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Al ser ordenado sacerdote en 1567, pidió a Dios como
especial regalo que lo conservara siempre en gracia y sin pecado y que pudiera
sufrir con todo valor y con mucha paciencia toda clase de dolores, penas y
enfermedades.
Santa Teresa había fundado la comunidad de las
Hermanas Carmelitas Descalzas y deseaba fundar también una comunidad de Padres
Carmelitas que se dedicara a observar los reglamentos con la mayor exactitud
posible. Mientras tanto nuestro santo le pedía a Dios que le iluminara un modo
de vivir tan fervoroso que lo llevara pronto a la santidad. Y he aquí que al
encontrarse los dos santos, descubrió Santa Teresa que este frailecito pequeñito,
flaco y debilucho era el hombre indicado para empezar su nueva comunidad (ella
lo llamaba con humor: "mi medio fraile"). En adelante la amistad entre
santa Teresa y nuestro santo los hará crecer mucho en santidad y en ciencias
religiosas a los dos.
Con su ejemplo, San Juan supo inspirar a los
religiosos e1 espíritu de soledad, humildad y mortificación. Pero Dios, que
quería purificar su corazón de toda debilidad y apego humanos, le sometió a
las más severas pruebas interiores y exteriores. (Después de haber gozado de
las delicias de la contemplación)
La S. Biblia dice que Dios a quien más ama, más le
hace sufrir, para que gane mayores premios en el cielo. Y así lo hizo con San
Juan de la Cruz. Él mismo cuenta lo que sucedió entonces: "De pronto se
alejó la devoción sensible. No sentía ningún gusto al rezar y meditar, sino
más bien antipatía y rechazo por todo lo que fuera devoción y oración.
Llegaron los escrúpulos que hacían ver como pecado lo que no lo era. Y
mientras el demonio atacaba con violentas tentaciones, la gente perseguía con
calumnias". Todo esto lo describió él en su libro titulado Noche Oscura
del Alma (nombre que desde entonces se ha hecho famoso para indicar el estado
especial del alma en crisis).
A esto sucedió un período todavía más penoso de
sequedad espiritual, y tentaciones, de manera que el alma se veía como
abandonada por Dios...".
En cierta ocasión, una mujer muy atractiva tentó
descaradamente a San Juan. En vez de emplear el tizón ardiente, como lo había
hecho Santo Tomás de Aquino en una ocasión semejante, Juan se valió de
palabras suaves para hacer comprender a la pecadora su triste estado.
El mismo método empleó en otra ocasión, aunque en
circunstancias diferentes, para hacer entrar en razón a una dama de
temperamento tan violento, que el pueblo le había dado el apodo de
"Roberto el diablo".
Pero luego vino una inundación de luces espirituales
y de santas alegrías y consolaciones, que sirvieron de premio a la paciencia
con la cual había soportado todo lo anterior.
Con Fray Juan (que en adelante añadirá a su nombre
el apellido "De la Cruz") y con otros dos frailes fundó santa Teresa
su nueva comunidad de Carmelitas descalzos y los envió a vivir a un convento
muy pobre, llamado Duruelo.
Allá nace y empieza a extenderse la nueva comunidad,
que tantos favores iba a traer a la humanidad. Pronto hubo varios conventos más,
y al fundar su nuevo convento en Salamanca, fue nombrado como rector Fray Juan
de la Cruz, el cual se dedicó con todas sus fuerzas al apostolado.
En 1571, santa Teresa lo eligió como director
espiritual y su
confesor de ella
y de las monjitas en su convento en Ávila, y escribió
a su hermana
acerca de él: "Está obrando maravillas. El pueblo lo tiene por santo. Y
es mi opinión que lo es y que lo ha sido siempre". Sus dirigidas
espirituales hacían grandes progresos en santidad, al recibir sus consejos. Tanto los religiosos como los laicos buscaban
a San Juan, y Dios confirmó su ministerio con milagros evidentes.
Pero los que no aceptaban una nueva fundación de
Padres Carmelitas descalzos, dispusieron alejarlo para que la comunidad
fracasara. Y una noche llegaron por sorpresa a su habitación y se lo llevaron
preso a Toledo.
Ello demuestra cuán poco había penetrado el espíritu
de Jesucristo en aquellos que profesaban seguirlo.
Allá lo tuvieron encerrado durante nueve meses en la
más inhumana de las prisiones. La celda de San Juan tenía unos tres metros de largo por dos de ancho.
