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Capítulo 4 |
El insistente y penetrante sonido del portero automático despertó a las dos muchachas. Fue Lucía quien llegó antes al aparato, alarmada por la insistencia de la llamada. Yoli esperó de pie ante la puerta de la habitación.
-¿Sí...?
-...
-¿Paco? -y un tono de absoluto asombro en la voz de la joven.
-...
-No, no...! ¡Ni se te ocurra...! –repuso tajante
-...
-¿Ahora...? ¡Hum...! Espérame. Puede que tarde una media hora o así, mientras me ducho y esas cosas.
-...
-Hasta ahora... –mientras colgaba, musitó entre dientes:- ¡Y éste que quiere subir ahora...!
Al pasar por delante de la habitación de Yoli, ésta se estaba levantando.
-Era Paco...
-¿Paco...? ¿Tu...?
-Sí, ese mismo. Dice que quiere hablar conmigo.
-Mujer, lo mismo es que comprende tu decisión y la acepta.
-Se nota que no le conoces... –y después añadió, con una media sonrisa:- ¡Ojalá fuera eso, que lo dudo mucho...! En fin... Voy a ver qué quiere... –repuso de mala gana.
*** ***
Al cabo de la media hora, ya estaba abajo. Encontró a Paco, sentado en un banco, fumando plácidamente mientras miraba, totalmente distraído, a la gente que pasaba en todas direcciones. Nada más verla, se levantó sonriente mientras se acercaba a la muchacha.
-¡Hola...! –en su voz se reflejó una sincera alegría, y mirando el reloj, continuó:- ¡Tan puntual como siempre...!
El rostro de Lucía permanecía serio, con el ceño algo fruncido y en sus labios un mohín de disgusto. Él hizo ademán de besarla, pero ella se retiró.
-¿No me vas a dar un beso...? –exclamó ciertamente contrariado- ¿Ni siquiera como amigo...?
Lucía, de muy mala gana, le dio un beso en la mejilla, mientras él intentaba buscar sus labios para besárselos.
-¿Qué es lo que quieres? –preguntó la joven con cierta brusquedad.
-Verás... Quería hablar contigo, pero no aquí, en plena calle... ¿Sabes de algún sitio más discreto?
-No conozco el barrio todavía.
-Pero lo conocerás. Lo sé. -exclamó con una sonrisa.
-¿Algo qué objetar a eso?
-No, nada. Me parece normal. Luci, mi vida, no estés tan a la defensiva conmigo... -se quejó Paco.
Ambos se pusieron a caminar. A esa hora de la mañana, aunque el sol calentaba, haciendo presagiar un infierno en las horas centrales, aún se podía ir por la acera en las zonas donde el astro rey no era detenido por la frondosidad de los árboles.
Paco quiso rodear con su brazo la cintura femenina, pero ésta se lo impidió con un manotazo.
-¡Vaya...! Veo que sigues enfadada conmigo...
-Ni siquiera fuiste capaz de asomarte a la estación para desearme buen viaje.... ¿Qué pretendes? ¿Qué después de eso salte de alegría al verte? ¿O que actúe como si nada?... Claro, si hubiera sido al revés... ¡habría que haber visto tu reacción!
-Te juro que hice lo posible por llegar a tiempo, pero no fue posible...
-¿Descarriló el autobús? ¿Se le acabaron las pilas al reloj de cuerda? –con rostro iracundo, y sin perder el tono mordaz, añadió:- ¡Vamos, dime cuál es tu excusa perfecta...!
Paco respiró profundamente, mientras aguantaba estoicamente el humor hiriente de Lucía. Esperaba el momento para contar qué pasó. Pero no se callaba: seguía con una retahíla de supuestas excusas, muy tontas, que él daría. Tras unos instantes, Paco se impacientó y poniéndose delante de ella, le interrumpió el paso. Sin alzar la voz, pero con un tono resuelto, se dirigió a la joven.
-¡Ya está bien de sandeces! ¡Jamás te he dado excusas así ni de ningún tipo, y lo sabes de sobra...!
