Villavieja a 23 de Octubre

 Estimable Don Cosme:

 Remito a V. estas apresuradísimas líneas para hacerle sabedor de un pasmoso suceso que nos tiene en gran conmoción. Está misma mañana, afanado en trabajos caseros, di con mi cabeza en un tabique de la sala que tañendo hueco dio el aviso, y con grandes mazazos descubrí tras los escombros un gran ropero podrido por el que asomaba un soldado en esqueleto a cachos, que hacía risas sin mandíbula, amortajado en una guerrera azul y con un chacó y fusil junto a su cráneo hendido. ¡Oh, espantosa visión! Mi señora desfalleció en mis brazos al contemplarlo, y Manola partió rauda al pueblo con grandes voces y regocijos macabros desoyendo mis cautelas. Mientras alarmadísimo reanimaba a mi esposa, retornó la sirvienta con dos ranas y una mata de ruda que situó en el gollete del fósil principiando a hacer aspavientos y melindres. Mi Manola que es devota de hechicerías desorbitó los ojos, y con muchas erres expresó que tratábase de Fransuá, difunto de Lafráns, y quedamos mudos con grandes miedos. Qué terribles momentos.

 Al rato entraban en mi estancia el alguacil, los regidores principales y señor cura, por lo que apresuré en poner mis visibles objetos de valor a buen recaudo. Internose el rector con gran pompa dentro del ropero para asistir el cadáver, y aleccionole Manola a salir del armario bien presto que era acción de extremo peligro permanecer en él. Perseveraba el cura en grandes cavilaciones e indicó finalmente que el muerto debiera ser sacrílego de 1813, ultrajador de santos y profanador de casullas en la guerra del francés, por lo que percibiría justo reembolso, y que él no daba entierro. Y tomó las de Villadiego. Culpó el alcalde a mi difunto padre del garrotazo que la testa del huésped semejará cáscaras de nuez, y yo con gran dignidad afirmole que no era costumbre de esta mi casa guardar muertos en los armarios, y dándose el edil por aludido buscó gresca. Anda éste con grande enojo pues no consiento el canje del pollino por tres chotas que sólo dos le ofreciera, y amenaza con reventar el bicho si no accedo al truque que bien conoce el goloso de mi misericordia. Veremos si con un guarro negro concertamos.

 La sirvienta previno a los presentes del mal agüero, y estimó la aparición premonitoria de mucha desgracia por lo que tembló lívido el síndico mantecas de las turbias. Pedí por caridad solución a todos y alborotose media corporación que son tres y mal avenidos, y haciendo desfile por la puerta, expresaron que en el concejo eran más pollos que gallos y que cacareáramos con estos últimos los fatales presagios. Quedaron alcalde y síndico con medio espíritu y sin convenir palabra, y di por bueno que Manola alojara la osamenta en dos capazos, y con el resto hiciera hoguera en el sequero. Amenazome el síndico con mucha saña –pues no me tiene en gran estima- por tomar yo estas disposiciones con tanta arrogancia, y dio palabra de airear grandes secretos para atajar mi vanidad. Colmose el vaso de mi paciencia y por no arrear un estacazo use del verbo, y a las claras le puse que amenaza el miedo que no el denuedo, y quien lo hace a un enemigo es que no las tiene todas consigo, y así recibí dos de leña. Tomaron el portón y yo quedé largo en el suelo mirando las viguetas.

 El muerto soldado está en la cambra en amasijo vigilando el almendrón, y mi sirvienta Manola por el campo buscando excrementos de res, hojas de beleño e hinojos para destilar un caldo de venganza lechuza.

 Y yo mi buen Don Cosme doy el día por concluido que me espera la noche, y más padezco por mi honor que por mi ojo. Quede V. en salud y reciba mis expresiones.

Don José Luis