Villavieja, a 22 de Enero

 

Mi respetabilísimo amigo:

 

Garrapateo estas atolondradas líneas con mucho azogue y pulso temblón, y no sosiego con tisanas ni con gargarazas de porrón. Me hallo alarmadísimo, don Cosme, quede V. persuadido, pues graves sucesos y terribles quebrantos acechan a mi provinciano país. Ayer, con el clareo de amanecida, unos afanosos lugareños de camino a sus labores, encontraron atajadas las viejas coladas de Benisa y de Teulada con barracones y trincheras, y fueron fogosamente rechazados por insultos y algaradas de dos gavillas de insurrectos. Con gran susto retornaron al pueblo los paisanos, precisando de vivos cuidados para liberar el habla y recobrar el juicio, y súpose más tarde por las noticias de dos carabineros, que en estos puntos se atendían grandes vivas y voces destempladas, y que un trapo encarnado ondeaba con grande orgullo sobre una corraliza del lugar. Un pastor con su tropilla fue repelido a cantazo limpio por uno a quien clamaban “Gran Bernat de Bañuleche”, propicio mozo y conocido cabecilla, así apodado por agriársele siempre un calostro en disputas, grescas y rencillas.

 

            Sobre las 10, apareció en el pueblo por el portalón de la muralla, un tipo andrajo de las vendas de San Lázaro colgando de un bastón, y se dijo que por molido a palos no atinaba ni su nombre, y que fuera de entereza y valentía la deserción tras los brutales escarmientos en sus carnes. Bañado en aguas y resucitado en caldos, dio aviso de los acontecimientos que asolan el caserío de la Cometa, pues el tal Bañuleche andaba decidido a pronunciarlo cantón, proclamarlo independiente, e instituirlo en  nación.

 

            Relató el renegado de las llagas, que el tal Bernat algún tiempo llevaba catequizando almas y sorbiendo sesos por la aldea, y que al grito de “¡Viva el Caserío Soberano! se llevó a la muchedumbre detrás -que serían unos quince- hasta la Masía de la Viuda, reconvertida en Palacio Ministerial, donde dio papeles a firmar, y ufano declarose Ciudadano Presidente Intitulado de la Junta Revolucionaria Nacionalista del Cantón Federal e Independiente del Caserío de la Cometa, y al baladro de ¡abajo todos los reyes!, dio a correr licores y vinos como lebreles. En ese fausto acto designó Comandante General de la Columna de Zapadores del Tosal, a un hermano de su leche elevado a don Javier, y capitán a un tal Torrado, quien raudo apañó un sargento, un tambor y dos soldados, y con tres legones y buenas albardas, dejó el pelotón armado. Declaráronse vacantes los puestos de Almirante de la Leal Escuadra y Capitán de Fragata, pues careciendo la ínsula de salida a la mar, no se halló por los bancales vestigio alguno de faluchos, lanchas, polacras ni patas de calamar.

 

            Reunido el gentío en la Plazuela de la Flor, Bañuleche a un garrofer trepó y apareciendo por sus ramas la arenga y pronunciamiento largó: “¡Cometeros! Quiero en este bienaventurado momento, besar las manos de mi maltratada Patria y llorar con ella las desgracias coloniales. ¡Oh, hijos de este rincón del mundo!, fuimos pacientes, pero ahora confío en que la firmeza de la razón persista: el pan nuestro devora el concejal hambrón, y la tierra arrasa el vil imperialista. No les faltará leña. El caciquismo político ha venido imponiéndose a la voluntad libérrima de los pueblos, creando a su sombra verdaderas hordas de vividores sin conciencia, capaces de tragarse a media humanidad en beneficio de sus particulares intereses. 

 

¡Dios nos guíe! Mídome el cráneo, y os afirmo que en él cabe la grandeza de un Estado, y os ordeno me tengáis por valeroso aventajado. El lugar de la Cometa por justicia deslindemos, ¡asistidme, hermanos, por dechado de carisma!, que a quien ose tocarme los mojones, ¡agarraré un garrote y le partiré la crisma!”. Y todo eran vítores y cánticos de alborozo.

 

            ¡Ay, don Cosme, con tanto brío, barrunto que al Bernat tengan en la villa por un gran macho cabrío! Dícese que el alcalde ha dispuesto que el Leopoldo apañe brasas y tres cabritos sacrifique, pues convocados fueron los regidores a un banquete de trabajos ante el brete, y es debida prevención para el concejo, un buen acopio de víveres y garrafas rebosantes, que pararse a pensar mucho desgasta, y para pergeñar disposiciones, de robustez el cuerpo bien precisa, pues a gran desánimo la reflexión arrastra.

 

            A instancias de un soplo de inspiración divina, sobre las 4 y por su cuenta, tomó el señor cura camino hacia la aldea a lomos de borrico para remediar el pleito, en el convencimiento de que quien gasta sotana, logra siempre lo que le viene en gana, y como a unas cien varas del revuelo, sacó el tonsuras un pañuelo que llaman de parlamento. Fue recibido el rector en el fortín con gran respeto y muchas expresiones, y conduciéndose a la ermita, puso a San Juan Bautista por testigo de sus deliberaciones:

 

"Pax nobiscum, Bañuleche, que si tú eres de hierro, yo me tengo por acero", largole el señor cura; "en la iglesia, latinajos y sermones le tolero, misales, mas sepa que en mi casa no los quiero", respondiole el cometero. "¡Al terco doy dos higas, Bernat, así que no me contradigas!", humeaba el sotanero; "cura porfiado, necio consumado", guaseaba el Presidente. "¡¡Y tu, villano cazurro, nunca caerás del burro, échate al cuello un cencerro, que te seguirá todo el pueblo…!!”, por los clavos de Cristo que bramaba el del bonete; “padre santo, dale que dale, que por un oído me entra y por el otro me sale.”, cerró plaza el Bañuleche. Con estas bagatelas retornó el ministro del Señor de anochecida a su casa y a sus cosas, con el ánimo removido por lo visto y dos mistelas, y agarró el lecho bien temprano con un gran martirio de sesera.

 

            Así está el terruño, don Cosme, y le aseguro que vivimos en un puño. En pocos días le haré sabedor del curso de avatares, y mucho ruego que nos tenga en oraciones, que con buen talante todo se conduce; veremos lo que el diálogo produce, que a tortas Bañuleche nos compone.

 

            Suyo servidor, su fiel amigo.

 

D. José Luis