HISTORIA

Tadmor era un oasis habitado desde el neolítico. Las aguas subterráneas permitieron aquí el verdor y la vida, haciendo de Palmira una isla de palmeras datileras rodeada en cualquier dirección por cientos de desolados kilómetros de piedras abrasadas por el sol.

Cuando Petra decayó, floreció Palmira a causa del desplazamiento de las rutas caravaneras hacia otros desiertos y otros oasis más al norte. Las caravanas traían mercancías de China e India y la ruta marítima que recalaba en el golfo de Aqaba haciendo escala en la capital nabatea para reposar de los rigores de la Arabia Pétrea antes de subir al Mediterráneo, a partir de la anexión de Trajano de esta zona al imperio romano se desvió por el golfo Pérsico. Los bajeles entrando por la desembocadura del Tigris y del Éufrates, remontaban el curso de este último río hasta Dura-Europos, en la actual Siria. De Dura las caravanas cruzaban el desierto sirio rumbo a Damasco y Tiro, con parada y fonda en Palmira, llamada entonces (y ahora) Tadmor.

Los siglos I, II y III d.C. vieron el apogeo de Palmira, la novia del desierto. Los beduinos seminómadas que vivían en casas de adobe se convirtieron en acaudalados comerciantes, y estos emplearon la riqueza que les reportó el tráfico entre Oriente y Occidente en erigir un templo y una ciudad, cuyos restos aún hoy cortan la respiración por su grandiosidad belleza y lujo inusitados, al tiempo que crearon un cuerpo de soldados destinado a proteger la ruta comercial, fuente de sus ingresos.

El viajero Adriano fue uno de los emperadores que visitó Tadmor, cuya importancia estratégica a nadie se le escapaba: una bisagra entre el imperio romano y el imperio parto, justo en medio de las dos potencias hostiles. Palmira no se casó con ninguna. Situada en el ojo del huracán, intercedió en esta guerra de los mundos, ora alineándose uno con otro, ora con otro y, cual si fuera una especie de puerto franco, comerció con las dos partes, cobrando sus buenas comisiones en el ir y venir del tráfico de mercancías y esclavos. En poco tiempo, Palmira conquistó un papel clave en la economía de la región, y su relativa autonomía dentro de la provincia romana de Siria fue reforzándose hasta alcanzar el nivel de independencia de una poderosa ciudad-estado.

La curva de crecimiento de la prosperidad de Palmira se disparó más allá de todo control llegando a mediados del siglo III la ciudad estado a competir en su arrogancia contra el mismísimo Imperio Romano, cuando la reina Zenobia llegó al poder como regente y declaró a su hijo Augustus, en claro desafío al Cesar. Eso acompañado de la invasión por parte del ejército palmirense del Bajo Egipto y de Asia Menor, fue más de lo que el emperador de Roma, a la sazón Aureliano, pudo soportar. Pero conviene aquí consignar los antecedentes del conflicto, pues añaden interesantes datos a la protagonista.

 

LA REINA ZENOBIA

 

Quizá sea imposible discernir entre lo que hay de verdad o de leyenda en torno a la figura mítica de Bat Zabbai, más conocida por Zenobia, pero se asegura que estuvo detrás de la oscura muerte de su marido el rey Odenato -monarca aliado de Roma, que gozaba de un prestigio de héroe y del cargo honorífico de "Restitutor totius Orientis", desde que rescató al emperador Valeriano de manos de sus enemigos los persas sasánidas, que le habían capturado en Edesa (actual Urfa, Turkía)- maniobrando para transferir la corona a su segundo hijo Wallabato, un menor, y así manejar los hilos del reino desde la sombra materna. La reina Hatshepsut, de la XVIII dinastía egipcia, sería un ilustre precedente, dieciocho siglos antes, de tal forma de llegar una mujer al trono. Pero Zenobia se consideraba descendiente de otra reina del Nilo: Cleopatra, cuya historia no había hecho sino crecer y adornarse en el imaginario colectivo de las gentes que vivían en Oriente Próximo trescientos años más tarde. Los paralelismos de la viuda de Odenato con la viuda de Julio César, y amante hasta la muerte de Marco Antonio, abundan, y hacen pensar que Zenobia se tomó en serio lo de tener de modelo de inspiración a su "antepasada". Se la describe como a una mujer de una belleza exótica. Los únicos retratos que quedan de la aguerrida reina de Palmira son efigies -de prominente nariz y tocadas con curiosa corona- en monedas, al igual que ocurre con su predecesora ptolemaica. Tanto Zenobia como Cleopatra tuvieron en vilo a Roma entera con todos sus senadores, tanto una como otra se lanzaron a plantarles batalla, y ambas fueron aniquiladas por la osadía de desafiar al más poderoso imperio del mundo.

