Descansamuerto
| Don
Julián había amanecido de un
humor negro; hacia días que algo muy
profundo le preocupaba, sumiéndole
en cavilosas meditaciones, de las que salía
siempre, en un aullido de cólera que
tenía atemorizados a los peones de
la hacienda y sus servidores y familiares.
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La
causa era justa: la quiebra era inminente; las cosechas
malas se había sucedido unas tras otras,
y nada salvaría a don Julián de la
deuda, el remate y la acción Judicial.
La
hacienda de Huayán sería rematada
sin duda por los acreedores, y esto era la causa
de los quebrantos del hacendado.
Una tarde, ya casi cerca del crepúsculo,
contemplaba los potreros desnudos las espigas flácidas,
y los alfalfares raquíticos, acariciando
en uno de sus bolsillos, la fría culata de
un revolver que pondría fina sus días,
para librarlo así de la catástrofe
que le amenazaba.
Su
resolución estaba tomada, ya nadie podría
evitarlo. Sentóse en una piedra engastada
en medio del potrero y ya llevaba el cañón
a las sienes, cuando un ruido le hizo volver el
rostro.
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Eran
las pisadas de caballo; un caballo negro
como la noche, con ojos que brillaban como
la brasa, llevando en sus lomos a un caballero
desconocido, que parecía a primera
vista un viajero extraviado , que fue lo
que pensó el presunto suicida.
Caballero...!
(dijo el recién llegado). Me he perdido
por estos lugares; voy a la sierra, ¿Quisiera
Ud. Indicarme la ruta?.
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Don
Julián no sintió miedo, ni siquiera
sorpresa ¡Que le importaba nada estando en
las puertas de la muerte; sin embargo hubo algo
que no le pareció normal.
Era
la vestimenta impecable del recién llegado,
y su atavío que a decir verdad no era el
más apropiado para semejante viaje.
Me parece, (le respondió) que Ud. No dice
la verdad si no es un viajero para la sierra. ¿
Que busca por aquí?.
El Caballero dijo entonces sin ambages: Vengo a
aliviar tus penas, las conozco y me apresuro a poner
a sus ordenes mi poder y mis condiciones.
La
noche se acercaba, y los ojos del caballo relampagueaban
de modo siniestro. Don Julián comprendió
de quien se trataba. Era el Demonio quien le ofrecía
otra cosa que su propia alma.
La noche cubrió la escena con su manto negro
y cuando Don Julián volvió a la Casagrande,
todo había cambiado en él.
Desde aquel día, hubo prosperidad en la hacienda;
todo salió bien, las cosechas fueron abundantes,
fluía el dinero y una situación de
completo bienestar, puso alegría en todos
los espíritus.
Pero,
el tiempo transcurrió; no hay plazo que no
se venza, y fue así como don Julián,
vio venir, esta vez con terror, la fecha de la terminación
de su Contrato hecho con el enemigo del hombre,
a cambio de un poco de dicha terrena.
Una
enfermedad incurable y rápida le postró
en cama y un poco moría misteriosamente,
a solas en el campo, y en el mismo sitio en que
hizo el pacto.
Era
costumbre por entonces , sepultar los cadáveres
en Huaral, los peones y familiares organizaron una
caravana para trasladarlo en hombros cargado, en
caravana. La distancia entre Huayán y Huaral
era considerable, y al no existir en ese mismo tiempo,
la irrigación de "La Esperanza",
el Camino de herradura, pasaba por una especie de
portachuelo, que viniendo de Huayán, se encuentra
sobre el Cerro "Bilbao" y va dar a las
cabeceras noreste, de la hacienda Huando. Antes
de transmontar el portachuelo, los cargadores se
detuvieron a descansar en la arena de la pampa caldeada
por un sol reverberante, y barrida por el viento
que formaba pequeñas dunas y luego las deshacía.
Fue
entonces cuando sucedió algo terrible: Un
fuerte y repentino ventarrón, batió
la sabana de arena de la pampa, convirtiéndose
en un remolino que avanzó en dirección
al cadáver, envolviéndolo en un torbellino
que fue a perderse lejos, como refugiándose
en los repliegues de los cerros vecinos.
Los
cargadores sorprendidos, quisieron proseguir la
marcha y fueron a levantar la parihuela, pero todo
esfuerzo fue inútil, pesaba demasiado; al
examinarlo, vieron con estupor que el cuerpo se
había convertido en piedra.
Desde
entonces existe en aquel lugar, el cuerpo petrificado
del hombre que pacto con el diablo; allí
esta desafiando los siglos con su forma de ataúd
sin tapa, dentro del cual, parece verse el cadáver
con los brazos cruzados. Es una piedra única
que duerme el sueño de los siglos sin destruirse.
Cuando
el sol reverba, parece que la piedra sudara por
entre los repliegues de su estructura. Tal vez,
lagrimas tardía de un arrepentimiento que
ya no pudo significar la salvación del alma
que animó ese cuerpo desdichado.
