...EN LA INMENSIDAD
 
 
 
 
 
 
 

 Ella
 
 
 

Se derramó,  a lo lejos, en lo hondo.
 
 
 

Mientras contemplaba el mar,

desde el acantilado.
 
 
 
 

Venciendo distancias, se dejó esperar.
 
 

Rasgada de noche,
 
 

con ansias de viento, de agua,
 

sedienta de tempestades movilizadoras,
 
 

abierta hacia las turbulencias y las playas
remotas y próximas.
 
 
 

ávida de huracanes y de temporales.
 
 
 
 

Le gustaba sentir la sacudida chasqueante del mar
contra las rocas,


la contundencia con la que le mecía  el  alma
 

aquel  impás  ensoñador  y de conjuro.
 
 
 

Miró al horizonte, impaciente,
 

y se dejó estremecer por una brizna  de  temor  inesperado.
 
 

Sí, zanjaría  todas las compuertas a la vida...

Dinamitaría la mas leve empalizada al Amor.
 

Su alma lo presentía,
lo adivinaba.
 

Lo sentía llegar a raudales, sin conocer por dónde

y la alborozaban el terror  y  la dicha.
 
 

Andrómeda estaba hecha para el Amor

pero aún nunca  lo  había disfrutado mas que en sueños.
 
 
 

¡Quién sabe de qué playas llegarían aquellas corrientes!,
¡quién  sabe si lo que estaba a punto de anclar  era  un  buque  fantasma  o  un bajel  pirata!

   ¡¿Quién  puede saber tantas cosas...!?
 
 
 

  ¿Pero no era ella acaso un guerrero en época de descanso?.

  ¿Qué miedos podría albergar su corazón...,
Contra quién,
sobre quién?.
 
 
 

  ¿Qué cualidades iba a dejar de reconocer en sí misma
para  hacer hueco al temor..?
 
 

  Sus puertas se abrirían porque era necesario,
y lo que era necesario, hacía ley en sus confines.
 

Siempre comparecían mecanismos que lo hacían viable.
 

  Lo cierto es que había un reino y un palacio que compartir,
un reino y un palacio que esperaban vida,
 

que aguardaban ser conjugados en un momento  álgido.
 

Aguardaban la gran comunión, el estallido.
 

  Esperaba al Gran Navegante,
 

al  intrépido  Conquistador
que la despojase de sus recias armaduras
 
 

y que fundiera el incombustible oro de su corazón,
 
 

que fulminase la coraza que no le dejaba primar su ineludible y suprema vocación de reina,
 

que hiciera arraigar irrevocablemente en ella
a la prodigiosa Amante y a la Esposa
 
 

en un vínculo de fuego.
 

Esperaba a aquel al que las estrellas designaron
para que la hiciera
sentir mujer y diosa.
 

  Andrómeda tocó la espada con un gesto entre nervioso y altanero
y la apretó contra su muslo de bronce.
 

  Lo había divisado en el mar,
su nave,
agitada,
 

volcaba espuma sobre las olas,

rompiendo el mar contra su cuerpo.
 

Lo vio ascender entre las rocas con sus ojos negros
como el carbón

y sus cabellos azabache ensortijándose en el viento.
 

  Sobre sus hombros despuntaba el sol.
 
 

  Arsis se detuvo aguardando un formulismo,
procedía la confrontación o el sometimiento.
 

  Andrómeda  esbozó una sonrisa y arrancando la armadura,
arrojó  a sus pies todo el acero.

  Sin arriar el mentón.
 

  A Arsis, tal gesto,  lo alarmó más que tranquilizarlo;

la osadía con la que se despojó de toda protección,
 

el arco que despuntó en el aire bajo su brazo contundente y decidido,
el hueco que en sí dejaron todas las cosas...,
le atravesó como un rayo hacia el escalofrío.

  Confusión,
que no podía reflejar y  arqueó mínimamente la ceja.
 

Precisamente ahora era cuando detectaba el mayor peligro
enramando por la seda dorada de sus nalgas.
 

Con los pechos desafiantes al viento: ofreciendo sus labios
como dádivas.
 

  Mas Arsis quiso beber el néctar de su boca
y aceptó el reto de su cuerpo.

Quería palpar la más alta y desconocida meta a la que aspiró jamás,
..abocarse al precipicio más hondo.
 

  Aquellos senos, aquellos ojos de fuego, de noche y miel,
lo arrancaban con pasión incontrolable de sí.
Anclados en los suyos como garfios,
 

lo atrajeron por el tenue sedal de la vida a su vereda.
 

  Y ahora no veía llegado el instante de morir entre sus brazos.
De abalanzarse hacia lo hondo.
 

   Aguas cálidas, serenas,

marejadas enajenadoras, arrecifes de coral, y estrellas y lunas arrullaron un amor controvertido, tempestuoso, huracanado,

que se mecía y agitaba.
Que pasaba del vértigo a la dulzura en impases ajetreados.
  Fue un minuto eterno hasta que se sumergió en su piel,

hasta que los dos universos se cerraron tras de sí en una descomunal hoguera,
en un fogonazo, en un estallido de Amor,
que reventó a raudales y desmadejó palabras.
 

  Sólo su dulzura era más grande que su belleza,
 

y lo fue más que su  gallardía,

sólo el sublime misterio de sus ojos

predecía más tormentas que el acero de su espada.
 

Solo sus manos y sus senos eran capaces de sofocar, solícitas,
resquemores y recelos...
 

  Y cedió a  la ternura en el desbarrado torrente de su cuerpo.

  Resbalaba parsimoniosa por su piel, surcando firme la inmensidad,
inflamada de ráfagas ardientes,
 

de gotas  de rocío, de lluvia de luz, de frenesí, de gozo
y de sosiego.

  Bebieron la vida con total fruición
 

y fueron eje, centro, destino, presente, pasado y futuro
de sus sueños.
 

  La mano, ahora cálida y acogedora de Andrómeda se deslizaba sobre su piel

como una  paloma impregnada de venturas.
 

  Ella
lo miraba no ya como a un guerrero,

ni un conquistador que la saboreara cual botín de guerra,

sino como al mensajero del sol,
el depositario sagrado de lo más sublime valioso y honorable del universo;
 

el merecedor más egregio de todos los deleites,
 

el supremo artífice de su plenitud,
el consumador del "mediodía",

de la soberana realidad izada y espandida al viento de lo más noble y libre
de sí misma.
 

  Y así lo Amó y lo veneró de igual manera.
 

  Y en él rompió el mar

y los estallidos de fuego,
porque en él cualquier estrella lucía en  álgido esplendor.
 

  Porque él lo era todo,
porque él... sólo era comparable  a su corazón.
 

  Y lo amó en el silencio y en la palabra, estremecida, gozosa, dolida y temeraria.

Lo amó henchida y extenuada, desnuda y engalanada;
 

  lo amó con determinación, sin descanso y con denuedo.

  Ya no como guerrera, ni como reina de cuanto  había hecho suyo.
 

