Marcos J. Erice
2008
MALIA
Sería porque era la primera vez que iba de putas, o por aspectos y circunstancias de las que ahora no soy consciente, pero el hecho es que todavía me acuerdo de esta historia nada especial. Andaba yo por aquellos años juveniles muy salido, y después de consultar los anuncios del periódico encontré un discreto local cerca de casa, en un edificio muy grande e impersonal ocupado por todo tipo de oficinas y consultas. Llamé previamente por teléfono, un poco nervioso, para informarme de precios y horario. Me atendió una chica muy simpática y juvenil, como cualquier chica que te puedas encontrar en un bar o en una discoteca. Me dijo que eran tres amigas, y que me tratarían con mucho cariño y delicadeza - sin duda había percibido mi inquietud a través del teléfono-. Era muy pronto por la mañana, pero con mi cortedad y reparos pensé que era la mejor hora para pasar desapercibido y que las chicas no hubieran tenido relaciones anteriores ese día, cosa que me producía un molesto escrúpulo higiénico.
El apartamento era muy nuevo y limpio, todo pintado de blanco, y por un instante pensé que me había equivocado y aquello era un centro de fisioterapia. Pero no, no me había equivocado pues reconocí enseguida la manera de hablar de la chica que me recibió. Al final resultó que sólo estaban dos chicas a esa hora, y una, la que me recibió, era demasiado delgada para mi gusto, así que me decidí por la otra, que era más mujer, rubia, alta y saludable, muy natural y espontánea. Tenía la piel blanca y ademanes desenvueltos que resultaban familiares. Enseguida empecé a hablar con ella y a preguntarle cosas. Era asturiana, y aunque vivía en su tierra venía un par de meses al año para hacer un dinerillo, pero no conseguí sacarle una información más personal, cosa que por otro lado no era importante más que para sentirme cómodo, como si estuviera ligando con ella. Le pedí que pusiera música y nos quitamos la ropa, muy atento yo a cómo se desnudaba, lo que hacía con toda confianza, como si simplemente se estuviera quitando una prenda innecesaria. Luego le pedí que bailáramos desnudos, muy juntos, al compás de la música lenta y relajante que estaba sonando. Se reía y me dijo que yo era muy romántico, que nadie le había pedido nunca nada igual. Nuestros cuerpos se iban fundiendo y perdiendo entre la música, y la pasión se iba apoderando de nosotros prodigándose en abrazos y caricias. Al cabo de un buen rato se separó y me miró contemplando mi miembro completamente erecto:
-¡Uy cómo vienes tú por las mañanas! – dijo riendo con las mejillas encendidas-. Ven que te voy a poner una cosita.
Me colocó un preservativo con mucha delicadeza y nos tumbamos en la cama, poniéndose ella encima y mirándome a los ojos mientras se movía suavemente. Se estaba excitando mucho, como si fuese ella la que me estaba poseyendo, y se movía cada vez con más intensidad. Luego fui yo el que se puso encima para sentir el placer de la posesión, pero el maldito preservativo, a cuyo uso no estaba acostumbrado, amortiguaba mis sensaciones mientras notaba que las suyas iban creciendo más y más. Me separé y le dije que me gustaría quitármelo, que si ella no tenía nada malo, igual que yo, lo podíamos hacer de manera natural. Me miró un rato y me creyó, y yo la creía a ella, y nos acoplamos sin nada, sintiendo la delicadeza del contacto íntimo de la carne. Fue una relación interminable, prolongada a voluntad, parando cuando las oleadas del placer amenazaban con desbordarnos, alargando el contacto, vigoroso unas veces y otras acariciante, apenas moviéndonos. El éxtasis nos sorprendió a los dos de manera inevitable cuando menos lo esperábamos y nos abandonamos a él.
-¿Sabes?, lo he pasado muy bien, como hacía tiempo que no lo pasaba. Nosotras decimos que cuando coincides con alguien especial te sueltas el pelo y te dejas llevar como se deja llevar cualquier mujer.
-¿Y no eres como cualquier mujer? – le pregunté con intención.
-Diez meses al año sí- dijo, y luego, dándome un beso en la boca, añadió-, y algún día adicional muy de tarde en tarde.
ALBA
Al cabo de un breve rato entró Alba sonriente, con un vestidito corto y ligero, diseñado para hacer desear el quitárselo enseguida. Se acercó a él y le dijo:
-Te voy a ayudar a desnudarte. Tú hoy no tienes que hacer nada, yo me voy a ocupar de todo.
Y pidiéndole que se sentara, comenzó a quitarle los zapatos, los calcetines, le aflojó el cinturón y tiró de sus pantalones. Luego le desabrochó todos los botones de la camisa sin dejar de sonreír mientras él la miraba y la veía hacer complacida. Cuando estaba solamente en slip le dijo que la desnudara a ella. Pedro se puso detrás y le levantó el vestido lentamente. Llevaba puesto un tanga y un sujetador. La abrazó estrecha y suavemente por detrás y ella se pegó a él ladeando la cabeza para desviar su hermosa mata de pelo y ofrecerle su cuello tentador. Empezó a besárselo, desde el hombro al oído y ella ronroneaba dichosa. Luego soltó el enganche de su sujetador y liberó sus pechos, extraordinariamente firmes y bien formados, con los pezones ya excitados. El miembro viril empezó a dar señales de vida contra su culo, que ella movía ligeramente para provocar su erección. Pedro comenzó a deslizar hacia abajo su tanga mientras ella llevaba las manos atrás y hacía lo propio con su slip. Alba le propuso una ducha juntos, y al aceptar entusiasmado ella se metió en la gran bañera circular y se puso a graduar el agua para que saliera a una temperatura agradable. Cuando él entró comenzó a mojarle todo el cuerpo con la ducha, y luego le dijo que le iba a enjabonar.
-Estaría bien esto de que le ducharan a uno todos los días –dijo Pedro-. Alba rió y le dijo que a ella también le gustaba que la lavaran, que luego debería devolverle el favor. Le enjabonó y lavó con meticulosidad por todas sus partes y recovecos, como si realmente se tratara de una tarea higiénica y no sólo erótica. El pene, que llevaba rato haciendo su vida desplegado sin ninguna inhibición, fue objeto especial de sus cuidados. Él hizo lo mismo con ella, disfrutando de cada centímetro de su cuerpo. Sus dedos se demoraban entre sus nalgas y uno se deslizó en su vagina muy adentro, sintiendo cómo su interior tierno y sensible al tacto se lo apretaba con contracciones voluntarias mientras susurraba palabras de placer y voluptuosidad con los ojos cerrados.
-Bueno- dijo al rato Alba con pereza placentera- ya estamos bien lavaditos; a secarse y a la cama.
