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Francisco nació en Asís ciudad de Umbría,
(Italia), en el año 1182. Después de una juventud disipada en diversiones, se
convirtió, renunció a los bienes paternos y se entregó de lleno a Dios. Abrazó
la pobreza y vivió una vida evangélica, predicando a todos el amor de Dios.
Dio a sus seguidores unas sabias normas, que luego fueron aprobadas por la Santa
Sede. Inició también una Orden de monjas y un grupo de penitentes que vivían
en el mundo, así como la predicación entre los infieles. Murió el año 1226.
Ciertamente no existe ningún santo que sea tan
popular como él tanto entre católicos como entre los protestantes y aun entre
los no cristianos. San Francisco de Asís cautivó la imaginación de sus
contemporáneos presentándoles la pobreza, la castidad y la obediencia con la
pureza y fuerza de un testimonio radical.
Llegó a ser conocido como el Pobre de Asís por su
matrimonio con la Pobreza, su amor por los pajarillos y toda la naturaleza. Todo
ello refleja un alma en la que Dios lo era todo sin división, entregándose
enteramente a Cristo.
Su padre, Pedro Bernardone, era comerciante. El
nombre de su madre era Pica y algunos autores afirman que pertenecía a una
noble familia de la Provenza. Tanto el padre como la madre de Francisco eran
personas acomodadas. Pedro Bernardone comerciaba especialmente en Francia. Como
se hallase en dicho país cuando nació su hijo, las gentes le apodaron "Francesco"
(el francés), por más que en el bautismo recibió el nombre de Juan. En su
juventud, Francisco era muy dado a las románticas tradiciones caballerescas que
propagaban los trovadores. Disponía de dinero en abundancia y lo gastaba pródigamente,
con ostentación. Ni los negocios de su padre, ni los estudios le interesaban
mucho, sino el divertirse en cosas vanas que comúnmente se les llama
"gozar de la vida". Sin embargo, no era de costumbres licenciosas y
acostumbraba a ser muy generoso con los pobres que le pedían por amor de Dios.
Cuando Francisco tenía unos veinte años, estalló
la discordia entre las ciudades de Perugia y Asís y en la guerra, el joven cayó
prisionero de los peruginos. La prisión duró un año, y Francisco la soportó
alegremente. Sin embargo, cuando recobró la libertad, cayó gravemente enfermo.
La enfermedad, en la que el joven probó una vez más su paciencia, fortaleció
y maduró su espíritu. Cuando se sintió con fuerzas suficientes, determinó ir
a combatir en el ejército de Galterío y Briena en el sur de Italia. Con ese
fin, se compró una costosa armadura y un hermoso manto. Pero un día en que
paseaba ataviado con su nuevo atuendo, se topó con un caballero mal vestido que
había caído en la pobreza; movido a compasión ante aquel infortunio,
Francisco cambió sus ricos vestidos por los del caballero pobre. Esa noche vio
en sueños un espléndido palacio con salas colmadas de armas, sobre las cuales
se hallaba grabado el signo de la cruz y le pareció oír una voz que le decía
que esas armas le pertenecían a él y a sus soldados.
Francisco partió a Apulia con el alma ligera y la
seguridad de triunfar, pero nunca llegó al frente de batalla. En Espoleto,
ciudad del camino de Asís a Roma, cayó nuevamente enfermo y, durante la
enfermedad, oyó una voz celestial que le exhortaba a "servir al amo y no
al siervo".
El joven obedeció. Al principio volvió a su antigua
vida, aunque tomándola menos a la ligera. Las gentes, al verle ensimismado, le
decían que estaba enamorado. "Sí", replicaba Francisco, "voy a
casarme con una joven más bella y más noble que todas las que conocéis".
Poco a poco, con la mucha oración, fue concibiendo el deseo de vender todos sus
bienes y comprar la perla preciosa de la que habla el Evangelio.
Aunque ignoraba lo que tenía que hacer para ello,
una serie de claras inspiraciones sobrenaturales le hizo comprender que la
batalla espiritual empieza por la mortificación y la victoria sobre los
instintos. Paseándose en cierta ocasión a caballo por la llanura de Asís,
encontró a un leproso. Las llagas del mendigo aterrorizaron a Francisco; pero,
en vez de huir, se acercó al leproso, que le tendía la mano para recibir una
limosna. Francisco comprendió que había llegado el momento de dar el
paso al amor radical de Dios. A pesar de su repulsa natural a los leproso,
venció su voluntad, se le acercó y le dio un beso. Aquello cambió su vida.
