver a mi vida habitual.
-
Qué lástima, voy a echar de menos nuestras conversaciones tan
interesantes...
-
Yo también... pero no crea que me voy a perder el resto de su novela; ya le
daré mi dirección para que me la mande cuando la termine, si quiere hacerme
ese regalo.
-
Estaré encantada, siempre que luego me cuente su opinión. Necesito saber si
valgo como escritora o lo de escribir es simplemente un pasatiempos personal.
-
De todas maneras seguiré por aquí algún día más, así que tendremos
ocasión de charlar un rato.
-
Eso espero. Le he hablado mucho de Ud. a Alba, ¿verdad? -dijo Adela
dirigiéndose a su hija sonriente- y tiene ganas de conocerle, así que no nos
falle.
-
Vaya, qué compromiso -le dijo Martín a Alba riendo también-, te voy a
defraudar, mi vida es todo menos interesante.
-
No le haga caso a mi madre - respondió Alba-, que le gusta liar las cosas.
Pero me encantará participar en
una de sus conversaciones si no molesto demasiado.
-
¿Has leído la novela de tu madre?
-
Si claro, cualquiera se niega... pero tengo que confesar que me he enganchado
también en la historia.
-
Y claro, imagino que te habrá contado también acerca de determinadas
coincidencias...
-
Hum, algo, sí -dijo con un gesto risueño lleno de simpatía.
-
Ya... Bueno, pues las invito a tomar café mañana, si no surge ningún
contratiempo.
-
Estupendo -respondió Adela-, le veremos en la cafetería.
Cuando
se despidió de ellas, se quedó pensando Martín que no debía haberse
comprometido; no tenía el ánimo demasiado comunicativo todavía. Aunque por
otra parte le vendría bien cambiar de escenario y distraerse un poco.
Imaginó que esa era también la intención que perseguía Adela para que su
hija desconectase unos días de sus problemas.
Al
día siguiente, y después de pasar la mañana disfrutando del mar como el que
apura sus últimos días de vacaciones, se encaminó al comedor con buen
apetito. Se le iba pasando el humor ácido de los últimos días y mientras
comía estaba pensando en qué tema de conversación se decantaría entre
Adela, su hija y él. Había bajado un poco tarde y ellas ya no estaban en la
sala. Supuso que el tema del novio de su hija se eludiría a propósito, y
debería tener cuidado en no suscitarlo indirectamente. Tampoco iba él a
hablar de su vida y milagros para distraer a Alba, así que lo mejor sería
hablar de la novela de Adela. Ahí había tema de conversación para rato.
Nada
más entrar en la cafetería las vio junto al ventanal que daba a la piscina,
el mismo sitio donde estuvieron charlando largo rato y haciéndose
confidencias Adela y él, y desde donde vio por primera vez a Teresa con su
sugestivo bikini.
-
Creo que me he retrasado un poco, como siempre -dijo Martín a modo de saludo.
-
No se preocupe, las mujeres tenemos siempre mucho de qué hablar -respondió
sonriendo Adela.
-
¿Algún episodio nuevo en su novela? -apuntó Martín tomando la iniciativa
de la conversación para conducirla por donde quería, a la par que ansiando
información esotérica.
-
Nada de momento. Llevo algunos días bloqueada, no escribo nada, es como si mi
Teresa hubiese desconectado conmigo -respondió con complicidad.
-
¿Desconectado? -repitió Martín poniéndose
a la defensiva.
-
Sí, hombre, ¿no se acuerda de su teoría del desdoblamiento de mi vida en
dos historias paralelas, y de mi otro yo, o sea, Teresa, viviendo en un mundo
diferente desde el cual me enviaría inspiración para escribir
su historia, o sea, mi novela?
-
Ah, claro, es verdad... ¿y dice que ya no le llega la inspiración?
-
Nada, no sé lo que le estará pasando -siguió Adela manteniéndose en la
teoría.
-
Quizás esté pasando una crisis y sin ganas de novelas... o enferma... o tal
vez, Dios no lo quiera, haya muerto -dijo tétrico Martín.
-
Por Dios, no diga Ud. eso. Como iba a morirse sin enviarme un mensaje.
-
Desde luego se divierten Uds. dos con la novela -terció Alba-. Pobre Teresa
si se enterase que su vida está en manos tan irresponsables.
-
¿Y a ti que te parece el personaje de Teresa? -preguntó paternalmente
Martín a Alba.
-
Pues por un lado la admiro, porque ha sabido trazar su vida a su manera, sin
dejarse llevar por nadie, pero por otro creo que se pasa de independiente, que
raya en lo egoísta y antes o después se dará el batacazo. Por eso me parece
a mí que ha fracasado con sus anteriores parejas, por no saber ceder en
determinados momentos, y por eso ahora va a dejar a la actual para embarcarse
en solitario en la experiencia de la maternidad. Me parece que se piensa que
eso le dará mucho sentido a su vida, que llenará el hueco de su vida en
soledad.
