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CASPUEÑAS
En el valle
del río Ungría, en medio de un auténtico vergel, profundo y riente. Es uno de
los pueblos más típicos de la Alcarria.

HISTORIA
Perteneció en calidad de aldea al alfoz o Común de Villa y Tierra de Hita,
siendo de realengo desde fines del siglo XI, en que fue reconquistada la zona,
hasta el XIII en que el rey Alfonso X el Sabio se lo donó a su hemano don
Sancho, arzobispo de Toledo, quedando durante una temporada como aldea del
señorío arzobispal con cabeza en Brihuega. Pero en el siglo XIV volvió a la
Corona, y ésta lo donó a don Iñigo López de Orozco, en cuyo señorío de Hita
quedó ya perpetuamente, pasando así a los Mendoza y duques del Infantado. En la
segunda mitad del siglo XVIII, Carlos III le concedió a Caspueñas el privilegio
de ser Villa por sí, independizándose de la jurisdicción de Hita.
PATRIMONIO
Su iglesia parroquial de Santa María es un sencillísimo ejemplar del siglo XVI,
construida con mamposterías y sillarejo calizos, una torre con ciertas labores
en ladrillo y un ingreso a mediodía, sobre la pequeña plaza que preside añeja
olma. El interior del templo es de una sola nave, con presbiterio rectangular, y
bóveda de yesería, sin nada notable artísticamente. Por el pueblo aparecen
dispersas algunas casonas con arcos de ingreso adovelados, y otros ejemplos
interesantes de arquitectura popular alcarrerña a base de sillarejo y adobe con
entramados.
PERSONAJES
Fray Alonso de la Veracruz fue profesor de la Universidad de México, y uno de
los iniciadores del Derecho Internacional, en el siglo XVI. Nació en este lugar
alcarreño.
Otro
personaje popular ligado a Caspueñas es el poeta y biólogo Francisco García
Marquina, mantenedor de una piscifactoría en aguas del río Ungría, dedicada a la
cría y explotación de la trucha. A Marquina le debemos los siguientes versos:
Baten las
plumas la emoción del viento:
son palomas que vuelan tras su nombre
y van hacia un poniente sin sentido.
Poco pesa mi huella. Voy de paso
me asusta mi esqueleto y sus razones.
Cada vez es más niño y menos grave
el hueco de mi cuerpo y, mientras sigo
a cuestas con mi estrofa malherida,
el mundo se hace adusto y petulante.
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