Una
piezucha oscura, sin ropa para cambiarse, sin permitirle celebrar misa, con
espantosos calores en verano y tremendos fríos en invierno. Con piojos y demás
insectos. La única ventana era tan pequeña y estaba
tan alta, que el santo, para leer e1 oficio, tenía que ponerse de pie sobre un
banquillo. El prior Maldonado
penetró la víspera de la Asunción en aquella celda que despedía un olor
pestilente bajo el tórrido calor del verano y dio un puntapié al santo, que se
hallaba recostado, para anunciarle su visita. San Juan le pidió perdón, pues
la debilidad le había impedido levantarse en cuanto lo vio entrar. "Parecíais
absorto. ¿En qué pensabais?", le dijo Maldonado.
"Pensaba yo en que mañana es fiesta de Nuestra
Señora y sería una gran felicidad poder celebrar la misa", replicó Juan.
"No lo haréis mientras yo sea superior",
repuso Maldonado.
Por orden de Jerónimo Tostado, vicario general de
los carmelitas de España y consultor de la Inquisición, se le golpeó tan
brutalmente, que conservó las cicatrices hasta la muerte.
En la noche del día de la Asunción, la Santísima
Virgen se apareció a su afligido siervo, y le dijo: "Sé paciente, hijo mío;
pronto terminará esta Prueba."
Algunos días más tarde se le apareció de nuevo y
le mostró, en visión, una ventana que daba sobre el Tajo: "Por ahí saldrás
y yo te ayudaré." En efecto, a los nueve meses de prisión, se concedió
al santo la gracia de hacer unos minutos de ejercicio. Juan recorrió el
edificio en busca de la ventana que había visto. En cuanto la hubo reconocido,
volvió a su celda. Para entonces ya había comenzado a aflojar las bisagras de
la puerta. Esa misma noche consiguió abrir la puerta y se descolgó por una
cuerda que había fabricado con sábanas y vestidos. Los dos frailes que dormían
cerca de la ventana no le vieron. Como la cuerda era demasiado corta, San Juan
tuvo que dejarse caer a lo largo de la muralla hasta la orilla del río, aunque
felizmente no se hizo daño. Inmediatamente, siguió a un perro que se metió en
un patio. En esa forma consiguió escapar. Dadas las circunstancias, su fuga fue
un milagro.
Allí sufrió San Juan de la Cruz lo que santa Teresa
dice que les sucede a los santos cuando llegan a la "Sexta Morada" en
santidad: insultos, calumnias, dolores físicos, hambre, sed, angustias
espirituales, tentaciones de renunciar a todo su plan de santidad, etc. Más
tarde dijo: "No os extrañe que ame yo mucho el sufrimiento. Dios
me dio una idea de su gran valor cuando estuve preso en Toledo".
Los primeros poemas de San Juan que son como una voz
que clama en el desierto, reflejan su estado de ánimo.
El santo
aprovechó aquellos meses de espantosa soledad e inactividad para componer
alguna de sus más famosas poesías que lo han hecho célebre en todo el mundo.
(En una de ella dice a Dios: "A dónde te escondiste amado – y me dejaste
con gemido – Como el siervo huiste – habiéndome herido – Salí tras de Ti
clamando y ya eras ido").
Dios le había concedido una cualidad especial: la de
saber enseñar el método para llegar a la santidad. Y eso que enseñaba de
palabra a personas que dirigía, lo fue escribiendo y resultaron unos libros tan
importantes que le han conseguido que el Sumo Pontífice lo haya declarado
Doctor de la Iglesia. Algunos de sus libros más famosos son: "La subida
del Monte Carmelo", y "La noche oscura del alma". Como poeta ha
sido admirado por siglos a causa de la musicalidad de sus poesías y de la
belleza de sus versos. Es muy popular su "Cántico Espiritual".
A San Juan de la Cruz le costaba mucho dedicarse a las
labores materiales, porque su pensamiento vivía ocupado en Dios y en lo
espiritual. Después de celebrar la santa misa, el rostro le brillaba de una
manera especial. Su corazón ardía de tal manera en amor a Dios que hasta en su
piel se sentía su inmenso calor. Las horas que pasaba en oración le parecían
minutos. La gente decía que cuando daba consejos espirituales parecía estar
recibiendo mensajes directamente del Espíritu Santo.
Nuestro Señor le dijo un día: ¿Juan qué regalo me
pides, por lo que has escrito de mí?". Y él le respondió: "Que me
concedas valor para padecer por tu amor todos los sufrimientos que quieras
permitir que me sucedan". Y en verdad que le fueron llegando, en gran
cantidad. Hubo hombres que se dedicaron a inventarle toda clase de calumnias y
hasta querían hacerlo echar de su comunidad religiosa, su salud, después de la
prisión era muy deficiente, y llegaron a destituirlo de todos sus cargos y
decretaron que debía irse a un convento lejano.
