La plataforma litoral:
La acción del oleaje, actuando de modo continuo, con mayor o menor intensidad sobre la base de los acantilados, termina por demolerlos. En los que se elevan verticalmente la erosión de las aguas llega a producir una socavadura muy desarrollada si las corrientes y mareas son importantes y las costas abiertas. La socavadura suele ser doble, una muy pronunciada que corresponde a los niveles de las aguas de las mareas muertas, y otra, menos profunda y algo más elevada, producida por la acción del oleaje durante los días de mareas vivas.
El retroceso del acantilado no puede ser uniforme, pues las rocas que lo constituyen tienen una dureza variable y el oleaje llega con distinta fuerza a las disti8ntas partes. Se forman salientes y pequeños cabos donde los materiales son más duros. Cuando estos accidentes se van aislando dan lugar primero a pequeñas penínsulas y más tarde a islotes que con el tiempo pierden tamaño hasta quedar reducidos a escollos casi o totalmente recubiertos por el mar.
Una consecuencia del retroceso de los acantilados es la de que queden cortados los accidentes topográficos de las zonas inmediatas a la línea de la costa, y en particular, las pequeñas vallonadas excavadas por la acción de los arroyos. El nivel de base de dichas corrientes se encontraría, primitivamente, al nivel del mar; pero al retroceder el acantilado con mayor velocidad que el ahondamiento producido por los arroyos en su cauce, el perfil de equilibrio de los valles no puede llegar a completarse, y sus aguas, al llegar a la línea de costa, caen formando cascada. La acción erosiva del mar da lugar, en este caso, a la formación de valles suspendidos.
Las playas:
En unos casos, las playas no son sino prolongaciones del territorio llano interior, que llega hasta el mismo borde del mar adquiriendo enormes extensiones.
Por lo general, en las playas las olas rompen de frente o con muy escasa inclinación con respecto a la dirección del litoral, lo que explica la falta de transporte. La arena y materiales que las forman siguen el movimiento de vaivén del oleaje, pero sin cambiar de sitio en algunos casos.
Si las olas, en lugar de encontrar la línea de costa de frente, rompen sobre ella en sentido oblicuo, parte de su esfuerzo se emplea en arrastrar los materiales que forman la playa, de tal modo que los detritos de ésta o del acantilado se desplazan con lentitud a lo largo del litoral. Los elementos gruesos no van muy lejos, pero los materiales finos, y entre ellos las arenas, recorren a veces distancias muy grandes, llevados en saltación o por tracción o en suspensión por la corriente costera originada por el oleaje.
Fiordos:
Si la región costera, en lugar de haber sido erosionada por los ríos, lo fue en otras épocas por extensas lenguas glaciares que descendieron hasta el nivel del mar, presenta en la actualidad, una vez desaparecidos los hielos, valles abruptos, con forma característica de U. Si debido a un movimiento de inmersión de las tierras el mar ha penetrado en ellos de igual modo a como lo hizo en las costas de Bretaña y Galicia, se originan los fiordos, rías de tipo especial, muy profundas y laberínticas. A diferencia de las rías, los fiordos presentan sus orillas acantiladas, elevadas a veces sobre las aguas centenares de metros, y se prolongan igualmente bajo el mar a profundidades muy grandes. El fiordo de Sogne, de más de 150 kilómetros de desarrollo, así como el fiordo Hardanger, de más de 100 kilómetros, ambos en Noruega, figuran entre los más característicos. Por el desarrollo de los fiordos, son también típicas las costas de Islandia, Groenlandia, Alaska, península del Labrador, gran parte de la isla de Terranova y las costas pacíficas de Patagonia y Tierra del Fuego. La extensión de las costas con fiordos puede evaluarse en unos 30.000 kilómetros. Como es natural, la forma de los fiordos cambia en las mencionadas regiones según la topografía y la constitución del territorio. En las regiones de terrenos sedimentarios, formados por capas horizontales, los fiordos son muy anchos y poco ramificados, como sucede en Noruega septentrional y en la bahía de Disko, en Groenlandia. En los países formados por rocas eruptivas, tales como el granito, aparecen, en cambio, muy estrechos, como en Noruega meridional, y se bifurcan en su fin en gran número de brazos. De ellos nos brinda también ejemplos muy típicos la península del Labrador.
