LAS FIESTAS DE LOS AÑOS VEINTE SEGUN TESTIMONIO DE UN BUEN MOZO DE ENTONCES Y DE AHORA, JOSE BENIGNO PEREZ VALERO, DE LA QUINTA DEL 19.
 

Las fiestas empezaban con gran alboroto el día 24 por la tarde, cuando los muchachos, impacientes, iban a esperar a los músicos al puente de los Royos. La algarabía era general al ver a lo lejos el burro de los gaiteros. Aquella tarde se hacía el primer baile en la plaza.

El día de Santiago, por la mañana, los gaiteros recorrían el pueblo despertando al vecindario y animando las calles, siempre rodeados de un enjambre de muchachos. A la vez, los clavarios invitaban a todo el mundo a un trago de aguardiente en sus casas.

Cuando el Tío José Benigno fue clavario, le tocó junto al entonces secretario Luis Tejedor, que en vez de acompañar a los músicos echó un bando que fue el primero y el último. No todos asistían al trago, pues hasta la hora de la misa muchos faenaban en el campo segando, cogiendo lentejas o bisaltos. Después de misa, hasta mediodía, la gente acudía a casa del cura, del alcalde y de los clavarios, donde se repartían rebanadas de torta en tabaques de mimbre acompañadas de buenos tragos de vino.

No faltaba nunca de nada.

Los clavarios eran cuatro, dos de Santiago y dos de Santa Ana. Muchos años se unían a estos voluntariamente otros dos, los de San Roque. Una de sus obligaciones era alojar a los músicos en sus casas durante toda las fiestas. Los músicos llevaban una donzaina y dos cajas y aquí solían venir los Aspas del Villar, los de Tramacastilla y algunas veces el Tío Roque de Torres, que era muy bromista.

Había dos sesiones de baile, de tarde y de noche. La pieza preferida era la Jota Hurtada, la más bailada y divertida. De vez en cuando también se valseaba, pero el repertorio de los músicos era tan corto que apenas se componía de tres o cuatro melodías. Después de cenar, la luna y algunas luces de petróleo, los quinqués del Ayuntamiento, iluminaban el baile hasta la madrugada. Se trasnochaba más que ahora y la gente se lo pasaba mejor porque había buen humor.

Además del baile de la plaza, se hacían otros en casa particulares o parideras.

Bastaban cinco o seis mozos alegres para montar baile en cualquier cocina. En estas ocasiones, la música era de cuerda, interpretada por mozos aficionados. Destacaron en este arte el Tío Joaquín el Cureta, el Tío Feliciano el Tábano y el Tío Angel Menchete.

Una de las canciones de guitarra preferidas era "agáchate Pedro, agáchate Juan". Lo bailaban cuatro mozos, dos Pedros y dos Juanes. Al oír el estribillo, dos de ellos debían levantar las piernas, pasándolas por encima de la cabeza de los otros, que se agachaban.

Algunos de sus versos eran:

"La cintaron, la cintaron,

pero la cintaron mal

la cintaron, la cintaron

la capa del Sacristán.

Agáchate Pedro, agáchate Juan.

Por velar un mazantine

Veinticuatro cuartos dan.

Agáchate Pedro, agáchate Juan".

Cuando acababa el baile se quitaba el pimpollo. Era espectacular. Para dirigir las caídas sacaban las estacas por el lado donde menos daño podía ocasionar, pero no siempre salían bien las cosas y alguna vez cayo sobre una paridera que había junto al río.

Los mozos reparaban el destrozo o pagaban a los albañiles.

El tradicional bandeo del día de Santa Ana reunía a todo el pueblo en la plaza. Los familiares de los cargos compraban cohetes para arrojarlos a los pies de su mozo. Estos cohetes los traía Juan el Bueno, el turronero. Era de Ademuz. Tuvo una mala muerte, bebía mucho y en una apuesta una botella de ron lo mató.

