En el nuevo colegio, le costó trabajo, en un principio, integrarse, aunque no lo lograra del todo, sí por lo menos no quedarse totalmente sola. De nuevo alguien despertó sensaciones en su alma, que desesperaba por sentir el calor de una nueva ilusión. Esta vez, no se trataba de ninguna compañera ni de curso ni de colegio, sino de su profesora de Literatura.
Pues Carmen siente cierta inclinación hacia la literatura creativa, tal vez fruto de esa misma soledad punzante, con la cual había aprendido a convivir. Doña Eloisa, que así se llamaba la profesora, cuyo estilo y nivel intelectual atrajeron la atención de Carmen, se fijó en su alumna, y además de aconsejarle sobre correcciones de estilo, también le indicaba las lecturas que le ayudarían. Poco a poco, la relación entre ambas se intensificaba. Pero Doña Eloisa no llegó a formar parte de los ensueños nocturnos de Carmen.
Carmen, en aquellos poemas primerizos, dejaba fluir sus sentimientos que hablaban de un amor muy profundo, donde entregaba su ternura hacia alguien sin nombre, y que llenaba su vida de nuevas ilusiones. Pues, en definitiva, Carmen se imaginaba que alguien se enamoraba de ella y ella, a través de sus poemas, respondía a esa dulce ilusión.
Solamente a su profesora le dejaba leer sus cuentos, que también dejaban traslucir sus no menos imaginativas vivencias. Doña Eloisa, hablando un día con Carmen, supo do la existencia de sus poemario y le pidió que se lo enseñara. La muchacha, de entrada, opuso cierta resistencia, pues sentía cierta vergüenza en mostrar su corazón tan, digamos, al desnudo. Pero terminó por acceder y aquella misma noche, poco antes de acostarse, creó un poema especial para su profesora.
Quizá fue que se dejó llevar por la música que estaba escuchando, el celebérrimo cuarto movimiento -coral- de la Novena Sinfonía de Beethoven, o tal vez porque pensar en su profesora, que tanto so ocupaba do ella y tanto interés mostraba...; el caso fue que el poema salió muy encendido, refiriéndose a su profesora con honda admiración y apasionamiento. Y a la mañana siguiente, poco antes de entrar al colegio, con una amplia sonrisa, le entregó el poema, diciendo:
-Para usted, con todo mi cariño.
Dalia Eloísa tomó el papel y lo guardó entre sus cosas, mientras prometía a Carmen que lo leería más tarde y que, por supuesto, le daría su opinión como siempre hacia con todos los escritos, y que se lo haría saber después de la clase de Literatura que, aquella misma mañana, tendrían.
Carmen soportó con evidente impaciencia las horas previas a su asignatura favorita. Hasta que por fin llegó.
Para su sorpresa, de cuanto viera a su querida profesora por la mañana, a ese momento, un cambio increíble se había producido en ella. Cambio que, por cierto, toda la clase percibió, pues tal era el nerviosismo do la docente, que ella que era de sentarse y dar su clase, sólo levantándose cuando tenía que explicar algo en el encerado, aquel día se paseaba presa do una gran agitación.
Las alumnas se miraban unas a otras haciendo gestos de extrañeza y preguntándose qué le podía pasar. Incluso una compañera preguntó por señas a Carmen si ella sabía algo. La joven se encogió de hombros, dando a entender que tampoco sabía nada. Cuando se cumplió la hora, contrariamente a su costumbre, Doña Eloisa tomó sus cosas y salió con toda celeridad del aula. Carmen que no había olvidado la promesa de su profesora, se preparó con toda rapidez para intentar alcanzarla. Pero cuando salió del colegio, Doña Eloisa se había marchado.
Carmen se sintió defraudada. Tanta espera, tanta ansiedad... para nada. Pero aún a Carmen le quedaba por llevarase una sorpresa, que tanto a ella come al resto del curso, las dejaría llenas de estupor cuando iba a comenzar el turno de Literatura, en lugar de entrar Doña Eloísa, fue el director del colegio con un nuevo profesor, Don Enrique, diciendo que sería, a partir de ese momento, quien les enseñaría Literatura, pues Doña Eloísa, “por motivos personales”, ese mismo fin de semana, había presentado su dimisión de forma irrevocable.
