Villavieja, a 14 de Agosto

Apreciable don Cosme:                           

Confío se halle bueno. Remito la presente a su inteligencia, pues para otras luces semejará cifrada. Hice entrega a don Eduardo del capacito y la bula de carnes como indicó. Le advierto que lo encontré abismado, don Cosme, arrebatado por las iras y temores de su pupilaje. Recordará V. aquellos tiempos de vicio y gula, de donoso albedrío de licenciado cabra, en los que administraba averíos y goces de salud con tanto ingenio: “¡Coman, que mozos son, y me huelgo de ver sus buenas ganas; dejen para los criados, no lo queramos todo!”… Por momentos, la menguante suculencia aviva el espanto de sus fecundos próceres.

Se dice que burló a don Eduardo un sirviente medio espíritu y tan poca cosa en calzas que ni Paco Tiestos le apodaban, y a quien hubo que cebar con perdices y carneros para elevarlo a don Francisco de Campos. Y el quídam instituyó su corte. Cría cuervos… Es sabido: en la torre cae centella que no en la cueva; y quien no es benévolo en lo alto si cayere lo hará en fardo. Parece éste don Francisco hombre cabal; no estimo que fíe en cielo estrellado ni en palabra de mezquino, mas se le reconoce destreza ninguna por oficio, y rumorean que como ejerciente de lo sport no pugnó jamás con rival digno. Pocas artes, mas otórguesele el tiempo. Ya sabe Vd. que Salamanca no hace milagros, y el que va jumento, no vuelve lumbrera.

 Ni la mortaja es nuestra, don Cosme, sino de la tierra. Algunos prohombres se niegan a entender que el sillón de diputado carece de amo, y que lo suele ocupar más el necio que el sabio, y a la voz de ¡hablen!: hablan, y donde dicen ¡ladren!: ladran para conservarlo. Virtud poca se precisa, mansedumbre tanta. Don Francisco no es obtuso en sus principios y trocó hombres y albardas; a unos acomodó más anchos, otras colocó más largas. Estalló motín a bordo. Los salientes con capirote que se solazaban en faisán no se contentan con pan, rabanillos o procesión de ánimas. Y los entrantes por coronación, que sufrieron más fatigas que los yunques, ahora, por creerse mazos, la emprenden a porrazos contra quien ose huir o plantarse intente. ¡Todo es hambre!

 Me inquiere, amigo, por el asunto de la acequia mayor, a la que trasvase llaman por estos pagos. Malhadados somos. Esgrime el novel gobernante que el agua de avenida mal se orina y que si cría ranas y pudre la madera: con el cuerpo ¿qué no hiciera? Los que avecindan al norte nos advierten que si por la suya porfiamos, apañemos bergantines bien provistos de garrafas pues por tierra no ha de llegar; y que la dulce que arribe por mar será regalo del Cielo. Desde la Villa y Corte razón dan que ni por esas, y arguyen que el puntito de sal en todo cae bien, y que el manjar poco agraciado, si bien salobre, entra gustoso. Este Zapatero, don Cosme, lleva las suelas gastadas y el hilo rancio, pero sonríe y se lisonjea; con los ingleses: ni buen talante ni partir nueces, que la carne comen y la cáscara dejan; con los americanos: diálogo de besugos o juego de manos, que si su espada es vencedora, nuestra palabra convincente. Y al lego enano que fuera presidente, ¡venga leña!, por hinchar la cresta y tratar a Dios de hermano.

 De mi pequeño país litoral que hermosea el coloso Ifach, poco le diré. Aquí subsisten los mismos, ganando lustre en carnes y cueros, adocenando doblones. Sí, don Cosme, comen como fraternos, que el descaro les da con qué; no riñen, que para todos hay. Y cuando aflojan los pertrechos asaltan un corral, retuercen la nuez de las gallinas, se las comen sin pelar, y para aligerar regüeldos arramblan con el melonar. A la saca., ¡voto a bríos, no remilguen!, pues bocado grueso que por la boca ingresa, siempre halla luz por donde el espinazo muere. ¡Cuántos trapaceros vemos en candela, y cuántos buenos varones en aceite y orza!

 Quedo ansioso, a la espera de sus nuevas. Mis expresiones a su señora esposa Gertrudis, al señor alcalde ordinario que confío no lo sea, al señor Cura,  y para Vd. el reconocimiento de mi estima y amistad sincera.

 Don José Luis