El
pensamiento en la Europa del
siglo XVIII *
La economía *
La industria *
El comercio marítimo *
Los mercados europeos *
Redes financieras *
La agricultura *
El siglo XVIII en España
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El pensamiento en la Europa del siglo XVIII
El pensamiento del siglo XVIII está dominado por las ideas que divulga la Ilustración a través de la Enciclopedia, que publicarán Diderot y D’Alembert entre 1751 y 1772, y donde se destacan los argumentos racionalistas de Descartes, Concillac, Voltaire, Montesquieu o Turgot. También es de la época del pensamiento positivista de Comte y Hume.
Pero la ideología política y filosófica que dominaba en el momento, y la más extendida oficialmente en todos los países, era el absolutismo monárquico, cuyos máximos representantes son Hobbes y Bossuet. A este criterio se le contrapone el sistema parlamentario inglés, cuyo ideólogo más importante es Locke. El despotismo ilustrado es la ideología dominante dentro del absolutismo monárquico. Tanto en España como en Francia, los dos grandes países absolutistas, sus reyes son déspotas ilustrados. Estos monarcas gobiernan en favor del pueblo, teniendo en cuenta su máxima todo para el pueblo, pero sin el pueblo. Sus decisiones de gobierno impulsan la industrialización y la modernización de su país, es la época en la que se construyen las reales fábricas. También tienen preocupaciones sociales, y tratan de mejorar las condiciones de vida del pueblo. En aquel tiempo la burguesía era parte del tercer estado, del pueblo que no tenía privilegios.
En las cuestiones económicas la ideología dominante era la de los fisiócratas, que afirmaban que la riqueza de un país estaba en la agricultura, en la naturaleza. Quesnay y Turgot son sus más destacados representantes.
El siglo XVIII se caracteriza por una especie de «edad feliz», debido al crecimiento económico, con múltiples signos de progreso y prosperidad para la burguesía europea. Pero, también, es la época en la que se da la primera gran crisis industrial.
En Inglaterra primero, y en todos los países después, se hace un esfuerzo por acceder a la industrialización, pero sin haber abandonado todavía las estructuras económicas del Antiguo Régimen. No obstante, se mejoran las condiciones de vida, ya que desciende la morbilidad de las epidemias, gracias a una higiene más sana, una mejor alimentación y a los avances en medicina. Todo esto supone una reducción significativa de la mortalidad, sobre todo infantil, con lo que se inicia la transición demográfica, y por lo tanto aumenta la población.
En el siglo XVIII, y con motivo de la industrialización, se imponen nuevas formas de organización del trabajo, que serán la base de la revolución industrial. Los gremios entran en crisis, así como el trabajo en casa; en favor del trabajo asalariado en las fábricas.
La industria en el siglo XVIII tiene tendencia a instalarse en el ámbito rural, para liberarse de la presión de los gremios, y para reducir costes en la fuerza de trabajo; la del campo es más barata que la de la ciudad.
A pesar de que en este siglo comienza el despegue de la industria, en la mayor parte de los países, para la mayoría de la población la agricultura sigue siendo la base de su economía, y de la riqueza tanto nacional como doméstica. Este sistema es, en buena medida, autárquico, y la mayoría de los obreros de las fábricas, en el mundo rural, trabajan también en el campo. Los mayores excedentes se consiguen en la agricultura, gracias a una época de bonanza y el aumento de la población, lo que favorece que parte de la población del campo busque ingresos extras en las fábricas, ya trabajando en ellas, ya con un sistema de trabajo en el domicilio.
Otra de las características del siglo XVIII es la monetización de la vida. Todo se paga con dinero, aparece el papel moneda, y se crean los primeros bancos nacionales. Este es un cambio muy importante para las familias, ya que a partir de ahora necesitan dinero para cualquier compra, y sobre todo, necesitan moneda para pagar los impuestos a sus señores. Estos ya no consumirán las rentas en especie y en el lugar donde se producen, sino que se las pueden llevar a otro sitio, en forma de dinero.
Sin embargo, la aldea sigue siendo el lugar habitual de consumo, con sus mercados locales, y temporales, y el escaso comercio de lujo. Sin embargo, en la ciudad aparecen los mercados permanentes, debido al aumento de población urbana, y a que cada vez más la gente que vive en la ciudad no vive del campo. Esta población necesita mercados fijos para satisfacer sus demandas. Se produce, así, un importante flujo de intercambios entre el campo y la ciudad.
En esta época comienza, en ciertas regiones, una especialización productiva, buscando ventajas comparativas; como los relojeros de Ginebra.