  Le amó por encima incluso de cuanto tenía,
  lo amó hasta la renuncia,
 

lo amó más allá  del sol del mar y de las rocas.
Lo amó mucho más allá  de sí misma,
 

donde el sentido adquiría visos de irrealidad y se fundía
con lo onírico..
 
 

  Pero Arsis no se había desprendido de nada para la conjunción.
 

  Siempre fue guerrero,
 

nunca supo ser otra cosa,
 

ni señor, ni príncipe, ni soberano...
 

  Para él Andrómeda fue un lucero que le sedujo en el firmamento de su ruta inacabable,
en sus noches de desvelo.
 

Sin embargo optó siempre más por las distancias
que por las proximidades
 

  Escalar, le era propio, arremeter, rendir, subordinar...,
  Lo suyo era tomar todas las cosas en un inconculcable derecho.
 

  El

no precisaba mantener nada, lo asía cuando quería.
  Para ello sublimó a la estrategia y a la  fuerza.
 

  Andrómeda,

en cambio,

no entendía el poder sin nada que defender,

  sin algo que mereciera la pena, por lo que luchar.
 

Ella

primero era reina
y luego guerrera
 

para mantener intactos sus dominios y
no consentir que se avasallase una flor.
 

  El,
para conseguir la flor,

no tenía más que atacar,

y si hacia falta hasta incluso después

olvidaba el objeto que motivó la refriega.
 

  Ella era salvaje como una pantera

y sumisa como una gacela corriendo ebria por los campos del amor.
 

  Arsis la miraba embobado;

pero solo era un guerrero,
 

y los guerreros están versados más en otras artes que en las de la palabra.

  Por lo demás le era bien igual como fuera, sólo se le antojaba suya.
 
 

  Andrómeda no le negaba nada
porque cuando abría hacia él sus ojos,

florecían sirenas y aves migratorias,
y burbujeaban las aguas
 

y el brillo del sol engarzaba destellos de arco iris en el mar....
Y danzaban las olas;
 

y se expandía el universo y hervía su pecho;

y su vientre acunaba al sol y sus brazos mecían al viento y...
 

Perdía el sentido,
 

y el rumbo se adireccionalizaba.

  Y los sueños se posaban en la brisa y se dejaban arrullar en el abrazo.
 

La miró desde todas las direcciones,
la recorrió desde todos los  ángulos,
 

la hizo suya porque ella se lo exigió
porque quiso ser absoluta y profundamente suya,
 

que la sembrara toda, entera, y beber la simiente del sembrador.

Porque tenía sed de correr hacia su cauce,

quería incendiar sus velas en él y soltarse imparable a su universo,
 

recorrerlo despacio, embriagarlo en su roce magnético.

Y luego morir en él para despertar adentro.
 
 

 ¡Cuántas cosas no dichas  y sentidas!
¡cuántos silencios llorando por la ausencia!
 

¡Qué lejana y qué próxima la llamarada del amor corriendo en estampida
hacia los mundos.
 
 

Aleteó en sus sueños

y retozó en sus brazos hasta nutrirse de ternura,

disuelta en el suave roce del alba.
 

  Cabalgó hasta refrenar sus ansias,
hasta zanjar todo el trecho que la excluía de su centro.
 

Hasta impregnarse de lo imposible,
de lo impredecible,
de lo contradictorio,
de lo inesperado.
 
 

  Regó sus campos de dulzura.
 

Ensalzó  majestuoso el palacio, fúlgido de gozo.

  Y lo hizo emperador, dueño y señor de su mundo.
 

  Nada le pidió,

  sólo que se dejara ofrecer todo,
 

con la sumisión de la esclava que custodia con desvelo su tesoro,

la sublime ofrenda de lo supremo.
 

  Tan sólo anhelaba velar por su gozo y la dicha
de poder contemplarlo,
 

hacer que fuera verdad.
 

  Porque lo veneraba como a un sueño,

como lo más alto, supremo  y real,

como lo más digno.
 

  Pero la mano de Arsis estaba hecha para atrapar
y era poco dada al abrazo,
 
 
 

su palma era capaz de aprisionar ¡tantas!,
¡demasiadas cosas!.
 

  Le incitaba lo extremo, la lejanía,
y los océanos tempestuosos.
 

  El

era ese sector de la vida
donde se consuma el triunfo.
 

  Pero, ¡ay, Andrómeda, sólo eso!.

 Tú viste su reflejo más allá, hacia donde se desdoblaba el tuyo,
 

pero ni era real ni mucho menos soberano de nada que no fuera su mero capricho puntual, desasosegado.

  Los reinos

los conocía sólo en el ataque y no en la responsabilización del mantenimiento engrandecedor e íntimo.
 

  Abordar era su especialidad,

no construir barcos.
 

Solo era maestro en saqueos y claudicaciones.

Al fin y al cabo era guerrero y los guerreros lo hacen casi todo encinchados

y de pie,

en un permanente estado de alerta,
 

no se asientan,
ni veneran,
ni sueñan
 

ni estrechan lazos que constriñan sus estrategias.
 

  Someten,
 evalúan,
instrumentalizan y  viven mejor  en la contienda.
 

  Cuando Andrómeda vio a su corazón como un trofeo,

como algo que  no requería más desvelos,

tan sólo un espacio en el que ubicarlo.
 

Lloró,

lloró con desesperación, lloró con la quemazón del fuego
que quiere abrasarse en sí mismo.
 

  Y el encanto cedió,

y dejó de ser gacela
 

y fue el halcón de sus sueños,

el que raudo y vigilante se preparó para el rescate de su corazón.
 

  Porque su corazón había sido forjado para un rey,
no para un traficante de esclavas.
 

  Y maldijo sus ojos

de noche y miel que lo atrajeron a su playa.
 

  Pero nada iba a ser óbice para el rescate.

  La succionadora red del recuerdo no iba a cegar el presente,

donde se sentía a cada hora más esclava y menos reina.
 

  Debía autoliberarse
antes de que flaquearan las fuerzas,

antes de que olvidara su igual condición de guerrera,

la que lo atrajo hacia sí.
 

  A él le seducía más la fuerza del desafío,

el vértigo de lo inabarcable, que el fuego del corazón y la calma.
 

  Debería arrebatarle un sueño que no merecía.
 

  Nadie merece un sueño que no ve como tal

y  que  no contribuye a mantener de  verdad.
 

  El que ofrenda sueños a quien no está a la altura
acaba obteniendo pesadillas.
 
 
 

Porque un sueño solo se acompaña de otro sueño.

Los sueños vuelan juntos en el cielo,

no deben vivir en magnitudes divergentes.
 
 
 

  Las cumbres
pueden tocar el abismo, hundirse en él para recomer ímpetu,
 

pero nunca,
nunca, deben quedarse en él.
 
 
 

  Ella

vino a dárselo todo incluso lo que exigía.
 

Pero el hecho de que optara por lo más precario
le hizo verlo, aquilatarlo en lo que era.
 

  Solo lo bajo opta por lo bajo
y no aspira a lo supremo a lo fúlgido.
 

Porque lo hondo y lo noble no le dicen nada.
 


