“Me encanta follar contigo” -dije-. “Sentir tu polla dentro de mi es lo más maravilloso del mundo”.
Me dedicaste una sonrisa. Cómo me gustaba tu manera de sonreír.
Salí de ti y me fui hacia tu verga. La tomé entre mis manos, como si fuera un dios digno de devoción. Mirabas en silencio.
“Bésala” -me pediste, aunque era casi una orden.
Pasé mi lengüecita caliente por la cabeza. Suspiraste y echaste la cabeza hacia atrás. Después envolví completamente tu polla con la boca y chupé. Oía tus gemidos de placer. No podías evitar cogerme la cabeza y apretarme contra ti, siguiendo el movimiento. Cuando noté que estabas a punto de correrte te la chupé despacio, muy despacio.
“Esto es inaguantable”.
Seguí durante un rato. Notaba cómo movías las caderas, tus músculos se tensaban.
Entonces chupé con avidez.
“Oh, oh ... me corro, me corro”.
Noté el chorro caliente de tu esperma en la boca. Tragué y seguí chupando hasta que tu cuerpo se relajó por completo y oía cómo tu respiración volvía a la normalidad.
Me puse a tu lado, te acaricié el pecho, jugué con el vello, enredando mis dedos en él.
Me miraste y me dijiste, “te quiero”.
Besaste mi cara, mis hombros, me besaste también el vientre. Llenabas el ombligo de agua y bebías. Pasaste la lengua por las ingles. Yo respiraba entrecortadamente. Hundiste la nariz en el vello. Empezaste a chuparme el coño suavemente, dando suaves toques que me hacía lanzar intensos suspiros de placer. Hiciste surgir el clítoris con tus dedos y lo lamiste incansablemente. Yo me sentía ir, no podía más.
“Espera”, dije, “aún no. No me quiero correr”.
Paraste y me besaste. Te sabía la boca a mi sexo.
Volviste a penetrarme, lentamente, despacio. No se cuánto tiempo estuvimos así.
Tu polla entraba y salía de mi con total parsimonia.
Por fin, cuando supiste que ya era el momento, aceleraste los movimientos y nos corrimos juntos.
Exhaustos fumábamos mientras veíamos salir el sol.
Sirenia 03-02-2003