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Escudos Heraldicos de Apellidos Relacionados con Matute

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atute se halla situado al S.O. de la Comunidad Autónoma de la Rioja. Es uno de los municipios que se incluyen en la subcomarca del Alto Najerilla o Sierra riojana, de la que, junto a Tobía, Ledesma, Pedroso y Anguiano, constituye su portal de entrada al estar en la línea divisoria del somontano y las tierras más altas de la cuenca.

Se localiza en las estribaciones de la Sierra de la Demanda Occidental, en la derivación que constituyen los antiguos Montes Distercios, hoy Redonda y Valvanera, concretamente en la falda del conglomerado de Los Cogotes o Repetidor (861 m). Su relieve disminuye progresivamente hacia el valle del Najerilla, teniendo a sus espaldas o parte meridional, en un arco de dirección SO/NE de materiales muy duros, el monte S. Quiles (1.336 m.), el calizo Cerro Peñalba (1.239 m), los conglomerados de la Peña Tobía/Matute (1.077 m) con la Majada Londeras (999 m) y, más atrás y coronando el paisaje pero en sentido inverso, la Majada Manzanar con el Collao la Cima (1.250 m), la Majada Antuñán (1.300 m), Valdeloshaces (1.551 m), Pico La Rioja (Con 1.561 m el monte más alto de Matute), el Cerro Las Frádigas (1.447 m) y el Collado Cirvanco (1.223 m), que cierra el arco empalmando por el este con S. Quiles o descendiendo por el norte hasta la hondonada de La Cubilla (850 m), donde se accede a la Pista Forestal de Las Frádigas.
La parte NE, paralela al río Tobía, está modelada en glacis y terrazas que enlazan con las estribaciones de la sierra de Larra (Valdemora, 830 m).

Tiene tres ríos: el Najerilla, que baña horizontalmente una pequeña parte de su contorno oriental, y dos más pequeños pero que, discurriendo longitudinalmente de SO a NE, tienen más importancia: el Tobía, afluente de aquel, y el Rigüelos o Matute, su río exclusivo.
El Rigüelos o río Matute nace en las fuentes y barrancos de Valdeloshaces y Cervanco, como el Bº del Águila, y, con el importante aporte del Arroyo Manzanar en La Cubilla, encajona su caudal entre los conglomerados de la Dehesa del S. Quiles y las pendientes de Londeras y Los Cogotes, que asimismo lo aumentan con sus aguas de escorrentía, hasta la zona de Covanegra, Salto el Agua, Fuente la Salud, Covamoros y el Arca para ir abriéndose sucesivamente, a partir de Picayo, a las choperas y huertas de El Pero, Fuente Gabriel y Puente Rigüelos, nutrir el acuífero de la Fuente Mayor, durante siglos suministradora del agua de boca de Matute, y, pasadas Las Ribas, Las Ildas y el Molino de Varela, desaparecido por el ensanche de la carretera en 2000/01, unirse junto al puente de Certún al Tobía, que finalmente desembocará las aguas de ambos en el Najerilla, a la altura de Las Ruedas, tras atravesar Certún, la Pontusana, Valdelosterreros, Moreno, El Prao del Moro o La Central, Fuente Cardedal, Las Covachuelas, La Tejera, El Cerrao Blanco, El Río, Velilla y el Corral del Escudero.