 Sólo una estrella viva

reconoce otra estrella que palpita,
 

los demás se conforman con alucinar con cadáveres
que emiten pobres fluorescencias
sobre el firmamento.
 
 

  Sus sueños

no eran para él y no iba a consentir que los profanara.
 
 

  Andrómeda

miró los muros del palacio de su emperador y le parecieron mazmorras,

desnudos de vida, huérfanos de color.

  Todo se había tornado rancio, hermético, duro, adusto, lineal.

  Incluso el cielo a través del cristal se hacía plomífero y denso.
 
 
 
 

  Andrómeda
se retorció desesperada espantada de su propio dolor,
 

de tener que arrancar lo que atesoró en su pecho con mimo, en el delirio.

  Debía alejarse cuando sólo quería deshacerse entre sus brazos.
 
 

Pero sus cumbres la reclamaban y no podía desoír al amanecer
 

donde despuntaba el sol.
 
 

Se debía a ellas más que a nada.
  Más que amante había de ser Reina.
 

  Miró los pájaros en el cielo revoloteando felices

y sintió que la esperaban.
 

Abandonó el yelmo sobre el trono.
  Luego descendió despacio los escalones de pedernal

mientras se iba arrancando la ropa.
 
 

  Desató las cintas de las sandalias y las dejó caer sobre

el acantilado.

  Alzó sus brazos hacia el sol,
 

expandió su impulso en el aire y luego se volcó hacia el mar....
 
 
 
 
 

Arsis la había visto salir,
entendía que iba a recoger flores como cada mañana, para tejerle una guirnalda.
 

Le extrañó que no adivinara su corazón a su paso,
 

le sorprendió el resbalar de sus lágrimas,
 

le sorprendió no sentir el parpadeo de su llama,
 

sus ojos clavados en la inmensidad reclamándolo.
 
 
 
 
 

  Le sorprendió su paso lento,
pidiendo muda que la retuviera.
 

  Le sorprendieron sus brazos meciéndose en el aire vacíos de él.
 
 
 

  Le sorprendió el universo al cerrarse ante sus ojos,

sin luz,
 

clausurado a ella para siempre.
 
 

  Le sorprendió la noche,

  sentir de nuevo su voz, emergiendo de las olas:

  ¡Ámame amor,
 

  ámame siempre en lo alto,

no quieras condenarme a lo más pobre de mí misma...!,
 

  ¡Ámame, amor, que yo te Amo..!.
 

  Cruza otra vez el espacio y el tiempo para mí,  que mi inmensidad
  te espera...
 
 
 

  Y Arsis lloró
por lo que no entendía,
 

por  cuanto le hacía culpable su ignorancia,
por cuanto le hacía daño sin comprenderlo.
 

  En un gesto inesperado y rotundo blandió su espada
 y haciendo círculos concéntricos en el aire la arrojó al mar,
con decisión y con desespero.
 
 
 

  -Tú me alejaste de ella,
demasiado tiempo cogido a ti no he sabido  tocar las cosas blandas, lo delicado.

 No he sabido hacer de ella mi meta preeminente.

No he sabido que ignorarla la mataba.
 

  OH, amada mía, ¡cuanta distancia abrieron tus brazos ante mí..!
  Hondo es el hueco dejado por tu alma
 y el puñal de hielo de tu ausencia que hace sangrar  mi corazón.


  Que mi alma vele la espera de tu amor
 

mientras construye un palacio y un firmamento donde venerar
tus sueños,
 
 
 
 

que despierte  la estrella que me guíe  sin reposo
hacia tu corazón.
 
 
 
 

  ¡OH  amada mía!

despliega el viento entre las olas,

que abra para mí caminos infinitos a tu cuerpo.
 
 
 

¡OH, amada mía! Perdóname,
que yo no puedo hacerlo,
 

pues he tratado como esclava a la suprema reina de mi corazón.
 

No me condenes a tu olvido.
 

 ¡¡¡Espérame!!!,
 

 y cuando me presente ante ti,
vuelve a tratarme como si no hubiera sido un imbécil,
 

como si aún fuera yo tu rey.
  Coróname en tu centro de  nuevo.
 

 Torna a abrazar tu sueño en mí.

  Ámame

como no supe amarme yo nunca.
  Confiéreme la dignidad inimaginada.
 

  Embruja las olas, al sol y al viento para mí,
quiero sentir de nuevo la lluvia, descubrir los amaneceres y la calma.
 

Deja Ser en ti mi Ser inmenso.
 
 
 
 
 

 II
 

Era un día  desapacible y gris.
 

  Andrómeda se había alejado un verano.

  Infirió su sueño hacia el hacia el mar...,
 

y las olas deshilvanaron su rastro,
en un cerebro encartado para el olvido,
para oponer diques a la angustia.
 

  Arsis,

proseguía sobre el acantilado,
como la flecha cuyo arco aún no ha acumulado la suficiente tensión
para poder dispararse.
 
 

  Varado en la distancia,
INTENTABA
acometer lo que había devenido demasiado intenso,

demasiado
rotundo para su  disponibilidad,

demasiado arrojado para sus reservas.
 

 Solo,
encallado en la mortecina ensenada de lo virtual,
en los dispensadores vericuetos de la nada;

entrecortaba el aire sobre las rocas, ya sin espada;

... aún no, sin coraza.
 
 

  Las olas  no lo reclamaban

  y una apatía desoladora se embroncaba sobre  las rocas.
 

 ¿Y si fuera a buscarla de nuevo......?,
 

¿Pero, adónde?
 

¡ Ya no refluía su llamada desde el corazón....!
 ¡¿Estaría ella al otro lado del silencio!?...
 

 ¿Y si la búsqueda resultaba vana?

  ¿y si no topaba el caliente de su cuerpo?,
 

¿y si había sucumbido a la espera?,
 

¿y...si...?
 

    No, Arsis no se mostraba ávido de un cuerpo a cuerpo con el agua,
 

sin subterfugios ni vacilaciones.

  Dependía de ejércitos y barcos;
 

a pesar  de que ninguno llevaba a ella,
que anidaba más allá  de las rutas reseñables,
 

ajena a las boyas y los mapas.
 

  Arsis era una encañizado de injerencias,
que objetaban su horizonte,
 

cursando servidumbres expeditivas,
 

de abnegación y observancia rigurosas,
que se nutrían a veces de la integridad
 

y prevalecían siempre sobre los sentimientos.
 

  De todos modos, Arsis, apetecía ora la libertad, más que nada,
  ...porque conducía ...a ella.
 

  Quería alejarse, alejarse..., para estar cerca...
  Pero lo que deseaba, nunca había supuesto ruta para él,
sin la venia dispensadora de lo conculcado.
 

  Era guerrero,
guerrero de otros,
 

un envite apodíctico de disciplinas férreas
 

que no debía bregar por sus causas, ignorarlo podía conjugar
la tragedia.
 

No se desajustaban así como así las mallas, sin convocar
aciagas pesadumbres.
 

¡Habían de derivar tantas cosas!.
 

