Entré en el hotel y la vi, nunca había visto su cara pero sabía que era ella, la que me había acompañado tantas horas, me había escuchado y consolado. Mi vida estaba un poco menos empañada de tristeza desde que la había conocido a través de una pantalla. Y ahora se cumplía el deseo de conocernos. ¡Qué guapa era! Tal y como me la había imaginado una y otra vez en mis noches solitarias, cuando me imaginaba que estaba entre mis brazos y dormíamos juntos. Cerraba los ojos y llegaba a sentir el calor de su cuerpo, sus pechos rozándome, sus brazos enlazados en mi cintura, su aliento en mi cara. Y ahora por fin todo era real, estaba allí, mirándome, y me sonreía.
Eres tú – me dijo.
Sí – contesté.
Nos quedamos un par de minutos sólo mirándonos hasta que pude hablar y le propuse ir a tomar un café.
Fuimos al bar del mismo hotel donde se alojaba. Se sentó frente a mi y cruzó las piernas en un gesto tan femenino que me encantó. Estuvimos media hora sentados allí y tomándonos un café que se nos enfrió porque no podíamos dejar de hablar. Hablamos de todo, de la vida con nuestras respectivas parejas, nuestros anhelos, nuestras frustraciones. Supongo que yo hablé más que ella, su vida era menos complicada, a primera vista por supuesto. O al menos no me dejaba ver qué había detrás de ese optimismo y esa alegría por la vida. Sólo sé que me transmitía algo de eso y que sus palabras siempre me habían ayudado a sobreponerme un poco. No me lo podía creer. Estaba ahí, sentado con ella, sus ojos me hipnotizaban, sus movimientos hacían crecer en mi el deseo de abrazarla, besarla, poseerla. Mi sentimiento de culpa hacia una posible infidelidad se iba desvaneciendo y solo tenía en la cabeza una palabra: ELLA.
Al final nos levantamos y tras pagar los cafés me preguntó dónde quería ir.
¿Vamos a mi habitación?
Había llegado el momento de la verdad. Aún podía dar marcha atrás y dejarlo todo como estaba. Pero a esas alturas ya no tenía duda. La miré fijamente y le dije que si.
Tenía miedo. A decir verdad, mucho miedo. Ese tipo de aventuras era tan desconocido para mi. Después de ese día yo quería seguir con mi vida, con mi normalidad. Ese día era como un paréntesis, algo excepcional, un acto de rebeldía quizá, pero era eso: un día.
La seguí a la habitación. Entramos y me dijo que me sentara. Esperé mientras iba al baño. Cuando salió había cambiado su ropa por un camisón semi transparente y su pelo caía libre por la espalda. La miré sin habla, andaba hacia mi despacio, descalza. Yo seguía sentado en la cama. Estaba delante de mi y hundí mi cara en su regazo. Qué bien olía. Cogió mi cara entre sus manos y me besó lentamente en los labios, empezando por una comisura y terminando por la otra depositó en ellos infinidad de pequeños besos, besos diminutos y calientes, besos que me dejaban con ganas de más, pero ella sabía cómo hacerlo, sabía como hacer crecer mi deseo, cómo relajarme y olvidar todos mis problemas y ver que ahora estaba allí sólo con ella, que tenía que olvidarlo todo, todo y a todos y sólo verla a ella. Sus besos se hicieron más lascivos, alternaba besos con mordiscos provocadores, su lengua buscaba la mía y sus manos se dirigían a mi pecho, acariciándolo. Besó todo mi cuello, me tenía totalmente excitado y sólo pensaba en darle placer, en tocar todo ese cuerpo divino, moldearlo con mis manos.
Sirenia, 03-02-03