Giovanni di Averardo, llamado Bicci (1360-1429): Casó con Picardia di Odoardo Bueri. Desarrolló la banca familiar al tomar a su cargo los intereses de la Iglesia, y jugó la carta de defensor del pueblo, sin que por ello fuera seriamente molestado por sus adversarios, los oligarcas.
Cosme el viejo (Florencia 1389-Careggi 1464): Gran hombre de negocios, controló por sí mismo todas las empresas de las que era socio principal y multiplicó su fortuna. Buscó el poder político, indispensable para la seguridad de sus negocios. Fue desterrado en 1433 por Rinaldo di Albizzi, jefe de la oligarquía. En 1434 entra triunfante en Florencia tras un año de exilio. Después de expulsar o hacer ejecutar a sus adversarios, dominó Florencia de modo discreto, contentándose con deformar con la ayuda de Luca Pitti, las instituciones tradicionales Ejerció el poder político de una manera indirecta, nunca llegó a ejercer ninguna magistratura oficial (fue durante sólo 6 meses gonfaloniere de justicia). Manipulaba las elecciones con toda clase de métodos. Hizo atribuir las magistraturas a mandatarios suyos. Ayudado por un director general, Francesco Ingherami, establecido en Florencia, Cosme acrecentó su fortuna con una hábil y minuciosa gestión de la empresa familiar, que era a la vez banca, casa comercial y centro de fabricación. Partidario de la paz, aliado de los Sforza de Milán, banquero al servicio de la Santa Sede, de los reyes de Francia e Inglaterra y del duque de Borgoña Cosme realizó fructíferas transferencias de fondos; Su hijo Pedro se asoció con el papa (1466) para explotar el monopolio del alumbre, creado por Pío II a beneficio de una eventual cruzada. Los Médicis poseían en Florencia tres empresas de gran importancia. Vendían tejidos y orfebrería a las cortes de Europa, que recurrían para ello a su crédito. Con menos éxito organizaron servicios de transporte regulares con destino a Brujas, Constantinopla y Rodas. Para evitar correr la misma suerte que las grandes compañías del s. XIV, los Médicis adoptaron un estructura más dúctil, repartiendo sus diferentes actividades en filiales jurídicamente independientes de la casa madre de Florencia, pero en las que siempre poseían la mayoría de las acciones, lo que les permitía controlar su gestión. Cosme colocó una parte importante de sus ganancias en el Monte dei dotti, que tenía a su cargo los empréstitos de los negocios florentinos, o también en construcciones, palacios o villas campestres; admirador de la filosofía platónica, coleccionista de manuscritos antiguos y amante del arte, su fortuna le permitió ejercer un continuo mecenazgo. Fundó la academia platónica, cuya dirección confió a Marcilo Ficino, e hizo de Florencia la capital del humanismo. Colaboró en la terminación de obras maestras, como el Duomo o las puertas del Baptisterio, y financió los proyectos de artistas como Donatello, Fra Angélico y Michelozzo, que construyó para Cosme el Palacio-fortaleza de la vía Larga y la biblioteca de San Marcos. A su muerte recibió el título de Pater Patriae. La autoridad moral de los Médicis era tan grande que el hijo de Cosme, Pedro el Gotoso (Piero il Gottoso) pudo dirigir Florencia sin abandonar su casa.
Notable obra social (escuelas, hospitales, servicios para indigentes). Apoyó a los artistas de su época. Encargó a Michelozzo el Palazzo Medici (1444).
Pedro el Gotoso (Florencia 1416-Florencia 1469): Sucedió a su padre Cosme el Viejo. Hábil para los negocios.
Lorenzo el Magnífico (Florencia 1449-Careggi 1492): Sucedió a su padre a los 21 años. Dotado de gran inteligencia, realizó durante su principado (1469-1492) el ideal del renacimiento italiano: poeta, filósofo, mecenas y diplomático, gozó de una popularidad real en Florencia y de gran prestigio en Europa.