-
Yo creí que a ella le gustaba su soledad, que la llenaba con sus prácticas
de meditación, el yoga y todo eso.
-
Eso parecía al principio, pero yo creo que ahora se siente falta de calor
humano y necesita agarrarse sencillamente a la vida, como intentamos hacer
todos.
-
¿Y por qué entonces no continua la relación que tiene ahora? -preguntó con
cierta ansiedad Martín.
-
Porque tiene miedo -respondió Adela antes de que Alba abriera la boca.
-
¿Miedo? -repitió Martín.
-
Miedo a perder su libertad,
porque el hombre en cuestión le gusta demasiado.
-
Pero la libertad también la va a perder al tener un hijo -arguyó Martín.
-
Pero un hijo nunca le va a imponer su vida, sino al contrario, o al menos eso
es lo que ella piensa -siguió Adela.
-
O sea, que tiene miedo a que la manejen y sin embargo es ella la que está
manejando al otro para seguir adelante con su vida.
-
La vida es a veces una lucha por salvar el alma propia -sentenció Adela.
-
Yo no estoy de acuerdo en absoluto -volvió Alba a la carga-. Yo creo que uno
se salva junto a los demás, y no en solitario. Eso es lo que llamamos amor.
Me parece que Teresa se ha ido encerrando en un círculo peligroso con su
individualismo, con su yoga y su mundo espiritual excluyente.
-
Estoy en parte de acuerdo contigo -dijo Martín-. Las experiencias
espirituales tan personales, tan cerradas en uno mismo, puede que aporten una
experiencia sublime de la propia existencia, pero ¿qué pasa con el resto del
mundo? ¿para qué está ahí el mundo si uno no cuenta para nada con él?
Podría desaparecer y a uno no le afectaría aparentemente. Sí todos los
humanos hicieran lo mismo, el mundo sería un cúmulo de conciencias
disgregadas, una niebla de conciencias. Yo apuesto por una visión común, por
un sentido común para la vida de todos que nos mantenga unidos y activos.
-
Es Ud. un idealista, Martín -dijo Adela-. En realidad el mundo intenta ir por
ese camino, pero ya sabe que se da de tortazos una y otra vez, y los egoísmos
florecen a todos los niveles con gran virulencia, tanto a nivel personal, como
familiar, nacional y religioso. Ese mundo colectivo que Ud. desea está muy
lejos, si es que alguna vez llega.
-
Todo eso de un mundo colectivo sería muy hermoso, sí -volvió a meter baza
Alba- pero además, nuestra vida transcurre cerca de unas pocas personas
necesariamente. Y ese círculo es el que hay que enriquecer en común, porque
nuestra vida es eso. Y conseguir que la vida sea hermosa y estimulante es una
tarea que tenemos que hacer con amor cada uno de los que compartimos ese
pequeño círculo.
-
¡Ay mi niña Alba, qué idealista es también! -dijo Adela sonriente,
abrazándola y dándole un beso.
-
¿No te parece que en ese pequeño círculo surgen también los egoísmos y el
amor a veces no puede con ellos? -insinuó
Martín a Alba, y enseguida se arrepintió de haberlo dicho.
-
¡El amor puede con todo!, tiene que poder... -exclamó Alba mientras los ojos
se le inundaban.
Sonó
el móvil de Adela y lo cogió enseguida:
-
Sí, dime.
-
Estamos con Martín tomando un café, de charla. ¿Cuándo vuelves?
-
Ya... mira, no se oye bien aquí con el ruido. Subo a la habitación y
hablamos con calma.
Es
Antonio. Quiero hablar con él despacio, así que me subo a la habitación.
Seguid charlando los dos -se dirigió a Alba - pero por favor, no os pongáis
tristes que es malo para la piel -y miró de reojo a Martín-. Luego bajo.
Martín
rompió el silencio que se había creado con la marcha de Adela:
-
Tu madre es una persona extraordinaria.
-
Sí, tiene un carácter de hierro, ojalá yo hubiese salido a ella -dijo Alba
enganchada todavía a sus sentimientos.
-
Oye, Alba, ¿cuantos hermanos sois?
-
Somos tres, dos chicos y yo. Yo soy la pequeña -dijo esbozando una sonrisa.
-
¿Y a qué se dedican tus hermanos?
-
El mayor es arqueólogo también. Está casado, pero no tienen hijos todavía.
El del medio es el que mejor se lo pasa de todos, hace su vida...
-
Perdona Alba, voy a pedir un café y una copa en la barra, que el camarero
parece que anda muy distraído hoy.
Cuando
volvió Martín la encontró completamente repuesta de sus emociones.
