Portada

Introducción

Cáp. I

Cáp. II

Cáp. III

Cáp. IV

Cap. V

CAPÍTULO II. MARTA

 

Aunque siempre había sentido una inclinación natural por acercarse a las niñas, a pesar de que en los juegos se inclinaba más hacia los que la sociedad, tan proclive a las etiquetas, denominaba “de niños”… que siempre consideró más divertidos. Le encantaba, en las vacaciones de verano, ir al pueblo de su madre. Pues allí, con sus primos y amigos de éstos, se insertaba como un muchacho más. Hacía lo mismo que ellos, a pesar de que algún moratón le costó y tampoco se viera libre de alguna que otra brecha, afortunadamente sin consecuencias. Raro era el verano que no volvía con alguna marca. Muy de tarde en tarde, pero más como excepción que otra cosa, jugaba con alguna prima suya y sus muñecas. Claro que ella ejercía siempre el rol de “papá”, pues por ignoraba qué motivos, se veía más ejerciendo el papel paterno que el materno. Sobre todo a la hora de tomar entre sus brazos aquellas muñecas y lavarlas, peinarlas, vestirlas… con el mimo y dedicación que sus primas lo hacían. Para ella, era como disfrazarse, como ejercer algo que no sentía.

 

Su madre era un tanto independiente de las opiniones ajenas, pero no así su abuela, que prestaba oídos a todos los comentarios, más o menos maliciosos, de cualquier índole, que se hacían sobre cualquiera de sus numerosos nietos… y por supuesto, de Carmen. Con el correr de los años, aunque en aquella época Carmen no lo conseguía entender a qué se debían ciertas reprimendas de su abuela, que su madre procuraba atajar como fuera. Eran, precisamente, por el hecho de no jugar apenas con otras niñas y siempre estar con niños, haciendo las mismas cosas que ellos. La anciana no perdía oportunidad para echárselo en cara, sobre todo si llegaba a la casa con alguna brecha.

 

La niña perdía la paciencia con cierta facilidad. Y si, alguna vez, se quejaba a su madre sobre esa actitud de su abuela, ésta le respondía con un condescendiente:

 

–Hija, tu abuela te quiere mucho. Sólo te lo dice por tu bien, nada más. Es una persona mayor y has de ser paciente con ella.

–Pero, mamá, es que me tiene frita… Yo juego con mis primas, y otras niñas… pero me aburro con ellas. Prefiero los juegos de los niños, son más divertidos.

–Es que tú eres una niña, y has de jugar a los juegos de las niñas.

–¿Por qué tengo que jugar a algo que me aburre soberanamente? ¡No lo entiendo! ¿Por qué ellos pueden pasarlo en grande jugando a los indios y yo tenga que jugar a las muñecas, que no veas qué sosería más cursi?

 

Llegado a este punto, la madre de Carmen cortaba la conversación con cualquier excusa, que podía ser llamando a alguien para que le hiciera algún recado, evitando además que la niña siguiera la conversación, interrumpiéndola a cada rato hasta lograr que desistiera… Y era que en realidad se encontraba en tal callejón sin salida, por evitar dar explicaciones que, consideraba, para una niña de esa edad eran muy fuertes… Fuertes, más bien, porque, aunque de forma indirecta, tenían cierta lejana relación con la sexualidad. Y en aquellos años, el tema sexualidad –no sólo referente a la actividad sexual propiamente dicha, sino a todo aquello que tuviera algún tipo de conexión con esa parte del ser humano– era un tabú. La fuerza de ese tabú, de ese sentimiento de culpabilidad era tal, que durante muchos años se mantenía a las personas en la más absoluta ignorancia, que dieron lugar a una serie de creencias de lo más pintoresco.

En ese sentido, no se podía tampoco culpar a la madre de Carmen. Al fin y al cabo, era también hija de su época. Para Carmen su madre era una mujer adelantada, de alguna forma, respecto a sus contemporáneas, aunque había cosas que durante mucho tiempo a Carmen le sacaban de quicio. Frases del calibre “eso está mal en un hombre, pero en una mujer peor”, que rezumaba machismo y prepotencia del varón español por todas partes.

 

Los años de la niñez pasaron rápidos. Jugando con las pistolas de plástico de su primo Jorge y los coches del hermano de éste, Alberto, que se enfurecía cuando notaba que alguien se los había tocado. Pues Carmen, cuando le oía llegar, lo soltaba y salía corriendo a esconderse, temiendo la bronca de Alberto. A Jorge tampoco le gustaba que le cogiera sus juguetes, pero la verdad que era más apacible que su hermano. En la infancia de Carmen se alternaron los momentos pletóricos de felicidad con aquellos de impaciencia ante los requerimientos reiterativos de su abuela. Pero, viéndolo desde un punto de vista amplio, en líneas generales se podía decir que la infancia de Carmen fue feliz.

