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Benito Jerónimo
Feijoo 1676-1764
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Gonçal
Vicenç Bordes

LA
VELLETA VERDA
Página
obtenida de la web http://www.filosofia.org
Espero
que no les importe, pues yo no persigo ningún fín comercial, y mi único interés
es cultural.
Gonçal Vicenç Bordes
Pego 2000
gvb@telepolis.com
Teatro crítico universal / Tomo sexto
Discurso
séptimo
Sátiros,
Tritones y Nereidas
§. I
1. Fueron estas tres especies
famosísimas en el Paganismo. Terrestre la primera, marítimas la segunda, y la
tercera. Pintaban los Gentiles a los Sátiros
en la figura medios brutos, y medio hombres; pero en la estimación eran medio
hombres, y medio Deidades. Tenían cuernos, cola, y pies de cabras: en el resto
humana toda la configuración. Habitaban las selvas como fieras, y eran adorados
en los Templos como Semidioeses.
2. Los
Tritones, medio hombres, y medio peces, gozaban la misma prerrogativa de
Semideidades. Venían a ser los trompeteros de Neptuno, bajo de cuyas órdenes,
inspirando su aliento a una concha retorcida en forma de bocina, con su ronco
sonido aterraban el piélago.
3. Las
Nereidas no se distinguían de los Tritones, sino en el sexo, y en que no
se les atribuía el uso de la bocina. Tenían la mitad del cuerpo de mujer, el
resto de pez, y eran Semidiosas marinas, como los Tritones Semidioses.
4. Suenan en el mundo Sátiros, Tritones,
y Nereidas como meros entes fabulosos. Pero yo, sin negar que mezcló en ellos
algo la fábula, siento que fueron entes verdaderos, y reales. [257]
§. II
5. Diodoro
Siculo, Autor recomentdable, refiere, que a Dionisio, Tirano de Sicilia,
fueron presentados unos monstruos, cuales pintaban los antiguos los Sátiros; y
Plutarco, que no es de autoridad inferior a Diodoro, dice, que a Syla, pasando
por Albania, mostraron un Sátiro, que en un bosque habían cogido.
6. A los testimonios de estos dos
Autores profanos pueden añadirse los de otros dos Escritores Eclesiásticos.
Estos son San Athanasio, y San Jerónimo. Aquel en la Vida de San Antonio Abad, y
éste en la de San Pablo primer Ermitaño, cuentan, que el Grande Antonio encontró
en el desierto un monstruo de estos, el cual, preguntado quién era, respondió
ser uno de aquellos, que el vano error del Gentilismo veneraba debajo del nombre
de Sátiros, Silvanos, e íncubos, y que de parte de los demás de su Grey venía a
pedirle, que los encomendase a Dios, el cual creían, que por la salud de los
hombres había bajado a la tierra a tomar carne humana.
7. Pero confieso, que esta última
noticia siempre me hizo tan grave dificultad, que me es imposible darle asenso.
Yo creo, que hubo Sátiros, y acaso los hay hoy; pero no Sátiros de esta nota, no
Sátiros racionales, o en caso que racionales, no Cristianos, no con habla, y que
vivan hermanos, y como congregación. El que haya tal casta de hombres, no solo
distintísimos de nosotros en la organización, mas también totalmente separados
en cuanto al comercio, naturalmente excita la idea de que no son hijos del mismo
padre común que nosotros; lo cual es contra lo que ensaña la Fe, como notamos en
el Tomo V, tratando de los Preadamitas.
8. Pero sean norabuena descendientes de
Adán estos hombres: aún queda lleno de dificultades el caso. Pregunto, ¿por qué
órgano se les comunicó el Evangelio? Si alguno de los Apóstoles tuvo especial
misión para los Sátiros, ¿cómo en ninguna de las antiguas Actas hay el más leve
vestigio de la conversión de tales hombres? ¿Cómo después jamás [258] pareció
alguno, ni en los desiertos de Egipto, ni en otra parte? ¿Pereció acaso toda la
casta, sin que nadie les hiciese guerra, pues de ésta no consta? Cierto, que no
merecía su ruina una gente tan devota, que de común acuerdo hacía una legacía al
grande Antonio, para que la encomendase a Dios. Preguntaré más: ¿En qué lengua
habló a Antonio el Sátiro Legado? Precisamente sería en idioma ignorado del
Santo, pues una gente incomunicable a todo el resto del mundo, necesariamente
había de tener lenguaje diferente. Vuelvo a decir, que el caso tiene todas las
apariencias imaginables de conseja. ¿Pero qué hemos de decir a la autoridad de
San Athanasio, y San Jerónimo? No faltan modos de ocurrir a esta gravísima
dificultad.
