HOTEL DEL MAR
 
 
 

por

Gerardo Hernández

- Ó Derechos reservados -

Madrid 2006

 

 

 

 

 

HOTEL DEL MAR

 

 

 

PARTE  PRIMERA

Con la bolsa de viaje en una mano y en la otra, extendida, el mando a distancia de las puertas, Martín escuchó el característico clack de las cerraduras automáticas mientras destellaban unos instantes los pilotos traseros del coche. Era mediodía.

Se encaminó hacia la fachada principal, en la cual hacía ostentación, pintado en la pared con letras muy grandes, el nombre HOTEL DEL MAR. El edificio, de aspecto algo rancio ya, era de líneas simples y geométricas, funcional de otro tiempo, extenso y bajo como un cuartel. Los flancos estaban configurados por terrazas corridas en dos de sus únicos tres pisos. Estaba al borde de la playa. Le gustó por estar algo alejado del núcleo de población más cercano, bastante tranquilo y solitario en medio de aquella playa inmensamente larga que prometía deliciosos paseos por la orilla del mar.

Cerca ya de la entrada, un reflejo de sol le deslumbró. No consiguió identificar la causa, pero vio a unos niños corretear por la azotea del edificio e imaginó que estaban jugando con un espejo. Mientras cruzaba el vestíbulo hacia el mostrador de recepción, se sorprendió de los generosos espacios habilitados, del mobiliario confortable colocado con sabiduría y sensibilidad para producir un efecto de amplitud  general en armonía, de la decoración agradable y equilibrada. Aunque se veía todo algo ajado por el tiempo, como esos rostros que conservan con orgullo la huella del paso de los años y renuncian a su renovación estética,  el hotel debía haber conocido tiempos mejores, veranos de gloria y bullicio, rebosante de familias satisfechas con su estatus en la España de hacía cincuenta años.

La recepcionista le atendió con simpatía y familiaridad, y le ofreció una bonita y fresca habitación con terraza que miraba a la arboleda de atrás y a las montañas.

Deshizo el breve equipaje y se sirvió dos dedos de ginebra de la botella que con previsión había llevado. Se metió con el vaso en la ducha, dispuesto a refrescarse y relajarse del viaje.

Al otro lado de la pared, en el cuarto de baño contiguo, se oía, amortiguada, la voz de una mujer canturreando.

Enseguida se le hizo la hora de bajar al comedor. Mientras cerraba la puerta de la habitación, oyó como se abría la de al lado y aparecía una señora de aspecto interesante, de mediana edad, vestida de manera informal pero con gusto. La saludó con cortés distanciamiento y se dirigió al ascensor. Mientras esperaba su llegada, vio que venía la mujer, a la que se había unido una joven muy atractiva y ligeramente sonriente. Pensó si sería su hija, pero enseguida desechó la idea. No era tan joven como para serlo y además había una diferencia significativa de rasgos entre ellas. Intercambió con la mujer una leve sonrisa sin pronunciar palabra. Enseguida llegó el ascensor. La más joven parecía observar con intensidad algún aspecto indescifrable del vestido de la otra, y luego la miraba a los ojos; a él parecía ignorarle por completo.

Las dos mujeres entraron delante en el comedor y se sentaron al lado del ventanal que daba al jardín y la piscina. Él ocupó una mesa discreta al otro lado del salón. Se sentía interesado y a la vez intrigado por la pareja de mujeres, y pensó que aquella era una buena posición para observarlas sin ser indiscreto.

El comedor funcionaba como bufé, y pensó que aquello era un signo casi obligado de los tiempos modernos. Mientras pasaba revista a los manjares disponibles, su mente se enfrascó en una serie de consideraciones sobre costes y calidad de la comida: “Como ahorran en personal de servicio, se pueden permitir ser  generosos en las cantidades... no ponen  límites en lo que uno quiera comer... hay mucha variedad... pero realmente  son platos económicos, casi todos primeros platos... los platos principales no son de calidad... los cocineros se han esmerado en disimularlos con muchas salsas y guarniciones... así  sacan  provecho a una materia prima de segunda”. Absorto en estas y otras consideraciones estadísticas sobre la cantidad de alimentos que consumiría cada persona, no se había dado cuenta de que a su lado la mujer joven intentaba sin éxito servirse una gruesa salchicha que, juguetona, rodaba una y otra vez por la paleta con la que intentaba levantarla, utensilio a todas luces inadecuado a tal fin. Entonces sí le miró y sonrió abiertamente. Martín, en un alarde de galantería suavizada por un gesto simpático, tomó la paleta de sus manos y levantó en equilibrio la indócil salchicha. Pero cuando iba a depositarla en el plato de la joven, comenzó a rodar marcha atrás, lo que motivó que hiciera un movimiento brusco e impulsivo de la paleta en sentido contrario, proyectando la salchicha por el aire como si estuviera viva, para caer finalmente otra vez en su fuente de origen, salpicándole ligeramente. La joven no pudo evitar un brote repentino de risa, tan natural como la vida misma, pero a la vez delicado y entrañable. Martín buscaba, ligeramente ofuscado, la frase feliz que le permitiera reírse también, esa frase en la que uno le acaba echando la culpa a la salchicha, pero no la encontró y tuvo que mantener su expresión de circunstancias con espartana decisión mientras la joven conseguía apaciguar su risa. Acercándose todavía un poco más a él, se disculpó, aunque sus ojos seguían brillando felices y exaltados. Martín pudo sentir su fragancia a la vez que el roce de su hombro, y su perfume le pareció muy personal, integrado en su cuerpo, y tan íntimo como si fuera su propio aroma. Un ligero escalofrío, contradictoriamente cálido y sensual, se paseó por sus vértebras desde la nuca hasta un punto situado a la altura de sus caderas. Ya en su mesa, observó cómo las dos mujeres, con los rostros muy cerca, hablaban y se reían mientras le miraban a hurtadillas.

 De nuevo en su habitación para dormir una buena siesta, puso la televisión y se tumbó, esperando quedarse dormido en medio de cualquier programa. Soñó que estaba hablando normalmente con las dos mujeres, como si las conociese de siempre. Recriminaba a la joven y le exigía que se apegara más a él, que compartieran sus sentimientos, que fuera su amiga del alma, pero ella le rechazaba, se enojaba y se abrazaba a la otra con determinación, que la consolaba mientras le miraba a él de manera sostenida, con suficiencia y provocación. Las veía cómo se acariciaban, como se iban enterneciendo más y más mientras le ignoraban por completo, y él se sentía a punto de volverse loco. En este estado de agitación se despertó... La televisión seguía  liada en un absurdo programa del corazón, aireando insustanciales enredos de famosillos temporeros...

         La playa parecía no tener principio ni fin, pero optó por una dirección, la que dejaba el sol de la tarde a su espalda, y remangándose los pantalones y descalzo, se lanzó a caminar justo por el borde del agua. Enseguida dejó atrás la escasa gente diseminada por la arena en las cercanías del hotel. Sólo se veían a lo lejos algunas personas caminando también. Las suaves olas llegaban amortiguadas, planas, siguiendo la casi horizontalidad de la playa, empapando la arena y luego regresando mientras la humedad que habían dejado desaparecía absorbida. La arena era muy fina, y la superficie presentaba un tacto muy suave y consistente, muy liso y agradable para andar. Había llegado a aquel lugar para encontrar un nuevo camino. Había tomado la decisión de romper con toda su vida anterior, de plantearse de otra manera la existencia. Y pretendía concretar sus sensaciones en aquel lugar tranquilo, desasirse de todo el equipaje adquirido a lo largo de su vida, de todos los planteamientos y enfoques, de todos los planes y propósitos que habían mostrado ya con demasiada claridad su ineficacia y su fracaso; desasirse, como no, de su mundo frustrante de pareja, del miedo a la soledad, de la angustia y el envilecimiento de una vida mutuamente insatisfecha y sin embargo sostenida. Pero no quería reflexionar, al menos de momento; sabía que eso nunca le había conducido a nada más que a equivocarse otra vez, a trazar nuevos planes, a encontrar nuevas soluciones engañosas. Lo que buscaba era una revelación, una evidencia, un renacimiento. Ahora, simplemente, quería contemplar las olas rompiendo suavemente sobre el bajío de arena y arrastrando perezosas sus delicadas espumas blancas hacia la playa. Sintió que se mareaba ligeramente, y luego se acordó de que esa sensación la había tenido de niño cuando fue a la playa por primera vez. Pensó que era una sensación muy interesante para cultivar esos días, una herramienta muy útil para desestructurar su mente, para desmoronar el pensamiento, para desgranarse y dejar que afloraran directamente las vivencias y las intuiciones de la existencia. La vista, depositada en las olas, perdía una referencia firme y todo el mundo se derrumbaba, no había asidero más que permanecer sujeto a lo inestable y dejarse llevar por el caos incesante, por el movimiento a la vez regular y siempre diferente de las aguas. De pronto, dejó de pensar en las olas como olas, en el mar como mar, en la playa como playa, y sólo sintió el movimiento, el incesante latir de las aguas y la brisa, el palpitar de la existencia, allí, verdadera y sin nombre, penetrando en su alma desnuda y vulnerable como la de un niño sin ideas preconcebidas que por primera vez se acerca al mar. 

Al cabo de un tiempo de caminar perdido en estas sensaciones, ajeno al tiempo y al espacio, observó que alguien caminaba por la playa acercándose hacia él. Eran dos personas, dos mujeres... eran sus vecinas de habitación. Cuando estuvieron a su altura se puso a hablarlas de manera inesperadamente natural:

- Buenas tardes, veo que también les gusta pasear por la playa...

- Hola, buenas tardes- dijo la mayor sonriente mientras la más joven la miraba con complicidad. Y luego añadió:

- Solemos hacerlo todas las tardes. Ud. acaba de llegar pero ha empezado muy pronto con el ritual de los paseos. Aquí es casi una costumbre para algunos, ya nos conocemos todos los paseantes.

- ¿Llevan mucho tiempo en el Hotel?

- Desde primero de mes. Llevamos ya tres años viniendo quince días por estas fechas- terció la joven..

- Quizás demasiado tranquilo para una mujer tan joven -tanteó Martín.

Las dos se miraron con intención, con una sonrisa algo burlona y cómplice.

- Es lo que nos gusta de este sitio, la tranquilidad, estar a nuestro aire -dijo la mayor haciendo un ademán de continuar la marcha.

- Sí, imagino que todos buscamos aquí algo especial -afirmó Martín con fingida indiferencia e hizo también el ademán de proseguir su camino.

- Bueno, pues hasta otro rato... y bienvenido.

- Gracias, hasta otro rato...

         No las vio en la cena y estuvo pensando en ellas e imaginando su peculiar relación, aunque la vida le había enseñado a no dar nada por seguro anticipadamente. De todas maneras, se decía qué a él qué mas le daba la condición de la pareja, salvo aquella sensación tan especial que tuvo al estar tan cerca de la joven, aquella fragancia que todavía recordaba como si estuviese presente, y que era de momento como su verdadero nombre que aún desconocía.

