Carmen era una niña bastante tímida y muy huraña. En su forma de hablar había casi siempre un tono brusco que, indefectiblemente, hacían de ella una persona bastante solitaria. Sobre todo, en la época del curso escolar. En verano, iba con sus padres a un pueblo de la Sierra de Madrid, y allí, con sus hermanos y unos primos suyos, de parecida edad, se abría a los juegos y a las relaciones humanas. Los veranos eran para Carmen un recuerdo de clara luz y de risueña memoria. Sin embargo, los meses del curso escolar eran recordados como sombríos, grises... Se la podía ver deambular, fundida en sus fantasías, vagando en los minutos del recreo, ora por los jardines en los días soleados, ora por aquellas grandes aulas vacías, donde, cuando el sol se oscurecía por la lluvia, las profesoras llevaban a las alumnas para su rato de descanso y solaz.
Habitualmente, en otoño, cuando la lluvia impedía salir al patio, Carmen se sentaba cerca de algún corro, más o menos grande, y escuchaba las canciones infantiles, esas canciones que corrían imperturbables de generación en generación. El tronar de los gritos y el ruido ensordecedor de las carreras que, en todas direcciones, daban las niñas, hacían olvidar la lluvia que afuera arreciaba y el bramido del viento, que barría con las hojas muertes, el recuerdo de un verano ya ido.
Fue el otoño en que Carmen cumplía 10 años, en aquel inicio de curso, cuando, a raíz de una reubicación de alumnas, conociera a Adela. Ellas se conocían de vista, pero, hasta la fecha, jamás habían hablado. Eran por tanto, "nuevas". Tras las colocaciones oportunas, la profesora dejó unos minutos para que todas conocieran un poco a sus nuevas compañeras de pupitre, aquellas con quienes, probablemente, compartirían, a lo largo de todo el curso, aquel espacio algo reducido, pero, no obstante, tampoco demasiado incómodo. Carmen, que aquel día estaba menos huraña de lo habitual, entabló trato con su nueva compañera y encontró una niña terriblemente encantadora, simpática y divertidamente espontánea. A diferencia de otras niñas, Adela, cuando llegó el momento del recreo, la llamó para que se uniera a ella y a Fernanda.
No era la primera vez que Carmen mostraba cierta simpatía hacia nadie en las horas de clase -lo cual le costó, más de una vez, o bien estar de pie mirando al rincón o bien irse al pasillo, evitando, eso sí, ser vista por la Directora-. Sin embargo, cuando llegaba el momento del recreo, aquellas compañeras se iban con sus amigas y Carmen tornaba a quedarse sola. En honor a la verdad, había que decir que hubo excepciones, compañeras que la buscaban para que jugara con ellas, pero que, por nunca supo qué razón, siempre declinaba tal invitación. Digamos que a Carmen le gustaba más mirar cómo otras niñas jugaban, pero sin tomar ella parte activa en el juego.
Y fue a raíz de conocer a Adela, que Carmen se sintió inmensamente feliz, pues Adela era esa relación que a ella le apetecía: más que el juego en sí, la tertulia, la conversación más o menos intrascendente. El sentirse dentro y formando parte de un grupo, a Carmen la hacía dichosa. A veces, aunque nunca lo confesó, tenía ciertos celos de Fernanda, pues ésta última conseguía más fácilmente la atención de Adela. Celos que, en realidad, pasaban con gran prontitud. Pues aunque la «amiga» era Adela, con Fernanda también había cierta corriente de simpatía.
No tardó Carmen en conocer a las familias de sus dos nuevas amigas, teniendo, con el paso del tiempo, mucho más trato con padres y hermanos de Adela que de Fernanda. Además, como ya no le era obligatorio ir con su hermana Luisa tanto para la llegada como para el regreso del colegio, podía irse con Adela y Fernanda, en primavera, después del colegio, a pasear por el Retiro, bien por el Paseo de Coches, bien ir a la Rosaleda o a visitar la Casa de Fieras.