-Pues habla...! –exigió
-Fui a la estación aquella mañana. Vi el tren marcharse. El coche no arrancó y no sé por qué. Si me crees, bien... Si no, pues ¡cuánto lo siento! Menos mal que pasó Jacinto, y me acercó, pero llegué tarde. –y ya con una voz más tenue- ¡Cómo comprendes que no te iría a despedir...! Es cierto, que este verano hemos discutido mucho, pero... ¡caramba...! –y dejó la frase en el aire.
Según iban caminando, pasaron ante un kiosco donde, en su umbral, lucían hermosos claveles y rosas, junto a otras plantas, formando un pequeño vergel multicolor. Una mujer de pelo cano, con voz chillona, anunciaba a los cuatro vientos el primor de su jardín. Al pasar, Paco miró de reojo las plantas.
-Joven, cómprele a la chica una rosa...! ¡Mire que las tengo de todos los colores y a esa cara tan bonita, la embellecerán aún más!
Paco se detuvo del todo, atraído por la sugerencia hecha por la mujer. Unos metros más allá, se detenía, en actitud de espera, Lucía. El muchacho escogió tres rosas rojas que la mujer envolvió en celofán, haciendo un amago de trenza con los tallos. Tras entregarle Paco el dinero, tomó el pequeño ramito y se lo llevó a Lucía:
-Estas rosas para que adornen a la mujer más bonita.
-Gracias...
Después, siguieron andando por la calle, caminando sin rumbo fijo, sin apenas cruzar palabra.
*** *** ***
Paco había llegado a Madrid la noche anterior. Supo la dirección donde Lucía se alojaba, por uno de los hermanos de ella, y éste le rogó que no le delatara, pues había indicado a toda la familia la prohibición expresa de darle tal dato sobre su paradero.
Cuando aquella mañana, al llegar al andén, vio partir el tren donde iba Lucía, maldijo su suerte. Tampoco tenía el número del móvil de Lucía a mano para poderla llamar. Aquel día, los sentimientos de Paco iban de la ternura al enfado y la rabia más absolutos. Pasó toda la mañana vagando por la ciudad, evitando hablar con nadie. Y en su alma la rabia y la sensación de impotencia, mezclados con la pena de haber perdido, tal vez, para siempre a Lucía.
Honestamente, estaba enamorado de ella. Pero se ponía tan testaruda a veces que conseguía sacarle de sus casillas, aunque luego él siempre volvía.
En una de ésas, reapareció en la estación. Entró de nuevo al vestíbulo y de lejos contempló el panel. Buscó con la mirada el tren directo a Madrid. Vio anunciado uno para esa misma tarde, que saldría en apenas media hora. Dirigió sus pasos hacia la taquilla.
-¿Cuánto cuesta un billete para Madrid?
-Este que va a salir, está completo –respondió con cierta sequedad la taquillera.
-¿Cuándo sale el próximo?
-Mañana por la mañana.
-¿Hay sitio en ese?
-Déjeme mirar, por favor. –tras consultar durante unos segundos una pantalla de ordenador, se dirigió al joven- Sí hay sitio. ¿Quiere ahora su billete?
-Sí, sí... –exclamó Paco con cierta impaciencia.
Al cabo de unos minutos, el joven abandonaba la estación con su billete de tren en las manos, dirigiéndose, por fin, tras todo un día de deambular sin rumbo fijo, a su casa.
***
Con cierta premura, dirigió sus pasos hacia la habitación. Sacó del armario una mochila. Trasteó en los cajones, y echó ropa a la mochila, que volvió a meter en el armario. Se tumbó en la cama. Encendió un cigarrillo, mientras contemplaba cómo las sombras de la noche iban cayendo sobre cada rincón de la ciudad, mientras por algún lado, un sol rojizo decía su adiós particular.
La cabeza de Paco estaba en plena ebullición. Por un lado, imaginaba cómo su madre tomaría el hecho de que él se fuera a Madrid, tal vez por unos días... Y por otro, imaginaba también qué le diría a Lucía cuando la viera...
De un salto, se levantó de la cama y se fue al teléfono. Esperaba que Enrique, uno de los hermanos de Lucía, contestara.