La industrialización, incipiente, implica unas nuevas formas de organización de la tarea, entre las que destaca la división del trabajo, muy efectiva para el aumentar la productividad en la fábrica. La familia campesina deja de producir sus aperos de labranza, para comprar los que confecciona la industria. Al mismo tiempo, algunos miembros de la familia trabajan en las fábricas una parte del año.
Se afianzan los usos capitalistas en la industria y el comercio. El comerciante adquiere una posición dominante sobre el fabricante, al ser él quien vende el producto. Se observa una decadencia de la industria urbana, atrofiada por los gremios. Se tiende a la concentración productiva especializada, en busca de economías de aglomeración. Y, también, se reivindica la libertad de comercio, anquilosado por los impuestos de paso sobre las mercancías.
En la mayoría de los países la industrialización es impulsada desde el Estado, con la creación de las reales fábricas, que están privilegiadas frente a la iniciativa privada.
Las ciudades siguen siendo los centros de decisión, donde viven los mercaderes y los fabricantes. La ciudad es, más que nunca, el modelo de convivencia de la sociedad que está surgiendo.
La industria textil es la más representativa del proceso, ya que es la primera que se desarrolla; puesto que la siderurgia siempre ha sido una industria rural, debido a la localización de las fuentes de energía. La industria, en un principio, tiende a instalarse en zonas rurales. Esta táctica la siguen, también, las industrias de zapatos, relojes, etc.
Alemania y Suiza son los países más representativos, de la mano de los hugonotes, que predican un cristianismo capitalista: el capitalismo de los calvinistas. También se industrializa la Rusia de Pedro el Grande, sobre todo en los Urales, además de Inglaterra y los Países Bajos.
El comercio internacional del siglo XVIII se caracteriza por el proteccionismo que practican los países. La mayor parte del comercio interestatal se hace por mar. El tráfico marítimo es fundamental en el transporte de mercancías, tanto para el comercio internacional como para el de cabotaje.
El siglo XVIII es el de mayor tráfico marítimo con América, sobre todo desde que en 1713 se firmó el Tratado de Utrecht, que permitió el comercio de Inglaterra con la América española, en ciertos puertos. Desde 1785 se permite el libre comercio con América en todos los puertos. Las medidas proteccionistas que intentan poner todos los países se ven debilitadas por las guerras y los tratados de paz.
Las grandes potencias marítimas de la época son: Inglaterra, Holanda y la Liga hanseática. Pero, en general, crecen todos los puertos y metrópolis de Europa. En muchos casos gracias a los regímenes con monopolios protegidos.
Los productos que se transportan por mar son los que producen las plantaciones americanas: azúcar, algodón, café, etc., la minería y la esclavitud. La trata de negros es la base de la economía de plantación en América; y un próspero negocio mercantil para ingleses y holandeses, sobre todo tras el Tratado de Utrecht.
Durante el siglo XVIII cobran mayor importancia las islas cercanas a los continentes africano y americano, como Cabo Verde, Ghana, Sierra Leona, Malí, etc., que se convierten en bases seguras y próximas a la costa; incluso fortificadas.
Los pagos a los negreros africanos no solían hacerse en moneda, a no ser que fuesen blancos, lo que aumentaba las ganancias. Frecuentemente, se hacía un comercio internacional triangular entre África y las Antillas con esclavos negros, de las Antillas a la metrópoli con mercancías de alto valor, y de la metrópoli a África con mercancía barata, para aprovechar el viaje. Pero, también, se dio un comercio doble entre África y las Antillas marginando a la metrópoli.
El comercio americano constituyó, en el siglo XVIII, el tráfico dominante, gracias a sus puertos no protegidos y a las colonias que todas las potencias consiguieron instalar en las Antillas; como las islas de la Martinica o Jamaica; e incluso en el continente, como en las Guayanas o en Belice. Inglaterra, Holanda y Francia se hicieron con el comercio americano, en detrimento de España, debido a la debilidad de la flota española.
Los mercaderes dominaban a los productores, ya que compraban los productos que se demandaba en la metrópoli. Aún así, algunos de los mercaderes se hicieron productores. Nacen, así, las plantaciones especulativas, que sólo cultivan aquello que se prevé que va a ser vendido, y cuando se agota la demanda se cambia de cultivo. No obstante, los productores hacen asociaciones para controlar el mercado y los precios.
Una de las características del mercado marítimo, en el siglo XVIII, es que los convoyes dejan de ser empresas en las que los propios navegantes son capitalistas. Los financieros pasan a ser grandes compañías, frecuentemente anónimas, y los navegantes se convierten en personal asalariado. Estas compañías anónimas, en un principio, tienden a ser prohibidas, ya que en caso de fraude o accidente no se puede castigar a los responsables. Paralelamente, se desarrollan las empresas de seguros para estos negocios.