  Los subterfugios vapuleaban la memoria y lo enlosaban
de embustes,
 

mientras era observado con recelo,

con la desconfianza que infiere  lo impredecible
en los que sólo saben progresar en la rutina
y lo prefijado.
 

  Ahora era un extraño para todos;
 

para otros, por la vida que adivinaban en él,
 

el desajuste que producía, el hervor, en las consignas.
 

Pero también
era un furtivo de sí mismo
 

que procedía en dirección contrapuesta a lo deseado.
 

Acometía lo más difícil, lo más desagradable, por sistema;
 

como lo había ejecutado siempre, con ademán natural.
 

  Pero la aceptación ajena y la palmada en el hombro,

ya no eran suficiente acicate para hacer pie,
 

a menudo se trastocaban en sarcasmo,
en espeluznante mueca.
 

Eran como los vigías de su cementerio, que le forzaban a mantener a raya a la vida,
los centinelas de lo espurio.
 

  Se sustentaba sobre un enrevesado supuesto de sí mismo que velaba más por lo "otro",
 

mientras  urdía laberintos al amor,
bandeando el tira y afloja.
 

No podía estar demasiado cerca porque lo hacía vulnerable,

ni demasiado lejos, porque devenía cadáver.
 

  Se obstinaba en ser fuerte,
y para ser fuerte,
había de resultar inmune al sentimiento.
 

  ¡¿Mas... Ser fuerte y estar muerto podían rasgar equivalencias!?.

  ¡Dios!, algo fallaba...,

y él era cancha de derribo de tan soberbia majadería.
 

    Arsis sólo deseaba no pensar,
deseaba... no querer,
 

y arrancaba resquicios a la dicha,
 

pujando por prescindir del amor.
 
 

Ella era lo que más deseaba y lo que más temía  porque exceptuaba  lo predecible.

  Pero ningún pensamiento amañado,

consigue ocultar, ni refrenar lo que es demasiado tiempo.
 

No hay conjetura que  emplaste eternamente  lo vivo.
 

  Sus pies apenas rozaban ya el suelo.
 

  Cabalgando en la distancia, surcaba un horizonte cada vez más difuso,
que deliraba jirones,

que se moría por  romper al abrazo.
 
 

  Arsis la soñaba sedienta de su sombra,

prisionera de sus brazos.
 

  Arsis la soñaba sedienta de sus labios.
 

  Sabía que su presente y su futuro se habían exiliado en ella.
Y ya no podía sino ir a buscarlos,  haciendo frente a "lo otro".
 

Con la eternidad a pelo,
por la inmensidad a rastras.
 

  Arsis soñaba...que lo soñaba, porque solo en tal supuesto
reflotaba.
 
 

  Soñaba
que no la habían abatido las olas,
 
 

que tampoco su olvido la había amilanado.
¿Acaso desprendería su amor cual mero lastre, como arrancó de vez la indumentaria?.
 
 
 
 
 

    * * *
 
 

 Cuando Andrómeda se enfiló hacia el mar...
  No le preocupaba morir,
 

  Sólo pretendía abrir ruta,

exceder al momento aparentemente más sublime,

a la experiencia más vibrante y cautivadora,

que amenazaba con devanarla.
 

  Ignoraba si todo aquello había sido una alucinación,

un montaje para subyugarla.
 Ignoraba....si el fondo reventaría el instante,
 

  Pero ella no podía dilatar  la demora.

  Su corazón desfallecía por momentos

y tan solo el eco de la duda de la incertidumbre,  derivaban de la cara de Arsis.
 
 

  Aquel amor la abrasaba,
y no podía esperar...
 
 
 

  Necesitaba el agua,
necesitaba embocar a otra orilla,

aunque fuera sin él,

debía fundir y aplacar aquel tropel de pulsiones estrepitosas,
que desdibujaban el cielo.
 

Precisaba el silencio
para sedimentar la aflicción y el gozo, para cristalizar
el trasfondo,
 

si es que aún quedaba algo...tras el estallido.
 
 

  Cuando las lágrimas embarrancaron en sus ojos,
 

disparó

las pupilas

hacia las estrellas,


implorando a lo alto una salida,
 

un punto blando por el que exceder

a aquel  abismo trepanador, aquel simulacro de tinieblas,

embelecado de preguntas sin respuesta, de desgarros y quimeras,

entre farallones  abisales.
 
 

  Andrómeda clausuró la  luz del recuerdo,
y se dejó refluir hacia playas de silencios, buscando un cónclave esquivo.
 
 

Tendida entre los juncos,

¡sentía su cuerpo tan grávido!,
 

  casi sin aire, casi sin fuerzas, casi sin ganas...,

se debatía, renqueante, en el desespero,
tanteando retazos de calma.
 
 

  El acantilado le parecía ahora un supuesto lejano en el que le hacia daño pensar.
 
 

  Una tarde.....

  Mientras se embebía absorta en el flujo y reflujo de la espuma.
  Lo vio emerger sobre el mar,
como  un náufrago.
 

  él,
que no supo responder a su agonía,
 

ahora alargaba implorante la exceptuada copa de sus manos
ante su corazón baldío,
atropellado por la pena,

abrevando el gozo de sus ojos.
 

  Andrómeda
 

lo observó perpleja, expectante,  indignada incluso;

y se reclinó sobre la arena.

  ¡Pero qué desfachatez!,
 

¡¿Qué se pensaba?!,  ¿Qué quería?,
¿Qué tenía que pudiera ofrecerle que no respondiera al silencio o a la cobardía?,
 

¿eso iba a compartir?,
¿...la angustia?
 

  ¡Había quemado tantos sueños por él,  hasta que el humo
casi la  había intoxicado!.
 

Y ahora se sentía pobre...,
contrariada;
 

acosada entre sus sentimientos y el recuerdo de lo que fue...
 

     ¿¡A qué venía...?,
¿a evidenciar lo que no tenía!?
 

  Sería mejor que se fuera, que la dejara en paz,
 

ni siquiera sentía ya el corazón,
 

¡hasta eso había perdido por él! .
 
 

  Sí, sí, que se fuera.
 

 ¡Cómo podía abrazar la indignidad, la crueldad, la mentira,
la felonía,

alternándose con el amor ...?.
 
 

  Compungido, Arsis giró, tajante.
 

  No podía afrontar el derribo de sus ojos.

  Toda la adoración contrachocó en las venas.
Y fue una bala de témpano que se enjabalinó por dentro.
 

  No podía soportar descubrir el altar de su amor prostituido por la cobardía y el olvido.
 
 

  Se resistía a verse  como el asesino de sus sueños,

como la escotilla siniestra del abismo.
 
 

  ...y empezó a desandar todos los pasos,
para salvarla de aquello.
 

  Iba a eximirla de su presencia como no supo antes librarla de su ausencia.
 

  Quería que rebrotara en ella la sonrisa.
 

Al menos le debía eso.
  Y ya  no estaba dispuesto a negarle nada,
  ni dentro ni fuera de sí mismo.
 
 

    Andrómeda alzó los ojos,
y lo observó
caminando resuelto hacia la angustia.
 

