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Molinos harineros de la Baja Andalucía: Sevilla
Molinos harineros del río Guadaira y sus afluentes: Introducción histórica y nostálgica
El río Guadaira y sus molinos: Catálogo
Molinos de los afluentes del río Guadaira
Otros molinos harineros de la provincia de Sevilla
Esquemas de molinos hidráulicos andaluces
Esquemas de molinos de viento andaluces
Molinos harineros de la Baja Andalucía: Sevilla
La riqueza cerealista de la Baja Andalucía propició durante
siglos el funcionamiento de una gran cantidad de molinos harineros asentados en
sus cursos de agua. Podemos encontrarlos hoy en diversos estados de conservación
por toda nuestra geografía y son incuestionablemente parte de nuestra historia.
La utilización continuada de estos artefactos generó
una serie de peculiaridades antropológicas que se reflejan en el léxico
propio del oficio; asi, encontramos voces que, sin bien algunas son bien
conocidas en el resto de España, otras son exclusivas de zonas reducidas pero
de gran tradición molinera, como, por ejemplo, la Campiña de Sevilla: Zúa
(Azud o presa que retiene las aguas que son conducidas luego al molino), cao
(cauce por donde va el agua recogida al saetillo, puede ser un canal o un
conducto), saetillo (canal estrecho casi vertical por donde cae el agua a
gran presión hacia el rodezno) zuílla, saetín, caíllo, grapodina, picaera,
lavija, etc. Son molinos de rodezno, especie de turbina de eje
vertical, que sólo en algunos lugares se conserva como reliquia cultural, ya
que ha sido sustituido por los modernos procedimientos de molturación..
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Zúa o Azud del molino de Piealegre (Alcalá de Guadaira) |
Cao de un molino de Mairena del Alcor |
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Rodezno del molino del Jorobado (Alanís) |
Saetillo de un molino de Mairena del Alcor |
Un rápido vistazo a los molinos
que perviven en la Baja Andalucía (Sevilla, Huelva, Cádiz, Córdoba) nos
descubre una serie de tipologías que admiten pocas variantes y que se pueden
resumir en las siguientes:
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1. Molino implantado directamente sobre el cauce del agua. No existe ninguna estructura que dirija el agua hacia el molino, recibiendo éste el caudal de forma natural. Este es el caso más simple, naturalmente sólo existen molinos de este tipo en pequeños arroyos, como los de Gandul, Marchenilla y Guadairilla (en éste existió el molino de Tarifilla, hoy destruido).
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2.
El molino recibe el agua mediante un canal
que sale del río, sin una represa, o del desagüe de otro molino. Se
trata de una estructura algo más compleja que el primer tipo. Encontramos ejemplos en Almargen (Málaga) (río-canal)
y en uno de los sistemas de
molinos de la rivera
de Huéznar (desagüe-canal), en la Sierra Norte
sevillana.
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3. Aumenta la complejidad, llegamos al caso en el que existe un azud -que puede ser de grandes dimensiones- que conduce oblicuamente las aguas del río hacia el molino. Son los más numerosos, emplazándose generalmente en los de caudal importante. Como ejemplos citamos los molinos medievales de Alcolea del Río (Sevilla) y los de la ciudad de Córdoba, en el Guadalquivir. También los del río Viar y Guadaira, en Sevilla, o los del río Riotinto a su paso por Niebla (Huelva), y tantos otros.
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4. El agua puede proceder de un manantial, y lo normal en este caso es que sea conducida por un cao construido en forma de acueducto elevado que puede alcanzar gran longitud, como en los espectaculares artefactos de Mairena del Alcor (Sevilla), hoy en grave peligro. Es la tipología más común en la serranía gaditana y en el Campo de Gibraltar (Facinas, Tarifa, etc.)