-
¿Y Ud. a qué se dedica? -preguntó Alba.
-
¿Yo?... bueno, pues me he
dedicado a diversas cosas a lo largo de mi vida. Cuando tenía tu edad quería
llegar a ser un buen físico teórico. Me dedicaba a estudiar la estructura
última de la materia. Quería penetrar en sus secretos.
-
¿Y lo consiguió?¿Llegó a hacer algún descubrimiento nuevo?
-
Insignificante... la materia es muy escurridiza y cuando la analizas se te
escapa entre las manos. Los átomos se descomponen en partículas y éstas en
otras más elementales, y así siempre. Al final te encuentras casi con la
nada... Luego cambié de actividad.
-
Claro -interrumpió con simpática ironía Alba- a quién se le ocurre
dedicarse a analizar la materia. Ahí no va a encontrar nunca nada,
efectivamente. Lo importante no es la materia, son los sentimientos.
-
No sé yo, no sé yo... si nos dedicásemos a analizar los sentimientos...
-respondió mordaz Martín-. Creo que lo mejor es no analizar nada. Todo lo
que se analiza se destruye.
-
Los sentimientos no se pueden analizar -siguió Alba-. Se tienen o no se
tienen, simplemente. Y si se tienen, se manifiestan o se reprimen. Cuando se
reprimen la persona está muerta. Yo no podría vivir sin sentimientos. Sería
un árbol, una piedra...
-
¿No crees que los sentimientos a veces le hacen a uno pasarlo muy mal? Pienso
que hay que ser muy selectivo a la hora de dejarse llevar por los
sentimientos.
-
No es dejarse llevar, pero yo confío más en mis sentimientos que en mi
inteligencia. La inteligencia también te engaña muchas veces, es algo
demasiado frío para dejar que dirija nuestra vida. La verdad de uno mismo son
sus sentimientos; luego se puede reconocer que son inapropiados o que te
llevan al desastre, pero ahí están y hay que contar con ellos. Son lo más
profundo de una persona.
-
Las mujeres sois demasiado sentimentales, meticulosamente sentimentales,
diría yo -afirmó Martín.
-
Eso es como decir que un ser vivo es meticulosamente vivo, creo yo -contestó
con ironía Alba.
-
Bueno... yo me tenía por un ser completamente vivo -dijo Martín riendo -
pero no sé si a partir de hablar contigo...
-
El que los hombres no manifiesten sus sentimientos no quiere decir que no los
tengan, me parece. Lo que pasa es que los ocultan, que los reprimen muchas
veces, hasta que estallan en solitario. Las mujeres no tenemos reparo en
mostrarlos, ni en sentirnos débiles y vulnerables bajo ellos en muchas
ocasiones. Pero el hombre, claro, no quiere que le vean así, se hace el
fuerte. Y lo mismo le pasa con el amor, que le cuesta un montón decir que lo
siente, como si eso le hiciera débil ante la mujer.
-
Es que el amor es el más complicado y peligroso de los sentimientos -dijo
Martín.
-
¿Lo ve? Le tiene miedo al amor...
-
Cuando uno ama te pueden utilizar... el amor es ciego, ya sabes que pintan
así a Cupido, como un ángel ciego.
-
El amor es la fuerza de la vida, es todo. Cuando se ama, una no piensa en sí
misma, sólo piensa en el otro. Todo lo que sea bueno para la persona que se
ama es bueno para una. Se le da todo y eso te da la felicidad. ¿No me diga
que no se siente uno bien cuando le regala algo a alguien, cuando ve que ese
regalo le llena de alegría y uno sabe que esa alegría la ha creado Ud. y la
comparte con el otro como si fuera suya?
-
Bueno, eso sí... pero amar es algo más profundo, ahí lo que regalas no es
una cosa, es tu propio ser, tu vida; Y hay que ser más cauteloso, porque tu
vida puede salir malparada.
-
Si has llegado a amar a una persona es que te importa su vida y quieres que se
enriquezca, que llegue a ser todo lo que tú ves de bueno en ella. Lo que
esté en tu mano para conseguirlo no se lo vas a regatear, porque tú creces
al hacer que esa persona crezca. El que da es siempre el más rico.
-
Tal como lo dices, ni siquiera se necesita que el otro te ame para amarle tú.
-
No hace falta, no. Pero cuando amas a alguien él te ama también, porque eres
algo bueno para él y lo bueno se ama. A un hijo se le ama cuando él no tiene
aún capacidad de amarte; sólo te necesita y se aferra a ti como a la vida. Y
el sentirte madre te realiza como mujer, como la que da la vida. Claro que si
el otro te ama de la misma manera que tú... entonces es la perfección, es un
enriquecimiento completo. Es el amor entre iguales, y cada uno desea que el
otro crezca, que se realice como ser humano plenamente.