-¿Sí...? –se dejó oir una voz masculina, aún adolescente.
-¿Enrique...? ¡Hola, soy Paco! Verás, que voy a ir a Madrid, y resulta que las señas de tu hermana, las he perdido... –mintió, pues Lucía nunca le dio las señas-.
-Espera, que aquí las tengo... –y a continuación, le dio un nombre de una calle, un número y un piso, que Paco escribió en un papel.
-¡Gracias, chavalote...!
-Que te vaya bien en Madrid.
-¡Seguro que sí! Hasta luego
-Hasta luego...
Mientras devolvía el auricular a su sitio, guardaba cuidadosamente el papel con los datos que Enrique le acababa de dar sobre Lucía.
Regresó a su habitación, cerrando la puerta tras él de un manotazo. De nuevo, se echó sobre la cama. De las paredes iban desapareciendo los restos de sol, sumiendo el dormitorio en una agradable penumbra.
Por unos instantes, quiso imaginarse la reacción de Lucia. Se vio ante la puerta del piso y, tras la primera reacción de sorpresa de la joven, que ésta le franquearía el paso. Él le diría la verdad: que el coche no quiso arrancar y... ¿le creería...? El solo planteamiento de la pregunta, en cierto modo, le dolió... pues hacía que surgiera el hecho de que algo en la relación había dejado de funcionar bien del todo...
Sería la primera vez que visitara Madrid. Sólo algunas calles le resultaban conocidas, y más de oírlas nombrar que otra cosa. Esperaba que Lucía le pudiera hacer sitio en su casa; si no, se tendría que buscar alojamiento en alguna pensión u hostal. Desde luego, iría directo de la estación a la dirección que Enrique le diera hacía unos minutos.
Paco estaba dispuesto a irse. Le importaba muy poco el resto del mundo. Quería verla, hablarla, sentir su presencia directa... y lograr esa reconciliación. Aunque sólo hacía cuarenta y ocho horas que no la veía, para él era como si hubiera transcurrido una eternidad... Sobre todo, ahora que sabía que estaba lejos.
Los recuerdos de los momentos de intensa ternura vividos con ella, afloraron en su memoria. Hacían que su cuerpo vibrara nuevamente, doliéndole intensamente la ausencia de la muchacha... mientras sus manos acariciaban el aire, como cuando era a ella a quien rodeaban y llenaban de amor, de profundo y verdadero amor.
De otro lado, pensaba cómo le explicaría a su madre que se iría a Madrid al día para intentar una reconciliación con ella. Pues Leonor, la madre de Paco, no terminaba de ver con buenos ojos y menos para, en un futuro más o menos próximo, convertirse en su nuera.
-Es una chica demasiado independiente. Y una chica como debe ser, ha de estar siempre pendiente de su marido y de sus hijos. –le decía en repetidas ocasiones.
Paco no podía evitar escuchar los argumentos de su madre, por arcaicos que le parecieran, así como tampoco los que Lucía exponía, tanto en el fragor de la discusión acalorada como en una conversación apacible. Tal disparidad de criterios de las dos mujeres más importantes de su vida, en innumerables ocasiones le dieron ganas de romper con todo e iniciar una nueva vida en otro lugar, lejos de ambas.
Pero Paco era hijo único. Su padre había fallecido en accidente de tráfico hacía tres años y sentía que sería inhumano dejar a su madre sola. Eso, a pesar de que Leonor le hiciera un tanto imposible la vida, marcándole, incluso, pautas de comportamiento, igual que cuando era niño.
Desde que su madre enviudara, esta sería la segunda vez que saliera de viaje. La primera, fue a Granada... y, aunque la estancia en la antigua capital del Al andalus fuera maravillosa... le costó durante tiempo escuchar el lamento continuo de su madre, llamándole mal hijo, como si hubiera cometido un delito abominable. Doña Leonor era muy aficionada a las telenovelas y a los reallity-show. A veces, estaba tan absorbida por algún culebrón que, de alguna manera, trasladaba la ficción a la realidad cotidiana, enfatizando siempre lo más dramático. Era precisamente por eso que Paco temía tanto la reacción de su madre.