De
allí , que a dicho lugar de le llame: "Descansamiento".
Más allá existe una cruz que la mano
piadosa de sus devotos renueva todos los años.
Tiene
más o menos 450 años, y parece revelar
al caminante, esta vieja historia que todos conocen
en Huaral.
El
callejón de las animas
A espaldas del Templo de Huaral existía un
pasadizo o callejón, donde habían
casuchas habitadas por humildes, este callejón
empezaba en la calle derecha y finalizaba en la
Av. Solar en una de esas casuchas vivía una
vieja, especia de bruja, quien gustaba saber la
vida de los vecinos, estaba hasta altas horas de
la noche, mirando lo que sucedía.
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Al
día siguiente lo contaba, pero aumentándolo.
Una vez al estar mirando desde su escondite,
a parejas de enamorados, oyó de repente,
algo así como cantos religiosos, viendo
luego el acercamiento de una procesión
con muchos acompañantes, todos vestidos
de blanco, llevando grandes velas. La vieja
al ver esto se puso de rodillas y rezó,
pensando que seguramente era la fiesta de
algún santo. Al pasar la procesión
por su casa, se le acerco un acompañante
y le entrego una vela diciéndole con
voz cavernosa: |
-
¡Mañana me la devuelves, a esta misma
hora!
La mujer la recibió, guardándola en
su baúl. Se fue a acostar, pensando que los
acompañantes habían sido buenos con
ella, pero no les había podido ver la cara.
Preocupada y deduciendo luego, que no había
fiesta a celebrarse en esos días.
El
sacerdote le hizo ver que ella tenía una
fea costumbre; y le hizo prometer que nunca más
cometería ese pecado; pero ella tenía
que devolver el paquete, entonces el sacerdote le
aconsejó que buscase una criatura y que cuando
las animas fueran en busca de su encargo, pellizcase
al bebé a fin de que el niño llorase
y asi ella pudiera salvarse.
Esa
noche tal como le dijo el Sr. Cura y espero pacientemente
la hora. Cuando escuchó los cánticos
de la procesión.
Cuando llegó a la puerta la comitiva, se
oyó una voz cavernosa que dijo: ¡Hermanaaa......
entrégame la vela que te deje!. Al hacer
la entrega de la vela este pellizco a la criatura,
quien lanzó un grito de dolor.
Al
oír este grito, la voz dijo:
¿Por esa criatura te salvas.........!
la mujer más muerta que viva, juró
nunca más ser oletona y olvidarse de esta
fea manía.
Cuando la gente se enteró de lo acontecido,
bautizaron este pasadizo con el nombre de "Callejón
de las Animas".
El
cerrito de las delicias
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Cierta
noche un joven del lugar al dirigirse a su
chacra sito en la Ex - Hacienda "Retes",
tuvo que pasar a pie por el cerrito "Delicias"
y dice que le ocurrió algo extraño.
Vio en la cumbre del cerro a manera de una
procesión de ánimas vestidas
de blanco, sin cabezas y con velas en las
manos rodeaban la cruz que se encuentra en
la cumbre del cerro.
Los
pelos se le crisparon y hecho a correr, llegando
a su casa sin poder hablar.
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Cuenta
luego que otras personas también, al pasar
cerca del cerro han visto bultos blancos o negros,
bolas de candela que ruedan por las faldas del cerro.
Todos
saben que allí se encuentran los cadáveres
que justifica que las faldas de este cerro sirvieron
de panteón a los chinos y quizás ello
contribuya a atestiguar estas versiones.
Florecilla
de San Martin
Don Aurelio Buitrón Carrillo (Q.E.P.D) era
un huaralino de pura cepa y de singular prestancia;
su don de gente y el magnetismo de su persona, atraían
poderosamente, dándole numerosos amigos.
Menudito
y conversador, se hacia simpático por eso,
y por los dichos que siempre tenía a flor
de labios, tales como: "¡Puchamama!"
"Ventichinco" y otros, cada uno de los
cuales tenía su historia.
Reunirse
con él, era pasar un rato ameno, y si a todo
esto añadimos la eterna sonrisa que era su
compañera inseparable, y el hecho de que
a nadie decía que no, nos permite formarnos
una idea concreta de la personalidad de don Aurelio.
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Desde
hacía mucho tiempo, era devoto de Fray
Martín de Porres. En cuanta ocasión
se le presentaba, iba a la Iglesia y rezaba
postrado ante la imagen del moreno traumaturgo.
Cuando
se hallaba en alguna dificultad, le pedía
un milagro y casi siempre le era concedido.
Por eso su devoción era cada vez más
intensa y lo llevó a fundar la Hermandad
de San Martín de Porres en 1941.