      Después de la cena paseó por los distintos ámbitos del Hotel: el salón de la televisión, que estaba vacío; una sala de juego, en la que en varias mesas pequeños grupos de personas mayores parecían divertidos y dicharacheros esgrimiendo los naipes en la mano; el jardín y la piscina, deliciosamente frescos a esa hora y en la penumbra, salvo la piscina que estaba iluminada por dentro. Entonces vio a las dos allí, en un rincón, sentadas muy juntas, la cabeza de la joven apoyada en el hombro de la otra y abstraídas contemplando la hermosa luz verdosa del agua iluminada.

Se alejó del lugar, y camino del espacioso hall de entrada oyó una bella y conocida cantata de ópera. Pensó que era música grabada e intentó localizar de donde provenía. Era una especie de salón de espectáculos, habilitado para música, cantantes y pista de baile, y muchas, muchas sillas en torno de la pista. Había una pareja de cantantes, una soprano menuda y un tenor gordo y corpulento, cantando arias famosas sobre la música grabada. La potencia de sus voces era espectacular, sobre todo la de la pequeña soprano, y aunque a veces se tomaban alguna licencia, ejecutaban con bastante brillantez las piezas. Parecían realmente dos personajes sacados y traídos mágicamente desde una opera italiana, con sus brillantes y estridentes voces que ahora sonaban con toda su potente realidad en aquel comparativamente pequeño salón. Y no paraban. Una cantata tras otra, dieron un repaso a todo el repertorio de piezas archiconocidas del bel canto. Martín se sentía apresado en la sonoridad de las voces,  en la impresionante realidad de aquel derroche de gargantas convertido en canto y armonía. Finalmente, los cantantes se despidieron con un par de piezas españolas. El público aplaudió enfervorizado largo rato y no dejaban que se fueran. Según salía del salón, Martín no pudo evitar acordarse de las dos mujeres, allí, solitarias y silenciosas en la penumbra del jardín, ajenas a todo...

         A la mañana siguiente se despertó después de haber descansado profundamente. Bajó muy pronto a desayunar, dispuesto a dar un paseo sin límites por la playa, a perderse entre las olas sugerentes de la orilla, a acariciar la piel del agua con sus pies, a dejar sus huellas sobre la virginidad mojada de la arena, renovada ola tras ola. Cuando estaba saboreando intensamente una taza de café bien cargado, vio entrar a la mujer mayor. Ella también le vio y se dirigió a su zona. Cuando llegó a su lado le saludó, y dudando apenas un instante le dijo:

- ¿Le importa si me siento con Ud.?

- Por favor, encantado -dijo Martín haciendo un gesto con la mano hacia la silla enfrente de él.

- Parece que es Ud. muy madrugador

- Sí, me gusta levantarme muy pronto. ¿Su compañera no la acompaña hoy?

- No, ha salido muy temprano esta mañana. Volverá por la noche.

La mujer paseó distraídamente su mirada por el salón, como pasando revista a las escasas personas que estaban desayunando. Se levantó y se trajo un café y un dulce. Después de dar un breve sorbo, le dijo:

- Bueno, disculpe que no nos hayamos presentado todavía. Mi nombre es Berta. Mi amiga se llama María.

- Martín, es un placer conocerlas. Son mis primeras conocidas aquí.

- ¿Sabe una cosa?... mi amiga está muy intrigada con Ud. No acaba de imaginar qué puede hacer aquí solo un hombre maduro, atractivo... la verdad es que creo que se siente un poco interesada por Ud.

Martín sonrió mirando largamente a Berta, tratando de leer en sus ojos oscuros, serenos y seguros.

- Su amiga María es muy atractiva, no puedo ocultar que es una tentación muy fuerte para una persona como yo... y no me refiero sólo a mi edad, sino a mis circunstancias personales.

- ¿Es Ud. casado?

- Esa es una pregunta a la vez muy precisa y muy ambigua, ¿no le parece? - respondió Martín sonriendo abiertamente.

Berta se echó a reír también.

- Quizás debería haberle preguntado si tiene Ud. pareja y la ama, si tiene hijos, si está comprometido con alguna persona...

-... y si así fuera, ¿qué hago aquí yo solo? -terminó Martín-. Parece evidente que mi situación no es ninguna de esas ¿verdad

- Verdad - concluyó Berta, que le miraba como si estuviera ella también intrigada.

- Cuando una persona como Ud. o como yo viene a un sitio como éste, no es porque esté solo, sino porque quiere estar solo - sentenció Berta.

- Y cuando una persona como Ud. o como yo -siguió Martín- viene acompañada a un sitio como éste, ¿por qué es?

- Es también evidente que porque quiere estar a solas con su acompañante -respondió seria Berta.

Martín empezaba a sentir cierta admiración y simpatía por la personalidad sosegada y firme de Berta, y sabía que era una persona que sabía hablar de verdad y que sabía escuchar la verdad.

- Me estaba preguntando -dijo Martín- lo agradable que sería llamarnos de tú.

- Sí, sería muy agradable, Martín -dijo sonriendo Berta, y añadió con cierta inseguridad todavía en el nuevo tratamiento -... pero no has contestado todavía a la duda de María.

- ¿Qué duda?

- Quieres estar solo... ¿para hacer qué? Si simplemente quieres alejarte de tu pareja o de tu situación, hay muchos sitios donde ir para olvidarse antes que este lugar tan solitario, donde te van a perseguir tus fantasmas...

- Ya sé que no es fácil de entender, pero mi propósito es esperarlos aquí, a mis fantasmas, y luego matarlos definitivamente -respondió enigmático Martín.

- Bueno, ya veo que disfrutas planteando enigmas. No va a ser fácil que descubramos tus propósitos. María ha pensado que podías ser escritor y venías aquí para disfrutar de tu soledad creadora.

- Bueno, no va demasiado desencaminada... Yo también estoy intrigado con ella, bueno, con las dos, con vuestra relación, aunque no me gusta ser indiscreto.

- No te preocupes, ya te entiendo, aunque hoy nadie se asombra demasiado ante una relación entre mujeres, o al menos fingen no asombrarse. María y yo somos amigas desde hace tres años, y aunque no vivimos habitualmente juntas, de vez en cuando nos juntamos. La gente que no nos conoce se suele equivocar con nosotras al vernos. Una relación así entre hombres es más evidente que es homosexual. Pero entre mujeres la relación es más sutil, más afectiva, y con frecuencia es muy difícil establecer la frontera entre el cariño y la homosexualidad, entre la intimidad y el erotismo, entre las caricias afectivas y el deseo. Tampoco las mujeres sabemos distinguir a veces en qué situación estamos, aunque me pregunto si las clasificaciones no sirven más que para equivocar, para establecer fronteras artificiales e incomunicar a las personas. Creo que hay una diferencia esencial entre hombres y mujeres en relación a la sexualidad. El hombre llega muchas veces al amor a través del sexo, y la mujer llega al sexo a través del amor. María y yo no tenemos relaciones sexuales, aunque nos acariciemos y nos besemos con ternura. Es más una relación afectiva, aunque en alguna ocasión hemos tenido expansiones sexuales. Pero no las buscamos por sí mismas. Cuando eso ha sucedido, en momentos especiales, ha sido como un acto de ternura que se expresa intensamente a través del placer.

Berta se quedó en silencio después de su larga perorata. Su expresión era lúcida y firme, reflejo de una actitud profundamente aceptada. Luego sonrió cálidamente, y quitando seriedad a lo dicho, dijo:

- Vaya una experta en el tema te habré parecido. Espero que no me consideres una teorizante del lesbianismo platónico. La ventaja que tienen estos sitios, donde coinciden por breve tiempo personas de mundos tan diferentes, es que predisponen a desahogarte contando tu vida secreta a los demás, en la confianza de que las posibilidades de reencontrarse son remotas.

- No, nada más lejos de mí que recrearme encasillando a las personas, y sobre todo cuando las conoces por dentro y te das cuenta que la realidad es muy escurridiza. Pero te confieso que me ha excitado intensamente esto que me has contado, esta relación tuya con María, ese navegar por aguas inciertas. Lo he vivido, y hasta he llegado a imaginar que estuviera yo en tu lugar. Pero no, sería imposible, yo no tengo esa exquisita sensibilidad por el otro, por sus sentimientos. Soy hombre, sí, y no me cabe duda de que somos otra raza. El deseo sexual se nos despierta ante una mujer físicamente atractiva; no necesitamos más para que se despierte la pasión. En ocasiones no es preciso incluso que la mujer tenga un cuerpo hermoso, sino la manera que tiene ella de vivirlo, su erotismo, su secreta invitación al sexo. Desgraciadamente para nosotros como personas, y afortunadamente para la especie como ser global, somos inseminadores natos, liberadores constantes de semen que busca a las hembras más voluptuosas, ebrias de quedarse fecundadas. Sí, ya sé que es una visión lamentable, puramente biológica, hormonal. También somos capaces de enamorarnos sin embargo... cuando las hormonas se diseminan por el alma, o el alma por las hormonas, no sé.

- Somos mundos diferentes, cierto -dijo Berta-, las mujeres vivimos de los sentimientos hacia las personas, y a los hombres con frecuencia os estorban, aunque evidentemente los necesitáis; pero no los cultiváis como nosotras.

- Yo creo que los hombres vivimos los sentimientos pasivamente, son los sentimientos los que surgen en nosotros y los experimentamos para bien o para mal. Las mujeres los provocáis en vosotras mismas, jugáis con ellos como juega una niña con sus muñecas. El niño se orienta a la construcción, al juego con las cosas y la actividad física. Aunque haya una predisposición  genética, seguramente hay mucho de educación en todo esto. 

- Es curioso -dijo Berta pensativa- que haya estas diferencias entre hombres y mujeres; parece que todo esté en contra de una relación íntima entre ambos, de un amor y entendimiento profundos. Y sin embargo hombres y mujeres se siguen enamorando y forman parejas a veces muy apasionadas. Imagino que es fundamentalmente una reacción hormonal, como dices, que inunda el espacio del alma de cada uno a su manera. Y sin duda hay mucho de engaño, de autoengaño, de pensar cada uno que el otro reacciona a los mismos estímulos que él. Sin embargo las parejas duran lo bastante para tener hijos, para formar una familia. Pero el amor, el generalmente falso amor, acaba enfriándose con la pasión erótica al cabo de los años. Hay más verdad, más ternura, más compenetración y adecuación en el amor entre dos mujeres.

- Bueno, algo así opinaban los griegos en relación al amor entre los hombres, ¿no?. El famoso amor platónico era posible según ellos sólo entre hombres; era el amor perfecto, intenso, donde se ponían en juego las mejores cualidades del alma humana.

- Sí, todo es cuestión de identidad, de comunicación entre almas semejantes. Es la única posibilidad de experimentar una unión profunda, un sentimiento de la mayor intensidad.

- Sin embargo -advirtió Martín- hay quien opina que la unión entre personas de cualidades distintas puede ser muy intensa cuando esas cualidades son complementarias o cuando son admiradas por el otro. En ese sentido, la unión entre hombre y mujer aportaría a cada uno las cualidades específicas del otro sexo, y produciría ese efecto de atracción. Claro que eso suponiendo que todas las cualidades de cada sexo fueran admiradas por el otro - rió Martín con escepticismo.