9. Lo primero, diciendo, que la Vida de
San Antonio, que hoy tenemos como escrita por San Athanasio, es supuesta a este
Santo Doctor. De este sentir fueron André Rivet, y Abrahán Scutet; pero ambos
Autores Protestantes, por consiguiente malísimos fiadores para empeñarnos sobre
su fe, y palabra. Así es preciso recurrir a otra solución.
10. Lo segundo puede decirse, que San
Athanasio recibiría aquella noticia de Autor a quien tendría por verídico, y
bien informado; y le faltaría una, u otra circunstancia, o ambas juntas. En esto
no hay imposibilidad alguna, ni física, ni moral. Por lo que mira a San
Jerónimo, no tiene alguna dificultad el caso, pues éste no hizo más que
trasladar al latín lo que San Athanasio había escrito en Griego.
11. Lo tercero, hay el recurso de que el
Sátiro aparecido a San Antonio, sería algún demonio, que con fin depravado
tomaría la figura de tal. Consta, que a aquel Santo molestaron, y tentaron los
espíritus infernales de muchas, y diversísimas maneras. Así no hay
inverosimilitud alguna en que tentasen, con la aparición de Sátiro, precipitarle
a algún error.
12. Finalmente cabe, que algún infiel
copista, en cuyas manos cayese muy desde los principios la Vida de San [259]
Antonio, escrita por San Athanasio, introdujese en ella el cuento de Sátiro, y
que después, prediéndose el original, de esta viciada copia se sacasen todas las
demás.
§. III
13. Negados, pues, Sátiros racionales, y
con uso de locución, solo admitidos Sátiros brutos, o embrutecidos, y mudos,
cuales eran aquellos de quienes hablan Diodoro Siculo, y Plutarco éste con
expresión refiere, que habiendo hablado al Sátiro, presentado a Syla, por
Intérpretes de varias lenguas, no solo no respondió a alguna, pero ni se le oyó
son alguno articulado; ni aun la voz tiraba a la humana, sí solo a una confusa
mezcla de caballar, y caprina.
14. No solo es posible la producción de
estos monstruos; pero muy verosímil, que hayan nacido algunos de la detestable
comixtión de individuos de la especie humana con los de la caprina; y una fuerte
conjetura me confirma en que los Sátiros, que veneró el Paganismo, no eran otra
cosa, que los partos de estos concúbitos infames.
15. Muchos eruditos son de sentir, que
el Dios Pan, Sátiros, Silvanos, Íncubos, y Faunos, todos eran una misma cosa
debajo de diferentes nombres. Así dicen, que no hubo un Pan solo, sino muchos,
para lo cual hay testimonios claros en los antiguos Poetas. En efecto el Dios
Pan era pintado por los Gentiles en la misma forma que los Sátiros; esto es, con
cuernos, cola, y pies de cabra, en lo demás humano el aspecto. Tenía el Dios Pan
especialísimo culto entre los Pastores, como singular patrono suyo. Así Ovidio
le llama Dios del Rebaño: Virgilio, y otros Poetas, ya Dios de los
Pastores, ya Dios de la Arcadia (Provincia pastoril por antonomasia).
Nótese ahora, que los pastores son la gente más ocasionada que hay en el mundo a
los crímenes de bestialidad, ya por su ruda educación, ya por la continua
asistencia a los ganados, ya por faltarles otro menos torpe desahogo a la
lascivia. Todo lo dicho coincide [260] a hacer creíble, que habiendo nacio
algunos individuos de esta tercera especie semicaprina, y semihumana en la
figura, por la abominable commixtión de Pastores con cabras, la barbarie, junta
con la malicia de aquella rústica gente, quisiese autorizar el delito,
atribuyendo una especie de divinidad al parto (lo que venía a ser producir otro
monstruo mental harto más horroroso que el físico); y luego como cosa propia la
constituyesen Deidad tutelar suya, a quien después por varios accidentes, o
motivos apellidasen con distintos nombres. De aquí los Panes, los Sátiros, los
Silvanos, los Faunos, y los Íncubos.
