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Introducción

Cap. I

Cap. II

Cap. III

 

INTRODUCCIÓN

 

Cuando aquella noche de un tardío otoño Carmen se bajó del autobús, enfiló, aún titubeando, por la calle aquella, tantas veces recorridas por motivos bien distintos al de hoy. Se iba acercando, paulatinamente, hacia la plaza que simbolizaba, para ella y para tantos, el paso más importante de su vida. Suponía su total liberalización y una toma de conciencia de una realidad que, hasta entonces, había rechazado frontalmente y, además, suponía para ella un auténtico tabú.

 

El paso no era fácil. Nada fácil. Pero había que darlo y ahora mismo estaba en ello. Tenía, por un lado, una sensación de libertad mezclada con cierta dosis de temor y, por otra parte, una extraña nostalgia por no haberlo hecho antes, pensando en todo el sufrimiento que había rumiado durante esos años, en absoluta soledad.

 

Mientras caminaba, su mente era un torbellino de preguntas, tanto sobre qué encontraría y si sería o no aceptada por otras personas que, como ella hoy, también un día dieron ese mismo gran paso. Sin embargo, y pese a sus dudas, que, reconocía que eran más bien, miedos disfrazados, con un valor del cual se sorprendió a sí misma, siguió adelante, hacia su cometido. No sabía qué haría, ni qué diría ni dónde entraría… pero sí que ya era el momento de aceptar la realidad. Dejar de fantasear y meterse en el mundo procurando hacer que sus sueños se convirtieran en algo real y tangible.

 

Atrás iba dejando larguísimas horas de doliente soledad. Suspiros anhelantes que llenaba el silencio de su habitación de tímidos ecos. Tantos deseos frustrados, tantos sueños rotos en mil pedazos. No obstante, un dulce presentimiento de que, a partir de hoy, su vida cambiaría, que sería otra, era el motor que la empujaba a seguir.

 

La brisa de la noche traía y llevaba gente en todas direcciones. Algunos grupos que iban y venían, con esa alegre despreocupación del fin de semana, llenaban de rumores de voces las calles. Gente solitaria que caminaba sin rumbo aparente algunos, otros con gran determinación. Automovilistas que, dando una y otra vez vueltas a la manzana, buscaban dónde dejar el coche, y peatones que, de forma anárquica, y sin apenas mirar si venían o no vehículos, cruzaban las calles.

 

Sus ojos no podían dejar de escrutar a todos los que veía. ¿Serían...? ¿No serían...? De cuando en cuando, tropezaba con alguna mirada tan curiosa como la de ella y que, tal vez, se estuviera haciendo la misma pregunta. En varios instantes, estuvo tentada de girar sobre sus talones e irse a un sitio, digamos, más convencional. Sin embargo, se aferró a su idea de, por fin, ser ella misma y siguió con paso firme.

 

-¡Alea jacta est! -se dijo a sí misma- La suerte está echada... y ya no hay vuelta atrás...

 

Durante varios meses atrás, una y otra vez, de forma insistente, le había venido la idea de hacer esto que hoy hacía. Para mayor INRI, en el autobús que la llevó lo próximo a la citada plaza, se encontró con un conocido… al que sin mentir, tampoco le dio señas específicas de dónde iba. Era mucho el terror que la mujer sentía a que se enterara nadie, por lo menos de momento, de su realidad.

 

Lo más seguro que jamás su boca se abriera. Lo más probable es que ni a su mejor amiga le dijera nada. Callaría, como siempre calló. Pero viviría… lo que nunca vivió.

 

Sentía que a su alma le crecían nuevas alas. Lo mismo se equivocaba. Lo mismo acertaba. A pesar del ruido de la calle, podía escuchar resonar sus pasos sobre el concreto de la acera. Mientras caminaba, acudían a su memoria recuerdos, algunos lejanos en el tiempo, otros más recientes, y en su mente aparecían varias interrogantes, a las cuales sólo el tiempo algún día, le daría una respuesta. Atrás iba quedando aquella arteria de siempre intenso tráfico rodado, igual que atrás también se iba dejando sus prejuicios y sus tabúes.

 

Caminaba. Por ignoraba qué extraña razón, no conseguía verse fundida con aquel gentío. Tal vez era muy pronto. Tal vez era cosa de saber esperar acontecimientos.

 

Por encima de la ingente riada de luces anaranjadas, asomaba una tímida luna en su cuarto creciente. En el cielo, una nube se desperezaba. Un golpe de viento se levantó, arrastrando hojas muertas. Carmen se arrebujó en su abrigo.  A pesar del frío reinante, el ambiente de la calle y los aledaños de la plaza era cálido. Parecía como si ese frío sólo lo sintiera ella, siendo totalmente ajeno al resto.

A medida que se aproximaba a la plaza, símbolo de tantas cosas, su lucha interna aumentaba. Los recuerdos de tantos momentos vividos, de tantos temores acumulados, hacían que su alma vibrara intensamente. Pero ya era hora de vivir conforme consigo misma.

 

Pese a sus sueños, su propia inseguridad y su propio miedo -más a sí misma que a otra cosa- le habían frenado en su intento. Aun hoy, ese temor le restaba impulso, pero ella sólo pensaba que allí, en aquella simbólica y recoleta plaza, estaba su futuro, estaba su libertad.

 

Y por fin hoy, tras casi treinta años, Carmen da su gran paso.

 

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