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" La tormenta era terrible , y en aquella noche me desmembró los navíos; a cada uno llevó por su cabo sin esperanças salvo de muerte; cada uno d´ellos tenía por cierto que los otros eran perdidos (…) Ochenta y ocho días avía que no me avía dexado espantable tormenta, atanto que no vide el sol ni estrella por mar, que a los navíos tenía yo aviertos, a las velas rotas y perdidas, anclas y xarcias, cables con las barcas y muchos bastimentos, la gente muy enferma (…)Nueve días anduve perdido sin esperanças de vida. Ojos nunca vieron la mar tan alta, fea y hecha espuma (…) Es cielo jamás fue visto tan espantoso. Un día con la noche ardió como forno y assí echava la llama con los rayos, que cada ve mirava yo si me avía llevado los másteles y velas. Venían con tanta furia y espantables que todos creíamos que me avía de fundir los navíos. En todo este tiempo jamás cessó agua del cielo, y no para dezir que llovía, salvo que resegundava otro diluvio. La gente estaba ya tan molida que deseava la muerte para salir de tantos martirios. Los navíos ya avían perdido los vezes las barcas, anclas, cuerdas y estavan abiertos, sin velas…" Y esa pesadilla equivale a un accidente que, al alejar por de la ruta por caminos inesperados, en ocasiones genera descubrimientos, como el caso de las islas de Cabo Verde en 1.456, o las costas del Brasil por Vicente Yáñez Pinzón en enero del año 1.500.
En caso de tormenta o al chocar con peñas o rocas por "ser la costa
muy brava y no haber en ella puerto donde pudiesen surgir", por
ejemplo, al frágil cascarón se abre. Como en este relato:
" Un navío tropieza en una peña o isleta que no vieron y ábrese por
medio. Alguna gente de la del navío quedó asida en la mitad dél,
porque se abrió por medio, y otros algunos asiéronse a las tablas
que cada uno cerca de sí pudo hallar. Destos acaeció que un padre y
un hijo juntamente tomaron una tabla y no era tan larga o capaz que
por ella, junto ambos, pudiesen escapar; dijo el padre al hijo:
"Hijo, sálvate tú con la bendición de Dios y déjame a mí, que soy
viejo, ahogar"".
Se puede imaginar el final, que narra Bartolomé de las Casas.
Aparte del naufragio, solía ocurrir que los barcos encallaran o
chocaran con bajos si no seguían una ruta bien conocida o no se
atendía a las instrucciones detalladas. El peligro aparecía, sobre
todo, al aproximarse a islas caribeñas, con muchos bajos y arrecifes
coralinos, o al entrar en bahías o puertos. Indica Cieza que…
"… el piloto que entrare ha de saber bien el río, y si no pasará
gran trabajo, como lo he pasado yo y otros muchos por llevar pilotos
nuevos."
Y añade Vespucio que…
"… la ignorancia de quienes gobiernan las naves alarga la ruta sin
medida. Tras esta tempestad ni uno solo de nuestros pilotos sabía
donde no hallábamos…"
La excesiva confianza, el agotamiento de
grumetes y pajes en su oficio sacrificado, la frecuente sobrecarga y
vejez del navío explican los accidentes. Y entonces, con el barco
encallado, había que echar lastre y procurar salvar lo más posible.
Cuenta Bernal Díaz que, en uno de esos casos…
" echaron mucho tocino al agua y otras cosas que traían para
matalotaje (…) y cargaron tantos tiburones a los tocinos que a unos
marineros que se echaron al agua a más de la cinta los tiburones ,
encarnizados en los tocinos, apañaron a un marinero dellos y le
despedazaron y tragaron".
Si el barco se iba a pique había que salvarse metiéndose en una de
las pequeñas barcas o nadando. Uno se convertía en náufrago, en
muchas ocasiones sin la menor idea de dónde se encontraba.
Existieron abundantes robinsones españoles que se aclimataron a
vivir con los indios no colonizados o que se convirtieron en sus
prisioneros.