- ¿Sabes?... cuando decías eso de que los hombres sois inseminadores natos y buscáis a la hembra simplemente, pensaba yo que eso de sentirse deseada de manera tan violenta es muy excitante para la mujer, aunque no tenga nada que ver con los sentimientos afectivos. Ahí hay una complementariedad muy clara entre la pasión del hombre y de la mujer. Después de todo la naturaleza no es tan torpe como parece, al menos para asegurar la reproducción. Sin embargo son cosas distintas. El amor sentimental está fuera de ese juego de la naturaleza, es más del alma, más perfecto. No lo manejan las hormonas.

Un matrimonio mayor que entraba en el comedor saludó de lejos muy sonriente a Berta.

- Son encantadores. Los conocemos de otros años. Imagino que se han quedado sorprendidos y encantados de verme a solas con un hombre. Pensarán que estoy cambiando de tendencias -se echó a reír Berta.

- ¿No has estado casada nunca?

- No

- ¿No te atraen los hombres?

Berta se quedó mirándole profundamente, como si penetrara y entendiera a la perfección su naturaleza masculina. Por primera vez se fijó Martín con detenimiento en su rostro. Era de facciones regulares, el pelo oscuro y corto, los labios finos, los ojos grandes y tranquilos, pero atentos. Se dio cuenta que con anterioridad se había fijado exclusivamente en su mirada, y su rostro lo percibía vagamente como el escenario donde ella tenía lugar. Pensó que las personas tenían en el rostro una parte siempre más llamativa que reclamaba la atención, y que otras partes pasaban completamente desapercibidas. No recordaba por ejemplo en ese momento la nariz de su pareja, pero sí su boca. En el caso de Berta, los ojos eran con gran diferencia el centro de gravedad de su cara. Y se estaba cómodo mirándolos, mirándola.

-¿Qué me miras? -oyó que le decía Berta

- Ah, perdona, estaba divagando -respondió Martín algo embarazado-. Te preguntaba si sientes atracción por los hombres.

- Las hormonas me han engañado algunas veces hace años, sí. Pero si te refieres al momento actual, te diré que aunque no me han abandonado todavía, paso completamente de ellas.

- ¿Y María también?

- Ah María, María... -suspiró Berta- María no pasa. Por eso no vivimos juntas.

Berta no dio más explicaciones y Martín no se atrevió a preguntar detalles, pero se quedó muy intrigado e intentó que surgieran de manera natural.

- Es una mujer muy atractiva y sensual -afirmó Martín - no me extraña que los hombres la asedien.

- Y ella se deja asediar... pero, por Dios, no me gustaría que ella se diera cuenta que te he contando todas estas cosas. La verdad es que no sé por qué te cuento esto... Es Ud. un Sr. muy peculiar..., con algo que inspira confianza. Y sin embargo ahí sigue encerrado en su misterio sin soltar prenda...

- Me temo que te aburriría. Mi vida es bastante normal... bastante insatisfactoria. Y creo que ha llegado el momento de cambiarla drásticamente. Ese es mi misterio, encontrar una nueva actitud. Como ves mi misterio lo es también para mí, no sé por dónde seguir y trato de encontrar aquí un camino nuevo. 

- Así que estás en crisis... Yo entiendo algo de eso. También tuve que cambiar mi vida drásticamente hace algunos años.

Sonó el móvil de Berta y lo cogió enseguida.

- Hola cielo... aquí estoy desayunando, ¿a qué no sabes con quién? -respondió cariñosa mientras miraba risueña a Martín desde una complicidad al otro lado de la comunicación.

- Sí... ya te contaré... mucho, ya verás.

- No, no sufras, ya me conoces... -aseguró riendo-. Creo que me acercaré al pueblo a comprar algunas cosillas. Cuando llegues me llamas. Vendrás esta noche, ¿verdad?

- Sí... adiós cariño, besitos.

Cerró el móvil lentamente y se quedó mirando a Martín desde la lejanía todavía...

- María, va de camino...

- Bueno.... éste ha sido un desayuno largo y encantador -aseguró Martín sonriendo-. A este paso creo que voy a dar al traste con mis planes y a dedicarme a conversar con vosotras. Quizás ese sea el mejor camino para encontrar lo que ando buscando, quién sabe...

- Creo que te he entretenido más de la cuenta, perdona. Pero de verdad que no es porque esté sola hoy. También soy una persona que sabe estar en soledad, no creas. Pero ha sido muy agradable hablar contigo y espero que sigamos haciéndolo.

Salieron juntos del comedor y quedaron en verse posiblemente en la comida.

         El mar estaba muy tranquilo; la playa vacía. Las olas llegaban imperceptiblemente a la orilla con apenas una ribete de espuma y se extendían por la arena. Redescubrió el placer de andar sobre la delgada lámina de agua, deslizando la planta de los pies sobre ella, salpicando ligeramente, como un esquiador lo haría con su tabla sobre la superficie del mar. Luego se metió un poco más adentro, hasta que los tobillos quedaban sumergidos; entonces el agua hacía resistencia al andar, pero era agradable el masaje de las tranquilas olas sobre ellos. Finalmente se colocó fuera del agua, en la franja húmeda de arena en la que apenas llegaba el agua. El andar era entonces firme y llano pero acariciado por la textura fina de los granos compactados. Eran tres zonas muy próximas, pero cada una proporcionaba sensaciones muy distintas. Eligió la intermedia, la de la lámina de agua, que le permitía deslizarse como si flotase sobre el líquido elemento. Pensó en la escena de Jesús andando sobre las aguas ante el asombro de sus discípulos. Pensó en otras escenas similares atribuidas a profetas y héroes de la antigüedad. Pensó en la fascinación del hombre por lo sobrenatural. Pensó en la existencia fuera de este mundo y en la imposibilidad de existir el hombre fuera de su biología. Pensó, pensó, pensó... y se cansó de pensar. Recordó su propósito de desestructurar el pensamiento fijando la atención en las olas que llegaban a la playa; de dejarse “marear” por ellas para impedir la reflexión. Y así lo hizo. El mar se le metió entonces en el alma con más rapidez que el día anterior. La existencia, la existencia directa fuera de la idea se manifestaba desnuda a través de los sentidos. Oía su rumor, veía su afán incesante, olía su verdad. Sentía el mar aunque no pensaba nada sobre él. Ciertamente no era mar, era simplemente existencia. Su propia vida le pareció entonces muerta, sometida a los conceptos, proyectada y preconcebida igual que cuando pensaba con palabras en el mar. Y experimentó dentro de sí una fuerza liberada tan intensa como la de la naturaleza. Se sentía hombre primigenio, biología con alma, existencia consciente. Y todo era gratuito, sin esfuerzo, heredado de la Tierra.

De regreso al Hotel había recuperado su estado mental habitual, pero la sensación de fuerza existencial que le había invadido le seguía acompañando. Se dio cuenta de que aquella mente intuitiva podía mantenerla sólo durante cierto tiempo. «Estamos hechos de pensamiento» -se dijo resignado-. Pero su pensamiento empezó entonces a elaborar aquellas sensaciones que había tenido. Veía su vida como un relato que le habían ido contando desde niño y que él había asumido. Y en ese relato él tenía un papel, una tarea, unas metas que alcanzar. En esas metas estaba supuestamente la felicidad y el desarrollo pleno de su ser. A lo largo de su vida había ido comprobando que aquello no era fácil, que había muchas trampas, que no se realizaba lo prometido. Que con demasiada frecuencia después de una etapa de ilusión todo acababa en desengaño o en situaciones poco satisfactorias. Que la vida iba transcurriendo y no quería morir dentro de aquel relato. Que deseaba asomarse al exterior, a la existencia no interpretada. Así había llegado a aquel punto, a aquel Hotel, dispuesto a romper la baraja.

         No vio a Berta en el comedor y pensó que se habría entretenido en el pueblo; quizás se había quedado a comer allí. El salón se veía inusualmente lleno de gente. Enseguida se dio cuenta de que se trataba de un numeroso grupo organizado de familias en las que algún miembro padecía síndrome de Down. Posiblemente estarían de paso. Se les veía muy animados a todos, muy felices, especialmente a los disminuidos, que no paraban de esforzarse en hablar y gesticular expresivamente. Había un intercambio afectivo muy fuerte en las familias, y al calor del grupo parecían todos muy liberados, muy expansivos. Martín conocía indirectamente la ternura que suscitaban estas personas y la enorme cantidad de afecto que eran capaces de sentir. Intelectualmente eran disminuidos, pero no emocionalmente. Pensó que su desvalimiento, la limitación de sus capacidades, polarizaba en ellos un desarrollo intenso en el terreno emocional si la familia los acogía positivamente: “Una persona normal se proyecta hacia fuera... hacia el mundo... lucha... usa la inteligencia para alcanzar sus objetivos, los materiales y los afectivos... pero una persona disminuida... con poca inteligencia... depende por completo de otras personas que le han acogido... y a cambio les entregan el corazón... es la única posibilidad que tienen”.  Y observaba Martín que esa dimensión afectiva, unida a la escasa inhibición característica de la enfermedad, les hacía parecer allí mucho más afectivos todavía. Les contemplaba y se sentía un poco incómodo con sus manifestaciones. Le resultaba algo abrumadora aquella afectividad a flor de piel, aquellos abrazos y besos, aquellas incluso insinuaciones eróticas inocentes entre los más mayores: “Un mundo de sentimientos sin razón... qué difícil me resulta... una persona normal no entrega así el corazón... completamente... corres el riesgo de que te dañen... o  que te abandonen... nadie se da por entero a los demás... si no cómo sobreviviríamos... sin embargo qué maravilla esa seguridad de sentir que te quieren incondicionalmente”.

        Seguía filosofando que, sin llegar a esos extremos, el mundo del hombre y la mujer estaban polarizados de manera distinta. La mujer construía su felicidad en el entorno cercano, en lo cotidiano, en las relaciones afectivas con los próximos. Las muestras de afecto, el cuidado de su gente, los pequeños detalles, el compartir lo cotidiano, el adorno y lo agradable alrededor, eran una actitud constante en ella. El hombre tenía preferencia en proyectarse al exterior, a las empresas, a la aventura; luchaba por el éxito en sus proyectos, por el poder, por la seguridad frente al mundo; y daba por sentada la otra seguridad, la básica, la del hogar, la de la mujer. Lo cercano y lo exterior, el cariño y la aventura, el amor y la guerra: la mujer y el hombre. Pensó que así era desde la prehistoria, y aunque en la actualidad los papeles estaban cambiando con extraordinaria rapidez, acercándose el contenido de ambos, ahí estaba la predisposición innata de ambos sexos grabada en los cerebros desde hacía más de un millón de años. Sin duda la identidad de funciones a la que se tendía en la actualidad era más una aspiración cultural moderna que otra cosa. Era más razón que sentimiento, aunque en este caso el sentimiento, el impulso primitivo, se veía como una sinrazón.