UN POCO DE HISTORIA

unque hasta el s. XI no se cita documentalmente a la localidad, existen testimonios arqueológicos muy anteriores en la zona montañosa de Londeras, distante un kilómetro hacia el Oeste, de un poblamiento celta, posiblemente de la tribu de los Berones, correspondiente al periodo prehistórico del Bronce, con una antigüedad de unos tres mil años y adscrito a la llamada Cultura de las Cogotas. Asimismo en la parte alta de Certún, tierra agrícola también a un kilómetro pero al NE, se han encontrado restos de vajilla de la variedad Terra Sigilata Hispánica, hecha posiblemente en los alfares de Tritium Magallum, Tricio, que delata la presencia en esa área de un asentamiento romano, tal vez villa rústica, reconvertido siglos después en un monasteriolo dedicado a Santa María que, finalmente, evolucionaría a la ermita de la que se guarda memoria reciente. Otros testimonios, por ejemplo una lápida romana perdida al reformar la carretera hacia 1950, hablan de la existencia de pequeños núcleos diseminados por la zona agrícola del Este hasta Crispanas y Ricoja, como Terreros y Colia o Cogga, sin que conozcamos todavía su cronología pero aventurándola imprecisamente entre la época tardorromana y los inicios reconquistadores, S. IV al X.
Parece que el pueblo propiamente dicho, en su asentamiento y denominación actuales, nació en torno al año 1000 de la mano de la monarquía navarra de los Jimena o Abarca que, recién instalada en Nájera por reconquista a los musulmanes, se esforzaba en esos años por controlar el alto Najerilla en pugna con los condes de Castilla. Así, durante un siglo aproximadamente Matute formará parte de una línea fronteriza resguardada por una red de castillos que, en su caso, se correspondía con el de Tobía, edificio de origen incierto, tal vez de época romana o musulmana, que todavía conserva el arranque de su pared meridional, donde según la Crónica Najerense estuvo preso el conde castellano Fernán González, aunque el poema homónimo lo encierra en el de Castroviejo, y desde el que un delegado real, de los Jimena navarro-najerinos primero y a partir de 1076 de los castellanos, dominará la zona a título de señor. Será también esa situación fronteriza, dado el riesgo que entrañaba habitarla por las continuas incursiones de unos y otros y la probable secuela de un bandolerismo de guerra, la que decida a los reyes a favorecer su repoblación con concesiones y ventajas además de procurarse el beneplácito eclesiástico, en cuanto valedor fundamental de la época, animando a crear monasteriolos (Sta. María de Certún, S. Cristóbal de Tobía), iglesias (S. Román, S. Miguel) y ermitas (S. Andrés en La Peñuela, S. Quirico en el monte y otras desaparecidas o reconvertidas). Es así que los primeros pobladores de Matute, seguramente una mezcla de foráneos y descendientes de los ancestrales berones e hispanorromanos, gozarán desde el principio de la condición de libres y dispondrán de unos fueros o derechos especiales como atestiguan algunos documentos:
- "omnes Matutensi concilio" (todos los de Matute en asamblea o concejo), dirá la referencia más antigua, de hacia 1010, conservada en el cartulario de San Millán de la Cogolla, al escriturar la venta de una viña a favor de ese monasterio y donde los matutinos figuran como testigos a título de "concilio", organismo de gobierno de la época, especie de Ayuntamiento, potestativo sólo de quienes gozaban de la condición de libres.

- "et dono vobis eos foros quos habent vestri vecini de Mathuto" (y os concedo los Fueros que tienen vuestros vecinos de Matute), señalará en 1149 un decreto del rey Alfonso VII de Castilla a favor de Villanueva, pueblo limítrofe del que se hablará más adelante, por el que indirectamente sabemos de la existencia en Matute, seguramente desde su fundación, de unos fueros o derechos de sus habitantes que, en opinión del medievalista matutino Fco. Javier García Turza, más que de una ley específica se trataría "de un conjunto de usos y costumbres", lo que no era poco si tenemos en cuenta que las poblaciones del entorno (Anguiano, Villaverde, Pedroso, Ledesma, Bobadilla) no sólo no los tenían sino que estaban sometidos en servidumbre a monasterios o a señores nobiliarios.

En definitiva, Matute nacerá y mantendrá siempre su condición de poblado libre, lo que no contradice que hubiera diferentes categorías sociales ni que algunos de sus habitantes fueran siervos o collazos de los más pudientes, pero administrativamente sólo dependía del Rey y no de ningún otro señor, es decir, era una Villa de Realengo que, como tal, tenía derecho a nombrar sus autoridades y jueces. No obstante esa condición no impedía que simultáneamente se aprovecharan de algunas de sus riquezas y tuviera que pagar impuestos a determinados Monasterios en concepto de señorío territorial o solariego, es decir, por cederles el Rey su explotación y usufructo. Ésta es la razón por la que la historia de Matute está entreverada durante varios siglos, particularmente los de la Edad Media, con el devenir de los monasterios próximos.