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5. Por último, mencionaremos un tipo bastante extendido aunque no tan conocido. El agua es recogida mediante un azud y luego conducida río abajo por un canal que conserva la cota hasta que llega al molino y descarga en el saetillo. Es una solución muy adoptada en cauces de caudal poco impetuoso. En el arroyo del Quejigo (Las Navas de la Concepción, Sevilla) el cao llega a ser kilométrico y el desnivel conseguido de casi 20 metros, por lo que existen varios molinos a diversas alturas que descargan uno en otro. Pueden hallarse además en el arroyo Molinos (Gerena), el Guadalvacar (Lora del Río) y el Retortillo (La Puebla de los Infantes) en la provincia de Sevilla.
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La
distribución geográfica de los molinos harineros sigue patrones controlados
por diversos condicionantes naturales y humanos. En general, no tiene demasiado
sentido agruparlos por términos municipales o cuencas hidrográficas, es más lógico
hacerlo por comarcas. Por ejemplo, en Huelva son abundantes en la
sierra, escaseando hacia el sur.
En la provincia cordobesa la
distribución está vertebrada por el Guadalquivir y el Genil, dicho sea sin
entrar en detalles. En Cádiz predominan en la serranía y sus estribaciones.
Hay algunos curiosísimos molinos
movidos por mareas en la bahía gaditana y otros junto a Ayamonte (Huelva). Por otro lado, si bien no entran dentro de
la categoría de molinos de agua que nos ocupa, citaremos los molinos de viento
ya en desuso de Conil de la Frontera y Vejer de la Frontera, en la costa
gaditana. En cuanto a la provincia de Sevilla, de la que poseemos más datos,
podemos decir que se concentran en la Sierra Norte, en la Campiña y en enclaves
determinados de la Sierra Sur.
Siguiendo las fuentes históricas, hallamos unos invariantes en cuanto al
reparto de los molinos por la tierra sevillana. En el "Diccionario Geográfico
de Andalucía" de Tomás López (1764-1800), se
mencionan 102 molinos en la provincia, aunque hay que señalar que no están
representados todos los pueblos. Según este Diccionario, las poblaciones más
molineras eran Constantina (con 13
ingenios), Alanís (12), Cazalla de la
Sierra
y Guillena (con 11 cada una), faltando los datos de Alcalá de Guadaira,
Carmona, Morón, etc. Es interesante que Tomás López mencione además la
presencia de batanes (máquinas hidráulicas para golpear y enfurtir paños y
tejidos de lana) y de martinetes (máquinas hidráulicas para triturar mineral).
Es posible que aún queden restos de batanes en la Rivera de Huéznar, donde más
se citan; además, hay un gran molino de Alcalá de Guadaira que todavía se
llama la "Aceña
Trapera”, vestigio de su antiguo uso como batán.
Más tarde, el completísimo "Diccionario Geográfico, Histórico
y Estadístico” de Pascual Madoz (1845-1850) habla de nada menos que 236
molinos en la provincia, concentrándose en Alcalá de Guadaira (30, incluso el
famoso "Molino de La Mina”, subterráneo y alimentado por un manantial de
gran aforo), Guadalcanal (15), Constantina (14) y Cazalla de la Sierra (12).
Actualmente (Diciembre 1990), en nuestro trabajo de campo hemos conseguido constatar la existencia de 81 molinos y 4 vestigios irreconocibles en la provincia sevillana, algunos de ellos sin referencia en la bibliografía y la cartografía disponibles.
En el río Guadaira y sus
afluentes (atravesando varios términos municipales) hemos hallado 27 molinos,
en Constantina,
concretamente en el arroyo de la Villa, hay al menos 5, y quedan
4 en el arroyo Molinos, de Guadalcanal.
Tan sólo uno funciona: el Molino
del Jorobado, en la Rivera de Benalija (Alanís).
En los demás casi siempre falta por completo la maquinaria o quedan poco más
que las muelas. El estado de su fábrica es muy variado, aunque
pocos gozan de una verdadera lozanía, salvo aquellos reconvertidos en vivienda.
Aparte de los cursos de agua mencionados, existen otros que cuentan con algún
artefacto: arroyo de los Frailes (Aznalcóllar),
río Corbones (Carmona), arroyo Churre (Lora del
Río), arroyo Repudio (restos), río
Guadiamar (entre Gerena y
Aznalcóllar y, más arriba, en
El Castillo de las Guardas),
arroyo Siete Arroyos (dos restos cerca
de la Ermita de Aguas Santas, Villaverde del Río), etc. Como curiosidad que merece un estudio más
detenido, añadir que en bastantes casos encontramos molinos enclavados junto a
ermitas, restos conventuales o castillos.