        Por algún tipo de secreta asociación de ideas se puso a pensar en Berta y María. Veía a Berta como una persona muy segura de sí misma. Sin duda ella se daba a María, pero su corazón debía poseer ya la sabiduría que dan las cicatrices; debía conocer la manera de curarlo si se lo herían gravemente.. María, sin embargo, le parecía más vulnerable, aunque de su parte estaba la belleza, la sensualidad que le garantizaba una compañía masculina en cualquier situación de soledad. Pero quizás esa belleza sensual es la que a la vez le impedía una relación afectiva profunda con los hombres. Quizás por eso había encontrado en Berta esa intensidad de sentimiento que necesitaba y ninguno le había ofrecido. Se decía que si él cayese en la tentación de tener una relación con María, le pasaría lo mismo que a los demás. Sería una relación pasional, de abandono a la droga del placer. La dimensión erótica de María velaba sus otras dimensiones humanas, que sin duda eran menos acusadas.

Sin embargo Berta era otra cosa. Intentó imaginar una relación con ella, con aquellos ojos profundos y videntes, y supo que sería una relación al límite, alma contra alma, en la que la pasión sería sólo la culminación de la entrega mutua del propio ser. ¿Cuál habría sido el pasado de Berta? Posiblemente algunas historias de fracaso sentimental con hombres. Quizás una época posterior de soledad en la que se habría forjado su carácter. Y después el descubrimiento del amor entre iguales, que debió ser para ella una manera más generosa y gratificante del amor a sí misma desarrollado en la época de soledad. Pero ¿quién sabe? -se decía-. Una cosa es lo que dicen las personas de sí mismas, lo que teorizan, y otra los verdaderos impulsos que las mueven.

Vio que entraba Berta con prisa, sin duda pensando que llegaba ya fuera del horario permitido. No le vio al principio, pero al estar casi lleno el comedor y andar buscando un sitio libre, al final le localizó.

- Menos mal que estás, creí que no encontraba sitio. ¡Qué tarde se me ha hecho!

- Tenemos nuevos compañeros de hotel, y muy animados.

- Ya veo

- Tan solo me han hecho sentir que he estado pensando en ti un rato.

- No me digas... - dudó Berta fijando su atención en Martín

- Me entró curiosidad por la historia de tu vida...

- Si yo creí que el objeto de tus pensamientos era María -dijo con ironía.

- También he pensado en María, pero no como tú crees.

- ¿No? Dijiste que era una tentación para ti... -insistió sonriendo.

- Lo es, pero no he venido aquí a caer en ese tipo de tentaciones.

- ¿Y en qué tentación caerías?

- Creo que en una de la que no conociera de antemano el resultado...

- Ah... el Sr. quiere explorar nuevos territorios... Pero hay territorios que son muy peligrosos, no lo olvide.

- Estuve pensando también en estos niños, en sus manifestaciones de afecto tan desinhibidas.

- Están muy necesitados de cariño. Si les faltase morirían, creo.

Se levantó y fue a buscar algo de comida. Volvió con una especie de ensalada de pasta.

- ¿Y qué le interesa saber a Ud. de mi vida? -dijo mirándole profundamente.

Le hacía gracia cuando Berta le cambiaba el tratamiento y le llamaba de Ud. Parecía que quisiera mantener en broma las distancias, pero quizás en su interior se sentía de verdad peligrosamente cerca de él.

- Oh, no podría preguntarte así, descaradamente... Estuve pensando cómo sería, o habría sido, una historia de amor tuya con un hombre.

Se echó a reír desembarazada, o desembarazándose, de la pregunta.

- Una historia pasada sí le podría contar... pero una historia actual tendría que preguntarle que con qué hombre... ¿Tal vez con Ud.?

El embarazado fue ahora Martín.

- Touché -dijo- no sé si mi pobre alma podría estar a la altura de tus exigencias.

- Sería difícil, sí, mi experiencia con los hombres es bastante negativa a ese respecto. ¿Sabes?, los hombres no sabéis amar a una mujer. Entre un hombre y una mujer sólo hay un equívoco más o menos duradero, y después toda una historia de frustraciones, cuando no de odio encubierto.

- No hace falta que me lo jures...

- ¿Verdad?

- Te confieso que por eso es por lo que me produce tanta curiosidad y cierto vértigo ese amor tuyo y de María... ¿o no es amor?

- Es amor, pero las palabras resultan equívocas cuando se aplican fuera del contexto habitual.

- ¿El contexto habitual?

- Sí, ya sabes, el amor pasional entre hombre y mujer.

- Si no sientes pasión por María, ¿no es un amor como puedes sentir por una hermana o una amiga íntima?

Berta sonrió misteriosa.

- Más como una amiga íntima... Se parece más al amor que sienten las adolescentes por su primera amiga íntima.

- Es curioso que los muchachos no tengan ese tipo de experiencias.

- Ya lo decías tú, somos especies distintas -sonrió Berta.

    El grupo de familias empezaba a salir de la sala entre algarabías y cierta confusión. Martín le propuso a Berta tomar un café en el bar del hotel. Aceptó y salieron detrás del grupo.

     El bar era muy tranquilo y espacioso, como todo el hotel. Apenas tres o cuatro familias dispersas ocupaban unas pocas mesas del local a aquellas horas. Se sentaron en un lugar confortable y alejado, para hablar en intimidad.

- Me repito con frecuencia lo poco que sé de Ud., caballero -le soltó Berta apenas se habían acomodado.

- Bueno... ¿y que te interesa saber de mi vida? - le devolvió Martín la pregunta que ella le había hecho anteriormente en el comedor.

- Por ejemplo, si ha estado Ud. enamorado realmente alguna vez.

- Ah, el enamoramiento... Recuerdo de adolescente estar esperando a alguna niña de ojos redondos y soñadores en algún sitio por donde solía pasar, y cuando aparecía y se cruzaba conmigo nos sonrojábamos los dos sin decir palabra y yo la dejaba ir. Después pensaba románticamente en ella por las noches. Quizás eso era enamoramiento, imaginación ilusionada, erotismo incipiente. Recuerdo también, de joven ya, a una muchacha de ojos oscuros, grandes y tranquilos, parecidos a los tuyos- Berta le miró desde una profundidad distinta sin mover la mirada-. Era amiga de una novia mía. Estaba fascinado con ella, y creo que por primera vez sentí que era capaz de emprender una vida madura al lado de una mujer, de hacerme hombre de verdad cerca de sus ojos. Pero era un triángulo muy ingrato para todos. Mi novia estaba muy dolida y la otra no quería ofenderla aunque yo le gustaba también. Recuerdo haberla visitado varias veces en su ciudad con mi novia, y afianzarse cada vez más la atracción que sentía por ella. Pero al final todo acabó mal para los tres. Éramos demasiado jóvenes y los celos y la inseguridad hicieron su tarea... El azar no me sorprendió después con ninguna mujer que me fascinara. Más adelante recuerdo haber creído en relaciones más libres y amplias, en comunas y todo eso, aunque nunca llegué a encontrar ninguna adecuada. El resto de mi vida sentimental ha consistido simplemente en sobrevivir hasta hoy. Como ves, nada que merezca contarse.

- No creo en las comunas amplias-dijo Berta- al menos no es algo para mí. Pero en los triángulos quizás pudiera creer en el caso de personas maduras y generosas.

- Ay los triángulos... -sugirió Martín.

- Ya sé que aquella experiencia tuya de juventud fue dolorosa, pero tú no buscabas un triángulo sino cambiar de pareja. Creo que un triángulo bien equilibrado pudiera funcionar, complementándose y enriqueciéndose todos en común.

- Los triángulos perfectos no existen -afirmó Martín.

- Fíjate -dijo Berta sonriente- que a Dios se le representa como un ojo dentro de un triangulo equilátero. Es el conocimiento supremo, la visión total, la perfección de las tres personas divinas en una sola.

- Humm, los símbolos... son siempre ideas inalcanzables.

Entró una pareja joven acompañada de un señor de mediana edad y se sentaron cerca. Parecía que hablaban de trabajo. La pareja parecía un matrimonio, y ambos debían trabajar en la misma empresa, dedujo Martín. El tercero parecía estar ofreciendo un puesto interesante a la joven, y se esforzaba por ponderar las ventajas de la cosa. El presunto marido asistía como asesor de su pareja a la par que consorte. El maduro no quitaba ojo de la chica y se mostraba insistente con su oferta. La joven le seguía el rollo muy puesta en su papel de candidata interesada.

- Y de tus experiencias sentimentales, ¿qué me cuentas?- preguntó Martín a Berta desviando voluntariamente su atención del affaire cercano.

- Las mías han sido a la vez más ricas y frustrantes -dijo Berta evocando dolores superados. Me casé muy joven, sin saber exactamente lo que hacía. Al principio todo iba maravilloso. Pero no tuvimos hijos y al pasar unos pocos años la relación se fue deteriorando. No sé si realmente cambiamos o nos acabamos conociendo de verdad, pero el caso es que Ramón, mi marido salía con otras mujeres. No me resulta agradable entrar en detalles. Lo acabamos dejando. Fue una separación muy dolorosa para mí, sobre todo por la sensación de fracaso. Al cabo de algunos años conocí a una persona interesante, mayor que yo, que me propuso convivir, y acepté. Pero pronto se fueron haciendo rutinarias nuestras relaciones íntimas, meras satisfacciones puntuales de sus necesidades. Acabe aborreciendo el sexo; al menos la práctica sexual masculina. Fui yo la que por entonces intimé mucho con una amiga y encontré en su afecto lo que no encontraba en casa. Al final me fui a vivir con ella. Después he tenido bastantes amistades femeninas y he encontrado una intimidad y cariño en ellas difícil de encontrar al lado de un hombre. También algunos problemas, por qué no decirlo. Nunca he tenido clara mi condición erótica, ni sé si mi fracaso con los hombres esconde alguna inclinación latente hacia las mujeres. Pero me basta con el cariño y la intimidad que me proporciona una relación entre iguales con mis amigas. Como ves, tampoco hay nada digno de contarse en mi historia.

Siguieron hablando animados de divertidas anécdotas y sucesos de sus respectivas vidas, y finalmente decidieron que la siesta era sagrada. Se despidieron a la puerta de sus contiguas habitaciones hasta la cena.

        Martín, tumbado en la cama y con un vaso de ginebra en la mano, rememoraba su conversación con Berta. Quizás Berta, allí justamente al lado, detrás de la pared, hacía lo mismo. O quizás pensaba en su amiga y en lo que la había ausentado, y estaba esperando ansiosamente su regreso. Se preguntaba como estarían en la intimidad, como serían realmente las inclinaciones eróticas de María  y aquello que le había insinuado Berta de que no pasaba de los hombres como pasaba ella. Todo eso le excitaba, y no solamente su curiosidad. Pronto se quedó dormido.  

Se despertó muy tarde, y como siempre, se fue a dar un paseo por la playa. Esta vez no se alejó demasiado. Se sentó en la arena, cerca del agua, mirando al mar.  La atmósfera estaba limpia y distinguía con extrema nitidez la línea del horizonte: “El perfil del Planeta... somos tan pequeños que no apreciamos su curvatura... el Planeta es sólo un grano de arena en la inmensa playa de la Galaxia... somos tan pequeños que no entendemos cómo es el Universo... somos un  invisible átomo adherido a la superficie de un grano de arena... en una de las innumerables playas del Océano cósmico...  hombre y Universo, qué desproporción”. Esa desproporción -continuaba reflexionando- era a simple vista aniquilante de toda aspiración trascendente. Y sin embargo, una cosa tan diminuta e inobservable como el hombre estaba desarrollando una mente que le permitía imaginar modelos cada vez más ambiciosos del Cosmos. “Lo importante no es el tamaño” -se dijo-  y se rió de sus propias palabras y de sí mismo. Lo importante era la complejidad desarrollada en el cerebro. Había tantas neuronas en un cerebro humano - recordaba- como estrellas en una galaxia. La complejidad del Universo, la complejidad del cerebro, la complejidad de una vida individual... quizás todas eran comparables e igualmente desconocidas.