El relieve de la plataforma continental:
En ella existen verdaderas alineaciones de lomas y montículos, que no son otra cosa que la prolongación de las alineaciones montuosas de la Tierra. Alcanza hasta 200 metros. Sus partes más elevadas originan, a veces, islas alineadas o agrupadas que forman archipiélagos. En ocasiones los valles terrestres se prolongan bajo el mar y a gran distancia de la costa, como ocurre con el valle del Indo; con el profundo surco denominado "goul" del cabo Bretón, algo al norte de Bayona, y que podría ser la prolongación bajo las aguas del antiguo valle de Adour; y con la prolongación submarina de las rías gallegas o de los fiordos noruegos. La plataforma continental está muy desarrollada en donde las tierras que rodean al mar son llanas o poco elevadas; y por el contrario, es reducida en las zonas en que la línea de costa es paralela y próxima a los relieves montañosos del interior.
Un ejemplo del primer caso es la plataforma que se extiende por todo el mar del Norte; la que ocupa el espacio comprendido entre Indochina y la península de Malaca y las grandes islas de Borneo, Java y Sumatra, o la que existe entre el norte de Australia y las costas meridionales de Nueva Guinea. En el segundo caso figuran las costas del Cantábrico, costas de Chile y Perú, y las del oeste del archipiélago japonés.
El relieve de la región pelágica:
A 200 metros siguen ciertas zonas de transición (hasta 2000 m), viniendo luego un escalón brusco y profundo, que es el límite de la región pelágica, con ahondamientos comprendidos entre los 2000 y los 6000 metros. Esta es la de más amplio desarrollo en los océanos. En esta zona los depósitos son ya escasos, muy finos y uniformes, consistiendo en cienos y arcillas, que según su color, origen y composición química, se clasifican en distintos tipos. En tales profundidades abundan también los depósitos de origen orgánico, como los cienos de globigerinas, pterópodos, radiolarios, etc.
El relieve de la zona abisal:
Está poco desarrollada y puede ser considerada como el reverso de los macizos de gran altura en los continentes. Por lo general, relacionada con las zonas de máxima altitud, fenómeno de mucha importancia para la explicación de las grandes depresiones y roturas o geoclasas.
Por su poca extensión y extraordinaria hondura se las denomina fosas. Las principales son:
El abismo Emden, en Filipinas, de 10.793 metros
El de Rampao, en el archipiélago oceánico de Bonín, de 10.660 metros
El de Nero, en las islas Marianas, de 9.636 metros
La fosa de Japón, de 9.435 metros
El abismo de Aldrich, en las islas Kermadek, de 9427 metros
La fosa de Tonga, de 9.184 metros
El abismo Planet, en las islas Salomón, de 9.148 metros
Todos ellos se encuentran e el Pacífico. En el Atlántico Norte está la fosa de Puerto Rico, que alcanza 8.821 metros. En las islas Sandwich del Sur, en aguas australes, hay una fosa de 8.091 metros.
En estas profundas zonas sólo existe la arcilla de los grandes fondos, de origen mineral y de color rojo, cuya formación parece debida a la descomposición de los silicatos de origen eruptivo.
Las fosas oceánicas:
Son las regiones marinas donde se alcanzan las mayores profundidades. Están íntimamente relacionadas con las zonas de subducción de las placas y sólo aparecen en los márgenes continentales activos o de tipo pacífico. Las dorsales oceánicas son alineaciones de relieves submarinos desplegadas a modo de cordilleras sumergidas, de varios miles de kilómetros de longitud y con alturas de 1500-2500 metros sobre las llanuras abisales oceánicas. La primera dorsal descubierta y estudiada fue la dorsal medio-atlántica, que se extiende desde Islandia hasta el sur del océano Atlántico, dividiendo a éste en dos mitades bastante simétricas. Dicha dorsal se continúa por el sur de Africa con la dorsal índica, la cual a su vez está estrechamente relacionada con el sistema de fosas tectónicas (rifts valleys) de Africa oriental. La dorsal del océano Indico continúa por el sur de Australia con la dorsal del océano Pacífico. Las dorsales conocidas hasta la actualidad presentan una longitud de más de 60.000 kilómetros.
Estructura de las dorsales oceánicas:
Su progresivo conocimiento está aportando datos importantes sobre la dinámica de la corteza terrestre.
Un corte transversal de una dorsal típica muestra que está formada por dos alinenaciones montañosas de varios centenares de kilómetros de anchura, separadas por una fosa que ocupa el eje axial de la dorsal y que presenta una anchura de 20-50 kilómetros. Longitudinalmente, las dorsales están formadas por segmentos rectilíneos desplazados unos respecto a otros y separados por fallas, las llamadas fallas de transformación, de dirección perpendicular a la de la dorsal. El funcionamiento de dichas fallas, provocando el desplazamiento de los sectores o bloques que delimita, es la causa principal de los numerosos movimientos sísmicos cuyos focos se localizan en las dorsales.
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