La flebitis y la erisipela le atormentaban una pierna,
y el único modo que le permitía descansar un poco era amarrar la pierna a un
lazo, y echar este sobre una alta viga y colgar así la pierna. Los superiores
le propusieron dos conventos para ir a pasar sus últimos días, el de Baeza,
donde estaba de superior uno que lo amaba mucho, y el de Úbeda donde el
superior le tenía una tremenda antipatía. Y él escogió el de Úbeda para
poder sufrir más. Y allá fue enviado.
El superior le echaba en cara hasta la comida y los
remedios que le daban. Le quitó un enfermero que era muy atento y puso a que lo
cuidara otro que lo trataba mal. No dejaba que le llegaran visitas, y lo
humillaba sin cesar. Esto lo hacía crecer cada día más y más en santidad.
Todo lo soportaba en silencio con la más admirable paciencia.
La doctrina de San Juan es plenamente fiel a la
tradición antigua: el fin del hombre en la tierra es alcanzar "Perfección
de la caridad y elevarse a la dignidad de hijo de Dios por el amor";
la contemplación no es por sí misma un fin, sino que debe conducir al amor y a
la unión con Dios por el amor y, en último término, debe llevar a la
experiencia de esa unión a la que todo está ordenado. "No hay trabajo
mejor ni mas necesario que el amor", dice el santo. "Hemos sido hechos
para el amor." El único instrumento del que Dios se sirve es el
amor." "Así como el Padre y e1 Hijo están unidos por el amor, así
el amor es el lazo de unión del alma con Dios".
San Juan no se cansó nunca de inculcar esa doctrina
tradicional con su estilo maravilloso y sus ardientes palabras.
Dios no pide lo mismo a todos. El sabe la capacidad y
el corazón de cada uno. El amor expande el corazón y las capacidades de
entrega.
Solía pedir a Dios tres cosas: que no dejase pasar
un solo día de su vida sin enviarle sufrimientos, que no le dejase morir en el
cargo de superior y que le permitiese morir en la humillación y el desprecio.
Con su confianza en Dios (llamaba a la Divina
Providencia el patrimonio de los pobres), obtuvo milagrosamente en algunos casos
provisiones para sus monasterios. Con frecuencia estaba tan absorto en Dios, que
debía hacerse violencia para atender los asuntos temporales.
Su amor de Dios hacía que su rostro brillase en
muchas ocasiones, sobre todo al volver de celebrar la misa. Su corazón era como
una ascua ardiente en su pecho, hasta el punto de que llegaba a quemarle la
piel. Su experiencia en las cosas espirituales, a la que se añadía la luz del
Espíritu Santo, hacían de un consumado maestro en materia de discreción de
espíritus, de modo que no era fácil engañarle diciéndole que algo procedía
de Dios.
Juan dormía unas dos o tres horas y pasaba el resto
de la noche orando ante el Santísimo Sacramento.
Después de tres meses de sufrimientos muy agudos, el
santo murió el 14 de diciembre del año 1591. Apenas tenía 49 años. Antes de
morir quiso que le leyeran unos salmos de la S. Biblia. Murió diciendo:
"En tus manos Señor, encomiendo mi espíritu".
La muerte del santo trajo consigo la revalorización
de su vida y tanto el clero como los fieles acudieron en masa a sus funerales.
Dios quiso que se despejaran las tinieblas y se vieses su vida auténtica para
edificación de muchas almas. Sus restos fueron trasladados a Segovia, pues en
dicho convento había sido superior por última vez.
Fue canonizado en 1726 Santa Teresa había visto en Juan un alma muy pura, a
la que Dios había comunicado grandes tesoros de luz y cuya inteligencia había
sido enriquecida por el cielo. Los escritos del santo justifican plenamente este
juicio de Santa Teresa, particularmente los poemas de la "Subida al
Monte Carmelo", la "Noche Oscura del Alma", la "Llama Viva
de Amor" y el "Cántico Espiritual", con sus respectivos
comentarios. La doctrina de San Juan se resume en el amor del sufrimiento y el
completo abandono del alma en Dios. Ello le hizo muy duro consigo mismo; en
cambio, con los otros era bueno, amable y condescendiente. Por otra parte, el
santo no ignoraba ni temía las cosas materiales, puesto que dijo: "Las
cosas naturales son siempre hermosas; son como las migajas de la mesa del Señor."
San Juan de la Cruz vivió la renuncia completa que
predicó tan persuasivamente. Pero a diferencia de otros menores que él, fue
"libre, como libre es el espíritu de Dios". Su objetivo no era la
negación y el vacío, sino la plenitud del amor divino y la unión sustancial
del alma con Dios. "Reunió en sí mismo la luz extática de la Sabiduría
Divina con la locura estremecida de Cristo despreciado".