Sin duda es Alcalá de Guadaira
lo primera población andaluza en número de molinos de agua. Entre los
siglos XV y XVl, la antigua Alcalá de los Panaderos llegó a contar con 40
molinos, en el siglo XIX se citan 30 y en la actualidad quedan 24. Nombres como Cerrajas,
Pelay Correa,
Piealegre o
Realaje, Arrabal,
Algarrobo, la Caja, San Juan,
Benaharosa, Aceña
Trapera, San José, Rincón,
Hundido o
San
Pedro son una pequeña muestra de la serie de interesantísimos
artefactos que aún puedan visitarse en sus inmediaciones, bien en el mismo
río
Guadaira, bien en sus afluentes
de Marchenilla y Gandul. A.
ellos habría que añadir los molinos de Palomo, Rincones, de lo Rubia, del
Portugués y del Boticario, aguas arriba, y los de Ánimas y Jaedillos, en el
Salado, más otros cuatro en las inmediaciones de Mairena del Alcor,
cuatro más en el arroyo de Alcaudete (junto a El
Viso del Alcor) y otros dos en el arroyo Brenes (junto a Carmona,
uno de ellos convertido en destilería).
Son construcciones relativamente sencillas y en general de gran antigüedad,
dotadas de elementos propios de este tipo de edificaciones populares, y muchos
de ellos ostentan torres almenadas defensivas. En su proximidad inmediata, a
veces hay pequeños caseríos de apoyo. La proliferación de molinos en el
Guadaira, especialmente en los alrededores de Alcalá, arranca de la dominación
musulmana, aunque la técnica de molienda no difería sustancialmente de la
utilizada en época romana. El análisis de los documentos históricos y la
propia arquitectura (algunos presentan hermosas bóvedas octogonales sobre
trompas) indica que la mayoría de los existentes en la actualidad son mudéjares,
aunque con importantes modificaciones de épocas posteriores. Muchos de ellos
han estado en funcionamiento hasta la década de los años 60, lo que explica
que algunos estén realmente bien conservados.
Nuestro interés por estos edificios nos ha llevado a seguir desde hace
unos años una investigación que nos permita, con ayuda de fuentes documentales
diversas, localizar todos y cada uno de los molinos supervivientes en la
provincia. Este es el principio de un estudio de cada edificio que va tomando
forma como Catálogo Fotográfico, ahora parcialmente vertido en la Red, medio
al que los molinos se prestan excelentemente, dado al agradable enclave natural
de la mayoría y la sólida sencillez que los caracteriza.
Con su importancia histórica, arquitectónica y antropológica, además
de su papel configurador del paisaje fluvial de nuestro campo, los molinos
permanecen desconocidos por la gran masa de la población. Culturalmente
infravalorados y con su función hoy obsoleta, estos monumentos de nuestro
pasado más cotidiano están desapareciendo, abandonados. Al no conocerse su
importancia, la Administración las ignora. y no existe ningún tipo de
inquietud social por su recuperación, al menos en la provincia de Sevilla.
Dicha recuperación no exigiría una inversión económica excesiva y bien podría
repercutir socialmente, ya que los molinos son idóneos enclaves para el ocio,
la cultura y la educación ambiental. Se han escuchado tímidas propuestas en
este sentido: Talleres de Recuperación del Patrimonio, Campos de Trabajo, Granjas
Escuela, etc. En 1987 la Junta de Andalucía anunció el propósito de
reconstruir los molinos de la Tapada y el Algarrobo, cerca de Alcalá de
Guadaira, de cara a los fastos de 1992. Por otro lado, la Consejería de Obras Públicas
y Transportes ha llevado adelante
una catalogación de la arquitectura rural dispersa de la región, iniciativa
que puede ayudar a la recuperación de los molinos.
