Hoy en día eso no está tan claro. El arte aparece con los hombres modernos, el cromañón, que según Juan Luis Arsuaga se diferencian de los neandertales, fundamentalmente, en su capacidad simbólica, la cual le permite crear sociedades más complejas, lo que les dará una ventaja decisiva en el mismo nicho ecológico. A la larga el neandertal se extinguiría. Esta capacidad de crear símbolos, como adornos, permiten a los cromañones reconocerse entre sí en cualquier parte y circunstancia, y ayudarse en caso de necesidad. El adorno identifica al individuo como perteneciente a la misma especie y a la misma cultura. Es de suponer que la mayor parte de este arte estuviera hecho con materiales biodegradables, por lo que han desaparecido, y sólo nos han llegado los que estaban hechos en materiales más duraderos (piedra y metal) y los más protegidos de las inclemencias del tiempo (pinturas rupestres).
No obstante, el concepto de belleza es algo que cambia con el tiempo, la sociedad y la cultura. Esta identificación de la belleza como imitación de la realidad, como abstracción de la realidad concreta para mostrar la esencia del hombre y la naturaleza tiene mucho que ver con el mito de la caverna de Platón, según el cual lo que vemos no es más que un reflejo deformado de una idea perfecta (dicho a lo bruto). Así pues, para la Grecia clásica lo que el arte debía reflejar no es la realidad concreta sino la realidad idealizada en sus formas perfectas. Perfección que se substanciaba en el canon: la relación entre sección y altura, y la proporción entre todas las partes, las proporciones del hombre. Es, pues, una opción cultural y no universal.
No tuvieron este ideal ni egipcios, ni mesopotámicos, ni persas, ni chinos, ni indios, ni los pueblos precolombinos, y los romanos sólo en parte. La vigencia de ese ideal en nuestro mundo occidental de hoy se debe más a su revitalización durante el Renacimiento que a una continuidad cultural, rota, en buena medida, durante el Románico y el Gótico.
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