Nos
contaba que tuvo la suerte de recibir un milagro
de San Martín, allá por el año
1925, durante el desastre que ocurrió
en esa fecha en San Miguel, lugar donde vivía
con su familia. Las aguas arrasaron toda la
parte allá del valle, llevándose
todo lo que encontró a su paso. |
Como
es de comprender, todos quedaron desamparados, sin
aliento y comunicación. Don Aurelio se encontraba
en Santa Catalina trabajando en su mina de carbón
"Julieta", cuando sucedió este
hecho y su familia se encontraba en San Miguel.
A
la semana, arreglaron la carretera y ya pudo llegar
el carro panadero del señor Matsumoto, que
entregó una encomienda que mandaba un señor
desconocido para don Aurelio, su señora encontró
en dicho paquete carne y todo lo necesario para
varios días.
También
don Aurelio ya puedo ver a su familia y fue enterado
de dicha encomienda la que le atribuyeron a algún
familiar de ellos del pueblo.
A
los días vinieron a Huaral y empezaron a
averiguar quien había sido tan gentil de
socorrerlos en esos tristes momentos, pero fue inútil,
nadie sabía nada y no aparecía el
bondadoso benefactor. Hasta que a don Aurelio se
le ocurrió preguntar al señor Matsumoto.
El le dijo que no conocía a esa persona pero
que le pregunte al señor Naupari, porque
de allí salió con el paquete. Dicho
y hecho, fue a la carnicería y habló
con el señor Naupari. Este le manifestó
que efectivamente, es esos días había
ido a comprarle un señor moreno con ropa
negra y tenía un cuellito blanco que parecía
un cura, le compró carne y le pidió
que por favor agregara al paquete; el que él
traía y que le pregunto como podía
hacer para mandarla esa encomienda a San Miguel.
Como justamente el "Carro - panadero"
estaba frente a su negocio esperando pasajeros,
le indicó que ese era el carro.
Don
Aurelio, con la fe que tenía, saco de su
bolsillo una estampa de San Martín que siempre
lo acompañaba y se lo mostró al señor
Montesinos, preguntándole si se parecía
a aquel. Este al verlo dijo: "Dios mío,
así era aquel hombre" y al momento se
volteó rápidamente y empezó
a mover papeles de su cajón, hasta que encontró
un lapicero y dijo: "con este escribió
tu nombre", y todo emocionado se santiguo y
dijo: "Desde hoy día también
seré devoto de San Martín".
Este
milagro ha sido rectificado del Álbum de
Oro II, por la hija de Don Aurelio, que da fe que
así sucedió este milagro en marzo
de 1925.
POR
HUARAL PASO DIOS
Contaba mi abuelito, Emilio, cuando el que esto
escribe tenía 6 años que por estas
tierras huaralinas paso Dios.
Este
pueblo heredó las enseñanzas del cristianismo
por los doctores que venían a la entonces
iglesia con rango de vice - parroquia, dependiendo
del distrito de Chancay.
En
realidad, los pobladores de este valle hemos tenido
siempre la certeza de que las asechanzas ocurridas
en otras zonas del país, nosotros tenemos
a alguien que nos cautela, que nos libra de mayor
cuantía. No por eso vamos a jactarnos de
contar con un seguro. Hemos tenido terremotos, temblores,
lluvias (como la ocurrida en 1920). Pero hemos salido
indemnes.
En
1934, con el Dr. Emilio C. Vega, (que esta vivo
en Guacho) de Párroco de la Iglesia Matriz
San Juan Bautista, tuvimos un congreso con la presencia
del Arz0obispo Pedro Pascual Farfán, gracias
a la movilización de catequistas que visitaban
a todas las haciendas. La inauguración fue
en el Cine Teatro Internacional y la Asamblea Final
en la Plaza de Armas.
Todo
lo mencionado es para fundamentar que este pueblo
tuvo mucha fe católica y cristiana.
Me
contaba el abuelito Emilio y mi otro abuelo materno
Martín Cahuas Reyes, que una vez llegó
a esta ciudad un hombre de 1.80m. de estatura, demacrado
quizás por la caminata, su vestido algo raído
y sucio. Sus largas barbas, pero de una mirada fija,
denotando preocupación en su mirar compasivo.
Se apareció en la Avenida Los Naturales y
siguió caminando a pasos por la Calle Derecha.
A
veces se detenía para recibir un poco de
agua, pero no la bebía, sólo besaba
el agua mojando sus labios. No hablaba con nadie
sino alguna venia de agradecimiento.
Algunos
muchachos querían seguirlo. Pero entrañaba
respeto. Muchas damas se postraban a su paso. Pero
el siguió su camino su camino por la Avenida
Retes, con el rostro cambiado, como que había
repuesto su cansancio.
Pero,
el estallido aparentemente de un cohete distrajo
a sus seguidores de lejos. Cuando retomaron la vista
el personaje había desaparecido del firmamento
huaralino.
Después
se supo que en otros pueblos lo habían recibido
en mala forma, felizmente los huaralinos tienen
como herencia abrir los brazos a los peregrinos.