ENCUENTRO CON UN GUARITO

  

Nos hallamos en nuestro querido pueblo, Milmarcos, disfrutando de los últimos días del mes de agosto y apurando las vacaciones estivales que aún nos quedan pendientes. Como cada noche después de cenar, mi esposa y yo salimos a tomar la fresca junto a un reducido grupo de vecinos y amigos con los que disfrutamos de la agradable temperatura, de las conversaciones, comentarios jocosos y a veces criticones basados generalmente en cosas insignificantes, pero que nos hacen pasar un rato agradable hasta que empieza a soplar un ligero vientecillo que viene de Carramayas y nos manda para casa a dormir, con una sensación de frescor agradable, con ganas de acostarse y disfrutar del silencio y la tranquilidad que el pueblo nos ofrece.

Una de estas noches, estando sentados a la fresca en la puerta de la tía Paz, pasaron por la calle paseando un grupo de cuatro mujeres siguiendo su ritual diario de salir un rato a pasear por la calle Jesús. Al llegar a nuestra altura y después del saludo y el correspondiente comentario sobre la buena noche que hacía, una de ellas dijo: ¡Nos vamos paseando hasta Jesús!, a lo que el David contesto: Ir con cuidado y no pasar de la ermita, porque os saldrán los “GUARITOS”. Mágica palabra, que nos hizo gracia a todos y que sirvió de base para establecer un debate sobre el miedo o en algunos casos respeto y en otros pánico que se les ha tenido a los guaritos. Quien no recuerda las amenazas o advertencias que nos hacían nuestros mayores cuando éramos pequeños ¡No vayas por tal sitio porque saldrán los guaritos!, ¡No hagas tal cosa porque vendrán los guaritos!, etc. Palabra que a mi me causo cierto impacto, ya que hacia mucho tiempo que no la oía, tal como la soltó el singular David, en el momento adecuado y con el significado que la situación requería, dejando constancia de su arraigo a las costumbres y expresiones que se han utilizado siempre en el pueblo y que últimamente ya no se manifiestan , si no es en situaciones como esta y en boca de personajes auténticos y naturales como David.

Como es natural, acto seguido vino la pregunta por parte de mi esposa, que al no ser del pueblo y no haber oído antes esta palabra y los comentarios que sobre ella estábamos haciendo, ¿Qué es un guarito?.Gran pregunta le contesté yo, y haciendo un rápido e imaginativo esfuerzo le contesté que los guaritos forman parte de la mitología milmarqueña, como el gamusino que ella ya conocía, que se trataba de seres imaginarios utilizados por la gente para reprimir o meter miedo a los chavales cuando hacían o querían hacer alguna cosa que a los mayores no creían correcta o necesaria.

Seguíamos haciendo comentarios y matizando detalles sobre el guaritismo y todos estábamos de acuerdo en que se trataba de un sistema de represión que utilizaban ante una actitud negativa o incorrecta, como he mencionado antes, con el clásico ¡No hagas esto porque……..! ¡No vayas a tal sitio porque…….!, con la única pretensión de asustar o meter un poco de miedo.

Mucho más duras eran otro tipo de expresiones que también se utilizaban por los mismos motivos, pero su significado era mucho más contundente y con otras actitudes que se conseguían ante tales advertencias, que realmente acojonaban bastante más ya que sustituían a los guaritos por los tísicos, que sacaban la sangre, o la del tío Sacamantecas de cuyo cometido no hace falta entrar en detalles, u otras algo más suaves como la del Germán Hueso, personaje célebre por estos lares allá por los años 1940, al que podemos calificar como un exhibicionista de aquella época. Según cuentan, tenía la costumbre de atormentar a las mozas bajándose los pantalones delante de ellas, mostrándoles sus atributos masculinos, la del hombre del saco, la del tío Camuñas, o la del hombre de los dientes.

Después de esta trasnochada tan agradable, en la que hemos vuelto a dar vida a los guaritos y hemos dejado correr nuestra fantasía recordado cosas que por falta de oirlas ya han caído en desuso, damos por terminada por hoy la sesión y nos despedimos con el buenas noches y hasta mañana si Dios quiere y nos dirigimos hacia nuestra casa en el más absoluto silencio, ya que a estas horas de la noche ya no transitaba nadie por las calles.