Primero con el de San Millán de la Cogolla hasta que en el siglo XII intercambie con Valvanera su monasteriolo de San Cristóbal de Tobía por otro de éste cercano a Badarán. También con el de Santa María la Real de Nájera por su posesión del monasteriolo de Certún y tierras aledañas durante varios siglos, desde por lo menos el siglo XI, cuando el rey Don García III y su esposa Estefanía confirman esa propiedad, hasta fecha indeterminada, posiblemente el siglo XIX.
Pero la relación más intensa se mantiene con el monasterio de Valvanera por la vecindad de pastos y montes y porque dominaba, por donación, también en el siglo XI, del mismo Don García III de un poblado, limítrofe por el lado sur, llamado Villanueva, asentado en la ribera del Najerilla en la vertical al Reló o falda oriental del San Quiles, desaparecido hace siglos y sólo perdurable en el topónimo Vallenava y en algún resto humano y material con los que esporádicamente aún tropiezan los labradores. Desde allí, y con San Cristóbal de Tobía, Valvanera intentará controlar Matute consiguiéndolo sobre todo hasta el siglo XIV cuando la población de Villanueva, harta de tantos conflictos y peleas con los matutinos, abandone el lugar y se traslade a unas cuevas del otro lado del Najerilla, donde permanecerá hasta su definitiva absorción por Anguiano.

Sin el dominio valvanerense sobre ese lugar subsistirá hasta la desamortización del XIX, cuando el liberal Mendizábal confisque los bienes de la Iglesia y obligue a la exclaustración de frailes y monjas, pero reconvertido en un complejo de explotación agropecuaria de cuya existencia da cuenta precisamente el topónimo La Granja, vocablo con el que se conoce ahora la zona y las ruinas supervivientes, casi todas ellas restos de unas reformas del siglo XVIII.

El otro monasterio de influencia poderosa ha sido el de Santa María de Cañas a quien el rey Alfonso X donó en 1256 la villa de Matute pero sin cederle las facultades jurisdiccionales, es decir la potestad de nombrar autoridades y jueces, que ejercería por delegación real el merino de Nájera hasta el siglo XV cuando un privilegio de Enrique IV, confirmado luego por los Reyes Católicos, concedió a Matute jurisdicción independiente, esto es, la facultad de nombrar por su cuenta dichos cargos públicos. La dependencia económica con este monasterio se mantendrá hasta la referida desamortización del XIX, momento en que Matute logra su plena libertad, y determinará, como curiosidad filológica, que en Cañas y su vecino Villar de Torre prolifere tanto el apellido Matute, cual legado patronímico de quienes se desplazaron allí en tareas de servidumbre monástica.

En los siglos posteriores Matute, como tantos otros pueblos riojanos, mantendrá un notable vigor demográfico, consecuencia en su caso de la diversificación de recursos rurales que, sin sobresalir especialmente en ninguno, le permitirá disponer de todos y sortear airosamente, dentro de una situación media de escasez, las crisis sectoriales que periódicamente sacudan a nuestro país, priorizando uno u otro en función de las circunstancias: agricultura, ganadería, caza, pesca, artesanía textil y lanera de encargo, caleras y tejeras de autoconsumo y, sobre todo, un monte inagotable en madera, carbón, majadas, minas y frutos diversos. Sin alcanzar las cifras de sus vecinos Anguiano y Pedroso, llegará a contar en el momento culminante, el saludable S. XVI, con unos 1.000 habitantes que disminuirrán sensiblemente en el calamitoso siglo siguiente para volver a remontar en el XVIII al compás de una nueva bonanza general pero ya con cotas más bajas, entre 800 y 500, cifra esta última que mantendrá holgadamente hasta mediados del XX a pesar de las sangrías de la emigración: a Iberoamérica en el XIX y al País Vasco tras el paréntesis de miseria y retroceso de los primeros veinte años de la dictadura franquista. Desde entonces sufrirá un descenso imparable y sostenido que lo llevará a la postración demográfica actual, con una población algo superior al centenar, mayoritariamente envejecida y necesitada con urgencia, como el resto de pueblos, de un plan de dinamización y reconversión rural que le permita afrontar con garantías de continuidad la irresistible sociedad urbana en que vivimos.