Bibliografía. lndicaremos
a continuación algunas fuentes documentales para el estudio de los molinos
sevillanos, así como literatura general sobre este interesante tema. Para más
información, consultar el el apartado Bibliografía
de la sección general.
Sobre los molinos en la época musulmana, es de gran interés la ponencia
de Rafael Valencia titulada "Alcalá de Guadaira en la Alta Edad
Media: la Historia de Qalat Chabir", publicada en las actas de las
Jornadas de Historia de Alcalá de Guadaira (1987).
Después
de la Reconquista, los molinos fueron objeto de donaciones y ventas recogidos en
el "Repartimiento de Sevilla", publicado por Julio González
(Madrid, 1951). Son muy numerosas las referencias,
de ellas entresacamos una de las más interesantes: “1253, diciembre 27,
Sevilla. Alfonso X da al Obispo don Remondo y al arcediano maestro Fernando,
Notario del Rey, los molinos de Guadaira que llamaban fue Rha Alquinina, cabo
Gezira Faxquit, "de que fuestes tenedores desque Sevilla fue de
cristianos", situados entre los del almojarife don Mayr y los que tenía
Pedro Pérez y Martín Ibáñez. Los da con sus pertenencias, según
lo determinaron don Remondo, Pedro Blasco el adalid y Fernán Servicial, entre
el Guadaira, el Predal, forado de tapias por donde sale el arroyo que viene
por la alcantarilla mayor de Machar Abnelget y la carrera que va a los molinos
de don Mayr”.
De siglos posteriores
encontramos algunas exiguas noticias en "El Tumbo de los Reyes Católicos
del Concejo de Sevilla", editado por R. Carande y J.M. Carriazo entre
1929 y 1968.
Ya en
el primer cuarto del siglo XVII, Gabriel de Santans escribe su "Descripción
del río Guadalquivir desde la ciudad de Córdoba hasta entrar en la mar";
inédito y recogido en diversos libros y revistas especializadas. Bastante
interesante, porque indica número y situación de los molinos de entonces.
En el
siglo XVIII tenemos el mencionado “Diccionario..." de Tomás López
(editado por Ed. Don Quijote (Sevilla, 1989)
en la centuria siguiente el de Pascual Madoz, al que también nos hemos
referido antes, publicado por Editoriales Andaluzas Unidas en 1986. La utilidad
de ambos es muy grande.
En 1903 se reimprimen los "Memorias Históricas de Alcalá de
Guadaira" del padre Leandro José de Flores, reeditado de nuevo por el
ayuntamiento alcalareño a finales de los 80.
Obra fundamental en la historiografía de los molinos del Guadaira.
Ya en pleno siglo XX aparecen
obras técnicas sobre la materia. Casi una rareza de bibliófilos es la "Estadística
de los aprovechamientos hidráulicos en las cuencas de los ríos Guadaira y Corbones" (Servicios
Hidráulicos del Guadalquivir, Sevilla, 1934). Lleno de detalles y croquis, este
libro sitúa todos y cada uno de los molinos entonces censados en ambas
cuencas. Por aquel tiempo un buen número de ellos se utilizaban para obtener energía hidroeléctrica y ahora este tipo de
energía está siendo de nuevo reivindicado por los movimientos ecologistas por
su limpieza y economía. Seria otro posible uso que daría nueva vida a los
viejos molinos.
Dos tímidos intentos de acercarse al estudio de los molinos de Sevilla: "Haciendas y Cortijos
Sevillanos”, de Sancho Corbacho, en
la revista “Archivo Hispalense”, (1952, núms. 54 a
56) donde se incluye un pequeño apéndice respecto al tema, y "La
Cultura Popular de Carmona" (C. Méndez, Diputación de Sevilla,
1974), con toda una descripción del léxico y técnica de la molienda y los
molinos. Sobre el léxico molinero andaluz, el “Atlas Lingüístico Etnográfico
de Andalucía” es valiosísimo.