Como todas las noches, antes de acostarme suelo sacar a mi perro al que llamo “PINTXO” para que haga sus necesidades y corretee un poco antes de irnos a dormir. Como casi siempre vamos caminando hasta la puerta de la ermita de Jesús, que es hasta donde está iluminada la calle. Los perros de Manolo ya hace rato que están ladrando como otras muchas veces, lo cual significa que algo o alguien les ha llamado la atención, lo más seguro es que sea alguna alimaña o algún otro perro que ande suelto.

Al llegar a la puerta de la ermita, Pintxo sale corriendo hacia la oscuridad y al cabo de un momento empieza a ladrar como cuando detecta algo. Lo llamo varias veces sin que me haga el menor caso y sigue ladrando un poco más lejos, por lo que decido adentrarme en la parte oscura del camino, detrás de la ermita y con toda sinceridad, con un poco de canguelo. Una vez adentrado en la oscuridad y llegando a la altura de lo que llamamos prao de la tía Bruna, la visión ya es bastante buena, las pupìlas ya se me habían dilatado lo suficiente para que con la claridad de la luna viese correr al perro detrás de algo que saltaba el ribazo y seguía corriendo hasta llegar al pairón donde se quedó escondido, y me lo confirmó el perro cuando se paró delante y continuó ladrando con insistencia.

Haciendo de tripas corazón y pensando en aquella teoría que dice que al miedo hay que irle de frente y entonces sale corriendo, pero con más miedo que otra cosa, me dirigí con gran cautela hacia el pairón y observé con bastante claridad que se trataba de alguien que quería gastarme una broma de mal gusto, porque parecía la silueta de una persona, tal vez algún forastero que al oir ladrar al perro trató de esconderse para no ser descubierto, o tal vez alguién que había salido a la parte oscura para tirar el pantalón (defecar), expresión que utilizamos por aquí, pero no era lógico porque el reloj del pueblo hacía un momento que había dado las campanadas de las doce de la noche y estas no son horas ni el sitio adecuado para hacer tal cosa si no es por un apretón.

Cuando llegué a una distancia de unos cinco metros aproximadamente del pairón, aquel elemento sacaba la cabeza por el lateral y dejaba ver parte de su figura que iba cambiando de lado a lado de la columna de piedra y estaba subido en el último escalón. Yo ya había conseguido ponerle la correa al perro que seguía ladrando, aunque con menor intensidad. Me causó cierta impresión cuando observé que cubría gran parte de su rostro con una especie de capucha y con medio cuerpo fuera gesticulaba con las manos como indicando sumisión y dándome a entender que no tenía malas intenciones. De inmediato le pregunté que se identificase y que pretendía a estas horas y que porque no estaba en su casa. Mi sorpresa fue mayúscula cuando me contestó que no tenía casa, que era un guarito y que ya me conocía por haberme observado otras noches cuando sacaba al perro. Me pidió por favor que no tuviese ninguna reacción violenta contra él y que podía tirar al suelo la piedra de considerable tamaño que llevaba en la mano como medida preventiva, por si era necesario utilizarla. Ante tal actitud, casi sumisa por su parte, yo le dije que me parecía un guarito de pacotilla y que no me coincidía para nada con la supuesta imagen que yo me había formado de lo que podía ser un guarito, a lo que me contestó que su estado anímico estaba muy bajo y su autoestima estaba por los suelos, que las circunstancias le eran totalmente adversas y que estaba al borde de la desesperación. Esta situación me resultaba totalmente extraña. ¿ Que hacía yo a estas horas de la noche escuchando a este tipo tan raro, de aspecto desaliñado, con una delgadez extrema y una figura quijotesca , feo como un pecado y pálido como un muerto?. Vestía con unos harapos, como con una túnica de tela de saco, con capucha y sin mangas que le llegaba por debajo de las rodillas, dejando ver unas garrillas de alambre carentes de pelo y calzando una especie de sandalias totalmente destrozadas. Cubría parcialmente su cara con la capucha, dejando al descubierto una enorme nariz grande como un apagavelas y de forma aguileña. Su aspecto desde luego era para asustarse.