Por un lado, comprendía que su madre tuviera miedo de quedarse sola y que le ocurriera algún percance. Pero lo que le sacaba de sus casillas era que siempre le estuviera haciendo chantaje emocional. Y lo que para él y su autoestima resultaba patético, era que, además, consiguiera crearle sentimientos de culpa. Ahora, decirle de sopetón, sin previo aviso, que a la mañana siguiente saldría para Madrid para intentar la reconciliación con Lucía... era algo que llevaba todo el tiempo pensando cómo afrontarlo.
Siempre fue muy cobarde a la hora de enfrentarse a su madre. Siempre fue muy manipuladora de sentimientos, de hechos... y la verdad que resultaba impredecible. ¡Cuántas veces, siendo adolescente, fue temeroso ante su madre previendo una monumental reprimenda por algún hecho en concreto, y para su sorpresa se encontró ante una situación pacífica y hasta comprensiva... mientras que otras veces, que acudía más confiado, la bronca que se llevaba era de aúpa, y, en muchos casos, totalmente desproporcionada! En esta ocasión, podría salir de cualquier manera. Además, desde hacía algún tiempo, su madre estaba de un humor muy cambiante... más de lo habitual en ella.
Durante varios minutos, Paco estuvo considerando el marcharse sin decir nada, y cuando llegara a Madrid, decirle que estaba allí. También le rondó la cabeza la idea de mentir, pero su conciencia no lo aprobaba.
En su mente se planteaba la siguiente situación:
-Por cualquiera de las dos, ¿merecía la pena que se viera en semejante atolladero? El hecho de pretender reconciliarse con Lucía ¿era lo suficientemente importante para él como para que su madre se llevara semejante disgusto? Y por una no aprobación por parte de su madre, tal vez equivocada, ¿tendría que renunciar a, seguramente, el amor de su vida?
No entendía la vida sin Lucía. Sólo estando con ella podía sentir momentos de auténtica paz. Muchas veces, en la soledad de la noche, en los momentos previos al sueño, se había imaginado cómo sería un día en su convivencia con Lucía... sobre todo cuando volvía cansado de su trabajo. Se veía llegando a casa, harto de estar todo el día solucionando problemas aquí y allá, y que al abrir la puerta de su casa ella la estaría esperando, con un baño de agua caliente preparado relajante, un masaje en los hombros para aliviar tensiones... Un día, a Paco se le ocurrió describirle estos sueños a Lucía. Y ella le contestó a su vez:
-Cuando yo vuelva cansada de trabajar ¿me lo harás tú a mí?
Paco se quedó sin respuesta. Que Lucía trabajara fuera de casa, no era una posibilidad que contemplara en ningún momento. Ese silencio, la joven lo interpretó, como siempre, a su manera.
-¿Pretendes que me convierta en el reposo del guerrero? Pues, guapito, vete haciéndote a la idea de que yo también tendré mi propia solvencia económica y no voy a ser reposo de nadie... Es más, desde ya mismo, te anuncio que tú vas a colaborar también en las faenas de la casa.
-¿Yo? -y en su rostro una expresión de enorme sorpresa, añadiendo a continuación:- ¡Eso es de maricas y de mujeres!
-¿Eso piensas? Yo no sabía que la cama y los platos tenían sexo. Porque si no lo tienen cuando te conviene, dormir o comer, que tampoco lo tengan cuando haya que arreglar la cama o lavar los platos.
Paco no quiso recordar más. No fue motivo de discusión más o menos violenta, aunque sólo fuera verbal, sino fuente de ironía y sarcasmo, que consiguió desarmarle.
Las formas de pensar de Lucía y su madre chocaban frontalmente. Ambas no se conocían en persona, sólo la una sabía de la otra por referencias. Paco prefería que fuera así, pues con no hablar de una a la otra... evitaría muchas confrontaciones, que, además, a él le pillaban en medio.