Sumido en estas fantásticas divagaciones percibió que iba cayendo la luz. El sol se ocultaba tras las montañas, lejos del mar. Regresó al Hotel.

Después de darse una buena ducha y sentirse fresco y estimulado, bajó a cenar. No vio a la pareja en el comedor. Se dispuso a cenar despacio esperando que llegaran. Observó por primera vez a los comensales con detenimiento, ya que en anteriores ocasiones había estado absorto en sus conversaciones con Berta y no se había fijado en ellos. Quizás a él sí le conocían algunos de verle con su amiga.  Distinguió no muy lejos al matrimonio conocido de Berta, e intercambiaron una mirada. En una mesa cercana había una pareja joven y otra mayor. Escuchó disimulada lo que hablaban y se hizo una composición de lugar de su relación. El chico  era muy alto y con un aspecto simpático, agradable, y al parecer se había casado con la chica que le acompañaba, bajita y muy gruesa, típicamente americana. La familia del chico parecía de la región, gente sana y sencilla, quizás de algún pueblo cercano. Se les veía haciendo esfuerzos por acostumbrarse al tipo de nuera que tenían, que parecía muy simpática también y locuaz, pero evidentemente de otra raíz cultural. Hablaba bastante bien el español. El padre, lo mismo que el chico, era alto y delgado, y a veces hacía esfuerzos por comunicarse afectivamente con la chica, y otras veces la miraba  como a una extraterrestre. La madre daba por sentada una complicidad con ella que a todas luces no existía. La propia chica ponía de su parte lo mejor, e intentaba limar diferencias y hacerse la simpática. Levantó su orondo cuerpo de la silla y volvió al poco con un plato repleto de dulces. “Voy a probar estos pastelitos”, dijo sonriente como si tal cosa.

La gente iba terminando de cenar y las dos amigas no aparecieron. Salió del comedor y se dio un paseo por el hotel. No estaban en el bar, ni en el jardín contemplando la luz fascinante de la piscina. Tampoco en el salón de espectáculos.  Había esa noche baile, y como era habitual en esos lugares de veraneo familiar, los mayores se divertían recordando sus mejores pasos de juventud. Decidió que mejor se iría a la habitación a leer alguno de los libros que había traído casi por costumbre.  

Tumbado en la cama, pasó revista a sus libros : uno era “Teoría de la Religión”, de Bataille; otro era el “Diario” de Anaïs Nin, y un tercero “El amor, las mujeres y la muerte” de Schopenhauer. Se decidió por el segundo, que había ojeado ya algunas veces. En él, al principio, la autora relataba el comienzo de su amistad con Henry Miller y el posterior conocimiento de su mujer, June, un personaje misterioso y truculento que el propio Miller había convertido en literario. Anaïs se queda fascinada con ella y empiezan una breve relación de intimidad.

Martín se interesó enseguida por aquel relato, que no recordaba haber leído,  movido por la curiosidad que despertaba en él la relación de Berta y María. Decía en el relato Anaïs que cuando la vio por primera le pareció la mujer más bella de la tierra, que era la única mujer que respondía a la idea que se había hecho de cómo debería ser una mujer. Más adelante, y a medida que la va conociendo, afirmaba: “June no llega al mismo centro sexual de mi ser como el hombre. Ella no llega a rozarlo. ¿Qué es, pues, lo que excita en mí? Un día que quedan para comer juntas, dice Anaïs que estaba dispuesta a seguirla a cualquier perversidad, a cualquier destrucción, tal era el amor que le inspiraba. Otro día que la visita en su casa, va decidida a poner fin a aquel misterio:

“Le pregunté cruel y brutalmente, como hubiera podido hacerlo Henry:  ¿Te gustan las mujeres? ¿Te has enfrentado a tus impulsos hacia las mujeres?”.  June le contesta que sí se ha enfrentado a sus sentimientos hacia las mujeres y que es plenamente consciente de ellos, pero que aún no ha encontrado a nadie con quien quisiera vivirlos hasta el final. Además le dice que no está segura de qué es lo que quisiera vivir hasta el final. A partir de ahí entran en una relación sentimental romántica y excitante, con matices de erotismo en la que el alma complicada y escurridiza de June se abre en su pureza y reserva a Anaïs. Dice Anaïs: “Cuando salimos a la calle, con los cuerpos muy juntos, cogidas del brazo y con las manos estrechamente apretadas, yo estaba tan en éxtasis que no podía hablar. La ciudad desapareció, y la gente también. Nunca olvidaré ni podré describir la inmensa dicha de nuestro paseo por las grises calles de París. Caminábamos por encima del mundo, por encima de la realidad...”

Sin embargo, Miller mantenía una relación de amor odio con June, y estaba celoso de su vida libertina, celoso de los hombres y mujeres que andaban alrededor de ella. Un día, ofuscado por la intimidad de ambas, le pregunta a Anaïs acerca del posible lesbianismo de su esposa. Anaïs le dice: “ No puedo contestar a eso. No sé. Entre nosotras no se trata de eso”.

Y en otra ocasión, hablando Miller otra vez de su obsesión detectivesca acerca del sospechado lesbianismo de su mujer, le dice a Anaïs que es incapaz de desvelar ese misterio. Anaïs le contesta: “Si hay una explicación del misterio tiene que ser ésta: el amor entre mujeres es un refugio y una evitación del conflicto mediante la armonía y el narcisismo. En el amor entre hombre y mujer hay resistencia y conflictos. Dos mujeres no se juzgan mutuamente. Forman una alianza. En cierto sentido, es un amor a sí mismo...”

Martín se puso a reflexionar sobre la fijación sexual de los hombres y su proyección en la mujer, su traducción de la intimidad de las mujeres en términos sexuales. Los hombres no entendían, él no entendía, el papel que jugaba el erotismo en estas relaciones. El primer impulso era asociarlo a la sexualidad, a semejanza de la propia condición natural. Luego consideró que el  erotismo estaba presente en muchas manifestaciones de las personas, en los niños, en los ancianos, dentro de la familia entre padres e hijos, hermanos, etc.; en el arte, en la religión...  Pensó que la orientación genital del erotismo era una tendencia exclusiva de los hombres. Al parecer, las mujeres movilizaban cierta dosis de erotismo en sus complejas relaciones afectivas, y su mundo peculiar, generalmente desconocido para los hombres, pasaba por alto la cultura y la ética masculina imperante en la sociedad, concediendo más respeto y verdad a sus impulsos inconscientes. Con mundos tan distintos, era un milagro que hombres y mujeres se entendiesen: “Alguien tendría que habernos enseñado... de niños... a evitar tantos conflictos... tantos sufrimientos”. Aunque no estaba seguro si  aún conociendo estas cosas, desaparecerían por completo los problemas.

Oyó ruidos en la habitación de al lado. Enseguida oyó amortiguada la voz de Berta, pero era incapaz de distinguir sus palabras. Estaban las dos y charlaban, charlaban, reían...

     A la mañana siguiente, cuando bajó a desayunar, las encontró sentadas en una mesa cercana a la puerta.

- ¿Nos acompañas? -dijo Berta.

- Claro... buenos días -respondió Martín mirando enseguida a María.

- Buenos días -sonrió María

- Nos estábamos preguntando si te gustaría pasar el día en la playa con nosotras, si no trastornamos mucho tus planes para hoy.

- En absoluto, me encantaría. Tengo muchos días para seguir con mis planes -dijo entre risueño y enigmático, mirando a María de nuevo.

- Pues encargaré en cocina que nos preparen unos sándwiches y podemos dar una buena caminata por la playa. Luego podemos bañarnos y comer.

- Me parece un plan estupendo - afirmó Martín animado.

Se levantó a por café y se dio cuenta que no había nadie del grupo de Down. Pensó que se habían marchado ya de madrugada. Según volvía a la mesa vio que las dos intercambiaban confidencias muy animadas.

            - ¿A qué se dedica Ud.? -preguntó con naturalidad María.

- Jamás contestaré a esa pregunta metido dentro un Ud. -dijo Martín esforzándose por ser gracioso.

- Ah, pues... es que no me sale de momento el tú -se echó a reír María.

- Pues entonces esperaremos a que llegue ese momento.

- No le creas -terció Berta- a mí tampoco me lo ha dicho y le llamo de tú como si le conociera de toda la vida. Es muy reservado con sus cosas este Sr.

- Berta ya sabe que la pregunta adecuada es a qué me voy a dedicar en adelante. A lo que me dedicaba antes ya no tiene importancia.

- ¿Y qué planes tiene? -siguió María

- Estoy haciéndolos, pero todavía no se han concretado. A lo mejor a la vuelta de nuestro paseo por la playa he vislumbrado alguno.

- Y además es enigmático -añadió Berta.

- La verdad es que no tiene mucha importancia para conocer a una persona saber a lo se dedica o se ha dedicado -dijo Martín-. Normalmente sólo sirve para encasillar su personalidad en algún tópico. Prefiero que me conozcan primero por mí mismo antes de contar yo mi novela.

- Es mejor -añadió Berta- así siempre existe una intriga y un estimulo para reconstruir la realidad a partir de lo poco que te van contando o vas descubriendo. Además, imagina que fuera un personaje importante, o, al contrario, un don nadie. Tu actitud ya no sería la misma y perderías la ocasión de establecer una relación más auténtica, más de persona a persona.

- ¡Oh, sí, queridos, permanezcamos entonces en el anonimato, vivamos el carnaval de la autenticidad y atrevámonos a hacer locuras manteniendo nuestro mundo escondido tras la careta de la espontaneidad! -dijo María exaltada y divertida.

Martín y Berta le siguieron el juego aplaudiendo entusiasmados. Al poco rato, caminaban los tres por la playa en bañador, provistos de amplios sombreros para protegerse del sol de todo el día. Iba Martín explicando a las dos su estrategia de caminar mirando las olas para marearse intencionadamente, para desestructurar la mente, para dejar de pensar y percibir directamente la realidad sin pensamiento.

- ¡Es verdad, qué mareo! -dijo María colgándose del brazo de Martín, y enseguida también del de Berta.

Iban chapoteando en el agua, riendo, felices. La larguísima playa vacía, desnuda y de abundante arena, les proporcionaba la sensación de caminar por un lugar virgen, lejos de la civilización. El día era radiante y sólo algunas nubes algodonosas permanecían perezosas en el cielo como si no quisieran abandonar aquel paisaje. María iba correteando por la orilla, recogiendo pequeñas conchas y piedrecillas de colores, persiguiendo a algún diminuto cangrejo que huía hacia el agua.

Después de un largo paseo, decidieron instalarse y tumbarse al sol. Extendieron las toallas juntas. María, en el centro, dándose la vuelta y soltándose la cinta del sujetador, dijo:

            - ¿Quién me da un poquito de crema en la espalda?

