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Rafael ALBERTI     Benito Pérez GALDÓS

Jorge GUILLÉN

 

Rafael ALBERTI

Nació en El Puerto de Santa María (Cádiz) en 1902.

A los quince años se traslada a Madrid con su familia.

Deja el Bachillerato para estudiar pintura, pero pronto surge su vocación poética.

Aunque seguirá pintando, la poesía es su quehacer primordial.

En 1927, una honda crisis le hace perder la fe.

En 1931 se afilia al Partido Comunista.

Participó activamente en la guerra civil española. Todo ello y su actividad (con su esposa María Teresa León) en empresas como las revistas Octubre y El mono azul lo llevaron a un largo exilio tras la guerra, Argentina e Italia, durante todo el gobierno de Franco. Sólo podrá regresar a España en 1977.

Dos cosas asombran en la obra de Alberti: su variedad y su virtuosismo.

Con igual maestría ha cultivado los más diversos temas, tonos y estilos: la poesía pura, el humor, la angustia vital, la pasión política... Con ello se combinan sus vastísimos conocimientos de la poesía española de todos los tiempos y su prodigiosa asimilación de múltiples influencias.

Su primera obra, Marinero en tierra, aparece en 1925 y cosecha ya el máximo triunfo: el Premio Nacional de Literatura. Su centro es la nostalgia de su tierra natal, su bahía, sus salinas, recordadas desde Madrid. Junto a una estilizada tristeza, los poemas rezuman luz, blancura, vivo colorido. Y dominan las formas ligeras de la lírica popular, finamente estilizadas.

Los ritmos populares y graciosos continúan en La amante (1926) y El alba del alhelí (1925-26).

Cal y canto (1926-27) supone un cambio decidido hacia lo culto y lo vanguardista. Por una parte, el fervor por Góngora se trasluce en sonetos, poemas en tercetos y hasta una "Soledad tercera". Por otra, hay poemas libérrimos y audaces, de un vanguardismo lúdico, como el dedicado a Platko (famoso portero húngaro del Barcelona). Y en una u otra línea, vemos la misma riqueza de inspiración y el mismo virtuosismo que antes brillaban en su asimilación de lo popular.

La mencionada crisis le inspira su obra maestra y uno de los libros claves de su generación: Sobre los ángeles (1927-28).

Lo primero que se aprecia es una ruptura con el lenguaje poético anterior. Ahora la técnica empleada es de tipo surrealista: imágenes libres, predominio del versículo, etcétera.

El poeta se ve expulsado de un paraíso, errando por un mundo caótico y sin sentido, con el alma vacía... En torno suyo, esos "ángeles", seres extraños que simbolizan, entre otras cosas, el dolor, la tristeza, la desesperanza, la muerte. Así puede verse en algunos títulos reveladores: Los ángeles bélicos, Los ángeles crueles, El ángel desengañado, Los ángeles mohosos y , en fin, Los ángeles muertos.

Nótese que Alberti, con poco más de veinticinco años, se había situado ya (con media docena de libros) entre los poetas de primerísima fila de su generación.

Siguen sesenta años de producción copiosa.

A partir de 1931 destacan, ante todo, dos aspectos: la poesía política y la nostalgia del desterrado.

Durante la República, la guerra y la inmediata posguerra, Alberti subordina su creación a la lucha por fines revolucionarios. Uno de sus libros lleva un título significativo: El poeta en la calle (1936). Y escribe una poesía sencilla, directa, de alcance mayoritario, menos atenta a la calidad estética, aunque con indudables aciertos.

Durante el largo exilio, Alberti vuelve a su variada inspiración.Reaparecen las formas tradicionales y clásicas, sin olvidar ensayos de formas nuevas. La nostalgia de su patria y de su infancia está, entre otros libros, en Retornos de lo vivo lejano (1952) o Baladas y canciones del Paraná.

Su vieja pasión artística le inspira el libro A la pintura (1945-1967). Y su labor no cesa.

Entre sus títulos últimos citar Roma, peligro para caminantes, desenfadado y magistral.

Cultivó también el teatro. Su obra más interesante es El adefesio (1944), vecina al "esperpento". Mencionar también El hombre deshabitado (1930), de un vanguardismo surrealista, La Gallarda (1945), El trébol florido (1946), Noche de guerra en el Museo del Prado (1956), de tipo político, etc.

Y entre diversos escritos en prosa, es imprescindible su libro de memorias, La arboleda perdida (1942), de valor inestimable tanto por su contenido como por su espléndido estilo.

 

Benito Pérez GALDÓS

Nació en Las Palmas de Gran Canaria en 1843.