Ciertamente, Lucía jamás hizo un comentario despectivo de su madre. Pero tampoco hacía falta para notar que no era del agrado de ella. Cosa que su madre sí hizo de Lucía... y, en verdad, que le dolía y molestaba profundamente.
Y ahora él se encontraba entre las dos fieras. Las dos mujeres que más quería en el mundo, las dos mujeres más importantes de su vida... y totalmente incompatibles. A su madre, decirle “me voy a Madrid” y a Lucía intentar convencerla para que volviera a su lado... Tenía que jugar muy bien sus cartas, y en ambos casos mostrarse muy diplomático.
Por unos instantes, le vino la imagen de la política mundial de bloques durante la llamada Guerra Fría. ¿Quién habría sido el valiente en aquellas décadas de suspicacias que podían ser letales que hubiera lidiado con semejantes colosos? Pues ahora se veía así: él solo, en el albero, frente a dos mujeres con la fuerza y embestida de los Mihuras... y recordó que Manolete fue corneado por “Islero” un Mihura...
En esta cadena de pensamientos se hallaba metido, cuando oyó la puerta de la calle.
-Paquito, hijo, ¿estás ahí? -llamó doña Leonor.
“No –le dieron ganas de contestar- Estoy en las Bahamas tomando el sol y viendo unas mujeres de impresión”, pero lo pensó mejor y respondió:
-Sí, aquí estoy. En mi cuarto...
Paco temía esos momentos. Era cuando doña Leonor empezaba con su interrogatorio pormenorizado... y que no se conformaba, además, con evasivas ni con respuestas tipo “tomando una copa con Manolo”, sino que la señora quería todos los detalles. Si cualquier día suponía una odisea para Paco intentar sortear las preguntas de su madre, hoy particularmente iban a ser preludio de temporal.
Tal vez no había transcurrido ni un minuto, cuando la puerta de la habitación del muchacho se abría y la figura menuda, aunque algo llenita y con la cabeza totalmente cubierta de canas, se presentó ante los ojos de Paco.
-Hola, hijo –saludó doña Leonor- ¿Hace mucho que has llegado?
-No, una media hora.
-Te estuve esperando para comer y no has aparecido. ¿Dónde has estado?
-Por ahí, dando una vuelta.
-Me podrías haber avisado que no vendrías a comer. De todas formas, en la nevera tienes gazpacho... ¿Dónde has comido?
-No he comido. No tenía hambre.
-Hijo, debes cuidarte. No se puede estar sin comer. ¿Por dónde fuiste? ¿Te encontraste con alguien conocido?
-Andaba pensando en mis cosas. No me fijé en la cara de nadie.
-¿Qué tipo de cosas? ¿Hay algo que te preocupe?
Paco se incorporó hasta ponerse frente a frente a su madre. Con voz resuelta y sin lugar al titubeo, se dirigió a ella:
-Mamá, quiero informarte de algo. He sacado billete de tren para mañana a primera hora. Me voy a Madrid, a buscar a Lucía.
-¡¿Qué?! -y los ojos de doña Leonor se abrieron desmesuradamente.
-Lo que has oído. No me montes ningún drama. Sólo serán dos o tres días. Tu vecina Maruja, que viene a verte día sí y día también, te hará compañía.
-Pero, hijo... ¿dónde dormirás en Madrid? ¿Y si no encuentras a... a Lucía?
-Tranquila, mamá, que tu hijo sabe buscarse la vida.
-No quiero que te vayas.
-No te he preguntado tu parecer. Estoy diciéndote qué voy a hacer. Hora es que pueda volar por mí mismo.
-Pero, Paquito, si conmigo tienes de todo...
-De todo... menos experiencia de la vida.
-Yo procuro enseñarte y darte buenos consejos.
-Y yo te los agradezco infinito, de verdad. Pero quiero tener la opción de equivocarme, de probar por mí mismo. Mañana, a primera hora, me voy a Madrid. Quizás me arrepienta, pero quizás no. El resultado que sea sólo producto de una decisión mía, y sólo mía.
La madre de Paco guardó silencio por unos momentos. Sus ojos recorrieron la habitación, buscando una respuesta que dar.