Sentados en el borde, con las piernas entrecruzadas, acercó su cabeza a la de él y la oleada de su pelo largo le rozó con suavidad antes de que su mejilla se apoyara en la suya. Su boca se fue acercando a la de él, sin atreverse a tocarla, como dejando que su proximidad provocara la iniciativa. Las comisuras de los labios estaban muy cerca, atentas al deseo de juntarse. Y lo hicieron, con un breve contacto que explorara la atracción del beso. Poco a poco los labios se fueron confiando, se fueron gustando y se entregaron a una intimidad cada vez más abierta, mientras las manos acariciaban los cuerpos y la conciencia se extraviaba sin tiempo entre los labios y la piel. Pedro se separó un poco de ella y vio que estaba arrobada, con la mirada a media distancia entre él y sus propias sensaciones. Ella se tumbó con las piernas abiertas ofreciéndose por completo. La cubrió con su cuerpo procurando no aplastarla demasiado. Sus manos sujetaron las suyas que caían por detrás de la cabeza al final de los brazos extendidos. Entró en ella y le maravilló lo placentero de su estrechez, justa a su medida, mientras los ojos de Alba se cerraban y suspiraba. Buscó el placer de ella, moviéndose de manera que su sexo se estimulara en la parte más sensible y su goce despertara el suyo. Pronto empezó ella a jadear y a apretarle las manos, y un gemido, al principio insinuado apenas, fue creciendo y haciéndose exigente, llamando al placer. Pedro se olvidó del suyo pues le producía tanta satisfacción contemplar el de ella que ya no lo buscaba. Los gemidos se fueron haciendo cada vez más imperiosos y Alba se soltó de sus manos para abrazarse bruscamente a su espalda y apretarse con toda la fuerza de su éxtasis. Luego se fue aflojando y se dejó caer hacia atrás otra vez, mientras le miraba con sus grandes ojos llenos de ternura. Entonces fue Pedro el que cerró los ojos y comenzó a moverse buscando su orgasmo sin inhibición. Se movía muy deprisa, la zarandeaba con energía, exploraba las posiciones que le producían hilos de goce en un punto interior situado entre sus caderas, destellos de luz imprevista y repentina que sin embargo no desencadenaban la inundación del éxtasis. Descansó un poco disminuyendo el ritmo de sus movimientos y entonces, como un reflujo, sintió que volvía el placer a sus entrañas y reanudó los movimientos con el instinto desatado. Alba comenzó de nuevo a jadear y a gemir provocando la caída de él por la pendiente ascendente del éxtasis.
Después de descansar un rato le dijo que le iba a dar un masaje para relajarle. Le hizo ponerse boca abajo en la cama y se sentó sobre él. Comenzó a acariciar su cuerpo con la suave madeja de su pelo, desde la cabeza a los pies. Luego le fue masajeando suavemente la espalda, los glúteos, las piernas. Lo hacía muy bien, y Pedro le preguntó si había aprendido en algún sitio a dar masajes. Dijo que no, pero que sabía cómo hacerlo, que le gustaba. Trataba sus músculos como una verdadera profesional, distendiéndolos con suavidad pero con eficacia. Luego le dio la vuelta y siguió con sus muslos, con sus pies, cogiendo los dedos uno por uno y estirándolos con delicadeza, masajeando las plantas. Pedro se incorporó un poco para hablar cara a cara mientras ella seguía acariciándole los muslos y el sexo con mucha suavidad. Le preguntó por su vida, por su país, por todas esas cosas que se preguntan casi por compromiso para humanizar una relación que en principio es exclusivamente erótica. Pero según ella le contaba sus cosas con toda naturalidad, y al parecer con sinceridad, Pedro se iba interesando más y más por su historia. Su madre había muerto hacía algunos años y su padre hacía su vida por libre desde hacía algunos más. Su relación más cercana era con una tía, pero además tenía mucha familia de tíos, primos y sobrinos. Todo un clan de límites difusos a la sudamericana, a alguno de cuyos miembros ayudaba como podía. Estaba estudiando la carrera de medicina en su país a la vez que trabajaba en una empresa como subalterna para salir adelante. Pero no le llegaba el sueldo y venía aquí una temporada al año para ejercer la prostitución y cubrir sus necesidades económicas. Al parecer su modo de vida no le acomplejaba y pensaba seguir manteniéndola hasta acabar los estudios.
Después de hablar un buen rato sobre ella, Alba le dirigió una mirada profunda y le preguntó por su vida. Él no le quiso contar nada, pero le dijo sonriendo que a lo mejor la contrataba para que le duchara todos los días con tanto cariño y delicadeza como lo había hecho ese día. Ella se rió también, y le miró después con un sentimiento que sólo poseen aquellos que saben darse por completo.
Hacía ya varias semanas que Juan había terminado su trabajo en la constructora. El contrato de tres años para el desarrollo del proyecto "Andalucía" había concluido y estaba satisfecho con los resultados conseguidos. No tenía prisa en volver a trabajar, pues sabía que llegado el momento de necesitarlo no tendría problemas. Al contrario, quería demorar lo más posible su sosegada situación actual antes de que alguno de sus socios y colaboradores le reclamaran de nuevo.
Le estaba sentando bien aquel periodo de calma y lo aprovechaba para meditar sobre su vida presente, sus problemas de familia, su vida personal en suma que, al margen de lo profesional, no funcionaba demasiado bien.
Dejó el coche al lado de una explanada sobre un alto y se dispuso a dar un tranquilo paseo bajo el sol. Allá abajo, en una encrucijada de la carretera se veían algunas prostitutas esperando pacientemente de pie la llegada de algún cliente. Últimamente aquel era un espectáculo habitual en la Casa de Campo. Pero aquellas no parecían tener mucho éxito. La verdad es que había muy poca gente a esas horas y los escasos coches que circulaban no se detenían.
-¿Qué harán estas mujeres en invierno? -se preguntaba Juan-. No creo que vengan aquí.
Se acordó de aquellas escasas y frustrantes experiencias con prostitutas que había tenido en su primera juventud. Fue deplorable. La falta de atractivo erótico y las maneras ordinarias de aquellas mujeres baratas habían enfriado al primer contacto sus sensuales impulsos juveniles, que buscaban más el despertar de la pasión por la mujer que el sexo puro y duro. Después de aquellas experiencias no había vuelto con prostitutas.
Sólo en los últimos años de su prolongada soltería, tuvo alguna vez la tentación de enredarse con alguna de aquellas atractivas y sofisticadas muchachas del oficio que pululaban por determinados bares de copas. Sin embargo, el recuerdo de aquellas experiencias iniciales le frenaba. Había algo en este tipo de relación comprada que sabía que no iba a funcionar bien con él: el fingimiento de la otra parte, su carencia de excitación, la idea, que no podía evitar, de estar al lado de una espectadora fría de sus ansias. Él necesitaba la complicidad, la excitación mutua, el estímulo de la conquista.
Luego, ya de casado, las relaciones sexuales se habían facilitado y normalizado; se habían hecho apasionada costumbre que no disminuía por ello la intensidad de su atractivo, sino que lo hacía diferente. Ya no eran aquellos fugaces y arrebatados momentos de sus aventuras de soltero, ni los maratones de varios días seguidos abusando del sexo en aquellas escapadas en compañía a cualquier hotel de cualquier destino turístico. Era ya una cosa más prevista, más calculada, pero a la vez más natural y desinhibida; algo a lo que se tenía derecho incluso en su manifestación más instintiva y auténtica. Y al mismo tiempo, era un vehículo para la manifestación del cariño.
Sin embargo hacía ya varios años que su relación no funcionaba bien. Las causas eran complejas y no del todo entendidas ni asumidas por Juan. Pero el hecho es que sus contactos sexuales eran cada vez más escasos y accidentales, generando un ambiente enrarecido y crispando la convivencia.
Era una deliciosa mañana, una soleada mañana de la Casa de Campo, y era un placer pasear entre la verde hierba y los árboles todavía no marchitos por los primeros rigores del otoño. A su vuelta, vio una prostituta muy joven, casi una muchacha, cerca del coche. Llevaba unos pantalones estampados de flores muy ceñidos, botas y un suéter ajustado que destacaba sus pechos pequeños y firmes; en la mano llevaba una especie de chaquetilla. Juan se puso algo inquieto, pues no podía evitarla al coger el coche. Pero a medida que se iba acercando se sintió curioso y atraído por la juventud de la chica:
“Pero si es casi una cría- dijo para sus adentros.”
Cuando estuvo a su lado miró abiertamente su cara de niña crecida en la que reinaban unos inmensos ojos negros.