Insistió en que por favor no me acercase más a él y que se sentía avergonzado ante esta situación, insistiendo en que comprendiese su actitud, pues estaba tan desesperado, que ya todo le daba igual. Ante mi interés para que me diese alguna muestra que justificase lo que me estaba explicando, ambos ya sentados, él en el escalón del pairón y yo en una piedra al otro lado del camino, dándole a entender que estaba dispuesto a escucharle. Prosiguió diciéndome que se llamaba Bonifacio, que había llegado al pueblo unos días antes de que empezasen las fiestas de la Virgen de Agosto, pensando en la afluencia de gente que viene para esos días, que ya había estado en el pueblo cuando era pequeño con su familia, que recordaba con nostalgia aquellos años cuando acudían a Milmarcos gentes de todos los pueblos de los contornos. Comentaba con cierta emoción lo dulce que era la vida para los guaritos en aquella época en la que abundaba el trabajo para ellos. A todas las horas transitaba gente por los caminos y que en cualquier sitio se podía dar un buen susto. Había tanto trabajo, que se podían permitir el lujo de escoger a la posible víctima, sobre todo recuerda las ferias, donde acudía gran cantidad de gente forastera. Recordaba con cariño la estancia junto a su familia en la paridera del Vallejo y manifestaba una profunda tristeza porque la había ido a visitar y la había encontrado sin tejas y en un estado ruinoso. Que había visitado otras parideras cercanas al pueblo y que ante la situación en que se encontraban la mayoría de ellas, había decidido instalarse en los pajares de la vitala, por tratarse de un sitio bien ubicado en las afueras del pueblo, poco transitado y desde el que se podía observar los movimientos de la gente que transitaba por la calle Jesús y por los caminos adyacentes, así como la parte de detrás de las casas del barrio del Collao.

Prosiguió diciéndome que le había defraudado mucho la situación en que se encontraba el pueblo y que lo tenía muy difícil para poder desarrollar su cometido como guarito. Se quejaba de que la gente en general y especialmente los jóvenes no tienen ningún respeto y que se sentía incómodo y lo incordiaban por todos los sitios. Me decía que si decidía salir a trabajar por las eras del reloj, o no pasaba nadie, o solamente estaban transitadas los días de bullicio como aparcamiento de coches. Si se decidía por las eras bajeras, Los perros de Dorito y de Feliso no paraban de ladrar y delataban su presencia. Algún día se había atrevido a aproximarse al grupo de vecinos de las Piñuelas que tomaban el fresco en la placeta de tío Chiroles, pero que nunca se decidió a meterse con tanta gente y se quedaba observándolos escondido detrás de los arbustos en el muladar de la tía Liona o en el callejón de subida a las eras. Por detrás de las casas de la carretera, cada vez que se decidía a dar una vuelta, lo atormentaban los perros de Julio y de Carmelo. Por la zona de Carramayas, es un paraje que no transita nadie y por la zona de Jesús donde nos encontramos, no paran de incordiar los perros de Manolo, aunque considera que de todas ellas, esta es la mejor y la más distraída. Que tenía controlados los movimientos de un señor que vive al lado de la ermita. A otro que en días alternos suele regar un huerto hasta cuando es de noche y que este mismo cada día al atardecer suelta las gallinas y que hace unos días presenció como le desaparecía una de ellas, aunque no se atreve a delatar al individuo que se la apropió. Que también tiene controlados a un matrimonio que cada día salen de paseo en dirección a Hinojosa y que a veces regresan por el camino de Jesús cuando ya es completamente de noche. Y a mí mismo cuando todos los días saco el perro antes de ir a dormir.

Yo continuaba perplejo escuchándole y pensando en la falta de agresividad que demostraba y la manera de actuar tan extraña que tenía aquel individuo, insistiéndole en que me parecía un guarito descafeinado y de pacotilla y que si no cambiaba radicalmente le auguraba un provenir bastante negro para subsistir como guarito. Él asentía a todo lo que yo le iba diciendo y siguió contándome algunas de las malas experiencias que había tenido desde que llegó a Milmarcos. Prosiguió contándome que uno de los días de la fiesta andaba guariteando por los huertos de la cañada que hay al lado del interpeñas, a la espera de alguna posible víctima. De pronto observó que dos personas jóvenes se adentraban en la oscuridad al parecer para hacer sus necesidades fisiológicas. Cuando se decidió a darles el susto, éstos sin inmutarse le insultaron y le arrojaron encima dos vasos enormes de cerveza que llevaban en la mano y después lo corrieron a pedradas por el camino de Alquerque.

