Volcán Capelinhos
Isla de Faial, Azores, Portugal
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El volcán Capelinhos en 1957 Los Volcanes y la Deriva de los
Continentes La primera vez que me encontré ante una erupción submarina, me impresionó lo que de silenciosa tenía su potencia. Hacía unos diez años que me había familiarizado con los volcanes en actividad, había inspeccionado gran número de ellos y estudiado algunos. Sin embargo, esta erupción difería de todas ellas sobre todo por su silencio. Aquel estrépito habitual, constituido por estallidos, chapoteos, silbidos, golpes de ariete, aullidos, sacudidas sordas, rugidos, se encontraba curiosamente a faltar. Había que acercarse al cráter para percibir, más a través de la planta de los pies que del oído, un profundo fragor, de muy baja frecuencia, audible apenas, pero cuyo origen fundamental, entendido por instinto, provocaba una sorda inquietud a la larga más angustiosa que los estrepitosos fragores de los paroxismos corrientes. Esta ausencia de ruido se debía simplemente al espesor de la capa de agua, suficiente para sofocarlo, y pasaba únicamente a través del suelo insular, emergido bajo la acumulación de las escorias y las cenizas, el rugido ahogado de las pesadas resacas del magma desencadenado en las cavernas del volcán. Este desusado silencio sorprendía aún más por asociarse a unas deyecciones cuya potencia, también inhabitual, se manifestaba a través de la velocidad y de la masa de materias propulsadas sin descanso hacia el cielo. El espectador, acostumbrado a las incandescencias restallantes de las erupciones corrientes, veía como paradójica esta materia volcánica negra. Por medio de surtidores enormes, de un tono siniestramente oscuro, rompía sin apenas tomar aliento la superficie hirviente del mar y, en diez o veinte segundos, alcanzaba hasta mil metros de altura. De vez en cuando, estas avalanchas se sucedían. a cadencias enloquecedoras, a veces de un centenar o dos por minuto, varias de ellas simultáneas (fig. 15). Un instante después de haber surgido, cuando todavía aquel haz sombrío se levantaba hacia el cielo, se constelaba de manchas cuya blancura maravillaba al espectador; estas manchas pronto se dilataban formando volutas, vapor excesivamente caliente al principio para ser visible y que ahora se condensaba. Aquí y allá, una bomba salía despedida de aquel haz que daba la impresión de una masa y, punto más negro en este telón siniestro, arrastraba tras de sí, cual un cohete, un blanco reguero de vapor. Una torre colosal, moviéndose de manera fantástica, iba así formándose, con sus 300 m de diámetro y un kilómetro de altura, retorciéndose en volutas arremolinadas, desgarrada por surtidores que iban renovándose sin cesar, surcada de explosiones simultáneas que se proyectaban cual dedos puntiagudos de una mano fabulosa. Arrastrado por el viento, se desplegaba un velo de cenizas finas, inmenso y sombrío, que llegaba hasta más allá del horizonte. Otro día nos enteramos de que los barcos que pasaban a 250 km de distancia, ante la sorpresa inquieta de la tripulación, quedaron cubiertos de una oscura polvareda... (fig. 16). La velocidad y la altura anormales alcanzadas por las deyecciones, cuyo aspecto negro era simplemente debido a haberse remojado en agua de mar, eran resultado de la energía cinética adquirida, gracias a las explosiones de vapor, a expensas del calor de la lava. Los largos períodos durante los cuales se sucedían las explosiones al ritmo alucinante de varias por segundo, superponiéndose unas sobre otras, eran aquéllos en que la actividad explosiva del magma proyectaba sus jirones incandescentes a razón de unos veinte o treinta estallidos por minuto; cada uno de éstos atravesaba el agua que llenaba el cráter e iba seguido de apretadas series de explosiones de vapor. Durante las primeras semanas de la erupción, cuando las bocas se encontraban a ciento cincuenta o doscientos metros bajo el nivel del mar, sólo el polvo relativamente fino llegaba hasta la superficie marina. Llegaría a cubrir todo Faial de una pátina ocre oscuro. Pero la profundidad de estos acontecimientos eruptivos disminuía bajo estas avalanchas ininterrumpidas que los rodeaban de un talud cuya altura aumentaba al ritmo de aquellas lluvias, por lo que muy pronto apareció una isla en forma de herradura en cuyo interior se arremolinaba furiosamente el mar para ser expulsado de allí con igual furia. A continuación fueron acumulándose las «cenizas» hasta formar un istmo de un kilómetro de longitud, con lo que la isla, adosada a Faial, se convirtió en península. A medida que las bocas iban aproximándose de este modo a la superficie, unos fragmentos cada vez más grandes se mezclaban con las cenizas finas, por la sencilla razón de que, habiéndose hecho insuficiente la cantidad de agua, no dejaba a las series de explosiones de vapor que sucedían a cada explosión magmática el tiempo necesario para reducir a polvo los jirones más voluminosos. Los dos extremos de la herradura emergida que trazaba los bordes del cráter, cuyo fondo seguía siendo submarino, fueron aproximándose poco a poco a partir de entonces hasta que un día acabaron por encontrarse, aislando el cráter del océano. Inmediatamente el aspecto de la erupción experimentó un cambio radical, es decir, se hizo «normal»: fragores, incandescencias y escorias en vez de silencio, cenizas y polvo. |
El volcán Capelinhos en 2003

Sector SW

Campo de escorias y bombas volcánicas

Campo de bombas volcánicas y lapilli

Bomba volcánica

Bomba volcánica

Bombas volcánicas