El día de Santa Ana por la noche se celebraba una de las fiestas más participativas. Todos acudían a la ermita de Santa Ana a las salves. Después, mozos y casados se juntaban y formaban un corro, enlazados por los hombros y los brazos, sobre ellos otro grupo se subía, formando una torre de dos pisos que bajaba girando desde Santa Ana hasta la plaza. Muchas veces caían, provocando la hilaridad general. Tras este entrañable encuentro, los casados acompañaban en la juerga a los solteros. Rondaban y bebían vino y aguardiente toda la noche. Por la mañana, cuando amanecía, les sorprendían las mujeres al salir a vestir el peirón de San Roque, pero eso sí, todos iban a misa y la iglesia se llenaba en los rosarios.

San Roque eran un buen día para los concursos. Al que más afición había era al tiro de barra.

El Tío José Benigno solía participar en las carreras de burros con el aparejo al revés. Una año gano, sobre la burra del Tío Jacinto, era la más perra del pueblo, buena cualidad para ganar estas carreras. Le dieron de premio dos pesetas. El resto de los concursos era el salto de botos y al tiro de soga.

El día 27, por la noche, se hacía la plaza de toros. El Ayuntamiento pagaba los jornales. Se montaba con vigas que después guardaba el Ayuntamiento en la taberna vieja.

La torta se pedía como ahora, con los animales, y se cantaban las mismas canciones. Cuando el Tío José Benigno fue quinto se la comieron en los pasos, después del encierros. Allí acudió una cuadrilla de mozos del Villar que venían a la Fiesta, pero no les dieron. Con los forasteros había de todo. Después se quedaban todo el día, hasta que acababa el baile. Del pueblo que más venían era del Villar. En el anchurón que hay entre la casa de la Tía Rutilia y el horno se cerraban casi todas la vacas del pueblo. Los mozos las cogían a lo burro y las soltaban una a una. Algunas se tiraban. En el rincón de la torre había todos los años una especie de toril y un chambao pequeño, a modo de refugio. En él metían la vaca de la muerte. Era una vaca fuerte y brava, casi siempre de ganaderías de Checa. Un año el Tío José Benigno, desde un carro del Tío Tocino que ponían en medio de la plaza, la mató con una espada del Tío Miguelillo, de un solo golpe. No le dieron ni rabo, ni orejas, ni nada. Le gusta al Tío José Benigno la fidelidad con la que Manolo describió en el programa de fiestas del año pasado el episodio de "la vaca del cura".

El más torero del pueblo era el Tío Pedro Miguel. En el Villar tampoco se quedaban atrás y David, de los Valterras, echaba muy bien las banderillas. Entonces no había toreros. Empezaron a venir más tarde. Los primeros fueron "Los Recuencos", de la parte de Cuenca, poco después de encementar el pueblo.

El último día repartían la carne de la vaca entre los vecinos. Era el día de las almas. En la puerta de cada casa se hacía una lumbre. Mozos y casados iban de casa en casa pidiendo para las almas con cantares como este:

"Metes el dedo en la lumbre

y no lo puedes aguantar

que serán las pobres almas

que en el purgatorio están".

Recogían garbanzos, lentejas, judías, huevos y otras cosas que se subastaban el la plaza. Lo que se sacaba se destinaba a misas por las almas.

Así acababan las fiestas que el Tío José Benigno vivió en su mocedad. De las de su infancia apenas le quedan vagos recuerdos, como el de los danzantes, o de cuando hacían travesuras en el baile.

El Tío José Benigno insiste: "Eran otros tiempos, había más alegría que ahora, dentro y fuera de las fiestas, porque el campo daba gozo, todos cantaban. El que iba a hacer leña cantaba y los que labraban. Muchas mozas iban pastoras. Los pastores tocaban unos pitos de caña que compraban en la feria de Orihuela. La gente se divertía más, se trasnochaba más".

(Texto extraido del programa de fiestas de 1990)

 

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