-¡Está bien...! -exclamó al fin- Vete a Madrid, o donde quieras... -y poniendo un acento de hondo patetismo, agregó:- Está bien claro que esa mujer que no te merece, te importa más que yo.
De un salto, Paco se incorporó en la cama. Dirigiendo una mirada frontal de desafío, bramó amenazante:
-¡No empecemos...! Yo volveré, a lo sumo, en dos días, con ella o sin ella. Te guste o no, Lucía es mi novia. Y deja de usar ese tono despectivo para referirte a ella.
-¡Bueno...! ¡Está bien...! Estréllate tú solito. Luego no me digas que no te avisé. ¡A saber con quién estará ahora...! -y diciendo esto abandonó la habitación, cerrando tras de sí.
Paco volvió a tenderse en la cama. Suspiró profundamente, al tiempo que sus labios esbozaban una media sonrisa. En realidad, había sido menos dramático de lo que presupuso. Algunas veces se preguntaba porqué su madre no hizo arte dramático. Realizar tal comentario, podía suponer además de una burla, un motivo para una tragedia griega.
Pero sí. ¡Se iría a Madrid, por supuesto!
*** *** ***
Ahora se encontraba en Madrid, devanándose los sesos para ver cómo entrar a Lucía. Regalarle la rosa sólo había arrancado una media sonrisa del rostro más que arisco de la joven. Desde luego, no pensaba volver a casa con una derrota, pues sería dar, de alguna forma, la razón a su madre... y su orgullo le decía que no, que eso jamás.
-¿Qué tal te apañas en tu nueva vida...? ¿Ya has hecho algún recorrido por el barrio?
-Sí... Sólo he salido a dar una vuelta. Me llevaron a conocer los comercios más habituales: panadería, carnicería... sitios así.
-¿Quién te llevó?
-El Alcalde de Madrid... -replicó irónica- ¡Pues la persona con quien comparto el piso!
-Ya... Claro, un piso compartido sale mucho más barato que pagando uno solo...
-Así es. Este piso está muy bien, muy céntrico, en una zona muy comercial como puedes ver, con bastante vidilla y autobuses a todas partes, además del metro.
-Lo importante es que te encuentres a gusto -concedió Paco-.
-De momento, sí. Muy bien.
-Esto... ¿sería mucho pedir que esta noche me hicierais un sitio?
-Es mucho pedir.
-¿Y si me presentas a esa persona con quien compartes vivienda...?
-¿Para qué? –preguntó con gesto de extrañeza.
-Esa persona vive su vida. No te voy a presentar a nadie.
-¡Qué pasa! ¿Tienes miedo?
-¿Yo miedo de ti? ¡Venga, hombre! ¡No me hagas reir!
Sin pretenderlo, se dio cuenta Lucía que había despertado los celos de Paco. Al referirse a Yoli como “una persona”, Paco sobreentendió que se trataba de otro hombre. El resto, fue aumentar el equívoco por parte del muchacho.
-Una racioncita de celos, de vez en cuando, no viene nada mal. Que se dé cuenta de que no es el único hombre en el planeta. Que la sombra de un rival puede surgir en cualquier parte.
En aquel momento, Paco rodeó con su brazo los hombros de la joven, atrayéndola suavemente hacia sí. Con un tono entre triste y dulce, empezó a decir:
-¿Qué nos ha pasado...? Si hemos tenido una relación tan bonita, ¿por qué ahora estamos discutiendo por todo...? ¿Qué nos ocurre?
-Paco, cada vez que intento encauzar mi vida, tú te opones. Si yo me opusiera cada vez que quisieras hacer algo, ¡no me aguantarías!
-Pero... no es igual...
-¡Ya estamos! No es igual, porque soy yo quien tiene que luchar por cada paso que doy. Peleo en casa, quisiera encontrar tu apoyo alguna vez... y tampoco! -con acento abatido, mirando los ojos del hombre, añadió:- ¡No sabes qué triste es que nadie, absolutamente nadie, cuando vas a empezar una nueva vida, vaya a la estación para, al menos, decirte buen viaje!
-Te juro que fui, Lucía. Es más, vi el tren alejarse.