-Hola… ¿qué tal? -dijo Juan, sorprendiéndose de su repentino impulso de acercamiento.
-Hola… me he acercado al coche porque creí que había alguien dentro -dijo la chica con naturalidad y un punto de timidez.
Tenía una espontaneidad desenvuelta en el hablar que inspiraba confianza, como si fuese una muchacha de barrio dirigiéndose a algún vecino. Su aspecto era descuidado, sin maquillaje, totalmente diferente del de una acicalada prostituta. Sólo su ropa ceñida la delataba.
-No, estaba dando un paseo por aquí -aclaró Juan mientras la escrutaba buscando su alma de niña.
-Oye, tienes unos ojos muy bonitos -le dijo la muchacha con una repentina y madura seguridad que contrastaba con su aspecto casi infantil.
-Eh… eh… -titubeó Juan, cogido por sorpresa en su superioridad incauta- ¿pero tú eres muy joven, no? ¿Qué edad tienes?
- Veintiuno- dijo la chica-…bueno ya casi veintidós.
- Ya… ya…, pues no sé si creérmelo, pareces muy jovencita -le dijo mientras pensaba casi convencido que era menor de edad.
- ¿Eres de aquí? -siguió indagando Juan.
-No, soy de Sevilla. Llevo muy poco tiempo aquí. Vinimos mi hermana pequeña y yo hace un par de meses.
- ¿Cómo, tu hermana también se dedica a esto? ¿Pero qué edad tiene ella?
- Es dos años menor que yo. Está por ahí abajo.
Juan se sentía algo violento ante la realidad de las dos hermanas, pero a la vez le resultaba encantadoramente fácil hablar con la chica. Su desparpajo natural la hacía familiar, casi entrañable.
-Oye… que si quieres hacemos algo -le dijo la muchacha rompiendo el silencio.
- Eh… pues no sé… la verdad es que yo no venía a hacer nada -contestó algo cohibido y sintiendo a la vez una secreta excitación.
La naturalidad de aquella criatura, su disponibilidad tan fácil, le estaba desarmando las defensas y despertando un abierto deseo. Sentía que con aquella muchacha podía implicarse sexualmente: quizás era debido a su extremada juventud y a la ausencia de los resabios de las prostitutas curtidas.
“Tendría gracia –se decía a sí mismo animándose cada vez más- que ahora superara yo la asignatura pendiente de poder ir de putas.”
- ¿Y qué podemos hacer?… es que yo no suelo venir de… -interrumpió bruscamente la palabra que tenía ya casi en la boca.
- Lo que quieras… si quieres hacemos un completo. Yo soy nueva por aquí, pero las chicas suelen cobrar cinco mil.
El tecnicismo de la profesión le impactó desagradablemente, pero no le hizo desistir de la creciente excitación que experimentaba: allí, en aquel momento, sin ningún problema, podía hacer suya a aquella chica que tenía algo de aspecto de muchacha del arroyo, pero tremendamente natural y verdadera. Se decidió finalmente, sintiendo que se ponía nervioso:
- Bueno, de acuerdo… pero tú me dirás como lo hacemos, que yo no suelo venir de… -repitió otra vez mecánicamente, y otra vez, también, pudo contener a tiempo la dichosa palabra.
- Ah… pues nos vamos con el coche a un sitio discreto y nos ponemos en el asiento de atrás. Yo me pongo encima y ya está. Tú no te preocupes de nada que yo ya me encargo de todo -dijo con suficiencia.
La chica, ya dentro del coche se había quedado mirando unos instantes el salpicadero, los asientos, cualquier detalle, como si hubiera entrado en una casa desconocida.
- Es un coche bueno, ¿no? -dijo admirada mientras acariciaba la tapicería.
- Oye, te voy a pagar ya, no sea que luego se me olvide -dijo Juan con una sensación interior intermedia entre el deseo de asegurar un trato y liberarse de una obligación incómoda. Sacó un montoncito de billetes del bolsillo interior de su chaqueta y le dio lo convenido a la chica. Ella se quedó mirando cómo guardaba su dinero y luego se embelesó con sus billetes.
-Son nuevecitos -dijo- huelen todavía a imprenta.
Se la veía un poco cortada, como si no se lo creyera, y no acababa nunca de
guardarse el dinero.
Juan experimentó una duda inquietante: “Esta chica no parece de la profesión; ¿mira que si es una muchacha cualquiera que se ha lanzado a esto porque no tiene un duro?”
- Oye… así que eres de Sevilla, ¿no? ¿Cómo te llamas, por cierto? -dijo para cambiar la situación.
- Me llamo Rocío. Soy gitana de nacimiento -dijo con simpatía- pero me he criado con payos. Les debo todo; se han portado muy bien con nosotras y nos han tratado como a unas hijas suyas. Si supieran que estamos aquí de putas, me mataban.
La chica se había lanzado a hablar, como si no tuviera prisa, como si necesitara hablar más que otra cosa. Parecía haber resuelto su problema económico del día y desear quedarse tranquila, charlando amigablemente con alguien. Al mismo tiempo su lengua se iba soltando sin recatos, utilizando unas expresiones que a Juan empezaban a parecerle claramente de la profesión.
- Mi madre auténtica sólo me echó por el coño -dijo amargada y rencorosa- pero los que de verdad me criaron fueron mis padres payos. Nos hemos escapado de Sevilla porque mi hermana estaba todo el día dándome la murga: “¡Vámonos a Madrid, vámonos a Madrid!” Y aquí vinimos… y hemos caído en esto. Si se enterara mi madre me quemaba el coño con un hierro.
Juan sentía ya remordimientos por haberse embarcado en aquella aventura. Por otro lado intentaba convencerse de que la chica exageraba, de que novelaba su historia pero que estaba ya tocada por la profesión. Esto tranquilizaba sus escrúpulos.
- ¿Pero cómo nos vamos a quedar aquí? -dijo Juan pasando por su imaginación la chica desnuda agitándose dentro del coche a la vista de todo el mundo.
- ¡Que no pasa nada, hombre! Aquí lo hago yo siempre y no pasa nada. Igual que los de esos coches, que están follando... ¿o qué te crees?
Miró Juan sorprendido, pero no veía nada. Luego se dio cuenta de que un hombre vestido se agitaba rítmicamente con la expresión contraída. Luego se incorporó una mujer: estaba en sujetador.
Aparcaron en el centro, buscando la máxima separación entre los dos coches. El hombre del coche anterior se les quedó mirando unos instantes y luego volvió a lo suyo
- Bueno, vamos a desnudarnos -dijo Rocío- ; hace calorcito aquí dentro, con el sol.
Pasaron a la parte de atrás; ella se quitó las botas y luego los pantalones a la vez que las bragas, que Juan no consiguió ver. Tenía unas piernas esbeltas y juveniles y un pubis natural de bello negro bien colocado, que dejaba desnudos los alrededores del sexo. Luego se quitó el suéter, y como dudaba en hacer lo mismo con el sujetador, Juan le ayudó a quitárselo; era un adornado sujetador de colores. Al soltarlo cayeron encima de sus piernas, doblados, los billetes que le había dado Juan. La chica se quedó un tanto desconcertada y no se atrevía a cogerlos, como si no fueran suyos. Juan los recogió y se los dejó en el asiento delantero, encima de su ropa.
Tenía unos pechos pequeños y tiernos que a Juan le parecieron preciosos. Su cuerpo delgado, pero bien formado, era una delicia completa. Extasiado en su contemplación y acariciándolo parte por parte, se fijó en unas señales, como débiles cicatrices alargadas, que tenía en el vientre.
-Esto es de mi hijo- se anticipó ella a su pregunta.