  Ahondando en el mar por rescatarla.
 
 

  Sin saberlo, había elegido la única ruta que llevaba a ella,
la ruta auténtica y ferviente del amor....
  La que para acercarse...
  ...Se aleja.
 
 

  Sólo queriendo..., redimió el corazón, lo desató al aire.
 

  Porque el amor  teje rutas inimaginables para el pensamiento.
 

  Sólo él
puede cosechar palabras del silencio
 

y rastrear fronteras sin litigio,
territorios nuevos que hagan enramar lo preciso.
 

  El es capaz de dilucidar la más embrollada salida en el más intrincado laberinto,
de resolver el más inextricable jeroglífico.
 

  El amor
puede dotar de lenguaje singular al hermetismo
y las contradicciones,
 

recolectar frutos imposibles,
desplegar caminos insospechados....,
  sólo hay que  confiar ...y  dejarlo.
 
 
 
 
 
 

III

Andrómeda
miró a Arsis pensativa.
 
 

  Lo observó en sus idas y venidas,
mermado de la vida en que ella le había contemplado  exultante.
 

  Era como si formara parte de un dispositivo de resistencias ajenas.
 

  ¡¿Había acudido, o lo habían enviado!?,

¿y para qué...?.
 

No procedía como alguien que consume toda la intencionalidad en cada gesto.
  Las razones oscuras le seguían como una amarga sombra
de condena
 

que le hacían  aparecer de improviso como un extraño
inmerso en una fisonomía
reconocible.
 
 

  Andrómeda quería creer que había venido por ella,
pero los acontecimientos punteaban  mensajes  divergentes.
 
 

  Arsis era un eximio especialista en realidades paralelas,
había sido amamantado con ellas.
 

 ¿Y si era un señuelo de la nada?.
¿¡Y si el abismo lo había enviado a buscarla, porque no podía permitir
que nadie que lo hubiera contemplado le excediera?!.
 

  ¿Y si era la carnaza de un laberinto impredecible?
 

El desafío la desconcertaba.
 

Se requería ser un consumado especialista en maraña para no sucumbir
renunciando a lo necesario
o ansiando tomar lo pernicioso.
 

  ¿Cual era la recompensa de semejante chanza?.
 

Los riesgos los conocía, se presumían terribles.
 

¿Pero la recompensa...?,
¿era él?,
¿era ella misma?.
 

¿Hacer de sublime caudal de la vida para alguien que se descuelga en el infinito?,
 

¿ser fuente de amor?,

¿ser brazo de hierro?,
¿ser punto de luz para un corazón con intermitencias, exánime?.
 

¿Qué esperaba la vida de ella?.

 ¿Que encontrara la salida del laberinto y rescatara a la presa
que instrumentalizaba a la vez de baluarte y de cebo para atraparla?
 

Andrómeda no podía renunciar a la desvalida inocencia que la reclamaba
 

desde un ángulo exiguo de sus ojos.

  Quería rescatar al niño que huía del asesino que había en él,
 

quería salvar al amante que amenazaba el estratega.
 

  Andrómeda sabía
que cada paso se lo habría de dictar el corazón,
 

los laberintos son el colmo de la parsimonia y nutren sus muros de  impaciencia.
 

  Su corazón

se hallaba confinado en alguna parte,
tras un revoltijo de palabras,
temores y malos augurios.
 

Ella lo sentía,
 
 
 

percibía su llamarada a través de aquellos ojos impenetrables.
 

¿Sería posible tocarlo sin que la aniquilara.....?
 

Andrómeda se sintió desfallecer..
y reposó un instante.
 
 

 ¿Esto era lo que presagiaba el mágico amanecer sobre el acantilado?
¿..por lo que suspiraba?
 

  ¡¡¡No!!!,
 

esperaba a alguien que la desarmara...
 

 ¿Pero cómo podía desarmarse ante un peligro incesante,
ante un guerrero irredento...?
 
 

  Ella aguardaba a alguien que fuese "señor"
y no vasallo de nada,
 

al que ha resuelto abismos y  cumbres, impregnándolos de igual fluidez.

  Sólo ante un rey estaban a salvo sus dominios
lejos de saqueadores y  parásitos.
 

  Únicamente un soberano
ofrecía garantías de un amor "real"
 

sin dependencias ni determinismos ajenos a lo conjugado,
para que la puerta  no se abriera a las distancias,
 

ni a laberintos,  ni a los degolladeros;
 

porque sólo el que es rey
sabe entronizar al amor
 

y no lo recluye en las mazmorras de la cobardía
o en impredecibles tormentos
a los que es tan propenso cualquier otro.
 

  Ni se pierde en conquistas, ni retos superfluos,
porque lo tiene
todo.
 
 
 

  Andrómeda
concitaba
a quien la desposara desnuda,
 

sin necesitar añadir  ni trastocar nada para amarla;
 

alguien cuya caricia ni demoliera ni  desgarrara el alma.
 
 

  Por primera vez lo iba a pedir todo de él,
más por comprobar que lo  tenía que porque precisara nada.

No iba a consentir que  le volvieran a arrebatar ni a ultrajar
su mundo.
 
 

Esperaba
 al que ya era antes de encontrarlo,

a quien no tener que construir, ni rescatar.
 

  Al que no reconociera meta más alta ni cometido más sublime
que el sagrado ritual
de la entrega.
 

  Alguien

a quien no poder resistir,

de forma ya natural y tranquila.
 
 

Que al tocarla...
 

despertara la música entibada dentro de sí,
y arrobara los pétalos de los sentidos.


 Que los surcos abiertos por sus dedos,
fueran canales de gozo

que hicieran desbordar la dulzura y la confianza,
en un horizonte tibio,
sin refriegas ni corazas.
 

  Andrómeda

esperaba  embriagarse queriendo,
  y derramar la copa del júbilo.
 
 

  -¡Craso error...! - Dijo el silfo.

Andrómeda lo miró sobrecogida,
más por lo que sentenciaba que por lo impredecible de su irrupción.
 

  -Nunca conseguirás ser a la vez mujer y diosa. Opta  por una sola de las prerrogativas,
o no consumarás ninguna.
  Curioso rincón has elegido para tus expectativas de amor.
Hay demasiadas simas que lo acosan.
A este nivel no le corresponde el amor como tú lo entiendes.
Aquí no hay emperadores, ni reyes,
ni siquiera   niños;
tan sólo bufones, engatusadores, fantasmas, déspotas y depredadores.
 

  Nadie te  dará   amor,

al menos como tu lo entiendes.

Dar....
¡Es un tanto paradójico por estos lares!.

Como mucho podrías obtener sucintos plazos de...tiempo, atención...en socavados grados...

  ¿Serías tú capaz de rendir pleitesía, solo a eso,
o  prostituirías así tu templo,

ese templo del amor sin condiciones, ni retos, ni cortapisas....?

  Aguarda cuanto quieras, Andrómeda,
...pero eso no llegará  nunca,
ni en Arsis ni en nadie.
 