-Bueno, te creeré... -y una sombra de hastío cubrió el rostro de la muchacha.
Siguieron caminando. El sol parecía jugar al escondite con las hojas de los árboles, que se mecían suavemente al son de una ardiente brisa. Paulatinamente, las calles se iban llenando de gente. La pareja paseaban sin rumbo premeditado. Tras un largo y más que embarazoso silencio, Paco con una voz muy suave y dulce, empezó a decir:
-¿Sabes...? Hace poco estuve recordando varias situaciones que vivimos juntos, hace apenas año y medio. Y me di cuenta que éramos muy felices. Me entró cierta nostalgia. Me gustaría que aquellas fechas regresaran...
-No se puede dar marcha atrás al reloj.
-Ya... Pero creo que si los dos hiciéramos por ceder... Yo te amo con locura, Lucía. Haría lo que fuera con tal de que siempre estuviéramos juntos. Eres reina, dueña y señora de mi corazón. Cada minuto que estoy lejos de ti, es un martirio. Por donde quiera que vaya, siempre me parece verte. En el silencio de la madrugada, creo escuchar tu voz, y te llamo una y otra vez entre suspiros. Mi corazón...
-Paco ¿por qué has venido? ¿Qué has venido a hacer? -y la voz de la joven sonó como un cañonazo que despertara al chico de su ensueño.
-¿Eh...? Pues...
-¡Habrás venido a algo! ¡Tú no eres de “hala, cojo el portante y me voy a Madrid a dar una vuelta...”!
-Pues... he venido a verte.
-¿Sólo a verme? ¡No te creo!
-Sí, mujer... Quería saber si estabas bien... Todo eso.
-Todo eso –remarcó con la voz- Con una llamada por teléfono, lo hubieras conseguido saber... Tú has venido para algo más que eso... ¡Sé sincero!
Paco giró su rostro, y parándose ante un escaparate quiso llamar la atención sobre algo que exponían en la tienda.
-¡Mira qué cosa más bonita!
-¡Mira qué forma más tonta de evadir una respuesta...!
-No me digas que no te gusta... -insistió él.
-Te voy a decir lo que no me gusta: no me gustas tú. No me gusta que nadie decida qué debo hacer con mi vida, y que además tenga tan poca hombría que intentes evitar responder a una pregunta tan sencilla como la que acabo de hacer.
La voz de Lucía se volvió dura y su rostro tenso no dejaba lugar a dudas sobre cuáles eran sus sentimientos en esos momentos. Paco se veía incapaz de sostener aquella mirada que destilaba fuego y reproche, y desvió sus pupilas de las de la mujer. Ella, con gesto resuelto, le volvió a preguntar lo mismo, y para el joven fue un verdadero escopetazo:
-¡Mírame, Paco, mírame y dime a qué has venido a Madrid...!
-Cielo, que la gente nos mira... -replicó mientras observaba que algunos viandantes los observaban con cierto gesto de sorpresa y curiosidad.
-¡Que miren! ¡Contéstame de una vez...!
Paco, con la cabeza gacha, seguía encerrado en su mutismo. Tras unos segundos de un silencio que se podía casi masticar, Lucía resolvió:
-Está bien. Ya que no contestas, voy a decírtelo yo: has venido para intentar convencerme de que me vuelva contigo. No respetas mi voluntad. Sólo buscas salirte con la tuya. Todo eso que me has dicho que me quieres y harías cualquier cosa por mí, no son más que triquiñuelas para intentar engatusarme y hacer, una vez más, tu voluntad. -y con una mirada cargada de odio y desprecio a partes iguales, concluyó:- No te quiero volver a ver en mi vida. Has muerto para mí.
Sin más, dando la espalda a un incrédulo Paco, se marchó. El joven, sin saber qué hacer, parado ante aquel escaparate, siguió con la vista a Lucía hasta que su silueta se confundió en la riada de gente que, a aquellas horas, cubría las aceras.
Sin embargo, Paco no se daba por vencido. Había perdido una batalla, pero no la guerra. Y volvería a intentarlo.