En definitiva, las tres niñas pronto establecieron entre ellas unos fuertes lazos de amistad, que las llevarían a verse no sólo en las horas escolares, sino también fuera de ellas... incluyendo, para Carmen, su primera fiesta de cumpleaños. Y ése fue el cumpleaños de Adela. Durante años, había visto y oído cómo se invitaban unas a otras a las respectivas fiestas y cómo, indefectiblemente, a ella siempre la ignoraban. Y es que Carmen, hasta entonces, tampoco pertenecía a ningún grupo, con lo cual no podía disfrutar de las ventajas -en todos los sentidos- de ser miembro de algún círculo, aunque fuera tan pequeño y, digamos, “simple” como éste. Dicho de otra forma, Adela y Fernanda supusieron para Carmen su puerta de acceso a la sociedad. Su adios definitivo a la constante soledad y el inicio de un discurrir del camino que no tenía vuelta atrás.
Momentos antes de salir e casa, su madre le dio varios consejos sobre cómo comportarse en la fiesta. Su madre hablaba y le decía... pero Carmen estaba demasiado nerviosa para escuchar nada.
De otro lado, Carmen se sentía como pez en el agua. Por fin conocería a sus compañeras de clase en un ambiente más distendido y relajado que el del colegio.
Carmen llegó demasiado pronto a la fiesta. Adela le pidió que le ayudara. Con la anfitriona estaba Fernanda, íntima amiga suya. Fue Laura quien la ayudó a colocar los aperitivos. A Carmen le correspondió ir a la tienda por bebidas, subirse a una escalera para colocar unos adornos... En realidad, Carmen estaba encantada de que contaran con ella para ayudar. Y que además eso viniera de parte de Adela, lo encontraba sencillamente maravilloso.
Carmen pudo observar que Adela tenía una forma de pedir los favores que negarse se podía considerar hasta ofensivo. Con Adela Carmen se sentía muy feliz. Como tiempo atrás le ocurriera con Marta, también soñaba con disfrutar de su compañía a solas. Sin embargo, la presencia casi constante de Fernanda le hacía ver la dificultad real para ello. A diferencia de lo que le ocurriera con Marta, sabía que podría, al menos, disfrutar de momentos a solas con Adela... aunque éstos fueran cortos y espaciados.
En el colegio, durante las horas lectivas, estaba alejada de Adela por imperativos escolares, y tampoco la podía ver para, por lo menos, entre explicación y explicación de asignaturas, contemplarla un poco. Por eso, a pesar de la cantidad de horas que, teóricamente, pasaba con ella a la semana, eran los sábados y domingos cuando los vivía intensamente, aunque tampoco fuera realmente mucho tiempo.
Carmen tenía la sensación de que aquella fiesta era una gran ocasión para disfrutar de la compañía y presencia de Adela... aunque fuera a compartir con otras compañeras. Efectivamente, Adela iba a ser la gran protagonista de la fiesta... por lo menos en los primeros momentos... hasta que se hicieran los grupos habituales.
Poco a poco, la gente iba llegando. Muchas en grupos, más o menos reducidos. Prácticamente, fue la única que llegó sola. Antes de salir para la fiesta se habían citado en un lugar para ir juntas a la fiesta. Sin embargo, Carmen ni hizo ni recibió llamada alguna. En realidad, no tenía la necesidad de sentirse acompañada por nadie, aunque tampoco le importaba acompañar a nadie a su casa. Es más, en cierto modo le gustaba, pues sentía que, de alguna manera, protegía a su amiga, sentimiento éste de la protección que la acompañaría toda su vida.