Juan se quedó asombrado otra vez por un momento: «¿Cómo puede haber parido ya, siendo tan joven?… ¡Dios, que cosas!»
- Bueno, desnúdate tú también -le dijo la muchacha.
Así lo hizo, deprisa, algo embarullado. Ella le recriminó maternal:
-¡Mira cómo dejas los pantalones, tirados por el suelo! ¿No ves que se te van a manchar?
Rocío cogió los pantalones y los dobló cuidadosamente, con tranquilidad, dejándolos adelante. Luego se volvió hacia Ángel, y contemplando su pecho velludo y musculoso le dijo juguetona y jaleándole:
- ¡Lobo, lobito… que vienes a devorarme!… ¿verdad?
- ¿A que no vives con tu mujer? – siguió, mirando su anillo de casado.
- Si… si… -contestó Juan, dejando la respuesta incompleta e incierta a propósito.
- ¿Y disfruta contigo?… Seguro que te muerde y te araña así… así… -decía mientras simulaba un ataque de pasión desenfrenado que a Juan le inquietó ligeramente.
- No tenemos ninguna prisa -dijo después Rocío serenándose-; vamos a estar tranquilos y a pasar un rato bien.
Sin saber cómo lo hizo, apareció en su mano un sobrecito estrecho conteniendo un preservativo. Luego rompió un extremo, pero al hacerlo se le cayó al suelo, entre los asientos.
- Este es el más peligroso -dijo recuperando la estrecha tira de papel-. Yo siempre tengo mucho cuidado.
Juan pensó rápidamente en su mujer, que no se le escapaba ningún detalle y era capaz de descubrir la mínima partícula de cualquier cosa caída en el suelo.
Rocío parecía demorarse intencionadamente, como si tuviera algún tipo de indecisión para comenzar. Juan llegó a preguntarse, incluso, si no se estaría forzando a sí misma en aquel oficio, obligándose a vencer su pudor natural y su resistencia al contacto carnal íntimo con un desconocido. La muchacha se enzarzó inesperadamente otra vez en sus historias, olvidándose aparentemente del motivo que les tenía allí. Seguía hablando de su hermana, de la pensión donde vivían, de algunos amigos que tenían. Juan la dejaba hablar para que se relajara y cuando intentaba llevarla por el otro camino, no se dejaba, insistiendo en la charla.
Finalmente, agotadas sus historias, dijo:
- Bueno, tengo que ponértela bien lo primero….
Extrajo despacio el preservativo del sobre y desenrollándolo un poco se lo introdujo en la boca, como un chupete. Mientras, Juan comenzaba a tocar su vulva, sus labios entreabiertos, sintiendo su propia excitación crecer. Ella se agachó sobre él y aplicó el preservativo con su boca sobre el miembro erguido, y empujando con los labios, lo hizo desenrollarse poco a poco, introduciéndolo hasta que quedó completamente desplegado, y el pene entero de Juan dentro de su profunda boca.
Luego se sentó frente a él, sobre sus piernas.
- Dámelo a mí -le dijo mientras ponía una mano en su hombro para frenar sus impulsos de penetrarla en esa postura; con la otra cogió el pene y se lo introdujo fácilmente en la vagina hasta el fondo. Comenzó a moverse arriba y abajo, y sus pequeños pechos bailaban al ritmo de sus movimientos como sabrosas frutas blandas. Juan puso sus manos sobre ellos sintiendo su blandura en movimiento. Ella entrecerraba los ojos sin mirar a ninguna parte.
De pronto, entre el bosquecillo de encinas que rodeaba el aparcamiento, salió un hombre vestido con equipo de correr, sudoroso y jadeante, manteniendo a duras penas el ritmo de su carrera. Juan sobresaltó a Rocío advirtiéndola, pero luego ella se calmó enseguida y dijo:
- Nada, ni caso… nosotros a lo nuestro.
El hombre les había visto, pero se hizo el distraído y siguió corriendo; sin embargo, al poco rato, dio la vuelta y volvió a pasar por delante del coche para internarse de nuevo en el bosquecillo.
Juan estaba inquieto e incómodo, y su excitación había cesado rápidamente. Rocío estaba sentada sobre su sexo, haciendo una pausa:
- Por aquí viene mucha gente a mirar, no te creas. Hay tíos que les gusta mirar; a veces viene incluso el coche de la policía y se quedan un rato mirando. A los maderos también les gusta, no te creas. Yo conozco a algunos.
Juan iba relajándose y empezaba a sentirse incluso cómodo otra vez junto a Rocío. Allí estaban los dos, desnudos, sentada ella sobre él, sexo contra sexo, charlando tranquilamente dentro del coche bajo el sol de otoño que penetraba abiertamente por los cristales como cualquier mirada que acertara a pasar.
Rocío parecía querer prolongar aquella placentera situación:
- Vamos a hacerlo bien -dijo mientras cogía la chaqueta de Juan y la sujetaba tapando una de las ventanas. Luego hizo lo mismo con la camisa, tapando otra.
No le pareció buena idea a Juan, pues era llamar más la atención. Pero ella se esmeraba colocando la chaqueta una y otra vez. Al final, como no se sujetaba bien, desistió y dejó la ropa cuidadosamente doblada en el asiento de adelante.
Volvieron al asunto. Todo parecía recobrar su interés inicial cuando llegó un coche. Aparcó relativamente cerca de ellos y se bajó una mujer madura con su perrito. Se puso a pasearlo por allí cerca, viéndoles claramente desnudos, pero no parecía asombrase en absoluto. Juan volvió a incomodarse. Era incapaz de hacer nada en aquellas circunstancias. Por allí seguía aquella mujer del perrito, que parecía aceptar de buen grado su actividad carnal. No les miraba descaradamente, sino de vez en cuando con discreción.
- Tú necesitabas un poco de "coca" para ponerte a tono otra vez -dijo Rocío de pronto.
- ¿Quéee?… no, no. No me gusta nada eso de las drogas. Nunca lo he probado y no me apetece hacerlo.
Y era verdad, salvo algunos porros juveniles nunca se había embarcado en las drogas. En principio no le atraían los paraísos artificiales; recordaba aquella sensación de disolución de la personalidad en un vago mar de sensaciones que le produjo un cigarrillo de marihuana pura. Luego el amigo que se la regaló le diría que había que mezclarla con tabaco. No, lo suyo había sido el alcohol, que le ponía el ego a tope. Y últimamente, por problemas de salud, ni eso.
- ¡Pues no pasa nada, tío!… !no pasa nada¡ La coca no es como la heroína. No te vayas a creer que yo me pincho… Mira, mira, -le dijo mientras le enseñaba su tierno brazo casi de niña libre de señales delatoras.
- La gente se pone la coca alrededor de aquí -añadió mientras con el dedo contorneaba su glande-. Dan saltos de gusto al follar…es algo brutal.
No estaba nada convencido Juan de la propaganda que le hacía Rocío, pero continuó preguntándole para sonsacarle información:
- ¿Pero tú tienes coca?
- Yo no, pero puedo conseguirla por aquí. Hay tíos que la venden. A mí algunos clientes me la piden y me la busco enseguida. ¡Si es algo muy normal, tío! Pregunta a los chavales jóvenes, que están ya todos de vuelta de la coca.
El calor empezaba a ser ya sofocante dentro del coche.
- Mira, vámonos a un sitio tranquilo que yo me sé –dijo Rocío-, en una arboleda que hay detrás de la estación del Metro. Allí estaremos muy bien a la sombra y además de paso voy a ver a unos tíos que conozco y me van a dar un poco de coca.
- ¡No, no… déjalo! -cortó enseguida Juan, pensando que pretendía hacer negocio adicional a costa de él.