Fue un gesto movido por el Espíritu Santo, pidiéndole a Francisco una calidad
de entrega, un "sí" que distingue a los santos de los mediocres.
A partir de entonces, comenzó a visitar y servir a
los enfermos en los hospitales. Algunas veces regalaba a los pobres sus
vestidos, otras, el dinero que llevaba. En cierta ocasión, mientras oraba en
una iglesia en las afueras de Asís,
le pareció que el crucifijo le repetía tres veces: "Francisco, repara mi
casa, pues ya ves que está en ruinas". El santo, viendo que la iglesia se
hallaba en muy mal estado, creyó que el Señor quería que la reparase; así
pues, partió inmediatamente, tomó una buena cantidad de vestidos de la tienda
de su padre y los vendió junto con su caballo.
En seguida llevó el dinero al pobre sacerdote que se
encargaba de la iglesia de San Damián, y le pidió permiso de quedarse a vivir
con él. El buen sacerdote consintió en que Francisco se quedase con él, pero
se negó a aceptar el dinero. El joven lo depositó en el alféizar de la
ventana.
Al cabo de algunos días pasados en oración y ayuno,
Francisco volvió a entrar en la población, pero estaba tan desfigurado y mal
vestido, que las gentes se burlaban de él como si fuese un loco. Pedro
Bernardone, muy desconcertado por la conducta de su hijo, le condujo a su casa,
le golpeó furiosamente (Francisco tenía entonces veinticinco años), le puso
grillos en los pies y le encerró en una habitación. La madre de Francisco se
encargó de ponerle en libertad cuando su marido se hallaba ausente y el joven
retornó a San Damián. Su padre fue de nuevo a buscarle ahí, le golpeó en la
cabeza y le conminó a volver inmediatamente a su casa o a renunciar a su
herencia y pagarle el precio de los vestidos que le había tomado. Francisco no
tuvo dificultad alguna en renunciar a la herencia, pero dijo a su padre que el
dinero de los vestidos pertenecía a Dios y a los pobres.
Su padre le obligó a comparecer ante el obispo Guido
de Asís, quien exhortó al joven a devolver el dinero y a tener confianza en
Dios: "Dios no desea que su Iglesia goce de bienes injustamente
adquiridos." Francisco obedeció a la letra la orden del obispo y añadió:
"Los vestidos que llevo puestos pertenecen también a mi padre, de suerte
que tengo que devolvérselos." Acto seguido se desnudó y entregó sus
vestidos a su padre, diciéndole alegremente: "Hasta ahora tú has sido mi
padre en la tierra. Pero en adelante podré decir: Padre nuestro, que estás en
los cielos."' Pedro Bernardone abandonó el palacio episcopal
"temblando de indignación y profundamente lastimado."
El obispo regaló a Francisco un viejo vestido de
labrador, que pertenecía a uno de sus siervos. Francisco recibió la primera
limosna de su vida con gran agradecimiento, trazó la señal de la cruz sobre el
vestido con un trozo de tiza y se lo puso.
En seguida, partió en busca de un sitio conveniente
para establecerse. Iba cantando alegremente las alabanzas divinas por el camino
real, cuando se topó con unos bandoleros que le preguntaron quién era. El
respondió: "Soy el heraldo del Gran Rey." Los bandoleros le golpearon
y le arrojaron en un foso cubierto de nieve. Francisco prosiguió su camino
cantando las divinas alabanzas. En un monasterio obtuvo limosna y trabajo como
si fuese un mendigo. Cuando llegó a Gubbio, una persona que le conocía, le
llevó a su casa y le regaló una túnica, un cinturón y unas sandalias de
peregrino. El atuendo era muy pobre pero decente. Francisco lo usó dos años,
al cabo de los cuales volvió a San Damián.
Para reparar la iglesia, fue a pedir limosna en Asís,
donde todos le habían conocido rico y, naturalmente, hubo de soportar las
burlas y el desprecio de más de un mal intencionado.
En aquella época, el evangelio de la misa de la
fiesta decía: "Id a predicar, diciendo: El Reino de Dios ha llegado.. .