Otro día tuvo otra experiencia negativa similar a la anterior. Se hallaba tomando la fresca y a la espera de algún posible trabajillo en el parque nuevo de detrás de la balsa, cuando aparecieron un grupo de jóvenes que la liaron con él y tuvo que salir por piernas para poder salvar su integridad física.

Continuaba diciéndome que tenía comprobado que los chavales de hoy ya no se asustan por estas cosas y que la gente más mayor tampoco está por el tema. Que durante todos estos días, nada más había tenido un pequeño éxito con unos jóvenes forasteros a los que se les averió el coche a la una de la madrugada en el camino de Algar, a la altura de la Matilla , que les causó bastante efecto su aparición y que muy asustados se disgregaron por dentro del monte. Que gracias a esto y a la precaria alimentación que llevaba se seguía manteniendo, aunque ya empezaba a notar la flojera y le quedaban pocas fuerzas.

Esto me dio pie a preguntarle por el tema alimenticio y de cómo se mantenía, contestándome que su dieta era básicamente vegetariana y que sentía una especial predilección por la verdura, la fruta y los frutos secos, recalcándome que le encantaban en primavera las coscoritas, las collejas y los cardillos, en verano básicamente la fruta y en otoño e invierno las nueces, bellotas, endrinas, gallubas y escarambujos y que se nutría de una proteína básica para él ingiriendo las bolas o semillas de las sabinas, pero que la comida sólo le proporcionaba el cincuenta por ciento de la energía necesaria para su existencia, el cincuenta por ciento restante era la energía emocional que sentía cada vez que le salía un trabajo bien hecho y que tal como estaban las cosas últimamente, que no se comía un rosco, tenía que comprender el porqué de su delicada situación actual .

Después de sentir toda esta retaila de despropósitos, yo pensé que tenía de darle un poco de ánimos para que cambiase su estado de apatía y viese las cosas en positivo. Me permití sugerirle que cambiase un poco de imagen y que fuese un poco más enérgico y más agresivo, incluso que se pusiese en la cara algo que le cambiase ese color tan demacrado y pálido que tenía. Le hice la observación que yo había oído decir a la gente mayor que cuando los guaritos estaban en pleno apogeo, en los casos que se les había visto por las noches, su piel tenía un color fosforito o fluorescente que les daba un aspecto más terrorífico y como consecuencia causaba más sensación en los asustados.

Me comentó que ese era actualmente otro problema añadido, que la vitamina que les proporcionaba esa fluorescencia o ese color fosforito la conseguían ingiriendo unos gusanos blancos y anillados con la cabeza marrón y del tamaño de un dedo, que se criaban en los muladares (estercoleros) dentro del ciemo (estiércol), procedente de detritus de origen animal sin contaminar, cuando ya estaba fermentado y listo para ser utilizado como abono orgánico. Que hoy día ya es difícil encontrar un muladar y más aún que reúna las características naturales necesarias, porque la alimentación que hoy se les suministra a los animales generalmente es base de piensos compuestos y que ya no se crían esos gusanos. Por tanto, habría que buscar otra alternativa a base de algún fármaco o producto químico que causase los mismos efectos.

Respecto a su higiene personal, me comentó que utilizaba los pilones de la Huerta Patrón , pero que también tenía problemas por lo sucios que estaban algunos días, sobre todo después de haber pasado por allí el atajo de ganado de un señor que chilla mucho y que dicen que le llaman el Gasolinas, no sabe porqué. Que tiene que asearse con mucho cuidado porque en el agua hay muchas sanguijuelas y tiene que vigilar que no se le enganche ninguna. Que otros días lo hace en el Pucherillo porque el agua esta mucho más limpia y le resulta más íntimo el lugar.

Intentando cambiar un poco el tema de conversación, le pregunté por su familia y por sus relaciones con otros individuos de su especie, mostrándose muy remiso a hacer comentario alguno sobre eso y queriendo cambiar la conversación. Ante mi insistencia, me empezó diciendo que no tenía a nadie de su família. Que dos de sus hermanos allá por los años sesenta emigraron a Madrid y Zaragoza, que le constaba que tuvieron grandes problemas y muchas dificultades para subsistir y que no se llegaron a adaptar nunca a la vida de las grandes ciudades. Que ya hace mucho tiempo que no sabe nada de ellos ni de otros compañeros que tomaron la misma decisión de abandonar el mundo rural y marcharse a la ciudad, suponiéndoles su desaparición. Que él continuaría por estos lares hasta que el cuerpo aguantase, ampliando su radio de acción al resto de las provincias de Guadalajara y Cuenca, compartiendo este campo de trabajo con otro compañero que estos días andaba por los pueblos de la sierra de Molina.