 

El tiempo pasaba. Pronto empezó a sentir sobre sí miradas que la hechizaban. Sonrisas que llegaban hasta el fondo de su alma. Y los anhelos de dulces caricias presentidas tomaron alas en mente e iniciaron su vuelo sin fin.

 

Aunque no era la primera vez que aparecían ciertos sentimientos, los primeros recuerdos "especiales", como ella decía en su fuero interno, se remontaban a los años de la preadolescencia, 9 ó 10 años. No tendría más.

 

Durante el curso, cada día tenían una media hora de esparcimiento todas las alumnas del colegio. Los días despejados, aunque un manto helado estuviera cayendo sobre Madrid, salían a un enorme patio. Y cuando llovía, u ocasionalmente, nevaba, entonces ya eran algunos cursos repartidos en distintos amplios salones, donde se formaba un griterío y un ruido de voces que era para volverse loco. Carmen caminaba entre aquel gentío, observando y queriendo formar parte de aquel universo y también distante y ajena, pero nunca indiferente. En medio de aquel maremagnum de niñas corriendo de un lado a otro y estruendo, por alguna rara habilidad conseguía abstraerse de tal forma, y mecerse en su mundo de fantasía, que apenas si llegaba a enterarse de lo que  ocurría a su alrededor.

 

Desde la distancia de su prácticamente inmutable silencio, en esas horas de recreo, Carmen, que gozaba de muy buena vista, la observaba atentamente, quedándose totalmente ajena al resto de sus compañeras, de sus juegos e interminables diálogos, que terminaban convirtiéndose como en lejano eco.

 

Un día, sin saber cómo, tal vez porque pasó a su lado siguiendo el empuje de otras niñas, el caso fue que se cruzó con ella. Una extraña sensación se apoderó de Carmen, que no podía dejar de mirarla alejarse, mezclándose entre la gente.

 

La veía ir y venir. Hablar con unas y con otras, siempre con esa sonrisa en los labios que endulzaba tanto su rostro… La observaba gesticular con las manos, aquellas manos que, seguramente, guardaban un ramillete de caricias en cada uno de sus dedos. Carmen la miraba, y su corazón vibraba violentamente, estremecido de tiernos sentimientos. Desde que la vio la primera vez, siempre encontró algo en ella que le había llamado mucho la atención. No sabía definir de qué se trataba, pero sí que era algo que parecía emanar de su persona, tal vez sin que la misma interesada lo supiera.

 

Aunque el patio donde se desarrollaba esa media hora diaria de esparcimiento estaba, prácticamente, preparado para tal uso, en uno de los fondos que hacía, allí había una zona con multitud de arbustos y plantas trepadoras, que en los meses de primavera daban un punto de color al cemento reinante. Aunque no estaba lejos, apenas unos metros, por alguna extraña razón, ninguna alumna se acercaba por allí. Ni siquiera por curiosidad. En ningún sitio había algún cartel que indicara algún tipo de prohibición. En la distancia, a principios de mayo, podían verse las rosas ornamentando aquel rincón solitario. Y volvían las alumnas en octubre, y los rosales, tan primorosamente cuidados y mantenidos, seguían ofreciendo a todo aquel que mirase, ejemplares maravillosos de la reina de la primavera.

 

Carmen no era ajena a aquel estallido de verdor. Cierto día, sus ojos repararon en una rosa de incendiados pétalos, agitándose al son del viento, cual si luchara por salir de su prisión. Tras largo rato de observarla e incesantes titubeos, hizo un amago de aproximarse, para robarla con mucho cuidado y llevarla consigo. Pero en esos momentos, sonaba la campana que llamaba de nuevo a clase. Carmen dirigió a la rosa aquella una mirada como indicando a la flor “volveré por ti”. Dejó correr los días, y Carmen no terminaba de decidirse a ir por aquella maravilla. Y un día, en el momento de la salida, vio que aquella compañera, aquella criatura sin par en la cual no podía dejar de pensar, la llevaba en la mano. No sin cierta envidia por la determinación de ella, Carmen no podía dejar de contemplar cómo su rosa había ido a parar a manos ajenas a las suyas, que tanto deseaban acariciar tal belleza florida… y que hoy, después de tantas dudas, se iba en las manos de otra joven. Un suspiro de dulce añoranza escapó de su boca.