Sobre molinos de agua, de viento, batanes, martinetes
y norias, entre otros muchos artefactos, tenemos el admirable y prolijo
estudio de Julio Caro Baroja: "Tecnología Popular Española"
(Editora Nacional, Madrid, 1983). Con gran abundancia de ilustraciones, al autor
nos
introduce a un recorrido histórico y antropológico de la evolución de estos
ingenios en todo el mundo, apoyado por innumerables referencias. Una obra
imprescindible para cualquier propósito investigador.
En 1987,
J.L. Pérez Moreno ganó el III Certamen “Duques de Alba" con una
obra sobre los molinos de Alcalá de Guadaira y Marchenilla desde el punto de
vista histórico, arquitectónico, lingüístico y antropológico. Está
pendiente su edición por la Consejería de Obras Públicas. Otra obra
interesante es “Los Molinos: Cultura y Tecnología” (Centro de
Investigación y Animación Etnográfica y Ministerio de Cultura, Madrid, 1989).
Los siguientes artículos son de gran interés, algunos de ellos pueden consultarse desde esta página:
-ACOSTA LOPEZ, R. et al. (1994): "Estudio de los Molinos de Marea en la Bahía de Cádiz". Campaña Juvenil de Protección del Patrimonio Tecnológico en Andalucía, 1993-1994. Consejería de Cultura. Junta de Andalucía.
-CALVENTE COCA, A. y SANZ GARCÍA, I. (1994): "Molinos mareales de Ayamonte". Campaña Juvenil de Protección del Patrimonio Tecnológico en Andalucía, 1993-1994. Consejería de Cultura. Junta de Andalucía.
-GANDUL OLIVERO, F. J. (1984): "Peculiaridades primordiales de Alcalá de Guadaira en el siglo XX". Capítulo II: "Molinos, transportes y panaderías". Sevilla.
-GONZÁLEZ TASCÓN, I. (1994): "Los molinos y las aceñas. Diversidad tipológica y criterios de emplazamiento." Actas de los "IX Encuentros de Historia y Arqueología", San Fernando (Cádiz).
-JIMÉNEZ LÓPEZ, R.: "Los molinos de la Catedral de Sevilla".
-NAVARRO DOMINGUEZ, J. M. (1994): "Molinos Hidráulicos en la comarca de Los Alcores", Actas de los "IX Encuentros de Historia y Arqueología", San Fernando (Cádiz).
-VALOR PIECHOTTA, M. (1989): "Molinos hidráulicos de rodezno en el Aljarafe sevillano". I Coloquio de Historia y Medio Físico. Instituto de Estudios Almerienses. Departamento de Historia.
Cartografía. Para la localización y estudio de los molinos y la toponimia
relacionada deben consultarse mapas antiguos. Los de la Cartoteca del Ejército
(Madrid) son de gran utilidad, en especial los del periodo comprendido entre
1830-1850. También hemos consultado las antiguas hojas de escala 1:50.000 del
Instituto Geográfico Nacional del Ejército, especialmente los publicadas
entre 1898 y 1918. Posteriormente hay ediciones sucesivas a cargo del Instituto
Geográfico y Catastral y del Servicio Geográfico del Ejército abarcando desde
1918 hasta 1970, aproximadamente, y desde entonces hasta la fecha. Naturalmente,
cada etapa cartográfica tiene su interés especial para nuestros fines. Hoy día,
la producción cartográfica de la Junta de Andalucía y la Cartoteca Histórica
de Andalucía son dos importantísimos
recursos.
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Molinos harineros del río Guadaira y sus afluentes
Una introducción histórica y nostálgica:
DIVAGACIONES
JUNTO AL RIO GUADAIRA
Y
SE VEN A LO LEJOS SUS ACEÑAS DE PAN MOLER.
"Se crían en este río barbos, bogas y anguilas, y entran sábalos en las arriadas. Con sus aguas muelen los molinos del Rincón, la Aceña Trapera, Benaharosa, San Juan, los dos del Algarrobo, el Arrabal, Realage, Pelay Correa, Cerrajas; y ya en térimino de Sevilla los de Aljudea, San Juan de los Teatinos, que sirve de barrena de cañones, el de la Torre, el Zapote, el del Arzobispo junto al puente de Guadaira, y últimamente las Aceñas de Doña Urraca, citándose en estos últimos de Sevilla la donación que el Concejo de dicha ciudad hizo a don Jufre de Loaisa de los molinos que en tiempo de Moros se llamaron de Almofadet. Parece que el molino conocido hoy por Aljudea sería el del Judío Almofadet; el de la Torre le llaman Torreblanca y dicen fue de una doña Blanca, el del Zapote es el de Menjoar, que el vulgo llama Mejora".