Todas se hallaban en la edad del desarrollo. Como es lógico, algunas habían desarrollado antes y más que otras. Sobre todo en el tamaño de los pechos. Particularmente, Elena Domínguez... que se hallaba en animada conversación con Lola. Aquel día, Elena llevaba una minifalda y un jersey que se ajustaba a su cuerpo, haciendo que sus pechos resaltaran. Carmen no podía apartar los ojos y en muchos momentos se sorprendió a sí misma deseando acariciar aquellos senos. Realmente, Elena aquel día estaba muy atractiva. Si Carmen tenía que indicar una imagen para explicar sus ojos mirando los senos de Elena, tendría que recurrir al imagen y la pieza de hierro. De cuando en cuando, Elena lanzaba, de reojo, una mirada de alguien que se sabe observado y que además le molesta, y lograba que Carmen desviara sus ojos hacia otro lado.
En un momento dado, a Elena se le soltó el sujetador. Hizo unas maniobras para bajarse los tirantes y darle la vuelta a la prenda y volvérsela a abrochar. Cuando ya estaba empezándose a subirse el jersey con la mayor naturalidad del mundo, sus ojos miraron a Carmen, que en ese momento, estaba atendiendo a otra compañera que contaba una anécdota. Elena se puso de espaldas a Carmen, aunque otras la podían ver de frente.
Carmen se dio perfecta cuenta de toda la maniobra y no le fue difícil imaginar los motivos. Sin embargo, se encogió de hombros y no le dio mayor importancia a aquello. Aunque no sabía por qué, Carmen sentía un enorme atractivo hacia aquellas que, por la espalda, se les notaba el sujetador. Carmen no sabía, ni le importaba, si a ella se le notaba o no.
A pesar de todo aquello que para ella era tan excitante, cuando Adela se dirigía a ella... las demás dejaban de existir momentáneamente. Y es que los ojos verdes de Adela traían un universo consigo, que le invadía de una gran felicidad. Si casualmente, en señal de afecto, Adela le ponía una mano en un hombro o en un brazo, Carmen sentía incendiarse toda por dentro. En ocasiones, era tan fuerte el sentimiento que incluso llegaba a tartamudear, mientras un intenso calor le subía por las mejillas.
A lo largo de la fiesta, hubo un momento en el cual Carmen se hallaba observando a todas y cada una de sus compañeras, y sin darse cuenta se quedó momentáneamente aislada del resto. Fue Lola quien rompió ese aislamiento, dirigiéndose en voz alta y en un tono muy extrovertido a Carmen, logrando no sólo sacarla de su ensimismamiento, sino que ambas fueran protagonistas del momento.
Carmen que, a veces era ocurrente y tenía salidas ingeniosas para preguntas embarazosas, y que Lola también aportaba su chispa particular... tuvo el efecto de hacer a Carmen sentirse dueña de la situación... y que por una desconocida razón se sentía que debía proteger a todas. Aunque estaban en una casa, ella se sentía de alguna manera responsable última de todas. Nadie se lo había indicado. Pero ese sentido de protección notaba que, de alguna forma, sus amigas se lo pedían, o por lo menos así lo percibía ella. Incluso cuando hablaba con Lola, un matiz distinto, un marcar algo que Carmen no terminaba de comprender.
A media tarde, un creciente nerviosismo se iba apoderando de sus compañeras, como si estuvieran esperando a alguien muy especial que no acababa de llegar. A partir de un momento, las idas y venidas a la habitación donde estaba el teléfono fueron constantes. Impaciente preocupación y en más de una, un tenue brillo en los ojos denotaba un estado de ansiedad emocional.
Al fin, fue Elena Domínguez quien, mirando por una de las ventanas que daban a la calle, anunció al resto un “¡Ya están aquí!” y las demás corrieron como locas a la ventana.
-Ahí está Merche... Supongo que... !Ah, sí, sí,..! -gritó Lola alborozada, y presa de un gran nerviosismo- !Ahí están Pedro, Antonio, Marcos...!