 

Fue el cumpleaños de Luisa, la hermana mayor de Carmen, que sus padres decidieron celebrarlo con una comida en un restaurante, con jardines, por la carretera de Barcelona. Con aquello de que Luisa era mucho mejor estudiante que ella, los padres siempre la concedían más privilegios que a Carmen, y cuando ésta protestaba, sus progenitores le decían:

 

–Estudia y saca tan buenas notas como tu hermana, y también tú tendrás tus compensaciones. –pero a Carmen le podía el fantasear… y jamás pudo equipararse a Luisa en las calificaciones escolares.

 

Hasta entonces, todas las onomásticas se habían festejado en casa. Eso sí, con mucho alboroto de niños por todos los lados, jugando, corriendo y gritando. Pero no era ésa la única novedad, el celebrarlo en un restaurante, sino que también, por primera vez, Luisa llevó a una amiga.

 

Mientras estaban en la casa, antes de salir,  Carmen oyó que Luisa y su madre hablaban de una tal Marta, que iría también al restaurante. Carmen, a decir verdad, no sintió gran curiosidad por saber quién era aquella Marta; más bien, se limitó a prepararse y a ponerse aquel vestido –que ella odiaba por las apreturas tan molestas- y que su madre la obligó a ponerse. ¡Caray…! ¡Con lo cómoda que se va con pantalones, aunque sean de vestir…! Pero, en fin, era su madre y no le quedaba más remedio que obedecerla: inútil sería rebelarse, además de arriesgarse a recibir una bronca, y de todas formas terminar poniéndose el vestido aquel… que además de algo estrecho, de tan bonito, le parecía que rayaba en lo cursi.

 

El padre de Carmen tenía un coche pequeño, un SEAT 600, donde muy apurados, y sobre todo si la mitad de sus ocupantes eran niños, cabían cuatro personas. Así que el hombre tuvo que hacer dos viajes, primero para dejar a su mujer y parte de sus hijos, y luego recoger a Luisa e irse a buscar  a su amiga. Entre idas y venidas, en ese segundo viaje, tardó aproximadamente una hora.

 

La ubicación del restaurante estaba bastante bien. Se encontraba en el centro de una isla de verdor con muchos árboles y rincones que le daban al lugar un aspecto acogedor. Además, había un pequeño parque infantil con juegos, como columpios y toboganes, y allí fueron a dar Carmen y sus hermanos, bajo la atenta mirada de su madre, que ora vigilaba a sus hijos, ora oteaba la carretera a ver  si llegaba su marido.

 

El clima era excelente. Un sol limpio, con un cielo totalmente despejado. De cuando en cuando, una brisa muy tenue se levantaba, sin apenas dejarse sentir sobre el rostro. En aquel mismo restaurante, también se celebraba una fiesta familiar, pero con un núcleo ampliado a primos y amigos. El festejado era un niño de unos doce años. En aquella caterva de críos, los había de todas las edades. Todos jugaron juntos, aunque diversificándose más en razón de años que de otra cosa. Carmen no fue ninguna excepción. Hizo muy buenas migas con un niño coetáneo suyo, del cual nunca supo su nombre. Estaba hablando con él, cuando alguien tiró un balón que rodó cerca de Carmen. Ésta lo vio llegar y mientras seguía charlando con el niño, se lo colocó y luego, de un formidable puntapié, lo envió de vuelta al grupo que estaba jugando con la pelota. Unas niñas que estaban próximas, siguieron el trayecto del esférico con la mirada. Y la más redicha, la más estúpida, tuvo que hacer el comentario ofensivo:

 

–¡Ay, tú pareces un niño! Hablas como los niños, gesticulas como los niños… ¡Eres un niño! –y empezó a repetir esto último hasta la saciedad, esperando que el resto del grupo le hiciera coro.

 

El crío que estaba con ella, en voz muy baja, le dijo:

 

–No le hagas ni caso. Ella es así. Es una niña malcriada, que se cree con derecho a atacar a todo el mundo.

 

A pesar de lo que le decía su nuevo amiguito, Carmen estaba muy molesta y, además de no entender por qué ese ataque sin sentido –total, sólo había devuelto una pelota que se había ido- notaba ese aire de superioridad insultante en aquella niña, que había conseguido que otras le hicieran eco. Carmen sentía cómo la rabia poco a poco se iba apoderando de ella, y le hacía hervir la sangre. Eran sus venas ríos de lava fundida. Cerró las mandíbulas y se acercó hasta la niña, sin decir palabra, mientras el puño derecho se cerraba con inusitada fuerza. Algo debió ver  aquella niña que, con una mueca de miedo, retrocedió sin atreverse a decir nada.

 

La suerte vino en auxilio de aquella niña, pues en esos momentos Doña Lourdes, la madre de Carmen, la llamó para ir a comer ya. Carmen dedicó una mirada de hondo desprecio a la niña aquella y se marchó con su familia.