El comercio con Asia también es muy importante, pero más complejo, puesto que tenían un sistema económico autónomo y muy consolidado. La India se convierte en la gran encrucijada del comercio con Extremo Oriente. Este mercado está controlado, desde el siglo XVII, por la Compañía de las Indias Orientales, empresa inglesa que se dedicaba al transporte de productos de alto valor añadido y poco peso. La homónima holandesa, Compañía de las Indias Orientales, es una compañía que comercia con Indochina desde el puerto de Amsterdam, el cual se convierte en el gran desembarcadero de Europa. El comercio con Oriente se especializa en el transporte de especias y té, mercancías en las cuales la hegemonía británica es indiscutible desde 1757. El mercado con occidente está dominado, en Inglaterra, por la Compañía de las Indias Occidentales.
Los mercados europeos del siglo XVIII continúan desarrollándose gracias al impulso del comercio con América y Asia. El tráfico entre los países europeos es muy difícil, debido al proteccionismo que tienden a practicar todos los países.
El comercio francés es el que más orientado a Europa está, gracias a su especialización textil. Centro Europa es el gran mercado de granos. El sur de Europa proporciona grano y frutas y verduras, e Inglaterra y los Países Bajos los productos industriales. Este equilibrio del comercio europeo se ve sacudido por las continuas guerras.
En el norte de Europa el comercio dominante es el británico, a pesar de la pujanza del tráfico holandés.
En el siglo XVIII la circulación de metales preciosos por toda Europa es muy importante, a pesar de que ya no hay un incremento significativo de oro y plata. Este aumento de la circulación de metales preciosos se debe al perfeccionamiento de los pagarés y del papel moneda, que garantizan la disponibilidad de dinero en metálico en cualquier ciudad sin necesidad de llevarlo consigo en el viaje. Además, la acumulación de capital, que captan los bancos, y las dificultades financieras del Estado, permite la emisión de deuda pública, lo que incrementa el capital circulante. Aparecen, en esta época, los préstamos a crédito. Estas novedades suponen el fin de las finanzas clásicas, debido al cambio de escala.
El siglo XVIII es también la época en la que se estimula la creación de un mercado nacional, haciéndose inversiones en infraestructuras de transporte, todavía no en ferrocarril, y en industria, que se moderniza, aunque no se mecaniza hasta mediados de siglo en Inglaterra.
También se crean las haciendas públicas y los bancos en las ciudades importantes, que sólo tienen influencia en su ciudad, pero que terminarán siendo bancos nacionales. Algunos de ellos se conciben con la función principal de financiar al Estado.
La especialización productiva regional es acentúa en esta época. Prosperan los grandes mercados internacionales de Amberes en Holanda, Génova, Ginebra, Fráncfort, París, Londres, etc.
Sin embargo, el talón de Aquiles del sistema financiero fue su compromiso con el absolutismo. Esto le llevó a contraer grandes deudas con él. Cuando cayó el absolutismo, cayó con él el sistema financiero que lo sustentaba.
Uno de los grandes problemas de la historiografía del siglo XVIII es el de la revolución agrícola. La revolución agrícola fue una condición necesaria para que poco después se produjese la revolución industrial. Sin embargo, no está claro porqué se produjo esa revolución. Parece que hubo una época de buenas cosechas, lo cierto es que hubo un aumento de la producción, necesario para alimentar a una población que en esta época estaba aumentando. Este incremento de la producción se logra, sobre todo, gracias a una mayor roturación de tierras, ya que se invaden los comunales, los bosques y los baldíos.
La agricultura sigue siendo fundamentalmente autárquica y de subsistencia, pero comienza a generar excedentes para alimentar a una creciente población urbana. Los nuevos productos americanos están totalmente integrados en la dieta humana, como la patata, el tomate o el maíz. Aparecen nuevas técnicas agrícolas que mejoran las cosechas, como la asociación de cultivos o el abono ganadero. Pero, sobre todo, aumenta la roturación de campos nuevos, lo que modifica el sistema agrícola. Esto, también significa que retrocede el barbecho, gracias al aumento del regadío, la utilización de abonos naturales y la asociación de cultivos, entre los que entra el forraje para el ganado. El sistema agrícola del Antiguo Régimen llega a su apogeo y desarrollo máximo.
Las nuevas técnicas agrícolas permiten una mayor acumulación de capital, gracias a la creciente generación de excedentes y al aumento de los precios agrícolas. Este es un poderoso estímulo para roturar nuevas tierras.