  Lucha,
si es que lo tuyo es luchar...
 

pero no depararán de sus fosos más que estrellas de hielo,
vanos reflejos que te puedan obnubilar.
 

  El Amor que tu buscas, Andrómeda,
aquí nunca lo encontrarás.
 

Decide ser sólo mujer, olvida a la diosa
...y no  morirás de pena...

     Andrómeda sintió  verdad,
lo hiriente de sus palabras,
 

.... y ladeó la cabeza hacia el mar,
con un gesto de tremendo dolor,
 

el dolor que deriva de un sueño que agoniza,
el dolor que solo aplacan  las lágrimas.
 
 

      Por primera vez,

Andrómeda, no quería huir,
 

ni buscar otras playas,
ni escalar otras cumbres...
ni tantear zonas blandas....,
 
 

  Se le había agotado el querer....nada.
 

Iba, tan sólo a dejarse morir....
 
 

  La muerte era, por lo visto, lo único cierto en aquella contundente esfera,
...y ella se moría por la VERDAD.
 

  No se da lo más noble de uno mismo a cambio de sobras
ni despojos.
Hay cosas que no se pueden llevar al altar
sin sentirte basura.
 

Y ella, ...no era basura.
 
 

      Andrómeda vio a las ninfas extender rosas blancas
sobre el agua,
 

 rosas que emergían  de la pena.
 

  Y vio al dolor,
congregarlas en el viento,
 

a modo de lecho,
un lecho frío, revestido de luna,
 

 ...como su piel.
 
 

  Un lecho de escarcha, que la invocaba.
 
 

  -¿¡No vas a dejar tu vestido blanco, Andrómeda,
 

el de la ansiada espera,
el de tus esponsales imposibles..?-

inquirió sorprendido el silbo,
 

al verla descender, sin fuerzas,
 

arrastrando su velo blanco por la ladera.

  -Ya ves,

nada era cálido, ni podía echar raíz, ni podía tomar altura.
  Mi Gran Navegante fue sólo un sueño.
 

  Tal vez ni siquiera supo que lo aguardaba,
que mi corazón
se debatía por él.
 

  Pero yo sí lo sé,
y desfalleceré ...esperando.

 ¿O es que también yo he de faltar  a mi sueño?.
 

Hasta que la escarcha cubra el último resquicio de mi piel,
cada pálpito que haya en mí será  suyo,
y   la eternidad registrará
 

  mi incandescente "sí, quiero".


 
 
 

Ya sé

que el cierzo de la ausencia ha descolorido mis mejillas,
 

 que en nada se asemejan mis violáceos labios

  a los de una novia;
 

  que mis dedos
se han helado esperando el providencial fuego de sus manos;
 

   ...que nunca lucirán ya su alianza...
 
 
 

  pero mi corazón, sigue alumbrando su luz
 
 
 
 

y no teme otra cosa...que su ausencia.
 

  Sí,
 

yo seré lo que quise ser,
lo que más anhelaba mi alma.
 

  Ninguna mano quiso ofrendarme esa rosa,


 

esa estrella,


 

por la que suspiraba.
 

  Pero yo la he hecho de mí misma,
 

  he renunciado a la vida, por darle cobijo en lo hondo,

en la cima más alta,
 
 
 

por lucirla en el mástil más excelso de mi barca.
 
 

Sólo por aquello que se Ama de Verdad es legítimo dar la vida,
 

  y yo...
no la quiero para nada...sin él.
 

  Siempre creíste que el amor era mi particular guerra,
pero estabas equivocado.
  Es mucho más que todo eso,
 

él es el aire,
él es el sol ...
y es la tierra  que yo quiero.
 

  Porque  ...no sé vivir...de otra manera.
 

  Déjalos,
que dediquen todos sus desvelos a ganar y perder  batallas,

a silencios y refriegas vanas.
 

Que entramen y depongan corazas para argumentar sus inacabables pesadumbres;
déjalos traquetear  renqueantes,
machacando la vida, viéndola pasar, con reservas.
 

  -¡Tu reino no es .....ese mundo, Andrómeda! - Musitó el silfo, mientras la veía  alejarse,
mecida por las olas, en su lecho de rosas blancas.
 

  La lejanía iba a tomar ya su balsa,
cuando un hilo dorado comenzó a girar en torno suyo,
 

como una mandorla de fuego ,
como una enorme alianza
que emanaba de las olas.
 

  Como un refulgente haz de luz que se  ensortijaba hacia el cielo.
 

  Andrómeda...abrió los ojos,
aún teñidos de escarcha, y se incorporó,
 

instada por su pecho que parecía transido por un reconfortante y conmovedor influjo.
 

  Había perdido su velo,
su corona de flores,
sus galas de novia...
 

  Pero sus mejillas habían tomado color, y miraba a lo alto ensimismada,
con los párpados entornados,
 
 

como si le costara hacerse  a tanto gozo.

  Se la veía feliz,
cual una niña,
 

  por fin, volvía a casa...al abrigo de aquellos que la Amaban,
  alborozada de tanta ventura.
 

  Y por primera vez,
no había de cerrar los ojos
  para contemplar su sueño.

  Porque su "hogar" era su "sueño".
 
 

     Entonces....., sintió un impacto terrible, descargando sobre las olas.
 

  Una marejada de angustia arremetió hacia su alma....

y la hizo derivar en la ruta, de lejos oía al silfo gritar.
 

  ­¡Vuelve, vuelve!, ¡no seas insensata! ...cuando estabas a punto de consolidar tu sueño, la calma que siempre has pretendido.
 

  ¿Por qué insistes en surcar mares de desesperación,
por qué quieres exponerte a su descorazonador destino..?.
 

¡¿Es que no lo ves como está?!,
Parece como si una jauría de perros rabiosos se hubieran ensañado con su cuerpo...
 

¿Quieres que se abalancen también sobre ti
cuando vean que compartes su rumbo, que lo arrebatas al óbito!?,
¡...si ni siquiera te pide él que vayas!. ¡
 

¡¡¡Aléjate!!!,

¿¡no ves que quiere morir, que tu mirada exacerbaría el tormento!?.
 
 

     Cuanto decía el silfo era cierto,

también Arsis imploraba distancia,   que se abstuviera de su calamitoso margen.
 

  -¡Apártate de mí como de la peste!.
¡No, no vengas a tan funesto enclave!,
 

¡No me mires!;
déjame preservar al menos el recuerdo de lo que soñaste,
 

déjame ondear alto  y noble,
déjame ser aún maravilla en tus ojos.
 

No contemples mi cuerpo maltrecho, mi rostro deforme...,
 

  No podría sufrir tal desconsuelo...
 

¿¡No lo entiendes, yo no quiero tu clemencia, porque menoscabaría el amor...?!.
La compasión es para los mendigos,
yo pretendo seguir siendo soberano en  tu amor.
 

Elijo morir a perderlo.
 
 

  -Pero tu mano... me llama...
 

  -Fue un impulso incontrolable,
postrero,
desesperado.

  Te creía lejos, ajena.
Busqué en la desolación algo dulce y blando
que me hiciera  soportable semejante angustia,
...y eso solo estaba en ti.
 