- ¡Que sí, hombre, que me la dan!, ¿no ves que me conocen y saben que les pago siempre?
- ¿Pero cómo… cuánto vale? -inquirió Juan desorientado por las palabras de Rocío.
- Tú no te preocupes que yo me encargo. Por dos mil pesetas me dan un poco.
Conjeturaba Juan que la chica iba a invitarle a cuenta del dinero que le dio, o que le iban a regalar un poco de coca sus amigos, pero no veía claro aquel asunto…; aunque por otra parte por probar no iba a pasar nada: una experiencia más.
- Venga, vamos a vestirnos. No hace falta que nos pongamos más que la camisa por encima. Nadie nos va a ver dentro del coche -dijo Rocío animosa.
Luego observó Juan que ella sí se ponía el pantalón y las botas, aunque pensó que era natural ya que tendría que salir a por la coca. Pero él no estaba tranquilo así, medio desnudo, y paró a la salida del parking para vestirse también. Roció seguía poniéndose el suéter, que se le resistía enganchándose en el sujetador, y aquello era un lío de ropas y cuerpos medio desnudos, un tejemaneje descarado, allí, al lado de la carretera. Una prostituta que estaba sentada a la entrada del parking les contemplaba sin inmutarse.
Llegaron por fin al sitio que decía Rocío, cerca de la estación de Metro. Juan se quedó esperando aparcado al lado de la acera y ella se dirigió a unos hombres que estaban sentados en un banco, charlando. Uno se levantó y hablaron. El hombre, de edad media, se separó de los otros para hablar a solas con Rocío. Parecía inquieto y miraba en todas direcciones. Juan les espiaba por el retrovisor, y comenzaba a sentirse ya un poco cansado de aquella historia. Casi deseaba que ella no consiguiera la coca y entonces le diría que ya se iba, que no tenía ganas de hacer nada más.
Perdía de vista a Rocío de vez en cuando y llegó a pensar que ella aprovecharía la ocasión para largarse también. Pero luego volvía al lado del hombre. Este, visiblemente inquieto, llamó finalmente a un taxi que pasaba, pero no se paró. Luego se acercó a un coche y habló algo con el conductor, como si le pidiera que le llevase a algún sitio, pero tampoco resultó. Juan pensó al principio que el tío no llevaba la coca encima y que iba a buscarla. Pero la agitación del hombre y el ver a Rocío agarrada a él, le despertó una repentina sospecha. Cogió rápidamente la chaqueta y miró en el bolsillo interior: sólo estaba su DNI, pero no había rastro de su dinero. Inquieto cada vez más, miró en el suelo, esperando ver el dinero caído, lo cual no sería de extrañar con aquel ajetreo de ropa que se habían traído. En esto, Rocío y su acompañante se acercaban en dirección al Metro y tenían que pasar cerca de él. Venían deprisa y Rocío no miraba directamente al coche. Juan sí volvió la cabeza para mirarla, temiendo lo peor, y dudando entre salir y aclarar la situación o contenerse y esperar. No había buscado bien por el coche y no le gustaría quedar en evidencia. Rocío se adelantó hacia el coche y le dijo con toda naturalidad:
- Me va dar la coca detrás de la estación, porque están unos maderos controlando.
Juan asintió levemente y se quedó mirándola con una expresión intermedia entre la desconfianza y la lástima, que a ella no le debió de pasar desapercibida porque volvió la cara y después la ocultó disimuladamente con la chaquetilla que se puso sobre el hombro. El tío se le quedó mirando fijamente, entre retador y curioso, mientras seguían su camino hacia la estación. Juan le mantuvo fríamente la mirada, convencido cada vez más de lo peor.
Una vez que desaparecieron, se bajó del coche y miró concienzudamente en la chaqueta y por todo el coche. Nada, no había ni un billete. La evidencia de lo sucedido se abrió camino en su mente, a la par que su irritación: “Será posible…., la muy puta me ha robado” -masculló mientras experimentaba sentimientos contradictorios. Por un lado sentía deseos de salir corriendo detrás de ellos para ajustarles las cuentas, pero por otro le acomplejaba una sensación de vergüenza y de estupidez por haberse dejado engañar de aquella manera.
Tranquilizándose, bajó del coche y se acercó a la estación. Miró por los alrededores. No había nadie. Habían desaparecido.
Se dirigió hacia el coche intentando asimilar el suceso de una manera digna: “Después de todo llevaba poco dinero encima; más falta le hace a Rocío que a mí, que a Dios gracias tengo una buena posición económica.”
Pero no podía evitar sentirse ridículo al considerar cómo había estado de atontado, embelesado con el contacto placentero del cuerpo desnudo de Rocío, sumergido en aquella farsa que le había contado, que por otro lado a lo mejor era verdad. Y lo que más le sacaba de quicio eran todas aquellas estúpidas reflexiones que se había hecho sobre los supuestos escrúpulos e indecisiones de Rocío. Ahora entendía claramente que aquellas vacilaciones no eran más que cálculos, demoras provocadas para buscar la mejor oportunidad de llegar al bolsillo de su chaqueta.
“Y con qué cuidado la colocaba sobre el asiento, y luego tapando la ventana… ¡Qué coño! -se exasperaba Juan-, buena cosa le importaba a ella que la vieran o no, o que yo me la follara o no me la follara. ¡A la muy puta lo único que le importaba era la pasta desde el primer momento!”
Y sin embargo, a pesar de sus esfuerzos no conseguía encolerizarse de verdad. Era como si en el fondo conservara algo de afecto por la muchacha. Quizás todo era verdad: lo que le había contado y que era una gitana ladrona.
“Dentro de unos días volveré por aquí a ver si ha vuelto y le ajustaré las cuentas - consolaba a su ego humillado-; aunque después de todo me está bien empleado por meterme en estos líos.”
Subió al coche y salió despacio de la Casa de Campo.
Pensando en algunos asuntos pendientes y compromisos que tenía que atender, entró en Madrid por el Parque del Oeste. Todavía se acordó por última vez de Rocío: “Qué cabrona” – se dijo, y no pudo evitar una sonrisa. Luego pensó en su familia, a la que últimamente no le había dedicado demasiado tiempo. Quizás era el momento de intentar arreglar algunas cosas. Volvió a darse cuenta que era una espléndida mañana, y que los álamos del parque, todavía verdes, brillaban especialmente bajo el sol ligeramente cálido del incipiente otoño.
SILVIA
- ¿Eres rusa? -le pregunté
- Cordobesa- dijo con naturalidad.
- No tienes acento andaluz, si acaso tirando a sudamericano.
- No, soy rusa pero hablo muy bien el español- replicó enseguida con una cierta ironía que luego descubrí que formaba parte de su peculiar sentido del humor.
- Ahora te noto un acento raro, de algún país del Este, no sé; pero de cordobesa sólo tienes el pelo, eso sí.
- Pues cordobesa aunque no te lo creas. Lo que pasa es que cuando me apetece hablo como una amiga mía que es Polaca-. Y a continuación dijo algo que no recuerdo forzando el acento andaluz, pero no le salía demasiado marcado.
- Bueno, la verdad es que he vivido en muchos sitios. En Córdoba sólo de pequeña.
Tenía una edad que yo no sabía adivinar, pero en cualquier caso era muy joven. A veces me parecía una cría de diez y ocho años, pero otras veces hablaba con la entereza de una mujer que sabe lo que hace y hace lo que quiere. Y sonreía, sonreía con encanto infantil y le gustaba hablar.