Dentro de esa diversidad económica el Monte, ya se decía, ha desempeñado un papel estelar porque una parte, la Dehesa de Río San Miguel o Dehesa, generaba ingresos de arrendamiento en su calidad de Bien Propio y el resto era de aprovechamiento conjunto en cuanto Bien Comunal. Ésta es la razón de que buena parte de nuestra historia gire en derredor suyo y de que todas las generaciones de matutinos le hayan tenido un cariño especial, cuidándolo como algo propio y defendiéndolo fiéramente del intrusismo ajeno. Los conflictos más graves y abundantes se mantendrán, a pesar de la devoción y romería anual a su Virgen, con el monasterio de Valvanera, vecino favorecido por reyes y nobles y a quien en fecha tan temprana como 1092 Alfonso VI concede el privilegio de compartir pastos con Matute, Tobía y Anguiano desde "Campastro al valle de Zancos y desde Pinilla hasta el mismo Campastro". Precisamente por eso estos tres pueblos constituirán desde muy antiguo una Mancomunidad de montes que aún perdura: para incrementar su fuerza defensiva frente a tan poderoso adversario, lo que, por cierto, casi nunca lograrán pues la justicia real se decantará generalmente a favor del monasterio, como sucederá en los reinados de Fernando III, Alfonso X, los Reyes Católicos o durante el S. XVII que, dada la profunda crisis que lo recorre, acumulará el mayor número de litigios.

Otra fuente continua de problemas provendrá de su vecino del norte, Villaverde, que, amparado primero por el monasterio de San Millán y después por el duque de Nájera, sostendrá con la Mancomunidad numerosos pleitos y hasta peleas por el aprovechamiento de Ricoja o Marrachán, como la de 1652 en que unos delegados de Matute fueron atacados sorpresivamente en plena tarea de deslinde con piedras y palos por un numeroso grupo de villaverdinos, lo que supuso a sus cabecillas el duro castigo de la condena a galeras.


El origen libre como villa de realengo en la frontera navarro-castellana, la mediana calidad de sus recursos polivalentes junto al intenso contacto mantenido durante siglos con los cultos, aunque acaparadores, monasterios de su entorno explican, asimismo, las peculiaridades más señaladas de la idiosincrasia matutina: posicionamiento progresista, inclinación al estudio y nivelación social.


Del primero hablan, centrándonos en los siglos recientes, la hegemonía del Partido Liberal de Sagasta hasta la caída de Alfonso XIII, la preponderancia izquierdista, en sus versiones azañista y radical-socialista, durante la 2ª República y la condición de feudo del PSOE durante la actual Democracia; con la virtud añadida de no haber generado nunca enconos u odios insalvables sino tolerancia y sana convivencia, como lo prueba el delicado periodo de la Guerra Civil donde no se sufrieron las vengativas delaciones de otros pueblos sino que, contrariamente, produjo un comportamiento mayoritariamente solidario sólo empañado por unas leves, aunque lamentables, represalias y al que no fue ajeno ni la propia Guardia Civil, entonces con cuartel en el pueblo, cuya actuación decidida y ejemplar fue clave para impedir que falangistas de Baños de Río Tobía se llevaran a algunos izquierdistas a una muerte segura.


En cuanto a la tradición estudiantil son pruebas irrefutables la temprana creación de una Escuela de Gramática o Latinidad, especie de Instituto de Secundaria (en 1741 por el indiano Simón Ruidíaz), y de una Escuela de Primeras Letras, gratuita y para ambos sexos (en 1820 por el también indiano Eusebio García Monasterio), cuando además en España y La Rioja escaseaban tales servicios educativos, así como la prolífica cantera de Maestras, Maestros y Licenciados que ha generado Matute y que lo han convertido posiblemente en el pueblo de mayor índice de carreras por habitante de España, logro que aún resalta más por contraste con el amalfabetismo y la desescolarización tan generalizados y duraderos que ha padecido nuestro país.