- Yo, cariño- dijo Berta. Y poniendo un poco de crema en la mano comenzó a extenderla..

- A lo mejor prefieres que te la dé Martín...- dijo Berta sonriendo

María permaneció en silencio. Berta tomó la mano de Martín y puso en ella un poco de crema. Martín la extendió suavemente por la turbadora espalda de María. Su carne era blanda, llena pero sin ser hinchada como sucede con las personas gruesas. Los hombros eran ligeramente amplios y la espalda se estrechaba hacia la cintura, como las estatuas egipcias; después se ensanchaba voluptuosamente hacia las caderas. Berta bajó ligeramente el bañador de María para no mancharlo, dejando al descubierto el inicio de sus nalgas. María mostraba una suave sonrisa de felicidad, la cabeza de lado y los ojos entrecerrados. Aunque ya le habían extendido suficientemente la crema, siguieron acariciándola  largo rato. Las manos de Berta y de Martín se rozaban y disfrutaban juntas del apacible placer de María. Luego ella, manteniendo con una mano el sujetador sobre el pecho, se dio la vuelta. Berta le dio crema por el hombro y el brazo de su lado, y después, con delicadeza, le apartó el sujetador y le dio crema por los senos, y por debajo hacia el ombligo. Martín extendió la mano hacia Berta para que le pusiera un poco de crema. Ella se la puso, e imitando a Berta la extendió sobre el pecho de María. Ella giró hacia su lado la cara y le miró largamente. Sus ojos estaban ligera y deliciosamente velados, como si a la vez mirase hacia su interior, hacia el manantial de sus sensaciones. Los pechos de María eran exquisitos, abundantes pero firmes, los pezones de textura fina y regular surgiendo erguidos de unas aureolas algo más claras y ligeramente abultadas. Las manos de los dos acariciaban el cuerpo de María, demorándose, cruzándose, acariciándose ellas mismas sobre los pechos. Sus hombros se habían juntado y sus rostros estaban muy próximos, sus respiraciones se hacían patentes. Se volvieron uno hacia el otro y se miraron buscándose el alma. Sus bocas parecían buscarse también cuando María se escurrió entre ellos y se levantó ágilmente.

-         ¿Te vienes conmigo al agua, Martín? -dijo mientras le tendía su mano.

Martín la siguió, y cogidos de la mano se fueron introduciendo en el mar. La pendiente era muy débil y tuvieron que andar un poco hasta que el agua les llegaba por encima de la cintura. Se volvieron hacia Berta y agitaron sus manos alegremente. Luego se giraron quedando frente a frente. María tenía unos ojos verdes turquesa como las calas sugerentes de una isla mediterránea. Sus cabellos hacían ondas como el mar y eran dorados como el atardecer. Martín puso las manos sobre su cintura y la atrajo hacia sí de manera espontánea. Ella enlazó los brazos a su cuello y pegó su cuerpo al suyo. Martín sintió sus pechos blandos y a la vez consistentes, su vientre acogedor. Allí estaba su cuerpo entero, sí. Y se lo daba. Le bajó lentamente el bañador. Ella se agachó un poco y acabó sacándoselo. Martín hizo lo propio. Sujetándola por las nalgas la alzó un poco en el agua y busco su sexo. Sintió como la penetraba fácilmente. Ella sujetaba la cabeza de Martín entre sus manos mientras le besaba en la boca apasionadamente. Sus cuerpos empezaron a moverse con lentitud, siguiendo el ritmo perezoso de las olas. Allá, en el borde de la playa, Berta les observaba inmóvil. El mar se derramaba en espumas blancas sobre la orilla.

Cuando regresaron junto a Berta la encontraron algo ofuscada. María la abrazó tiernamente y la besó en la mejilla.

- ¿Estás bien?- le dijo.

- Sí - contestó parca mientras suspiraba brevemente.

Se quedaron los tres en silencio, sentados en la arena, contemplando la lejanía del mar. Un velero blanco avanzaba tambaleándose entre las olas y el viento. Berta finalmente se levantó y empezó a recoger las cosas. Se fueron los tres, y de regreso al hotel no intercambiaron ninguna palabra, cada uno absorto en sus pensamientos.  

            Cuando Martín bajó a cenar no las encontró. Después las oyó hablar bastante rato en la habitación.  Se sentía un poco apesadumbrado por Berta, por su reacción. Tampoco estaba muy satisfecho de sí mismo. Se preguntó por sus sentimientos hacia Berta, por los sentimientos de Berta hacia él, por la continuidad de su relación sentimental con María... Al final se durmió evocando dulcemente la escena de la playa.  

Por la mañana, bajó a desayunar sólo María.

            - ¿Y Berta? -preguntó inquieto Martín.

Se ha ido esta madrugada. Está mal. Dice que quiere estar sola unos días.

- Me siento un poco culpable, ¿sabes? -dijo Martín.

- No, no te preocupes querido. Es una cosa entre nosotras. Se le pasará. Pero quiero estar a su lado en estos momentos; o por lo menos muy cerca. Me voy yo también ahora.

Terminó de desayunar con presteza y dándole un beso en los labios se despidió:

- Te prometo que dentro de un par de días estaremos las dos por aquí otra vez.  

Sintiéndose tremendamente solo, decidió dar su acostumbrado paseo al lado del mar. Al contrario que otros días, lo hacía desganado, como si sólo pretendiera alejarse del hotel. Al cruzar el vestíbulo, la chica de la conserjería le llamó:

- Han dejado una nota para Ud. -dijo sonriente y amable.

Era un sobre cerrado. En el reverso ponía en letra pequeña: Berta.

No lo abrió hasta estar en la playa. La nota decía:

“Querido Martín:

Perdona que me haya ido así, sin despedirme siquiera, pero he sentido la necesidad urgente de estar a solas algunos días. Creo que yo también voy a tener que afrontar una pequeña crisis y replantearme algunas cosas en relación a mi vida y a mi actitud, y en relación por supuesto a María. No sé si mi supuesta relación platónica con ella, y en general con las mujeres, es suficiente para abordar mi futuro;  tampoco si yo soy capaz de mantener una relación física con una mujer hasta sus últimas consecuencias. Corren tiempos de cambio para mí y no sé por qué camino seguiré.

En relación a nosotros, a los tres, había imaginado que quizás podíamos... Ah, soy una tonta, me he engañado ingenuamente. Como decías, los triángulos equiláteros no existen en la realidad, sólo en la imaginación.

Te dejo mi teléfono y espero que me llames en algún momento que estés aburrido de pasear entre las olas y desestructurar tu vida.

Un beso,

Berta.”

 

 

 

 

 

 

 

 

PARTE SEGUNDA

 

Caminó por la playa hasta el mismo lugar donde habían estado los tres. Se sentó y se puso a evocar lúcidamente aquellos momentos. Estaban vivos allí todavía los instantes, latía la realidad del día anterior como si se hubiese trasladado a una dimensión invisible pero siguiera existiendo en el mismo sitio. Sentía las manos de Berta acariciando las suyas y el pecho de María a la vez. Sentía el cuerpo de María abrazado al suyo haciendo el amor en el agua. “Ahora estarán las dos juntas... en otro escenario... sumergidas en otra escena  que reclama su intensidad... olvidadas de esto“, pensaba, y sintió el vacío de la existencia con dolor. Otra vez la misma clase de vacío que había experimentado de manera extraordinariamente aguda hacía ya algunos meses, cuando de forma inesperada murió su madre. Aunque entonces, su experiencia fue demasiado trágica y angustiosa, y le alcanzó de lleno la conciencia de que la vida era absurdamente leve, de que los sucesos rompían la existencia. Por aquellos días seguía viendo a su madre, sentía latir su alma aunque su mente le decía que ya no estaba, que había cesado.

Hizo un esfuerzo por desasirse de aquellos recuerdos tristísimos e intentó reflexionar en abstracto: “Cuando tiene lugar un suceso importante el tiempo se para... se queda en suspenso... hoy sigue latiendo el suceso de ayer... hoy es ayer todavía... ayer prolongado...  pasado presente mantenido... no quiero hacer nada... inactividad... no quiero distraerme con nuevos intereses... no... sólo cosas rutinarias... comer asearme  descansar... mañana quizás tenga ganas de algunas cosas nuevas... alguna ocupación... pasado mañana puede que suceda algo interesante...”. Pensaba que al cabo de algunos días, el suceso del día anterior se habría quedado en la memoria, se habría asimilado y encajado en la línea de la vida, en el trascurso del existir. “Cada suceso feliz tiene el sabor de la eternidad”, se decía, pero duraba sólo cierto tiempo, estaba condenado a muerte. La muerte estaba presente en todos los acontecimientos. La felicidad era un estado transitorio en el que concurrían unas circunstancias irrepetibles que desaparecían antes o después. Le resultaba casi imposible aceptar la vida así, como una sucesión de estados felices que iban muriendo, como un conjunto de momentos, a pesar de que sabía que muchos opinaban que eso tenía que ser así y estaba bien, sin duda resignadamente. Encontraba que todo aquello tenía tiene mucho de ficticio, de falso, de inexistente. Quizás la vida era sólo una historia que inventaban los hombres, una trama construida sobre un soporte artificial de continuidad, en la que los sucesos fortuitos se iban articulando para configurar un argumento. Quizás a veces las decisiones de las personas  conseguían sus objetivos, aunque aquellos objetivos no encerraban lo que se esperaba de ellos. Otras veces, la mayor parte, era el azar el que decidía por los hombres.

El azar - pensaba- se había confabulado en torno a los tres para materializar aquella pequeña escena de pasión y cariño en la playa. La vecindad de habitaciones, la personalidad y situación de cada uno, las coincidencias en el comedor... Podía haberse producido otra combinación ligeramente diferente de hechos para que aquella escena no hubiese tenido lugar. La vida era inasible, caprichosa, de no fiar.

Inevitablemente volvió a  pensar en aquella enfermedad repentina de su madre; en la evolución fatal que acabó con su existencia en unos pocos días. En el asombro ante el instante intangible de su muerte, caliente su rostro todavía, pero ajeno, abandonado. En las interminables preguntas que se hizo, sin encontrar respuesta, sobre el significado de la vida, sobre la realidad y consistencia de la vida. ¿Cómo un ser vivo con tanta conciencia del mundo y de los demás, con tanta profundidad en la mirada que llegaba hasta el interior de las almas, podía desaparecer definitivamente, dejar de existir para siempre en un momento? Algo estaba mal hecho, algo fallaba en la Naturaleza. “¿Qué somos?”, se preguntaba entonces. Una conciencia tan despierta no podía morir impunemente sin que la vida, la de los seres cercanos que quedaban, no perdiera todo su sentido y su dimensión de futuro. Si aceptaba su desaparición definitiva, tenía que aceptar también una muerte interior; tenía que darse cuenta que la parte de su alma que llevaba prestada de ella, que había aprendido de ella, que mantenía viva en su relación con ella, estaba a punto de morir también. Y él tendría que nacer de otra manera, con otra conciencia del mundo, más personal, más indefensa, más solitaria. “Sí, sin duda la muerte de un ser querido es una muerte interior también”, se decía. Y como no podía creer en los cuentos consoladores de las religiones, se dio a pensar por entonces que si bien el futuro era algo incierto, inexistente y sometido al juego del azar, el pasado era real, consistente, seguro. Nada podía impedir que su madre hubiese existido. Y así seguiría, formando ella parte de su ser, de su naturaleza. Él tenía una historia, era él mismo una historia interior, y una parte muy importante de esa historia era su madre. Y seguiría contando con ella. No, no era necesario dejarla morir por dentro. Se había resistido a deshacerse de sus cosas. Había aplazado la decisión. Sentía que en sus vestidos y objetos personales latía, no sabía cómo, su alma; que rondaba dentro de ellos. Conservaba la casa de su madre como quedó el día fatal, como había estado siempre. Ir por allí de vez en cuando era revivir su presencia, recuperar sus raíces, su propio ser pasado. Le consolaba vivir ese recuerdo, avivar esa parte suya interior donde ella figuraba todavía y en la que se sentía seguro. Vender su piso era vender su recuerdo, y se resistía mes tras mes a hacerlo.