16. Si se me opusiese, que algunos
Filósofos niegan ser posible, que provenga generación alguna del comercio de
hombre, y bruto: Responderé lo primero, que contra la autoridad de esos pocos
Filósofos está la de muchos más, que sienten lo contrario, y de más a más el
común consentimiento de los Teólogos, que cuando tratan del Bautismo de los
monstruos, suponen posibles tales generaciones. Lo segundo, que los que las
niegan posibles, no dan razón, que haga alguna fuerza. Lo tercero, que son
muchas, y muy autorizadas las Historias que hay de semajantes generaciones, como
saben todos los que manejan algo los libros. Esto supuesto, no hay el menor
vistigio de inverosimilitud, antes muchas razones de congruencia para creer, que
los monstruos, que los antiguos veneraban, debajo del nombre de Sátiros, fuesen
producciones de la especie humana mezclada con la caprina.
17. No ignoro que Plinio da el nombre de
Sátiros a unos animales, que hay en ciertos montes de la India, muy parecidos al
hombre; por consiguiente parece, que de ellos vendría el gentílico error de los
Sátiros. Pero obsta el que aquellos eran cierta especie de monos, como el mismo
Plinio manifiestamente insinúa, los cuales no tienen cuernos; y los Sátiros
generalmente se pintaban bicornes.
18. Noto aquí para los curiosos, que
esta especie de monos, ni más ni menos, que los describe Plinio, hoy se hallan
en algunos parajes de la India. El P. Le Comte [261] dice, que navegando en la
China a la Costa de Coromandel, vio en el Estrecho de Malaca unos monos de
figura mucho más parecida a la humana, que los comunes: que se mueven
levantados, como los hombres, sobre los pies de atrás; o digámoslo mejor, solo
sobre los pies. Aun la voz es parecida a la humana; y semejante al chillido de
los niños. Son cariñosísimos con las personas que tratan. De su agilidad dice
cosas admirables. Es tanta, que de un brinco se avanzan a treinta, cuarenta, y
cincuenta pies de distancia. Digo, que esta descripción es perfectamente
semejante a la que hace Plinio de los animales, que llama Sátiros. Véase lo que
en el lib. 7, cap. 2 dice de su semejanza al hombre, de su portentosa agilidad,
y de la circunstancia de andar erguidos. Lo de ser animal afabilísimo, lo
insinúa en el lib. 8, cap. 54.
§. IV
19. Esta noticia naturalmente me conduce
a rectificar otra, que en la forma que hasta ahora se ha comunicado del Oriente
a Europa, es de difícil creencia; pero bien entendida, no deja el menor tropiezo
al asenso. Algunas relaciones de la Isla de
Borneo, situada en el mar de la India, dicen, que en las selvas de
aquella Isla se hallan hombres salvajes, o
silvestres. Así los llaman, no solo en el sentido en que se aplica este
epíteto a algunas cerriles Naciones de la América; sí con más propiedad, porque
aunque en la disposición de todos los miembros, y modo de usar de ellos nada
desdicen de la especie humana, pero les falta la locución; y por otra parte su
modo de vivir carece de toda policía, ni más, ni menos que el de las fieras.
20. Sobre esta noticia luego ocurre la
dificultad, que arriba propusimos contra la existenica de los Sátiros. Tales
hombres, si los hay, apenas se pueden considerar descendientes de Adán; pues si
lo fuesen, sucesivamente se iría comunicando de unos a otros alguna policía, y
el uso de la habla. Añádese, que sin milagrosa, e infusa ilustración [262] no se
les podrá comunicar la luz del Evangelio; lo que en las leyes ordinarias de la
benignísima Providencia soberana no cabe.
21. Después de todo, estas dificultades
no parecen insuperables. A la primera se puede satisfacer con la posiblidad del
caso, que dos tiernos infantes de distinto sexo, cuyos padres viviesen en algún
retirado monte, por la muerte, o por la fuga de éstos quedasen al abrigo de la
Providenica en aquella soledad, que en ella creciesen, y procreasen. Es para mí
probabilísimo, que ni ellos, ni sus hijos hablarían idioma alguno; por
consiguiente, aunque descendientes del mismo padre común, carecerían del uso de
la locución.
22. No por eso siento, que sea preciso
comunicarse el lenguaje originariamente por infusión, como a nuestros primeros
Padres; pero me parece, que en una familia, o congregación de gente, donde no
hubiese ni inspiración, ni enseñanza, pasarían algunas, y aun muchas
generaciones, antes que a fuerza de ingenio, estudio, y práctica se formasen
idioma para entenderse. Es esta una obra muy larga, y muy difícil. Podrían pasar
mil, o dos mil años, y aun nuchos más, antes que a ninguno de aquella progenie
ocurriese, que con los varios movimientos de la lengua se podían explicar los
pensamientos, que tenía en el ánimo.