Fundó la biblioteca Laurencinana.
La escuela del jardín de San Marcos, antecedente de la Academia de 1561, y que fundó para formar a los artistas, contaba entre sus alumnos a Miguel Angel.
Llevó a cabo una intensa actividad diplomática y militar buscando el equilibrio entre los estados italianos.
Fue objeto de duras críticas por parte de Savonarola.
Pedro II(Florencia 1472-Cassino 1503):Primogénito y sucesor de Lorenzo (1492-1494). Los florentinos excitados por la predicación de Savonarola, lo expulsaron (9 nov 1494) en el momento en que llegaba el rey de Francia Carlos VIII; exiliado y con bienes, Pedro intentó en vano restablecer su dominio. Su fortuna personal era escasa y carecía de cualidades políticas. A su muerte, la dirección de la familia pasó a su hermano menor, el cardenal Juan.
Juan (Florencia 1475-Roma 1521):Papa León X (1513-1521). Volvió a Florencia (1512) con el apoyo de las tropas españolas. Rompiendo con la tradición familiar, los Médicis ya no se apoyaron en el pueblo, sino en las grandes familias, que se unieron a ellos por miedo a los motines. Continuó gobernando Florencia tras ser nombrado papa en 1513 e intentó crear estados italianos para sus parientes, los dos mediocres personajes que fueron inmortalizados por Miguel Angel en San Lorenzo y por la dedicatoria del Príncipe de Maquiavelo:
- Juliano (Florencia 1479-Roma 1516): convertido en duque de Nemours por Francisco I
- Lorenzo (Florencia 1492-Florencia 1519):hijo de Pedro. Recibió del papa el título de capitán general de la Iglesia y el ducado de Urbino (1515), del que se apoderó con ayuda de las tropas francesas. Casado con Madeleine de La Tour d'Auvergne (1518), solo tuvo una hija, Catalina, futura reina de Francia.
Julio (Florencia 1478-Roma 1534):Bastardo de Juliano (el hermano de Lorenzo el Magnífico).Se apoyó en su primo de la rama menor, el condotiero Juan de las Bandas Negras.
Convertido en Clemente VII (1523-1534), confió Florencia a los cardenales, quienes la administraron en nombre de dos bastardos:
- Hipólito(Urbino 1511-Itri 1535): Nombrado cardenal, Intrigaba contra Alejandro duque de Florencia
- Alejandro (1510-1537):De filiación incierta. Nombrado duque de Urbino gracias a su tío León X. Joven e influenciable, sufrió el control de León X. Impuesto por Carlos Quinto a los florentinos. Duque de Florencia (1532-1537). Brutal y libertino. Murió asesinado por su primo Lorenzino.
Clemente VII se unió a los enemigos de Carlos Quinto, quien envió contra él tropas protestantes: Juan de las Bandas Negras fue muerto (1526), Roma saqueada (1527), y Florencia expulsó a los Médicis y proclamó la república (1527-1530). Carlos Quinto, reconciliado con el papa, impuso a los rebeldes el dominio de Alejandro, convertido en duque de Florencia (1532-1537), y prometido a su hija natural Margarita (1531).
Cosme I (Florencia 1519-Villa di Castello 1574): Hijo de Juan de las Bandas Negras (Giovanni dalle Bande Nere). duque de Florencia (1537-1569), gran duque de Toscana (1569-1574) Escogido como soberano por los florentinos tras el asesinato de Alejandro a manos de Lorenzino. Carlos Quinto le impuso la presencia de guarniciones españolas. Defendió por medio del terror su poder, amenazado por el intento de restauración republicana de los Strozzi (vencidos en Montemurlo en 1538). Centralizó el poder político y económico, e intentó convertir a Florencia en el centro comercial de la península. Suele atibuirse a este régimen la decadencia del arte en Florencia. Aunque Cosme fundó la Academia (1561), y convirtió el palacio Pitti, donde vivía, en una pinacoteca, rodeada de los jardines Boboli. La intervención francesa en Siena le valió extender su dominio al conjunto de Toscana (1559). Pío V le concedió el título de gran duque (1569). Encargó a Vasari la decoración del Palazzo Vecchio y la construcción de los Uffizi (1559). Casó con Leonor de Toledo.