José luís Sampedro pinta a Zenobia en su novela "La vieja sirena" como una fémina astuta, de penetrante mirada y personalidad absorbente, que visita Alejandría para escudriñar mejor a sus mandatarios al tiempo que maquina la invasión de la capital.

 

Tres meses duró el apañado imperio de Palmira forjado por la ambición suicida de la monarca. La reacción de Roma no se hizo esperar y Aureliano mandó inmediatamente las legiones a Tadmor, a cortar de raíz la insurrección. Tras una batalla a orillas del río Orontes y otra en Emesa/Homs, el emperador hizo retroceder al ejército palmirense hasta su ciudad. Fue herido por los beduinos del desierto, y tras ello ofreció a Zenobia un trato de capitulación:

"Aureliano emperador del mundo romano y reconquistador del Orontes, a Zenobia y sus aliados. Tendríais que haber hecho espontáneamente lo que yo os ordeno por escrito. Os impongo la rendición, perdonándoos la vida, a condición de que tu, Zenobia aceptes vivir con tus hijos donde yo te lo ordene, de acuerdo con el parecer del senado. Entregad al senado romano las gemas, la plata, el oro, las sedas, los caballos y los camellos que poseéis. Los habitantes de Palmira conservarán sus derechos."

(Carta recogida en "Historia Augusta" XXVI, 26-27)

La respuesta de Zenobia:

"Zenobia reina de Oriente, a Aureliano augusto. Jamás nadie ha osado hacerme las propuestas que tu me has enviado por escrito. En la guerra, lo que se quiere obtener hay que ganarlo con el valor. Me exiges la rendición como si no supieras que la reina Cleopatra prefirió morir antes que vivir humillada. No me falta ciertamente la ayuda de los persas, que ya se acercan; los sarracenos y los armenios están de nuestra parte; los bandoleros sirios ya han derrotado a tu ejército. ¿Qué ocurrirá Aureliano, si se unen todos los refuerzos que esperamos de todas partes? Tendrás que deponer la arrogancia que ahora te hace exigir mi rendición, como si ya hubieras vencido en toda regla."

Tras recibir la desafiante misiva, Aureliano decidió redoblar sus esfuerzos en el aplastamiento de la rebelión palmirense. Las tribus del desierto fueron sobornadas, los refuerzos persas fueron neutralizados por los romanos. Las legiones avanzaron sobre Palmira. Los palmirenses optaron por resistir, e improvisaron a toda velocidad una muralla que rodeara la parte central de la urbe, a base de arramblar con todo sillar o fuste que se pusiera a mano, e integrar en el muro, a modo de bastiones, los edificios públicos, torres-tumba y otras construcciones con que se encontraran en su trazado.

En el fragor de la contienda, la reina Zenobia aprovechó la ocasión para hacer lo mismo que hizo Cleopatra en la batalla de Actium: huir. Se montó en su dromedario y partió rumbo a oriente, a buscar refugio entre los sasánidas. Fue atrapada al cruzar el Éufrates.

Hay varias versiones de lo que sucedió después con la reina, y su muerte ha quedado en las páginas de la historia tan envuelta de misterio como la de su marido. Una, que fue ejecutada, junto a su consejero Cassius Longinus y otros altos dignatarios de Palmira. Otra, que fue trasladada a Roma, encadenada con cadenas de oro, y murió por el camino. La más aceptada, que llegó a Roma y desfiló como cautiva en la marcha triunfal conmemorando la victoria romana, y más tarde se la recluyó en una villa de Tibur (actual Tívoli) con una pensión para su mantenimiento. ¿Arresto domiciliario o exilio dorado?

Los palmirenses cometieron otro error: pasar a cuchillo a al guarnición romana que había dejado en Palmira Aureliano. Como parecía ser que les costaba asimilar la lección, el emperador les hizo una segunda visita más pedagógica, donde la larga mano de Roma dejó sentir toda su contundencia de una forma que quería ser definitiva. El ejército arrasó a sangre y fuego lo que quedaba de la ciudad. Esto fue en el 277 y Palmira ya nunca más pudo recuperarse. Ciertas partes fueron reconstruidas por Diocleciano. Luego siguió el mismo proceso que otras ciudades clásicas de Próximo Oriente: se cristianizó (hubo un obispo de Palmira en el concilio de Nicea), pasó a formar parte de el imperio bizantino, y por fin se islamizó, pero su decadencia era imparable. Un terremoto en el siglo XI la terminó de destruir.