HISTORIA
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Antiguas expediciones africanas



La ciudad de Tartessos:

Las tabernas de marineros han sido siempre lugares donde se han forjado los más variados rumores, las mentiras, fábulas y anécdotas más fantásticas. En la taberna nació la serpiente de mar, el mar que impide avanzar y aprisiona las naves, las alucinaciones de playas maravillosas, tierras de feacios e islas de bienaventurados. A los navegantes les gusta tejer historias, se divierten excitando a las inocentes gentes de tierra con el relato de ciudades de oro, de islas de bellas mujeres y costas llenas de caníbales. No hay que reprochárselo, porque con ello aportan un material inagotable a la literatura y al arte. Al mismo tiempo y sin darse cuenta, dan a la investigación uno s indicios de gran valor. Cuando el río suena, agua lleva. Donde un navegante sitúa una ciudad de oro, es muy probable que haya algún puerto comercial todavía desconocido. Donde un marinero dice que conoció a amazonas belicosas, encontró posiblemente restos de una cultura matriarcal. Donde el libro de los embustes fija un paraíso terrenal, habrá, sin duda, una región propicia para establecerse, sea por las razones que fuere. Así se explica que los etnógrafos, geógrafos, sociólogos y economistas de todos los tiempos hayan buscado siempre la compañía de los toscos marineros. Los relatos y habladurías de las tabernas portuarias representan una verdadera mina para el investigador que quiera compenetrarse con a mentalidad de capitanes y marineros fanfarrones al estilo de la Odisea. Lo que Heródoto oyó en la isla de Samos era una historia marinera muy vieja y recalentada, una historia tan ajada y polvorienta como la propia taberna donde se la contaron. Un capitán de Samos, decía el relato, había visto con sus propios ojos, más allá de las columnas de Hércules, la maravilla de las maravillas, la ciudad de oro, la Tartessos mítica, nadando en el mar de sus riquezas. Hacía unos doscientos años que aquel capitán había visto la ciudad de Tartessos, en la que soñaban secretamente todos los helenos, aunque sabía que jamás podrían llegar hasta ella, porque los piratas, aquellos sinvergüenzas feniciocartagineses, mantenían cerrado el estrecho de Gibraltar. Aquel capitán se llamaba Coleo (Kolaios); ahora ya hacía tiempo que descansaba en la tumba o en las profundidades del mar; pero sus hazañas, transmitidas de boca en boca, se repetían como en otro tiempo, alegres y excitantes, y no cesaban de alimentar el patriotismo local de los marineros de Samos. Heródoto siguió aquella pista. En Samos había todavía unas estatuas de bronce de tamaño monumental, probable producto de aquel antiguo viaje; había, además, unas áncoras y unas vasijas de plata y un jarrón de cobre artísticamente adornado con cabezas de grifos. El afortunado capitán Coleo parecía que, además de haber contemplado una vez una de las maravillas del mundo, había sabido hacer también un negocio singular: los habitantes de Samos, soñando riquezas, hablaban de un cargamento de mil quinientos kilogramos de plata... y lo más curioso de aquella magnífica expedición era que el capitán Coleo no había ido en busca de la fabulosa ciudad de oro, sino que había descubierto por pura casualidad, durante uno de sus viajes comerciales y siguiendo de rutina el camino que, en realidad, le hubiera tenido que llevar a Egipto. Así, por lo menos, lo había contado Coleo a sus compatriotas. "Cuando Coleo y su tripulación se dirigían a Egipto -escribe Heródoto-, un viento del este desvió su nave. El temporal debió de ser imponente y la deriva insólita, ya que los marineros de Samos cruzaban todo el Mediterráneo, de este a oeste, y llegaban, siempre sin tocar a tierra, en línea recta a las Columnas de Hércules, al estrecho de Gibraltar. No sabemos si ésta era o no la intención de Coleo, pero lo cierto es que no se volvió a atrás". "La nave -continúa diciendo Heródoto- atravesó las Columnas de Hércules y, guiada por los dioses, alcanzó la ciudad de Tartessos que hasta entonces jamás había sido visitada por los griegos. Así fue como Coleo, al regresar a su tierra aspiró a la mayor distinción entre los helenos". Después de todo lo que se decía en Grecia sobre Tartessos, ese superlativo estaba perfectamente justificado. ¿Qué clase de ciudad era Tartessos? ¿Había existido realmente? ¿Existía aún? ¿O era sólo una leyenda, un ente de ensueño como el país de los feacios o las islas de los bienaventurados? Cualquier comerciante cartaginés habría podido informar acerca de Tartessos; las crónicas fenicias y los libros hebreos estaban llenos de alusiones a la ciudad de oro, "el más elegante de los mercados" como dice el libro de Ezequiel, lleno de "toda clase de mercancías, plata, hierro, estaño y plomo". Sólo que la gran metrópoli del comercio occidental llevaba allí otro nombre, se llamaba Tarsis. Pero desde hace algunos siglos, esta ciudad de Tarsis -que encontramos también con este mismo nombre en los viejos profetas- estaba bajo la amenaza de que caería sobre ella "el día del Señor" y la destruiría, "de que no quedaría piedra sobre piedra ni habría nadie que se dirigiera a ella". Esto ocurrió precisamente en los días de Heródoto: de Tartessos no quedaba ni una casa en pie y ya no se comerciaba allí con plata ni estaño; montones de escombros, devoradoras dunas movedizas y voraces pantanos cubrían lo que antes había sido un paraíso. Un contemporáneo del heleno Heródoto a quien el temporal hubiese desviado de su ruta marítima no habría encontrado allí personas ni posibilidades de comerciar, sino, en el mejor de los casos, un campamento militar cartaginés con unos guardas de costas nada acogedores.[...]
Los viajes de Euritímenes a Africa:
En efecto, existió un aventurero heleno que llevó a cabo aquella empresa, un hombre del valor del Capitán Coleo. Vivió poco antes de Heródoto y habitó en la colonia griega de Marsilia, el actual puerto de Marsella, en el sur de Francia. Su nombre era Euritémenes. Desgraciadamente, Heródoto no sospechó la existencia ni las hazañas de ese tal Euritémenes y por eso nosotros tampoco sabemos mucho acerca de él. Parece que el capitán marsellés atravesó dos veces, no se sabe de qué manera, el estrecho de Gibraltar, cerrado por los cartagineses (en el caso de que no viajara como tripulante de embarcaciones cartaginesas) y visitó las costas occidentales de Africa y de Europa. En un derrotero escrito por él y descubierto mucho tiempo después, habla de la existencia de innumerables animales, de ríos del Africa Occidental, de los vientos huracanados del golfo de Vizcaya y -lo que para nosotros tiene un interés especial- de la ciudad de Tartessos y de los viajes de sus habitantes a las islas británicas, donde iban en busca de estaño.[...]
Herbert Wendt


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