Los nombres
de los meses tenían que ver bien con las tareas agrícolas,
bien con los fenómenos meteorológicos. Varían de ciudad
en ciudad, pero lo más importantes serán los caldeos,
ya que son los que toman los judíos para su calendario. Se llaman:
nisanu, airu, sivanu, duzn, abu, elulu, tashritu, arajshamna, kisilivu,
zebitu, sabatu y adaru. Los meses comenzaban con la luna nueva.
La tradición
babilónica comenzaba el día
con
la salida del sol y el año
con la primavera,
pero tras la invasión macedónica arraigó la costumbre
de comenzar el día a la puesta del sol y el año con el otoño.
El día babilónico constaba de dos
períodos
de 12 horas (beru), cada beru duraba 30 gesh. Los asirios
tenían,
como los judíos, un día de descanso: el sábado.
En Babilonia el año se dividía en dos estaciones: invierno y verano; aunque en Asiria se dividía en tres y en Anatolia en cuatro.
Los caldeos consideraban cuatro ciclos: sosos, de 60 años; neros, de 600 años; saros, de 3600 años; y otro de 432.000, que es la suma de 120 saros.
La era Selyúcida o Macedónica comienza con la toma de Babilonia por Seleuco Nicator en el 311 a.C. Esta fecha fue adoptada como comienzo del calendario por la mayoría de los pueblos del Oriente Próximo, aunque con diferencias en la fecha de comienzo del año.
En Tiro se contaban los años desde el 19 de octubre del 126 a.C., y en Cesarea (Antioquía) desde el 9 de agosto del 48 a.C., año de la victoria de Julio César en Farsalia; o desde el 706 a.C. de Roma.
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