Francisco (Florencia 1541-Florencia 1587): gran duque de Toscana (1574-1587), se proclamó vasallo del rey de España. Al morir sin hijos, el trono pasó a su hermano Fernando I.
Fernando I (Florencia 1549-Florencia 1609): gran duque de Toscana (1597-1609) abandonó la púrpura cardenalicia. Construyó el puerto de Livorno, e inició una política independiente, fundada en la entente con Francia: Enrique I casó con su sobrina María en 1601. A su muerte se afirmó la decadencia.
Cosme II (Florencia 1590-Florencia 1621): gran duque de Toscana (1609-1621). Cerró la banca Médicis, que juzgaba indigna de un soberano; se interesó, sin embargo, por el comercio de sus súbditos, a quienes protegió contra los bereberes y los turcos.
Fernando II (Florencia 1610-Florencia 1670): gran duque de Toscana (1621-1670), dominado por el clero fue incapaz de proteger a Galileo, al que admiraba.
Cosme III (Florencia 1639-Florencia 1723): gran duque de Toscana (1670-1723), de gran fervor religioso, se dejó manejar del mismo modo que su padre
Gian Gastone (Florencia 1671-Florencia 1737): Último gran duque de Toscana de la dinastía Médicis (1723-1737). fue un hombre capaz. Desinteresado de la política. muerto sin descendencia, su herencia pasó al duque de Lorena. La hermana de Gian Gastone, la princesa palatina Anna Maria Luisa 1667-Florencia 1743), la última de los Médicis, legó el tesoro de las colecciones familiares al estado toscano.
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Catalina de Médicis (1519-1589): Esposa de Enrique II, rey de Francia. Dotada de un notable sentido político.
La grandeza de los Médicis:
Como todos los hombres famosos, también los Médicis fueron ensalzados y calumniados más que conocidos. En el siglo XV, los rivales y los facciosos; en el XVI, los nostálgicos y los exiliados; en el XVII, los libelistas; en el XVIII, los iluministas; en el XIX, los jacobinos. Cada siglo ha querido arrojar su puñado de barro o su botella de vitriolo contra los protagonistas mediceos, ya estuvieran vivos o muertos, o contra toda la familia.
La envidia, floreciente y poderosa en toda democracia, y en Florencia más que en ninguna parte, persiguió a los Médicis a partir de Cósimo el Viejo, y si no pudo impedir a sus sucesores que reinaran y predominaran, fue lo bastante tenaz y vigorosa para hacerlos aparecer, hasta nuestros días rodeadas de luces lívidas y sanguinosas. Aventureros de la pluma, historiadores partidarios, novelistas de izquierda, han competido representándolos como corrompidos y corruptores de Florencia, como tiranos hipócritas y feroces, esclavos de todo sucio vicio, reos confesados o sospechosos de torpe delito, infame linaje de envenenadores y de traidores.
No son estas acusaciones vociferaciones de la plebe ignorante, sino ideas fijas y tenaces de la cultura media, que suele equivocarse más que los simples. Desde los poetas ingleses del siglo XVII a los novelistas franceses del XIX, los Médicis fueron bautizados como progenie de Satanás, astutos como serpientes y crueles como delincuentes. Incluso en Italia, en el siglo pasado, Gioberti, güelfo; Guiusti, liberal y Guerrazzi, demócrata, juzgaron con igual severidad a la gran familia florentina.
Desde hace unos decenios solamente -aunque la familia se extinguió hace dos siglos- ha comenzado pa ra ella la justicia de la Historia.