Dad gratuitamente lo que habéis recibido gratuitamente . . . No poseáis oro
... ni dos túnicas, ni sandalias, ni báculo ... He aquí que os envío como
corderos en medio de los lobos. . ." (Mat.10 , 7-19). Estas palabras
penetraron hasta lo más profundo en el corazón de Francisco y éste, aplicándolas
literalmente, regaló sus sandalias, su báculo y su cinturón y se quedó
solamente con la pobre túnica ceñida con un cordón. Tal fue el hábito que
dio a sus hermanos un año más tarde: la túnica de lana burda de los pastores
y campesinos de la región.
Dios le había concedido ya el don de profecía y el
don de milagros. Cuando pedía limosna para reparar la iglesia de San Damián,
acostumbraba decir: "Ayudadme a terminar esta iglesia. Un día habrá ahí
un convento de religiosas en cuyo buen nombre se glorificarán el Señor."
La profecía se verificó cinco años más tarde en
Santa Clara y sus religiosas. Un habitante de Espoleto sufría de un cáncer que
le había desfigurado horriblemente el rostro. En cierta ocasión, al cruzarse
con San Francisco, el hombre intentó arrojarse a sus pies, pero el santo se lo
impidió y le besó en el rostro. El enfermo quedó instantáneamente curado.
Francisco tuvo pronto numerosos seguidores y algunos
querían hacerse discípulos suyos. El primer discípulo fue Bernardo de
Quintavalle, un rico comerciante de Asís. Al principio Bernardo veía con
curiosidad la evolución de Francisco y con frecuencia le invitaba a su casa,
donde le tenía siempre preparado un lecho próximo al suyo. Bernardo se fingía
dormido para observar cómo el siervo de Dios se levantaba calladamente y pasaba
largo tiempo en oración, repitiendo estas palabras: "Deus meus et omnia"
(Mi Dios y mi todo). Al fin, comprendió que Francisco era "verdaderamente
un hombre de Dios" y en seguida le suplicó que le admitiese corno discípulo.
Desde entonces, juntos estudiaban la Sagrada Escritura para conocer la voluntad
de Dios. Como las indicaciones de la Biblia concordaban con sus propósitos,
Bernardo vendió cuanto tenía y repartió el producto entre los pobres.
Pedro de Cattaneo, canónigo de la catedral de Asís,
pidió también a Francisco que le admitiese como discípulo y el santo les
"concedió el hábito" a los dos juntos, el 16 de abril de 1209. El
tercer compañero de San Francisco fue el hermano Gil, famoso por su gran
sencillez y sabiduría espiritual.
En 1210, cuando el grupo contaba ya con doce
miembros, Francisco redactó una regla breve e informal que consistía
principalmente en los consejos evangélicos para alcanzar la perfección. Con
ella se fueron a Roma a presentarla para aprobación del Sumo Pontífice. Viajaron
a pie, cantando y rezando, llenos de felicidad, y viviendo de las limosnas
que la gente les daba.
En Roma no querían aprobar esta comunidad porque les
parecía demasiado rígida en cuanto a pobreza, pero al fin un cardenal dijo:
"No les podemos prohibir que vivan como lo mandó Cristo en el
evangelio". Recibieron la aprobación, y se volvieron a Asís a vivir en
pobreza, en oración, en santa alegría y gran fraternidad, junto a la iglesia
de la Porciúncula.
Inocencio III se mostró adverso al principio. Por
otra parte, muchos cardenales opinaban que las órdenes religiosas ya existentes
necesitaban de reforma, no de multiplicación y que la nueva manera de concebir
la pobreza era impracticable.
San Francisco y sus compañeros se trasladaron
provisionalmente a una cabaña de Rivo Torto, en las afueras de Asís, de donde
salían a predicar por toda la región. Poco después, tuvieron dificultades con
un campesino que reclamaba la cabaña para emplearla como establo de su asno.
Francisco respondió: "Dios no nos ha llamado a preparar establos para los
asnos", y acto seguido abandonó el lugar y partió a ver al abad de Monte
Subasio.
En 1212, el abad regaló a Francisco la capilla de la
Porciúncula, a condición de que la conservase siempre como la iglesia
principal de la nueva orden. El santo se negó a aceptar la propiedad de la
capillita y sólo la admitió prestada. En prueba de que la Porciúncula
continuaba como propiedad de los benedictinos, Francisco les enviaba cada año,
a manera de recompensa por el préstamo, una cesta de pescados cogidos en el
riachuelo vecino. Por su parte, los benedictinos correspondían enviándole un
tonel de aceite. Tal costumbre existe todavía entre los franciscanos de Santa
María de los Ángeles y los benedictinos de San Pedro de Asís.