Por lo que hace a la distribución de la riqueza, si no al extremo del poeta matutino Luis Hernáez Tobías cuando, pletórico de pasión filial, canta en su "Carta histórico - lírica" que "No había en nuestro pueblo muchas clases / de estamentos sociales: esa rancia / casta de personajes importantes / en Matute jamás tuvo importancia", pero sí que se puede decir que no han proliferado ni las grandes fortunas ni la miseria generalizada sino un mayoritario tipo medio (de recursos ajustados, eso sí), compatible con la presencia de algunas familias acomodadas y otras pobres pero ni escandalosa ni numéricamente significativas.


Cierto es, a este respecto, que algunos apellidos tienen más rancio abolengo que otros: tal los Núñez, Sánchez/ Sáez, García o los Gómez, presentes desde la fundación del pueblo en torno al año 1000; o los Ruidíaz, Jiménez, Párraga, Caballero, de la Cuesta, de la Fuente o los Pérez, que siglos después constituyen las familias pudientes; a los que se unirán, llegados de fuera en el siglo XIX, los Torres y los Hernáez (éstos desde Sotés) al adquirir importantes propiedades en la subasta de bienes de la Iglesia durante la Desamortización de Mendizábal de 1836 y de la de bienes de Propios en la de Madoz de 1855. Sin embargo la escasa polarización social y los avatares familiares han ido borrando diferencias y facilitando que otros apellidos, de inferior linaje, prosperaran hasta igualar, y aún superar en algunos casos, a los de cuna más ilustre: como los de ascendencia popular (Montes, Monasterio, Corral, Cerezo, Clemente, Lozano, Lacalle, Peña); los procedentes de pueblos o aldeas (Alesanco, Tobías, Turza, Manzanares, Murillo, Hervías, Baños, Villarejo, Villoslada, Bobadilla, Uruñuela), los vascuences (Aransay, Arregui, Zuazola, Madariaga, Areitio, Ayerdi), los serranos (Magaña, Calvo, Cordero, Peñalva, Puente, Salas) o, en fin, otros de génesis variada (Álvarez, Díez, Vázquez, Armas, Alonso, Morga, Martínez, Grenabuena, Moreno, Oteo, Guerra, Somalo, Lerena, Francia, Orodea).

Ahora bien, no se entienda con lo dicho que Matute haya sido una especie de comunidad idílica. Que la diversidad de recursos sea su rasgo distintivo y que no haya tenido exageradas diferencias sociales no quita para que haya padecido rachas de escasez y penuria, en paralelo a las que sufría prácticamente toda España sólo que menos agudas en términos relativos por las ventajas apuntadas. Y para que su población haya afrontado la adversidad económica de modo similar a como lo ha hecho tantísima gente de este país, atrasado y subdesarrollado durante siglos: marchándose de su localidad para emprender la aventura de la ciudad o de ultramar. Matute, en efecto, ha sido también un pueblo de emigrantes. Las primeras salidas masivas se producen tempranamente, en un periodo próximo a su fundación, sobre todo en torno a los siglos XI y XIV, como consecuencia de una problemática común a las poblaciones del entorno y a las serranas, mezcla de presiones señoriales para reducir su libertad y de malas cosechas, que los lleva a desplazarse hacia el suroeste/ sureste, pasando al otro lado de las sierras de Urbión y la Cebollera para asentarse en tierras de Ávila, Segovia y, especialmente, de Soria, donde todavía hoy subsisten dos pueblos, Matute de la Sierra y Matute de Almazán, que en su nombre conservan el topónimo de procedencia como testimonio elocuente de la añoranza que debieron sentir esos antepasados ante la forzada marcha de su patria chica.

La siguiente emigración tiene lugar en el S. XVII, y tal vez en el anterior, como resultado de la peripecia que vive España por la exploración y conquista de América tras el descubrimiento de Cristóbal Colón en 1492. No sabemos al día de hoy la cuantía exacta, aun imaginándola significativa por paralelismo con otras localidades semejantes y bien registradas, pero conocemos algunos datos reveladores, como que desde 1663 hasta la actualidad está registrado el apellido Matute en Ecuador, primero en el altiplano andino de la sierra de Cuenca, próxima a Perú, y después en la llanura costera de Jipijapa, lo que induce a pensar que su origen esté en un grupo de matutinos desplazados a la zona con el señuelo, tan generalizado entonces, de un fácil enriquecimiento en cuanto miembros de la potencia dominadora.