23. ¡Oh cuántos, al leer esto, juzgarán,
que les propongo una extravagante paradoja! ¿Hay cosa más fácil, dirán, que
hablar? Habiendo infinitos hombres rudísimos para materias muy triviales, para
el uso de la locución ninguno es rudo. Hasta los más fatuos le logran. O por
mejor decir, todos, cuando lo logran son fatuos, pues hablan todos los niños,
antes de llegar al uso de la razón. ¿Por qué, sino por ser una obra tan natural,
que apenas, ni aun apenas tiene que hacer en ella en entendimiento? Esta réplica
es hija de la falta de reflexión. Digo, que el hablar por enseñanza es
facilísimo: hablar por esfuerzo del propio disurso, sumamente arduo. Tiénese, y
con razón, por [263] un peregrino descubrimiento, una sutilísima ingeniada,
acaso la mayor, que hasta ahora cupo en el humano entendimiento, como ya
insinuamos en otra parte, la invención de las letras. Hácese palpable la suprema
dificultad que esto tiene, en que ninguna de las Naciones Americanas se halló el
uso de ellas. O porque los primeros que pasaron a aquel Continente no habían
aprendido a escribir, o porque aún no se había inventado el escribir cuando
pasaron; y así no hubo quien enseñase el uso de la pluma en la nueva Colonia. ¿Y
qué sucedió? Que por más que se multiplicó la gente en aquellos vastísimos
Países, siglos, y más siglos se estuvieron sin que a nadie ocurriese, que la
pluma podía suplir la lengua, o los caracteres las palabras. De tantos millares
de millares, y aun millares de millones de hombres nadie dio en ello, sin
embargo de que la necesidad era grande, y la importancia universalísima.
Pregunto ahora: ¿Cuál invención es más ardua, la de explicar con las letras las
palabras, o la de explicar con las palabras los conceptos? Sienta cada uno como
quisiere: yo decido, que es mucho más ardua la segunda. La razón es, porque hay
mucho mayor distancia del signo al significado en ella, que en la primera. Los
rasgos de la pluma, y los movimientos de la lengua convienen en ser uno, y otro
cosa material; pero de los conceptos del ánimo a los movimientos de la lengua
hay enorme distancia, que se considera entre lo espiritual, y lo corporeo. Ni se
me oponga, que también la pluma explica los pensamientos; porque esto no lo hace
sino mediante las palabras. Es mera copia de copia.
24. Aún resta más. Considérese, que
desde la invención, o aquella primera ocurrencia de los movimientos de la lengua
pueden servir a explicar los conceptos del ánimo, hasta la formación del idioma
más imperfecto, o más rudo, hay larguísimo camino que andar; no solo larguísimo,
pero escabrosísimo. Así, computado todo, se hallará sumamente verosímil, que una
progenie, que ni por infusión, ni por escuela hubiese adquirido idioma, se
estaría [264] muchos siglos sin habla. Con que queda resuelta la primera
dificultad, que se porpuso contra la noticia de los hombres salvajes de la Isla
de Borneo.
25. La segunda dificultad, que es
puramente teológica, nos quiere meter en un piélago, cuya orilla ignoran los
hombres: quiero decir, en el abismo de la Divina Providencia, cuyos límites son
incógnitos a todos los mortales. Una cosa nos consta ciertamente de las sagradas
letras; y es, que Dios con sincera voluntad quiere, que todos los hombres
lleguen al conocimiento de la verdad, y se salven. Pero así como con esta
voluntad antecedente, y general (como la llaman los Teólogos) es
compatible, que tantos infantes perezcan en los claustros maternos, sin que con
alguna humana diligenica pueda procurarse su salvación por medio del Sacramento
del Bautismo; ¿por qué no será compatible con esa misma voluntad general, y
antecedente, el que algunos adultos queden imposibilitados al beneficio
de la enseñanza? Casi todos los Teólogos, a la reserva de un cortísimo número
afirman, que aun a aquellos infantes se extiende la voluntad antecedente
de la salvación. La misma doctrina, con que componen esto, es idéntica para
componer lo otro. Aun cuando por la imposibilidad de lograr el beneficio de la
predicación pereciese una Nación entera, deberíamos resignados venerar los
Divinos decretos, conformándonos a aquella sagrada máxima: Quis tibi
imputabit, si perierint Nationes, quas tu fecisti? (Sapent. cap. 12)
26. Esto es responder al argumento, aun
sin salir de los límites de la común Providencia. ¿Pero quién sabe, si Dios
respecto de gente incapaz de la predicación, usaría de otra providenica
particular? Es sacrílega temeridad pretender apurar lo que Dios quiere, y puede
hacer. Lo que no tiene duda es, que esta dificultad todos deben tragarla, y
digerirla; siendo cierto, que muchos adultos, que hay entre los bárbaros, sin
culpa suya carecen del Bautismo, y de la predicación. ¿Qué dicen a esto los
Teólogos? Unos, por salvar en toda la extensión imaginable la sentencia de San
[265] Juan: Illuminat omnem hominem venientem in hunc mundum, dicen, que
si con algún pecado personal no lo desmerecen, Dios por medio de un Ángel, o
infundiéndoles especies de los Misterios, los ilumina: otros, que como respecto
de éstos no está promulgado el Evangelio, o es lo mismo que si no se hubiese
promulgado, no pertenecen a la Ley de Gracia, sino a la Ley de la Naturaleza.
