Los egipcios examinaban
el cielo aguardando la vital inundación del Nilo que se produciría
cuando Sirio, la estrella
más brillante del
cielo, asciende al amanecer en el mismo sentido que el sol. Con este
acontecimiento
se iniciaba el año nuevo. El
calendario egipcio,
pues, no solo es solar, sino que se rige por el año
sidéreo. El Nilo era quien gobernaba las estaciones:
riada, plantación y cosecha, y las fases de la luna no servían
para determinarlas, por lo que es recurrió a un calendario solar.
En esta época, y en Egipto, el orto de Sirio coincidía con
el solsticio de verano.
Dividían el día
en dos períodos de doce horas. El día comenzaba a media noche.
Los doce meses se agrupaban en tres estaciones de cuatro meses. Los meses
se llamaban: tot, choca, famenoz, payni, paofi, tybi, farmonti, epifi,
atir, mechir, pachon y mesori.
En el año
238 a.C. los sacerdotes, reunidos en Cánope,
decretaron una reforma del calendario,
según
la cual cada cuatro años se añadía un día más
a los 5 adicionales que tenía el año, pero el decreto nunca
llegó a entrar en vigor. El calendario egipcio se usaría
hasta el siglo III, cuando se adoptó el calendario
juliano. Debido a este desajuste la salida de Sirio se
retrasaba un
día cada cuatro años. Cuando el primer día del mes
de tot coincidía con la salida de Sirio (Sotis) comenzaba el período
sotíaco. Esto se producía cada 1460 años.
Los egipcios contaban los años de los reinados de sus faraones. El primero comenzaba en el mes de tot del año de la coronación del faraón.
Los sacerdotes egipcios usan la era Ramésida, que comienza en el año 1300 a.C. Una de las eras más famosas de la antigüedad es la era de Nabonasar, ya que fue usada por los astrónomos caldeos, y sobre todo por Hiparco y Tolomeo. La era de Nabonasar sigue el calendario egipcio hasta el año 29 a.C., y el juliano desde esa fecha. Comienza el 26 de febrero del 747 a.C.
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