Me acerqué y le cogí la cara entre las manos retirando su sedoso pelo negro, y le hablé de sus ojos azules. Se pegó a mí y me abrazó ligeramente, dejando que yo le abrazará el cuerpo y lo acariciara. Acercó su cara a la mía buscando el beso, y nos besamos ligera y repetidamente; besos cortos como caricias, mientras reía con sus hermosos ojos claros y sus dientes blancos y adolescentes. Mis manos se deslizaron debajo de su blusa negra, muy fina, que marcaba los contornos de un pecho tierno pero de pezones firmes. Le levanté ligeramente la blusa y dejé sus pechos al aire para contemplarlos con deleite, mientras ella, con los brazos levantados, me decía sin dejar de sonreír con ironía:
-Venga… ¿me vas a quitar la blusa de una vez?
Había llegado con un bonito traje negro de chaqueta, elegante, pero enseguida se quedó sólo en blusa, insinuando sus atractivos pechos. Le había dicho que le sentaba muy bien el negro, y es que además el traje tenía un corte muy alegre a pesar del color, o precisamente acentuado por él.
Su cuerpo era blanco, como su cara, y de formas voluptuosas. Se quitó ella misma la falda y la dejó con cuidado en algún sitio. Me acerqué por detrás y me pegué a ella, acariciando sus pechos. Ella apretó su espalda contra mí inclinando su cuello a un lado. Lo besé mientras sentía a través de la ropa su culo espléndido pegado a mi sexo. Su hombro era redondo y suave y descendí por él con besos hasta el pecho mientras la giraba frente a mí. Me estaba excitando violentamente teniéndola entre mis brazos, yo vestido, ella desnuda y muy cariñosa, abrazándome con ternura y entregándose completamente. Mi mano descendió hasta su sexo y lo acarició, embriagándose con la delicada suavidad de sus labios entreabiertos, claramente diferenciada del resto de su pubis depilado. Empezó a quitarme la ropa mientras yo la recorría entera por todos sus rincones con mis dedos. Su gesto era de felicidad sonriente y se abandonaba a sus sensaciones con deleite, saboreándolas y suspirando ligeramente.
La llevé a la cama, y tumbada, le abrí las piernas para contemplar con total desinhibición su sexo abierto y abultado.
- Mira que cosa tan hermosa tenemos aquí -le dije- mientras lo acariciaba y exploraba con los dedos.
- ¿Te gusta mi conejito, amigo zanahoria? -me soltó con caprichosa dulzura.
- ¿Amigo zanahoria? -repetí riendo
- Claro, mi conejito está deseando comerte- y acto seguido introdujo su dedo medio hasta el fondo entre los rosados e hinchados labios, mientras el resto de la mano quedaba afuera tapando su coño.
Mi zanahoria, como ella decía, llevaba ya bastante tiempo erguida como un mástil, y la verdad es que yo no le hacía caso ya, como si esa fuera su forma habitual. Intentaba deslizar mis dedos en su coño pera ella no me dejaba, tapándolo con su mano y acariciándose dentro ante mí, mirándome a los ojos con una expresión de placer encantador y arrobado, como si se estuviese comiendo glotonamente un bombón y quisiera darme envidia.
Tienes buena polla -me dijo- … aunque los que la tienen enorme son los negros -añadió mirándomela.
- ¿Y tú qué sabes?
- Anda, claro, como que conozco a varios negros, y todos la tienen enorme, pero se corren enseguida, no aguantan nada. Se ponen muy excitados y te huelen por todas partes y te chupan con su lenguaza el sobaco y el coño. Hasta te dicen que no te laves para que huelas bien a hembra.
- Como los animales -añadí fingiendo repugnancia y sorprendido de la naturalidad con que me contaba la escena.
Al fin conseguí introducir mis dedos bajo su mano que seguía acariciándose dentro de la vagina y busqué su clítoris decidido a provocarle un orgasmo, pues sus gestos de placer y voluptuosidad eran ya muy evidentes, pero no le encontraba el clítoris.
- A la izquierda -me dijo sonriendo-, más a la izquierda.
Al fin encontré su pequeña protuberancia, casi perdida entre los pliegues de los labios y apenas apreciable. Ella parecía encontrar más placer dentro de la vagina y además no me dejaba acariciarla bien pues seguía masturbándose con varios dedos introducidos mientras hablaba conmigo.
- ¿Vives sola?- le pregunté para distraerla un poco y prolongar la situación sin que se corriera.
- No, vivo con dos tíos- respondió.
- Vaya, que bien… ¿tu novio y alguien más?
- No, son dos compañeros de piso solamente, prefiero compartir piso con tíos que no con otras niñas.
- Mira, y así además te lo puedes pasar bien con ellos.
- ¡Qué va, no se quieren acostar conmigo! Dicen que soy muy pequeña y que no me conviene aprender tan deprisa, jajaja. La verdad es que casi ni nos vemos porque yo salgo de noche y ellos trabajan de día, así que cuando se levantan yo estoy durmiendo. Solemos coincidir a veces en la cocina, que es el sitio de las peleas por la comida.
- ¿Y tu familia de donde es?
- De Córdoba, ya te digo.
- ¿Llevas mucho tiempo fuera de tu casa?
- Hace dos años que me fui.
- ¿Te dejaron ir?
- No les di opción. Al cumplir los dieciocho hice una solicitud para el Ejército y me aceptaron. Así que cuando la tuve en mi mano, me planté delante de ellos enseñándosela y con la maleta preparada.
- ¿Qué me dices?… ¿Y qué has hecho en el ejercito?
- De todo. Al principio estuve en paracaidismo, pero lo dejé enseguida porque tengo vértigo.
- ¿Tienes vértigo y te pones a saltar en paracaídas?
- Era para ver si se me quitaba- respondió con ese humor característico suyo.
- Luego estuve con los tanques pero era demasiado engorroso y no me gusta mucho la mecánica- siguió contando-. La verdad es que al año ya estaba cansada del ambiente del ejército y quería irme, pero no me dejaban porque había firmado los papeles. Así que un día me fui a por el Capitán y le dije que era prostituta, y que quería dedicarme completamente a ello porque necesitaba ganar más dinero. ¡No veas la cara que puso! A los pocos días me dejaban ir y me daban de baja en el ejército.
- ¡Joder!.. ¿y qué hiciste luego?
- Me coloqué en una tienda de animalitos.
La separé lentamente y la tendí boca arriba. Sentía una urgencia tremenda por follarla ya, sin más, enérgicamente, pero era tan placentera la situación que hice un esfuerzo inaudito por prolongarla.
- Tienes un arañazo- le dije- mostrándole una fina línea roja en un costado.
- Ah… es de la iguana- respondió como si tal cosa.
- ¿La iguana?
- Sí, tengo una iguana en casa y no hay quien la eche de mi cama. Se ha acostumbrado a meterse allí y no hay manera, pobrecilla.
- ¡Bueno, lo que faltaba! No me gustan nada las iguanas, son como monstruos prehistóricos llenos de escamas y pinchos.
- ¡Qué va, si son como cualquier animalito de compañía! Cuando se acostumbran a ti te siguen a todos lados y están siempre encima a ver qué estás haciendo. La mía mide casi dos metros. Antes tenía una culebra, pero se la regalé a mi padre que tiene algunas.