Las roturaciones afectan más a las tierras comunales que a los bosques, ya que el bosque sigue siendo un proveedor de productos para la aldea. La roturación de comunales genera continuos enfrentamientos con la aristocracia, y entre la burguesía terrateniente y los pequeños agricultores, que tenían en las tierras comunales una fuente extra de ingresos.
La teoría económica dominante, en esta época, es la de los fisiócratas, que afirman que la riqueza de un país está, en última instancia, en su agricultura y los recursos naturales brutos.
Esta es la época en la que se forman grandes empresas agrícolas capitalistas, que a finales del siglo comienzan a utilizar maquinaria; en Inglaterra y en Francia. En Gran Bretaña, a mediados de siglo, se impulsaría la revolución industrial gracias al traspaso de capitales, fuerza de trabajo y mercancías, de la agricultura a la industria. El cierre de los campos en Inglaterra facilita la creación de grandes empresas agrícolas, y la emigración a las ciudades de la población excedente.
No obstante, los medios de transformación de los productos agrícolas, molinos, norias, etc., siguen estando en manos señoriales. Son importantes fuentes de ingresos. También, es necesario señalar que el desarrollo de la agricultura no es uniforme, hay importantes diferencias regionales debido, sobre todo, al desigual grado de industrialización y desarrollo económico.
A la muerte de Carlos II sube al trono Felipe V, un Borbón. Este hecho significa el comienzo de una guerra por la sucesión que terminará en 1713 con el Tratado de Utrecht. Los reyes que gobiernan España durante el siglo XVIII son: Felipe V (1700-1724 y 1724-1746), Luis I (1724), Fernando VI (1713-1759), Carlos III (1759-1788) y Carlos IV (1788-1808).
La época borbónica se caracteriza por buscar un Estado más homogéneo, al intentar que toda España tuviera una misma legislación por encima de los fueros tradicionales de los reinos. La Administración borbónica tiende a ser más centralista que la de los Habsburgo.
La guerra de Sucesión se decide, en España, con la derrota en Almansa (1707), de las tropas del archiduque don Carlos de Habsburgo. Tras esta victoria Felipe V se decidirá a abolir los fueros de Aragón, como represalia por la guerra. En 1715 se derogan los fueros de Mallorca, en 1716 los de Cataluña, y se promulgan los Decretos de Nueva Planta. Sólo Navarra conservó sus fueros. Las ayudas internacionales a Felipe V, y el Tratado de Utrecht, con el que se pone fin a la guerra, implican el final de la hegemonía española en Europa.
Las Cortes españolas se habían dejado de convocar en el siglo XVII, debido a un mayor absolutismo de los reyes, y al sistema de asientos empleado para financiar a la corona. Sólo se reunieron en 1701 y 1702 para coronar a Felipe V. Además, en esta ocasión, las Cortes de Aragón se asimilan a las de Castilla. También se extinguen las diputaciones y se crea una nueva oligarquía política encabezada por el corregidor. Se castellanizan todas las instituciones de los reinos, reforzando así el centralismo borbónico.
Los antiguos consejos colegiados, que asesoraban al rey, se convierten en secretarios de Estado y de Despacho, es decir en cargos unipersonales, lo que hoy serían los ministros. Hacia 1714 el centro del poder es la monarquía. Los secretarios fueron llamados para desarrollar un determinado programa político, por influjo de la Ilustración.
En el ámbito local se crearon los intendentes, para la hacienda, la justicia, la policía y el ejército. Eran delegados territoriales con funciones militares, que en ocasiones se solaparon entre sí y con los cargos de la Administración anterior, ya que, frecuentemente, la nueva Administración no supuso el desplazamiento de los antiguos titulares del poder local.
Se tiende a una legislación uniforme que afecte a todos los reinos de la corona, para ello se multiplican las audiencias, sobre todo en América; pero no las cancillerías.
Este nuevo sistema administrativo adolece de medios económicos, debido a las guerras y al derroche financiero. Las diferencias de la legislación fiscal hacen muy difícil la recaudación de impuestos. Para paliar esto, Carlos III emprende una reforma, que no triunfó debido a las reticencias de los poderes locales.
En la cuestión de la hacienda, para no convocar a las Cortes y aumentar los impuestos, se continuó con el sistema de asientos y de deuda, para financiar las continuas guerras en que estaba inmersa la corona. Este sistema era muy favorable para la monarquía, porque no tenía que convocar a las Cortes, pero era ruinoso para las finanzas.