No estuvo, ciertamente, exenta de errores y de culpas la estirpe medicea, por la evidente y universal razón de que no ha existido, ni puede existir, ninguna familia humana inmune de culpas y de errores, comenzando por la primera de todas, que tuvo en su primogénito al más famoso de los fratricidas.
Pero piénsese en cuánto mayores son las tentaciones y las ocasiones en una familia que fue primero la más rica y luego la más poderosa de su patria. Piénsese en que los Médicis estuvieron expuestos a esas tentaciones durante casi tres siglos, y en tiempos bastante distintos, por costumbres y pasiones, de los presentes.
Piénsese que fueron perseguidos por la enfermedad y por la muerte: casi todos estuvieron atormentados por la gota u hostigados por la tisis; casi todos murieron jóvenes o, por lo menos, bastante antes de la vejez; y algunos, como Giuliano di Piero, Giovanni dalle Bande Nere y el duque Alejandro, muertos por el hierro enemigo.
Piénsese que, a pesar de esta persecución de enfermedades y desgracias,, supieron dar a Italia y al mundo ejemplos maravillosos de audacia, de magnificencia y de genio.
Piénsese que, apenas en dos siglos, esta familia odiada y vilipendiada produjo una docena de criaturas superiores y dio un genio a la poesía y a la política, tres Pontífices de la Iglesia, dos reinas a Francia y héroes y príncipes a la gran historia toscana e italiana.
Piénsese en que el Renacimiento, que es uno de los supremos honores y regalos de nuestra civilización, se puede personificar, por lo menos durante medio siglo, en las figuras de tres generaciones mediceas: Cósimo el Viejo, Lorenzo el Magnífico y León X.
Para mejor entender cuál fue la misión y la gloria de los Médicis en el milagro del Renacimiento, bastará recordar a uno de ellos, y de los menos excelentes y conocidos: Giuliano, duque de Nemours.
Vivió apenas treinta y siete años, de 1479 a 1516, y, sin embargo, gracias a una feliz concurrencia de casos, se nos aparece casi en el centro de la más brillante estación del Renacimiento. Hijo del Magnífico y hermano del Papa León, este Médicis de segundo plano figura con honor en las obras de Castiglione y de Bembo; tuvo a su servicio a nada menos que a Leonardo y Rafael, que le hizo también el retrato; disputó en versos con Niccolò Machiavelli -que quería dedicarle el Príncipe-, y su tumba fue esculpida en la famosa sacristía nueva de San Lorenzo por el cincel divino de Miguel Angel. Ningún otro príncipe, yo creo, ni siquiera Pericles o Alejandro Magno, estuvo rodeado por una guirnalda de espíritus tan magnos como este poco conocido y mal juzado brote del árbol mediceo, tanto como para hacer de él casi el símbolo de los protectores del genio italiano en el triunfal mediodía del renacimiento florentino y europeo.
Después de los de Pericles y Augusto, la Historia conoce solamente dos siglos que pueden reconocerse por el nombre de un hombre solo, y el primero de estos siglos lleva el nombre de aquel que antes de ser, en Roma, León X, se llamó en Florencia, Giovanni di Lorenzo dei Medici.
Más admirable que nunca parece tal ascensión a los más altos órdenes de la historia universal cuando se recuerdan los orígenes y las vicisitudes de la familia en sus comienzos. Los Médicis no provienen, como la mayor parte de los señores de Italia de aquel tiempo, ni de la nobleza feudal ni de una dinastía de caudillos o aventureros afortunados. Vienen del pueblo, y durante casi dos siglos edifican lenta y oscuramente su patrimonio con el comercio, y especialmente con el arte del cambio. No rehuyen los cargos públicos, pero tampoco los buscan, y solamente en 1378 uno de ellos, Salvestro, se pone a la cabeza del pueblo. Pero el verdadero fundador de la potencia de los Médicis fue Cósimo el Viejo, Pater Patriae, y desde que volvió del exilio véneto, en 1434, se puede decir que sus descendientes han señoreado Florencia y la Toscana -salvo breves interrupciones- durante tres siglos largos; es decir, la muerte de Gian Gastone en 1737.