Aplique cada uno lo que quisiere a los salvajes de la Isla de Borneo.
27. Pero aunque lo dicho basta para
salvar, que no hay imposiblidad alguna en que los que se dicen hombres, salvajes
de la Isla de Borneo, sean realmente hombres, no tengo esto por lo más
verosímil; sino que son una especie de monos, o la misma, o poco diferente de la
que pintan Plinio, y el Padre Le Comte. Por eso dije arriba, que mi intento era
rectificar aquella noticia; y la rectificación consiste en degradar de hombres a
los que se dicen tales, dejando en todo lo demás la relación en su ser.
28. El Padre Le Comte, sobre las
circunstancias de andar rectos, y tener la voz semejante a la humana los monos,
que vio en el Estrecho de Malaca, añade, que en el rostro son muy parecidos a
los hombres salvajes del Cabo de Buena Esperanza: que su estatura es alta cuatro
pies por lo menos: que son sumamente advertidos, y explican con acciones, y
gestos cuanto quieren, tan bien como los hombres mudos: en fin, que se nota en
ellos una acción muy frecuente en los hombres, especialmente en los niños, y que
no se observa en ninguna otra bestia, que es patear cuando se enojan, o se
alegran con algún exceso.
29. Como consurran todas estas señas en
los que se dicen salvajes de Borneo, sin dejar de ser monos, tendrán lo que
basta para que los bárbaros de aquella Isla los juzguen hombres. Aunque se
acerquen más a la figura, y acciones humanas, no por eso se debe hacer juicio de
que son nuestra especie; porque ¿quién sabe hasta qué límites puede extenderse
en alguna especie bruta la exterior imitación del hombre? En los animales
marinos, de que vamos a tratar inmediatamente, se verá que a lo menos en [266]
la parte superior, y principal del cuerpo cabe mayor semejanza entre el hombre,
y el bruto, que la expresada.
§. V
30. En los Tritones, y Nereidas hay
poquísimo que purgar de fábula a la verdad. Cuales nos los pintan los antiguos
Poetas, tales se hallan hoy en los mares, a la reserva de la bocina, cuyo uso no
han reconocido los modernos en los Tritones. Digo que se hallan en los mares,
bien que son infrecuentes a la vista, unos acuátiles, de medio abajo peces, que
de medio arriba observan exactamente todos los lineamientos de la humana
configuración, con todas las señas, que distinguen los dos sexos; de suerte, que
unos en cuanto a la figura son medio peces, y medio hombres, otros medio
mujeres, y medio peces. Los modernos, tomando la denominación de la parte
principal, llaman hombres marinos a aquellos, y mujeres marinas a éstas. De los
antiguos Escritores en Plinio, Eliano, y Pausanias se leen algunas historias de
estos hombres, y mujeres marinas. Nauclero, Belonio, Lilio Girarldo, Alejandro
de Alejandro, Gesnero, y otros Autores más modernos refieren historias
semejantes.
31. Los dos sucesos más cercanos a
nuestros tiempos, que he leído, son: El primero, el que se ha esparcido en
varias relaciones del hombre marino, descubierto el año 1671 cerca de la Gran
Roca, o Isla Petrosa, llamada el Diamante, que dista una legua de la
Martinica. Viéronle diferentes veces muy a la orilla dos Franceses, y cuatro
Negros, que estaban sobre el borde de dicha Roca, y unánimes depusieron después
juridicamente del hecho. Tenía desde la cintura arriba perfecta figura de
hombre, la talla del tamaño de un muchacho de quince años, los cabellos
mezclados de blancos, y negros, pendientes sobre las espaldas, como si los
hubiesen peinado, la cara llena, la barba parda, y por todas partes igual, la
nariz muy roma: cara, cuello, y cuerpo medianamente blancos, y el cutis al
parecer delicado. La parte inferior, que se veía entre [267] dos aguas, era de
pez, y terminaba en una cola ancha, y hendida.