 

El restaurante, por dentro, estaba dividido en dos. En una parte, un mostrador con dos camareros dentro, atendiendo a clientes y pedidos de mesas, y en la otra el comedor. En la entrada del comedor, muy amplio, estaba su madre, haciéndola señas para que se diera prisa.

 

Al fondo del comedor, había una mesa muy amplia, sólo con adultos metidos en animada conversación, y con lugares vacíos, que supuso Carmen pertenecería a los niños con quienes había compartido hacía unos minutos columpios y tobogán. En el otro extremo, todavía colocándose, estaba la de su familia. A ella le dejaron un sitio al lado de un gran ventanal, que daba a un hermoso jardín.

 

Estaba Carmen totalmente absorta mirando a través de los cristales, cuando, de pronto una voz le hizo volver a la realidad.

 

-¡Bonita vista, eh…!

 

Carmen dirigió su ojos hacia su interlocutora. Ante ella, al otro lado de la mesa, se encontraba aquella belleza que le cautivaba el alma. ¡Y estaba dirigiéndose a ella misma! ¡Era increíble…!

 

–¡Vaya, por la cara que has puesto creo que no sabías que venía...!

–Yo… oí a Luisa decir algo de que venía una amiga suya… –se atrevió a decir, mientras sentía cómo afloraba un extraño ardor que se apoderaba de ella, hasta el punto de cubrir con algunas gotas de sudor su frente, oculta por un largo e impenetrable flequillo.

 

Pasada la sorpresa inicial, embobada y sin dar apenas crédito aún a sus ojos, a duras penas apartaba los ojos de Marta, que así se llamaba su bella desconocida… y que hoy estaba más guapa que nunca. Hablaba, sobre todo con Luisa, pero también contestaba cuando el resto de los comensales le preguntaban algo. Sólo Carmen permanecía en silencio. De cuando en cuando, Doña Lourdes le daba un toque de atención, indicándole que comiera. Era por unos breves momentos que Carmen volvía al mundo real, para posteriormente volverse a quedar extasiada, contemplando aquella divinidad tan próxima y, a la par, tan ajena a los sentimientos que en su aún infantil corazón estaba despertando.

 

El resto de la comida transcurrió sin mayor novedad, salvo que cuando llegaron los postres Carmen no hizo el menor  amago de salir a jugar, y eso a pesar de las indicaciones maternas para que saliera y aprovechara el buen día que hacía. ¡Cómo irse teniendo tan cerca, por primera vez en su vida, aquel ángel cautivador…! Tras una larga sobremesa, por fin llegó el momento de salir.

 

Carmen iba tan pendiente de Marta, que no vio que la niña que poco antes de comer se metiera con ella, se acercaba y decía:

 

–¡Pareces un niño! ¡Pareces un niño! –y se rió en su cara, de forma escandalosa.

 

Carmen hizo caso omiso de aquella niña. Estaba totalmente hechizada por Marta, y el resto del planeta y sus mezquindades le eran absolutamente indiferentes. Nuevamente el padre de Carmen realizó dos viajes, siendo esta vez el primero el de su hija Luisa y su amiga. Mientras se alejaba por la carretera, Carmen supo que desde ese día las cosas iban a ser algo distintas.

 

Efectivamente, a partir de entonces, cuando en los momentos del recreo se encontraban, Carmen la saludaba y su saludo era contestado, desde la distancia, con mucha simpatía, por Marta… a la cual seguía mirando, mientras se dejaba llevar por mil fantasías dispares, bellas historias de tierno sentimiento, que la transportaban a un universo de inefable dicha.

 

Por eso, el día que Luisa apareció con Marta en su casa, Carmen sintió en su interior un estallido de sorpresa, alegría, desazón... que, durante varios días después, la mantuvieron en un estado de maravilloso ensueño. Sin embargo, el contacto, el diálogo, con la joven no estaba exento de dificultades, pues Luisa enseguida apartaba a su hermana pequeña, rayando, con mucha frecuencia, en los malos modos.

 

Marta no tardó en convertirse en alguien habitual en la casa. Sobre todo, en época de exámenes, pues las dos amigas -más que nada por cuestión de espacio físico- estudiaban juntas las distintas asignaturas.

 

Había días, sobre todo cuando se encontraban muy en vísperas de algún examen, que la madre de la anfitriona, invitaba a la compañera de fatigas y amiga de su hija mayor a quedarse a comer. Y esas ocasiones suponían para Carmen un motivo de enorme felicidad... a pesar de verse obligada a evadir las miradas de la invitada.