¿Por qué caminos los oscuros cambistas del siglo XIII se convirtieron, en el transcurso de pocas generaciones, en dueños de la ciudad y del Estado, en promotores y símbolos del Renacimiento, en Pontífices y príncipes emparentados con los reyes?
No hazañas de antepasados famosos; no investiduras imperiales al principio, y tampoco empresas guerreras. Durante mucho tiempo no fueron otra cosa que simples banqueros y, en apariencia, nada más que ciudadanos privados.
Se ha dicho, con fácil cita al materialismo histórico, que los Médicis consiguieron llegar a ser poderosos y famosos gracias a su riqueza. No es verdad. Hubo en Florencia, antes de los Médicis y junto a los Médicis, familias más ricas que ellos, y, sin embargo, solamente los Médicis consiguieron elevarse y mantenerse en el poder, a pesar de las infinitas envidias, intrigas, rencores, y alteraciones de aquella edad.
El dinero es instrumento, y todo está en saberlo utilizar y manejar. Los rivales de los Médicis -exceptuando, acaso, los Strozzi- supieron ganar riquezas, pero no supieron gastarlas. La admirable fortuna de los Médicis no se debió a los florines, sino a su genio político.
Se puede hablar, sin recurrir a circunloquios sofísticos, de un verdadero y propio sistema político mediceo, que se puede fácilmente extraer de la práctica efectiva de las primeras generaciones, pero que se conservó, por lo menos en parte, hasta casi el final del gran ducado.
Sistema simple y sabio que se puede reducir a tres palabras: liberalidad, sustancialidad, unidad.
Liberalidad:
Los usurpadores ambiciosos que tendían a dominar Florencia solían fundarse en camarillas de magnates y en tumultos armados.
Los Médicis, en cambio, se apoyaron siempre en otras fuerzas: en el pueblo pequeño, en la plebe y en los intelectuales, ya fueran eruditos o artistas. Ayudaron siempre, larga y generosamente, con dinero y con protección, a aquellas clases que, más que cualquier otra, tienen necesidad de ser ayudadas: los trabajadores, los humildes, los pobres -que son mayoría- y los hombres de ingenio, de los que en primer lugar depende la influencia y la fama en el presente y en el futuro. Es decir, fueron sabiamente liberales: benefactores de la plebe, mecenas de los artistas. Y cuando la mujer del mercado y Donatello están de acuerdo en decir públicamente que Cósimo es un hombre digno, generoso y juicioso, podéis estar seguros de que el predominio suyo y de los suyos está apoyado en fundamentos firmes y seguros. De esta manera, los Médicis tienen consigo el número, que es fuerza, y la inteligencia, que es potencia. Están con los simples de espíritu contra minorías avasalladoras y con los señores del espíritu contra la burda ignorancia. Rodeados por el reconocimiento del pueblo y por el resplandor del arte, no tienen necesidad de gobernar para ser obedecidos, ni de ser coronados para reinar. Y cuán profundo era el amor del pueblo por los Médicis se vio en 1434, por la llamada de Cósimo; en 1478, después de la conjura de los Pazzi; en 1512, por el retorno de la familia a Florencia; en 1537, después de la muerte de Alessandro. Favor nacido de la liberalidad, pero de una libertad justa y sabia: liberalidad por el necesitado y por el genio; liberalidad que hizo a Florencia menos infeliz y más bella.