32. El segundo, aun mucho más próximo al
tiempo presente, es del hombre marino, visto en Brest el año de 1725, y de que
dan amplia noticia las Memorias de Trevoux del mismo año, Tom. IV, pag. 1902.
Viéronle largo tiempo treinta y dos perosnas, que había en un bajel, cuyo
Capitán era Olivier Morin. Era perfectamente proporcionado, y sus miembros en
todo semejantes a los nuestros, salvo que entre dedos de manos, y pies tenía una
especie de aletas al modo de las anades. Sería prolijidad referir los varios
movimientos, y ademanes que hizo todo el tiempo que duró la observación. Lo más
notable fue, que viendo la figura, que había en la proa del bajel, que era
imagen de una mujer hermosa, después de contemplarla, suspenso un rato, se
abalanzó fuera del agua, en ademán de querer asirla. Hubo también dos
circunstancias ridículas en este suceso. La primera de parte del monstruo, el
cual, como haciendo irrisión de la gente del navío, vueltas a ella las espaldas,
y levantado algo en el agua, exoneró el vientre a vista de todos. La segunda, de
parte del Contramaestre del bajel, el cual tenideno enarbolado ya un arpón para
tirarle, dejó de arrojarle, sorprendido de un terror pánico. Es el caso, que el
año antecedente un Francés, llamado Lacommune, en el mismo bajel se había
desesperadamente quitado la vida, y le habían arrojado al margen en el mismo
sitio. Ocurriole, pues, al Contramaestre al tiempo que estaba para lanzar el
arpón, y se le imprimió fuertemente, que el hombre marino era no más que un
espectro, fantasma, o aparición del desventurado Lacommune.
§. VI
33. Pero se ha de advertir, que entre
las varias historias de mujeres, y hombres marinos, se encuentran algunas, en
que el cuerpo era enteramente humano. Tal era el hombre marino, que dice Plinio
fue visto en su [268] tiempo en el Oceano Gaditano, toto corpore absoluta
similitudine. Y porque no se piense que esta es alguna de las patrañas, que
un vano rumor llevaba a Plinio de lejas tierras, él mismo advierte, que lo oyó a
algunos Caballeros Romanos, testidos oculares del caso: Auctores habeo in
Equestri ordine splendentes, visum ab his, &c. Tal el que refiere Mr. de
Larrei en su Historia de Inglaterra haber sido pescado en aquella Isla el año
1187, y presentado al Gobernador de Oxford, el cual le tuvo en su casa seis
meses; a cuyo término, hallando ocasión de volverse al mar, lo hizo, y no
pareció más.
34. Tal era también la mujer marina, que
en el Diccionario Universal de Trevoux se lee haberse hallado, la bajar la
marea, en la orilla de Westfrisia, después de una gran tempestad, el año de
1430. Unas mujeres de la Ciudad de Edam, que la hallaron, la llevaron, al
Pueblo, la vistieron, y enseñaron a hilar. Fue después transferida a Harlem,
donde vivió algunos años usando de nuestros alimentos; pero nunca perdió la
inclinación a habitar en el agua.
35. Pero el hallazgo más plausible, que
ha habido en esta materia, es el que en el mismo Diccionario se lee haberse
logrado el año de 1560, cerca de la Isla de Manar, sobre la costa Occidental de
Ceilán. Unos Pescadores en una redada sola cogieron siete hombres marinos, y
nueve mujeres. Algunos Jesuitas, entre ellos el Padre Enrique Enriquez,
juntamente con Dimas Bosque de Valencia, Médico del Virrey de Goa, fueron
testigos del hecho. No solo la figura era enteramente humana, mas también las
partes interiores eran perfectamente parecidas a las del hombre, lo que constó
por el examen anatómico que hizo el Médico.
36. Otro hombre marino, que Alejandro de
Alejandro cuenta haber sido cogido en su tiempo en Epiro, y cuyo hecho afirma
como autenticado por actas públicas, parece que también era de configuración
perfectamente humana. Este se escondía a tiempos en una cueva próxima [269] al
mar, desde donde acechaba a las mujeres, que iban a tomar agua a una fuente, que
estaba cerca de la cueva; y cuando observaba alguna sola, y vueltas las
espaldas, con silenciosos pasos se llegaba a ella, y lascivamente oprimía.
37. Estas Historias, por el mismo caso
que prueban más de lo que pide nuestro asunto, le persuaden eficacísimamente;
pues si son posibles, y existentes animales marinos en todo el cuerpo semejantes
al hombre, con mucho mayor razón se hacen creíbles los que solo en alguno, o en
algunos miembros son semejantes.