Asimismo está constatado el paso por América en esa época colonial de tres matutinos que allí hicieron fortuna y que la quisieron compartir con su pueblo mediante obsequios y obras sociales: son los conocidos genéricamente como indianos. En orden cronológico el primero fue Martín de la Cuesta, hijo del regidor e hidalgo Joseph de la Cuesta, capitán en Perú, casado con Margarita Hurtado de Mendoza (descendiente a su vez de una de las familias más poderosas del reino de Castilla), que vino a morir a su pueblo donando a la Iglesia de San Román numerosos y valiosísimos objetos de plata y haciéndose enterrar en ella junto a la mitad de su pared sur, como se comprobó hacia 1965 en el transcurso de unas reformas ; su único hijo, Joseph de la Cuesta y Hurtado de Mendoza, fue precisamente el que levantó en 1707 la casona-palacio existente junto al estribo sur de la Iglesia al reedificar la antigua casa de sus abuelos, los hijodalgos Joseph de la Cuesta e Isabel de la Fuente. El siguiente es Simón Ruidíaz, del que sólo sabemos que vivió en la localidad peruana de Ciudad de los Reyes y que tuvo la generosidad de destinar en 1741 ocho mil pesos de plata para mantener en su pueblo una Escuela de Gramática o Latinidad que funcionó hasta 1814 y que ha sido mencionada anteriormente: la mitad para invertirla en censos, préstamos, con cuyos intereses se pagaba a un maestro, y la otra mitad para habilitar una antigua casa junto a la Iglesia como escuela y vivienda del maestro, que posteriormente se empleó también como sede del Ayuntamiento "por carecer la villa de otro edificio más apropiado" (Miguel Zapater en "Contribución de los emigrantes a la educación de La Rioja"). El tercer y último indiano fue Eusebio García Monasterio: residente en México, teniente coronel y de familia comerciante, que, como también se ha señalado, en 1820 mandó levantar un edificio de nueva planta en la plaza para que sirviera de Escuela de Primeras Letras en la planta baja, gratuita y para ambos sexos, y de vivienda del maestro en la primera; además, destinó sesenta mil reales de vellón, invertidos en deuda pública, y ochenta y cuatro fanegas de tierra blanca que poseía en Huércanos, de donde descendían sus padres, para sueldo del maestro, premios a los alumnos, material didáctico y reparación del edificio; poco más sabemos de nuestro paisano benefactor salvo que al poco tiempo residirá en Cádiz con su hermano Plácido, quien en 1826 se hará cargo de la Fundación que administraba la Escuela, muy probablemente por fallecimiento de Eusebio, del cual y su mujer, no parece que tuviera hijos, sendos cuadros presidían las respectivas aulas de chicos y chicas de una Escuela que se mantuvo operativa hasta 1964 cuando se trasladó a un edificio recién construido, aunque desde principios del S. XX, como otras en su misma situación, pasase a depender del Estado (Tomado del mismo estudio de M. Zapater).

Las restantes emigraciones, descontando un trasiego esporádico por negocios apadrinados (Los Pérez y Hernáez en Logroño, los García y Jiménez en Madrid o los Mateo en Bilbao) o por condicionantes profesionales o vitales, están motivadas por la penuria que recorre la España rural durante tanto tiempo. Así, desde el S. XIX y hasta los años cuarenta del XX, con el señuelo de "hacer las américas" muchos matutinos atravesarán "el charco atlántico" para recalar en Iberoamérica, especialmente en Argentina y Paraguay, donde todavía hoy se mantiene una importante colonia de ellos. A partir de los años sesenta, en pleno desarrollismo franquista, muchos más salvarán un trayecto más corto, pero igual de forzado, para dirigirse al entonces floreciente País Vasco, sobre todo a los altos hornos de la Margen Izquierda del Nervión en Bilbao, manteniendo siempre, dados la relativa cercanía y el magnetismo del terruño, una relación fluida con el pueblo añorado hasta convertirse, junto con la numerosa colonia de Logroño, en la esperanza de futuro de un Matute que, como la mayoría de pueblos riojanos, está perdiendo su función originaria para reconvertirse en lugar de segunda residencia y asiento del ocio vacacional o finsemanal.

