¡¡GOE!!

LOS ALMOGÁVARES

Cap. V "El Ejército en tiempo de los Reyes Católicos",
de Francisco Lanuza Cano.

"Había en el Ejército feudal un cuerpo de tropa conocido con el nombre de almogávares, y cuya institución era muy parecida a la de los vélites romanos" (Conde de Clonard: "Hist. Org." Tomo I).

La etimología de la palabra almogávar es de las que han sido discutidas, pues mientras unos la suponen derivada de la voz árabe "el muhavir", que significa "el que trae noticias", otros dicen que es un compuesto del adjetivo "gabar": "fiero", "valiente", y no falta quien asegura, que "a pesar de la fisonomía árabe de esta voz, todas las investigaciones del sabio orientalista Reinaud no han logrado enlazarla a ninguna etimología árabe". También hay quien supone que tal denominación proviene del nombre que se daba al reino de los moros en España; es decir, al Maghreb u Occidente.

Durante la Reconquista, cuando en la Península se emprendía una razia contra los infieles invasores, se decía ir en almogavaría, y Gonzalo de Ayora usa esta voz con significado de patrulla, y la de almogávar como sinónimo de corredor.

"Almogávares se llamaban los soldados viejos y que estaban puestos de guarnición en los castillos" (Padre Mariana: Hist. de España") y los almogávares entraban a hurtar castillos y villas.

"Llaman adalides en lengua castellana a los guías y cabezas de gente del campo que entran a correr tierra de enemigos y a la gente llaman almogávares" (Hurtado de Mendoza: "Guerras de Granada").

Nicéforo Gregoras pretende que con el nombre de almogávar se comprendía a toda la infantería latina, y según Almirante "los diccionarios e historiadores concuerdan en que el almogávar fue en la Edad Media, o mejor dicho en la Reconquista, soldado fronterizo".

Jorge Pakimeris, griego, que relata las hazañas de estas tropas en Oriente, supone que los almogávares descienden de los ávaros, hunos y godos, y que almogávar es nombre de nación, pero como sus habitantes no ejercían otro arte u oficio que la milicia, acabaron por dar el nombre a todos los que esforzadamente servían; del mismo modo -añade Moncada, "Expedición de aragoneses y catalanes contra turcos y griegos"- que no parece lógico pensar que hubiera quien se agregase a los almogávares sin ser de su nación, porque la inclinación natural les hacía seguir la profesión de los padres, ni hay hombre que pudiendo escoger se metiese en una que desde la primera edad, con gran fatiga, incomodidad y continuo trabajo, arriesgase su vida constantemente.

En el prólogo de "la campana de Huesca", de Antonio Cánovas del Castillo, escrito por Don Serafín Estébanes Calderón, en vista de los datos que figuran en las obras de Moncada, Desclot, Blancas, Zurita y otros historiadores, hace de los terribles almogávares la descripción siguiente:

"De estatura aventajada, alcanzando grandes fuerzas, bien conformados de miembros, sin más carnes que las convenientes para trabar y dar juego a aquella máquina colosal, y por lo mismo ágil y ligero por extremo, curtido a todo trabajo y fatiga, rápido en la marcha, firme en la pelea, despreciados de la vida propia, y así señor despiadado de las ajenas, confiado en el esfuerzo personal y en su valor, y por lo mismo queriendo combatir al enemigo de cerca y brazo a brazo para satisfacer más fácilmente su venganza, complaciéndose en herir y matar. Su ferocidad guerrera eclipsaba la idea del falangista griego y el legionario romano, superándoles en el gesto feroz enmarcado en el revuelto cabello; sus acerados músculos se enroscaban en brazos y pechos como sierpes de Laoconte, y en su traje se unía la rusticidad goda a la dureza de los siglos medios. Cubrían su cabeza con una red de hierro que bajaba en forma de sayo como las antiguas capellinas, prestándoles la defensa que a los demás ofrecían el casco, la coraza y las grevas; envolvían los pies en abarcas, y pieles de fieras les servían de antiparas en las piernas.

No llevaban escudo ni adarga, limitándose a la espada, pendientes de rústica correa que bajaba del hombro o sujeta al talle por ancho talabarte, y un pequeño chuzo semejante al usado por los alféreces del siglo XVI. Iban provistos de dos o tres dardos o azconas que arrojaban tan pujante y certeramente que atravesaban escudos y armaduras de parte a parte. El campo les prestaba hierbas y agua, y su único menester era el pan, que guardaban en el zurrón o esquero puesto a la espalda. Su vestido, en todo tiempo, era una camisa corta y una ropilla de pieles; vivían más en los desiertos que en poblado; dormían sobre el suelo y, curtidos en la fatiga y las privaciones, tenían singular gallardía y ligereza.

Nada era imposible a tales soldados, que hacían continua guerra a los moros enriqueciéndose con el botín de la conquista, y para quienes era obra de pocas horas la más larga jornada, cosa corriente vadear un río, escalar ásperas pendientes y llegar silenciosos cerca del enemigo, para hacer más horrible su alarido al caer sobre los sorprendidos en certísimos saltos e interpresas, azotando el hierro contra el hierro o contra el suelo al grito implacable de: "¡desperta ferro!".

Cuando los almogávares formaban parte de un ejército, estaban encargados del servicio de exploración, en la vanguardia y en los flancos, cubriendo sus movimientos. Generalmente combatían a pie y en orden abierto, pero podían servirse del caballo del enemigo vencido y peleaban en orden cerrado cuando era menester, reuniéndose rápidamente y formando masas capaces de resistir el ímpetu de la caballería árabe.

Las unidades de esta clase de soldados estaban mandadas por unos jefes que se llamaban almocádenes, quienes, además de gozar de una lealtad a toda prueba, debían tener mucha práctica en la guerra. La elección de éstos se hacía por doce almocádenes veteranos, que entregaban al elegido una banderola y le alzaban del suelo sobre dos lanzas cruzadas, al tiempo que el aspirante gritaba a los cuatro vientos el mismo juramento que el adalid.

Como los almogávares vivían errantes, nunca edificaron casa, ni fundaron posesiones; en el campo y en las fronteras enemigas tuvieron su habitación y el sustento de sus personas y familias.

Sacrificaban sus vidas en perjuicio de los invasores, y cuando faltaban las guerras que hacían sus reyes, elegían caudillos particulares y recorrían las fronteras. De aquí que el ir a las correrías fuese llamado por los antiguos ir en almogavaría.

Estos hombres llevaban consigo sus mujeres y sus hijos que, de este modo, eran testigos de sus glorias y de sus afrentas".

 

Flecha