Él no había tenido suerte con su vida propia. No había encontrado una persona a la medida con la que construir una vida sentimentalmente satisfactoria y estable. Y ello a pesar de necesitarlo especialmente, de desearlo, de intentarlo. Su vida había sido manejada por el azar sin pena ni gloria, y quizás no tuvo el valor muchas veces de arriesgarlo todo. O quizás acertó al ser prudente, ¿quién sabe? -se decía-. Pero ahora si que ya no iba a seguir en ese juego de la fortuna, apostando algunas veces con ilusión y recogiendo pocos frutos. Su vida pasaría con mucha posibilidad de manera tibia, mediocre, a medias luces, como la de casi todos los que renuncian a engañarse. ¿Por qué no abandonar ya definitivamente esos planteamientos habituales de las personas, esas ilusiones ocasionales, esas metas que nunca llegan?

El amor romántico ya le daba risa a su edad; todo lo más lo veía como una tierna ceguera de la juventud condenada al fracaso y el sufrimiento futuro. El amor profundo le parecía el gordo de la lotería, que siempre le toca a alguien pero que es más difícil que le toque a uno que morir en accidente de tráfico. Y estaba seguro, sin embargo, que dada la inmensa variedad de personas existentes en cada momento, en algún lugar existía esa mujer hecha para él exactamente; pero lo imposible era encontrarla; no podía pasarse la vida buscándola inútilmente. La amistad sí,  esa sí parecía estar más razonablemente al alcance, aunque cada vez se volvía más limitada con la edad, con las peculiaridades, egoísmos y resabios adquiridos por las personas a lo largo de la vida, muy lejos de aquella amistad romántica y generosa de la juventud. Todo ese teatrillo del mundo donde los personajes se afanan, en el mejor de los casos,  por acaparar placer y felicidad a costa de lo que sea, a costa de sus semejantes, a costa de su dignidad, a costa de sus ideales, le parecía ya lamentable, indigno, desechable. ¿Y si fuera capaz de prescindir de toda esa basura? ¿No había comprobado hasta la saciedad que un amigo te podía dar la peor puñalada si con ello conseguía su propia felicidad? ¿No sabía ya que la dinámica de la pareja era la lucha por el control del otro para el mejor desarrollo y comodidad de uno mismo? No, las relaciones humanas estaban demasiado contaminadas de egoísmo, de intereses, de lucha por la vida. La ley de la selva seguía actuando a todos los niveles, incluso cuando lo que estaba en juego era el alma.

        Y sin embargo... ¿no parecía que uno necesitaba al menos a otra persona para vivir? ¿Por qué no sería uno capaz de vivir plenamente en soledad? ¿Por qué si así lo hacía acababa normalmente enrareciendo, enajenándose, al cabo del tiempo? El alma del hombre quizás necesitaba a los demás para existir cabalmente, necesitaba los sentimientos y la comunicación con los otros. “No es de extrañar, si nos hemos hecho personas en el seno de una familia... compartiendo y comunicando nuestras ideas y sentimientos... reforzando nuestras vivencias al hacerlo... nuestra manera más directa e intensa de saber que existimos es cuando los demás nos escuchan... cuando los demás nos miran... y ahí está la raíz del mal... en la necesidad del otro... si necesito al otro para existir tengo que contemporizar... adaptarme... resignarme... dejar de ser como soy exactamente... salvo que el otro sea tan especial y a mi medida que me permita ser por entero como soy... el otro es una ficción que creamos para permitir la convivencia... pero es de otra manera distinta a la nuestra y pronto se entra en conflicto.”, filosofaba.

Se decía que hasta los ermitaños y los santos necesitan hablar con un ser imaginario, con Dios, para existir como hombres. Y quizás esa era la mejor opción, pues era un ser excelso que nunca les iba a defraudar ni a provocar conflictos. Si la medida del ser con el que uno se comunica es la medida de la propia existencia como persona, sin duda Dios era el mejor “otro” que podía existir, pues que cada uno lo  imaginaba a su semejanza. “Pero yo, que no creo en Dios... salvo que transija en engañarme para ser feliz de manera gratuita... en qué podría apoyarme para existir plenamente... porque cada vez tengo más claro que mi camino tiene que ser en soledad...”, se decía. La vida entre los demás, la vida junto a otra persona, era siempre una entrega al olvido de parte de uno mismo, era una historia elaborada en la que se adormecía la conciencia profunda de la existencia. Lo que hacían los hombres era vivir dentro un mundo inventado... y se le ocurrió la palabra “in-mundados” para designarlos: “Vivimos inmundados, protegidos, limitados... y morimos ignorantes, engañados, angustiados por no haber vivido la realidad... y como alternativa la soledad... siempre la soledad como vocación y como amenaza en mi vida... la soledad para enfrentarme al reto verdadero de la existencia... la existencia frente a la muerte... siempre en lucha, en permanente contrapunto... sólo desde la perspectiva de la muerte se puede contemplar con verdad la existencia... la existencia, el mar, la eternidad... el mundo de los hombres visto desde fuera... desde lo informe, desde el caos, desde el mar... la soledad para encontrarse y descubrir que la mayor verdad es uno mismo... este cuerpo que resume todos los milenios del Planeta... este cuerpo que se enfrenta a la muerte cada día sin saberlo... con indolencia, como si fuera eterno y estuviera a salvo”. Pensaba con lucidez que el hombre verdadero debía estar siempre en lucha consciente, que existir era estar en lucha incesante contra la muerte, con el cuerpo descubierto y dándole la cara; y que cada día era una dicha regresar de la batalla indemne, porque sabía que al final la guerra estaba perdida, porque que la muerte le acabaría venciendo. En la antigüedad había guerras continuamente -se decía-, y muchos hombres hacían de ellas el sentido permanente de sus vidas. Los guerreros sabían que en cada batalla estaban presentes a la vez la gloria y la muerte, y  se entregaban a ellas con el espíritu exaltado porque la gloria se elevaba sobre el abismo de la destrucción; sabían que el verdadero valor de la vida se descubre al vencer a la muerte. Los guerreros preferían la guerra a la vida indolente de los castillos, a los juegos y placeres cortesanos, porque sentían que ese mundo era ficticio, limitado y al final aburrido, y que donde de verdad palpitaba la vida era en la batalla; sabían que la sangre exaltaba el alma más que el vino. “Tal vez hoy el espíritu del guerrero tenga que encarnarse en el solitario... en el que abandona el mundo establecido y seguro para llegar al campo de batalla de la soledad... y allí enfrentarse día a día a la muerte y la vez a la existencia”, se dijo.  

        En estas y otras reflexiones se le fue pasando el día. Por la noche, en el comedor, se fijó quizás por primera vez con detenimiento en la gente. No localizó al matrimonio amigo de Berta. Entre los comensales había parejas solas de mediana edad y con poco que decirse, familias con niños que alborotaban y que reclamaban continuamente la atención, pequeños grupos animados cuyo grado de relación o parentesco no supo descifrar, una mujer joven sola y bastante ensimismada... Intentaba  imaginar lo diferentes que eran aquellas vidas, el grado de felicidad de cada uno, la conciencia del mundo y de la realidad que tendrían desde su reducto vital, el desarrollo previsible de sus vidas. Le llamó la atención el matrimonio que tenía al lado. Sentados frente a frente, no se hablaban, como si hubiese entre ellos un temor de agresión velada, como si estuviesen a la defensiva; como si hablar fuese atacarse. El hombre era de complexión deportiva pero estatura baja, calvo, de cara redonda y agradable, con una expresión entre sonriente y cómplice con la vida. La mujer era achaparrada, algo gruesa, con esa configuración característica que adquieren muchas mujeres debido a la menopausia y sus efectos; la cara era seria pero a la vez sociable. La edad de ambos pasaría de los cincuenta años. El hombre eludía mirar a la mujer directamente y entretenía su atención vagando por las mesas. La mujer miraba a un punto indeterminado del hombre, viendo sin duda todo lo que hacía, sus mínimos gestos y acciones, adivinando sus pensamientos.

Después de cenar subió a la habitación pensando en leer un rato antes de dormir, pero hacía calor, no se sentía receptivo para leer, y decidió bajar a dar una vuelta por los salones.  Entró en la sala de la televisión y se sentó a echar un vistazo a lo que parecía ser una película que se desarrollaba en Egipto. Había algunas personas en la sala, y se dio cuenta que se había sentado cerca de su anterior vecino de mesa, el calvo, que parecía seguir atentamente la historia.  El hallazgo en unas excavaciones de unos papiros de contenido misterioso desataba toda una serie de persecuciones y asesinatos. Estaban bien logrados los escenarios, con buena fotografía de los monumentos, pirámides, interiores, etc., pero la trama era algo truculenta e infantil. Se hizo una pausa para anuncios, y el calvo, comunicativo, echando una mirada alrededor, posó sonriente su vista en un punto cercano a Martín y dijo como el que habla a un oyente indeterminado:

- Mira que son malas este tipo de películas...

Martín vaciló en contestar, pues le pareció que el calvo trataba de desahogarse más que de conversar, pero al final le dijo:

- Sí, la verdad es que el argumento es bastante infantil

- Me irrita que hagan un uso tan banal de los escenarios arqueológicos, y sobre todo que falseen datos y hechos -dijo el calvo-. El único placer es contemplar esos escenarios tan espléndidos, y la verdad es que están bastante bien filmados.

- ¿Le gusta a Ud. la arqueología? -preguntó Martín

- Claro, soy arqueólogo -dijo sonriendo el calvo, mirándole fijamente-. A Ud. también le gusta, parece...

- Bueno, es una de esas cosas que me atraen misteriosamente... como la espeleología o la escalada, pero que nunca he practicado. Imagino que puede ser una profesión muy interesante.

- Ah, amigo mío, la arqueología no es una profesión, es una pasión. Bueno, me callo, para algunos es una profesión desgraciadamente. Yo desde niño ya me emocionaba mirando a los arqueólogos en unas excavaciones en mi pueblo. Iba todos los días al salir del colegio y me quedaba allí, fascinado, viendo cómo picaban la tierra dentro de pequeñas parcelas delimitadas con cuerdas, cómo la retiraban con diferentes paletas, la cepillaban con sumo cuidado con brochas y pinceles y sacaban pequeños objetos de metal, vasijas de cerámica... Mi vocación se despertó entonces.