El más famoso de todos esos naufragios fue el de Alvar Núñez Cabeza
de Vaca, sevillano de la expedición de Pánfilo de Narváez que
deambuló durante siete años por el sureste de los actuales Estados
Unidos. Para orientarse y procurar llegar a tierra de cristianos
después de tan larga marcha había que tener cierta experiencia de
explorador; había que observar todos los indicios de ríos, montañas
y tierras, pues si está "clavada a la manera que suele estar tierra
donde anda ganado" será tierra poblada por españoles. Habrá que
cuidar también la orientación, pues…
"… siempre tuvimos por cierto que yendo la puesta del sol habíamos
de hallar lo que deseáramos".
Otra versión de este naufragio nos la da Ramón Allegue, autor del libro " Mar Tenebroso " ; Según este escritor, el Gobierno inglés necesitaba enviar una gran fortuna para su ejército colonial, así como nuevos suboficiales para relevar a las tripulaciones de otros barcos en Africa del sur. En esta misión, debido al valioso cargamento, el Serpent sería escoltado por el Lapwing. Los raqueiros británicos, muy introducidos en las altas esferas de su país, y viendo su rentabilidad, avisaron a los raqueiros gallegos. Los gallegos actuan y consiguen apagar el faro Vilán, de modo que el Serpent se va contra el Boi. El mar estaba tan turbulento que ni los raqueiros podían llegar a los restos del barco. El Lapwing, que iba unos kilómetros por delante, dio la vuelta al no ver al Serpent. Pasado el desastre, el Mac Mahon se queda en el lugar vigilando los restos del naufragio. El Lapwing vuelve con otro barco, el Sunfly, y consiguen recuperar un cofre lleno de monedas de oro. Pero días después, al darse cuenta de que faltaba otro arcón, el Lapwing volvió de nuevo a Camariñas. El hermetismo del Gobierno británico no permitió conocer la existencia de los dos cofres y, no encontrando el segundo arcón, se justificó la visita al lugar del naufragio por el agradecimiento a la heroicidad de las gentes de Camariñas. (Quique García)
En el Archivo de Indias hay datos precisos sobre lo que aconteció después de la batalla: hubo juicios y consejos de guerra pero no se lo hicieron a Velasco y a los responsables, sino a los marineros que se quedaron a cargo de quemar los barcos y no se destruyeron. Están las declaraciones de marineros que tuvieron problemas por incumplir la orden de quemar los barcos, diciendo que llovía mucho y que no se encendía la mecha, y que se habían tirado al agua ante la amenaza de los soldados ingleses. (Fernando Navarrete) A finales de los años cincuenta los últimos buscadores de tesoros Robert Sténuit y John Potter rastrearon la zona. La filmación del documental Rande (1989): El realizador Fernando Navarrete filmó los restos de los 28 barcos que yacen en el fondo de la ría de Vigo. Un interesante material de más de 300 horas filmadas en las turbias aguas de la ensenada de San Simón permanece inédito. Los dos navíos mejor conservados son el Santísima Trinidad (también denominada La Almirante), era un barco español construido en 1690; y el Solide, francés, de 1625, considerado como una muestra de los avances de la arquitectura naval de su tiempo. La cuaderna es lo que se encuentra mejor conservado. Los barcos se han desmoronado, pero en algunos permanece la parte gruesa de la madera: cuadernas, quillas, piezas que sujetaban los pisos, anclas, cañones... Incluso parte de la popa y de la proa también aparecen casi trescientos años después de su hundimiento. (Fernando Navarrete)
Entre los restos filmados están partes muy interesantes de los barcos, como la proa o la popa, poleas de bronce y de violín (como las que tenía el Vasa, recuperado por los suecos), ladrillo refractario de las cocinas de los navíos, bobinas de cabos de cáñamo, duelas de barril, anclas como las que hay en monte de O Castro... Del Solide, por ejemplo, está toda la zona de proa. (Edelmiro Martínez)
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