MURALLAS
La muralla norte, atribuida a la fortificación de la ciudad por Zenobia, traza un amplio recorrido curvo jalonado de bastiones desde la parte trasera del Templo de Bel hasta el Templo Funerario, abrazando todo el recinto urbano de Palmira al norte de la calle columnada. En esta muralla se puede observar la diferencia de calidad entre la arquitectura clásica y bizantina (bajo Justiniano). Donde los palmirenses erigen lienzos y torreones de aparejo regular, bien tallado y bien alineado, las partes bizantinas destacan por el descuidado aglutinamiento de toda clase de materiales escogidos al azar de aquí y allá, amontonados de cualquier forma en bastiones a veces semicirculares, haciendo caso omiso al excelso ejemplo constructivo de sus antecesores en el Imperio.
Al pie de las murallas se
desparraman centenares de losas talladas, frisos, cornisas y tambores de
columna, esperando el día que sean reubicados en sus correspondientes huecos del
puzzle. En alguna inscripción en griego se lee claramente el nombre de 'Zenobia'.
Todas las inscripciones de Palmyra figuran en bilingüe: griego y palmirense.
Éste último parece ser dialecto del arameo, lingua franca por esta zona en la
antigüedad, la que utilizó Jesús de Nazaret en sus predicaciones, y que todavía
se habla en un pequeño pueblo cristiano de Siria: Malulah. El dialecto del
arameo que se hablaba en Palmira tenía dos tipos de escrituras: una monumental y
otra cursiva. La primera se escribía de derecha a izquierda en el mármol de los
monumentos (ej.: peanas a media altura de los fustes, la lápida conocida como
'Tarifa de Palmyra'). La segunda, de arriba abajo en papiros o pergaminos, y
constaba de un alfabeto de veintidós letras de rasgos muy simples.
El trazado de la muralla pasa junto a varios mausoleos ruinosos. Uno de ellos
está relevantado extramuros: la casa-tumba de Marona, que llama la atención por
la sencillez de su estructura cúbica, bordeada de pilastras corintias, y por la
perfección rectilínea de sus enormes sillares, que se dirían tallados y pulidos
a máquina ayer mismo.

Un hipódromo recién construido junto a la tumba de Marona, traza un circuito
que rodea las ruinas de otras torres-tumba y casas-tumba, una de ellas casi
idéntica a la descrita. La vida del siglo XXI se integra en la ciudad muerta,
como puede verse también con el campo de fútbol que hay habilitado en el lado
interior de esta zona de la muralla, lugar de encuentro y recreo de la juventud
del pueblo. Pero a ninguno de los actuales habitantes de Tadmor parece
importarle estar por todos lados rodeado de apilamientos de piezas artísticas en
constante proceso de deterioro; frontones riquísimamente tallados formando
escombreras; cuerpos en mármol de personajes
togados, sin cabeza, que podrían estar expuestos en cualquier museo del mundo,
aquí tirados por tierra.