A la reacción de sorpresa, le siguió el asombro. Alguien balbuceó la pregunta de por qué. Pero el Director se limitó a repetir “motivos personales’, marchándose y dejando al nuevo profesor a cargo del curso. Cuando llegaron al recreo, todo fueron conjeturas, aunque recordaban el nerviosismo incontrolado del último día. Nadie supo dar un motivo real, aunque sí algunos muy imaginativos y otros que entraban dentro de lo posible.
En ese mar de rumores, Carmen ocultó lo del poema. Pues, aunque no sabía por qué, tenía la intuición de que algo tuvo que ver con todo aquello. Fue a hablar con el Director. Este le contestó que tampoco había logrado saber los motivos reales de tan inesperada decisión; incluso intentó, por todos los medios, convencerla para que se quedara, pero sus esfuerzos resultaron inútiles.
Carmen se encontraba, por segunda vez en su vida, con alguien que, sin dar motivos aparentes, desaparecía de su lado. Pero esta vez estaba dispuesta a saber las razones, aunque le resultaran dolorosas.
Sabía que su profesora vivía sola, y sabía la calle, aunque no al número. Una tarde se armó de paciencia y empezó a buscar en la guía. Al cabo de una media hora, encentró los datos coincidentes que ella tenía: apellidos, nombre de la calle y número de teléfono. Sin pensárselo dos veces, y sin decir nada en su casa, se fue decidida a hablar con su ex-profesora.
En el trayecto, Carmen iba imaginando posibles diálogos y reacciones de su, hasta hacía muy poco, casi adorada profesora. Por fin llegó a la dirección. El portero de la finca le dijo que había salido. La muchacha optó por esperar desde un bar próximo, desde el cual, a través de los ventanales del mismo, controlaba las entradas y salidas del portal, en espera del regreso de Doña Eloisa.
Mientras aguardaba, Carmen en su cabeza se hacía mil y una conjeturas sobre los motivos no solo de aquella dimisión, sino de no contestar a sus llamadas. Nuevamente Carmen tuvo la sensación de huida de su persona. Y nuevamente se preguntaba qué había hecho para que se diera semejante espantada. Releyó por enésima vez la copia del poema, único, que le entregara, buscando algo que fuera causa de un malentendido o algo similar.
No tuvo que esperar mucho, pues al cabo de varios minutos, la vio entrar al portal. Carmen se levantó, y tras pagar su consumición, tomó sus cosas y salió en su busca.
Al hallarse frente a la puerta de la vivienda, tuvo unos momentos de duda. Pero al final oprimió el timbre. Desde fuera escuchó unos pasos que se dirigían hacia la puerta, que al final se abrió al sorprendido rostro de Doña Eloísa.
-¿Me dejas pasar? -preguntó Carmen, que era la primera vez que trataba de tú a quien fuera su profesora.
Eloísa abrió la puerta, cediéndola el paso a su casa. Ya dentro, con un gesto la invitó a seguirla llevándola hasta una habitación que hacía las veces de comedor y cuarto de estar. Ambas se acomodaron en un sofá. Eloísa, en ningún momento perdió cierta rigidez, marcando, en todo instante, las distancias entre ambas .
Sin esperar más, Carmen se interesó sobre los motivas de su renuncia tan repentina. Eloísa no hacía más que responder "motivos personales", sin querer explicar más. De pronto Carmen sacó del bolsillo un papel doblado que abrió del todo, mostrando ante los ojos de Eloísa la parte escrita, que ésta reconoció.
-¿Ha tenido algo que ver esto...?