Alrededor de la Porciúncula, los frailes
construyeron varias cabañas primitivas, porque San Francisco no permitía que
la orden en general y los conventos en particular, poseyesen bienes temporales.
Había hecho de la pobreza el fundamento de su orden y su amor a la pobreza se
manifestaba en su manera de vestirse, en los utensilios que empleaba y en cada
uno de sus actos. Acostumbraba llamar a su cuerpo "el hermano asno",
porque lo consideraba como hecho para transportar carga, para recibir golpes y
para comer poco y mal. Cuando veía ocioso a algún fraile, le llamaba
"hermano mosca" porque en vez de cooperar con los demás echaba a
perder el trabajo de los otros y les resultaba molesto. Poco antes de morir,
considerando que el hombre está obligado a tratar con caridad a su cuerpo,
Francisco pidió perdón al suyo por haberlo tratado tal vez con demasiado
rigor.
El santo se había opuesto siempre a las austeridades
indiscretas y exageradas. En cierta ocasión, viendo que un fraile había
perdido el sueño a causa del excesivo ayuno, Francisco le llevó alimento y
comió con él para que se sintiese menos mortificado.
Somete la carne a las espinas; Dios le otorga sabiduría.
Al principio de su conversión, viéndose atacado de
violentas tentaciones de impureza, solía revolcarse desnudo sobre la nieve.
Cierta vez en que la tentación fue todavía más violenta que de ordinario, el
santo se disciplinó furiosamente; como ello no bastase para alejarla, acabó
por revolcarse sobre las zarzas y los abrojos.
Su humildad no consistía simplemente en un desprecio
sentimental de sí mismo, sino en la convicción de que "ante los ojos de
Dios el hombre vale por lo que es y no más". Considerándose indigno del
sacerdocio, Francisco sólo llegó a recibir el diaconado. Detestaba de todo
corazón las singularidades. Así cuando le contaron que uno de los frailes era
tan amante del silencio que sólo se confesaba por señas, respondió
disgustado: "Eso no procede del espíritu de Dios sino del demonio; es una
tentación y no un acto de virtud." Dios iluminaba la inteligencia de su
siervo con una luz de sabiduría que no se encuentra en los libros. Cuando
cierto fraile le pidió permiso de estudiar, Francisco le contestó que, si
repetía con devoción el "Gloria Patri", llegaría a ser sabio a los
ojos de Dios y él mismo era el mejor ejemplo de la sabiduría adquirida en esa
forma.
Sus contemporáneos hablan con frecuencia del cariño
de Francisco por los animales y del poder que tenía sobre ellos. Por ejemplo,
es famosa la reprensión que dirigió a las golondrinas cuando iba a predicar en
Alviano: 'Hermanas golondrinas: ahora me toca hablar a mí; vosotras ya habéis
parloteado bastante." Famosas también son las anécdotas le los pajarillos
que venían a escucharle cuando cantaba las grandezas del Creador, del conejillo
que no quería separarse de él en el Lago Trasimeno y del lobo de Gubbio
amansado por el santo.
Los primeros años de la orden en Santa María de los
Ángeles fueron un período de entrenamiento en la pobreza y la caridad
fraternas. Los frailes trabajaban en sus oficios y en los campos vecinos para
ganarse el pan de cada día. Cuando no había trabajó suficiente, solían pedir
limosna de puerta en puerta; pero el fundador les había prohibido que aceptasen
dinero. Estaban siempre prontos a servir a todo el mundo, particularmente a los
leprosos y menesterosos.
San Francisco insistía en que llamasen a los
leprosos "mis hermanos cristianos" y los enfermos no dejaban de
apreciar esta profunda delicadeza.
"Hermanos míos, el Señor me llamó por el
camino de la sencillez y la humildad y por ese camino persiste en conducirme, no
sólo a mí sino a todos los que estén dispuestos a seguirme ... El Señor me
dijo que deberíamos ser pobres y locos en este mundo y que ése y no otro sería
el camino por el que nos llevaría. Quiera Dios confundir vuestra sabiduría y
vuestra ciencia y haceros volver a vuestra primitiva vocación, aunque sea
contra vuestra voluntad y aunque la encontréis tan defectuosa."
Francisco les insistía en que amaran muchísimo a
Jesucristo y que vivieran con el
mayor desprendimiento posible hacia los bienes materiales, y no se cansaba de
recomendarles que cumplieran lo mas exactamente posible todo lo que manda el
Santo Evangelio.
