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La política económica de la Italia fascista

Rodolfo

Estimado Rodolfo:

    Disculpa la tardanza, pero he tenido que consultar algo de documentación para poder contestarte, ya que no es esta mi especialidad. Lo que no tengo son estadísticas detalladas. Normalmente estas se encuentran el las grandes enciclopedias, pero para que entren en tales detalles deben ser italianas. Quizá alguna página web italiana que hable de la época disponga de ellas.

    Según Stanley G. Payne («El fascismo». Alianza. Madrid 1982 [capítulo 4 Autarquía y modernización]) el fascismo italiano no tuvo una política económica predeterminada, sino que iba enfrentándose a los problemas económicos según salían. Ni siquiera el nazismo, mucho más estructurado desde el principio, tuvo una política económica como tal. Ni siquiera los libros de Historia de la economía dedican una parte a la economía fascista.

    Hay que tener en cuenta que la mayor parte del período fascista coincidió con los años duros de la crisis de 1929. El fascismo italiano llegó al poder cuando aún el ciclo económico era ascendente. Claro que el fascismo italiano no se hizo decididamente intervencionista hasta que le alcanzó la crisis. Recordemos que también es la época de la Europa de las dictaduras, y que los felices años veinte sólo fueron felices para unas pocas capas sociales. Los logros económicos de la Italia fascista parecen haber sido moderadamente buenos, más o menos como los de la Unión Soviética, o la New Deal, o el keynesianismo.

    A mi entender la política económica del fascismo italiano (como la del nazismo o la mucho más desarrollada del franquismo) tiene como eje dos conceptos: la autarquía y la revolución industrial. Es decir, como ideología típica del capitalismo industrial, el fascismo trata de hacer de su país un país industrialmente desarrollado. Y digo industrialmente porque en esa época los servicios aún pesaban menos en la economía que la industria. No se pretendía, pues, como piensan algunos, de volver a una economía agrícola dominada por los terratenientes (al estilo del Antiguo Régimen).

    Pero lo esencial es la autarquía, es decir, tratará de crear una industrial nacional moderna, para lo cual es condición necesaria que dentro de sus fronteras tenga por un lado todos los elementos del proceso productivo (desde el factor tierra a la fabricación de productos elaborados), y por otro el mercado. Y es precisamente aquí donde el fascismo se hace intervencionista, ya que ayuda al gran capital (o incluso crea directamente) a levantar las plantas de producción necesarias. Por otra parte si en su suelo no está presente una determinada materia prima, lanza una política expansionista para obtenerla (Japón). Incluso se pretende, en Italia, nacionalizar los «sectores estratégicos», aunque muy tímidamente.

    Si la demanda nacional no es suficiente para consumir los productos industriales es el Estado quien se convierte en cliente, para mantener la industria nacional. Recordemos una vez más el período de crisis económica que implicaba un bajo nivel de consumo para la población y obligaba al Estado a asumir altas tasas de consumo, y por lo tanto de deuda pública y control de la economía por todos los medios disponibles, como el control del ahorro y el valor de la moneda.

    Estas son las circunstancias por las que el fascismo no podía tener una política económica definida; porque dependía de la coyuntura de los distintos sectores económicos. Claro, el Estado no puede convertirse en un gran consumidor de barras de pan, pero sí de obras públicas, o armamento (aunque el Italia fascista no parece haber dedicado más recursos al armamento que las democracias de la época).

    Eso sí, en aquellos sectores económicos en los que el Estado se hace intervencionista (energía, metalurgia, armamento...), la intervención estaba planificada (el gasto del Estado estaba planificado) a la manera de los «planes quinquenales». Planes que se acordaban con los empresarios formando (empresarios y Estado) un auténtico Estado corporativo, en el que los sindicatos verticales eran esenciales para el control económico y social.

