CASTILLO OTOMANO
El castillo otomano
es una imponente fortificación que domina el oasis de Palmira desde la cima de
un monte al noroeste. Se ve desde todos los ángulos de Tadmor . Es un perfecto
telón de fondo, a modo de palacio de Herodes en un belén navideño, para los
arcos, templos y columnatas de los mil ruinosos escenarios de la ciudad muerta.
El acercamiento discurre por un desnudo páramo de tierra y piedras, con cuatro
hierbajos que han despreciado las ovejas. La ascensión es empinada y culmina al
pie del castillo, que está aislado, rodeado de un profundo foso excavado en la
misma cumbre de la montaña. El foso se atraviesa por un tambaleante puente de
madera sobre altos arcos que salvan el abismo, para acceder al portalón. No hay
otra posibilidad de entrada: en verdad que se trataba de una fortaleza
inexpugnable. Una lápida en la pared informa que el alcázar había sido fundado
en el siglo XII por un sultán de la dinastía ayubbí (la de Saladino), y
reconstruido bajo el imperio otomano. Luego fue utilizado de campamento por la
expedición pionera británica que en 1751 vino cautelosamente a explorar el lugar
cuando Palmira era aún un paraje peligroso a causa de los 'bandidos de las
montañas', antes de bajar al valle de las ruinas y así redescubrirlas para el
mundo.
El ascenso al castillo merece el esfuerzo sólo por el panorama que se divisa
desde allí: Tadmor entero a nuestros pies, con su oasis de palmeras, su pueblo
nuevo de dimensiones cada vez más extensas, la reverberación de una especie de
lago o espejismo al fondo, difuminándose en el neblinoso horizonte del desierto.
Cada atardecer,los pastores inician su retiro hacia sus humildes hogares escondidos en el oasis cultivado. Las cabras y ovejas de gruesos rabos de grasa, que han estado toda la jornada campando a sus anchas por entre las resecas ruinas, masticando hasta el más tímido rastrojo que asome entre las piedras, son reagrupadas y conducidas por los caminos que se abren entre templos y tumbas hacia sus corrales. Los pastores, por lo general zagales y zagalas de corta edad, visten con galabeyas y se cubren por encima con tabardos que despiden un fuerte olor a fuego de leña. Ellos lucen en la testa una típica kuffiyah rojiblanca a cuadros. Ellas cubren su cabeza con un pañuelo. Los rebaños recorren la calle columnada, como antaño lo hacían las caravanas de camellos, salen del recinto de ruinas por el Arco de Triunfo, bordean el Templo de Bel y se pierden entre las polvorientas callejas de tapias de adobe que penetran en el palmeral.