Durante el siglo XVIII se producen continuas denuncias de los ilustrados sobre la situación del campo en España, la industria, la educación, la cultura etc. En un intento de poner remedio, la corona crea las reales fábricas, y hace proyectos colonizadores; además de otras reformas que son patrocinadas por el rey, desde su óptica de déspota ilustrado. El rey tenía el dominio absoluto, por derecho de conquista; recordemos que para ser rey había tenido que ganar una guerra civil.
En 1711 se imponen en Aragón los Decretos de Nueva Planta, que son, en realidad, una nueva organización política del reino. Se sustituyen los virreyes, creación aragonesa, por un comandante general, que es también presidente de la audiencia. Desaparece el pactismo, propio de los Habsburgo, y el Consejo de Aragón, para imponer los secretarios de Estado y de Despacho, una medida centralizadora que lleva a Madrid el poder de decisión. A pesar de estas medidas contra las instituciones tradicionales, los Decretos de Nueva Planta no encontraron grandes resistencias para su establecimiento, ya que el ordenamiento anterior era sumamente arcaico.
La Administración borbónica crea las Cortes de España, suprimiendo las de los distintos reinos, Aragón y Valencia en 1709, Cataluña en 1724, etc., pero no se reunirán hasta 1812, salvo para las coronaciones reales.
En la Administración borbónica el rey es la única institución con poder para crear leyes, a través de la pragmática. La pragmática borbónica tiene carácter universal, cosa de la que carecía la de los Habsburgo que sólo afectaba al ámbito en el que se promulgaba. Este carácter universal permite que exista una única legislación para toda España, y todos los reinos de la corona.
El sistema fiscal siguió estando separado en los diferentes reinos, la corona pedía dinero prestado a diferentes banqueros. También en la participación en el Ejército continuaron los privilegios de los distintos reinos. Las provincias vascongadas y Navarra estaban exentas del servicio. En el siglo XVIII, los viejos fueros significaban exenciones fiscales y militares, y la creación de una zona franca por medio una frontera interior. En 1717 Felipe V intentó suprimir las fronteras interiores, sin embargo la resistencia de las provincias vascongadas y Navarra hizo que aquí se restituyeran.
Los conflictos con la corona son frecuentes, ya que esta intenta por todos los medios recuperar los derechos que están en manos de las instituciones de los distintos reinos. Los conflictos se multiplican a partir de 1770, ya que Carlos III pretende recuperar los privilegios de una manera decidida.
En 1757 se liberaliza el comercio con América, concediendo libertad de comercio a distintos puertos españoles. Los puertos de las provincias vascongadas quedan fuera de esta medida, como represalia por su oposición al traslado de las aduanas. El cambio de las aduanas a la costa no se conseguirá hasta 1841, aunque la economía vasca y navarra fue declinando paulatinamente.
Los Borbones hacen una nueva división del territorio, aunque respetan la distribución tradicional básica. Se divide el país en capitanías generales, que tienen funciones gubernativas y judiciales, al frente de las cuales está la audiencia. Murcia se integra en la Audiencia de Valencia, lo que rompe, de alguna manera, las fronteras históricas de los reinos, con el fin de concentrar los territorios de la corona en uno solo.
Se establecen 25 provincias, herederas de los avatares de la Reconquista y la Administración austriaca. Por debajo se crearon 81 corregimientos agrupados en 10 partidos, al frente del los cuales se puso un superintendente. Esta será la base de la Administración española en el siglo XVIII, con los primeros Borbones.
Los corregidores que se ponía la frente de los corregimientos eran, con frecuencia, letrados, y no militares. Había tres categorías de corregidores: de entrada, de ascenso y de término. Los corregidores también tenían competencias en materia de guerra, como los gobernadores, y en asuntos de justicia, policía y finanzas.
En 1711 aparecen los intendentes, con las mismas funciones que los corregidores: por lo que se produce una duplicidad de funciones. Esto les llevará a su rápida desaparición.
En 1789 Floridablanca hace su famoso nomenclátor, con intenciones fiscales, y para conocer las posibilidades del territorio, que presenta un grave desorden y confusión del mapa provincial. Esto dificulta, y evita, la centralización y la homogeneización que pretenden los Borbones. Esta uniformidad está en la base de los proyectos ilustrados de personas como Miguel Soler, que en 1799 trata de equilibrar los tamaños de los territorios administrados, cosa en la que fracasará y que se arrastrará hasta 1833.
Pierre
León:
«Historia económica y social del mundo». Tomo 3 Encuentro.
Madrid 1984
Miguel Artola:
«Enciclopedia de historia de España». Alianza. Madrid
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Juan Plaza Prieto:
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Bernhard Groethuysen:
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