Padre
José Leandro de Flores Siglo
XVIII
Te ha costado, pero al final sales de Sevilla, caminante atento. Dejas el
bullicio transparente de las calles,
olvidas con alivio el tráfago confuso del emporio y tus primeros pasos sin
bordillos ya se hunden entre lechetreznas y manzanillas. Estás, mejor
advertirlo, mirando hacia el sur, un poco a levante.
A tu lado la calzada de Utrera. El
astro que domina la estación -y
bien sabes que la Historia y el lugar- no se te impone todavía.
Te conoces poseedor de un tiempo que vas a llenar a tu gusto, apreciable
gesto de poder y libertad. Es el río
Guadaíra ante ti, resbalando por tu mirada. A partir de aquí, desde ahora,
andarás por las viejas sendas que orillaron el río. Durante dos leguas o tal
vez tres, a contracorriente. En busca de los molinos.
Está ahí, caminante, como un gesto clavado en el paisaje. Los años,
con los hombres y las tormentas, lo
convirtieron en irregular sede de obsolescencias. Es el
Molino de San Juan de Teatinos. Se
dice que también fue convento donde vivieron teatinos, o sea, religiosos de la
Orden de San Cayetano que se dedicaban con aplicación a la muy noble tarea de
ayudar a bien morir a los ajusticiados. E incluso se le llama cortijo o
hacienda, quizás porque conserva reminiscencias de su uso como tal hasta hace
poco. En época victoriana se aserraron mármoles y se taladraron ánimas, como
yo se indicó. Aquí un hermoso
tejado a dos aguas, ya hundido. Allá
un pozo todavía húmedo. Y un gran azud que incluso hoy refrena las violentadas
aguas que un tiempo más abajo serán tributarias del Río Grande. Como azud o
azúa conoces, ilustrado caminante, la a modo de presa que contiene el agua y la
desvía hacia el molino. También hallarás pasadizos y canales, adelfas y
empedrados, muelas y columnas. Sé que te volverás a mirarlo cuando prosigas
tu jornada.
Pasarás entre huertas y bancales que no mencionaré. Admirarás otras
obras del hombre que pocos, si no sólo los que allí viven, acostumbran a
encontrarse. No te hablaré más de
ellas. Porque bastante más tarde apreciarás la noble apariencia del Molino
de Cerrajas. Si tal nombre recuerda el de algún molinero o sólo
alude a la planta hermana del raspasayo, no escasa por los contornos, es algo
que no sé. Pero no falta quien declara que perteneció a un moro al que
llamaban Cejas Rajas, por lo rasgado de ellas. Hermosos dichos y entredichos
aparte, lo cierto es que el molino con todas sus dependencias fue valiosa pieza
del patrimonio de la Orden de Calatrava, que tanto obtuvo de los reyes antiguos
y sus repartimientos. Bien lo miras
ahora, curioso caminante, en su faz ajada y penosa. Te parece más moderno de lo
que es, pero la Historia borra tus profanas suposiciones.
Luego del de Cerrajas, la senda sigue y no evita la columbración
insistente de la hacienda del Acebuchal, tal que una fragata de cal en un mar de
tumultuosos girasoles. Su torre mayor y la eminencia que le sirve de asiento
rubrican la impresión. Pero a la vuelta de una arboleda está el molino
de Pelay Correa. La aceña fue pertenencia del convento sevillano de
Santiago de la Espada y este Pelay Correa no fue otro que un bravo guerrero de
la hueste fernandina, tan avanzado y privilegiado que el sol se le detuvo en
su carrera, y logró además con su lanza que de la piedra manara el agua. Obiit
recolendae memoriae Frater Pelagius Petri Corrigia. Y, sin embargo, el
molino es espléndido, con la que creemos contigo, buen viajero, que pudiera
ser la casa del molinero. Y su azud estupendo roto no hace mucho para el mejor
correr del río. Con razones tan
descabaladas se arrasó también con lo que quedaba del Puente Horá, aguas
abajo.