    La política económica en la agricultura responde a los mismos principios. Se pretende liberar la producción agrícola de las servidumbres históricas, llevando al campo la revolución industrial (mecanización del campo). Para ello hay que concentrar la explotación (no necesariamente la propiedad). El fascismo italiano tenía en su ideario la colectivización del campo, aunque nunca lo puso en marcha de manera decisiva. Sí se tendió a la concentración de las explotaciones para lograr su modernización y el uso rentable de la maquinaria agrícola. El ejemplo más acabado de esto es la política de concentración parcelaria que se desarrolló en la España franquista.

    En España esta auténtica reconversión agrícola, que hizo aumentar la productividad por hectárea reduciendo la mano de obra, creo grandísimas bolsas de paro agrícola, que sólo tuvo la opción de emigrar y buscar trabajo en la industria. Pero por la falta de desarrollo de esto en Italia, su incidencia debió ser escasa. No hubo en Italia un proceso fuerte de «éxodo rural», primero por falta de desarrollo y segundo por una voluntad de Musolini de mantener un equilibrio ideal entre la población del campo y la ciudad.

    Uno puede llegar a pensar, observando la política económica del fascismo, que no había grandes diferencias con las democracias liberales. A fin de cuentas en esa época estaba en pleno desarrollo el imperialismo, y los objetivos y medios eran poco más o menos los mismos. Y eso es cierto. Sin embargo, el éxito económico de los fascismos no fue, en ningún momento, espectacularmente superior a las democracias liberales o el comunismo. El paro obrero no parece haber sido sustancialmente menor que en otros países. La emigración al extranjero fue una válvula de escape para los parados (a América principalmente; emigración italiana a Argentina por ejemplo), pero ese proceso comenzó antes del fascismo. Es un paro, sin embargo, que no se puede achacar a la política económica fascista, lo mismo ocurría en todas partes.

    La diferencia está en que los fascismos, para conseguirlo, asumen el control social y político del país, eliminando a la oposición y desatando una campaña de terror. Las democracias liberales estaban demostrando en la época que se podía alcanzar el éxito económico sin necesidad de acudir a la barbarie.

    El miedo a la revolución socialista es típica de una burguesía corta de miras que pretendía que las relaciones laborales no cambiasen para poder aumentar sus beneficios. Error que ya había puesto en solfa Henry Ford cuando en 1914 dobló el sueldo a sus empleados, lo que redundó en paz social y un aumento del poder adquisitivo que impulsó la economía. Ya en la época, quien tenía éxito no era el que reprimía las reivindicaciones de sus obreros, sino quien encontraba unas relaciones laborales que permitían convertir al obrero en consumidor: aumento de sueldo, jornada laboral de ocho horas, vacaciones pagadas, reducción del precio unitario de los productos de consumo, prohibición del trabajo infantil y escolarización-formación profesional obligatoria, expulsión de la mujer del mercado laboral, publicidad, etc. El fascismo incluyó estás modificaciones sociales, pero como una concesión «ilustrada» del poder, al tiempo que reprimía su reivindicación.

    Por otra parte, ya en la  época, el desarrollo económico dependía, además, del aprovechamiento de las ventajas comparativas, en las que la dedicación exclusiva a un producto, o a una gama pequeña de productos, eleva las rentas lo suficiente como para permitir el transporte y la importación de las mercancías que se han dejado de producir. La autarquía típica del fascismo desprecia estas ventajas.

    En el libro de Stanley G. Payne: «El fascismo». Alianza. Madrid 1982, encontrará bibliografía adecuada. En las notas del capitulo cuarto (nota 12) se hacen referencia a varios libros sobre la política económica del fascismo. Quizá el más específico esa el de Salvatore La Francesca: La política económica del fascismo; pero hay más. No obstante, no puedo valorarlos porque no los he visto.

Otros libros son:

Stanley G. Payne: «Historia del fascismo». Planeta Barcelona 1995
Daniel Guérin: «Fascismo y gran capital». Fundamentos. Madrid 1973 (que tiene capítulos dedicados a la economía).
Gianni Toniolo: La economía de la Italia fascista

http://www.artehistoria.com/historia/contextos/3081.htm

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