- Es curioso, creo recordar que yo también desde pequeño me he sentido fascinado por las excavaciones arqueológicas, aunque en mi caso ha sido a través de películas o documentales.

- Sin duda lleva un arqueólogo dentro -dijo el calvo animado-. ¿Qué le parece si dejamos que resuelvan solos el misterio del papiro y nos tomamos una copa en el bar? Le contaré algunas cosas sobre este lugar que le van a interesar...

- Bien, encantado, quizás es de lo más interesante que se puede hacer en este sitio -dijo Martín sonriendo.

- No lo crea, amigo -respondió intrigante el calvo-, bueno, digamos que hoy tal vez sí.  

El bar estaba concurrido. La gente departía animadamente en las mesas, sobre todo los grupitos más numerosos, que elevaban la voz al calor de alguna bebida. Se acomodaron en la barra, que también estaba bastante solicitada.

-¿Qué va a tomar?... Por cierto, me llamo Antonio -dijo el calvo extendiendo la mano.

- Martín. Una ginebra con hielo.

Mientras Antonio conseguía captar la atención del camarero, Martín pensaba que debía haber eludido la invitación. Aunque le parecía una persona simpática y de conversación interesante, él no estaba allí para hacer amistades de verano ni para entretener el tiempo. Pero había algo a la vez amable y trasgresor en aquel hombre, alguna actitud vital que le intrigaba. Observó también que Antonio miraba de vez en cuando hacia una pareja joven sentada, en concreto hacia la chica, una rubia de cara sonrosada y aspecto feliz, que parecía disfrutar simplemente estando allí, entre la gente.

- Pues verá -dijo Antonio una vez conseguidas las bebidas-, cerca del pueblo  hay un poblado ibérico en excavación. Está sobre un pequeño promontorio rocoso que se asoma al mar. Esta es la tercera campaña de excavación, y la dirige un amigo mío, con el cual colaboro de manera informal... bueno, digamos que disfruto viendo el trabajo y charlando con el equipo. Tiene con él media docena de estudiantes y otro arqueólogo joven. El presupuesto es pequeño pero poco a poco van desarrollando el trabajo. Si quiere le puedo llevar un día y verá de cerca una excavación auténtica, aunque ya le advierto que no espere grandes hallazgos sobre la marcha. Los documentales -dijo sonriendo- resumen en pocos minutos seleccionados todo el trabajo de una campaña.

- Me encantaría -dijo Martín interesado- ¿Cuando piensa volver por allí?

- Pues mañana temprano tengo previsto acercarme. Después hace demasiado calor para estar bajo el sol. Si se anima quedamos después del desayuno, a eso de las nueve.

- De acuerdo, estaré listo. ¿Han encontrado algo interesante este año?

- Las primeras campañas son siempre bastante rutinarias, haciendo la planimetría, fotografía, cuadriculado del terreno a excavar, trazando planos y reconstruyendo los muros de las viviendas y del poblado. Estos asentamientos sobre roca no son al principio de los trabajos más que montones de piedras más o menos dispersas, y hay que adivinar por donde iban los muros, que salvo el circundante del poblado no eran más que unos zócalos de dos o tres cuartas de piedra sobre los que construían las casas con tapial, o sea, con barro entre postes de madera; los techos eran de palos y cañas cubiertos con arcilla. Todas estas estructuras desaparecen con el tiempo y solo quedan los zócalos de piedra, y la muralla, que también se desmoronan y dispersan cayendo en parte por las laderas. Como ve, recomponer un poblado de éstos es un pequeño rompecabezas a veces. También aparece gran cantidad de trozos de cerámica por las laderas, trozos que ellos mismos arrojaban para deshacerse de los cacharros rotos accidentalmente. Estos son los restos más evidentes y los que acaparan el trabajo de las primeras campañas. Luego viene la excavación de los suelos de las viviendas, que normalmente en estos casos no es muy profunda ya que enseguida sale la roca. Ahí aparecen algunos objetos metálicos y más cerámica. Lo más interesante para un aficionado es cuando aparece la necrópolis asociada al poblado. En ella es donde se hallan valiosos objetos de ajuar que solían enterrar con los muertos: brazaletes, prendedores, broches de cinturón, armas, vasijas enteras... Pero a veces es difícil localizar las necrópolis. Esta todavía no se ha encontrado.

- Imagino lo que habría disfrutado yo participando en una de estas excavaciones cuando tenía bastantes años menos -dijo Martín con entusiasmo-. Es curioso como la vida está trazada por el azar y nos deja fuera de muchos caminos. Si hubiese coincidido, estoy seguro que me habría apasionado por la arqueología.

- A lo mejor este es su momento, amigo Martín; su punto de encuentro con ella. La vida es así de caprichosa y a veces nos ofrece tarde lo que nos había negado durante mucho tiempo. Lo importante es estar atento para no pasar de largo. Hay muchas pasiones tardías que sin embargo nos agarran con fuerza. Mire, por ejemplo, mi mujer se está aficionando ahora a la literatura, cuando se ha pasado la vida dedicada a los hijos y a la casa. Ahora que ya los chicos viven su vida, ha encontrado esa vocación que quizás nunca pudo desarrollar antes, hasta el punto de que se ha matriculado en la Universidad y está ya en segundo de carrera. Y ahí la tiene, sin complejo ninguno al lado de jovencitos de veinte años. A mí la verdad es que me parece estupendo. Además, como yo digo, cuando los hijos se van de casa es mejor que la mujer esté bien ocupada; si no, le hacen la vida imposible al marido -dijo Antonio riendo con un cinismo moderado.

- Sí, sin duda es una buena cosa -dijo Martín recordando la actitud de la mujer en el comedor, pendiente completamente del marido-. Es bueno en las parejas que cada uno tenga su parcela de privacidad, sus intereses propios. Puede resultar agobiante convivir con una persona que intente siempre controlarte. 

- La mujer siempre quiere controlar al hombre. Sabe que es polígamo por naturaleza y no se fía nada. Tampoco se fía nada de las otras mujeres; sabe que son rivales sin reglas éticas. Bueno, esto de la ética lo consideran las mujeres un invento de los hombres para controlarlas - dijo riendo-. En su alma más profunda están convencidas que la única ética posible es seguir ciegamente sus impulsos.

- Ah, seguro que si estuviese una mujer presente le tacharía de machista empedernido.

- Seguro, pero es que las que nos califican airadamente de machistas no se dan cuenta de que en su fuero interno son unas feministas radicales. Me explico: ponen sus valores de feminidad por encima del hombre, le consideran un bruto incapaz de apreciar su rico mundo sentimental, su fina sensibilidad de mujer. No se dan cuenta de que el alma del hombre se despliega en otro plano de intereses. He conocido a muchos hombres que valoran de verdad el mundo femenino, pero a muy pocos que se propongan imitarlo... salvo los que ya sabemos -dijo riendo-. Claro que hoy día reírse de esto es casi un delito. Imagino que sigo hablando como un machista de libro, pero es que nada me produce más risa que el que se esfuerza por contradecir su dotación genética, como el cobarde que se hace pasar por valiente, el tonto que cree ser listo o el miope que no se pone gafas y se da de tortazos contra todo. La capacidad del hombre para hacer el ridículo no tiene límites.

- Coincido con Ud. en que el mundo del hombre y la mujer son muy distintos, pero a la hora de valorarlos habría que considerar el asunto con cuidado. No sé si esta tendencia a comparar el valor de ambos mundos tiene sentido. Nadie se ha puesto a comparar el valor de una persona madura y de un niño, por ejemplo. ¿Cómo hacerlo?... ¿respecto a su necesidad? ¿respecto a su poder? En cuanto a la mujer... ¿qué habría que considerar? Tenemos la tendencia a pensar en términos de realizaciones culturales,  políticas, empresariales, constructivas, etc., es decir, realizaciones en el ámbito social, en las que el hombre tradicionalmente ha desempeñado un papel superior. La mujer ha atendido tradicionalmente el hogar, los hijos, el cuidado de las personas, entre ellas al varón cuando más lo ha necesitado, que suele ser, también tradicionalmente, cuando se siente débil, derrotado, enfermo. En la dimensión social también ha desempeñado un papel, pero su relevancia ha sido generalmente en un terreno más próximo, familiar extenso, de vecindad. Parece pues que estamos comparando la importancia social con la familiar. ¿Con cual nos quedaríamos? ¿Cuál es más esencial para la vida? O si llevamos las cosas hasta el límite... ¿podría vivir mejor el hombre sin la mujer o la mujer sin el hombre? Todo apunta a que el mundo de la mujer es más esencial, más necesario para la vida, y no hablo de maternidad naturalmente.

- En eso tiene razón -dijo Antonio-, pero imagínese esa tendencia de la mujer a estar confortable, a pasar horas y horas fortaleciendo lazos de afecto y amistad con sus congéneres, no importa cual sea el contenido de sus interminables charlas; imagínese esa afición constante al adorno y a lo banal. ¿No le parece que el mundo se estancaría en la placidez primitiva y sensual de una isla polinésica? Por cierto, creo que allí las sociedades tradicionales eran matriarcados.

- Pero habría que hablar mucho del progreso y de la felicidad desde el punto de vista individual. ¿Cree Ud. realmente que es más feliz una persona de nuestros días que otra de una de esas sociedades estancadas y al parecer dichosas de las islas del Pacífico?

- Ah, amigo Martín, está Ud. haciendo trampa, porque está considerando como elemento de comparación a una persona sana, quizás de edad media y con recursos suficientes para vivir. Pero habría que ir a la estadística y ver cuál es el tipo medio de persona en ambas sociedades. Quizás se encontrase que en las sociedades atrasadas el tipo medio está enfermo, es joven debido a la gran mortalidad y tiene muy pocos recursos para subsistir. No me cabe duda de que en la actualidad el número de personas que viven suficientemente bien es enormemente superior. Sólo tiene que darse cuenta de que la edad media desde la prehistoria hasta la modernidad andaría en torno a los treinta y cinco o cuarenta años, mientras que ahora puede ser el doble de esa edad, y en un futuro no muy lejano esa cifra se verá ampliamente superada, además de la calidad de vida correspondiente.

- Tal vez tenga razón... Pero me parece que entonces acepta Ud. el éxito de las sociedades actuales,  gobernadas principalmente por el varón, la preeminencia de la cultura masculina. Se ha referido al bienestar material, a los logros técnicos y científicos, creo; al desarrollo económico. Pero yo no me refería exactamente a eso cuando le hablaba de la felicidad. Estaba pensando más bien en el bienestar interior, en el equilibrio psicológico, en la armonía con la vida. Es ahí donde la cultura femenina y la masculina difieren notablemente.

- El mundo es muy complejo, amigo mío, y ya se habrá percatado de que las cosas no son como sería ideal que fuesen, sino como consiguen ser y mantenerse. Hay muchos factores en juego que acaban llegando a un cierto equilibrio más o menos duradero, y que no es el ideal para cada uno de ellos, pero que les permite coexistir en él. La vida lleva incorporado el sufrimiento también hasta un límite tolerable. Nadie ha inv