El mayor privilegio: no gozar de privilegio
alguno
Recorría campos y pueblos invitando a la gente a
amar más a Jesucristo, y repetía siempre: 'El Amor no es amado". Las
gentes le escuchaban con especial cariño y se admiraban de lo mucho que sus
palabras influían en los corazones para entusiasmarlos por Cristo y su Verdad.
A quienes le propusieron que pidiese al Papa permiso
para que los frailes pudiesen predicar en todas partes sin autorización del
obispo, Francisco repuso: "Cuando los obispos vean que vivís santamente y
que no tenéis intenciones de atentar contra su autoridad, serán los primeros
en rogaros que trabajéis por el bien de las almas que les han sido confiadas.
Considerad como el mayor de los privilegios el no gozar de privilegio alguno. .
." Al terminar el capítulo, San Francisco envió a algunos frailes a la
primera misión entre los infieles de Túnez y Marruecos y se reservó para sí
la misión entre los sarracenos de Egipto y Siria. En 1215, durante el Concilio
de Letrán, el Papa Inocencio III había predicado una nueva cruzada, pero tal
cruzada se había reducido simplemente a reforzar el Reino Latino de oriente.
Francisco quería blandir la espada de Dios.
San Francisco, se fue a Tierra Santa a visitar en
devota peregrinación los Santos Lugares donde Jesús nació, vivió y murió:
Belén, Nazaret, Jerusalén, etc. En recuerdo de esta piadosa visita suya, los
franciscanos están encargados desde hace siglos de custodiar los Santos Lugares
de Tierra Santa.
Francisco trató de ocultar a los ojos de los hombres
las señales de la Pasión del Señor que tenía impresas en el cuerpo; por
ello, a partir de entonces llevaba siempre las manos dentro de las mangas del hábito
y usaba medias y zapatos. Sin embargo, deseando el consejo de sus hermanos,
comunicó lo sucedido al hermano Iluminado y algunos otros, pero añadió que le
habían sido reveladas ciertas cosas que jamás descubriría a hombre alguno
sobre la tierra.
En cierta ocasión en que se hallaba enfermo, alguien
propuso que se le leyese un libro para distraerle. El santo respondió:
"Nada me consuela tanto como la contemplación de la vida y Pasión del Señor.
Aunque hubiese de vivir hasta el fin del mundo, con ese solo libro me bastaría."
Francisco se había enamorado de la santa pobreza mientras contemplaba a Cristo
crucificado y meditaba en la nueva crucifixión que sufría en la persona de los
pobres.
El santo no despreciaba la ciencia, pero no la
deseaba para sus discípulos. Los estudios sólo tenían razón de ser como
medios para un fin y sólo podían aprovechar a los frailes menores, si no les
impedían consagrar a la oración un tiempo todavía más largo y si les enseñaban
más bien, a predicarse a sí mismos que a hablar a otros. Francisco aborrecía
los estudios que alimentaban más la vanidad que la piedad, porque entibiaban la
caridad y secaban el corazón. Sobre todo, temía que la señora Ciencia se
convirtiese en rival de la dama Pobreza. Viendo con cuánta ansiedad acudían a
las escuelas y buscaban los libros sus hermanos, Francisco exclamó en cierta
ocasión: "Impulsados por el mal espíritu, mis pobres hermanos
acabarán por abandonar el camino de la sencillez y de la pobreza."
Antes de salir de Monte Alvernia, el santo compuso el
"Himno de alabanza al Altísimo".
Poco después de la fiesta de San Miguel bajó finalmente al valle, marcado por
los estigmas de la Pasión y curó a los enfermos que le salieron al paso.
Las arenas del desierto de Egipto afectaron la vista
de Francisco hasta el punto de estar casi completamente ciego. Los dos últimos
años de la vida de Francisco fueron de grandes sufrimientos que parecía que la
copa se había llenado y rebalsado. Fuertes dolores debido al deterioro de
muchos de sus órganos (estómago, hígado y el bazo), consecuencias de la
malaria contraída en Egipto. En los más terribles dolores, Francisco ofrecía
a Dios todo como penitencia, pues se consideraba gran pecador y para la salvación
de las almas. Era durante su enfermedad y dolor donde sentía la mayor necesidad
de cantar.
