Villavieja, a 4 de Diciembre

 

            Apreciable Don Cosme:

      Lamento profundamente tener que molestar su atención por tan indeseable motivo, mas la estancia de su cuñado, Don Aniceto Gabán, en Villavieja, ha concluido por arruinar nuestra apacible rutina con un terrible sobresalto. Esta madrugada, alarmados mi esposa y yo por no hallarnos perseverando en el padecimiento de sus atronadores ronquidos, golpeamos en la puerta de la alcoba y le descubrimos momio en puros cueros, por lo que inquietadísimos, hicimos llamar con premuras al médico y al Sr. cura a quien, ciertamente, en su espera perduramos.

 El cuerpo panza en alto asemejaba aspa sobre el suelo. Su faz se hallaba calmosa, sin expresión de zozobras; el calor existía en su tronco y miembros, pero las manos y pies aparecían tan frescos como siempre tuviera el rostro. No se observaba rigidez macabra en ninguna parte, como no fuera en el codo derecho que se podía extender con gran dificultad, acaso anquilosado por el trasiego de vasos copiosos al belfo de las libaciones; un espejo colocado por el galeno delante de su boca no había sido empañado ni engullido. Abierta la vena cefálica dio una pequeña gota de sangre que fue saludada por todos con grandes expresiones al brotar del gran tacaño. Después de la ligadura de la sangría ni el amoníaco en la nariz ocasionó respingos, ni fricciones al exterior del cuerpo conmoción inesperada, que muchos se irán sin óleos santos al otro mundo pero sin zarandeos, ninguno. Propuso el facultativo como elección desesperada emplear un milenario uso aborigen que es trabajosa aplicación de vara por semejante parte, y a éste me negué estremecido, y no cabalmente por ser insulto a la decencia. La celeridad del suceso y sobre todo la falta de lesión anterior establecieron presunciones de una muerte súbita por pasmo.

 Apareció Manola, mi sirvienta, con sus aparejos de hechicera, y coronole la testa al difunto con una culebra seca, y sin más dengues y con malévola expresión, aconsejó se procediera al ritual indígena ancestral, y así principió el médico a concertar bastón, mas no alcanzole tiempo para culminar el rito, pues vimos a Don Aniceto brincar cuan rayo ante las trazas del cruel ceremonial. Marchose el facultativo entre asombros y enojos y quedé yo en las barbas de Gabán con tal rictus que hubiere acoquinado a Torquemada. “Alguno te ahorcará, Gabán, pues por guasón te tenga, y aún colgando del cadalso, le sacarás la lengua”, le largué a su familiar con gran disgusto. Observome el gorrón sin turbación alguna y repuso con insolencia: “Pariente que principia por cú, ¡cómetelo tú!”. E hízose la luz para mi ventura, pues vi detrás de esta muerte fingida gato encerrado y muy pocas burlas. Y en esta cavilación ando con grandes desasosiegos.

 Y es que no hay cuñado de su cuñado, firmante espectral de entuertos o asaltante de corrales por cuenta del otro, que no se de por muerto en ventajoso momento y luego resucite al mejor descuido con muchas discreciones. Aún recuerdo, Don Cosme, el caso narrado por Boerhave, de la única hija de un rico holandés establecido en las colonias de América, muerta con apariencia de una calentura epidémica, a la que devolvió medio espíritu un negro con ciertas yerbas. Tras el susto, el padre impidió bodas y parentescos políticos por grandes sospechas contra su hacienda y a todo lugar llevaba a la moza en litera con el cordón de una campanilla atado a su muñeca para fe de vida. Otro caso nos relata Feijoo, de un escribano, natural de As Rapiñas de Artaixo, quien apareció al día siguiente de haber sido enterrado con la lápida removida, el cadáver ladeado, y con un hombro puesto en ademán de forcejeo. Todo apunta a que la fatal brega fue con su cuñado, pues pocos años después se les vio a ambos juntos, bien convenidos y con grandes júbilos en un lupanar de Vigo.

 Muy celebrado fue el caso de Francisco Civile, gentilhombre normando de tiempos de Luis XI, el cual se calificaba en sus títulos de tres veces muerto, tres veces enterrado, y tres veces resucitado por la gracia de Dios. La Historia ingrata no guardó memoria del arte y la gracia de su aventajado cuñado.

 Convenga V. mi buen amigo que cualquier lumbrera que adolezca de dicho pariente, no hará remilgos por echar mano de tío carnal y componer milagros. Así es la cuestión de uno que llegó a este pueblo con una mano detrás y otra delante, y bautizado en regidor de leyes apañó bien el morral, marchóse al otro mundo que le llamara un tal Facundo, y a la voz de ¡no asan carne!, de él presto volverá con íntegra anatomía, íntegra economía e íntegra propiedad. ¡Qué vivo el muerto!

Y qué decirle de estos usos en la Villa y Corte. Con el cambio de gobierno de S.M. principian a resurgir difuntos y espectros por doquiera, y como siempre es el caso, sin mengua de ricos caudales ni terrenales haciendas. Uno lo hace en Luxemburgo, tras haber visto consumidos mil cirios funerarios; otro, tricornio de ultratumba, se pasea por el mercado de la capital sin mostrar vergüenzas, calzón viejo ni pellejo fatal. De la argolla a su vera, un alma en pena se desespera por reencarnar en Alpera, que fue lugar donde diera, recaudo a su fortuna entera. ¿Y no dejarán muchos rastros las pisadas de tal procesión de ánimas de oro, Isidoro? ¡Pamplinas!, mírales bien las suelas que por algo el Zapatero es remendón

Mucho me agradaría redactar esta carta en vernáculo, mas ya sabe buen amigo que disfruto de un muy pobre dominio de la lengua catalana. Quedó como siempre deseoso de saber de V., Don Cosme, y mucho reconocería que me correspondiera a la mayor celeridad dable, pues preciso me instruya prontamente como apetece que le remita a su cuñado Gabán: si fileteado en finas lonchas o bien majado en embutidos.

Don José Luis