Hasta Alcalá, la Ordo Hienipensium de los clásicos, te quedará un ameno paseo para tu deleite, decidido caminante. No faltarán arroyuelos que vadear, ni arboledas que penetrar, ni anchos prados que debas atravesar. El Molino del Realaje aparece distante en magnífica situación, y a lo mejor por eso el biendecir de algunos lo apoda de Pie Alegre. Porque en verdad su contemplación es una fiesta, inmerso en la fragorosa atmósfera que proporciona su azúa rompedora, la blancura de su cuerpo principal coronado por agudas almenas. Y es que en siglos pasados estos venerables artefactos, tan sosegados por lo común, habían de hacerse fortaleza de rigor, porque la banda morisca presentaba cercano límite y el infiel acechaba sin tregua. Recuerden los memoriosos el ejemplo aciago de Utrera. Esta aceña de Realaje marca cual aventajado hito la entrada a los dominios inmediatos de la leal villa de Alcalá, desde donde no nos perderá de vista su bastión escarpado, vale decir, el mayor castillo árabe de todo el Andaluzía.
En la siguiente curva, y junto al puente romano que Don Carlos III
mejorara por ser el único paso de Sevilla a los Puertos si el Guadalquivir rugía,
encontraremos la bonita estampa del Molino del Algarrobo, entre árboles
robustos y humildes arbolillos. Allí crece la higuera, medra el mercurial,
florece el álamo, prospera la ortiga. Tiene su tejado hundido y del azud no
encontramos piedra. Entre tanta
maleza vivaz aparece, cierto es, una acequia que vierte en el saetillo, éste
perdido en la oscuridad más ominosa. Insisten los antiguos escritores en que
el Algarrobo perteneció al monasterio de San Jerónimo de Buenavista, en
Sevilla. Si es así, el mismo funesto destino se ha cebado con ambas casas, pese
a sus remotas fundaciones.
No muy allá se yergue el Molino de la Caja, ejemplo de conservación e
incluso de empleo hasta no hace largo tiempo. Ya cansado, tenaz caminante, te
insto de todas formas a que entres y subas a la almenada torre. Repara en sus
viejas muelas y cómo el agua espumajea bajo ellas. Anota que no ha mucho aquí
se trabajaba, aquí se vivía. Fíjate
en que la presa termina junto a un pilón y una fuente, ambos comidos por la
higuera y otras plantas gustosas de las humedades. En esta aceña existía una
barca para pasar el trigo y la harina cuando la azúa no era practicable. También
La Caja pertenecíó el cenobio antes citado, aunque bien se aprecia que su
suerte corrida ha sido mejor que la de
su campañero.
Si sigues conmigo río arriba, tú, caminante paciente, atravesaremos la
gentil penumbra de los pinos de Oromana, topónimo muy justo si consideramos la
abundancia de fuentes que antaño corrían por las laderas y hogaño quedan
cegadas o mortecinas. El Molino de San Juan fue patrimonio de la Orden homónima. Ahora el color de
sus muros espejea en las ondas inquietas de un Guadaira verdegrisáceo. Aunque añora
un azud como Dios manda, sus académicas proporciones hacen olvidar la demás.
La casita del molinero parece montar guardia a su vera, toda rodeada por cañizos
y juncales.
Seguramente alguno de los ingleses románticos que nos visitaron hace un
siglo se detendría aquí. Con su caja de acuarelas y los ojos llenos del verde
que telonea el muy antiguo Molino
de Benaharosa.