Mientras unas contemplaban por la ventana a un reducido grupo de muchachos Fernanda fue a abrirles el portal. Al cabo de un tiempo regresó al pise, anunciando a la concurrencia:
-Dice Merche que ahora no van a subir, pues están esperando a Paula y el resto, que no saben muy bien dónde estamos.
Carmen asistía, por primera vez, a un fenómeno que, con el tiempo, vería repetido hasta la saciedad: no sólo el que algunas sacaran de sus bolsos cajitas con útiles de maquillaje, sino además el recolocarse el pelo, soltando las trenzas y coletas que, indudablemente, sus madres les habían obligarle a hacerse. Desde luego, a muchas ese cambio les favorecía, restándoles aspecto de niñas y dando más apariencia de adolescentes.
Carmen, entre divertida y asombrada, contemplaba el espectáculo, el cual no terminaba de comprender. Alguna le preguntó a Carmen su parecer sobre su aspecto:
-Estás muy guapa siempre. .. Ahora estás guapísima -respondía con una sonrisa.
Hubo una que a ese comentario, repuso:
-Bueno, a ti es que te gustan todas...
-¿Qué...?
-No, nada. -rectificó enseguida, dejándola sola.
Al cabo de varios minutos, sonó el timbre de la puerta. Carmen, sin abandonar en ningún momento su asiento, miró curiosa el motivo de tal revuelo entre sus compañeras. Y se encontró con unos cuantos chicos, capitaneados por Merche y otra chica -supuso que Paula- a la cual no conocía.
Todos entraron en el piso, y unos y otros se iban saludando. Carmen, en más de una, adivinó un deseo reprimido de abrazar o besar o hacer no sabía qué con el muchachito. Poco a poco se iniciaban conversaciones de dos en dos o en grupos más o menos numerosos. No tardó Carmen en quedarse sola nuevamente, mientras observaba un sutil cambio que se había producido ante la presencia de los muchachos. Y ese cambio no era otro quo por decirlo de alguna forma, se habían hecho, dueños de la situación. En cierto modo, también a ella la presencia de los chicos había producido un cierto efecto: y es que ya no sentía del todo el sentimiento de protección que, sin saber porqué, sus compañeras le inspiraban.
Al cabo de un rato, se levantó para servirse un refresco. Justo al lado de la mesa, había dos chicos hablando entre ellos, que no cesaban de reir y hacer comentarios. Carmen pudo alcanzar a oír que la causa de sus risas eran los prominentes pechos de Elena Domínguez, todo aderezado con comentarios más que groseros.
Carmen se mordió la lengua. Pero sí le hubiera gustado contestarles a todo aquel cúmulo de groserías. Sin embargo, no tenía ganas de discutir con nadie ni de fastidiar la fiesta al resto. De pronto, uno reparó en Adela y comentó al otro:
-!Tío, que polvazo tiene la anfitriona. Si la pillo, la pongo mirando a Tegucigalpa!
-!Pero qué bestia eres, macho!
Carmen no se pudo contener. Y con mucha calma, con una botella de Cocacola vacía en la mano, de la cual había vertido el líquido en un vaso, se acercó a los dos muchachos y con voz firme y segura, dijo al que hiciera el comentario grosero:
-Ten cuidado con lo que dices, porque yo a ti te pongo a ver las estrellas en pleno día. ¿Está claro?
Y sin dar tiempo a responder, se volvió a su sitio. A sus espaldas oyó a los dos jovencitos estallar en risas. Momentáneamente, Carmen sintió deseos de volverse. Pero, tras una pequeña fracción de tiempo, desistió y se terminó de alejar tic ellos.
El resto del tiempo, río quitó ojo ni al muchacho ni a Adela, que permanecía ajena a lo ocurrido.
En un momento dado, el chico se dirigió al lavabo. El amigo se dirigió a Carmen.
