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Incluímos
a continuación un fragmento del prólogo del album, escrito
por Manuel Barrero:
Existe
una llaga recóndita en nuestro cerebro que sirve como puerta
a la imaginación más exacerbada. Es una zona nerviosa
esquinada y oscura, callosa. Es un lugar que no se visita a menudo
y del que sólo algunos privilegiados tienen las señas
correctas, el cómo saber llegar y el cómo internarse...
Un internarse que es inmiscuirse en el horror, en la pavura, en la
expedición alocada. Es un sumergirse en los miles de mundos
que habitan en uno y que tan bien supieron cristalizar los literatos
del realismo mágico; que Borges supo sintetizar, escrutador,
inimitable.
A ciertos mundos, a ciertas epopeyas, a determinadas piedades y a
ciertos horrores solamente se llega hurgando en esa llaga, apurando
la imaginación hasta más allá de las fronteras
permitidas. El mundo de Bram está al otro lado de esa frontera.
A él se llega tiritando de terror, sudorientas las palmas ante
la evidencia del enfrentamiento armado o del combate con lo innominado.
Quienes nos fuerzan a este placer, a este ahogo que proveen algunas
historietas, son dos autores ligeramente fuliginosos. Cáceres,
por su entintación basta y generosa, sin concesiones a la claridad,
como una mancha de furia. Pallarés, por su literatura de fraseo
breve y nervioso, que le da un valor oral al relato, como de confesión
entrecortada que se escucha al moribundo.
El resultado son historietas crudas, de imágenes sólidas,
bruscas, musicadas por frases destellantes, lapidarias, que retumban
en la viñeta.
El esfuerzo no es vano, y el objetivo queda cumplido: te estremeces.
Para hacer Bram, sus autores quisieron hurgar en esa llaga de difícil
acceso con el fin de aportar al lector tanta acción como espanto.
Ya Llopis nos recordaba que el ambiente no determina más que
la forma y estilo del relato, siendo su meollo la vivencia de lo numinoso,
lo cual es como un poso primitivo que viene de muy antiguo. Ese cruce
de planos real e imaginario que es el cuento de miedo, con la fantasía
heroica adquiere una fisicidad inmediata y próxima: La disposición
en un mundo arcano y periclitado nos intranquiliza, la ruptura de
la lógica es aquí lo habitual, y lo numinoso es invitado
siempre sin previo aviso.
Teniendo el escenario, solamente faltaría el personaje. Y la
historia, claro.
La historia es fácil de obtener a priori, porque ya nos han
indicado los que mucho saben que la ficción se soporta sobre
contados pilares. Según el mentado Borges, se apoya en cuatro
historias elementales. Según otros, el límite está
en el centenar. En el caso de situarnos en un género, el conjunto
de historias posibles de contar son escasas en cuanto a esquema si
bien pueden ser infinitas en cuanto a modo. Para el caso que nos ocupa,
una aventura de un héroe bárbaro es generalmente un
viaje, un trayecto que sirve en ocasiones como rito iniciático,
es un aprendizaje (en el amor, en la venganza, en la astucia), y es
un descenso al infierno. Las aventuras de estos héroes son
relatos de sus fracasos y aciertos según doman lo numinoso
con mitología, con ciencia, con religión o con magia.
Si nos referimos a Bram, con furor también. Con una cólera
que no se apaga, que no cede, porque su mundo, ese que es vigilado
por Olgar, es patria donde reina el fragor y el hedor de la batalla.
Bram dicen que nació en la estepa de Izurkán, allí
donde el degüello es práctica común, el sexo es
sucio y el amor no está. Dicen que no titubeó al sufrir
el nagkún de niño, si bien tanta fortaleza no le predispuso
a una corona o a una toga, antes bien al contrario: a la soldadesca,
al pillaje, a la huida y a la contrata mercenaria. Al desamor hiriente
(tanto con Xila como con Lust) y, siempre, a la truculencia, a estar
condenado a hallar en su camino el pozo de ponzoña y el foco
de la hechicería.
¡Aléjate, terror!
Y cuidado al proceder a la lectura, amigo, es posible que no puedas
luego salir indemne de este laberinto de viñetas.
Manuel
Barrero.

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