Su salud iba empeorando, los estigmas le hacían
sufrir y le debilitaban y casi había perdido la vista. En el verano de 1225
estuvo tan enfermo, que el cardenal Ugolino y el hermano Elías le obligaron a
ponerse en manos del médico del Papa en Rieti. El santo obedeció con
sencillez. De camino a Rieti fue a visitar a Santa Clara en el convento de San
Damián. Ahí, en medio de los más agudos sufrimientos físicos, escribió el "Cántico
del hermano Sol"
y lo adaptó a una tonada popular para que sus hermanos pudiesen cantarlo.
Después se trasladó a Monte Rainerio, donde se
sometió al tratamiento brutal que el médico le había prescrito, pero la mejoría
que ello le produjo fue sólo momentánea. Sus hermanos le llevaron entonces a
Siena a consultar a otros médicos, pero para entonces el santo estaba
moribundo. En el testamento que dictó para sus frailes, les recomendaba la
caridad fraterna, los exhortaba a amar y observar la santa pobreza y a amar y
honrar a la Iglesia.
Poco antes de su muerte, dictó un nuevo testamento
para recomendar a sus hermanos que observasen fielmente la regla y trabajasen
manualmente, no por el deseo de lucro, sino para evitar la ociosidad y dar buen
ejemplo. "Si no nos pagan nuestro trabajo, acudamos a la mesa del Señor,
pidiendo limosna de puerta en puerta". Cuando Francisco volvió a Asís, el
obispo le hospedó en su propia casa. Francisco rogó a los médicos que le
dijesen la verdad, y éstos confesaron que sólo le quedaban unas cuantas
semanas de vida. "¡Bienvenida, hermana Muerte!", exclamó el santo y
acto seguido, pidió que le trasportasen a la Porciúncula.
Por el camino, cuando la comitiva se hallaba en la
cumbre de una colina, desde la que se dominaba el panorama de Asís, pidió a
los que portaban la camilla que se detuviesen un momento y entonces volvió sus
ojos ciegos en dirección a la ciudad e imploró las bendiciones de Dios para
ella y sus habitantes. Después mandó a los camilleros que se apresurasen a
llevarle a la Porciúncula.
Cuando sintió que la muerte se aproximaba, Francisco
envió a un mensajero a Roma para llamar a la noble dama Giacoma di Settesoli,
que había sido su protectora, para rogarle que trajese consigo algunos cirios y
un sayal para amortajarle, así como una porción de un pastel que le gustaba
mucho. Felizmente, la dama llegó a la Porciúncula antes de que el mensajero
partiese. Francisco exclamó: "¡Bendito sea Dios que nos ha enviado a
nuestra hermana Giacoma! La regla que prohíbe la entrada a las mujeres no
afecta a nuestra hermana Giacoma. Decidle que entre".
El santo envió un último mensaje a Santa Clara y a
sus religiosas y pidió a sus hermanos que entonasen los versos del "Cántico
del Sol" en los que alaba a la muerte. En seguida rogó que le trajesen un
pan y lo repartió entre los presentes en señal de paz y de amor fraternal
diciendo: "Yo he hecho cuanto estaba de mi parte, que Cristo os enseñe a
hacer lo que está de la vuestra." Sus hermanos le tendieron por tierra y
le cubrieron con un viejo hábito. Francisco exhortó a sus hermanos al amor de
Dios, de la pobreza y del Evangelio, "por encima de todas las reglas",
y bendijo a todos sus discípulos, tanto a los presentes como a los ausentes.
Murió el 3 de octubre de 1226, después de escuchar
la lectura de la Pasión del Señor según San Juan. Francisco había pedido que
le sepultasen en el cementerio de los criminales de Colle d'lnferno. En vez de
hacerlo así, sus hermanos llevaron al día siguiente el cadáver en solemne
procesión a la iglesia de San Jorge, en Asís. Ahí estuvo depositado hasta dos
años después de la canonización. En 1230, fue secretamente trasladado a la
gran basílica construida por el hermano Elías.
El cadáver desapareció de la vista de los hombres
durante seis siglos, hasta que en 1818, tras cincuenta y dos días de búsqueda,
fue descubierto bajo el altar mayor, a varios metros de profundidad. El santo no
tenía más que cuarenta y cuatro o cuarenta y cinco años al morir.
Fuente Bibliográfica: Breve Síntesis tomada
del Divino Oficio. El resto: VIDAS DE LOS SANTOS DE BUTLER - TOMO IV.