-Oye, disculpa a Fernando... Estábamos de bruma y te aseguro que es un buen chico. Si en realidad, es muy tímido... Todo eso es una forma de hablar. ¿ Por qué piensas que no esta con ninguna chica...? Por lo mismo que yo, porque no somos más que unos tímidos totales.
-Si tú lo dices..., te creeré. -replicó Carmen, muy seria y sin inmutarse lo más mínimo, dundo por terminada la conversación.
El resto de la fiesta transcurrió sin más. Cuando los muchachitos se fueron, y Carmen se aseguró que el tal Fernando se había marchado con el resto, se despidió también. Lola le pidió que la acompañara a su casa. Carmen aceptó. Y las dos salieron juntas tic la casa.
En el camino, hablaron de la fiesta y de cosas que se habían vista Lola preguntó qué le había pasado con Fernando y Carlos, y ella se lo contó.
-No te preocupes... Esos siempre están igual: "le haría esto", “le haría aquello", pero son incapaces de acercarse a nadie.
-Sí, algo así me dijo uno de ellos: que era sólo hablar por hablar
-Y es ver dad. Los chicos son así. Si no fuera porque... ! exclamó riéndose.
-¡Pues vaya joyas...! -replicó Carmen.
***
Durante varios días, sus amigas y compañeras no hacían más que hablar de la fiesta, y en particular de los chicos aquellos. Pero sobre todo, de un tal Santi, y con un tono que rayaba en la adoración. Ella, salvo con los nombres de los ‘interfectos’, no se acordaba de nadie, ni de caras y, menos aún, de nombres. Bueno, de Paula sí, pues se daba un aire con una amiga que tuvo durante el verano. Por más que Lola y Adela se empeñaban en explicar a Carmen quién era el tal Santi, ésta no lograba acordarse de él.
Lola no podía explicarse cómo semejante muchacho había podido pasar desapercibido para ella. Con mucho esfuerzo, Carmen recordó a un chico que todas se rifaban. Supuso, a juzgar por lo que contaban, que debía ser el tal Santi. Alababan del muchacho el color de sus ojos, y esa forma de mirar con la cabeza levemente gacha y los iris situados en la parte superior de la esclerótica. Carmen se quejó de que nadie le presentó a nadie.
A partir de aquel fin de semana, salió mas veces con sus amigas. Volvió a ver, aunque no a todos, a varios de aquellos muchachos, conociendo también al tal Santi, que sí era guapo... pero ese motivo de adoración que las demás veían en él, ella no lo encontraba. Y la belleza física, bueno tampoco era de llamar la atención. Además, le dio la impresión de tenérselo muy creído.
El caso es que los chicos sí se acercaban a ella. Pero en su mayoría como camaradas, hablando con ella de todo un poco, y sin actitud de conquista. Cuando los chicos se acercaban así, Carmen los aceptaba de muy buen grado, encantada. Sin embargo, a los aprendices de Don Juan -lobos con piel de oveja- los evitaba, primero educadamente. Pero si el Tenorio de turno no se daba por aludido, Carmen sacaba su brusquedad a relucir, dejando al susodicho incapaz de decir nada.
Alguna vez, se le acercó algún chico entre tímido y tierno, que le pidió salir. Carmen, en algunos casos, accedía. Pero a partir de la segunda cita, Carmen empezaba a no sentirse bien con el muchacho, y le decía que lo sentía mucho, pero que no terminaba de cuajar con él.
Cuando sus amigas se enteraban, éstas le decían:
-¡Carmen, chica, que está loquito por ti...!
-Pues, chica, a mí que no me ‘dice’ nada...
-¿Le rechazas y todo? ¡Si es que Dios da pan al que no tiene dientes! ¡Qué más hubiera querido yo que a mí me mirara con los mismos ojos golositos que a ti...!
-Pues nada, te lo cedo. Todo tuyo. Ve a consolarlo, y que logres suspirar de amor en sus brazos.
