DEL
SILENCIO SANTO
José
Antonio Mateos
En
el Libro de los Reyes leemos que para escapar de la cólera de la reina
Jezabel, Elías huyó al desierto por el que caminó durante cuarenta días y
cuarenta noches, hasta el monte Horeb.. Allí Dios se le manifestó. Hubo
primero un viento fuerte y poderoso que rompía los montes y quebraba las peñas;
pero Dios no estaba en el viento. Tras el viento vino un terremoto, pero Dios no
estaba en el terremoto. Vino tras el terremoto un fuego, pero Dios no estaba en
el fuego. Finalmente, después del fuego hubo un ligero y blando susurro...
y Dios estaba en este suave susurro.
Vivir
en el silencio y la soledad parece una condición ajena a la condición humana.
Pero cuando un solitario vive con autenticidad el silencio consagrándose a
Dios, su dimensión interior remonta y permite que la presencia del Eterno en su
interior emerja y escuche el suave susurro de Dios en su corazón.
Hacemos el camino de opinión en opinión, de creencia en creencia, de
experiencia en experiencia y como el peregrino caminamos solos, andando y solo
andando, y nadie puede andar en nuestro lugar, porque el camino interior
requiere caminar en soledad. Esta
es la condición que Nuestro Señor y Maestro nos recuerda a quienes le seguimos
y servimos: los solitarios itinerantes del mundo y a Él le pedimos que nos
asista cuando nos damos cuenta que no hay ningún lugar donde reclinar nuestra
cabeza: “Las zorras tienen guaridas y las aves del cielo nidos, pero el
Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza” (Mt 8, 20).
El
silencio santo sucede cuando se produce una integración entre los planos de
Ser, cuerpo, alma y espíritu bajo la acción del Espíritu Santo. Entonces se
establece en nosotros un silencio profundo, las voces discordantes de nuestro
ego que continuamente reclaman y amenazan se silencian, entonces la voz de Dios,
el Si-mismo, habla, en un dulce murmullo. Dios siempre nos habla suavemente,
permanentemente y sin insistencia. Los estados espirituales no son sino etapas
de reposo en la dura búsqueda de la realización divina. Cristo nos enseñó el
camino de la resurrección sustancial, la que actúa en espíritu, alma y
cuerpo.
El
Señor es quien nos ayuda a ser hijos de Dios siempre que nos ayudemos a
nosotros mismos. No es que nuestro trabajo sea suficiente sino que determina que
Él nos ayude.
El
don del negro perfecto se alcanza necesariamente en la soledad, ya que se
precisa estar profundamente solo para poder experimentar el desgarro de los
contrarios y la descamación del ego, por ello, nos guste o no, algunos
buscadores caen en una profunda soledad, sea cual fuere su vida exterior. Jamás
sentirán alegría en sumergirse en la colectividad social. La embriaguez de la
colectividad no les es permitida, se mantendrán en la sobriedad, es decir,
solos. Como nos recuerda el Maestro Eckhart: “ El divino Hijo, nunca ha
sido encontrado entre los “amigos” entre los “parientes” y
“conocidos” (Luc II, 44).
De
ahí que el Evangelio incluya a los que buscan y procuran la paz y la sobriedad
interior, en la misma condición que los pobres de espíritu, los afligidos, los
que tienen hambre y sed de justicia. Asignándoles un estado de felicidad
distinta de aquella que antes disfrutaban.
“Bienaventurados
los pacíficos, porque serán llamados hijos de Dios” (Mt 5, 9).
El
estado presente del mundo responde a una situación de enfermedad espiritual de
la civilización actual, escapando de un lugar a otro, de una cultura a otra, de
una desilusión a otra, de un matrimonio a otro, de una montaña de problemas a
otra incluso mayor; huyendo de las tribulaciones nos refugiándonos en la cueva
del ego. “Ellos olvidaron a su
Señor, entonces El se olvidó de ellos”, dice el Santo Corán. En
realidad El nunca se olvida de nadie, pero como un castigo para nuestro olvido,
Él permite que nos sintamos olvidados y seamos abrumados por las aflicciones.
Pero
esta condición espiritual de la humanidad es parte del plan y de los designios
de la Voluntad Divina. Este deterioro aparente responde a un proceso de
reintegración de las virtudes divinas en el Orden Divino de nuestro Señor.
Como preludio de un nuevo Orden.
Cuando
el Ángel Gabriel visitó por última vez al Profeta Muhammad, le informó de
este proceso dividido en cuatro etapas: “Primero, vendré a llevarme el
Conocimiento Divino, entonces la ignorancia cubrirá la Tierra como un océano.
Si, yo vendré a remover el conocimiento de todas las realidades superiores y
los dejaré en la oscuridad de la ignorancia” “
Luego, volveré y me llevaré la baraka (bendición
de Dios, gracia)”. Al ser llevada, la gente estará nadando en un océano de
descontento.
No
es difícil de ver que todo esto forma ya parte del estado actual del mundo. Y
nosotros mantenemos la fe en que el Señor es Misericordioso y que nos proveerá
de Luz para vislumbrar su Voluntad a través de la oscuridad de éstos tiempos.
Pues creemos que cuando la gracia del Espíritu Santo se hace presente en la
vida interior, ésta desemboca en la eternidad, situándonos fuera del tiempo y
del espacio, donde no hay nada que alcanzar sino el silencio santo que nos
conduce a eso que llamamos “la comunión de los santos”.
“Este
hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido
hallado” (Lc 15,24).