El caballo del escudo de Morón, como explicó Antonio Bohórquez Villalón en sus Anales de Morón, se debe al sustantivo del español medieval morón, referido a un caballo en el romance de la Blanca Niña. Este sustantivo procedía del sustantivo latino mauro, mauronis, también referido a un caballo por Isidoro de Sevilla en sus Etimologías (XII,1,55), en un pasaje que no había recibido la atención necesaria.
Tanto mauro en latín como su resultado morón en castellano debían de aludir al caballo berberisco del noroeste de África, así como al antiguo caballo ibérico del Sur y Levante peninsular, que pertenecía a esa misma raza y compartía sus características fundamentales. Además de este caballo ibérico y moro, que constituye una de las bases del actual caballo español, Hispania contaba con el asturcón en el Norte y el celdón en el Centro.
El librito también trata sobre las leyendas forjadas desde el siglo XVI hasta el siglo XX para intentar explicar el origen del caballo, que se basaban en una conquista de Morón al asalto en 1240 que nunca existió, o en otras historias aun más fabulosas. Y demuestra que el caballo tampoco procede del timbre del escudo del Duque de Osuna, pues aparece en el sello de una carta del Concejo de Morón anterior al señorío de los Girones sobre Morón.
El último capítulo refiere las distintas formas en que el caballo de Morón ha sido representado desde el siglo XV hasta nuestros días; los rasgos del caballo berberisco o morón que reflejan las monedas, mosaicos y otras imágenes de la Antigüedad, y las características de los ejemplares actuales de esta raza.
El morón es un caballo de poco más de metro y medio de alzada y de similar longitud, de cabeza fuerte y alargada, perfil subconvexo, orejas más bien grandes, cuello erguido, corto, ancho y redondeado, crin espesa y abundante, lomo cóncavo, patas cortas, grupa derribada, nacimiento de la cola bajo, inteligente, valiente y dócil, potente y resistente, muy veloz en carreras cortas, y especialmente apto para cazar en el monte, para acciones rápidas en una batalla, y para las carreras en los antiguos circos romanos, y en las calles de algunas ciudades italianas desde la Edad Media hasta nuestros días.
Joaquín Pascual Barea