Quería estampar en el aire mi último suspiro,
 

el deseo sublime de tu dulzura  había subvertido al descomunal quebranto.
 

  Pero ahora quiero  que te alejes,
porque soy  solo un despojo,

sacudido de la despellejada rueda de la fortuna,
aplastado por el imperturbable carro de la vida.

Nada queda de aquel imbatible guerrero,

ni el fuego,
ni el honor,
ni la gloria.
 

Mi pasado ha corrompido y trizado mi futuro.
 

Nada podría darte que no tuviera que ver con el miedo o la incertidumbre.
 

  -Podrías darme tu Amor...-
Suplicó Andrómeda

con lágrimas en los ojos.
 

  -¿Mi amor?- Sollozó Arsis. - Siempre lo tuviste.
Únicamente yo,
no he podido gozarlo.
 

Siempre has sido la fulgurante luz que iluminó lo más tenebroso de mi noche.

Pero  no podía dejar que la verdad fluyera de mi boca....y te colmara.
 

Mi deber y tú os os contraveníais.
 

  Esa ha sido mi particular condena,

sostener el mazo de lo contradictorio,  baquetear aristas inquebrantables entre los dos.
 

 ¡OH, no sabes con que ansia esperé yo este momento,
la ocasión de ofrendar cuanto fue tuyo, desde el primer instante
y hasta el último epitelio de mi ser!.

Cuando mi boca y mi corazón pudieran comunicar al unísono,

y libar el sueño de volar hacia tus ramas,
 

aunque atisbe el fusil del cazador, enconado.
 

  Déjame rozar tu ternura,
déjame arroparme en tu abrazo...
 

  ­¡Ningún agasajo
es comparable al fuego de tu corazón poniendo rumbo hacia mi alma!
 
 

  -¡OH, amada mía!,
Yo acudo a ti a saciar mi voraginosa sed de ensueño,
 

cuando todo lo que me envuelve
es pesadilla.
 

  Recoge mi mano, mi cuerpo mazado
y escáncialo con la regeneradora pócima de tu amor,
 

con la reconfortante mixtura
de tus besos.
 

  Déjame reposar en tu cuerpo blando,
en tu mirada eterna,
 
 

que me rescate de la mortal refriega que se libra dentro y fuera de mí.
  Déjame beber en ti
susurros de esperanza.
 
 

De la vida
ya sólo mendigaba el suficiente ímpetu
   ...para depositar en ti mi último beso.
 

  Que me permitiera agonizar
en tu regazo.
 

  Eres el único mar que no teme la desvencijada quilla
de mi barca,
 

el último cielo
en el que quiero enarbolar mi desharrapada  bandera.
 

  Porque extiendes rotundas tus manos ante mí
y haces brotar insospechadas fuerzas,
impidiendo que se despeñen mis ojos
en el desaliento.
 
 

  Sé que tu amor
no tiene réplica,
  que siempre me lo das por nada.
 

  Que estampaste en el aire


tu "sí quiero",
 

aún pensando que no acudiría, que el amor no me había ungido.
 

 ¡¿Mas qué puedo hacer yo
  ...cuando los vientos de la desesperanza
hostigan mi luz?!,
 

¡Cuando ninguna playa
acepta el grávido despojo de mi cuerpo!.
 
 

  Nunca me he sentido más pobre e indigno que ahora,
ni tan sediento...de ti.
 

  Sé
que no aporto a tu playa mas que escombros,

anegando bancales de temores y renuncias...
 

  Pero tú...
  tú, te empeñas en irrumpir en mí, como las olas,
 

y barres el pavor y la desesperanza,
ingeniándotelas por remontar  a la vida.
 

Nada hay ya
en mi precariedad que no te corresponda,
que quiera recordar,

nada que quiera querer, nada que quiera olvidar o fingir,
fuera de ti.
 

  No voy a resistirme a tu ímpetu

  porque has hecho al amor más fuerte que el orgullo.
 

  Y todos los vectores de mi ruta convergen
hacia  tu corazón.
 

  -¿Es que existe presente más entrañable para una amante
que hacerla depositaria
de un beso,
 

un beso llevado en el último hálito?.
 

  Nunca has lucido
tan heroico,
 

ni tan plenipotenciario ante mí como en tu vulnerabilidad.
 

  Nadie me hizo sentir nunca embeleso similar,
ni amor más hondo
ni en  grado tan alto.
 

  Deja que mis brazos se desplieguen para ti,

y te hagan a sobrevolar la agonía.
 

  Deja
que chisporroteen en tus pupilas mis ojos
 

y nos estremezca  la vida.
 

  Deja que el candor de mis manos,
deshaga la lóbrega contracción de las tuyas.
 

  Déjame fundir
con mis labios la tristeza y desliar el sedal que te atraganta.
 

Voy a arrancarte
a tan pertinaz desesperación,

aunque tenga que reventar al infierno.
 

No hay cuota que no saldara por ti,
ni campo de batalla que rehuyera.
 
 

El tabernáculo del  amor
nos aguarda.
En lo más hondo,
 

en lo más excelso del ser,
se dispone
el arca de la suprema alianza.
 
 

No existe dicha mayor para mi corazón

que escuchar en ti el eco profundo del "sí quiero".
 

Ahora tú alma está  al abrigo de mis brazos,
 

y me has hecho cofre
de tus sueños.
 

No encontrarás amor que te sacie fuera de mis besos,
ni calma más placentera que poder recalar en mi regazo.
 

Y yo...
seré tuya para siempre

con el vínculo de fuego que conjuró el amor sobre las olas.
 

¡Qué ingenua!,
Creí que las ninfas disponían un lecho de muerte para mí,
  y era la barca del éxtasis, el tálamo nupcial,

  el sublime e inmaculado altar de la consumación mutua.
  El mascarón que habría de morder la adversidad
y desprecintar la delicia.
 
 
 

  Arsis,  besó sus labios,

y sus destinos se fundieron,
cuando se entrelazaron sus manos.
 
 

Y la brisa sopló tibio, venciendo caminos al edén,
donde sólo va lo conjugado,
 

lo que logra ser Uno en dos.

realidad y sueño,


desnudo y arropado.
 

Ahí estriba el máximo secreto de la vida,
la fuerza providencial de su huso mágico;
 

en saber anudar lo alto y lo bajo
en un impás del devenir, sin perder ni un ápice de la eternidad
que confluye,
 

y sin regatear al momento su legado.
 

El que sabe ser todo y nada  no se desespera cuando  pierde,

porque entiende
que tendrá  lo necesario.
 

  Circula sereno y confiado, sin  aferrarse a otro eje que a
sí mismo.
 

  El que es capaz de vibrar en dos mundos,
no menoscabando ninguno.
 

Rebosante de cielo y de tierra,

tendrá  raíz
y aire para sus frutos,
 

y rocío de estrellas.
 
 
 

  El que es tan capaz de volar,  como de caminar con pie firme,

  el que  surca
intempestivos mares, sin que nada le resulte extraño;
 
 

  y en la alquimia de la vida conjuga valentía y flaqueza, miserias
  y vanalidades.
 

