| Era una mañana
calurosa del mes de Mayo. Jhon Hendrix y su esposa se
disponían a salir hacia el campo, con sus dos
hijos Marie y Jones de 5 y 7 años respectivamente.
El matrimonio Hendrix era uno de los pocos que se llevaba
relativamente bien.
Se habían casado jóvenes,
habían tenido dos hijos maravillosos para ellos,
y a pesar de haber tenido algunas discusiones en su
matrimonio,
habían sido más sus alegrías y
por eso seguían amándose.
Aquel día parecía amanecer
muy bien para los Hendrix, pero no acabaría tan
bien, ni muchísimo menos como hubieran querido
ellos.
La mujer estaba preparando unos pequeños
sandwiches, mientras el marido hacia el pequeño
equipaje.
Cuando de pronto Jhon gritó a
su mujer, mientras se agarraba con ambas manos el pecho:
-Elisa, el corazón, Elisa....
Si, efectivamente, Jhon Hendrix padecía
del corazón y ya le habían dado algunos
ataques, pero éste parecía ser mucho más
fuerte.
La mujer corrió frenéticamente junto a
él:
-Jhon ,aguanta, Jhon...Cariño..
Pero ya nada se podía hacer por
su vida. A pesar de que a los pocos instantes una ambulancia
lo llevaba hacia el hospital,
Jhon dejaba de existir por el camino. El enfermero dijo
con tristeza:
-Lo siento señora, no hemos podido
hacer más.
Pero ¿Jhon estaba en realidad
muerto?... NO.
Su cerebro seguía vivo. Puesto
que lo único que le había ocurrido era
un ataque de catalepsia. El podía oír,
ver, pero no se podía mover, no podía
comunicarse. Pero si oyó las palabras del enfermero.
Y por eso gritó con fuerza en su interior:
-Claro que podéis hacer más,
mirarme, yo estoy vivo, estoy vivo!!!
Nadie le podía escuchar, puesto
que sólo podía pensar y no hablar.
Estaba lleno de terror. Ojala el ataque
de catalepsia que no le había afectado a su cerebro
pasara pronto. No fue así.
Y al día siguiente se preparaba su funeral. ¡Que
ironía!. Su funeral.
Vio a su mujer llorando, y a sus dos
hijos, también a sus amigos y conocidos. Todos
estaban tristes. Por él.
Por su muerte.
Pero él estaba vivo...Y por eso gritó:
-Estoy vivo, no estéis tristes,
maldita sea, Yo estoy vivo!...
Estaba en su cama amortajado, con las
dos manos sobre el pecho. De pronto vio como dos hombres
se acercaban a la cama, y lo
agarraban uno por las piernas, y otro por la espalda.
El se preguntaba donde lo llevarían.
Pronto lo iba a saber.
-No, no al féretro no, esto nooooooooooo,
nooooooooo!!!!
Si, efectivamente,lo metieron en el
féretro y después escuchó que le
preguntaban a su mujer si quería darle un último
beso de despedida. Ella accedió y así
lo hizo. Cuando lo besó Jhon gritó hacia
sus adentros:
-Elisa, cariño, tú no
puedes creer que he muerto, tú no lo puedes creer!
Después todo fue oscuridad. Cerraron
la tapa y luego sintió como transportaban el
ataúd hacia lo que él creyó que
era un coche fúnebre. Más tarde lo volvieron
a sacar y notó como si fuera bajado a una fosa.
Si, era bajado a su propia fosa. El siguió gritando
a pesar de que no lo escuchaban:
-¡No, yo estoy vivo, esto es una
pesadilla, Dios mío....
Pero pronto se dio cuenta de que no
era ningún sueño. Escuchó un ruido
procedente de arriba. Y pronto
supo lo que era. Eran
paletadas de tierra que echaba el sepulturero. También
escuchó unas palabras y pudo saber de quien provenían:
-Polvo eres,y en polvo te convertirás.
Un escalofrio recorrió el inerte
cuerpo de Jhon. ¡Era el sacerdote!
Después siguió escuchando
las horribles paletadas y ya no escuchó nada
más. Un silencio de muerte y nunca mejor dicho
se había
hecho en la tumba. Supo que hacia ya rato que todos
se habían marchado.
Entonces empezó a darse cuenta
de que al fin podía moverse. Si, sus músculos
empezaban a desentumecerse.
Intentó hablar y lo consiguió. Ya había
pasado el horrible ataque de catalepsia. Ahora lo importante
era salir de allí.
Y lo empezó a intentar. Golpeó
el féretro con los puños, arañó
el terciopelo de la caja con las uñas. Pero nada.
Notó como
le salía sangre de las manos. Como se le rompían
las uñas. Descansó.
Debía recuperar fuerzas. Luego
empezó a patalear con los pies. Pero nada. Oía
su respiración fuerte; jadeante. Su corazón
que latía fuertemente. Gotas de sudor le caían
por la frente. Estaba agotado. Pero debía seguir.
Pronto no le quedaría aire.
Hacia ya bastante rato que estaba golpeando la caja
intentando romperla por arriba, pero pronto se dio cuenta
que sería
imposible.
Entonces empezó a golpear por
un lado. Y notó como la madera se empezaba a
resquebrajar. Quizás pudiera salvarse. Entonces
fue cuando escuchó como unos leves rasguños
al otro lado de la caja. Se le pasó por la cabeza
que quizá hubieran enterrado
a otro pobre hombre vivo igual que él. Pero pronto
la desechó. Entonces. ¿Que eran aquellos
rasguños?.
¿A quien pertenecían?.
Pronto supo de que se trataba. Y un
ramalazo de terror sacudió todo su cuerpo. Un
grito lleno de horror brotó de su seca garganta:
-¡¡¡No, eso
no, Dios.......nooooooo, las RATAS nooooooo!!!
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