- Eres un pozo inagotable de sorpresas- le dije- mientras sin poder evitarlo la imaginaba en la cama follando con la iguana, pero deseché ese absurdo pensamiento y puse mis ojos en su coño abierto ante mí, expectante. Le metí la polla lentamente hasta encontrar el fondo de su vagina. Suspiró deliciosamente con los ojos entrecerrados mientras se agarraba a mis caderas. Me moví dentro de ella empujándola rítmica y suavemente y moviendo mi culo hacia los lados para sentirla bien por dentro. Luego la sacaba y la volvía a meter entera, penetrándola un sinfín de veces, sintiendo cada vez como si la follara de nuevo. Su expresión se había vuelto arrobada, casi infantil, y suspiraba y gemía, y sentía cada uno de mis movimientos con extrema sensibilidad. Luego seguí follándola normalmente, procurando no abandonarme a la tentación de correrme, cambiando ligeramente de postura, buscando sensaciones nuevas, la manera en que mi polla penetraba más adentro o más apretada, o buscando las zonas más sensibles de su vagina, que instantáneamente levantaban sus gemidos de placer. Al principio me miraba a los ojos compartiendo sus sensaciones, pero luego se fue deslizando hacia su interior, hacia su mundo de placer y fantasías. Cerraba los ojos o los dejaba entreabiertos y en blanco, mientras su boca, abierta, sonreía con una especie de deleite jadeante. Realmente buscaba sus sensaciones, las estimulaba con gemidos y las saboreaba desde la excitación de un alma que se había vuelto milagrosamente adolescente, como si estuviera repitiendo sus primeras experiencias gozosas casi infantiles.
Esto me estaba excitando de manera incontenible, enloqueciéndome, y comencé a follarla ya de manera enérgica, dispuesto a llegar al final de sus gemidos y el comienzo de los míos. Ella había perdido ya el control y se agitaba a mi compás, gimiendo a cada empujón de mi polla, y enseguida, sacudiendo la cabeza a los lados empezó a gritar de una manera enajenada que casi me asustaba, pues iba en aumento como queriendo alcanzar un estado de locura imposible que nunca llegaba. Luego se fue apaciguando mientras seguía jadeando y sonreía con los ojos cerrados en una expresión beatífica. Yo me había frenado un poco con la violencia de su éxtasis, pero al verla de nuevo gozando en tranquilidad del lento decaer de su orgasmo, busqué mi placer despreocupado ya de ella. Le di la vuelta y la puse a cuatro patas para penetrarla por detrás y sujetándole las caderas me puse a follarla a mi gusto, sintiendo mi polla que entraba y salía potente mientras tiraba de sus caderas hacia atrás como si quisiera manejarla entera, sintiendo un extraño poder en la cópula, como si fuese un acto de dominación, de aniquilación de la entereza del otro y su sometimiento en la muerte del placer. Sus tetas y sus nalgas se bamboleaban al ritmo de mis empujones, y ella empezó a gemir de nuevo sintiendo el grato castigo, sintiendo mi deseo violento de acabarla otra vez, deseo que se hinchaba en mis sienes como una decisión ciega. Mientras ella gemía agudamente, un golpe de placer interior que surgía entre mis riñones me arrancó el primer grito. Y golpe a golpe, espasmo a espasmo, la fui inundando por dentro mientras ella acompasaba sus gritos a los míos.
Se había pegado a mi hecha un ovillo y me miraba pidiendo cariño, su cara muy cerca de la mía. La abracé y sentí un secreto deseo de decirle cosas como "te quiero", "mi vida" y esas tonterías que sin embargo cuando se sienten hacen que respire el alma. Me miraba la cara, las manos, el cuerpo, como queriendo aprenderme o recordarme, y cuando la acariciaba era feliz y se estrechaba más contra mí.
- Sabía que me ibas a gustar cuando vi tu foto -le dije.
- A mí me pareciste cariñoso y buena persona.
- La verdad es que nunca había tenido una cita por foto antes -le dije- , porque me parecía muy arriesgado quedar con alguien que no conoces para irte directamente a la cama, pero al verte me di cuenta que iba a ser una aventura muy excitante.
- Yo si me he citado así bastantes veces. Pero si veo que la cosa no va a resultar me despido con cualquier excusa y ya está.
- ¿Fumas? -me dijo sacando un cigarrillo de su bolso que andaba por el suelo.
- Casi nada ya -contesté-, me sentaba mal, pero de vez en cuando si me apetece uno.
Compartió su cigarrillo conmigo, dándome de fumar de su mano. Yo estaba dándole vueltas a la idea de tener una relación algo más duradera con ella.
- Nos veremos más veces, ¿no?- sugerí algo inquieto.
- Claro, ya quedaremos más adelante...
CRISTINA
-¿Vienes por alguna chica en particular? – le preguntó.
- No, ninguna, me gustaría conocerlas a todas.
-Estupendo, te las presento –dijo, y añadió- ¿quieres tomar algo mientras se preparan las chicas?
- Sí, un whisky con hielo, por favor.
Empezaron a pasar por la habitación hasta diez chicas o más. La primera se asomó un poco tímida porque la puerta había quedado cerrada, quizás pensando en lo que se podía encontrar dentro, pero enseguida se acercó decidida y le estampó un cálido beso en la mejilla mientras le decía su nombre. Iba en bragas y sostén y tenía unas tetas desafiantes y un culo respingón que movió con mucha provocación al despedirse y salir. Dejó la puerta abierta, por lo que las demás chicas fueron entrando sin interrupción y con confianza, quizás informadas brevemente del cliente que las esperaba. En general venían ligeritas de ropa, desde breves vestiditos trasparentes hasta una en tanga y con los pechos desnudos. Las había marchosas y seguras de sí mismas, que le miraban con superioridad maternal y le decían “hola cariño mío”, mientras que del lado contrario otras parecían un poco reservadas, como si estuvieran a contrapelo pero forzando la sonrisa. Una negrita entró incluso esbozando un baile erótico y se le quedó mirando largo rato con la cabeza vuelta mientras salía. Eligió a una que no era la más exuberante ni la más guapa, y que ni siquiera podría llamársele guapa, pero era la más natural, una mujer a la que no podría identificarse con el oficio aunque dejaba adivinar un cuerpo atractivo bajo su breve ropa. Cuando entró la encargada y le dijo a la que había elegido, le traicionó un leve sentimiento de inseguridad, como si temiera de ella un gesto de displicencia ante su elección.
-Ah, muy bien, enseguida viene-dijo con convicción pero con una mirada indescifrable.
Después de intercambiar algunas frases de acercamiento sobre el frío que hacía fuera y lo confortable del local y de la habitación, ella le preguntó que de dónde era. Le hizo gracia porque esa pregunta la hacía él habitualmente en semejantes circunstancias, sintiéndose un poco superior, con el objeto de iniciar una aproximación más personal y confiada. Pero esta vez era ella la que se había adelantado y por un momento se sintió identificado con la manera de ser de la chica. Hablaron un poco de ellos con bastante naturalidad mientras él se tomaba algunos sorbos del whisky helado y ella acomodaba la habitación y se quitaba el vestido quedándose sólo con un llamativo tanga rojo muy decorado. Luego, acercándose a él, le preguntó si quería darse antes una ducha calentita. Le dijo que sí, pero le pidió que se duchara con él. Estaba un poco indecisa a causa del pelo, largo y bonito, que no quería que se le mojase.
-Es que no he traído una goma para recogérmelo –dijo dudando-… pero espera, tengo un truco.
Se quitó el provocativo tanga y doblándolo hábilmente improvisó una especie de cinta para el pelo, que una vez colocada quedaba casi invisible como si fuera original.
-Te favorece mucho el pelo recogido- le dijo mientras se demoraba complacido en su cuello esbelto y seductor. Inevitablemente, su mirada, que ya antes se había posado en el pubis desnudo, depilado parcialmente, volvió a ese centro de gravedad del deseo y lo contempló en el marco de su hermosa figura, de sus caderas perfectas y sensuales dibujadas con esa armonía inexplicable que contiene la belleza erótica.