  Aquel a quien ya no le impresionan ni  ángeles ni demonios,
 

ése puede reinar en el corazón.

  Ese...sabrá  volver al Paraíso.
 

  Pues sólo a la llama
más alta
 

  le es dado dilatar el gozne de la única puerta que llega.
 
 

  Sólo el que se expone por entero ...y desnudo
 

  o se quema o la traspasa.
 

  Pero nunca sin amor,

  porque sólo son Bienaventurados
 los que aman.
 
 
 
 
 

***
 

Un golpe de mar...,

un empellón de viento..,
 

un viraje imprevisto..., arrebató a Arsis  de su lado.
 
 

  La pena
enancó su rumbo,
y sus brazos pujaron vanamente por abastar el horizonte y soslayar el abismo,
 

así es
que se aferró a él.
 

  Estaba allí,
...y aventajaba el desastre.
 

  Epistemao
la volcó sobre la arena,

para observarla embobado,

cual fortuito tesoro  substraído al mar.
 

  Andrómeda
aún insistiendo en que no tenían territorio común,
le  cedía su cuerpo.
 

  Saldaba en su piel el tributo
 

y no le negaba nada que pudiera tocar,
mientras se arremolinaba la nostalgia
en los ojos,
 

y comprimía el  corazón
 la deriva,
 

haciéndolo oscilar cual  nebuloso arrecife.
 

  Pero en sus manos
no enramaba  con aire natural la caricia,
 

ni hervían de sus labios elixires de dulzura.
  Sólo podía disponer que el entrara,
  ...a por nada.
 

  -¡¿Acaso Arsis te entregó nunca más que yo!?- Recriminó Epistemao, impaciente.
 

  -Arsis nunca me dio nada, fuera de mí misma.
 

  -¡¿Y ...entonces?! ¡A qué esa obcecación por amarlo?-
 

  -Culpar a otro de las propias incapacidades
es un recurso tentador.

  Aunque jamás hubiera existido un Arsis, lo nuestro
nunca hubiera dejado de ser más que un amago de encuentro.

Tus brazos,
destrabaron  la sombra de la muerte;
pero son incapaces de  despertar ni el mas leve destello de vida;

y yo
...ya no puedo resistir más este simulacro patético.

Tus dedos
no están hechos para mi cuerpo,
y no estoy dispuesta a que me babosee la nada;

prefiero hundirme de nuevo en el mar,

al menos él proveerá  fondo.
 

 Tu abrazo no es cuenco de nada, y eso me hace libre de ti.
 
 
 

 Epistemao
engullía lo que decía, sin entender;

mientras la observaba yéndose,  farfullaba monólogos ininteligibles,
arañando dubitativo  la arena,

descolgándose en su usual apatía.
 
 
 
 
 

  Andrómeda
sorbió  una bocanada de aire,
 

congratulándose de no tener que hacer ya respingos al roce.
 

ya sólo pensaba en caminar,
en alejarse del agua
y de los lodazales.
 
 
 

 Los árboles se mecían a su paso, esbozando misterios;

abriéndose
a un bosque que se rendía a los encantos de la tarde
 

y se dejaba seducir por la sombra.
 

  Demasiado agotada para proseguir,

se dejó desmoronar sobre las hojas
que estratificaban un abigarrado suelo  cobrizo.
 
 

Aquel beso
hizo de contrapunto del sueño.
 

Casi sin abrir los ojos,   lo percibió;
como consustancial a lo onírico.
 

  -¿Quien eres?- Inquirió Andrómeda sin negarle su cara,  magnetizada.
 

  -Eso, la verdad, querida, no importa en absoluto.

Los dos coincidimos aquí bien solos,

y ambos necesitamos a alguien;
 

el vacío nos ha cortejado demasiado tiempo como para desestimarnos;
tal vez en tu caso, la sombra de lo mejor,

pero no deja de ser vacío
al fin y al cabo.
 

  Yo vivo de lo vano que alimento en los otros, soy un especialista en suplir huecos.

Imagina lo que desees
y no dudes que podré colmarlo con exageración,
cual si  hubiera enraizado en mí mismo
y quisiera derramarse pletórico
hacia tu cuerpo.
 

  Cuanto más te observo, mejor entiendo que caprichoso golpe de azar te aventó
a tan paradisíacos confines.
 

Pocas cosas
tienen la potestad de lograr arrancarme de mi pertinaz modorra,
 

porque poco vale
lo que cuesta obtener ....
 

y tú lo has hecho.
 

  A mí, ­¡pequeña!, raramente se me va la vida en trivialidades,

aunque siempre ambiciono lo bello.
  Cuando lo detecto,
 

despierta el más intrépido, astuto, sagaz,  abnegado
y perseverante conquistador de los bosques.
 

  Nada que valga la pena
escapa a mis sentidos
 

ni excede a la rotundidad de mi capricho.
 

Solo lo excepcional me impulsa a moverme, lo incomparable
desata un frenético instinto de captura.
 

Ya ves...,
somos yo ...o la nada
 
 

¿Te frena quizás el temor?,
¿podría conseguir el miedo de ti que no tomes aquello que precisas?.
  ¡¿acaso ya no confías en ti misma?!.
 

  Somos ...
yo o la muerte, querida;
 

no puedes continuar embebida en el pasado, sin diluirte a lo aciago.
 

El presente más decrépito
siempre es mejor que aferrarse a algo que  no está, que te imposibilita actuar.
 
 

Yo soy tu  eslabón lubrificador
con la vida
y no puedes más que atravesarme.
 

¡Ojala  te quedes en mí!, es lo que ansío, ¡para qué ocultarlo!
pero de cualquier modo
nunca podrás cruzar
sin tocarme.
 

 Además tú cuerpo me siente,
quiere saber por qué me desea
cuando es de otro tu corazón.
 
 
 

  La música
de su flauta había fascinado a Andrómeda,
 

y su voz aterciopelada,
vibrante y profunda, la tenía subyugada.

Enganchados los oídos
a sus palabras,

las engullían
con la misma avidez con que se abre la tierra seca  a la lluvia
en los meses agostados.
 

  Mecía su hechizo
un sutil embrujo  tenue e imaginativo.
 

Era
como el susurro del viento
 

que arreciaba en su ser, izando cabriolas que la sacudían.
 

Las mareas del deleite
carecían de compuertas para él.
 
 

  Andrómeda,
se sentía  demasiado sola, como para no claudicar al abrazo.
 

Todo aquello
lo percibía  como una tremenda, y sofisticada trampa;
 

pero, al fin y al cabo, ¡qué podía perder!.
Lo más valioso era su corazón,
....y no lo tenía.
 
 

Estaba tan desfallecida y sedienta del cebo que exhibía
que aún a sabiendas de que era un cazador
no se podía permitir el lujo de rehusarlo.
 
 

A riesgo de que la invadiera la nada,
había de apurar la vida que venía
a través de él,
 

tenía que moverse y solazar el fuego.
 

  No debía vivir de recuerdos,  por más incomparables que  fueran.