 

Cuando llegaba el momento de marcharse, la niña se dirigía a la ventana de su cuarto. Allí, a través de los visillos, esperaba unos segundos a que saliera del portal. Luego, la veía cruzar la calle, en espera del autobús que la llevará de regreso al hogar paterno. Mientras ocurría todo esto, se deleitaba contemplando aquella figura grácil, con ojos de mirada seductora, que envolvía su alma en aromas de placer. Eran momentos de increíble felicidad. Ese adiós apenas musitado, ese seguir con la mirada el autobús imaginándola a ella dentro, hasta que se perdía en la distancia y en la vorágine del tráfico... llevaban a Carmen a soñar con Marta.

 

Cada noche, al acostarse, una vez que las sombras se adueñaban de su dormitorio, abrazaba su almohada y se imaginaba que era Marta quien entre sus brazos yacía. ¡Cuánta ternura en cada caricia...! ¡Cuánta dulzura en cada beso...! Torrente de tiernos sentimientos que dejaba esparcirse en medio de la madrugada. A veces, se veía con Marta aisladas en medio de la nieve, guarecidas en una cueva. Y la veía frágil, acobardada, con frío... y ella, Carmen, la tomaba y le brindaba calor, apoyo, seguridad...

 

Otras veces, era en medio de una fiesta, donde todo el mundo bailaba y reía, menos Marta, a quien nadie hacía caso. Y entonces aparecía Carmen, transformada libremente en hombre, quien la sacaba a bailar... Y bailaban y bailaban... hasta que el resto de la gente desaparecía y ellos se fundían en la soledad de la noche. Marta ignoraba en todo momento que aquel hombre era, realmente, Carmen y se sentía fascinada por él, que en aquella fiesta la hacía tan sumamente feliz. Y así, con tan dulces y maravillosos sueños, cada noche Carmen se dormía, deseando siempre que la actividad onírica reprodujera alguna historia que luego pudiera revivir.

 

Era la gloria para la chiquilla cuando, cada mañana, veía la figura de Marta bajarse de aquel autobús, pues todos los días las dos amigas quedaban para ir, desde aquella parada, al colegio andando. Carmen intentaba, por todos los medios, disimular aquella inmensa alegría. Pero no ignoraba que, pese a todos sus esfuerzos, Marta se sabía bien recibida por aquella preadolescente.

 

Sin desear ningún mal a su hermana Luisa, Carmen soñaba con la posibilidad de que un día, una mañana, se sintiera indispuesta: un catarro fuerte o algo similar... Y sin tiempo ya para avisar a Marta, tuviera que Carmen esperarla en la parada para decirle "Mi hermana se ha puesto malita hoy" y marchar las dos juntas al colegio. La verdad, que el invierno iba pasando y Luisa gozaba de una excelente salud. Así que se conformaba con verla y mantener un mínimo de conversación, muy convencional y cortés. Pero... bueno, algo es algo...

 

-¡Algo es algo...! -suspiraba Carmen cada día, a veces enrabietada, a veces sumida en dulce melancolía.

 

Fue una de esas tardes cuando sonó el telefonillo en casa de Carmen. Ésta, que en ese preciso momento se hallaba próxima, fue quien contestó:

 

-Hola, soy Rafa... ¿Está ahí Marta Sáez? -contestó una voz varonil.

-Sí, un momento... -empezó a decir la muchacha.

-¡Espera...! -interrumpió el joven- Sólo dile que le espero aquí abajo.

-De acuerdo... -y colgó el telefonillo.

 

Con el ceño fruncido, preguntándose quién era y qué representaba el tal Rafa para Marta, se dirigió a la habitación donde ésta y Luisa se encontraban, envueltas en una espesa niebla azul del tabaco fumado, y tras dar el recado sin más, salió cerrando tras ella.

 

Al poco, la joven salió de la habitación. Carmen la vio marcharse, como sin querer dar importancia. Y, una vez hubo abandonado el piso, como siempre que ella se iba de su casa, se fue a su dormitorio, dispuesta a espiar a la muchacha. Aquella costumbre que ella había tomado desde hacía tiempo, más por poder contemplarla, hoy se convertía en la forma de saciar una curiosidad y de confirmar o no una sospecha.

 

Buscó entre la gente que pasaba a los posibles candidatos que pudieran ser el tal Rafa. Sólo había dos chicos en actitud de espera. Uno de pie, fumando, pero sin dejar de mirar en la dirección opuesta a la que, por fuerza, aparecería Marta. El otro... bueno, ese no sabía si fumaba o no. En realidad, sólo sabía que era un chico por el brazo velludo que apoyaba sobre la pierna. Pues estaba sentado, y vestía pantalón vaquero y zapatos negros. No veía más pues las ramas de un frondoso árbol le ocultaban prácticamente la mitad del cuerpo. Para Carmen, éste muchacho tenía todas las probabilidades de ser el tal Rafa... De hecho, era el único -junto con el del cigarrillo- que se hallaba en situación de espera.

