En la selección de nuestros criterios de trabajo, hemos partido de varias premisas. Una de ellas, la más simple y básica, es la concienciación de que estamos trabajando con obras delicadas. Teniendo en cuenta que la mayoría de las obras que se restauran son antiguas, y que se considera antigüedad el objeto que tiene como mínimo cien años, queda claro que estamos trabajando con piezas de una gran fragilidad que requieren un proceso pausado y minucioso. Ante todo el restaurador tiene que ser consciente de sus capacidades y limitaciones, a fin de no acometer intervenciones para las que no esté cualificado y de las que luego se pueda arrepentir.

        También es muy importante considerar conjuntamente los valores estético e histórico del objeto. Nuestra intervención tiene que ser realizada de tal forma que devuelva a la obra una integridad estética (dotarla de una "apariencia agradable" teniendo en cuenta la intención original del autor), y además conserve las marcas que el tiempo ha dejado sobre la obra, en tanto que son testimonios históricos de gran valor como reflejo de una cultura, sociedad, etc. La sensibilidad del restaurador le tiene que llevar a aunar estos dos objetivos de forma correcta: ha de respetar el paso del tiempo, pero eliminando aquellas huellas que resulten estéticamente desagradables (manchas, rotos, etc.). Dicho de otra manera, debemos devolverle a la obra su legibilidad desde el punto de vista estético, pero salvaguardando sus valores documentales sin eliminar aportaciones de otras épocas. Hay que actuar siempre respetando todos los valores documentales, de la siguiente manera:

Realizar el mantenimiento, si se considera adecuado, de la obra "in situ".
Considerar el valor histórico de la pátina.
Mantener los añadiodos históricos, siempre que no afecten al original.

        Debemos anteponer las labores de conservación a las de restauración con el objeto de que la obra de arte se mantenga en buenas condiciones durante un largo periodo de tiempo una vez haya sido restaurada (1). Debemos garantizar el mantenimiento de la integridad física de la obra, ya que sin esta integridad la obra acabaría destruyendose; pretendemos prolongar la vida del objeto. Dicho de otra manera: "es más importante arreglar bien las tripas de la obra que hacerle una simple limpieza de cara". Es por esto que siempre comenzamos restaurando el soporte de la obra, y avanzamos recomponiendo las capas (preparación, pintura, protección) empezando por las más internas y terminando por las exteriores.

        Tiene una gran importancia, sobre todo a largo plazo, el empleo de materiales que sean compatibles con los originales a fin de evitar daños posteriores (materiales de distinta naturaleza evolucionarán de distintas formas, lo que acelerará el deterioro); así como el empleo también de materiales estables y reversibles, para facilitar futuras intervenciones de restauración.

        Consideramos la documentación de la obra y del proceso que realizamos un elemento básico de nuestra intervención. En primer lugar, hay que situar la obra en un contexto histórico, artístico, etc; para poder tener un punto de partida para el posterior análisis. Cualquier actividad de conservación o de restauración está basada en el conocimiento de los materiales originales, de su deterioro o evolución y de su compatibilidad con otros materiales. Es por esto que hay que seguir un método (dado el carácter cientídfico de la restauración) y que dicho método tiene que quedar documentado. Del mismo modo, creemos necesario elaborar un informe exhaustivo para cada proceso de restauración, en el que se establezca el estado original de la obra, tratamiento efectuado y estado final.

 

 

 

 

(1)La conservación no modifica el aspecto físico de la obra, la restauración sí produce cambios en su fisionomía, ya que elimina aquello que haya podido ser añadido con elt iempo y que resulte "antiestético".