Aunque su madre, y muchas veces su hermana, le habían llamado la atención por esa forma de actuar tan vehemente de ella, y que todas habían insistido en que suavizara esas aristas, Carmen no podía evitar ser así y andarse con ciertas sutilezas artificiales, -que con ella no iban. En realidad, le importaba muy poco -mejor dicho, no se paraba a pensarlo- lo que el resto de la humanidad opinara de ella.
Cierto día, en los lavabos del colegio, ignorantes de su presencia dos presuntas compañeras de ella tuvieron la siguiente conversación:
-Pues sí, lo que te digo, queme parece un tanto extraño que ningún chico termine de gustarle. Más que extraño, diría que sospechoso.
-Hombre, algo rarita sí que es, la verdad.
-Pero si parece un chico... Te juro que yo no me desnudaría delante de ella...
-¡Mujer, tampoco es eso...!
-¿Es que no te has fijado cómo mira a Luisa? No la quita ojo de encima.
-!Venga ya...! Pero qué dices, tía! Te concedo que Carmen, con sus ademanes y gestos, pueda parecer un chico... Pero le que dices es incierto.
-¿Ah no? Tu fíjate bien. A Carmen se le van les ojos directos a los pechos de Luisa. ¡Te le digo yo!
-!Caramba, que Carmen es más bien menuda y Luisa alta...! De verdad que te equivocas...
-!Quo sí, que te le digo yo...!
-!Anda, anda...!
Y las dos muchachas se fueron. Carmen sintió cómo sus ojos se llenaban de lágrimas. Es cierto que a ella le llamaba mucho la atención Luisa, y que eran los pechos una parte prominente como para pasar desapercibida, igual que en otras el tamaño del apéndice nasal. Pero de ahí a írsele los ojos, mediaba un mundo. Ella no miraba con deseo a sus amigas. Con respecto a la brusquedad de su carácter, concedió que podría ser; también que si sus ademanes parecían de chico, pues ella no se paraba a pensar si tal gesto lo hacían más las chicas que los chicos, o al revés.
En realidad, Carmen huía de toda afectación. Era su forma de ser, su manera de expresarse, que nacía de muy dentro de una forma muy natural. La verdad que estaba un poco harta de que todo el mundo no sólo opinase sobre sus ademanes, sino que, además, se los intentara hacer cambiar. Carmen, esos pretendidos cambios, les veía como algo artificial, algo forzado, que no iban con ella. ¿Por qué unos y otros no la dejaban tranquila, y se metieran mejor a solucionar problemas propios y dejar la vida de Carmen en paz? Si ella no se metía en cómo eran unos y otros, ni a dar opiniones y, menos aún, soluciones ¿por qué a ella le venía todo el mundo a decir cómo debía portarse?
Carmen, toda su vida, se sintió incapaz de hacer daño a nadie a sabiendas. El hecho de ver que su fijación hacia Luisa no había pasado desapercibida por lo monos a una, obligó a la adolescente a jurarse a sí misma ser más disimulada y, desde luego, a ocultar sus sentimientos de miradas ajenas.
La muchacha estuvo tan pendiente de qué se decía que no se paró a intentar reconocer las voces de quiénes hablaron, sobre todo de la que censuraba. Cuando salió, miró en todas direcciones y no vio a nadie. Tampoco podría preguntar quién pudo ser, porque bien posible resultar que fuera a preguntar a una de ellas o bien éstas fueran puestas en guardia. Bien sabía Carmen que quien censuraba y criticaba a espaldas del interesado, jamás daban la cara. Se limitarla a observar y ver si podía ella averiguar algo.
A raíz de aquello, Carmen se unió más a Adela, a la única que le confesó lo ocurrido. Adela le dijo que no hiciera caso a esos comentarios, que la gente si no habla, se aburre. Carmen sintió que quería más y más a Adela. Le apetecía abrazarla como señal de agradecimiento. Pero se contuvo: temía ser mal interpretada y perder a tan buena amiga.