§. VII
38. Podrá argüirse contra las Historias
referidas, que la total semejanza en la organización ifiere total semejanza en
la forma específica; por consiguiente, si los animales marinos, de quienes se
hizo memoria, son totalmente semejantes al hombre en la organización, se debe
discurrir, que verdaderamente son hombres; lo cual, siendo imposible, por
algunas razones, que facilmente se presentan al discurso, debemos concluir, que
aquellas narraciones son fabulosas.
39. Prescinidiendo por ahora de si es, o
no posible, que haya verdaderos hombres habitadores del mar, como los peces (de
que trataremos en el Discurso siguiente); respondo por ahora al argumento,
permitiendo el antecedene, y negando la consecuencia. Asiento a que la total
semejanza en la organización infiere conveniencia específica en la forma
substancial, pero no está averiguado, ni acaso es posible averiguarse, si
aquellos animales son organizados en todo, y por todo, como el hombre. El examen
que esta materia hace la vulgar Anatomía, no pasa de las partes de sensible
extensión; y aunque haya de éstas toda la semejanza que pueden percibir nuestros
sentidos, cabe que haya en las partes más sutiles de los órganos la desemejanza
que basta, para que sean proporcionadas a ellos, otra forma substancial, y otras
facultades diversas. [270]
40. Puede comprobarse esto con la
reflexión de que la mayor, o menor semejanza de organización sensible entre
diferentes especies, no prueba mayor, o menor semejanza en las facultades. La
organización sensible del elefante es mucho más diversa de la del hombre, que la
de otros muchos brutos; no obstante lo cual, en las facultades animásticas es el
elefante más semejante al hombre, que aquellos. Así como, pues, la mayor
semejanza en la organización sensible no arguye mayor semejanza en las
facultades, tampoco la total semejanza en la organización sensible argüirá a
total semejanza en las facultades, y por consiguiente, ni en la forma
específica, a quien aquellas son consiguientes.
§. VIII
41. No faltarán quienes me culpen la
omisión de las Sirenas en este Discurso, juzgando, que puede representarlas en
los monstruos marinos medio mujeres, y medio peces, con igual propiedad que a
las Nereidas, pues medio mujeres, y medio peces se pintan también las Sirenas.
Pero esta acusación procede sobre un supuesto falso, o por lo menos incierto. Es
constante, que los Pintores unanimemente representan a las Sirenas mujeres de
medio arriba, y peces de medio abajo; mas este es uno de los muchos errores, que
cometen los Profesores de este Arte, por ignorancia de la historia, y la fábula.
Los Poetas, y Escritores antiguos, por lo menos los de mejor nota, describen las
Sirenas, no medio mujeres, y medio peces, sino medio mujeres, y medio aves.
Plinio las coloca entre las aves fabulosas (lib. 10, cap. 49). Lo
mismo Servio, el cual, comentando aquello de Virgilio en el quinto de la Eneida:
Jamque adeo scopulos sirenum advecta subibat, dice: Sirenes secundum
fabulam partim Virgines fuerunt, partim volucres. Ovidio Metamoph. lib. 5,
hablando con ellas, les atribuye rostros de doncellas con plumas, y pies de
aves:
Plumas pedesque avium cum virginis ora
feratis
[271]
Ni más, ni menos Claudiano en sus
Epigramas:
Dulce malum pelago Siren, volucresque
puellae
[272]
{(a) 1. Llegó poco ha a mi mano un libro
Francés modernísimo, cuyo título es: Caprices d`imagination: o Cartas
sobre diferentes asuntos de Historia, Moral, Crítica, Historia Natural,
&c. En una de estas Cartas (la tercera) el Autor, que es Anónimo, trata
de las Sirenas, Tritones, y Nereidas; a cuyo propósito, usando por la mayor
parte de las mismas noticias de hombres, y mujeres marinas, que hemos propuesto,
tratando del mismo asunto, añade dos, que yo no había leído, y que añadidas
aquí, creo no desagraden a los lectores.
2. La primera es, que en el Río de
Tachni, que corre sobre los confines de la Provincia de Lucomoria, en las
extremidades del Imperio Rusiano, se hallan muchos hombres marinos de uno, y
otro sexo, perfectamente semejantes en la configuración de todo el cuerpo a los
individuos de nuestra especie, como desemejantes en el alma, por carecer de
discurso, y de locución. Cita el Anónimo sobre esta noticia a Pedro Petoivitz de
Erlesund en su Historia de Moscovia; el cual añade, que la carne de estos
animales es sumamente suave al gusto.