En resumen, este pueblo, surgido oficialmente en los difíciles años de la Reconquista y Repoblación medievales pero con evidentes huellas prehistóricas, romanas, visigóticas y musulmanas, recorrerá su particular periplo histórico con una secuencia político-territorial no muy diferente a la de otras localidades y gentes de su entorno: grupúsculo tribal de los Berones, avanzadilla cristiana del reino navarro-najerense, villa de realengo del reino de Castilla y jurisdicción burgalesa de la España del Antiguo Régimen para terminar como uno de los 180 pueblos de un territorio surgido como provincia de Logroño en 1833 y reconvertido en Comunidad Autónoma de La Rioja desde 1982.

Con una etimología todavía sin clarificar pero que parece guardar relación con su situación estratégica (Del latín "Magis tutum" o "más seguro", al localizarse entre montañas y bosque), poco a poco sale de su oculto reducto del sur (La zona del Covacho y el Plano con la iglesia de San Miguel) para extenderse hacia el norte, gravitando en torno a una explanada, configurada en adelante como Plaza Principal, donde en el S. XVI, cuando alcanza su máximo apogeo demográfico, levanta la parroquial de San Román sobre otra primitiva iglesia de la misma advocación, de la que conserva el marco de su puerta principal, y la circunda progresivamente con sus edificios más nobles. Invariable en la morfología urbana y modo de vida desde entonces, alcanza el S. XIX estructurado en tres calles principales (Real -las actuales Mayor y Los Marqueses-, Orive y del Hospital) y cinco barrios (Somero o del Tomillo -el actual El Plano-, Bajero o de Cantarranas -la actual calle Las Huertas-, de Juan Díez, Santa Ana y del Hospital, éste último llamado así por disponer de una casa de beneficencia para mendigos y necesitados en algún lugar de la actual calle de Las Eras). Con Fuente Pública en la Plaza desde la segunda parte del XIX, lamentablemente destrozada en torno a 1960 al sustituirla por otras dos en sitios diferentes, y Carretera desde el primer tercio del XX, reemplazando al viejo camino de herradura, traslada también en 1927 el antiguo Cementerio de San Miguel a Las Llanas buscando una mejor ventilación y el alejamiento de la zona residencial.

Efímeramente resurgido en los años centrales del XX, como tantos pueblos ante el retroceso general que supuso la fase autárquica del Franquismo, se colocará, gracias a los cuantiosos réditos de las subastas madereras de su Mancomunidad de Montes, en vanguardia del ámbito rural al disponer anticipadamente de mejoras y servicios extraños a época tan atrasada: Agua Corriente, Calles encementadas, Repetidor de Televisión. Con ellos, los logros de la emprendedora alcaldía de los años sesenta (Fábrica de Muebles, nueva Escuela, Complejo multiuso: molino, verracos, almacen), la posterior Trilladora y el remate de los ochenta (Concentración Parcelaria y Frontón), Matute parecía encaminar el porvenir con optimismo sin darse cuenta de que su tiempo había pasado pues para entonces España vivía un proceso imparable de cambio, industrializador durante el último Franquismo y de modernización plena con la Democracia, que hacía ímprobos, como en el resto del mundo rural, los esfuerzos para retener una población masivamente atraída por las ciudades, con cuyo imán de bienestar y estilo de vida no podía competir de ninguna manera


Así hasta el día de hoy en que es consciente de haber agotado el modelo clásico de poblamiento y de estar iniciando otra dinámica poblacional. Después de tres mil años de andadura histórica bajo la misma estructura vital, Matute, en efecto, aborda el S. XXI con el reto de amoldarse a su nueva función, que no desaparición, de segunda residencia y espacio de ocio y jubilación conservando su memoria histórica como garantía identitaria y generando servicios apropiados, materia en la que, por cierto, cuenta con la ventaja del importante legado en edificios de los años sesenta, fácilmente adaptables a las nuevas necesidades. Comienza, pues, otra etapa en la historia de Matute

 

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