-En cierto modo sí, pero no es culpa tuya. Yo sé cómo eres, y que, cuando escribes cosas así no es más un mira qué he escrito ¿te gusta?... Y yo lo tomé como algo puramente literario, sin más. Pero... verás... Déjame que piense cómo contarte qué sucedió para, que lo puedas entender y que no te haga daño ni te sientas culpable por lo mas remoto... -y tras un tenso silenció, Eloísa empezó a contar:- ¿Recuerdas que lo guardé entre las hojas de un libro? Pues bien, cuando te fuiste me puse a buscar, de pie en ese mismo libro una cosa mía. Y tu poema, se resbaló y se fue al suelo. No me dio tiempo a agacharme a cogerlo, cuanto, Don Jaime que da Química en no sé qué curso, gentilmente se agachó a recogerlo. Al ver que se trataba de un poema en vez de devolvérmelo, sacó su risa más burlona y empezó a leerlo... Y de vez en cuando decía "Caramba, tienes loco de pasión a tú admirador". Pero su sorpresa fue mayúscula cuando, en la firma leyó tu nombre. Afortunadamente, no pusiste tu apellido. Así que no sabe que eres tú. Pero sí se dio cuenta que se trataba de una alumna. Por el tipo de papel, no por otra cosa. Como yo aún no lo había leído, no pude argüir nada. El caso que usó tu poema de mala manera. Lo entendió como una declaración de amor a mi persona... ¿Sabes a qué me refiero...? -Carmen asintió con la cabeza, aunque realmente no sabía aún a qué hacía referencia. Eloísa siguió:- Aunque te suene a película barata, el caso que me hizo chantaje, amenazándome con enseñarselo al Director, y como a pesar de todo el poema se presta a ser interpretado de ese otro modo, si dejo que Don Jaime haga eso, me costaría la expulsión a mí y tendría, además, que decir quién fue la autora... Como yo, de todas formas, me terminaría yendo, opté por dimitir y alegar, como sabes es, "motivos personales".
-¡Vaya historia...! -exclamó Carmen, compungida.
-Temía que Don Jaime, picado por la curiosidad de saber quién era aquella Carmen, me siguiera de algún modo. Por eso ese mismo día salí corriendo, para evitar que tú hablaras conmigo.
Durante un momento reinó el silencio entre ambas. Sólo el tic tac electrónico de un invisible reloj de pared llenaba a de ecos la habitación. Carmen no sabía qué decir. Musitó un "Lo siento mucho..." mientras un sentimiento de culpabilidad se apoderaba de ella.
Sin decir más, Carmen se levantó y con un "adiós” apenas audible, se marchó de la casa.
Don Enrique no mostraba parecido interés por los escritos de Carmen. Más bien se limitaba a dar la asignatura y ver que sus alumnos iban cumpliendo el programa que, tanto a nivel ministerial como del propio centro, estaba impuesto.
Carmen no volvió a saber, y tampoco hizo intentos, de su hasta hacía bien poco, admirada profesora. No la guardaba rencor. Pero tampoco quería saber nada de ella.
Entre sus compañeras de curso, se daba Cuenta que, no era apreciada. Sin saber cómo, se vio confraternizando con gente de cursos superiores al suyo. Aunque no llegó a tener grandes amistades, sí por lo menos conoció a unas con inquietudes literarias y de teatro.
De estas nuevas amistades, había dos chicas que. particularmente, llamaron la atención de Carmen: Adriana y María Jesús. Eran estilos radicalmente distintos. Y los motivos de esa atención no tenían nada que ver unos con otros. A Adriana se le avivaban las pupilas cuando alguien hacía mención al mundo del teatro, tanto a la obra en sí como al montaje de la misma. Gracias al entusiasmo de Adriana, Carmen hizo sus primeros pinitos de teatro. Pero no fue un género que cultivara, pues la técnica de escritura del teatro, le cortaba las alas para sus descripciones, donde daba rienda suelta a sus ensoñaciones. Pero Carmen había aprendido a callar, incluso en sus escritos, parte de su mundo de sentimientos y sensaciones. Y lo que enseñaba a ojos ajenos, procuraba, que fuera lo más neutro posible, o hablara de la belleza de un ocaso o de un amanecer. Pero jamás que nadie pudiera tomarlo por lo que no era.