Por
corrupción consuetudinaria se le llama además de Benalosa. No sería de
santiguarse el verificar que esta fue la aceña de Abenaroça o Abennaroça que
mencionan las cartas de Alfonso X. Su
origen puede estar en relación con el linaje de los lbn Qabús, quizás los últimos
propietarios de época árabe. De
factura similar al anterior, posee un azud en buenas condiciones. Su interior
también es visitable y aconsejado el recorrido de sus alrededores, que
constituyen un entramado de canales de los que sobresale la zuílla y un
puente que la cruza. Y hete aquí la casa del molinero y, se presume, de su
hija, la lozana molinera.
Nuestro viaje torna a su fin. Habrás todavía de pasear durante un rato,
caminante ceñudo pero satisfecho. Habrás de salir de las arboledas de
Oromana y seguir por perspectivas más abiertas. Y allí, donde el curso del
agua se encajona en la piedra alberiza y la umbría reina en su frescor, domínalo
todo la mole imponente de la Aceña
Trapera. Altísima torre almenada con un azulejo -no
dejes de reparar en él- que señala la altura que el Guadaira fiero alcanzara
en memorable riada. Estupendos volúmenes,
presa bien conservada, lugar feraz. Su
dueña fue la Cartuja sevillana, tan rica como es de menester que lo sea la
Orden de San Bruno. Mantuvo pleito contra el maestre de los cercanos molinos de
Marchenilla, por un quítame allá ese tablón real que no deja que me llegue al
agua. En este plácido remanso podrás descansar, para volver seguidamente
hacia Alcalá. Te tomarás unas bien merecidas cañas en alguna venta o a la
sombra de cualquier adarve castellano, que ya se dijo antes que la villa es
plaza fuerte. Y otro día continuaremos.
Porque este río Guadaira alberga más molinos que visitar. Más allá,
mucho más allá de lo Aceña Trapera, está el Molino
Hundido o del Rincón, y todavía más
distante encuéntrase el de San
Pedro. Y siguen más: el del Boticario, el del Portugués... Todos
muy distanciados y tan espaciados que el último cae cerca de Morón.
Aun así, nos quedarían por reseñar los de los afluentes: todos los de
Marchenilla, que no san pocos; algunos en los arroyos de Guadairilla y Alameda;
los cuatro que hay con impresionantes acueductos en el arroyo de los
Molinos,
junto a Mairena; otros tantos en el curso del Alcaudete, ya camino de Carmona, y
más de uno que debe esconderse en cualquier recodo aislado.
Conmigo has disfrutado, caminante, viajero, paseante experto, recorriendo
aguas arriba el río de Alcalá de Guadaira. Hemos
andado por caminos milenarios en busca de molinos de agua, vestigios de épocas
pasadas: delicia de los inteligentes y admiradores de la Historia. Te conté de
su vida hasta dando llegaron mis cortas luces y pretendí contagiarte mi fervor
por estos honorables ingenios...
Si lo he conseguido, tú sólo has de asegurarlo.
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El rio
Guadaira nace en la Sierra de Pozoamargo (Cádiz), junto a Morón de la Frontera
(Sevilla), desembocando en el Guadalquivir a unos 20 Km al sur de la capital
hispalense. Su curso tiene unos 110 Km de recorrido y su cuenca hidrográfica se extiende por
los términos municipales de Morón, Marchena, Utrera, Paradas, Arahal, Mairena
del Alcor, El Viso del Alcor, Alcalá
de Guadaira, Sevilla y otros. Sus afluentes principales son el Guadairilla,
Alameda, Salado y Saladillo, que conforman una red dendrítica subparalela poco
ramificada. Junto al Genil, es el rasgo hidrográfico de mayor fuerza en el
paisaje de la Campiña sevillana. Lo más característico de este río es la
abundancia de molinos harineros o aceñas que jalonan su curso, abundancia que lo hace único en Andalucía. Sigue una muestra fotográfica de los
más importantes.
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Molino de San Pedro |
Molino Hundido |
Molino de la Aceña Trapera |
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Molino de Benaharosa |
Molino de San Juan |
Molino del Arrabal |
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Molino de Piealegre |
Molino de Pelay Correa |
Molino de Cerrajas |
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Molino de la Hacienda de San Juan de los Teatinos |
Molinos de los afluentes del río Guadaira
Otros molinos harineros de la provincia de Sevilla
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