Sustancialidad:
El segundo principio del sistema mediceo, que he llamado sustancialidad, no es menos importante. Los Médicis no se habían propuesto nunca claramente, hasta Cósimo y Lorenzo, apoderarse del Estado; pero tuvieron que convencerse, en un momento determinado, de que la envidia oligárquica los hubiese, en breve tiempo, despojado, expulsado y extinguido, de manera que tuvieron que llegar a la conclusión de que para permanecer en su patria ricos y respetados era preciso convertirse en los dueños de Florencia, como hizo Cósimoa partir de 1434. La señoría, para ellos, no fue afán de orgullo, sino necesidad de vida, obligación forzada. Llegaron a ser señores, y que no parezca paradoja, por legítima defensa. Y por eso prefirieron mucho más un poder invisible y silencioso; por lo menos, hasta 1531. Los Médicis no quisieron, conociendo la naturaleza de sus conciudadanos, sobresalir, brillar y aparecer más de lo necesario, y hasta Cósimo I, gran duque, es decir, durante un siglo entero, procuraron parecer más ciudadanos privados que príncipes. Tal tipo de vida fue en ellos prudencia, pero acaso también viejo y natural amor por la vida simple y modesta, más libre y alegre que la de los príncipes. Quisieron la sustancia del poder más que la apariencia, y fue discreción política , pero acaso también nostalgia de la antigua humildad popular y cristiana.
Unidad:
Significativo y esencial es también el tercer punto del sistema que hemos llamado mediceo, y que consiste en la tendencia a la unidad mediante el equilibrio. Florencia estaba revuelta y herida por las facciones: la prudente hegemonía de Cósimo, de Piero y de Lorenzo la condujo a la unidad en la paz. León X se propuso la unidad de los espíritus en la Iglesia, así como, más tarde, Cósimo I se propuso la unidad de las leyes y de los intereses en el ampliado dominio toscano, de manera que todas las ciudades tuvieron cuidados y derechos como Florencia.
Y en Lorenzo el Magnífico no sólo fue admirable su genio del equilibrio entre las potencias italianas, que valió a su patria una larga paz, sino también su equilibrio entre la práctica de la fe y la pasión del arte, entre los derechos del alma y las necesidades de la carne, entre los caprichos del poeta y los deberes del príncipe.
Y semejante disposición para el arte del equilibrio se manifestó admirablemente en la más famosa mujer de los Médicis, en Catalina de Francia, que supo salvar, con su florentina y medicea prudencia, la unidad del reino en uno de los momentos más turbios y tumultuosos de su historia, amenazado por las ambiciones de los grandes feudales contra la monarquía, por el odio entre reformados y católicos.
Si nosotros, ahora, examinamos con cuidadosa agudeza el sentido de este sistema mediceo , veremos cómo los príncipes que inspiraron esta familia, considerada equívocamente como diabólica, recuerdan, aunque sea aproximadamente, las virtudes fundamentales cristianas. La liberalidad, sobre todo cuando se dirige a los pobres, puede llamarse caridad; el rehuir las apariencias del poder tiene una indirecta relación con la humildad, y la inclinación al equilibrio, es decir, a la unidades camino para la paz, o sea para la hermandad en el amor.
Después de esta objetiva revelación, proporcionada por los hechos, ¿qué valor pueden tener las acusaciones de los viejos historiadores democráticos?
Se reducen a dos: los Médicis, en especial Lorenzo, habrían corrompido a Florencia, y a Florencia habrían arrebatado para siempre la libertad. Acusaciones que pudieron inspirar la romántica retórica ochocentista, pero que hace sonreír, hoy, a quien tenga alguna noción de la historia florentina.
A finales del siglo XIV, aquella famosas libertades florentinas, que nunca fueron liberales en nuestro sentido moderno, estaban ya agonizando. Los cambios continuos de régimen, ya denunciados y condenados por Alighieri, habían arrebatado todo prestigio al Gobierno popular. Fracasada la señoría extranjera de Gualterio de Brienne, fracasada la dictadura facinerosa de los Ciompi, la ciudad estaba en manos de una oligarquía de gente del pueblo rica que entre ellos se disputaban la supremacía y que de todo se preocupaba menos de las libertades del pueblo. Una familia más hábil o poderosa que las otras estaba destinada a asegurar el fin de las facciones y, por ello, de las moribundas instituciones democráticas. Los Pazzi, Albizi y Strazzi itentaron la empresa que sólo lograron llevar a cabo los Médicis. Cuando éstos se convirtieron en señores y luego en duques, la libertad hacía tiempo que no existía en Florencia: llamaban con tal nombre a la hegemonía, y digamos también la tiranía, de un restringido número de familias que competían por acaparar bienes, cargos y privilegios.