En el aula, era obligatorio ocupar siempre el mismo pupitre. La profesora que dirigía el curso, había puesto a Carmen en las primeras filas, y a Adela en las últimas. En realidad, era más bien porque no se molestaran unas a otras por cuestiones de alturas para ver la pizarra.
Para comunicarse las dos amigas, utilizaban el sistema de correo, algo clandestino, que consistía en hacer llegar a la destinataria un papelito doblado con un mensaje corto y conciso. La verdad que ese sistema de correo funcionaba y era eficaz. Era imprescindible que la profesora no lograra darse cuenta del correr del mensaje, pues ésta lo interceptaba y no llegaba a su destino... aparte de una bronca por parte de la enseñante.
Varios papeles de aquellos corrieron, en ambas direcciones, llevando y trayendo mensajes y mensajes entre las amigas. Mensajes que llevaban, implícita, una sonrisa... !Hasta qué punto no llegaría la influencia de Adela sobre Carmen, que incluso la caligrafía de ambas se parecían...!
Durante esa época, Carmen se sintió feliz. Aunque a trancas y barrancas, iba aprobando las distintas asignaturas. Sus relaciones con su familia, y con su entorno más próximo, eran de lo mejor. En otras palabras, todo iba viento en pepa.
Aquel curso tuvieron como profesora que, además, ejercía la tutoría del mismo, a doña Bernarda. Esta mujer frisaba los 50 años, de origen andaluz, a pesar de su rostro adusto y serio, muy agradable en su trato. Doña Bernarda tenía una rara habilidad para dar confianza y mostrarse amigable, sin perder su postura de adulta, con los adolescentes que fueron confiados a su cargo y cuidado.
Carmen, que no desconfiaba de nadie, y menos aún de alguien que se mostraba tan abierta, respondía con total franqueza -incluso bromeaba y exageraba algunas comas- a las preguntas que, un tanto ladinamente, doña Bernarda le hacía, sin pararse a pensar qué imagen se forjaría la citada profesora de la alumna.
Como ya se ha dicho, Carmen, durante la. horas lectivas, estaba lejos de sus amigas. Por eso, en los minutos iniciales del recreo, Carmen iba a buscarlas, Y fue en una do esas veces, una mañana de sol de un invierno que ya se iba, en que Carmen vio un grupo rodeando a Adela. Adela estaba llorando. Carmen quiso interesarme por su amiga. Pero ésta, con su rostro enrojecido y las mejillas bañadas por lágrimas que no cesaban de fluir de sus ojos, con la voz rota por el. llanto, le gritó:
-¡Déjame...! ¡Por tu culpa me ocurre todo...! !!Vete!!
Tras la sorpresa inicial, por la inesperada contestación, Carmen se apartó, sin sabor a qué se debía aquello y menos aún de qué era culpable. Carmen se alejó del grupo, y en dirección a él encontró a Fernanda.
-¿Sabes qué le pasa a Adela...?
-No lo sé... Voy a averiguarlo.
-Luego me lo dices
-Sí, sí, luego te lo cuento...
Cuando, horas más tardes, Carmen se interesó nuevamente por Adela, Fernanda se mostraba remisa a responder, dando a entender que no estaba autorizada a contar nada. Carmen no presionó.
Durante varios después, Carmen siguió como si nada hubiera sucedido, tal vez pensando que se trataba de algo pasajero. Sin embargo, Carmen notó un cambio de actitud radical hacia ella: de hecho, al salir del colegio, y en el camino a casa, Adela y Fernanda se adelantaban sin esperarla, como antes hicieran, dejándola siempre rezagada.