 

Cuando Marta, por fin, salió a la calle, Carmen con ojos escrutadores la siguió y vio que se iba, directamente, donde estaba el muchacho sentado. Este se levantó y ante la atónita mirada de Carmen, oculta tras los visillos, se dieron un dulce, tierno y largo beso en la boca. Las pupilas de Marta irradiaban felicidad que, momentáneamente, inundaron de inefable luz la calle dormida. Y con tal destello de dicha, ambos se alejaron, abrazados, calle arriba.

 

Carmen se sentó en la cama. Aunque era de esperar, no podía dejar de sentirse decepcionada. Sus ilusiones se desvanecieron, sus sueños de pronto se le antojaron pueriles, demasiado irreales. Nada podía reclamar. De nada podía quejarse. Sólo tenía esa sensación de haber aterrizado bruscamente en la realidad. Unas lágrimas de impotencia empezaron a rodar por sus mejillas. No sabía por qué, pero estaba llorando. Lloraba mansamente, sin sollozos. Lloraba para sus adentros, sin dejar de repetir en silencio el nombre de Marta. Y en su mente, de forma insistente, los recuerdos mezclados de las sonrisas que a ella le dedicara y del largo beso que se diera con aquel muchacho.

 

De alguna forma, no podía sentirse engañada. Jamás hubo señal, por parte de Marta, que pudiera entenderse como una mínima esperanza de algo en un futuro... Tristemente, ni siquiera de amistad. Lo que realmente le dolió fue la brusquedad de ese despertar de su ensueño. Concedía en su fuero interno que, desde luego, no era culpa de Marta, sino sólo de ella misma, que, en el terreno sentimental, se había parecido tanto a La Lechera del cuento...

 

Tirada en la cama, con los ojos, húmedos por las lágrimas, clavados en el techo, y secando de cuando en cuando sus mejillas, Carmen dejaba pasar el tiempo sin apenas sentir. A veces enrabietada, a veces hundida en las sombras de la tristeza... Y un suspiro, nacido de lo más hondo de su alma, rompiendo la profundidad del silencio.

 

De repente, sin apenas saber cómo, algo le hizo volver al momento y lugar reales. Como quien despierta de un medio adormilamiento, Carmen volvió a escuchar los sonidos familiares de su hogar. Enjuagó, una vez más, su llanto. Y tras un breve y rotundo sacudir de su cabeza, salió de la habitación al cuarto de baño. Con agua lavó su cara, borrando todo rastro de tristeza y de llanto.

 

A pesar de sus esfuerzos por no pensar, por buscar la distracción y olvidar, en las horas interminables de aquella tarde, su pensamiento era un ir y venir constante entre Marta y la vida cotidiana de su casa. Tras ver una película en la televisión, optó como mejor remedio a su necesidad de evasión por la inefable y grata compañía de un libro, perdiéndose en el océano apacible de la lectura, hasta que su madre la llamó para ir a cenar.

 

Y cuando las sombras de la noche irrumpieron, con paso quedo, en su habitación, fue su fantasía, sin embargo, en busca de la figura, para ella romántica, de Marta, viviendo, una vez más, una maravillosa y dulce historia que preñó de maravillosas sensaciones su alma adolescente.

*** *** ***

A lo largo de aquel largo e insípido fin de semana -que transcurrió sin pena ni gloria para la muchacha- más de una vez escuchó el batir de las alas de la tristeza. Una apatía general y desgana por todo la fueron conquistando paulatinamente, sorprendiéndose más de una vez suspirando el nombre de Marta con un sentido "te quiero", acompañando tan dulce nombre, haciéndose silbido que en las horas de soledad se pierde.

 

Aquella nostalgia, aquella desidia, en un momento dado le provocaron cierta impaciencia, llevando a contestar de manera airada a una indicación de su madre... lo cual fue motivo para que ese fin de semana no pudiera salir -tampoco se le ofreció la ocasión- con sus amigas ni bajar al parque próximo a dar un paseo ella sola. Aquel sábado por la tarde, tras la discusión con su madre, se metió en su habitación y desde la cama, miraba al cielo, buscando de nuevo el rostro dulce y sonriente de Marta. Sus brazos rodeaban el aire, e incluso la sentía y sus dedos acariciaban un rostro invisible. Nuevas escenas de ternura sin límite fluían, sin apenas esfuerzo, en la cabeza de la adolescente. Por primera vez, sintió cómo el fuego del volcán humedecía, impetuoso, lo más íntimo de su persona. Sus propias manos se convirtieron en las manos de Marta, que volaban, ardientes, hacia la fuente de donde manaba su esencia de mujer, provocando oleadas de inimaginable placer, acompasadas por vendavales de suspiros que, desde lo más íntimo, gemían de intenso y hondo sentimiento. Con los ojos cerrados, sumida en tan maravilloso deleite, tomó la almohada entre sus brazos, abrazándola con fuerza y, tras darle formas de mujer, acarició su cuerpo apasionado con ella, mientras murmuraba el nombre de Marta.