Y gracias la los Médicis se salvó, al menos, la independencia: sin la voluntad de Clemente VII y la energía de Cósimo I, la Toscana se hubiera convertido, como Milán o Nápoles, en una provincia española.
Todavía más risible es la primera acusación, es decir, que el Magnífico y sus sucesores corrompieron a los florentinos para así dominarlos mejor. Lo que era la moralidad pública y privada de Florencia desde el siglo XIV lo sabemos incluso demasiado por los cronistas y por los documentos. Florencia era tan rica en vicios como en virtudes bastante antes de que los Médicis tuvieran ninguna participación en el Estado; es decir, desde los primeros años del siglo XIV.
El mayor testigo de descargo de los Médicis, pretendidos corruptores de Florencia, es el mayor poeta, y el más honesto, que Florencia ha tenido: Dante Alighieri. La Divina Commedia enseña que el Magnífico no tenía nada que enseñar, en materia de pecados, a sus conciudadanos. El Magnífico, siguiendo las normas de su abuelo, enseño, en cambio, a los florentinos del siglo XV una virtud que sus abuelos poco practicaron: el respeto y el amor por la altura del genio.
De los Médicis todo ha pasado: dominio, fasto, soberbia y victorias; aquellos que durante trescientos años llenaron con su nombre Italia y Europa, reposan en nuestro San Lorenzo, o abajo, en la sombra pobre de la cripta, bajo polvorientos rectángulos de mármol, o en la severa gracia brunelleschiana de la basílica, o bajo las misteriosas y dolorosas figuras modeladas por Miguel Angel , o en aquella solemne, dramática gigantesca capilla donde las piedras oscuras, entre sangre y verde, parecen una geométrica putrefacción mineral que quiera recordar a la vez la muerte y la eternidad.
Todo ha pasado y desaparecido en torno a ellos: el sonido de las batallas, la belleza de las mujeres, la música de las fiestas, el adulatorio incienso de los cortesanos e incluso la venenosa injusticia de los parciales. Pero sólo una gloria ha permanecido ligada a su nombre y hace que no todos sus muertos estén verdaderamente muertos: la pasión de todos los Médicis, incluso de los peores, por la filosofía y por la poesía, por todo arte y por toda ciencia, por todo lo que constituye la más alta actividad y la más segura honra de espíritu, el mayor y el más duradero orgullo del género humano.
Los Médicis amaron la belleza y el genio, y porque amaron estas grandes cosas, con el alma y con los hechos, merecen se les perdone mucho, hasta el bien que podían hacer y no siempre hicieron. Interceden en su favor los mas portentosos artífices de Italia, de Donatello a Vasari, de Botichelli a Bronzino, y Buonarroti niño y Buonarroti viejo; y los pensadores más profundos, de Marsilio Ficino a Machiavelli; y los más dulces poetas, de Poliziano a Tasso; y los científicos más audaces y artistas, de Galileo a Redi. Y todavía viven en nuestra memoria la Academia Platónica y la Academia del Cimento, y todavía brillan ante nuestros ojos los innumerables edificios, iglesias y palacios, conventos y fortalezas, villas y jardines que, por voluntad y pasión de los Médicis, embellecieron todo rincón de la Toscana y la misma Roma.
La gloria de la estirpe está ligada ya, y para siempre, a la gloria de la civilización italiana, y no se extinguirá nunca mientras este pueblo divino sepa honrar la belleza del sueño y la grandeza de la realidad.
Guiovanni Papini. Discurso para la inauguración de la Exposición Medicea (Florencia 1939)
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