Fue a estudiar Derecho en Madrid, ciudad de la que habría de ser el más ávido y profundo observador.

Lee con voracidad a los novelistas del Realismo europeo, aunque su mayor devoción va hacia Cervantes.

Desde muy pronto, su vida fue un escribir sin descanso.

Venerado primero, fue discutido después.

Sus últimos años fueron tristes: pierde la vista, conoce la penuria económica, sus enemigos impiden que se le otorgue el Premio Nobel...

Murió en Madrid, en 1920.

Ideológicamente, se adscribió primero al liberalismo progresista; más tarde adoptó posiciones más avanzadas y se proclamó republicano y vecino a los socialistas. Pero esta evolución fue acompañada de un espíritu cada vez más tolerante.

Su producción es ingente.

Escribió más de veinte obras dramáticas -estimables por su temática-. Algunas de ellas son adaptaciones de novelas suyas (Realidad, Doña Perfecta...). Importante fue Electra, famosa porque su estreno en 1901 provocó una auténtica batalla política entre liberales y tradicionalistas.

Pero si en algo hay que centrar la atención es en la obra narrativa galdosiana (¡más de un centenar de títulos!).

En ella, se distinguen dos líneas paralelas: los Episodios Nacionales y las novelas largas, con diversas etapas.

Los Episodios Nacionales constituyen un ambicioso proyecto:ofrecer una visión novelada del siglo XIX. Son cinco series; cada una consta de diez novelas de media extensión (salvo la última, interrumpida, que sólo tiene seis).

Las dos primeras (escritas entre 1873 y 1879) abarcan la guerra de la Independencia y el reinado de Fernando VII. A ella pertenecen los episodios más famosos: "Trafalgar", "El dos de mayo", "Zaragoza"...

Las series restantes (escritas mucho más tarde, de 1898 a 1912) llegan hasta la Restauración, pasando por la guerra Carlista, los vaivenes del reinado de Isabel II, etc.

Debe destacarse la creciente postura crítica del autor ante la intransigencia española o la ineficacia política.

Con los Episodios, creó Galdós un nuevo tipo de novela histórica, muy distinta de la romántica, por el esfuerzo de documentación y el propósito de objetividad. Añádase a ello el admirable equilibrio entre el aliento colectivo y las peripecias individuales, es decir, entre lo épico-histórico y lo novelesco.

En los años 70, a la vez que los primeros Episodios, Galdós publica varias novelas (Doña Perfecta, Gloria, etc.) que responden a su obsesión por los enfrentamientos ideológicos. En ellas suelen oponerse protagonistas de espíritu abierto y personajes de estrecha mentalidad tradicionalista. El propósito de atacar la intransigencia y el fanatismo es tan visible en estas obras, que las convierte en "novelas de tesis" algo primarias.

Las novelas españolas contemporáneas, así llamó Galdós a las veinticuatro novelas que publicó a partir de 1880. Estamos ante uno de los grandes monumentos de la novela mundial. Es un impresionante fresco del Madrid y de la España del momento: miles de páginas por las que desfilan todos los tipos sociales y todos los ambientes. Y en las que se entrecruzan todos los sentimientos, desde los más puros y nobles a los más mezquinos y perversos.

La mirada de Galdós sigue siendo la de un espíritu crítico, pero las "tesis" han dejado paso a un análisis más profundo y más abierto, con un fondo de enorme comprensión.

Algunas de las cimas de este magno mundo novelístico: La desheredada (1881), con cierta influencia naturalista; Tormento y La de Bringas (1884), en que alternan dramáticos conflictos, ambiciones ridículas, hipocresías, etc.; Miau (1888), en torno a un "cesante", o funcionario que ha perdido su empleo y su familia. Pero la joya de este conjunto es Fortunata y Jacinta (1886-1887); en ella, no se sabe qué admirar más, si las inolvidables figuras que le dan título, la rica galería de personajes secundarios, la sucesión de episodios o el amplio panorama social que los enmarca. Es la obra maestra de Galdós y una de las más altas cumbres de la novela española (en su tiempo, sólo La Regenta, de Clarín, se le puede comparar).

En los años 90 se percibe una inclinación de Galdós hacia los problemas espirituales. Así, Nazarín (1895) presenta a un sacerdote cuya pureza evangélica es incomprendida; y Misericordia (1897), otra de sus obras maestras.

El realismo de Galdós es el de gama más amplia entre los cultivadores de esta tendencia, pues atiende tanto a lo ambiental como a lo psicológico. Evoca los ambientes más diversos -calles, interiores, etcétera- con un relieve imborrable. Y sus personajes poseen una verdad que sólo puede conferir una honda comprensión del corazón humano.