A María Jesús no sabía qué era, pero que había algo que la atraía con mucha fuerza, de eso estaba segura. De alguna manera, Carmen se sentía identificada con ella. Jamás le dijo nada, jamás de ese tema hablaron. Y a pesar de eso, Carmen siempre tuvo la sensación de que el sentimiento era mutuo. Pues el rostro pétreo de María Jesús se distendía en una sonrisa cuando Carmen llegaba. Quizás fuera con María Jesús que Carmen tuviera ensoñaciones en que eran hermanas, que compartían sus vivencias. Carmen sentía que si hablaba con María Jesús, ella la comprendería perfectamente. Sin embargo, tras la experiencia con Eloísa, por un poema sin mayor intención, Carmen se encontraba más que escarmentada. Tal vez perdía la ocasión de una amistad perdurable, pero la sola posibilidad de llevarse otro mazazo como el de Eloísa o él de Adela, la pudieron más y nunca tocó ese tema con María Jesús.
Las fantasías de Carmen con María Jesús no eran aventureras y, menos todavía, de contenido erótico. Cuando le ocurría algún percance, en la soledad de la noche, arropada por las sombras, Carmen abrazaba la almohada y refugiaba su cabeza, como si fuera el pecho de María Jesús. Cerraba los ojos y con su imaginación la veía ahí mismo, a su lado, consolándola y diciéndole cosas que la consolaban. Con tales sensaciones, Carmen se dormía hasta el día siguiente.
Fue aquel año que Carmen encendió su primer cigarrillo y también la primera vez que supo lo que era el estado de semi-embriaguez. Alguien celebró una fiesta. Y había muchas botellas de bebidas alcohólicas: ginebra, ron, whisky... Carmen que no tenía costumbre de beber, apenas se tomó me dio raff, y ya notaba que no controlaba del todo. Cuando se lo tomó entero, sus pupilas denotaban un grado de embriaguez. Afortunadamente, uno de :los muchachos se ofreció a llevarla a su casa y sus padres, que estaban viendo la televisión, no notaron en qué estado llegaba su hija.
Días después, se encontró con Adriana. Carmen, por una parte, se sentía avergonzada, pues recordaba que hizo y dijo muchas tonterías. Adriana - sonreía.
-No te apures. Al fin, y al cabo, tú te dabas cuenta de que ibas con una copa de más. Pero es que hubo unos cuantos que sí iban borrachos. Fíjate cómo será, que tú te acuerdas bien de lo que hiciste... y ellos sólo es un vago recuerdo. -y con una amplia sonrisa, añadió:- La próxima vez, pon más cocacola y menos ginebra, sólo lo justo para que le dé sabor.
-Oye, por cierto, si ves al chico que me llevó a casa, dale las gracias de mi parte. Dile que fue muy amable.
-Se lo diré a Javier, fue él, cuando lo vea de nuevo. -y rodeando fraternalmente con su brazo los hombros de Carmen, le dijo:- Venga, vamos con todos, que están esperándonos.
Carmen a su vez sonrió ampliamente también y se fue. Durante aquel año, la vida parecía querer a volver a mostrar su rostro afable. Lo que a la muchacha no pudo dejar de resultarle curioso, era que sus compañeras de curso, que en un principio le habían dado un tanto de lado, sobre todo un cerrado grupo de cinco, es que viendo que gente de cursos superiores sí la habían aceptado, de pronto cambiaron las tornas y todo fue simpatía con ella. Carmen que, en realidad no era rencorosa, aceptó ese cambio de actitud hacia su persona, aunque era perfectamente consciente de los motivos reales.
El año escolar transcurrió sin mayores incidentes dignos de mención. Por fin Adriana logró estrenar una obra de teatro, en el escenario de un instituto, a la cual acudió Carmen, invitada por Adriana.
Terminaba el curso, y Carmen se disponía a vivir un verano que, en cierta manera, le resultaría inolvidable.