De su vida sexual se negó rotundamente a hacerme ningún tipo de comentario, limitándose a decirme que había tenido una compañera y que se marchó a Valencia en busca de mejor fortuna y que ya no había vuelto a saber nada de ella.

Volvió a cambiar de tema y me dijo en vista de las malas perspectivas de futuro que tenía en cuanto a calidad de vida para los de su especie y que a medida que el progreso iba avanzando, ellos estaban en una acelerada regresión y que cada vez era más difícil subsistir, que hoy día su existencia ya no tiene ningún sentido, que el progreso y el sistema de la vida moderna son incompatibles con los temas emocionales y con algunas tradiciones que nada más son recordadas por gente de cierta edad, que son los encargados de seguir divulgándolas para que no se lleguen a perder.

Me siguió diciendo que junto con su compañero, habían pensado en trasladarse a Galicia, de donde tenían buenas referencias de que en el ámbito rural hay mejores perspectivas de futuro al menos para unos cuantos años. En los pueblos del interior la gente no está tan maleada y es más receptiva para todo tipo de emociones y hay suficiente trabajo para compartirlo con meigas, mengues, fantasmas, almas en pena e incluso con la santa compaña.Yo le dije que me parecía una buena idea y que me alegraba de oírle decir algo positivo. Que había que seguir luchando donde fuere y buscar soluciones a los problemas.

Prosiguió comentando que cuando se reúna con su colega, han de concretar el tema de Galicia y hacer planes y prepararse para pasar el invierno, recalcándome que han de tener mucho cuidado con los posibles resfriados que puedan sufrir, que los controlan inhalando un polvo marrón que extraen del interior de los gallarones (Agalla del roble) y que las condiciones atmosféricas les condicionan mucho, sobre todo cuando la temperatura ambiente baja de los diez grados centígrados, se quedan en un estado de semi letargo y totalmente inactivos. Por tanto, han de buscar una buena guarida y acondicionarla un poco para cuando esto llegue.

Con cierta emoción me confesó que sentía mucha pena porque seguramente ya no volvería más a este pueblo, pero que lo tendría siempre en su recuerdo, que pasó aquí parte de su infancia y que eso no se olvida nunca. Ya como despedida le dije si le podía ayudar en algo, me contestó que la mayor ayuda que podía hacerle, sería que no me olvidase nunca de ellos, que mantuviésemos viva y transmitiéramos a las generaciones venideras la existencia de los guaritos y que si alguna vez cuando amenacemos a alguien con él: ¡No hagas tal cosa!, ¡No vayas por allí porque ……….! Sirve para evitar alguna desgracia o algo que pueda hacer daño a los demás, ellos, los guaritos, se darán por satisfechos.

Que los recordemos como seres represores de las cosas o actos mal hechos y que salvo alguno de sus antecesores, que le constaba que habían sido un poco cabroncetes, en general han sido y son buena gente.Son las cinco de la mañana, me despiertan las campanadas del reloj de la torre y las ganas de ir al servicio. En mi mente aún esta la figura del guarito marchándose caminando por el camino arriba de Jesús. En este momento y después de haberme despejado un poco lavándome la cara y echando y trago de agua, vuelvo a estar acostado en mi cama junto a mi esposa y pienso en el poder de la mente y en que uno ve lo que quiere ver y está receptivo para ello.

Anoche cuando yo salí de casa para pasear a mi perro, anduve todo el rato pensando en la conversación y en los comentarios que habíamos hecho hacía un momento sobre los guaritos y me acosté dándole vueltas al tema, quedándome dormido y soñando sobre lo mismo.

Gracias a este sueño ha salido este relato que espero nos sirva para que como decía Bonifacio, no nos olvidemos de ellos, porque forman parte de la mitología milmarqueña y hay que seguir divulgándolo, como otras muchas cosas de nuestro pueblo.

 

 

MARCOS MARTINEZ ATIENZA

Septiembre 2006

 

VOLVER