3. La segunda noticia sería mucho más
curiosa, si fuese igualmente verosímil. Navegando el año de 1619 unos Consejeros
del Rey de Dinamarca de la Noruega a Copenague, vieron caminar por el agua a un
hombre marino, llevando un haz de hierba. Tuvieron modo de apresarle; pero
apenas le tuvieron dentro de la nao, cuando la admiración de su figura,
perfectamente semejante a la nuestra, creció mucho, viendo que también tenía el
uso de la locuela. No le dieron lugar a que hablase mucho, porque habiéndoles
amenazado, que si no le soltaban luego, haría arruinarse el bajel, atemorizados
le dejaron saltar al agua. Cita el Anónimo a Juan Felipe Avelino que refiere
este suceso en el primer Tomo de su Teatro de la Europa; pero dándole poca, o
ninguna fe, porque, dice, ¿quién había enseñado al hombre marino la lengua
Danesa, ni otra alguna? Así concluye, que si hay alguna verdad en el hecho, se
debe reputar aparición de espectro, o ilusión diabólica. Los que por lo que han
leído en algunos Relacioneros están en la persuasión de que en las tierras
Septentrionales hay innumerables hechiceros, fácilmente asentirán a la narración
de Avelino, discurriendo que el hombre marino, apareciendo a los Consejeros
Dinamarqueses, era alguno de tantos magos como hay en el Norte. Pero ya en otra
parte hemos descubierto, que no hay más Mágica en el Septentrión, que en el
Mediodía; y que los que en aquellas Regiones pasan, o han pasado por hechiceros,
no eran más que unos tramposos, [272] que a los navegantes extranjeros se
vendían por tales, para venderles el viento, que habían menester: embuste, que
acreditaban ya una, u otra casualidad, ya el conocimiento práctico, que tal vez
por algunas señas naturales tenían del viento, que se había de levantar a otro
día. Fuera de que, si el hombre marino, era hechicero, ¿qué necesidad tenía de
pedir a los navegantes que le soltasen?
4. Yo a la verdad, sin recurrir a pacto,
o hechicería, tengo el hecho por posible. Las pruebas de la posibilidad se
pueden ver en el Discurso VIII del mismo Tomo (donde filosofamos sobre el
peregrino suceso del Montañés Francisco de la Vega), desde el num. 53, hasta el
57 inclusive. Y aunque es verdad, que en aquel lugar discurrimos
conjeturalmente, que aun en caso de ser de nuestra especie los hombres marinos
perfectamente semejantes a nosotros en la configuración interna, y externa,
después de alguna larga estancia en el mar, perderían el uso de la locución, ya
se deja ver, que aquel discurso no excluye la posibilidad de que algunos la
conserven; pues no es preciso que todos se enbrutezcan hasta el punto de olvidar
enteramente las voces. Las causas, que pueden turbar la razón al hombre, no
obran igualmente en todos los individuos. Pero de la posibilidad no se infiere
la verosimilitud. El suceso, que refiere Avelino, carece enteramente de ésta.
Todo lo extraordinario, prescindiendo de la fuerza de los testimonios, que
pueden acreditarlo, es inverosímil en el mismo grado que extraordinario; y el
suceso en cuestión es sumamente extraordinario, pues no se halla en las
Historias otro semejante. ¿Qué fuerza tiene Avelino para hacerlo creíble?
5. Es bien notar aquí que el Autor
Anónimo, a quien debemos los dos noticias, que acabamos de copiar, tratando
asimismo de las Sirenas, como de los Tritones, y Nereidas, en la Carta citada,
cayó en el vulgar error de que el nombre de Sirenas fue aplicado por los
Antiguos a unos peces, que de medio cuerpo arriba tienen figura de mujeres. Al
num. 41 del Discurso que ahora adicionamos: se pueden ver las pruebas de que
eran, o por mejor decir, se fingían medio aves, y medio mujeres, los monstruos a
quienes llamaban sirenas.}
Advierto, que la materia del Discurso
siguiente nos abrirá campo para filosofar de otro modo sobre algunos puntos
principales de éste. Así no debe recibirse como última decisión lo que hemos
razonado hasta aquí.
{Benito Jerónimo Feijoo
(1676-1764), Teatro crítico universal (1726-1740), tomo sexto (1734).
Texto tomado de la edición de Madrid 1778 (por Andrés Ortega, a costa de la Real
Compañía de Impresores y Libreros), tomo sexto (nueva impresión, en la cual
van puestas las adiciones del Suplemento en sus lugares), páginas 256-272.}
Edición digital de las Obras de
Feijoo
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