-
De todas maneras, entre un hombre y una mujer el amor es algo más erótico,
algo más pasional... ¿no?
-
Claro, es distinto, hay más cosas juntas, más intensidad vital, pero para
mí es todo lo mismo, es que cada uno quiera que el otro se realice y viva
plenamente.
-
Lo que pasa es que hombre y mujer somos muy distintos. ¿Cómo puedo saber yo
lo que desea o necesita en su intimidad una mujer, una persona tan distinta a
la mía?
-
Eso es el amor... aprenderlo, descubrir lo que es el
otro en profundidad. Entonces tu propia vida se ensancha con la vida del otro,
os volvéis uno solo que abarca a los dos. Eso es el amor, eso.
Martín
se quedó mirando con admiración a Alba.
-
Eres una persona encantadora y muy especial, ya me lo dijo tu madre - le dijo
poniendo su mano sobre la de Alba, que descansaba en la mesa-. Si yo a tu edad
me hubiese encontrado con una chica como tú, mi vida hubiese sido muy
distinta, y mucho mejor, por supuesto. Te deseo que seas feliz en cualquier
situación en que te ponga la vida. Te lo mereces de verdad.
Alba
le sonrió agradecida y se le quedó mirando también unos instantes, como
queriendo ver en su interior.
-
Pero todavía no me ha contado a qué se dedicó después de la Física...
-
Ah, pues... a nada interesante, digamos que a sobrevivir. La vida me llevó
por diferentes ocupaciones. A veces las circunstancias deciden por uno el
camino. Creo que he estado dando palos de ciego buscando algo que todavía no
he encontrado. Yo diría que he sido un buscador de tesoros fracasado... Pero
ahora voy a ser otra cosa muy distinta -dijo Martín cambiando el tono serio
por uno desenfadado y gracioso.
-
¿Ah sí? ¿Y qué va a ser ahora?
-
Ahora voy a ser un guerrero solitario -sentenció manteniendo el tono
humorístico.
-
¿Y contra quién va a luchar? -preguntó Alba siguiéndole la broma.
-
Contra un enemigo muy peligroso. Es invisible y se esconde en cualquier
persona. Te obliga a estar siempre alerta, pendiente de todo. Realmente es una
enemiga, tiene nombre de mujer.
-
Vaya, ¿pues cómo se llama?
-
Existencia. Así se llama.
-
Qué gracioso es Martín... ¿Y por qué lucha contra ella? Es mejor que se
deje seducir y disfrute de ella relajado...
-
No, no puedo... me aniquilaría. Ya te he dicho que se esconde en cualquier
persona y me ataca desde ella. Por eso tengo que buscar la soledad y desde
allí combatirla día a día... Aunque sé que es una guerra perdida. Al final
acabará conmigo. Pero no me importa, al menos mientras lucho sé que estaré
vivo, con todos mis sentidos despiertos, con mi mente alerta, escrutando su
presencia en todas partes... con el mismo espíritu exaltado con que los
antiguos guerreros iban a la batalla sabiendo que el verdadero valor de la
vida se descubre cuando vences un día más a la muerte.
-Qué cosas dice... Es Ud. una buena persona. También se merece encontrar a alguien que le quiera de verdad. Seguro que lo va a encontrar.
Martín la miró con afecto y le ocultó su verdadero pensamiento dando un sorbo a su copa de ginebra. Se dio cuenta de que Adela le había contado a Alba toda su vida.
-
Martín -dijo Alba rompiendo el silencio- estoy un poco preocupada por mi
madre, está tardando mucho. Voy a subir a ver qué pasa. Luego bajamos.
Cuando
salió Alba, Martín se quedó apurando lentamente los últimos sorbos de su
copa. Después se levantó y subió a la habitación.
Con
la bolsa de viaje en una mano y en la otra, extendida, el mando a distancia de
las puertas, Martín oyó el característico clack de las cerraduras
automáticas mientras destellaban unos instantes los pilotos delanteros del
coche. Era madrugada. Dejó la bolsa en el asiento de atrás y se sentó al
volante. Encendió el móvil, que con frecuencia se dejaba apagado durante
horas e incluso días. Acababa de dejar en recepción una nota de despedida
para Adela, incluyendo su dirección. Se ajustó el cinturón de seguridad y
arrancó. Según salía, echó una última mirada a la fachada del hotel y
sintió en la nuca el sutil roce de la nostalgia... María... Berta...
Teresa... Encima de la puerta, las letras del nombre HOTEL DEL MAR le
siguieron pareciendo grandes, más grandes todavía que el día que llegó.
Cuando se incorporó a la carretera, el sol, todavía bajo, le alcanzó los
ojos. Vio durante un segundo el rostro en éxtasis de Teresa... Luego bajó la
visera del coche; no podía conducir con tanta luz...