Aunque el autor parte de una observación y hasta de una documentación rigurosa, el encanto de sus novelas reside en la sensación de espontaneidad y viveza del relato o de las descripciones.

Espontáneo y vivo es también su estilo, rico en registros, pero con preferencia por lo conversacional y con personales notas de humor. No ha faltado quien hable de descuido y hasta de ramplonería, pero es una prosa de gran expresividad, ágil y dotada de un gran poder de sugerir.

La fama de Galdós ha ido en aumento. Es reveladora la abundancia de obras suyas que se han llevado al cine (algunas por el gran Luis Buñuel) o a la televisión. Así ha vuelto Galdós a encontrarse con el fervor popular.

A la vez, abundantes y sólidos estudios lo sitúan, tras Cervantes, en la mayor altura de la novela.

 

Jorge GUILLÉN

Jorge Guillén, nacido en Valladolid en 1893, fue profesor universitario como Salinas, con quien tantas cosas le unieron.

Enseñó en París, Oxford (1929-1931), Murcia, Sevilla y -desde la guerra- en los Estados Unidos.

En 1977 recibió el Premio Cervantes, máximo galardón para escritores de lengua española.

Pasa sus últimos años en Málaga, donde muere en 1984.

Guillén ha sido definido frecuentemente como poeta "puro" o poeta "intelectual". Pero él mismo se declaró partidario de "una poesía pura ma non troppo" ("pero no demasiado"). Y sus poemas arrancan a menudo de un goce concreto de la vida.

Lo que sucede es que -como Salinas- Guillén estiliza la realidad y, partiendo de experiencias muy concretas, sensibles, extrae de ellas ideas o sentimientos quintaesenciados.

Su estilo responde a tal orientación. Es un lenguaje muy elaborado que, atento a lo esencial, elimina halagos accesorios, selecciona y condensa. De ahí que su poesía resulte difícil no por ornatos o audacias, sino por su densidad.

Guillén concibió su obra "como unidad orgánica"; y así, todos sus libros han quedado amparados por un título común, Aire nuestro.

Los distintos ciclos de que consta...

Cántico. Durante muchos años, el único libro del autor fue éste, engrosado en sucesivas ediciones: eran 75 poemas en su primera edición (1928) y son más de 300 en su versión definitiva (1950).

La palabra Cántico encierra una idea de "acción de gracias" o de alabanzas. Y es que estamos ante una poesía que exhala entusiasmo ante el mundo y ante la vida. La vida es bella, simplemente, porque es vida. Y el poeta se complace en la contemplación de todo lo creado. "El mundo está bien hecho", dice.

Como se ve, si la poesía se nutre frecuentemente de tristezas y angustias, Guillén es una notoria excepción por su radical optimismo. Ciertos temas lo confirman: rehuyendo lo nocturno o lo crepuscular, Guillén canta al amanecer o el mediodía, la luz plena; el amor no es sufrimiento, sino la cima del vivir; y la muerte, incluso, es considerada con actitud serena.

A Cántico se opone -en cierto modo- Clamor (compuesto de 1950 a 1963). El título equivale ahora a "gritos de protesta".

El optimismo del poeta no le impide ver las "discordancias" del mundo: injusticias, miserias, persecuciones, guerras, terror atómico. En suma, los poemas de este nuevo ciclo dan testimonio del dolor y del mal en sus más diversas formas. Ahora dirá: "Este mundo del hombre está mal hecho."

Pero, ante todo ello, la actitud de Guillén tampoco es de angustia o desesperanza, sino de una protesta positiva: "Es inevitable -dice- no transigir con el mal." Y bajo la denuncia persiste su fe en el hombre y en la vida.

Clamor lleva el subtítulo de "Tiempo de Historia" y se publicó en tres partes: Maremágnum (1957), Que van a dar en la mar (1960) y A la altura de las circunstancias (1963).

Si Cántico y Clamor formaban un díptico -cara y cruz de la realidad-, en 1967 se añade Homenaje, libro de contenido distinto: recoge poemas a diversas figuras de la historia, de las artes y de las letras, desde Homero a los contemporáneos.

Hasta aquí, Aire nuestro quedaba constituido como un tríptico. Pero Guillén siguió creando en una fecunda ancianidad.

Y aún publicó otros dos volúmenes: Y otros poemas (1973) y Final (1982) que contienen páginas hermosísimas.

La obra de Guillén es un caso infrecuente de poesía equilibrada y optimista. En definitiva, y cómo él dijo, es "cántico a pesar de clamor".

Su prestigio fue inmenso dentro de su generación y hoy la crítica ve en Cántico -que sigue siendo su cima- una de las obras máximas de la lírica europea del siglo XX.