GRAN AVENIDA COLUMNATA CENTRAL

La calle columnada puede que sea el rasgo más característico de Palmira, su principal seña de identidad. Esta espina dorsal de Tadmor (una columna vertebral con columnas por vértebras), apabullante en su longitud pero armoniosa en la equilibrada proporción de sus innúmeros fustes, puede evocar a otras avenidas flanqueadas de pilares, como las de las cercanas Apamea en el Orontes (Siria) o Gerasa (Jerash, Jordania), pero a todas supera en majestuosidad y belleza, con el añadido de sus juegos de colores al alba y al ocaso.

No es rectilínea, sino quebrada, y pueden distinguirse en su recorrido tres tramos diferenciados: el primero, del Templo de Bel al Arco del Triunfo forma un ángulo pronunciado con el segundo trecho que une, sosteniendo un pronunciado arquitrabe, el arco con el Tetrapylon, pasando por la trasera del teatro.

Más allá la calle da otro quiebro y enfila derecha al Templo Funerario, siendo este el segmento más largo. Las columnas se mantienen en pie desde la antigüedad, con muy pocas relevantadas. Todas ellas poseen una característica insólita en el mundo clásico: la consola o peana a media altura del fuste, un elemento arquitectónico que no se ve en otros parajes fuera de Siria. Es la marca de fábrica de Palmira. Estas peanas, prismáticas, con inscripciones en griego y arameo, sostenían en su tiempo estatuas de dignatarios palmirenses, nobles, personajes influyentes, ciudadanos de prosapia, mercaderes enriquecidos con el tráfico de caravanas...

El tramo central de la columnata es atravesado por un camino por el que circulan carros con asnos, que cruzan las ruinas en busca de un atajo entre las carreteras asfaltadas. Puede vérseles periódicamente, en una estampa que no es de este siglo, pasando bajo los arcos que rompen la uniformidad de los alineamientos columnares.

También rompe la linealidad de la columnata la fachada de las Termas de Diocleciano, denominadas erróneamente como " Baños de Zenobia" , construidas poco después de la destrucción de la ciudad rebelde en tiempos del último César romano poderoso, en medio de la decadencia del imperio (fines del S.III, principios del S.IV), que también erigió célebres termas en Roma, reconvertidas estas en iglesia por Miguel Ángel Buonarroti.

Las de Palmira invaden con su pórtico de magníficos fustes monolíticos en granito rojo la calzada de la calle columnada, sobresaliendo ligeramente de la línea recta de pilares. Se pueden apreciar varias estancias con suelos enlosados en mármol, en torno a la típica piscina central. Una puerta aún en pie tiene las jambas y el dintel tan degradados por el tiempo que semeja a una especie de dólmen.

Un poco más adelante, la calle columnada se amplía lateralmente con una exedra de forma redonda y muy elegante ornamentación (frisos con labor de escamas, medallones con retratos...), que afirman que son los restos de un Ninfeo o fuente pública.