Así siguió la situación, hasta que un día Carmen, usando del correo escolar, le mandó una nota preguntando qué pasaba, que por qué ese silencio... En definitiva, a qué obedecía ese cambio tu radical. Era una mañana de abril, de esas con unas nubes tan densas que hacían olvidar de qué color era el cielo. Nubes que amenazaban tormenta, nubes que presagiaban intensa lluvia, intenso aguacero. Tras unos momentos, la respuesta que Carmen recibió fue demoledora:
NO QUIERO SABER MÁS DE TI. NI ME HABLES NI ME MANDES MÁS PAPELITOS
Cuando Carmen leyó aquellas cortas frases, sintió que el mundo se le venía abajo. Hizo trizas, el papel aquel. Doña Bernarda se dio cuenta de lo que ocurría, y pidió el papelito. Carmen lo mostró en la palma de su mano, hecho trizas. Habida cuenta de que Laura, por ignoraba qué razones ocupaba un pupitre en una solitaria ‘fila cero’, ese día no acudió a clase, Doña Bernarda ordenó a Carmen que se pusiera allí. Y fue ese pupitre quien recibió sobre su superficie todo el dolor del alma de Carmen, que se derramaba en caudaloso río de lágrimas.
En un momento dado, Carmen giro su rostro hacia donde estaba Adela, en el convencimiento de que ésta permanecería impasible. Mas cuál no fue su sorpresa, al ver que también lloraba desconsoladamente.
Llegó la hora del recreo, Carmen pasó a su lado, con la cabeza muy alta, el rostro muy serio y una mirada que decía de todo su dolor, toda su rabia. Sin detenerse, ni volver loe ojos atrás, siguió su camino, alejándose de todo el mundo y yendo a una zona apartada, a llorar en soledad su pesar. Un grupo de gente rodeaba a Adela todo el tiempo, interesándose -suponía Carmen- tanto por lo ocurrido como por el estado de ánimo de la misma. Sin embargo, ni por casualidad, nadie se aproximó a Carmen. A Carmen le tocó digerir ella sola semejante trago, que le estaba causando una herida en su alma, que intuía difícil de olvidar y de superar.
El horizonte de luz diáfana que Carmen tenía en su vida, se vio reemplazado por la negra sombra de la soledad. De pronto, se encontró haciendo los recorridos de su casa a1 colegio y viceversa, sola. De nuevo, en los minutos de los recreos, vagaba sola, ajena a juegos y actividades del resto de sus compañeras. Los fines de semana se transformaron en horas y horas en su casa, o en paseos solitarios por el barrio, asistiendo sola también a algunas salas de cine, con sólo su propia compañía.
Nuevamente, como hiciera antes de conocer a Adela, Carmen miró hacia su interior y fue su propia fantasía quien le ofrecía un sustitutivo, convirtiendo sus horas de soledad en maravillosas aventuras que Carmen disfrutaba en su irrealidad... y de esas maravillosas aventuras, Carmen borró todo rastro de Adela, intentando por todos le medios no pensar en lo acontecido, a pesar de verla todos los días.
Carmen que, en realidad no era muy buena estudiante, aquel curso suspendió. En aquel colegio, perdiendo de vista relativamente a aquellas compañeras, duraría aún dos cursos mas. No volvió a tener amigas con Adela y Fernanda. Su rendimiento escolar iba do mal en peor. Y su comportamiento iba de raro a estrafalario.
Basta que llegó una carta, a finales de curso, comunicando la expulsión sin dar motivos claros y concretos. Su madre fue al colegio para hablar con los profesores, llegando a un trato con el director del mismo: si Carmen aprobaba en la repesca de septiembre, se la mantendría a prueba hasta diciembre. En caso de que su comportamiento no cambiara, se la expulsaría. Sencillamente, aunque bien cierto fue que los exámenes de septiembre tampoco fueron brillantes, desde luego no eran tampoco para suspender... y fue expulsada del colegio. Carmen siempre pensó que, en el -colegio querían perderla de vista, y optaron por la vía rápida.
En definitiva, Carmen cerraba una época de su vida, e iniciaba otra, sin más ayuda que su escasa, aún, experiencia de la vida.