 

Paulatinamente, fue cediendo la tempestad que sacudiera de modo tan vehemente el cuerpo de Carmen, y en medio de la tarde agonizante, cedió al agotamiento y dejó paso a un sueño reparador, envuelto por las sensaciones vividas.

 

Cuando Carmen abrió los ojos nuevamente, las estrellas tachonaban de luces el firmamento y una luna, con la mitad de su rostro cubierto por la sombra, alfombraba con su plácida luz la tenue sombra de la crecida noche. Y apoyada en su hombro derecho, yacía la almohada, que Carmen alejó de sí con cierta rudeza.

 

Restregó sus adormecidos ojos y con los párpados entreabiertos, atisbó en la oscuridad, buscando la puerta de la habitación. Tras esquivar malamente algún que otro mueble, por fin pudo abrir la puerta, en medio de bostezos... y fue cuando quiso tapar la boca que se abría cuando el olfato acusó la presencia de un olor peculiar en su mano derecha. Con las mismas, sin pensarlo, fue al cuarto de baño a lavarse las manos, profusamente, usando hasta colonia... temiendo que su madre, mujer muy perspicaz, a la cual no se le escapaba una, por el olor supiera qué había estado haciendo en la habitación...

 

Cuando Carmen salió del cuarto de baño, al apagar la luz, toda la casa se sumió en sombras de nuevo y en profundo silencio. A tientas, Carmen dirigió de nuevo la mano a la llave de la luz. Miró su reloj. Apenas podía creer la hora que marcaba su reloj: las 2 de la madrugada. ¡Había estado durmiendo cerca de cinco horas! Notó que su estómago estaba vacío y fue a la cocina, esperando encontrar algo en la nevera... Sin embargo, vio que sobre la mesa de la cocina, su madre le había dejado un poco de cena. Carmen se sentó a cenar... y mientras digería los alimentos, su mente voló de nuevo hacia Marta... aunque el recuerdo que acudió fue el de verla besándose con el tal Rafa, apasionadamente. Carmen frunció el ceño. Y con cierto desdén exclamó en voz muy baja:

 

-¡Pues que lo disfrute con salud...!

 

Y tras recoger todo lo de la cena, con las mismas se fue a la cama. Tomó entre sus manos el mismo libro que el día anterior y se hundió en la lectura de sus páginas, haciendo del mundo que de las hojas impresas emanaban su propio universo,  y olvidar así ese otro mundo que a veces resultaba ser tan desagradable y zafio. Fueron las horas del alba del domingo cuando cerró el libro y se entregó a los brazos del dios Morfeo.

*** *** ***

El lunes por la mañana, a primera hora, como siempre, volvió a ver a Marta. Venía radiante, feliz, dichosa... Buscó a Luisa y antes de que ésta siquiera le diera tiempo a decir "hola", Marta empezó a contarle cómo le había ido con el joven. Hablaba muy rápido y con mucho entusiasmo, de forma desordenada, tanto que Carmen llegó un momento que prefirió no escuchar e imbuirse en sus pensamientos... que era lo que habitualmente hacía en el camino de su casa al colegio y viceversa... La diferencia era que en esa ocasión lo hizo de forma totalmente consciente. En realidad, por ignoraba qué razones, el hecho de que Marta hubiera sido tan feliz con el tal Rafa -al cual ponía casi como un dios- le causaba cierto dolor.

 

Carmen, perdida en sus pensamientos, caminaba unos metros por delante de las dos amigas, oyendo sin escuchar la voz de Marta relatando todo lo acaecido durante el fin de semana. Carmen había logrado su objetivo cuando la voz de Marta logró atraer su atención:

 

-Carmen, ¿a que Rafa, sin ser guapo, resulta un chico muy interesante...?

-¿Eh...? -acertó sorprendida por la pregunta certera de Marta.

-Digo que... -empezó a repetir Marta, pero de pronto frenó y con una sonrisa de complicidad se retractó de lo dicho y continuó:- ¡Ah, no...! Que tú hablaste con él por el telefonillo... No le viste, claro... -y una sonrisa muy peculiar se dibujó en los labios de la joven.

