LA NEVERA
Paseando por las orillas del pueblo, recordando fantasías de mi infancia y disfrutando de esos rincones cargados de historia, donde el corazón te enseña a escuchar y entender esas cosas que un día fueron muy importantes en la vida de nuestros antepasados y que hoy, desgraciadamente, o ya no existen, o están en total estado de abandono; esta mañana he visitado la nevera de nuestro pueblo.
Después de mirar, remirar y hacer fotografías de lo que queda, -sus viejas paredes y parte de la bóveda- y recordar todo lo que me contaba mi padre sobre ella, pienso que la nevera, es algo muy importante de la historia de Milmarcos; tal vez hoy no nos damos cuenta, porque podemos disponer fácilmente de frigoríficos, congeladores, o bolsas de hielo en las gasolineras y otros establecimientos, lo cual nos permite conservar los alimentos, refrescar nuestras bebidas y disponer sin grandes esfuerzos, de todo el hielo que necesitemos para nuestros menesteres. Los hombres y mujeres de antaño, no disponían de las tecnologías actuales, pero demostraban constantemente que tenían un ingenio fabuloso y que sabían aprovechar perfectamente todos los recursos que les ofrecía la naturaleza.
Que bien supieron buscar el sitio los que hicieron la nevera de Milmarcos, sus instintos naturales, les llevaron hasta el umbrioso ribazo de tierra arcillosa que hay debajo de las eras bajeras, situadas en el barrio de Las Piñuelas, a más de 1000 metros de altitud sobre el nivel del mar; allí cavaron un gran pozo, lo revistieron de gruesas paredes de calicanto y lo cubrieron con una doble bóveda de piedra y yeso, dejando un espacio vació intermedio con el fin de que se comportara como un enorme termo, evitando así la influencia de la temperatura exterior. La puerta de entrada la hicieron pequeña, y justo mirando al norte, a fin de que cuando se abriera entraran el menor número posible de calorías y así poder conservar la temperatura interior lo más baja posible.
Cuando llegaba el invierno, aprovechando las nevadas, recogían con una barrastra, -como si fuera una parva de trigo-, toda la nieve de las eras bajeras y la llevaban hasta la piquera, - pequeña puerta situada en la parte superior- también llevaban nieve con serones y hangueras desde otras eras cercanas, la empujaban con palas y rastros para meterla dentro, como se hacía con la paja para meterla en los pajares; en el interior siempre había una cuadrilla de chicos que disfrutaban enormemente pisando y apretando la nieve; cada medio metro de espesor, ponían una capa de paja, después, otra nueva capa de nieve y así sucesivamente hasta que se llenaba toda la nevera; con el tiempo, toda la nieve se volvía hielo, y como el aislamiento era perfecto, ya tenían hielo garantizado para todo el año.
Cuando necesitaban hielo, acudían a la nevera, generalmente por la tarde, cuando el sol ya había caído, y con un barrón del arado, iban rompiendo trozos de hielo entre capa y capa de paja, llenaban los cubos, los tapaban con un saco viejo y lo llevaban hasta el comercio, el café o el bar para cubrir todas sus necesidades.
Esta nevera, era y es, propiedad del Ayuntamiento; al igual que subastaba el horno del pan, el matadero u otros servicios existentes en el pueblo, también subastaba cada año la nevera; generalmente la arrendaban personas que tenían algún establecimiento. Quien se quedaba con la nevera, podía hacer uso de ella durante todo el año, pero tenía la obligación de facilitar hielo gratuitamente para algún caso especial, o si lo necesitaba algún enfermo para conservar medicamentos, cortar hemorragias o reducir inflamaciones.
Esta forma de conservar la nieve, es conocida desde tiempos de los romanos, y dejó de utilizarse una vez que aparecieron los modernos electrodomésticos.

Bienvenido Morales Muela.
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