Ya desnudo él también y dentro de la ducha los dos, comenzaron a enjabonarse mutuamente, a explorarse el cuerpo y sus rincones con esa fruición que conlleva el descubrimiento, la novedad, el tacto del cuerpo del otro. Él sentía que ella era una mujer haciendo de prostituta, y no una prostituta haciendo de mujer, como era lo habitual. Su cuello era la coartada para ir buscando sus labios, como si en ellos encontrara una posesión más preciada que la de su sexo. Al principio ella le esquivaba con disimulo, pero poco a poco, al calor de las caricias, se fueron ofreciendo con alguna reserva y después por completo. Eso desató su pasión del todo y le dijo sin reparos que le gustaría follarla allí mismo, en la ducha.
-¿Quieres? –dijo mirándole a los ojos complacida-. Pero tienes que ponerte un preservativo –añadió separándose un poco y observando el miembro completamente dispuesto que andaba buscando entre sus piernas.
Pero la ducha era pequeña y no fue posible acoplarse a pesar de sucesivos intentos, por lo que riendo desistieron y se fueron corriendo a la cama, mojados pero ansiosos.
Muy pronto empezó ella a jadear, cerrando los ojos, diciendo frases para sí misma:
-¡Qué bien… cómo me gusta… cómo te noto dentro… así… sigue, sigue! Me has puesto cachonda en la ducha… me parece que me voy a correr pronto…
Él sabía que tardaría en correrse, pero la animaba:
-¡Córrete, córrete… quiero verlo, dámelo…!
-¡Sigue, sigue… así… por Dios… qué me has hecho… dale… dale fuerte…!
Ensimismada en su placer y con la boca abierta, él contempló cómo disfrutaba su orgasmo mientras seguía buscando el suyo que andaba escondido todavía en los rincones del cuerpo. Pero seguía follándola incansable, cambiando de postura, buscando un acoplamiento más estrecho, persiguiendo sus sensaciones que andaban perezosas y no acababan de emerger.
-¡Qué bueno eres… como me has hecho disfrutar… qué pronto… Dios mío, no me lo creo…- le decía mientras él seguía en su afán y ella le animaba:
- ¡Córrete tú, dámelo, dámelo… dame tu leche… – le jaleaba y se movía a su ritmo para provocarle el orgasmo. Y en esa lucha, sudando él abundantemente, vio cómo ella de nuevo empezaba a jadear echando atrás la cabeza:
-¡Ah, me voy a correr otra vez… lo sé… me está viniendo… dale, dale… así… me corroooo!
Contagiado por su placer empezó a sentir el despertar del suyo, pero pronto el rostro de ella se fue quedando exhausto y su cuerpo abandonado, y no dejaron que aflorara. Se paró también. Estaba cansado físicamente, sudando, pero con el deseo pendiente de satisfacción. Ella le miraba largamente:
-No sabes lo que me has hecho disfrutar… es increíble- le dijo-. Hacía tiempo que no me pasaba una cosa sí. Es de verdad –añadió como si hubiese notado una sombra de duda en su mirada-. Una mujer, igual que un hombre, tampoco puede engañar con el orgasmo, solo hay que tocarla. Mira, estoy empapada.
-Yo estoy muy perezoso, no sé, es la edad, ya no me excito como cuando era joven –dijo él como disculpándome.
-Mejor… mucho mejor para mí porque así disfruto yo. Un jovencito no aguanta nada… se corre en diez minutos y no te enteras. Tú eres muy bueno… tienes que haber sido terrible de joven…
-Qué va… lo normal. Pero la experiencia pesa y el estar con una mujer desnuda no basta ya para ponerle a uno a cien como de joven. Ahora es más complicado, más sutil todo, son pequeños detalles, algo más auténtico, menos previsto. Ahora le excita a uno lo de verdad, lo que de verdad siente la mujer. Tú me has excitado mucho y he estado a punto de correrme a la vez contigo, pero te me has adelantado. Dentro de un poco seguimos.
-Sí, sí… no sé qué me pasa contigo pero todavía tengo ganas de más… quiero verte correr, quiero que disfrutes…
La puso de rodillas en la cama, con la cabeza apoyada en la almohada y la penetró por detrás mientras la sujetaba por las caderas. Volvió la cabeza a un lado para mirar por el espejo que estaba a su izquierda. Ella también miraba. Era excitante ver el movimiento, los embates que le daba y que la hacían moverse adelante y atrás, oscilando los pechos suspendidos. Cerró los ojos esperando su placer, espiando su surgir, imaginando que la poseía brutalmente, sacando del todo su miembro y volviéndoselo a meter con violencia como si la estuviera desvirgando cien veces consecutivas.
-¡Sí… sí… córrete…dámelo… dámelo…! -jadeaba y le sujetaba por las nalgas con las manos vueltas hacia atrás.
Un sutil cosquilleo empezó a insinuarse dentro, a la altura de las caderas, y al compás de las palabras y jadeos de ella fue creciendo, creciendo, hasta hacerse un torrente incontenible y desbordarse mientras gritaba sordamente y sin final.
-¡Qué corrida… qué barbaridad…! –oyó que le decía satisfecha- ¿Estás bien?
-¿Cómo te llamas? –le pregunto interesada-. Pero dime la verdad.
Se la dijo y a su vez le devolvió la pregunta:
-Cristina no es tu verdadero nombre, ¿verdad?
-No, es el nombre que me han puesto aquí, porque Berta, que es mi nombre, ya había una. Además no quiero usar mi nombre aquí.
-¿Llevas mucho tiempo en este sitio?
-Un mes. Antes estaba trabajando en un supermercado.
-¿Y por qué lo dejaste?
-No lo dejé, me echaron. Nos despidieron a unas cuantas porque ahora no se vende mucho… eso de la crisis.
-Vaya faena.
-Y me vine aquí porque decían que en esto se ganaba mucho dinero… y yo tenía buen sueldo antes y lo necesito. Tengo dos hijos…
-Pues pareces joven todavía…
-El primero lo tuve a los dieciocho años. Ahora él tiene dieciséis… es un hombre ya. Nadie se cree que es mi hijo. El otro tiene siete años.
-Estás separada…
-Son hijos del mismo padre… sí, estoy separada… bueno, no nos llegamos a casar… Se fue y me dejó embarazada del primero… luego volvió y tuve el segundo… y se volvió a largar. Pero si él no ha tenido huevos para mantener a sus hijos yo si los tengo para hacerlo. Son lo mejor de mi vida y todo lo hago por ellos. No me importa estar en esto para mantenerlos.
-Bueno, ya volverás a encontrar un buen trabajo…
-Está muy difícil ahora. Todo lo que me ofrecen no me llega… tengo que pagar el alquiler, los colegios…
Sonó el teléfono que había encima de la mesilla. Cristina se apresuró a cogerlo:
-Sí, ya baja el cliente –oyó que decía mientras le miraba con complicidad.
-Dúchate si quieres mientras yo arreglo un poco la habitación –le dijo.
Se despidieron y él le prometió que volverían a verse si es que seguía estando allí.
-Por un tiempo creo que sí –dijo-. Me ha encantado estar contigo, lo he pasado increíble, de verdad.
Se dieron un par de besos y salió a la escalera. En el piso de abajo, donde estaba la recepción, se asomó la encargada y le preguntó sonriente:
-¿Todo bien?
-Muy bien, gracias.
-Vuelva pronto… y cuídese.
El aire de la calle le devolvió a una realidad más liviana. Se sintió incomprensiblemente libre, y por un momento creyó que se estaba olvidando de su nombre. Pero luego, poco a poco, empezó a recordar todos los minutos pasados con ella. Cristina… una vida cruzada con la suya durante una hora, tan intensa, tan verdadera… tan desgajada de la historia poco dichosa de cada uno.