 

Y lo que siguió a este brevísimo diálogo, fue un rápido intercambio de miradas cargadas de significados: Carmen, pillada in fraganti, Marta demostrando complicidad y Luisa sospechando algo raro por parte de su hermana. Cruce de miradas y un evitar temas que se presentaban incómodos para todas. Afortunadamente para Carmen, ya estaban a escasos metros del colegio y pudo salir corriendo en busca de sus compañeras de curso, zafándose así de preguntas muy embarazosas.

 

Aquel día, la otrora ansiada hora del recreo, era temida por Carmen. No había que ser adivino para imaginar que tanto Luisa como Marta querrían preguntar... y ella no se sentía capaz de dar una respuesta válida. En realidad, mientras espiaba la marcha de Marta nunca se planteó la posibilidad de ser descubierta. Sencillamente, la miraba marcharse. En aquella ocasión una mezcla de deseos anidó en su corazón. Pues, de un lado, quería verla y por el otro temía el encuentro.

 

Empujada por necesidades fisiológicas, Carmen se adentró en los servicios. No había nadie en esos momentos, cosa extraña pero de agradecer. Ensimismada en sus pensamientos, no escuchó la puerta abrirse. Y cuando salió del WC, allí, ante sus ojos, peleando con unas manchas de bolígrafo, estaba Marta... que la miró desde la profundidad de aquellos ojos cautivadores y mostrando en sus labios una maravillosa sonrisa, mientras emitían un "¡Hola...!" muy especial. Por unos instantes, Carmen no supo qué hacer. Sin saber muy bien por qué se sentía culpable, como si hubiera hecho algo terrible. Su mirada era hosca, huidiza y evitaba como fuera mirar de frente a Marta. Con apenas un hilo de voz, respondió con un casi inaudible "hola", e intentó marcharse. Mas una mano de Marta voló rauda a su antebrazo, sujetándola de forma muy suave y, a la par, enérgica:

 

-Carmen...

 

El corazón de la adolescente se aceleró. Las dos miradas se cruzaron frente a frente. Esa llamada tantas veces deseada y que por fin se realizaba, abrió de par en par la ventana de las fantasías de Carmen, aunque no era precisamente como lo imaginaba en sus sueños.

-Quiero hablar contigo... -y la voz de Marta sonó firme pero dulce- Sé que te caigo muy bien, pero dime por qué me observas tanto.

-¿Yo?

-Sí, tú... Cuando estoy en tu casa, cuando llego y cuando me voy; cuando por las mañanas vengo contigo y con tu hermana al colegio; en los recreos... Siempre siento tu mirada clavada en mí. ¿Por qué me miras tanto...?

-¡No te miro...! ¡Déjame en paz, son figuraciones tuyas...!

-¿Ah, sí...? ¿También lo son cuando me miras desde la ventana de tu habitación...?

Carmen se sentía acorralada. No quería explicar nada de sus sentimientos. ¡Cómo iba a entender Marta lo que le pasaba, si ni siquiera ella misma lo entendía! Sólo sabía que aquella fijación era superior a sus fuerzas y que no podía evitar mirarla insistentemente.

-¡Déjame...! -insistió Carmen y con un gesto brusco se zafó de Marta, yéndose con paso rápido y sin dar opción a Marta para decir nada.

 

Luego, buscó un rincón solitario, sin atreverse a llorar. Dando la espalda al mundo y reconcentrándose en sí misma, juraba que jamás nadie sabría de sus sentimientos, y que haría siempre lo imposible por disimular como fuera esos sentimientos. Ella y sólo ella sabría de su propia realidad, fuera cual fuera. Con nadie compartiría tan dulce y sublime sentimiento. Sólo en su fantasía viviría plenamente. Se convertiría, de hoy en adelante, su secreto mejor guardado. Al fin, es su vida y a nadie le importa.

 

Sabía que tendría que seguir viendo a Marta todos los días, hasta que terminara el curso. Pero su gesto hosco y huraño sería más que suficiente para evitar cualquier intento de diálogo por su parte. No la podía odiar. Pero tampoco quería que averiguara sus verdades más íntimas. Por su parte, Marta la seguía sonriendo tan amistosamente como siempre... aunque no podía evitar un reflejo de extrañeza ante el cambio radical de la hermana pequeña de su amiga... algo que terminó por aceptar y no dar mayor importancia.

 

Y Carmen, sencillamente, poco a poco dejó de pensar en Marta, buscando en su mente nuevas ensoñaciones que le sacaran de su gris realidad.

 

 

SUBE